9,99 €
Niedrigster Preis in 30 Tagen: 7,49 €
Este libro constituye una invitación a pensar la historia de la infancia desde una mirada crítica e interdisciplinaria. Propone un acercamiento nuevo a viejos problemas de la historiografía tradicional, tales como el proceso de secularización iniciada durante el periodo del reformismo borbónico y la forma en que ésta adaptó una serie de expresiones religiosas en torno a la niñez para apropiarse de la figura utópica del niño mártir y ponerla al servicio de la retórica estatal, a través del culto a los héroes patrióticos y el utilitarismo propio de la época. Niños de nadie aborda así el estudio de las nociones de utilidad y exclusión en torno a la niñez menesterosa (ya invisibilizada, ya recuperada por intervención estatal), tanto en el discurso ilustrado como en las prácticas filantrópicas amparadas en el mismo. La expresión "niños de nadie" es empleada aquí en un sentido laxo. No se refiere solamente a los niños huérfanos o expósitos, que fueron el objeto central de una serie de proyectos emprendidos por la administración borbónica (tanto en la metrópoli como en las colonias), sino también a aquellos que, aún sin haber sido abandonados por sus padres, se hallaban excluidos del ámbito privilegiado de las familias que gozaban de cierto rango social y económico. Niños pobres y marginales, cuyo nombre y vínculos parentales, cuando los habían, estaban lejos de servir de parapeto frente a la larga mano del poder real y los proyectos reformistas de la administración borbónica. "Niños de nadie", en tanto que el Estado podía disponer de ellos sin mayor reparo.¿De qué modo la retórica filantrópica terminó por convertirse más en una forma de control que de amor a los semejantes? ¿En qué punto las buenas intenciones se han visto distorsionadas frente a realidades mucho más complejas de lo que nuestra mirada condescendiente puede apreciar? ¿En qué medida han cambiado las circunstancias de abandono, marginación y pobreza para los niños que habitan el mundo hispanoamericano contemporáneo? Este libro no pretende dar una respuesta acabada a estas preguntas, sino tan solo mostrar la profundidad histórica que subyace a los muchos problemas que enfrenta la infancia contemporánea, así como señalar la urgencia de desbaratar estos viejos nudos del pensamiento occidental a fin de poder ofrecer nuevas soluciones a una forma de violencia que se ha visto persistentemente normalizada.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Veröffentlichungsjahr: 2018
A través de esta colección se ofrece un canal de difusión para las investigaciones que se elaboran al interior de las universidades e instituciones de educación superior del país, partiendo de la convicción de que dicho quehacer intelectual sólo está completo y tiene razón de ser cuando se comparten sus resultados con la comunidad. El conocimiento como fin último no tiene sentido, su razón es hacer mejor la vida de las comunidades y del país en general, contribuyendo a que haya un intercambio de ideas que ayude a construir una sociedad informada y madura, mediante la discusión de las ideas en la que tengan cabida todos los ciudadanos.
Con la colección Pùblicahistórica se ponen al alcance del público interesado en el devenir de las culturas, textos novedosos en sus contenidos, en sus propuestas metodológicas o en las relaciones que encuentran entre los distintos sucesos, en los que se acrecienta y actualiza el conocimiento histórico desde la micro-región hasta el globo entero.
Títulos de la colección
1.Un dios y un reino para los indios. La rebelión indígena en Tutotepec, 1769
Raquel E. Güereca Durán
2. Las ciudades en las fases transitorias del mundo hispánico a los Estados nación: América y Europa (siglos XVI-XX)
José Miguel Delgado Barrado, Ludolf Pelizaeus y María Cristina Torales Pacheco (editores)
3.El maíz se sienta para platicar. Códices y formas de conocimiento nahua, más allá del mundo de los libros
Ana Díaz Álvarez
4. El Golfo de Fonseca como punto geoestratégico en Centroamérica. Origen histórico y evaluación del conflicto territorial del siglo XVI al XXI
Jazmín Benítez López
5. Cautivos del espejo de agua. Signos de ritualidad alrededor del manantial Hueytlíatl, Los Reyes, Coyoacán
Stan Declercq
6.Memorias de Buenaventura Vivó. Ministro de México en España durante los años 1853. 1854 y 1855
Raúl Figueroa Esquer
7.Mercado e institución: corporaciones comerciales, redes de negocios y crisis colonial. Guadalajara en el siglo XVIII.
Antonio Ibarra. Presentación de Eric Van Young
Esta publicación fue financiada con recursos del Programa de Fortalecimiento de la Calidad Educativa (PFCE) 2016.
Esta publicación fue dictaminada por pares académicos bajo la modalidad doble ciego.
Primera edición en papel: octubre 2017
D.R. © 2017, Beatriz Alcubierre Moya
© 2017, Bonilla Artigas Editores S. A. de C. V.
Hermenegildo Galeana #111
Col. Barrio del Niño Jesús, C. P. 14080
Ciudad de México
www.libreriabonilla.com.mx
D.R. © 2017, Universidad Autónoma del Estado de Morelos
Av. Universidad 1001
Col. Chamilpa, C. P. 62209
Cuernavaca, Morelos
libros.uaem.mx
ISBN: 978-607-8560-09-7 (Bonilla Artigas Editores)
ISBN: 978-607-8519-45-3 (UAEM)
ISBN ePub: 978-607-8560-52-3
Coordinación editorial: Bonilla Artigas Editores
Diseño de portada y formación de interiores: Mariana Guerrero del Cueto
Imagen de portada: Joven mendigo, Bartolomé Esteban Murillo, 1645-50
Edición y realización de ePub: javierelo
Los derechos exclusivos de la edición quedan reservados para todos los países de habla hispana.
Prohibida la reproducción parcial o total, por cualquier medio conocido o por conocerse, sin el consentimiento por escrito de los legítmos titulares de los derechos.
Hecho en México.
Para Jaime, Mariana y Amalia.
Cada uno con su cartilla de vacunación completa.
Contenido
Contenido
Prólogo
La figura de la infancia
La “preocupación por el niño”
El margen
Introducción
El reformismo borbónico y la infancia
Del niño mártir al niño útil
Infancia abandonada y crisis social, del Estado barroco al ilustrado
El impulso asistencial en la Nueva España borbónica
Pueblos portátiles, colonias móviles: El traslado de expósitos a la Alta California
Fronteras y colonización
Echados de sus padres: aislamiento y movilidad
Rebozos, cigarros y dulces: gastos y pormenores del traslado
Vivir en el margen
Portadores de viruela: Los niños como agentes de la variolización
Entre el riesgo y la prevención
Epidemias y policía sanitaria en la Nueva España
Desarmar el miasma: la epidemia de 1796
Expuestos para todo lo que se quiera de ellos: La Real Expedición Filantrópica de la Vacuna
El “precioso preventivo” da la vuelta al mundo
Los “incomplicables deseos” de Su Majestad
Tormento y destino de los niños vacuníferos
El contingente mexicano
Ni mártires ni héroes: a modo de epílogo
Referencias
Fuentes de primera mano
Bibliografía
Archivos consultados
Relación de imágenes
Sobre la autora
Prólogo
Armando Villegas Contreras
He querido reflexionar sobre algunas ideas que surgen de la lectura de este libro. Más allá de decir “lo que dice”, para lo cual el lector tiene las suficientes herramientas críticas que lo podrán llevar de un capítulo a otro, es necesario pensar los motivos teóricos, históricos y filosóficos que inspiran el ensayo de Beatriz Alcubierre. Asimismo, más allá de una escritura amena e informada, el texto que comentamos muestra dos cosas: en primer lugar, la consolidación de una línea de pensamiento que combina el análisis histórico con el del discurso para dar cuenta de la aparición de subjetividades y de sus transformaciones, en este caso la infancia; en segundo lugar, la incursión de la infancia en el contexto borbónico como objeto de preocupación de distintas instituciones en pugna: la Iglesia, el Estado, la familia. El niño es producido como sujeto en las dos acepciones que “sujeto” tiene: como individualidad (de la que es rehén o con la que se emancipa) pero también como sujeto en el sentido que el idioma inglés da a la palabra, como subject, tema, preocupación y objeto de análisis. Ambas, se puede decir, son aquí nombradas como “figuras del discurso” o “conceptos” en el sentido de Kosselleck. Palabras que condensan significados y prácticas, que cambian su semántica posibilitando transformaciones en el modo en el que se percibe su referencia o bien que la conservan, dando lugar a que el tratamiento de un objeto incorpore nuevas significaciones, pero sin perder la influencia discursiva que arrastra estructuralmente. La autora llama (a veces) a la “infancia” “figura” y analiza (también a veces) su potencial retórico. Con ello da cuenta de su aparición en tres momentos de la historia de México y España.
Pensemos entonces esa figura de dos maneras: como figura del pensamiento que interviene en un proceso histórico y que según la autora es clave para entender la modernidad; y como población, es decir, como conjunto de seres que son tratados indistintamente como especie (grupo etáreo) y en cuyos cuerpos son aplicadas determinadas políticas por considerarlas útiles a los fines del Estado, del saber médico o de las instituciones intersticiales (la iglesia, la familia); población sobre la que se ejerce un control biopolítico para erradicar una enfermedad, por ejemplo, pero también para “poblar” un territorio (la Alta California en este caso).
A mi juicio, y siguiendo el hilo biopolítico, la sorprendente afirmación de Antonio Bilvao de que los niños expósitos están ahí, “para todo lo que se quiera de ellos” es el síntoma de un proceso más general que comienza en el siglo XVII cuando, a través de los “manuales de gobierno” de corte antimaquiavéliaco, se empezó a oponer en Europa un gobierno general del territorio y su control, al gobierno de determinadas subjetividades: de “los hombres” de “las almas” de “los niños”, de “las mujeres”, de “las cosas”. Esto es lo que Foucault denominó gubernamentalidad. La mentalidad de extender el control político hacia casi todo lo viviente y que constituyó lo que más tarde se llamó “Estado moderno”. Como se ha hecho con otras figuras (el mestizo, el indio, la mujer, el cuerpo mismo del individuo occidental) el mérito de Alcubierre es engarzar al niño en una reflexión general sobre la configuración delcontrol de la vida y de la proliferación de su fuerza útil. Pero ahondemos en la reflexión que inspira el libro que el lector tiene en sus manos. La infancia como “figura” y como “población”.
La figura de la infancia
Advertir que cualquier subjetividad es el resultado de un proceso social e histórico no es nuevo. Las subjetividades dependen, como advierte Alcubierre respecto de la infancia, de construcciones culturales y de prácticas diversas. Dichas subjetividades entonces acarrean representaciones, imaginarios que hacen aparecer instituciones, políticas y prácticas que en un momento anterior a su construcción no existían. Este proceso de desnaturalización ingresa en el análisis un gesto retórico que nos recuerda que lo que hoy vivimos como una subjetividad a-histórica es en realidad la combinación de intereses de grupos, de cambios en los saberes y de la evolución de la ciencia. Ello es una línea de interpretación muy importante, consolidada como forma de acercarse al mundo y que tiene su origen en las prácticas de análisis textual. Pero lo verdaderamente interesante del texto de Alcubierre es la manera de aplicar esas categorías al análisis de una figura difícil de deconstruir por los valores que desde el romanticismo se asocian a ella. Por ejemplo, la inocencia que es impensable en el periodo barroco y que atestigua un corte en el tratamiento de un grupo “etario” que se convierte en objeto de preocupación.
La edad puede ser un criterio en ese corte que cambia el trato de los niños o que de hecho los “convierte en niños”, pero la autora sugiere dos más. El cambio en la posible utilización de los niños como fuerza social (motor de desarrollo lo llama), que promete la ciudadanía futura y en los que se cifran las esperanzas de la vida del Estado (pensemos en la civilidad y en la pedagogía), y el biopolítico, la aplicación de las medidas más drásticas para el control de los niños como “población”, susceptible de ser intervenida por prácticas que prolongan la vida. Así, al analizar a la “infancia” como figura, se emprende un análisis de carácter histórico (sobre el que volveré líneas adelante) pero también de carácter epistemológico que da cuenta de transformaciones que tienen lugar en un momento determinado y en una geografía muy delimitada. Ello da al texto un valor hermenéutico riguroso, un tratamiento singular del problema y sobre todo, una distancia respecto de abstracciones inútiles. La infancia no queda así ligada a reflexiones filosóficas sin anclaje real, tampoco a la pregunta sobre su esencia o su definición, sino que por derivación visibiliza otras maneras de entenderla.
Pensemos en los estudios sobre la infancia en latitudes que no fueron colonias españolas. O en latitudes como la nuestra, que hibridaron muchas prácticas y representaciones diversas sobre los niños. Al situar su objeto de manera tan singular, la autora nos hace pensar ya en una historia de otras infancias. Por ejemplo, la representación del niño en los pueblos indígenas (seguro Bolívar Echeverría diría “infancias barrocas”), en las sociedades musulmanas, en las tribus “arcaicas” y, por qué no, en sus transformaciones presentes a través de políticas, marcos jurídicos o condiciones económicas. Ello aporta a la discusión un panorama en el que nuestros prejuicios podrían disminuir a la hora de “juzgar” la forma en que otras culturas y sociedades tratan a los niños. Ya desde el capítulo III se introduce el plural, pero es en el epílogo en el que se nos recuerda la importancia de la aproximación teórica:
Pero es esencial comprender que se trata de un concepto polisémico, que se fragmenta en expresiones diferenciadas y jerarquizadas que permiten distinguir entre los niños ideales y aquellos otros que no encajan del todo en el modelo arquetípico, pero cuya existencia es precisamente lo que permite (por contraste) identificar y diferenciar a los que sí gozan del privilegio de la “buena crianza”: discriminar entre los “niños de familia” y los “niños de nadie”. Por ello, es imprescindible comenzar a hablar ya no de la infancia, si no de las infancias: tantas como las desigualdades económicas, sociales y étnicas que caracterizan a la modernidad occidental, han determinado.
Si de hecho, al referirnos a occidente o a la occidentalización a través de la colonia podemos encontrar varias infancias, las infancias que escapan a esta cultura cobran visibilidad. Por ello la autora se obsesiona al pensar el problema como un problema de “marginalidad”, pues sólo una interpretación de este tipo, por efecto, visibiliza esos márgenes que no son considerados arquetipos del niño. El valor de su aproximación teórica radica justo allí, en donde el discurso y la historia se encuentran.
La “preocupación por el niño”
La representación visual más atinada que podamos tener de los niños abandonados y de su transformación en pícaros quizá sean las pinturas de Bartolomé Esteban Murillo. Por ejemplo en el cuadro de “Los golfillos” pero también en “Dos niños comiendo melón y uvas”, que es incluido en el texto, así como en la portada de este libro, se los ve trágicamente. Unos con mirada triste, otros con el cinismo cruel que ha dado la calle de las nacientes metrópolis. Invariablemente con las ropas roídas y comiendo algo que han robado, que han mendigado o que han encontrado por casualidad, el ocio y la falta de expectativas parecen ser, a una mirada contemporánea, síntomas de un pasado cruel que no tenía ninguna consideración por los infantes. Esa sensación que dan los cuadros de Murillo, que sin contexto de interpretación parece ser del todo trágica y producto de una sociedad poco decente, puede explicarse cuando se estudia el paso del “niño mártir al niño útil”. Este paso da sustento a una de las tesis principales del libro según la cual la percepción de la infancia cambió cuando las políticas del Estado Borbónico abandonaron el “ideal medieval” de la infancia como objeto de martirio (revelada como cohesionadora de lo social a través de narraciones en las que los niños aparecen susceptibles de cultos religiosos, los niños justos, etcétera) en la cristiandad y propusieron que esos niños sujetos a la muerte podrían ser útiles al Estado. Así nos dice la autora: “Uno de los principio esenciales de la secularización consiste principalmente en una transición discursiva, en la cual el ideal medieval del mártir fue sustituido por el principio utilitarista del hombre práctico”.
Aunque ese “paso” no es necesariamente identificable debido a que aún en los albores del siglo XIX el “martirio” infantil era utilizado como cohesionador social o para la identificación política de grupos dirigentes con grupos sociales. Aún así, decimos que la transformación se fue instaurando con las nuevas tareas y objetivos que tenía el Estado para con sus ciudadanos.
Ese corte, transformación o “paso” implica una reflexión más general sobre “lo viviente”. En los albores de la Ilustración no era novedad sacrificar a los niños, pero tampoco era novedad sacrificar a cualquiera. Esa transformación de la percepción de la infancia en la temprana modernidad no está exenta de la transformación de la percepción de la “vida en general”, que comporta un aspecto paradójico aplicable también al niño. En ella intervienen aspectos jurídicos (el derecho a la vida) y teológicos (la vida es sagrada). Paradójicamente, es la modernidad la que más ha insistido en el carácter útil pero sagrado de la vida. Se piensa que lo viviente es intocable pero, a la vez, propenso de ser intervenido para hacer proliferar a la especie. La infancia no está exenta de este análisis. Por eso decimos que Alcubierre ha atinado en analizar a la infancia como categoría de análisis en el marco general de la biopolítica que introduce el cuerpo del niño como sujeto a experimentaciones de la ciencia y del control de la población. De ahí el interés de analizar el proyecto de poblar la Alta California y el de vacunación de los niños para erradicar enfermedades como la viruela. Si la modernidad comprendió que eran los niños los ciudadanos del futuro, lo hizo en función de producirlos como población indistinta, como grupo delimitable y abarcable. Como población, en suma. Aun así, pudo trasladarles funciones ligadas también al ámbito de la moral y de lo jurídico (la felicidad, el amor, la educación y los derechos que ésta supone). Siempre en tensión entre su cuidado y la fragilidad general del la vida que los amenaza.
Si bien la autora no lo encara así, un efecto de su lectura es que los niños entraron en un proceso de secularización que fue acompañado por el desarrollo de las ciencias, la medicina, la pedagogía y las instituciones de encierro (los hospicios, las casas para niños, etcétera) y también por una preocupación teológica que les daba la protección de poder realizar anhelos que al mismo tiempo eran impuestos por el Estado y por la idea de que podían hacer proliferar la vida. Si, como dice la autora, la vida precaria del niño era mostrada en tal magnitud que a los diez años alguien podía ser considerado sobreviviente, con el recambio del biopoder sobre la infancia el niño pudo extender sus ámbitos por la protección que le brindaba el Estado. Entra así la reflexión en una combinación interesante de un proceso de preocupación estatista, biopolítico y de defensa de la sacralidad del niño. Sólo así se explica la importancia de la “inocencia” del niño en el romanticismo. Término que pertenece a la teología; al “antes de la caída” que supone la madurez y la entrada en la vida adulta.
Por otro lado, la autora piensa que el proceso de utilización de los niños para colonizar y poblar determinadas partes del territorio de Nueva España, la Alta California en este caso, puede pensarse como el fracaso de dos proyectos. En primer lugar, como el fracaso de otro tipo de colonización, la de los artesanos (en 1791) que debían llegar a California (herreros, carpinteros, carteros, curtidores) y asentarse ahí para enseñar sus oficios a los indios y a los mestizos residentes, pero también ocupar el territorio amenazado por injerencias extranjeras. Y en una segunda oleada, artesanos con antecedentes delictivos menores (en 1798). Colonización que tampoco tuvo éxito.
Los niños así entrarían al relevo generacional utilizados principalmente para garantizar la ocupación de territorios amenazados por fuerzas extranjeras (los rusos, los franceses, los ingleses). La infancia, históricamente en disputa, dista así en ese momento y en esa geografía de adherirse a significados de la familia pequeño-burguesa que tanto trabajo costó estructurar en un país policromático y azotado por todo tipo de injerencias. En segundo lugar, esa utilización de los niños para poblar tendría, según muestra Alcubierre, efectos transformadores para una nueva (y otra) percepción de la infancia, esta vez como motores del desarrollo histórico.
El margen
He tratado de pensar algunas cosas tanto metodológicas como filosóficas respecto al texto de Beatriz Alcubierre. No son todas, el lector podrá encontrar reflexiones sobre las niñas expósitas, sobre la relación de las Reformas Borbónicas y la difícil tarea de mantener la cohesión social, desde España, en los territorios colonizados. No quisiera cerrar este texto sin pensar, brevemente, la cuestión de la marginalidad que sobre los niños se piensa. De la infancia construida marginalmente. En el apartado “Vivir en el margen” la autora reflexiona sobre la marginalidad y la exclusión. La primera, dice, es una condición, la segunda, una acción. Las sociedades construyen sus márgenes en oposición a los criterios de utilidad con los que viven. Pero, los llamados “marginales” siguen siendo necesarios para mantener los criterios de utilidad de esa sociedad. Esas sociedades necesitan un exterior que los constituya y que les permita nombrarse. Me parece importante pensar a la marginalidad no como una delimitación clara de lo que es central respecto de algo que sería periférico, sino como un conjunto de relaciones históricas que a través de luchas y de intereses de los grupos sociales colocan a las subjetividades en situaciones asimétricas. Esas relaciones asimétricas no pueden valorarse como buenas o malas, debemos aprender a describirlas para comprenderlas. En el caso de los niños expósitos, el abandono los colocaba en un intersticio de la ciudad, no en el margen. Pero el martirio, aunque no en todos los casos, los había marginado de la vida, expulsándolos literalmente. El biopoder y los derechos humanos los han puesto en la centralidad de la vida y del futuro. Toda nuestra de metaforología al respecto es sintomática: “Los niños son el futuro”, por ejemplo.
Una vez “establecida” esa centralidad ideológica tendremos que volver a desagregar muchos problemas: el de la clase social, el de la etnicidad, el de la geografía, el del género, etcétera. Es decir, el de la importancia del análisis de las relaciones históricas que marginan a unos y centralizan a otros. Me parece que Niños de nadie. Usos de la infancia en el contexto borbónico está dedicado a dar cuenta de esas relaciones que la autora refiere como “las infancias”.
Introducción
Toda historia de la infancia parte de la premisa de que los conceptos y prácticas en torno a la crianza, educación y representación de los niños son una construcción cultural, eminentemente histórica, que en un sentido amplio se vincula al desarrollo de la modernidad.1 Este campo de investigación discute la noción misma de “infancia”, desde su función retórica hasta sus aspectos jurídicos y culturales, entendiéndola a partir de la atribución de ciertas características naturales y sociales a un determinado grupo etario, cuyos límites resultan particularmente elásticos. Asimismo, toma en cuenta la intervención directa de una serie de instituciones (fundamentalmente la familia, pero también la escuela, la Iglesia, las instituciones médicas y asistenciales, entre otras) que regulan las prácticas en torno a la crianza y buscan constreñir la conducta de los niños, con el propósito de formarlos como futuros ciudadanos.
Al inaugurar esta veta historiográfica hace más de cincuenta años, Philippe Ariés ubicó el origen de lo que llamó “descubrimiento de la infancia” en el periodo temporal que abarca los siglos XVI y XVII, asociándolo a las inquietudes propias del renacentismo y del reformismo religioso.2 Sin embargo, estudios posteriores, como el del británico Hugh Cunningham, han coincidido en señalar el siglo XVIII como la época clave en una transformación más efectiva de las actitudes y prácticas en torno a la infancia (directamente vinculadas al racionalismo ilustrado). Según Cuningham, fue en dicho periodo cuando filósofos, médicos, pedagogos y estatistas comenzaron a valorar la infancia, ya no sólo como una preparación para la edad adulta, sino como una etapa de la vida que debía ser considerada por su valor intrínseco en el desarrollo físico y moral de los seres humanos.3
Ciertamente, en el ámbito europeo, el siglo XVIII muestra un grado de sensibilización hacia la infancia en su conjunto que no se observa en los siglos anteriores (cuando menos, no en forma tan evidente). Cunningham insiste en que la clave de este cambio se encuentra en el largo proceso de secularización que produjo una mutación profunda en el pensamiento occidental. “No es que de pronto todas las personas dejaran de ser cristianas –puntualiza–, sino que para muchos la religión redujo su rango de influencia, desempeñando una función cada vez menos abarcadora como explicación de la naturaleza y como código de conducta”.4 Debido a ello se produjo un debilitamiento de la creencia en el pecado original, con lo cual los niños eventualmente dejarían de ser vistos como “corruptos e innatamente malvados”, para observarse como “seres angelicales, mensajeros de Dios en un mundo de adultos”. Pero además se les reconoció una mayor capacidad de desarrollo, cuyo motor se atribuiría más a la naturaleza que a la intervención divina. A partir de entonces, “la crianza sería entendida como el arte de obedecer los designios naturales para dar rienda suelta al crecimiento”.5
Al estudiar la construcción del concepto moderno de infancia en el ámbito hispanoamericano, prestando especial atención al caso mexicano, resulta igualmente indispensable tomar en cuenta de manera cuidadosa las distintas etapas del proceso de secularización, puesto que éste marcó paulatina y profundamente la forma en que los niños serían observados por dicha sociedad durante los siglos XVIII y XIX, periodo en que se produjeron las transformaciones más significativas en ese ámbito. Como es bien sabido, el reformismo iniciado por la dinastía borbónica marchó en sentido paralelo a un proceso de secularización (aunque éste incluso puede rastrearse hasta la segunda mitad del siglo XVII, todavía en tiempos de los Austrias)6, llegando a su punto culminante con la expulsión de los jesuitas de todos los territorios españoles en 1767. Cabe aclarar, sin embargo, que lo que se entiende por secularización en principio no es precisamente la separación de la Iglesia y el Estado, que se asocia más bien al liberalismo político decimonónico, sino específicamente el desplazamiento de jurisdicciones y funciones del clero regular (conformado por las órdenes religiosas, que gozaban de un cierto nivel de autonomía) al clero secular (encabezado por obispos, con intereses centralizadores, en principio más afines a los de los poderes monárquicos).
Este espíritu reformista se percibe no solamente en profundos cambios a nivel administrativo, sino también a nivel retórico. Por ejemplo, la idea de una filantropía con fines más bien pragmáticos desplazó progresivamente al principio virtuoso de la caridad cristiana y trajo consigo un proceso de desacralización de la pobreza, que pasó a concebirse más como una calamidad prevenible que como un estado de gracia mística. Así se marcó una distancia cada vez más pronunciada con respecto a la impronta medieval del Antiguo Régimen.
Está claro, que durante este periodo el clero ilustrado y las autoridades civiles, rivalizaron (y al mismo tiempo colaboraron) en la implementación de iniciativas en favor de la infancia abandonada y desvalida, ambos impulsados por el creciente interés en torno a la figura del niño (que si bien podría remontarse hasta la baja Edad Media, cobró renovadas fuerzas en el contexto de la ilustración). Lo anterior condujo eventualmente a un incremento notable de la oferta asistencial, tanto en la metrópoli como en las colonias americanas. Al respecto, resulta oportuno evocar las contundentes palabras de Vicente Pérez Moreda:
Es muy posible que ese ‘descubrimiento de la infancia’ sea anterior al siglo XVIII, incluso al XVII donde lo localizaba Ariés, y que haya sido más bien el fruto de un proceso lento de mentalización colectiva determinado por una serie de complejas influencias. Pero sin duda es más acertado situar en el siglo XVIII el descubrimiento del expósito (énfasis propio).7
Al adoptar formas de gobierno centralizadoras, el Estado español tomó un mayor protagonismo en el control asistencial, orientado sobre todo a la población más joven. La atención a la pobreza se convirtió en un aspecto central de los proyectos ilustrados, cuya principal estrategia consistió en crear instituciones de recogimiento para los pobres con el fin de concentrar los recursos humanos y ejercer un control racional sobre la masa de menesterosos, descargando con ello a los viejos hospitales de la función de la reclusión de mendigos y huérfanos. Estas instituciones asilares se convirtieron en instrumentos esenciales para controlar a la población útil y se ampararon en un discurso filantrópico de regeneración social que concedía a la salud pública un papel fundamental.
A través de numerosas medidas de acción social, el intervencionismo borbónico proyectó estrategias de protección a la vida, como fue, precisamente, el acogimiento sistemático de los niños abandonados. Con ello buscaba propiciar el incremento de la población, implementando a la vez medidas preventivas de control sobre la mendicidad y la delincuencia, además de concentrar eficazmente recursos humanos útiles a los proyectos del Estado. De este modo, las instituciones asilares fungieron también como espacios de vigilancia y reclusión.
No obstante, como lo muestra un gran número de memoriales y disertaciones publicados en el periodo, la situación de las casas de cuna españolas a mediados del siglo XVIII era deplorable y su existencia en muy poco aliviaba la eliminación sistemática de muchos recién nacidos, mediante el abandono o el infanticidio. La exposición (es decir, el acto deliberado de colocar al recién nacido en un lugar visible donde pudiera ser descubierto y trasladado a la casa de cuna) era considerado apenas como otra forma menos cruel de rechazo, donde el destino del niño seguía siendo muy probablemente la muerte prematura. Pero esta conciencia cada vez más notoria respecto a la situación de la infancia abandonada dio paso a acciones que tuvieron consecuencias de largo alcance.
Las múltiples voces que se alzaron para denunciar el tema desde las distintas regiones de la península, impulsaron dos trascendentales decretos de Carlos IVen favor de los expósitos. El primero de ellos fue la Real Cédula de 1794, que tenía como fin mejorar su situación jurídica y su consideración social. Esencialmente, legitimaba para efectos civiles a todo expósito de padres desconocidos, asimilándolo a “la clase de hombres buenos del Estado llano en general”8, y sancionaba como injuria a cualquier persona que insultara a uno de ellos usando los nombres de “borde, ilegítimo, bastardo, incestuoso o adulternino”.9 Pocos años más tarde, una segunda Cédula (con fecha de 11 de diciembre de 1796) estableció una reglamentación detallada del funcionamiento de las inclusas, desde la entrega del niño, hasta el tiempo de lactancia y el salario de las amas de leche.10
Dichas órdenes también tuvieron efecto en la Nueva España, que había sufrido en carne propia el impacto de la crisis demográfica y se hallaba en medio de un proceso de reconformación social, que parcialmente se explica por los cambios derivados de la transición borbónica. Como lo ha explicado Pilar Gonzalbo, durante doscientos años la familia novohispana (que había adquirido características propias, que la distinguían notablemente del modelo peninsular) fungió como factor de control y agente educador. En ella, la autoridad virreinal había depositado su confianza y delegado una larga serie de funciones relacionadas con la organización de la sociedad. Resultado de esto fue una suerte de autorregulación de los usos y costumbres familiares, así como la tolerancia hacia ciertos hábitos comunes, como el amancebamiento, el concubinato y, sobre todo, la procreación de niños ilegítimos, producto del mestizaje étnico. Sin embargo, a mediados del siglo XVIII, los funcionarios peninsulares se mostraron escandalizados ante el aparente desorden que privaba en la sociedad novohispana, por lo que uno de los efectos más visibles de la intervención borbónica en el ámbito familiar fue la creciente intolerancia a la ilegitimidad.11
Ya fuera por convicción o por prejuicio, por interés práctico o por devoción, la proporción de hijos ilegítimos disminuyó sensiblemente en las parroquias de la capital a lo largo de los años comprendidos entre las últimas décadas del siglo XVII y la segunda mitad del XVIII, sin que tal disminución pareciera satisfactoria a los fervorosos censores de la moral familiar. El mismo proceso de aparente mayor respeto a las normas eclesiásticas se producía en distintos lugares del virreinato.12
Como consecuencia práctica de estas transformaciones, muy pronto dejaron de funcionar eficientemente muchas de las instancias inmediatas de atención a la niñez, que habían sido operadas de manera casuística y relativamente ágil por la intervención oportuna de las familias novohispanas, en colaboración con frailes y monjas: como por ejemplo, las prácticas de adopción espontánea de niños ilegítimos por los patrones o parientes cercanos de la madre y la administración de limosnas en beneficio de huérfanos.13
Vinculada a este proceso, la secularización facilitó una disposición más directa de los niños por parte del Estado que veía en la población (sobre todo en la población joven) una forma de riqueza. Desde la segunda mitad del siglo XVIII buena parte de los niños mexicanos, especialmente los pertenecientes a las clases menesterosas, pero no sólo ellos, fueron concentrados en distintos tipos colegios, casas de cuna, hospicios, correccionales y escuelas de artes y oficios, creados y administrados por el Estado (primero el borbónico y luego el independiente), con la intención explícita de aprovechar su potencial productivo. Como expondré en las siguientes páginas, estas instituciones cumplieron con funciones de transición, mediando entre los intereses estatales, eclesisásticos y familiares, además de atender las necesidades locales específicas. Desde esta perspectiva, los niños aparecen como sujetos en tensión; es decir que al mismo tiempo fueron vistos como imagen icónica de la espiritualidad cristiana y como modelos para la exaltación de ideales cívicos.
Existe una diferencia esencial (unas veces sutil y otras evidente) entre el impulso filantrópico peninsular y el novohispano en relación con la infancia menesterosa. Aunque en ambos impera el argumento sanitario-demográfico a nivel de discurso, así como la acción directa de los funcionarios ilustrados que echaron a andar la maquinaria institucional, en el caso novohispano predomina una intención de exclusión que en ocasiones llega a chocar de frente con los propósitos poblacionistas de las autoridades peninsulares y en otras parece emplearlas en su favor con fines más bien políticos. Al estudio de esas tensiones entre la utilidad y la exclusión de los “niños de nadie”, tanto en el discurso ilustrado como en las prácticas amparadas en el mismo, está dedicado el presente libro.
Aclaro, sin embargo, que la expresión “niños de nadie” es empleada aquí en un sentido laxo, puesto que no se refiere solamente a los niños huérfanos o expósitos, sino también a aquellos que, aún si haber sido abandonados por sus padres, se hallaban excluídos del ámbito privilegiado de las familias que gozaban de cierto rango social y económico. Niños pobres y marginales, cuyo nombre y vínculos parentales, cuando los habían, estaban lejos de servir de parapeto frente a la larga mano del poder real y los proyectos reformistas de la administración borbónica. “Niños de nadie”, en tanto que el Estado podía disponer de ellos sin mayor reparo.
