Noche sagrada (Harry Bosch y Renée Ballard) - Michael Connelly - E-Book

Noche sagrada (Harry Bosch y Renée Ballard) E-Book

Michael Connelly

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Beschreibung

Renée Ballard, que sigue trabajando en el turno de noche, regresa a la comisaría de Hollywood de madrugada y se encuentra a un desconocido hurgando en los viejos archivadores. El intruso es el detective retirado Harry Bosch, que está buscando pistas de un caso abierto que lo obsesiona. Ballard lo echa, pero luego revisa el expediente y siente una profunda empatía y rabia. Bosch está investigando la muerte de Daisy Clayton, una joven de quince años que se fugó de casa. Mientras vagabundeaba por las calles de Hollywood, fue brutalmente asesinada y su cadáver fue arrojado en un contenedor como si de basura se tratase. Ballard une fuerzas con Bosch para descubrir lo que le ocurrió a Daisy y llevar finalmente a su asesino ante la justicia.

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Veröffentlichungsjahr: 2019

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Índice

Ballard

1

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4

Bosch

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6

7

Ballard

8

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Bosch

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Ballard

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Bosch

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Ballard

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Bosch

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Ballard

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Bosch

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50

Ballard y Bosch

Epílogo

Agradecimientos

Créditos

A la detective Mitzi Roberts,inspiración de Renée

Ballard

1

Los agentes de patrulla habían dejado la puerta de la calle abierta. Pensaban que estaban haciéndole un favor, aireando la casa. Sin embargo, eso suponía una violación del protocolo de la escena del crimen en lo referente a la protección de pruebas. Podían entrar y salir insectos. Un soplo de brisa a través de la casa podía alterar el sensible ADN. Los olores eran partículas. Airear una escena del crimen significaba perder parte de ella.

Los agentes de patrulla no sabían nada de todo eso. El cadáver, según la información que había recibido Ballard del teniente del turno, llevaba dos o tres días en una casa cerrada y con el aire acondicionado apagado. En palabras del teniente, apestaba como una asamblea de mofetas.

Había dos coches blancos y negros aparcados en la calle. Tres hombres uniformados de azul la esperaban entre los vehículos. Ballard ya contaba con que no estuvieran dentro, junto al cuerpo de la víctima.

Un helicóptero sobrevolaba el cielo en círculos a cien metros de altitud, iluminando la calle con su reflector. Daba la sensación de que habían atado el aparato con una correa de luz que impedía que se alejara.

Ballard apagó el motor, pero se quedó un momento sentada en su coche oficial. Había aparcado delante del hueco entre dos casas y eso le permitía contemplar las luces de la ciudad que se extendían como una inmensa alfombra por debajo. Poca gente era consciente de que Hollywood Boulevard ascendía la montaña en curvas estrechas y cerradas hasta transformarse en un barrio estrictamente residencial y alejado en todos los sentidos de la pompa y la inmundicia de la meca turística de otros tramos de la misma avenida, donde los visitantes posaban con superhéroes disfrazados y las estrellas de las aceras. En la colina había dinero y poder, y Ballard sabía que un asesinato en ese barrio siempre atraía a los pesos pesados del departamento. Ella solo estaba haciendo de niñera. El caso no sería suyo mucho tiempo. La investigación pasaría a Homicidios del West Bureau o tal vez incluso a la División de Robos y Homicidios, en función de quién fuera la víctima y de su estatus.

Ballard apartó la mirada de la vista panorámica y encendió la luz del techo para poder ver la libreta. Venía de su primera intervención del día, un robo más en un domicilio de Melrose, y en la libreta tenía las notas del informe que redactaría cuando regresara a la comisaría de Hollywood. Pasó a una página en blanco y anotó la hora (01:47) y la dirección. Añadió una observación sobre las condiciones meteorológicas: una noche clara y agradable. Luego apagó la luz interior y salió del coche, dejando las estroboscópicas azules encendidas. Se dirigió a la parte trasera del vehículo y abrió el maletero para sacar su equipo para la escena del crimen.

Era lunes por la mañana, su primer turno de una semana de trabajo en solitario, y sabía que necesitaría ponerse ese mismo traje al menos otra noche más, a ser posible dos. Eso exigía que la ropa no se impregnara del hedor de la descomposición. Junto al maletero, Ballard se quitó la chaqueta, la dobló con cuidado y la colocó en una de las cajas de cartón vacías que utilizaba para guardar pruebas. Sacó su mono de escena del crimen de una bolsa de plástico y se lo puso encima de las botas, pantalones y blusa. Se subió la cremallera hasta la barbilla y, apoyando primero una bota y luego otra en el parachoques, se ciñó los cierres de velcro en torno a los tobillos. Después repitió la operación en torno a las muñecas para proteger herméticamente su ropa.

Sacó unos guantes desechables y la mascarilla que utilizaba en las autopsias cuando trabajaba en la División de Robos y Homicidios, cerró el maletero y fue a reunirse con los tres agentes uniformados. Al acercarse, reconoció al sargento Stan Dvorek, jefe de zona, y a dos agentes cuya antigüedad en el turno de noche les había valido el chollo de la tranquilidad que ofrecían las colinas de Hollywood.

Dvorek se estaba quedando calvo, y lucía la barriga y la anchura de caderas típicas de alguien que ha pasado muchos años en un coche patrulla. Estaba apoyado en el parachoques de uno de los vehículos con los brazos cruzados delante del pecho. Lo llamaban Reliquia. Todos aquellos a los que les gustaba el turno de noche y duraban un buen número de años terminaban con un apodo. En ese momento Dvorek ostentaba el récord, y un mes antes había celebrado su décimo aniversario en la sesión nocturna. Los agentes que lo acompañaban, Anthony Anzelone y Dwight Doucette, eran Caspar y Deuce. A Ballard, que solo llevaba tres años en la sesión nocturna, todavía no le habían puesto un mote. O al menos ella no lo conocía.

—Colegas… —saludó Ballard.

—Vaya, Sally Ride —dijo Dvorek—. ¿Cuándo sale el transbordador?

Ballard extendió los brazos para mostrarse. Sabía que el mono le quedaba suelto y parecía un traje espacial. Pensó que tal vez acababan de bautizarla con un apodo.

—Nunca —dijo ella—. Bueno, ¿qué tenemos aquí que os ha hecho salir de la casa?

—Apesta —sentenció Anzelone.

—Se ha estado cocinando —agregó Doucette.

Reliquia se apartó del maletero de su coche y se puso serio.

—Mujer blanca, cincuenta y tantos, traumatismo por fuerza bruta y laceraciones faciales —explicó—. Alguien se ensañó con ella. Domicilio revuelto. Podría tratarse de un robo.

—¿Agresión sexual? —preguntó Ballard.

—Tiene el camisón levantado.

—Vale, voy a entrar. ¿Quién es el valiente que me quiere acompañar?

Nadie se presentó voluntario de inmediato.

—Deuce, tú tienes el número más alto —dijo Dvorek.

—Mierda —soltó Doucette.

Doucette era el agente menos veterano de los tres, de manera que tenía el número de identificación más alto. Se subió un pañuelo azul que llevaba en torno al cuello para taparse la boca y la nariz.

—Pareces un puto crip1—dijo Anzelone.

—¿Por qué? ¿Porque soy negro? —preguntó Doucette.

—Porque llevas un pañuelo azul, joder —dijo Anzelone—. Si fuera rojo, habría dicho que pareces un puto blood2.

—Muéstrale la escena —dijo Dvorek—. Venga, que no quiero pasarme toda la noche aquí.

Doucette interrumpió la charla y se dirigió hacia la puerta abierta de la casa. Ballard lo siguió.

—Por cierto, ¿cómo es que nos ha tocado esto tan tarde? —preguntó ella.

—El vecino de al lado recibió una llamada de la sobrina de la víctima desde Nueva York —explicó Doucette—. El vecino tiene una llave y la sobrina le pidió que echara un vistazo porque la señora llevaba varios días sin dejarse ver en las redes sociales y sin contestar las llamadas de móvil. El vecino abre la puerta, nota el pestazo y nos llama.

—¿A la una de la mañana?

—No, mucho antes. Pero todo el turno de tarde ha estado liado en un atraco con un sospechoso de cuatro-cinco-nueve y en un perímetro alrededor de Park La Brea hasta última hora. Nadie se ha pasado por aquí y en la reunión nos lo han asignado. Hemos venido en cuanto hemos podido.

Ballard asintió. El perímetro en torno a un sospechoso de atraco la escamaba. Pensó que era más probable que se hubieran pasado la pelota de un turno a otro porque nadie quería trabajar en el caso de un posible cadáver que había estado cociéndose en una vivienda cerrada.

—¿Dónde está el vecino ahora? —preguntó Ballard.

—En su casa —dijo Doucette—. Probablemente dándose una ducha e inhalando Vicks VapoRub. Nunca volverá a ser el mismo.

—Le tomaremos las huellas para descartarlo, aunque diga que no entró.

—Entendido. Llamaré al coche de huellas.

Ballard se puso los guantes de látex mientras seguía a Doucette hasta el interior de la casa. La mascarilla casi no servía de nada. El hedor pútrido de la muerte la impactó con fuerza, a pesar de que estaba respirando por la boca.

Doucette era alto y ancho de hombros. Ballard no vio nada hasta que se adentró más en la vivienda y rodeó al agente. La casa estaba construida en voladizo sobre la colina, lo cual convertía la ventana panorámica de suelo a techo en una asombrosa lámina de luz titilante. Incluso a esa hora, la ciudad parecía viva y vibrante de posibilidades espléndidas.

—¿Estaba oscuro cuando has entrado? —preguntó Ballard.

—No había nada encendido cuando entramos —dijo Doucette.

Ballard tomó nota de la respuesta. Que no hubiera luces encendidas podía significar que la intrusión se había producido durante el día o bien entrada la noche, después de que la propietaria de la casa se hubiera ido a acostar. Ballard sabía que la mayoría de los allanamientos de morada se producían durante el día.

Doucette, que también llevaba guantes, accionó un interruptor de la pared y encendió una fila de apliques en el techo. El interior tenía un diseño abierto, estilo loft, que permitía disfrutar de las vistas desde cualquier punto de la sala, el comedor o la cocina. En la pared del fondo, una serie de tres cuadros de grandes proporciones que mostraban los labios rojos de una mujer servían de contrapunto a la impresionante panorámica.

Ballard se fijó en un vaso hecho añicos en el suelo, al lado de la isleta de la cocina, pero no vio ventanas rotas.

—¿Alguna señal de intrusión? —preguntó.

—No que hayamos visto —dijo Doucette—. Hay cosas destrozadas por toda la casa, pero ninguna ventana rota, y no hemos encontrado ningún punto de entrada evidente.

—Entendido.

—El cadáver está allá.

Doucette entró en un pasillo que partía del salón y sostuvo la mano sobre el pañuelo que le tapaba la boca como una segunda barrera de protección contra el olor, cada vez más intenso.

Ella lo siguió. La casa era de estilo contemporáneo y tenía un único nivel. Ballard supuso que se había construido en los años cincuenta, cuando bastaba con una sola planta. Desde hacía un tiempo, todo lo que se edificaba en las colinas tenía varias plantas y se construía hasta el máximo autorizado por la ley.

Pasaron junto a las puertas abiertas de una habitación y un cuarto de baño antes de entrar en el dormitorio principal, que estaba patas arriba. Ballard vio una lámpara tirada en el suelo, con la pantalla mellada y la bombilla rota. Había ropa tirada de cualquier manera sobre la cama; una copa de fuste alto que había contenido lo que parecía vino tinto estaba partida en dos en la alfombra blanca, y su contenido extendido en una mancha de salpicadura.

—Ahí la tienes —dijo Doucette.

Señaló la puerta abierta del cuarto de baño y luego retrocedió para permitir que Ballard entrara primero.

Ballard se quedó de pie en el umbral, pero no entró en el cuarto de baño. La víctima se hallaba tendida boca arriba en el suelo. Era una mujer grande y estaba con los brazos y las piernas abiertos. Tenía los ojos abiertos, el labio inferior partido y un corte en la parte superior de la mejilla que exponía un tejido rosa grisáceo. Un halo de sangre seca de una herida en el cuero cabelludo que no podía verse rodeaba la cabeza de la víctima y se extendía por las baldosas cuadradas blancas.

El camisón de franela, con un estampado de colibríes, estaba subido hasta las caderas y enrollado sobre el abdomen y en torno a los pechos. Iba descalza y tenía los pies separados casi un metro. No se apreciaban hematomas visibles ni heridas en los genitales externos.

Ballard se vio en un espejo de suelo a techo en la pared de enfrente del cuarto de baño. Se puso en cuclillas en el umbral y mantuvo las manos en los muslos. Examinó las baldosas del suelo en busca de huellas de pisadas, sangre u otros indicios. Además del halo que se había formado y secado en torno a la cabeza de la víctima, se apreciaba un reguero intermitente de manchitas de sangre entre el cadáver y el dormitorio.

—Deuce, ve a cerrar la puerta de la calle —ordenó Ballard.

—Ah, voy —dijo Doucette—. ¿Por alguna razón?

—Hazlo y listo. Luego busca en la cocina.

—¿Qué?

—Un bol de agua en el suelo. Vamos.

Doucette se marchó y Ballard oyó sus pasos pesados retrocediendo en el pasillo. Se levantó y entró en el cuarto de baño, pisando con precaución, pegada a la pared, hasta que se acercó al cadáver y se puso en cuclillas otra vez. Se inclinó y apoyó una mano enguantada en las baldosas para equilibrarse, en un intento de ver la herida del cuero cabelludo. El cabello castaño oscuro de la mujer era demasiado grueso y rizado para que pudiera localizarla.

Ballard echó un vistazo a su alrededor. La bañera estaba rodeada por una repisa de mármol donde había diversos frascos de sales de baño y velas que se habían consumido. También había una toalla doblada en la repisa. Ballard se movió para poder mirar en la bañera. Estaba vacía, pero el tapón estaba puesto. Era de los que tienen un reborde de goma que produce un efecto de sellado. Ballard se estiró para abrir el agua fría unos segundos, y luego cerró el grifo.

Se levantó y se colocó al borde de la bañera. Había puesto agua suficiente para que se acumulara en torno al desagüe. Esperó y observó.

—Hay un bol de agua.

Ballard se volvió. Doucette había vuelto.

—¿Has cerrado la puerta de la calle? —preguntó Ballard.

—Está cerrada —dijo Doucette.

—Vale, busca por ahí. Creo que es un gato. Pequeño. Tendrás que llamar a control de animales.

—¿Qué?

Ballard señaló a la mujer muerta.

—Lo hizo un animal. Hambriento. Empiezan con el tejido blando.

—¿Estás de broma?

Ballard miró la bañera. La mitad del agua que había puesto se había ido. El tapón de goma filtraba.

—No hay hemorragia de las heridas faciales —explicó ella—. Eso ocurrió post mortem. El golpe en la nuca fue lo que la mató.

Doucette asintió.

—Alguien se acercó y le partió el cráneo desde atrás —dijo.

—No —dijo Ballard—. Fue una muerte accidental.

—¿Qué? —preguntó Doucette.

Ballard señaló el despliegue de objetos en el borde de la bañera.

—A juzgar por la descomposición, diría que ocurrió hace tres noches —dijo—. Enciende las luces de la casa, se prepara para acostarse. Probablemente esa lámpara en el suelo del dormitorio fue la que dejó encendida. Entra aquí, llena la bañera, enciende las velas, prepara la toalla. El vapor del agua caliente en las baldosas la hace resbalar, tal vez cuando se acuerda de que se ha dejado la copa de vino en la mesilla de noche. O cuando empieza a subirse el camisón para meterse en la bañera.

—¿Y la lámpara y el vino derramado? —preguntó Doucette.

—El gato.

—¿Así que te has quedado ahí de pie y lo has descubierto todo?

Ballard no hizo caso de la pregunta.

—Pesaba mucho —continuó—. Tal vez un cambio de dirección brusco cuando se estaba desnudando («¡Oh, me he olvidado el vino!») causa que resbale y se abra el cráneo en el borde de la bañera. Está muerta. Las velas se consumen y el agua poco a poco se filtra por el desagüe.

La explicación fue recibida en silencio por Doucette. Ballard miró el rostro destrozado de la mujer muerta.

—El segundo día, el gato tiene hambre —concluyó Ballard—. Se vuelve loco, luego la encuentra.

—Cielo santo —exclamó Doucette.

—Trae a tu compañero, Deuce. Encuentra al gato.

—Pero espera un momento. Si iba a bañarse, ¿por qué llevaba el camisón? Te pones el camisón después del baño, ¿no?

—¿Quién sabe? Quizá llega a casa después de trabajar o de cenar fuera, se cambia, se pone cómoda, tal vez ve un poco la tele… y luego decide darse un baño.

Ballard hizo un gesto hacia el espejo.

—Además era obesa —continuó—. Tal vez no le gustaba verse desnuda en el espejo. Así que llega a casa, se pone el camisón y se queda vestida hasta el momento de meterse en la bañera.

Ballard se volvió para pasar al lado de Doucette y salió de la habitación.

—Encuentra al gato —dijo.

1. Tanto los crip como los blood son grandes bandas criminales de Estados Unidos (N. de la E.).

2. Tanto los crip como los blood son grandes bandas criminales de Estados Unidos (N. de la E.).

2

A las tres de la mañana, Ballard había terminado con la escena de la investigación de la muerte y estaba de regreso en la comisaría de Hollywood, trabajando en un cubículo de la sala de detectives. La inmensa estancia, que albergaba las mesas de trabajo de cuarenta y ocho detectives durante el día, estaba desierta por la noche, y Ballard siempre podía elegir escritorio. Eligió uno en el rincón del fondo, lejos del murmullo y las conversaciones de radio de la oficina del comandante de turno, al fondo del pasillo delantero. A las cinco y siete, consiguió sentarse y desaparecer detrás de la pantalla de ordenador y las mamparas del cubículo como un soldado en una trinchera. Pudo concentrarse para escribir su informe.

Ya había completado el informe sobre el robo en la zona residencial del que se había ocupado antes y se disponía a redactar el correspondiente al caso de la bañera. Catalogaría la muerte como indeterminada a la espera de la autopsia. Se había cubierto las espaldas llamando a un fotógrafo de criminalística y documentándolo todo, incluido el gato. Sabía que una valoración de muerte accidental podría ser cuestionada por la familia de la víctima y quizá incluso por sus superiores. No obstante, estaba segura de que en la autopsia no se hallarían indicios de un crimen y la muerte en última instancia sería calificada de accidental.

Ballard estaba trabajando sola. Su compañero, John Jenkins, se encontraba de permiso por el fallecimiento de un familiar y no había suplencias para detectives que trabajaban en la sesión nocturna. Ballard estaba en mitad de la primera noche de al menos una semana de trabajo en solitario. Todo dependía de cuándo regresara Jenkins. Su esposa había sufrido una larga y dolorosa muerte de cáncer. Eso había destrozado a Jenkins, y Ballard le dijo que se tomara todo el tiempo que necesitara.

La detective abrió su libreta por la página que contenía sus detalladas anotaciones sobre la segunda investigación y a continuación abrió una plantilla de incidente en su pantalla. Antes de empezar, bajó la barbilla y se subió el cuello de la blusa hasta la nariz. Le pareció captar un ligero olor a descomposición y muerte, pero no podía estar segura de si se había impregnado en su ropa o simplemente se trataba de memoria olfativa. En cualquier caso, eso suponía que su plan de ponerse el traje otra vez esa semana se había ido al traste. Tendría que llevarlo a la tintorería.

Mientras permanecía con la cabeza baja, oyó el sonido de metal contra metal del cajón de un archivador al cerrarse. Levantó la cabeza por encima de la mampara que dividía los espacios de trabajo y miró al fondo de la sala, donde se extendía una fila de archivadores a lo largo de toda la pared. Cada pareja de detectives tenía asignado un módulo de cuatro cajones para archivo.

Sin embargo, el hombre al que Ballard vio en ese momento abriendo otro cajón para hurgar en su contenido no era un detective al que reconociera, y los conocía a todos de las reuniones mensuales de la brigada que la obligaban a acudir a comisaría en horario diurno. El hombre que estaba hojeando los archivos aparentemente al azar tenía pelo y bigote grises. Ballard, instintivamente, supo que estaba fuera de lugar. Examinó toda la sala para ver si había alguien más presente. Estaba desierta.

El hombre abrió y cerró otro cajón. Ballard usó el sonido como protección para levantarse de su silla. Se agachó y, con la fila de cubículos de trabajo como barrera, se situó en el pasillo central, lo cual le permitiría aparecer por detrás del intruso sin ser vista.

Ballard había dejado la chaqueta del traje en la caja de cartón del maletero de su coche. Eso le permitía acceder sin obstáculos a la Glock que llevaba enfundada en la cadera. Puso una mano en la culata del arma y se detuvo tres metros por detrás del hombre.

—Oiga, ¿qué está haciendo? —preguntó.

El hombre se quedó paralizado. Lentamente levantó las manos del cajón abierto que estaba revisando y las levantó.

—Está bien —dijo Ballard—. ¿Le importa decirme quién es y qué está haciendo?

—Me llamo Bosch —dijo—. He venido a ver a alguien.

—¿Alguien que se esconde en los archivos?

—No. Yo trabajaba aquí. Conozco a Money. Me dijo que podía esperar en la sala de descanso mientras lo avisaban. Y me he puesto a pasear. Lo siento.

Ballard rebajó su nivel de máxima alerta y apartó la mano de la pistola. Reconoció el nombre de Bosch, y el hecho de que conociera el apodo del jefe de guardia también contribuyó en cierto modo a tranquilizarla. Pero todavía albergaba sospechas.

—¿Conserva una llave de su viejo archivador? —preguntó.

—No —dijo Bosch—. Estaba abierto.

Ballard observó que de hecho el cierre en lo alto del archivador no estaba echado. La mayoría de los detectives mantenían sus archivadores cerrados.

—¿Tiene algún documento de identificación? —preguntó.

—Claro —dijo Bosch—. Pero solo para que lo sepa, soy agente de policía. Llevo una pistola en la cadera izquierda que quedará a la vista cuando saque la cartera del bolsillo de atrás. ¿Vale?

Ballard se llevó la mano a la cadera.

—Gracias por el aviso —dijo—. Mire, olvídese de la documentación por ahora. ¿Por qué no empezamos primero por el arma? Entonces podremos…

—Hola, Harry.

Ballard miró a su derecha y vio al teniente Munroe, el jefe de turno, entrando en la sala de brigada. Munroe era un hombre delgado que todavía caminaba con las manos cerca del cinturón, como un policía de calle, aunque rara vez abandonaba los confines de la comisaría. Había modificado el cinturón, de manera que solo llevaba la pistola, como estipulaban las normas. Guardaba el resto del pesado equipo en un cajón de su escritorio. Munroe era más joven que Bosch, pero lucía el bigote que parecía de rigor entre los policías que ingresaron en el cuerpo en los años setenta y ochenta.

Vio a Ballard e interpretó su pose.

—Ballard, ¿qué está pasando? —preguntó.

—Ha entrado aquí y estaba mirando los ficheros —dijo Ballard—. No sabía quién era.

—Tranquila —dijo Munroe—. Es buena gente… Trabajó aquí en Homicidios. Cuando había brigada de homicidios.

Munroe volvió a mirar a Bosch.

—Harry, ¿qué demonios estabas haciendo? —preguntó.

Bosch se encogió de hombros.

—Solo miraba mis antiguos cajones —dijo—. Me he cansado de esperar.

—Bueno, Dvorek está aquí, esperando en la sala de informes —dijo Munroe—. Y necesito que hables con él ahora. No me gusta sacarlo de la calle. Es uno de mis mejores hombres y lo quiero fuera.

—Entendido —dijo Bosch.

Bosch siguió a Munroe al pasillo de entrada, que conducía a la oficina de guardia y la sala de redacción de informes, donde estaba esperando Dvorek. Se volvió a mirar a Ballard mientras caminaba y la saludó con la cabeza. Ballard se limitó a verlo marcharse.

Una vez que los dos hombres se hubieron marchado, Ballard se acercó al archivador que Bosch había estado mirando. Había una tarjeta de visita pegada a él. Todo el mundo marcaba sus cajones de esa forma.

Detective César RiveraDivisión de Delitos Sexuales de Hollywood

Ballard inspeccionó su contenido. Solo estaba medio lleno y las carpetas habían caído hacia delante, probablemente mientras Bosch las estaba hojeando. Ballard las levantó para colocarlas en vertical y leer lo que Rivera había escrito en las pestañas. Eran sobre todo nombres de víctimas y números de caso. Otras carpetas estaban identificadas con los nombres de las calles principales de la División de Hollywood, y probablemente contenían informes mezclados de actividades o personas sospechosas.

Ballard cerró el cajón y revisó los dos de arriba, recordando que había oído que Bosch abría al menos tres.

Eran como el primero: contenían carpetas de casos, en su mayoría referenciados por el nombre de la víctima, delito sexual específico y número de caso. En la parte delantera del cajón superior, se fijó en un clip que había sido doblado y retorcido. Examinó el cierre de presión en la esquina superior del archivador. Era un modelo básico y sabía que podía abrirse fácilmente con un clip. La seguridad de los registros en sí no era una prioridad, porque estaban contenidos en una comisaría de alta seguridad.

Ballard cerró los cajones, presionó el cierre y volvió al escritorio que había estado utilizando. Continuó intrigada por la visita de Bosch en plena noche. Sabía que había usado un clip para abrir el archivador, y eso indicaba que tenía algo más que un interés casual en el contenido de aquellos cajones. La excusa nostálgica de hojear viejos archivos había sido una mentira.

Ballard cogió la taza de café del escritorio y recorrió el pasillo hasta el cuarto de descanso de la planta baja para llenarla. El cuarto estaba vacío, como de costumbre. Rellenó la taza y se la llevó a la sala de guardia. El teniente Munroe se encontraba en su escritorio, mirando una pantalla que mostraba un plano de la división y marcadores GPS de las unidades de patrulla desplegadas. No oyó a Ballard hasta que ella se le acercó por detrás.

—¿Todo tranquilo?

—Por el momento —dijo Munroe.

Ballard señaló un grupo de tres localizadores GPS reunidos en un mismo sitio.

—¿Qué está ocurriendo?

—Es el puesto de Mariscos Reyes. Tengo tres unidades en código siete ahí.

Era una pausa para comer en un food truck en Sunset y Western. Eso le recordó a Ballard que no había comido nada y le estaba entrando hambre. Sin embargo, no estaba segura de que le apeteciera marisco.

—Entonces ¿qué quería Bosch?

—Quería hablar con Reliquia sobre un cadáver que encontró hace nueve años. Supongo que Bosch lo está investigando.

—Dijo que aún es policía. Pero no trabaja para nosotros, ¿no?

—No, está en la reserva en el Departamento de Policía de San Fernando.

—¿Qué tiene que ver San Fernando con un asesinato de Hollywood?

—No lo sé, Ballard. Deberías habérselo preguntado a él mientras estaba aquí. Ya se ha marchado.

—Ha sido rápido.

—Porque Reliquia no recordaba nada de nada.

—¿Dvorek está en la calle?

Munroe señaló el grupo de tres vehículos en la pantalla.

—Ha vuelto a salir, pero ahora mismo está en código siete.

—Estaba pensando en pasarme por allí y pedir un par de tacos de gambas. ¿Quiere que le traiga algo?

—No, gracias. Llévate una radio.

—Recibido.

En el camino de regreso a la sala de detectives, Ballard se detuvo en el cuarto de descanso, vació el café en el fregadero y enjuagó la taza. Luego cogió una radio de la zona de cargadores y salió por la puerta trasera de la comisaría para dirigirse a su coche oficial. Había bajado la temperatura, como siempre ocurría a mitad de turno, y Ballard sacó su chaqueta del maletero y se la puso antes de salir del aparcamiento.

Reliquia todavía estaba en el food truck cuando Ballard llegó. Como sargento, Dvorek iba solo en el coche, así que solía tomarse el descanso con otros agentes para tener compañía.

—Sally Ride —dijo, cuando se fijó en que Ballard estaba leyendo el menú escrito con tiza.

—¿Qué pasa, Reliquia? —dijo ella.

—En mitad de otra noche en el paraíso.

—Sí.

Ballard pidió un taco de gambas y lo roció abundantemente con una de las salsas picantes de la mesa de condimentos. Se lo llevó al vehículo blanco y negro de Dvorek, donde el sargento estaba apoyado contra el parachoques delantero, terminándose la comida. Otros dos agentes de patrulla estaban comiendo en el capó de su coche, aparcado delante del de Dvorek.

Ballard se apoyó contra el parachoques a su lado.

—¿De qué es? —preguntó Dvorek.

—Gambas —dijo Ballard—. Solo pido de la pizarra. Significa que es fresco, ¿no? No saben lo que tendrán hasta que lo compran en los muelles.

—Si tú te lo crees…

—Necesito creerlo.

Ballard dio su primer mordisco. Estaba bueno y no tenía ningún gusto sospechoso.

—No está mal —dijo.

—Yo he pedido el especial de pescado —dijo Dvorek—. Probablemente me retirará de la calle en cuanto baje por la tubería.

—Guárdate la información, sargento. Pero hablando de sacarte de la calle, ¿qué quería ese Bosch?

—¿Lo has visto?

—Lo pillé cotilleando en los archivos de la sala de detectives.

—Sí, está desesperado. Busca alguna pista sobre un caso en el que está trabajando.

—¿En Hollywood? Pensaba que ahora trabajaba en San Fernando.

—Sí. Pero se trata de una investigación privada. Una chica que mataron hace nueve años. Yo fui el que encontró el cadáver, pero que me muera si puedo recordar algo que le sirva de ayuda.

Ballard dio otro bocado y empezó a asentir. Planteó la siguiente pregunta con la boca llena de gamba y tortilla.

—¿Quién era la víctima? —preguntó.

—Una chica que se fugó de casa. Se llamaba Daisy. Tenía quince años y vivía en la calle. Un caso triste. La veía en Hollywood, cerca de Western. Una noche se metió en el coche que no debía. Encontré su cadáver en un callejón, cerca de Cahuenga. Se recibió una llamada anónima: eso lo recuerdo.

—¿Era el nombre que usaba en la calle?

—No, su verdadero nombre. Daisy Clayton.

—¿César Rivera trabajaba en Delitos Sexuales por entonces?

—¿César? No estoy seguro. Estamos hablando de hace nueve años. Podría ser.

—Vale. ¿Recuerdas si César tenía algo que ver con el caso? Bosch abrió su archivador.

Dvorek se encogió de hombros.

—Encontré el cadáver y llamé, Renée. Nada más —dijo—. No intervine después. Recuerdo que me enviaron al final del callejón para acordonarlo y mantener a la gente apartada. Yo no llevaba ningún galón en la manga.

Los policías uniformados lucían un galón en la manga por cada cinco años de servicio. Nueve años antes, Reliquia era casi un novato. Ballard asintió y planteó su última pregunta.

—¿Bosch te ha preguntado algo más que yo no te haya preguntado ahora?

—Sí, pero no sobre ella. Preguntó por el novio de Daisy y por si volví a verlo en la calle después del asesinato.

—¿Quién era el novio?

—Solo otro fugado echado a perder. Lo conocía por su nombre de grafitero: Adicto. Bosch dijo que se llamaba Adam algo. No lo recuerdo. Pero la respuesta es que no, nunca volví a verlo. Esos chicos vienen y van.

—Eran solo eso, ¿una pareja de novios?

—Iban juntos. Por protección, sabes. Una chica así necesitaba un chico cerca. Como un macarra. Ella trabajaba en la calle, él la cuidaba, y se repartían los beneficios. Salvo esa noche, esa noche falló. Una lástima para ella.

Ballard asintió. Supuso que Bosch quería hablar con Adam-Adicto porque podía ser la persona mejor informada acerca de a quién conocía Daisy Clayton, con quién se relacionaba y adónde fue la última noche de su vida.

También podría haber sido un sospechoso.

—Has oído hablar de Bosch, ¿no? —preguntó Dvorek.

—Sí —dijo Ballard—. En esa época trabajaba en la división.

—¿Conoces las estrellas en el pasillo de delante?

—Claro.

Eran unas estrellas conmemorativas situadas en el pasillo delantero de la comisaría de Hollywood que honraban a los agentes de la división caídos en acto de servicio.

—Bueno, hay una —dijo Dvorek— en homenaje al teniente Harvey Pounds. Era el teniente de Bosch cuando él trabajaba aquí. Lo secuestraron y murió de un ataque al corazón cuando lo estaban torturando en un caso que estaba investigando Bosch.

Ballard nunca había oído esa historia.

—¿Detuvieron a alguien por eso? —preguntó.

—Depende de con quién hables —dijo Dvorek—. Supuestamente está resuelto por otras vías, pero es otro gran misterio de la gran ciudad malvada. Se rumorea que lo mataron por algo que hizo Bosch.

«Resuelto por otras vías» era la forma de referirse a un caso que estaba oficialmente cerrado, pero sin que se hubiera efectuado ninguna detención ni hubiera ningún acusado. Normalmente, porque el sospechoso estaba muerto o cumpliendo cadena perpetua por otro crimen, y no valía la pena dedicar tiempo, dinero y el riesgo de ir a juicio por un caso que no resultaría en castigo adicional.

—Supuestamente el expediente es confidencial. Alto voltaje.

«Alto voltaje» era una expresión del Departamento de Policía de Los Ángeles para designar un caso que implicaba política departamental. La clase de caso que podía arruinar una carrera por un mal paso.

La información sobre Bosch era interesante, pero no relevante para el caso. Antes de que a Ballard se le ocurriera una pregunta que pudiera desviar a Dvorek otra vez hacia el crimen de Daisy Clayton, la radio del sargento chirrió y este contestó una llamada de la oficina de guardia. Ballard escuchó que el teniente Munroe enviaba a Dvorek a una dirección de Beachwood Canyon para supervisar a un equipo que había acudido a una disputa doméstica.

—Tengo que irme —dijo él mientras hacía una bola con el papel de aluminio que había contenido sus tacos—. A menos que quieras venir conmigo y ayudarme.

Ballard sabía que lo decía en broma. Reliquia no necesitaba el respaldo de una detective de la sesión nocturna.

—Te veré en el corral —dijo ella—. A menos que se tuerza y necesites un detective.

Ballard esperaba que no fuera así. Las peleas domésticas normalmente terminaban en diatribas tipo «él dijo, ella dijo» en las cuales se actuaba más como árbitro que como detective. Incluso algunas heridas físicas obvias no siempre contaban la verdad.

—Recibido —dijo Dvorek.

3

Los detectives del turno de día eran expertos en patrones de tráfico. La mayor parte de los policías de ese turno llegaban a la oficina antes de las seis para poder marcharse a media tarde y librarse de los atascos de ida y vuelta. Ballard contaba con eso cuando decidió que iba a preguntarle a César Rivera por el caso Daisy Clayton. Pasó el resto de su turno esperando su llegada mientras buscaba y estudiaba registros electrónicos disponibles sobre el asesinato ocurrido nueve años antes.

El expediente, una carpeta azul llena de informes impresos y fotos, seguía siendo la biblia de una investigación de homicidios en el Departamento de Policía de Los Ángeles, pero cuando el mundo se volvió digital, también lo hizo el departamento. Usando su contraseña departamental, Ballard pudo acceder a la mayoría de los informes y fotografías del caso que se habían escaneado en los archivos digitales. Solo faltaban las notas manuscritas que los detectives normalmente metían en la funda trasera de la carpeta azul.

Más importante, pudo ver el registro cronológico, que siempre constituía la columna vertebral del caso, una narración de todos los movimientos realizados por los investigadores asignados a él.

Ballard determinó de inmediato que el crimen estaba oficialmente clasificado como no resuelto y asignado a la Unidad de Casos Abiertos, integrada en la División de Robos y Homicidios, la cual trabajaba desde el cuartel general del departamento en el centro de la ciudad. Ballard había estado asignada a esa división de élite y conocía a muchos de los detectives y personas vinculados a ella. Entre esos conocidos estaba su antiguo teniente, que la había empujado contra una pared y había tratado de forzarla en un cuarto de baño durante la fiesta de Navidad de la brigada tres años antes. El hecho de que Ballard rechazara a su teniente y las posteriores denuncia e investigación interna la llevó a aterrizar en el turno de noche de la División de Hollywood. La denuncia se consideró infundada, porque su propio compañero de entonces no la respaldó, a pesar de que había presenciado el incidente. Los administradores del departamento decidieron que por el bien de todos los implicados había que separar a Ballard del teniente Robert Olivas. Él se quedó en Robos y Homicidios y a Ballard la trasladaron: el mensaje estaba claro. Olivas salió incólume, mientras que ella pasó de una unidad de élite a un puesto al que nadie se presentaba voluntario, un puesto normalmente reservado a los bichos raros y los fracasados del departamento.

En los últimos meses, a Ballard no se le había pasado por alto lo irónico de su situación en un momento en que el país y la industria de Hollywood en particular estaban inundados de escándalos relacionados con el acoso sexual y cosas peores. El jefe de policía incluso había instituido una unidad operativa para que se ocupara de todas las denuncias vertidas desde la industria del cine, muchas de ellas relacionadas con sucesos ocurridos hacía décadas. Por supuesto, el operativo estaba compuesto por detectives de Robos y Homicidios, y Olivas era uno de sus supervisores.

El episodio con Olivas rondó por la cabeza de Ballard cuando su curiosidad sobre Bosch y el caso que este estaba investigando la llevó a utilizar los canales digitales del departamento. Técnicamente, no estaba infringiendo ninguna ley al consultar viejos informes, pero el caso se había retirado de Hollywood cuando se desmanteló su brigada de homicidios y la investigación se transfirió a la Unidad de Casos Abiertos, que formaba parte de la División de Robos y Homicidios y del territorio de Olivas. Ballard sabía que sus actividades en la base de datos del departamento dejarían un rastro digital que podría llegar a conocimiento de Olivas. Si eso ocurría, este tendría la oportunidad de demostrar su rencor e iniciar una investigación interna sobre lo que ella estaba haciendo con un caso de Robos y Homicidios.

La amenaza estaba latente, pero no bastó para detenerla. Ballard no había tenido miedo de Olivas cuando la siguió al cuarto de baño en la fiesta de Navidad tres años antes; ella se había defendido dándole un empujón y él había caído en una bañera. Seguía sin tenerle miedo.

Aunque el registro cronológico era la parte más importante de la revisión de un caso, Ballard empezó con un rápido examen de las fotos. Quería ver a Daisy Clayton en la vida y en la muerte.

El paquete de fotografías incluía imágenes de la escena del crimen y de la autopsia, pero también un retrato de la chica posando con lo que a Ballard le pareció el uniforme de un colegio privado: una blusa blanca con un monograma en el lado izquierdo del pecho que decía SSA. La chica sonreía a cámara, con media melena rubia, maquillaje cubriendo el acné de sus mejillas y con una mirada ya distante. También habían escaneado el reverso de la foto. Decía: «7.º curso, St. Stanislaus Academy, Modesto».

Ballard decidió dejar las fotos de la escena del crimen para después y abrió la cronología. Se desplazó hasta la parte inferior de la pantalla para ver en primer lugar los últimos movimientos del caso. Enseguida descubrió que, aparte de las comprobaciones anuales de diligencia debida, la investigación había permanecido prácticamente dormida durante ocho años, hasta que, hacía seis meses, se asignó a una detective de casos abiertos llamada Lucía Soto. Ballard no conocía a Soto, pero había oído hablar de ella. Era la detective más joven de Robos y Homicidios, e incluso había superado el récord que ella misma había establecido antes. Soto era ocho meses más joven que Ballard cuando fue destinada a la unidad.

—Lucky Lucy —dijo Ballard en voz alta.

Ballard también sabía que en ese momento Soto estaba asignada a la Unidad Especial contra el Acoso Sexual en Hollywood, porque los poderes fácticos del departamento —en su mayoría hombres blancos— sabían que destinar al máximo número de mujeres a dicha unidad era una medida prudente. Soto, que ya tenía un perfil en los medios y un apodo por un acto de heroísmo que la condujo a su puesto en Robos y Homicidios, era utilizada a menudo como el rostro de la unidad especial en conferencias de prensa y otras interacciones con los medios.

Todos estos datos dieron que pensar a Ballard. Preparó una cronología rápida. Seis meses antes, Soto o bien solicitó el caso Daisy Clayton o le fue asignado. Poco después fue trasladada de la Unidad de Caso Abiertos a la unidad contra el acoso. Entonces Bosch aparece en la comisaría de Hollywood para hacer preguntas sobre el caso e intenta echar un vistazo a los archivos de un detective de delitos sexuales.

Había una conexión ahí que Ballard todavía desconocía. Enseguida la encontró y empezó a comprenderlo todo mejor cuando llevó a cabo una nueva búsqueda en la base de datos del departamento de los casos que citaban a Bosch como investigador principal. Se concentró en el último caso del que se ocupó antes de abandonar el Departamento de Policía de Los Ángeles. Era un asesinato con múltiples víctimas como consecuencia del incendio de un edificio de apartamentos en el cual varias personas, entre ellos niños, fallecieron por inhalación de humo. En varios de los informes asociados con el caso constaba que la compañera de Bosch era Lucía Soto.

Ballard ya tenía la conexión: Soto asumió el caso Clayton y luego, de alguna manera, atrajo a su antiguo compañero Bosch a la investigación, pese a que él ya no estaba en el departamento. No obstante, Ballard desconocía la razón, lo cual significaba que no había ninguna explicación de por qué Soto buscó ayuda fuera del departamento, especialmente cuando la trasladaron de Casos Abiertos a la unidad especial.

Incapaz de dar respuesta a esa pregunta por el momento, Ballard volvió a los archivos del caso y empezó a revisar la investigación desde el principio. Daisy Clayton era considerada una fugada crónica al haber huido reiteradamente de su propio hogar, así como de las casas de acogida y albergues donde la envió temporalmente el Departamento de Infancia y Servicios Familiares. Cada vez que huía, terminaba en las calles de Hollywood, uniéndose a otros adolescentes fugados en campamentos de vagabundos y casas abandonadas ocupadas. Abusaba del alcohol y las drogas y vendía su cuerpo en las calles.

El primer registro de interacción policial con Daisy se produjo dieciséis meses antes de su muerte y estuvo seguido por varias detenciones más por cargos relacionados con drogas y prostitución. Debido a su edad, las primeras detenciones sólo resultaron en que fuera devuelta a su madre soltera, Elizabeth, o a las autoridades del Departamento de Infancia. No obstante, nada pareció detener el ciclo de su regreso a las calles y a la influencia de Adam Sands, otro fugado de diecinueve años con su propio historial de drogas y delitos.

Sands fue interrogado a fondo por los investigadores originales del caso y descartado como posible sospechoso cuando se confirmó su coartada: se encontraba en los calabozos de la comisaría de Hollywood en el momento del asesinato de Daisy Clayton.

Eliminado como sospechoso, Sands fue de nuevo interrogado extensamente sobre las rutinas y relaciones de la víctima. Aseguró que no tenía ninguna información de con quién había estado Daisy Clayton la noche de su muerte. Reveló que la rutina de Daisy consistía en frecuentar los aledaños de un centro comercial de Hollywood Boulevard, cerca de Western Avenue, donde había un minimercado y una licorería. Se ofrecía a los hombres cuando estos salían de las tiendas y mantenía relaciones sexuales con ellos en sus coches después de internarse en alguno de los muchos callejones cercanos en busca de intimidad. Sands declaró que a menudo la vigilaba durante las transacciones, pero en la noche en cuestión la policía lo había detenido por no presentarse ante el tribunal por un delito de faltas relacionado con las drogas.

Daisy se quedó sola en el centro comercial y su cadáver fue hallado la noche siguiente en uno de los callejones que frecuentaba ejerciendo su oficio. Estaba desnuda y había indicios de agresión sexual violenta y de tortura. Después habían limpiado el cuerpo con lejía. Nunca se encontró ninguna de las prendas de la víctima. Los detectives determinaron que habían pasado hasta veinte horas desde la última vez que fue vista en el centro comercial buscando clientes hasta el momento en que la policía recibió una llamada anónima que informaba de un cadáver en el contenedor de un callejón al lado de Cahuenga y se envió al agente Dvorek a comprobarlo. De las horas transcurridas entre esos dos momentos no se sabía nada, pero estaba claro por el blanqueamiento del cadáver que Daisy había sido llevada a algún lugar y luego usada y asesinada, y después su cuerpo fue cuidadosamente limpiado de cualquier indicio que pudiera conducir al asesino.

La única pista que dio que pensar a los detectives originales a lo largo de la investigación era un cardenal en el cuerpo del que estaban convencidos de que se trataba de una marca dejada por el asesino. Se trataba de un círculo de cinco centímetros de diámetro en la parte superior de la cadera derecha. Dentro del círculo estaban inscritas las letras ASP, compartiendo la S al cruzarse en horizontal y en vertical.

Las letras aparecían invertidas en la piel de la víctima, lo cual indicaba que podían leerse correctamente en el dispositivo o instrumento utilizado para dejar la marca. El círculo que rodeaba las letras parecía una serpiente devorándose a sí misma, pero el hematoma en el tejido no estaba tan definido como para confirmarlo.

Se dedicaron muchas horas de trabajo de investigación a desentrañar el significado de las letras, pero no se alcanzó ninguna conclusión definitiva. El caso fue investigado en primera instancia por dos detectives de Homicidios de la División de Hollywood y luego reasignado a la División Olympic cuando los equipos se agruparon por zonas y Hollywood perdió su célebre unidad. Los nombres de los investigadores eran King y Carswell, y Ballard no conocía a ninguno de los dos.

Durante la autopsia, el momento de la muerte se estableció diez horas después de que la víctima fuera vista por última vez y diez horas antes de que se encontrara el cadáver.

El informe del forense mencionaba estrangulación manual como la causa del fallecimiento. Pero la conclusión iba más allá al afirmar que las marcas dejadas en el cuello de la víctima por las manos del asesino indicaban que fue estrangulada desde atrás, posiblemente mientras era agredida sexualmente. Los tejidos dañados tanto en la vagina como en el ano se calificaban de pre y post mortem. Las uñas de la víctima fueron arrancadas post mortem, una medida interpretada como un intento del asesino de asegurarse de que no dejaba ninguna prueba biológica.

El cadáver mostraba asimismo abrasiones post mortem y arañazos que los investigadores creían que se produjeron en un empeño de limpiar a la víctima con un cepillo rígido y la lejía que se encontró en todos los orificios corporales, incluidos boca, garganta y canales auditivos. El forense concluyó que el cadáver había sido sumergido en lejía durante este proceso de limpieza.

Este hallazgo, unido con la hora de la muerte, condujo a los investigadores principales a concluir que el asesino había recogido a Daisy en la calle y la había llevado a una habitación de hotel o algún otro lugar donde podía prepararse un baño de lejía para limpiar el cadáver.

—Es un planificador —murmuró Ballard.

Las conclusiones sobre la lejía llevaron a los detectives originales a dedicar gran parte de su tiempo durante los primeros días de la investigación a revisar concienzudamente cada motel y hotel de la zona de Hollywood que tuviese acceso directo a las habitaciones desde el aparcamiento. Se mostró la foto escolar de Daisy a empleados de todos los turnos, se preguntó a las limpiadoras si alguna vez habían informado de que hubiese un fuerte olor a lejía, y se buscaron envases de dicho producto en las papeleras. Fue un esfuerzo infructuoso. La ubicación del asesinato nunca se determinó, y la ausencia de una escena del crimen entorpeció el caso desde el inicio. Pasados seis meses, la investigación se enfrió por la inexistencia de pistas o sospechosos.

Ballard finalmente volvió a las fotos de la escena del crimen y esta vez las examinó con atención a pesar de su naturaleza repulsiva. La edad de la víctima, las marcas en cuerpo y cuello, que mostraban la fuerza abrumadora de su asesino, su reposo final desnuda en un contenedor de basura público… todo se combinó para producir en Ballard una sensación de horror, una triste empatía por esa chica y por su sufrimiento. Ballard nunca había sido de esos detectives capaces de guardar el trabajo en un cajón al final del turno. Se lo llevaba consigo, y era esa empatía lo que la alimentaba.

Antes de ser asignada a la sesión nocturna, Ballard había estado trabajando para especializarse en homicidios de índole sexual en Robos y Homicidios. Su entonces compañero, Ken Chastain, era uno de los mejores investigadores de asesinatos sexuales que había en el departamento. Ambos habían tomado clases y habían tenido como mentor al detective David Lambkin, considerado durante mucho tiempo el mayor experto del departamento, hasta que entregó la placa y se marchó al noroeste del Pacífico.

El traslado a la sesión nocturna obligó a Ballard a dejar de lado sus ambiciones; sin embargo, al revisar el expediente del caso Clayton, vio a un depredador sexual oculto detrás de las palabras y los informes, un depredador no identificado desde hacía ya nueve años, y sintió un nudo en su interior. Era el mismo nudo que la había impulsado a ser policía y cazadora de hombres que herían a las mujeres y las tiraban como basura en un callejón. Quería participar en lo que fuera que estaba haciendo Harry Bosch.

Ballard oyó voces que la sacaron de esos pensamientos. Levantó la mirada de la pantalla y por encima de la mampara de su zona de trabajo. Vio a dos detectives quitándose las chaquetas del traje y colocándolas sobre las sillas, preparándose para una nueva jornada.

Uno de ellos era César Rivera.

4

Ballard recogió sus cosas y se alejó de su mesa de trabajo prestada. Primero fue al cuarto de impresoras para recoger los informes que había redactado antes y había enviado a la impresora compartida. El teniente de la brigada de detectives era de la vieja escuela y todavía le gustaba recibir informes en papel por la mañana, a pesar de que ella también los entregaba en formato digital. Ballard separó los informes sobre la investigación de la muerte de los de su anterior intervención en el robo, los grapó y luego los llevó a la bandeja de entrada del escritorio del asistente del teniente para que estuvieran listos cuando llegase. A continuación, se dirigió a la sección de delitos sexuales y apareció por detrás de Rivera cuando este estaba sentándose en su silla y preparándose para la jornada vaciando en una taza de café una botellita de whisky del tamaño de las que se sirven en los aviones. Ballard no dejó entrever que lo había visto cuando habló.

—Hola, César.

Rivera era otro tipo con bigote, el suyo casi blanco contra una piel morena. Lo combinaba con un cabello canoso ondulado que llevaba un poco largo para los estándares del departamento, pero que resultaba aceptable en un detective mayor. Rivera se sobresaltó un poco, temeroso de que se hubiera descubierto su rutina matinal. Giró en su silla, pero se relajó en cuanto vio que se trataba de Ballard. Sabía que ella no le causaría problemas.

—Renée. ¿Qué pasa, chica? ¿Tienes algo para mí?

—No, nada —dijo ella—. Una noche tranquila.

Ballard se mantuvo a distancia por si acaso olía a descomposición.

—¿Qué hay, pues? —preguntó Rivera.

—Estaba a punto de irme —dijo Ballard—. Pero me estaba preguntando… ¿Conoces a un tipo que trabajaba aquí… Harry Bosch? Estaba en Homicidios.

Señaló la esquina de la sala donde había estado situada la brigada de homicidios. El espacio lo ocupaba la Unidad de Investigación de Bandas.

—Eso fue antes de que yo llegara aquí —dijo Rivera—. Quiero decir, sé quién es, todo el mundo lo sabe, imagino. Pero, no, nunca traté con él. ¿Por qué?

—Ha estado en comisaría esta mañana —dijo Ballard.

—¿Te refieres a esta noche?

—Sí, dijo que venía a hablar con Dvorek sobre un viejo homicidio. Pero lo vi mirando en tu archivador. —Miró la larga fila de archivadores que recorría la pared.

Rivera negó con la cabeza en señal de confusión.

—¿Mi archivador? ¿Qué cojones?

—¿Cuánto tiempo llevas en la División de Hollywood, César? —preguntó Ballard.

—Siete años, ¿qué tiene que ver con…?

—¿Te suena el nombre de Daisy Clayton? La asesinaron en 2009. Es un caso abierto, considerado de índole sexual.

Rivera negó con la cabeza.

—Eso fue antes de que llegara aquí —dijo—. Estaba en Hollenbeck entonces. —Se levantó, caminó hasta la fila de archivadores y sacó un juego de llaves del bolsillo para abrir el cajón superior de su módulo—. Ahora está cerrado. Estaba cerrado cuando me fui anoche.

—Lo cerré yo después de que él se fuera —dijo Ballard.

No mencionó que había encontrado el clip doblado en el cajón.

—¿Bosch no está retirado? —preguntó Rivera—. ¿Cómo entró aquí? ¿Se quedó su 999 cuando se marchó?

A todos los agentes se les daba lo que se llamaba una llave 999, que abría la puerta trasera de todas las comisarías de la ciudad. Se distribuían como respaldo de las llaves electrónicas, que fallaban a menudo con los cortes de luz. El ayuntamiento no era escrupuloso con la recuperación de las llaves 999 cuando los agentes se retiraban.

—Tal vez, pero me dijo que el teniente Munroe lo dejó entrar para que pudiera esperar a que Dvorek volviera de patrullar —dijo Ballard—. Se dio una vuelta, y fue cuando lo vi mirando en tus archivos. Yo estaba trabajando en el rincón y no me vio.

—¿Fue él quien mencionó el caso Daisy?

—Daisy Clayton. No, Dvorek me dijo que era de eso de lo que quería hablarle Bosch. Dvorek fue el primer agente que llegó a la escena.

—¿Fue un caso de Bosch entonces?

—No, inicialmente lo llevaron King y Carswell. Ahora está asignado a Casos Abiertos, en el centro.

Rivera volvió a su mesa, pero se quedó de pie mientras cogía su taza de café y echaba un trago largo. Entonces se apartó bruscamente la taza de la boca.

—Mierda —soltó—. Sé lo que estaba haciendo.

—¿Qué? —preguntó Ballard con cierto tono de urgencia en la voz.

—Llegué aquí justo cuando estaban reorganizando y trasladando Homicidios a West Bureau —explicó Rivera—. La Unidad de Delitos Sexuales se estaba ampliando y me reclutaron. Sandoval y yo fuimos un refuerzo, no sustitutos. Los dos vinimos de Hollenbeck.

—Vale.

—Así que el teniente me asignó ese archivador y me dio la llave —continuó Rivera—. Pero cuando abrí el cajón de arriba para meter cosas, estaba lleno. Los cuatro cajones estaban llenos. Lo mismo le pasó a Sandoval: sus cuatro cajones también estaban llenos.

—¿Llenos de qué? ¿Te refieres a archivos?

—No, todos los cajones estaban llenos de tarjetas «de acoso». Pilas y pilas embutidas allí. Los tipos de Homicidios y los otros detectives habían decidido guardar allí las tarjetas viejas cuando el departamento se digitalizó. Las apilaron en los cajones de los archivadores para conservarlas.

Rivera se estaba refiriendo a lo que oficialmente se llamaban tarjetas de entrevistas de campo. Eran tarjetas de 8 × 13 que rellenaban los agentes de patrulla cuando paraban a alguien en las calles. La parte delantera de cada tarjeta consistía en un formulario con datos específicos de la persona interrogada, como nombre, fecha de nacimiento, afiliación a bandas, tatuajes y relaciones conocidas. El dorso de las tarjetas estaba en blanco para que el agente escribiera cualquier información complementaria sobre el sujeto.

Los agentes llevaban encima o en sus coches patrulla pilas de tarjetas de entrevistas de campo en blanco; Ballard siempre guardaba las suyas en la visera del coche cuando trabajaba en la patrulla de la División del Pacífico. Al final del turno, las tarjetas se entregaban al comandante de guardia de la división y el personal civil introducía la información que contenían en una base de datos que permitía realizar búsquedas. Si un nombre que se buscaba en el ordenador producía un resultado, el agente o detective recibía una serie de datos, direcciones y personas conocidas con los que empezar.

La Unión Americana de Derechos Civiles había protestado hacía ya tiempo por el uso de esas tarjetas por parte del departamento y su recopilación de información de ciudadanos que no habían cometido delito alguno, calificando la práctica de registro y retención ilegal, y refiriéndose a esas entrevistas de campo como acosos. El departamento había combatido todos los intentos legales de detener la práctica, y gran parte del personal se refería a las tarjetas de 8 × 13 como «tarjetas de acoso» en una burla nada sutil a la UADC.

—¿Por qué las conservaron? —preguntó Ballard—. Todo se ponía en la base de datos y sería más fácil encontrarlo allí.

—No lo sé —dijo Rivera—. En Hollenbeck lo hicieron de otra manera.

—Entonces ¿qué hicisteis, sacarlas?

—Sí, Sandy y yo vaciamos los cajones.

—¿Las tirasteis todas?

—No, si he aprendido algo en este departamento es a no ser el tío que la caga. Las metimos en cajas y las llevamos al almacén. Que el problema se lo comiera otro.

—¿Qué almacén?

—Al otro lado del aparcamiento.

Ballard asintió. Sabía que se refería al inmueble situado en el lado sur del aparcamiento de la comisaría. Era un edificio de una sola planta que había sido oficina municipal de servicios públicos, pero se asignó a la comisaría cuando esta necesitó más espacio. El edificio apenas se utilizaba en ese momento. Se había instalado un gimnasio para uso de los agentes y una sala de tatamis para artes marciales en dos de las estancias más grandes, pero las oficinas más pequeñas permanecían vacías o se usaban para almacenamiento de materiales que no eran considerados pruebas.

—Entonces ¿eso fue hace siete años? —preguntó.

—Más o menos —dijo Rivera—. No lo movimos todo de vez. Vacié un cajón, y cuando se llenó y tuve que usar el siguiente, lo vacié también. Tardé más o menos un año.

—¿Y qué te hace pensar que Bosch estaba buscando tarjetas de acoso anoche?

Rivera se encogió de hombros.

—Habría tarjetas de acoso allí en la época del asesinato del que me estás hablando, supongo.

—Pero la información de las tarjetas de acoso está en la base de datos.

—Supuestamente. Pero ¿qué pones en la ventana de búsqueda? ¿Entiendes lo que te digo? Es un defecto. Si quieres saber quién andaba por Hollywood en el momento del asesinato, ¿cómo lo buscas en la base de datos?

Ballard asintió como muestra de conformidad, aunque sabía que había muchas formas de extraer de la base de datos información de las entrevistas de campo, por ejemplo, estableciendo un marco geográfico o temporal. Pensó que Rivera se equivocaba, pero probablemente tenía razón por lo que respectaba a Bosch. Era un detective de la vieja escuela. Querría mirar las tarjetas para saber a qué tipo de gente habían interrogado los policías de calle de Hollywood en el momento del asesinato de Clayton.

—Bueno —dijo—. Me voy. Que pases un buen día. Cuídate.

—Sí, tú también, Ballard —dijo Rivera.

Ballard abandonó la sala de detectives y subió al vestuario de mujeres situado en la planta de arriba. Se cambió y se puso ropa de deporte. Su plan era dirigirse a Venice, dejar la ropa en la tintorería, recoger a su perra de la guardería canina y luego llevarse su tienda y una tabla de surf de pala a la playa. Por la tarde, una vez hubiera descansado y planificado su estrategia, trataría con Bosch.