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Madres, padres e hijos. No hay nada más antiguo ni nada más desconocido que esta relación. ¿Qué significa ser padres? Este libro no da consejos, no prescribe normas ni comportamientos. Describe una identidad. No se "hace" de padre o madre, se "es" padre o madre. El problema de ser personas, de ser hombres y mujeres verdaderos. "Todo lo que yo soy -y por tanto cómo me trato a mí mismo, cómo trato los sentimientos, cómo trato a mi hijo, cómo trato mi trabajo, a mis amigos, el mundo, la realidad y la vida- lo irradio sobre mi hijo, que absorbiendo mi imagen, por así decir, aprende quién es, aprende su propia identidad". Lejos de ceder a la tentación de afrontar el problema desde el intelectualismo o el psicologísmo, y menos aún desde el tecnicismo, este libro revela una experiencia, describe la vida de los padres y los hijos, sus problemas, sus inquietudes, sus esperanzas.
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Seitenzahl: 391
Veröffentlichungsjahr: 2006
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Ensayos
VITTORIA MAIOLI SANESE
Padres e hijos: la relación que nos constituye
ISBN DIGITAL: 978-84-9055-215-5
Título originalHo sete, per piacere
© 1996 Vittoria Maioli Sanese
© 2006 Ediciones Encuentro, S. A., Madrid
Traducción Marta Graupera
Diseño de la cubierta: o3, s.l. - www.o3com.com
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ÍNDICE
Prólogo a la edición española
Introducción
Prólogo
Un libro. Mis brazos
El gran árbol
Tengo sed, por favor
Beso abierto de par en par
Primera parte EL PENSAMIENTO DE LA VIDA
1. La estructura familiar
2. «Código materno» – «Código paterno»
3. Ser padres: una identidad que realizar
4. «Llegamos a ser padres». La identidad de padres
5. El hijo adolescente: ¿un problema o crecer juntos?
6. Un hijo adolescente: tu sacrificio, tu recurso
Segunda parte «LA PREGUNTA ES LA PIEDAD DEL PENSAMIENTO» SEMINARIOS
1. El padre protector
2. ¿Padres o educadores?
3. Relación de pareja y crecimiento del niño
4. ¿Sierva o reina?
5. Equivocarse siempre, no equivocarse nunca
6. La comida
7. El poder del niño
8. El hijo «parentalizado»
9. Hermanos celosos
10. Infancia y sexualidad
11. Preadolescencia y rebeldía
12. Adolescencia y sexualidad
Epílogo. En el tiempo
Conclusión
El libro que tengo ahora el honor de prologar constituye una estimulante caja de sorpresas, especialmente para quienes piensan que ya saben todo o casi todo acerca de la familia.
Los capítulos que componen este libro están arrancados de la vida de una excelente psicóloga profesional, con muchos años de experiencia al servicio del matrimonio y la familia. Los textos aquí reunidos convergen en una unidad: la de la vida de su autora. Una vida hecha comunicación a través de decenas de conferencias impartidas por toda Italia, en las que la palabra vivida se ha hecho alimento y ayuda al servicio de la identidad de muchos padres.
El libro que tienes entre tus manos, amable lector, está fundamentado científicamente, pero es algo más que eso: es sobre todo un urgido discurso en el que se palpa lo vital, dramático y experiencial de algunas cuestiones relevantes, de acuerdo con las nuevas exigencias de nuestro tiempo acerca de la familia.
Unas experiencias —la de su autora y centenares de padres— que han sido verificadas por la primera en el quehacer clínico de la terapia y orientación familiar al que se ha dedicado durante más de seis décadas.
El hecho de mostrar cómo encontrar la propia identidad de la pareja, en tanto que madres y padres, es en mi opinión una de las mejores aportaciones de este libro. Es precisamente ese encuentro consigo mismo —en tanto que padre o madre— lo que se ha ofrecido a otros muchos hombres y mujeres en los que también ha arraigado esta experiencia vital —inconmensurable, grandiosa y en modo alguno delegable— de la paternidad y maternidad, una vez que esa experiencia les ha acontecido y ha sido por ellos acogida.
Los hitos más relevantes con que se jalonan aquí los mil y un temas que su autora trata acerca de la familia no son meras construcciones teóricas más o menos permeables a la presión de las ideologías del momento. En el discurso que aparece en las páginas que siguen se trata de la experiencia hecha biografía, de la palabra que entreteje la urdimbre del encuentro, de la orientación —incluso en esas pequeñas cosas domésticas— para que otros aprendan con cierta facilidad cuál es el ser de la paternidad y maternidad.
Las numerosas preguntas y cuestiones planteadas por los asistentes a esas conferencias, de que se ocupa la segunda parte de esta publicación, son contestadas con sinceridad, firmeza y transparencia. Con su lectura —estoy seguro de ello— los lectores encontrarán esos referentes que todo caminante precisa para no extraviarse en la travesía de la vida conyugal.
Las afirmaciones a que llega Maioli Sanese no surgen de la mera conceptualización teórica —por bien fundada que esté— acerca de la familia y el matrimonio. Estas afirmaciones hincan sus raíces en el ámbito de lo vivido, allí donde la vida se hace biografía palpitante, y la biografía deviene en historia conclusiva y contrastada.
Además de disponer de una excelente capacidad de observación, es preciso reconocer a su autora la valentía con que sostiene en público las conclusiones a que ha llegado en su trabajo clínico, con independencia de que sean o no «políticamente correctas».
Todas las páginas de este libro están atravesadas por ese vigoroso coraje —fundado sobre las experiencias propias y ajenas, y abierto a la reflexión— que tanto animará a continuar con su lectura al interesado lector.
Es un libro que, sin duda alguna, hará pensar sobre muchas de las estereotipias puestas en circulación por el «imaginario colectivo» acerca de numerosas realidades familiares.
Esta publicación, preciso es reconocerlo, tiene «tirón», arrastra, invita a no detenerse en su lectura, conmueve y trasmite una renovada energía —además de ilustrarnos—, para continuar desempeñando ese complejo y necesario oficio de la paternidad en el horizonte erizado de dificultades del siglo XXI.
Me detendré, ahora, en considerar tan sólo una de las cuestiones innovadoras de las que se ocupa su autora. Éste es el caso, por ejemplo, de lo que se ha dado en llamar ‘la ideología de género’, una cuestión medular por cuanto atañe a la identidad de las personas en tanto que padres y madres.
«Estamos asistiendo —escribe— a una fuerte feminización del hombre y a una masculinización de la mujer». El problema reside en no aceptar la diversidad masculina y femenina o en suponer que pueden homologarse si se llega a un pacto o acuerdo, si se llega a «pensar de la misma manera».
Pero la diversidad se sostiene en la diferencia. Se llega a eso cuando «se lleva a cabo una operación que yo considero irracional y violenta, porque conduce a la eliminación de una parte de la realidad. [...] Es como si cada uno de los dos tuviera que renunciar, de algún modo, a una parte de sí mismo, a la propia y plena identidad y a la propia realización».
Maioli Sanese insiste en algo muy importante: la banalización y casi extinción del «sentimiento de pertenencia» en la familia. «La cultura dominante ha intentado minar todo esto en nombre de la nada, exaltando precisamente la no pertenencia, la autonomía y el origen individual de cada uno».
La abolición del padre y del «código paterno» ha suscitado la eliminación en los hijos de todo lo que eso lleva consigo: la ley paterna, la indagación sobre el propio destino, la identidad personal, los sentimientos de predilección y satisfacción, la afirmación de sí mismo, el impulso de búsqueda y conocimiento, etc. Eliminando al padre se ha eliminado el vínculo de pertenencia.
«El 68 —escribe— marca el apogeo de la desestabilización del concepto de autoridad, con la consiguiente ‘destrucción’ del padre». La ausencia del padre y la cultura apátrida han reducido esa sociedad bicéfala —padre y madre— que es la familia a un solo código: el materno. De acuerdo con ello, «la familia se está convirtiendo en el lugar del sentimiento, de los cuidados, de las necesidades. Ha perdido todo aquel plus ligado al ‘código del padre’».
Vittoria Maioli Sanese entiende que no es la llegada del hijo la que hace a la pareja ser padre y madre. Lo que les hace ser padre y madre es la unión conyugal. En su opinión, la familia es conyugalidad. La llegada del hijo hace que sean en total la pareja más uno. «La pareja no puede mezclarse nunca con la familia: esos dos son siempre dos y nunca pueden convertirse en tres, cuatro... Se convierten siempre en dos + uno, dos + tres, etc., [...] el desbarajuste mayor es añadir la identidad de padres a la identidad conyugal».
Según esto, la identidad de la persona está sujeta también a un cierto ciclo. Primero se es hijo, y luego se es esposo y esposa, es decir, padre y madre. El autor de estas líneas está de acuerdo con este ‘salto’ de hijo a padre y madre. Pero no se identifica plenamente con el ciclo propuesto por la autora acerca de la identidad de los padres.
En opinión de quien esto escribe no es que la identidad de la persona vaya saltando de una a otra etapa, sino que en la medida que madura y asume los cambios vitales que acontecen en su persona, la identidad se va modelando de otra forma. Así por ejemplo, los esposos continúan siendo hijos pero hijos-esposos, hijos que han ‘abandonado’ a sus padres —en los que sus padres siguen siendo sus padres y de los cuales ellos siguen siendo sus hijos— para fundar una familia.
La nueva familia fundada por ellos ocupa ahora el lugar prioritario de las relaciones interpersonales y por eso mismo constituye el ‘núcleo duro’ de su ser personal, de sus preocupaciones y responsabilidades, de sus proyectos e ilusiones, en definitiva, de la vida como tarea que se han marcado y el proyecto común en que libremente se han embarcado.
De otra parte, la unión conyugal —por muy denso y exigente que sea el vínculo entre ellos, que lo es— no es sinónimo de maternidad y paternidad. Considero más bien que la maternidad y paternidad constituyen otra etapa evolutiva de la identidad de los esposos, sin que haya ninguna pérdida o quiebra en la transformación de sus anteriores y respectivas identidades como hijos.
Es cierto que la maternidad y la paternidad no comienzan con el nacimiento del hijo, sino con la fecundación, con la presencia de un ser vivo en el seno de la madre. La maternidad y la paternidad están vinculadas a la fecundidad, a la emergencia ex novo de un ser que es diferente de ellos, libre y distinto de la relación que les une, aunque esa relación esté presente y sea la razón de ser del origen del nuevo ser.
Estoy muy de acuerdo, no obstante, con Maioli Sanese en la mayoría de las afirmaciones que sostiene, especialmente en lo que se refiere a las crisis que se suscitan en los hijos cuando sus padres no respetan la espontánea y natural evolución de su identidad o cuando uno de ellos o ambos se adhieren tanto a la vida de los hijos que obstaculizan o sofocan su personal unidad con el otro cónyuge.
Ésta suele ser una de las causas principales que suscita numerosos conflictos entre los jóvenes esposos y sus respectivas familias de origen. ¡Cuántos esposos continúan estando más vinculados como hijos a sus respectivas madres que, como cónyuges, a sus respectivas esposas! ¡Cuántas esposas persisten en adorar a sus padres varones sin que se dé en ellas la necesaria admiración por las personas de sus maridos! Algo muy parecido podría afirmarse —aunque sea de muy diferente naturaleza— respecto de las relaciones padres-hijos y madres-hijas, una vez que los hijos ya se han desposado.
En estos problemas —hoy muy frecuentes— pueden desvelarse tres tipos de errores: los de los padres de origen, los de los hijos originarios y los de los cónyuges que no han madurado ni asumido la responsabilidad que acompaña al hecho de la paternidad.
Pero regresemos al estudio de la familia en sí misma considerada. La cadencia hombre-esposo-padre-abuelo como la análoga secuencia relativa a la mujer, constituye un eje vertebrador de la identidad personal que, sin rupturas ni astillamientos, va madurando y adquiriendo una mayor densidad.
Es muy conveniente, por eso, el estudio de la evolución de la identidad en el matrimonio y la familia. En los hijos los cambios han sido bien estudiados desde antiguo por la psicología evolutiva; en los padres, en cambio, sólo se ha estudiado en tanto que ciclo vital de la familia, pero en modo alguno en tanto que evolución de la identidad de los cónyuges. Esta cuestión es relevante por cuanto reobra sobre la dinámica familiar a la que, sin duda alguna, condiciona.
A lo largo de esa secuencia en la identidad de los esposos, se diría que cada nueva etapa absorbe, engulle y disuelve la identidad anterior aunque, venturosamente, no extinguiéndola sino transformándola. Lo más frecuente es que la maternidad y la paternidad soslayen, en primer lugar, la identidad de esposa y esposo y, más tarde, la de mujer y varón y, después, la de hija e hijo.
Hay motivos que hacen comprensiva esta secuencia. Los hijos, dado el estado de indefensión y desvalimiento en que se encuentran, no dan nada pero lo exigen todo. Pero los hijos son la natural consecuencia de una relación (entre el marido y su esposa), que no puede quedar eclipsada por las demandas del recién llegado a la familia.
Los cónyuges han de tener presente que en su identidad todas estas etapas tienen cabida, sin que ninguna de ellas se arrogue la primacía o superioridad sobre ninguna otra. En el orden del matrimonio, la mujer y el marido están antes que los hijos, porque cualquier cónyuge es anterior, superior y origen de los hijos.
Otra cosa bien diferente es que en el orden de las necesidades y urgencias demandadas haya que priorizar, en muchas ocasiones, la ayuda, cuidado y crianza de los hijos respecto de la relación conyugal. Pero priorizar (temporal o momentáneamente) en modo alguno significa excluir, desinteresarse, abandonar o menospreciar la relación con el otro cónyuge, que también tiene sus necesidades.
La ‘hoja de ruta’ del matrimonio está hoy un tanto falseada. Cuando se da prioridad sólo a la atención al hijo, a la que suele acompañar la desatención al otro cónyuge —a pesar de que ambas relaciones sean siempre compatibles—, la identidad de los cónyuges comienza a resquebrajarse.
Desde la perspectiva sociológica esa madre o ese padre serán calificados de «buenos padres», pero eso es a costa de tomar una parte de su identidad personal (la de la paternidad) por la totalidad de su identidad conyugal (esponsal) y personal. En ese caso habría que añadir que tal vez sean muy «buenos padres, pero muy malos esposos». ¿Consideran que esta última afirmación es coherente? ¿Se puede ser, por ejemplo, ‘buena madre’ y ‘mala esposa’? ¿Es eso posible?
En esa ‘hoja de ruta’ ahora no comparece el hito —cronológicamente primero— del encuentro entre hombre y mujer. Esto quiere decir que los cónyuges en la pareja se encuentran sub specie padre y madre, pero muy poco en tanto que esposo y esposa y prácticamente nada como hombre y mujer.
Si representáramos los tiempos ocupados por cada una de esas parciales identidades personales y familiares nos apercibiríamos mejor del craso error en que se incurre.
En ocasiones, tras el nacimiento del hijo, los encuentros entre sus padres —como hombre y mujer— se distancian y casi desaparecen. La paternidad ha absorbido a la hombría y la maternidad a la feminidad. Los cónyuges han sido expulsados de su vida íntima, de sus expresiones y manifestaciones de afecto, de sus relaciones sexuales, de sus encuentros personales. La complicidad y el compañerismo entre ellos han sido abolidos, como la propia identidad conyugal y el significado que alienta en esas relaciones. Ahora queda sólo la rutina y el continuo esfuerzo por sacar adelante a la familia. Pero eso no es a causa de una exigencia natural del hijo, sino de la ignorancia y de la mala organización de la vida conyugal.
Esto genera multitud de consecuencias, muchas de las cuales son nefastas para la familia y la pareja.
La primera de ellas es el filiarcado: la asunción del poder familiar por parte del hijo y el sometimiento a él por parte de los padres. El hijo llora y no deja dormir; el hijo no quiere comer y los padres pierden los nervios; el hijo grita, lo toca todo, desobedece, tira una y otra vez el chupete, se enfada, rompe objetos valiosos, etc. Al hijo hay que limpiarlo, bañarlo, vestirlo y desvestirlo, acostarlo, darle de comer, pasear
lo, llevarlo al pediatra, entretenerlo, acompañarle y recogerle en la guardería, etc.
Lo más importante no es sólo lo anterior. Lo más importante es que al hijo hay que dedicarle tiempo, quererle, hablar con él, compartir con él la propia vida, porque en todo esto consiste la tarea profunda de educarle (actividades que conciernen a la identidad de los cónyuges en tanto que padres).
Si al hijo no se le permite hacer lo que por sí mismo puede se le está sustituyendo. Sustituir a una persona es tanto como anularla, vaciarla de significado, calificarla de inútil, imposibilitar su crecimiento. Lo que cada hijo pueda hacer por sí mismo —por pequeño o modesto que sea— que no lo haga ningún padre por él. Poco importa que el crecimiento en esas habilidades y destrezas sea más lento o que las tareas que realizan lleven más tiempo y obtengan peores resultados que si las realizaran sus padres.
En el origen del ser, el hijo es después que los padres y constituye por eso un grave error entregar el poder de la familia a quien está peor dotado para ejercerlo, a causa de su natural inmadurez.
La segunda de ellas es la posesión afectiva por el hijo de uno de los cónyuges. La voracidad y el hambre de afecto en los hijos no tienen límites. Corresponde a los padres —y al tiempo que los padres le dedican— establecer esos límites. No se sostiene aquí el hecho de tratarles con negligencia, descuido o desinterés. Se trata tan sólo de ponerles en su sitio, de respetar un orden, de establecer una secuencia de prioridades en los compromisos afectivos.
A las madres les cuesta mucho administrar de forma rigurosa y justa su propia afectividad. ¿Qué lugar ocupa el marido en su corazón, después del nacimiento del hijo? ¿Cómo percibe el marido a esa mujer? ¿Tiene el mismo significado que antes del nacimiento de su hijo? ¿Es suficiente para la madre ese ‘amor sustituto’ en clave de maternidad y filiación? ¿Se conforma y satisface con eso sólo?
El nacimiento del hijo tendría que reforzar y robustecer las relaciones y el querer que se da entre ellos. El amor de la madre por el hijo debiera acrecer el amor que siente por su esposo; el amor del padre por la madre habría de potenciarse con un cierto plus, el amor añadido que experimenta por su hijo.
Cuanto más se amen los cónyuges tanto mejor amarán a su hijo, porque es el propio amor de la pareja el que sale garante del amor paterno y materno. Si la maternidad y la paternidad se viven como algo que forma parte —y parte importante de la misma identidad conyugal (un ser que consiste en ser-madre o ser-padre de)—, entonces no tendrían lugar estas disfunciones afectivas.
El amor del hijo une o debería unir a sus padres. Sería un contrasentido, además de una paradoja, que el amor del hijo debilitara, sofocara u obstaculizara el amor entre los esposos. Más aún: la misma relación entre ellos, como hombre y mujer, habría también de vigorizarse, en el sentido de optimizarse en su radicalización, puesto que ahora son dos —como hasta ahora— más un nuevo ser que procede de ellos.
Ese ‘tercero’ no debiera percibirse nunca como un tercero en discordia —alguien yuxtapuesto, sobreañadido o caído de no se sabe dónde, que compite y dificulta la relación que hay entre ellos—, sino efecto de la generación en que ha fructificado esa unión, que se renueva y acrece con el nuevo fruto.
Proceder de forma contraria manifestaría que la maternidad o paternidad no se han asumido —y que hay un grave problema de identidad conyugal—, por lo que consideran al hijo como ‘lo preocupante y limitativo de su relación’, ‘lo que entorpece y debilita sus encuentros’, es decir, ‘lo que ha venido a crearles problemas que les distancian más que les unen’.
Algunas madres se ‘vuelcan’ (¿apegan?) tanto afectivamente a sus hijos que su corazón se llena y apenas si deja algún lugar para su esposo. Esto constituye un grave error por el que todos pierden y nadie gana. Pierde la madre que, a pesar de la ternura que da y recibe de su hijo, su afectividad ya no se dirige a alcanzar el fin principal: el corazón del hombre que es su marido. Y si eso no lo logra, antes o después se sentirá sola, porque sus sentimientos están llamados a expresarse y satisfacerse en otra dirección, con la que ya no sabe, no puede o no quiere acertar.
Pierde el padre, que tal vez se refugie en el trabajo, se distancie de su esposa, contemple a su hijo como el usurpador de su amor o comience a experimentar celos de él. Sea como fuere, en ese caso su identidad de padre y de persona sufre la funesta fragmentación que tendría que haber evitado. Como padre, su identidad consiste también en ser ‘ser-padre-de’ y sus consecuencias (tratar a su hijo, quererlo, hablarle, disfrutar de él, enseñarle las cosas de este mundo, compartir con él su vida, y no olvidarse de que la identidad del hijo parte de su identidad como padre). Renunciar a la identidad de padre es imposible. Porque no hay padres de quita y pon, ni padres ad casum, ni padres transitorios. La condición de la paternidad es una condición para la eternidad.
En último lugar, pierde el hijo porque estará falto del necesario modelo para su identidad, porque aprenderá el amor posesivo que ‘toma’ y no ‘da’, se guiará por la mera dependencia afectiva y no sabrá valerse por sí mismo ni llevar la iniciativa en el darse al otro sin esperar nada a cambio. Aquí podrían citarse miles de ejemplos para ilustrar lo que se acaba de afirmar.
Pondré sólo uno de ellos, que es suficientemente significativo: los hijos han de dormir en su propia cuna y, apenas crezcan, en su propia habitación. Que un niño duerma entre sus padres no es nada higiénico para él, al mismo tiempo que constituye un poderoso obstáculo que distancia a sus padres. Lo mismo podría afirmarse de esa moda reciente en que padres e hijos se duchan juntos (la abolición del pudor) como si fuera lo más natural.
La tercera de ellas es el victimismo familiar. Tener hijos —tal y como lo entienden hoy muchos y muchas— es complicarse la vida, elegir un estorbo que impide la realización personal, asumir una esclavitud de la que jamás se podrán zafar. Esta representación de la maternidad en el ‘imaginario colectivo’, además de equivocada, resulta funesta para la entera sociedad.
El estudio atento, por ejemplo, de la inversión de la pirámide poblacional, el número progresivamente creciente de abortos y el incremento de rupturas conyugales podrían demostrar algunas de las relaciones existentes entre esos hechos y las actitudes familiares victimistas.
El modo en que parece proceder la razón de los cónyuges para consolidar estas actitudes es, con cierta probabilidad, el siguiente: «Allí donde yo estoy, no hay lugar para ti». «Si tú estás, yo no puedo realizar lo que deseo y realizarme como persona» (falsa identidad). «Es así que yo estoy y elijo realizarme a mí misma; luego no te puedo elegir a ti».
Si en las anteriores proposiciones se sustituye el ‘estar’ por el ‘ser’, la conclusión no cambiaría nada aunque, sin duda alguna, sería más fuerte al formularse como sigue: «Si yo soy, tú no puedes ser». Ese ‘tú’, en ocasiones, es pura fantasía, mero proyecto posibilista e inacabado, cálculo combinatorio, representación futurista de lo que seguro no hay que hacer. Otras veces, sin embargo, ese ‘tú’ ha comenzado a existir, es ya una realidad que vive, un ‘alguien’ que ha sido llamado a la existencia, con independencia de que se le excluya y condene a una muerte indigna: el aborto.
En realidad, esas fingidas incompatibilidades entre la maternidad y la autorrealización son sólo fingidas. En primer lugar, porque la vida es un regalo y un don, que en alguna forma genera una deuda que sólo puede condonarse dando la vida a otro o dándose a otros —consecuencia primera de esa real compatibilidad—. ¿Para qué serviría realizarse profesionalmente a expensas de no darse a nadie?
En segundo lugar, porque en la amplitud, diversidad y largo alcance del arco de la vida hay lugar y tiempo para todo, incluso para hastiarse y aburrirse contemplando con desesperación el propio yo. ¿Es que acaso la compañía del hijo y su propio desvalimiento, la ternura de su mirada festiva al encontrar a su padre o la placidez con que se entrega al sueño no llenan de satisfacción los ámbitos de la maternidad y paternidad?
En tercer lugar, porque la identidad de los cónyuges que, voluntariamente y sin causa alguna, excluyen la maternidad y la paternidad resulta amputada en uno de sus componentes principales. Sin hijos puede haber hombre y mujer, esposo y esposa, incluso familia, pero no padre y madre. La paternidad y la maternidad transforman y completan la personalidad de los cónyuges, optimizando sus respectivas identidades que, a causa de ello, se manifiestan ahora como más maduras, completas y bien integradas.
Lo que permanece en la familia es lo que resiste a los cambios —especialmente los personales—, las contradicciones, las sorpresas, los acontecimientos imprevisibles de cualquier signo que fueren, la mudanza siempre cambiante en que consiste el vivir humano. En la familia permanece lo que no puede morir, es decir, la relación permanentemente abierta y puesta a buen recaudo del olvido; el ámbito donde, de forma imperecedera, cada uno de sus miembros se reconoce a sí mismo como formando parte de ella, y a donde siempre cabe regresar, especialmente cuando sobrevienen las dificultades.
Cualquier recorrido por el interior de uno mismo desvela enseguida la pujanza, frescura y vitalidad de las tempranas y consistentes relaciones familiares. Ése es el ‘núcleo duro’ de la identidad que no se ha deformado a pesar de los pesares. Y ese núcleo es interior a la persona. Lo que da seguridad al propio ser no procede de fuera, sino de dentro y es reconocido como aquello que está acunado en la intimidad y entreteje y sostiene la misma singularidad personal, gracias sobre todo a la familia y al sentido que aquélla le ofreció.
La familia es el pilar de la vida, la fuente de donde mana la propia existencia, el hontanar del que brota la singularidad personal. Eso es precisamente lo que nos deja la vida: la singularidad que cada uno es y con ella la responsabilidad indelegable de lo que hay que hacer con la propia existencia.
No, no es poco lo que nos deja la vida, a través de la familia. Tomar conciencia de la propia vida es por eso evocar al mismo tiempo la familia de la que procedemos, la libertad que allí nos alentó, el afecto de los padres que nos alimentó, y la seguridad de que esas relaciones, formando parte de nosotros mismos —y, por eso, en cierto modo auto-constitutivas— configuran la urdimbre afectiva y efectiva de la propia singularidad y la razón de ser quienes somos.
Aunque algunos políticos tengan la pretensión de aherrojar la actual familia como si se tratara de un sujeto privado, en modo alguno es así. Porque la familia es anterior y superior a cualquier organización pública y sin ella no puede haber Estado. El mismo Estado es deudor de la familia, pues sin ésta no habría ni sociedad, ni personas.
«Si el que predica no arde, el fuego no prende en quienes le escuchan», dice un viejo proverbio castellano. Afortunado lector, el libro de Vittoria Maioli Sanese, en el que he tratado de introducirte, está escrito con el fuego de su corazón y la madera de su experiencia. Su discurso es, desde luego, ardiente. Ojalá que su lectura prenda en ti y suscite la luz y el calor que precisas para atinar, con paso decidido, por las dificultosas travesías de la vida familiar.
Recuerda que, como escribía Oscar Wilde, «la instrucción es algo admirable, pero las cosas más importantes de la vida no pueden enseñarse, sólo pueden encontrarse». Deseo vivamente que su lectura te ayude a encontrar a tu familia y que, instruyéndote en esa difícil disciplina, te encuentres a ti mismo, a la mejor persona que hay dentro de ti.
Hoy algunos fían todo a lo que ‘se dice’, ‘se piensa’ y ‘se comenta’, de acuerdo con lo que comparece en los medios de comunicación social (el ‘pensamiento dominante’). Otros, en cambio, están atentos sobre todo a la observación de lo que acontece en su medio, a las rutinas de la vida hecha ‘costumbre’. Son pocos, en cambio, los que miran hacia dentro para desde allí alzarse con los robustos y rigurosos criterios en que han de sostener su vida familiar.
Las múltiples opciones en que hoy se debate la vida de familia ha diversificado, sin duda alguna, los modelos de familia y hasta ha fragmentado su mismo concepto. Al parecer, hay opciones para todos los gustos: ‘mucho observar y nada pensar; mucho hacer y nada observar; mucho sentir y nada hacer; mucho estudiar y nada servir’. Pero quienes no ensamblen de forma armónica lo uno y lo otro, ni piensan, ni estudian, ni sienten, ni observan, ni sirven, ni hacen una familia dichosa.
Te deseo que la lectura reflexiva de este gozoso libro te ayude a integrar en un nivel superior las ricas experiencias que en él se exponen, de manera que tu observar, pensar, sentir, estudiar, servir y hacer tu familia contribuyan a macizar la felicidad familiar en que seguramente un día, acaso lejano, soñaste.
Aquilino Polaino Lorente
Desde hace años, al final de cada conferencia, seminario o curso para padres, se me acerca alguien preguntándome el título de un libro, pidiéndome cuadernos, transcripciones o cualquier otra cosa parecida a un instrumento de reflexión y de trabajo, para llevarse a casa, para quedárselo. Estas peticiones consiguieron que venciese mi resistencia y empecé a concebir este libro: se trata de un conjunto muy especial de materiales, pero sobre todo de un instrumento de trabajo común, un método distinto del que uso normalmente.
Como he hablado de una resistencia que he tenido que vencer, tengo que explicar cuál es. Desde que empecé mi trabajo como psicóloga de pareja y de familia, la pregunta que más me apremiaba era: ¿en qué ámbito de la vida de la persona se coloca la relación de pareja, la familia, la relación entre padres e hijos? ¿Cómo se sitúan estas relaciones respecto a la persona y a quién pertenecen? En definitiva: ¿quién tiene la última palabra? Estas preguntas, y todo lo que de ellas se deriva, han abierto en mí un flujo de búsqueda inagotable; sobre todo han hecho que me sea imposible conceder la última palabra sobre la persona a explicaciones técnicas, que hoy día están tan de moda. ¿Qué significa esto? Que la relación hombre-mujer, la familia, la relación padres-hijos pueden encontrar sólo parcialmente en la psicología, en la pedagogía, en la sociología, un instrumento que clarifique su verdadera naturaleza. Entonces, ¿a quién pertenecen? ¿Dónde se colocan en la vida de la persona? Evocan el destino; es decir, son la experiencia pedagógica de la identidad de una persona, de la naturaleza humana. El método de esta experiencia es la «carne», el «cuerpo» en su totalidad y dramaticidad existencial. En otras palabras, en la experiencia de ser hijos, de la masculinidad, de la feminidad, del amor, del dolor, del gozo, de la muerte —que todos debemos vivir— cada uno de nosotros aprende quién es. Cada uno aprende en carne propia la impresionante fórmula de la naturaleza humana que es la libertad, es decir, el infinito.
Cada vez con mayor preocupación, he visto en estos años penetrar en la vida de las personas una imagen de sí mismas como función e instrumento y dar paternidad, es decir, poder de definición de su persona, a la psicología, a los medios de comunicación de masas y, más en general, a la técnica. De aquí nace la resistencia a publicar parte de mi trabajo: no quería ofrecer una ulterior contribución a esta imagen de «prestación» que se ha insinuado en la familia.
En las páginas de este libro encontrarán una primera parte verdaderamente anómala respecto de las otras dos que, de alguna manera, son homólogas. El intento, seguramente imperfecto, de introducir en la certeza de que hablar de familia, de padres, de hijos —tanto si lo hacemos en el bar como en el supermercado, con la amiga o cenando con el jefe— corresponde en cualquier caso a abrir una puerta sobre el horizonte infinito, profundo, misterioso, sugestivo de nuestro destino. E implica la introducción en algo cargado del valor de nuestra persona y de cada uno, en el abismo de nuestra libertad. ¿Cómo es posible que sustraigamos la belleza, el misterio, la emoción profunda del amor a un hijo, a la jaula de la prestación pedagógica perfecta?
La segunda parte recoge algunas conferencias. Es el momento de la transmisión, pobre y parcial, de lo que he aprendido a través de la experiencia, el estudio o escuchando a los grandes. Me gusta el término conferencia: llevar, transmitir, transferir, poner en común. Tengo predilección por los padres activos, protagonistas, en búsqueda de la verdad para sí y para sus hijos. El riesgo que tiene el método de la conferencia es que se pueda escuchar pasivamente, que se delegue en el experto, se intelectualice la vida, el equívoco de que para ser hay que saber. Mis preguntas siempre abiertas, dialécticas con el método de la conferencia, se concentran fundamentalmente sobre cómo hacer que ese momento de transmisión de conocimientos sea realmente formativo de la identidad de los padres. ¿Cómo evitar el riesgo de intelectualización y conseguir introducir a quien escucha en la fascinación de la sabiduría sobre lo humano? ¿Cómo tratar tales argumentos, visto que se trata de nuestra vida? Cada vez que me invitan a dar una conferencia vivo una gran agitación, porque caminar y hacer caminar por los caminos de la vida requiere siempre la responsabilidad de lo verdadero, que es la única, verdadera y gran responsabilidad que tiene un padre.
La tercera parte es, quizá, la más inmediata: es la transcripción de fragmentos del trabajo formativo llevado a cabo con los padres a través de pequeños grupos de número limitado. He experimentado —desde hace ya más de veinticinco años— esta fórmula de ayuda a las preguntas de los padres. Creo que es evidente la necesidad total que el padre tiene hoy de que se le ayude en la gran tarea hacia la persona del hijo. Más complejo resulta saber cómo responder sin tecnicismos, sin respuestas preconfeccionadas. La fórmula es muy sencilla: me implico con la pregunta del padre y cedo a hacerle compañía a través de una propuesta de reflexión y de trabajo juntos. Tras muchos años de trabajo, son muchísimos los padres que han trabajado conmigo: su adhesión me ha confirmado en el tiempo la necesidad de una respuesta que asuma con pasión y afecto su necesidad. Estoy al lado de los padres, les hago compañía, recorro un trecho de camino con ellos: no porque yo sé y ellos no saben, sino para buscar y conocer. Juntos. También este libro, creo, puede ser una fórmula especial de compañía y de trabajo juntos.
NOTAS
* Como la autora explica unas líneas más adelante, este libro es el resultado de reunir distintos materiales extraídos de su trabajo durante los últimos diez años. La naturaleza de este tipo de escritura —trascripción de sesiones orales— lleva implícitas abundantes repeticiones de un mismo concepto o idea fundamental que la autora quiere transmitir y consolidar en su relación profesional con padres y educadores. Hemos respetado la forma escrita tal y como aparece en el original italiano por tres razones. 1) Por respeto a la forma original en que la autora ha querido que se edite el texto; 2) Porque la repetición de una misma idea a lo largo del libro facilita la asimilación de los conceptos fundamentales que se quieren transmitir; y 3) Porque los conceptos que se repiten se sitúan siempre en contextos de personas y preguntas diferentes, lo que proporciona una riqueza de matices y experiencias que, una vez llegados al final del libro, los lectores agradecerán.
Hace treinta y un años que estoy escribiendo este libro. Coger la pluma, poner las cosas por escrito es sólo un gesto que comporta este vivir y este escribir.
He vivido escribiendo con el deseo, la certeza y el compromiso de que todo, incluso el más pequeño de los suspiros, fuera transmitido, pasado a los demás.
Todo en mí es para otro: soy madre.
El libro empezó allí, al lado de una cuna. Recuerdo bien aquellos días: habías nacido hacía poco, una semana, diez días, un mes, tú, un hijo, el primero, el nuevo, a quien yo miraba atónita e impresionada.
Te tomaba en brazos y tú te abandonabas totalmente a mí. No recordaba haber sido nunca capaz de dejarme llevar así. Tú sí eras capaz y me revelaste mi mayor deseo, la verdad más impresionante y escondida de mi persona.
Te llevaba y te alimentaba y tú eras uno conmigo.
Este libro nació allí. Cuando mis brazos, para llevarte, te envolvían en un gesto universal de cuna —una cuna universal y decisiva—, tu rostro distendido tras el llanto, tranquilizado tras la soledad (¿había desaparecido?) me decía que no necesitabas nada más, no necesitabas nada más que a mí.
Aquí, en este gesto de ser tu cuna, nació el pensamiento de la vida, donde el sueño debía convertirse en ideal, el ideal en experiencia, el deseo en satisfacción, la pregunta en respuesta. El tiempo debía ser llamado Tiempo, el pan Pan, la luz Luz, el amor Amor, la muerte Muerte.
Estaba allí contigo, envolviéndote para nutrirte de mí. Y todo a mi alrededor pedía ser puesto de nuevo en orden, todo pedía ser mirado de nuevo, recompuesto, revisado, obtener un nuevo significado.
Pero mis brazos, estos brazos ¿qué sentido tenían?
Te había llevado dentro de mí, según una ley perfecta.
Ahora te llevaba fuera e interrogabas mi libertad. Tú estabas como si estuvieses dentro y yo te estaba poniendo dentro de mí. El espacio físico de mi cuerpo que tú habías ocupado se convertía, día tras día, en un espacio interno extraño, especial. Te abrías camino en los sentimientos, ocupabas los pensamientos, invadías las acciones, cambiabas mi día con la vida, transformabas la mirada. Abandonado a mí, me has llevado de la mano a descender, descender hasta los estratos de la vida, hasta el llanto de mi necesidad, hasta la herida de mi amor, hasta la nada que no quería afrontar, hasta el miedo que no quería ver y el mal que no quería hacerte.
Una certeza lúcida, aguda: mis brazos (mis pensamientos, mi sentir por ti, mi amor). Mis brazos que te llevaban podían convertirse en una trampa para ti, en un daño para ti, en tu muerte.
Debía aprender a abrirlos, a abrirlos de par en par.
Sin dejarte caer.
Abrir de par en par para abrazar todo, contigo, no sólo a ti.
Para ti, hijo.
Si te retengo, mueres.
Si te dejo, mueres.
¿Tenerte como si no te tuviese?
¿Dejarte como si no te dejase?
Pero, ¿quién eres?
¿Conocerte como si no te conociese?
¿Cogerte para entregarte? ¿A quién?
Y yo ¿quién soy?
Empecé a escribir este libro, buscando en los caminos tortuosos y ocultos de mi existencia, en mis pensamientos y en la vida algo que fuese verdadero, de manera que diciéndote yo, tú pudieras entender tu verdadero nombre.
Los brazos se cansan de estar abiertos. Es más fácil cerrarlos, tenerte para mí, agarrarte sin dejarte.
Pero de ese modo mi yo se confunde y tú ya no eres tú: te desenfocas ante mis ojos y te conviertes en niebla, niebla sobre la vida.
Estos brazos abiertos, sí, son un dolor. Este dolor, poco a poco, se convierte dentro de mí en certeza de amarte.
Si los cierro sobre ti, yo me pierdo y tú mueres.
Llevarte conmigo, como si no te llevase.
Estrecharte, como si no te estrechase.
Mirarte, como si no te mirase.
Amarte, como si no te amase.
Porque si te llevo, te estrecho, te miro, te amo solamente, tú mueres en mí y no aprendes tu vida y tu existencia.
Hijo.
Hijo.
Fue suficiente hacerte nacer con un gesto de universal certeza, para que yo ya no sea la misma.
Me siento pequeña como madre, más pequeña que tú, hijo.
Estás aquí para convertirte en hijo, estoy aquí para convertirme en madre.
Comienzo a caminar sintiendo por primera vez la solidez de la tierra, como si hasta ahora hubiese caminado rozando la superficie, sobre caminos que, ahora lo sé, tenían como meta este paso, este pasaje.
He pasado contigo el umbral de la vida y mi pregunta es lúcida, clara, sin sombras, con la exigencia y la energía de la respuesta.
Nunca como ahora.
Nunca como ahora necesito ser yo misma para que tú puedas ser tú.
Quiero llegar a ser madre, para que tú, niño precioso, puedas ser hijo.
Érase una vez un pueblo precioso, situado cerca de un gran bosque.
Y puesto que entre el bosque y el pueblo se había creado una extraña relación llena de atractivo y de intercambio, cuando se hablaba del pueblo, se hablaba también del bosque, y así, poco a poco, día tras día, año tras año, los habitantes del pueblo decían: «Mi pueblo es ese del Gran Bosque».
En medio del Gran Bosque había un gran árbol, que era tan grande, tan bello, tan único, que poco a poco, día tras día, año tras año, el Gran Bosque llegó a ser del Gran Árbol.
Era un árbol grande, tan grande que cada primavera muchas familias de pájaros de todas las especies encontraban el lugar adecuado entre sus ramas.
Todos los habitantes del Gran Bosque, desde la primavera hasta el otoño, iban a descansar debajo del Gran Árbol, a disfrutar de su sombra, para escuchar el coro especial de sus hojas que hablaban de mundos lejanos, de noches luminosas, de destino bueno, de felicidad, de certeza, de justicia, de belleza, de la vida y de la muerte. Y todos se sentían como si hubiesen comido, satisfechos y también soñadores, protegidos, incluso más buenos, más sinceros.
Existía un rito para todos los habitantes del país del Gran Bosque del Gran Árbol. Antes de regresar a sus casas recogían una flor del Gran Árbol para adornar su mesa y alguna rama caída para hacer fuego en invierno: de este modo el perfume del Gran Árbol se esparcía por su casa.
Cuando regresaban a casa por el camino que les llevaba hacia el mundo, de vez en cuando se daban la vuelta para mirar el Gran Árbol y decían: «¡Es mío!». Pero en realidad pensaban: «¡Yo soy suyo!».
Cada habitante de aquel pueblo lo era de aquel Gran Árbol.
El Gran Árbol formaba parte de su vida y, en cualquier lugar donde cualquiera de ellos hubiese ido y hubieran hecho lo que hubieran hecho, habrían llevado en su corazón al Gran Árbol y todo lo que con él habían vivido y de él habían aprendido.
¡Qué suspiro hiciste! ¿Te gustó esta historia? La inventé para ti, sin pensar. Quizá mi cansancio de aquella noche me hizo imaginar un Gran Árbol relajante. Quizá también yo necesitaba pensar que estaba en un bosque verde y tranquilizador, tenía una flor sobre la mesa, una chimenea encendida.
Mamá, yo creo que el Gran Árbol en nuestra familia es papá.
¡Papá!
Sí, es verdad, papá es realmente como el Gran Árbol e incluso más que eso, mucho más.
Está siempre contigo y te lleva siempre consigo.
Tú le perteneces más de cuanto me perteneces. Pasas a través de mí, para que yo pueda entregarte a él. Eres suyo.
Esa luz extraña que tiene, esa mirada que le nació cuando tú naciste, jamás han desaparecido.
Está presente en tu vida incluso cuando corre, cuando está cansado, cuando piensa y cuando no piensa, cuando parece que el mundo le interese más que tú.
Es para cambiarlo, para ti, es para entregártelo más convincente, es para construirlo de manera que tú puedas vivir en él.
¡Hijo!
¡Hijo!
Sólo cuando aferres la mano segura de tu padre y seas como él te ha diseñado en su corazón, te habrás convertido en verdaderamente mío.
¡Tengo sed! Hijo, querría ser para ti una fuente que apaga tu sed.
¿Lo soy? ¿O soy más bien la certeza de que existe una respuesta a tu sed?
Esta sed, hijo, te acompaña y hace que seas igual que todos, que todos los miles de hombres que viven, que los miles de hombres que te han precedido, que los miles de hombres que vendrán.
¡Tan igual, tan universal!
No puedes separarte ni siquiera por un instante de tu sed.
Es un vínculo: personal, universal, particular, común.
Lenguaje, comunicación, búsqueda, camino, arte, icono.
Definición del hombre, de mí, de ti: de ti amor, de ti hijo, de ti amigo.
Es la necesidad que en nosotros se convierte en paso de petición, hueco de piedad, manos tendidas para recibir y para dar, intercambio de hospitalidad, respuesta y búsqueda.
¡Tengo sed!
Dentro de esta necesidad bajo por los peldaños impracticables de mi existencia, de tu existencia, de mi pensamiento, de tu pensamiento, en la inagotable búsqueda de una fuente que sacie y quite la sed: para siempre.
Así desde cero hasta los cien años, con el corazón como un desierto árido sin agua que produce constantemente el deseo de un oasis.
Pero tú, niño, me gritas inexorablemente «tengo sed» desde el primer gemido y exiges una respuesta.
Sin mi respuesta, mueres.
Eres la imagen del hombre
mendigo
herido
árido
que exige una respuesta total.
Exigencia total que grita la necesidad de una respuesta total.
Si no escucho, mueres.
Si no respondo, mueres.
Sin respuesta se acaban tu humanidad y tu grandeza.
Sin respuesta te deformas, tengas cero o treinta años, o cincuenta, o cien. Sin respuesta ya no eres tú.
Necesidad, ¡qué extraña definición de uno mismo!
Requiere constantemente que otro responda.
