Niños autónomos - Óscar Casado - E-Book

Niños autónomos E-Book

Óscar Casado

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Beschreibung

Óscar Casado es graduado en Educación Primaria y Licenciado en Educación Física. Además, se convirtió en doctor en Educación, basando su tesis en la autorregulación del aprendizaje. Ha sido asesor técnico docente del Ministerio de Educación en Madrid, como especialista en autonomía y autorregulación del aprendizaje. Beatriz Castro Bayón es maestra de Educación infantil, psicopedagoga y especialista en pedagogía terapéutica y audición y lenguaje. Lleva más de 15 años trabajando centros escolares, centrada en niños de infantil, aunque también en otras etapas educativas.

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Seitenzahl: 150

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Niños autónomos

Educa a tus hijos para que puedan valerse por sí mismos

Óscar Casado Berrocal Beatriz Castro Bayón

Primera edición en esta colección: marzo de 2022

© Óscar Casado Berrocal y Beatriz Castro Bayón, 2022

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18927-43-0

Diseño, realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

1. Primeros pasos hacia la autonomía¡Qué suerte tienen esos padres!Los niños de hoy en día...Los padres de hoy en día...Cómo criar un hijo dependiente: el lado oscuro de la crianza¿Y cómo de autónomo es nuestro hijo? El supertest definitivo2. La construcción de la autonomíaAutonomía en construcción permanente, disculpen las molestiasLos padres como catalizadores de la autonomía: la revelación de MarlinNormas, límites y autoridad: la gran paradoja de la autonomíaCompromiso y motivación: el poder de la elecciónResponsabilidad y maduración: el precio de hacerse mayorDar cera, pulir cera: disciplina y constancia como antesala de la autonomíaEl lenguaje y la motricidad como llaves de acceso a la autonomíaEl director y la orquesta: autorregulación y funciones ejecutivasLa importancia de una golosina: el autocontrol como predictor del éxitoNeo, Morfeo y el poder de las expectativasY todo esto ¿dónde se aprende?3. El método Mary PoppinsLa cinta métrica: encantado de conocerseCon un poco de azúcar...: aprendiendo a gestionar el fracasoUn paseo por el parque: favoreciendo una crianza emancipadoraUna carrera de caballos: imaginación y creatividad contra el aburrimientoUna merienda en el techo: por una crianza sin prisasEl baile de los deshollinadores: para educar, hay que ensuciarseNunca des explicaciones: evitando gastos de energía innecesariosUn día libre: estableciendo prioridades y ¡cero dramas!Dos peniques: el valor de las convicciones y el desarrollo de la personalidadLlega el viento del este: aprendiendo a ser intencionalmente innecesarios4. Un bolso sin fondo lleno de recursosAlimentaciónTareas domésticasTareas escolaresGestión económicaGustos, intereses y entretenimientoAseo e higiene personalVestimentaLenguaje y comunicaciónIniciativa, creatividad e imaginación5. Conclusiones

Para Leire y Teo, por ser nuestros mejores maestros y dejarnos aprender con ellos el oficio de la paternidad.

1.Primeros pasos hacia la autonomía

Padres desorientados, perdidos, que se vuelcan en sus hijos con su mejor intención y, sin embargo, avanzan en dirección contraria como verdaderos kamikazes educativos. Hijos tiranos, holgazanes, maleducados, irritantes, sin iniciativa... El panorama de la crianza es desolador. ¡Asusta! Eva Millet, periodista, experta en educación y escritora de la casa, lo describe a la perfección en sus dos libros Hiperpaternidad1 e Hiperniños2 (si aún no los has leído, ya deberías estar bajando a la librería a comprarlos).

La situación pinta regular... Pero hay esperanza. Tras esta visión pesimista también hay familias concienciadas, preocupadas y con ganas de hacer las cosas bien. El libro que tienes entre las manos va dirigido precisamente a ellas. Tiene la intención de dar continuidad al trabajo de Millet para ofrecer soluciones a uno de los problemas más graves que en la actualidad rodean a la crianza: la autonomía. Para ello, tirando de humor, experiencias, metáforas y analogías, tratará de acompañar a padres y madres preocupados como tú en esta complicada aventura que es la paternidad. ¿Comenzamos?

¡Qué suerte tienen esos padres!

Todos hemos asistido atónitos alguna vez al espectáculo de la naturaleza que supone ver con nuestros propios ojos a un niño autónomo e independiente. Hemos observado cómo se desenvuelve como pez en el agua en cualquier contexto. Cómo se relaciona con facilidad con cualquier persona, aunque la acabe de conocer (niños, adultos, familiares...). Cómo muestra interés e iniciativa por diferentes temas e investiga sobre ellos sin que nadie se lo pida. Cómo se adapta a los imprevistos sin pedir ayuda ni protestar...

Tras el primer momento de shock, reconozcámoslo, solemos pensar: «¡Qué suerte tienen sus padres!». Pero... ¿seguro que es solo suerte? ¿Seguro que no hay nada más?

Desde el punto de vista de la crianza, resulta tremendamente cómodo atribuir las causas de este fenómeno a factores externos como la suerte o el azar. Así, la responsabilidad sobre cualquier acto que se produzca derivado del comportamiento de nuestros hijos siempre será algo externo ajeno a nuestra actuación. Pero como el tema de la suerte ya está muy manido, a veces buscamos explicaciones algo más complejas, pero igualmente ajenas a nuestra responsabilidad personal: «Es que sus padres son psicólogos y están muy encima de él» (o profesores, o pedagogos o cualquier otra profesión del ramo, como si esto ya fuera un salvoconducto para tener niños autónomos); «Es que tiene hermanos mayores» (como si fuera el único niño que los tiene); «Es que se ha criado solo porque sus padres trabajan todo el día» (¿pero la presencia de los padres no era lo que los hacía autónomos?), y así, contradicción tras contradicción, hasta la justificación más peregrina que nos podamos imaginar.

Hacemos muchos esfuerzos por encontrar una explicación porque nuestro cerebro funciona así, la necesita. Sin embargo, pocas veces volvemos la vista hacia nosotros mismos. Pocas veces tenemos el valor de atribuir las causas a nuestra actuación o, en este caso, a la de los padres del niño.

Obviamente existe un componente innato a la persona que define su forma de ser y de comportarse. Esto es algo que no podemos controlar: te toca (¡bingo!) o no te toca (sigue jugando...). Pero el contexto es el factor que en mayor medida condiciona el comportamiento y la personalidad de los seres humanos. Y en ese contexto es precisamente donde tiene cabida el aprendizaje. Por lo tanto, no debemos evadir nuestros compromisos para buscar explicaciones simples. Tenemos que asumir nuestra parte de responsabilidad y aceptar que nuestros hijos serán todo lo autónomos que nosotros LES DEJEMOS ser. Porque la autonomía, como tantas otras habilidades, se puede trabajar y se puede aprender. Se va consolidando a través de las experiencias que se producen a lo largo de nuestra vida (especialmente durante nuestra infancia) siempre y cuando se den las circunstancias necesarias para ello.

Pero... ¿y por qué es tan importante desarrollar la autonomía en los niños? Pues bien, existen múltiples razones: es un componente esencial de la personalidad que proporciona al niño una identidad propia. Lo diferencia del resto y le hace tener gustos e intereses propios. Afecta a su motivación, a su autoconcepto, a su autoestima, a su sensación de seguridad y control del mundo que lo rodea. Condiciona sus relaciones con las personas e incluso consigo mismo. Es, en definitiva, una fuente de madurez que lo irá acompañando y empujando hacia las etapas más adultas de la vida.

Todas estas cuestiones hacen que la etapa de la infancia sea un momento ideal en el que afrontar su desarrollo de manera intencional. Pero, además, aprovechar este periodo tiene más ventajas, ya que en estas edades resulta mucho más fácil que los niños interioricen patrones y rutinas de comportamiento autónomo al no tener que luchar contra hábitos excesivamente consolidados por el paso del tiempo, como sí que sucede en edades más adultas.

Los niños de hoy en día...

¿Quién no ha oído alguna vez a algún amigo, padre, abuelo, profesor o cualquier otro experto en crianza quejarse de la innumerable cantidad de cosas que «los niños de hoy en día» no saben hacer? Estas quejas suelen ir seguidas de sentencias como «Yo a su edad ya sabía... [introduzca aquí habilidad al gusto que no hace falta demostrar]».

La crianza en general y el desarrollo de la autonomía en particular son ámbitos que se prestan especialmente a recibir comentarios de este estilo. El hecho de que todos hayamos sido niños en algún momento de nuestras vidas parece legitimarnos para compartir nuestra opinión sobre este tema (aunque quizá nunca nadie nos haya pedido nuestra opinión).

Este tipo de juicios y razonamientos llenan de seguridad a la persona que los emite porque resultan imposibles de demostrar. Pero esta visión pesimista basada en que «cualquier tiempo pasado fue mejor» podría estar alterada por el sesgo de confirmación que la nostalgia origina en la memoria y que le hace retener y recuperar únicamente los momentos placenteros y que coinciden con su punto de vista. Y esto puede ser un problema si el objetivo de la conversación es encontrar soluciones, porque, como cantó en su día Sabina, «no hay peor nostalgia que añorar lo que nunca jamás existió» (1990).

Para comprobarlo, basta con pensar un poco y seguro que se nos vienen a la cabeza muchos ejemplos como estos:

¡Los niños de hoy en día no son autónomos ni saben hacer nada solos!¡Los niños de hoy en día no tienen ningún interés!¡Los niños de hoy en día no se comprometen con nada!Etc.

Hay tantos expertos en infancia con carnet de cuñado y barra de bar, y tanto que comentar al respecto sobre lo equivocados que están en tantas cosas, que nos haría falta una colección completa de libros... Y quizá tampoco merezca la pena. Así que abordemos cuestiones más interesantes.

Es cierto que muchos de los niños de las generaciones actuales presentan problemas de autonomía. Sin embargo, antes de quejarnos, la pregunta que deberíamos hacernos es: ¿y esto a qué se debe? Las razones son muy variadas, pero normalmente tienen que ver con la necesidad. O, mejor dicho, con la ausencia de necesidad: quizá no sean autónomos porque simplemente no les ha hecho falta serlo. Si durante su día a día no se les han presentado situaciones que les hayan exigido poner en práctica esta capacidad, esta se habrá ido atrofiando y no se habrá desarrollado la práctica para convertirse en una verdadera competencia. No será una habilidad útil, en definitiva. A veces esto sucede de manera involuntaria o inconsciente (simplemente no nos hemos dado cuenta de la situación). Pero en otros casos somos los propios padres quienes deliberadamente privamos a los niños de este vital aprendizaje. ¿Cómo exigirles entonces que sean autónomos si somos sus padres quienes no les dejamos serlo? ¿Cuántas veces les hemos dejado que tomen decisiones y asuman responsabilidades? ¿Cuántas veces les hemos permitido equivocarse? ¿Cuántas veces les hemos planteado un desafío para el cual necesitaran buscar una respuesta creativa que implicara pensar de manera independiente?

Si la respuesta a estas preguntas siempre es «pocas» o «ninguna», quizá ya tengamos resuelto el enigma... Por tanto, no debemos ser injustos culpabilizando a los hijos de su falta de autonomía cuando los adultos también tenemos una (gran) parte de responsabilidad en esta realidad.

Sobre la cuestión de los intereses (o, mejor dicho, sobre su supuesta ausencia) en los niños de la generación actual, también conviene aclarar algunas cuestiones. Los intereses personales son la esencia de la autonomía y la expresión propia de la personalidad, y precisamente por eso son importantes. Es cierto que, conforme se van haciendo mayores, es habitual que ciertos comportamientos asociados a la etapa de la adolescencia nos puedan hacer pensar que, en efecto, han perdido el interés en todo. Sin embargo, esto no es así. Lo que sucede es que sus intereses han cambiado y dejan de ser los mismos que los de sus padres o aquellos otros adultos que los rodean. No los conocemos, no nos resultan familiares o, simplemente, no los entendemos. Y nos parece que no tienen interés porque los temas y las actividades que les planteamos no los atraen ni los motivan. Sin embargo, son perfectamente capaces de aislarse del mundo y permanecer horas hipnotizados delante del ordenador o del móvil viendo una serie japonesa con un nombre impronunciable o visualizando el canal de Twitch de Ibai, ElRubius o cualquier otro streamer.

Ahora bien, también es cierto que a veces el simple hecho de tener todo (literalmente todo) a su alcance puede hacer que se bloqueen y no manifiesten interés por nada. Esto es lo que Barry Schwartz denominó en su día paradoja de la elección, por la cual el hecho de disponer de demasiadas opciones puede llegar a generar una ansiedad que termina dificultando la decisión final. Pero aún es peor, ya que esta diversidad de opciones también hace que, cuando por fin se deciden, disfruten menos de la elección y se sientan insatisfechos al tener la sensación de que quizás eligieron mal y había otra opción más interesante. Esto se traduce en el abandono prematuro de estos intereses para cambiar a otros, sin siquiera dar tiempo a que realmente el niño llegue a entusiasmarse con nada, dando la falsa impresión de que, en efecto, no le interesa nada. Cuando las opciones se reducen, la decisión siempre es más sencilla.

Y finalmente, sobre la cuestión del compromiso, convendría aclarar que estar comprometido con una tarea implica que la persona se siente responsable de esta, de su desarrollo y de su resultado. Esto implica preocuparse por ella, priorizar otros intereses en pro de su buen funcionamiento y, en definitiva, dedicar esfuerzos para asegurarse de que llega a buen puerto. Pero, claro, el compromiso no surge espontáneamente como por arte de magia. Existen ciertos factores (y esto es ciencia) que condicionan su existencia y la magnitud de su efecto: la posibilidad de elegir la tarea libremente, el interés que suscite y el beneficio que pueda ofrecerle tienen mucho que ver con cómo de comprometido se muestra. Así que quizá la sensación de que a los niños les cuesta comprometerse tenga más que ver con estos aspectos que con su propia personalidad. Si las actividades que deben desarrollar son asignadas por algún adulto sin que ellos intervengan en el proceso de decisión, si no se relacionan con sus intereses y si la motivación (mucha o poca) no viene definida por la propia actividad, sino que remite a una recompensa externa, lo lógico es que el niño no se sienta comprometido con ella.

Los padres de hoy en día...

Mucho se habla de «los niños de hoy en día...», pero no tanto de sus padres. Y, sin embargo, como hemos visto, estos son los principales responsables de muchos de los problemas que presentan sus hijos. En efecto, los adultos (padres, profesores y demás personas que rodean al niño) tienen una capacidad total para condicionar el desarrollo de la autonomía de los más pequeños. Pero este gran poder también conlleva una gran responsabilidad, ya que, si no se utiliza bien, podríamos entorpecer el adecuado progreso de la personalidad hasta el punto de generar niños completamente dependientes.

Este modelo de crianza se conoce como hiperpaternidad (Millet, 2016) y está ampliamente descrito en la literatura (también es conocido por otras acepciones como padres-helicóptero, madres-tigre, padres-quitanieves o apisonadoras...). Se caracteriza por un excesivo celo de los padres en el control de todos los factores que intervienen en la vida de sus hijos (a nivel social, escolar, familiar, etc.). Los adultos asumen todas las responsabilidades y toman por ellos cualquier decisión que sea relevante con el pretexto de que están haciendo lo mejor para ellos. Cualquier excusa es buena para evitar que el niño experimente alguna sensación parecida al fracaso o a la frustración.

Sin embargo, este comportamiento dista mucho de ser lo mejor para sus hijos. Les está impidiendo aprender de sus errores y, sobre todo, asumir responsabilidades. Al no haber practicado suficientemente este aprendizaje tan básico para la autonomía y el desarrollo personal, estos niños terminan adoptando actitudes acomodadas y muy dependientes del adulto (ese adulto que ha estado siempre ahí para allanarle el camino, tomar decisiones por él, y que, como consecuencia, le ha impedido sentirse responsable de lo que sucede en su vida).

Cuando estos niños crezcan y tengan que enfrentarse por sí mismos a las múltiples situaciones que les planteará la vida, no sabrán gestionarlas adecuadamente al no disponer de las herramientas necesarias que les hubieran proporcionado años de experiencia en la toma de decisiones y en la asunción de responsabilidades. Estas situaciones generarán, irremediablemente, la aparición de sentimientos de frustración, rabia, aburrimiento, desmotivación... características representativas de esta generación de hiperniños (Millet, 2018).

Uno de los principales problemas de los modelos de crianza sobreprotectores es su enfermiza obsesión por erradicar el error de la vida de los niños. El error tiene muy mala prensa entre ciertos padres y madres y, por ello, ante la mínima posibilidad de que el niño pueda equivocarse al realizar una elección, intervienen asumiendo ellos el control de la situación. Y luego está el dilema de la elección. Bajo la premisa de que los padres siempre saben lo que es mejor para sus hijos, muchos están usurpándoles la posibilidad de tomar decisiones sobre las cuestiones más nimias, con lo que convierten a sus hijos en auténticos autómatas o marionetas que simplemente se dedican a seguir las indicaciones de sus padres. Este nuevo modelo de crianza basado en el control absoluto deja de lado la voluntad de los más pequeños, subordinando todos los ámbitos de su vida a los intereses de sus padres.

La desaparición de la voluntad propia es solo una de las terribles consecuencias que esta forma de actuar genera en el desarrollo de la personalidad de los niños. La iniciativa, la creatividad o el afianzamiento de los gustos e intereses personales son los otros grandes sacrificados. Y todo esto ¿para qué? Pues sencillamente para evitar que el niño opte por caminos menos directos o alejados de los que sus padres hubieran elegido.

En realidad, esta forma de actuar denota una falta de paciencia y de confianza por parte de los padres. Paciencia para acompañar al niño en un fabuloso viaje de descubrimiento mediante el que va enriqueciendo su bagaje de experiencias, aunque nosotros, como adultos, ya sepamos cuál es la solución más apropiada y, por tanto, la más operativa. Y confianza en nuestros hijos y en que los conocimientos que les hemos transmitido y que han ido adquiriendo por su cuenta en otros contextos (escuela, amistades, familia...) les van a permitir encontrar finalmente la dirección correcta.