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Con ingenio e irreverencia, la lexicógrafa Kory Stamper nos abre la puerta del obsesivo mundo de la escritura de diccionarios, desde las angustiosas decisiones sobre qué definir y cómo hacerlo hasta la complicada cuestión del cambio constante del uso de las palabras. Lleno de datos divertidos -por ejemplo, el primer uso documentado de "OMG" fue en una carta a Winston Churchill- y las propias historias de Stamper desde el frente lingüístico (incluyendo cómo se convirtió en la principal apologista en Estados Unidos del término "sin consideración", a pesar de detestar esta expresión), 'Palabra por Palabra" da vida a un mundo sorprendentemente rico habitado por individuos extravagantes y eruditos que modelan silenciosamente la forma en que nos comunicamos.
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Seitenzahl: 507
Veröffentlichungsjahr: 2020
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Puede señalarse que el idioma inglés no es un sistema lógico, que su vocabulario no se ha desarrollado en correlación con generaciones de pensadores rectos, que no podemos imponerle un ideal del método científico preconcebido y esperar obtener algo más sistemático y esclarecedor de aquello con lo que empezamos: empezamos con un conglomerado heterogéneo e imperfecto que conserva los huesos indestructibles de innumerables tentativas de entablar una comunicación ordenada, y nuestras definiciones como organismo no pueden sino reflejar esa situación.
PHILIP BADCOCK GOVE
Circular interna de Merriam-Webster
«Técnicas de definición»,
22 de mayo de 1958
Prefacio
El lenguaje es una de las pocas experiencias comunes de la humanidad. No todos podemos andar; no todos podemos cantar; no todos apreciamos los pepinillos. Pero todos tenemos el deseo innato de comunicar por qué no podemos andar o cantar o tolerar los pepinillos. Para ello usamos nuestro idioma, el vasto acervo de palabras y sentidos que hemos ido adquiriendo a lo largo de la vida, como avaros lingüísticos. En algún momento deberemos mirar a alguien a los ojos y decir, o escribir, o comunicar por señas:
—Los pepinillos no van conmigo.
El problema empieza cuando la otra persona responde:
—¿A qué te refieres exactamente con que no «van»?
¿A qué te refieres? Con toda seguridad, los humanos hemos estado definiendo palabras de un modo u otro desde que hicimos nuestra aparición. Hoy en día lo vemos en los niños que adquieren su lengua materna: todo empieza cuando alguien explica el universo inmediato a un bebé que es una masa blanda y babosa, y continúa cuando la masa comprende la conexión entre el sonido que sale de la boca de mamá o papá —«taza»— y la cosa que mamá o papá señalan. Observar cómo ocurre esa conexión se parece a presenciar una fisión nuclear en miniatura: se produce un destello en la mirada, se enciende un cúmulo de sinapsis al mismo tiempo y sobrevienen muchos gestos frenéticos mientras se acopian datos. El bebé señala; un adulto atento responde con la palabra que representa el objeto. Y así empezamos a definir.
Conforme crecemos, vamos desmenuzando las palabras. Aprendemos a relacionar «gato» y «miau»; aprendemos que los leones y los leopardos también se llaman «gatos», aunque tienen tanto en común con un persa doméstico de pelo largo como un oso de peluche con un oso pardo. Elaboramos una pequeña ficha mental con todo lo que se nos ocurre cuando se dice la palabra «gato», y después, cuando nos enteramos de que un oriundo de Madrid también se llama «gato», abrimos bien los ojos y le añadimos pequeños apéndices a la ficha.
En el fondo, siempre estamos en busca de una frase declarativa que capture la cualidad inefable y universal representada por la palabra «gato», algo que comprenda a un gran «gato» como el león y al perezoso «gato» doméstico y también al humano madrileño. Y así acudimos a la fuente en la que tenemos más probabilidades de encontrar esa frase declarativa: el diccionario.
Leemos las definiciones proporcionadas casi sin pensar en cómo han ido a parar allí. Pero todas las partes de una entrada del diccionario han sido concebidas por una persona sentada en un despacho, con los ojos bien cerrados mientras piensa en la mejor manera de describir, de manera precisa y concisa, la acepción madrileña de la palabra «gato». Día tras día, esas personas consumen una enorme cantidad de energía mental en busca de las palabras adecuadas para describir, por caso, «inefable», y se devanan los enmarañados sesos con la esperanza de acabar con un perfecto hilo de palabras extendido sobre sus escritorios. Tienen que hacer caso omiso de los enredos verbales que se acumulan a sus pies y se les meten en los zapatos.
En el proceso de aprender a escribir un diccionario, los lexicógrafos deben afrontar la lógica escheresca del idioma y sus hablantes. Palabras de apariencia sencilla acaban siendo casas fantásticas con un montón de puertas que dan al vacío y escaleras que no conducen a ninguna parte. Las convicciones lingüísticas más arraigadas de la gente ponen zancadillas; cargas con tus propios prejuicios como cruces. Avanzas penosa y constantemente, olvidado de todo salvo el objetivo de capturar y documentar el idioma. Dar puede ser recibir,[1] lo nimio enorme[2] y las palabras más pequeñas pueden llevarte a la perdición. Prefieres hacer eso que cualquier otra cosa.
Abordamos este idioma estrepitoso de la misma manera en que abordamos el diccionario: palabra por palabra.
[1]dar 15. tr. Recibir una clase (DRAE; véase la bibliografía para más detalles).
[2]nimio 2. adj. Dicho generalmente de algo no material: Excesivo, exagerado (DRAE).
But: pero
Sobre la gramática
Como mi esposo es músico, a veces recibimos invitaciones para asistir a galas llenas de gente guay con peinados interesantes. Lo acompaño para darle apoyo conyugal y sobre todo en calidad de contrapunto empollón; me instalo cerca de la comida y empiezo a zamparme todo lo que puedo con la esperanza de que nadie me dé charla.
Inevitablemente, alguien con mayor don de gentes que yo se acerca y me pregunta:
—¿A qué te dedicas?
—Escribo diccionarios —contesto, y a veces al inquisidor se le encienden los ojos.
—¡Ah, diccionarios! —responden—. ¡Me encantan las palabras! ¡Me encanta la gramática!
En ese punto empiezo a recorrer la sala con la vista para identificar las salidas y a enviarle mensajes telepáticos a mi esposo, que está en la otra punta de la sala enfrascado en una conversación sobre Schönberg o música electrónica. Sé lo que se avecina, pronunciado entre traguitos de vino barato.
—Seguro que se te da muy bien la gramática.
Entonces cojo el canapé que tenga más a mano y me lo meto en la boca para poder responder solamente con un asentimiento de cabeza más o menos evasivo. Espero que esas cabezaditas alcancen y que no me pidan decir lo que de veras estoy pensando: una de las primeras cosas con las que te encuentras como lexicógrafo en activo es la dura realidad de que solo crees que se te da bien la gramática, y que el tipo de gramática que se te da bien es —por desgracia— inútil.
Tal vez eras uno de esos alumnos a los que les encantaba hacer análisis sintácticos, o de los que en teoría podían hablar horas en todos los saraos sobre la diferencia entre conjunción y disyunción (si a los lexicógrafos los invitaran a algún sarao, claro). A lo mejor eres políglota: coleccionas idiomas como peniques de la suerte y aprecias sus diferencias y similitudes hasta que puedes evocar la sensación y el peso de todo un idioma al pasar el dedo por una sola palabra. Si trabajas en lexicografía te interesan naturalmente los mecanismos del inglés, pero los años dedicados a estudiar esas ruedecillas y engranajes pueden volverte miope. No sabes cuán miope hasta que te apartas del banco de trabajo y echas un vistazo a tu alrededor.
Tu primera formación como lexicógrafo, llamada clases de Estilo y Definición en Merriam-Webster, es tu oportunidad de dejar atrás lo aprendido en lengua inglesa y encontrar el norte, gramaticalmente hablando. Las clases de Estilo y Definición en las que participé en mi ciclo de orientación se daban en una pequeña sala de conferencias situada en el fondo del departamento editorial. En realidad, la sala es poco más que un trastero adecentado, un rinconcito que se formó cuando construyeron el ascensor de carga y la escalera; pero como tiene una ventana se la consideró demasiado agradable para llenarla con artículos de limpieza. En aquel momento estaba llena de diccionarios viejos y una pequeña mesa, en torno a la cual había cuatro editores cómodamente sentados, así como otros seis que, presas de un terror cohibido, cuidaban de no despegar los codos del cuerpo y respiraban superficialmente a fin de evitar todo contacto físico accidental con cualquiera de los demás presentes.
El editor que impartía la formación era E. Ward Gilman o Gil, como lo llamábamos. Cuando llegué, llevaba cuarenta años en Merriam-Webster y había formado al menos a dos generaciones de definidores. Era el editor que había escrito la mayor parte de nuestro Dictionary of English Usage y un contrincante habitual de William Safire, que publicaba una columna sobre lenguaje en The New York Times. En papel, Gil era intelectualmente imponente, pero en persona era amable, amplio de tripa y con modales campechanos, una especie de capitán decimonónico regordete. Ninguno de nosotros sabía nada de eso entonces, sin embargo, y solo nos quedamos sentados delante de él, ansiosos y un poco intimidados en la calurosa sala de conferencias. Nuestros cuadernillos sobre estilo y definición estaban abiertos en una sección llamada «Pequeña gramática caprichosa para definidores» (tercera edición, cuarta reimpresión). El sol se entretenía en la ventana y los aromas a musgo y vainilla de los diccionarios viejos flotaban en el aire. Gil se echó atrás y chasqueó la lengua.
—Gramática. A algunos de vosotros —advirtió— no os va a gustar nada lo que estoy por deciros.
La concepción de la gramática que tiene un lexicógrafo empieza por las categorías gramaticales, ocho categorías muy ordenaditas en las que metemos las palabras según su función sintáctica. Todo aquel que ha sobrevivido al sistema educativo estadounidense puede recitar sin duda al menos cuatro categorías —sustantivo, verbo, adjetivo, adverbio—, y los empollones añadimos las otras cuatro: conjunción, interjección, pronombre y preposición. Casi todo el mundo piensa que las categorías están bien definidas, como cajones con etiquetas propias, y que, cuando miramos dentro, encontramos el idioma inglés cuidadosamente plegado como los calcetines de un jubilado: persona, lugar, cosa (sustantivo); acción (verbo); modificador del sustantivo (adjetivo); modificador del verbo (adverbio); elemento de unión (conjunción); cosas que se dicen estando contento, sorprendido o enfadado (interjecciones).
El primer descubrimiento desconcertante que haces como lexicógrafo es que tú eres el encargado de ordenar el idioma y colocar las palabras individuales en esos cajones. Es un duro golpe para tus ingenuos supuestos de cómo nacen y existen las palabras. ¿Me van a decir que las palabras no aparecen de la nada en el cajón que supuestamente les corresponde? ¿Así que hay un patán sentado en una oficina beige de Massachusetts que decide qué es cada palabra?
No del todo. Tu labor como lexicógrafo, y parte del motivo por el que Gil mira con reservas más o menos hacia donde te encuentras, es analizar con cuidado el inglés tal y como se usa, oración por oración, y clasificar correctamente las palabras de una oración según su función. Tú no decides a qué categoría gramatical pertenece una palabra: el público que habla y escribe lo hace. Te limitas a discernir cuál es y recogerla con exactitud en la entrada del diccionario.
Eso debería tranquilizarte, pero no lo hace. El inglés es un idioma notablemente flexible, y su gramática no es ni de lejos todo lo ordenada que nos han hecho creer. Las categorías gramaticales no son compartimentos estancos en los que sus contenidos se mantienen separados y libres de polvo, sino algo parecido a redes de pesca embrolladas. Randolph Quirk, uno de los principales autores de A Comprehensive Grammar of the English Language, llama a ese fenómeno «gradiencia».[14] Muchas palabras caen fácilmente en redes individuales: en la oración «los diccionarios son geniales», sabemos que «diccionarios» es un sustantivo porque se adecua al paradigma común y simplificado que nos enseñaron para definir sustantivos: persona, lugar, cosa. Sin embargo, muchas palabras viven en la periferia de las categorías gramaticales y pueden liarse en varias redes. En inglés tanto como en español, los sustantivos pueden comportarse como adjetivos («un lío padre»); los adjetivos pueden comportarse como sustantivos («los gramáticos son unos perversos»); las formas verbales pueden funcionar como verbos («ella corre por la calle»), como sustantivos («correr es su pasatiempo preferido») o como adjetivos («tiene las medias corridas»). Los adverbios pueden parecerse a todo lo demás; son el cajón de sastre del idioma («así pues»).
Incluso en una sola red, la pesca es más escurridiza que una anguila: un lexicógrafo puede mirar la oración inglesa «The young editors were bent to Webster’s will» [Los jóvenes editores se doblegaron/fueron doblegados a la voluntad de Webster] y, tras unas maniobras mentales, decidir que «bent» es el verbo (pasado de «bend», doblar). Muy bien. ¿Es este uso de «bend» transitivo (es decir, se construye con complemento directo, como en «doblo el acero») o intransitivo (es decir, no se construye con complemento directo, como en «los juncos se doblan»)? «Were bent» podría ser la voz pasiva de «bend», donde la fuerza responsable del doblar no aparece en la superficie lexical, y los verbos transitivos se utilizan generalmente en construcciones pasivas. Pero ¿quién es el agente? ¿La voluntad incorpórea de Webster? ¿Los editores con más experiencia que no piensan tolerar las chorradas de ningún joven advenedizo? Las aguas se enturbian en tu cabeza. Muerdes la punta del lápiz para no murmurar por la exasperación y te preguntas si no te habrás equivocado: quizá «bent» sea en realidad el adjetivo que en inglés se ha formado a partir del participio pasado de «bend», el adjetivo que aparece en la expresión «go to hell and get bent».[15] Te acercas el cuaderno de notas y sin querer empiezas a garabatear distintos tipos de oraciones medio alarmantes —«los editores fueron reprimidos», «[alguien] reprimió a los jóvenes editores»— tratando de comprender si ese uso es transitivo o no, y cuanto más escribes, menos seguro estás.
No eres el único. Actualmente, Peter Sokolowski, de Merriam-Webster, tiene en su posesión un extraño artilugio editorial, legado de un editor a otro: el Comprobador de Transitividad. El Transitivizador, como algunos lo llamamos, es una ficha rosa con una oración escrita y un agujero recortado en el lugar donde iría el verbo, para que puedas ponerla encima de cualquier verbo problemático, leer la oración resultante y comprobar si el verbo es, en efecto, transitivo. El Transitivizador pone: «I’ma ______ ya ass» [Te voy a _______ el culo]. I’ma bend ya ass (to Webster’s will). Pues ahí lo tienes: ese sentido de «bend» tiene que ser transitivo.
En parte, todo este cacao es posible porque las sacrosantas categorías gramaticales no son inherentes al inglés. En Occidente,[16] fueron señaladas por primera vez en el siglo IV a. C. en el Crátilo de Platón, donde se distingue entre los verbos y los sustantivos como partes de la oración.[17] Aristóteles, que nunca quiso quedarse fuera de una rueda de opinión, agrega la «conjunción» a las dos categorías de Platón, pero la define en su Poética como una «voz carente de significado»[18] (los profesores de lengua que se han cruzado con demasiadas oraciones unidas por «y… y… y…» coincidirían con gusto). Las categorías gramaticales que utilizamos hoy en día se establecieron en el siglo II a. C. en un tratado llamado El arte de la gramática, en el que figura la primera división en ocho categorías gramaticales: sustantivo, verbo, participio, artículo, pronombre, preposición, adverbio y conjunción.[19] Ese sistema se fue retocando con los siglos: se quitó el artículo, se agregó la interjección, el participio pasó a considerarse un matiz del verbo y el adjetivo se separó del sustantivo para formar una categoría propia.[20] A fines de la Edad Media, cuando aparecieron los lexicógrafos ingleses, las categorías gramaticales se habían fijado enteramente sobre la base del latín y el griego.
Eso a veces trae problemas, porque el inglés no es latín ni griego. En latín, por ejemplo, no hay artículos definidos ni indefinidos, ni «el» ni «un». Los artículos suelen deducirse del contexto. El dialecto literario principal del griego antiguo, para complicar las cosas, cuenta con un artículo definido, pero no con uno indefinido. Eso es tan ajeno como el espacio exterior para los hablantes nativos de inglés (o español): ¿se puede decir «el lexicógrafo», pero no «un lexicógrafo»? En griego ático, no, lo segundo no es posible. El artículo indefinido, como en latín, se deducía del contexto. Sin embargo, si nos remontamos un poco más atrás hasta el griego homérico, resulta que no hay artículos en absoluto, como en latín. Eso no es de gran ayuda para los gramáticos ingleses, porque los artículos de nuestra lengua son un incordio.
Dado que nuestras categorías gramaticales toman como modelos el latín y el griego, y que ni el latín ni el griego tienen los mismos artículos que el inglés, ¿en qué categoría gramatical debe poner un lexicógrafo el indefinido «un»?
La «Quirky Little Grammar» [Pequeña gramática caprichosa] de Gil proporciona una chuleta con paradigmas que ayudan a clarificar los usos más comunes. Dichos paradigmas a menudo vienen muy salpimentados de advertencias sobre las numerosas dificultades que esperan a los lexicógrafos noveles al abrir el caótico idioma inglés para echar un vistazo en sus entrañas. El siguiente es el párrafo sobre los artículos:
4.2 Artículo. En inglés hay tres: los artículos indefinidos a y an y el artículo definido the. No se presta a confusión, ¿verdad? Los tres también son preposiciones (six cents a mile; 35 miles an hour; $10 the bottle [seis céntimos por milla, 35 millas por hora, 10 dólares la botella]), y the es un adverbio (the sooner the better [cuanto antes mejor]). En gramáticas más sofisticadas, los artículos son una clase de determinante.[21]
Toda la gramática de Gil es así: presenta una categoría gramatical y, a continuación, expone todas las maneras en que esa categoría en particular te volverá loco cuando intentes analizar sus ejemplos. Las secciones principales explican los atributos básicos de una categoría gramatical, mientras que las subsecciones enumeran todas las desviaciones posibles de esos atributos.
Lo cierto es que los profesores de lengua del instituto te mintieron sobre el comportamiento de las palabras porque de ese modo el inglés parece mucho más simple. Sí, las conjunciones unen dos cláusulas («esto es una tontería y no se hable más»), pero ciertos tipos de conjunciones indican una relación de subordinación entre las cláusulas, y esas conjunciones se parecen mucho a los adverbios («ella actúa como si me importara»). Las preposiciones, aprendiste, siempre introducen un sustantivo o una frase nominal («el gato está encima de la mesa»). Pero el maestro no te dijo que a veces las preposiciones no introducen un sustantivo o una frase nominal porque estos se sobreentienden («el gato está ahí encima
