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Nostalgia es una historia de España, de cualquiera de nuestros días presentes y, lamentablemente, de nuestro futuro si no cambian las cosas. Es una obra contra la posmodernidad que vuelve a poner el centro de todo en el hombre, no en dioses, en el consumo o en una máquina. Es una novela que esboza algunas realidades molestas de las que la mayoría de la gente no quiere hablar, mucho menos desarrollar en una historia por miedo a la cancelación, la criminalización, la pérdida de opciones o mejoras laborales e incluso la violencia. A través de los ojos de los miembros de una típica familia española veremos cómo les afectan la pérdida de valores y de la cultura, la erosión de la familia, las relaciones personales y la liquidez, la tecnología y las redes sociales, la idiotización de la sociedad, el aumento del control social, la delincuencia, el feminismo, la inmigración, el islamismo, la degradación de los barrios, la mala educación, la política (y los políticos) y otras muchas más cuestiones. Por supuesto, todo entrelazado con una historia que es cruenta, viva y mediante la cual se realiza una crítica mordaz de la sociedad decadente en la que nos ha tocado vivir. Lejos de ser una obra melancólica, con su característica tristeza y pesimismo, pretende tener el efecto contrario, dar un mensaje optimista, de que hay que ser consciente de lo que sucede en España para poder hacer lo pertinente y revertir la situación. Ante la debacle general, algunos protagonistas demostrarán que siempre hay esperanza cuando se tiene la firme voluntad de construirte a ti mismo y aportar a los demás. R.V.
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Seitenzahl: 379
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Roberto Vaquero
NOSTALGIA
© Roberto Vaquero
© 2025. Ediciones Espuela de Plata
www.editorialrenacimiento.com
polígono nave expo, 17 • 41907 valencina de la concepción (sevilla)
tel.: (+34) 955998232 •[email protected]
librería renacimiento s.l.
Diseño de cubierta: Equipo Renacimiento
sobre una ilustración de Sara Ramírez
isbn ebook: 978-84-19877-52-9
Nostalgia
A Alicia Sanz, por ser la luz que guía mi cabeza
en las neblinas y tempestades.
También a Sara Ramírez, por impulsarme a escribir, hacerme
las mejores portadas que pueda tener y motivarme siempre.
Por último, le quiero dedicar también esta novela a Sandra,
la mujer de mi vida. Te amo.
Distopía
El teléfono comenzó a vibrar encima del mostrador de la librería, la pantalla se iluminó y llamó mi atención. Me froté los ojos cansados antes de coger el teléfono y ver con sorpresa que me estaba llamando un número fijo que no tenía guardado en la memoria. Me parecía raro que rayando la hora de comer una nueva editorial me llamara. «Debe ser algo de publicidad», pensé mientras dejaba el móvil de nuevo en el mostrador y continuaba con mis labores. De forma pausada, enfilé la caja de libros que debía colocar en las estanterías o en el escaparate.
Sin embargo, el móvil volvió a vibrar, respiré con resignación y agarré el teléfono con la mano derecha mientras renegaba con la cabeza. Para mi sorpresa, vi que en la pantalla del móvil salía el nombre de mi mujer: Sara.
—¿Sí? Dime, cariño –dije con voz apagada.
—Ramón, ¿no te han llamado del colegio? –preguntó de forma directa, sin miramientos.
—Me ha llamado un número que no conocía, pero…
—Pues era el colegio, tu hijo la ha vuelto a liar –me interrumpió tajante y visiblemente enfadada–. Siempre estamos igual, Ramón. No puedo estar yendo al instituto de David cada dos por tres. ¿Te puedes encargar tú por una vez?
—Bueno… yo también estoy trabajando, cariño. –La pausa que realizó Sara fue suficiente para que me diera cuenta de que tenía poco que rascar a la situación–. Bueno, vale, ¿a qué hora tengo que ir?
—Pues ahora, en cuanto cierres la librería. Este año he ido yo cinco veces, ya es hora de que conozcas el instituto de tu hijo.
—Yo me encargo, voy a hablar con la tutora. Se llamaba Teresa, ¿no?
—Eso es, no llegues tarde –respondió colgando el teléfono, enfadada.
Tenía cuarenta y dos años, llevaba con mi mujer desde los veintidós, ella tenía cuatro años menos. Tuvimos a nuestra primera hija, Alba, al año de empezar la relación y a mi segundo hijo, David, cuatro años después. Ella iba a la Universidad Complutense, a la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología en Somosaguas, y David iba al instituto, a cuarto de la ESO. Sara trabajaba como nutricionista y entrenadora personal en una pequeña oficina en la Avenida de la Universidad, junto a la casa de su padre, José María.
Cerré la librería y me encaminé hacia el instituto de mi hijo. Por suerte para mí, estaba emplazada en la calle peatonal de Mejorada del Campo, en Leganés, en el barrio de Batallas, a apenas diez minutos andando. Crucé por el medio de la calle Sabatini con el resultado de que casi me atropelló una furgoneta gris. El conductor me pitó de forma agresiva y haciendo aspavientos por cruzar por donde no debía. Ignoré al conductor y continué hacia el centro de mayores, luego por el Paseo de la Ermita hasta girar a la derecha, enfilando el instituto de mi hijo.
Iba con una chaqueta de cuero marrón, con las manos en los bolsillos, cabizbajo y alicaído. Me daba pereza tener que ir a hablar con la tutora del niño. Sin duda, había pasado por mejores épocas. En cierta manera seguía aún con la crisis de los cuarenta, las canas se estaban multiplicando en mi barba castaña y en mi cabeza, y aunque no había tenido una vida de mucho castigo, el tiempo me estaba golpeando. Había dejado de entrenar por mucho tiempo, aunque había vuelto hace poco a apuntarme al gimnasio Sculpture, a pesar de que seguía sin cuidar mi alimentación. No era un tipo grande en exceso, pero era algo corpulento; la mayoría de la gente me consideraba alto, aunque no pasaba del metro ochenta y poco.
Cuando llegué era la hora de la salida, me crucé con la mayoría de los chavales saliendo del instituto. Estaban haciendo una algarabía fuera de lo normal, todo eran gritos y carreras de un lado para otro. Me llamó la atención que más de la mitad de los chicos eran marroquíes, senegaleses o latinos. «Mi suegro estaría refunfuñando con que cada vez hay menos españoles, aunque en esta ocasión puede que tenga algo de razón». Me encogí de hombros y me interné en el instituto, nunca le había dado mucha importancia a mi suegro, yendo directo al despacho del director. Allí, en una silla, enfurruñado, estaba mi hijo David; enfrente, tras una mesa atiborrada de documentos y libros, estaba el director y la tutora de mi hijo, Teresa.
—Buenas, señor Peláez, haga el favor de sentarse –me saludó el director con un gesto señalando a una silla junto a mi hijo. David carraspeó nervioso.
—Buenas tardes, perdonen que haya llegado con un poco de retraso. ¿Qué ha sido esta vez? –pregunté mirando a los docentes, tras lo cual me giré hacia mi hijo y continué–: ¿Qué ha liado mi hijo esta vez?
David, lejos de sentirse abatido levantó la cabeza, me miró fijamente y luego al director, manteniendo la seriedad, con el gesto firme y con fuerza. Se cruzó de brazos y se enderezó hacia atrás contra el respaldo.
—Su hijo no sabe comportarse en sociedad. Ha iniciado una disputa en clase, primero contra una compañera y luego, cuando he intervenido, contra mí. De forma bastante altanera y agresiva, diría yo –soltó con voz seca y estridente la profesora.
—Hijo, no puedes hacer esas cosas…
—No es cierto –me interrumpió elevando el tono–. Era un debate dentro de la propia clase. Lo que pasa es que mi compañera no sabe de lo que habla y la profesora se ha metido a defenderla, y como no le han gustado mis respuestas me ha castigado y te ha llamado.
—¡David! –le respondí, y me giré hacia los docentes para continuar–: perdonen a mi hijo, esto es intolerable –renegué con la cabeza.
El director miraba de forma fija a David, sin mover ni una pestaña. La profesora renegaba y hacía aspavientos afirmando que nada de eso era permisible. Yo, por mi parte, intentaba quedar bien con ellos; pero David se mantenía firme, con los brazos cruzados y hablando con voz serena.
—¡Estoy harto de que me traten como si fuera tonto! Si no comparto una opinión pues no la comparto. No tengo por qué aceptar lo que me digan sin más –dijo David abriendo las manos y encogiéndose de hombros.
—Esto es intolerable, David. No vuelvas a hablar hasta que se te indique –sentenció el director visiblemente alterado. La cara se le había puesto roja y tenía el ceño lo más fruncido que le permitía su rostro.
Tras unos segundos de silencio incómodo en los que yo no sabía ni cómo reaccionar, me atreví a hacer una pregunta:
—¿De qué estabais hablando cuando David se comportó de mala manera? –pregunté intentando reconducir la situación.
—De la necesidad de usar el lenguaje inclusivo en la escritura y el habla en el desarrollo de las clases en favor de la igualdad –respondió Teresa enfadada mirando a David.
—¿Y qué dijo él? –pregunté señalando a mi hijo–. ¿Qué hizo?
—Ponerse a porfiar, aprovechar su superioridad en la oratoria, sus privilegios de hombre y humillar a su compañera con argumentos machistas. Ante lo cual me tuve que meter para defender un elemento de progreso contra la discriminación –respondió la profesora temblando de rabia y lanzando miradas reprobatorias a David.
—Ya no se puede ni opinar, no hice nada machista –respondió David levantándose de la silla.
—¡Siéntate, David! Y cállate ya, lo estás empeorando –le ordené, ante lo cual obedeció a regañadientes en medio de una secuencia de aspavientos, preso de la impotencia que sentía–, y habla bien. ¿Dónde has leído o visto que el lenguaje inclusivo está mal? Tienes quince años, no deberías preocuparte de este tipo de cosas, pareces un viejo con esos pensamientos. –«Un momento», pensé, «eso me suena a…».
—Lo hablé con el abuelo –me respondió David, interrumpiendo mis pensamientos, con la cabeza gacha, pero en actitud chulesca.
—¡Lo sabía, maldición! Es que lo sabía, tu abuelo siempre anda metiéndote sus tonterías en la cabeza. Eres un niño, David. Vives en el siglo xxi, no en 1960, no debes de hacer caso a alguien que está acabado, es de otra época, hijo –contesté poniéndole una mano en el hombro.
—Exacto, David, tienes que vivir tu propia época, no el arcaísmo de épocas pasadas… –comenzó a decir la profesora con tono paternalista y poniendo cara de pena, pero fue interrumpida por un arrebato de furia de David.
—¿¡Qué estáis diciendo, por favor!? No habléis así de mi abuelo. –Se levantó gritando y señaló a la profesora–. Tú ni siquiera has sabido defender nada de lo que decías con sentido. ¡Respeta a mi familia!
—Hablas como un viejo loco, David –afirmó el director renegando con la cabeza–. Esta es la gota que colma el vaso, vas a ser expulsado por tres días por tu actitud, sal de mi despacho –dijo señalando hacia la puerta–. Fuera de aquí.
Me quedé reflexionando, absorto por unos instantes. «No sé qué hacer con mi hijo ni con el inconsciente de su abuelo, a todo el mundo le cuesta adaptarse a los nuevos tiempos, pero el viejo estaba haciendo que David cayera en actitudes machistas y discriminatorias. No puedo permitirlo».
Salimos juntos del instituto sin mediar palabra, caminamos pensativos y taciturnos hasta la Plaza Navarrevisca, pasando por delante del Bar Izquierdo, que ya no era de los Izquierdo, lo había comprado, como tantos otros negocios en el barrio, un chino. Había pasado de ser un bar de barrio típico a convertirse en un sitio sucio y extraño de cerveza barata donde iban todos los matados del barrio. La clientela no es que fuera agradable precisamente, había cambiado bastante desde que el señor Izquierdo se jubiló. Tras pasar por el bar continuamos hasta nuestro portal, a escasos metros de distancia.
Una vez en casa, ordené a David que fuera a su cuarto sin ni abrir la boca, tenía que hablar con su madre. David era de pelo castaño, aún no le salía apenas barba, pero ya era igual de alto que yo, aunque mucho más delgado, sin duda alguna me terminaría superando.
Sara se encontraba mirando su ordenador portátil en el salón, levantó la vista solo para ver como su hijo desaparecía pegando un portazo en su cuarto.
—¿Y bien? –preguntó cerrando el portátil y apoyando las dos manos en la mesa.
—Tenemos que hablar de tu padre –respondí serio, procediendo a sentarme justo enfrente de mi mujer.
Sara era una mujer imponente, alta, atlética, morena y de rasgos finos. El pelo liso le llegaba hasta la parte baja de la espalda. Aunque ya estaba cerca de los cuarenta seguía estando en su esplendor, a mí cada día me daba más pereza, dicen que la convivencia durante mucho tiempo mata la pasión. Sé que gustaba mucho, pero yo hacía tiempo que estaba perdiendo el interés.
—Tu padre la ha vuelto a liar con el niño –respiré de forma pesada–. Me tiene harto de que le llene de pájaros la cabeza, no le hace ningún bien. Le ha dicho que el lenguaje de género es una tontería y le ha pasado vete tú a saber qué textos de loco para que se forme por su cuenta. Le está adoctrinando. Sara, tenías que haber visto cómo hablaba, parecía un viejo de un mitin. Tu padre es peligroso.
Sara cruzó los dedos de sus manos, hizo una pausa para no soltar una barbaridad y, tras respirar profundamente, renegó con la cabeza y me preguntó:
—¿Por qué no lo hablas tú con él?
—¿Con tu padre? Ni de broma. –Hice un gesto con la mano abierta hacia fuera–. Tu padre va a intentar convencerme de que tiene razón e incluso si se le va la cabeza es capaz de pegarme.
—Por favor, Ramón, mi padre, aunque pueda físicamente contigo, jamás te va a pegar. –Abrió ambas manos y miró hacia el techo para acompañar su afirmación.
—No entiendo cómo un señor de sesenta años está tan en forma y sigue boxeando, no es apropiado para su edad, no es una buena influencia para David. Tiene que ser un chico más abierto de mente y más sensible. Tu padre es un modelo de masculinidad tóxica.
—Según tú, ¿promover que entrene, que sea duro ante los problemas y fomentar que sea una persona crítica es tener una masculinidad tóxica? No quiero que te enfades, Ramón, pero he de decirte que a mí lo del lenguaje de género me parece una tontería también.
—Pero si eres una mujer, por favor, Sara…
—¿Qué pasa? ¿Por ser una mujer soy imbécil, débil, frágil o tonta? –Hizo una breve pausa mirándome a los ojos y continuó mientras me señalaba con el índice de la mano derecha–: No me trates de forma paternalista, sabes que lo odio. No quiero discutir contigo, castiga a David por sus formas, pero no le trates como si fuera un monstruo, porque no lo es. Y con respecto a mi padre, puedes hablar con él perfectamente, no es ningún demonio. Es una persona dialogante y encantadora.
—Vivimos en el siglo xxi, Sara, hay que adaptarse a cómo ha evolucionado la sociedad –me levanté, sonreí y me fui a prepararme algo de comer.
Pude ver que Sara se quedó meditativa, sabía que llevaba tiempo frustrada con su vida, que se aislaba de lo que pasaba a su alrededor. Encima su padre seguro que le decía que afrontara sus problemas conmigo y me dejara. A decir verdad, eran solo suposiciones mías, pero me daba miedo que lo hiciera, no quería quedarme solo, aunque yo también pensaba a menudo en dejarla. Me di la vuelta justo antes de entrar a la cocina y pude ver que ya estaba de nuevo trabajando enfrascada en su ordenador portátil.
* * *
Estaba sentada en el pasillo de la cafetería de la facultad, a unos diez metros del puesto de chuches, junto a dos amigos. Tenían el rollo que me gustaba de aspecto sucio y underground, uno de ellos me resultaba más atractivo, aunque me había liado hacía tiempo con los dos. Una vez que mi abuelo los vio me dijo que su ropa parecía adquirida en un mercadillo de ropa usada tras sufrir un abandono de diez años en un vertedero.
Llevábamos fumando porros toda la mañana, no habíamos ido a ninguna clase. Además, mis amigos estaban bastante borrachos, uno de ellos estaba dormido apoyado en la pared, el otro con la boca abierta y los ojos desenfocados. Yo estaba apoyada en una columna, con la cabeza hacia atrás, el porro en una mano y en la otra un botellín.
Tenía el pelo corto, una media melena, y me había teñido de rubio hacía poco. Llevaba las uñas moradas con dos rastas marrones largas, un labret1 en el labio y un tatuaje de unas rosas con alambre de espino en el hombro derecho. A mi madre no le gustaba cómo iba, pero yo me veía pibón total. A mis pies tenía el móvil con Morodo puesto a todo volumen. A mi alrededor, estaba todo lleno de carteles de nuestra lucha: anarquistas y feministas. La facultad estaba lleva de grafitis y murales; pero, sobre todo, de caos. El decano decía que había mucha suciedad, pero a mí me parecía un desorden bendito.
Hice el esfuerzo de incorporarme en parte para agarrar el móvil, miré la hora y maldije para mis adentros: estaba fumada y era hora de ir para casa. Me levanté con esfuerzo, la cabeza me daba vueltas, y me dirigí hacia el hall, no sin antes saludar a mis amigos del puesto de chuches. Choqué la palma con Patri, la chica con rastas con la cara llena de granos que estaba atendiendo el puesto y continué hacia la salida.
Subí la cuesta hacia la Facultad de Económicas para coger el bus, para pillar el H, que me dejaba en la estación de Renfe de Aluche, desde allí podía llegar rápido a Leganés. El trayecto era más o menos de una hora. Los primeros meses de ir a la facultad, por indicaciones de mi abuelo, llevaba un libro y aprovechaba la hora de ida y de vuelta. Ese año estaba en segundo de carrera y ya me daba pereza, prefería ver vídeos de TikTok o de Instagram, vídeo tras vídeo, el viaje se me hacía un instante.
Iba con la cabeza apoyada en el cristal del autobús mientras miraba mi móvil, de repente, me acordé de algo y sonreí. «Fue gracioso cuando el pollavieja de mi abuelo me cogió el móvil y se metió en Bienestar digital y control parental, casi le da un infarto cuando vio que me metía una media de diez horas al día en el móvil. Menos mal que mi padre pasa de ese viejo y que mi madre está deprimida y no se mete en nada, está demasiado centrada en su amargura», pensé.
Cuando llegué a Leganés Central, a pesar de que todavía estaba un poco atontada, pude ver que unos jóvenes marroquíes empujaban a una vieja, le robaban el bolso y salían corriendo. Agarré el bolso con fuerza y pensé: «Mejor ella que yo». Me encogí de hombros y seguí mi camino hacia casa. Cada vez había más robos por la zona, pero eso mientras no me tocara a mí, no me interesaba en absoluto.
Cuando llegué ya estaba bien, no se me notaba lo que había estado haciendo toda la mañana, solo tenía ganas de llegar y encerrarme en mi habitación. Pero cuando entré por la puerta de casa mi padre estaba esperándome en el salón, el cual se encontraba nada más abrir la puerta. Tendría que hablar con él antes de adentrarme por el pasillo que llevaba a mi habitación, al final del todo.
—¿Qué tal las clases, Alba? –me preguntó.
—Bien, papá. La verdad es que algunas se me hacen durillas, pero siempre aguanto –mentí con desparpajo, tirando mi bolso negro encima de una silla.
—Hoy he tenido que ir al instituto de tu hermano…
—¿En serio? Debe ser la cuarta vez, ¿no? –respondí renegando con la cabeza, haciendo que mis dos rastas cambiaran de lado.
—Pues si te digo por qué ha sido… –Sonrió a medias–. Se ha puesto a discutir con una alumna y con la profesora por el lenguaje inclusivo. Dice que es una tontería sin sentido, en pleno siglo xxi…
—Será machista, seguro que tiene que ver algo en esto el abuelo. El futuro será feminista o no será –dije con firmeza.
—Claro que sí, hija, estoy muy orgulloso de ti. Tú sí que tienes un pensamiento crítico y eres una persona responsable y trabajadora –habló en voz alta para recalcar lo que decía a mi madre, que estaba en la mesa con el ordenador mientras mi padre me pasaba el brazo por el hombro y me apretaba contra él.
Mi madre cerró el portátil y tras soltar un soplido a modo de reniego se dirigió a encerrarse a la habitación, ya había tenido demasiado por un día. No quería iniciar una discusión.
Me zafé de mi padre y me marché a mi habitación a seguir mirando las redes sociales y a ver una película. Pasaba de hacer ejercicio ni esfuerzos físicos de ningún tipo, excepto los relativos a follar, del resto pasaba.
* * *
Mi abuelo Pepe llegó sobre las cuatro de la tarde, debió entrar con su llave, pues no le oí llamar. Iba con una camiseta apretada, marcando brazo. Tenía el pelo canoso, pero aún tenía porte guerrero, medía uno noventa. En su juventud había sido boxeador, peso pesado, y tras retirarse, entrenador. Tenía un gimnasio pequeño en la Avenida de la Mancha. Se había dedicado toda la vida al deporte. Ese era el motivo por el que seguía fuerte y en forma a pesar de tener sesenta años. Su mujer, mi abuela Leonor, murió a los pocos años de tener a mi madre. Ante la falta de figura materna, se crio en un ambiente de veladas de boxeo, entrenamientos espartanos y gimnasios. Por ese motivo, acabó estudiando nutrición, además de competir en boxeo durante muchos años. Llegó a ser campeona de España de la WBC en 2015. Lo cual a mí me llenaba de orgullo.
—Buenas, familia. ¿Cómo estáis? ¿No salís a recibir al abuelo Pepe? –saludó a gritos nada más pasar la puerta.
Fui a salir de mi habitación, pero mi padre se interpuso y me mandó volver a su interior.
—¿Se puede saber por qué no dejas que mi nieto venga a saludarme, Ramón? –preguntó el abuelo con tono osco y seco.
—Porque está castigado por crear problemas en el colegio –respondió mi padre intentando ponerse firme y agravando de forma ridícula su voz.
—Deja de hacer el tonto, Ramón. –Le miró con una mezcla de ternura y pena–. Podrá estar castigado, pero cómo no vas a dejar que salude a su abuelo.
—¡Esta es mi casa y aquí mando yo! –gritó dando un respingo y dejando escapar un gallo.
El abuelo sonrió y se acercó a escasos centímetros de la cara de mi padre. Sin levantar la voz, prácticamente en un susurro, pero de forma amenazadora, le contestó casi al oído.
—Esta también es la casa de mi hija, Ramón. Como vuelvas a hablarme así, te voy a agarrar, te voy a arrastrar fuera y te voy a enseñar los modales que tus padres no te dieron. ¿Me has entendido, pequeño petimetre? –Tras hablar le dio una toba con el dedo índice en el pecho.
La cara de mi padre se había descompuesto, su rostro se puso pálido; lo intentó, pero no consiguió tragar saliva. Quería echarlo, pero se arriesgaba a que le pegara un tortazo y a hacer el ridículo. El abuelo respiró profundamente y se giró hacia el pasillo. Mi madre, que había oído todo, no se movió de la cama, no quería problemas con nadie. Sin embargo, mi padre se fue a su habitación sin mediar palabra, indignado a quejarse.
Antes de que el abuelo pudiera llegar a la puerta de mi habitación, yo me había quedado frente a ella, viéndolo todo sin volver a su interior, salió de la suya Alba, que era contigua.
—¡Maldito cromañón! Respeta a mi padre –le espetó gritando, roja de furia y con los brazos hacia atrás con los puños cerrados–. Ya que él no te lo dice te lo voy a decir yo. Eres una maldita mala influencia para David, eres un machista de mierda. No me extraña que estés contra el lenguaje inclusivo si eres un viejo patriarcal que pertenece a otra época.
El abuelo sonrió a modo de respuesta.
—Eres un facha de mierda y un machista –le señaló Alba con el índice de su mano derecha.
—Siempre será mejor eso que ser una hippie drogadicta y alcohólica. ¿Qué crees, que los chavales del barrio que van a mi gimnasio no te conocen y no vienen a contarme a lo que te dedicas? –preguntó con una sonrisa sardónica–. Si quieres, te adivino cómo van a ser tus notas este semestre. Yo con tu edad estaba trabajando y viviendo fuera de casa, tú eres un niñata consentida y mimada que depende de otros para vivir. Encima, para desperdiciar tu vida, ya que los estudios no te los vas a sacar.
Alba se puso roja y empezó a respirar con fuerza mientras miraba fijamente con un odio exacerbado al abuelo. De repente, rompió a llorar.
—¡Eres un fascista de mierda, viejo cabrón! Me está dando un ataque de ansiedad por tu culpa. –Tras gritar, se tapó el rostro con ambas manos y corrió a su habitación dando un sonoro portazo.
Se oía discutir a mis padres y sollozar a Alba desde sus respectivas habitaciones. Al abuelo no le importó. Me dio un toque en el brazo y señaló el cómic de Spawn que yo llevaba en la mano y que no había ni soltado desde que llegó para no perderme un solo detalle.
—Buen cómic, chaval –señaló con una sonrisa.
—Buenas, abuelo. Me alegro mucho de verte –respondí abrazándole.
—Ya imagino, ya. Entiendo que te alegres –rio con fuerza.
Cuando nos separamos continuó hablando:
—¿Vamos a dar una vuelta o qué? Si esperamos lo mismo pierdes la oportunidad. Ya tendrás tiempo para los castigos de tu padre luego. Ahora está ocupado discutiendo y dando la murga a tu madre.
—Claro, abuelo. Vámonos rápido.
Nos fuimos sin hacer ruido, salimos a la plaza y caminamos por la calle peatonal donde mi padre tenía la librería. No tardaría en volver al trabajo, debería haber abierto a las cinco de la tarde, pero con todo el lío que habían tenido suponía que abriría a las seis, por lo que no perdimos el tiempo y continuamos andando hacia la Universidad Carlos III.
El campus tenía una zona agradable donde la gente iba a pasear a los perros. Era un buen lugar para sentarse en un banco o en el césped a charlar de forma tranquila. El motivo para no alejarnos mucho no era otro que la posibilidad de que mi madre nos llamara para que yo volviera a casa. Si por el abuelo hubiera sido habríamos ido a Polvoranca. Era uno de sus lugares favoritos.
* * *
Llegamos juntos al campus, entramos por la parte de abajo, por donde está la guardería El Sol. Nada más entrar nos saludó amablemente el guardia de seguridad, se llamaba Luis y conocía al abuelo de toda la vida. Avanzamos hacia el banco preferido de mi abuelo, estaba situado a la derecha junto a las hileras de columnas. Eran bancos anchos, bastante compactos y relativamente cómodos.
El abuelo entrecerró los ojos mirando hacia las columnas, vio que habían pegado nuevos carteles, apretó el paso de forma acelerada hacia ellos y se detuvo en seco enfrente de unos de color rojo.
—Putos trotskistas de los cojones, putos hippies progres –renegó mientras procedía a arrancarlos todos con furia.
Yo me encogí de hombros y riéndome me puse a ayudar a mi abuelo con su labor de limpieza. Un señor nos miró extrañado, pero cuando mi abuelo se dio la vuelta con cara de pocos amigos se puso a disimular y siguió con sus cosas. Cuando terminamos fuimos a tirar los restos arrancados a la papelera más cercana y nos sentamos en nuestro banco habitual.
Nos pusimos mirando hacia la explanada, dando la espalda a las columnas. En el césped estaban jugando y correteando unos perros mientras sus dueños hablaban tranquilamente entre ellos. Un husky corría junto a un podenco, mientras un carlino respiraba con dificultad con una entrañable sonrisa en su cara. A mí siempre me habían hecho mucha gracia este tipo de perros, me daban ganas de cogerlos en brazos.
—Bueno, qué, chaval –me sacó del ensimismamiento mi abuelo–. ¿Me vas a contar ya por qué se ha liado tanto en tu casa?
Levanté media sonrisa y miré al horizonte con las manos entrelazadas.
—Tuve una discusión en clase con una compañera feminista petarda y se puso a llorar. Se metió la profesora y me acabé peleando con ella también.
—¿Un debate sobre qué? –Mi abuelo estaba intrigado. Se le notaba en la tensión en las manos y por las cejas levantadas.
—Sobre feminismo, inclusividad y esas mierdas. ¿Te puedes crees que la profesora dobla los géneros y que se equivoca la mitad de las veces? El otro día hizo como Maduro y dijo «millonas»…
Reímos a carcajadas.
—Menuda mamarracha. Entonces por lo que cuentas peleaste por tus convicciones hasta el final.
—Hasta que me echaron de clase. –Los dos volvimos a reír. El abuelo me pasó el brazo por encima del hombro.
—¿Te pusiste a insultar o a gritar? –preguntó enarcando una ceja.
—No, solo al final cuando se puso a gritar ella porque no daba pie con bola.
—Muy bien, ese es mi nieto. En la vida hay que pelear por lo que uno piensa y cree. Vivimos en una época líquida, donde todo es efímero, de decadencia moral, individualismo y consumismo enfermo. Ya no quedan hombres de valores, con principios y con honor.
—No me gusta la gente sin valores, abuelo.
—¡Ay, David! –me respondió riéndose–. La sociedad está destruida. Yo creo en la humanidad y en el progreso. –Miró unos segundos al frente echado hacia delante con los codos apoyados en los muslos y sujetando su cabeza con las manos–. Con gente como tú cómo no vamos a conseguir cambiar las cosas. –Se enderezó y me dio una palmada cariñosa en la espalda–: Es imposible. Tienes que tener una actitud positiva, ¿qué te digo siempre sobre las dificultades de la vida?
Pensé un segundo y contesté:
—Pues que hay que afrontarlas, que hay que seguir peleando…
—Eso es, rendirse no es una opción –respondió mirándome y sonriendo.
Pasados unos minutos sonó mi teléfono, era mi madre. Quería que volviera a casa, no quería que la situación se quedara así, detestaba los conflictos familiares de siempre. Me despedí de mi abuelo, que se negó a volver a casa ese día para no afectar más a la tranquilidad de mi padre, y me encaminé por donde había venido hacia la Plaza de Navarrevisca. El abuelo fue tranquilamente andando hacia su gimnasio.
1. Tipo de piercing situado justo debajo del labio, por encima del mentón.
Obsesión
Hacía calor, el sol era de justicia, pegaba con fuerza aquella tarde en Leganés. Además, no había ni la más mínima brisa que mitigara las altas temperaturas que se sufrían en aquellos días. La gente decía a modo de broma Me gusta Leganés por lo fresquito que es. Estaba achicharrándome, el camino desde el Legafitness hasta el Bar Salvador me estaba haciendo volver a sudar, me había duchado para nada. Me entretuve entrenando de más y mi amiga Verónica debía de estar subiéndose por las paredes.
Mi amiga estaba en la terraza del bar, con las piernas cruzadas y oscilando levemente el pie de la pierna derecha. Iba con un vestido blanco ajustado, corto y con sandalias con unos tacones demasiado altos. Tenía complejos con su altura, y con otras muchas cosas. Los tapaba, o lo intentaba, con un estilo excesivo, y dándole gran importancia a lo artificial: pechos operados, ácido en los labios, bótox y dos operaciones de nariz. Cuando me acerqué, mi amiga estaba enfrascada con el móvil.
—Buenas, Verónica. Perdóname por la tardanza –dejé la bolsa de entrenar a un lado de la mesa y me senté enfrente.
—Uy, ni me había dado cuenta. –Sonrió mientras se quitaba las gafas de sol, se peinaba su pelo rubio hacia detrás y dejaba el móvil sobre la mesa–. Estaba entretenida con el Tinder.
Sonreí y me crucé de brazos.
—¿Cuántos van esta semana? –pregunté riéndome.
—Dos chicos y dos chicas –contestó Verónica volviendo a coger el móvil.
—Y eso que solo estamos a viernes –sentencié riéndome.
—Ay, chica. ¿Qué quieres que haga? No puedo evitar gustar –respondió acariciando con las manos de arriba abajo su torso mientras sonreía.
—¿No crees que el ritmo de uno por día es algo excesivo? Quizá deberías ser más selectiva y relajarte un poco, vas a acabar con una adicción. –Pensaba firmemente que mi amiga tenía una grave adicción y que lo hacía de forma compulsiva para tapar sus carencias.
—Anda, anda. Simplemente no me gusta repetir. –Hizo un gesto con la mano quitándole importancia–. No hago daño a nadie con esto. Lo dices de una forma que me da que pensar que te gustaría hacerlo a ti. ¿Te aburres mucho con Ramón o qué?
Pegué un respingo. La verdad es que no me iba muy bien con Ramón en ese ámbito, pero lo que hacía Verónica me repugnaba. Era un consumo enfermizo de cuerpos, tenía más de 40 años y seguía actuando como una veinteañera. Estaba sola, no tenía hijos y vivía en un pisito pequeño en Zarzaquemada junto a sus tres gatos.
Aunque se hacía la dura se ponía muy mal cada dos por tres porque iba a acabar sola. ¿Cómo iba a encontrar pareja si no paraba de acostarse con gente de forma frenética? A Enrique, su exnovio, le engañó cientos de veces en los cinco años que estuvieron juntos. Encima, ella hablaba mal de él e iba diciendo que lo habían dejado porque él se portó mal. Surrealista. Sentía pena cuando la miraba.
—En realidad quiero echarme novio, pero no encuentro a nadie desde que lo dejé con Enrique. Tendré que probar para conocer a alguien, ¿no? –preguntó Verónica.
—¿No deberías intentar conocer a una persona y no probar tanto? –respondí torciendo el gesto.
—Qué va, qué va –respondió Verónica agitando la mano derecha–. Si no conozco a gente reduzco oportunidades. Hay que probar, necesito encontrar a alguien que esté a mi nivel. Lo que pasa es que a estas edades que tenemos es más difícil, el mercado está muy mal. Los buenos ya están cogidos.
—¿Por eso te acuestas con gente casada?
—No –rio–, eso lo hago por puro placer. Es algo que me pone –respondió con una sonrisa pícara.
—Te ponen unas cosas… Estás con un fomo2 importante. Deberías rebajar las expectativas y portarte bien.
—Siempre me he portado bien, ¿lo dices por Enrique? –respondió nerviosa, frunciendo el ceño.
—Sí…
—Con él me porté bien –me interrumpió hablando de forma acelerada–. No sé por qué siempre sales con eso.
—Enrique era perfecto para ti y le engañaste muchas veces. Me cae genial.
—Eres mi amiga, sabes –respondió inclinándose hacia delante y señalándome con el dedo índice–. No puede caerte bien, me hizo mucho daño.
Suspiré de forma pesada y miré hacia otro lado. Verónica bebió un trago largo de su cosmopolitan, renegó con la cabeza y se quedó unos segundos callada. A los pocos segundos empezó a surgir la otra Verónica, a veces parecía bipolar.
—Joder, tía. Hablo contigo y me pongo mal. Al final me voy a quedar sola. –Mientras hablaba no paraba de sonar el sonidito del Tinder.
—Deberías tomarte las cosas con más calma y quererte un poco más a ti misma, ya no tenemos veinte años…
Paré de hablar cuando vi con horror que Verónica no me estaba atendiendo, ya que un par de chicos, en un grupito junto a la puerta del bar, nos estaban mirando. Debían de tener veintitantos. Pasó lo inevitable. Verónica empezó a mirarlos cada dos por tres y a sonreírles. Era cuestión de segundos que se acercaran a hablar con nosotras.
—Tía, van a venir a hablarnos –dijo Verónica mirando fijamente a mis ojos, removiéndose en la silla, inquieta y excitada–. Yo me quedo con el alto y tú con el rubio de la barba.
—Verónica, estoy casada. Deja de decir tonterías. ¿No puedes quedarte un rato con tu amiga sin estar ligoteando con alguien? No nos vemos desde hace más de una semana…
—Ay, chica. Hay que aprovechar las oportunidades. ¿Por qué no te desmelenas y disfrutas un poco de la vida? Están buenos.
La verdad es que estaban buenos, no lo negaré, pero eran unos niñatos y, ¿qué coño?, estaba casada, me repugna la gente que se dedica a engañar. Yo soy una mujer de honor, no iba a perderlo por nada del mundo. Me daba igual que no estuviera bien con Ramón. Renegué con la cabeza, miré a Verónica a los ojos y di un golpe a la mesa con la mano abierta.
—¡Para ya, Verónica! Me tienes harta de que priorices estas mierdas a nuestra amistad. Si te vas a poner a ligotear me voy –sentencié haciendo amago de levantarme–. Estoy casada, yo no engaño a mi marido. Para de una vez.
—Eres una mojigata, Sara. Te vendrá bien un poquito de diversión. Nadie se va a enterar y además a saber lo que hará Ramón cuando no estás tú.
Se me torció el gesto, estaba a punto de explotar y montar una buena a Verónica cuando vi que subiendo la calle venía mi padre. «Mierda, lo que me faltaba», pensé. Anulé mi enfado con Verónica y comencé a preocuparme por el bullying que nos iba a hacer, y más si se acercaban los chicos, lo cual era inminente.
Llegaron casi a la vez, los dos chicos se acercaron y Verónica, que aún no había visto a mi padre, estaba desplegando todos sus encantos. No sabía dónde meterme, mi padre estaba en la recta final hacia nosotras.
—Buenas, chicas. ¿Qué tal estáis, guapas? –preguntó el chico alto y moreno con un tono un tanto creído y repelente.
Además de ser unos cutres nos entraban de aquella manera… A Verónica parecía que le daba igual que fueran así de simples, a mí me dieron un poco de grima.
—Hola –saludó Verónica con voz seductora y dulce y levantándose para darles dos besos. Se presentó y me señaló para hacer lo propio.
Antes de que pudiera reaccionar, Verónica me estaba haciendo gestos para que fuera de nuestra mesa a la de ellos. No me levanté para darles dos besos, pues ya llegaba mi padre.
—Siento interrumpir, pero a pesar de que su marido no es que me caiga especialmente bien –me señaló con el dedo–, he de decir que esta señorita está casada. Así que, si podéis dejarla en paz, os lo agradecería –habló mi padre, Pepe, con su característica voz fuerte, ronca y varonil.
No hubo discusión alguna. Mi padre tenía sesenta años, pero seguía dando miedo. Tenía tatuado el brazo derecho hasta la muñeca, y a pesar del avance insondable de las canas seguía aparentando bastante menos edad de la que tenía.
—Vale, vale –respondió el chico alto–, no lo sabíamos. –Levantó ambas manos abiertas a la altura de su pecho, se dieron la vuelta y volvieron a la mesa junto a la puerta del bar.
Mi padre sonrió de forma sardónica y tomó asiento en nuestra mesa sin parar de mirar mal a los dos chicos.
—José, nos has fastidiado el ligue –dijo Verónica con el ceño fruncido y con aspereza.
Mi padre me miró antes de contestar, no supe muy bien por qué. Ambos sabíamos que iba a decir alguna barbaridad y que poco importaba lo que yo pensase al respecto.
—¿Comprendes el concepto de estar con alguien, bonita? –El «bonita» fue pronunciado de una forma que pareció una puñalada–. No, no respondas, es una pregunta retórica –le cortó antes de que pudiera contestarle.
Verónica ni contestó, le clavó una mirada asesina a mi padre y se levantó al baño para hacer tiempo y evitar así contestar mal. Sabía que no tenía nada que ganar, mi padre la humillaría dijera lo que dijera, era una batalla perdida. Se conocían desde hacía treinta años.
—No sé cómo te sigues llevando con esta chica. No tiene nada que ver contigo, y lo sabes –me recalcó mi padre sin miramientos de ningún tipo.
—Papá… es mi amiga desde la infancia. –Me encogí de hombros y renegué con la cabeza intentando abroncarle. No dio resultado.
—¿Y qué? Lleva sin tener que ver nada contigo desde hace veinticinco años. Enseguida empezó a torcerse. ¿Cuándo has estado tú obsesionada con gilipolleces como ella? –Señaló hacia la puerta del bar por donde había desparecido y no pudo evitar resoplar cuando vio que se había quedado con los chicos que él había espantado–. Lo ves, está enferma, es una petarda, lo que le hace falta es ir al psicólogo y que la ayuden.
Quería defender a mi amiga, pero cuando vi que se despedía desde lejos y se iba con el chico alto, desistí. Llevaba tiempo sin verla y se iba así, a la mínima de cambio, a hacer algo que, para su desgracia, hacía todos los días. Esa misma noche Verónica volvería a llamarme para contarme su aventura y, en un par de días, otra vez para quejarse de que habían pasado de ella y para volver a repetir que se iba a quedar sola.
—¿No podrías presentarle a alguien del gimnasio o de tus rollos para ver si conseguimos que siente la cabeza? –pregunté acariciando el hombro de mi padre.
—Ni muerto. ¿Para que le arruine la vida a alguno de los chavales? Paso. Antes de que se aleje cien metros ya estará engañando a quien sea. La gente como Verónica está destinada a acabar sola tras dejar un cementerio de cadáveres emocionales. No pienso colaborar en ello. Es una viboreja.
—¡Papá! Es mi amiga –respondí elevando la voz.
—¿Y qué? Sabes que es la verdad. Deberías alejarte de ella. Te pone la cabeza como un bombo. ¿Y para qué? No te compensa.
—Bueno, cambiando de tema. ¿Cuándo vas a pasarte por casa?
—¿Crees que es buena idea estando como estás con Ramón? –Mi padre me miró levantando una ceja.
—¿Qué más da, papá? Ven a ver a los niños –respondí con gesto y tono serio.
—Con el chaval ya quedo y tu hija no me quiere ni ver. Soy un viejo facha y tránsfobo.
—Si tú eres facha entonces qué serán los demás…
—Pues sí, hija. Eso digo yo. Pero tu hija está muy perdida –respondió con pena en la voz y lanzando un suspiro final.
—Lo sé, por eso quiero que la veas. Quiero que seas igual de perseverante con ella que lo que lo fuiste conmigo.
—Tarea difícil, eh.
—Eso nunca te ha acobardado, papá.
Nos abrazamos y nos reímos. Mi padre se empeñó en pagar la cuenta y me marché a mi casa dando un paseo atravesando la universidad.
* * *
Cuando llegué a la Plaza de Navarrevisca había una trifulca en la esquina, en la terraza del bar de Yuan, el chino que regentaba el mismo. Dos chicos marroquíes estaban a la gresca con los borrachos del bar. El último mes habíamos sufrido más de diez robos y varias peleas en la zona. El barrio se estaba marginalizando por momentos. Cuando era pequeña era un barrio obrero tranquilo, es cierto que en la plaza del monumento a las Brigadas Internacionales había yonquis desde los ochenta, pero no había más problemas. Seguía habiendo yonquis, pero hacía ya bastantes años que el barrio de Batallasya no era el mismo. Teníamos una gran concentración de inmigración, sobre todo marroquí y senegalesa, y digamos que ni se habían integrado ni tenían intención de hacerlo.
Por lo que me contaron con posterioridad, la pelea fue originada debido a un intento de robo a uno de los vecinos. Los borrachos del bar se metieron y los dos chicos marroquíes no se lo tomaron bien, iniciando la pelea. Qué pereza me daba todo, la policía no tardó en llegar y a golpe de porra restablecieron el orden. Detuvieron a los chicos marroquíes por robo, pero ya sabíamos todos lo que iba a terminar pasando: nada de nada. Los soltarían al día siguiente, si no antes.
Me dirigí a casa con resignación, abrí a puerta del portal y de allí directa al bajo D. Entré como siempre, sin hacer ruido. Dejé las llaves y la bolsa en el armarito del recibidor y me dirigí a la habitación que compartía con Ramón. Antes de llegar, abrí la puerta del despacho para saludar. No me lo podía creer. En el ordenador estaba Ramón, que reaccionó de forma frenética subiéndose los pantalones mientras cerraba la ventana del explorador. No hizo nada bien, tenía medio pene fuera y me dio tiempo más que de sobra a ver qué estaba viendo antes de que consiguiera cerrar la ventana. Se puso rojo como un tomate, se recolocó la ropa e intentó hacer como si no hubiese pasado nada.
—Eh, hola, cariño –intentó normalizar la situación.
No dije nada, renegué con la cabeza frunciendo el ceño y me fui, cerrando con fuerza la puerta. Avergonzado, Ramón tardaría en salir de la habitación. Llevábamos fácil más de tres semanas sin acostarnos, lo cual se me hacía toda una eternidad. Por otra parte, la calidad de nuestras relaciones había ido bajando y bajando. Me estaba empezando a hartar, además, era como la cuarta vez que le pillaba viendo porno sin yo querer hacerlo bajo ningún concepto. Simplemente la casa era pequeña, y él estaba adicto, consumía todos los días pornografía, varias veces al día, según llegó a confesarme una vez. Desde que estaba todo el día con el porno bajó el número de relaciones sexuales y la calidad de las mismas. Para colmo, una vez intentó convencerme de que veía porno feminista y que así no se sentía mal. «¿Porno feminista? ¿Qué coño es el porno feminista?», pensé. No quise ni que me lo explicara. Pasé del tema.
De seguir así no iba a acabar bien la cosa, llevaba tiempo pensando que Ramón debería de ir al psicólogo, llevaba varios años absorbido por las compañías que frecuentaba, no eran una buena influencia. Los amigos que había hecho en los últimos años por el trabajo eran gente extraña, drogadictos pseudointelectuales, bohemios y modernos que le metían ideas extrañas en la cabeza. Antes no era así, pero desde hacía un tiempo pensaba y defendía cuestiones que antes hubiera rechazado de pleno. El día que vino a intentar convencerme de la importancia de abandonar el binarismo en la especie humana casi me dio algo. Se había convertido en un hombre atormentado, acomplejado y que seguía las tendencias de sus nuevos amigos. De seguir así, no íbamos a acabar bien, nada bien.
* * *
Eran más de las doce de la noche cuando mi teléfono comenzó a vibrar. Ramón me miró con mala cara y siguió viendo la televisión refunfuñando para sus adentros, estábamos a punto de irnos a dormir en el salón, viendo una serie de policías en Netflix. Tampoco es que a mí me entusiasmara, así que cogí el teléfono y salí de allí rumbo al baño para poder hablar con privacidad. Los niños estaban en sus respectivas habitaciones, dormidos o a punto de estarlo.
—Es un poco tarde, Verónica. ¿Ha pasado algo? –pregunté con voz cansada y con resignación.
—Claro que ha pasado, vaya que si ha pasado –respondió con voz alegre y hablando rápido–. Te llamo para contarte lo de esta tarde.
