Otros son los sueños - Esther Seligson - E-Book

Otros son los sueños E-Book

Esther Seligson

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Beschreibung

La primera novela corta de Esther Seligson y por la que recibió el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores, Otros son los sueños (1973), es en sí el relato de un viaje. Por un lado, la protagonista se desplaza en un tren. Ha decidido distanciarse de su pareja, es cierto; sin embargo, debido a la inquietud emocional que la acompaña, el viaje físico se vuelve una travesía por el recuerdo, los miedos, las posibilidades y las ansias, en la pesquisa por discernir la razón profunda, el núcleo de lo que sucede: hablar y esperar a que las imágenes y las palabras le revelen algo oculto, un motivo, la verdad de su huida.

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Seitenzahl: 86

Veröffentlichungsjahr: 2025

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OTROS SON LOS SUEÑOS

COLECCIÓNRELATO LICENCIADO VIDRIERA

COORDINACIÓN DE DIFUSIÓN CULTURALDirección General de Publicaciones y Fomento Editorial

Contenido
IntroducciónGeney Beltrán Félix
Otros son los sueños
Aviso legal

INTRODUCCIÓN

Esther Seligson nació el 25 de octubre de 1941, en la CCiudad de México, de padres judíos askenazíes procedentes de Polonia y de Rusia. Luego de pasar por las aulas de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde estudió letras francesas, Seligson debutó en el campo literario en 1969 con el libro de relatos Tras la ventana un árbol. A partir de entonces creó una obra que se extiende por cuatro décadas y se compone de novelas, poemas, cuentos, minificciones, aforismos, memorias y ensayos, así como traducciones y crítica teatral.

Poseedora de un perfil literario de cariz proteico y una avidez intelectual que se movía en muy variados caminos, Esther Seligson compaginó sus labores como maestra en el Centro Universitario de Teatro de la unam con una serie de viajes y residencias en países de tres continentes. Esta itinerancia en sus lecturas y vivencias halla reflejo en sus páginas. Ya sea en sus textos argumentativos o en los de ficción, se advierten los ecos de su interés por la filosofía, los estudios sobre religión, la mitología, el teatro, la psicología, la historia y, por supuesto, la literatura misma, y también por saberes heterodoxos como la astrología, la acupuntura, la homeopatía, la cábala y el tarot.

Cuando su libro Para vivir el teatro (2008), una compilación de sus escritos de crítica teatral, estaba por irse a la imprenta, los editores pidieron a Seligson una ficha curricular para la contraportada. Ella escribió el curioso autorretrato que cito a continuación:

Escorpión con ascendente en Leo. Lleva en la sangre “la unión de lo que no puede unirse”: la turbulenta alquimia del agua y el fuego. Connubio que ha guiado su incesante búsqueda de Conocimiento, tanto en el magisterio en las aulas universitarias como por los senderos hacia ciudades que desde niña configuraron su muy particular camino de Compostela, mismo que nace en Tenochtitlan y ha pasado por Toledo, París, Brujas, Praga, Delfos, Jerusalem, Katmandú, Lhasa, Madurai, Pondicherry, Lisboa, Beijing y aún no satisface su sed de encuentros. Dos pasiones: el teatro (fuego) y la escritura (agua). Comparte ambas con sus alumnos a quienes considera sus únicos maestros. Un amor constante, absoluto: su libertad.

En el ámbito del ensayo se manifiesta esa búsqueda dispersa en una pluralidad de intereses literarios e intelectuales. Es relevante mencionar en este punto los acercamientos de Seligson a la obra de Virginia Woolf, Katherine Mansfield, Marguerite Yourcenar, Francisco Tario, Edmond Jabès, Elena Garro o Salman Rushdie, así como sus reflexiones en torno de las ideas de E. M. Cioran —de quien fue la primera traductora al español—, Martin Buber, Erich Fromm, Vladimir Jankélévitch o Emmanuel Lévinas. Estas errancias por el pensamiento hallaron cobijo, primero, en suplementos y revistas de la Ciudad de México, y se reunieron posteriormente en los tomos de ensayo La fugacidad como método de escritura (1988), El teatro, festín efímero (1989), Escritura y el enigma de la otredad (2000), A campo traviesa (2005) y Escritos a máquina (2011).

Buena parte de las novelas y cuentos de Seligson descansan en las posibilidades narrativas que ofrece la exploración imaginaria de épocas distantes. La novela corta Sed de mar (1987), una reescritura intimista de la historia de amor de Penélope y Ulises, viaja a los tiempos homéricos de la Odisea, en una vena similar a comola novela La morada en el tiempo (1981) se apoya en un puñado de episodios del Antiguo Testamento para revisar, desde una perspectiva a ratos lírica y a ratos filosófica, la historia del pueblo judío hasta el Holocausto. De sus últimos libros, mencionaré los relatos incluidos en Cicatrices (2009), como “Cuerpos a la deriva”, en que la imaginación evoca los olores y la degradación corporal auspiciada por la peste en la Edad Media, y “Voz sin sombra”, el monólogo dramático en que se revisitan los parajes homéricos, al dar voz en esta ocasión a Ifigenia, la hija de Agamenón, en su revuelta contra la diosa que la habría salvado del sacrificio.

También el viaje físico a otras geografías es un elemento de peso en la escritura de Seligson. Como ejemplo paradigmático se halla el extenso relato “Por el monte hacia la mar”, aparecido en Luz de dos (1978), donde se dibujan las brumas y se rescatan las voces de un poblado de Asturias, en el norte de España, a finales de la dictadura franquista. De la última etapa creativa de Seligson podrían señalarse dos amplias secciones de sus memorias, Todo aquí es polvo (2010), en que se refrescan los espacios y los rostros que, a lo largo de los años, la propia autora conoció, desde la España de su primer viaje de escapada, aun en su juventud, a la Jerusalén en que residió durante varios periodos desde los ochenta y que dejó definitivamente en diciembre de 2006, cuando decidió volver a la Ciudad de México, donde habría de fallecer el 8 de febrero de 2010 de un infarto al miocardio. En una carta a Jacobo Sefamí, publicada en el suplemento Confabulario, del periódico El Universal, en 2015, a cinco años de su muerte, Esther Seligson consignaba una reflexión que ayuda a entender el carácter nómada de su escritura, y que se vincula con su identidad judía: “Somos seres en permanente tránsito llevando a cuestas nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro…, nuestra memoria ancestral…, con su identidad, sus miedos y esperanzas”.

De la mano de esta errancia en la vida y en la reflexión, Seligson ofrece en sus textos narrativos estructuras sueltas o libres en que el viaje se despliega en la interioridad de sus personajes. A menudo, lo que tenemos son voces que siguen el impulso de desgranar o descubrir los movimientos del orbe sensible, las alteraciones y las inquietudes que en la memoria y los sentimientos dejaron los hechos. Una apuesta así tiene riesgos, pues distiende la percepción del paso del tiempo y para la lectura exige una paciencia y una espesa concentración que las prisas y veleidades de la existencia de todos los días suelen negar. Como resultado de esta propuesta fabuladora, los textos de Seligson suelen dar un menor peso al registro de lo fáctico: el qué y el cómo de lo real se adelgazan, con pocos detalles se refiere el escenario, y a cambio la prosa busca una representación del devaneo que se detiene o avanza, sin apremio ni violencia, en los signos de autorreconocimiento que van dejando sentir las emociones en el camino de la introspección. La ficción de Esther Seligson, así, se halla emparentada con las búsquedas de autoras a las que leyó y estudió con perspicacia en sus ensayos, como Virginia Woolf o Clarice Lispector.

De este modo, Seligson asume riesgos que podrían tildarla, para bien o para mal, de experimental o heterodoxa o rupturista: buena parte de sus textos no responden a aquellos atributos considerados usuales o necesarios en cierta franja más fácilmente recibida por el mercado, como el desarrollo de una historia, la construcción dramática y la psicología del personaje. Es decir, no hay drama —o no el suficiente— en su ficción: los hechos a menudo ya han ocurrido, y lo que se registra es la forma en la que la consciencia y la sensibilidad los reviven, explican o reconstruyen.

Esto se advierte ya en su debut literario de 1969, con Tras la ventana un árbol; por ejemplo, en el relato “El candelabro” (originalmente titulado “El encuentro”). Adriana, una joven, entra al departamento en que se ha estado viendo con su amante. Él no está. Poco a poco irá quedando claro que esa visita es una silenciosa despedida: a como transcurre la espera, Adriana vuelve a vivir en su memoria algunos de los momentos de esa relación que termina. Cuarenta años después, en uno de los últimos relatos que escribió —“La mendiga de São Domingos”, incluido en los póstumos Escritos a mano (2011)—, Seligson da la voz a una pordiosera lisboeta que, percatándose de cómo se aproxima la muerte, va hilvanando percepciones y recuerdos en un libre y riquísimo flujo verbal.

Esta deriva puede advertirse en Otros son los sueños (1973), la primera novela corta de la escritora mexicana y por la que recibió el Premio Xavier Villaurrutia de Escritores para Escritores. Otros son los sueños es en sí el relato de un viaje. Por un lado, la protagonista se desplaza en un tren. Ha decidido poner distancia con su pareja, es cierto; sin embargo, debido a la inquietud emocional que la acompaña, el viaje físico se vuelve una travesía por el recuerdo, los miedos, las posibilidades y las ansias, en la pesquisa por discernir la razón profunda, el núcleo de lo que sucede: “Hablar y esperar a que las imágenes y las palabras le revelaran algo oculto, una razón, la verdad de su huida”.

El viaje interior se ve espoleado por voces ajenas: lo que su pareja le dijo en algún momento, lo que ella ha leído en textos aquí y allá, y esta mezcolanza del devaneo propio con los parlamentos y las citas que insisten en tocar a la puerta de su memoria dan pie a una narrativa de la lentitud que, aun así, tiene un carácter dialógico, pues la protagonista se desdobla para cuestionarse: “¿Es acaso lícito dejar todo para correr tras la realización de un sueño? No era así como debería plantearse la pregunta, había que explicarse con detenimiento qué quería decir todo, y cuál era ese sueño que la hiciera abandonar su casa, su ciudad y su nombre”. Este combate hacia el interior de su mente tiene como propósito un ejercicio de sinceridad que por estatuto propio sólo es liberador, aunque no sólo eso: la prosa, merced al robusto aliento sensorial con que se registra el devenir moroso de la protagonista, indica de modo vehemente la fuerza que habita en la ficción para acercarse al conocimiento de la naturaleza sensible en aquello que toca a la intensidad y la hondura de las emociones y los apegos difíciles.

 

 

Geney Beltrán Félix

OTROS SON LOS SUEÑOS

 

 

Que bien sé yo la fonte que mana y correaunque es de noche.

san juan de la cruz