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Blanca, abogada, comparte su vida entre dos ciudades: Logroño ,donde reside con Juan, su pareja; y Pamplona, de donde él es natural, aunque trabaja también en la capital riojana como Policía Nacional. Ambos, sin quererlo y por distintos motivos, se ven inmersos en una serie de sucesos que comienzan con un asesinato y que une aún más las dos localidades. Pero nada es lo que parece; todos tienen algo que esconder. Nadie dice la verdad. Lamentarán cada día el haber aceptado el trato que a cada uno les ofrecen. Novela negra centrada en desenredar una trama de acontecimientos y en resolver un asesinato que dejará al descubierto las verdaderas vidas de los protgonistas.
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Seitenzahl: 407
Veröffentlichungsjahr: 2024
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© Derechos de edición reservados.
Letrame Editorial.
www.Letrame.com
© Rosa María Sandín Romano
Diseño de edición: Letrame Editorial.
Maquetación: Juan Muñoz
Diseño de portada: Rubén García
Supervisión de corrección: Ana Castañeda
ISBN: 978-84-1144-822-2
Ninguna parte de esta publicación, incluido el diseño de cubierta, puede ser reproducida, almacenada o transmitida de manera alguna ni por ningún medio, ya sea electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación, en Internet o de fotocopia, sin permiso previo del editor o del autor.
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CAPÍTULO 1
¡Qué pereza! No sabía si salir ese día a andar o no como hacía la mayoría de las ocasiones sobre todo siendo vacaciones y haciendo el sol que el meteorólogo de la tele prometía. Una afición sana, pero que, además, le ayudaba a respirar aire limpio, mantener cierto contacto con la naturaleza y sentirse libre, aunque solo fuera por un rato, lejos del ruido, el bullicio, las inagotables prisas y los quehaceres cotidianos que empezaban a desanimarla, lo que provocaba en ella una falta inmensa de motivación como nunca antes había tenido. El trabajo ya no llenaba su satisfacción ni su orgullo personal.
Claro que, si fuera sincera, reconocería que su mayor y más profunda motivación para salir al campo era ir por la ruta de las fincas, a las afueras de Logroño, que siempre iba, por donde mantenía la esperanza, en cada ocasión, de encontrarse con Álvaro.
Era una senda poco atractiva en sí, la única belleza radicaba en observar, eso sí, con cierto disimulo, las fincas donde se alzaban las espléndidas casas, cada una diferente, con su variada arquitectura y sus parcelas de jardines conformados de forma aleatoria en el contexto, sin tener un equilibrio entre todas, más allá del gusto particular de cada uno de los dueños. Pero sí que resultaba un paseo agradable, relajado. Y suponía, sin lugar a duda, un oasis de silencio tras salir escasos kilómetros de la ciudad. Aunque, en realidad, se encontraba a un paso de la civilización más pura.
Lo que todavía hacía más atractivo el paseo, por si los datos aportados no fueran suficientes, era la posibilidad que ofrecía a todos los sujetos animados a la actividad deportiva suave pero natural, a lanzarse a superar sus propias marcas y poder subir al monte. No suponían gran esfuerzo, ya que no eran de gran altura por la zona, no superaban ni con mucho llegaban a los 1000 m. los picos más altos como el Pico del Águila; pero sí ofrecían unas vistas espectaculares de la ciudad, que en días soleados aumentaba significativamente su ya singular y natural belleza. Era una disculpa perfecta y limpia para realizarse selfies y fotos diferentes desde un paraje único. Por tanto, las posibilidades eran variadas: bici, senderismo, pequeña montaña, running o simple paseo con meditación incluida si te aparecía la inquietud.
Pues, a pesar de todo ello, solo servían de disculpa a Blanca para salir y pensar si el destino le daría la oportunidad, casualmente, de reencontrarse con la persona que más le hacía vibrar de todas las que había conocido en su vida. Ciertamente no eran muchas, pero las suficientes para saber distinguir los sentimientos y emociones que cada encuentro le producían. Cada temblor, cada palpitación, cada palabra cada mirada le despertaba un despliegue de euforia en forma de atracción y deseo que, en ocasiones, no podía controlar. Bueno, en realidad sí podía, pero no quería frenar el más antiguo y necesario de los instintos humanos. Aunque luego, muchas veces, se arrepentía. Incluso lo lamentaría.
Esa mañana no iba a ser diferente a otros momentos en los que tenía que tomar la decisión de salir o no. Sopesó rápidamente las opciones y se engañó a sí misma diciéndose que debía hacerlo por salud, porque el día era precioso y daba pena desaprovecharlo encerrada entre cuatro paredes con quehaceres insulsos, por mantener las marcadas curvas que dibujaban su cuerpo y que disimulaban perfectamente su edad; por tomar la tan famosa y ansiada vitamina D que los médicos siempre recomiendan, tan necesaria para el organismo; porque no tenía otra cosa más urgente que hacer… Un sinfín de excusas, donde no figuraba la realidad que era «por encontrarse con él, por mirarlo a los ojos, por sentirlo cerca, por ver su reacción al cruzar las miradas, por intercambiar unas palabras embaucadoras y zalameras la mayoría de las veces (eso ella lo sabía). En definitiva, por permitirse sentir, al menos por unos instantes, algo que luego le costaba olvidar y le duraba en la piel el resto del día.
Salió. Al final salió. Intentando mostrarse a sí misma despreocupada y sin mayor interés. Pero lo hizo.
Su vestimenta no fue casual, aunque se esforzó en que lo pareciera. Las mallas eran las que mejor marcaban la cadera, pero sin ser demasiado atrevidas; la camiseta técnica lo suficientemente holgada para no pegarse al cuerpo, pero que dejara libertad a la imaginación para intuir un pecho que rozaba los cánones de la perfección; unas deportivas y un maquillaje sutil, ligero, pero fino y atractivo. Un toque de aroma frutal en el cuello para dar un punto sensual. Cronómetro en marcha. Y a andar.
Su paso era firme y bastante ligero, no se puede decir que fuera de paseo. Su idea siempre fue darse caña para hacer ejercicio, no para pasear; quería sudar y quemar. Salía a eso… entre otras cosas.
Gafas de sol oscuras con cristal de espejo en esa ocasión y montura plateada, melena suelta, auriculares conectados, música activadora para la marcha en modo play y… ¡adelante! No lo piensa dos veces; no se plantea otra posibilidad, aunque exista. No da marcha atrás. Adelante.
Los primeros dos kilómetros son tranquilos, hasta tomar la senda de las fincas, parcelas pobres y sencillas, pero sorprendentemente bien aprovechadas y lucidas.
Ya empieza la zona roja, la zona de peligro. El camino donde la posibilidad del encuentro puede convertirse en realidad.
El ritmo se aceleraba, el movimiento de cadera se hacía más marcado pero tenue. El riego sanguíneo aumentaba por todo el cuerpo y las miradas se agudizaban para intentar encontrarlo hasta en donde no es posible verlo. O, al menos, poco probable.
Tres kilómetros. Sin novedad.
Cinco kilómetros. Nada.
La finca en propiedad de Álvaro estaba cerca. Y no había señales. «¿Estará en casa? ¿Se habrá ido? ¿Y si no lo veo?». Podía dejarlo estar. Sin más. Olvidarlo.
No.
Ni hablar.
¿Desaprovechar la oportunidad?
Ese día no.
Pasó de largo el cruce de la continuación del Camino Viejo, subiendo hacia el Monte de La Pila. No lo vio. Había que elegir entre dos opciones: seguir adelante y olvidarlo ese día… o buscar rápidamente una excusa para llamarlo.
No necesitó mucho para encontrar un motivo para ponerse en contacto. El niño. Álvaro tenía un hijo cuya custodia era suya, aunque la madre mantenía el derecho a visitas durante algunas semanas sueltas, cuando le permitían salir del centro de internamiento psiquiátrico si se encontraba bien y controlaba ella de forma autónoma la medicación. Para el niño, esos cambios eran duros, pero se estaba acostumbrando.
Blanca conocía perfectamente el caso, a pesar de que no era de uno de los que había llegado a su bufete. Pero él sí le había contado todos los detalles y pormenores de la situación. Lo conocía tanto como cualquiera de los expedientes de su oficina. De hecho, así fue como lo conoció cuando el serio trabajador de banca apareció por su despacho para hacerle unas consultas, tras pedirle hora por teléfono, número encontrado aleatoriamente en el listín telefónico, ya que solo quería ver otra opinión al caso.
Con ello lo tenía fácil y solo debía preguntarle qué tal estaba su hijo para poder establecer el contacto inicial que tanto anhelaba. Luego contaba con que la conversación fluyera por el camino deseado. Y si no era así… haría que lo fuera. Él no contestó rápidamente. De hecho, no contestó. Ella, decepcionada, siguió su camino. Aunque fue en vano. Segundos después, Álvaro le devolvió la llamada.
—Buenas, señorita, ¿qué pasa? ¿Por dónde andas? ¿Estás bien? —dijo Álvaro en un tono que podía denotar cierta preocupación, ya que ella no le solía llamar, por lo que, en esta ocasión, le sorprendió y asustó un poco.
—Hola, no pasa nada, tranquilo. Estaba andando y he pasado por la finca y me he acordado del nene, que hace mucho que no te pregunto qué tal está —respondió ella intentado parecer convincente, aunque, en realidad, no sonó, ni siquiera parecido a su intención.
—¡Que has salido a andar y estás por aquí! —A lo que continuó un leve silencio por parte de él—. ¡¡¡Pues entra!!! —gritó.
—No, no, que sigo el camino, no quiero parar —respondió Blanca.
—¿Vas a subir a La Pila?
—Sí, esa es la intención… Veremos…
—Pues al bajar entras y descansas un poco, que empieza a hacer calor, te tomas algo y luego sigues —insistió él.
—Bueno, no sé, no quiero que se me haga tarde… —dudó ella.
—Bien. Pasas y ya está. Ahora te preparo un zumo que esté fresco para cuando vengas —concluyó él.
Blanca sabía que era capaz, que lo iba a hacer. Sabía que en ese mismo momento cogería las naranjas o la fruta que tuviera a mano y le prepararía el zumo que había prometido, porque él no amenazaba, cumplía. Eso por una parte le gustaba, esa firmeza, esa decisión, esa fortaleza. Pero, por otra, le incomodaba la falta de libertad que le otorgaba que otra persona decidiera por ella. Al final, se sintió más obligada a pasar por las molestias que las ganas de entrar con la libertad que ella prefería. Siempre le pasaba lo mismo con esta relación. Siempre tenía dudas sobre la forma de ser de él, esa dominancia le gustaba porque le aportaba fortaleza y le permitía dejarse llevar y no estar controlando y organizando todo. Pero, a la vez, sentía cierta opresión y hasta sumisión de alguna manera. Lo que ya dejaba de gustarle.
Blanca estaba segura de haber batido su propio récord de velocidad en alcanzar los escasos 670 metros de altura máxima de uno de los picos más visitados que rodeaban a la ciudad de Logroño, desde donde además se podía avistar el parque de La Grajera, de gran belleza y amplitud, con su pantano y campo de golf que se abrían bajo los pies de todo el que quisiera hacer el pequeño esfuerzo de subir hasta allí para disfrutar de esas vistas imposibles de otra manera.
Volvió sobre sus pasos a la finca de Álvaro, agotada, acalorada y exhausta casi, pero con las fuerzas mínimas para controlar cada emoción que le afloraba a medida que se acercaba para no aventurarse a meter en algún momento la pata y estropear lo que pudiera pasar. Solo quería sentir.
Le avisó mediante un mensaje al móvil de que estaba en la puerta, frente a la verja negra que protegía la propiedad. Él, sin salir, abrió desde la casa, con el mando. Solo lo justo para que ella pasara. Volvió a cerrar inmediatamente en cuanto estuvo dentro del jardín. Ella se quedó esperando, prudente, sin entrar al no ser invitada, por educación; por respeto.
Apareció él por el garaje. Con la mirada fija en ella, barbilla ligeramente alzada a modo de satisfacción u orgullo. Paso aparentemente tranquilo, pero firme. Su larga melena por los hombros se movía al compás del movimiento de las piernas. Las ondas de su pelo bailaban al sentir el roce de la brisa. No era el típico hombre de banca y, desde luego, no lo parecía cuando iba con el chándal y las pantalonetas con las que tan cómodo se encontraba. No lo parecía cuando le veías en su ambiente, en su casa; en la comodidad de su hogar.
Desde el momento en que ambas miradas se cruzaron, la tensión era palpable. Los dos sabían lo que podía pasar. Lo que se arriesgaban a ello. Y ninguno de los dos estaba dispuesto a impedirlo, pero tampoco a provocarlo. Él no quería empezar por miedo a dar una imagen y parecer lo que no quería y podía hacer que con esa actitud la perdiera para siempre. Eso lo tenía claro que no. Ella, desde luego, no iba a ser la incitadora, no iba con ella ese estilo. Se quedaría, por tanto, a manos del destino. Ellos podían aceptarlo… o no.
—Vienes agotada, ¡eh! —rompió el hielo él.
—Sí, empieza a hacer ya calor para subir —respondió Blanca como si tal cosa, como si hablase del tiempo con cualquier vecino que se podía encontrar en el portal de su casa, mirando a los caballos que pastaban al otro lado de la valla.
—Toma —le dijo Álvaro mientras le entregaba el prometido vaso de zumo fresco que le había preparado unos minutos antes.
Ella cogió el vaso mostrando cara de agradecimiento. Y tras tomar un sorbo, se sentó en la hierba, frente a la casa. Le pareció un lugar ideal para descansar.
Repentinamente, sucedió lo que ni en un millón de años hubiera pensado que pasaría. Algo mágico que le resultó indescriptible. Algo que le marcó. Él también se sentó en el suelo, despacio, casi con delicadeza se puede decir, como si temiera molestarla, despertarla o aplastar la fuerte hierba que se alzaba ya en junio. Se acomodó detrás de ella, rodeándola con sus piernas a modo de protección, como cuando sientas en medio a los niños pequeños por si se caen a un lado, para que no puedan golpearse con el suelo. Sin más. Sutil. Delicado. Le cogió el vaso de las manos sin mediar palabra. Lo dejó bien colocado a un lado de ambos, lo suficientemente lejos para no golpearlo, pero bastante cerca para alcanzarlo si quería ella seguir tomando la bebida. No articuló palabra o sonido alguno. No mostró ninguna intención ni otro movimiento que hiciera prever el siguiente paso.
Pudieron pasar diez minutos. Dos horas. Ninguno habló. Solo respiraban y se centraban en escuchar su propia respiración y la del otro. Conectaron con la naturaleza, con los animales y con las plantas. Conectaron entre ellos. Como cuando enchufas un ordenador y, simplemente, esperas a que la corriente pase y todo fluya por sí solo.
Entonces, él la abrazó con una delicadeza inusitada, despacio y suavemente por la cintura y ella, hipnotizada, se dejó caer la cabeza apoyándola sobre su hombro. De espaldas. Y se recostó. Pasados pocos segundos, se colocó en una postura más cómoda sobre su brazo, dejándose llevar por un instinto que le trasmitía la más absoluta tranquilidad y relajación. Mientras él deslizaba con una delicadeza única, como con miedo a romperla, su mano por su melena lisa morena, como si temiera enredarlo o hacerle daño; como si dudara entrar en zona prohibida.
Ese momento solo fue roto por algún suave y superficial beso que él le regalaba en el pelo, en la sien, en la frente; en la nariz. Casi sin rozarla. Supongo que esperando respuesta de ella o, precisamente, esperando que no hubiera ninguna reacción que rechazase la actitud.
No sabía si Blanca llegó a dormirse o solo rozó el límite de la inconsciencia, pero no se movió. Solo sabía y sentía que se podían haber quedado así el resto del día… o de la vida, si él se lo hubiese pedido.
La brisa les acompañaba. El sol bajó su intensidad para no molestar sin dejar de brillar. Blanca podía sentir la respiración de él por los movimientos ligeros del brazo donde se había recostado. Podía sentir el aire exhalado de sus pulmones cuando le miraba. Y podía notarlo cada vez más cerca cuando iba aproximando su cara a la de ella, que permanecía en todo momento con los ojos cerrados en un sublime estado de paz interior.
Lo primero que le rozó la cara a la mujer fue la melena de él al caer. Pero la sitió suave, casi como un cosquilleo. Entonces notó más cerca el aire de su respiración hasta que algo le rozó los labios. Algo más intenso que el ligero aire, pero igualmente suave. El roce se hizo más firme y simplemente ella respondió en la misma intensidad. El movimiento se repitió dos o tres veces sin que Blanca abriera los ojos. Su estado de hipnosis era ya definitivo. Entonces ya no hubo nueva separación. El beso fue como haber conectado dos polos opuestos que se adherían con firmeza sin doler, sin dañar, pero sin separarse.
En un mágico y lento movimiento, él fue pasando la cabeza de su brazo al suelo hasta dejarla tumbada sobre la hierba, pero sin permitir que el aire pasara entre los labios de ambos. Entonces, empezó a notar el peso de un hombre corpulento sobre ella, la presión sobre el diafragma que le hacía más costosa la respiración. Pero, por alguna extraña razón, no le molestaba. Se sorprendió a sí misma por ser capaz de moverse y reaccionar al contexto. Se sorprendió levantando los brazos con cierta dificultad porque se encontraban debajo de él, y llevándolos a su cintura, abrazándolo con más fuerza de la que él quería mostrar.
El tiempo que así quedaron fue breve porque entonces ella empezó a sentir una pierna de él que se colaba entre las de ella. Y segundos después pasaba la otra pierna para colocarlas juntas, obligándola a separar las suyas. Y entonces sí volvió a la realidad. Sí despertó del letargo y abandonó la paz interior que la embriagaba para recuperar la más absoluta y completa conciencia y cordura.
Quizá fue la voz de la conciencia o una alarma interior que le avisaba de que no quería tener una relación sentimental con él. Sea lo que fuere, le hizo salir de su letargo y decir:
—Tengo que irme. —Frase que suena muy de película, pero que siempre es cierta.
—¿Ya? —preguntó el con voz suave sin querer romper la magia del momento.
—Sí. Se me hace tarde para volver hasta casa —justificó Blanca sin mucha convicción.
—¿Te llevo? —se ofreció él, aunque más por darse la oportunidad de pasar unos minutos añadidos con ella que por ser galante y facilitarle una vuelta a su casa más rápida.
—No, gracias, no te preocupes. He descansado ya un rato y ahora me doy otro paseo —continuó ella mientras se levantaba y se sacudía las hierbas que se le pudieran haber pegado a la ropa.
Se agachó para recoger el vaso y terminar el zumo. Se lo acercó dándole de nuevo las gracias por su amabilidad. Ninguno quiso forzar más la situación. Aunque ambos se quedaron con las ganas, se conocían desde hacía tan solo dos años, pero era lo suficiente para no dar un paso en falso que estropeara lo que fuera que tenían.
Quizá al día siguiente continuaran donde se habían quedado.
Quizá todo fuera a ser muy distinto.
Quizá empezaría a lamentarlo.
CAPÍTULO 2
Blanca llegó a casa. No sabía si emocionada, contenta, sorprendida, cansada, asustada… o simplemente feliz. Seguramente, un poco de todo.
Cogió la toalla y todo lo necesario para entrar en la ducha. Y una vez allí, se dejó arrastrar como el agua que le caía sobre la espalda. Dejó que fluyera todo el sentimiento que se agolpaba en su interior. Reía, se asustaba y volvía a reír. Un entusiasmo a vista de cualquiera, incomprensible y absurdo. Una ilusión indescriptible. Una relación imposible.
La relación entre Blanca y Álvaro siempre fue difícil. Comenzó siendo una relación profesional y terminó siendo… algo indefinido. Es que era imposible definirlo. De hecho, también describirlo. Empezó en la consulta en el despacho de Blanca, por referencias que le habían dado a él sobre su profesionalidad. Solo quería consultarle unas cuestiones sobre la custodia de su hijo Alan. De ahí pasaron a un trato más personal, de mayor confidencialidad. Pasaron a verse furtivamente y a quedar. Pero nunca hubo en sí una relación, de lo que se entiende relación sentimental. Era una atracción sin consumar. El carácter de él, a ella no le gustaba; esa rudeza en las reacciones y las respuestas que, a veces, daba a tonterías de las que hacía un mundo; el chantaje emocional que utilizaba constantemente cuando no quedaban porque ella no quería verlo o no era momento. Sabía que eran muy diferentes. Además, no es que fuera un conflicto entre abogado-cliente porque, en realidad, no le llevaba el caso, pero había cierto componente profesional que le frenaba.
Para ser sinceros, sí se lo planteó alguna vez. Sí quiso imaginarse estando con él, viviendo con él, en la finca, en su casa… Pero no se veía. No terminaba de encontrarse a su lado. No quería otra relación en general y tenía claro que con él tampoco. Estaba convencida de que no iba a funcionar. Y si un principio tenía claro Blanca en la vida, en cuanto a plano emocional nos referimos, es que no iba a empezar lo que no fuera a terminar. Y, desde luego, con él no iba a terminar sus días.
Había momentos como el que había vivido sobre la hierba, que la deshacían. Simplemente desmontaban toda su coraza y se derretía. Pero había otros turbios, respuestas rudas, gestos oscuros y acciones violentas que no le terminaban de gustar. Tenía claro que no quería en su vida eso. Era posible que el porte de Álvaro tampoco ayudara. Siempre se mostraba firme, frío, casi chulesco y pasota. En las distancias cortas era un embaucador nato; un zalamero con aspecto de conquistador. Y eso no ayudaba a cambiar de parecer. Aun así, le atraía. Era una relación de ni contigo ni sin ti. Tóxica y negativa. No hubiera sabido explicar por qué, pero era lo que sentía. Intentaba alejarse de él precisamente por eso. Lo bloqueó varias veces para evitar todo contacto con él. Pero él siempre la convencía para volver a tener un acercamiento con cualquier buena disculpa. Pero en el fondo sabía que era eso: una disculpa. Le pidió también que la dejara en paz, que no siguiera; pero él insistía siempre, eso sí, de manera delicada; sutil. Ella no tenía suficiente valor y fuerza para cortar la relación definitivamente. Y tampoco encontraba que hubiera motivo de peso para hacerlo. Siempre se portó bien con ella, fue educado y detallista, mucho. Flores no le faltaban, regalos en momentos especiales, pequeños detalles preciosos que a nadie se le hubiera ocurrido, siempre para sorprenderla con lo que podía ser tonterías para cualquiera; pero a ella le llenaban de ilusión y alegría el día, la vida. Hasta ese momento. No iba a tardar en descubrir que su instinto no le fallaba. Solo tenía que escucharlo.
Al día siguiente él le mandó un mensaje. «Buenos días, señorita, ¿qué haces? Perdón si la molesto». Siempre hacía lo mismo; intentaba resultar suave y delicado, suponía que para provocar una respuesta y ser rechazado. «Tengo una duda que necesito que me ayude a resolver», anunciaba el siguiente mensaje en el móvil.
«Buenos días, dime», respondía ella. Amablemente apuntaba: «No me molestas», que podía sonar educado y cordial; a la vez que incitador a seguir la conversación según como se mirase.
Entonces se sucedieron una serie de mensajes que no dejaban lugar a la duda ni a la doble interpretación. «¿Podría explicarme usted, señorita abogada, por qué no he podido dormir en toda la noche?».
«¿Estabas nervioso, inquieto?».
«Sí».
«¿Por qué?».
«Porque tengo ganas de volver a verte».
Lo siguiente que enviaba ella, eran algunos de los emoticonos amarillos tan famosos con cara de sorpresa, vergüenza o incredulidad… según como se pudiera interpretar por cada uno. A lo que él insistía lanzando variedad de piropos sutiles y frases emotivas que sabía que a ella la debilitaban lo suficiente para que no le volviera a bloquear. Y para que la consiguiera enamorar.
De ahí se pasaba a un tema más serio, que era el motor de la disculpa para establecer el contacto. Sobre todo, si habían pasado varios días en los que no se habían visto ni sabido nada el uno del otro. Había días que el tono de la conversación subía de intensidad, pero él sabía que nunca debía pasar el límite de lo basto, sucio, barriobajero. Entonces la perdería. Siempre era romántico y sensible en ese aspecto. Sus mensajes eran del tipo: «Me gusta todo de ti»; «eres perfecta»; «estoy locamente enamorado»; «me has cambiado la vida»… Ninguna mujer romántica podría mostrarse dura ante esos comentarios. Aunque nunca se los creyó del todo.
Y terminó por descubrir por qué. Ese día, el tono era el mismo, pero luego se centró en el origen de lo que quería en realidad. «Estoy teniendo un problema con la madre de Alan y necesito que me aconsejes».
«Llama a tu abogada, ella te dirá mejor qué hacer, que es la que conoce bien el caso. No quiero meterme donde no me llaman».
«Pero quiero saber tu opinión. Sabes que confío plenamente en ti y tienes permiso para meterte en este y otros temas. Sé que quieres mucho al niño y valoro lo que me digas. Además, me conoces bien, sabes que, a veces, soy muy tosco y meto la pata y me ayudas a no ser tan rudo y radical en muchas ocasiones».
«Bueno, dime».
«Es un poco largo de explicar y ahora no puedo. ¿Te pasas por la finca esta tarde? Tomamos café y te cuento con calma».
Entonces hubo silencio. No se veía en el estado que Blanca estuviera escribiendo. Seguía en línea, pero de forma pasiva. La tensión entonces era palpable. De repente, en el estado apareció la hora de la última conexión: 11:43. Se había desconectado.
Él esperó en línea unos minutos. Sorprendido. Asustado por la reacción. Temeroso de haber metido la pata. O, tal vez, seguro de que reaccionaría. La conocía muy bien. Sabía que iba a caer. Y de qué manera.
«Vale. Puedo ir un rato sobre las 5».
«Perfecto. Te espero aquí. ¿Cómo quieres el café?».
«Descafeinado con leche. Gracias».
Ella no estaba muy segura de lo que había hecho. Él estaba muy seguro de lo que había hecho.
Intentó llegar puntual, como era habitual en ella, pero tampoco en exceso. No quería parecer ansiosa, aunque le iba a resultar difícil controlar los nervios. Nunca habían quedado realmente, siempre habían sido encuentros por el camino cuando ella iba a andar o en el trabajo y poco más. No habían ido a un bar a tomar café; mucho menos a cenar o comer un día cualquiera. Se habían limitado a pasear por el monte si él se había ofrecido a acompañarla por la zona, que él conocía bien. Podría decirse que entonces esa era la primera cita. Aunque no le gustaba mucho llamarlo así.
Controló la inquietud que le envolvía antes de llegar. Se intentaba autoconvencer de que era normal. No pasaba nada. Lo conocía hacía tiempo, pero nunca habían tenido una cita, sin más. No había que darle más vueltas, por eso estaba algo nerviosa, quería creer. Sin embargo, no conseguía controlar la voz interior que le decía que era un error. Quizá el mayor de su vida. Pero ya estaba allí.
Dudó si dejar el coche fuera, ya que lo primero que se le ocurrió es que sería más fácil salir si se encontraba en algún apuro. Había llevado algunos casos de acoso y violencia de género y eso le deformaba a veces el pensamiento, pero también la hacía más prudente. La razón entonces se estableció y decidió que era absurdo. Si no estaba segura, directamente era mejor ni acudir. No tenían sentido ninguno de esos pensamientos en ese momento.
Le avisó de que estaba fuera. Él salió de la casa y le abrió la verja negra. Blanca entró con el coche rozando algunas ramas de los rosales de la entrada que sobresalían demasiado. Rosales llenos de flores granates muy olorosas, que a ella le gustaban mucho cada vez que las veía.
Entró con el coche hacia la derecha, donde el espacio verde perdía la belleza por falta de cuidado, ya que la hierba presentaba numerosas calvas por el pisado de los vehículos, pero era mucho más extensa a lo largo, hasta la caseta de los utensilios y maquinaria de cuidados del jardín. Allí tenía también guardada la moto que usaba siempre que el tiempo se lo permitía. Era su pasión.
Dio la vuelta al vehículo, cuidando de no golpear a los olivos que aportaban algo de sombra al terreno, y dejó el coche ya orientado hacia la salida, al lado de la casa. Paró el motor y quitó la llave del contacto. Se aseguró de tener el móvil a mano y bajó del coche. Él la esperaba de pie observando todas las maniobras que ella realizaba. Se mostraba tranquilo, relajado pero decidido., como si fuera algo habitual. Su semblante era afable y nada ansioso. Apareció con vaqueros y una camiseta clara que le favorecía, colocando la larga melena ligeramente hacia atrás, en un toque algo sensual sin ser exagerado, con naturalidad; deportivas y perfumado sutilmente.
—¿Qué tal? —le preguntó él.
—Bien, sin más —dijo Blanca. No sabía muy bien cómo mostrarse ni reaccionar.
—Ven, pasa. —Le invitó el dueño de la parcela.
Ella miró el reloj, pasaban escasos minutos de las 17:00 h; miró el coche, comprobó que llevaba el móvil. Y volvió a andar siguiéndole.
—¡Ven, que no te voy a hacer nada! —expresó él casi en forma de grito, despectivo, como solía hablar a veces; pero lejos de parecer conciliador, esa frase inquietaba más ¿Acaso él pensaba que ella podía creer que no estaba a salvo? ¿Por qué?
Entró.
—Pasa —continuó Álvaro—. He intentado ordenarlo todo un poco para dar buena impresión, no quiero que pienses que soy un desastre como amo de casa. No quiero perder puntos. —Ambos rieron.
Ella ya había entrado alguna vez, pero no había pasado del merendero situado en la planta baja, por donde solía entrar él habitualmente directamente del garaje. Suponía que por accesibilidad y comodidad.
—Aquí tengo la habitación que suelo utilizar yo, ya que no subo al piso de arriba, total, para nosotros dos no necesitamos tanta casa. Ya si vinieras tú a vivir es otra cosa —dijo con una sonrisa entre picarona y jocosa—. Aquí al lado está la habitación que utiliza Alan. Y este es el baño —continuó el guía de la visita.
—¡Ah, está bien! —expresó educadamente Blanca sin prestar mucha atención a los detalles de los espacios. No quería parecer cotilla o descarada con intención de poder criticar posteriormente.
—Vamos arriba, que es más amplio, aunque no lo suelo utilizar. No necesitamos dos pisos.
Accedieron al piso superior por una escalera estrecha que terminaba girando a la izquierda. Entonces se abría a un salón comedor algo clásico para el gusto de Blanca, acogedor, eso sí, con el sofá en medio, partiendo ambos espacios. A la izquierda, bajo un arco de escayola, se abrían paso otros tres dormitorios; más a la derecha, la cocina y otro baño. En el dormitorio principal, había un baño propio, pero que parecía que no se usaba por la falta de utensilios de higiene. Mientras lo estaban viendo muy por encima, sin detenimiento, Álvaro recibió una llamada, haciéndole a ella el gesto de que salía del cuarto para atenderla. Ella asintió con la cabeza en señal de aprobación e intentando transmitir tranquilidad, no había problema. Se quedó echando un vistazo a su alrededor, se acercó a la ventana a ver el campo y volvió hacia el armario empotrado situado a la izquierda. Tenía una puerta entreabierta y acertó a ver diferentes objetos que le llamaron la atención. Sin pensarlo, se acercó y sin tocar las puertas correderas, para no parecer indiscreta si él entraba, miró por la parte abierta y vio marcos de fotos, unos bien colocados, de pie y otros apilados como si hubieran sido puestos allí de manera apresurada. Acertó a ver una foto. ¡Era ella! La había reconocido, era una foto de Blanca tomada de su perfil del teléfono, había hecho captura de pantalla. No sabía si le emocionaba, le halagaba o le molestaba. No supo reaccionar. En ese momento, entró él, que apenas había tardado unos segundos y siguieron con la visita. Realmente, por lo demás, se notaba el piso frío, con falta de vida. Se percibía ausencia del calor que proporciona la estancia de una familia en los quehaceres diarios y de la acogida de los objetos que normalmente se utilizan y ropas, colocadas arbitrariamente por el espacio. Pero no había nada de eso. Aunque todo estaba correcto, recogido, limpio y preparado para poder ser usado en cualquier momento. No le faltaba detalle. No le sobraban cojines, no echabas de menos fotos, al revés, le parecía que alguna sobraba. Estaba todo perfecto. Aunque se quedó con un sabor extraño dentro de ella, una sensación rara que no supo identificar.
Terminado el tour, volvieron abajo, al merendero, que era el espacio más utilizado, donde hacían Álvaro y Alan la vida habitualmente, además de en sus dormitorios, claro.
—Estaremos mejor aquí, más cómodos. Tenemos todo a mano y no me falta de nada. Siempre hacemos vida aquí —confirmó él.
—Ya veo —dijo ella observando la diferencia con el piso superior. En el merendero, efectivamente, se notaba vida, transmitía movimiento. Se podían ver algunos libros del colegio de Alan, ropa doblada después de haber sido planchada…
Era un lugar peculiar. Un espacio alargado, rectangular, que separaba del comedor una pequeña cocina con una barra con columnas de madera hasta el techo. El espacio de cocina, aunque reducido, tenía de todo. El comedor era como un típico merendero, la organización del mobiliario seguía un estilo totalmente ecléctico. Dominaba la estancia la cabeza de un toro colgada de la pared, frente a otra de un ciervo. Lo que te hacía intuir su pasión por la caza. Caza equivalía a armas. Armas. A un lado, una cómoda con distintas fotos y recuerdos. En el centro, la mesa larga rodeada de las suficientes sillas para celebrar cualquier acontecimiento. Al fondo, el sofá frente a la televisión y demás aparatos que la complementaban.
A pesar de tener ventanas, la iluminación resultaba justa, más bien pobre. Sí, era acogedor. Pero, ciertamente, ella nunca lo hubiera decorado así.
—Siéntate, que te pongo el café —le invitó él.
—No, tranquilo, te ayudo. —Se ofreció ella.
—No, de verdad, es solo un café. Sé ponerlo, no siempre he trabajado en la banca. Estuve años llevando un mesón mientras estudiaba.
—¿Ah, sí? —se sorprendió verdaderamente la mujer.
—Sí, ¡buah, qué años!
Y, a partir de ahí, comenzó una tertulia relajada de dos amigos que enlazaban sin querer un tema con otro y la tarde fluía sola, sin silencios incómodos y violentos. Esto hizo posible que Blanca se relajara. Miró el reloj al sonar su móvil. Las 19:36.
—¿Sí? —contestó antes de saber quién llamaba, ya que el móvil tardaba en mostrarle en la pantalla el realizador de cualquier llamada.
—Cariño, soy yo —dijo una voz masculina con cierta familiaridad y complicidad.
—¡Ah! Dime. —respondió ella con naturalidad.
—Tenemos una reunión urgente, me acaban de avisar para organizar un dispositivo. No iré a cenar a casa. No me esperes despierta porque llegaré tarde seguramente.
—Vale, no te preocupes. Cenaré algo rápido y me acostaré.
—Ok. Te quiero cariño —terminó la voz.
—Y yo. Ten cuidado ahí fuera —finalizó ella.
Tras un leve silencio…
—¿Tu ex? —preguntó Álvaro.
—Sí —respondió escuetamente Blanca.
No quiso dar más explicaciones. No hacía falta mencionar legalismos de si los papeles del divorcio estaban firmados o no; si mentía o no; si habían repartido los bienes o no; si había acuerdo o no… No le interesaba, no venía a cuento y no daba explicaciones de su situación personal. Ella tomaba la responsabilidad de sus actos sin tener que informar a terceros que no les importaba y menos a él, con quien no tenía nada en realidad.
—Entonces, ¿no tienes prisa para volver a casa?… —intuyó el hombre.
—No, pero relativamente. Tampoco quiero ir tarde.
—A dormir entonces no te quedas, ¿no? —bromeó él.
Ella rio. Ambos rieron.
—Podemos sacar algo de picar, si quieres. No te vas a ir con el estómago vacío. Encima que vienes, sería poco considerado por mi parte permitirlo.
—¡Ah!, no te molestes. Ceno algo en casa y ya está. —Rehusó ella con elegancia.
—¡Ni hablar! A callar. Ahora mismo preparo algo —terminó él con determinación.
Esa precisamente era una de las cosas que más le gustaban de su amigo, que fuera capaz de decidir si ella dudaba en alguna ocasión y organizara las cosas sin necesitar que ambos se pusieran de remango. Le daba la oportunidad de relajarse y desentenderse de analizar, gestionar y organizar cada pequeña acción diaria. Estaba cansada de hacerlo en el trabajo y en casa y necesitaba a su lado a una persona que algunas veces tomara las riendas del momento y se hiciera fuerte frente a la debilidad del agotamiento de ella.
Álvaro enseguida preparó algo para cenar, ligero, sencillo, de picar. Ella, mientras tanto, le ayudó a poner la mesa, a pesar de que él insistía en que se sentara y descansara, que le iba a servir él, a la vez que le quitaba los platos de la mano para que no continuara. La verdad es que esos momentos daban una imagen de ser una pareja feliz en el calor de su hogar. Álvaro abrió una botella de vino y se sentaron a cenar. Brindaron por ellos y siguieron la velada.
—Oye, coméntame lo que te preocupaba del niño —le recordó Blanca.
—¡Uy!, ya no me acuerdo. Te veo y se me olvida todo —respondió él de forma poética.
Ella lo miró con cara de no hacerle caso porque solía tener ese tono zalamero que sonaba bien, quizá resultaba poco creíble. Pero calló, no le dijo nada. La mirada bastaba.
La tarde terminó llegando al inicio de la noche bien metida y el tono de la conversación era cada vez más animado. Se escuchaban con mayor frecuencia las risas de ambos y la distancia en la mesa se había acortado con la clásica disculpa de ver unas fotos en el móvil, unos chistes, unos memes… En un segundo, entre muestra y muestra de la pantalla, entre una imagen y otra, él la besó. Rápida y fugazmente. Como un adolescente roba un beso a una compañera de instituto que le gusta. Y luego espera su reacción no sabiendo si va a encontrar otro beso o una torta.
En esta ocasión, pasaba igual. Solo que ella respondió con una sonrisa de complicidad. Él se levantó, recogió los platos y sacó algo de postre que había elaborado. Al dejarlo sobre la mesa, la volvió a besar. Pero esta vez no tan rápidamente, sino que repitió el gesto varias veces aumentando el tiempo de duración del contacto. La actitud de permiso por parte de ella fue considerada como invitación a seguir. Él se colocó de pie a su lado, ella permanecía sentada. Le puso la mano delicadamente en la nuca, para invitarla a reclinar la cabeza sobre ella y permitirle mayor comodidad en la postura para besarla. Del roce de los labios pasaron a utilizar la lengua como parte del movimiento. Y la intensidad aumentó. Sin soltarla, la agarró por la cintura con la otra mano describiendo un ligeros movimientos hacia arriba indicándole que se levantara. Ella, simplemente, le siguió. Las manos empezaron a recorrer las espaldas de ambos cuerpos hábilmente sin separar los labios. Solo lo hacían de vez en cuando para cruzar las miradas y buscar la confirmación de que ambos estaban dispuestos a continuar.
Él, en una actuación suave, retiró de la mesa el plato de postre que quedaba a la altura de la espalda de Blanca para, posteriormente, inclinarla sobre la mesa, despacio, en un movimiento suave, como por miedo a romperla. Cariñoso, lento, cuidadoso como con la porcelana, sin dejar de mirarla y besarla. Con sus piernas separó las de ella para dejarse sentir, para hacer notar su presencia bien cerca. Y se inclinó sobre ella. Blanca, casi por instinto, levantó una pierna para colocarla rodeando la cintura del hombre que tenía en medio y que más le sabía transmitir el más puro deseo a una mujer. La escena duró varios minutos. Nuevamente, la conciencia, o su alarma interior, hizo que Blanca reaccionara levantando la mano de la baja espalda de él para ponerla sobre el pecho.
—No, no voy a seguir —le avisó.
—¿Qué? ¿Qué ha pasado? —preguntó él separándose lo justo para incorporarse pero no con la distancia suficiente como para permitir que ella también pudiera levantarse de la mesa, donde permanecía ahora ya incómoda, ya que la musculatura de la zona lumbar empezaba a resentirse la postura. Solo que hasta ahora no había sido consciente.
—No quiero seguir. No voy a acostarme contigo. No voy a empezar lo que no voy a terminar —afirmó y explicó con firmeza.
Él se separó respetando su decisión, aunque estaba decepcionado. Ella se incorporó y se quedó frente a él, a poyada en el bode de la larga mesa del comedor del merendero. Él agachó la cabeza en un gesto de asumir su derrota. Ella se disculpó y se colocó bien la blusa que se había recogido hacia arriba por la parte de la cintura debido a los constantes movimientos y caricias que él le había proporcionado.
—Lo siento… —se disculpó de nuevo—. No estoy segura de querer seguir. Ha sido todo perfecto, pero tengo que irme.
—¿He hecho algo mal? —preguntó preocupado él.
—No, no… ha sido todo fantástico, solo que no voy a empezar lo que no voy a terminar.
—Vale, perdona, si te he incomodado. Pero me gustas, lo sabes, siento algo especial por ti que no lo había vivido nunca.
Ella, ante esos comentarios, se ruborizó. Hacía tiempo que no escuchaba algo de romanticismo y que no sentía la pasión que una vez tuvo por todo el cuerpo. La verdad es que le invadía una sensación de deseo por el cuerpo que le costaba frenar. Pero debía hacerlo hasta estar segura. Tenía algunas cosas que gestionar antes de dejarse llevar, que era lo que más le pedía la parte más íntima de su ser.
—Tengo que irme —volvió de decir Blanca.
—Claro. Te acompaño —respondió Álvaro con cierta desilusión.
Fue con ella hasta el coche y le cerró suavemente la puerta de este, asomando por la ventanilla, que ella la estaba bajando. Se acercó tímidamente para darle un beso que ella aceptó. Y se despidieron con un simple: «Hablamos». Por un segundo, la mujer dudó de parar el coche, bajarse y terminar lo que sí había empezado; pero desistió. Ya estaba decidida y era mejor así.
Al menos de momento.
CAPÍTULO 3
Por primera vez, en serio, en la serenidad de su terraza, con la taza de café entre las manos, las piernas sobre el sofá de mimbre, y las tostadas con mantequilla y mermelada sobre el plato encima de la mesa, se planteó la posibilidad de dejar a su marido e iniciar una relación con Álvaro. Por primera vez se permitió valorar, seriamente, darle un giro a su vida, salir de su comodidad pero también de la tristeza y soledad, y volver a sonreír, volver a ser feliz, volver a sentir, y volver a hacer las cosas que nunca debió dejar de hacer. Recuperar la ilusión. Mientras miraba al horizonte, al cielo, a los transeúntes pasear por la calle, a los coches dirigirse a sus destinos… dejó la mente en blanco y se dedicó a escuchar a su corazón. Esa voz no coincidía con la razón. Pero no iba a obligarles a ponerse de acuerdo.
En medio de esa reflexión y entre un pensamiento y un recuerdo de la noche anterior junto con la sonrisa cómplice del placer experimentado, sonó el sonido de llegada de mensaje en su móvil.
«Buenos días, princesa. No te imaginas lo que estás haciendo a mi corazón, has hecho que tenga ilusión, has hecho que lata con tal fuerza que padezca taquicardias, has hecho que vuelva a creer en el amor y ver que se puede ser feliz. Eres el amor de mi vida, lo tengo cada vez más claro. El mundo cambia el sentido de su giro si estás a mi lado».
Esas palabras terminaron de llenarla de orgullo y de bienestar sabiéndose querida y deseada. Pero constantemente su parte racional le daba toques de atención y le encendía una luz de alarma a la que ella no hizo caso. ¡Cuánto hubiera deseado después haberlo hecho!
«Hola, buenos días. Gracias», contestó ella intentando no dar mucho pie a la conversación, porque no sabía muy bien qué responder.
E iniciaron una pequeña charla con mensajes más bien triviales si no fuera por el contexto de haberse iniciado después de la noche romántica que pasaron con sus momentos más íntimos incluidos. Ambos estaban deseando repetir, pero Blanca no estaba dispuesta a dar el primer paso ni a proponerlo. ¿Prudencia? ¿Timidez? ¿Orgullo?
«Estoy deseando volver a verte». Dijo de pronto el interlocutor. A lo que ella respondió con un emoticono de cara sonrojada. Si no sabía con seguridad qué decir, era siempre mejor no decir nada para que no se malinterpretara.
«¿Cenamos esta noche?».
Silencio. Estado: en línea.
«No sé si puedo», dijo ella tras unos segundos.
«A las 7, merendamos, tomamos algo y te vas pronto», contestó Álvaro sin darle opción a la duda, pero sin imponer. Eso a ella le gustaba, en ocasiones. Pero en ese momento no le convenció. Por lo que rehusó la invitación hasta estar segura de lo que quería y aceptando lo que podría pasar entre ellos. Él no insistió. Se despidieron cortésmente y ella se quedó con su taza de café y sus pensamientos que, extrañamente, habían girado 180º de lo que unos minutos antes estaban siendo. No sabía muy bien por qué.
Esa tarde, decidió salir de paseo y de compras por la Gran Vía de Logroño. Entró en varios comercios del centro para mirar algo de moda y renovar el vestuario de su armario. Entró a coger un libro que su amigo David le había recomendado, una novela negra, género que a ambos les gustaba desde la facultad, gusto que compartían entre otros. Al salir de la librería Santos Ochoa, se tropezó de frente con Álvaro. En un primer momento, le sorprendió esa casualidad. Pero él le quitó toda duda de la cabeza.
—¡Qué casualidad! —le dijo—, ¿qué haces por aquí?
—De compras, haciendo unos recaditos. ¿Y tú? —preguntó Blanca con algo de incertidumbre.
—Voy a casa, tengo aquí al lado un piso, ahí donde la Fuente de Los Ilustres —dijo él señalando un portal cercano, aunque no acertó ella a saber en ese momento cuál exactamente, ya que no se lo indicó con exactitud.
—No sabía, pensé que vivías en la finca.
—Sí, ahora cuando hace buen tiempo suelo estar allí todos los días, aquí vengo a limpiar y recoger y hacer algunas cosillas; pero en invierno allí es más triste y me siento más solo. Aquí estoy mejor con Alan, el colegio más cerca, más servicios, más comodidad —explicó él.
—Ya, claro. —Dio muestras de entender ella, ya que tenía lógica, pero no sabía si le convencía esa explicación para justificar el encontronazo tan casual de ese momento.
—Te invito a subir a verlo, tengo que llevar estas cosas —dijo señalando las bolsas de la mano.
—No te preocupes, no quiero entretenerte… —se excusó ella.
—Anda, no seas tonta. Vamos. —Y comenzó a andar esperando que le siguiera.
Y así lo hizo, por no parecer maleducada y porque tampoco tenía prisa para ninguna otra labor. Entraron en el portal, amplio y luminoso, se notaba que había hecho reforma hacía poco porque, aunque el edificio llevaba ya muchos años construido, la entrada era moderna, con rampa y algo más amplia de lo que podía parecer en su etapa original. Entraron en el ascensor y él marcó al tercer piso, cuidando de no pegarse mucho a ella, posiblemente para no mostrar ninguna intención que le pudiera hacerse sentirse incómoda con la situación. Al llegar, él salió el primero indicándole que era a la izquierda, solo había tres manos. Letra A.
Sacó las llaves y abrió la puerta. Se veía el interior algo sombrío por las persianas bajadas, que podía servir para preservar el fresco de la vivienda o por su desuso en esos meses de verano para mantenerlo más protegido, como siempre solíamos hacer en las viviendas no ocupadas a diario.
—Pasa —le invitó él. Ella dudó un segundo—. Pasa —volvió a insistirle en un tono algo más elevado—. Joder, qué manía, parece que te fuera a hacer algo —repitió otra vez el comentario de la noche anterior.
Ella entró dudosa. Pero entró, otra vez lo hizo. Ese fue el primer error que cometió.
Álvaro se acercó a las ventanas del salón y levantó las persianas dejando entrar bastante claridad que iluminaba toda la estancia. Dejaba al descubierto una sala grande, decorada con muebles clásicos con un sofá en medio que separaba la mesa de comedor a una pared a la izquierda, no había puerta de acceso a esa sala. Hacia la derecha, el mueble con la televisión y los libros en la estantería del mueble. Alguna foto, jarrones algo desfasados; y recuerdos de un viaje a Cantabria.
Desde allí mismo, hacia la izquierda del comedor se abría la cocina, conectada directamente, al más puro estilo americano, con una pequeña isla en medio que serviría, seguramente, de encimera y el resto de equipamiento delante haciendo esquina, terminando en una ventana a patio interior.
—Desde aquí se ve la fuente —dijo Álvaro, que estaba pegado a los ventanales del salón mirando la calle. Ella se acercó a comprobar lo que él le decía y admirar las vistas. Se sorprendió de ver lo diferente que era de la finca, todo silencio, paz, tranquilidad, campo; ahí era bullicio, prisas, luces, gente.
—Ya veo… —dijo—. ¡Qué diferente a la finca!
—Sí, pero es lo que te digo, para diario durante el invierno es mucho más cómodo, para trabajar, para el colegio y todo. Y estoy también más cerca de ti —comentó empezando con sus aportaciones sutiles hacia ella.
Blanca vivía cerca, en la calle Miguel Villanueva, frente al Espolón. Un lugar también muy céntrico y que le hacía entender perfectamente su necesidad de alejarse del ruido y aislarse en la finca.
—Te enseño el resto del piso —le invitó él. Y se dirigieron a ver las habitaciones y los baños, que eran algo más modernos que los que había visto en el campo, seguramente porque le daban mayor vida cada día.
Tras verlo todo, volvieron a la cocina, donde habían dejado las bolsas y él se dispuso a colocar los productos que contenía en sus respectivos lugares mientras comentaba:
—¿Quieres tomar algo?
—No, gracias —declinó ella.
—Vale, te pondré un zumo —dijo él insistiendo con una sonrisa, como sabiendo que ella rechazaba su invitación por no molestar y ser educada; la conocía bien.
Se lo sirvió y ella lo agradeció sentándose en una de las butacas de la isla, mientras observaba cómo él colocaba todo. Le hacía pensar que realmente era un hombre que se manejaba en el hogar, seguramente porque no tenía más remedio. Pero le gustaba que fuera desenvuelto y resulto en las labores hogareñas.
