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Como la vida, también el pensamiento está hecho a partir de encuentros, que Friedhelm Moser narra aquí con energíay con pasión. ¿Qué es el yo? ¿Qué son la verdad, la libertad, el tiempo, el lenguaje? ¿Y el amor, la muerte, el trabajo, el juego, la risa o la guerra? El autor nos habla de amigos que se consumen de amor, de su tía Waltraud y su prima Gaby, de las películas de James Bond y de los videojuegos, pero también de Schopenhauer, Rousseau o Aristóteles para comunicarnos su visión particular y bienhumorada de la filosofía. La suya es una pasión por una manera de pensar que no le teme a la sencillez y que conjuga las grandes cuestiones de la filosofía con las pequeñas aventuras de la existencia.
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Seitenzahl: 287
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Friedhelm Moser
Pequeña filosofíapara no filósofos
Traducción de MACARENA GONZÁLEZ
Herder
Título original:Kleine Philosophie f ür Nichtphilosophen
Diseño de la cubierta: Raúl Grabau
Traducción: Macarena González
Edición digital: Pablo Barrio
© 2001, Verlag C.H. Beck oHG, München
© 2003 , Herder Editorial, S.L., Barcelona
1ª edición digital, 2017
ISBN: 978-84-254-3903-2
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com).
Herder
www.herdereditorial.com
Prólogo
1. El yo
o
El hombre en el espejo
2. La paradoja
o
¿Es posible vivir en castillos de naipes?
3. La verdad
o
La vida en la caja de Skinner
4. El amor
o
El demonio agridulce
5. La soledad
o
El hombre que amaba las islas
6. El valor cívico
o
¿Cuánto coraje puede exigírsele a una persona?
7. El trabajo
o
Sísifo y la piedra filosofal
8. La evolución
o
¿Adónde viajamos?
9. La mística
o
La añoranza del cielo
10. La muerte
o
Mi asesino, mi amigo
11. La libertad
o
¿Es usted una bola de billar?
12. El juego
o
El señor de las moscas
13. La lógica
o
Cuando los mentirosos llaman mentirosos a los mentirosos
14. El tiempo
o
El universo de los relojes
15. La igualdad
o
La balanza de la Justicia: ¿cuna de la justicia?
16. La información
o
Desinformación y formación
17. El viaje
o
Vivir es estar en camino
18. La guerra
o
¿Es el miedo una virtud?
19. La risa
o
¿Don divino o mueca diabólica?
20. El lenguaje
o
El disfraz de los pensamientos
21. La filosofía
o
Meditaciones en el estadio
Notas
Información adicional
Cubierta
Portada
Créditos
Índice
Prólogo
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Notas
A los quince años, cuando empezaba a interesarme por la filosofía y adquirí en Karstadt un tomito barato titulado Kant. Escritos escogidos, tenía yo una visión peculiar de esta disciplina. Creía que la filosofía arrojaba claridad sobre la confusión del mundo, que enseñaba al ser humano distintos caminos para alcanzar la felicidad y que ofrecía una respuesta a las preguntas últimas.
Con el correr de los años mi visión de la filosofía cambió. Ahora ya no diría que la tarea central de la filosofía es deducir y comprobar verdades. ¿Y entonces cuál es?
Permítame referirle un par de episodios de mi vida filosófica cotidiana:
Voy conduciendo por la ciudad, en plena época de campaña electoral. Cada dos farolas sonríe un candidato o una candidata. Los eslogans son «Seguridad para Alemania» y «No lo haremos todo distinto, pero haremos muchas cosas mejor». El conjunto no es particularmente original, y me pregunto por qué no se les ocurrirá nada más ingenioso a políticos tan listos y estrategas publicitarios tan creativos. Hasta que me doy cuenta de que el ingenio puede llegar a ser contraproducente. La mayoría de los electores –y de ellos se trata– quieren fiabilidad y simplicidad. Es por eso que en la campaña electoral sería un signo de estupidez mostrarse muy inteligente. Cuanto más astuto es uno, más mediocre se muestra. Me divierte esta pequeña paradoja, de modo que probablemente esbozo una sonrisa tan poco inteligente como la de los personajes de papel que flanquean la acera.
¿Será ésa la razón de que una bella mujer de piel oscura me sonría desde la zona peatonal? Me siento tentado de ir tras de ella, pero de pronto me asalta una idea. Es una idea fascinante, del investigador de la evolución humana Richard Dawkins. Según su opinión, todos los seres vivos –incluido el ser humano– no son más que una «máquina de supervivencia» para genes. Y si una mujer morena me parece atractiva es porque mis genes «saben» que la fusión con cromosomas exóticos aumentaría abruptamente su cotización en la bolsa de la evolución. Eso lo dice Dawkins; y yo les digo a mis genes: «Portaos bien, que aún soy yo el que manda en casa». De todas formas, no tengo tiempo. He quedado a comer con unos amigos.
El matrimonio que está frente a mí en el restaurante italiano se ha comprado una casa y lleva meses dedicándose a reformarla y amueblarla. Así que la casa es el tema principal de la conversación.
–Y tú, ¿no quieres comprarte una casa? –me preguntan–. A fin de cuentas, el alquiler es dinero perdido.
A mí me rondan por la cabeza las ventajas de no tener casa, pero no tengo ganas de iniciar un debate de fondo a la hora del postre. Por eso, digo:
–Ya me he comprado una casa. Muchas casas. Antes, cuando jugaba con mi hermana al Monopoly.
La idea podrá parecer ridícula, pero no es del todo absurda. El juego simula el mundo, ¿y acaso el mundo no simula el juego? Me propongo ir a la biblioteca de la universidad después del café y buscar bibliografía sobre el tema del juego. Me parece que «juego» –al igual que «paradoja» o «evolución»– es una buena palabra clave para el libro que tengo en mente (y que usted tiene ahora en sus manos).
Estos episodios sirven para demostrar que la filosofía tiene mucho que ver con las derivas del pensamiento. Al filósofo le gustan los rodeos y los extravíos. Mientras pasea, suele olvidar a dónde quería ir. Va por la vida como quien recorre, por primera vez y sin prisa, las calles de una ciudad extraña. Lleva una guía turística (la literatura filosófica), pero pocas veces la consulta. Pues su interés no se limita a las curiosidades que todo el mundo conoce. Un pozo pintoresco que descubre en un patio trasero quizá le conmueva más que la pinacoteca entera.
Este libro intenta inducirle a que se dé una vuelta por algunos de los barrios más interesantes de la filosofía. Lo único que debe usted traer es ganas de emprender algo nuevo y un poco de tranquilidad. Y, por favor, no olvide el consejo de Schopenhauer: «…las ideas puestas por escrito no son más que las huellas que un paseante deja en la arena: uno puede ver el camino que ha tomado, pero para saber lo que él ha visto a lo largo del camino, ha de usar sus propios ojos».
«He intentado librarme de ese antiguo, polvoriento, gruñón y perezoso círculo mágico de mi yo en el que estoy condenado a girar, pero todo –por más normal que fuese lo que intentaba hacer–, absolutamente todo, adquiría de inmediato mi color característico, mi naturaleza y mi olor. Sólo podía hacer eso y sólo podía hacerlo así. Siempre lo mismo, siempre lo mismo. Si quisiera pegarme un tiro o ahorcarme, cosa que a veces me planteo tan seriamente como si debo ir o no a la ciudad, tampoco lo haría como aquel soldado que se ahorcó el año pasado en Sasek, sino de la manera que me es propia, es decir, de alguna manera antigua, estúpida, gruñona y triste.»
(León Tolstoi, Apuntes de un marido)
Empecemos por el origen de todos los sentimientos y pensamientos: ¡empecemos por el yo!
¿Empezar por el yo? ¿Está permitido? Una de las más estrictas normas de conducta de mi niñez era: «No empezar nunca una carta ni una redacción con “yo”». Empezar con «yo» demostraba arrogancia, y la arrogancia demostraba estupidez. Aunque uno sólo quería escribir: «Yo espero que os vaya bien». O: «Yo fui a casa de mi tío Luis en las vacaciones de verano.» ¿Y Luis XIV («El Estado soy yo»)? ¿Acaso era un modelo de modestia? Pero no, no había nada que hacerle. El yo era desterrado del principio y tenía que perderse en una multitud de palabras. Y en las enumeraciones siempre debía ponerse al final de todo. A los que infringían este principio se les consideraba unos burros. El burro delante para que no se espante, se decía para burlarse de los niños que no habían aprendido la lección.
El yo era un leproso. Pero aún más repugnante que el yo desnudo era el yo que tenía deseos o que –Dios no lo quiera– planteaba exigencias. Cuando la tía Waltraud preguntaba «¿Quién quiere otro trozo de tarta?», un espontáneo «¡Yo!» era, con toda seguridad, la respuesta incorrecta. Al que se abría paso a codazos hasta la mesa de la tía Waltraud, le tocaba ser el último, tenía que contentarse con el trozo más pequeño y, además, aguantar una bronca: «¡No seas egoísta!». Y mi prima Gaby esbozaba una sonrisa maliciosa.
¡Ay, tía Waltraud! Si en aquella época hubiese sido un poco más espabilado, te habría contestado: «Pero es que debo ser egoísta. De mayor quiero ser filósofo, y en esa profesión lo principal es el yo. Mi egoísmo es un indicio seguro de mi vocación filosófica. Y ahora, en nombre de Nietzsche, ¡dame tarta y haz el favor de ponerme el trozo más grande!».
Así habría podido salirme con la mía. Pero, en lugar de eso, me ponía colorado: una clara señal de mi capitulación con el superyó. Pues mi yo aún estaba bastante poco desarrollado, era un débil yo que acababa de salir al mundo y todavía andaba con paso vacilante.
*
¿A partir de cuándo tiene uno realmente un yo? Según dicen, hay gente que se acuerda de su propio nacimiento. Claro que también habrá quien afirma haber sido Alejandro Magno o la hija del faraón en una vida anterior (por lo visto, los soldados rasos y los esclavos nunca se han reencarnado). Lo cierto es que en el nacimiento el yo brilla por su ausencia. El hecho de que a uno le hayan cortado el cordón umbilical no significa que ya tenga conciencia de sí mismo. En los cambia-pañales y en las cunas también es raro encontrar yoes.
El yo se revela y se descubre en algún punto intermedio entre el chupete y el primer día de escuela. Yo no recuerdo ese momento, así que mejor cedámosle la palabra al filósofo poeta Jean Paul: «Una mañana, cuando era muy pequeño, me encontraba en la puerta de casa mirando hacia la izquierda, hacia el sitio donde estaba la leña, cuando de repente el rostro interior “yo soy un yo” pasó ante mí como un rayo y desde entonces sigue allí, iluminando: fue entonces cuando mi yo se vio a sí mismo por primera vez y para siempre».
La frase «yo soy un yo» tiene lo suyo, si se la mira desde un punto de vista filosófico. La misma palabra se usa de dos modos muy diferentes: «yo» no es lo mismo que «un yo». En este sentido, debo retirar lo dicho en el penúltimo párrafo. El niño que está en la puerta de su casa en el segundo anterior al «rayo» sí que posee un «yo», pero sólo es un pequeño «yo». Ese yo mira absorto hacia fuera, hacia la pila de leña. Ese yo es una mirilla a través de la cual el pequeño niño ve el mundo. Una mirilla móvil con estetoscopio integrado, y otros extras incluidos. Una mirilla que se abre al nacer y se cierra al morir.
El pequeño «yo» no es muy poderoso que digamos. Las gallinas que picotean granos en el patio son mirillas similares; hasta la hormiga que corre por la pila de leña tiene ojos en la cabeza y un objetivo que alcanzar.
El gran «yo», el «yo» que le interesa a la filosofía, es algo radicalmente distinto. Se forma mediante una suerte de fisión nuclear. Así de impresionantes son las consecuencias de este proceso. El pequeño «yo» se parte por la mitad y se presenta delante de sí mismo. De golpe, se encuentra ante un espejo interior y se asusta de su reflejo atroz. En el segundo primigenio de la personalidad, la mirilla desaparece en la mirilla, y surge un nuevo mundo, un gabinete de espejos, el universo del gran yo.
El disparatado abismo entre el pequeño yo y el gran yo constituye una paradoja fundamental de nuestra vida. El pequeño yo es sólo una aguja en el pajar del tiempo y el espacio, una fortuita y fugaz aglomeración de átomos en el torbellino de las galaxias, un pestañeo en el sueño de una sombra. El gran yo es más infinito que lo infinito: la Tierra forma parte del sistema solar, el Sol sólo es una de las miles de millones de estrellas de la galaxia y, excepto algún que otro astrónomo loco, ¿quién cuenta las galaxias que hay en el universo? El gran yo alberga en sí todo ese mundo ilimitado, conoce mundos alternativos comunicándose con otros yoes y, por último, posee la capacidad de imaginarse tantos mundos posibles como desee. El gran yo es realmente muy grande. Cada una de las personas que tiene un gran yo siente que lo es todo y más que todo. Eso le enorgullece y, a la vez, le desanima. ¡Qué espantoso, qué pena tan grande sería perder ese fenomenal gran yo! Los predicadores de sectas, que año tras año nos advierten: «¡Haced penitencia, que el fin del mundo está próximo!», a la mayoría de nosotros no nos inspiran otra cosa que una sonrisa de desprecio. Y, sin embargo, el fin del mundo es una realidad. Se produce cada segundo, en algún lugar del mundo. Cada vez que un ser humano se vuelve hacia la pared y exhala su último suspiro, un mundo se sumerge en la nada, un infinito desaparece para siempre.
Pero hay un consuelo: en cada embrión nace un nuevo cosmos.
*
¿Es un soplo de infinito lo que nos hace estremecernos la primera vez que miramos el espejo interior (y la primera vez que el espejo interior nos mira a nosotros)?
Los espejos son inquietantes. Una de las más bellas historias de horror que conozco es El extraño de H.P. Lovecraft. Un joven crece en un antiguo castillo abandonado, de aspecto aterrador. Las copas de los gigantescos árboles que rodean el castillo no dejan pasar la luz del sol. Una única torre escarpada se alza por encima del techo de hojas. Un día el joven sube a la torre. Tras una escalada inacabable, no se encuentra sobre una plataforma panorámica a una altura vertiginosa, tal como esperaba, sino a ras de tierra. Por primera vez ve la luna llena. Vaga por el campo y encuentra un castillo donde se celebra una fiesta. En cuanto entra en el salón de baile, los invitados huyen dando gritos. El joven vuelve la cabeza y descubre la causa de su pánico: un monstruo horrendo. A punto de desmayarse, avanza tambaleante hacia el monstruo, levanta la mano para defenderse y toca la pulida y fría superficie de un espejo. Los espejos son crueles.
Y peligrosos. El bello Narciso se inclina sobre una fuente y ve en el agua a un bello muchacho. Es amor a primera vista. Pero cada vez que Narciso intenta abrazar a su amado, su imagen se desvanece. Cuando ya es bastante tarde, se da cuenta de la verdad: «Pero si soy yo… ¡Me he enamorado de mí mismo!». Narciso muere con el corazón partido. Ni siquiera en los infiernos encuentra la salvación. Durante toda la muerte, sigue mirando fijamente el negro espejo del Éstige.
«No te mires tanto en el espejo, que se te quedará la cara tiesa», era otra de las máximas de tía Waltraud. Cuando yo era joven, pensaba que se trataba de una oscura superstición. Ahora pienso que podría haber algo de verdad en ello. Mirarse durante varios minutos a los ojos tiene algo de enervante. El negro de las pupilas ejerce una atracción inquietante. El que no puede apartar la vista sucumbe a la fascinación de lo insondable. Dicen que es posible caer en estados catalépticos mediante autohipnosis. Los que tienen suerte acaban en el departamento de psiquiatría. Año tras año desaparecen miles de personas sin dejar rastro. ¿Cuántas de ellas habrán pasado «a través del espejo» como Alicia? Los espejos son misteriosos.
Y comprometedores. La gente que se mira mucho al espejo resulta ridícula. ¿O qué pensaría usted de alguien que, mientras anda por la ciudad, va deteniéndose delante de cada escaparate para controlar su imagen en el cristal? ¡Ah!, ¿usted también es de ésos? Bueno, a decir verdad, yo también lo hago de vez en cuando. Por ejemplo, cuando vuelvo de la peluquería. Pero entonces sé muy bien que corro el riesgo de hacer el ridículo y me miro de reojo, con disimulo. Es probable que esto resulte doblemente ridículo.
*
Con la exploración de la propia psique sucede algo similar: no sirve de nada cavilar continuamente sobre quién es uno en realidad. Pues, así como en la autoobservación narcisista la preocupación por el efecto anula el efecto, el yo del que se explora a sí mismo se reduce a medida que aumenta su necesidad de explorarse. Un psicoanálisis excesivo debilita la psique. Una persona no encuentra su yo poniendo patas arriba su vida interior, lo crea poniendo algo en pie en este mundo. Un yo que sólo se ve a sí mismo acaba destruyéndose a sí mismo.
En este círculo vicioso también puede caer el filósofo, si se descuida. Su principal interés –en tanto base de toda investigación posterior– se orienta hacia las condiciones y limitaciones de la percepción y el pensamiento. Ahora bien, la percepción y el pensamiento no existen en el vacío, sino que son funciones de la inteligencia humana. De modo que el filósofo examina de cerca al ser humano en distintos momentos de percepción y pensamiento. Y como cree que sólo puede mirar entre bastidores el cerebro de una única persona, hace de esa única persona su objeto de investigación predilecto. «Obsérvate a ti mismo», aconsejaba Fichte, «aparta tu vista de todo lo que te rodea y concéntrate en tu interior: es el primer requisito que impone la filosofía a su aprendiz». Y, llueve sobre mojado, Friedrich Schlegel añade: «El estudio de todas las fuentes de la filosofía nos induce a considerar la autocontemplación como el punto de partida más seguro de la filosofía».
El pintor que se retrata a sí mismo a partir de su imagen reflejada sólo puede representarse en el momento en que pinta, con la mirada atenta, escrutadora. El filósofo idealista se estudia a sí mismo, pero sólo en el momento en que se está estudiando. La introspección controla a la introspección. Un método que hace que los perros que intentan morderse la cola resulten muy filosóficos.
*
Todas las personas que reflexionan mucho sobre sí mismas, tarde o temprano, acaban pensando que deberían narrar los avatares de su vida. Numerosos filósofos escribieron autobiografías: Agustín, Rousseau, Mill, Russell, Feyerabend, por mencionar sólo un puñado. A mí me encanta este tipo de libros, porque demuestran que la filosofía, por más que tenga la cabeza en las nubes, siempre tiene los pies sobre la tierra. Las autobiografías destruyen la quimera de que el yo está satisfecho de sí mismo y se domina a sí mismo. No sólo somos lo que hemos llegado a ser, también somos lo que hemos llegado a ser. Y lo que hemos llegado a ser depende principalmente de las personas que hemos conocido, de las experiencias que con ellas hemos vivido y del modo en que valoramos dichas experiencias.
Únicamente quien toma nota de su historia puede comprender quién es. Las personas que padecen el «síndrome de Korsakov» no tienen memoria a corto plazo y a cada segundo deben construirse una nueva biografía, inventar un nuevo yo. Sus construcciones fantásticas no tienen puntos de referencia internos, son sólo reflejos de impresiones externas. Los pacientes con síndrome de Korsakov no tienen noción de su edad ni saben dónde están. Están perdidos en el espacio y en el tiempo. Son individuos sin yo.
*
La extinción del yo no siempre es una catástrofe existencial. También puede conducir al máximo nivel de humanidad. En eso coinciden la filosofía oriental y la mística occidental. Pues por más grande que sea el yo, siempre presupone un «no yo» que lo delimita. Y por más orgulloso y seguro de sí mismo que sea el yo en vida, ama la vida y ante la muerte pierde toda su grandeza.
El yo es un castillo con 365 salas magníficas. Pero es fácil que quien posee un castillo sea poseído por su castillo. Se encierra en él con la ilusión de que así podrá librarse de la enfermedad, la vejez y la muerte. El sabio habita el castillo como un huésped que sabe que en cualquier momento tendrá que seguir su camino, o se marcha por su propia iniciativa para vivir «sin techo», como aquel príncipe indio que no se convirtió en buda hasta que no estuvo vestido como un mendigo. El que posee un castillo es rico. El que abandona voluntariamente el castillo es más rico aún, pues tiene el mundo entero a su disposición y ya no tiene nada que perder. El que no teme la pérdida del yo –la muerte– no le teme a nada ni a nadie. El último triunfo del yo es la victoria sobre sí mismo, según lo confirma el siguiente poema zen:
«Desde antes que empiece la lucha,la victoria ya es de aquélque no piensa en su yo,que vive en el origen, en el no yo».
*
Hace poco volví a visitar a tía Waltraud. También estaba mi prima Gaby, que últimamente ha empezado a interesarse por la filosofía posmoderna. «Yo he traído un trozo de pastel», dije, apaciguador. Gaby me miró severamente: «No deberías usar con tanta negligencia la palabra “yo”. Según Foucault, el sujeto autónomo ya no existe: “El yo ha estallado”».
Me di cuenta de que otra vez estaba poniéndome colorado.
Para seguir leyendo recomiendo:
Tecnologías del yo y otros textos afines de Michel Foucault (Barcelona 1991).
«Es probable que suceda lo improbable.»
(Aristóteles)
¿Qué es paradójico? Eso está más claro que el agua: paradójica es una cancioncilla infantil llena de incongruencias:
«Había luna clara en una noche oscura,la nieve cubría los verdes campos,cuando un coche dobló la esquinalentísimo como un rayo».
También es paradójico que la mujer de la limpieza sea sucia, que un papagayo diga «cucú» o que un lobo tenga piel de cordero; y alguien que jamás ingresaría en un club que admita socios como él; alguien que sólo está contento cuando tiene algo de qué quejarse; alguien que odia a todos los que le quieren. Paradójicos son el secreto a voces y el silencio elocuente. ¿Y qué es un sádico que le niega el favor al masoquista que le pide que le pegue?
Ahora que hablo de sadismo, me viene a la memoria una historia paradójica, la historia de mi compañero de clase Edgar Fuchs. Edgar era un poco reprimido y no creía que nadie pudiera amarle realmente. Pues bien, tuvo la suerte de que una chica se enamorase de él. Se llamaba Teodora y adoraba a Edgar. Sin embargo, Edgar dudaba de ella. Para ponerla a prueba, empezó a tratarla como a un perro. «Si realmente me quieres, lo soportarás», le decía. Y Teodora lo soportaba todo. Después empezó a pegarle. Y ella también lo soportó. Pero nada convencía a Edgar de que ella le amaría pase lo que pase. En algún momento tenía que acabar su amor. Un día Edgar la llevó a un mirador y le dijo: «Si realmente me quieres, salta». Teodora saltó al vacío, y Edgar, nada satisfecho, se alejó despacio hacia el ascensor.
*
«Paradoja» es una de mis palabras favoritas. En primer lugar, me permite presumir de mis conocimientos etimológicos: el antiguo vocablo griego dóxa es de la misma estirpe que dógma y significa algo así como «opinión, prejuicio, creencia»; pará quiere decir «contra»; así que todo junto es algo «contrario a la opinión preconcebida, increíble». En segundo lugar, tengo debilidad por lo extraño y lo macabro, lo grotesco y lo oculto. Muchas palabras inquietantes y sospechosas comienzan con «para»: no sólo paradoja, sino también paranoia, parálisis, parásito, parapsicología, paradigma y paralactopanoramagrama. Hasta el paraíso tiene sus defectos. Como es sabido, en el centro del paraíso había un árbol con frutos prohibidos y un sistema de alarma acústico: «Si coméis los frutos de este árbol o los probáis, moriréis».
Al ombligo del Jardín del Edén se lo conoce como «árbol de la ciencia». Aunque mejor hubiese sido llamarlo «árbol del paradojismo». Pues ¿qué hace una planta de frutos mortíferos en medio del paraíso? Parece tan fuera de lugar como un dispositivo de disparo automático en el cuarto de los niños. ¿O será que el árbol tiene un sentido más profundo? Parece que sí. El llamado paraíso es en realidad una trampa, la trampa del pecado original. Jehová les gastó una broma pesada a Adán y Eva. El oráculo también le tomó el pelo a Edipo. La advertencia sólo provoca la ruina. Todas las prohibiciones incitan a la desobediencia. La mujer de Barba Azul abrió la séptima puerta. Semele se empeñó en ver el verdadero rostro de Zeus y murió abrasada. Por el contrario, no hay nada menos atractivo que lo permitido, lo evidente, lo que existe en abundancia. No hay nadie más desgraciado que un voyeur en una playa nudista.
Los seres humanos reaccionan de forma paradójica. Por eso, si uno quiere manipular a alguien, una estrategia paradójica suele conducir al éxito. Como en el siguiente caso que registró Mark Twain:
Tom tenía que pintar una cerca. Era una tarea aburrida que le habían impuesto como castigo. Además, le atormentaba la idea de que los demás niños tuviesen el día libre. Tarde o temprano, pasarían por allí y se burlarían de él. Era una situación desesperada. Al cabo de un rato, apareció el primer chico, Ben Rodgers. Ben se puso detrás de Tom y se mofó:
–¿Qué? Te han pillado, ¿eh?
Tom se hizo el sordo y siguió pintando con entusiasmo artístico.
–Yo me voy a nadar –dijo Ben–. Y tú tienes que trabajar.
Tom fingió sorpresa:
–¡Ah! Eres tú, Ben… ¿Trabajar? ¿A qué te refieres con eso de trabajar?
Y empezó a alabar la pintura como si fuera un gran arte, hasta que Ben acabó preguntando:
–¿Puedo pintar un poquito yo también?
Tom se dejó engatusar por una manzana. Poco a poco, fueron apareciendo los demás niños. Todos querían participar en la atracción de la pintura. Oferta y demanda. Por la tarde, la cerca resplandecía inmaculada. Alquilando el pincel, Tom había acumulado una fortuna en canicas, petardos, una rata muerta, etc. etc. Y había aprendido una importante lección: lo que parece un trabajo pesado cuando uno debe hacerlo, se convierte en un placer cuando uno puede hacerlo. Los seres humanos sólo consideran deseable lo que es difícil de conseguir. Si las patatas fuesen tan raras como las trufas, serían igualmente caras.
También puede ser cara una terapia. Pero si uno sólo padece bloqueos mentales, puede ahorrarse el dinero poniendo en práctica una sencilla receta. La receta se llama «intención paradójica» y funciona así:
Supongamos que sufre usted de insomnio. Todo el día se siente rendido de fatiga. Su cuerpo pide a gritos dormir. Pero cuando se acerca la noche, se apodera de usted el llamado temor a la cama, el temor a pasar otra noche en vela. Este temor le inquieta hasta tal punto que, cuando está en la cama, efectivamente no pega ojo. Usted quiere quedarse dormido de forma consciente y activa, pero dormirse es justamente un proceso inconsciente y pasivo. La ansiedad por dormir nos impide dormir.
¿Qué hacer? Trate usted al sueño como Tom Sawyer a Ben Rodgers. Dele la espalda a Morfeo. Propóngase pasar toda la noche reflexionando sobre lo divino y lo humano. Si esto le resulta muy arduo, rememore sus últimas vacaciones o planifique las próximas. Probablemente, el sueño le alcance antes de llegar al aeropuerto.
La «intención paradójica» también ha dado buenos resultados con problemas de alcoba de otra índole, así como con el miedo a sonrojarse y la sudoración. El temor a la pérdida no se combate aferrándose, sino soltándose. Todas las personas pueden nadar. Si alguien se ahoga, es porque el temor a ahogarse le lleva a agitar los brazos y las piernas con desesperación, en lugar de quedarse flotando en el agua relajado. Un «muerto» no se hunde. Pedro no se cayó en el lago Genesaret hasta que dudó. Su maestro era un experto en intención paradójica: «Amad a vuestros enemigos. Haced el bien a los que os odian».
*
El Nuevo Testamento y la teología son una mina de paradojas maravillosas. La culpa la tiene el omnisciente, omnipotente y misericordioso Creador. «¿Puede Dios crear una roca tan pesada que ni él mismo sea capaz de levantarla?» Ante semejante koan1, hasta los padres de la Iglesia se rindieron con un hondo suspiro: «Creo, porque es absurdo». Para un mortal normal, resulta imposible comprender la verdadera esencia de Dios. Por eso, la teología se sirve de un truco: «Como el absoluto es demasiado grande para que podamos comprenderlo, sólo lo concebimos como algo inconcebible», escribió Nikolaus von Kues. Lo único que sabemos de Dios es que no sabemos nada sobre Él. ¿No sería gracioso que realmente fuese un viejo con barba?
También es posible que se parezca a aquel barbero legendario, del que Bertrand Russel escribió: «Afeitaba a todos los hombres del pueblo que no se afeitaban solos». Esta frase suena razonable. Sólo se vuelve problemática cuando uno pregunta: «¿Y qué pasaba con el barbero? ¿Se afeitaba solo, o no?» Si no se afeitaba solo, tenía que afeitarse a sí mismo. Y si se afeitaba solo, no podía afeitarse a sí mismo. El barbero se encontraba en un apuro, hasta que Russell visitó el pueblo y estableció que la prescripción arriba mencionada no podía aplicarse al propio barbero. Esa regla –«Un conjunto no puede contenerse a sí mismo como elemento»– rige incluso para el Papa: la doctrina de la infabilidad ex cathedra no puede aplicarse a sí misma. A no ser que ocurra un milagro.
*
En el lenguaje coloquial, se habla de paradojismo cuando una frase contradice el sentido común. Así que muchas afirmaciones correctas de la lógica y de las matemáticas parecen absurdas. Un ejemplo: salta a la vista que el conjunto de los números naturales (1, 2, 3, 4, 5, etc.) se puede dividir como una cremallera en el conjunto de los números pares (2, 4, 6, etc.) y el conjunto de los números impares (1, 3, 5, etc.). El conjunto de los números pares es tan grande como el conjunto de los números impares, y cada uno de ellos es la mitad de grande que el conjunto de todos los números naturales. Eso es lo que uno podría pensar. Pero entonces las Matemáticas agitan su varita mágica y –¡álgebracadabra!– todo se ve distinto. A cada número natural le corresponde un número par:
1 se corresponde con 2;
2 se corresponde con 4;
3 se corresponde con 6;
4 se corresponde con 8;
y así hasta el infinito.
No hay ningún numero natural que no se pueda duplicar sin problemas. En otras palabras: el conjunto de los números naturales no es más grande que el conjunto de los números pares. Y con los números impares ocurre otro tanto. El infinito es infinito. Más grande, no hay nada.
*
La paradoja hace tambalear nuestra confianza en las cosas más evidentes de la vida cotidiana. Por esa razón, desde siempre ha sido una de las herramientas más usadas en filosofía. Zenón de Elea ya afirmaba que una flecha disparada está quieta en cada punto de su movimiento y que, por tanto, no se mueve de su sitio. Una idea disparatada, pero difícil de contradecir desde el punto de vista de la lógica. Las paradojas más espectaculares de la actualidad provienen de la física teórica. Se dice que si un astronauta atravesara el universo aproximadamente a la velocidad de la luz, al regresar a la Tierra sería más joven que su hermano gemelo. Increíble, pero Einstein.
Las paradojas surgen en el punto de encuentro entre la realidad y la imaginación. La naturaleza de por sí no se permite contradicciones. En todo caso, esperamos que así sea. Si en algunos experimentos la luz se presenta como un conjunto de partículas y en otros como un caos de ondas, no atribuimos estas incongruencias a la versatilidad de la luz, sino a las insuficiencias de nuestras teorías. No existen razones lógicas para que el cosmos esté libre de contradicciones y elementos anárquicos. Nuestra búsqueda de una fórmula última que lo explique todo, tanto la creación del universo como los procesos que tienen lugar a nivel subatómico, se basa en motivos religiosos. La «teoría del todo», con la que sueñan los científicos, no sería más que la versión moderna de un creador omnipotente.
*
Sea como sea, en la creación del ser humano parece haber andado metido el diablo, «el espíritu que siempre niega». Somos criaturas profundamente divididas, paradójicas. Cuerpo y espíritu. Cosmos y caos. Tronco cerebral y cerebro. Cielo e infierno. Pulsión de vida y pulsión de muerte. Toda la vida perseguimos la felicidad, y la felicidad viene detrás de nosotros. Y si, a pesar de eso, alguna vez logramos atraparla, hacemos todo lo posible por destruirla de manera dramática. Todos los castillos de naipes tienen un doble sentido. Necesitamos nuestra máxima concentración para construirlos y derribarlos nos proporciona una perversa satisfacción. Un rompecabezas acabado es más aburrido aún. Paz, alegría y crepes de por vida es tan insoportable como tomar todos los días champán y caviar. ¿Un nuevo mundo hermoso en perfecta armonía? ¡Qué visión más horrorosa!
¡Ah, Marlene!, canta una vez más para nosotros:
«Si pudiera pedir un deseo,me vería en un apuro,no sabría si pedirmalos o buenos tiempos.Si pudiera pedir un deseo,querría ser un poco feliz.Pues si fuese demasiado feliz,añoraría estar triste».
Albergamos en nosotros la contradicción, tanto como el deseo de eliminar toda contradicción. Lo cual sería, a su vez, una contradicción.
El maestro de lo macabro, Edgar A. Poe, sintió profundamente la escisión del ser humano y su propensión a la autodestrucción. En «El demonio de la perversidad» dice: «No hay en toda la Naturaleza ninguna pasión de tal poder demoníaco, como la que siente un ser humano que está sobrecogido al borde de un abismo y, en tal estado, considera la posibilidad de saltar. Ceder aunque sólo sea un instante a la tentación de la idea significa estar irremediablemente perdido. Pues la tranquila reflexión nos impulsa a renunciar a ella y es precisamente por eso que no podemos. Si no hay ningún brazo amigo que nos retenga o si no logramos apartarnos del abismo reuniendo súbitamente todas nuestras fuerzas, saltamos; y saltamos hacia nuestra más completa perdición».
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