Nosotros no estamos acá - Jorge Rojas - E-Book

Nosotros no estamos acá E-Book

Jorge Rojas

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En Nosotros no estamos acá hay humanos invisibles. Un joven venezolano indocumentado que intentó siete veces entrar en Chile, hasta que atravesó el desierto de Tacna a Arica por un paso no habilitado. Una trabajadora peruana que se transformó en regenta de vivienda comunitarias. Un cargador haitiano que fue apuñalado en un terminal pesquero. El cuerpo de una boliviana víctima de feminicidio, abandonado en la morgue. Migrantes latinoamericanos que han venido a buscar nuevos Rumbos en Chile y que han encontrado discriminación, xenofobia, expulsiones masivas e incluso la muerte, así como la solidaridad y complicidad de desconocidos. Durante dos años, el periodista Jorge Rojas se internó en la vida íntima de estos protagonistas que parecen no estar. Son cuatro crónicas inéditas, de largo aliento, en las que se puede transitar con los migrantes, sentir sus frustaciones, sus acotadas alegrías, la congoja, la nostalgia de lo que se ha dejado atrás. "Estas historias nos dan luces sobre esos que quedó, lo que no cabe en 'un bolso de un metro de largo': padres, amores quebrados, un hijo en Lima, el paisaje, el calor. Son también historias de trashumancia, de lo que pasó en el camino. De la ruindad de los coyotes y su industria, del miedo a la policía, de la solidaridad sencilla de una desconocida, de la incertidumbre, de la esperanza de algo mejor, o menos malo. Y en ese nivel se hacen universales, son las de sirios y somalíes, salvadoreños y rohinjas". Florencio Ceballos

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Veröffentlichungsjahr: 2021

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JORGE ROJAS

Nosotros no estamos acá

Crónicas de migrantes en Chile

Rojas, JorgeNosotros no estamos acá / Jorge Rojas

Santiago de Chile: Catalonia, Periodismo UDP, 2021

ISBN: 978-956-324-874-6ISBN Digital: 978-956-324-875-3

PERIODISMO DE INVESTIGACIÓNCH 070.40.72

Este libro forma parte de la colección de periodismo de investigación desarrollada al alero del Centro de Investigación y Proyectos Periodísticos (CIP) de la Facultad de Comunicación y Letras UDP.

Dirección editorial: Arturo Infante ReñascoEdición periodística: Andrea InsunzaEdición de textos: Andrea PaletFotografía de portada: Cristóbal OlivaresRetrato de autor: Alejandro OlivaresDiseño de portada: Trinidad JustinianoDiseño y diagramación eBook: Sebastián Valdebenito M.

Editorial Catalonia apoya la protección del derecho de autor y el copyright, ya que estimulan la creación y la diversidad en el ámbito de las ideas y el conocimiento, y son una manifestación de la libertad de expresión. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y por respetar el derecho de autor y copyright, al no reproducir, escanear ni distribuir ninguna parte de esta obra por ningún medio sin permiso. Al hacerlo ayuda a los autores y permite que se continúen publicando los libros de su interés. Todos los derechos reservados para esta publicación que no puede ser reproducida, en todo o en parte, ni registrada o transmitida por sistema alguno de recuperación de información. Si necesita hacerlo, tome contacto con Editorial Catalonia o con SADEL (Sociedad de Derechos de las Letras de Chile, http://www.sadel.cl).

Primera edición: agosto, 2021ISBN: 978-956-324-874-6ISBN Digital: 978-956-324-875-3Registro de Propiedad Intelectual: Nº A-xx

© Jorge Rojas, 2021© Ciper, 2021

© Catalonia Ltda., 2021Santa Isabel 1235, ProvidenciaSantiago de Chilewww.catalonia.cl – @catalonialibroswww.cip.udp.cl/investigacion - @cip_udp

Índice de contenido
Portada
Créditos
Índice
Los que llegan | Florencio Ceballos
Nota del autor
1. Diario de un indocumentado
2. La pandemia en 30 metros cuadrados
3. “Haitiano, no tienes ningún derecho a trabajar aquí”
4. El cuerpo de Silvia
Agradecimientos
Notas

A Daniela por sus ideas, por ser siempre la primera lectora y por todo su amor.

A Lua, que nació cuando este proyecto reciéncomenzaba y me acompañó con suternura.

A Cote, Leóaro y José Justo, tes de nuestrafamilia.

LOS QUE LLEGAN

Florencio Ceballos

Cuando mi bisabuela Rebeca, su padre y sus siete hermanos llegaron en barco al puerto de Valparaíso, en agosto de 1906, la ciudad estaba derruida y en llamas. No pudieron desembarcar por días y desde la bahía veían desfilar los muertos en camilla. No hablaban español, solo yiddish, y estuvieron convencidos un buen rato de que había habido un ataque con cañones desde el mar. Sabían de guerras, amenazas de pogromos y de tragedias humanas, habían perdido a un hermano pequeño en una escala en Nueva York. Pero no sabían de terremotos ni de las tragedias telúricas del país que los recibía.

La migración de mis bisabuelos, hace más de un siglo, dejó cicatrices. Las historias de Nosotros no estamos acá también. Es un libro acerca de personas que la pasaron mal, son historias desgarradas. Sospecho que me invitaron a presentarla porque yo también soy migrante y podía hablar desde mi experiencia. Pero no puedo: sería inapropiado, casi obsceno sugerir equivalencias. Mis condiciones de llegada a Canadá, donde vivo hace ya quince años, fueron lo opuesto. No salí arrancando de mi país natal, ni este me expulsó a punta de pobreza y abuso, ni se me cerró la puerta de regreso. El sistema migratorio canadiense es una máquina que funciona: casi un 1% de la población llega cada año gracias a un sistema de cuotas e incentivos. Mi experiencia migratoria carece de cicatrices y está en las antípodas de lo que estas páginas nos presentan. Y si bien las abordé con alguna perspectiva de reconocerme en sus historias, rápidamente comprendí que, más allá de mi estatus genérico de migrante, estaba mirando por una ventana que me resultaba más desconocida y extraña de lo que pensaba.

En estos diarios la experiencia migratoria existe en más de una dimensión. Y se agradece. No solo se trata de los que llegan, de la asimilación a un nuevo medio y de su relación con los que ya estaban. No es solo cómo cambian y se adaptan esas personas a su nuevo destino, cómo navegan la ciudad o cómo resuelven la vida. Para encontrar algo nuevo —con la esperanza de que sea quizá mejor— el migrante siempre ha debido dejar algo atrás. Estas historias nos dan luces sobre eso que quedó, lo que no cabe en “un bolso de un metro de largo”: padres, amores quebrados como los de Fernando y Alexánder, un hijo en Lima como a Digna, el paisaje, el calor.

Son también historias de trashumancia, de lo que pasó en el camino. De la ruindad de los coyotes y su industria, del miedo a la policía, de la solidaridad sencilla de una desconocida, de la incertidumbre, de la esperanza de algo mejor, o menos malo. Y en ese nivel se hacen universales, son las de sirios y somalíes, salvadoreños y rohinjas.

Los discursos predominantes en medios y en la discusión pública sobre migración suelen descansar la mirada en el “acá”, en el adentro, reduciéndola a problemas y efectos en la sociedad que recibe: la alteración de los mercados inmobiliarios, la transformación de la fuerza laboral, la tensión agregada a los servicios públicos, las crisis en la frontera. La mirada de Jorge se sitúa en cambio en el “allá”, del lado del migrante, de quienes llegan, de quienes partieron, de la parte más débil en este encuentro que se llama migración. Lo hace prestando atención, entrando en los hogares de sus protagonistas, interesándose en sus economías domésticas y en sus condiciones de techo y abrigo. El dinero, el trabajo y la vivienda son cuestiones recurrentes y esenciales en estas páginas. ¿Cómo podría ser de otro modo? Aquí se nos revelan esas redes de subsistencia, esas economías de la fragilidad, de lo esquivo, en que se sustenta la experiencia migratoria.

Una economía de emprendimientos informales, trabajos asalariados bajo la línea de la pobreza y deudas en multitiendas. Una economía de vida que no sería lo que es sin teléfonos celulares, el bien más preciado de quienes atraviesan la frontera. Nuestro “hogar portátil”. Son el hilo de conexión con el mundo, con el que te pueden arrendar el cuarto, llamarte el cliente de Rappi, el contacto que sabe de un trabajo para ti. Y también es el hilo que une con los padres, hijos y amantes, y doblemente en tiempos de pandemia. Y es por ese hilo que se adentra la historia principal de este libro, por el registro más íntimo y textual de todos: el de los intercambios de WhatsApp, donde los intrusos podemos leer lo mismo que leyeron Fernando y Alexánder separados por un desierto.

Los migrantes llegan a Chile siguiendo una promesa alentada por el espejismo del país más neoliberal y próspero de América Latina. Para muchos la confrontación con la realidad, con su contracara de desigualdades atávicas, es dura. La decepción es tan tangible como es hiriente la respuesta “si no les gusta se van”. Promesa de la demagogia oportunista disfrazada de humanitarismo cortoplacista que entrega “visa de responsabilidad democrática”.

Nosotros no estamos acá ofrece una mirada sobre esa parte sombría y decepcionante del país que recibe. Duelen el racismo, el clasismo, la usura y la explotación. Avergüenzan. Parafraseando a Fernando, aprietan el botón de la tristeza. Es un Chile donde empleadas “como de la casa” son obligadas a abandonar su dormitorio el viernes y dormir en un banco de la Plaza de Armas porque los patrones se van el fin de semana a la playa. Uno donde la lucha por empleos escasos se convierte para algunos en una espiral de rabia, rencor y racismo contenido que a veces termina apuñalándote en el muslo. Uno que crea una industria lucrativa de alquilar a precios desquiciados habitaciones de miseria a los que menos tienen. Uno que te llama comepalomas o negro de mierda. En el proceso, paulatinamente, ciertas asociaciones se naturalizan: inmigrante/delincuente, inmigrante/ilegal, inmigrante/pobreza. Un país de deportados subiendo con overoles blancos a un avión, esposados, rodeados de policías, con punto de prensa y autoridades gubernamentales mostrando orgullosos y en prime time cómo “se ordena la casa”. Un país donde el jefe de Extranjería se permite afirmar que “poco ayuda la visión buenista de que nuestro país sea el centro de la rehabilitación de migrantes delincuentes”. Se lo permite porque no pasa nada si lo dice. Hay gente acampando por meses fuera de las embajadas.

En todo el mundo, también en Chile, los migrantes enfrentan una amenaza visible, que golpea, insulta y enarbola discursos xenófobos salidos del mismo tronco de su abuelo fascista. Ese que ataca en las esquinas de noche, canta insultos en los estadios y repleta las redes sociales de detritus mientras se coordina de manera cada vez más evidente y compleja. Pero lejos de los márgenes hay una segunda amenaza, que resulta mucho más peligrosa pues tiene todo el poder de su lado, y que se activa cuando son los gobiernos y el mismísimo aparato del Estado los que ceden a un populismo migratorio que permita subir un puntito en las encuestas, asegurar un bolsón de votos en el extremo derecho o cambiar una narrativa mediática que se les viene encima.

Y existe por último una tercera amenaza, en mi opinión la más compleja, porque se piensa haciendo el bien. Es aquella que pone todo el peso de la política en el campo de la compasión, la acogida y la celebración, y nada en el que se hace cargo de las tensiones inevitables que la migración desbordada genera. Aquella que confunde un enfoque de derechos humanos —que consagra el derecho a dejar un territorio y a ser tratado como sujeto de derechos en el lugar de acogida— con la ausencia de regulaciones efectivas de entrada y una incondicionalidad a todo evento de estos derechos. O aquella que, por temor a la verdad, prefiere esconder la cabeza respecto de los efectos en cascada de una migración no asociada a derechos y a la capacidad institucional de proveerlos. Esa tercera amenaza, la pusilánime, la de no hacer nada, no enemistarse con nadie y exigirlo todo, es la más compleja porque empodera a las dos primeras y porque, al restarse, deja la definición de las políticas en manos de otros y desprotegidos a los que desea proteger, a los que llegan.

En estos “tiempos interesantes”, tiempos en que la desigualdad, el abuso y el abandono se hicieron imposibles de esconder y terminaron estallando en la calle; cuando Chile se apresta a discutir y renegociar un pacto social mientras el antiguo se derrumba; cuando se aspira a una conversación entre constituyentes que tienen más cara de ese Chile real que lo que se creyó posible, y de estos con la ciudadanía que los eligió para escribir ese pacto, es importante que también las voces migrantes (que, excepcionalidad virtuosa chilena mediante, tienen derecho a votar) estén en esa conversación, que esas historias sean parte del relato nacional, y que los derechos de los más vulnerables sean comprendidos e integrados al nuevo pacto social de un Chile que también les pertenece a quienes llegan y sí “están acá”.

NOTA DEL AUTOR

Si tuviese que elegir un momento en que la migración despertó mi curiosidad, la escena sería esta: octubre de 2017, Población Los Nogales, Estación Central, Santiago, un maestro carpintero divide una casa de 70 metros cuadrados en cuatro habitaciones de 15 metros cada una. Ahí, donde antes vivía una familia chilena, vivirían cuatro familias haitianas. Cuatro como en la casa del lado, al frente, en la esquina y en las otras calles.

No recuerdo bien si lo que me asombró fue el ingenio de ese carpintero autodidacta para mantener un estándar digno en comparación con otras propiedades —cada pieza tenía piso de baldosa y su propio empalme de luz—, o si fue el negocio inmobiliario detrás de esa reestructuración: la dueña histórica de esa propiedad, probablemente de familia fundadora de la población,1 se la había vendido a un inversionista que la había convertido en una vivienda comunitaria.

“He trabajado todo el año arreglando casas”, recuerdo que me dijo el carpintero.

Los Nogales era un ejemplo de cómo la presencia de una creciente comunidad de extranjeros había generado millonarias ganancias para los especuladores, que estaban cimentando sus utilidades en el hacinamiento y la miseria, porque no todas las casas estaban divididas en cuatro habitaciones, tenían el piso de baldosa y su propio empalme. Había algunas que prácticamente no habían sufrido cambios desde la década del 50, con los mismos desagües, tomas de corriente y ampliaciones irregulares.

Por entonces, según datos del Censo de 2017, en Los Nogales vivían aproximadamente 1.523 haitianos, el 68% del total de personas que residían en la población.2 Lo que vino después fue un complejo choque cultural lejos de los lugares comunes: problemas de comunicación por la barrera idiomática, conflictos por las horas en los consultorios, por los cupos en los jardines infantiles, por los puestos en la feria, y hasta disputas por la generosidad del cura. Pedro Labrín, sacerdote jesuita de la Parroquia Santa Cruz, uno de los edificios de referencia en la población, me contó una vez que se había hecho habitual escuchar preguntas como esta en la comunidad de chilenos: “¿Por qué les da cosas a ellos cuando nosotros también necesitamos?”.3 Labrín decía que había “una dificultad para reconocer que el haitiano era una persona tan pobre como ellos”. Si uno tiraba de ese hilo hasta desenredar la madeja completa, al final lo que había era una población de chilenos empobrecidos que había visto amenazado su ecosistema por una población de haitianos también empobrecidos en su país, llegados a un barrio donde el Estado no había sido capaz de entregar una oferta de servicios que cubriera necesidades básicas.

Así fue como la comunidad haitiana se transformó en un gueto dentro de otro gueto. Olvidados hasta en la morgue. En una ocasión fui a Los Nogales a entrevistar a un haitiano llamado Israel, de 41 años, padre de Robelca Dieurilus, un joven de 21 que había muerto en julio de 2017, cuyo cuerpo recién habían podido retirar del Servicio Médico Legal (SML) en noviembre de ese año, por falta de dinero para pagar la sepultura. Por entonces, en el SML había cuatro cuerpos de haitianos abandonados. El más antiguo llevaba un año ahí. Ninguno tenía familia en Chile como Robelca, por lo tanto nadie los había retirado. Hasta que la Fundación Fre4 comenzó a triangular la búsqueda de familiares en Haití para que ellos autorizaran su sepultura.

Seguí todo ese proceso para el reportaje “Atrapados en el Servicio Médico Legal: Morir como haitiano en Chile”, publicado en The Clinic. La Organización Internacional para las Migraciones (OIM) lo premió y ese fue el punto de partida de otra crónica: la de la repatriación de Joane Florvil a Haití.5Norberto Girón, jefe de la misión en Chile, me había preguntado cómo podrían darle un final a estas historias y les propuse que se hicieran cargo del traslado, lo que finalmente se realizó el 8 de mayo de 2018. Seguí el viaje de ese cuerpo a Ouanaminthe, donde vivía su familia, hasta que fue sepultada.6 Al regreso de Haití llegó la propuesta de este libro. Para entonces, el fenómeno migratorio había sufrido cambios, no solo en Chile sino en toda Latinoamérica: un gran número de venezolanos había comenzado una diáspora que en los años siguientes llegaría a ser tan masiva que se transformaría en la segunda migración forzada más grande del mundo.

En julio de 2019, cuando partí con el reporteo para este libro, miles de venezolanos que venían a Chile habían quedado atascados en Perú, en la frontera entre Tacna y Arica, después de que el gobierno de Sebastián Piñera comenzara a exigirles una visa de turismo para ingresar al país. No había un mejor lugar para empaparse de esta crisis migratoria y de refugiados que el campamento que se armó afuera del consulado de Chile en Tacna, donde se concentraron los trámites de los venezolanos. Ahí, en medio del caos, entre las carpas y la gente que rogaba por una autorización para atravesar la frontera, conocí a Alexánder,7 un joven de 24 años que había salido hacía siete días de Caracas e iba rumbo a Santiago para reencontrarse con Fernando, su pareja, que había migrado tres meses antes. Alexánder no consiguió la visa e intentó siete veces cruzar a Arica por un paso no habilitado, hasta que lo consiguió.

Son los protagonistas de “Diario de un indocumentado”, la primera de las crónicas de este libro. Les propuse seguir su historia a través de una experiencia inmersiva en este mundo nuevo al que llegaban. No estudiándolo con distancia, menos pretendiendo vivir como ellos, como esos ejercicios “turísticos” que a veces se hacen en periodismo, sino que acompañándolos, “caminando con los otros”, como le llama a este método la periodista Ginna Morelo, ganadora de un Premio Gabo en 2018 por la serie “Venezuela a la fuga”.

Así fue como durante dos años “caminé” junto a Alexánder y Fernando. Acordamos un método de seguimiento que no fuera invasivo pero que me permitiera saber todo de ellos. Establecimos un sistema de reportes y de entrevistas, telefónicas y presenciales, y luego, con más confianza, me autorizaron para acceder a las conversaciones de WhatsApp que habían mantenido desde que Alexánder había iniciado su viaje a Chile. Aquel relato era un diario de vida, una ventana para ingresar a sus cabezas. Un espacio que yo jamás podría haber descrito sin la honestidad de sus propias conversaciones, que condujeron y forman parte de esta historia. Hay frases sublimes para describir el drama de la partida, como aquella donde Alexánder le explica a Fernando cómo fue despedirse de su familia: “Siento que hoy fue mi velorio: mis primas, mis tíos, mis tías, mi abuela, todas llorando a moco suelto”. Desde entonces supe que esta crónica sería el resultado de un relato a tres voces: la que aparecía en las conversaciones entre ellos, la que usaban cuando hablaban conmigo y la mía.

En paralelo, comencé a reportear otras tres historias. Una es la del haitiano Fritzner Louis, que en mayo de 2017 fue apuñalado con un cuchillo filetero en el Terminal Pesquero Metropolitano, en Santiago, convirtiéndose en la primera víctima migrante de un crimen de odio por raza o nacionalidad; otra es  la de Digna Ancco, una peruana que llegó a Chile a mediados de la década del 2000 a trabajar como empleada de casa particular y que ahora regenta casi una decena de viviendas comunitarias para migrantes; y la de Silvia Ninaja, una boliviana que fue asesinada por su pareja en Melipilla, en enero de 2017, y cuyo cuerpo pasó tres años abandonado en el Servicio Médico Legal.

Luego vino el estallido social y más tarde la pandemia, que complicó el reporteo pero a la vez presentó el desafío de incluir estos nuevos escenarios en todos los relatos. No es posible visualizar la ciudad de llegada de los migrantes y la vida propia de ellos sin describir cómo la pandemia precarizó aun más esos espacios que ya eran frágiles: la pobreza que generó en Alexánder y Fernando la cuarentena; la oportunidad que se abrió cuando se convirtieron en repartidores de comida; los arriendos que los inquilinos de Digna Ancco no pudieron pagar tras haber sido despedidos; el miedo cuando el Covid-19 llegó a dos casas que ella administraba; la tensión en el Terminal Pesquero Metropolitano cuando muchos haitianos cesantes llegaron a trabajar allá y la presión que las muertes por coronavirus produjeron en las morgues, que fue fundamental para que el cuerpo de Silvia Ninaja pasara de su abandono transitorio a uno perpetuo.

Los relatos se basan en más de cincuenta entrevistas a protagonistas, personajes de su entorno y fuentes de contexto, en la revisión de casi mil páginas de expedientes judiciales e investigaciones académicas y en la lectura de cientos de artículos periodísticos y más de una decena de libros, que sirvieron de inspiración para el reporteo, la estructura y la escritura. Entre ellos me gustaría destacar Negro como yo, de John Howard Griffin; Ciudad de llegada, de Doug Saunders; Desde el país de nunca jamás, de Alma Guillermoprieto; Guerras del interior, de Joseph Zárate; Una nación a la deriva, de Tulio Hernández; Cabeza de turco y Con los perdedores del mejor de los mundos, de Günter Wallraff.

Hay, además, una frase que Ryszard Kapuściński escribió en su libro El Sha o la desmesura del poder que, con humildad, me ha ayudado a entender lo que estas historias representan: “Dentro de una gota de agua hay un universo entero”. A eso aspiran estas cuatro crónicas, a ser gotas de agua que, lejos de pretender relatar una verdad única, revelen matices y muestren mundos relativamente desconocidos en nuestro medio.

Hay otro concepto que recién ahora, en la víspera de cerrar este proyecto, con todas las historias desplegadas, resume el espíritu de lo que estas “gotas” en su conjunto destilan: la ausencia, el no estar aquí, como tan lúcidamente lo planteó Alexánder en una conversación que tuvimos el día en que cumplió un año en Chile y que da origen al título de este libro: “Hoy cumplí un año acá y es como si no hubiese estado”. La idea es aplicable al resto de los relatos, como una música incidental. La ausencia de Fritzner Louis el día en que fue apuñalado y solo una persona le prestó ayuda; la ausencia de Digna Ancco como trabajadora de casa particular, aunque sus jefes le decían que era “como de la familia”; la ausencia del cuerpo de Silvia Ninaja cuando nadie la reclamó en el SML. Agradezco a Javier Ortega por esa lectura.

Este es un libro que se hizo a sí mismo y mi única decisión fue elegir una ruta incierta para caminar, como quien explora un territorio de una ciudad que aún no conoce por completo. Guardando todas las proporciones, algo hay en su origen que también cruza mi propia historia y que ha sido el motor de mis trabajos periodísticos en estos quince años de reporteo: nací y crecí en una ciudad agrícola llamada Linares, en la región del Maule, de la que migré a Santiago a los 18 años, cuando me vine a estudiar a la universidad; soy hijo de una trabajadora de casa particular, que migró del campo a la ciudad para emplearse puertas adentro, y de un minero del cobre que caminó por todo el norte en busca de empleo y que, al ser desechado por la industria, regresó al campo a trabajar de temporero.

Finalmente, quiero agradecer a Andrea Insunza, editora periodística de este libro, por proponerme explorar este tema. Su presencia en este proyecto ha sido fundamental en estos dos años de trabajo. Vaya para ella todo mi reconocimiento por sus ideas, su generosa edición y la paciencia.

1. Diario de un indocumentado

El viaje

14 de julio de 2019

¿Cuántas cosas caben en un bolso de un metro de largo? ¿Cuánta ropa, libros, música, álbumes fotográficos y recuerdos te puedes llevar? ¿Se puede empacar una vida, un hogar, una familia, una ciudad, un país de 28 millones de habitantes? ¿Cuántos bolsos se necesitan para migrar sin olvidar lo que se está dejando atrás?

Seguro que uno no es suficiente, pero es lo que Alexánder, de 24 años, puede cargar. Un bolso en el que lleva un short, tres camisas, dos chaquetas, un polerón, una carpeta con papeles, su cédula de identidad, un cepillo de dientes, un desodorante, una plancha para el pelo, una estampita de la Virgen del Carmen, un calendario vencido del papa Juan Pablo II, 3.000 bolívares (equivalentes a medio dólar) y una caja pequeña con medicinas para la fiebre, la alergia y el mareo. En un país como Venezuela, donde los remedios escasean, esas pastillas fueron el regalo más preciado que su madre le pudo dar antes de partir.

Alexánder tiene la barbilla lampiña, los ojos achinados y fugitivos, las cejas arqueadas, los labios gruesos, la piel morena y un corte militar que le deja las orejas desnudas. Viste un pantalón negro, zapatos negros y un suéter gris que esconde su cuerpo menudo. Salió de Venezuela pesando 50 kilos y hasta acá —dice— por lo menos ha bajado cinco. Estamos sentados en un restaurante de Tacna, en Perú. Él mastica una papa frita sin apuro, como si fuese un higo al que le está sacando la pulpa. Luego hace una pausa para tragar. Lleva un día sin comer, pero no tiene prisa por hacerlo. Pareciera, más bien, que no tiene ni hambre. Hoy cumple siete días viajando. Hace cuatro horas que llegó a esta ciudad. Fueron 5.572 kilómetros hasta aquí. Salió el 6 de julio en la noche desde Los Valles del Tuy, en el estado de Miranda, una hora y media al sur de Caracas, un territorio de casi un millón de habitantes al que Alexánder, con generosidad, describe simplemente como “peligroso”.

Me pide que guglee. Da lo mismo cuándo leas estas noticias —dice—, siempre es igual: “Colgaron dos cadáveres degollados en los Valles del Tuy”, “Fallas en servicios públicos se agudizan en los Valles del Tuy”, “El deterioro reina en el hospital de los Valles del Tuy”, “Bebé de un año violada por su padrastro falleció en los Valles del Tuy”, “Ocho muertos durante disputa entre bandas delictivas en los Valles del Tuy”, “Adornaron un arbolito de Navidad con cabezas decapitadas en los Valles del Tuy”.

—Se ven cosas peores —agrega.

Alexánder proviene de un territorio con récord en criminalidad.8 Conoce ese mundo de cerca, por sus amigos, algunos de ellos dedicados al robo, los homicidios y la venta de droga, con quienes se crio.

—Ellos tomaron caminos incorrectos, el malandreo. Casi siempre se la pasaban con pistolas y haciendo fiestas.

Alexánder, que por entonces trabajaba poniendo música, con una “miniteca” itinerante, era quien animaba esas celebraciones. “De eso vivíamos en mi casa”, explica.

Tiene dos hermanos: uno menor que va al colegio y otro mayor que es pescador. Hasta la semana pasada vivía con su madre, que es dueña de casa, mientras que su padre lleva ya un año en Ecuador, indocumentado y sin trabajo estable, por lo que no ha podido enviar remesas a Venezuela. Las precariedades en su casa son profundas y un ejemplo lo resume todo: a veces, solo hay luz y agua dos días a la semana.

Su viaje es una fuga en busca de estabilidad. En Chile lo espera Fernando, su pareja, de 20 años, oriundo de Maracay, quien llegó a Santiago tres meses antes, en abril de 2019. Es él quien lo ha convencido de venir.

—Desde que estamos juntos él me comentó que quería viajar a Chile, y sacó su visa en enero. El plan era venirnos los dos al mismo tiempo, pero no logré reunir el dinero. Nunca había pensado estar así con alguien, en una relación estable, pero con él me siento seguro. Así es que, bueno, ahora voy viajando yo.

Se conocieron por internet en 2018. Estuvieron varias semanas chateando, hasta que se juntaron en Caracas para la primera cita. Desde entonces comenzaron una relación que en el caso de Fernando fue clandestina incluso hasta después de viajar a Chile.

—Fernando es un chamito de familia, un muchachito de casa. Estuvo un año así, viéndome a escondidas. Nos juntábamos en Caracas, estábamos en el terminal, íbamos a comer e incluso un fin de semana nos fuimos a la playa.

Fernando tiene el pelo crespo y ocupa frenillos. Es esbelto, musculoso, lampiño, y cultiva un estilo parecido a Will Smith en El príncipe del rap, pero con frenillos. Estudió cocina. De lunes a viernes trabaja preparando almuerzos en un café en Providencia, y los fines de semana fríe pollos en Tarragona, una cadena de comida rápida. Lo conocí cuatro días antes de que Alexánder llegara a Tacna. Me lo presentaron en el Servicio Jesuita a Migrantes. Yo andaba en busca de testimonios de venezolanos que hubiesen quedado atascados en Tacna para hacer un reportaje, luego de que los gobiernos de Perú y Chile comenzaran a exigir visa de turista a toda persona que intentara cruzar a sus países.9 Alexánder  venía sin ningún documento y me ofrecí para llevarle unos papeles que Fernando quería enviarle: sus dos contratos de trabajo, su cédula transitoria, las últimas cotizaciones de la AFP, un certificado de residencia, la copia de una cartola de una cuenta rut y una carta de invitación notarial. Todo para que pudieran probar que Alexánder venía a Santiago por reunificación familiar.

—¿Tendré que mostrar una foto con Fernando para que sepan que somos pareja? —me pregunta Alexánder, mientras guarda los documentos.

No sé qué responderle. Ni siquiera sé si toda esa pila de papeles le vaya a servir para algo. Antes de juntarnos —le digo— pasé por afuera del consulado de Chile y hay miles de migrantes venezolanos esperando hacer el mismo trámite.

El atochamiento había comenzado el 22 de junio de 2019, afuera del Complejo Fronterizo de Chacalluta, por el lado peruano, pero, después de que la gente comenzara a acumularse en la berma, el grupo fue trasladado frente a la casona donde trabaja el cuerpo diplomático, para que tramitara sus permisos ahí. Las carpas proliferaron alrededor. Todos los días llegaban nuevos extranjeros que venían en camino cuando se implementó la exigencia de la visa. Antes de eso entrar a Chile era un trámite relativamente sencillo.

Cuando en 2016 comenzaron a llegar masivamente los venezolanos, bastaba con tener la cédula de identidad al día, un pasaje de vuelta y mil dólares en el bolsillo para obtener un permiso de turista. De ahí en adelante tenían tres meses para cambiar su estatus a residente, y los que no lo lograban se transformaban en indocumentados: personas que viven sin permiso en el país, que no ocultan su identidad en la vida diaria pero no tienen cómo probarla para realizar trámites, ser contratados y volver a cruzar legalmente una frontera.

En los años siguientes el número de migrantes comenzó a aumentar, hasta que en mayo de 2019 se produjo el máximo para un mes específico, con 39.150 ingresos. En junio, cuando se empezó a pedir la visa, el flujo se cortó en seco. Por entonces había 455.000 venezolanos viviendo en Chile, aproximadamente un 9% de todos los que han salido de su país desde que comenzó la diáspora, que ya representa la segunda crisis humanitaria más numerosa del mundo después de Siria.10

Los muros son de papel. Solo un documento impide que los venezolanos puedan llegar y cruzar la frontera. Un papel. Bueno, es eso, el desierto y la policía. El nudo del atochamiento está en el requisito del pasaporte, porque Chile solo reconoce ese documento si es que está al día o fue emitido a partir de 2013. Si no lo tienen o si está prorrogado, como ocurre con los de 2012 hacia atrás, no hay forma de que puedan obtener la visa de turista, ni la de responsabilidad democrática.

Conseguir un pasaporte vigente en Venezuela es casi imposible: hay que invertir mucho tiempo y dinero, dos cuestiones que escasean cuando hay que partir con urgencia. Como muchos no lo tienen, se quedan en Tacna esperando por si la presión logra cambiar las reglas.

—Tarda mucho tiempo: primero te registras, luego debes agregar una tarjeta de crédito, pedir la cita, ir a poner la huella, la firma, después te llaman para la foto y recién ahí lo imprimen. A veces, cuando llegabas al final del proceso, te decían que no tenían papel. Todo esto podía tardar hasta dos años, pero si pagabas un extra era menos tiempo.

Alexánder dice que el trámite exprés, conseguido mediante corrupción, costaba 2.500 dólares, una cifra impagable en un país donde a mediados de 2019 el sueldo mínimo es de 2 dólares al mes. Allí está el origen de esa irregularidad estructural que ha perseguido a los migrantes venezolanos en la salida, en el trayecto y en el país de llegada. Es lo que le sucedió a su papá cuando se fue a Ecuador y es lo que le pasará a él, si no logra obtener la visa por reunificación familiar: vivir como un indocumentado.

Muestra una foto de la familia que ha dejado atrás: su madre, su padre, su hermano y Calvin, un pastor alemán al que abrazó con fuerza antes de salir para el terminal de los Valles del Tuy.

—Lo extraño mucho —dice, sin despegar la mirada del plato—. ¿Me puedo llevar la comida?

La madrugada del 7 de julio, durante las diez horas que duró el viaje hasta San Cristóbal, la última ciudad grande del lado venezolano antes de cruzar a Cúcuta, en Colombia, Alexánder le escribió un mensaje de WhatsApp a Fernando contándole lo terrible que había sido esa despedida: “Estoy triste. Siento que hoy fue mi velorio: mis primas, mis tíos, mis tías, mi abuela, todas llorando a moco suelto. Cuando me monté en el carro dije que se me había quedado algo y fui a abrazar a mi perro. O sea, más drama”.

Se tomó una foto para recordar ese momento, un retrato a contraluz donde se distingue su cara apoyada en el hocico del animal. “Tranquilo, desde aquí vas a poder ayudarlos más. Lo importante es que te sientas bien y seguro de lo que estamos haciendo. Lo mejor está por venir. Tenemos que estar claros que hay que guerrear y salir adelante, porque por mensaje todo es bello”, le respondió Fernando.

Siete días más tarde, Alexánder está en Tacna, con una papa frita en el tenedor, pidiéndoles a los garzones del restaurante que por favor le envuelvan lo que dejó. Podría habérselo comido todo, pero prefirió guardar para más tarde. Dosificar la comida y el dinero ha sido esencial en el viaje. No recuerda en qué se gastó los 3.000 bolívares con los que salió de su casa, pero sí que se esfumaron antes de cruzar a Colombia. Ha sido Fernando quien le ha enviado dinero para pagar los pasajes y comer. Ahora mismo le quedan 10 dólares en el bolsillo, que le sobraron de lo que le mandó cuando arribó a Lima.

En los Valles del Tuy toda su familia piensa que ya llegó a Santiago. Creen que se vino en avión, pero no, aquí está, sin pasaporte, en medio de este colador en el que se ha transformado Tacna. Desde mañana intentará tramitar una visa apelando a la reunificación familiar. Si no le resulta, probará suerte por el desierto.

Esta noche, dormirá en el terminal de buses de la ciudad.

15 de julio, conversación por WhatsApp11

(07:30)Fernando: ¿Cómo pasaste la noche?Alexánder: No he podido dormir.Fernando: ¿Mucho frío?Alexánder: Aquí no se puede dormir.Fernando: ¿Estás pasando hambre?Alexánder: No, guardé comida y me la comí en la cena.Fernando: ¿Qué has visto de los coyotes que pasan gente?Alexánder: No han llegado.Fernando: ¿Tú vas a pasar hoy?

(16:45)Alexánder: Estoy preocupado, creo que voy a pasar solo.Fernando: Yo también estoy preocupado, ¿por qué crees que ando así? ¡Ni duermo! Dime, ¿qué vas a hacer?Alexánder: Seguir, ya estoy aquí.Fernando: ¿Seguir para dónde? ¿Te vienes así?Alexánder: Sí, claro.Fernando: Coño Alexánder, qué nervios. Y si te devuelven, ¿qué vamos a hacer?Alexánder: No creo. Tengo los papeles que tú me distes. Ya estando en Chile, si me paran con eso, se los enseño y me pongo a llorar.Fernando: Me siento súper presionado, ya no sé qué hacer.Alexánder: Quédate tranquilo que yo me las arreglo.Fernando: Estoy viendo si cuadro algo, pero me dan respuesta como a las 20:00, imagínate. Tú crees que yo ando jugando, pero no, marico. Yo cargo un dolor de cabeza, chamo. Toda esta mierda está al revés.Alexánder: Tranquilo, vamos a relajarnos.Fernando: Ajá, dime, ¿qué harás entonces?Alexánder: No sé, porque hay que tener la plata primero.Fernando: Ah, bueno, pero no me estabas diciendo que ibas a pasar solo, por tu cuenta. Cuadra bien y me avisas.

(21:01)Fernando: Ya, te pasé 30 soles, no es nada, pero qué voy a hacer. Tuve que agarrar la copería [labores de aseo] en el cierre, por 5 lucas.Alexánder: Está bien, gracias, pero no debiste haber hecho eso. ¡Qué chimbo!Fernando: Sí, pero qué más: ahí para que paguen una noche.Alexánder: En el refugio nos dieron sábanas, quédate tranquilo.Fernando: No creo que alcance a ver hoy lo de los 100 dólares, pero igual me sigo moviendo por ti.

(23:06)Fernando: Me pasaron este número. Es de un coyote. Me están diciendo que también puedes solicitar un salvoconducto.Alexánder: ¿Dónde es eso?Fernando: Olvídalo, me acaban de decir que ya no puedes.Alexánder: ¿Por qué?Fernando: Por no sellar en Perú.Alexánder: Yo estoy jodido en todos lados.Fernando: ¿Qué vamos a hacer?Alexánder: Por la trocha [paso fronterizo no habilitado] entonces.Fernando: Vente como sea. Si migración no te agarra en el camino, aquí buscamos apoyo por todos lados para que no te saquen. Y si te dicen que no te puedes quedar, bueno, nos tendremos que ir.

16 de julio

Hoy me desperté con un mensaje de WhatsApp de Fernando: “Qué pena tener que escribirle para esto. Yo sé que no debo. A Alexánder le están ofreciendo cruzar por Bolivia, que es más seguro. El viaje sale 180 dólares, pero de verdad no tengo cómo enviárselos ahora y la persona que me los iba a prestar no va a poder. Yo me comprometo a pagárselos el mes que viene con seguridad. Le seré sincero, para finales de este mes no podré, ya que he pedido adelantos en el trabajo y tengo hartos gastos, pero para el próximo mes le doy seguridad”.

Alexánder lleva puesta la misma ropa que hace dos días, cuando nos conocimos. Es primera vez que se acerca al consulado. Las calles que rodean esta vieja casona de 1865, y que fue ocupada por el gobierno chileno desde 1904, se han convertido en un laberinto de carpas. Un censo que los propios venezolanos realizaron hace un par de días arrojó que hay 161, todas al frente de una villa de militares peruanos.

Se ha formado una pequeña comunidad. Hay gente vendiendo café, sándwiches, pasteles, almuerzos, ropa, y hasta hay un servicio de informática para imprimir los documentos que piden en el consulado. Es difícil saber si hay una causalidad directa, y si es que la hay, cuánto influyó, pero muchos venezolanos refieren haber pensado en Chile como destino después de que el presidente Sebastián Piñera fuera a Cúcuta a dejar ocho toneladas de ayuda humanitaria, en una puesta en escena inédita en la política exterior chilena. Durante un concierto llamado “Venezuela Aid Live”,12organizado por el multimillonario británico Richard Branson, Piñera le dio su apoyo al líder opositor Juan Guaidó, “presidente encargado” de Venezuela desde el 23 de enero de 2019, con quien llegó a la primera fila del concierto, acompañado de los presidentes de Colombia, Iván Duque, y de Paraguay, Mario Abdo, mientras en el escenario Alejandro Sanz interpretaba “Back in the city”. En una de las fotos que hay de esa tarde, los cuatro hombres aparecen haciendo un montoncito con las manos, saludándose con fraternidad: “Vinimos a manifestar nuestro total compromiso y apoyo a la causa de la libertad, la democracia y el respeto a los derechos humanos en Venezuela”, había dicho Piñera esa mañana, en un punto de prensa en el Aeropuerto Internacional Camilo Daza, de Cúcuta. En una entrevista previa, de marzo de 2018, fue más explícito en su ofrecimiento: “Vamos a seguir recibiendo venezolanos en Chile, porque tenemos un deber de solidaridad”.13 Ahora, en Tacna, hay una sensación de estafa.

—Se suponía que Piñera era un aliado y ahora nos pone una visa —reclama una venezolana en la puerta del consulado.

En todo el mundo los migrantes son ocupados como carne de cañón de batallas políticas locales, que casi nunca terminan bien para ellos. Hace cinco días anduvo por aquí el senador Felipe Kast,14junto con un equipo que pasó haciendo un censo por las carpas, agrupando a las personas según sus propias urgencias. Los niños y las embarazadas primero, dicen que prometió. Se llevó una lista para hacer gestiones y levantó falsas expectativas: “Son familias que realmente lo único que quieren es surgir, que han tenido el dolor de una dictadura como la de Venezuela, que además es una crisis humanitaria muy grande. Si hay algo que vale la pena es poder tenderles la mano a aquellos que no vienen a Chile porque sus países estén bien, vienen a Chile porque no tienen a dónde ir”, dijo en un video que publicó en su cuenta de Facebook.

Más concreta y asistencial ha sido la ayuda de Orlando Soto, enviado del senador Alejandro Navarro, quien ha declarado públicamente ser seguidor del chavismo. Ahora mismo anda dando vueltas por las carpas, dejando encargos. La gente lo reconoce y acude a él por distintos problemas. Se ha preocupado, por ejemplo, de visibilizar el conflicto en los medios de comunicación, dando entrevistas a la prensa de Tacna,15 y le está pagando la habitación a una venezolana que hace pocos días sufrió un aborto de un embarazo de tres meses, afuera del consulado, producto de las largas esperas, como ha dicho ella, pero ni así ha conseguido que la dejen cruzar a Chile.16 Eso ha sido lo más grave que ha ocurrido hasta ahora.

La situación en el campamento es crítica. Además de las carpas, la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) ha montado albergues y ha establecido un sistema de vales de comida para los más necesitados, una ayuda que pareciera ser imposible de focalizar porque todos allí arrastran precariedades que bordean la miseria. Muchos están sin dinero hace semanas, casi en estado de vagancia, y si bien algunos como Alexánder llegaron a Tacna en bus, otros lo han hecho caminando desde Venezuela. Convertidos en trashumantes. Así de literal.