Palestina y el próximo Oriente - Óscar Monterde Mateo - E-Book

Palestina y el próximo Oriente E-Book

Óscar Monterde Mateo

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Las claves históricas para entender la "cuestión palestina" y los conflictos en el Próximo Oriente.

Ya desde la proclamación del moderno estado de Israel, el 14 de mayo de 1948, las tierras de la antigua Palestina y los países árabes del entorno han sido escenario de permanentes conflictos, tanto políticos como armados. En la región confluyen multitud de ingredientes históricos, algunos heredados del pasado y otros más recientes, que han hecho de ella una de las zonas más "calientes" del mundo: décadas de colonización occidental (y un torpe proceso de descolonización), la propia constitución de Israel y la consiguiente cuestión palestina, la riqueza de recursos petrolíferos (y el interés de las grandes potencias), el auge e intensificación del islamismo fundamentalista... Sería imposible entender el presente de la región sin conocer su historia desde mediados del siglo pasado.

Este volumen aborda la evolución de la región desde la Guerra Fría hasta nuestros días, considerando como eje principal sus dinámicas políticas, económicas y sociales, y con la cuestión palestina como catalizador de esas tensiones. E inserta la historia de Oriente Próximo en la trayectoria política del conjunto del mundo árabe y, necesariamente, en la historia global contemporánea.

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Seitenzahl: 191

Veröffentlichungsjahr: 2024

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PALESTINA Y EL PRÓXIMO ORIENTE

PALESTINA Y EL PRÓXIMO ORIENTE

Una historia contemporánea desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días

ÒSCAR MONTERDE MATEO

Palestina y el Próximo Oriente. Una historia contemporánea desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días

© primera edición, Òscar Monterde Mateo, 2017

© segunda edición, Òscar Monterde Mateo, 2023

© de esta edición, Shackleton Books, S. L., 2024

@Shackletonbooks

www.shackletonbooks.com

Realización editorial: Bonalletra Alcompas, S. L.

Diseño de cubierta: Pau Taverna

Diseño de la edición en papel: Kira Riera

Maquetación de la edición en papel: reverté-aguilar

Conversión a ebook: Iglú ebooks

© Fotografías: todas las imágenes son de dominio público a excepción de las siguientes (las referencias son a la página de la edición en papel): U.S. Army Signal Corps-U.S. Navy photo USA-C-545 [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 15); Rudi Weissenstein [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 23); Willyman [CC BY-SA 4.0]/Wikimedia Commons (p. 29); Mark Reinstein/Shutterstock (p. 51); NARA [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 61); Sa.vakilian/Mrostam [CC BY-SA 3.0 ]/Wikimedia Commons (p. 69); Phan Robert Feary [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 74); N/A. Editado por jjron [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 81); Michael Evans/Executive Office of the President of the United States [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 89); National Museum of the U.S. Navy [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 93); Alexandra Lande/Shutterstock (p. 111); Robert J. Fisch [CC BY-SA 2.0]/Wikimedia Commons (p. 114); AFP/Getty Images (p. 119); Mona sosh- www.flickr.com/photos/89031137@N00/5420529587[CC BY-SA 2.0]/Wikimedia Commons (p. 140); Leslie N. Emory/Official White House [d. p.]/Wikimedia Commons (p. 163).

ISBN: 978-84-1361-337-6

Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

Índice

Introducción
El fin de los imperios coloniales
La alianza del petróleo. Estados Unidos y Arabia Saudí
La cuestión palestina
El ascenso del nacionalismo árabe
La Guerra Fría en el Próximo Oriente
La crisis de Suez
La construcción de los regímenes árabes y la doctrina Eisenhower
La guerra de los Seis Días y el declive del panarabismo
La guerra de octubre y el fin del liderazgo egipcio
La segunda guerra fría y el ascenso del islam político
El impacto de la revolución iraní y la crisis de Afganistán
El escenario libanés
La guerra contra natura de Irán-Irak
El ascenso de los islamismos
El nuevo orden mundial y la ­hegemonía de los Estados Unidos
El nuevo orden mundial y la segunda guerra del Golfo
El proceso de paz y el encarcelamiento palestino
El 11-S y el intervencionismo neoconservador
Revolución, contrarrevolución e interdependencias globales
Las revueltas árabes: crisis de legitimidad y contestación social
Las contrarrevoluciones: rivalidades regionales, conflictos enquistados y derechos vulnerados
Interdependencias globales y nuevos centros de gravedad
La cuestión palestina y el futuro de la región
La división, las resistencias palestinas y la estatalidad imposible
La deriva ultra y nacionalista israelí: la vía de no retorno
La marginalización de la cuestión palestina. Nuevas alianzas, complicidades y geoestrategia
La invasión de Gaza, la limpieza étnica y el futuro de la región
Apéndices

Introducción

Centro y encrucijada de mundos distintos, la región del Próximo Oriente ha vivido múltiples convulsiones a lo largo de su historia. Los dos últimos siglos han estado caracterizados por la penetración en el territorio de Occidente, que impuso su dominio y facilitó la fragmentación de toda la región.

Cuna de las tres grandes religiones monoteístas, la historia del Próximo Oriente se ha impregnado de relatos en los que el factor religioso ha sido central en el análisis de su historia, cuando en realidad son las dinámicas políticas, económicas y sociales de las comunidades que habitan esa zona y sus relaciones con el exterior las que nos ayudan a entender las convulsiones, los cambios y las dinámicas que configuran hoy esa región del mundo que, como suele decirse, concentra más historia de la que es capaz de digerir.

En este volumen sobre la historia reciente del Próximo Oriente en el mundo actual pretendemos abordar la evolución de esta región —que ­comprende hoy el Líbano, Siria, Irak, Jordania, Israel, Palestina y Egipto— desde la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días, considerando como eje principal sus dinámicas políticas, económicas y sociales, insertándola en las trayectorias geopolíticas del conjunto del mundo árabe y del más amplio Oriente Medio. Pero sin separar esa historia de la del resto del mundo, y, por lo tanto, insertándola también en la historia global contemporánea.

Tras la Segunda Guerra Mundial el Próximo Oriente ha vivido múltiples cambios, y es una región que implosiona. Fragmentada tras décadas de control colonial, no se deshizo del dominio exterior, cuya penetración continuó tras el fin de los imperios europeos, como escenario de la Guerra Fría, primero, y por la hegemonía norteamericana, después, hasta convertirse hoy de nuevo en un escenario de disputa del poder global.

La denominada «alianza del petróleo» marcó desde la inmediata posguerra una nueva relación con el exterior. La alianza de los Estados Unidos con Arabia Saudí constituye un elemento fundamental para entender la influencia exterior y las competencias por el liderazgo regional. El fin de los imperios coloniales llevó a la política la máxima expresión del renacimiento cultural árabe de la primera mitad del siglo XX. El nacionalismo árabe, el panarabismo en su expresión de unidad política, inspiró la formación de los nuevos Estados árabes poscoloniales, al mismo tiempo que dibujó el campo de competencia entre países que el dominio colonial había construido en realidades nacionales fragmentadas. Finalmente, una última cuestión colonial ha permanecido en el centro de las convulsiones regionales: tras la creación del Estado de Israel, que simbolizó la perpetuación de las políticas coloniales en la región, la cuestión palestina es aún hoy un asunto pendiente que influye significativamente en las dinámicas políticas y sociales del conjunto de la región.

El Próximo Oriente fue también escenario de la Guerra Fría. La división del mundo entre dos bloques truncó los movimientos de liberación nacional y los intentos de construcción de una unidad más amplia o no alineada en un mundo bipolar. La derrota de los Estados árabes en la guerra de los Seis Días significó el inicio de la crisis de legitimidad del nacionalismo árabe. La crisis mundial de los años 1970 permitió un mayor liderazgo a las monarquías del Golfo y el crecimiento del fundamentalismo religioso en toda la región. La revolución iraní y la instauración de la República Islámica dibujaron al final de la Guerra Fría un cambio en los equilibrios y liderazgos regionales, que contrastan con el inicio de dos décadas de hegemonía estadounidense, que profundizó la fragmentación regional y de unas sociedades donde la desigualdad fue creciente, las condiciones económicas empeoraron y socavaron las expectativas de una creciente juventud ajena a las divisiones del anterior mundo bipolar. En las revueltas del año 2011 brotaron las esperanzas de poner fin a unos regímenes poscoloniales, materializados en dictaduras militares-policiales corruptas y economías rentistas. La contrarrevolución hizo estallar de nuevo la región; la influencia exterior y la competición por el liderazgo regional frenaron los movimientos de cambio y la convirtieron en un escenario de conflicto, inestabilidad y confrontación donde también se dirimen los cambios del poder global.

En 2023 parecía que la cuestión Palestina había quedado relegada al margen de las dinámicas geopolíticas de la región. Los acuerdos de Abraham y la normalización de Israel con los Emiratos Árabes, Bahréin, Marruecos o Arabia Saudita simbolizan el desplazamiento del eje regional hacia la zona del Golfo y la marginación definitiva de la cuestión palestina por parte de los países árabes. Los ataques de Hamas del 7 octubre de 2023, de dimensiones sin precedentes desde la guerra de octubre de 1973, y la respuesta israelí de invadir y llevar a cabo una nueva limpieza étnica en Gaza, ponen de nuevo la cuestión palestina en el centro de las dinámicas políticas de la región.

El fin de los imperios coloniales~ 1945-1956 ~

El fin de la Segunda Guerra Mundial reconfiguró el mapa de las relaciones internacionales. Si la conclusión de la Gran Guerra en 1918 significó el fin del Imperio otomano y el reparto de sus territorios entre las potencias europeas y el establecimiento de un control informal que les permitía, a través de reyes y emires, garantizar el acceso al petróleo (Fontana, J., 2013), después de la Segunda Guerra Mundial ni franceses ni británicos están en condiciones de mantener su hegemonía y la lucha de las elites locales por su independencia a lo largo de los años treinta es ahora irreversible. La retirada de las tropas francesas marca el inicio de una vida independiente en Siria y el Líbano. Los británicos dan la independencia al reino de Transjordania manteniendo su presencia militar en el territorio, como también la han conservado en Egipto. Su presencia en Palestina conllevará uno de los mayores problemas que aún arrastra hoy la región: el fin del mandato pondrá de relieve los intereses de los Estados árabes, del movimiento sionista y de la población palestina mayoritaria dentro de un mismo territorio.

Los intereses de la Guerra Fría fueron marcando poco a poco la evolución de los acontecimientos y las decisiones y acciones de las nuevas potencias internacionales para definir nuevas áreas de influencia a su favor. El ascenso del nacionalismo árabe proyectaba una alternativa que, como muchas otras, fue muy difícil de sostener en un escenario bipolar.

La alianza del petróleo. Estados Unidos y Arabia Saudí

Tras la Segunda Guerra Mundial, la preocupación principal de las potencias europeas y de los Estados Unidos era la expansión de la influencia soviética en Oriente Medio. El control militar del territorio había sido hasta ese momento un elemento crucial en una zona de tránsito hacia Asia central y oriental para las grandes potencias coloniales europeas.

El desarrollo de la industria del petróleo convirtió la región en una vasta zona no solo de extracción a bajo coste, sino también de su transporte hacia Europa y América. Desde las costas del golfo Pérsico, incluida la zona de la Mesopotamia de Kirkuk, los oleoductos que cruzaron el resto de la región por los territorios sirio, libanés y palestino mantuvieron la zona en exclusividad para la penetración occidental y despertaron aún más el creciente interés soviético por ella.

Así, los Estados Unidos quisieron, en primer lugar, reforzar su relación con el principal y casi único contacto con el que mantenían víncu­los hasta el momento: Arabia Saudí. Desde los años treinta, empresas norteamericanas como la Arabian-American Oil Company (ARAMCO) venían desarrollando la extracción de petróleo y la inversión en infraestructuras en la península. Fortalecer su influencia en la región pasaba por asegurar el acceso al petróleo saudí. El 14 de febrero de 1945, a su regreso de Yalta, Roosevelt mantuvo un encuentro con el rey Abdelaziz Ibn Saud, el primero entre el presidente de los Estados Unidos y el monarca saudí, en el canal de Suez.

Arabia Saudí era un estado formado en los años de entreguerras, surgido de la alianza de los Saud con los teólogos del wahabismo, que durante el siglo XIX y principios del XX desarrollaron su poder en la península. Se trataba de una sociedad de clanes que fue unificada en el nuevo Estado saudí, en el que las alianzas familiares marcaron la construcción del ­poder.

El acuerdo del Quincy

«He aprendido más sobre Oriente Próximo hablando con Ibn Saud durante cinco minutos que lo que hubiese aprendido con el intercambio de dos o tres docenas de cartas». Así resumía el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, el encuentro con el rey de Arabia Saudí, Abdelaziz Ibn Saud, que sellaría un acuerdo de protección y ayuda militar a cambio de petróleo entre la teocracia de la península arábiga nacida en 1932 y la potencia mundial, que marcó décadas de amistad entre ambos países. Roosevelt había solicitado al coronel William A. Eddy, ministro plenipotenciario del Ejército de los Estados Unidos en Arabia Saudí, un encuentro con el rey tras su regreso de Yalta, donde habían tenido lugar las conversaciones con Churchill y Stalin antes de terminar la Segunda Guerra Mundial. El encuentro se produjo el 14 de febrero. Dos días antes, Abdelaziz Ibn Saud había embarcado en Yeda en el buque USS Murphy, que llegó a las 10 de la mañana al Gran Lago Amargo, situado en el canal de Suez. Allí le esperaba desde principios de mes el USS Quincy, en el que el presidente estadounidense había mantenido dos días antes un encuentro con el rey Faruq de Egipto y el emperador de Etiopía Haile Selassie. Sentados a bordo del USS Quincy, los dos mandatarios conversaron durante una hora y cuarto y sellaron el pacto de amistad. Roosevelt se comprometió a no emprender ningún acto hostil contra los árabes y a que cualquier cambio de la política de los Estados Unidos sobre la cuestión palestina fuera consultado antes a árabes y judíos. La amistad entre ambos, ya de edad avanzada y con dificultades de movilidad, quedó plasmada cuando Roosevelt le regaló a Ibn Saud una de las sillas de ruedas que tenía a bordo del Quincy. Al día siguiente, el presidente americano regresaba a casa, donde moriría dos meses después. El coronel Eddy, intérprete del encuentro, rompió su silencio y dejó testimonio de este años más tarde.

Franklin D. Roosevelt y Abdelaziz Ibn Saud a bordo del buque USS Quincy el 14 de febrero de 1945.

El encuentro entre Roosevelt e Ibn Saud tejió una perdurable alianza entre los dos Estados. Washington garantizaría la seguridad del territorio saudí en el contexto de la reconfiguración geopolítica regional, y Riad, el acceso de la potencia americana al petróleo. Las compañías estadounidenses adquirían así el monopolio exclusivo de la explotación del petróleo.

En las conversaciones se vislumbraron los intereses de los dos Estados sobre la región. La cuestión palestina ya era motivo de preocupación. Ibn Saud, con la voluntad de erigir su hegemonía en la zona y controlar los lugares sagrados del islam, se oponía a entregar el territorio de Palestina al movimiento sionista, y arrancó un compromiso al presidente estadounidense, ya enfermo y en sus últimos días, de que no emprendería acciones sin consultar previamente a árabes y judíos, así como de que no actuaría en contra del monarca saudí en la cuestión palestina.

La cuestión palestina

El territorio de mayor disputa era Palestina, donde la mayoría de la población estaba formada por palestinos árabes, una sociedad en desarrollo en la cual los intereses de las elites rurales y urbanas se oponían desde hacía tiempo a las injerencias del control colonial británico, que había promovido durante su mandato la venta de tierra a las comunidades sionistas procedentes de Europa oriental, el establecimiento de una comunidad colonial organizada y la construcción de estructuras políticas y económicas propias.

El sionismo surgido en el contexto de la creación de los Estados-nación en Europa oriental nacía de una doble reacción. La no aceptación de las comunidades judías en la construcción de los Estados-nación europeos y el creciente antisemitismo y, al mismo tiempo y asumiendo de forma indirecta los preceptos de este último, la necesidad de construir un nuevo Estado-nación para los judíos a partir de la construcción de una nueva lengua y la organización de un movimiento político que, en el congreso de Basilea de 1897, asumiría un proyecto colonial para el establecimiento de un Estado judío en Palestina.

Los británicos impulsaron tras la Primera Guerra Mundial ese proyecto colonial como respuesta a las promesas realizadas por Balfour en su carta al magnate Rothschild en 1917, en la que prometía un hogar nacional —no explícitamente un Estado— para los judíos. Esa ambigüedad les permitía, además, generar nuevos intereses en el territorio, desposeer a la población nativa y tener mayor capacidad de control y negociación con las monarquías árabes, como demuestran los distintos acuerdos plasmados en los llamados «libros blancos» de los años veinte y treinta, y que dejaba abierta así la promesa realizada por Lawrence de Arabia durante la Gran Guerra a cambio de la ayuda de los ejércitos árabes contra el Imperio otomano.

La continua desposesión de los palestinos había conducido a una revuelta civil en 1936. La creciente población, que había perdido las áreas rurales por el establecimiento de colonias sionistas, terminó instalándose en las áreas suburbanas en unas condiciones de vida cada vez más depauperadas. Las elites palestinas, conscientes de ello, intentaron capitalizar políticamente el creciente descontento. La represión de las autoridades británicas y el aumento de la violencia de la población judía llegada de Europa contra la población nativa alimentaron cada vez más el clima de confrontación.

Mientras, los británicos habían planteado posibles soluciones que les permitieran cumplir las promesas realizadas y, como harían en muchas de sus colonias ante la caída del sistema colonial, mantener una relación económica y comercial. La idea de partir el territorio en dos ya estaba en las misiones realizadas por la Comisión Peel, en 1937. Tras la Segunda Guerra Mundial, la inestabilidad en el territorio era ya insostenible y los intereses de los distintos actores sobre el territorio no tardarían en estallar.

La intensificación de las migraciones judías hacia Palestina tras el Holocausto —cabe recordar que Estados Unidos, donde la mayoría del exilio europeo buscaba instalarse, endurecía entonces sus fronteras—, los límites impuestos por los británicos a la migración judía durante el inicio del conflicto como medida para asegurar la alianza de las elites de los mandatos en la contienda, y el fin de estos en el Próximo Oriente tras la guerra fueron los detonantes del estallido.

El movimiento sionista había aprovechado la guerra para formar cuadros militares, que al terminar el conflicto dirigieron los principales grupos paramilitares organizados en la lucha contra la población palestina, así como a partir de aquel momento también contra los intereses británicos en la zona. Los británicos dejaron la cuestión en manos de la recién formada Organización de las Naciones Unidas, y fue una de las primeras a las que tuvo que enfrentarse la nueva organización mundial, y la más larga y duradera, pues aún hoy sigue ocupando un lugar destacado en sus agendas y debates.

La Organización de las Naciones Unidas, formada entonces por 51 Estados, envió una misión a Palestina. La idea de la partición ya estaba en los criterios iniciales de los británicos. La población y las elites palestinas que querían el control sobre su territorio no estaban dispuestas a ceder parte de él a una entidad colonial que estaba detrás de la desposesión continuada de la población rural durante las décadas anteriores. Las monarquías árabes, recién recuperado el control tras el fin de los mandatos, buscaban ampliar sus territorios y zonas de influencia, sin olvidar que, como advertía Ibn Saud a Roosevelt a bordo del buque Quincy, la opinión de Palestina sobre el futuro de los lugares sagrados del islam no podía ser menospreciada.

La comisión de Naciones Unidas, sin consultar y conociendo la oposición de la población palestina y sus elites, y de las monarquías árabes, emitió un informe en el que recomendaba la partición del territorio en dos entidades, una bajo el control del movimiento sionista y otra bajo control de los árabes. La culpa del Holocausto estaba presente entre los aliados, que buscaban modos de compensación. La propuesta fue votada y aprobada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 29 de noviembre de 1947, que incluyó también la prohibición de modificar demográficamente los territorios designados a cada una de las comunidades y el objetivo de crear una cooperación económica entre ambas. La resolución 181 (II) dejó abierta la vía de la partición.

Lejos de calmar las tensiones sobre el territorio, la resolución las acrecentó. El movimiento sionista, una fuerza paraestatal que disponía de varias organizaciones militarizadas, empezó una guerra civil encubierta sobre el territorio. Los enfrentamientos con la población palestina se extendieron principalmente en aquellas zonas asignadas al Estado judío y se intensificaron los episodios de violencia entre ambas comunidades. Sin embargo, mientras los palestinos conformaron milicias de autodefensa organizadas localmente, las organizaciones sionistas, la Haganá el Lehi o el Irgún, eran fuerzas mucho más estructuradas que desposeyeron, difundieron el miedo y perpetraron masacres de gran envergadura sobre la población palestina. Entre noviembre de 1947 y mayo de 1948, miles de palestinos habían sido expulsados de sus hogares.

El conflicto estalló en mayo de 1948, con el fin del mandato británico y la declaración unilateral de independencia por parte de Israel. Los Estados árabes declararon la guerra a la nueva entidad. No tenían, sin embargo, un objetivo común y cada uno de ellos luchaba por sus intereses particu­lares.

Los intereses de Egipto, como se mostró en los primeros días de la contienda, se concentraban en el control del Néguev y la franja de Gaza. En Transjordania, Abdulá I, aliado de los británicos, se oponía a la guerra y a la formación de un Estado árabe en Palestina, ya que en este caso no podría anexionarse Cisjordania. Tenía también muchas reservas respecto a las intenciones de Egipto y no cerraba las puertas a entenderse con los dirigentes laboristas judíos. Finalmente, Siria y el Líbano querían mantener su integridad territorial y controlar los recursos hídricos del norte.

La precipitada declaración unilateral de independencia de Israel

El 14 de mayo de 1948 en el Museo del Arte de Tel Aviv, bajo un retrato del fundador del sionismo, Theodor Herzl, Ben Gurión leía ante unas 350 personas —autoridades judías, alcaldes, líderes políticos y religiosos, intelectuales y periodistas— la declaración de independencia de Israel. El texto empezaba así: «Eretz Israel ha sido la cuna del pueblo judío. Aquí se ha forjado su personalidad espiritual, religiosa y nacional. Aquí ha vivido como pueblo libre y soberano; aquí ha creado una cultura con valores nacionales y universales». El acto se organizó de forma apresurada. El día 15 de mayo era la fecha límite para que los británicos abandonaran la administración del mandato, pero era sabbat —sábado, día sagrado para los judíos— por lo que que avanzaron la declaración al día 14. Ben Gurión, originario de Płońsk (Polonia), participaba desde joven en los grupos sionistas de su región y estaba en contacto con miembros de Nueva York. Había llegado a Palestina en 1918 y participado en la formación del sindicato Histadrut. En 1935 había sido elegido presidente de la Agencia Judía, la organización paraestatal que construyó las estructuras de Estado en paralelo al mandato británico. La declaración, realizada a contratiempo y de forma unilateral, dio inicio a la primera guerra árabe-israelí.

Ben Gurión leyendo la declaración de independencia de Israel el 14 de mayo de 1948.

Con la guerra, el nuevo Estado de Israel nacía como una fuerza regional. Había sido reconocido inmediatamente tras su declaración de independencia por las nuevas potencias del mundo bipolar. En la lucha por el control de la región, Israel aprovechó las ayudas de la Unión Soviética, que lo consideró un posible aliado y le suministró armas a través de Checoslovaquia. También tuvieron su papel las comunidades judías en el exterior, especialmente las de Estados Unidos, que asimismo reconoció de inmediato al nuevo Estado.