Ocultismo Medieval - Xavier Musquera Moreno - E-Book

Ocultismo Medieval E-Book

Xavier Musquera Moreno

0,0

Beschreibung

Los Maestros constructores conocían un saber arcano y misterioso que inmortalizaron en cada rincón de los templos y catedrales medievales. Cuando en la Edad Media se levantaba una catedral, una iglesia o una ermita, se realizaba primero un ritual de purificación, un simulacro de sacrificio que recordaba los sacrificios humanos reales que se realizaban antiguamente con el fin de evitar que el edificio se derrumbara por obra de la fuerza de la Madre Tierra. Toda la construcción y la orientación de los templos estaba basada en saberes ocultos que los Maestros constructores conocían por una tradición oral e inmortalizaban en la piedra, llenas de símbolos y figuras paganas y heréticas. Ocultismo medieval desvela dichos símbolos y su función, envuelta en una función general que consistía en un viaje iniciático desde las tinieblas del pecado hasta la luz divina. Xavier Musquera basa su obra en un profundo conocimiento de los ritos de las logias de constructores, y nos indica la conexión entre constructores y alquimistas sustentada en unos códigos simbólicos presentes en numerosas construcciones medievales. El pentagrama o pentalfa y el hexagrama presentes en culturas precristianas y relacionados con grupos esotéricos, que están presentes en la ermita de San Bartolomé de Ucero en Soria o el Santa María de Azogue en Galicia, edificios que pudieron pertenecer a la Orden del Temple. Pero también estudia la relación de los signos zodiacales, representados alrededor del Pantocrátor o de los apóstoles, con el cristianismo, y la presencia de seres mitológicos, como grifos o centauros, en las iglesias, algunos con orígenes y funciones morales tan desconocidos como las gárgolas. Razones para comprar la obra: - La obra nos detalla los pormenores de la vida de los Maestros constructores, la vida, las costumbres y los ritos de este indudable grupo de poder medieval.

Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:

Android
iOS
von Legimi
zertifizierten E-Readern
Kindle™-E-Readern
(für ausgewählte Pakete)

Seitenzahl: 318

Veröffentlichungsjahr: 2010

Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:

Android
iOS
Bewertungen
0,0
0
0
0
0
0
Mehr Informationen
Mehr Informationen
Legimi prüft nicht, ob Rezensionen von Nutzern stammen, die den betreffenden Titel tatsächlich gekauft oder gelesen/gehört haben. Wir entfernen aber gefälschte Rezensionen.



Colección: Historia Incógnita www.historiaincognita.com
Título: Ocultismo MedievalAutor: © Xavier Musquera
Copyright de la presente edición: © 2009 Ediciones Nowtilus, S.L. Doña Juana I de Castilla 44, 3º C, 28027 Madrid www.nowtilus.com
Editor: Santos RodríguezCoordinador editorial: José Luis Torres Vitolas
Diseño y realización de cubiertas: Universo Cultura y OcioMaquetación: Juan Ignacio CuestaEdición digital: Grammata.es
Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la Ley, que establece pena de prisión y/o multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren, distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio, sin la preceptiva autorización.
ISBN-13Libro electrónico: primera ediciónFecha de Primera edición: Junio 2009
A Jordi Claramunt, a quien el destino convirtió en mi cuñado y la vida en mi amigo. Gracias, Jordi
Agradecimientos
Mi sincero agradecimiento a las personas que incondicionalmente me ofrecieron su amable colaboración al concederme determinadas imágenes que han sido de gran utilidad para la confección del presente trabajo.
A Juan Carlos Rodero y al equipo de la revista Esfinge de Editorial Nueva Acrópolis. A Laura Llopis de Akal Ediciones. A Miguel A. Martín del Círculo Románico y su amabilidad por cederme sus interesantes imágenes. A Encarte Editorial S.L. y su excelente revista Letra y Espíritu dedicada a temas de la Tradición. A Carlos Mª de Luis y sus animadas charlas en Oviedo y por sus dibujos sobre la Geometría Sagrada de las iglesias de su tierra. A la cara amable de Internet que me ha permitido conocer a Juan Carlos Menéndez Gijón, infatigable buscador e impenitente viajero, quien me ha honrado con su amistad y me ha ofrecido incondicionalmente su extraordinario archivo fotográfico. A mi cuñado Jordi Claramunt, quien durante infatigables fines de semana me echó una mano en catalogar y ordenar imágenes e incluso en el montaje de algunas de ellas y finalmente al amigo Juan Ignacio Cuesta, experto en los temas tratados aquí, y cuyo apoyo y colaboración en la maquetación nos permite a todos ofrecer al lector un trabajo que considero digno. Gracias a todos.

Índice

IntroducciónCapítulo 1. SIMBOLOGÍACapítulo 2. ORTODOXIA Y HETERODOXIACapítulo 3. EL LABERINTOCapítulo 4. CLAVES Y RITOSCapítulo 5. CATEGORÍAS DE OFICIOCapítulo 6. MARCAS DE CANTERÍACapítulo 7. LA BAUHÜTTECapítulo 8. LA CRUZADA CATEDRALICIACapítulo 9. PROTAGONISMOCapítulo 10. LA CATEDRAL DEL GRAALCapítulo 11. ASTRO-TEOLOGÍACapítulo 12. GEOMETRÍA SAGRADACapítulo 13. ELEMENTOS SIMBÓLICOSCapítulo 14. SIMBOLISMO ANIMALCapítulo 15. BESTIARIO FANTÁSTICOEpílogoBibliografíaNotas
INTRODUCCIÓN
DESDE UN PRINCIPIO, mucho antes de la historia escrita, el ser humano encontró refugio en la cueva. Mientras desarrollaba su cotidianidad, pronto dicha oquedad se convirtió en un lugar mágico, centro de iniciación, en la que los artistas supieron plasmar en sus paredes rocosas ese día a día pero también ceremonias y rituales. Cuando el hombre pasó del nomadismo al sedentarismo, dando nacimiento a la agricultura, ya poseía un desarrollo de conciencia suficiente para usar el símbolo como representación de sus conocimientos. Conceptos e ideas trascendentes, culto a los muertos y una visón personal de cuanto le rodeaba.
Pronto floreció el Megalitismo. Dólmenes, menhires, cromlechs, sepulcros de corredor y más tarde construcciones ciclópeas fueron el testimonio que nos legaron. La importancia del culto a la piedra se pierde en la noche de los tiempos. El propio Platón utilizó la caverna como arquetipo cósmico y como símbolo ético y moral. Esa cavidad en las entrañas de la tierra representaba el útero o la matriz materna. Para dicho filósofo, la visión de la cueva era como la representación del purgatorio donde la luz solo se percibe como reflejo y los seres solo como sombras, esperando su conversión para la ascensión del alma hacia el mundo de las ideas. Mircea Eliade [1] , consideraba a la cueva como una representación del yo interior y del yo profundo del inconsciente, materialización del Regresus ad uterum.
A imagen del cosmos, el suelo corresponde a la Tierra y su bóveda al Cielo. Para los taoístas, la montaña sagrada de K'uenLuen, centro del mundo, contiene una cueva secreta por la que se regresa al estado primordial antes de la salida hacia el cosmos. En la arquitectura tradicional de la India, cuando el templo se halla esculpido en la roca posee en su interior un stupa, cuyo monumento posee a su vez en sus entrañas, reliquias que son consideradas sagradas. La caverna de Abu Ya'qûb es la caverna primordial, conocida en el esoterismo islámico como Tawîl o regreso a la sustancia central. El Templo de Osiris en Egipto, lugar conocido únicamente por los grandes iniciados, estaba tallado también en la roca y formado por una gran sala que se abría a las criptas subterráneas. Los propios esenios se reunían en una gran cavidad en el interior de la montaña, en la que se encontraba una gran mesa con asientos de piedra. Poseía dos entradas; una para los iniciados y otra para los maestros. En las Escrituras, Génesis, capítulo XXI, versículo 29, el moribundo Jacob ruega a sus hijos para ser enterrado en la «doble cueva» del campo de Efron Hetheén.
Estos enclaves iniciáticos eran el lugar del nuevo nacimiento y de la regeneración. El adepto era recibido, moría en su vida material, abandonaba lo sensible para salir completamente transformado y lleno de una nueva vida, la vida del iniciado. Era una transformación de conciencia, una catarsis, una muerte simbólica y un renacimiento hacia un nuevo estado del ser. Estas tradiciones ancestrales que se llevaban a cabo por la vía de la tradición oral, pronto se vieron relegadas con la imposición de la nueva religión imperante, el Cristianismo. El culto a las piedras se vio combatido por el Concilio de Arles. A pesar de la prohibición, el ser humano siguió con la tradición de sus antepasados. Solo existían dos soluciones: destruir los megalitos o recuperarlos para sí. Algunos fueron destruidos, pero finalmente se optó por la segunda de ellas. Se esculpieron cruces, se construyeron iglesias en sus cercanías e incluso encima de ellos. Prueba evidente de su sacralidad.
Con el paso de los siglos, ermitas, iglesias y catedrales, éstas últimas en época de máximo apogeo de la Edad Media, conservaron en su iconografía aquellos conceptos considerados secretos, ocultos, procedentes de ceremonias, ritos e iniciaciones ancestrales que quedaban en la memoria del acervo popular y que las nuevas imposiciones eclesiásticas no lograron borrar con sus dogmas y credos. Los templos venían a tener el mismo significado ancestral. El suelo enlosado era la Tierra y las nervaduras, contrafuertes y demás elementos arquitectónicos que sostenían la bóveda representaban al Cielo.
Los lugares llamados actualmente «de poder», en el que confluyen las denominadas fuerzas telúricas y que estudia la moderna Geobiología [2] , poseen una larga tradición como enclaves sagrados en los que el hombre unía la tierra con el cielo y que aparecen en todos los pueblos y culturas del planeta. Pinturas y grabados de todos los tiempos han representado esas fuerzas que el ser humano ha aprovechado para ir en pos de su trascendencia y en las que erigió megalitos, templos, y más tarde, con el paso de los siglos, ermitas, iglesias y catedrales.
Corrientes de aguas subterráneas, fuentes, manantiales, cuevas prehistóricas, castros y un sinfín de asentamientos humanos se edificaron en estos enclaves o en sus cercanías, aprovechando esas fuerzas de la Madre Tierra, denominadas como las venas del dragón por el Feng Shui o Wouivres por los celtas. Fuerzas que empiezan a ser investigadas actualmente y con resultados sorprendentes.
El presente trabajo pretende efectuar un recorrido por esos conocimientos que provienen desde la más remota antigüedad y a los que solo algunos tuvieron acceso y conservaron, plasmándolos en sus obras de forma velada y alegórica, conceptos e ideas trascendentes, usando el mundo de los símbolos como medio de transmisión. Universo apasionante donde los haya, complejo y fascinante, pues para poder penetrar en él hay que adentrarse en las profundidades del alma del ser humano con sus miedos y temores, pero también con sus esperanzas de trascendencia.
Precisamente es en la Edad Media, con la aparición del Románico y posteriormente con el Gótico, cuando se produce una eclosión iconográfica, herencia de los maestros constructores, que nos permitirá ir descubriendo cómo dichas representaciones esculpidas en la piedra guardan conocimientos que poseen distintas interpretaciones y lecturas. Las propiedades del símbolo residen en que éste posee múltiples significados que alcanzan todos los niveles de conciencia, más allá de lo obvio y aparente. Para algunos, la observación de un capitel arbóreo será un ornamento más con el que embellecer el edificio, en cambio para otros, será la representación del Árbol de la Vida o el Árbol del Bien y del Mal. Cada cuál recibirá la información correspondiente a su nivel de comprensión.
Por estas páginas desfilarán todo tipo de imágenes: zoomorfas, antropomorfas, vegetales, figuras geométricas y ornamentos de diferentes estilos. Un amplio compendio de interpretaciones y significados que fueron utilizados desde el punto de vista gnóstico, astrológico, alquímico o cabalístico. Algunas de dichas imágenes claramente evidentes nos darán una información literal, otras, mucho más confusas, estarán indicándonos que guardan conceptos más profundos que únicamente nosotros seremos capaces de percibir con nuestras dotes de observación adquiridos a lo largo de nuestra andadura.
Espirales y laberintos prehistóricos, que pueden contemplarse en los petroglifos de Galicia, Canarias o en el Nuevo Mundo, fueron utilizados a través de milenios por el hombre, como modo de expresión del recorrido iniciático para alcanzar la meta trascendente y que siguieron representándose en las catedrales medievales como símbolo del camino de peregrinación a Tierra Santa o como itinerario espiritual para alcanzar la Jerusalén Celeste.
Recorrer estas páginas será como efectuar un viaje en el tiempo que nos llevará brevemente desde los albores de las primeras expresiones artísticas hasta la Edad Media, en la que la historia, el mito y la leyenda se entremezclan para ofrecernos los conocimientos de aquella época, procedentes de un pasado remoto que se remonta al despertar del hombre a la conciencia y a su devenir trascendente.
Esta andadura estará acompañada por un específico y breve Glosario al final del volumen que tendrá como finalidad ofrecer al lector una síntesis concreta de los símbolos básicos que pueden aparecer en su búsqueda y que posiblemente le serán de utilidad para sus observaciones.
En definitiva, una andadura que nos permitirá desvelar los posibles conocimientos que yacen en la mudez de la piedra y que duermen un sueño de siglos, esperando a que el buscador de verdades trascendentes desvele sus secretos.

Capítulo 1 SIMBOLOGÍA

EL ESTUDIO ETIMOLÓGICO DE LA PALABRA SÍMBOLO procede del griego sumbolon, derivada así mismo del verbo sumballo que significa unir o juntar. Resulta muy significativo, para el tema que nos ocupa, tener constancia de esta búsqueda de unión del hombre con esa realidad formada por lo físico y lo metafísico. El ser humano era completo en un principio, antes de quedar «roto» por la «caída», y ello ha motivado que su objetivo final sea el de reunificar, unir las dos partes, la material y la espiritual, en un todo renovado regresando a su estado primordial.
Desde las escenas pintadas en las cavernas prehistóricas hasta el logotipo o marca de moda, el ser humano ha hecho uso del símbolo. Éste transmite información al presentarse con un aspecto y unas características propias que permiten su rápida identificación. Además, existen signos que poseen contenidos y significados ocultos que pueden transformar a aquél que capta y comprende su mensaje. Se trata de signos que han llegado hasta nuestros días desde la más remota antigüedad, en ocasiones perdiendo su contenido y esencia original adoptando nuevos significados.
Los buscadores de todos los tiempos conocían verdades que llegaban al hombre a través del símbolo. Los ritos iniciáticos de todas las culturas lo han utilizado en sus ceremonias. Desde un principio, llegó a diferenciarse aquello que el símbolo venía a manifestar en su parte visible y accesible al profano con el calificativo de exotérico. Pero esa otra dimensión, la esotérica (interna), que va más allá de las apariencias, es la que permite entrar en contacto con las fuerzas que realmente mueven al mundo, situándolo en el ámbito de lo sagrado.
Desde el antiguo Egipto hasta la Edad Media, estos signos han guardado celosamente sus secretos. Peregrinos de todos los tiempos y de todas las culturas han buscado este Saber que libera al ser humano de su ignorancia, ubicándolo en el lugar que le corresponde en el Universo y en comunión con la Naturaleza de la que forma parte. El maestro, el sabio o el iniciado reconocen en el símbolo las propiedades que posee y el esfuerzo que se precisa para descifrar su mensaje. La complejidad de los significados que posee y a los que hace alusión conducen al hombre por los laberintos de la mente y el corazón. El signo, al poseer múltiples interpretaciones, alcanza en su justa medida la comprensión de aquel al que va dirigido. Cada cual recibe el mensaje que le corresponde según su nivel de conciencia. A mayor nivel, mayor comprensión.
Aprehender el significado no se consigue únicamente a través de nuestras capacidades intelectivas, sino que demanda una elevada dosis de intuición. La mente, el corazón y el mundo de las emociones llevan al caminante por los senderos del mito, que encierra grandes verdades, y por los arquetipos, que son los esquemas básicos en que se asienta nuestra mente para construir su representación del mundo. Ese largo camino, que no es otra cosa que una vía iniciática, nos permitirá asimilar y comprender cómo a lo largo de los siglos el hombre ha venido representando a través de los símbolos esa búsqueda trascendente que le permitiera unir lo material con lo celestial, lo visible con lo invisible, lo terreno con lo divino y lo perecedero con lo inmortal y eterno.
 Hay símbolos tan antiguos como este que puede verse en el parque arqueológico de Villar del Humo y que debió proporcionar buena información sobre algo de lo que se han perdido las claves.
El símbolo posee un poder trascendente, pues hace percibir a aquél que lo contempla los variados aspectos de una aparente realidad. Lo visible o sensible y lo velado, lo que se ha manifestado y lo oculto o trascendente, lo consciente y lo que va más allá: lo supraconsciente. Donde no alcanza la palabra debido a sus limitaciones llega el símbolo expresando otras realidades esenciales. Por eso, cada símbolo tendrá una enseñanza u otra distinta según el observador. Al ser sintético, solo sugiere pero no expresa y por eso es el lenguaje utilizado por la metafísica tradicional. Esta es la base del arte del Románico y del Gótico. Es ante todo un arte sagrado y, como tal, nada resulta insignificante, gratuito o puramente ornamental.
No es de extrañar por tanto que en plena Edad Media aparezcan, por ejemplo, estos conceptos a través del mito de la espada rota, que el héroe debe soldar para empuñarla de nuevo y vencer al dragón, como ocurre en la leyenda nórdica de Sigfrido, o bien en el mito céltico-artúrico en los cuales la espada clavada en la piedra (lo superior retenido por lo material) demanda una liberación (acto de extraerla) o el conocido ciclo artúrico y el Santo Cáliz, el Grial, cuya búsqueda por parte de los caballeros de la Mesa Redonda les convierte en una «caballería celestial».
Todas las vías iniciáticas tienen sus propios símbolos. Este crucero en uno de los Mil Caminos de Santiago, junto a Santa Coloma de Albendiego, confirma al peregrino que va por buen camino.
En esta búsqueda descubriremos, por ejemplo, cómo el famoso yin-yang oriental, que corresponde al par de opuestos complementarios, también fue representado en los templos de la Edad Media, aunque de forma distinta. Cómo la Trinidad cristiana es la misma que la egipcia o la hindú, entre otras, y basadas todas ellas en el ternario espiritual y sagrado. Penetraremos en el mensaje universal que atesora el símbolo que nos introducirá en los dominios de la antropología, las religiones comparadas y las corrientes filosófico-religiosas de diferentes épocas.
Se trata de un viaje hacia lo mágico en el que tendremos la sensación de encontrarnos como perdidos en la inmensidad de un extraño bosque, cuyos árboles no figuran en los libros de botánica convencionales y sin guía que nos indique cuál es el camino a seguir. De todo ello se ocuparon los maestros canteros, artesanos y especialistas quienes transformaron la materia, dándole forma y transmitiendo su mensaje. Éste será el camino por el que transitaremos. Camino en ocasiones engañoso, que guarda celosamente conocimientos, saberes, conceptos e ideas que duermen un sueño de siglos.
Comprobaremos cómo, al margen de sus dimensiones, los templos poseen valores simbólicos que los convierten en representaciones del microcosmos y en una imagen cósmica del universo (macrocosmos). Este carácter simbólico se ve representado en las portaladas, cuya estructura es reflejo de las armonías del universo y de la naturaleza. Mientras que jambas y dinteles generan un cuadrado, símbolo de la tierra, las arquivoltas y las bóvedas originan semicírculos, reflejo de las esferas celestes.
Desde tiempos remotos, el simbolismo de lo terrenal y celestial viene siendo representado por las cuevas. En la Grecia clásica, la cueva representaba el mundo. Platón simbolizó a la gruta como arquetipo cósmico y como símbolo ético y moral. Para el filósofo, esa cavidad en las entrañas de la tierra era como el útero o la matriz materna. La luz es percibida como un reflejo y los seres como sombras, esperando su conversión para acceder a niveles superiores de conciencia y su conversión para la trascendencia del alma. Se trata de una exploración del yo interior y concretamente del yo profundo del inconsciente. Así es como la cueva se convierte en una imagen del cosmos, el suelo corresponde a la tierra y su bóveda al cielo, al igual que en las iglesias. En ellas, la paz interior que se logra en el silencio de los edificios propicia la introspección necesaria para un viaje interior.
San Isidoro de León. El macrocosmos representado por los símbolos del zodiaco que rigen el movimiento armónico de las esferas.
La escultura integrada en los elementos arquitectónicos cumple una doble función: estética y didáctica. Imágenes portadoras del mensaje evangélico, doctrinal o moral resultan asequibles a las gentes del pueblo llano, población analfabeta en aquella época. Además de cumplir su función estética, dicha iconografía es un reflejo de la belleza de los mundos celestiales y supraterrenales.
Era en las iglesias donde los feligreses podían contemplar conjuntos y repertorios inspirados en pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento, desde el «Pecado Original» hasta la «Pasión de Cristo».
Existe toda una serie de representaciones que simbolizan pecados y virtudes, a través de figuras antropomorfas y de un nutrido bestiario de todo tipo: desde la fauna autóctona del lugar donde se halla emplazada la iglesia hasta seres fantásticos, híbridos compuestos por distintos cuerpos de animales y, en ocasiones, con el añadido de cabezas humanas. Fue a partir del siglo X cuando estas imágenes pasaron a engrosar las ya existentes.
Los seres híbridos de los capiteles románicos representan las bajezas humanas.
A todo ello se añaden temas que podríamos llamar profanos, formados por escenas cotidianas en las cuales pueden verse diversidad de profesiones y ocupaciones de la época, luchas entre caballeros, escenas de caza, juglares, músicos o combates entre hombres y fieras. En esta temática simbólica y narrativa se incluye el predominio de ornamentos moldurados, sobre todo en las arquivoltas de las portaladas. Los llamados dientes de sierra, zigzag, frisos ajedrezados o las llamadas puntas de diamante son los más utilizados. Asimismo el mundo vegetal adquiere gran relevancia con tetrafolias, hojas, tallos, zarzas, árboles, todo ello perteneciente al universo de lo simbólico.
Si resulta relativamente fácil reconocer figuras antropomorfas y es posible distinguir con cierta claridad a personajes evangélicos de los que no lo son, respecto a la flora y la fauna, la identificación se convertirá en una tarea bastante más compleja. Muchas veces los elementos vegetales darán la impresión equivocada de que se encuentran en un determinado lugar para llenar y embellecer al mismo tiempo un espacio. Pero no es así. Las lacerías y los entrelazados formados por hojas, ramas o frutos nos están indicando un mensaje claro. La existencia en la naturaleza de hojas perennes y hojas caducas nos está «hablando» sobre la eternidad o la muerte respectivamente.
Torneo estilizado en San Juan de Amandi, Asturias.
Poco a poco iremos descubriendo cómo cada motivo y cada detalle tienen su razón de ser. Una vez más estaremos frente a distintas interpretaciones, ante significados polivalentes. La zarza constituye uno de estos múltiples ejemplos. Tradicionalmente, las espinas, lo espinoso, simbolizan las dificultades del camino, los obstáculos a superar para alcanzar la luz, el conocimiento o la trascendencia. Al mismo tiempo, si dichas zarzas envuelven la imagen de un ser humano representará que su alma pecadora ha quedado atrapada por los deseos materiales, las pasiones y los vicios terrenales. La Alquimia también se halla presente en el mundo vegetal. El árbol lunar o solar, las rosas, así como determinados frutos aparecerán en canecillos, capiteles o arquivoltas, aguardando al peregrino con alma de alquimista para revelarle su mensaje. A pesar de la complejidad del tema, el uso del sentido común, la lógica y la coherencia serán de gran utilidad para poder extraer esa joya que es el mensaje y que se halla escondido tras el signo. No es posible imaginar a la paloma como símbolo terrestre o al sapo como uno celeste. Desvelar estos mensajes pétreos que los gremios de artesanos medievales dejaron para la posteridad es un apasionante recorrido hacia lo desconocido y un viaje en el tiempo. La verdad sea dicha, su estudio no es fácil. Pero nada de valor lo es.
Las parejas de seres fabulosos deben leerse en clave alquímica. Representan sales, metales y minerales utilizados en la Gran Obra. San Miguel, Ayllón.
Si el contenido es extraordinariamente importante, el continente también lo es. La relevancia de la construcción que visitemos estará condicionada evidentemente por su ubicación. En lo alto de una montaña será fácil contemplar una ermita o una pequeña iglesia. En cambio, en una localidad de tipo medio, el templo atesorará una relevancia mayor. En consecuencia, tendremos más posibilidades de contemplar imágenes en aquellos edificios que estén situados en las grandes urbes, exceptuando evidentemente los grandes monasterios que se encuentran por lo general en plena naturaleza. En esas construcciones, podremos llevar a cabo ese estudio o esa simple contemplación que nos lleve más lejos de las interpretaciones convencionales. Nuestro intento será el de poder diferenciar el mensaje estipulado por la ortodoxia cristiana de otros significados o claves, que subyacen a la lectura o interpretación oficial. Será entonces cuando entremos en el mundo de la ortodoxia y el de la heterodoxia.
Los próximos apartados no tienen por finalidad la de ofrecer al lector una guía que indique dónde encontrar esta o aquella imagen curiosa, extraña o con contenido supuestamente esotérico. Bien al contrario, se trata del intento en proponer las posibles interpretaciones de aquello que puede observarse en la simple visita de la iglesia de su localidad. Posiblemente obtendrá con ello una visión distinta de la que poseía tradicionalmente. Si los interesados por tema tan apasionante tienen la oportunidad de realizar una visita guiada por alguna de las muchas iglesias importantes de nuestra geografía, podrán confirmar cómo las doctas explicaciones del cicerone de turno a veces resultan demasiado simples o cuando no contradictorias, Y en el caso de que el visitante formule alguna pregunta concreta, la evasiva por respuesta o una nueva definición no convincente será todo lo que consiga. Creo que unos pocos ejemplos pueden ser suficientes para ilustrar esos encuentros con lo desconocido que unas veces despertarán nuestro interés y en otras nos dejarán perplejos.
En uno de lo templos visitados, aparecía una figura de largas barbas que cogía con ambas manos, dividiéndola en dos partes. Era evidente que la imagen estaba trasmitiendo una clave o señal que no llegué a comprender. Pero había más. Bajo ella, otra figura con los brazos levantados se hallaba sentada con las piernas cruzadas, ¡nada menos que sobre una flor de loto! Dicha figura estaba orando ante el astro rey en un gesto característico e inconfundible, tal y como lo hacían en distintas culturas y religiones solares, distanciadas entre sí en el espacio y en el tiempo. La flor de loto se abre ante la salida del sol y se cierra a su puesta. Dicha flor pertenece al mito egipcio de la creación, a la espiritualidad de la India, a la compasión en el Tíbet, etc. Todo ello estaba representado en una humilde y pequeña imagen, en principio, supuestamente cristiana.
En otra circunstancia parecida, la figura con barba se repetía, pero esta vez el gesto lo efectuaba con una sola mano, pues en la otra llevaba un bastón o cayado cuyo extremo terminaba en una «T». En ambos casos, la respuesta que recibimos los entusiasmados visitantes fue la misma: «Se trataba de un santo o de un monje, no se sabe con certeza».
A partir de aquí, comenzaremos la andadura por caminos laberínticos que son los que constituyen el mundo de los símbolos. Como en el cuento de Alicia, penetraremos en un país de maravillas donde lo aparentemente real resulta engañoso o ilusorio y comprobaremos cómo la realidad se esconde al otro lado del espejo.
San Martín de Fromista, un verdadero catálogo del simbolismo esotérico medieval.
Los artesanos dejaron la impronta de sus conocimientos, además de las obligadas imágenes estipuladas por la Iglesia. Nuestra labor de búsqueda será la de distinguir y reconocer la importancia que posee una ermita o una iglesia, según determinados parámetros. La historia del lugar, si desde tiempos remotos era considerado un enclave sacro, como la existencia de túmulos funerarios, dólmenes o menhires, serán elementos de peso. Tengamos presente que fueron muchas la iglesias que se levantaron en esos puntos o en sus cercanías. Todo ello puede convertirse en referentes y pistas que nos ayudarán en gran medida a la localización de dichos enclaves. Las supuestas apariciones de Vírgenes, hechos extraordinarios, fuentes milagrosas, las crónicas del lugar o bien el acervo popular estarán indicándonos que el edificio posee características especiales.
No cabe duda de que el soporte fotográfico permitirá un estudio minucioso y relajado en nuestras casas. Ello ofrece la posibilidad de examinar, comparar y catalogar nuestro trabajo. Pero nuestra documentación gráfica también podrá sorprendernos cuando comprobemos cómo la toma de una instantánea puede convertirse en una revelación insospechada e inaudita.
Capitel de una criatura con barbas en forma de espiral. Santa María de Eunate, Navarra.
Esto sucedió hace ya bastantes años, mientras observaba una de las fotos de la conocida capilla octogonal de Eunate, cercana a Puente la Reina, en Navarra. De su numerosa e interesante iconografía, estaba contemplando una que pertenecía a las arquivoltas, concretamente la fotografía de una extraña cabeza, con una especie de extraño birrete o protuberancia y que lucía unas largas barbas en forma de espiral. Al dejarla encima de la mesa para visionar otras, dicha imagen quedó al revés y ante mi sorpresa, ésta representaba a un macho cabrío o algo similar, cuyo aspecto no era precisamente agradable. El birrete se había transformado en una especie de perilla y las barbas en espiral en unas impresionantes cornamentas. A partir de aquel día, intento observar las imágenes desde todos los ángulos posibles, incluso a través de un espejo, por si hubiese una figura especular oculta.
Me he permitido contar esta anécdota personal únicamente con el ánimo de añadir que, al parecer, aquellos canteros de la Edad Media dominaban técnicas adecuadas para dejar constancia de sus conocimientos y cómo transmitirlos sin levantar sospechas.
Lamentablemente, no nos será posible reconocer todos y cada uno de los mensajes que nos legaron aquellas hermandades de constructores. Ignoro el sentido y el significado de aquella imagen. Tal vez estuviera indicando que el lugar podía convertirse en benéfico o maléfico según la intencionalidad de los rituales que se llevaran a efecto o bien de la perspectiva que se adoptara. Pero también podría estar expresando que ese enclave contiene, desde un principio, fuerzas opuestas y complementarias que podrían actuar en el interior de la mente o del alma de quien visitara el lugar. Quien sabe.
Poco a poco, vamos comprobando cómo la comprensión de los símbolos se efectúa siempre a través de una lectura interior, personal y profunda de la realidad como resultado de la identificación entre el sujeto que conoce y el objeto reconocido. El símbolo y su mensaje tienen su razón de ser en el instante en el que el individuo se relaciona con éste y se convierte, por así decirlo, en el centro de ese universo de claves, conceptos y conocimientos.
El símbolo es en definitiva el lenguaje del iniciado. En el universo de lo abstracto, la mente requiere del símbolo para alcanzar otros niveles de comprensión, distintos a los habituales. Todas las corrientes filosóficas, ocultistas, escuelas esotéricas e incluso todas las religiones se expresan a través del símbolo, que en primer lugar esconde, oculta, pero más tarde revela su misterio y su mensaje.
A pesar de los siglos transcurridos, el mensaje de los constructores sigue ahí, formando parte de aquella interminable cadena de transmisión que se conoce con el nombre de tradición oral y que va más allá de corrientes filosóficas o religiosas y espera al peregrino del conocimiento, para ofrecerle verdades trascendentes en las etapas de su andadura.
Nadie mejor que René Guenon [3] para definir de manera escueta y precisa el significado del símbolo: «...expresión sensible de una idea»; es decir, a través de él, la idea que contiene se hace comprensible. Por su parte, el gran investigador rumano Mircea Eliade, en su Tratado de historia de las religiones, indica lo siguiente: «Si el Todo se puede apreciar en un fragmento es porque cada fragmento repite al Todo».

Capítulo 2 ORTODOXIA Y HETERODOXIA

LA ORTODOXIA Y LA HETERODOXIA no solo aparecen, debido a los contenidos de las iconografías del Románico o del Gótico, en el diseño de los templos, las formas y los volúmenes, su ubicación y sus posibles contenidos. También surgen como consecuencia de las opiniones encontradas de historiadores y especialistas. Estos diferentes puntos de vista son de obligada cita en un trabajo cuya pretensión es la de ofrecer, precisamente, visiones distintas e incluso opuestas. Pero no por ello entraremos a polemizar en un sentido o en otro, así como tampoco a tomar partido.
Para una inmensa mayoría de académicos, de estudiosos de la Historia del Arte en general y de investigadores, los conocimientos que poseían los gremios medievales correspondían simplemente al dominio de su oficio o profesión y poco más. La simbología, el posible esoterismo de ritos y ceremonias que se les atribuye, no son más que conjeturas, hipótesis sin fundamento o incluso fantasías que fueron apareciendo con el tiempo, principalmente debido a autores románticos y sobre todo a la Francmasonería que ha buscado con ello argumentos en los que basar su antigüedad y autenticidad.
En opinión del academicismo y de la ortodoxia, los miembros de dichas hermandades han sido, y todavía lo son hasta cierto punto, víctimas o si se prefiere protagonistas de un mito romántico. Según esta línea de estudio, el término medieval de francmasón significa constructor o albañil que trabaja con la llamada «piedra franca», es decir, aquella que podía tallarse con facilidad y que no poseía falla alguna. Dicho término no tenía relación alguna con la adaptación aparecida siglos más tarde, de ciertas propiedades o atributos «masónicos» de determinados ceremoniales de una supuesta sociedad secreta.
Uno de los gérmenes que provocó el que dichos gremios se vieran rodeados por una aureola de secretismo, de conocimientos fuera de lo común que se decía procedían desde tiempos remotos, surge en pleno Renacimiento del siglo XV, en el que se llegaba a afirmar que el maestro constructor era en realidad un sabio que trazaba sus planes según principios y teorías reconocidas, cuyas bases transmitía al constructor, quien era el que en realidad llevaba a cabo el trabajo. La verdad es que el maestro albañil estaba al pie de obra y colaboraba con sus propias manos en la realización de la construcción.
El desconocimiento de los primeros tiempos por falta de documentos, de sus vidas y trabajos, ha promovido la idea de que eran seres anónimos y ello formaba parte del ideario de cada gremio. Este anonimato puede fácilmente atribuirse a que la mayoría de obras precisaban de una década o de incluso de varias generaciones para llevarla a cabo y, por ello, difícilmente podía ser obra de un solo maestro constructor. A pesar de todo, los constructores medievales no eran gentes anónimas. Los maestros albañiles aparecen en documentación perteneciente a los siglos XII al XVI, y si bien en ocasiones resulta inconexa, es variada y buena parte de ella procede de finales de la Edad Media. Precisamente fueron los propios constructores quienes dejaron constancia sobre información personal, cuentas de gastos, contratación de obreros y un largo etcétera que nos ha permitido conocer o cuando mínimo tener una idea bastante precisa de sus funciones y posición social. Tengamos presente que la realización de una catedral, pongamos por caso, precisaba de una compleja administración que duraba años y años, a la que debía de añadirse un intrincado sistema técnico y creativo.
Un maestro constructor, del que solo conocemos el nombre, Bohar, edificó la iglesia de San Bartolomé en Atienza, Guadalajara.
Si el universo del símbolo es extremadamente complejo y precisa de un estudio en profundidad, pronto comprobaremos cómo muchos de los signos que tuvieron un significado concreto desde un principio, con el tiempo perdieron su esencia, convirtiéndose en la actualidad en una simple imagen decorativa, cuyo significado se ha perdido en el recuerdo y ya no transmite su mensaje. Otros cambiaron el sentido de su interpretación y fueron tergiversados intencionadamente a causa de intereses de toda índole, principalmente religiosos. Claros ejemplos son las constantes imágenes de dragones y serpientes, así como la representación de un amplio bestiario formado por seres híbridos y fantásticos.
Sin pretender hacer un juego de palabras, podríamos decir que existió desde tiempos inmemoriales una ortodoxia calificada de tradicional, que fue la que instauró los primeros significados e interpretaciones en que se basaban los signos. Más tarde, de manera heterodoxa, se cambiaron las bases conceptuales de los mismos, instaurándose una nueva ortodoxia que llegó a imponer su punto de vista, modificando radicalmente la interpretación de los primeros signos.
La inversión del significado de los símbolos ha venido efectuándose desde hace siglos. El estudioso o el simple interesado puede encontrarse con un signo o una imagen con significados contrapuestos como, por ejemplo, una de las más conocidas y representadas: la del caballero matando al dragón. El concepto generalizado al especto es que simboliza a las virtudes destruyendo las pasiones y los pecados del hombre. Esta es la idea que posee la inmensa mayoría de mortales. Pero existen pequeños grupos esotéricos, ocultistas o iniciáticos, que consideran que las verdades siempre son falseadas sin importar el color de quien ostente el poder.
Un dragón medieval.
Para dichos grupos, estas representaciones son las de la intolerancia, las del pensamiento único y las de todos aquellos que no permiten la existencia del libre pensador. Para ellos, al igual que otras muchas imágenes, la del caballero matando al dragón es la viva expresión del poder establecido que no permite que el conocimiento y la sabiduría alcance a los seres humanos para mostrarles el camino capaz de transformarlos en seres libres.
El caballero de reluciente armadura, cuyos destellos son la imagen de la luz, de lo celestial o lo divino, pone fin a la materia que se arrastra en lo mundano con sus deseos, pasiones y pecados. Si invertimos dicha interpretación, veremos que dicho caballero no es otra cosa que el poder del sistema, disfrazado con el hábito de luz, como acostumbra, convirtiéndose en faro y guía, señalando el camino que debe seguir el hombre para que cumpla sus deseos de control, sumiéndolo en la más completa ignorancia. Así es como es destruida la serpiente o el dragón, fuentes y símbolos del conocimiento. En realidad, se trata de una imagen contrainiciática. Alguien dijo hace siglos: «La verdad os hará libres», y esto es algo que el poder establecido tiene muy claro.
Este párrafo ha sido simplemente una pequeña muestra de la extraordinaria complejidad que posee el universo del símbolo y de sus múltiples interpretaciones. Pero lo más apasionante de todo ello es que dicha multiplicidad de significados tiene la coherencia suficiente para ser válida en todos los casos. Los maestros constructores dejaron en su iconografía suficientes elementos simbólicos como para poder efectuar análisis, deducciones e interpretaciones de todo tipo. Su riqueza, variedad y expresividad es tal que podríamos pasar largos años en su observación y tan solo conseguiríamos, caso de que la suerte estuviera de nuestro lado, desentrañar y comprender una mínima parte.
Tratando esa ortodoxia y heterodoxia de las imágenes de los templos, podremos comprobar, si nuestra observación es meticulosa, cómo existen algunas que gesticulan, poseen movimiento y parecen estar transmitiendo algo concreto. Una figura que posee un libro abierto entre sus manos puede aparecer más adelante en nuestro recorrido con el libro cerrado. La ortodoxia nos propondrá el significado de que se trata de un insigne personaje local, un santo o incluso la figura de un monje leyendo los Evangelios. Pero la heterodoxia intuirá que dicho personaje está «leyendo» el Libro de la Vida, el contenido de las imágenes representadas y, una vez aprendida la lección o el mensaje, cerrará el libro, señal de que el conocimiento que contenía dicha iconografía ha sido ya adquirido y la importancia del mensaje exige que el receptor del mismo respete su carácter secreto.