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Pagar los platos rotos. Violencias interseccionales contra niñas, niños y adolescentes trabajadores del hogar en Chiapas contiene una discusión sobre la vigencia de la práctica del trabajo infantil y adolescente que se vincula a niñas, niños y adolescentes (NNA) de origen rural, quienes se incorporan a mercados de trabajo signados por inercias históricas de colonización y por lógicas de interacción social con jerarquizaciones tales como el racismo, sexismo, clasismo y adultocentrismo, mediados por el ejercicio de diversas violencias. Si bien el trabajo infantil es considerado una afrenta a los derechos de las niñas y los niños, se identificó que hay NNA que salen de sus comunidades de origen hacia las ciudades por decisión personal ante una escasa calidad de vida y conflictos domésticos. Así, estudiar a NNA indígenas e inmigrantes en Chiapas representó un reto teórico y metodológico para generar conocimiento sobre las experiencias laborales de este grupo de población y las violencias que enfrentan; al asumir el costo de trabajar y vivir en territorios y espacios domésticos diferentes a sus hogares y lugares de origen, al margen de la protección social y con gran riesgo frente a los abusos y las violencias, son quienes pagan los platos rotos en el marco de los distintos sistemas de opresión. En México, el Estado se limita a crear discursos basados en la prohibición del trabajo infantil, pero no genera políticas públicas encaminadas a observar y evitar el trabajo infantil doméstico a puertas cerradas. Este tema no aparece en las agendas de ningún orden de gobierno ni en las campañas políticas, menos aún se atiende desde las entidades y los municipios, pese a la ratificación y mandato constitucional de respetar la Convención sobre los Derechos del Niño. La complejidad del fenómeno exige respuestas y políticas integrales que muestren un interés genuino en la garantía de los derechos de NNA ubicados en los márgenes geográficos y simbólicos. De lo contrario, difícilmente se podrán modificar las estructuras sociales que mantienen sus condiciones de desventaja y vulnerabilidad social. La sociedad contemporánea enfrenta un reto de dimensiones mayúsculas y deberá poner especial atención para que no haya niñas, niños y adolescentes en condiciones de encierro y explotación en México.
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Seitenzahl: 281
Veröffentlichungsjahr: 2022
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Pagar los platos rotos. Violencias interseccionales contra niñas, niños y adolescentes trabajadores del hogar en Chiapas / Sarai Miranda Juárez.- Chetumal, Quintana Roo, México : El Colegio de la Frontera Sur, 2022.
1 recurso digital: EPUB; tablas; fotografías; cuadros; mapas; 5 MB
Incluye bibliografía
e-ISBN: 978-607-8767-64-9
1. Trabajo infantil, 2. Niñas, 3. Niños, 4. Adolescentes, 5. Trabajo doméstico, 6. Explotación laboral, 7. Inmigrantes, 8. Violencia de género, 9. San Cristóbal de Las Casas (Chiapas, México), 10. Tapachula (Chiapas, México)
Primera edición digital, septiembre 2022
Primera edición impresa, junio de 2022
Ilustración de portada e interiores: Katia Alejandra González (Tsebal Chon)
D. R. © El Colegio de la Frontera Sur
Av. Centenario km 5.5, C. P. 77014
Chetumal, Quintana Roo
www.ecosur.mx
Producción digital: Sofía Carballo Espinosa, Tipobyte estudio editorial
Corrección de estilo: Sofía Carballo Espinosa
Esta investigación fue financiada por la Beca a las Mujeres en Ciencias Sociales 2017 de la Academia Mexicana de Ciencias.
Esta publicación fue sometida a un estricto proceso de arbitraje por pares, con base en los lineamientos establecidos por el Comité Editorial de El Colegio de la Frontera Sur.
Se autoriza la reproducción del contenido de esta obra para cuestiones de divulgación o didácticas, siempre y cuando no tengan fines de lucro y se cite la fuente (favor de dar aviso: [email protected]). Para cualquier otro propósito se requiere el permiso de los editores.
Hecho en México / Made in Mexico
Por tu rostro sinceroY tu paso vagabundoY tu llanto por el mundoPorque sos puebloTe quiero,* papá (†).
* Mario Benedetti, Te quiero (fragmento)
Este libro está dedicado a todas las niñas y adolescentes indígenas que, aunque hagan todo lo que esté en sus manos, no podrán escribir un libro.
En nombre de quienes lavan ropa ajena(y expulsan de la blancura la mugre ajena).En nombre de quienes cuidan hijos ajenos(y venden su fuerza de trabajoen forma de amor maternal y humillaciones).En nombre de quienes habitan en vivienda ajena(que ya no es vientre amable sino una tumba o cárcel).En nombre de quienes comen mendrugos ajenos(y aún los mastican con sentimiento de ladrón).En nombre de quienes viven en un país ajeno(las casas y las fábricas y los comerciosy las calles y las ciudades y los pueblosy los ríos y los lagos y los volcanes y los montesson siempre de otrosy por eso está allí la policía y la guardiacuidándolos contra nosotros).En nombre de quienes lo único que tienenes hambre, explotación, enfermedades,sed de justicia y de agua,persecuciones, condenas,soledad, abandono, opresión, muerte.Yo acuso a la propiedad privadade privarnos de todo.
Roque Dalton
Agradecimientos
Introducción
Capítulo 1. NNA proletarizadas, feminizadas y racializadas
Un acercamiento desde el enfoque interseccional
NNA proletarizadas, feminizadas y racializadas
Capítulo 2. Violencias interseccionales
La violencia como mecanismo de control social
Violencias interseccionales
La potencia de las intersecciones: violencias contra NNA proletarizadas, feminizadas y racializadas
Capítulo 3. NNA trabajadoras del hogar
Infancias pobres, indígenas y migrantes
Estado de la cuestión sobre las niñas, niños y adolescentes trabajadores del hogar
Trabajo infantil en hogares de terceros
Las NNA trabajadoras del hogar en México
Las NNA trabajadoras del hogar en Chiapas. Un universo heterogéneo
Capítulo 4. Pueblo mágico: niñas, niños y adolescentes trabajadoras invisibles
Acercamiento a las NNA trabajadoras del hogar
Violencias a razón de la etnia, el género, la edad y la condición migratoria
La vigilancia y el encierro
Capítulo 5. Tapachula, ciudad fronteriza: migración y trabajo doméstico
Sobre niñas y adolescentes inmigrantes e indígenas que realizan trabajo doméstico
Niñas y adolescentes migrantes internacionales en el trabajo del hogar
Violencias a razón de algunos ordenadores sociales
Las violencias interseccionadas con la condición migratoria
Reflexiones finales: Pagar los platos rotos
Referencias
Sobre la autora
Este libro es el resultado de un esfuerzo colectivo, fueron muchas las pláticas y discusiones que sostuve con colegas y amigos sobre la problemática de las infancias trabajadoras. Agradezco particularmente a mi hermana Vanessa Miranda por sus reflexiones y ayuda con la temática del racismo. A Alma Arcelia Ramírez por su lectura juiciosa y atenta, a José María Duarte por sus aportes, lectura y conversaciones sobre esta investigación y a Juan Ferenaz por su lectura y correcciones a los capítulos teóricos.
Mi mayor agradecimiento es para las niñas, los niños y las(os) adolescentes que amablemente me compartieron fragmentos de sus vidas, muchos de ellos dolorosos. ¡Mil gracias!
Muchas gracias a la Academia Mexicana de Ciencias, pues sin el financiamiento otorgado no hubiera sido posible realizar la investigación, gracias también a El Colegio de la Frontera Sur por su apertura para la llegada de catedráticas y catedráticos conacyt.
La Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI) 2019 registra que en México existen 122,818 personas de 5 a 17 años que están ocupadas en el trabajo doméstico y de cuidados: 55.5% son mujeres y 44.5% son hombres. 87.7% de los hombres y 90.4% de las mujeres realizan este trabajo bajo las características de ocupación no permitida por edad mínima y por trabajo peligroso. A nivel nacional, Chiapas se posiciona en el lugar 19 en relación con la tasa específica de ocupación de trabajadores domésticos; la mayor tasa de participación en la entidad se encuentra en el sector agrícola —por el peso del trabajo infantil jornalero—, es probable que por tal razón el trabajo infantil doméstico no sea una problemática visibilizada social y académicamente.
Este libro versa sobre las violencias que se ejercen contra niños, niñas y adolescentes (NNA)1 que realizan trabajo doméstico en hogares de terceros. Se trata de trabajo infantil y adolescente que se lleva a cabo en una gama variada de modalidades, pero que tiene ciertos elementos en común. Quienes lo realizan poseen marcadores sociales que representan desventajas en esta sociedad: el origen étnico, el género, la clase social, la condición migratoria y la edad.
En estas páginas, las lectoras y lectores encontrarán una discusión sobre la vigencia de la práctica del trabajo infantil y adolescente asociada a niños, niñas y adolescentes2 de origen rural que se incorporan a mercados de trabajo locales e internacionales signados por inercias históricas de colonización y la validez de lógicas de interacción social en las que operan principios de jeraquización tales como el racismo, sexismo, clasismo y adultocentrismo mediados por el ejercicio de diversas violencias.
Se parte del reconocimiento de la noción de trabajo infantil doméstico de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), que hace referencia a las labores realizadas por personas de 5 a 17 años en el sector doméstico, con o sin remuneración en hogares de terceros o empleadores, y engloba tanto situaciones permitidas como actividades peligrosas (OIT, 2012). Por ello, no se contemplan las actividades domésticas que se realizan en los hogares de origen. Aun cuando parece una noción simple, en la práctica tiene un sinnúmero de modalidades que se definen por la duración y el tipo de jornada (tiempo completo o planta y entrada por salida), por el tipo de remuneración (monetaria o en especie), por la forma de reclutamiento (como trabajadores del hogar o como ahijados o algún otro parentesco), si comparten su tiempo con la escuela o no, entre otras.
Se describe la complejidad del trabajo infantil y adolescente en hogares de terceros y las violencias que padecen estos actores sociales en el ejercicio de su trabajo, situados en dos contextos urbanos de Chiapas: la ciudad turística de San Cristóbal de Las Casas y la ciudad fronteriza de Tapachula. Ambas localidades son centro de las regiones económicas Altos y Soconusco, respectivamente. Por sus características comerciales son ciudades altamente vinculadas con la economía global: en el caso de San Cristóbal de Las Casas, por su vocación turística dirigida a público nacional e internacional, y Tapachula por ser el nodo económico de empresas cafeticultoras y de otros productos agroindustriales que se exportan y se cotizan en dólares.
En ambos contextos circulan divisas y existe una vasta riqueza de recursos naturales. Sin embargo, ello es solo una cara de la moneda. Detrás de las experiencias turísticas y económicas vinculadas con la exotización de los pueblos indígenas y las ganancias millonarias de la agroindustria, coexisten desigualdades sociales que hacen que los hogares más pobres movilicen a la mayoría de sus miembros hacia el mercado de trabajo, incluyendo a niñas, niños y adolescentes. Asimismo, tales desigualdaes empujan a las(os) adolescentes a buscar estrategias para enfrentar la escasez material y de oportunidades escolares y laborales en sus comunidades de origen.
Chiapas es uno de los estados con mayores niveles de pobreza a nivel nacional. Según datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política del Desarrollo Social (CONEVAL), 83.8% de su población de 0 a 17 años vive en algún nivel de pobreza; de los 18 municipios más pobres del país, cinco de ellos se encuentran en la entidad, misma que encabeza la lista de los estados con menor ingreso mensual por persona (CONEVAL, 2018), lo que afecta particularmente a NNA, quienes ven limitado el acceso a derechos básicos como la alimentación, la salud y la educación. La pobreza y marginación que afecta a las infancias y adolescencias compromete el desarrollo presente y futuro de las nuevas generaciones, les expulsa del sistema escolar, reduciendo así sus probabilidades de incorporarse a empleos dignos y de buena calidad.
Una particularidad de la entidad es que su ubicación fronteriza la vuelve el paso y destino de miles de NNA centroamericanos, haitianos y africanos que buscan escapar de contextos de extrema violencia y carencias materiales que les empujan a migrar ya sea para lograr la reunificación familiar en Estados Unidos o simplemente como forma de huir y sobrevivir. En este contexto, una importante veta por explorar sigue siendo cómo afectan las violencias según la clase social, el género, la etnia, la edad y el origen migratorio, así como las imbricaciones que se configuran entre estas categorías, para con ello lograr una mejor comprensión de la situación de NNA que habitan y transitan por la entidad. Las violencias ejercidas de manera imbricada vulneran de varias formas los derechos de NNA consagrados en la Convención sobre los Derechos del Niño que buscan generar ambientes libres de explotación, malos tratos y violencias.
La investigación sobre violencia contra las mujeres y las niñas aún enfrenta considerables caminos por indagar, por ejemplo, la intersección entre el género y otros factores sociales, así como el análisis a partir de enfoques locales “que permitan incluir el papel de los factores estructurales en el nivel regional” (Castro, 2016, p. 28). De ahí el interés por examinar la práctica del trabajo infantil doméstico en hogares de terceros en dos contextos urbanos con similitudes y diferencias en una misma entidad federativa.
Los resultados que se presentan en este libro se derivan de un proceso de investigación de corte cualitativo. Se abordaron dos entornos con múltiples estudios de caso que no fueron considerados “desde lo único que poseen como cualquier discurso, sino desde su singularidad social… la singularidad como el cruce entre lo particular de una biografía y lo social, es decir, la forma que toma lo social cuando es apropiado por un individuo” (Lindón, 2003, p. 339).
Las herramientas utilizadas fueron las entrevistas a profundidad y la construcción de narrativas, cuya aplicación brindó la ventaja de que fue posible comprender un contexto social de sentido, en el que las narrativas particulares seguramente coinciden y están presentes en muchas otras (Lindón, 2003), lo cual aportó rigurosidad metodológica y científica a la investigación.
Durante todo el proceso de investigación se echó mano de la estrategia bola de nieve para tener acceso a todos los actores involucrados: empleadores(as), padres o tutores del hogar de origen, NNA que realizan servicios domésticos en hogares de terceros, intermediarios(as), funcionarios públicos involucrados en la prevención del trabajo infantil y trabajadores(as) de organizaciones de la sociedad civil.
Dado que se trató de un estudio de corte cualitativo, no se buscó un determinado número de entrevistas, relatos y grupos; el objetivo fue obtener un muestreo teórico (Strauss y Corbin, 2002; Taylor y Bogdan, 1996) que permitió comprender la interrelación entre los factores asociados a la violencia de género en el contexto del trabajo infantil doméstico. Por ello, el número de narrativas se definió mediante el punto de saturación teórica.
De forma complementaria, se revisaron las fuentes indirectas de información, tales como los módulos bianuales de trabajo infantil de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo, y se describió el grupo de ocupación “trabajadores domésticos, de limpieza, planchadores y otros” y “otros trabajadores en actividades elementales” de la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil que en 2019 levantó el Instituto Nacional de Estadística y Geografía. De igual manera, se consultaron algunas encuestas que proporcionaron información relevante sobre la temática estudiada. Para el análisis cualitativo se utilizó el software Nvivo mientras que para el cuantitativo se utilizó R.
Cabe señalar que el trabajo cualitativo fue realizado entre el verano de 2017 y el de 2018, de manera paralela a las actividades laborales como profesora-investigadora de la autora. El trabajo de campo incluyó jornadas enteras de caminatas por ambas ciudades en búsqueda de letreros en casas y negocios que solicitaran empleada doméstica. Se tocó puerta por puerta donde se visualizaron los letreros, se caminó por mercados, terminales de autobuses, sitios de taxis foráneos, se asistió a comunidades de origen, se entrevistó a autoridades locales e internacionales y se realizó una intensa observación y registro de datos que permitieron tener un panorama integral de la práctica del trabajo doméstico en hogares de terceros.
En la ciudad de San Cristóbal de Las Casas fue relativamente fácil obtener la confianza de los actores sociales involucrados, en particular de las y los empleadores. Abrieron las puertas de sus viviendas de par en par, me permitieron observar sus modos de vida y no tuvieron reparo en expresar sus percepciones, prejuicios y estereotipos frente a NNA que realizan trabajo doméstico en sus hogares; tampoco mostraron problema alguno en reconocer su interés y preferencia por reclutar niñas y niños frente a mujeres y personas adultas para realizar actividades domésticas.
Ello es una muestra de la naturalización de esta práctica social y, sobre todo, es una manifestación de la vigente colonización traducida en racismo y discriminación que enfrentan las y los indígenas en esta ciudad. Solo por mencionar algunos casos, al tocar una puerta donde había un letrero que decía a la letra “se solicita muchacha” y ser atendida por la dueña de la vivienda, la autora le preguntó si ella podría brindar informes sobre el letrero donde solicitaban muchacha, a lo que la entrevistada contestó: “Pero no es un trabajo para muchacha tan bonita, ¿eeehhh?”. En otra ocasión, al finalizar la entrevista, la empleadora expresó: “Ahora ya entendí, se me hacía raro que vinieras a pedir informes, por lo general quienes vienen no son así como tú”. Esto, más que de características individuales, habla del rostro social del trabajo doméstico y de cuidados asociado a personas indígenas empobrecidas y racializadas. El privilegio racial y de clase social de la autora facilitó la investigación en esta ciudad al tiempo que develó la percepción de los actores sociales sobre los cuerpos y su vínculo con los empleos menos valorados socialmente. No se concibe que los cuerpos blancos de clase media puedan limpiar la suciedad ajena.
El lugar de enunciación de la autora es de una mujer adulta blanco-mestiza con estudios de posgrado que vio abiertas las puertas de San Cristóbal de Las Casas para realizar una investigación sobre una temática espinosa que difícilmente sale a la luz y que conlleva prejuicios, estereotipos y violencias de por medio.
Así, para las y los empleadores entrevistados en San Cristóbal de Las Casas, el trabajo doméstico y de cuidados está asociado a lo feo, lo moreno, lo pobre y, en muchos de los casos, a lo que aún debe ser educado y civilizado, así que si se trata de NNA es una mejor opción. En esta coyuntura, la autora tuvo oportunidad de observar de primera mano las interacciones entre empleadoras(es) y NNA trabajadores del hogar, los tratos y maltratos propinados, incluyendo las formas de encierro e inmovilidad de que son objeto.
Para Tapachula el panorama fue distinto, las caminatas por la ciudad y la observación en los mercados estuvieron marcadas por la desconfianza de los habitantes. En una visita al mercado San Juan se solicitó una reunión con la asociación de locatarios para poder estar en las instalaciones sin problemas de desconfianza. Durante la reunión, una de las locatarias expresó que debían tener cuidado con la investigadora, “tiene tatuajes como la gente extranjera que anda por ahí robando”. En Tapachula el trabajo de campo estuvo marcado por la criminalización cotidiana de las personas migrantes; no obstante, de nuevo el privilegio racial y de clase social facilitaron hablar con empleadas y empleadoras, incluso se observó un trato preferencial en oficinas gubernamentales y consulares.
En ambos contextos se notó la constante etnitización y racialización del trabajo doméstico, en contraste con la proliferación de un estilo de vida donde domina el imaginario de la blanquitud y la servidumbre de tiempo completo para la satisfacción de las necesidades de las clases sociales aventajadas. La presencia de NNA indígenas, migrantes y empobrecidas(os) son el correlato perfecto para la simbiosis de esas relaciones jerárquicas de poder.
Las entrevistas a NNA resultaron más complejas de lo que parecía inicialmente. Las limitaciones lingüísticas de la investigadora fueron un importante inconveniente, el trabajo fue más lento y con mayores obstáculos; sin embargo, al proporcionar información completa, NNA respondieron de forma muy positiva, hablaron con confianza de las situaciones que les afectan, aquello que les produce sufrimiento en sus trabajos y las formas en que experimentan y responden a las violencias que padecen. El artículo 12 de la Convención Internacional del Niño (1989) establece que gozan del derecho a expresar sus opiniones y a que estas se tomen en cuenta en todos los asuntos que les afectan. De ahí que se les pidió su consentimiento informado y, cada vez que se tocaron temáticas dolorosas, se les dio la opción de hablar o no de ello.
Esta experiencia de investigación puso en evidencia las relaciones de poder entre los actores que participan en el intercambio de servicios domésticos y de cuidados, quienes aportan el trabajo —es decir, NNA— y quienes los reciben: adultas y adultos que se hacen llamar madrinas, tías, señoras, patrones, y que están dispuestas(os) a dar alojamiento, manutención y en ocasiones un salario para que se solucionen las necesidades diarias de limpieza, preparación de alimentos, cuidado de niñas, niños y adultos mayores, y todo lo relacionado al mantenimiento de la vivienda y de quienes ahí habitan.
Si bien en el Estado mexicano hay una preocupación por cumplir con los convenios adheridos a la Organización Internacional del Trabajo para la erradicación del trabajo infantil, este tipo de empleos, que se desarrollan en la esfera privada y a puertas cerradas, no están en el centro de la atención de la política pública. La Comisión Estatal para la Erradicación del Trabajo Infantil de Chiapas se reúne dos veces al año con las autoridades en turno y presenta políticas públicas para atender la problemática del trabajo de niñas y niños, pero siempre enfocado en políticas de limpieza social en las principales ciudades turísticas. Su postura racista, clasista y adultocéntrica genera que se incida solo en aquellos niños y niñas insertos en el comercio ambulante y dejan en completa desprotección a quienes laboran en minas, cultivos intensivos y, evidentemente, a trabajadores(as) domésticos(as) en hogares de terceros (Miranda, 2018).
Tanto en San Cristóbal de Las Casas como en Tapachula hay una naturalización sobre el tipo de actores que ordenan, limpian y procuran el bienestar ajeno. Entre estos trabajadores se encuentran NNA provenientes de regiones rurales con pocas posibilidades de escolaridad o con presencia de violencias intrafamiliares y comunitarias. Este hecho “es la evidencia misma del carácter normalizado —o naturalizado— de las profundas desigualdades de clase, género y etnia imperantes, las cuales se justifican en representaciones discriminatorias sobre los pobres, las mujeres y los indígenas” (Durin, 2017, p. 43) y NNA indígenas y migrantes.
En la academia, el trabajo infantil en hogares de terceros tuvo su auge a finales de los años noventa del siglo xx y, desde entonces, ha dejado de hacer eco en las investigaciones de corte académico y menos aún en las políticas públicas. Se saben cuestiones generales, tales como las implicaciones del género en las infancias que trabajan a puerta cerrada, se sabe también que esta práctica es extendida a lo largo y ancho del mundo y no es exclusiva de países emergentes, sino que está presente incluso en Europa central. Se han documentado los casos de las denominadas restavekz en Haití, los petite bonnes en el norte de África y parte de Europa y las y los criaditos en el sur de América Latina, Perú, Bolivia y Paraguay (Miranda, 2020). Más recientemente, se ha explorado de manera aislada la presencia de niñas y adolescentes insertas en las cadenas globales de cuidados que viajan desde Asia a los países centrales y empiezan muy jóvenes con el trabajo doméstico y de cuidados (Durin, 2014). Así, esta investigación documenta solo una parcela de la amplia complejidad que representa la práctica del trabajo infantil doméstico en hogares de terceros en pleno siglo XXI.
Nunca fue el objetivo victimizar o revictimizar a NNA, mucho menos abonar a las estigmatizaciones de antaño que se dirigen hacia las personas de pueblos originarios como expulsoras de fuerza de trabajo infantil. Las condiciones estructurales de discriminación y racismo a las que se enfrentan son complejas y, en todo caso, es una responsabilidad social y estatal el brindar bienestar a toda la población sin importar su adscripción étnica o su origen urbano o rural. En este sentido, durante la investigación se evidenciaron diversas formas de enfrentar las violencias, de negociar y hacer peso a las relaciones de desigualdad en las que se desarrollan NNA. Estos actores sociales mostraron una amplia capacidad de acción y autoreflexión, además de profunda resiliencia para, como ellas dicen, “salir adelante”. Pero, dado que el objetivo central fue hacer visibles las violencias y comprender las lógicas que operan tras ellas, este libro se enfoca justo en eso.
Debido a que las niñas, niños y adolescente protagonistas de esta investigación han padecido desde siempre un sinnúmero de violencias estructurales y en continuum, se intentó no reproducirlas en este estudio. Por consiguiente, se hace uso de un lenguaje lo menos discriminatorio posible y que no imprima diferencias entre hombres y mujeres. Sin embargo, dado que no existe acuerdo entre la literatura lingüística sobre la manera de hacerlo en nuestro idioma y con el propósito de evitar la sobrecarga gráfica que supone utilizar “o(a)” para marcar la existencia de ambos sexos, se optó por emplear el femenino genérico clásico, bajo el entendido de que todas las menciones en tal género representan siempre a hombres y mujeres.
Sirva este libro para reflexionar sobre la violencia como una práctica social utilizada de forma tan constante contra los grupos subalternizados que se ha vuelto natural en ciertos contextos regionales. Mediante los casos de San Cristóbal de Las Casas y de Tapachula se busca contribuir a las políticas públicas de erradicación cero del trabajo infantil y redirigir la mirada más allá del comercio ambulante. No se sabe cuántas NNA estén trabajando a puertas cerradas bajo eufemismos de ahijadas, entenadas, sobrinas e hijas y siendo violentadas, humilladas y explotadas. Ello tendría que aparecer en las agendas públicas sin estigmatizar ni romantizar el trabajo infantil doméstico en hogares de terceros, sino tomarlo en cuenta con el propósito de brindarle protección y derechos laborales. Este abrigo podría representar un peso importante frente a la balanza social cargada hacia el racismo, clasismo, sexismo y adultocentrismo a la que se enfrentan las infancias y adolescencias trabajadoras del hogar.
Según la Ley General de los Derechos de NNA (
LGDNNA
), la niñez comprende a personas de cero a doce años y la adolescencia abarca desde los doce hasta los diecisiete años.
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En adelante NNA.
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Cómo podemos dormir por la noche sabiendo que los sistemas que defendemos tratan a los cimientos de nuestra sociedad como ciudadanos de segunda cuando son el motivo por el cual las ruedas de este mundo siguen girando
Rupi Kaur
Hoy en día la niñez y la adolescencia en el mundo enfrentan un sinnúmero de problemáticas tales como la pobreza, la desigualdad, la violencia y la discriminación. La extensión y profundización del modelo económico basado en las economías abiertas y la competencia comercial a escala global han significado una importante disminución del papel del Estado de Bienestar, con lo que se ha reducido el rol de los Estados como proveedores de servicios básicos tales como salud y educación y, por tanto, la población con carencias materiales y de servicios ha aumentado considerablemente.
Las niñas, niños y adolescentes son parte de la población considerada como vulnerable frente a las crisis económicas, los incrementos de los niveles de marginación y la profundización de los mecanismos violentos de control social. En México, las estimaciones más recientes dan cuenta de que para 2018 una de cada dos NNA era pobre, en tanto que una de cada nueve estaba en el rango de pobreza extrema (CONEVAL y UNICEF,1 2019). Estas cifras muestran que la mitad de la población de 0 a 17 años no cuenta con las condiciones elementales para acceder a la alimentación, la salud, la educación y los servicios básicos (CONEVAL y UNICEF, 2019).
Dicha situación se profundiza cuando se trata de NNA que hablan alguna lengua indígena, 80% se situó en condición de pobreza, porcentaje que supera por mucho a quienes no reportan hablar lengua indígena (60%). Adicionalmente, se observa una importante diferencia de NNA pobres según región y entidad federativa. Las estimaciones del CONEVAL revelan que Chiapas, Oaxaca y Guerrero son los estados con mayor incidencia de niñez y adolescencia en pobreza, con 82.3, 72.6 y 72 por ciento respectivamente, frente a Nuevo León (24.9%) y Baja California (34.9%), las entidades con índices de pobreza más bajos para dicho rango de población (CONEVAL y UNICEF, 2019).
El estado de Chiapas muestra profundos rezagos sociales de larga data, la mayoría de la población que habita en el territorio chiapaneco cuenta con escaso acceso a las condiciones mínimas para el logro del bienestar y, además, experimenta día a día la persistencia de la discriminación por la vía de la clase, el género y la etnia, lo que abona a la profundización de la vulnerabilidad social.
Los niveles de pobreza y rezagos sociales no se viven de la misma forma en cada grupo social, ni en cada etapa de la vida. Las vivencias de las NNA adquieren matices ya que, además de la edad, las discriminaciones se verán influenciadas según su situación de género, clase, origen étnico y condición migratoria.2
Una desventaja relacionada con la condición de género tiene que ver con la forma en que se asumen las tareas de cuidado en la sociedad, asignadas unilateralmente a las mujeres y dadas por extensión a las niñas y las adolescentes, fenómeno que resulta en la invisibilización de dichas actividades (Carcedo, 2004) y que oculta el aporte de las niñas y las mujeres a la reproducción social.
En relación con la condición étnica, en México, como consecuencia de la imposición colonial, sigue existiendo la idea de que mujeres y hombres indígenas son inferiores con respecto a ladinos, mestizos o élites raciales, por lo que los empleos marginales basados en lógicas serviles o considerados de segunda son ocupados por población indígena, incluidas NNA (Cumes, 2014a).
Ligado con lo anterior, la condición etaria es una característica que puede poner en desventaja a las personas. Dado que la edad es también una categoría de poder, por lo general a las NNA se les atribuyen ciertas particularidades, como la inmadurez y la incompetencia, frente a los adultos. En este sentido, se les ve como seres que necesariamente deben someterse a procesos de disciplinamiento y control social a fin de incorporarlos a las lógicas racionales y volverlos socialmente competentes (Vásquez, 2013).
En el presente capítulo se intenta examinar cómo la intersección de condiciones sociales, entre ellas el género, la etnia, la clase, la condición migratoria y la edad, contribuyen para preservar el escenario ideal para la explotación del servicio doméstico realizado por NNA en el estado de Chiapas.
La noción de interseccionalidad ha cobrado fuerza en las últimas décadas debido a su utilidad práctica para dar cuenta de las diversas categorías que pueden imbricarse para generar opresión. Una de las ventajas de esta noción es la utilidad para revelar el impacto de estructuras como el sexismo, el racismo, el clasismo y el adultocentrismo (Duarte, 2012).
Con esta perspectiva se fortalecen los estudios y las investigaciones relacionadas con la desigualdad y la subordinación de colectivos sociales que históricamente han estado en desventaja, tales como las mujeres, los indígenas, los migrantes, la comunidad lesbiana, gay, bisexual y transgénero (LGBT), entre otros. Desde este abordaje se muestra una interesante gama de matices a partir del reconocimiento de la interacción simultánea de múltiples ejes de discriminación, ya sea por la vía de la raza, la etnia, la edad, la clase y la orientación sexual (Muñoz, 2011). Pero, sobre todo, “la interseccionalidad busca dar cuenta de la percepción cruzada o imbricada de las relaciones de poder” (Viveros, 2016, p. 45).
Para el caso de las NNA indígenas o migrantes se observa con claridad la opresión por varias vías, primero por la del origen étnico, ya que, como se ha expresado líneas arriba, por la vigencia del proceso colonizador prevalece la idea de que mujeres y hombres indígenas son inferiores con respecto a personas no indígenas; en segundo lugar, se enfrentan a la opresión misma del género, que se manifiesta en la noción de la inferioridad de las mujeres frente a los hombres; asimismo, se suma la discriminación por la vía de la clase social, ya que en su mayoría estas NNA provienen de familias empobrecidas y recurren a la venta de su fuerza de trabajo; finalmente, encaran la opresión de la edad, conviven en una sociedad adultocéntrica que percibe a las NNA como seres carentes en formación y con escasa capacidad de acción. Este cúmulo de subyugaciones y desventajas se traducen, entre otras cosas, en mayor vulnerabilidad frente a la violencia, desde una estructural que limita el acceso al bienestar económico, hasta la física y emocional.3
Varios autores han adoptado el enfoque de interseccionalidad para dar cuenta de la complejidad que suponen las relaciones sociales y el ejercicio del poder. Viveros realiza una completa revisión histórica sobre el origen de la interseccionalidad y pone en evidencia “el problema de las exclusiones creadas por la utilización de marcos teóricos que ignoraban la imbricación de las relaciones de poder que circulaba desde hacía mucho tiempo en contextos históricos y geopolíticos diversos” (Viveros, 2016, p. 5).
Viveros (2016) describe la génesis de la noción de interseccionalidad: desde Olympia de Gouges, en Francia, con La Declaración de los Derechos de la Mujer, donde se compara la dominación colonial con la dominación patriarcal y se realiza una analogía entre las mujeres y los esclavos; pasando por Sojourner Truth, ex esclava en Estados Unidos, quien en 1851 confrontó la concepción burguesa de la feminidad con su experiencia como mujer negra en su clásico discurso “¿Acaso no soy una mujer?”; sin dejar de mencionar a las representantes del contexto latinoamericano poscolonial de finales de 1890, entre las que se encuentra Clorinda Matto de Turner, en Perú, con su libro Aves sin nido, donde denuncia los abusos cometidos contra las mujeres indígenas por parte de gobernantes y curas locales, atribuyendo la vulnerabilidad a partir de lo étnico y el género (Viveros, 2016).
Más recientemente, durante el siglo XX, se hicieron presentes varios movimientos políticos feministas con reivindicaciones de raza y clase que cuestionaron los sesgos del feminismo blanco. En estas manifestaciones se encuentran Angela Davis, Audre Lorde, bell hooks, June Jordan, Norma Alarcón, Chela Sandoval, Cherrée Moraga, Gloria Anzaldúa, Chandra Talpade Mohanty y María Lugones, entre otras (Viveros, 2016).
Pero es con el conocido Manifiesto de la Colectiva del Río Combahee (1977) donde se observa con mayor claridad el paradigma interseccional al poner en el centro de su reivindicación las implicaciones de experimentar, de forma simultánea, diversas opresiones difícilmente separables basadas en condiciones raciales, sexuales y de clase (Platero, 2012).
Así, para finales de 1980, Kimberlé Crenshaw acuñó el concepto de interseccionalidad en el contexto de un juicio contra la empresa General Motors en Estados Unidos a fin de dar cuenta de la invisibilidad jurídica por la vía de “múltiples dimensiones de opresión experimentadas por las trabajadoras negras… expuestas a violencias y discriminaciones por razones tanto de raza como de género” (Viveros, 2016, p. 5).
En sus estudios jurídicos para abordar la condición de las mujeres negras en Estados Unidos, Crenshaw desarrolla un modelo a partir de una profunda preocupación por el cruce entre patriarcado y supremacía racial, afirmando que, en la sociedad estadounidense, ambos están entrelazados y colaboran en definir a las mujeres de color como sujetos subordinados con respecto a los hombres negros, e inferiores con respecto a las mujeres blancas (Muñoz, 2011, p. 12).
Estas pensadoras sentaron las bases para lo que hoy en día se conoce como el enfoque teórico metodológico de la interseccionalidad, que, en palabras de Viveros (2016), parece haberse convertido en la herramienta más difundida para abordar las desigualdades múltiples e interdependientes.
