9,99 €
Hace un tiempo infinito, en algún momento del olvidado siglo XXI, la historia cambió para siempre, cuando se consumó una revolución anticapitalista de cuerpos, sonidos y lenguajes subalternos. De aquella época, la mitología popular apenas recuerda hoy la leyenda del misterioso trovador cuyo dulce canto transformó el mundo. Se llamaba Yung Beef. Aunque escasean las evidencias de su existencia, estos nueve cantares bucean en ellas para desentrañar el sentido de una figura que encierra todas las angustias y esperanzas de un momento clave en nuestro planeta.
Das E-Book können Sie in Legimi-Apps oder einer beliebigen App lesen, die das folgende Format unterstützen:
Seitenzahl: 92
Veröffentlichungsjahr: 2024
Primera edición: marzo de 2024
© Del texto: Manuela Buriel Ramo, 2024
© De esta edición:
H&O Editores
www.hyo-editores.com
Imagen de la cubierta: Ariadna Goñi Tràfach y Gemma Sábado Adell
Diseño de la colección: Silvio García-Aguirre López-Gay
Maquetación: Fotocomposición gama, sl
Corrección: Guillermo Pérez Ortiz
ISBN: 978-84-128089-8-8
Todos los derechos reservados. Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, y el alquiler o préstamo público sin la autorización por escrito de los titulares del copyright, salvo las excepciones previstas por la ley.
A Simón y Alicia, por aquella noche de febrero del 2016 en la que me llevaron a ver a Yung Beef
Presentación
La palabra yung puede significar muchas cosas con arreglo a su etimología. La forma japonesa de este nombre refiere libertad, acción por la paz, hermoso, sauce llorón. Además, puede entenderse como abreviación del vocablo young, o sea, joven en el antiguo inglés. Beef, por su parte, también posee una extensa polisemia. Originalmente entendido como carne de res, en las urbes de principios del siglo veintiuno pasó a utilizarse para expresar un ataque verbal con el que humillar a un trovador enemistado. A través de todas estas significaciones comprendemos mejor las virtudes con las que nuestro Yung Beef existió, hará cosa de seis siglos.
Los archivos horizontales con los que contamos acerca del cantante escasean. Apenas un millar de vídeos, otros pocos audios, unas cuantas páginas de un manga que debió de dedicársele, un cancionero. Mucho más ricas son las voces heredadas, que cuentan y celebran sus fortunas. Estas nos dictan que fue un ser en perpetua juventud, libre, bello, de rostro lloroso, que se alió con seres subalternos, inertes y de granja, dedicando diatribas con su lengua de rata a todos aquellos que se alzaran contra la calle.
Nueve merecidos cantares le dedica entonces este trovador vertical, para evocar la memoria de Yung Beef y así su figura pueda guiarnos en nuestro caminar.
Cantar a la Imagen
La oscuridad impregnaba el templo. Los fieles, en un arrebatado silencio, inspeccionaban las sombras en busca de su silueta. Si callaban era con la esperanza de acentuar el sentido de la vista. Al entrar habían descubierto el altar desierto, sin rastro de altavoces ni demás instrumental electrónico; en el centro del templo, una gran jaula metálica de barrotes negros. Era dentro de la jaula donde se hallaban los aparatejos propios de un recital. Por este motivo, bajo la imponente oscuridad, no sabían hacia dónde mirar, les resultaba imposible predecir por dónde haría su aparición Yung Beef. Algunos, por la fuerza de la costumbre, se encaraban al desierto altar; otros no quitaban ojo a la jaula central; también había quien inspeccionaba el techado industrial o la balconada que asomaba desde el piso superior.
De los que allí estuvieron, muchos aún no lo habían visto en persona. Estos apenas lo conocían por tres reportes videográficos que, saltando de un dispositivo informático a otro, habían expandido su imagen por toda la península. El primer registro lo mostraba quieto, con una pared blanca a sus espaldas, retando con la mirada a la cámara que lo filmaba. Sobre la cabeza, un gorro de pescador. Vestía un abrigo con motivos barrocos y una larga cadena le daba dos vueltas alrededor del cuello. Mientras recitaba su verdad, fumaba un porro y bailaba con las manos. En el segundo testimonio visual, Yung Beef transitaba por el barrio. Vestía una indumentaria de apariencia menos cuidada: camiseta blanca sin mangas y calzones anaranjados. En algunos momentos, una máscara le cubría la cara a la manera de un guerrillero revolucionario. Las imágenes mostraban diferentes rincones de su vecindario, mientras él los rondaba subido a un patinete eléctrico que le permitía deslizarse sobre el asfalto como un espíritu futurista. La tercera videografía resultaba aún más fantasmal. Aquí, Yung Beef vestía de luto, con una larga chaqueta negra que le caía hasta los muslos. Exploraba unas ruinas industriales que, como los vestigios arquitectónicos que en el presente dan cuenta de aquella civilización extinta, se mostraban invadidas por la vegetación: el cemento agrietado por pioneras hierbas, los árboles creciendo a través de las derruidas vigas. El tema se titulaba «27», que era la edad a la que los trovadores del siglo veinte hallaban la muerte; ready pa morir era su subtítulo.
*
Antes que la luz, brotaron los sonidos. Tras varias decenas de minutos esperando en silencio, aquellos primeros beats revolvieron a la muchedumbre. Los cuerpos se agitaron desconcertados, el ritmo que vibraba en el aire se volcó en sus organismos, transmitiéndose los unos a los otros incipientes gestos de una danza de frenético porvenir. Pero de momento contendrían el asalto al baile. Sus músculos, sus pulmones, el meollo de sus huesos, aguardaban en una tensa espera. Giraban sobre sí mismos para captar mejor el sonido, intentando descubrir quién era el responsable. Entonces la vieron, a aquella joven muchacha de cabello púrpura dentro de la jaula manejando las tablas computacionales para hacerlas estallar en una ruidosa melodía creciente. La músico soltó la primera canción; fue como si los amorfos ruidos precedentes, carcelarios a la manera de la jaula diseminadora, cristalizaran al fin en una liberadora melodía. Esta fue recibida con un aullido general, y por unos momentos la masa de fieles se desató para bailar el caos. Nadie reconocía la tonada, imposible saber su autoría o circunstancias, pero la asumieron perfecta, reveladora como un mensaje divino a los pies de un olivo. Sin embargo, pasado el impacto inicial la euforia danzante disminuyó. Se comprendió que todavía no era el momento, que el verdadero arranque de la liturgia estaba aún por llegar, por lo que regresaron al movimiento geológico, sus cuerpos de nuevo como orgánicas placas tectónicas transformantes, frotándose las unas con las otras, acumulando energía de cara al inminente sisma. Serían un millar de personas las que aquel día se reunieron. El estilo de la mayoría procuraba imitar el tipo de vestimentas que hasta la fecha había utilizado el trovador. No era este un tema baladí en el mensaje de Yung Beef. Cuidaba la selección de cada una de sus prendas, también del calzado y demás complementos. A la manera de las imágenes religiosas andaluzas de aquel entonces, que eran embellecidas con telas bordadas, joyas de oro o cabelleras humanas, nuestro joseador acicalaba su persona para amplificar la voz. Comprendía el poder estético en la liturgia; amaba el arte y lo descubría en cualquier manifestación de la vida. En general, solía homenajear las apariencias propias de los barrios empobrecidos que él habitó a lo largo de su vida, pero utilizando prendas llegadas desde las más caras boutiques de moda. Debido a la brutal popularidad que había alcanzado, las marcas corporativas, manejadas por mechas sin escrúpulos, regalaban a Yung Beef cantidades ingentes de sus productos; además, lo convidaban a sus festejos, a sus pasarelas. Intentaban así apropiarse de su imagen, de su novísimo predicamento. Sin embargo, Yung Beef conocía perfectamente estas estrategias culturales, y las manejaba para que los abusados fueran ellos y no él. En su ostentación de aquellas ropas, en la manera de combinarlas y vestirlas, se advertía un signo de victoria de lo pobre sobre los ricos. Igual que las naciones pretéritas ostentaban las cabezas del invasor derrotado empaladas en las estacas del incólume cercado, el trovador exhibía sobre su cuerpo incorrupto las prendas expropiadas.
*
De repente, una silueta trepaba al techo de la jaula. ¿Sería Yung Beef? ¿O alguno de los presentes había osado profanar el tótem metálico allí alzado? La gruesa estructura muscular del recién aparecido, su comedida estatura, descartaba la primera opción. Una vez encima de la celda, un haz de luz lo iluminó por completo. Vestía botas y pantalones militares y un chaleco antibalas sobre el torso desnudo. Portaba un micrófono en la mano derecha. Miraba hacia el gentío, bajo sus pies, como escudriñando el lugar en busca de algún conocido. La infantil sonrisa en su rostro se contagió entre los fieles. Y empezó a berrear acercando el micrófono a sus fauces. Los gritos se unieron a los temas que la muchacha de cabello púrpura continuaba mezclando desde su claustro. Parecía que jaleaba a la multitud, que les inyectaba aún más potencial en sus organismos inmóviles. Aunque resultaba del todo imposible discernir las palabras exactas que utilizaba —debido al marcado acento de procedencia marroquí, la jerga que practicaba y el desgarro de sus alaridos—, todos comprendían la médula del mensaje. Además, los más devotos de Yung Beef debieron de reconocerlo. Se trataba de Hakim, compañero habitual en las andanzas del trovador; uno de sus fieles apóstoles y, al parecer, aquel que se ocupaba de abastecer de drogas a la pandilla. «Somos mierda como el resto de hormigas», cantó entre la muchedumbre uno de aquellos que supieron reconocerlo, creyéndose capaz de descifrar las palabras del agitador. «¡Dale, Brat!», pareció gritar después Hakim. Se dirigía a Brat Star, la muchacha de pelo púrpura que en ese momento inyectaba un ritmo de animeal escenario sonoro que andaba esculpiendo.
En aquellos tiempos, el manga y el anime ya habían trascendido su origen japonés para constituirse en vertebrador lenguaje universal. Todos los ídolos del planeta nacían en las páginas de algún manga. Por esto mismo, no nos ha de extrañar que durante tanto tiempo se creyese que la figura de Yung Beef en realidad no había existido, que su origen era puramente vertical, surgido de las viñetas de un mangahispano. Y, a decir verdad, su imagen tenía mucho de protagonista de historieta japonesa: sus largas piernas siempre enfundadas en estrechos pantalones, desembocando en sendos imponentes pies calzados con coloridas deportivas; su fino y estilizado torso, muchas veces desnudo y sin rastro de vello corporal; su rostro triangular, de angulosa y prominente nariz, con espigados ojos marrones; y los rizos de su cabello, peinados de tantas maneras diferentes. Aquel estrafalario aspecto provocaba que, en el recuerdo, su paso fuera el de un dibujo y no tanto el de un cuerpo de carne. Después, cuando se recuperaron los archivos horizontales que dieron prueba escrita, sonora y gráfica de su verdadera existencia, se descubrió que él mismo fue consciente de tal efecto. Pues, en numerosas ocasiones, Yung Beef hizo acompañar sus apariciones con imágenes provenientes de animesfuturistas, metafísicos o hentai. Como si, en el fondo, asumiera que aquellos escenarios fabulosos constituían su verdadera tierra. Así que la multitud agrupada aquella noche alrededor de la jaula, sobre todo aquellos que jamás lo habían visto en vivo, de alguna manera abstracta lo que esperaba ver aparecer no era un hombre, sino unos trazos animados por mano divina.
*
