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Esther Seligson incursionó en la ficción breve, la novela, el ensayo, la poesía, la crítica teatral y la traducción. Su escritura, revestida de pasiones y apegos, confiere a su narrativa un lirismo inédito, que manifiesta la voluntad de su estilo, sus querencias y sensibilidades; prosa que busca el desciframiento del otro, ya sea el amado, los amigos, los padres o Dios. La condición parcial o fragmentaria del acto de narrar en Seligson, en la que recupera ecos, sensaciones, pedazos nimios de imaginación o realidad, logran darle forma escrita a la memoria. Un diálogo desde la visión femenina con la otredad desapercibida, una indagación intuitiva de la condición humana en la que es palpable la emoción, la divagación y el recuerdo. En Narrativa reunida convergen los primeros relatos de Tras la ventana un árbol (1969) hasta el último proyecto de escritura: Todo aquí es polvo (2010). A lo largo de la obra, que va desde el cuento hasta la novela, es patente la naturaleza lírica de su escritura que, además de desafiar convenciones, logra una unidad de sentido pulida y acabada. Con prólogo de Geney Beltrán, quien desentraña con claridad los puntos de inflexión, abordajes, sensibilidades y la evolución en el estilo y las preocupaciones artísticas en la narrativa de la autora, este volumen propone una relectura más en forma y un nuevo posicionamiento en cuanto a la trayectoria y sensibilidad de Esther Seligson.
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Seitenzahl: 1616
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Fotografía: Rogelio Cuéllar
Esther Seligson (Ciudad de México, 1941-2010) escribió novela, cuento, poesía, minificción, aforismo, ensayo y crítica teatral. Fue becaria del Centro Mexicano de Escritores y miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte de México. Obtuvo en México los premios Xavier Villaurrutia en 1973, el Magda Donato en 1979 y el Bellas Artes Colima en 2011. Es autora de las novelas Otros son los sueños (1973) y La morada en el tiempo (1981); el tomo de prosas líricas Diálogos con el cuerpo (1981); los volúmenes de poesía Rescoldos (2000), Simiente (2004), Alba marina (2005), Oración del retorno (tikún) (2006) y A los pies de un Buda sonriente (2007); los libros de ensayo La fugacidad como método de escritura (1989), El teatro, festín efímero (1989), Escritura y el enigma de la otredad (2000) y Apuntes sobre E. M. Cioran (2003). Póstumamente aparecieron sus memorias Todo aquí es polvo (2010), el libro de varia invención Escritos a mano (2011) y el tomo de ensayos Escritos a máquina (2012). Entre muchos otros autores, tradujo a Emmanuel Lévinas, E. M. Cioran —con quien mantuvo correspondencia— y Edmond Jabès.
LETRAS MEXICANAS
Narrativa reunida
Prólogo e historia editorial de GENEY BELTRÁN
Primera edición, 2004 [Primera edición en libro electrónico, 2025]
Distribución mundial
D. R. © 2024, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho Ajusco, 227; 14110 Ciudad de México
Comentarios: [email protected] Tel.: 55-5227-4672
Diseño de portada: Teresa Guzmán Romero
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio, sin la anuencia por escrito del titular de los derechos.
ISBN 978-607-16-8481-3 (rústica)ISBN 978-607-16-8787-6 (ePub)ISBN 978-607-16-8775-3 (mobi)
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo. Esther Seligson, cronista de lo irrealizado, por GENEY BELTRÁN
Todo aquí es polvo
El profesor Nicodemo Laussel
Escritos a mano
Cicatrices
Eurídice vuelve
Hebras
Isomorfismos
Indicios y quimeras
Sed de mar
La morada en el tiempo
De sueños, presagios y otras voces
Luz de dos
Otros son los sueños
Tras la ventana un árbol
Historia editorial, por GENEY BELTRÁN
GENEY BELTRÁN
La escritora mexicana Esther Seligson (1941-2010) publicó su primer libro, Tras la ventana un árbol, en 1969. Ese tomo de cuentos fue el inicio de una travesía literaria que abarcó cuatro décadas y la llevó a incursionar en distintos géneros: la ficción breve, la novela, el ensayo, la poesía, el aforismo, la crítica teatral y la traducción. Además, Seligson tuvo a lo largo de su vida una avidez intelectual que la llevó a sumergirse, fuera del campo académico, en el estudio de numerosos saberes y culturas. Esta pluralidad de inquietudes se manifestó en sus ensayos, traducciones y labor docente. En la escritura de ficción, tan diverso archipiélago de lecturas, indagaciones y viajes se afirma con un garbo distintivo: más allá de las geografías o las épocas en que respiren sus personajes, Seligson lanza los poderes de la prosa hacia el universo de los apegos y las pasiones, esa parcela esencial que lo mismo nos eleva hasta el sol del éxtasis como a la oscura desolación. Tal raigambre en la esfera de los afectos anuncia la aparición del conflicto: el que surge a raíz de la irreductible naturaleza —jamás fiable y nunca por entero conocida— del otro, ya sea el ser amado, la familia, los amigos o el propio Dios. Hay en la ficción de Seligson, así, una búsqueda del encuentro con quien no es el yo, pero sin quien el yo no alcanza la plenitud.
Desde la línea de inicio, el primer cuento de Tras la ventana un árbol se presenta con una voz que utiliza la segunda persona del singular para dirigirse al padre: “Me dijiste una vez que habías nacido en un pueblo junto al mar…” La narradora recuerda lo que su padre le ha contado de su infancia: las casas del pueblo bajo la llovizna, el sonido ronco del oleaje y el temperamento taciturno de aquel niño que hubo de emigrar años después a América.
El texto llevaba en el tomo de 1969 el título de “Infancia”. Al sumarlo a la antología Toda la luz (2006), la autora lo renombró “Evocaciones”. En un ejemplar de Tras la ventana un árbol que me legó a su muerte, la propia Seligson había anotado a lápiz una suerte de resumen o descripción al comienzo del relato: “Fragmentos mínimos de una infancia”, que podría asumirse la postrera variación del título. Esta enmienda se debe al temple autocrítico de Seligson, que en algún momento volvía a sus impresos aunque sólo fuese para hallar erratas. En este caso, el retorno al cuento primordial de su trayectoria —presumo— la llevó a poner énfasis en un rasgo de su escritura: la naturaleza parcial o fragmentaria del acto de la narración. No es la infancia lo que en sí se cuenta; son apenas remembranzas, pedazos nimios lo que la palabra logra traer de vuelta del pasado.
En la segunda página, luego de haber bosquejado los ambientes del pueblo natal del padre, la hija se descubre con barreras para dar forma escrita a la memoria: “¿cómo podría reconstruirte de otra manera si todo lo que sé de ti nunca me lo has dicho así, sino como fragmentos de una historia ajena?” Débil y enfermizo, vagabundo y solitario, aquel niño parece conservar, ya adulto, una memoria frágil y aislada, pues cuanto ha platicado a su hija, la joven escritora, es “demasiado vago”. En este careo de un solo sentido con aquel extraño, la voz termina con una conjetura: “a veces pienso que si, en vez de ser tu hija, hubiera sido tu hijo, me habrías confiado muchas otras cosas, tus sueños, tus deseos, tus temores”.
Por ser mujer y no varón en una sociedad patriarcal, ella se descubre anulada en tanto interlocutora, precisamente por el padre, una figura de tan rotunda autoridad. Sólo alcanza por eso a sugerir la atmósfera del pueblo en Europa del Este y desconoce en qué momento, y cómo, aquel muchacho dejó su casa, el bosque, su país. El texto de este modo se contiene en el umbral de la acción: lo que recupera la hija del ayer de su padre es el entorno, el mar, los paisajes del verano; no los hechos que trastocaron su vida. “Infancia”, “Evocaciones” o “Fragmentos mínimos de una infancia” resume las aristas que se aprecian en la obra de Seligson a lo largo de los tomos futuros: la imaginación de lo sensorial que esboza el tiempo detenido, la interpelación desde la visión femenina, una voz especulativa en pos de los huecos ausentes del diálogo; en última instancia, el brío de fundar un vínculo de palabras con la otredad silenciosa. Rasgos así se advierten en otros cuentos de Tras la ventana un árbol, como “El candelabro” y “La espera”, que reproducen la estela de zozobra y duda por que cruzan mujeres jóvenes al enfrentar las ordalías del desamor debido a las distancias del ser amado.
Hay una renuncia a las nociones de trama, facticidad y evolución psicológica y, a cambio, una exploración sinuosa e intuitiva de esas instancias detenidas del existir humano en que gobiernan la emoción y el recuerdo, la divagación y la pregunta. Desde este punto inicial, Seligson muestra su parentesco con una columna de voces literarias que son ya en ese entonces y seguirán siendo decisivas en su vocación: me refiero a Virginia Woolf, Marcel Proust, Katherine Mansfield, Marguerite Yourcenar, Cesare Pavese, Clarice Lispector, sobre cuyas obras escribió una serie de ensayos reunidos en La fugacidad como método de escritura (1988) y Escritura y el enigma de la otredad (2000) —de donde varios transitan a la compilación titulada A campo traviesa (2005)—, así como en Escritos a máquina (2012).
No es raro que en su final proyecto de escritura, Todo aquí es polvo (2010), Seligson atienda de nuevo el tesón de escrutar el enigma del pasado. Este libro de memorias presenta en su primer tramo, “Dúo”, tres capítulos en que la narradora se acerca a la existencia de su madre, hermana y padre. Seligson dedicó los dos últimos años de su vida a este proyecto, al que en un principio describía como una novela. Terminó la primera versión el 9 de julio de 2009 y puso punto final, luego de escasas correcciones, el 10 de enero de 2010, poco menos de un mes antes de su fallecimiento, ocurrido el 8 de febrero.
El tercer capítulo de “Dúo”, destinado al devenir de su padre, refrenda la imagen del hombre esquivo y de pocas palabras: “de boca de mi padre poco escuché sobre sí mismo, aunque con la viudez como que se abrió, pienso, a su nostalgia, a su necesidad de reparar en voz alta no tanto, que yo recuerde, lo mejor de su vida sino justamente aquello que le dejara un amargo sabor de boca […] el sentimiento agraz de lo que no se cumplió, de lo irrealizado”. El retrato que surge es el de un padre tocado por la hiel, a quien el destino asignó un desvío vital adverso en un país ajeno y un matrimonio infortunado; su refugio, aunque parco, en la palabra, es la posibilidad del ajuste de cuentas con esa diosa Fortuna que lo sujetó en la gris comarca de “lo irrealizado”.
A diferencia del primer cuento de Tras la ventana un árbol, de apenas tres páginas, la escritura expansiva de Todo aquí es polvo elude la pobreza que hay en la voz del informante. Han pasado, en efecto, cuatro décadas, y ese tiempo señala en la prosa de Seligson una solidez y consistencia, la deriva estilística de quien sin esfuerzo reúne en la página plurales tesoros. Como señalan Luzelena Gutiérrez de Velasco y Ana Rosa Domenella en el tomo colectivo Esther Seligson. Fugacidad y permanencia (2017), la autora “elige como método de escritura el crecimiento exponencial de la frase, en tanto la va ampliando mediante una suma de elementos sensoriales que remiten a multiplicidad de experiencias y se prodigan en una riqueza de palabras”.
En Todo aquí es polvo, Seligson, ya ella misma sexagenaria, dota a la prosa de una sinuosidad y hondura que viene, sí, de su talento lírico fertilizado desde la infancia por la lectura de libros de poesía, y también del envión introspectivo con que examina y deshilvana la experiencia propia en los dominios de la familia, las parejas y los viajes, aunque esto se registra desde la conciencia de lo imperfecto —como quien padece la rebelde hegemonía de “lo irrealizado” incluso en los trabajos de la remembranza que nutren la escritura.
Aunque el recuerdo sea falible y la palabra insuficiente (“sustituimos con la imaginación las fallas de la memoria, sus baches colmados de olvido, además retocamos sin pudor recuerdos que se esfuman y, borrosos, evaden cualquier precisión”), el empeño de forjar mediante el decir un enlace con el otro es perdurable en la obra de Seligson. Si en un primer momento fue el padre, en la nómina de los interpelados se enlistan de igual modo las sucesivas parejas, la madre, la hermana, el hijo menor, su nieta, la divinidad y, en última instancia, por supuesto, la identidad propia.
Otros son los sueños (1973), novela corta por la que recibió Seligson el Premio Xavier Villaurrutia,es el relato de una travesía interior. Luego de alejarse del hombre que ha amado, la protagonista se desplaza en un tren. De ese itinerario, de sus detalles concretos de ciudad de partida y destino, no sabemos gran cosa; tampoco de los demás pasajeros. Lo que en esta nouvelle tiene cuerpo es la errancia por las cavidades de la intimidad: los recuerdos que la acerquen al conocimiento del núcleo de cuanto ha vivido: “Hablar y esperar a que las imágenes y las palabras le revelaran algo oculto, una razón, la verdad de su huida”.
Ella viaja por dentro de sí, pero es una interioridad en que resuenan los ecos de las palabras y frases que de otras fuentes han hecho morada en su memoria. La convivencia de estos parlamentos y oraciones otorgan a la prosa una morosidad que tiene aun así un tenor dialógico: “¿Es acaso lícito dejar todo para correr tras la realización de un sueño? No era así como debería plantearse la pregunta, había que explicarse con detenimiento qué quería decir todo, y cuál era ese sueño que la hiciera abandonar su casa, su ciudad y su nombre”.
Es la protagonista una mujer joven para quien el ejercicio del examen interior permite no sólo volver a la riqueza sensorial de cuanto ha conocido en sus andares vitales y en su carácter de judía, sino que transmite la profundidad y el nervio con que se manifiestan en el divagar sensible las emociones que los apegos despiertan, al grado de que la interpelación a sí misma, al detenerse en elementos tan privativos, envuelve una busca de su naturaleza verdadera. “Seligson ha escrito lo que puede llamarse con toda propiedad novelas líricas. Lo son no sólo por la textura y el énfasis de la prosa sino porque escenifican el gran tema de la novela lírica: el yo que se aventura en la búsqueda de su identidad”, escribe Christopher Domínguez Michael en su Diccionario crítico de la literatura mexicana.
Esta primera fase de la escritura de Esther Seligson refiere entonces los dilemas afectivos que en el ámbito de la familia y la pareja conoce una mujer joven de clase media en una contemporaneidad que equivaldría a las décadas de los sesenta y setenta del siglo XX. La exploración asume nuevos alcances y tonalidades en el libro de relatos Luz de dos (1978). El primer texto, “Por el monte hacia la mar”, recrea con las voces de unos jóvenes hermanos los escenarios rurales del norte de España, en concreto de Llanes, en Asturias, donde estuvo la raíz familiar del escritor Francisco Tario, a quien Seligson conoció en Madrid y cuya obra comentó y se esforzó en divulgar; por ejemplo, su ensayo “… Y el vivir nunca es silencioso” ha servido de prólogo para dos selecciones de textos de Tario preparadas por Alejandro Toledo, Entre tus dedos helados y otros cuentos (1988) y Antología (2017). La segunda voz de “Por el monte hacia la mar” es la de un hombre llamado Rafa, quien regresa al pueblo cuando su padre agoniza. Mientras se delinea el entorno húmedo y brumoso y se aluden las escalas y desencuentros del pasado familiar, su monólogo va adelgazando el aliento fabulador para dar sitio al merodeo meditabundo, en que se atestigua el apremio que causa al relato el señorío tenaz de la especulación: “La vida… ¿y qué es la vida? […] Preguntarse qué es la vida ¿no es, acaso, haberse detenido ya?”
El relato que da título al volumen Luz de dos anuncia, por su parte, la próxima aduana en la obra de Seligson. Dos amantes, un hombre y una mujer, rememoran la fugaz embriaguez amorosa que conocieron. Se entrelazan sus voces en capítulos alternos para rescatar las imágenes del castillo y las calles de la ciudad ibérica en que fueron felices; así como vagaron por las calles y por sus cuerpos ahora vagan sus recuerdos en la prosa; de aquella misma errancia se hacen eco sus palabras, pues el flujo de la fabulación admite —como para entonces ya es el sello en Seligson— la cifra que dibuja el zigzag de las preguntas y el deambular elocuente de quienes especulan, en este caso, sobre los fastos y metamorfosis de su frenesí amoroso. El ímpetu de la palabra no es al fin recordar sino hacer que lo antes vivido se halle de nuevo presente: “¿Cómo hacer para que los cuerpos estén, no en el recuerdo, no en la imagen tras los ojos, sino en el lecho, en la piel, en los dedos?” La aspiración de los dos amantes en “Luz de dos” encontró —pienso— una nueva cristalización en los diez pasajes de Isomorfismos (1991), donde se plasman las estaciones del enamoramiento y el hallazgo del éxtasis amoroso de una pareja, poniendo el énfasis en rescatar la densa solidez del instante vivido y desistiendo del relato de los hechos en sucesión con que el tiempo destruye todas las quimeras de la permanencia.
Es significativo que la última sección de “Luz de dos” enlace la relación efímera de esos dos amantes con una figura histórica de relieves legendarios: Inés de Castro, la mujer gallega de probables orígenes judíos que, al vivir una pasión prohibida con el infante Pedro de Portugal, fue asesinada en Coímbra en 1355. La leyenda de Inés, abordada en las letras por una galaxia de autores desde el Renacimiento, se contrapone en “Luz de dos” al recuento de la pasión deshecha de los modernos amantes sin nombre. Los que hoy aman son una resonancia plebeya de quienes amaron en los heroicos ayeres del Medioevo: “Doña Inés y don Pedro realizaron su deseo y ahí reposan, estatuas de mármol blanco, unidos bajo las bóvedas del monasterio de Alcobaça. A ti y a mí no nos esperan una magnífica sepultura, ni el consuelo de la resurrección, ni la eternidad de una leyenda… A ti y a mí nos queda la palabra, únicamente, estas líneas que escribo, como dijo el poeta, ‘para hablar con tu ausencia’”. Cita la narradora en sus palabras finales al autor sevillano Luis Cernuda; el verso procede del poema “Para ti, para nadie”, de la sección “Poemas para un cuerpo”, que forma parte de Con las horas contadas (1950-1956): “antes que el plazo acabe / de vivir, a tu imagen // tan querida me vuelvo / aquí, en el pensamiento, // y aunque tú no has de verlas, / para hablar con tu ausencia // estas líneas escribo / únicamente por estar contigo”.
La lejanía del ser amado —el lamento por la pérdida de un amor incandescente— se finca entonces como uno de los temas principales de la obra de Seligson. En Luz de dos se traza ya el itinerario de las querencias rotas hacia la heredad del mito, ese no-tiempo y no-lugar en que viven los que por amar no mueren nunca y que logra ser entonces cualquier lugar y cualquier tiempo. Lo que vino luego de Luz de dos en la escritura de Seligson fue proseguir, en efecto, con la crónica de los amores irrealizados, pero ya no desde el cuerpo y la voz de una mujer contemporánea sino desde el paradigma inextinguible que, para quien sabe escuchar, aún respira en las efigies fabulosas del mito y la leyenda.
En Indicios y quimeras (1988), se incluye esta brevedad:
Nos encontraremos nuevamente, le dijo una estrella a otra estrella fugaz.
Y sus voces se perdieron en la nocturna bóveda del Universo.
La busca del otro en la obra de Seligson es consciente de su destino de falaz o imposible: ¿cómo se escribe la crónica de lo irrealizado si no es desde la fisura y la falla? La primera sección de Indicios y quimeras integra una serie de textos breves, que van de la micronarración y el aforismo al mito y el apólogo. Evoca este conjunto el carácter sapiencial de las recopilaciones con que las civilizaciones antiguas legaban la voz de sus ancestros, si bien Seligson lo hace con un matiz irónico, desencantado, incluso fatalista. Ella tiene el propósito de volver a contar desde el escepticismo las fábulas de otras épocas, pero lo hace a la luz o a la sombra del enigma que —como hemos visto— una y otra vez la desasosiega: los vínculos del apego.
Esta vertiente de las brevedades puede ser entendida como la antología no confesada que Seligson misma extraía de las páginas de su diario; es decir, en vez de conservar sus cuadernos para que en algún momento se llegaren a publicar íntegros —a la manera de El oficio de vivir, de Pavese o, recientemente, los diarios de Ricardo Piglia o Rafael Chirbes—, la autora cada tanto elegía de las notas que, nacidas de impresiones, visiones y pensamientos fugaces, día a día consignaba en sus libretas. El resto, lo destruía.
Las brevedades de Seligson hacen convivir textos de carácter narrativo y otros de carácter doxal o gnómico. De estos últimos, pueden referirse como antecedentes los fragmentos de los filósofos presocráticos, los libros de Proverbios y Eclesiastés del Antiguo Testamento o incluso la Guemará, sección de comentarios y análisis del Talmud, base del judaísmo rabínico. De igual modo, es inevitable la referencia al poeta judío de El Cairo, Edmond Jabès, en cuyo Livre des Questions conviven aforismos, comentarios, diálogos, fragmentos y a quien nuestra autora no sólo leyó a lo largo de su vida sino que comentó y tradujo; en 1998 apareció En su blanco principio, una selección de brevedades de Jabès en versiones de Seligson. De las brevedades de tenor narrativo, puede aducirse el amplio conocimiento que, como se relata en Todo aquí es polvo, desde la infancia tenía Seligson de los cuentos tradicionales de muy distintas culturas; por su carácter oral, estas narraciones suelen lucir gran fluidez y velocidad, al ceñirse al hueso de los hechos. De manera específica, no me parece atrevido vincular esta veta de la escritura de Seligson con los microrrelatos que tienen como protagonista a Nasrudín, bien conocido por la autora pues en su biblioteca reunió ejemplares de distintas ediciones con los cuentos de este personaje folclórico de la tradición musulmana sufi, como El camino del sufi, de Idries Shah y Cuentos enseñanza del maestro sufi Nasreddin, de A. H. D. Halka.
Indicios y quimeras incluye “Del espantajo” (rebautizado “El espantapájaros”, en Toda la luz). El protagonista “se había prometido no ser como esas aves que invocan a la soledad para desplegar las alas y remontarse libres y, luego, en pleno vuelo, desear con ardor una presencia”. Como en otras páginas de Seligson, la escritura exhibe la inercia contradictoria del individuo entre el anhelo de libertad y la apetencia de la comunión amorosa. No hay salida de esta discordancia. Y parece no haber cura para la ordalía que causa la pérdida del apego. En “Alternativa” se encuentra este diálogo:
Preguntó el Poeta al Sabio:
—¿Qué consejo darías al amante que sufre la nostalgia de su amante en el corazón, en los huesos y en el pensamiento?
—Ninguno —contestó el Sabio.
El gusto de Seligson por la escritura compacta ya se apreciaba en De sueños, presagios y otras voces (1978) —de donde proceden siete textos de Indicios y quimeras— y se advierte más adelante en Hebras (1996) y la segunda parte de Cicatrices (2009). Meses antes de su fallecimiento, la propia Seligson recuperó de sus cuadernos otras brevedades que incluyó en el tomo de varia invención Escritos a mano, publicado en 2011.
Luego de la Inés de Castro evocada en Luz de dos,Indicios y quimeras tiene como personajes, entre otros, a algunos procedentes de la mitología griega: Penélope, Orfeo, Eurídice, Electra y Antígona. Un año antes de la aparición de este libro, Seligson dio a las prensas una de sus obras más audaces: Sed de mar (1987). La lejanía del amado, Ulises, es el punto de partida para que la voz de Penélope se yerga con independencia, expresividad y arrojo. ¿Qué significa que una escritora judía mexicana de fines del siglo XX se apropie de los personajes homéricos? Heredera de la vocación universal de la cultura mexicana que defendió medio siglo antes el Alfonso Reyes de Ifigenia cruel, Seligson —lectora sensible de los clásicos grecolatinos y de su portavoz en el siglo XX: Marguerite Yourcenar, la autora de Fuegos—ni se planteó esta pregunta. En su caso, el mito griego no busca la recreación histórica que eche luz indirecta en los dilemas morales del individuo o en los conflictos sociales de nuestro tiempo. Lo suyo es la apropiación no de otra época sino de otras voces. El mito no se escenifica en el tiempo sino en la sensibilidad. A través de esas voces distantes Seligson explora el desconcierto de los afectos esenciales en sus azarosos rejuegos con el sentido de la identidad misma.
Radical en el intenso fulgor de su escritura, Seligson pone en el centro de la página, como no podía ser de otra forma, el caos visceral de las pasiones. A la manera de las Cartas de las heroínas de Ovidio, la premisa de Sed de mar tiene los rasgos de la vitalidad: las pasiones se están expresando a como la prosa avanza; el escrito se yergue así, entonces, como el decir presente de una voz en movimiento cuya razón de ser es ir hacia el oído ajeno, hacia la piel de un cuerpo real. “Una imagen, persigo una imagen cuyo nombre no encuentro, persigo un nombre cuyas letras no conozco, letras impronunciables”, inicia la primera carta de Penélope, quien pronto plantea su urgencia: “y necesito hablar contigo, Ulises, hablar para saber si este tiempo que me invento es un tiempo real […] si me estoy enredando en las palabras a fuerza de no poder oírmelas, a fuerza de escucharlas en mis adentros, sin encarnarlas, deshuesadas”. La palabra de la esposa del rey de Ítaca no está inmóvil, no puede por lo tanto quedarse en la penumbra de sus sienes; sólo cumple su andar si Ulises escucha, reconoce y responde.
Pero los años y la distancia han lacerado el vínculo: la carta de Ulises tarda demasiado en llegar y su mujer ha decidido para entonces, contraviniendo la fijeza a que la sojuzga el mito, dejar Ítaca y lanzarse a su propia odisea, arrogándole al perfil femenino la libertad de movimiento que sólo habrían tenido los varones. En su reescritura del mito, Seligson hace dar a Penélope con la isla de Calipso, quien “desplegó para mí todas las transformaciones, y por amor a mi amor, revivió conmigo sus enlaces contigo. Era algo que no se parecía a nada, tibio como un beso pero más húmedo, estrecho como un abrazo aunque más cercano”.
Al fallido vínculo con el esposo sucede la unión erótica entre las heroínas y Seligson expresa con audaz belleza la felicidad orgásmica de los dos cuerpos femeninos: “Era un remolino pausado que se desenvolvía, que partía de mi vientre hasta detenerse, súbito, en la garganta. Tumbada sobre el heno sentí el oleaje de la alegría, el estremecimiento de las cosas […] Los rayos del sol nos desnudaban poco a poco. Todo alrededor era luz y temblaba”. Penélope no para en ese punto: a raíz de la efervescencia que halla en la dicha sexual con Calipso, llega a una epifanía con que afirma en un sentido opuesto el lazo entre un varón y una mujer: “comprendí que hubiera querido penetrarte, sí, herirte en cada caricia con el mismo cristal con que tú heriste mi ser. No fundirnos. No, penetrar y salir, penetrar y dejarte dentro un dardo inflamado, hacerte sentir en su punta el centro de mi centro”. La activa reformulación del encuentro sexual entre un varón y una mujer no es sólo la invasión en el otro cuerpo; es también una metáfora para la mutación interior con que Penélope busca finiquitar el lazo que la sigue, obsesivo, llevando hacia el oído de Ulises: “Hacer estallar tu ser en tu ser, y, liberándolo, liberarme de la prisión que me construí dentro…” Si bien halla una nueva plenitud en el cuerpo de Calipso, el diálogo entre el varón y la mujer es en Sed de mar una aspiración que no se cumple: “El silencio —dímelo, Ulises—, ¿habla el silencio? ¿Qué dice el silencio cuando calla?”, cierra Penélope su última carta, ya lejos de la isla nativa.
Si en Sed de mar la voz de Penélope busca sin éxito el rostro y la presencia de la persona amada, cuyo apego lastima y no eleva, hay otro libro en que Seligson se lanzó a la asechanza de la otredad más silenciosa y despiadada de todas. La morada en el tiempo (1981) es una novela de estructura exigente y compleja pues lleva a su límite el rompimiento con la expectativa de una trama que se sustente en la ordenada sucesión de los hechos y la evolución de la psique de un personaje; además, desiste de la concentración habitual del tiempo estancado, pues se trata de un tejido que, merced a saltos numerosos, abarca milenios.
Seligson, quien definió La morada en el tiempo como “el intento de reescribir la Torá desde la perspectiva de un Jeremías contemporáneo”, hilvana su narración con episodios dispersos de la historia judía, desde el mito de los orígenes de la tribu de Israel hasta la Diáspora, los pogromos y el Holocausto. En estas páginas, transponiendo sucesos de la vida afectiva de su propia familia de judíos migrantes llegados a México antes de la segunda Guerra Mundial y de sí misma, discurre en torno del silencio de Dios. Como señala Jacobo Sefamí, “la visión aléphica de Seligson hace que convivan episodios históricos distantes y distintos, empalmados a veces con relatos autobiográficos que se transfiguran a través de personajes arquetípicos o alegóricos”.
A la manera, en efecto, de Jeremías, “el ciudadano” —personaje que oficia como hilo conductor de La morada en el tiempo— atestigua las fallas morales que, época tras época, exhiben los mortales y, en concreto, las comunidades judías: “¿En qué es distinto este pueblo a otros pueblos si sus criaturas sucumben igual a la arrogancia, a la desidia, la postergación, la rapacidad, si lo mismo humillan y explotan a sus hermanos?” Aunque Seligson no dio cabida en su escritura de ficción a la denuncia social ni a la pesquisa en torno de los asuntos políticos, esta novela hace suya la exigencia ética con que los antiguos profetas reprobaban las iniquidades de sus contemporáneos. Es perentorio señalar aquí la luminosa convivencia que tuvo Seligson con las ideas filosóficas de Emmanuel Levinas, a quien conoció en persona en Bruselas en 1972 y cuya ética de la alteridad, del ser-para-el-otro, honda huella dejó en sus inquietudes. Oponiéndose a la ontología de Heidegger, Levinas, judío ortodoxo, rompe el impulso del yo que pretende hacer de la otredad un objeto de conocimiento antes que un sujeto para el encuentro cara a cara. Postula el filósofo que la responsabilidad del ser humano ante su prójimo “es tal que ni Dios puede anularla” y, así, “cada cual responde por las faltas del Otro” (Totalidad e infinito). En Difícil libertad el pensador lituano escribe: “El rastro del Otro es la pesada sombra de Dios, el Dios que ordena: ¡No matarás!”
La ausencia de justicia entre los seres humanos reclama desandar el camino para volver tras las huellas de la presencia divina en que se sostiene la exigencia ética. La morada en el tiempo da aliento a la zozobra causada por la distancia que Dios ha puesto entre él y sus creaciones desde los tiempos de Moisés: “¿en qué ocupas entonces tus eras que llevamos siglos sin escuchar tu Voz?” A pesar del silencio divino, esta obra no oculta el ansia que emerge de la médula espiritual del creyente: “colmado el corazón del deseo de tu Presencia el alma te anhela y en su interior te rebusca: ¿Qué habremos de hacer para que respondas ‘heme aquí’?” La exploración mística parece apropiarse en algún momento de las imágenes con que en el Cantar de los cantares se expresa la unión del alma con Dios, salvo que ya no hay unión ni Dios, sólo sordera y ausencia: “¿Cuándo se vio Amante de corazón tan árido y tan apretada boca, sellados labios, alma distante?” No es absurdo escuchar en estas líneas la renovada desazón de aquella joven de Tras la ventana un árbol ante el mutismo de su padre.
El alegato en La morada en el tiempo —una de las escrituras más intensas e incisivas que sobre lo divino encontramos en las letras de Hispanoamérica— inspira un anhelo contrario: liberarse de la necesidad de Dios, “darle la espalda al espejismo del consuelo y atreverse a pasar al otro lado de la desesperación, dejar de sentir que en el dolor estamos vivos y cubrir la piedra, la roja piedra del sacrificio de una vez y para siempre”. Matar en el pecho del ser humano el ahínco de religarse con el cosmos que está en la promesa de fundirse con lo divino: “Recobrar la libertad de no preguntarse más por qué somos lo que somos y dejar de serlo, perdernos en el desierto por voluntad propia”.
La aspiración de arrancar de sí esa ansia de obtener la presencia del amado o de la divinidad se muestra con tonos aun más fatalistas en los últimos escritos de Seligson. En el relato “Eurídice vuelve”, aparecido en la Revista de la Universidad de México (julio de 2005) e incorporado a la antología Toda la luz, retorna Seligson al mito de Orfeo, ya visitado en De sueños, presagios y otras voces. El reencuentro de la pareja, entre la indiferencia de él y la pertinacia de ella, deviene en la amargura del fracaso, en la violencia y la pérdida final de los amantes. En este viaje que propongo a lo largo de la obra de Seligson siguiendo las huellas que dejan los personajes en su afán de diálogo y amalgama con la otredad, es elocuente cómo Eurídice cierra su monólogo presentando la estampa de un ser fabuloso: “La Esfinge no guardaba ningún secreto. Tampoco puedo asegurar que me engañara. Ella no planteó nunca enigma alguno, o pregunta. Nada. Estuvo ahí, sigue ahí, muda, quieta. Como hechizada, también. Fui yo quien le volvió la espalda… Inconsolable…” Criatura alada con rostro de mujer y cuerpo de león, la Esfinge parece evadir el estatuto de lo humano desde su misma apariencia. Además, no es ella aquí, como lo es en el relato de Edipo, el monstruo del acertijo que ha de responderse, so pena de perder la vida. Nada de eso. Si ya antes ni el nómada Ulises, ni el recóndito Dios han hecho acto de presencia ni han respondido, ahora la Esfinge, por más que se le halle cara a cara, es pura mudez y quietud. ¿Qué le queda entonces al yo que busca no sólo la presencia sino la palabra, no sólo el cuerpo sino la voz?
Cicatrices puede ser visto como la suma final del arte narrativo de Esther Seligson. Ya Hebras comprende cuentos (“El balcón”, “Simplicidad”) que, desprendidos de la observación irónica del orbe de lo cotidiano, ofrecen breves estampas de personajes anecdóticos enfrentando pequeñas batallas. Cicatrices es más generoso en esta clase de relatos; en ellos (“Amarás a tu prójimo”, “La dama del perrito”, “Cajas cerradas”, “Su mundo en la cama”), Seligson retrata con fluido avance fabulador a personajes excéntricos y obsesivos, algunos de los cuales toman, ellos mismos, la palabra y desgranan sin culpa sus intrigas y delitos. La misma Seligson contó a Alejandro Toledo en una entrevista que esos textos de Cicatrices nacieron de su estancia en Lisboa en el año 2000 y “tienen poco que ver con la anterior forma de escribir […] Ésos son los nuevos textos, una nueva época, quizá un nuevo estilo”.
Sin embargo, del lado de esta nueva veta de tenor a ratos picaresco —también presente en “El Diablo” y “Hasta que la muerte nos separe”, de Escritos a mano—, la primera sección de Cicatrices presenta textos de “la anterior forma de escribir”: el estrato mítico o legendario en que, a veces a la manera del apólogo, se plasma un instante de la vida de un personaje. Ocurre así con “Cuerpos a la deriva”, “Canícula”, “Subramanya, el santo enfadado”… En algún caso con ironía, usualmente con desencanto, estos relatos —sin diluir jamás el espesor de una prosa de extraordinaria fortuna sensorial— trazan el devenir de seres para quienes la palabra es el solo instrumento con que buscan dar un sentido al silencio y la espera que acompañan nuestra lenta inmersión en la muerte. El más estremecedor de todos, y que sirve como clausura magistral a los andares de Esther Seligson por la reescritura del mito, es “Voz sin sombra”.
Salvada por la diosa Artemisa del sacrificio al que la destinaba su padre, el rey Agamenón, Ifigenia subsiste en un sitio abandonado frente al mar desde donde maldice a la primera y aborrece al segundo. Publicado originalmente en octubre de 2007 en la Revista de la Universidad de México como una obra en un acto, “Voz sin sombra” habría sido el único intento de Seligson en el campo de la escritura dramática, ella que fue una apasionada del teatro; recordemos que lo mismo redactó temidas reseñas de crítica de montajes a lo largo de varios años —reunidas en el tomo Para vivir el teatro en 2008— que impartió clases en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM desde su fundación. Incluso anotó en una de sus brevedades: “En el cine apapacho mis cicatrices. El teatro quiero que me las abra a todo lo que dan”. Dos años después de su aparición en la Revista de la Universidad, “Voz sin sombra” tuvo un cambio sintomático: para su inclusión en Cicatrices, Seligson decidió prescindir de las didascalias. Es decir: destinó el monólogo de Ifigenia no a la comunión del ágora teatral sino a la aislada torre de la lectura en silencio.
¿Qué representa Ifigenia en la exploración literaria de Esther Seligson? Ya no hay busca de la otredad. El tiempo se detiene, sí, pero en la soledad absoluta: no hay añoranza de ningún amante porque desde doncella Ifigenia fue elevada por los aires, arrebatada a la comunidad de los ruidos, el escarceo y el placer. Desde que fue sustituida en el sacrificio por un cervatillo, ella ha sido forzada a vegetar en el aislamiento y se halla “eternizada entre sombras, sombra yo misma en el limbo, ni viva ni muerta”. Ella no es más que una “vida suspendida del vacío esperando lo que no llegará”. No tiene el propósito de ser escuchada por ningún ser amado; no busca sino, más bien, detesta a la divinidad. Sólo le queda la palabra: “hablo para desahogar mis soledades aunque sólo el viento escuche […] Nadie me escucha. Todo me olvida […] A nadie miro y nadie me mira”.
Al no haber gozado del destino de una vida cualquiera, por más intrascendente que podría haber sido, Ifigenia es Lo Irrealizado en su expresión máxima. “¿Existo?… ¿Ifigenia existe?… aquí estoy, sentada, quieta, frente a la inmensa Nada del mar […] el contorno que se irá desdibujando […] hasta topar con lo que ya no es ni tiene adentro o afuera, disuelto, informe.” Tiempo después, muy poco antes de morir, Seligson habría de firmar la profética oración con que llega a su fin Todo aquí es polvo —título, ya de sí, por demás elocuente—: “La muerte ha de ser entrar en un mar infinitamente poroso, azul zafiro brillante, translúcido…”
La última Esther Seligson es así la inapelable cronista de la ruina vital: todo en la existencia —afanes y apegos, avideces, miedos y naufragios— termina en la disolución.
Y todo eso, también, respira en su asombrosa escritura.
Ay, en aquellos tiempos cuánta nostalgia sentí, al ver pasar sobre mí las alas de una grulla, de llegar a la orilla del mar inconmensurable, de beber en la copa de lo infinito aquel gozo de la vida enardeciente, y sentir en la limitada fuerza de mi pecho, sólo por un instante, una gota de la dicha del Ser que crea todo por sí y en sí mismo.
JOHANN W. GOETHE, Fausto
a León Waisser R.en agradecimiento a su infatigable amistad
a Laura Almela
Yo sólo soy memoria y la memoria que de mí se tenga.
ELENA GARRO, Los recuerdos del porvenir
La oscuridad es de cualquier color, sólo la luzes transparente…
ADRIÁN JOSKOWICZ SELIGSON
Dúo
¿No estoy aquí, yo que soy tu Madre? ¿No estás aquí bajo mi sombra y resguardo? ¿No soy la fuente de tu alegría? ¿No estás en el hueco de mi mano, en el cruce de mis brazos? ¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Nican Mopohua, Cantos nahuas
Pour etre juste envers quelqu’un il faut voir les choses comme s’il devait justement mourir.
R. M. RILKE, Lettres à une amie vénitienne
No sabría decir exactamente cuándo empezaron a desanudarle el alma.
Algunas tradiciones aseguran que cuarenta días antes del desprendimiento, el Ángel a cuyo cargo estuvo la custodia hace el primer intento franco de aproximación, suave, discreto, para no sobresaltar ni crear angustias, máxime si el alma ha vivido veleidosa sin una clara noción de su destino y enamorada más de la cuenta de su divino estuche. Porque, eso sí, hay las que se aquerencian de tal modo en el cuerpo que no pocos Guardianes han perdido el oficio ante la tozudez de ese soplo a abandonar el ánfora de barro que se le dio por albergue con la muy explícita advertencia de que habría de deshabitarlo a su debido tiempo. Y es entonces cuando, muy a su pesar, el Jefe de los Custodios es delegado y conminado a usar su guadaña. Ni modo: hay ánimas rejegas que por más que ya vengan avisadas una y otra vez repegan su esencia a la sustancia como moscas a la miel. No fue ése, por fortuna, el caso de mi madre.
A Ella le fueron desanudando el alma de a poquito en poco. Bueno, en realidad, yo tomo en cuenta nada más sus últimos ciento veinte días, pues de pensar en las semanas que se hicieron meses que se hicieron años de deterioro paulatino e irrefutable, el asunto del desencintado del alma ya no fue tan despacioso. Sin embargo, sé de buena fuente que ahí sí los Ángeles Guardianes no meten baza. Para la cuestión de las enfermedades cada ser humano se pinta solo, cada cual escoge su muerte, ya lo dijo el poeta, según el gusto de su vida. Y en gustos se rompen géneros, no cabe duda. Un ejemplo: mi madre se saboteó el gusto de viajar, que era apasionado e intenso, y si acabó por dejarse atrapar las piernas en la cama no perdió con ello un ápice de su pasión, que aplicó en preparar concienzudamente el trayecto del gran tránsito final.
Yo creo que ese gusto le venía de sus casi siete años cuando cruzó desde algún puerto de la Rusia aún zarista el océano grande, o porque, sin mucho especular, simplemente conservaba el recuerdo vivo de sus múltiples recorridos anteriores. Según consigna Platón, las ánimas que van de pasaje hacia su futura reencarnación escogen por sí mismas el género de vida que habrán de vivir y, responsable cada cual de su elección, han de atravesar el llano de Leteo bajo un calor abrasador y pernoctar a orillas del río Ameles de cuyas aguas poco han de beber so pena de perder por completo la memoria del destino que libremente eligieron.
Era la suya un alma traviesa, perezosa y con una insaciable curiosidad que por su misma indolencia dejó inconclusa en mil y una minuciosidades, como quien se la pasa garabateando itinerarios, planos, cartas, y ni se embarca, construye ni escribe. Ah, pero eso sí, era incansable en apiñar y hacer acopio de materiales, en caso de que las cosas se dieran del modo en que lo imaginaba. Tal vez por eso tampoco tuvo noción del tiempo de los relojes y calendarios. El suyo fue un ritmo moroso y cantábile enamorado de la música y del grandioso mundo de la ópera, paraje que la embaucaba y donde nunca escatimó incursiones y despilfarros. Ahí, en ese mundo de maravillas, se prodigaba su ansia de vuelos, de boato, de sensualidad. Ahí su ensoñación inmensa se eternizó ebria de anhelos y quimeras.
Por eso imagino que a su Ángel Custodio no le habrá costado demasiado desanudarle el alma ya de por sí cantonera. O a lo mejor fue todo lo contrario: que no había forma de apearla del barco por las buenas y entonces hubo que irle royendo el casco de a picaditas, rozándolo como a los puños de una camisa, hasta que se le hizo ralo ralo y no tuvo más remedio que desertarlo y permitir que se hundiera, majestuoso Titanic, en las aguas del silencio y la nada. De hecho el cuerpo no tomó tierra sino tres días después de que exhalara el último suspiro.
Hay quienes dicen que nacer es levar anclas, y morir llegar a puerto, imagen bastante común que no toma en cuenta las etapas intermedias, a menos que esas, llamémoslas islas, sean ya una suerte de avisos providentes por aquello de mors certa,hora incerta. Islas entonces habrían sido en el caso de mi madre, las enfermedades, las intervenciones quirúrgicas, los sueños premonitorios, a manera de encuentros rituales con un misterio de por sí impenetrable. Retrospectivamente pienso que, en ese aspecto, Ella fue un navegante privilegiado pues no se escatimó ninguna de esas tres escalas, aparejadas siempre las velas, igual que los guantes, la estola, la bolsa de chaquiras y los binoculares para las noches de gala, el teatro (que sí compartía con mi padre) y las bodas. Ducha en maniobras para huir de lo cotidiano —pese a considerarse muy práctica—, no vaciló en estragarle las estructuras al navío con tal de a lo mejor dilatar el arribo perentorio, concluyente.
Antes de esos últimos ciento veinte días que mencioné, le preocupó el Infierno, así, con mayúsculas, más como un concepto que como un lugar de extravagancias literarias y/o cinematográficas a las que era muy dada pues se crió entre las viejas calles del antiguo Centro en el flujo efervescente y móvil de las creencias populares ajenas, por otra parte, a las de su entorno familiar judío. Freud habría detectado alguna culpa oscura en ese temor al “castigo” que Ella no veía muy claro en qué podría consistir si se tomaba en cuenta lo mucho que, según su criterio, había ya sacrificado a cuenta de su libertad en aras de su esposo y sus dos hijas. Le apostó pascalianamente a la existencia de un “más allá”. Águila o sol, el quid no estaba en si Dios es o no es, está o no está, existe o no existe. Creía, por supuesto, a su modo, como cada uno de nosotros cree a su arbitrio. Era, además, una excelente jugadora de baraja y cuando le “latía” iba su resto íntegro en la apuesta (aunque a veces igual entregaba íntegro el pozo), así que no es de sorprender que, frente a la incertidumbre y sin mucho devanarse el seso (era soñadora mas no metafísica), creyera, no por razonamiento o inspiración, sino por costumbre de niña que cumple con sus deberes, menos por aplicada que por no tener problemas que le quitaran espacio para sus ensoñaciones.
En qué medida entrábamos mi hermana y yo en ese espacio, lo ignoro. Todo lo que a sí misma se permitía, era tabú para nosotras semienjauladas entre leyes a cuál más arbitraria “por nuestro bien”, aunque reconozco que la rigidez se deshielaba cuando de fiestas, espectáculos y paseos era cuestión. Por lo común no aflojaba la rienda. De ahí a suponer el trabajo que pudo costarle al Ángel desanudarle el alma hay un paso, pero, caras vemos corazones no sabemos. Lo que pesa el pájaro en la punta de una rama, se dice, es la carga que para el cuerpo representa ese hálito imperceptible sellado con cuarenta y nueve (aquí el número varía según las tradiciones) signos cada uno de los cuales representa una puerta por cruzar en el tránsito de retorno a las fuentes originarias. Otras versiones aseguran que en la cuarta hora después de la medianoche, serpientes en la proa del barco lanzan llamaradas para iluminar los secretos caminos por donde ha de pasar el alma que, transformada ya en estrella, aparezca la primera en el cielo con la claridad del alba. Tal vez Ella ya sospechara que la puerta se abre hacia todos los horizontes y que el camino hacia arriba y el camino hacia abajo es uno y el mismo.
Había visto demasiado cine, y el Orfeo de Cocteau, por citar un ejemplo, fue su reincidencia favorita. Una suerte de horizontalidad vacía donde tanto da ir hacia delante o hacia atrás, al frente, a lo alto, a lo bajo: bilocación más que ubicuidad. No tengo ni idea, sólo sé que cuando Adrián realizó su machincuepa desde el onceavo piso su cuerpo cayó intacto, y por abstruso que suene no hubo una gota de sangre en el piso, es decir que ascendió y descendió simultáneamente. Pero ésa es otra historia y aquí se trata de la de mi madre que entró en trance (“estado alterado de conciencia’’, según el diccionario) ciento veinte días antes de su muerte física, trance que la transformó, de la cotidiana Doña Mari, en la profética Miriam hermana de Aharon (literalmente) sin ningún Moisés a la vista, por lo que tuvo que arreglárselas sin rocas ni bastones para sacarles agua milagrosa, y lo mejor que le sucedió, amén de recuperar su lengua natal que desde su llegada a México jamás volvió ni a mascullar, fue empezar a repartir sus pertenencias, lo cual podría parecer normal pero el caso es que Doña Mari, como le decían cariñosamente (no en el medio judío donde conservó su diminutivo ruso Maña), negaba la impermanencia en su afán por atesorar toda clase de chácharas y cachivaches pues, a pesar de su buen gusto y sentido estético, se dejaba seducir por lo banal y accesorio y se aferró desde siempre con una fe y una devoción dignas de mejor causa a cada una de sus COSAS, fuesen chicas, medianas o grandes, nuevas, usadas o viejísimas, y no en unidades sino, a ratos, por docenas, o dobles, “por si se gastan”, “por si se rompen”.
Si creía o no en la inmortalidad del alma o en su reencarnación nunca lo explicitó pues lo que le preocupó durante esos ciento veinte días fue deshacerse de esas COSAS, no le fueran a lastrar “el paso” o fueran a ser objeto de “castigo” que ése sí le aterraba sin precisar nunca qué tipo de castigo creía merecer si no se “portaba bien” en sus últimos días, aunque hoy me es claro que “portarse bien” de pronto significó limpiar: clósets, cajas, cajones, maletas, casi casi como metáforas de su propio cuerpo. Ahora que, genio y figura hasta la sepultura, hubo COSAS de las que afirmó categórica y con tono admonitorio “eso ya lo tirarán después de que me muera o a ver qué hacen”. Que su alma iba a presentarse ante Dios para ser juzgada según sus actos no lo dudaba ni tantito, por ser judía —creía, mas no practicaba, con todo y sus aliños cristianos—, hija de padre moscovita observante, y de madre ucraniana fervorosa de toda la posible maraña de supersticiones habidas en el imaginario folclórico judío. No exagero, y hasta puede ser que me quede corta, pero ésa es también otra historia. Limpiar para disipar las fronteras entre el bien y el mal, así, con minúsculas, sin grandes dilucidaciones éticas o metafísicas, como si dijéramos de un alimento si hace o no hace daño, entre la disyuntiva de si seguiría siendo la misma “Allá”, ese yo cotidiano suyo parpadeo de sombras, o si por fin se reintegraría a su Ser verdadero, Yo divino chispa de luz, y ser Uno con Él.
Pienso que lo que en realidad la consoló fue la esperanza de una nueva oportunidad para escoger mejor otra forma de vida, otro cuerpo, deshacerse de sus angustias y de su latente temor, ese mismo apremio ansioso con que abría la puerta en las dos noches del Seder, casi al final, mientras su padre alzaba la copa especial con vino invocando la presencia de Elías —no fuera de verdad a encontrarse del otro lado esperando entrar a compartir con nosotros la cena conmemorativa del Éxodo—. Tal vez su presente le cerrara cualquier posibilidad de abrirse una ventana al futuro y dejó de pensar en lo que aún “podría ser”. ¿Es eso perder la esperanza? ¿Se dio por vencida Ella que tenía un innato amor por la vida del que, por cierto, carecía su marido y, de rebote, nosotras, sus hijas (¿o dónde, en qué parte de nuestro trayecto, lo extraviamos?)? Temor a que, independientes, las sombras de sus miedos surgieran en cuanto cayera la Noche.
La inercia de su cotidianidad le había ocultado el flujo constante de ese “algo más” que algunos llaman Dios, pero cuando ahora sí de facto se le abrió el cielo en aquel trance de finales de año, ese fluir se le hizo claro de nuevo, tangible, y eso la volvió visionaria, digamos, al grado de que, entre otras certezas, veinte días antes de su tránsito, supo que su único hermano, Aharon, tres años menor, la había precedido y parecía estar esperándola.
Descoyuntada su paz interior entre las urgencias de su cuerpo terreno y los anhelos de libertad de su alma, empezó a derivar hacia tanto tiempo muerto de sobra grabando incansablemente —y eso ya algunos años antes de irse y quizá para compensar el endémico mutismo, no por ello menos agresivo, de mi padre— de los canales televisivos programas de música, de ópera, viejas películas de cine, anotando recetas de cocina, consejos de belleza, recortándolos de periódicos y revistas. Tanto tiempo perdido que le faltó tiempo para releerlos y llevarlos a efecto. Igual el gasto de horas y horas con sus videos y cassettes que fui a depositar religiosamente al bote de basura cuando hubo que poner orden en el inconmensurable caos de papeles, bolsas y un mil diferentes clases de contenedores donde conservó y acumuló durante años que se hubieran dicho siglos desde boletos y programas de espectáculos, invitaciones, cartas que no terminó de escribir y otras que recibió, postales, fotos, itinerarios de viajes que nunca realizó, cuentas de banco, de tiendas departamentales, felicitaciones del Día de las Madres de cuando íbamos a la escuela mi hermana y yo, sus viejas credenciales de la Vocacional 4, de la Escuela de Artesanías, hasta sobrecitos con azúcar, palillos de dientes, muestras de shampoo, propagandas de ofertas y rebajas, llaveritos, dijes, etiquetas, alfileres y seguritos, dedales, botones, lijas de uñas, libretitas, monederos; en fin, que el inventario llenaría más páginas que las del directorio telefónico con todo y Sección Amarilla, y no tiene caso, salvo porque resulta que mi madre nunca encontraba justo lo que era necesario en un momento dado, ni documentos ni números de teléfonos ni esa maravillosa receta que sacaría a la cocinera del apuro en que la petición de un platillo diferente distrajera del tedio que a mi padre le provocaba cada vez que le ponían enfrente el guiso y elevando los ojos al techo recitaba “la misma estrella en el mismo cielo”. Quizá Ella pensara, me digo, que algún día, si lograba ordenar ese mundo de recuerdos y memorias, y que siempre prometía hacer, encontraría el sentido, el propósito de su existencia, el de haberla vivido, y recobrar su alma niña, pícara, inocente y traviesa.
“Son los resultados de tanta morfina”, sentenció juicioso Andrés, su doctor de cabecera, nieto de una probada chamana. Pero él prefería atenerse a la lógica de los hechos científicos. Habrá sido el sereno, el caso es que mi madre, al inicio de esos ciento veinte días, vio tan claramente su entierro que me suplicó no hiciera nada a las prisas pues quería tener mucha gente a su alrededor, y sol, y alegría. ¿Cómo, según las leyes de la lógica, iba nadie a saber que se presentaría la disyuntiva de, o enterrarla inmediatamente dado que se fue unas horas antes del inicio de Pesaj (¿habrá venido Elías en persona a abrirle la puerta a Ella?), o que su caja con el cuerpo dentro aguardara en el cuarto-refrigerador adecuado en una de las sinagogas al efecto? —Pues esperará los tres días, dije. Y la vestimos con sus pijamas más calientitos y le cubrimos los pies con dobles calcetines. Siempre fue friolenta…
Conforme su cuerpo perdía densidad, gravedad y espacio, sus ojos y su piel se fueron rejuveneciendo hasta adquirir un resplandor infantil, una textura marfileña el rostro, una transparencia de agua cristalina el azul esmeraldado de su mirada. ¿Se fue vaciando de sustancia, es decir de tiempo? ¿Había tocado esa Sabiduría que precede a la materia y a la propia energía que todo lo impregna? Tal vez se fue entregando a la conciencia de ser ella misma para poder ir hacia ese oleaje más vasto que el dolor de su cuerpo consumido.
Abril 21, 1997A quien corresponda,
Por este conducto solicito atentamente le sea entregada un acta de defunción al portador para extenderla a nombre de Sra. María Berenfeld de Seligson
Edad, 75 años
Fecha y hora de muerte: 21 Abril ’97, 13:25 hrs.
Causas:
1) choque séptico
2) gangrena de escaras
3) osteomielitis crónica
4) cor pulmonale crónico
No, no ocurrió así textualmente: yo escuché sin el menor lugar a dudas cómo el mecanismo de su corazón fue haciendo cada vez más pausados los golpes de sístole y diástole cual péndulo de reloj —imagen que viene muy a punto, dado que mi padre era relojero y, en ese momento, en otra habitación de la casa, totalmente ajeno— hasta que se detuvo el vaivén con un simple “trac” claro, preciso, seco. Ni espasmos, ni estertores, ni siquiera un suspiro. Creo que dejó de respirar mucho antes de que el corazón cesara de latir, pues el hálito de vida, ese que llaman alma, ya se había seguramente integrado a su origen divino y dentro de la osamenta sólo quedaba el vacío, la roca de Sísifo detenida en la cresta de la montaña, ingrávida.
Mi padre, profundamente ofendido porque Ella había logrado atreverse —y sin culpa alguna— a dejarlo a solas consigo mismo, no quiso ir al entierro que fue, en efecto, festivo, concurrido, alegre. Y qué bueno, pues su humor taciturno, su enojo manifiesto y la estorbosa silla de ruedas en la que hubiésemos tenido que sentarlo, habrían echado a rodar la levedad con que se inició ese viaje por Ella tan deseado, libre, libre por fin de cualquier atadura, tal como lo vio. Nada opacó la luminosidad húmeda, suave, el resplandor con que su Ángel Custodio nos consolaba a todos por igual bajo sus alas…
… también todos parecían construirse alrededor de algo olvidado…
CLARICE LISPECTOR, La ciudad sitiada
Como un fantasma, como un sueño, tu presencia se disolvió, rayo de sol que irrumpió por un momento —¿recuerdas el último atardecer junto al mar?— en el panorama de mi paisaje interno sin cobrar realmente peso, frágil huella de luz que, se diría, no tuvo linterna donde arder y cuya sola sombra era aprehensible: un sonreír —a veces, sí, también la carcajada que prometía vuelos—; un abrazo cálido que se esfumó lejano; los recuerdos mutuos que a ratos se compartieron jubilosos mas terminaron por callar su recíproca historia; y el juego de acompañarse por las calles, de retratarse, de distraerse con los escaparates, que cayó en el silencio. ¿Qué viniste a buscar ahí donde ambas en vez de hallarnos habríamos de separar nuestros caminos de por sí distintos? ¿Qué no logró abrir franco el portal de los sueños hacia la tierra que de niñas imaginamos? ¿O es justo esta nueva separación la que tornará a encontrarnos alguna vez de nuevo en un presente pleno?
