No te rindas, mamá - Mariola Esteban - E-Book

No te rindas, mamá E-Book

Mariola Esteban

0,0

Beschreibung

Mariola, una madre divorciada, moderna, con estudios, con un buen trabajo, activa y segura de sí misma, se embarca en el que será el mayor reto de su vida: conseguir que sus hijos adolescentes recuperen el rumbo perdido y se hagan dueños de sus vidas y sus decisiones. Lo que no sabe es que, de esa lucha agotadora, ella saldrá también mejorada, renovada, mucho más consciente de su maternidad, de sí misma y de su lugar en el mundo. En No te rindas, mamá, Mariola Esteban se abre en canal para animar a otras madres que estén viviendo experiencias similares, en un relato coral valiente, donde su voz se une a la de sus hijos y a la de sus terapeutas y nos enseña cómo ha logrado sobreponerse a las dificultades con una voz a veces desgarradora, otras humorística, descubriéndonos las complejidades de criar a dos hijos adolescentes y cómo ayudarles a crecer y vencer sus dificultades, hallando de paso la fuerza para crecer también como persona y aprendiendo a superar juntos los problemas, a perdonar, a reír, a querer y a quererse.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern

Seitenzahl: 232

Veröffentlichungsjahr: 2022

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



No te rindas, mamá

La lucha de una madre por recuperar a sus hijos adolescentes y encontrarse a sí misma

Mariola Esteban

Primera edición en esta colección: abril de 2022

© Mariola Esteban Olivera, 2022

© de la presente edición: Plataforma Editorial, 2022

Plataforma Editorial

c/ Muntaner, 269, entlo. 1ª – 08021 Barcelona

Tel.: (+34) 93 494 79 99

www.plataformaeditorial.com

[email protected]

ISBN: 978-84-18927-75-1

Diseño, realización de cubierta y fotocomposición: Grafime

Reservados todos los derechos. Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo públicos. Si necesita fotocopiar o reproducir algún fragmento de esta obra, diríjase al editor o a CEDRO (www.cedro.org).

Índice

Nota de la autoraPrimera parte. El caosSegunda parte. Con todo y a por todasTercera parte. La gran transformaciónEpílogosAgradecimientos

Para mis hijos, Gonzalo y Candela, mi razón, mis dos motivos de vida y mis maestros. Gracias, gracias, gracias por elegir venir a este plano a través de mí y hacerme cada día más fuerte.

Nota de la autora

Siempre me ha emocionado ver, al principio de una película o de una novela, la famosa frase «basada en hechos reales». Lo que nunca imaginé es que algún día la utilizaría al inicio de mi propio libro.

Esta es una historia no simplemente «basada en hechos reales», sino pura, dolorosa, afortunadamente real. Mi intención al dejarla por escrito es ayudar a otras familias que puedan encontrarse en situaciones similares a las que nosotros vivimos.

Tan solo algunos nombres de personas y lugares han sido cambiados para preservar la privacidad de ciertas personas. El resto es fiel a la realidad. Al menos como la recordamos sus protagonistas.

Primera parteEl caos

Mariola

Siempre llega un día en que te das cuenta de que necesitas ayuda, de que tú sola no puedes con todo. Por más que te creas una superwoman o una supermadre, aceptas que has perdido el control y que la situación se te ha ido de las manos.

Ese día llegó para mí a principios de 2017. No recuerdo la fecha exacta, pero sí que abrí la puerta de mi casa y me encontré de frente con dos técnicos de Servicios Sociales de la Comunidad de Madrid. Estaban allí porque Candela, mi pequeña criatura de solo quince años, se había escapado por tercera vez del instituto. Mejor dicho, ni siquiera había llegado a entrar. Al parecer, cuando yo la dejaba con el coche en la puerta, ella daba media vuelta y se iba a un parque a fumar porros con algunos compañeros de su instituto y de otros de la zona; Candela había sido amonestada por absentismo por la Comunidad de Madrid, y por tercera vez, motivo por el cual los de Servicios Sociales habían sido alertados, el director del instituto me había llamado para informarme, y para mí esta fue la primera noticia de que mi hija no estaba asistiendo a clase… Parece ser que las amonestaciones, como luego descubriría, eran interceptadas por ella antes de llegar a mis manos.

Los de Servicios Sociales, plantados allí en la puerta de mi casa, venían a comprobar si la niña estaba bien cuidada y si yo era una buena madre. ¿Lo era? Lo cierto es que procuraba ser una madre moderna y comprensiva, abierta de mente. También tuve mi momento «soy rebelde» y «hago pellas porque yo lo valgo». Incluso probé algún porrito en mi época adolescente, pues las drogas estaban ahí y todos las teníamos cerca. Siempre he tenido una mente inquieta y sin prejuicios, así que en algún momento las probé. Eso sí, de manera discreta, siempre desde la mera curiosidad y la prudencia. Por eso, no estoy en contra de que experimenten.

Pero jamás se me pasó por la cabeza que pudieran dejarse llevar, como más adelante hicieron. Nunca sabes, es una lotería. En alguna ocasión incluso les dejé hacerse un porro y fumárselo en casa. No quería alentarlos a consumir, ni mucho menos, sino verlos y comprobar en qué punto estaban. Saber qué hacían y que no tuvieran pudor en mostrármelo.

De hecho, sabía que muchos de los hijos de mis conocidos también fumaban, pero ellos lo hacían a escondidas de sus padres, que preferían mirar para otro lado, no sé si por vergüenza o por considerarlo algo pasajero. Tal vez pensaban que aquello no sucedía en las familias acomodadas de una urbanización de chalés del norte de Madrid, igual daban por hecho que era más propio de las barriadas del sur… Pero yo sabía, justamente porque venía de una familia con recursos, que los problemas no distinguen de clase social. Quizá por ese motivo nunca di la espalda a lo que ocurría con mis hijos, y esta actitud me ayudó a aceptar todo lo que vino después.

Estaba en la puerta, escuchando las preguntas de aquellos dos técnicos de la Comunidad de Madrid sobre la vida de mi hija y mi relación con ella, así como sus explicaciones sobre lo que significaba que hubiera sido amonestada tres veces por absentismo por la Comunidad de Madrid: eso daba lugar a que el «proceso» por lo Social se activara y, con ello, que los Servicios Sociales se pusieran en marcha. De nada servía que les repitiera una y otra vez que tales amonestaciones nunca habían llegado a mis manos, que por lo visto mi hija se había encargado de interceptarlas para que nunca las recibiera…

El caso es que, en medio de aquella situación surrealista, sonó mi móvil. Era David, un amigo con el que había hecho negocios en Latinoamérica y con el que había quedado varias veces en Madrid.

—No te puedo atender, tengo a los de Servicios Sociales en casa —le dije.

—¿Qué ha pasado?

—Candela se ha vuelto a escapar. Creen que se va a fumar porros con los amigos a un parque cerca del instituto.

Se quedó un momento en silencio.

—Creo que necesitas ayuda, Mariola. Y sé quién te la puede dar.

La llamada de David resultó providencial. A veces pienso que fue un ángel de la guarda enviado a mi vida justo en el momento adecuado. Él conocía la historia de Candela, sus primeros arrebatos adolescentes y su relación temprana con los porros, algo, por otra parte, muy habitual en los chavales de su edad. Sabía, porque se lo había explicado en alguna de nuestras charlas, que la primera señal de que se avecinaban cambios la había tenido un par de años antes, el día en que Candela se hizo la foto de la orla.

Aquella mañana, como siempre, llevé a mi hija al colegio peinada (repeinada) con sus trenzas y sus pendientes de perlitas, pero, cuando fui a recogerla, apareció con la melena suelta al más puro estilo: «Hola, soy Candela y soy mayor».

«Ya empezamos», dije en voz alta mientras asumía que mi hija de trece años ya era oficialmente una adolescente. Parecerá una tontería, pero en aquel momento algo hizo clic en mi cabeza. Creo que fue la primera vez que acepté que una parte de su vida se me escapaba y que sus decisiones a partir de aquel momento ya no iban a depender solo de mí.

Las tormentas nunca estallan de golpe, siempre hay señales que las anuncian. El problema es que preferimos ignorarlas. A la melena suelta de los trece años le siguió la nuca rapada de los catorce y los mechones de pelo pintado. Las perlitas fueron sustituidas por un piercing en la nariz que escondía al llegar a casa. Su forma de vestir también cambió radicalmente y hasta las paredes de su habitación se revistieron de carteles de Bob Marley y el Che Guevara.

Pero el verdadero problema no estaba en la ropa, los piercings o el peinado.

Con el pelo teñido también llegaron las mentiras, las escapadas del instituto y las actitudes violentas. Ya no se trataba de que estuviera perdiendo de vista una parte superficial de la vida de mi hija, es que la estaba perdiendo de vista a ella.

Su experimento adolescente con la marihuana se estaba convirtiendo en una adicción y yo no había sabido verlo.

Candela

La primera vez que me fumé un porrillo tenía trece años. Acababa de suspender 1.º de la ESO y mi madre nos había matriculado a mí y a mi hermano Gon en un colegio privado carísimo especializado en niños con trastornos de aprendizaje. Ni mi hermano ni yo habíamos sido diagnosticados oficialmente de nada, pero mi madre estaba convencida de que teníamos algún problema y creyó que era la mejor opción.

Los niños de aquel instituto respondían básicamente a dos estereotipos: o eran alumnos con algún trastorno de personalidad o eran liantes y desastrosos. Vamos, la definición de libro de una persona con problemas de conducta. Pero yo no veía que formara parte ni de unos ni de otros, no lograba conectar con ellos. Tampoco sentía que tuviera alguien en quien confiar medianamente, algún amigo. En ningún momento creí que yo debiera estar allí.

Por esas fechas conocí a Paloma. Vivíamos por la misma zona, en el norte de Madrid. No recuerdo exactamente cómo llegamos a hacernos amigas, pero sí que ella fue la primera persona con la que me fumé un canuto. Empezamos con uno a medias; Paloma compraba un gramo de marihuana y nos lo dividíamos entre las dos. Luego, empezó a ponerse muy paranoica por tonterías. Me reclamaba que había fumado sin ella y amenazaba con no pillar más. Así que decidí pillar por mi cuenta.

Con catorce años empecé a pillar bolas de hachís y a fumar todos los días. Usaba la paga que me daban mis abuelos para comprar huevas de diez gramos a un chaval que jugaba a baloncesto con mi hermano. Me costaban unos veinticinco euros cada una. Bajaba al parque de la urbanización y fumaba con unos o con otros, dependiendo de cuándo salieran de clase. A veces hacíamos pellas y nos juntábamos con chavales de otros colegios e institutos para fumar. O fumaba entre clases. O incluso en casa. Tranquilamente podía terminarme unos cinco o seis porros al día. Se volvió mi hábito, mi normalidad.

Pensaba que tenía el control de todo lo que pasaba en mi vida. Cada vez que me prohibían hacer algo, me sentaba fatal y respondía de manera impulsiva. Y eso se agravaba por la influencia de los porros.

Cuando llevaba un tiempo fumando a diario, empecé a notar que fumar con otras personas me provocaba una especie de ansiedad social. Cuando hablaban, me quedaba embobada analizando cualquier frase que dijeran y el contexto que podía tener detrás. Me quedaba un rato procesándolo y, para cuando lograba salir de mi nube, ellos ya habían continuado con la conversación y a mí solo me salía quedarme callada. Fumar con otras personas me sentaba mal, pero en ningún momento dejé de hacerlo.

A los dos años de nuestra llegada a ese instituto, el director le pidió a mi madre que buscara otro centro para Gon, que la liaba parda a menudo. Junto con algunos compañeros montaba unos pollos importantes y acosaba a otros niños. Mamá no paraba de recibir llamadas y mails del colegio quejándose del comportamiento de mi hermano. Yo, por mi parte, le pedí que me cambiara a un colegio público porque quería más libertad, menos control. Así que nos sacó de allí y nos metió en el IES Santamarca, que estaba cerca de la casa de mis abuelos y de su oficina. Fue en el curso 2016-2017. Yo tenía quince, y Gon, dieciséis, a punto de cumplir los diecisiete.

Allí no había una vigilancia tan estricta, así que pude escaparme todo lo que quise. Hasta que un día Servicios Sociales se presentó en la puerta de mi casa y habló con mi madre. Aunque todavía no era muy consciente de las repercusiones que podía tener aquello, me di cuenta de que la custodia de mi madre estaba en juego. Podía terminar en un centro de menores o bajo la custodia de mi padre, con el que la relación en aquel momento no era demasiado buena (no lo era con nadie que quisiera imponerme su autoridad). La cosa no pintaba nada bien. Y desde ese día todo iría a peor.

Mariola

Cuando un problema te desborda, es inevitable preguntarte qué ha fallado. Y, sobre todo, si has fallado tú. Si no has estado suficientemente atenta o presente. Si no has estado cuando tenías que estar.

En aquella época viajaba frecuentemente a Latinoamérica por trabajo, sobre todo a México, y dejaba a Candela y a Gonzalo con mis padres. El instituto nuevo estaba cerca de su casa y de mi oficina, lo que facilitaba la logística. Al igual que muchas mujeres, hacía malabarismos con los horarios para intentar abarcarlo todo y, a ser posible, disfrutar un poco de la vida. Trabajaba desde hacía poco como directora de desarrollo de negocio de una empresa de tecnología, lo que me obligaba a estar en México una semana o diez días al mes. Antes de eso había trabajado durante mucho tiempo en la empresa familiar, primero con mi padre y luego con mi hermano Miguel. Con mi hermano la relación no era buena, teníamos bastante rivalidad y el trabajo se hacía más complicado. Así que poco a poco fue surgiendo en mí la necesidad de salir de allí, de desarrollarme sola, sin vínculos familiares ni títulos de «hija de» o «hermana de». Deseaba descubrir quién era yo realmente y desarrollar mi propia carrera profesional lejos de la protección de mi padre o la sombra de mi hermano.

A través de un amigo común conocí al CEO de una gran empresa tecnológica que buscaba una persona que lo ayudara a expandir su negocio por España y Latinoamérica. Desde ese primer encuentro la energía fluyó entre nosotros. Lo que empezó como una comida se acabó convirtiendo en una oferta de trabajo y, con los años, en una relación de amistad, cariño y respeto mutuo que se mantiene hoy en día. Por primera vez me sentí reconocida más allá de la red familiar. Salí de la comida, que duró hasta bien entrada la tarde, y llamé a mis padres. Aún no les había dicho nada cuando comencé a llorar a moco tendido. Les expliqué la oferta. «¿Por qué lloras si la reunión ha ido tan bien?», preguntaron. Lloraba porque quería aceptar, pero no sabía si podría hacerlo sola (estaba divorciada desde hacía años) y con dos adolescentes a mi cargo. «Acepta», me dijeron. «Nosotros nos quedamos con ellos».

Así que abandoné la empresa familiar. Por aquel entonces mi hermano y yo estábamos en un punto bastante crítico, la tensión había subido en los últimos meses y prácticamente no nos hablábamos. Y, aunque la noticia de mi marcha causó cierto alivio, todavía tuvo que pasar bastante tiempo hasta que nuestra relación sanara. Hasta volver a recuperar la confianza y el apoyo de Miguel.

Empecé a viajar a México y aquello me abrió las puertas a un mundo de empresarios y directivos expatriados que vivían la vida de una manera muy distinta a la que yo había conocido hasta el momento. Rápidamente, localicé a amigos de amigos que vivían allí y me hice con un grupo de personas con las que compartí cenas, alguna fiesta y muchos otros grandes momentos, y que, además, me ayudaban a seguir ampliando mi red de contactos y a desarrollar mi actividad. También aprendí a moverme sola por el país a pesar de los peligros y de la inseguridad, especialmente para una mujer.

De alguna forma, aquellos viajes de negocios me permitieron desarrollar una faceta que muchas madres se ven obligadas a reprimir. Cuando estaba al otro lado del charco, podía sentirme independiente, podía olvidarme de todo y centrarme solo en mi vida profesional, aunque fuera durante unos días. Visto en retrospectiva, fue una época que me dio muchas alegrías, pero que también me desconectó de mi familia e hizo que pasara por alto algunos de los problemas que luego nos persiguieron. Fue un motor para mi ilusión e independencia, pero también fue como un dulce envenenado.

Estoy convencida de que nada es por casualidad. En México conocí a David, que era —y es— responsable de tecnología en una multinacional, y en nuestros encuentros compartí con él mi preocupación por Candela. Supo reconocer el problema antes que yo. Colaboraba en Madrid con un centro, Orientak, donde atendían a chavales con «problemas de conducta», aportando su experiencia y contactos para mantener un pequeño «CPD» (Centro de Procesos de Datos) en sus instalaciones y ayudando a enseñar a algunos chavales que tenían que estar desescolarizados mientras recibían terapia. Gracias a las clases que recibían de profesores y voluntarios como David, los adolescentes se mantenían estudiando y haciendo prácticas tutorizadas para así no perder su ritmo ni su rutina de estudios, así que por eso aquella tarde de principios de 2017, con cuatro detallitos que escuchó de mi boca, se hizo rápidamente una composición de lugar. Cuando lo despedí precipitadamente y se quedó escuchando el pitido de la llamada finalizada, supo lo que tenía que hacer. Contactó con Eva, la directora de Orientak, y le explicó mi situación.

Sin embargo, yo todavía tardé algunas semanas en ir a ver a Eva a su centro. En primer lugar, porque desconocía la existencia de Orientak, pero también desconocía la magnitud de lo que se me venía encima. Es por esos dos motivos por lo que fui intentando salir del paso por mi cuenta. Al principio pensé que era la adolescencia, sin más… Y así empecé a dar palos de ciego hasta que llegó Orientak a mi vida.

Primero probé, a la desesperada, a llevar a Candela a un internado en Guadalajara. Puede parecer una medida muy radical, pero con Gonzalo había ido bien y en mi familia no era algo extraño. Yo misma estudié 3.º de BUP y COU en un internado del norte de Inglaterra. En aquella época no quería estudiar y mis padres me lo plantearon como una oportunidad para aprender inglés y decidir qué quería hacer con mi vida después del colegio. A mí me pareció también una buena propuesta estudiar fuera para afianzar el idioma y aclarar mis ideas: mis padres estarían contentos y yo podría poner distancia, era matar dos pájaros de un tiro. Así que acepté y convencí a mis padres para que mandaran a mi hermana Ainhoa conmigo. Estuvimos dos años viviendo en Inglaterra, hasta que terminé el colegio.

Por tanto, decidí intentarlo con Candela. En realidad, era un momento de prueba-error para encontrar soluciones. El internado de Guadalajara, además, parecía serio. Las monjas me aseguraron que con ellas Candela estaría controlada y creí que sería suficiente. Pero la bola ya se había hecho demasiado grande.

El proceso fue dolorosísimo. Matricularla, comprarle el uniforme, marcarle la ropa con su número, el edredón, el albornoz, su pijama, el neceser del baño… Se me partía el alma, dejarla allí fue espantoso, igual que cuando dejé a Gonzalo. Me tenía que dar la vuelta y tragarme las lágrimas, respirar hondo y pensar «es por su bien». No se lo deseo a nadie.

Candela

Mi madre estaba desesperada. Llevaba algún tiempo llevándome a una psicóloga y no parecía que aquello estuviera sirviendo de mucho. En un intento por controlar la situación, decidió llevarme a un internado de monjas en Guadalajara y me amenazó con que me dejaría en un centro de menores si la liaba allí. Le dijeron a mi madre que no se preocupara, que ellas sabrían lidiar con la situación. Además, al parecer, era imposible que me escapara porque íbamos con uniforme y la gente del pueblo enseguida se percataría y daría la voz de alarma. Pero duré allí menos de cuarenta y ocho horas.

En cuanto llegué, las monjas se quedaron con mi móvil y el resto de mis pertenencias, pero yo, advertida por Gon —que ya había estado tiempo atrás en otro internado— había escondido en un bolsito una navaja de mariposa, mis porrillos para fumar, un móvil para escuchar música y un iPhone roto de mi hermano exactamente igual al mío para dar el cambiazo. Aquel primer día era miércoles, justamente el día de la semana en que dejaban los móviles durante un rato a las internas. Cogí el mío y, a la hora de devolverlo, entregué el roto.

Mientras el recreo me alejé del grupo y me fumé un canutillo mientras escuchaba música. Cuando volví, las niñas del internado se me quedaron mirando y me empezaron a acusar de haber fumado. Entré al edificio y se me acercó una de las chicas. Se presentó como «la Gitana» y me dio a entender que era la que mandaba allí. Por lo que se veía, las chicas habían creado su propia jerarquía.

Se pasaron el resto de la mañana acosándome y amenazándome con delatarme a las monjas diciéndoles que había fumado y que tenía mi móvil. De hecho, me persiguieron hasta el baño dando porrazos en las paredes y gritando: «¡Un móvil, un móvil!». Tanto me agobiaron que me encerré en el baño para llamar a un colega. Le pedí que viniera a buscarme en su coche, que me ayudara a escaparme, pero me dijo que estaba muy lejos y que tenía que quedarme ahí. Salí del baño y las niñas comenzaron a perseguirme y a gritar: «A por la nueva». Pero pasé de ellas.

Esa tarde no pasó nada, pero por la noche escuché a alguien decir que estaban hurgando en mis cosas, así que me levanté de la cama y fui corriendo a mi taquilla para asegurarme de que nadie cogiera mi cartera, que es donde tenía mi dinero. No sé si las monjas escucharon algo o alguien fue a avisarlas, pero, en cuanto me vieron cogiendo la cartera, pusieron el grito en el cielo y empezaron a registrar mi habitación: quitaron las sábanas de la cama y movieron todas mis cosas para ver si tenía algo escondido. Luego me encerraron en otra habitación y me dijeron que, si no me desnudaba para que vieran si escondía algo, iban a llamar a la Policía. Les dije que ni hablar. Como no les hacía caso, entraron dos niñas y me amenazaron con pegarme si no me desnudaba. Por supuesto, con el permiso de las monjas, que estaban delante viéndolo todo.

La situación se puso tan surrealista y violenta que al final no pude más y decidí entregarles el bolsito con los móviles y los porros. Las monjas se lo llevaron y me dejaron salir de la habitación. Pero, cuando estaba en el pasillo, una de las chicas internas me gritó: «¡Ja!», a modo de celebración. Cabreada, me giré y le respondí: «¿Cómo que “ja”? ¿Eres tonta o qué?». Instintivamente me fui corriendo a por ella, pero en un momento me vi acorralada por todo el internado, con una de las profesoras agarrándome por el cuello y estampándome contra la pared, además de una niña de bachillerato con la mano abierta preparada para cruzarme la cara. Ahí me di cuenta de que corría peligro y algo hizo clic en mi cabeza y empezó a cambiar mi modo de pensar y mi manera de sentir. Me daba cuenta de lo desprotegida que podía llegar a estar si me alejaba de los míos. Y es que eso era lo que estaba haciendo: alejarme sin darme cuenta.

Esa misma noche llamaron a mi madre para que me recogiera, pero, como era muy tarde y el internado estaba en otra comunidad, tuve que esperar hasta la mañana siguiente. Aquella noche no pegué ojo. Cuando llegó mi madre, las monjas le dijeron todo lo que me habían requisado y le entregaron el bolsito con mis cosas. Me quité el uniforme y me subí al coche sin decir una sola palabra. Parecía un zombi. No quería hablar de nada, no quería hablar con nadie. En aquel momento no sabía quién era y sentía que había perdido la confianza en cualquier ser humano.

De vuelta a nuestra casa, que está cerca de Algete, a unos 20 km de Madrid, mi madre paró el coche junto a unos contenedores de basura. Cogió mi bolsito y lo vació en uno ellos. No me inmuté. Solo quería volver a casa y sentirme segura de nuevo.

Al cabo de unos días me reincorporé al instituto. Cuando entré, uno de mis amigos me dio un abrazo y rompí a llorar. Ahí me di cuenta de que el episodio del internado me había afectado hasta un punto que no era capaz de entender. Me sentía en shock tras la experiencia allí, así que, cuando volví a casa, le dije a mi madre: «Mamá, necesito ayuda, llévame a la psicóloga».

Mariola

Las monjas me llamaron de madrugada para que sacara a Candela del internado. Al parecer, se había peleado con otras internas y había engañado a las profesoras, así que no la querían allí. Todo en un día y medio, tiempo récord. Era evidente que había gravedad en todo lo que estaba pasando en nuestra vida, por eso me había visto obligada a tomar todas esas decisiones, aunque no fueran las más acertadas, pero aquí ya me di cuenta de que la cosa era más grave de lo que yo pensaba.

Cuando fui a recogerla, estaba callada, seria, como ausente. Nunca la había visto así. Yo no sabía cómo me sentía, si enfadada, triste o profundamente asustada y desorientada… ¿Qué estaba pasando? ¿Qué le estaba pasando a mi hija? ¿Cómo era posible que aquello nos estuviera sucediendo a nosotras? A medio camino paré el coche, cogí sus cosas y las tiré en un contenedor: los porros, los móviles, la navaja… Ella no dijo ni pío. No sé si todavía estaba en shock o si ya no le importaba nada. Al principio me dio igual, pero, cuando se me pasó el estado de tensión, empezó a preocuparme su actitud de total abandono. Aquello no era normal en ella, Candela siempre ha sido una niña súperalegre, con sus hoyuelos maravillosos y sus ojos brillantes, pendiente de los demás, cariñosa, obediente y trabajadora… Pero no había nada de esto, aquella niña no era mi pequeña… Resultaba muy impactante.

Al día siguiente vi un pequeño rayo de esperanza cuando me miró con una tristeza infinita en su dulce rostro, todavía de niña de quince años, y me dijo: «Mamá, necesito ayuda, llévame a ver a Carolina». Carolina era la psicóloga que había tratado a los niños hasta ese momento tras mi divorcio, tanto a Candela como a Gonzalo. Era la psicóloga de la escuela infantil a la que habían asistido ambos y los conocía desde pequeños.

Le llevé a Candela y estuvieron hablando un buen rato. Creo que le explicó su experiencia en el internado y le confesó que fumaba porros a diario. No sé si le contó también que había empezado a pasar marihuana para pagarse el vicio o si eso fue más tarde, porque algunos recuerdos se me mezclan (es muy posible que haya tratado de olvidar algunas cosas). Sí sé que, cuando acabaron de hablar, Carolina me dijo muy preocupada que no podía hacer nada más por Candela. «Hasta aquí llega mi servicio. No estoy especializada en esto. Ahora tendrías que empezar un protocolo de tóxicos y ayudarla de otra manera».

Tenía que hacer algo diferente, pero no sabía a quién recurrir. Seguí buscando, preguntando a algunos contactos cercanos para ver qué opciones había. Parecía claro que Candela tenía un problema de adicción, pero palabras como desintoxicación todavía me parecían muy fuertes. Podría decirse que los ojos se me iban abriendo poco a poco, con cada paso que iba dando en aquel camino tan complicado, pero todavía no había llegado a ese punto de ver con claridad que lo que tenía mi hija pasase por una desintoxicación. Sabía que estaba enganchada a los porros, pero no hasta qué punto. También parecía deprimida. Por las mañanas se levantaba con una cara que daba pena, triste y demacrada, como si hubiera estado llorando toda la noche.

Por todo eso, cuando tuve que volver a viajar a México y ella pidió irse unos días con mi hermana a Granada, le dije que sí. Candela se llevaba mal en aquel momento con mi madre y se agobiaba en su casa, entre otras cosas porque no la dejaba fumar. Así que avisé a su tutor en el IES Santamarca y se fue al Albaicín con Ainhoa, su tía hippie, mi amada hermana pequeña (era la que llevaba una vida más bohemia y se había quedado con esa etiqueta). Al menos, pensé, Candela estará unos días alejada de sus amigos «fumetas».

A mi regreso, sin embargo, decidí que había que tomar decisiones. Recordé las palabras de David aquel día que recibí la visita de los técnicos de Servicios Sociales: «Necesitas ayuda, Mariola. Y sé quién te la puede dar». David me había enviado al día siguiente un mensaje con el contacto de Eva, que trabajaba en Orientak, diciéndome que había hablado con ella y que esperaba mi llamada.

Le eché un vistazo a la web del centro antes de llamar y me pareció razonable lo que explicaba:

En Orientak tratamos de dar respuesta a todas esas situaciones de dificultad a las que se enfrentan las familias con hijos que atraviesan por una época complicada, poniendo especial atención no solo en las terapias, sino también en fomentar la autoestima de los más jóvenes, ofreciéndoles recursos educativos y formativos, y un servicio de peritaje y asesoramiento legal.