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Para Geney Beltrán, Esther Seligson "se revela concernida por el devenir de lo íntimo y los matices de las travesías memoriosas" con un decir transparente y un ritmo liberado de constricciones formales. En Negro es su rostro están reunidos los libros de poesía Mandala, En su desnuda pobreza, Alba marina, Oración del retorno y A los pies de un Buda sonriente. Travesías; esta antología póstuma se completa con Simiente, el texto que dedicó la autora a la memoria de su hijo fallecido.
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Seitenzahl: 94
Veröffentlichungsjahr: 2011
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Primera edición, 2010 Primera edición electrónica, 2011
Imagen de portada: Estación Atocha, de Guillermo Arreola
D. R. © 2010, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
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ISBN 978-607-16-0766-9 (ePub)ISBN 978-607-16-0249-7 (impreso)
Hecho en México - Made in Mexico
Esther Seligson es ensayista, cuentista, novelista y poeta. Nació en la ciudad de México en 1941. Estudió literatura española en la UNAM, y francesa en el IFAL; historia del arte en el ICS y pensamiento judío en el Centre Universitaire d’Études Juives (París) y en el Mahon Pardes de Jerusalem. En 1969 fue becaria del Centro Mexicano de Escritores. Ha impartido clases de historia del teatro y de pensamiento judío, y ha sido maestra en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM desde su fundación. Asimismo, ha traducido tanto la obra del filósofo E. M. Cioran como la del poeta judío cairota Edmond Jabès. Ha sido reconocida con el premio Xavier Villaurrutia por Otros son los sueños, y el Magda Donato por Luz de dos.
Este libro está dedicadoa Eugenia Ogarrio Calles
Mother of Time
Thou art brillant as the fires
of the final dissolution
Merciful
Vessel of mercy…
Tawny
Black of hue…
Thou who art black as a bank of cloud
And bearest the crescent moon…
Destroyer of fear…
O Beautiful One…
Allayer of sufferings
To Thee I make obeisance.
Mahānirvāna Tantra. Adyākālī
Para Enriqueta Ochoa
Tú me apretaste con tan estrecho abrazo
que me deshice en llanto
silencioso
En Tu pecho Madre
azul me derramé, asida al seno
en la boca hervía
el Amor
Mece Madre a esta creatura Tuya
que la orfandad no trunque las ramas
que hacia Ti se estiran
Cuelga ahí Tu generosa cuna,
elévame,
que Tu palabra
me siembre pájaros
Mira: febrero empieza y ya
azulean las jacarandas
con el añil de Tu rostro
incandescente paseas en las calles y jardines
Tu júbilo inunda
a esta ciudad desamparada
Agradecida llevo
la sed de Tu Infinito
Cae la noche, se sosiega
y nace el día para saciarla
Tu él que me habita en Tu Ella se deleita
Pulsa las cuerdas de mi corazón: oirás el
nombre
con que Te invoca
Camino, huérfana ya, y mortal
Tres cuartas partes de mi vida sujetas a
un montón de verbos en pretérito
¿Acaso el último cuarto
no Te pertenece?
Madre, yo soy Tu morada,
pisa en ella el tierno vino
del Amor.
De pie, a mi izquierda, sentí a Tu Ángel
silencioso.
¿Qué habré de decirle con mi voz cascada?
—Mi pecado es la soberbia y no acabo
por entregarme en un colmo de dulzura
No separes, pues, mi cabeza. Aún puede en ella
abrirse el Loto. Dispón de mí, no obstante,
aunque no esté dispuesta,
aunque tiemblen las luces
que no alcanzo a serenar.
La orfandad es un extraño peso que me habita
y tengo miedo:
por primera vez
se estremece mi suelo errante
la soledad
En el centro de Tu mano el As de Copas y yo
colgada en el meñique de la infancia,
rama florida de almendro
en un vaso ámbar,
cristal cortado con las imágenes de un sueño
en el que Me abrazas,
Madre,
y me deshago en llanto…
México, febrero de 1999
In memoriamIrma Dávalos Pardo
Le plus petit caillou
est baigné d’infini.
Edmond Jabès
Sin ti es incomprensible,
demasiado vasto, Madre,
el ímpetu, la fisura,
la inocencia
la fidelidad ¿cómo?
la duda incluso
Madero para la flor
cobijo en la piedra
sé mi lecho a la hora del crepúsculo
espuma para cubrir mis ojos
no me ahogue el temor al hundimiento
o venga a moverme
la visión de un recuerdo
el grito jubiloso de un niño
a orillas del mar
A orillas del mar
Madre
ahí recoge la ofrenda de mis huesos,
ceniza púber,
el mar que tanto amamos
niñas de largo cuerpo y voz delgada
—cuánto anhelo de crecer—
entonces, en verdad,
éramos libres de arrullar los sueños,
locuaces,
modelábamos castillos
entre la arena escurridiza
—¿quién no vivió su infancia imaginando?—
buganvilias en el cabello
para las noches de luna
en la boca el sabor de la naranja dulce
“Habrá lluvia de estrellas”
anunciaron
pero el día amaneció nublado
a orillas del mar, Madre,
durante horas
celé a una gaviota
qué envidia de sus alas
giros suaves
el horizonte a su arbitrio
dueña del aire y a merced de su oleaje
Después
nos reencontramos bajo diversos cielos
idéntica la nostalgia de su vuelo
mi cuerpo atado a tierra firme
Sin ti, Madre,
el mar nos sobrepasa
el amor, el llanto mismo
no reposa una ola tras
otra
tupido a ras del agua las crestas se abisman
y el mundo se inclina
ante las mareas
Vivir es un dolor constante
sosegado
cuántas veces mudo
imperceptible su vaivén
a fuerza de goteo
La más pequeña piedra está bañada de infinito
afirmó el poeta
Piedras de río avienta el mar
y yo las conservo
de cualquier parte:
en su desnuda pobreza
aspiro al cumplimiento
bastará una sola donde
se encuentre mi tumba
una para recordar a mi madre
una le bastó a mi padre
“¿Cómo se arma un libro?”
—Igual que un barco,
le respondí a mi nieta,
requiere de muchas travesías
de algún naufragio
tocar puertos seguros
una tempestad de tanto en tanto
marineros solidarios
paciencia inquebrantable
no separar la realidad del espejismo
el monstruo marino de las aves
las islas del continente
saber que nada es similar
creaturas diversas y hermanas
mucha plegaria por equipaje
y al timón la providencia
Tu mano, Madre,
protección y dádiva
sobre los hombros vencidos
la espina rota
el corazón vacío
¿qué otra brújula si no?
¿qué otro sextante?
Un libro es menos
que la hoja de un árbol
mayor que el humano aliento
madura como un sol de mediodía
como una luna en plenitud
se desmigaja fácilmente
mas nunca dejará
de atesorarlo una hormiguita
Sin ti es incomprensible,
el misterio, Madre,
la existencia
cada elección un agobio
cada gesto impropio
y el amor nos destruye
Madre,
ayúdame a aceptar
cúbreme con el signo de la fe
y extiende tu sombra fresca
sobre el ardor de mi impaciencia
A orillas del mar
perdonaré mis faltas
los fuegos no encendidos
la llama que apagué
a sabiendas compasiva
inmolaré los ídolos
que bifurcaron mis caminos
sencilla
con la vestidura de una flor
rendiré cuentas
mi voz
como el lamento del grillo
alabará, Madre,
la misericordia de Tus obras
entonces
recogerás la ofrenda de mis huesos…
México, febrero de 2000
In memoriamAdrián Joskowicz Seligson
¡Cuánto pasado para llegar aquí!
Para poder estar de pie junto a las cosas
y decir
—Mi corazón se espiga frente al mundo
como una inmensa lágrima caliente.
Enriqueta Ochoa,“Las urgencias de un Dios”
Primera parte
I
Recuerda siempre a todo ser humano en la inocencia de su niñez.
Rabí Nahman de Breslov
Era el sol de la tarde entrando por las ventanas. Nada especial, de hecho, salvo por esa vibración feliz que conmovía a las paredes, cuadros y estanterías, el desorden de los juguetes que brillaban, mágicos, en su habitual entusiasmo
Era la luz de la tarde saboreando el último tercio del día, languidez de entrega, en el peculiar silencio del jardín, quieto, los pájaros, el durazno en flor, el gato pachón
Era el calor de una promesa antigua, canción de cuna, inesperado despertar de un manantial cuyas aguas bebemos y beberemos, una y otra vez, niños sedientos
Si hoy fluye tras la ventana un río, si antaño fue un árbol, o es el bullicio de una calle transitada, el sol de la tarde llama —y llamará—, toque suave contra el cristal, parpareo en las cortinas leves, rumor aroma de vieja historia que no concluye y retorna sin cesar
El sol de la tarde hace girar los rehiletes en los parques, levanta en el aire el azúcar de los algodones y el cacahuate garapiñado. El sol de la tarde se columpia, se resbala, se estira pirulí correoso
y no quiere, no, no quiere dormir…
II
For the Mother is one but She comes before us with differing aspects.
Sri Aurobindo
Marengo es el mar en el golfo de Bengala, quebrado, tormentoso. Agrio el chasquear de las gaviotas. Todo él, vaho marino, exuda monzón y bronco rugir.
Extendida, sin límite, la bahía adentra en el horizonte a los pescadores en sus cáscaras de coco, gajos sombreados que pespuntean la distancia.
Oro viejo amanece el mar. Oro tibio.
Cánticos espolvorean canela sobre las aguas, ceniza, flores: alabanza a Shiva cuyo pie reposa en el Origen, tañedor de carrizos.
Viene parda la mañana, desvela el sueño del jardín, cristalina ternura enconchada en su infantil somnolencia.
De los árboles caen copos color naranja. Manos femeninas los engarzarán en largas guirnaldas: dádiva para el Danzante, trenza en el tocado.
Viene dulce el viento que se abre en mi pecho. Trae el regusto de la caña quemada para el gran festejo de Aditi, Madre de la Creación.
Pétalos sin fin, flautas, tambores, fruta, incienso, estandartes, arambeles, fulgores y brillos, peroles con arroz humeante. Durante tres días no ambularán hambrientos por las calles.
Me tomó el bullicio del gentío. En su entusiasmo padecí el vuelo escarlata del báquide.
Ligero apoya su pie el Dios que danza sobre el Loto.
Maceré micarne, ceniza votiva, y le pagué mideuda, mi vieja deuda de amor, a la Diosa.
Bastó una pizca de sal en el bracero.
Un bucle de rosa fresca, los dedos tintos en azafrán y cinabrio, la frente surcada por blancos mensajes, yo era un lirio irradiando el fuego de un sueño milenario.
A cambio de la flor, y una humilde genuflexión, los dioses me donaron el incendio de sus ofrendas.
Por días y días me quedó el cabello lleno de arena como si me hubiesen revolcado las olas ahí donde revientan.
Profundo y extenso, a lo largo y a lo ancho, hacia arriba y al fondo, el sol empurpura a jirones un atardecer cristalino en la espuma zafírea.
—Sí, como el rostro del Señor Krishna, susurra Ushma…
III
Bound only by my thirst of life.
Ashtavakra Gita
En el corazón de la Diosa ardieron mis labios carbón encendido.
A orillas del mar llegó con el aura vespertina, gaviota translúcida.
El soplo de su falda tocó mi rostro.
Sus fulgores me abrieron como se abre el cáliz de una azucena hacia el límite donde la blancura suelta el olor de su delicia.
Y reía, con tintineos de plata azul en los tobillos Ella reía.
“Sacerdotisa en el pilar izquierdo del Árbol
Yo soy la Reina de Espadas
Libre me entrego y la libertad entrego fiel
Al esclavo decapito, al rey corono
El eunuco ya lleva el puñal clavado
Lo que tienes aumento, de tu carencia sustraigo todo
Por míse llega a lapureza justa
En mí retornas a tu propia fuente.”
La puerta, templada al rojo, cediófranca. ¡Ay! Más fuerte que la
