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Una aproximación innovadora y actualizada a las emociones humanas. Descubre cuáles son y por qué las tenemos a partir de infinidad de experimentos, investigaciones y casos clínicos. No te engañes, por muy racional que seas, necesitas emociones para guiar tu vida. El entusiasmo que te impulsa en muchos momentos, el miedo que te paraliza o la alegría que envuelve algunas interacciones sociales no son casuales, sino que se trata de útiles herramientas que ha perfilado la evolución. Y es que las emociones te permiten tomar mejores decisiones y que tu comportamiento se adapte con eficacia a las circunstancias de cada momento. En los últimos años, las investigaciones en neurociencia han comenzado a desvelar los circuitos que, en lo más profundo de tu encéfalo, gestionan el despliegue de las emociones básicas, aquellas que compartimos con muchos otros animales. Y han aparecido muchas sorpresas. Todo indica, por ejemplo, que hay una emoción que genera entusiasmo o motivación, que está detrás de los demás estados afectivos; que hay una estrecha relación entre el pánico que siente un bebé cuando se siente solo y la tristeza de un adulto; o que los circuitos nerviosos que, en la infancia, nos impulsan al juego son los mismos que más adelante se encienden cuando nos mostramos alegres. De todo ello y de muchas cosas más va este libro. Por primera vez, podemos comenzar a hablar de emociones apoyados en el conocimiento que nos proporciona la ciencia, y esto también permite que nos conozcamos un poco mejor y que tengamos explicaciones cada vez más completas sobre la génesis de nuestro comportamiento. Xurxo Mariño es neurocientífico y divulgador. Es el responsable de la sección de neurociencia del programa de divulgación científica Órbita Laika. Para Shackleton Books también ha publicado el libro "La conquista del lenguaje".
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Seitenzahl: 273
Veröffentlichungsjahr: 2023
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NEURONAS PARA LA EMOCIÓN
NEURONAS PARA LA EMOCIÓN
Cómo la neurociencia comienza a descifrar los circuitos de tus emociones
XURXO MARIÑO
Neuronas para la emoción. Cómo la neurociencia comienza a descifrar los circuitos de tus emociones
© Xurxo Mariño, 2023.
© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2023.
@Shackletonbooks
www.shackletonbooks.com
Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S.L.
Diseño de cubierta: Pau Taverna
Diseño: Kira Riera
Maquetación edición papel: reverté-aguilar
© Ilustraciones y fotografías: Xurxo Mariño
Conversión a ebook: Iglú ebooks
ISBN: 978-84-1361-365-9
Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.
Para Eli
ATV: área tegmental ventral
CCA: corteza del cíngulo anterior
CPFdl: corteza prefrontal dorsolateral (el volante del camión)
CPFvm: corteza prefrontal ventromedial (el radiador del camión)
fMRI: del inglés functional magnetic resonance imaging (imagen por resonancia magnética funcional)
NA: núcleo accumbens
NLET: núcleo del lecho de la estría terminal
PET: del inglés positrón emission tomography (tomografía por emisión de positrones)
SGP: sustancia gris periacueductal
Imagina que le tienes que explicar a una extraterrestre que los humanos lloramos de alegría. Primero tendrías que dar con un ser de otro planeta dispuesto a escucharte, por ejemplo una marciana, y a continuación tendrías que hacerle comprender qué es eso de llorar, en qué consiste la alegría y cómo nuestro cerebro es capaz de mezclar ambas cosas para generar un estado mental que produce una sensación de placer salpicada con unas gotas de melancolía. Lo más sencillo de todo sería encontrar una marciana. A lo mejor en su especie también manejan emociones y entonces habría un punto en común que facilitaría algo las cosas pero, si carecen de emociones, tendrías que tomarte tu tiempo para explicar todo eso, ya que la mente humana es el resultado de una sorprendente maquinaria multicolor que todavía estamos comenzando a desvelar.
Aunque es un reto para la ciencia, a nuestro encéfalo no le cuesta nada producir estados emocionales, ya que forman parte de nuestra manera de reaccionar ante el mundo. Soltamos con placer la lagrimita en un concierto, cuando suena esa canción que nos trae tan buenos recuerdos; o cuando formamos parte de algún acontecimiento en donde aflora el fuerte sentimiento de empatía que tenemos los seres humanos, como me pasó a mí hace unos días. Resulta que vi en internet una de esas escenas que tocan el lado sensible, que me hizo reflexionar sobre el montón de efluvios emocionales que pueden invadir el pellejo de un grupo de personas que comparten un buen momento: el 4 de diciembre de 2022 se estrenó en Nueva York un musical sobre la vida del cantante Neil Diamond. A lo mejor no te suena de nada pero, en su momento, fue muy popular y tiene canciones que han pasado a la historia como Sweet Caroline o Red Red Wine. A Diamond le diagnosticaron Parkinson hace unos años, una enfermedad que afecta sobre todo a la capacidad para moverse, y desde entonces ha dejado los escenarios. Aquel domingo de diciembre, al final de la función, pasó algo que el público no se esperaba y que seguro no olvidará en toda su vida —entre otras cosas por el intenso contenido emocional de la situación—: cuando todo el elenco del musical estaba saludando desde el escenario, el actor y cantante Will Swenson —que hacía de Diamond en la obra— señaló a uno de los palcos y presentó al verdadero Neil Diamond, que se encontraba allí mismo viendo el espectáculo. Eso ya es bastante sorprendente, pero la cosa fue a más, ya que Neil se levantó con lentitud, le pasaron un micrófono y, con movimientos algo torpes, comenzó a cantar las primeras estrofas de Sweet Caroline. En los vídeos que hay de esa noche (puedes encontrarlos con facilidad en internet) se ve y escucha cómo en el instante en que suena su inesperada voz el público estalla de forma sincronizada con un «¡ooooh!». Poco después, cuando la canción llega a un punto en el que dice «manos, manos que acarician / extendiendo el brazo, acariciándome, acariciándote» se ve a Will Swenson con sus manos extendidas hacia Neil Diamond y sus ojos húmedos y brillantes de emoción. Lo fácil en un momento así es dejarse llevar y soltar la lagrimita, pero los humanos tenemos una sociedad hermosamente compleja en la que a veces hay que guardar las apariencias, y eso es lo que le pasa a un señor que está justo detrás de Neil Diamond, alguien de seguridad o de la organización del evento: el hombre permanece en todo momento serio, impertérrito ante la explosión de júbilo comunitaria, mirando a un lado y a otro como si la cosa no fuera con él, lo cual también tiene su mérito, ya que controlar y dominar los impulsos emocionales es otra remarcable habilidad de nuestra máquina cerebral.
Aquella noche de diciembre de 2022 en un teatro de Broadway había personas que lloraban por la emoción de escuchar en directo su canción favorita, otras lo hacían por la ternura que desprendía un Neil Diamond envejecido y con Parkinson, otras por el hecho de presenciar un momento intenso y único, y seguro que más de una recordaba a algún familiar suyo, también víctima de la enfermedad de Parkinson, que ya nunca escucharía Sweet Caroline. Ahora cuéntale todo esto a un marciano carente de estados emocionales y te dirá algo así como «los humanos estáis locos». Pero no, lo que estamos es pertrechados con un conjunto de sistemas emocionales que facilitan la toma de decisiones y también la vida en sociedad, emociones que invaden nuestro cuerpo y que en muchas ocasiones transmitimos sin filtros al exterior, como si la mente pudiera impregnar el cuerpo de distintos colores.
Ahora imagina que la piel de las personas cambiara de color según su estado emocional. Una playa abarrotada sería un lugar ideal para observar el rico abanico de matices afectivos que poseemos los humanos, un montón de cuerpos semidesnudos transmitiendo al exterior y a todo color las intimidades de la mente. En otros espacios, en los que tenemos la costumbre o la necesidad de taparnos gran parte de la piel, el sistema también funcionaría, pero tendríamos que fijarnos un poco más, sobre todo en la cara y las manos. Al ir paseando por la calle podrías encontrarte con un señor muy enfadado, con la piel de un rojo intenso; o a una pandilla de amigas que se dirigen felices a un concierto de rock, con sus mejillas deslumbrantes de tonos amarillos; o a un chaval con el ánimo decaído, concentrado en algún problema familiar, con la piel de color gris azulado; o a alguien de color verde, paralizado y muerto de miedo ante la amenaza de un perro con cara de pocos amigos. De un vistazo, nada más llegar a una plaza llena de gente o a un bar, podrías captar con facilidad el tono emocional de cada mente.
Aunque es posible que no todo estuviera tan claro: a lo mejor una de las chicas que va al concierto en realidad está triste, pero finge felicidad para no estropearle la fiesta a las amigas. Entonces, ¿cómo la veríamos, con su color mental verdadero —gris azulado— o con su color de emoción fingida —amarillo—? Si resulta ser una buena actriz, la emoción fingida puede, de hecho, terminar por afectar a su estado inicial, de manera que sería realmente amarilla. Y, ¿podría haber alguien sin color añadido, que no manifestara ningún tipo de emoción? O, haciendo la pregunta de otra forma: ¿tenemos siempre algún barniz emocional o podemos pasar por momentos en donde no hay ningún tono?
Las emociones plantean estas y muchas otras preguntas, todas fascinantes porque forman parte de nuestra vida íntima y también de nuestras relaciones sociales. De hecho, aunque no se nos pone la piel de colores, el proceso evolutivo se ha encargado de que mostremos a los demás —muchas veces de forma inconsciente— una parte de lo que ocurre en nuestro interior: lo hacemos mediante las expresiones de la cara, los gestos y la posición del cuerpo; esos son los verdaderos colores de nuestra mente. Queramos o no, somos sistemas de difusión emocional, ya que a nuestro cuerpo le cuesta mucho transformarse en una piedra, mirar para otro lado como el señor de seguridad y hacer como que no pasa nada. Si ves por la calle a una persona que camina despacio, con los brazos caídos y la mirada baja, es poco probable que le acabe de tocar la lotería. En cambio, si te cruzas con alguien que se mueve con solera, con la mirada erguida y una leve sonrisa, es muy posible que esa persona esté disfrutando, en lo más profundo de su mente, de un buen día. Podemos, hasta cierto punto, leer las emociones de los demás. Prueba a hacerlo ahora mismo: si estás leyendo esto en un sitio en donde hay más gente, observa a esas personas y trata de adivinar cómo son las entrañas de su mente. ¿Están concentradas, alegres, tristes, preocupadas, sorprendidas, relajadas…? No deja de ser maravilloso que, simplemente mirando a otro ser humano, podamos conocer cómo revolotean las mariposas de su alma.
La ciencia comenzó estudiando las emociones humanas precisamente así, fijándose en las expresiones que emitimos al exterior. El naturalista británico Charles Darwin estaba tan interesado en el tema que dedicó una buena cantidad de tiempo a estudiar los cambios emocionales que expresaba su hijo William Erasmus a medida que iba creciendo. Imagínatelo: en vez de tratar de calmar con rapidez la rabieta del pequeño Willy, él se sentaba a observarlo y a apuntar en su libreta «cuando un niño pequeño tiene un berrinche y hace pucheros, las esquinas de la boca están decaídas y el labio inferior sobresale un poco doblado», todo eso escrito con la calma que requiere la ciencia, mientras el pobre Willy se ponía cada vez más colorado. Darwin estudió con detalle las manifestaciones emocionales, no solo de su hijo, sino también de otros animales, y con ello escribió La expresión de las emociones en el ser humano y en los animales, uno de los primeros estudios rigurosos sobre las emociones, publicado en 1871. Hoy poseemos técnicas de imagen y otras herramientas con las que podemos meternos dentro de la cabeza de las personas y de otros bichos y, con ello, identificar qué circuitos neuronales se encargan de manejar nuestro universo emocional. De eso va este libro; aquí encontrarás una visión panorámica de qué puede decirnos hoy la psicología y sobre todo la neurociencia sobre los procesos encefálicos que dan color a tu mente.
Con muchas emociones desnudamos parte de nuestra mente y mostramos a los demás miedo, alegría, tristeza, enfado, sorpresa o asco. Enseñar a otras personas —y a otros animales— una parte tan íntima de nuestro ser debe de tener alguna explicación evolutiva, es decir, es muy probable que el despliegue emocional haya servido para incrementar las posibilidades de supervivencia y reproducción de nuestros ancestros. Además, las expresiones emocionales son en gran medida innatas, automáticas y muchas veces inconscientes, lo cual apunta a una larga historia de millones de años que ha dejado su marca en los genes que ayudan a construir el encéfalo (por cierto, en este libro me referiré muchas veces al encéfalo, que es la protuberancia de células que transportas dentro de tu cráneo. Me parece importante aclarar que ese término agrupa a todo el tejido neural que hay ahí dentro e incluye estructuras como el cerebro, tálamo, tronco encefálico y cerebelo. Te lo comento porque es muy común el error de utilizar el término cerebro para hacer referencia a todo el conjunto).
En algunos casos la función evolutiva parece bastante clara. Por ejemplo, cuando alguien muestra enfado, rabia o ira, está enviando un mensaje contundente a los demás: cuidado conmigo porque hay algo que no me gusta y estoy dispuesto a enfrentarme a ello. Es lo que hacíamos de pequeños, gruñir cuando alguien quería quedarse con nuestro juguete favorito. Esto puede favorecer tanto a la persona enfadada como a las que reciben la amenaza, evitando por ejemplo una lucha cuerpo a cuerpo («cuídate de meterte en una riña, pero una vez metido, llévala de tal modo que sea tu oponente quien se cuide de ti», le aconsejaba Polonio a su hijo Laertes en el primer acto de Hamlet). Otro ejemplo: si un bebé se pone a llorar a todo trapo en el momento en que percibe que no hay nadie cerca, eso alertará a sus cuidadores o a alguien que se encuentre en las proximidades, con lo que no tardará en recibir las atenciones que le pide el cuerpo —normalmente comer, nos encanta comer—. Son ejemplos que indican que las emociones supuestamente negativas —esas que no nos gusta ni tener ni observar en los demás—, en realidad son necesarias y han sido muy importantes en el proceso evolutivo, aunque, por supuesto, normalmente nadie quiere estar enfadado ni ponerse a llorar de tristeza (en el resto del libro, para entendernos y simplificar, me referiré más de una vez a la tristeza, el miedo, la ira o la angustia como emociones negativas, pero no olvides que es una forma de hablar; en realidad todas son útiles).
Figura 1. El encéfalo humano (en un corte sagital) y sus principales divisiones.
Y, desde luego, también se han propuesto explicaciones evolutivas para emociones positivas como la alegría o el amor romántico, explicaciones relacionadas con la cohesión del grupo social o con la reproducción y el cuidado de los demás. Una persona alegre está transmitiendo a las demás un mensaje de acercamiento y de cooperación social, una actitud que no solo tiene sus consecuencias hoy en día, sino que, en su momento, tuvo que tener gran importancia para la supervivencia y reproducción de nuestros antepasados del Paleolítico. En muchos casos una sonrisa vale más que mil palabras, y comunicar de esa manera a distancia que uno viene en son de paz puede facilitar mucho las cosas, algo que debió de ser vital antes de que nuestros ancestros comenzaran a utilizar el lenguaje. Piensa que, antes de poder comunicar con palabras qué es lo que pasa por nuestra mente, cualquier encuentro con un congénere desconocido se convertía casi siempre en una especie de concurso de adivinación: «Ese otro Australopithecus que se acerca, ¿viene a matarme o me quiere ayudar?… por si las moscas, antes de nada le voy a arrear un garrotazo que se va a enterar… ah, no, está sonriendo —o lo que hiciesen los australopitecos para transmitir un estado emocional positivo—…, mejor, así me ahorro el esfuerzo del garrotazo».
Cuando se habla de evolución hay detalles sutiles y muy interesantes que a veces no quedan claros, entre ellos el siguiente: aunque los mecanismos evolutivos tienen muchos matices, la «lucha» evolutiva es en esencia intraespecífica (dentro de la misma especie), y no interespecífica (entre especies), independientemente de, por ejemplo, quién se come a quién. Es decir, la lucha por la supervivencia de nuestros antepasados Homo erectus se libraba en gran medida con otros Homo erectus, de tal manera que, entre muchos otros factores, quienes mejor exteriorizaban hacia los demás sus emociones internas tendrían una clara ventaja a la hora de reproducirse, ya que transmitir tu mente a los demás siempre ayuda a la vida en sociedad.
Este juego dentro de la propia especie para conseguir reproducirse y dejar descendencia, que es lo único que importa en el proceso evolutivo, ocurre con todos los seres vivos. Para ponerte otro ejemplo: la batalla evolutiva de gacelas y leonas se fragua, sobre todo, dentro de cada grupo. Las gacelas compiten con otras gacelas y las que corren más se salvan, para desgracia de las lentas; y, por su parte, las leonas que corren más, comen más, para desgracia de las lentas. No es que las leonas sean las vencedoras y las gacelas las vencidas, ni mucho menos, sino que en cada grupo hay siempre las dos categorías de vencedoras y vencidas (con todo, no debemos olvidar que los procesos evolutivos tienen más matices, son hermosamente complejos y desde luego que también hay otros tipos de interacciones interespecíficas, sobre todo cuando se compite por los mismos recursos —como ejemplo, la batalla que existe entre leonas y leopardas que cazan en la misma zona—).
Con nuestros ancestros humanos el proceso fue similar y tuvo lugar para cualquier característica almacenada en los genes, y esto incluye a las emociones. Los humanos que mejor mostraban su alegría, su miedo, su enfado y su tristeza conseguían, de alguna manera, mejorar sus probabilidades de sobrevivir y de dejar descendencia
Como bien sabes, no siempre manifestamos al exterior las emociones ya que, aunque tienden a desencadenarse de manera automática, también poseemos un cierto control voluntario sobre su exteriorización. El señor de seguridad que estaba detrás de Neil Diamond en aquel teatro de Broadway trataba de mantener la seriedad y no dejarse llevar por la alegría que lo rodeaba —aunque, bien pensado, un fornido señor de seguridad llorando de alegría también tiene su cosa—. Un ejemplo más próximo es lo que nos pasa ante una situación de eso que llamamos nerviosismo —una exacerbación descontrolada de los circuitos del miedo—, en la que nuestro corazón late como un caballo desbocado. Si nos ponemos nerviosos en un lugar público es posible que tratemos de esconder la angustia, reprimiendo la expresión, sin que se refleje todo ese alboroto en nuestra cara o en los movimientos del cuerpo. «¿Nervioso yo?, ¡qué va!, ¿dónde quieres que te firme?» Y es en ese momento, en el que agarramos el bolígrafo y tratamos de firmar el certificado de matrimonio, cuando queda claro para todo el mundo que estamos hechos un manojo de nervios.
Muchas veces nuestra apariencia externa o lo que decimos no es mucho de fiar, de manera que la investigación científica actual de las emociones procura agarrarse a bases sólidas e ir más allá de las expresiones del cuerpo, aunque sin olvidarlas. Hoy en día tenemos herramientas que nos permiten profundizar con precisión en el tema y, además de estudios psicológicos detallados y en los que participan cientos o miles de personas, ahora es posible detectar con técnicas de imagen —como la resonancia magnética— la actividad neuronal de distintas regiones del encéfalo. También se pueden introducir sondas dentro del encéfalo, para medir la actividad local; y otra estrategia muy útil, que se combina con técnicas de imagen, consiste en estudiar cómo cambia el comportamiento de las personas que han sufrido daño en alguna región concreta de su cabeza: los déficits o cambios observados probablemente tengan algo que ver con la zona dañada.
Figura 2. Esquema con las principales regiones encefálicas y núcleos implicados en las emociones básicas que se tratan a lo largo del libro. Aunque en este esquema –y en los demás del libro– se muestran todas las regiones en un mismo plano, en realidad se encuentran distribuidas a lo ancho del encéfalo.
Antes de meternos de lleno en el mundo de las emociones, debo también comentarte que tenemos un problema. Bueno, no lo tenemos solo tú y yo, sino todas las personas que se dedican a estudiar las emociones y reflexionar sobre ellas. El problema es el siguiente: al hablar de emociones humanas utilizamos clasificaciones hechas a partir de nuestras experiencias subjetivas —«hoy me siento alegre», «me da miedo ese murciélago», «tengo ganas de abrazarte», «agarré un buen cabreo»—; sin embargo, lo que se estudia en la mayoría de los casos no son esas experiencias subjetivas que relatamos con el lenguaje, sino el comportamiento o algún cambio fisiológico, tanto en humanos como en otros animales. Pues bien, no tenemos manera de asegurar que lo que medimos en esos experimentos esté directamente relacionado con lo que sentimos, es decir, de saber con certeza que la actividad neuronal que se registra o los niveles que se detectan de algunas sustancias se correspondan con las experiencias subjetivas —con lo que uno dice que siente—, y mucho menos que sean la causa principal de esas experiencias. Por ejemplo, es posible medir la actividad eléctrica de ciertas neuronas o la cantidad de noradrenalina que se libera en el cerebro de una rata cuando está en una supuesta situación de miedo, pero eso no nos permite establecer una relación directa entre esa actividad y el sentimiento de miedo que emerge en la mente humana. Todo lo que podemos hacer es proponer relaciones, establecer conjeturas en las que parece razonable relacionar una sustancia —por ejemplo la noradrenalina— con un sentimiento —en este caso, el miedo—. Con esto quiero recalcar que la investigación científica actual no nos provee de información suficiente para decir cosas llamativas pero inconsistentes como «esta es la sustancia del amor y esta otra la del placer». Esas sustancias no existen o, cuando menos, nadie ha descubierto nada semejante. Este problema, que muestra la dificultad de relacionar lo que sentimos con lo que se mide en los experimentos, es lo que el neurocientífico Joseph LeDoux llama problema de la credibilidad.
Y, una última advertencia. A lo mejor te llama la atención que en este libro no aparezca el término sistema límbico, que es supuestamente el conjunto de estructuras encefálicas que se encargan de las emociones, del procesamiento afectivo. Pues bien, siguiendo el consejo de algunos de los investigadores más relevantes en la neurociencia de las emociones, he prescindido de él, ya que se trata de un término difuso y carente de utilidad. En realidad nunca ha existido un consenso sobre qué partes lo forman, y mucho menos en la actualidad, en donde el incremento del conocimiento de la función encefálica ha mostrado que en la gestión de las emociones participan regiones dispersas de lo más diverso.
La ciencia no tiene respuestas para todo, pero el conocimiento que vamos obteniendo es fascinante y muy útil, ya que nos abre los ojos a la propia naturaleza humana y a su evolución. Con ese conocimiento no solo comprendemos mejor quiénes somos, qué pasa en nuestro cerebro cuando nos enamoramos o por qué nos gusta tanto ir de compras, sino que también podemos buscar soluciones eficaces para trastornos como la depresión, la ansiedad o las adicciones. Lo que te propongo a continuación es dar un entretenido paseo por algunas historias de la ciencia de las emociones y los sentimientos.
Emborrachar moscas es una tarea seria que se lleva a cabo en muchos laboratorios de investigación científica. Observar el comportamiento y estudiar los genes de grupos de moscas con unas copas de más ha permitido avanzar en el conocimiento de cómo el alcohol etílico produce cambios genéticos y neurobiológicos de todo tipo —relacionados, por ejemplo, con la tolerancia al alcohol, el comportamiento sexual, los efectos en la descendencia, etc.—. En un trabajo publicado en 2012 en la revista Science se concluía que «la privación sexual aumenta el consumo de etanol en Drosophila» (Drosophila melanogaster es el nombre científico de la mosca de la fruta, un animal muy utilizado para la investigación en genética). En esa investigación se observó el consumo de alcohol de machos que habían copulado recientemente y se comparó con la cantidad que ingerían aquellos que habían sido rechazados en el intento copulatorio: los machos rechazados le daban claramente con más intensidad al alcohol. Aunque parezca mentira, estos experimentos sirven para estudiar comportamientos similares en humanos, ya que en ambos casos parece estar implicada la misma sustancia (el neuropéptido F en moscas y su homólogo neuropéptido Y en mamíferos). De hecho, una mosca borracha muestra comportamientos en todo análogos a los que puede tener un ser humano: con pequeñas dosis de alcohol aumenta su actividad motora —se mueven más y con más brío, como si saltaran a la pista a bailar—, pero al incrementar la dosis todo cambia y sus movimientos se vuelven erráticos e imprecisos. Solo les falta una farola a la que agarrarse.
El neurólogo Antonio Damasio, uno de los investigadores con mayor experiencia en el estudio de las emociones, considera que las moscas tienen algún tipo de comportamiento emocional y que pueden mostrar enfado si se las importuna de forma reiterada tratando de cazarlas, o también mostrar algo similar a la alegría si se les ofrece un buen plato de azúcar. Pero una cosa es mostrar comportamientos que pueden tener alguna semejanza con lo que nos pasa por la cabeza a los mamíferos y otra muy distinta tener un sistema nervioso que permita sentir esas emociones. El sistema nervioso de los insectos tiene poco en común con los núcleos y circuitos neuronales que generan las emociones humanas y del resto de mamíferos. En este capítulo quiero dejar claros algunos conceptos y señalar algunas regiones encefálicas clave que revolotearán de manera insistente en el resto del libro. En el viaje que ahora comenzamos hablaré fundamentalmente de emociones, pero también de sentimientos y, ¿sabes qué?, no son lo mismo, ni mucho menos. Desde el punto de vista de la neurociencia y la psicología la diferencia es importante —te la explico en el siguiente apartado— y tiene implicaciones no solo en las investigaciones que se hacen con seres humanos, sino en las conclusiones que podemos sacar a partir de los estudios hechos con otros animales. Tenemos pocas dudas de que muchos otros animales —sobre todo mamíferos— posean emociones, pero no hay manera de asegurar que tengan sentimientos. En rigor, ni siquiera podemos decir que otras personas posean sentimientos, tenemos que fiarnos de lo que nos dicen.
De pequeño, tendría yo unos diez años, me meé de miedo. Literalmente. Me hice pis encima porque, tras ser descubierto junto a unos amigos haciendo una trastada de bastante calibre, un señor de Foz, el maravilloso pueblo de la costa lucense en el que me crie, se plantó delante de nosotros diciendo «ahora os voy a llevar a todos a la Guardia Civil». Y yo, que le tenía un pavor aterrador a ese cuerpo del orden y que además tenía la certeza de nuestra culpabilidad, sin el más mínimo control sobre los mecanismos neuronales que regulan tanto mi emoción ancestral de miedo como los músculos para la micción, me meé. Mi cerebro generó a nivel subcortical una emoción de miedo que fue seguida en la corteza cerebral por un sentimiento inicialmente también de miedo y, más adelante, de bochorno.
Hay muchos momentos de la vida en la que nuestro organismo debe tomar una decisión con rapidez, a partir de información parcial y sin que los propósitos estén claros. Pues bien, el sabio proceso evolutivo ha dictaminado, tras millones de años de deliberación, que en esas circunstancias la reflexión pausada y lógica no es la mejor opción. Si estás charlando con una amiga y, de repente, a tus espaldas suena una fuerte explosión, no dices «caramba, parece que algo ahí detrás ha producido un fuerte ruido, vamos a pensar qué opciones hay de que…», no, lo que haces es girarte de forma rápida y automática. Es mejor darse prisa que morir en el intento y para ello han venido en nuestra ayuda las emociones.
Una emoción es una respuesta del organismo —no solo humano, sino de muchos otros animales— ante situaciones que podrían causar algún desequilibro si no se hace nada, de tal modo que la respuesta emocional es una manera más o menos rápida de mantener la integridad del individuo. Vamos caminando por la calle, nos tropezamos con un león, y entonces nuestro organismo responde con la emoción de miedo: nos quedamos petrificados, el corazón se acelera, las pupilas se dilatan y, como me ocurrió a mí ante la posibilidad de vérmelas con la Guardia Civil, algunos músculos se relajan demasiado. Si a tu lado va un perro, él también reaccionará emocionalmente con un conjunto de respuestas que pueden parecerse algo a las tuyas. Las emociones son reacciones fisiológicas del organismo que normalmente se hacen públicas, se manifiestan de alguna manera en el exterior, y que además tienen una duración limitada, breve. En algunos casos una emoción puede mantenerse de forma más o menos sutil durante períodos largos de tiempo, entonces estamos hablando de un estado de ánimo.
Pero además de la representación cara al exterior, en los seres humanos las emociones suelen ir acompañadas de algún sentimiento, de una percepción subjetiva —es decir, mental— que puede ser placentera o desagradable. Los sentimientos se manifiestan en nuestra mente y son privados, como toda nuestra actividad mental (algo similar sucede con los síntomas de una enfermedad, que son privados y que solo son sentidos por la persona enferma, en contraposición a los signos de la enfermedad, que pueden ser observados o medidos por un observador externo).
El león pone en marcha, por lo tanto, una reacción fisiológica de miedo, que se manifiesta en nuestro cuerpo —la emoción de miedo—, y también un estado mental que en este caso nos resulta desagradable, un sentimiento de miedo que solo «vemos» nosotros. Aunque puede haber casos patológicos de emociones sin sentimientos (personas que muestran expresiones emocionales pero que dicen no sentir nada), lo habitual en los humanos es que la manifestación corporal —emoción— y el estado mental —sentimiento— estén relacionados de manera íntima. Sin embargo, en el resto de animales no está claro si las emociones van acompañadas de algún sentimiento.
Cuando nos encontramos con una persona querida que llevábamos tiempo sin ver, nuestro organismo manifiesta la emoción de alegría, que la otra persona puede ver en la manera en que nos movemos y sonreímos y, al mismo tiempo, se genera en nuestra mente un sentimiento placentero de felicidad. Cada vez que llego a casa, la perrita que vive con nosotros, Luca, muestra de modo muy ostensible una emoción positiva: se acerca corriendo, con ladridos cortos y meneando el rabo como si fuera un ventilador. Es la alegría perrificada, que además se transmite de forma instantánea a mi estado afectivo. Pero, ¿tiene Luca un sentimiento de felicidad?, ¿existe en su mente una sensación subjetiva de placer similar a lo que nosotros percibimos como felicidad, o lo que yo veo es solo una reacción automática? No lo sabemos. Nadie lo puede asegurar porque, como los sentimientos son privados, no tenemos manera de acceder a ellos en otros animales.
Los humanos podemos acceder a los sentimientos de otras personas porque tenemos lenguaje, que nos permite precisamente comunicar esos sentimientos: «me alegro mucho de verte», «hoy me siento fatal», «qué ganas de ir al concierto», «me da miedo la oscuridad». Sin embargo, con los demás animales podemos asistir a la representación externa de sus emociones, pero no sabemos hasta qué punto tienen sentimientos. A lo mejor estás pensando «pero… ¡si está clarísimo que el perro se pone todo feliz y alegre cuando me ve, cómo no va a tener sentimientos!». Estoy de acuerdo contigo: soy de los científicos que consideran que hay muchos animales que tienen, además de emociones, sentimientos de placer o de dolor que acompañan a esas emociones. Pero no deja de ser una creencia porque, en sentido estricto, no tenemos ninguna prueba concluyente, ya que no conocemos la manera de meternos en la mente de otros animales que carecen de lenguaje. Yo, por mi parte, seguiré poniéndome triste cuando me separo de Luca, porque estoy convencido de que ella también se pone triste, aunque no pueda demostrarlo con las herramientas actuales de la ciencia.
En la investigación científica es esencial, por lo tanto, tener claros los conceptos de emoción y sentimiento. Podemos estudiar las emociones en muchos animales, y comparar las respuestas corporales observadas con las que ocurren en nuestro cuerpo, pero, hasta donde sabemos, los sentimientos solo podemos estudiarlos en nosotros mismos, los humanos, y además con un rigor limitado, ya que siempre tendremos que creer lo que dicen otras personas y confiar en que su memoria no les falla. Aquí, de nuevo, se nos aparece el problema de la credibilidad definido por LeDoux, que no debemos perder de vista.
De entre todo el amplio e interesante catálogo de emociones que tenemos, hay unas pocas, llamadas emociones básicas, cuya gestión se realiza por regiones del encéfalo con un origen evolutivo antiguo que se remonta a varios cientos de millones de años, antes de la aparición de los mamíferos. Debido a ello no son exclusivas de los humanos, sino que las compartimos con otras especies animales, al menos en su esencia. Aunque no hay un consenso general, ya que cada grupo de investigación que se ha puesto a estudiar las emociones básicas tiene su propio catálogo, hay cuatro emociones en las que todos los científicos están de acuerdo: miedo, ira, tristeza y alegría. Pero además de estas, también se han propuesto como emociones básicas otras como la sorpresa, el asco, la búsqueda o anticipación, el cuidado maternal y la atracción sexual
