Origen de los mexicanos - Juan de Tovar - E-Book

Origen de los mexicanos E-Book

Juan de Tovar

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El Origen de los mexicanos, se atribuye al jesuita mestizo Juan de Tovar (1540?-1626), quien fue prebendado de la Catedral de México y profesor del colegio de San Gregorio. El libro de Tovar se inspira en un Manuscrito azteca desconocido y resume los escritos de fray Diego Duran. Este fraile a su vez siguió muy de cerca una historia redactada por un indígena en lengua náhuatl o azteca. Aquí se relata la historia de la conquista desde la óptica de los vencidos. Este libro es una fuente vital para el conocimiento del México prehispano. Se conserva en un Manuscrito bautizado con el nombre de Códice Ramírez en honor a su descubridor, junto con los fragmentos de otras dos relaciones no menos importantes. Existen dos versiones manuscritas del mismo texto: - una se conserva en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia; - y la otra en la Biblioteca John Carter Brown, de Rhode Island, y contiene algunas láminas ilustradas.En general, cuando se habla del Códice Ramírez se trata del manuscrito de 1587 de Juan de Tovar. El nombre completo del documento es Códice Ramírez. Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias. Y es una copia incompleta del Códice Tovar, del cual solo incluye la segunda parte y fue descubierto por José Fernando Ramírez, en 1856. Cabe añadir que Tovar envió el Origen de los mexicanos al también jesuita José de Acosta, quien transcribió pasajes íntegros en su conocida Historia natural y moral de las Indias.

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Seitenzahl: 357

Veröffentlichungsjahr: 2010

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Juan de Tovar

Origen de los mexicanos

Barcelona 2024

Linkgua-ediciones.com

Créditos

Título original: Origen de los mexicanos.

© 2024, Red ediciones S.L.

e-mail: [email protected]

Diseño de cubierta: Michel Mallard.

ISBN rústica ilustrada: 978-84-9007-836-5.

ISBN tapa dura: 978-84-9007-024-6.

ISBN ebook: 978-84-9897-917-6.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o hacer copias digitales de algún fragmento de esta obra.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 9

La vida 9

Origen de los mexicanos 11

Libro I. Primera parte 13

Libro I. Segunda parte 55

Libro I. Tercera parte 97

Libro II. Tratado de los ritos y ceremonias y dioses que en su gentilidad usaban los indios de esta Nueva España 141

Capítulo I. Del gran ídolo de los mexicanos llamado Huitzilopuchtli 143

Capítulo II. Del gran ídolo llamado Tezcatlipuca y del modo con que era solemnizado 161

Capítulo III. Del templo de este ídolo Tezcatlipuca, donde se trata por junto y en común de las ceremonias y orden de las dignidades y sacerdotes que había 171

Capítulo IV. Del ídolo llamado Quetzalcoatl, dios de los cholultecas, que eran los famosos mercaderes de esta tierra 183

Capítulo V. Que una de ellas se llamaba Toci, que quiere decir «Nuestra abuela», hija del rey de Culhuacan 191

Fragmentos 195

Capítulo ... Que trata de cómo Ixtlilxuchitl y sus hermanos recibieron a los cristianos, y lo que ordenó Motecuzuma en México, después que supo de su venida en Tezcuco 213

Capítulo ... Cómo Cortés declara a Ixtlilxuchitl por lengua de los intérpretes la ley evangélica, y cómo se bautizó con sus hermanos y madre y gran número de gente, y del consejo que Motecuzuma tomó en México y lo que resultó 215

Capítulo ... Que trata cómo salieron de Tezcuco Cortés y los suyos para México y cómo los tlaxcaltecas se fueron a sus tierras 219

Capítulo ... Que trata lo que don Hernando Ixtlilxuchitl hizo después de la ida de Cortés y sus amigos, y de lo que otro día después del recibimiento de Cortés trataron él y Motecuzuma 223

Capítulo ... En que se trata la prisión de Motecuzuma. Y qué ocasión hubo para ello y lo que sucedió y de cómo Cacama y su hermano don Pedro se fueron a Tezcuco 225

Capítulo ... En que se trata la muerte de Quauhpopoca y del rey Cacama. Y de cómo Cortés echó grillos a Motecuzuma, y lo que le pasó a don Hernando con su hermano don Pedro y Cacama 227

Capítulo ... Trata la venida de Pánfilo de Narváez y lo que le sucedió a Cortés con él. Y lo que hizo Pedro de Alvarado en México, que quedó en su lugar 229

Capítulo ... Trata de cómo Cortés entró en México y de la muerte de Motecuzuma 231

Capítulo ... Cómo con parecer de los españoles salió Cortés huyendo de México y don Hernando se fue a Tezcuco para enviarles socorro al camino 233

Capítulo ... Trata lo que Cortés hizo en Tlaxcallan y en algunos lugares de la comarca, y cómo don Fernando, tuvo un encuentro con su hermano don Pedro por volver por los cristianos 235

Capítulo ... Trata cómo Cortés y sus tlaxcaltecas entraron a Tezcuco, y cómo se hicieron allí los navíos y fueron sobre México, y por general de los indios don Fernando Ixtlilxuchitl 237

Capítulo ... Que trata cómo el rey Quauhtemoc llamó a consejo y trató con sus vasallos que se diesen, y cómo no quisieron y de otras cosas, etc. 239

Capítulo ... Como siguiendo el orden de don Fernando fueron los negocios de la guerra adelante y se ganó la mayor parte de la ciudad y el templo mayor, y lo que sucedió en esta ocasión 241

Observación preliminar 243

Glosario 245

Libros a la carta 261

Brevísima presentación

La vida

El Origen de los mexicanos, atribuida al jesuita mestizo Juan de Tovar (1540?-1626), es una obra que se inspira en un manuscrito azteca desconocido. Su autor fue prebendado de la Catedral de México, profesor del colegio de San Gregorio y apasionado investigador de las antigüedades indígenas.

Tovar envió el Origen de los mexicanos al también jesuita José de Acosta, quien transcribió pasajes íntegros en su conocida Historia natural y moral de las Indias. El libro de Tovar resume los escritos de fray Diego Duran, quien a su vez siguió muy de cerca una historia redactada por un indígena en lengua náhuatl o azteca.

Aquí se relata la historia de la conquista desde la óptica de los vencidos.

Esta historia, fuente vital para el conocimiento del México prehispano, se conserva en un manuscrito, bautizado con el nombre de Ramírez en honor a su descubridor, junto con los fragmentos de otras dos relaciones no menos importantes.

Existen dos versiones manuscritas del mismo texto: una se conserva en la Biblioteca Nacional de Antropología e Historia; y la otra en la Biblioteca John Carter Brown, de Rhode Island, y contiene algunas láminas ilustradas.

En general, cuando se habla del Códice Ramírez se trata del manuscrito de 1587 de Juan de Tovar. El nombre completo del documento es Códice Ramírez. Relación del origen de los indios que habitan en la Nueva España según sus historias. Y es una copia incompleta del Códice Tovar, del cual solo incluye la segunda parte y fue descubierto por José Fernando Ramírez en 1856.

Cabe añadir que Tovar envió el Origen de los mexicanos al también jesuita José de Acosta, quien transcribió pasajes íntegros en su conocida Historia natural y moral de las Indias.

Origen de los mexicanosLibro I. Primera parte

Los indios de esta Nueva España, según la común relación de las historias de ellos, proceden de dos naciones diferentes: la una de ellas llaman nahuatlaca que quiere decir «gente que se explica y habla claro» a diferencia de la segunda nación [y] porque entonces era muy salvaje y bárbara [y] solo se ocupaban en andar a caza, los nahuatlacales [la] pusieron por nombre chichimeca, que significa «cazadora», y que vive de aquel oficio agreste y campesino; y por otro nombre les llaman otomíes. El nombre primero les impusieron porque todos ellos habitaban en los riscos y más ásperos lugares de las montañas, donde vivían bestialmente, sin ninguna policía, desnudos en cueros. Toda la vida se les iba en cazar venados, liebres, conejos, comadrejas, topos, gatos monteses, pájaros, culebras, lagartijas, ratones, langostas, gusanos, con lo cual y con yerbas y raíces se sustentaban. En la caza estaban bien diestros y tan codiciosos de ella que a trueque de matar una culebra o cualquiera otra sabandija se estaban todo el día en cuclillas hechos un ovillo tras una mata acechándola sin cuidado de coger, ni sembrar, ni cultivar. Dormían por los montes en las cuevas, y entre las matas, y las mujeres iban con sus maridos a los mismos ejercicios de caza, dejando los hijuelos colgados de una rama de un árbol, metidos en una cestilla de juncos bien hartos de leche hasta que volvían con la caza. Eran muy pocos y tan apartados que no tenían entre sí alguna conversación, ni trato, ni conocían ni tenían superior, ni adoraban dioses algunos, ni tenían ritos de ningún género; solamente se andaban cazando sin otra consideración alguna, viviendo cada cual por sí como queda referido. Estos chichimecas son los naturales de esta tierra, que por ser pocos y vivir en las cumbres de los montes estaban todos los llanos y mejores sitios desocupados, los cuales hallaron los nahuatlaca viniendo de otra tierra hacia el norte, donde ahora se ha descubierto un reino que llaman el Nuevo México. En esta tierra están dos provincias: la una llamada Aztlan, que quiere decir «Lugar de garzas»; y la otra se dice Teuculhuacan, que quiere decir «tierra de los que tienen abuelos divinos», en cuyo distrito están siete cuevas de donde salieron siete caudillos de los nahuatlaca, que poblaron esta Nueva España, según tienen por antigua tradición y pinturas.

Y es de advertir que aunque dicen que salieron de siete cuevas no es porque habitaban en ellas, pues tenían sus casas y sementeras con mucho orden y policía de república, sus dioses, ritos y ceremonias por ser gente muy política como se echa bien de ver en el modo y traza de los de Nuevo México de donde ellos vinieron, que son muy conformes en todo. Usase en aquellas provincias de tener cada linaje su sitio y lugar conocido: el que señalaban en una cueva diciendo la cueva de tal y tal linaje, o descendencia como en España se dice: la casa de los Velasco, de los Mendoza, etc.

Salieron pues los nahuatlaca de los sietes solares y cuevas el año del Señor de 820, tardaron en llegar a esta tierra más de ochenta años. La causa fue porque venían explorando la tierra, buscando las señas de la que sus dioses ídolos les mandaban poblar por cuya persuasión salieron de su patria. Y así, según iban hallando buenos sitios los iban poblando, sembrando y cogiendo sementeras, y como iban descubriendo mejores lugares, iban desamparando los que habían poblado, dejando entre ellos solamente a los viejos y enfermos, y gente cansada. Y así, quedaban poblados aquellos sitios y lugares, quedando en ellos muy buenos edificios, que hoy en día se hallan las ruinas, y rastros de ellos por el camino que trajeron, y esta fue la ocasión de tanta dilación en un viaje que en un mes se puede andar. Y así llegaron a este lugar de la Nueva España en el año de 902.

Los primeros que salieron de las cuevas fueron seis linajes, conviene a saber, los xochimilcas, que quiere decir «gente de las sementeras de flores» (de xuchitl, que es «flor», y milli, que es «sementera», se compone xochimilli, que significa «sementera de flores», y de aquí se dice el nombre xochimilca, que quiere decir «poseedores de las sementeras de flores»). El segundo linaje es el de los chalcas, que quiere decir «gente de las bocas», porque challi significa un «hueco a manera de boca», y así lo hueco de la boca llaman camachalli, que se compone de camac, que quiere decir la «boca», y de challi, que es lo «hueco», y de este nombre challi, y esta partícula, ca, se compone chalca, que significa «los poseedores de las bocas».

El tercer linaje es el de los tepanecas, que quiere decir «la gente de la puente, o pasadizo de piedra», derívase su nombre de tepanohuayan, que quiere decir «puente de piedra», el cual [está] compuesto [de] tetl, que es «piedra», y panohua, que es «vadear el agua», y de esta partícula yan, que denota «lugar». De estas tres cosas [hacen] tepanohuayan. Y de este nombre toman el tepano convirtiendo la o en e, y añaden el ca y dicen tepaneca. El cuarto linaje es el de los culhuas, que quiere decir «gente de la tortura o corva», porque en la tierra de donde vinieron está un cerro con la punta encorvada; compónese de coltic, que significa «cosa corva», y de esta partícula hua, que denota «posesión»; y así dicen culhuas. El quinto linaje es el de los tlalhuicas, derívase su nombre de tlalhuic, que significa «hacia la tierra», compónese de tlalli, que es «tierra», y de esta partícula huic, que quiere decir «hacia»; y toman este nombre tlahnic y le añaden esta partícula ca, y componen tlalhuica, que significa «gente de hacia la tierra». El sexto linaje es el de los tlaxcaltecas, que quiere decir la «gente del pan», compónese de tlaxcalli, que es «pan», y de esta partícula tecatl, y dicen tlaxcalteca. Todos estos nombres y dictados son tomados de sus antepasados, unos derivados de sus lugares, otros de sus caudillos, y otros de sus dioses, y ésta es la costumbre que estos indios tenían en imponer sus nombres. Heme detenido a explicar las etimologías de éstos porque adelante se han de repetir muchas veces, y porque en muchos nombres que en el progreso de esta historia se han de ofrecer, no se dirán las etimologías tan por menudo, porque estas bastan para entender el modo de todas ellas, que ponerlas todas de esta manera sería gran prolijidad.

Estos seis linajes referidos no salieron todos juntos ni todos en un año, sino unos primero y otros después, y así sucesivamente iban saliendo de sus tierras dejando sus solares o cuevas. La primera tribu que salió fue la de los xochimilcas, luego siguió la de los chalcas, y luego la de los tepanecas, y luego la de culhua; y tras de ellos los de tlalhuic, y los tlaxcaltecas, quedándose allá los de la Séptima Cueva, que son los mexicanos, dicen que por ordenación divina para venir a ser señores de esta tierra después de haberse extendido por toda ella estos otros seis linajes referidos, los cuales vinieron a esta Nueva España, trescientos y dos años primero que los mexicanos. Y así, poseyeron la tierra seiscientos y dos, el de Xochimilco, que salió primero, y los mexicanos, que vinieron los últimos, la poseyeron trescientos y un años después que a ella llegaron.

Estando ya estas naciones por esta tierra, los xochimilcas, que fueron los primeros, vinieron a dar a un grandísimo llano rodeado de serranía, cuyas vertientes hacían en medio de él una gran laguna de agua salobre y dulce, donde ahora está fundada la gran ciudad de México. Estos xochimilcas poblaron a la orilla de esta laguna hacia el mediodía, extendiéndose sin contradicción alguna por el llano hacia la serranía en grandísimo espacio, donde está fundada una provincia de esta nación de muy grandes pueblos, y muchas villas y lugares. A la ciudad principal pusieron Xochimilco, que quiere decir «Lugar de las sementeras de flores», por ser derivados de este nombre los que las poblaron. Llegaron no mucho después los chalcas, los cuales se juntaron con los xochimilcas, partieron términos con ellos quieta y pacíficamente, extendiéndose también en gran parte de la tierra, llamaron a su provincia Chalco, que quiere decir «Lugar de las bocas», por haberla poblado los chalcas, cuyo nombre se deriva de esto otro. Después de estos llegaron los tepanecas, los cuales asimismo poblaron quieta y pacíficamente a la orilla de la laguna. Estos tomaron el sitio que cae a la parte del occidente, extendiéndose tanto por toda aquella parte, y crecieron en tanto número que a la cabecera de su provincia llamaron Azcaputzalco, que quiere decir «Hormiguero», por la mucha gente que tenía. Y así vino a ser este el mayor y más principal reino, de todas seis naciones. Después de éstos vinieron los que poblaron la gran provincia de Tezcuco, que según dicen son los culhuas. Estos tomaron el sitio a la orilla de la laguna, hacia el oriente, extendiéndose tanto que vinieron a cumplir el cerco restante de la laguna. Esta es una gente muy política y cortesana, y en su lenguaje tan prima que puede competir en la elegancia con cuantas lenguas hay en el mundo, a lo menos en sus frases y modo de explicar. Llamaron a la cabecera de su provincia Teztcuco, porque en ella hay una yerba que se llama teztcutli; y de este nombre y de esta partícula co, que denota «lugar», dicen Teztcuco, que significa «Lugar de la yerba teztculli».

Cercada ya la laguna toda a la redonda de estas cuatro parcialidades, y habiendo dividido términos entre sí, los cuales corrían hasta las serranías que estaban en torno del llano en cuyo sitio estaba la laguna, llegaron los tlalhuicas, que era la gente más tosca de estas seis tribus, los cuales como hallaron ocupado todo el llano de la laguna hasta las sierras, pasaron a la otra parte de la serranía hacia el mediodía, donde hallaron una tierra muy espaciosa toda desocupada de gente. Esta tierra es caliente por estar amparada del norte con la serranía que tiene delante, por cuya causa es muy fértil y abundante de todo lo necesario; creció en ella tanto esta generación que está poblada de muchos y grandes pueblos de muy suntuosos edificios y muchísimas villas y lugares. Llamaron éstos a su provincia Tlalhuic porque la poblaron los tlalhuicas, a la cabecera de esta provincia llamaron Quauhnahuac, que quiere decir «Lugar donde suena la voz del águila». Esta provincia es la que ahora llaman el Marquesado.

Después de éstos, llegaron los tlaxcaltecas, y viendo ocupados los sitios de la laguna, asimismo pasaron hacia otra parte de la serranía, hacia el oriente, atravesando la sierra que acá llaman Nevada por estar todo el año cubierta de nieve, junto a la cual está un volcán entre la ciudad de México y la de los Ángeles. Halló esta gente hacia esta parte grandísimos sitios despoblados, y extendiéronse y crecieron tanto por esta parte que sería nunca acabar enumerar los pueblos, estancias, lugares y villas que de ellos hay, y ciudades no menos suntuosas en edificios y todo más que en otras provincias. Llamaron a la cabecera de su provincia Tlaxcallan, que quiere decir la «Tierra del pan». Pusieron este nombre porque la poblaron los tlaxcaltecas. Esta es la provincia que está reservada de tributo, porque ayudaron a la conquista de esta Nueva España a los españoles.

Al tiempo que todas estas naciones poblaban estos sitios despoblados, los chichimecas que habitaban los montes, que, como queda referido, son los naturales de esta tierra, no mostraron pesar, ni resistencia alguna, solamente se extrañaban y admirados se escondían en lo más oculto de las peñas. Los chichimecas que habitaban a la otra parte de la sierra nevada, donde poblaron los tlaxcaltecas, dicen que éstos eran gigantes, y que éstos quisieron defender el sitio, pero como era gente tan bárbara fácilmente los engañaron porque los aseguraron fingiendo paz con ellos, habiéndoles con esto aquietado y, dádoles una gran comida, tenían puesta gente en celada, y otros que con mucho secreto les hurtasen las armas, que eran unas grandes porras y rodelas y espadas de palo, y otros diversos géneros de armas. Estando asegurados con la fingida paz, hurtadas las armas y ellos muy descuidados, salieron los que estaban en celada, y dieron de improviso sobre ellos, que no quedó ninguno a vida. Algunos quisieron ponerse en defensa, y como no hallaron armas dicen que desgajaban las ramas de los árboles con tanta facilidad como si trincharan un rábano, con lo cual se defendían valerosamente. Pero al fin vinieron todos a morir; para testimonio de esto se hallan hasta hoy por aquella parte muchos huesos muy grandes de gigantes. Quedaron con esto los tlaxcaltecas pacíficos, y ellos y todos los demás linajes quietos y sosegados, edificando ciudades, villas y lugares, dividiendo sus términos unos entre otros para conocer sus posesiones y tierras, comunicándose unos con otros, y cultivando sus tierras sin pleito alguno, ni contradicción, lo cual viendo los chichimecas comenzaron a tener alguna policía, a cubrir sus carnes, y a serles vergonzoso lo que hasta entonces no les era; y comenzando a conversar con esta otra gente perdiéndoles el miedo que les tenían, y emparentando con ellos por vía de casamiento, comenzaron a hacer chozas y buhíos donde se meter en congregación y orden de república, eligiendo sus señores, y reconociéndoles superioridad. Y así salieron de aquella vida bestial que tenían, pero siempre en los montes, y llegados a las sierras apartadas de los demás.

Estando ya los chichimecas en alguna policía y la tierra ya poblada y llena de los seis linajes referidos, pasados trescientos y dos años que habían dejado sus cuevas o solares, aportaron a esta tierra los de la séptima cueva, que es la nación mexicana, la cual como las demás salió de las tierras de Aztlan y Teuculhuacan, gente belicosa y animosa, que emprendía sin temor grandes hechos y hazañas, política y cortesana. Traían consigo un ídolo que llamaban Huitzilopuchtli, que quiere decir «Siniestra de un pájaro» que hay acá de pluma rica, con cuya pluma hacen las imágenes y cosas ricas de pluma; componen su nombre de huitzitzili, que así llaman al pájaro, y de opochtli, que quiere decir «Siniestra» y dicen Huitzilopochtli. Afirman que este ídolo los mandó salir de su tierra, prometiéndoles que los haría príncipes y señores de todas las provincias que habían poblado las otras seis naciones, tierra muy abundante de oro, plata, piedras preciosas, plumas y mantas ricas y de todo lo demás. Y así salieron los mexicanos, como los hijos de Israel, hacia la tierra de promisión, llevando consigo este ídolo metido en un arca de juncos como los otros el arca del testamento; llevando cuatro ayos, o sacerdotes principales, dándoles leyes, y enseñándoles ritos, ceremonias y sacrificios, los más supersticiosos, crueles y sangrientos que jamás se han oído (como en la relación de sus sacrificios en particular se verá). Finalmente, no se movían un punto sin parecer y mandado de este ídolo, que no se ha visto demonio que tanto conversase con las gentes como éste. Y así en todos los desatinos, y crueles sacrificios que estos miserables hacían, se parece muy bien ser dictados del mismo enemigo del género humano.

Fueron caminando con su arca por donde su ídolo los iba guiando, llevando por caudillo a uno que se llamaba Mexi, del cual toma el nombre de mexicanos; porque de Mexi, con esta partícula ca, componen mexica, que quiere decir «La gente de México». Caminaron con la misma prolijidad que las otras seis naciones, poblando, sembrando, y cogiendo en diversas partes; de lo cual hay hasta hoy ciertas señales y ruinas, pasando muchos trabajos y peligros. Lo primero que hacían donde quiera que paraban era edificar tabernáculo o templo para su falso dios según el tiempo que se detenían, edificándolo siempre en medio del real que asentaban, puesta el arca siempre sobre un altar como el que usa la Iglesia, que en muchas cosas la quiso imitar este ídolo como adelante se dirá.

Lo segundo que hacían era sembrar pan, y las demás semillas que usan para su sustento de riego y de temporal, y esto con tanta indiferencia que si su dios tenía por bien que se cogiese lo cogían, y si no en mandándoles alzar el real allí se quedaba todo para semilla y sustento de los enfermos, viejos, y viejas, y gente cansada que iban dejando donde quiera que poblaban, para que quedase toda la tierra poblada de ellos, que éste era su principal intento. Prosiguiendo de esta suerte su viaje, vinieron a salir a la provincia que se llama de Michoacán, que significa «Tierra de los que poseen el pescado» por lo mucho que allí hay, donde hallaron muy hermosas lagunas y frescura. Contentándoles mucho este sitio, consultaron los sacerdotes al dios Huitzilopochtli, [y le dijeron] que si no era aquella la tierra que les había prometido, que fuese servido quedase a lo menos poblada de ellos. El ídolo les respondió en sueños que le placía lo que le rogaban, que el modo sería que todos los que entrasen a bañarse en una laguna grande, que está en un lugar de allí que se dice Pázcuaro, así hombres como mujeres, después de entrados se diese aviso a los que fuera quedasen [para que] les hurtasen la ropa, y sin que lo sintiesen alzasen el real, y así se hizo. Los otros, que no advirtieron el engaño con el gusto de bañarse, cuando salieron se hallaron despojados de sus ropas. Y así, burlados y desamparados de los otros, quedando muy agraviados, [y] por negarlos en todo, de propósito mudaron el vestido y el lenguaje. Y así se diferenciaron de la gente o tribu mexicana.

Los demás prosiguiendo con su real. Iba con ellos una mujer que se llamaba la hermana de su dios Huitzilopochtli; la cual era tan grande hechicera y mala, que era muy perjudicial su compañía, haciéndose temer con muchos agravios y pesadumbres que daba con mil malas mañas, que usaba para después hacerse adorar por Dios. Sufríanla todos en su congregación por ser hermana de su ídolo, pero no pudiendo tolerar más su desenvoltura, los sacerdotes quejáronse a su dios, el cual respondió a uno de ellos en sueños que dijese al pueblo cómo estaba muy enojado con aquella su hermana por ser tan perjudicial a su gente, que no le había dado él aquel poder sobre los animales bravos para que se vengase, y matase a los que la enojan, mandando a la víbora, al alacrán, al ciento pies y a la araña mortífera que pique. Por tanto, que para librarlos de esta aflicción, por el grande amor que les tenía mandaba que aquella noche al primer sueño, estando ella durmiendo, con todos sus ayos y señores la dejasen allí y se fuesen secretamente sin quedar quien le pudiese dar razón de su real y caudillo. Y que esta era su voluntad, porque su venida no fue a enhechizar y encantar las naciones trayéndolas a su servicio por esta vía, sino por ánimo y valentía de corazón y brazos, por el cual modo pensaba engrandecer su nombre, y levantar la nación mexicana hasta las nubes, haciéndoles señores del oro y de la plata, y de todo género de metales y de las plumas ricas de diversos colores, y de las piedras de mucho precio y valor, y edificar para sí y en su nombre casas, y templos de esmeraldas y rubíes como señores de las piedras preciosas, y cacao, que en esta tierra se cría, y de las mantas de ricas labores con que se pensaba cubrir, y que a esto había sido su dichosa venida, tomando el trabajo de traerlos a estas partes para darles el descanso y premio de los trabajos que hasta allí habían pasado, y restaban. Propuso el sacerdote la plática al pueblo, y, quedando muy agradecidos y consolados, hicieron lo que el ídolo les mandaba, dejando allí a la hechicera, y su familia pasó adelante el real guiándolos su dios a un lugar que se dice Tula. La hechicera hermana de su dios cuando amaneció, y vio la burla que le habían hecho comenzó a lamentar y quejarse a su hermano Huitzilopochtli, y al fin no sabiendo a qué parte había encaminado su real, determinó quedarse por allí, y pobló un pueblo que se dice Malinalco, pusiéronle este nombre porque le pobló esta hechicera que se decía Malinalxochi, y de este nombre y de esta partícula componen Malinalco, que quiere decir «Lugar de Malinalxochi». Y así, a la gente de este pueblo han tenido y tienen por grandes hechiceros como hijos de tal madre, y esta fue la segunda división del real de los mexicanos, porque, como queda referido, la primera fue en Michoacán, y esto sin los enfermos, viejos y gente cansada que fueron dejando en diversas partes que de ellos se poblaron como al principio queda dicho.

Llegados los restantes del real con su caudillo y arca al pueblo que ahora se dice Tula, iba la gente bien disminuida por las divisiones que habían hecho, y así estuvieron allí harto tiempo rehaciéndose de gente y bastimentos, asentando en un cerro que se dice Cohuatepec, que quiere decir «El cerro de las culebras». Puestos allí, mandó el ídolo en sueños a los sacerdotes que atajasen el agua de un río muy caudaloso que por allí pasaba, para que aquel agua se derramase por todo aquel llano, y tomase en medio de aquel cerro donde estaban, porque les quería mostrar la semejanza de la tierra y sitio que les había prometido. Hecha la presa se extendió y derramó aquella agua por todo aquel llano haciéndose una muy hermosa laguna, la cual cercaron de sauces, álamos, sabinos, etc. Crióse en ella mucha juncia y espadaña, por cuya causa la llamaron Tula, que quiere decir «Lugar de la juncia o espadaña». Comenzó a tener grande abundancia de pescado y aves marinas como son patos, garzas, gallaretas, de que se cubrió toda aquella laguna con otros muchos géneros de pájaros, que hoy en día la laguna de México en abundancia cría. Hinchóse asimismo aquel sitio de carrizales y flores marinas, donde acudían diferentes maneras de tordos, unos colorados y [otros] amarillos, [con] cuya armonía [y] con el canto de las aves que estaban por las arboledas, que no eran menos, se puso deleitoso y ameno aquel lugar, el cual pintan en esta forma. [Este es el cerro de Tula llamado Cohuatepec, que quiere decir «Cerro de culebras», y «Cercado de agua que tiene juncia y espadaña y aves de volatería de muchas maneras para cazar y mucho pescado». Los que están pintados junto a él son los primeros pobladores llamados Otomíes, era su ídolo Huitzilopochtli.]

Estando los mexicanos en este lugar tan deleitoso olvidados de que les había dicho el ídolo que era aquel sitio solamente muestra y dechado de la tierra que les pensaba dar, comenzaron a estar muy de propósito, diciendo algunos que allí se habían de quedar para siempre y que aquél era el lugar electo de su dios Huitzilopochtli, que desde allí habían de conseguir todos sus intentos siendo señores de las cuatro partes del mundo, etc. Mostró tanto enojo de esto el ídolo que dijo a los sacerdotes:

—«¿Quién son éstos que así quieren traspasar y poner objeción a mis determinaciones y mandamientos? ¿Son ellos por ventura mayores que yo? Decidles que yo tomaré venganza de ellos antes de la mañana porque no se atrevan a dar parecer en lo que yo tengo determinado, y sepan todos que a mí solo han de obedecer». Dicho esto, afirman que vieron el rostro del ídolo tan feo y espantoso que a todos puso gran terror y espanto. Cuentan que aquella noche estando todos en sosiego oyeron a una parte de su real gran ruido, y acudiendo allá por la mañana, hallaron a todos los que habían movido la plática de quedarse en aquel lugar, muertos y abiertos por los pechos, sacados solamente los corazones, y entonces les enseñó aquel crudelísimo sacrificio que siempre usaron, abriendo a los hombres por los pechos, y sacándoles el corazón lo ofrecían a los ídolos diciendo que su dios no comía sino corazones. Hecho este castigo, Huitzilopochtli mandó a los ayos que deshicieran la represa y reparos de la toma del agua con que se hacía aquella laguna, y que dejasen ir el río que habían represado por su antiguo curso, lo cual pusieron luego por obra, y desaguándose por allí toda aquella laguna quedó aquel lugar seco de la manera que antes estaba. Viendo los mexicanos la esterilidad en que había quedado aquel lugar pasado algún tiempo, considerando que ya estaría desenojado su dios, consultáronle, y mandó que alzasen el real y así salieron de aquellos términos de Tula el año de 1168. Vinieron marchando hacia la gran laguna de México con el mismo orden y estilo que queda dicho, haciendo algunas pausas, sembrando y cogiendo sin tener encuentro de importancia con la gente de por allí, aunque siempre iban con recelo y pertrechándose hasta venir a llegar a un cerrillo llamado Chapultepec, que quiere decir «Cerro de las langostas» donde tuvieron contradicción como luego se dirá, el cual pintan de esta suerte. [Cerro de Chapultepeque, que quiere decir «Cerro de langostas». Su dios se llamaba Huitzilopuchtli.]

Llegados a este cerro de Chapultepec, que estaba ya junto a la gran laguna de México, asentaron allí su real no con poco temor y sobresalto por ser en los términos de los tepanecas, gente ilustre que entonces tenía el mando sobre todas esas otras naciones, cuya ciudad principal y corte era Azcaputzalco, que quiere decir «Hormiguero» por la muchísima gente que tenía como ya queda explicado. Puestos los mexicanos en este lugar hicieron sus chozas reparándose lo mejor que pudieron; consultaron a su dios de lo que habían de hacer, [y este] respondió que esperasen el suceso, que él sabía lo que había que hacer, y a su tiempo les avisaría; pero que estuviesen advertidos que no era aquel el lugar que él había elegido para su morada; que cerca de allí estaba, mas que se aparejasen, porque primero tendrían gran contradicción de dos naciones; que esforzasen sus corazones. Ellos, temerosos con esta respuesta de su ídolo, eligieron un capitán y caudillo de los más ilustres que en su compaña venía, [quien] tenía por nombre Huitzitihuitl, que significa la pluma del pájaro que ya se ha dicho y se dice Huitzitzili. Eligiéronle porque todos le conocían por hombre industrioso y de valeroso corazón, y que les haría mucho al caso para su defensa. Electo éste por capitán general, y habiéndole dado todos la obediencia, mandó fortalecer las fronteras de aquel cerro con unos terraplenes, que acá llaman albarradas, haciendo en la cumbre un espacioso patio donde todos se recogieron y fortalecieron, teniendo su centinela y guarda de día y de noche con mucha diligencia y cuidado, poniendo las mujeres y niños en medio del ejército, aderezando flechas, varas arrojadizas y hondas, con otras cosas necesarias a la guerra.

Estando de esta manera los mexicanos rodeados de innumerables gentes, donde nadie les mostraba buena voluntad; aguardando su infortunio; en este tiempo, la hechicera que dejaron desamparada, que se llamaba hermana de su dios, tenía ya un hijo llamado Copil, de edad madura, a quien la madre había contado el agravio que Huitzilopochtli le había hecho, de lo cual recibió gran pena y enojo Copil, y prometió a la madre vengar en cuanto pudiese el mal término que con ella se había usado. Y, así, teniendo noticia Copil que el ejército mexicano estaba en el cerro de Chapultepec, comenzó a discurrir por todas aquellas naciones [instando] a que destruyesen y matasen aquella generación mexicana publicándolos por hombres perniciosos, belicosos, tiranos y de malas y perversas costumbres, que él los conocía muy bien. Con esta relación toda aquella gente estaba muy temerosa, e indignada contra los mexicanos, por lo cual se determinaron de matarlos y destruirlos a todos. Teniendo ya establecido Copil su intento, subióse a un cerrillo que está junto a la laguna de México, donde están unas fuentes de agua caliente que hoy en el día llaman los españoles el Peñol. Estando allí Copil atalayando el suceso de su venganza y pretensión, el Huitzilopuchtli, muy enojado del caso, llamó a sus sacerdotes y dijo que fuesen todos a aquel peñol, donde hallarían al traidor del Copil, puesto por centinela de su destrucción, y que lo matasen y trajesen el corazón. Ellos lo pusieron por obra y hallándolo descuidado, le mataron y sacaron el corazón, y presentándolo a su dios, mandó [éste] que uno de sus ayos entrase por la laguna, y lo arrojasen en medio de un cañaveral que allí estaba. Y así fue hecho, del cual corazón fingen que nació el tunal donde después se edificó la ciudad de México. También dicen que luego que fue muerto Copil en aquel Peñol, en el mismo lugar nacieron aquellas fuentes de agua caliente que allí manan, y así las llaman Acopilco, que quiere decir «Lugar de las aguas de Copil».

Muerto Copil, movedor de las disensiones, no por eso se aseguraron los mexicanos, por estar ya infamados y muy odiosos, y no se engañaron porque luego vinieron ejércitos de los comarcanos con mano armada a ellos, corriendo allí hasta los chalcas, combatiéndolos por todas partes con ánimo de destruir y matar la nación mexicana. Las mujeres y niños, viendo tantos enemigos, comenzaron a dar gritos, y hacer gran llanto, pero no por eso desmayaron los mexicanos, antes tomando nuevo esfuerzo hicieron rostro a todos aquellos que los tenían cercados. Y a la primera refriega prendieron a Huitzilihuitl, capitán general de todos los mexicanos, mas no por eso desmayaron, y apellidando a su dios Huitzilopochtli, rompieron por el ejército de los chalcas, y llevando en medio todas las mujeres y niños y viejos, salieron huyendo entre ellos hasta meterse en una villa que se llama Atlacuihuayan, donde hallándola desierta se hicieron fuertes. Los chalcas y los demás, viéndose desbaratados de tan poca gente, no curaron de seguirlos casi como avergonzados, contentándose con llevar preso al caudillo de los mexicanos, al cual mataron en un pueblo de los culhuas llamado Culhuacan. Los mexicanos se repararon y refrescaron de armas en esta villa y allí inventaron un arma a manera de fisga que ellos llamaron atlatl, y por esto llamaron a aquel lugar Atlacuihuayan, que quiere decir «Lugar donde tomaron la arma atlatl». Habiéndose reparado de estas cosas fuéronse marchando por la orilla de la laguna hasta llegar a Culhuacan, donde el ídolo Huitzilopochtli habló a sus sacerdotes diciéndoles:

—«Padres y ayos míos, bien he visto vuestro trabajo y aflicción, pero consolaos, que para poner el pecho y la cabeza contra vuestros enemigos sois venidos. [He] aquí lo que haréis, enviad vuestros mensajeros al señor de Culhuacan y, sin más ruegos ni cumplimientos, pedidle que os señale sitio y lugar donde podáis estar y descansar, y no temáis de entrar a él con osadía, que yo sé lo que os digo y ablandaré su corazón para que os reciba. Tomad el sitio que os diere, bueno o malo, y asentad en él vuestro real hasta que se cumpla el término y plazo determinado de vuestro consuelo y quietud». Con la confianza del ídolo enviaron luego sus mensajeros al señor de Culhuacan, al cual propusieron su embajada, diciendo que acudían a él como a más benigno, con la esperanza que no solo les daría sitio para su ciudad, mas aun tierras para sembrar y coger para el sustento de sus mujeres e hijos. El rey de Culhuacan recibió muy bien los mensajeros de los mexicanos, y los mandó aposentar, tratándolos muy bien mientras consultaba el negocio con sus principales y consejeros, los cuales estaban tan contrarios y adversos que si el rey no estuviera con deseo de favorecer a los mexicanos, en ninguna manera los admitieran; pero al fin, dando y tomando con el consejo [y] después de muchas contradicciones, demandas y respuestas, les vinieron a dar un sitio, que se dice Tizapan, que significa «Lugar de las aguas blancas», no sin gran malicia de los de Culhuacan, porque estaba este sitio al pie de un cerro donde se criaban muchas víboras, culebras y sabandijas muy ponzoñosas; que descendiendo a aquel lugar estaba lleno de ellas, por cuya causa no se habitaba. Dieron este sitio a los mexicanos entendiendo que presto los acabarían estos animales ponzoñosos. Volviendo los mensajeros con la respuesta a los mexicanos, [quienes] admitieron el sitio de buena gana, y así entraron en él.

Comenzando a poblar, hallaron tantas malas sabandijas que recibieron gran pena y temor, mas su ídolo les dio remedio para que las rindiesen y amansasen, y fuesen muy buen manjar para ellos, y así se sustentaban de aquellas culebras y víboras, que les eran ya tan sabrosas que en breve dieron cabo de ellas; hicieron en este lugar una muy buena población, con su templo, casería y sementeras muy bien labradas con que estaban ya muy contentos, y su gente en mucho aumentó. Al cabo de muchos días, entendiendo los de Culhuacan que poco a poco se los habían consumido aquellas sabandijas, díjoles el rey:

—«Id y ved en qué han parado los mexicanos, y saludad de mi parte a los que hubieren quedado, y preguntadles cómo les va en el sitio que se les dio». Idos los mensajeros, hallaron los mexicanos muy alegres y contentos, con sus sementeras muy cultivadas y puestas en orden, hecho templo a su dios y ellos en sus casas; los asadores y ollas llenas de culebras, de ellas asadas y de ellas cocidas. Diéronles los de Culhuacan su embajada de parte del rey y ellos, teniéndolo en gran merced, respondieron el contento que tenían, agradeciendo el bien que se les había hecho. Y pues tanta amerced les hacía el rey que les había hecho. Y pues tanta merced les hacía el rey que trada y contratación en su ciudad, y consentimiento para que emparentasen los unos con los otros por vía de casamiento. Los mensajeros volvieron al rey con las nuevas de la pujanza y multiplico de los mexicanos, diciéndole lo que habían visto y lo que habían respondido. El rey y sus principales quedaron muy admirados de una cosa tan prodigiosa y nunca oída, y así cobraron de nuevo gran temor a los mexicanos diciendo el rey a su gente:

—«Ya os he dicho que esta gente es muy favorecida de su dios, y gente mala y de malas mañas; dejadles, no les hagáis mal, que mientras no les enojáredes ellos estarán sosegados». Desde entonces comenzaron los mexicanos a entrar en Culhuacan, y tratar y contratar libremente y a emparentar unos con otros tratándose como hermanos y parientes.

Estando en esta paz y sosiego, Huitzilopochtli, dios de los mexicanos, viendo el poco provecho que se le seguía de sus intentos con tanta paz, dijo a sus viejos y ayos:

—«Necesidad tenemos de buscar una mujer, la cual se ha de llamar la Mujer de la Discordia, y ésta se ha de llamar mi abuela en el lugar donde hemos de ir a morar, porque no es este sitio donde hemos de hacer nuestra habitación, más atrás queda el asiento que os tengo prometido, y es necesario que la ocasión de dejar este que ahora habitamos sea con guerra y muerte y que empecemos a levantar nuestras armas, arcos, flechas, rodelas y espadas y demos a entender al mundo el valor de nuestras personas. Comenzad pues a apercibiros de las cosas necesarias para vuestra defensa y ofensa de nuestros enemigos, y búsquese luego medio para que salgamos de este lugar. Y sea éste: que luego vayáis al rey de Culhuacan y le pidáis su hija para mi servicio, el cual luego os la dará, y ésta ha de ser la mujer de la discordia como adelante lo veréis».

Los mexicanos, que siempre fueron obedientísimos a su dios, fueron luego al rey de Culhuacan, y proponiendo su embajada viendo que le pedían la hija para reina de los mexicanos y abuela de su dios, con codicia de esto diósela sin dificultad, a la cual los mexicanos llevaron con toda la honra posible [y] con mucho contento y regocijo de ambas partes, así de los mexicanos como de los de Culhuacan. Y puesta en su trono, luego aquella noche habló el ídolo a sus ayos y sacerdotes diciéndoles

—«Ya os avisé que esta mujer había de ser la de la discordia entre vosotros y los de Culhuacan, y para [que] lo que yo tengo determinado se cumpla, matad esa moza y sacrificadla a mi nombre, a la cual desde hoy tomo por mi madre; después de muerta desollarla heis toda y el cuero vestírselo a uno de los principales mancebos y encima [debe] vestirse de los demás vestidos mujeriles de la moza, y convidaréis al rey, su padre [para] que venga a hacer adoración a la diosa su hija y a ofrecerle sacrificio». Todo lo cual se puso por obra (y esta es la que después los mexicanos tuvieron por diosa, que en el libro de los sacrificios se llama Toci, que quiere decir «Nuestra Abuela»). Llamaron luego al rey, su padre, para que la viniese a adorar según el ídolo lo había mandado. Aceptó el rey el convite, y juntando sus principales y señores les dijo que juntasen muchas ofrendas y presentes para ir a ofrecer a su hija que era ya diosa de los mexicanos: ellos, teniéndolo por cosa muy justa, juntaron muchas y diversas cosas acostumbradas en sus ofrendas y sacrificios, y saliendo con todo este aparato con su rey, vinieron al lugar de los mexicanos, los cuales los recibieron y aposentaron lo mejor que pudieron, dándoles el parabién de su venida. Después que hubieron descansado, metieron los mexicanos el indio que estaba vestido con el cuero de la hija del rey al aposento del ídolo Huitzilopochtli, y poniéndolo a su lado, salieron a llamar al rey de Culhuacan y padre de la moza, diciéndole:

—«Señor, si eres servido bien puedes entrar a ver a nuestro dios y a la diosa tu hija, y hacerles reverencia ofreciéndoles tus ofrendas». El rey, teniéndolo por bien, se levantó y entrando en el aposento del ídolo, comenzó a hacer grandes ceremonias, y a cortar las cabezas de muchas codornices y otras aves que había llevado, haciendo su sacrificio de ellas, poniendo delante de los dioses muchos manjares, incienso y flores y otras cosas tocantes a sus sacrificios, y por estar la pieza oscura no veía a quién ni delante de quién hacía aquellos sacrificios, hasta que tomando un brasero de lumbre en la mano según la industria que le dieron, echó incienso en él y, comenzando a incensar, se encendió de modo que la llama aclaró el lugar donde el ídolo y el cuero de su hija estaba, y reconociendo la crueldad tan grande, cobrando grandísimo horror y espanto soltó de la mano el incensario y salió dando grandes voces, diciendo: