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Ocurrió en octubre. Lo que los chilenos teníamos por sólido, sagrado e inviolable fue resquebrajado, profanado y violentado. Cientos de miles salieron a las calles protestando en contra de una democracia que algunos creíamos consolidada. Vino la violencia, vidas fueron tronchadas, rostros mutilados, cuerpos quemados, iglesias profanadas, museos saqueados, bienes públicos incendiados y el esfuerzo de miles y miles de vecinos y pequeños comerciantes lanzado a la hoguera de la indignación. Me tocó vivir estos hechos en primera persona, como director ejecutivo del Instituto Nacional de Derechos Humanos (INDH), institución creada bajo el mandato, ahora ilusión, del "Nunca más". Sin embargo, a contrapelo de la solemnidad de ese deseo, se produjeron en ese octubre de 2019 y en los meses que vinieron las más graves violaciones a los derechos humanos y los más execrables actos de violencia desde el retorno a la democracia. Salieron a la luz grietas apenas escondidas que estaban allí debilitando, desde hacía años, los muros de nuestra república. ¿Qué pasó? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué podemos hacer para que no vuelva a tener lugar? De esto trata este libro, que es mi crónica, día a día, del estallido y de mi paso por el INDH.
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Seitenzahl: 756
Veröffentlichungsjahr: 2025
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EDICIONES UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE
Vicerrectoría de Comunicaciones
Av. Libertador Bernardo O’Higgins 390, Santiago, Chile
lea.uc.cl
Ocurrió en octubre.
Diario del estallido y mi paso por el INDH
Sergio Micco A.
© Sergio Micco A.
Derechos reservados
Septiembre 2025
ISBN Nº 978-956-14-3463-9
ISBN digital Nº 978-956-14-3464-6
Diseño: Francisca Galilea R.
CIP-Pontificia Universidad Católica de Chile
Nombres: Micco Aguayo, Sergio, autor.
Título: Ocurrió en octubre: Diario del estallido y mi paso por el INDH / Sergio Micco Aguayo.
Descripción: Santiago, Chile: Ediciones UC | Incluye bibliografía.
Materias: CCAB: 18 de Octubre, 2019 (Estallido Social). | Movimientos sociales - Chile - 2019-.| Chile - Política y gobierno - 2019-.
Clasificación: DDC 322.440983 -dc23
Registro disponible en: https://buscador.bibliotecas.uc.cl/permalink/56PUC_INST/vk6o5v/alma 997678630403396
La reproducción total o parcial de esta obra está prohibida por ley. Gracias por comprar una edición autorizada de este libro y respetar el derecho de autor.
Diagramación digital: ebooks Patagonia
www.ebookspatagonia.com
Introducción
Esto ya lo hemos vivido varias veces
El diario y los excursos
DIARIO DE UNA DEMOCRACIA MALHERIDA
18 de octubre: Todo estalla
19 de octubre: Tomar decisiones rápidas en tiempos imposibles
20 de octubre: “No era broma”
21 de octubre: La Posta Central está cerrada
22 de octubre: La discusión al interior del INDH
23 de octubre: “¡Hay un centro de torturas en Plaza Baquedano!”
24 de octubre: Sebastián Piñera y las violaciones a los derechos humanos
25 de octubre: La marcha más grande de Chile
26 de octubre: La “caída” de La Moneda
27 de octubre: ¿Estuvimos en guerra?
28 de octubre: El paco violador y los detenidos desaparecidos
29 de octubre: ¿Los carabineros y el INDH como pares improbables?
30 de octubre: Los particulares también violan los derechos humanos
31 de octubre: La bandera mapuche ondea en Plaza Baquedano
1 de noviembre: Los derechos humanos en La Araucanía
2 de noviembre: ¿De dónde surgen tanta violencia y odio?
3 de noviembre: Las violaciones a los derechos humanos no son sistemáticas
4 de noviembre: No podemos afirmar ni negar que las violaciones a los derechos humanos sean sistemáticas
5 de noviembre: No hay antecedentes suficientes para presentar una querella por delitos de lesa humanidad (pero sí en contra mía)
6 de noviembre: El sesgo del instituto y no hay derechos sin deberes
7 de noviembre: Manuel Castells en el Centro de Estudios P úblicos
8 de noviembre: La responsabilidad del alto mando de Carabineros
9 de noviembre: El destino de las querellas
10 de noviembre: Las pensiones de gracia
11 de noviembre: A un tris de perder nuestras libertades tan arduamente conquistadas
12 de noviembre: La deslealtad con la democracia
13 de noviembre: La salida del general director de Carabineros
14 de noviembre: El acuerdo imposible
15 de noviembre: Chile se reencuentra con lo mejor de su historia de civismo
Reflexión final: Un 9 de enero del 2020 en la Plaza de Armas de Concepción
EXCURSOS. Una defensa del pluralismo y dos amparos en favor de la libertad de expresión y de la democracia
Introducción
1.- La toma del INDH y la lucha por su autonomía y pluralismo interno
2.- Amparos por la libertad de expresión y la democracia: De funas y cancelaciones en las universidades
3.- Llámelo como quiera, pero intentaron destituir a un presidente de la República por las malas
EPÍLOGO. Seis amigos en la tormentay del amor por la patria
La tempestad desatada un día de octubre
El amor por la patria
Nuestros “Nunca más”
“Cada hombre, cada mujer que ame a su patria, que busque la reconciliación, la paz, la libertad y el respeto mutuo tendrá una amplia tarea en los años venideros”.
Jaime Castillo Velasco. “Una Patria para todos”. Caracas, 6 de octubre de 1977.
Ocurrió un día de octubre: lo que los chilenos teníamos por sólido, sagrado e inviolable fue resquebrajado, profanado y violentado. Cientos y cientos de miles salieron a las calles protestando en contra de una democracia que algunos creíamos consolidada. Vino la violencia, vidas fueron tronchadas, rostros mutilados, cuerpos quemados, iglesias profanadas, museos saqueados, bienes públicos incendiados y el esfuerzo de miles y miles de vecinos y pequeños comerciantes lanzado a la hoguera de la indignación. Me tocó vivir estos hechos en primera persona, como director ejecutivo del Instituto Nacional de Derechos Humanos ( INDH ), institución creada bajo el mandato, ahora ilusión, del “Nunca más”. Sin embargo, a contrapelo de la solemnidad de ese deseo, se produjeron en octubre de 2019 y en los meses que vinieron las más graves violaciones a los derechos humanos y los más execrables actos de violencia desde el retorno a la democracia. Salieron a la luz grietas apenas escondidas que estaban allí debilitando, desde hacía años, los muros de nuestra república. ¿Qué pasó? ¿Por qué ocurrió? ¿Qué podemos hacer para que no vuelva a tener lugar? De esto trata este libro, que es mi crónica, día a día, del estallido y de mi paso por el INDH .
Para mí, octubre se inició el 17. Al anochecer de esa jornada, en mi calidad de director ejecutivo del Instituto de Derechos Humanos ( INDH ), recibí el informe redactado por nuestros observadores que habían acudido a las estaciones de metro Los Héroes y Salvador. Había sido elegido para dirigirlos apenas noventa días atrás y ahora debía enfrentar esta inaudita y explosiva realidad para la cual nadie estaba preparado. En las calles y en nuestras plazas el legítimo ejercicio de las libertades públicas se mezcló tumultuosamente con la violencia, a la que le sucedió la demanda de orden público que vino, a su vez, acompañada con un abuso policial cada vez más preocupante. Chile ya había vivido esto. El instituto, justamente, había sido fruto de un gran acuerdo nacional para proteger y promover los derechos humanos.
Una honda división nos separa a los chilenos hasta hoy en lo que atañe a los acontecimientos de esos días. ¿Qué sucedió? ¿Cómo se manifestó? ¿Por qué tuvo lugar? ¿Quiénes son los responsables de tanta frustración? ¿Qué debemos hacer para que nunca más se apoderen de nuestras calles la rabia contra las promesas incumplidas, la violencia ejercida con fines políticos, las violaciones a los derechos y los intentos de desestabilización de nuestra democracia? Ese día de octubre intuí esas preguntas mientras leía el informe, sin imaginar que ellas se harían acuciantes apenas unas horas después.
En el cuerpo del correo electrónico de esa tarde, los funcionarios del instituto describían los primeros intentos de evasión y cómo los carabineros de Fuerzas Especiales procedieron a realizar detenciones focalizadas y luego se replegaron. En el informe se leía que en ese momento se produjeron “disturbios” y “grandes destrozos” en las estaciones. Luego, esa misma noche, personal del instituto se hizo presente en las comisarías 33 a de Fuerzas Especiales, la 36 a de La Florida y la 3 a de Santiago Centro. No se vieron heridos de gravedad, pero sí se les reclamó a los funcionarios del instituto por la arbitrariedad de los policías. Así que empezaron a tomar los primeros testimonios de lo que vendría a ser una avalancha de denuncias y más de tres mil querellas. En la madrugada del 18, a la salida de la 3 a Comisaría, se produjeron protestas de los familiares debido a que no recibían información, lo que provocó una reyerta que terminó con uso de lacrimógenas en el lugar. Se me advirtió que sería necesario ampliar las observaciones a La Florida y Maipú. En Concepción, ciudad donde recibí esta información, todo estaba tranquilo, pero los nubarrones que acechaban en el horizonte presagiaban la tormenta.
El 18 de octubre, a mediodía, sin saber aún la magnitud de la tormenta, hice mis primeras declaraciones en nombre del INDH . Fueron claras y en extremo ponderadas, como lo exigían los dramáticos momentos que vivíamos y que luego serían trágicos. Las simples líneas maestras de nuestra política eran recordar que el Estado tenía el deber de garantizar el control del orden público y de la legalidad vigente, y que lo deb ía hacer con respeto al Derecho Internacional, la Constitución y las leyes, que garantizaban el “legítimo derecho a la reunión pacífica”.1 Fue una manera de recordar que los manifestantes no tenían ningún derecho a hacer uso de la violencia. El ejercicio de la fuerza pública, a su vez, debía respetar absolutamente la ley y los protocolos policiales, y hacer uso de ella cuando fuese estrictamente necesario y en forma proporcional a las acciones delictivas que debía repeler.2 Las palabras fueron prudentes, pero se perdieron en medio del estruendo. En la noche de ese día, veintisiete estaciones de metro habían sido vandalizadas, doce habían sufrido ataques incendiarios y siete fueron destruidas. Las denuncias de ese día fueron el presagio de las “más graves y numerosas violaciones a los derechos humanos desde el retorno a la democracia”.3 Era el inicio de lo que se conocería como estallido social.
Unas noches después, parado en medio de una devastada Plaza Baquedano, terminó por nacer en mí el temor de que nuestra democracia se podía precipitar irremediablemente en un abismo. Todo lo avanzado en treinta años de democracia, que era muchísimo, no parecía valer ni un peso. Los niveles de violencia a los que se llegaría impactarían a nivel internacional, no solo por su entidad, sino también porque ocurrían en Chile, que era visto como una democracia estable.4 Ahora se hablaba de hartazgo de los chilenos con su modelo de desarrollo y era tal la destrucción que estaba teniendo lugar que era necesario llamar a los reservistas del Ejército.5 Esa madrugada, al retornar a casa, me figuré también una puerta cuyos quicios parecían estar cediendo vertiginosamente, minuto a minuto, al borde del desplome. El drama que se desplegaba ante mis ojos era el de una democracia malherida, a un tris del desquiciamiento, cuyo pueblo había perdido la paciencia, y no aguantando más, había explotado con ira incontenible. Era de nuevo la crisis integral de Chile.
Eso era lo que meditaba desde los dos autos del INDH en que recorríamos Santiago con un equipo de profesionales de chaquetas amarillas que quedarían en las retinas de todos. Los recuerdos de mi niñez, del enfrentamiento fratricida previo al colapso democrático, volvieron a atormentarme. Sabía bien a dónde nos podía llevar tamaña explosión de rabia, contenida desde hacía más de una década de estabilidad política, pero que incubaba un enorme malestar social ya expresado el año 2011. ¿ Nuevamente, adiós a las libertades y derechos que tanto nos había costado recuperar? Durante ese espantoso amanecer del 20 de octubre la ciudad estaba triste y silenciosa, tras una jornada de devastación. Conocía ese estado de cosas: era la paz de los cementerios. La del toque de queda del 11 de septiembre de 1973 o la del 27 de marzo de 1984, el día en que mataron a Caupolicán Inostroza en la Universidad de Concepción. Era la ominosa tranquilidad que surge luego de que la violencia impone sus designios a pueblos y naciones. Lo leí de Cicerón: “Cuando hablan las armas, las leyes callan” y “todos y todo deben guardar silencio”.6 Pero ya no era el niño de 1973 ni el dirigente universitario de 1981, sino quien dirigía un instituto público. ¿Cómo era posible que estuviera metido en tamaño lío? Pues por mi entera y libre voluntad.
Fue a media tarde del 29 de julio del 2019 cuando el consejo del instituto me designó su director ejecutivo.7 Semanas antes había sido elegido consejero por los decanos de las facultades de Derecho de las universidades reconocidas por el Estado de Chile. En ese momento me desempeñaba como profesor asociado de lo que es hoy la Facultad de Gobierno de la Universidad de Chile. Eduardo Saffirio declaró estoicamente: “Propongo a Sergio Micco”.8 La misión de postularme se la había delegado Carlos Frontaura.9 Salvador Millaleo10 propuso a Yerko Ljubetic.11 Él representaba paradojalmente la costumbre: la izquierda y el mundo tradicional de los derechos humanos; nosotros, el cambio. La votación fue breve, sin pasión alguna, casi seca. Me apoyaron además de Carlos y Eduardo, Branislav Marelic12 , Cristián Pertuzé13 y Sebastián Donoso.14 Seis-cinco a mi favor.15 Consuelo Contreras16 , la ya exdirectora, se levantó de su asiento e, indicando la silla, me pidió que ocupara su puesto. Me levanté y cubrí el trecho. En cuestión de segundos cambió mi vida, como le pasaría a Chile entero a partir del 18 de octubre.
El día en que me eligieron, la calle Eliodoro Yáñez a la altura del 850 era un remanso de paz… que estallaría en exactos ochenta y ocho días después, en el corazón de la primavera. A la que esperábamos era a “Doña Primavera”, la de “manos gloriosas”, a quien rogamos que nos dé la oportunidad de ir por la vida derramando rosas, como escribiera Gabriela Mistral. Pobres de nosotros, lo que se esparciría en realidad serían las uvas de la ira y las recogeríamos a manos llenas. Cuando fui elegido director ejecutivo del INDH , tenía claro cuáles eran mis deberes. Mi responsabilidad consistía en llevar al instituto a dar un giro en su quehacer. Me propuse abrirlo a nuevos actores y temas distintos a los que normalmente se asocian con el “mundo de los derechos humanos” que se conformó tras el golpe de Estado. Por otro lado, su carácter de servicio público debía primar por sobre la cultura más propia de un organismo no gubernamental. Debíamos ampliar el apoyo del instituto y de la causa de los derechos humanos a toda la sociedad chilena.17 Estas eran mis preocupaciones.18
Alguien dijo algo así como “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”. Dicho y hecho: nada de lo anterior se pudo hacer. Por el contrario, el 8 de julio del 2022, cuando debí renunciar a petición de una nueva mayoría política en el consejo, el instituto había retrocedido en todos esos ámbitos19 . Una parte nada despreciable de la opinión pública nos veía sesgados ideológicamente, partidistas al extremo y solo concentrados en las violaciones a los derechos civiles de quienes, para colmo de males, no pocos consideraban violentistas y delincuentes indefendibles. Errores cometí, y graves. Los señalaré en el curso de este relato. Pero, por sobre todas las cosas, fui víctima del acaso. A todos nos pasó lo mismo. Como le dijo Pandolfo Petrucci, señor de Siena, a Nicolás de Maquiavelo, hay que estar en armonía con los tiempos, pues ellos “son más poderosos que nuestras cabezas”.20 El 18 de octubre fue mucho más poderoso que los planes de cada uno de los habitantes de Chile.
Los sentimientos que me embargaban la madrugada del 20 de octubre del 2019 distaban largamente de esa especie de catarsis de euforia y alegría que se respiró unos días más tarde, en la “Marcha más grande”, la del 25 de octubre del 2019. Lo mío era más bien angustia. Yo ya había vivido esto. De las justas demandas por reformas y revoluciones del “Todo debía cambiar” pasamos al enfrentamiento fratricida, al golpe de Estado, a las violaciones a los derechos humanos y a los desesperados intentos por volver a la democracia pacíficamente, pero siempre teniendo por compañera a la violencia que algunos pregonaban desde antes de 1973 y otros practicaron desde el inicio de nuestra historia patria.21 Insisto en que sería tonto ocultar que viví la crisis social desde esta perspectiva existencial, nacida de mi experiencia de niño durante la etapa final del quiebre democrático, el horror por las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y mi más profundo rechazo al uso metódico de la violencia, aun cuando se lo justificase como un medio para salvar a la patria o recuperar la democracia. Todo esto era yo el 18 de octubre del 2019.
A la vivencia existencial se unieron mis estudios como profesor universitario que sabe bien acerca de la violencia que conscientemente se usa o se amenaza usar con fines políticos y de su presencia en la historia de Chile entre 1970 y 1989.22 A mis estudiantes, les enseño que esta violencia se manifiesta en nuestra patria en la forma de asesinatos políticos, motines obreros, pobladas callejeras, bandidaje rural, brutalidad de los órganos estatales represivos, asalto a cuarteles, resistencia insurgente o guerrillera, terrorismo, insurrecciones militares, golpes de Estado, guerras, conquista, y que puede incluir la peor de todas: la guerra civil.23 ¿ Cuál es la extensión e intensidad de estas formas de violencia, mal llamada política, en nuestra historia nacional? Más de la que muchas veces reconocemos y relata nuestra historiografía liberal y conservadora más tradicional.
Cuando enseño la historia política de Chile afirmo, con justo orgullo, que hacia 1845, nuestro país exhibía un Estado con unas características que no se daban en ningún otro de Hispanoamérica.24 Ese Estado fuerte o en forma estaba afianzado en su soberanía exterior e interior, en sus finanzas, en la regularidad de su ritmo electoral y en la estabilidad de su Gobierno nacional.25 También me atrevo a decir que no se nos ha conocido ni distinguido entre los latinoamericanos como un país violento.26 Esto lo defenderé con fuerza en el epílogo con el que cierro este libro, remachando con toda la fuerza que tengo las razones para sentirnos orgullosos de ser chilenos y de nuestra noble tradición de civismo a pesar de todo. Sin embargo, en esos días de octubre del 2019, y sobre todo el 12 de noviembre, tuve muy presente los horrores que de tanto en tanto se dejan sentir en nuestra historia patria.27
No es malo recordar también que durante el siglo XIX tuvimos al menos diecinueve graves alteraciones del orden político: desde la guerra en contra de los realistas, criollos y españoles, hasta la guerra civil de 1891.28 Sumo a ello que durante el siglo XX hubo levantamientos populares violentos y represión policial desmedida, leyes de seguridad interior del Estado y quizás un centenar de facultades extraordinarias otorgadas por el Congreso Nacional a los presidentes de la república para que se restableciera el orden público.29 No faltaron discursos y acciones políticas y sociales para acabar con el régimen establecido en la Constitución de 1925 ni fueron escasas las conspiraciones políticas, intervenciones militares, intentos fallidos y exitosos de golpes de Estado.
En esos días de octubre y noviembre del 2019 cualquier chileno medianamente informado debió tener muy presente el lado oscuro de nuestra historia cuando observaba iglesias humeando, rostros mutilados por la violencia estatal y llamados activos a destituir al gobierno de la época y cambiar el régimen instaurado democráticamente en 1989. No fue el caso de una buena parte de nuestra élite política.
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Pertenezco a una generación cuya tarea fue participar en una transición pacífica a la democracia y consolidar un régimen político cuya legitimidad se fundase en el respeto a la dignidad de la persona y sus derechos humanos. Ello, a partir del 18 de octubre, lo vi amenazado. Me han dicho que exagero en la magnitud del peligro que vivió nuestra democracia. En cierta oportunidad, cuando se acusó a Hannah Arendt de hacer justamente lo mismo, ella respondió que la exagerada era la realidad, no el cronista que la describía o el actor que se desenvolvía en ella. Buena parte de lo vivido durante la crisis social –y agrego la pandemia– fue completamente desorbitado y profundamente perturbador. Que la democracia estuvo en riesgo y con ella la vigencia efectiva de los derechos humanos es el hilo rojo que reúne mis reflexiones contenidas en la primera parte de este libro, donde narro lo vivido y reflexionado, día a día, entre el 18 de octubre y el 15 de noviembre del 2019 desde una triple perspectiva: política, intelectual y generacional.
He pasado mi vida procurando ser fiel a dos vocaciones públicas: la política y la académica. No es nada de fácil el conciliarlas, pues la primera te llama al compromiso militante y la segunda a la independencia crítica; sin embargo, he hecho mi mejor esfuerzo teórico y práctico para hacerlas convivir, no digo armónicamente, pero sí evitando que se fueran entre ellas a las manos (riesgo que también tiene lugar con mis calidades de hijo, padre y esposo). El 2013 publiqué un libro que trata acerca del deber de los intelectuales de decirle la verdad al poder político.30 Sin mucha humildad, afirmo que durante la crisis de octubre del 2019 expresé lo que pensaba y coseché sus amargos frutos. Como lo planteara Gabriela Mistral al escribir “La palabra maldita”:
“Sigan ustedes nombrándola (la paz) contra viento y marea, aunque se queden unos tres años sin amigos. El repudio es duro, la soledad suele producir algo así como el zumbido de oídos que se siente bajando a las grutas… o a las catacumbas. No importa, amigos: ¡hay que seguir!”.31
Efectivamente, y como vaticinó la gran poeta, durante tres años, entre el inicio de la crisis social y la pandemia, decenas de miles de chilenos, por no decir cientos de miles, se atrevieron a emitir juicios políticos tajantes y pagaron los costos por ello. Así fue como familias enteras se dividieron, partidos se quebraron, coaliciones de más de treinta años se separaron y una parte de la nación se enfrentó con miedo y rabia a la otra. ¿Exagero?
Tengo anotado en un viejo cuaderno que fue el 24 de junio del 2021, estando en Copiapó, que una joven y recién elegida integrante de la Convención Constitucional me dijo muy molesta que yo no tenía derecho a traspasarle los traumas de mi generación, la que vivió el 11 de septiembre de 1973. Para ella no había nada parecido a una democracia que cuidar y que mi cautelosa actitud debía reemplazarla con la radicalidad que ella me exigía. No estuve de acuerdo, aunque la comprendía. Pertenecíamos a dos filiaciones de chilenos muy distintas. En la universidad enseño que José Ortega y Gasset discurrió acerca de que el concepto más importante para entender el devenir de la historia es el de generación, no el de la clase ni de la raza, como se creía en la Europa de 1933.32 Jóvenes, adultos y ancianos somos contemporáneos, pero no coetáneos. Vivimos en un mismo espacio y tiempo, pero no en un mismo mundo, pues tenemos distintas formas de pensar y de actuar, acordes con el contexto existencial en el que nos conformamos entre los 15 y 30 años. Agrego que cada generación tiene deberes respecto de las otras. Los viejos, a los que Ortega y Gasset llama los “supervivientes” de la época anterior, deben mostrarles a los más jóvenes de dónde viene el presente, de las lecciones de la vida, del mismo modo que estos han de reclamarnos sus nuevas creencias, ideas y urgencias de su tiempo.
Lo reconozco, soy un superviviente del Chile de 1973 y de las protestas sociales de 1983. La nueva generación, la de los movimientos sociales, la que actuaría a sus anchas en la Convención meses después de ese encuentro en Copiapó, gozó de la estabilidad política y del crecimiento económico que les ofreció “la democracia de los acuerdos”, la de los “treinta años” que ahora no parecían valer ni un peso; estabilidad y crecimiento que no conocieron sus padres ni sus abuelos. La mía es la generación que sufrió los excesos de las ideologías de los sesenta y de la política gobernada por la lógica de amigos y enemigos; de ahí que prefiera malos acuerdos políticos a buenas conflagraciones ideológicas. Con la exconvencional pertenecemos a distintas generaciones y vivimos en mundos diversos. Enhorabuena. El tema lo traté en una entrevista que sacó ronchas cuando dije que no había derechos sin deberes. Cuando se me acusaba de conservador, respondí:
“Pero ¿sabes?, creo profundamente en el deber de cada generación de dar testimonio del pasado y el decir sus propias verdades. Tengo el derecho y el deber de tener 56 años y de provocar a los jóvenes declarando: ‘Estos son mis valores y esto es lo que he aprendido en mi vida y los desafío a contradecirlos’. Nada más patético que un viejo profesor que busca desesperadamente ser como sus alumnos. Eso aporta poco y nada al bien común y muchísimo menos a la verdad (que por cierto existe)”.33
El estilo desafiante de la entrevista provocó y mucho. No estuve en el tono, pero sí en el contenido del mensaje.34 Lo mantengo. Hannah Arendt, cuando reflexionó acerca de la verdad en la política, destacó estas bellas palabras de G. H. Lessing que hago mías y que representan mi voluntad y mi juicio: “Deja que cada hombre diga lo que cree es verdad y deja que la verdad misma quede encomendada a Dios”.35 Por cierto, soy de los que creen que las verdades de hecho y de la razón sí existen, pero no creo ni en la arrogancia a la hora de predicarlas ni en la violencia al intentar imponerlas. A propósito de la verdad y de la veracidad, he incluido cerca de mil notas. Es una parte nada despreciable del libro que, por cierto, no es imprescindible leer. En su inmensa mayoría son enlaces a fuentes de información directas y plurales, incluidos videos callejeros de la época, que están al servicio de lectores e investigadores más pacientes y obsesivos si quieren verificar lo que digo y para formarse su propia opinión respecto de lo que ocurrió con nuestra democracia y que no puede repetirse.
Paso pues a relatar lo que viví a través de una crónica política, a momentos un diario personal, salpicada de reflexiones y razonamientos un tanto académicos. Lo hago como un actor político y profesor universitario al que le tocó vivir en el mismo núcleo de los hechos el estallido que lanzó sus múltiples esquirlas un día de octubre del 2019.
Hay quienes asocian el 18 de octubre con la “Marcha más grande de la historia”, es decir, lo conciben como una explosión de dignidad, la más poderosa manifestación pacífica de la diversidad y de la esperanza de que todo cambiaría. En mi caso, por el contrario, habiendo sido en parte poseído por estos sentimientos en fugaces momentos, lo cierto es que mis emociones iban por otro lado: horror, miedo, angustia. ¿Qué otras se podían experimentar durante el estallido, que como instituto enfrentamos desde las violaciones a los derechos humanos, la violencia aguda y el desquiciamiento de la democracia? Esto será el núcleo de mi relato. Debo agregar, a propósito de emociones, que el equipo que me correspondió dirigir se tuvo que ir de cabeza, durante la pandemia, sobre la bomba de tiempo carcelaria que pudo haber explotado en los centros penitenciarios de Santiago I o Puente Alto, sobre la crisis migratoria de Colchane e Iquique y sobre el cuasi Estado fallido en Cañete, Malleco y La Araucanía. Trabajar en este contexto ya era difícil para una institución pequeña y que no estaba preparada para tamaños desafíos. A eso hay que añadir un elemento conflictivo central: las profundas diferencias que nos separaban al interior del instituto, entre los consejeros y con los gremios. Sumemos el ataque inmisericorde a la autonomía y pluralismo del INDH que vino desde fuera. Ambas contiendas significaron más de ocho meses de toma de nuestra sede central y unos dos meses de huelgas gremiales. Se trató para los consejeros que me apoyaron, para el equipo de trabajo de la Dirección y de una proporción apreciable de los funcionarios de un viaje al infierno. Este es el día a día de ese tránsito de horror, miedo, angustia.
¿Qué pasó en Chile a partir de octubre del 2019?
Hasta hoy los chilenos no nos hemos puesto de acuerdo y es muy improbable que lo hagamos en los próximos años. De hecho, conocemos de muchos relatos absolutamente enfrentados cuyos extremos son irreconciliables.36
Para algunos, a partir de los llamados estudiantiles a evadir el metro, efectuados el 7 de octubre del 2019, se desencadenaron las más grandes manifestaciones sociales desde el retorno a la democracia. En treinta días más de cuatro millones de chilenos se agolparon protestando pacíficamente en contra de las desigualdades sociales y los abusos de los poderosos, repudiando a una clase política incapaz de hacer las reformas que se le exigían desde hacía más de una década. La ciudadanía, volcada en calles y plazas, estaba aburrida de los partidos políticos, mientras que Carabineros de Chile, el Ejército y la Iglesia Católica atravesaban graves crisis de corrupción.37 Según este relato, el clamor popular exigió cambios y el Estado respondió con represión y muerte, lo que provocó reacciones de legítima autodefensa.38 Finalmente el orden político y social establecido en la Constitución del general Pinochet terminó de nuevo imponiendo sus términos tras el triunfo del Rechazo del 4 de septiembre del 2022.
Para otros, ubicados en el extremo opuesto, a partir del 16 de octubre, con la destrucción de los torniquetes del metro y el derribo de las barreras de entrada de la estación de metro de la Plaza de Armas, llegó la hecatombe. La revuelta popular, con activa cooperación del crimen organizado y delincuencia común, más la intervención de países extranjeros, provocó una destrucción y violencia sin límites.39 Este estallido antisocial, en su componente político, habría sido dirigido por quienes habían sido derrotados el 11 de septiembre de 1973 y que ahora volvían por su revancha. A través de la violencia y utilizando con fines aviesos las legítimas protestas sociales, intentaron derrocar a un presidente de la República legítimo, acabar con la institucionalidad y refundar Chile. Estos eran los motivos públicamente confesados por una buena parte de la Convención Constitucional.
Vistas así las cosas, la grieta que se abrió bajo nuestros pies durante la crisis social del 2019 hoy es un abismo insalvable que nos separa.
El diario que se desplegará ante los ojos del lector describe los hechos que viví en el INDH e incluye las reflexiones que intentan explicar, en algo, lo ocurrido con el fin de sacar lecciones para el futuro. Esta crónica no es un ejercicio autobiográfico y mucho menos un ensayo historiográfico. Es un texto político, en el sentido de que no rehúye la polémica; desde la diversidad busca puntos de encuentro y apunta a la acción.
Hoy se dice que se mantienen las mismas condiciones que hicieron posible el 2019, incluso hay quienes plantean que estamos peor. Luego agregan que, si no se hacen profundas reformas, tendremos un nuevo estallido con violencia incluida. La duda que cabe al escucharlos es si estamos frente a una advertencia de algo perjudicial que puede ocurrir, o ante una amenaza apenas encubierta de un daño que se causará si no se hace lo que se pide. Este libro no practica lo que falsamente se le atribuye al avestruz: enterrar la cabeza en el suelo, por miedo, para huir del peligro. Ese es un lujo que, por lo recién afirmado, no nos podemos dar. Si describimos lo que pasó y nos preguntamos por qué ocurrió, es para prevenir que nunca más vuelva a acontecer.
Asumo esta tarea a partir de mi experiencia en el INDH que, en la medida en que mantuvo su pluralismo y autonomía, supo defender los derechos humanos y no sumarse a la locura que vivimos a partir del 18 de octubre del año 2019. Nuestro deber era velar por el respeto a los derechos humanos que estaban siendo violentados por agentes del Estado, pero también lo era y es que el instituto protegiera, con todas sus fuerzas, la democracia, pues la primera de las víctimas de su caída es justamente la dignidad inviolable de las personas. Para responder a nuestro deber legal, podíamos informar y denunciar lo que estaba ocurriendo ante nuestros ojos y además teníamos la facultad de presentar denuncias y querellas judiciales.
¿ Que cometimos grandes errores? Sin duda, y de eso también trata este diario.
El libro está concebido como una crónica reflexiva de lo ocurrido entre el 18 de octubre y el 15 de noviembre del 2019, partiendo y concluyendo en la Plaza de Armas de Concepción, mi plaza de la dignidad. Día a día relato lo vivido, agregando, a veces, a la tarea del corresponsal, las vivencias de un actor de los hechos. Sin embargo, hay oportunidades en que hago verdaderos excursos, es decir, me salgo del curso de los hechos, realizando digresiones que complementan y profundizan la temática central de este libro. Es el caso de mis visitas a Arauco y a La Araucanía. Si bien tuvieron lugar a partir de marzo del 2020, en ellas experimenté en terreno lo insostenible que era concentrar la labor del INDH solo en el abuso estatal, sin abordar la acción violenta de los particulares. También me pareció indispensable analizar la relación entre el instituto y Carabineros, el destino de las querellas interpuestas y las pensiones de gracia. Ello lo hago a partir de dos diálogos que tuvieron lugar en fechas posteriores a la cronología del diario. Uno que sostuve con el general director Mario Rozas el 30 de enero del 2020 y otro con el expresidente Sebastián Piñera el 11 de noviembre del 2021.
Una segunda parte del libro la he dedicado a reflexionar en torno a tres eventos que ocurrieron tras la crisis social del 2019: la toma del INDH , que se prolongó entre el 8 de julio del 2021 y el 22 de marzo del 2022; el debate en el que participé a partir del 23 de septiembre del 2023, en orden a que en Chile sí hubo un intento de golpe de Estado durante la crisis de octubre, y las funas de que fui objeto el 8 de noviembre del 2023 en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile y el 8 de diciembre en mi casa. En un tono bastante más polémico y a ratos muy personal, junto con condenar la infamia de la instrumentalización política de causas nobles y el ataque a las más elementales libertades, realizo dos excursos más valorando el pluralismo y la libertad. El relato no sigue exactamente la cronología de los hechos, pues he preferido cerrar esta segunda parte con mi reclamo circunstanciado y reflexivo acerca de que durante la crisis se intentó derribar a un presidente de la República elegido democráticamente. La pregunta vuelve una y otra vez. ¿Habremos aprendido las lecciones para que nunca más volvamos a tener un 12 de noviembre de ese tremendo 2019? Mi respuesta es desoladoramente negativa.
El libro cierra con un elogio de la amistad cívica y del amor a la patria, puesto que la vida sin amigos no merece ser vivida y las naciones solo son fuertes cuando practican el patriotismo. Con Branislav, Carlos, Cristián, Eduardo y Sebastián formamos un equipo que se mantuvo siempre firme en esas oscuras y tempestuosas horas. Si hay algo que nos unió fue la entrega a una república amenazada y que queríamos libre. Sin ese sentimiento compartido, seis personas que veníamos de la derecha, el centro y la izquierda hubiésemos permanecido inexorablemente divididos, provocando, quizás, la caída de la autonomía y pluralismo del instituto. La expresión de mi agradecimiento no es solo un tributo personal a los amigos ni es cosa del pasado. Si los chilenos no practicamos la amistad cívica, estaremos condenados a vivir en un conflicto político permanente, estéril, autodestructivo. Esa unión nacional que tanto nos falta gira en torno al amor a la patria que se ha hecho república y democracia independientes y autogobernadas.40
A este propósito, y eso justifica el epílogo, sostengo que uno de los aspectos menos estudiados de la crisis social fue el hecho de que durante su transcurso afloró una profunda fractura en torno a nuestra identidad nacional.
Quiero terminar esta presentación expresando mis respetos y afectos que se dirigen a quienes directamente trabajaron en la dirección del instituto, y que cerraron filas, aunque no siempre estuvieron de acuerdo conmigo. Mención expresa quiero hacer de quienes fueron mis asesores más directos. Con Carlos Bellei enfrentamos lo peor del 18 de octubre, cuando informamos y denunciamos lo que estaba pasando, establecimos una estrategia judicial y se redactaron decenas y decenas de documentos legislativos y judiciales. Con Rodolfo Castillo fuimos a ver a las víctimas de la macrozona sur, cruzando campos ocupados y bajo estado de excepción constitucional. Con él también fuimos a Arica, Antofagasta, Iquique y Colchane durante las crisis migratorias, compartiendo con carabineros que cumplían sus deberes con aplomo y diligencia. Con Yamil Musa, un amigo entrañable las veinticuatro horas del día, nos adentramos en verdaderos territorios de violencia en el centro de Santiago, en campos ocupados en La Araucanía y Tirúa y estuvimos en los centros penitenciarios, al inicio de la pandemia, cuando no sabíamos qué tan mortal era la amenaza sanitaria, y fuimos testigos de cómo Gendarmería evitó valientemente males mayores a los que tuvieron lugar. Tuve también presente en este elogio final a la amistad cívica a Valentina Avendaño, Loreto Riccardi, Francisca Ortega y Yael Schnitzer, profesionales jugadas por los derechos humanos, tan fuertes como prudentes, pacientes hasta el martirio. En las zonas más peligrosas de Arauco y La Araucanía el instituto contó con personas valientes y generosas, como lo son Michel de L’Herbe, Paola Oviedo y Marcela Suárez. Apoyando al consejo y a la dirección en el estudio de lo que ocurrió en octubre y noviembre del 2019 estuvieron Rodrigo Pérez de Arce y Yohanna Villablanca, cuyo trabajo fue invaluable.
¿Qué decir de los profesionales y funcionarios permanentes del instituto? No pocos chilenos los critican por los más diversos motivos, entre ellos estar capturados por determinadas doctrinas e ideologías, organismos no gubernamentales y fuerzas políticas que no son las mías. Este libro no se anda con rodeos cuando describe estas pugnas, que alcanzaron ribetes que solo pueden ser motivo de indignación y vergüenza, propias y ajenas. Teniendo a la vista lo dicho, me parece necesario e indispensable expresar mis reconocimientos a los directivos, profesionales y funcionarios del instituto que, protegiendo los derechos humanos, en medio de una feroz crisis social e inverosímil pandemia, no aceptaron que se avasallara n los valores del profesionalismo, la autonomía y el pluralismo. No fueron todos, pero sí la mayoría. Lo cierto es que, con el correr de los años, cuando paso en bicicleta frente a Eliodoro Yáñez 832, cada vez más, siento agradecimiento por su trabajo en esos tres terribles años.
Finalmente van mis más sinceros agradecimientos personales a Cristián Alliende, Felipe Aldunate, Eduardo Arriagada, Valentina Avendaño, Jaime Baeza, Claudio Bravo, Carlos Bellei, Jorge Burgos, Jorge Cabrera, Jéssica Chávez, María Cristina Escudero, Edmundo Fuenzalida, Hugo Frühling, Joaquín García Huidobro, Andrés Jiménez, Leonidas Montes, Rodrigo Mujica, Yamil Musa, Rodolfo Núñez, Gonzalo Rioseco, Walter Sánchez, Dimas Santibáñez, Tomás Scherz, Sebastián Soto y Lucía Waiser, que me dieron ánimo en momentos en que este me faltaba para terminar esta crónica de esos días de octubre. Reconozco también la deuda impagable que tengo con Carlos Jorquera, María Angélica Zegers, de Ediciones UC , y María de los Ángeles Tocornal, sin cuya infinita paciencia y arduo trabajo, este libro, que es entera y exclusiva responsabilidad mía, hubiese sido imposible.
1 INDH (2019, 18 de octubre). “Director del INDH y evasión en el Metro: ‘En el control del orden público el uso de la fuerza no debe afectar los derechos de los manifestantes ni usuarios’”. https://www.indh.cl/director-del-indh-y-evasion-en-el-metro-en-el-control-del-orden-publico-el-uso-de-la-fuerza-no-debe-afectar-los-derechos-de-los-manifestantes-ni-usuarios/ . Disponible el 18 de diciembre del 2024.
2 Ibid.
3 INDH (2019). “Informe Anual sobre la situación de los Derechos Humanos en Chile en el contexto de la crisis social. 2019. 17 de octubre al 30 de noviembre del 2019”. Santiago de Chile: Instituto Nacional de Derechos Humanos, p. 5. https://bibliotecadigital.indh.cl/server/api/core/bitstreams/9b8845b0-9bfe-46fd-8063-26184ca1a3e7/content . Disponible el 18 de noviembre del 2024.
4 DW (2019, 29 de octubre). “Violentas protestas acaban con gran incendio en Santiago”. https://www.dw.com/es/violentas-protestas-en-chile-acaban-con-un-gran-incendio-en-el-centro-de-santiago/a-51029040 . Disponible el 3 de marzo del 2024.
5 DW (2019, 24 de octubre). “Masivas protestas en Chile, que repite toque de queda”. https://www.dw.com/es/masivas-protestas-en-chile-que-tiene-otra-noche-de-toque-de-queda/a-50959165 . Disponible el 18 de marzo del 2024.
6 Arendt, H. (1992). Sobre la revolución. Buenos Aires: Alianza Editorial, p. 19.
7 Fui elegido consejero con el apoyo de una amplia mayoría de decanos de universidades públicas y privadas, laicas y católicas, proponiendo abrir el INDH a nuevos actores y temas. El 2014 había ingresado al consejo reemplazando a Mario Fernández Baeza, exministro del Interior de Michelle Bachelet y profesor de las universidades de Chile y de los Andes.
8 Eduardo Saffirio Suárez es abogado y máster en ciencia política. Fue en dos ocasiones diputado de la República. La Cámara de Diputados lo eligió consejero.
9 Carlos Frontaura Rivera es abogado y fue decano de la Facultad de Derecho de la Pontificia Universidad Católica de Chile por dos períodos. Fue elegido consejero del INDH por el Senado. En enero de 2023 la Cámara de Diputados lo designó miembro de la Comisión Experta del Consejo Constitucional.
10 Salvador Millaleo Hernández es abogado y doctor en Sociología de la Universidad de Bielefeld en Alemania. Fue elegido consejero por el Senado. Fue asesor de la Convención Constitucional en temas indígenas.
11 Yerko Ljubetic Godoy es abogado. Fue elegido consejero del INDH por los organismos de la sociedad civil. Integrante del Consejo Constitucional en representación de la 7a Circunscripción, Región Metropolitana de Santiago. Fue integrante del Consejo Constitucional elegido por la Región Metropolitana.
12 Branislav Marelic Rokov es abogado experto en derechos humanos. Fue director del INDH y elegido por los organismos de la sociedad civil.
13 Cristián Pertuzé Fariña es ingeniero comercial y máster en Ciencia Política. La Cámara de Diputados lo eligió consejero del INDH.
14 Sebastián Donoso Rodríguez es abogado de la Universidad Católica de Chile y posee un Master de la London School of Economics and Political Science. Es profesor de Legislación Indígena de la Facultad de Derecho de la Universidad Católica de Chile. Fue elegido consejero por el expresidente Sebastián Piñera.
15 Votaron por Yerko Ljubetic, junto a Salvador Millaleo, las consejeras Debbie Guerra y Margarita Donoso. Debbie Guerra Maldonado es académica del Instituto de Estudios Antropológicos e Instituto de Salud Sexual y Reproductiva. Fue nombrada por la presidenta Michelle Bachelet Jeria por el período 2016-2022. Margarita Romero Méndez es médico cirujano. Lideró la Corporación Parque por la Paz Villa Grimaldi y la Asociación por la Memoria y los Derechos Humanos Colonia Dignidad. Fue nombrada por los organismos de la sociedad civil como consejera.
16 Consuelo Contreras Largo es Trabajadora social y fundadora de la Corporación Opción. Fue elegida consejera del instituto por los organismos de la sociedad civil. Tras mi renuncia asumió como directora ejecutiva.
17 No se trata de un planteamiento nuevo y mucho menos oportunista. En el proceso de elección de la persona que sucedería a la primera directora del INDH, el 26 de julio del 2016, manifesté que sería un signo visible e incontrarrestable de que el INDH era de todos los chilenos y chilenas si era nombrado director una persona como Miguel Luis Amunátegui, representativo de la mejor tradición de la derecha liberal y un activo promotor de los derechos humanos.
18 Las veníamos sosteniendo desde siempre con los consejeros Miguel Luis Amunátegui, Sebastián Donoso, Carlos Frontaura, Branislav Marelic y Manuel Núñez. Lo mismo harían Eduardo Saffirio y Cristián Pertuzé.
19 Acerca de las verdades de mi renuncia y de mi gestión, ver: Radio Biobiochile (2022, 27 de julio). “Exdirector del INDH revela sus ‘7 verdades’: Me negué a vender mi conciencia y destruir la autonomía”. https://www.biobiochile.cl/noticias/nacional/chile/2022/07/27/exdirector-del-indh-revela-sus-7-verdades-me-negue-a-vender-mi-conciencia-y-destruir-la-autonomia.shtml . Disponible el 5 de noviembre del 2024.
20 Skinner, Q. (1998). Maquiavelo. Madrid: Alianza Editorial, p. 27.
21 Loveman, B. y Lira, E. (2017). “La violencia política en Chile: Contextos y prácticas desde 1810”. En: Yaksic, I. y Ossa, Juan Luis (2017). Historia de Chile, 1810-2010. Tomo I. Prácticas políticas. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica.
22 Entiendo violencia con fines políticos como el uso o la amenaza con uso de la fuerza física en forma ilegal o extralegal en contra de los cuerpos y bienes públicos y privados, sin el consentimiento de los afectados; ella se ejerce por individuos, fuerzas sociales y políticas que, en forma consciente (aunque quizás no premeditada ni planificada), buscan controlar espacios de poder político, manipular decisiones de los órganos públicos y, en última instancia, conquistar, conservar o reformar el Estado. Tomo la definición de violencia de Eduardo González Calleja, pero con diferencias. Restrinjo la violencia a la que se ejerce o se amenaza usar con fines políticos. Me parece adecuado limitarla al ejercicio de la fuerza en forma ilegal o extralegal, sobre todo si se trata del uso de la fuerza pública que en un Estado democrático es necesaria y legítima cuando se ejerce conforme a Derecho. En la definición considero los objetos contra los cuales se dirige la violencia con fines políticos, y amplío los sujetos a todas las fuerzas sociales y políticas, no solo a las organizadas (hay espontaneísmo de las masas) ni a los partidos políticos (también pueden ejercerla grupos de presión y movimientos sociales). Aclaro también que está contenido en la definición que la violencia hiere, mutila, tortura o elimina cuerpos humanos y saquea, quema y destruye bienes artificiales. Pero hay veces incluso que se utiliza en contra de animales no humanos como son mascotas y animales domesticados e incluso bosques, pozos y ríos, como fui testigo en mis viajes a La Araucanía. Por último, cuando hay saqueos, crimen organizado y asonadas locales como ocurrió el 2019, puede no haber intencionalidad estratégica, pero esta “violencia subsidiaria”, en contextos críticos, puede tener efectos políticos inesperados y poderosos . Loveman, B. y Lira, E. (2010). “La violencia política en Chile: Contextos y prácticas desde 1810”. Op. cit., p. 376.
23 Ibid., p. 363. Ver también: Grez, S. (2000). “Transición en las formas de lucha: motines peonales y huelgas obreras en Chile. (1891-1907)”. Historia (Santiago), 33, 141-225. https://dx.doi.org/10.4067/S0717-71942000003300004 . Disponible el 3 de enero del 2025.
24 Lempérière, A. (2017). “¿Excepcionalidad chilena? La formación del Estado”. En: Yaksic, I. y Ossa, Juan Luis (2017). Historia de Chile, 1810-2010. Op. cit., p. 53.
25 Esto no es, a juicio de una calificada observadora extranjera, un mito. Sin embargo, ella aclara que se debe rechazar la mistificación de la persona de Diego Portales, negar fenómenos como el caudillismo y la inestabilidad política o creer que en Chile existió un proceso coherente y lineal de avance en todas las dimensiones del Estado chileno. Ibid., pp. 23-24 y 53-54.
26 No niego la presencia de la violencia de particulares y la del Estado, pero como escriben Loveman y Lira, “el saldo de muertos por violencia en Chile, en el siglo XIX, no se compara, por ejemplo, con el de Venezuela. Se estima que en ese país hubo más de 1.300.000 combatientes muertos en campos de batalla y 700 mil asesinados, encarcelados, heridos o que murieron de inanición. Asimismo, el sangriento saldo de las guerras internas en Colombia y México hace aparecer a Chile del siglo XIX como una taza de leche”. Loveman, B. y Lira, E. (2010). “La violencia política en Chile: Contextos y prácticas desde 1810”. Op. cit., pp. 365-366.
27 Quienes quieran adentrarse en lo ocurrido a partir del 18 de octubre pueden recurrir a un brevísimo y sustantivo resumen conceptual e historiográfico en: Soto, S. (2023). “La violencia y su comprensión en los debates en la Cámara de Diputadas y Diputados chilena tras el 18-O”. Santiago de Chile: Centro de Estudios Públicos 170 (2023), pp. 11-14. https://doi.org/10.38178/07183089/1145220303
28 Según el estudio de Manuela Fernández y Leandro Martínez citado en: Loveman, B. y Lira, E. (2010). “La violencia política en Chile: Contextos y prácticas desde 1810”. Op. cit., pp. 385-386.
29 Fernández, J., y Ossa, Juan Luis (2025). “Violencia política en Chile. Prácticas históricas entre los siglos XIX y XX”. En: Mascareño, A., Vergara, R., Gardella, N. (Editores). Violencia en Chile. La fragilidad del orden social. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica. Centro de Estudios Públicos, pp. 397-429.
30 Micco, S. (2015). La política sin los intelectuales. De la deserción al reencuentro. Santiago de Chile: Editorial Universitaria. Segunda edición.
31 Mistral, G. (2015). “La palabra maldita”. En: Por la humanidad futura. Antología política de Gabriela Mistral. Santiago de Chile: La pollera, p. 280.
32 Ortega y Gasset, J. (1959). En torno a Galileo. Madrid: Revista de Occidente. Ver capítulos III-V.
33 La entrevista es del 2 de mayo del 2020 y se encuentra en: Diario El Mercurio (2020, 2 de mayo). “No hemos hecho lo suficiente para comunicar (a los jóvenes) una de nuestras verdades: no hay derechos sin deberes”. https://digital.elmercurio.com/2020/05/02/C/JB3PVFT8 . Disponible el 19 de abril del 2024. El debate intelectual que tuvo lugar puede verse en: La Tercera (2020, 15 de mayo). “Derechos y deberes: Cinco miradas al debate”. https://www.latercera.com/reconstitucion/noticia/derechos-y-deberes-cinco-miradas-al-debate/QQ224E2XONGMBOQRN2H6XOHSPU/ . Disponible el 19 de abril del 2024.
34 Carlos Peña fue duramente criticado cuando, para explicar el 18 de octubre, incluyó la categoría generacional. Ver: González, Y. (2023). Epílogo. “La rebelión de octubre como estallido generacional: Pánico, ‘Beaterías juveniles’ y monsergas seniles”. En: Alé, S., Duarte, K. y Miranda, D. (2023). Saltar el torniquete. Reflexiones desde las juventudes de octubre. Santiago de Chile: Fondo de Cultura Económica, pp. 179-183.
35 Arendt, H. (1996). “La verdad y la política”. En: Entre el pasado y el futuro. Ocho ejercicios sobre la reflexión política. Barcelona, España: Península, p. 246.
36 El presidente de la República lo recogió bien al conmemorarse tres años del estallido social. Prensa Presidencia (2022, 18 de octubre). “Presidente de la República Gabriel Boric Font realiza declaración a tres años del 18 de octubre”. https://prensa.presidencia.cl/comunicado.aspx?id=202973 . Disponible el 2 de octubre del 2024.
37 Radio Cooperativa (2019, 21 de noviembre). “General Rozas: Ex ministro Chadwick nos instruyó despliegue respetando los derechos humanos”. https://cooperativa.cl/noticias/pais/manifestaciones/general-rozas-ex-ministro-chadwick-nos-instruyo-despliegue-respetando/2019-11-21/125852.html . Disponible el 30 de agosto del 2024.
38 Diario El Mostrador (2021, 9 de febrero). “El mea culpa de la diputada Catalina Pérez por su ‘quememos todo’: ‘Me arrepiento haberle dado material a la extrema derecha’”. https://www.elmostrador.cl/noticias/pais/2021/02/09/el-mea-culpa-de-la-diputada-catalina-perez-por-su-quememos-todo-me-arrepiento-haberle-dado-material-a-la-extrema-derecha/ . Disponible el 30 de agosto del 2024.
39 En solo un mes tuvieron lugar más de cinco mil graves alteraciones al orden público, un número superior a tres mil lesionados, de los cuales dos mil eran carabineros; 125 cuarteles atacados, y decenas de estaciones de metro quemadas o gravemente dañadas.
40 La preocupación por la importancia y vigencia del patriotismo en tiempos de individuación, diversidad y globalización viene de muy atrás. De ella nacieron dos libros que recomiendo encarecidamente: ¿Hay patria que defender? y Patriotas y ciudadanos, en los que escriben artículos grandes intelectuales y premios nacionales de historia. Estos dos libros fueron publicados bajo el alero del Centro de Estudios del Desarrollo (CED) fundado por don Gabriel Valdés S., en nuestras orgullosas Ediciones del Segundo Centenario el año 2000.
El 18 de octubre del 2019 me encontraba en Concepción. En la oficina regional del INDH tuvimos una reunión con los funcionarios y administrativos. Hablamos de las necesidades del personal y de las tareas del instituto. Insistí en lo que había dicho en Santiago el día siguiente a mi elección. Teníamos que preocuparnos de lo que estaba pasando con nuestra democracia. Los chilenos y chilenas desconfiaban de sus instituciones en porcentajes abrumadores. Además, era evidente que el populismo penal avanzaba, y que las personas estaban demandando seguridad y orden público, aunque eso fuese en desmedro de los derechos humanos. ¿Es que acaso solo los delincuentes tenían derechos humanos? Junto con esta tarea debíamos –así lo sostuve hasta el estallido– abocarnos de modo urgente a otros derechos distintos a los que se habían violado sistemáticamente tras el golpe de Estado, los que siempre serían motivo de nuestra preocupación. Finalicé mi intervención diciendo que la causa de los derechos humanos era universal, que no podía pertenecer a un solo sector ideológico y que el pluralismo institucional era indispensable. Los derechos humanos eran de todos los habitantes de Chile, como lo era también el instituto. Todos sabían a qué me refería. Como respuesta, recibí un incómodo silencio.
Salí de la reunión con un sabor amargo. Una de las pocas intervenciones fue la de un psicólogo que reclamó que en el instituto no había nada que se pareciera a una carrera profesional, que supusiera ascenso y mejores remuneraciones. Le contesté que nuestra institución tenía dos caras, la profesional y la vocacional, y que entre ambas debía optarse por la segunda. Para no enturbiar las cosas, no quise ir más allá. Con mi elección la tensión era grande, y no quería contribuir a aumentarla en otro flanco: el económico. De todo corazón les hubiese dicho –lo que sí planteaba a los directivos y a personas a las que les tenía confianza– que lo central eran los ideales y sacrificios, vivir para los derechos humanos. ¿No estábamos promoviendo la igualdad? Además, n uestros opositores hacían un verdadero pícnic a costa nuestra dando a conocer nuestros sueldos de directivos y profesionales (mintiendo a veces). Esta era una de las cuestiones que más daño nos hacían en redes sociales. Queriendo predicar con el ejemplo, propuse al consejo bajarme nuevamente el sueldo de director ejecutivo, como ya lo había hecho el consejero Branislav Marelic cuando ocupó ese cargo.41 Tras un inesperado primer rechazo lo logré. No me convertí en un san Francisco de Asís ni con mucho, pero fue un gesto.42 Terminada la reunión, cabizbajo, me dirigí al centro de Concepción para tener un encuentro con organismos de derechos humanos.
A principios de la tarde se efectuó la reunión. Ciertamente, era una situación delicada, pues fue mi presentación en sociedad. Desde la izquierda me miraban con desconfianza. Al día siguiente de mi elección Natalia Valdebenito, Ana María Gazmuri, Beatriz Sánchez, Camila Vallejo e Irací Hassler, entre otras líderes feministas, criticaron el hecho.43 No era poca cosa. Yo era un conservador sospechoso en temas como el aborto y el matrimonio entre personas de un mismo sexo.44 La cuestión me persiguió hasta el final de mi mandato, cuando debí renunciar por haber perdido la mayoría del consejo.45 La presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados me criticó porque había sido el candidato del gobierno de Sebastián Piñera, y este podía estar tranquilo.46 La diputada Carmen Hertz me cuestionó por lo mismo.47 La noche de mi elección se filtró una declaración del consejero Yerko Ljubetic en la que me señalaba como una persona de centroderecha que intentaría reducir la importancia del INDH , en sintonía con el gobierno, por lo que estarían atentos.48 Algo más que atentos estuvieron bajo mi mandato, especialmente en Convergencia Social, el partido del consejero.49 Cabe señalar que con el consejero estuvimos juntos en la cárcel, bajo la dictadura.50
Se me acusaba de ser un democristiano elegido con votos de los consejeros de derecha. Lo cierto es que conté con el apoyo de un socialista –Branislav Marelic– y de una persona de centroizquierda –Eduardo Saffirio–. Además, me pregunto: ¿entre los consejeros había ciudadanos de primera y segunda categoría según sus orientaciones políticas? El 5 de agosto del 2019, el consejo del instituto había debatido acerca de los límites del pluralismo dentro del mundo de los derechos humanos. Con total convicción, debí defender que se podía ser católico y defensor de los derechos humanos.51 Existía aquí un doble estándar político. Lorena Fries, Branislav Marelic y Consuelo Contreras, reconociendo filas en la izquierda, fueron elegidos con los votos del centro, la centroderecha y la derecha; pero como yo no era de su tribu, no podía hacer lo mismo. Todo lo dicho en mi contra fue expresado dos meses antes del inicio del estallido. Seamos claros, estaba condenado antes de que abriera mi boca respecto de la responsabilidad del gobierno de Sebastián Piñera en las violaciones a los derechos humanos que tendrían lugar. Sin embargo, esa tarde la conversación –porque eso fue– se desarrolló en un marco de gran respeto, incluso de cordialidad. Una gran profesional, Martita Wörner, promotora de la verdad desde los tiempos de la Vicaría de la Solidaridad de Concepción, me había hablado justamente de las tareas inconclusas en la región. En esa ciudad conocían de mi compromiso con los derechos humanos que demostré como dirigente estudiantil de la Universidad de Concepción, cosa que algunos recordaron en esa oportunidad. Sin saber lo que se venía, esta vez me retiré contento de la reunión.
Terminaba la tarde del 18 de octubre, y mientras conversábamos en el café Cantabria, frente a la Plaza de Armas de Concepción, tuvimos tiempo para tomarles el peso a las noticias que nos llegaban desde Santiago. Al mediodía los canales de televisión habían mostrado cómo se lanzaba un televisor a los rieles del metro en la estación de la Universidad de Chile. Luego informarían del cierre de varias líneas, pues ya no era posible garantizar la seguridad de los trabajadores, y mostrarían mares de gente caminando por avenida Providencia. En redes sociales se verían barricadas frente a la embajada de Argentina e incluso la quema de un furgón de Carabineros en la Plaza de Maipú. En la noche observaríamos en televisión el incendio de buses del Transantiago en Vicuña Mackenna, las barricadas frente a la embajada de Argentina, enfrentamientos violentos con carabineros y la quema de cuatro estaciones de metro en La Florida. En esa noche, veintisiete estaciones de metro habían sido vandalizadas, doce habían sufrido ataques incendiarios y siete habían sido destruidas.52 Mi WhatsApp literalmente reventó.
El INDH estaba monitoreando las protestas por el alza de la tarifa del transporte público, la que se empezó a aplicar el 6 de octubre del 2019. Como es conocido, al día siguiente los estudiantes secundarios llamaron a evadir masivamente el pago del metro de Santiago. En esos días tuvieron lugar enfrentamientos entre pasajeros, destrucción de torniquetes y rejas y recibimos las primeras denuncias de abusos policiales, que incluían videos de uso excesivo de la fuerza pública. Por todo lo anterior, el 17 de octubre apostamos funcionarios de chaquetas amarillas para observar lo que estaba ocurriendo.53 Ese día, en la estación Santa Lucía, un grupo de secundarias rompió la reja de entrada e ingresó tumultuosamente, ante la atónita mirada de los carabineros, quienes procedieron a retirarse, pues nada podían hacer.
Estas protestas provocaron un primer debate al interior del instituto. Algunos consejeros consideraron, en sintonía con el diputado Gabriel Boric, que se trataba de una legítima manifestación de desobediencia civil. Otros sostuvieron que las libertades de expresión, reunión y asociación no incluían la violación de la ley y que la destrucción de bienes públicos debía repelerse con la fuerza pública, como lo dijo el senador José Miguel Insulza.54 Mi opinión, de siempre, es que la desobediencia civil es legítima cuando cumple con determinadas condiciones, entre las cuales están el haber agotado las instancias institucionales de diálogo, el ejercerla pacíficamente y, muy importante, quien infringe la ley debe estar dispuesto a asumir los costos que ello implica.55 Juzgue el lector si estas condiciones se cumplieron en aquellos días.
Me comuniqué telefónicamente con Santiago. Los reportes de los observadores del INDH indicaban que la situación estaba descontrolada. Algunas réplicas de las manifestaciones se registraron en regiones, razón por la cual el INDH activó sus sedes regionales para que permanecieran “de turno” durante lo que se esperaba sería una larga noche. Los equipos regionales en su mayoría estaban compuestos por apenas cinco funcionarios, lo que dificultaba mantener una presencia territorial permanente y que abarcase la respectiva región en su totalidad. El lector puede sopesar lo que significa trabajar con ese personal en regiones como la del Biobío, que tiene una superficie superior a veintitrés mil kilómetros cuadrados, una población de un millón y medio de personas y que incluye la tumultuosa provincia de Arauco. No obstante, los equipos del INDH permanecieron durante toda la jornada observando manifestaciones, visitando a personas detenidas en comisarías para corroborar el estado en el que se encontraban, concurriendo a recintos de salud donde comenzaban a ser trasladadas personas heridas producto de abusos policiales y también de los enfrentamientos violentos que ocurrían en forma cada vez más frecuente.
