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El ser humano es sociable por naturaleza; tendrá que convivir con sus semejantes, que son sus iguales y diferentes; cada uno es único y poseedor de la misma dignidad, que no tiene grados: nadie vale más que otro. Con Francis Bacon (S. XVI) se enalteció el saber: "saber es poder"; a partir del S. XIX cambia la percepción: "tener es valer", tanto vales cuanto tienes; no tienes nada no vales nada: son los pobres, que estando en todas partes no hay ojos para ellos, porque son los ""nadies"". La situación descrita, que se da en distintos ámbitos, es lo que movió al autor a explorar con espíritu crítico algunos de ellos en los que se percibe cansancio, y la ausencia de amor en sus responsables, porque el trato a los seres humanos deja mucho que desear: la búsqueda del bien común, en Política (el Estado); la educación en los padres (familia) que la delegan a los profesores. En la economía: todo se mueve por dinero; en el trabajo: salario injusto; otra forma de esclavitud. Este panorama, ¿ha cansado a la humanidad de oír palabras como el bien, la paz, la libertad, el amor, la justicia, sin disfrutar su realización? Un factor que podría cambiar el rostro al mundo sería el amor: "ama a tu prójimo como a ti mismo", pero no se da, lo cual es muy lamentable; por ello propone comenzar por lo menos –sin ser mediocre– con la justicia: "trata al otro como quieres que te traten", o, "no hagas al otro lo que no quieres que te hagan".
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Seitenzahl: 550
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Un ser humano solo existe a través de otrosseres humanos; Tutu, 2000
Toda la ley en esta palabra se cumple; “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, (Gal. 5 14). Precepto cristiano–dice Tzvetan Todorov– que merece ser escuchado en la actualidad. (Leer y vivir)
Lo que los hombres tienen en común es mucho más importante que lo que los diferencia. Tzv. Todorov, El espíritu de la Ilustración.
A la tarde de la vida te examinarán en el amor. San Juan de la Cruz
Ama et fac quod bis (ama y lo que quieras hazlo). San Agustín, De civitate Dei.
PRESENTACIÓN
CAPÍTULO I EL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
1.1. Razones o motivos por los que actúa el ser humano
1.2. Situación actual de los valores
1.3. Origen del valor
1.4. ¿Qué es el valor? O, la naturaleza del valor.
1.5. Los valores ¿tienen algún fundamento?
1.6. El valor y los derechos humanos
CAPÍTULO IIEL HOMBRE Y EL ESTADO
2.1. Los hombres de Estado
2.2. El papel del Derecho
2.2.1. Principios, valores y normas
2.3. Economía, la persona y el Estado
CAPÍTULO III LA JUSTICIA COMO VALOR
3.1. La justicia es algo real (un valor) o sólo es un ideal
3.2. La justicia y el trabajo
3.3. Igualdad–Identidad
3.4. Identidad
3.5. Los pobres ¿Viven la igualdad?
3.6. Valoración de la mujer: avance o retroceso
CAPÍTULO IV LA EDUCACIÓN
4.1. Educación: su razón de ser
4.2. Papel de la familia en la educación
CAPÍTULO V LA VIDA HUMANA
5.1. Quienes viven ¿merecen algo?
5.2. Disponer de un bien que no es de su propiedad
5.3. El médico y el enfermo
CAPÍTULO VI DEMOCRACIA Y DERECHOS HUMANOS
6.1. Estado de la cuestión
6.2. Los derechos humanos en la democracia
6.3. Peligros de la democracia
6.4. Democracia y tolerancia
6.5. Democracia y la cultura
CAPÍTULO VII LA PERSONA Y SU TIEMPO
7.1. La persona y su espacio temporal
7.2. Olvido de lo que somos
7.2.1. Nueva forma de esclavitud
7.3. Vuelta a la persona
7.4. Reafirmación del humanismo
7.5. Ser en y por los otros: los necesito y ellos a mí.
CAPÍTULO VIII LA ÉTICA
8.1. Su razón de ser
8.2. Ética y política
8.3. La política y los políticos
8.4. El progreso y los valores
CAPÍTULO IX LA ECOLOGÍA
9.1. Actitud del hombre ante la naturaleza
9.2. Lugar de la ética
9.3. La naturaleza y la doctrina pontificia
9.4. Cómo nos encontramos hoy: 2025
CONCLUSIÓN
REFERENCIAS
Nacemos en el tiempo, vivimos un poco de tiempo, nos vamos de este mundo en el tiempo, y el tiempo sigue.
¿El vivir tiene sentido en sí mismo, o quien vive es quien valora su vivir? Pienso que es lo segundo, porque vivir cualquier viviente lo siente, pero vivir con sentido, con un fin, es muy diferente, y esto es lo que hace que la vida tenga valor. El viviente tiene que preguntarse por la razón de su vida: ¿por qué vivo, y no más bien me quedé en la nada? Dicho cuestionamiento tiene como efecto, como fruto la valoración de su vida, por lo tanto, de sí mismo y de los seres humanos que también viven y que conviven con él. ¿De verdad el ser humano valora y ama el vivir? Pregunta no resuelta pero sí comentada en el interior de lo que está escrito.
Vivir con los otros es una primera experiencia en el ser humano muy significativa y revestida de trascendencia, pues ve a las otras personas iguales a él, pero al mismo tiempo diferentes, poseedoras todas de grandeza y de algo que nadie tiene el derecho de lastimar, sino el deber de respetar; ese algo es: la dignidad. En esto se da la universalidad: todos participamos de la naturaleza humana; por lo tanto, todos los vivientes humanos gozamos de la misma dignidad: nadie, es más, o menos, que nadie. Ni nadie, vale más, o menos, que nadie. Aunque ignoremos, despreciemos a nuestros iguales-semejantes, y nos sean indiferentes, todo eso ni disminuye ni ensucia su dignidad.
Esto es de suma importancia, porque en la vida real nos damos cuenta de la forma: osca, fría y denigrante de tratar y de relacionarnos con nuestros prójimos: “los demás”, “los otros” que no son ‘yo’, no sé ‘ni cómo se llaman’, ‘ese que va allá’, no saben leer, no saben hablar. Expresiones de “muchos” que se creen estar por encima de otros seres humanos. ¿Qué es lo que marca la diferencia, la desigualdad? NO es el ser: somos seres humanos; somos iguales. ¿El factor económico? En el siglo XVI “el saber era poder”: Francis Bacon; desde el siglo pasado, en forma muy notoria, cambia esta valoración por: tener es valer: tanto tienes, tanto vales; no tienes, eres nadie. Más aún, el ser humano se ha llegado a convertir en mercancía, por otros seres humanos, bajo diferentes modalidades.
Aristóteles, –su experiencia y observación– le llevaron a afirmar que el hombre es ζῷον πολιτικόν ‘animal sociable por naturaleza’;1 y la primera experiencia de sociabilidad es una comunidad pequeña: la familia, la ranchería, el pueblo, la ciudad, la nación, el Estado. Frente a cualquiera de las figuras señaladas hay alguien responsable: la Autoridad, el gobernante: elegido y aceptado por los ciudadanos; esperando de él que mantenga en orden y en paz a la sociedad. Sucede, sin embargo, que estando ya con el poder en sus manos, olvidan dicha encomienda, porque su preocupación, son ellos mismos. Al mismo tiempo olvidan que esa tarea la deben realizar haciendo brillar la justicia, en forma muy sencilla: hacer cumplir la ley y dando a cada quien lo que merecen sus obras, porque somos iguales ante la ley: principio que debe estar presente para que desaparezca cualquier asomo de privilegios.
Un factor insustituible que no debe faltar para que el Estado pueda cumplir y llevar a cabo la encomienda que recibió: –aunque vaya en contra de lo que “favorecería al propio gobierno”: pueblo ignorante es mejor y más fácil gobernarlo– es la educación; que en este caso es la educación pública. Misión a la que debe contribuir no sólo construyendo planteles, sino, sobre todo, preparando con responsabilidad y valores a quienes (los profesores) van a estar al frente de esa población estudiantil, y de quienes los padres esperan pleno compromiso y responsabilidad. Pero vemos que en ellos hay cansancio y fatiga ¿muestra de que el amor a su profesión ha disminuido? Si es así, la disposición para ayudar a esa población escolar en la adquisición de buenos hábitos y virtudes, que son el eje del comportamiento moral, estará muy mermada, perjudicando con ello a los alumnos. Los papás esperan lo mismo, y la exigencia deberá ser la misma en el ámbito privado, pero también deben mostrar su interés en lo que reciben sus hijos, y no descargar su responsabilidad en los profesores, sino acompañándolos y apoyándolos en las tareas, en las dudas y problemas que vayan surgiendo con su desarrollo.
Unido a lo anterior, los papás deben tener la táctica necesaria para hacer ver a sus hijos el valor, la importancia y trascendencia de la educación en su vida: que es un medio insustituible para su formación personal y para la profesión que elijan, teniendo en mente que la mediocridad y el conformismo no deben anidar en su ser, sino el deseo de mejorar y progresar; pero no exclusivamente en lo material y económico, sino sobre todo en el campo moral, empapados de principios, valores y virtudes, porque ser buenas personas es la condición para realizar grandes proyectos. Con lo cual daremos crédito a las palabras de Aristóteles: cada quien actúa de acuerdo a lo que es.2 Buenas personas, buenas acciones y con ello contribuimos para que la sociedad sea buena.
Pero dónde se vive y de qué se vive. Se vive en un lugar: campo, pueblo. ciudad; para vivir se necesita alimento, vestido, calzado, etc. He dicho: lo que se necesita, no lo superfluo. Porque para esto no hay derecho, cuando la mayoría carece de lo necesario. Si en el uso y consumo no hay freno, no hay medida, moderación, austeridad; no hay conciencia de la trascendencia, del impacto, del daño que causamos a la naturaleza, a la Tierra tan pródiga como es, tampoco habrá interés ni propósito de cambiar nuestra forma de vivir; de cambiar ciertos hábitos, que si somos sinceros, al cambiarlos viviremos mejor, y contribuiríamos a que otras personas también vivan bien. Al mismo tiempo, con esa actitud, daremos fe de lo que representa y es para nosotros la naturaleza, –los creyentes diremos: Dios provee, pero a través de ella–; daremos señal de que de nosotros hay reconocimiento y amor para ella.
Algo sobre todos estos puntos, se encontrará en lo que está escrito en las hojas siguientes, resultado del sentimiento que ha causado en su semejante e igual que usted, el que escribe –sin ser juez de nadie– la forma en que vivimos: con indiferencia y conformismo frente a otros seres humanos, y también despilfarro de todo lo que nos rodea, y frente a todo lo que acontece día a día.
1Pol. 1253ª, L. I, c. 2, edición bilingüe, trad. Julián Marías y María Araujo, CEPC, Madrid, 1997.
2 Cfr. EN, 1095ª, L. I, c. 3, Obras, trad. Francisco de P. Samaranch, Aguilar, Madrid, 1977.
EL HOMBRE EN EL MUNDO DE HOY
Todo ser humano desea vivir bien. La vocación al bien, es la que alimenta la vida humana; pues no existe vocación o tendencia al mal como tal. Por ello, quiere disfrutarlo en todos esos espacios y ámbitos en los que distribuye el tiempo de su existencia, en su vida diaria, como son: la familia, en el trato con los vecinos, con los cercanos, pero también con los distantes, en el trabajo, en el deporte, en la calle, en la escuela, en el transporte, en las reuniones, en el esparcimiento-descanso, en el mercado, en los negocios, en su vida religiosa, en el quehacer político, a través de sus deberes jurídicos. ¿Por qué anhela esto? Porque lo considera como algo que merece la pena de ser buscado y vale la pena luchar por ello; porque se le presentan como bienes; los cuales pueden ser el terreno fértil y objeto de atención de los principios y de los valores, que siendo nociones no intercambiables, pueden coincidir en esto, como señala G. Zagrebelsky.3
El hombre es un ser de acción. Y toda acción es realizada con vistas a un fin; con lo cual se establece una relación de medios y fines. Así como al árbol se le conoce por sus frutos, de igual manera al ser humano se le conoce por sus obras; en las cuales hay que tener siempre en mente, que la relación arriba anunciada sea la correcta: fin bueno requiere medios buenos; con ello quedará siempre proscrito el dicho popular, usado con frecuencia: el fin justifica los medios. Por otra parte, en la relación de la inteligencia humana con la realidad –señala Efraín González M.–se emplea constantemente la predicción o atribución de algo a algo por parte del sujeto. Esto se lleva a cabo a través de la operación mental que llamamos juicio. Al juzgar, atribuimos o negamos determinado predicado al sujeto. La forma de atribuir predicados al sujeto tiene importancia indudable al tratar de conocer con valor objetivo la realidad concreta.4 Esto aplicado al ser humano, enjuiciamos (en sentido moral) de la persona –escribe Friedo Ricken– las cualidades del carácter, los sentimientos, las actuaciones, los motivos y los propósitos. Esto no es otra cosa que el enjuiciamiento moral, cuyo objeto primario son las acciones del ser humano.5 Existe un texto bíblico que nos previene de los efectos si realizamos esa operación mental llamada juicio:
“No juzguen para que no sean juzgados, porque con el juicio con que juzguen serán juzgados, y con la medida con que midan serán medidos. ¿Cómo es que miras la paja que hay en el ojo de tu hermano, y no ves la viga que hay en tu ojo? ¿O cómo vas a decir a tu hermano: deja que te saque la paja del ojo, teniendo la viga en el tuyo? Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo, y entonces podrás ver para sacar la paja del ojo de tu hermano.6
Sin ser jueces de nadie siempre nos acompaña esa debilidad de juzgar a los demás –mis prójimos– emitiendo o formulando juicios de valor. Es decir, se emite un dictamen sobre la acción realizada por nuestros semejantes. En esta situación es evidente el papel tan importante que tiene la libertad, pues solamente se puede exigir responder (justificación) de su obrar a quien es responsable del mismo, porque ha procedido libremente. Esto significa que el propio sujeto es causa de sus decisiones y acciones, y que por lo mismo no está determinado por otras causas, sino que se determina a sí mismo. Friedo Ricken se pregunta ¿qué es lo determinante para el enjuiciamiento: las consecuencias buenas o el motivo malo?7 Pienso, que ninguna de las dos opciones: si opto por el consecuencialismo, me encuentro con el utilitarismo o con el hedonismo: buscar que el mayor número de personas obtengan el más alto beneficio; o que mi acción cause el mayor placer. El motivo malo, tampoco; porque de entrada, el sujeto ya estaría actuando mal. En su lugar, pienso que lo importante es que la persona, en y con su actuar busque su propia perfección, ayudado por la virtud de la prudencia (recta ratio agibilium: la recta razón en el actuar, en el obrar); logrando esto, sus obras serán el reflejo de lo que es: buena persona. Y sus acciones, sus obras tendrán la misma calidad. Las acciones, las obras, son el espejo de la persona que las realizó, suponiendo que fueron acompañadas de conocimiento y libertad; por ello la dignidad de la persona habrá que buscarla –escribe José Ma. G. Gómez Heras– no tanto en el encapsulamiento del individuo en el propio yo, sino en la trascendencia de ese mismo yo mediante compromisos de la libertad.8
Por otro lado, me parece conveniente no confundir normas y valores. Las normas –escribe J. Habermas– se presentan con una pretensión binaria de validez y son, o bien válidas o bien no válidas. En cambio, los valores fijan relaciones de preferencia que dicen que determinados bienes son más atractivos que otros. Por otra parte, dice el mismo autor, las normas tienen que guardar una relación coherente, es decir, formar sistema. Los diversos valores en cambio, compiten por ser los primeros; en la medida en que consiguen reconocimiento dentro de una cultura o de una forma de vida, constituyen configuraciones a la vez flexibles y tensas.9
Pero, ¿por qué hablar hoy de valores en un mundo en el que pareciera que solamente cuenta la técnica-tecnología, lo material, lo económico, dígase el dinero?; ¿en un mundo, en el que no hay mañana? Un mundo en el que el hombre, parece que ha perdido el rumbo, la esperanza, y por lo mismo sus proyectos son a corto plazo. Un mundo en el que, aunque no se mencione, el hombre vive como si Dios no existiera. Situación descrita por Byung-Chul Han: la moderna pérdida de creencias, que afecta no sólo a Dios o al más allá sino también a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero. Nunca ha sido tan efímera como ahora. Pero no sólo ésta es efímera, sino también lo es el mundo en cuanto tal. Nada es constante y duradero. Ante esta falta de ser surgen el nerviosismo y la intranquilidad.10 Esta pérdida de sentido es sustituida por la hiperactividad, del animal laborans de Hannah Arendt, pensando que es algo bueno y positivo para el ser humano, cuando parece que lo que se vive es una vana ilusión –según Chul Han– pues se piensa que cuanto más activo uno se vuelva, más libre es. Sin embargo, parece que es lo contrario, en lugar de llevar a la libertad, origina nuevas obligaciones.11
El mundo con el que nos encontramos en nuestra experiencia ordinaria –observa Isaiah Berlin– es un mundo en el que nos enfrentamos con que tenemos que elegir entre fines igualmente últimos y pretensiones igualmente absolutas, la realización de algunos de los cuales tiene que implicar inevitablemente el sacrificio de otros. En efecto, porque su situación es ésta es por lo que los hombres dan un valor tan inmenso a la libertad de decidir, pues si tuvieran la seguridad de que en un estado perfecto, realizable en la tierra, no entrasen nunca en conflicto ninguno de los fines que persiguen, desaparecerían la necesidad y la agonía de decidir, y con ello la importancia fundamental que tiene la libertad de decisión.12 Y precisamente ante la necesidad de esta libertad de decisión y elección, hay una idea un tanto general de que todas las cosas buenas no son compatibles, y menos aún todos los ideales de la humanidad. Visión, por demás llena de desaliento, que Isaiah Berlin rechaza –y estoy de acuerdo–, escribiendo con optimismo: se nos dirá que en alguna parte y de alguna manera tiene que ser posible que coexistan juntos todos estos valores, tales como la igualdad política, la justicia, la justicia social, la generosidad, las lealtades públicas y privadas, pues de no ser así, el universo no es un cosmos, una armonía; sino que se podría pensar en la posibilidad de que los conflictos de valores sean un elemento intrínseco de la humanidad.13
José María G. Gómez Heras refuerza el papel de la libertad en el actuar del hombre diciendo que la libertad de las elecciones arraiga, en último término en el modo de conocimiento del hombre; condición para ser responsable de las mismas. Como la elección se complementa con la decisión, dice él mismo: la responsabilidad de las decisiones presupone la libertad, pero, tanto o más, una razón que descarta arbitrariedades.14
La libertad –escribe el Papa Francisco, de feliz memoria– es algo grandioso, pero podemos echarla a perder. La educación moral es un cultivo de la libertad a través de motivaciones, estímulos, premios, ejemplos, modelos, símbolos, reflexiones, exhortaciones, revisiones del modo de actuar y diálogos que ayuden a las personas a desarrollar esos principios estables que mueven a obrar espontáneamente el bien. Porque la misma dignidad humana exige que cada uno actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro.15
A través del tiempo ha surgido una alternancia en el tratamiento que se ha dado a dos nociones: persona y dignidad. Por un lado, “intelectual y letrista” resaltar el lazo y grandeza que existe entre ellas, y por consiguiente, la superioridad del ser humano; y, por otro, –esto sí es real– en clara oposición y contraste con la situación anterior, calificado –por la Conferencia episcopal española– como “el drama más profundo de nuestro tiempo”: la pérdida del sentido de la persona humana, el olvido de su dignidad, la esclavitud de los hombres con respecto a sus obras y proyectos. La vida humana resulta así amenazada de múltiples maneras.16 En esta situación descrita, pareciera que hablar de valores no tiene sentido; en varias personas se palpa cierto escepticismo en torno a la existencia de los mismos.
Lo lamentable es que el quebranto de la dignidad humana se debe según Tomás Melendo, a dos razones: una, porque por primera vez en el trascurso de la historia, las lesiones y atentados contra la grandeza del ser humano, derivan no del mal uso de la libertad humana, o de la mala fe de algunos individuos o de grupos específicos, sino de algo paradójico, de la ‘civilización moderna’, que encierra una poderosa tendencia a la completa eliminación de la idea misma de dignidad. Dos, que ese peligro se cierne sobre el hombre precisamente en una cultura que se ha propuesto como objetivo fundamental ensalzar al ser humano con base en unos valores desconocidos en toda la historia anterior.17
¿Por qué insistir en la dignidad humana? ¿Será porque nunca ha sido amenazada como hoy? Si no respondo a este cuestionamiento, sí afirmo, que, si no la consideramos, si no la tomamos en cuenta y no la respetamos, la convivencia humana será cada día más difícil en el mundo. Pienso que F. W. J. Schelling, filósofo alemán del siglo XIX (1775-1854), sin ningún asomo de eufemismo, tiene razón al dejar escrito en forma positiva, algo que tiempo después –como veremos– lamentará Max Scheler: “el hombre se torna más grande en la medida en que se conoce a sí mismo y a su propia fuerza. Proveed al hombre de la conciencia de lo que efectivamente es y aprenderá inmediatamente a ser lo que debe; respetarlo teóricamente y el respeto práctico será una consecuencia inmediata. [. . .] El hombre debe ser bueno teóricamente para devenirlo también en la práctica”.18 En consonancia con estas ideas, y teniendo en cuenta que el hombre sólo puede hacerse hombre conviviendo con los otros hombres, Theodor Haecker escribe: por muy profundas y radicales razones, el hombre no puede cobrar conciencia de su dignidad sino al crear vínculos con diversos seres valiosos asumiendo el riesgo de la alienación y la pérdida de sí mismo.19 Por otra parte, es manifiesto que el ser humano es consciente de esta situación, pues se escuchan comentarios reiterados sobre la crisis de valores, y no tanto de su ausencia o inexistencia.
La crisis de valores–sostiene Norbert Bilbeny– no es señal de ningún tipo de carestía ni de perversidad. Existe y subsistirá en la medida en que la expansión cognitiva acentúe el deface cultural entre la cultura informativa y la valorativa. Más que una obra de la cultura, los valores son un requerimiento de la naturaleza, que no es ni mucho menos indiferente a ellos. Pero no hay que concluir que haya valores naturales: el valor de la dignidad humana puede exigir incluso un sacrificio contranatural e incluso en otros animales la compasión llega a tener mucho de cultural. Así hablar de una ética natural es tan inaceptable como hablar de una física espiritual.20
El Dr. José de Jesús Ledesma hace una puntualización muy atinada: lo que está en crisis no son los valores, sino más bien, la actitud de gran número de seres humanos que subordinan todo a lo material, con el nombre de dinero, poder y placer; fruto, en cierto modo del positivismo materialista en el que se encuentra sumergida la sociedad de este tiempo.21 Señala también la trascendencia de Dios en la vida del ser humano al escribir que las raíces de la crisis se originan desde los últimos años del siglo XIX y tienen mucho que ver con el olvido de Dios, o cuando menos con el olvido de la subordinación a los valores supremos que se intercambian por los meramente circunstanciales y secundarios que conducen a la “concupiscencia del tener” y “del poder”. Valores que vulneran las exigencias de la verdad, el respeto a las promesas válidamente contraídas (no demagógicas), la rendición de cuentas que debe hacer el responsable, el respeto a lo ajeno. Estas enunciaciones, que deberíamos tener en cuenta, contienen aspiraciones y valores permanentes, con validez universal y, por tanto, obligatoriedad general.22 Esto es lo mismo que decir, que teniendo frente a nosotros los valores éticos, –afirma Herman Nohl– debemos ir a su encuentro, estar abiertos a su acción y esforzarnos por realizarlos.23 Pero puede suceder que el espíritu se cierre a la luz que desprenden los valores. Esta ceguera, –comenta René Simon– puede ir desde la simple indiferencia hasta la hostilidad declarada. La simple indiferencia, que no ignorancia, es una toma de posición con relación al mundo de los valores: ser realmente indiferente a los valores, significa que se desconoce su exigencia de inserción en la vida de la persona. Sería preferible sentir una hostilidad declarada hacia un valor moral que mera indiferencia, creada por la cobardía y el abandono, pues tal hostilidad no es más que una aparente negación de los valores.24
Hans Joachim Türk, sobre el comentario frecuente en torno a la crisis de valores en nuestra sociedad, señala que no es que encontremos muy pocos valores, sino que al contrario se nos presenta un número inmenso de valores, sólo que éstos, en gran parte, no son compatibles entre sí y que finalmente no realizamos valoraciones comunes: falta una ordenación de valores vinculantes para todos.25 Por este motivo observa I. Berlin, que el grado de libertad que goce un hombre, o un pueblo, para elegir vivir como quiera tiene que estar medido por contraste con lo que pretendan significar otros valores, de los cuales quizá sean los ejemplos más evidentes, la igualdad, la justicia, la felicidad, la seguridad o el orden público.26
Solidarios con la idea central anterior, sobre la crisis axiológica, Daniel Muchnik y Alejandro Garvie escriben que el final del siglo XIX fue un momento de auge del capitalismo, de grandes transformaciones sociales y de grandes crisis. Una de ellas fue la de los valores morales sostenidos hasta ese momento por la sociedad burguesa que sufría, entre otras cosas, las impugnaciones del marxismo. [. . .] Con la caída de Dios y de la metafísica tradicional (F. Nietzsche) los valores asociados a ellos, no pueden subsistir, no encuentran justificación trascendental alguna y, carentes de fundamento, son el blanco de las críticas más mordaces, perdiendo su categoría y transformándose en valores huecos e inútiles para estructurar un orden social armónico. 27 Necesitamos una crítica de los valores morales, –comenta Emilio Lledó– hay que poner alguna vez en entredicho el valor mismo de esos valores, y por eso es preciso tener un conocimiento de las condiciones y circunstancia en que aquellos surgieron, en las que se desarrollaron y se modificaron. Dice lo anterior, porque se toma el valor de esos “valores” como algo dado, real y efectivo, situado más allá de toda duda.28
Respecto a lo dicho, Gilles Lipovetsky comenta: en un universo donde reina Don Dinero, el egocentrismo individualista fuerza a que cada cual se preocupe más por sus intereses privados que por la observación de principios superiores. Sin embargo, esto no es más que una de las caras del individualismo que se podría llamar extremo o irresponsable. Porque la parte positiva del desarrollo del hiperindividualismo actual, a la cual habría que subrayar, es la que refuerza la tendencia a identificarnos con el otro.29 Alexis de Tocqueville, comenta: “raras veces se sacrifican los hombres unos por otros en los países democráticos; pero muestran una compasión general por todos los miembros de la especie humana. No se les ve causar males inútiles y, cuando sin perjudicarse mucho a sí mismos pueden aliviar los dolores ajenos, tienen gusto en hacerlo; no son verdaderamente desinteresados, pero sí benignos y amables”.30 Confirmando lo anterior se puede decir que quien niega principios esenciales y el conocimiento de valores universales sólo puede apelar en último término a la opción individual. Pues como bien señala A. Fridolin Utz, el agnosticismo axiológico reclama como correlato el individualismo sociopolítico.31
Por consiguiente, frente a estas posturas, sea escepticismo, o agnosticismo axiológicos, podemos sostener con Isaiah Berlin, que existe una serie de valores compartidos, “un mínimo sin el que las sociedades difícilmente podrían sobrevivir, con cierta objetividad y universalidad”.32 La necesidad de aceptar y respetar esos valores –puntualiza Eusebio Fernández– es imperiosa para cualquier sociedad decente; algunos de ellos son los que fundamentan las normas que prohíben prestar falso testimonio, o torturar libremente, o asesinar a otros hombres por placer. Valores, principios y normas que son presupuestos del ser humano y que posibilitan la convivencia y el reconocimiento recíproco como personas.33 La conclusión a la que llega I. Berlin, en este punto, –en otro lugar– es digna de tomarse en cuenta: hablar de nuestros valores como objetivos y universales no equivale a decir que exista algún código objetivo, que se nos haya impuesto desde fuera, que no podamos quebrantar porque no lo hicimos nosotros; equivale a decir que no podemos evitar esos principios básicos porque somos humanos.3435Tales principios de conducta universalmente reconocidos, piensa H. L. A. Hart, que pueden ser considerados como el contenido mínimo del derecho natural, en contraste con las construcciones más grandilocuentes y más controvertibles que a menudo han sido enunciadas bajo ese nombre.36 Paul-Louis Landsberg se pregunta ¿qué hace que las personas puedan compartir valores transubjetivos? A lo que responde: “nada distinto de ese Otro que no es nosotros pero sin el cual la persona gira en vacío”. “Nada distinto de esa sima que es Dios”.37
Es evidente, por tanto, que este mundo tiene que cambiar; pero quien debe hacerlo en primer lugar es cada ser humano habitante del mismo. El cambio exigido es un cambio fundamental; pero este no puede darse, no puede sobrevenir –dice Enrique Miret– por el cambio de las simples ideas, ni por la revolución basada sólo en ellas, sino por obra de la transformación que yo decida en mí mismo, en mis relaciones con el prójimo. Es el modo de vida el que debe cambiar. Este cambio del que hablamos, y que es necesario, se realizará con la discusión, la crítica, la persuasión, la educación y no mediante métodos coercitivos.38 Solidario de este cambio interno, J. Maritain sostiene que hay que dar el paso del hombre viejo al hombre nuevo: hay que transformar al hombre mismo, hasta la plenitud de nuestra esencia. Es lo que él califica como humanismo nuevo, humanismo integral. Una transformación tal requiere, por una parte, que sean respetadas las exigencias esenciales de la naturaleza humana y aquella primacía de los valores trascendentes que permiten y preparan una renovación; y, por otra, que se comprenda que un cambio semejante no es obra del hombre sólo, sino de Dios primero, y del hombre con Él.39 Pero, por algo tenemos que comenzar: empezando por nosotros mismos, señala Hans Jonas. Tarea que debe extenderse a los demás, porque la distinción característica del hombre: sólo él puede tener responsabilidad, pero a la vez deberá tenerla por otros iguales a él, porque el prototipo de la responsabilidad es la responsabilidad del hombre por el hombre.40 Tiempo después confirmará lo escrito aquí: Si, por tanto, la responsabilidad frente al conjunto es el valor principal para el mundo del mañana, el valor complementario a él es un vivo sentido de su objeto, precisamente «el conjunto», la humanidad como tal. Así pues, despertar, mantener, incluso fundamentar un sentimiento de «la humanidad» es una importantísima tarea educativa e intelectual para el mundo del mañana.41
En relación con la crisis axiológica que venimos comentando, cuando se siente y se vive un vacío, un sinsentido en el diario acontecer, en forma reiterada se escucha la expresión o exclamación: ya no hay valores; o, los valores ya han cambiado. En otras palabras, se habla de la transmutación de los valores; o la transvaloración de todos los valores. Observación que estaba presente en Federico Nietzsche (1844-1900),42 quien introdujo, –además en forma muy sutil y metafórica– el concepto de valor en el lenguaje popular: los mayores acontecimientos no son nuestros momentos más ruidosos, sino los más callados. El mundo no gira en torno a los inventores de nuevos ruidos, sino alrededor de los inventores de nuevos valores; gira de un modo que nadie puede oírlo.43 Nietzsche determina su propio objetivo doctrinal y su más profundo anhelo como la ‘gran transformación de todos los valores’. Quiere destruir las viejas tablas de valores y substituirlas por otras nuevas.44 Frente a esta postura E. García Máynez escribe: Los valores no se crean ni se trasforman; se descubren o se ignoran. Por esta razón no debería hablarse de trasmutación o inversión de los valores; ellos no cambian, sino nuestra capacidad para captarlos.45
Para Hans Jonas, en las metas particulares, en la voluntad de los sujetos particulares y en sus eventuales conflictos es donde normalmente surge la cuestión del derecho y del valor, mientras que ambos le son concedidos a todo lo que es común.46 Por ello, que el mundo tiene valores –dice el mismo autor– es cosa que ciertamente se sigue de modo directo del hecho de que tiene fines.47 Valores, quiere decir aquí, –señala Hans Joachim Türk– fines de acciones por las que éstos se establecen y que afectan y/o desafían a nuestros sentimientos y a nuestra aspiración voluntaria. Entendemos aquí sólo la clase de los valores éticos que pueden ser considerados en cierto modo objetivamente como fines de la acción. Pueden considerarse también como actitudes del hombre que son asumidas en forma consciente y que, convertidas en hábitos, tradicionalmente se llaman ‘virtudes’; hacen referencia a los valores, es decir, a los bienes primarios como justicia, bondad, compasión, etc.48 Emerich Coreth refuerza esta idea al comparar en su objeto la inteligencia y la voluntad: del mismo modo que el objeto formal de la inteligencia es el ser como tal, así el objeto formal de la voluntad es el bien como bien. Y de la misma manera que la inteligencia cognoscitiva se mueve en el marco del ser sin ningún límite, también la voluntad se encuentra en el campo general del bien, ante la universalidad de bienes y de valores. No está limitada a un terreno particular de valores, como podría ser el bien sensible material, la comodidad, el placer, la utilidad práctica o la exigencia biológica. Sino que también puede aspirar incluso a valores más altos, suprasensibles e inmateriales, espirituales y éticos, renunciando así a otros campos de valor más bajos. Con el deseo y el amor puede aspirar incluso al valor supremo, al bien infinito, al summum bonum, es decir a Dios. Así como la inteligencia no descansa hasta alcanzar la verdad del ser mismo en la infinitud de su riqueza, así la voluntad sólo encontrará su satisfacción definitiva cuando consigue atrapar un bien que encierra en sí la plenitud ilimitada de bondad y valor; es decir, un bien infinito, un valor infinito.49 La cita –no habría que decirlo–, es extensa, pero transcrita con todo propósito, para este mundo materializado.
En relación a esta situación de desánimo axiológico por parte de algunos, Gilles Lipovetsky escribe: por todas partes hay enfrentamientos entre sistemas cuya intensidad no expresa decadencia, sino dinámica de pluralización y democratización del dominio ético dado que la ley moral ya no viene dictada desde arriba ni desde fuera de la comunidad humana. Lo que creemos decadencia de los valores es sobre todo signo de la avanzada de la destradicionalización y la secularización de la esfera moral.50 De Sousa Santos Boaventura opina que los valores de la modernidad: libertad, igualdad, autonomía, subjetividad, justicia, solidaridad, así como las antinomias entre ellos permanecen, pero están sometidos a una creciente sobrecarga simbólica porque de forma inesperada significan cosas cada vez más dispares para diferentes personas o grupos sociales, con el resultado de que el exceso de significado se convierte en trivialización, y de ahí en neutralización.51
Ahora bien, ¿dónde se encuentra el origen del valor? ¿Tiene algún fundamento? Cabe señalar que el valor en su conceptualización no es un término antiguo, sino más bien de la época moderna. Y la parte de la filosofía que se encarga de su estudio –según Héctor González Uribe– es la Axiología o Estimativa.52 El primer pensador que muestra su interés por la Axiología, no en cuanto saber, pero sí en cuanto a su objeto de estudio, que son los valores, es el padre de la filosofía griega, Sócrates, en su lucha contra el subjetivismo y relativismo sofista, cuyo máximo representante es Protágoras de Abdera (ca 480-410 a. C.).53 Tal relativismo subjetivista se manifiesta –según J. Ferrater Mora– en lo que se considera como el principio fundamental de Protágoras, expresado en su obra Acerca de la verdad: el hombre es la medida de todas las cosas (πὰντων χϱημὰτων), de las que son en cuanto son y de las que no son en cuanto no son.54
Es verdad que en este tiempo los pensadores no contaban con una palabra adecuada para designar los valores. De lo que ellos hablaban era del bien, pero del bien total –según J. Messner– en el sentido de su plenitud de ser, de la perfección exigida por la naturaleza humana.55 Aristóteles no era ajeno a esta situación, sin embargo, como buen conocedor del pensamiento ético de su tiempo, estaba convencido de que en todo su obrar, el hombre tiende a algún bien; por tal razón se podía definir el bien como “aquello hacia lo que todas las cosas tienden naturalmente”.56 Dentro de lo que podemos apetecer se encuentra aquello que es apetecible por sí mismo, y, aquello que es apetecible como medio para otras cosas. Pero en el fondo de uno u otro se encuentra el mismo fin: alcanzar la felicidad.57 ¿Cuál felicidad es la verdadera? ¿De qué valores depende? ¿de algunos en particular? Aquí está el verdadero problema, porque si algo se apetece, porque si algo se busca como un fin, es porque es valioso.
En el hablar común se escucha con frecuencia: esto sí vale la pena. Y se entiende que por ese motivo se realiza tal cosa, o por eso se la busca, o por eso se esfuerza por alcanzarla, etc., Sin embargo, Hans Jonas señala que lo que realmente vale la pena debería convertirse en lo que también para mí vale la pena y que, por ello, hago fin mío. Valer la pena realmente tiene que significar, pues, que el objeto de la pena es bueno independientemente de lo que digan mis inclinaciones.58
Gustav Radbruch hablará de la filosofía de los valores que se caracteriza por su actitud valoradora en la que se distingue lo bueno de lo malo, lo bello de lo feo, lo verdadero de lo falso; las ciencias de la naturaleza, por su parte, son ciegas a la valoración e indiferentes a ella: establecen hechos, sin preocuparse para nada de su valor; las ciencias de la cultura, por último, se sitúan en un punto de vista que hace referencia al valor, interpretan los hechos ateniéndose a su contenido valioso.59
Uno de los axiólogos que merece especial atención es Rudolf Hermann Lotze (1817-1881), considerado como el padre de la Axiología moderna, por haber introducido en la conciencia el concepto de valor. Para R. Lotze –según Ferrater Mora J.– los valores no deben entenderse de un modo relativo y arbitrario, sino como entidades absolutamente válidas, reconocidas y descubiertas por la conciencia, más bien que dependientes de un supuesto libre arbitrio estimativo. Esta consideración de los valores representa para Lotze la superación del relativismo al que conduce la ética empirista. No obstante, los valores no son en sentido propio, sino que valen. Como puede observarse, la separación que hace entre el reino del ser y el reino del deber es manifiesta.60 Casi un siglo después, Risieri Frondizi, sostendría la última afirmación de Lotze: Los valores no existen por sí mismos, no son ni cosas, ni vivencias, ni esencias: son valores. Se nos aparecen como meras cualidades de los depositarios. Antes de incorporarse al portador, los valores son meras posibilidades, esto es, no tienen existencia real sino virtual.61 Sin embargo existe una marcada diferencia: para R. Lotze los valores son entidades válidas –no meras posibilidades– independientes del libre arbitrio; reconocimiento que no se encuentra en R. Frondizi.
Dentro de esta diversidad de opiniones, es evidente que el valor reviste suma importancia para la ética, debido a que –según J. Messner, y estoy de acuerdo con él– la vivencia del valor supera la vivencia del deber y afecta inmediatamente a algo relacionado con la moralidad plenamente viviente y que es más que ley y obligación: la voluntad del hombre de autorrealizarse a sí mismo en su más alto grado.62 Pero qué puede pensarse, qué efectos pueden resultar cuando la ciencia carece de valores, excepción hecha –según Hans Jonas– del valor de la verdad en sí y de la búsqueda de ella; y también, cuando esa búsqueda, es decir la investigación, se hace acompañar del derecho a la libertad incondicionada. Esto se reviste de mayor gravedad cuando la carencia de valores en la ciencia se traduce de esta menara: primero, como una obligación al científico en forma de imperativo: mantén tus propios valores e inclinaciones personales al margen de la investigación del objeto, no los veas como querrías que fuera: sé objetivo. Segundo, como una afirmación sobre el objeto de conocimiento mismo: por sí, en su propio sentido, es neutral frente a los valores, está libre de valores o es indiferente a ellos, y como tal tiene que verlo la ciencia.63 Por ello, indica Amartya Sen, con toda razón, “que resulta insostenible una defensa de la libertad de los seres humanos que separa a algunas personas, cuyas libertades importan, de otras excluidas de esa categoría protegida. De esto resulta que no podemos defender los derechos del hombre sin defender los derechos de la mujer. Ya que la justicia por su propia naturaleza ha de tener un alcance universal, en lugar de aplicarse a unos y a otros no.64
No es fácil responder a esta pregunta, pues en torno a este concepto las opiniones (los autores-pensadores) son diversas y numerosas. El término verbal o palabra “valor” es una expresión verbal ambigua o equívoca; pues se predica de, o puede aplicarse a muchas realidades: bolsa de valores; valor estético; cuando se habla de una obra de arte: pintura, escultura, obra musical, un caballo, etc., etc.; la pregunta que surge de inmediato, es: ¿cuánto vale? ¿qué precio tiene? Por supuesto se habla del valor económico. O, también de una persona que es valiente, se dice que tiene mucho valor; o, que en sí, la persona es valiosa por ser persona.
Roberto J. Vernengo, parece ser de la misma opinión, ya que indica que es ciertamente cosa controvertida qué se entienda por ‘valor’. Las discusiones referentes a qué tipo de cosas sean los valores, cuáles sean las características ontológicas que se les atribuya, es tema de innumerables especulaciones desde mediados del siglo XIX. Por tal razón prefiere referirse a las valoraciones que un sujeto efectúa en cuanto, efectiva o potencialmente, ejerce una preferencia entre estados de cosas alternativos. Derivando de ello que si los valores dependen de circunstancias contextuales se los considera relativos. Los valores morales absolutos, en cambio, son pensados como atemporales y ajenos a limitaciones contextuales. Concluye señalando, que los valores expresan preferencias y en cuanto las normas establecen conductas debidas y prohibidas, también las normas pueden ser pensadas como expresión de preferencias valorativas.65
La problemática descrita obliga a dar respuesta a la pregunta, título de este inciso, la cual guarda relación directa con una de las proposiciones inmediatas llamada ‘definición’, que según Aristóteles, es “la afirmación de la naturaleza de una cosa”. Líneas adelante vuelve sobre lo mismo y establece “la definición es una afirmación indemostrable de la naturaleza esencial de algo”.66 Aristóteles no dice que lo definido exista, sino simplemente lo que es; y este es el papel de la definición: decirnos lo que algo es, y no simplemente si es o no es. Versa, por lo tanto, sobre la esencia y no sobre la existencia.
Definir un objeto buscando saber lo que es, es situarlo en una clasificación sea natural o artificial; y como consecuencia, explicarlo por sus relaciones con los otros objetos; pero al mismo tiempo oponerlo a ellos, porque lo que es en sí, no lo son los otros objetos. Un gran iusfilósofo de nuestros tiempos, H. L. A. Hart, en su obra El concepto de derecho, sobre este punto escribe:
La definición, como la palabra lo sugiere, es principalmente una cuestión de trazar límites o discriminar entre un tipo de cosas y otro. La necesidad de tal delimitación es experimentada con frecuencia por quienes están perfectamente habituados al uso cotidiano de la palabra en cuenstión, pero no pueden enunciar o explicar las distinciones que, según ellos, sienten, dividen un tipo de cosas de otro. Todos nosotros nos hallamos a veces en esa situación, que en su momento fue expresada en las famosas palabras de San Agustín sobre la noción de tiempo. A la pregunta ¿Qué es el tiempo?, responde: “si nadie me lo pregunta lo sé; pero si quiero explcárselo al que me lo pregunta no lo sé”.67
Por lo general, cuando preguntamos ¿qué es algo?, sea una cosa o un objeto, y en este caso ¿qué idea o concepto tenemos del valor?, no es porque no sepamos nada sobre eso que preguntamos –por lo menos sabemos que existe, y tenemos de ello una idea, alguna noción– sino porque queremos saber algo más, o porque lo queremos conocer mejor. Ante este problema: la posibilidad o no, de saber qué es el valor, las opiniones se dividen. Algunos afirman que el valor es indefinible. Ante esta perplejidad E. Coreth se pregunta ¿qué es el valor moral, qué es lo moralmente bueno? Pero antes propone una pregunta más general ¿qué es un bien? Es lo deseable, lo apetecible; los escolásticos siguiendo a Aristóteles hablaban del appetibile. Si es apetecible supone que posee un contenido esencial que responde a la aspiración de un ser hacia su autodesarrollo y perfección. Representa, pues, para él un valor. Lo que empuja a un ser vivo en su desarrollo natural es para él un bien, un valor. En el caso del hombre, es evidente que desde el principio no se realiza como hombre perfecto, sino que está sujeto a un proceso de crecimiento tanto en su vida corporal como en la espiritual; para lo cual son necesarios valores biológicos, como una vida sana, un alimento sano; y también valores intelectuales, como la verdad, valores morales como las virtudes, valores estéticos, artísticos y culturales. Los cuales ofrecen a nuestra vida interior un enriquecimiento y plenitud.68
En nuestra vida diaria y en el lenguaje ordinario tenemos la experiencia de que las personas expresan juicios enunciativos-existenciales y juicios de valor. En los primeros se da la referencia a un hecho, o a un dato en la dimensión espacio-temporal. En los segundos, en cambio, se deja lo anterior, pues lo que se expresa es un criterio. Todo juicio de valor implica, como su nombre lo indica –señala Rafael Preciado Hernández– una valoración, una apreciación, un acto de preferencia, una elección; y para preferir o elegir entre dos cosas, se requiere un patrón o una medida, un criterio.69 Sabemos que el ser humano en su actuar siempre estará motivado por el logro de un fin, de un objetivo que quiere alcanzar; el resultado es supervisado por la conciencia y ahí se valora a la luz de distintos criterios. Y cuando el objetivo buscado, guarda relación con el bien o en su defecto con el mal, estamos en presencia de valores morales y es cuando puede emitirse un juicio moral: es correcto o no; es justo o injusto; está bien o está mal. De ahí que R. Dworkin escriba que “los valores tienen fuerza de juicio. Deberíamos ser honestos y no crueles, y nos comportamos mal si somos crueles o deshonestos. Él mismo pregunta, –porque le parece serio e importante el tema– si los valores entran en conflicto unos con otros. A menudo están en conflicto con los desideratums.7071 Los valores que le preocupan son los morales (hacia ellos va nuestro trabajo). Expone un ejemplo: un escritor nos pide que comentemos un borrador de su libro, y tras leerlo comprobamos que es malo. Seríamos crueles de ser francos, pero deshonestos de no serlo. ¿Hacer lo correcto significa no obstante hacer algo malo? ¿La benevolencia y la honestidad realmente están en conflicto? Responde, calificando de más ambiciosa su afirmación: en el valor no hay auténticos conflictos. En el caso del escritor, está de acuerdo en admitir que están divididos entre la benevolencia y la honestidad. Sin embargo, podría darse discrepancia en cuanto a la causa por la que eso parece natural.72 Algo que se desprende de aquí, es, que las virtudes morales y los valores se encuentran estrechamente relacionados. Pero, además, del planteamiento de R. Dworkin podría desprenderse la posibilidad de confundir las categorías morales con la realidad de los hechos. Es verdad que “Bien es aquello hacia lo que todas las cosas naturalmente tienden”73, como lo señala el “Gran Viejo” Aristóteles, porque su adquisición y posesión es sinónimo de perfección. Hay personas que hacen el bien y creen, que vale la pena hacer lo correcto. El filósofo W.D. Ross hace una buena distinción de estos conceptos: En primer lugar ‘correcto’ significa ‘causa de un buen resultado’.74 Debemos hablar, por tanto, de un acto correcto, pero no de una acción correcta; de una acción moralmente buena, pero no de un acto moralmente bueno. Más adelante dice que “lo que hace a las acciones correctas es que produzcan más bien del que pudiera haberse producido con cualquier otra acción posible para el agente”.75 Aquí también conviene distinguir entre la ley y la justicia, pues se piensa que lo correcto es cumplir con la ley, siendo que la ley es el medio, el instrumento para lograr la justicia. Y resulta paradójico que quien ha entregado su vida a contribuir para que la ley se cumpla, se convenza de que la ley no lo es todo y que lo importante es hacer lo correcto. La justicia es una virtud que con la práctica y repetición de actos justos se adquiere; la ley, en cambio, se puede entender como una imposición, acompañada de una sanción en el caso de incumplimiento.
Una vez realizada la distinción anterior, las virtudes habrá que entenderlas como maneras de ser o actitudes disposicionales, y que deben ocupar el corazón de la ética; pues, ésta por lo mismo ha de ser una ética de la virtud; y por tal razón, también ha de ser una manera de ver y de hacer las cosas. Las virtudes no serán, por lo tanto, –piensa Carlos Thiebaut, y estoy de acuerdo– fórmulas prefijadas de comportamientos externos sino maneras de afrontar la valoración de los comportamientos, maneras de enfrentarnos al mundo.76 Porque el hombre –escribe Ramón Queraltó– necesita agarrar su >locus< para desplegar su existencia haciendo del mundo un mundo suyo, haciendo del mundo su mundo. Esto significa que el mundo debe convertirse en algo humano, es decir, un lugar justo para el hombre, algo ajustado a él; en definitiva, un espacio donde el hombre pueda realmente proyectarse como tal.77
Algo que por lo general siempre se asoma al hablar de los valores, es la objetividad o subjetividad de los mismos. Binomio que no puede ser tratado con unilateralidad: por ejemplo, el gusto por un alimento puede ser subjetivo, pero la necesidad del mismo es objetiva. Cuan extensos sean los valores objetivos –opina A. Fagothey– puede verse a partir de una lista parcial de los mismos: el que la vida es un valor y la muerte una negativa de valor, la salud un valor y la enfermedad una negativa de valor, el placer un valor y el dolor una negativa de valor, la prosperidad un valor y la pobreza una negativa del valor, la belleza un valor y la fealdad una negativa del valor, ser inteligente un valor y la estupidez una negativa de valor, –la lista podía continuar– es demasiado evidente para que se necesite comentario. La razón no está simplemente –dice el mismo autor, y estoy de acuerdo– en el hecho de que la mayoría de la gente prefiere una de estas cosas a la otra, sino en su congruencia con la clase de seres que somos.78
¿Cómo llegamos a conocer estos valores? Responde A. Fagothey: los valores derivados, llegamos a ellos por vía de razonamiento. Pero a los más generales y abstractos no se llega por esa vía; se presentan sencillamente ellos mismos, a través de la atracción que sentimos hacia el bien, porque conviene a nuestra naturaleza; conveniencia que nosotros no creamos, sino que la encontramos ya existente; y además porque tenemos vocación hacia el bien.79
Al mismo tiempo, en este deseo de conocer el ser del valor, nos encontramos frente algo paradójico: el valor no se puede definir, –en opinión de Llambias Azevedo– porque forma parte del número de las llamadas nociones o categorías primeras,80 y de lo que se entiende por dato último; y el valor es uno y lo otro.81 Si hay razón en la opinión anterior, lo cierto es, que existe una serie de valores compartidos, “un mínimo –como lo llama Eusebio Fernández– sin el que las sociedades difícilmente podrían sobrevivir”, con cierta objetividad y universalidad.82 La necesidad de aceptar y respetar esos valores es imperiosa para cualquier sociedad que desee vivir con tranquilidad y en paz; algunos de ellos son los que fundamentan las normas que prohíben prestar falso testimonio, o decir mentiras con tanta frecuencia que parecen verdades, o torturar fría y libremente, como si no se tratara de seres humanos, o asesinar a otros hombres por placer. Valores, principios y normas que son presupuestos del ser humano y que posibilitan la convivencia y el reconocimiento recíproco como personas. Cabe señalar –como lo hace Juan Ruiz Manero–, que los principios jurídicos, en sentido estricto no tratan de ordenar la concurrencia de intereses ni promover unos u otros intereses sociales, sino de evitar que la persecución de cualesquier interés pueda dañar dichos valores. Pero el que dichos valores se consideren como razones categóricas frente a cualesquiera intereses no excluye, la posibilidad de que, frente a un determinado caso, se produzca un conflicto entre ellos. Conflicto que sólo se puede resolver tras una ponderación de la que resulte cuál es el valor que tiene mayor peso, dadas las circunstancia que rodean a dicho caso.83 Por tal razón y debido a la trascendencia que tiene su ausencia o presencia en la vida diaria, social o personal, trataré en este trabajo de escribir algo sobre los valores morales, y su status en el mundo actual.
Raymond Ruyer sostiene que los valores no existen al modo de los seres actuales cuyo origen y fin se puede datar. Están más bien fuera del tiempo, como las esencias que se realizan en lo temporal cuando sus condiciones de aparición quedan satisfechas.84 Austin Fagothey en cambio, es consciente de que no habiendo mayor acuerdo acerca de la definición del valor del que hay con respecto a la definición del bien, en la práctica, todos sabemos lo que es el valor: aquello que nos gusta, que a su vez puede proveer una necesidad, despertar un interés, motivarnos en algo. Es decir, la existencia de valores subjetivos es una cuestión de experiencia.85 Por consiguiente, así como no se puede dialogar con alguien que no reconozca el principio teórico de que el ser no puede ser no-ser, tampoco se puede contar en el plano axiológico con una persona que no admite valores irrenunciables, formulados de un modo u otro, pero de acuerdo al momento cultural.
Así tenemos que la tolerancia, la libertad y la equidad son también valores, y difícilmente pueden defenderse como lo hacen los liberales, afirmando que no se puede defender ningún valor. Es por tanto un error –señala M. Sandel– patrocinar los valores liberales argumentando que todos los valores son meramente subjetivos.86 Sí, la libertad es un valor, pero no de cualquier categoría, incluso no es meramente un valor singular, como sostiene F. A. Hayek, sino la fuente y condición necesaria de la mayoría de los valores morales. Por ello afirma que lo que una sociedad libre ofrece al individuo es mucho más de lo que podría conseguir, si tan sólo él gozara de libertad. Por lo tanto, no cabe apreciar plenamente el valor de la libertad hasta conocer cuánto difiere una sociedad de hombres libres de otra en que prevalezca la ausencia de libertad.87
En el siglo XIX decía Bakunin: Para ser libre necesito verme rodeado y reconocido como tal por hombres libres. La libertad de todos –lejos de ser un límite de la mía, como pretenden los individualistas– es por el contrario su confirmación, su realización y su extensión infinita. Querer la libertad y dignidad humana de todos los hombres, ver y sentir mi libertad confirmada, sancionada, infinitamente extendida por el asentimiento de todo el mundo: he ahí la felicidad, el paraíso humano sobre la tierra. Para ello no hay sino un medio: destruid todas las instituciones de la desigualdad; fundad la igualdad económica y social de todos, y sobre esa base se elevará la libertad, la moralidad, la humanidad solidaria de todo el mundo.88 Aunque alguien niegue la libertad en el plano teórico, en su vida práctica, –escribe E. Coreth– en el trato cotidiano con los hombres no puede por menos de comportarse sino bajo el supuesto de la propia libertad. La vida comunitaria de los hombres se caracteriza esencialmente por unas relaciones que dan por supuesta la libertad. El bien y el mal, lo justo y lo injusto, el premio y el castigo, por ejemplo, serían conceptos sin sentido alguno, y ni siquiera podría entenderse su significado, si en el fondo de los mismos no latiese la experiencia radical de la libertad, que es la que les confiere su verdadero sentido.89
En la misma línea se encuentra el P. Peter Hans Kolvenbach, Prepósito General de la Compañía de Jesús, cuando en la Universidad Iberoamericana se expresó así: “valor significa literalmente algo que tiene un precio, que es querido, que es de mucha estima o que vale la pena; por consiguiente, algo por lo que uno está dispuesto a sufrir o a sacrificarse, algo que es una razón para vivir y también para morir. Son los rieles que mantienen al tren en su camino y le facilitan deslizarse suavemente con rapidez y determinación. Los valores proporcionan motivos, dan identidad a la persona, le ponen facciones, nombre, carácter. Los valores tienen tres puntos de anclaje. En primer lugar, están anclados en la cabeza. Por ello, percibo las razones por las que algo tiene valor y estoy convencido de lo que la cosa vale. El segundo anclaje es el corazón: donde está tu tesoro allí está también tu corazón. Cuando la cabeza y el corazón están unidos e interesados, la persona está interesada. El tercer anclaje es la mano: es decir, los valores nos orientan, nos guían, nos conducen, incluso puede decirse, de forma necesaria a decisiones y acciones trascendentes. Por lo mismo, aquí estaríamos hablando del amor que debe mostrarse con obras y no con palabras: “obras son amores y no buenas razones”.90 De entre esas decisiones, la decisión ética es el punto –señala E. Coreth– en el que la libertad humana alcanza su auténtico sentido.91
Risieri Frondizi, en principio, sostiene que los valores no existen por sí mismos, sino que necesitan un depositario. Poseen, por tanto, un ser parasitario y de frágil existencia, al menos en tanto adjetivos de los bienes. Y al no tener sustantividad, podría pensarse que hablar de valores es lo mismo que hablar de objetos ideales. Él mismo despeja la duda al afirmar que los objetos i deales “son”, mientras que los valores no son, sino que “valen”; acepta que tal distinción es útil, pero teóricamente es objetable.92
Al ser conscientes y conocedores de la problemática y polémica de que ha sido objeto el tema del valor, parece que la pregunta formulada al comienzo de este escrito ¿por qué hablar hoy de los valores? Queda ya justificada. La otra pregunta, hecha también en las primeras páginas, es la que ahora trataremos de responder.
En muchos campos del conocimiento, entre los cuales se encuentra el tema en cuestión: –los valores–, nos tenemos que remontar a Aristóteles, ya que en su pensamiento encontramos el fundamento filosófico de los mismos; pues en su estudio sobre el ser, de modo particular en la Metafísica, habla de ciertos rostros, caras o aspectos, atributos o propiedades, del mismo, (llamados más tarde conceptos trascendentales; término que no fue usado por el Filósofo), en los cuales se manifiesta el ser; y que gracias a ellos lo percibimos y lo sentimos más cercano a nosotros, y por lo mismo, más familiar. Generalmente a esos atributos se les llama trascendentales, propiedades trascendentales, conceptos trascendentales,93 –indica Joseph de Finance– porque lo mismo que el ser al que acompañan, “trascienden” todos los géneros, no siendo privilegio de ninguno y verificándose proporcionalmente en todos ellos.
La pregunta exigida ha de ser ésta: ¿cuáles son esos trascendentales? Las respuestas se diversifican, coincidiendo algunos autores en sostener que quienes enumeraron los trascendentales, fueron los escolásticos. Entre estos autores, W. D. Ross escribe: “ser” no es un atributo que pertenece exactamente en el mismo sentido a todo lo que es. Existe sólo un género de ser que es en el más estricto y completo sentido de la palabra, a saber, la substancia; y todos los otros objetos son simplemente en virtud de una relación definida con la substancia en tanto que cualidades de la substancia, relaciones entre substancias.94 Y directamente afirma: los escolásticos desarrollaron la doctrina de los trascendentales: ens, unum, verum et bonum.95 L. de Raeymaeker anota que fue Alejandro de Hales (-1245) quien inspirándose en la filosofía árabe expone sus ideas sobre los trascendentales: hay tres atributos del ser: lo uno, lo verdadero y el bien. La unidad, la verdad y la bondad de las criaturas se explican por su semejanza con Dios, causa eficiente, ejemplar y final.96 Joseph de Finance comparte la misma idea al señalar que “Unidad, verdad y bondad se presentan, como las tres propiedades universales del ser, sus ‘afecciones’ (pasiones), según decían los escolásticos”.97
No obstante lo anterior, podemos decir que aunque el término “trascendentales” no lo encontramos expresisverbis en Aristóteles, sí se encuentran en él de manera implícita, por la forma en que se refiere a cada uno de ellos: En el L. VII de la Metafísica escribe: “La unidad se entiende como el ser”.98 “Ahora bien, si el Ente y el Uno son lo mismo y una sola naturaleza porque se corresponden como el principio y la causa, no lo son en cambio como expresados por un solo enunciado”. “El Uno no es otra cosa al margen del Ente”.99/100
