Perdón y salud - María Prieto Ursúa - E-Book

Perdón y salud E-Book

María Prieto Ursúa

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Beschreibung

La obra ofrece un recorrido por los principales temas de la Psicología del Perdón, mostrando el estado del conocimiento disponible hasta el momento. El perdón no ha sido objeto de estudio para la psicología científica hasta hace poco, y sin embargo esta obra muestra el enorme interés de este concepto y su relevancia para los distintos ámbitos del trabajo del psicólogo: la clínica, la empresa, la educación, la intervención social o la salud. En el libro se abordan cuestiones conceptuales sobre el perdón, como su diferenciación de otros conceptos relacionados, sus dimensiones, las distintas propuestas de clasificación, el perdón a uno mismo, el falso perdón o las principales variables que influyen en la facilidad para perdonar. También se presentan los dos programas de intervención más ampliamente aceptados y aplicados en el campo de la psicología del perdón, analizando los datos disponibles sobre su eficacia. Dados los consistentes datos sobre la relación entre el perdón y la salud, tanto física como mental, se revisan también iniciativas de trabajo sobre el perdón en distintos ámbitos, y se ofrece una revisión detallada de los principales instrumentos de medida del perdón.

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Seitenzahl: 308

Veröffentlichungsjahr: 2018

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PUBLICACIONESDE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA COMILLASMADRID

 

CÁTEDRA DE BIOÉTICA

N.º 28

DIRECTOR DE LA COLECCIÓN

JAVIER DE LA TORRE DÍAZ

PEDIDOS:

PUBLICACIONES DE LA UNIVERSIDAD PONTIFICIA COMILLAS

Universidad Pontificia Comillas, 3

28049 Madrid.

Tel.: 91 540 61 45 - ellerFax: 91 734 45 70

c.e.: [email protected]

Esta editorial es miembro de la Unión de Editores Universitarias Españolas UNE, lo que garantiza la difusión y comercialización de sus publicaciones a nivel nacional e internacional.

© 2017 UNIVERSIDAD PONTIFICIA COMILLASC/ Universidad Comillas, 328049 Madrid

© 2017 María Prieto Ursúa

ISBN: 978-84-8468-736-8

Diseño de cubierta: BELÉN RECIO GODOY

Fotocomposición: Rico Adrados, S.L.Abad Maluenda, 13-15 bajo • 09005 Burgos

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por las leyes, que establecen penas de prisión y multas, además de las correspondientes indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeran total o parcialmente el texto de este libro por cualquier procedimiento electrónico o mecánico, incluso fotocopia, grabación magnética, óptica o informática, o cualquier sistema de almacenamiento de información o sistema de recuperación, sin permiso escrito de los propietarios del copyright.

ÍNDICE

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO 1. ¿QUÉ ES EL PERDÓN?

1. El perdón es un proceso

2. El perdón es un derecho

3. ¿En qué consiste el perdón?

4. Tipos de perdón

CAPÍTULO 2. ¿QUÉ NO ES EL PERDÓN?

1. Perdón y reconciliación

2. Perdón y justicia

3. Perdón y olvido

4. El falso perdón

CAPÍTULO 3. EL BUEN PERDÓN: FACILITADORES DEL PERDÓN

1. Relacionados con el contexto

2. Relacionados con el ofensor

3. Relacionados con el ofendido

CAPÍTULO 4. INTERVENCIONES PARA FACILITAR EL PERDÓN

1. La propuesta de Worthington

2. La propuesta de Enright

3. Eficacia de los programas

CAPÍTULO 5. EFECTOS DEL PERDÓN: PERDÓN Y SALUD

1. Perdón y salud física

2. Perdón y salud mental

3. Perdón y bienestar psicológico

4. Mediadores entre la relación perdón-salud

5. El lado oscuro del perdón

CAPÍTULO 6. EL PERDÓN A UNO MISMO

1. Similitudes entre perdón a otros y a uno mismo

2. Diferencias entre perdón auno mismo y a los demás

3. El lado oscuro del perdón a uno mismo

4. El proceso del perdón a uno mismo

CAPÍTULO 7. LA MEDIDA DEL PERDÓN

1. La medida del perdón específico

2. La medida del perdón disposicional

3. La medida del perdón a uno mismo

4. La medida del perdón en familia y pareja

5. Otros instrumentos relacionados con el perdón

CAPÍTULO 8. EL PERDÓN EN CONTEXTO

1. El perdón en el ámbito educativo

2. El perdón en el lugar de trabajo

3. El perdón en el ámbito clínico

4. El perdón en el ámbito sanitario

5. El perdón en la familia y la pareja

6. El perdón colectivo

REFERENCIAS

ANEXOS

Anexo 1: Transgression-Related Interpersonal Motivations (TRIM-12) Inventory

Anexo 2: Transgression-Related Interpersonal Motivations (TRIM-18) Inventory

Anexo 3: Forgiveness Scale (FS)

Anexo 4: Decisional Forgiveness Scale (DFS)

Anexo 5: Emotional Forgiveness Scale (EFS)

Anexo 6: Forgiving Personality Inventory (FPI)

Anexo 7: Forgiveness Likelihood Scale (FLS)

Anexo 8: Forgivingness Questionnaire

Anexo 9: Heartland Forgiveness Scale (HFS)

Anexo 10: Trait Forgiveness Scale (TFS)

Anexo 11: State Self-Forgiveness Scale (SSFS)

Anexo 12: Forgiveness Inventory

Anexo 13: Marital Offence-specific Forgiveness Scale (MOFS)

Anexo 14: Family Forgiveness Scale

Anexo 15: Cuestionario de Perdón en Divorcio-Separación (CPD-S)

Anexo 16: Conditional or Unconditional Forgiveness Scale (CUFS)

PRÓLOGO

Han pasado dos mil quinientos años, quizá dos mil setecientos, desde que un autor desconocido daba vida a un dramático proceso de perdón desde las páginas del Génesis. Caín tiene aún las manos rojas con la sangre de su hermano asesinado, y se enfrenta a un ofendido Yahveh de rostro humano. El ofensor está sobrecogido con sentimientos inextricables de culpa y autocastigo que ni él mismo comprende: “Mi culpa es demasiado grave para soportarla, andaré errante y vagando por el mundo, y cualquiera que me encuentre me matará”. Escucha entonces palabras sorprendentes del ofendido: “No es así. El que mate a Caín lo pagará multiplicado por siete”. Basta este mensaje indulgente para que Caín se sienta con fuerzas para fundar una familia en paz al este de Edén, y que Yahveh pueda gozar con la fecundidad de una nueva estirpe. Al amanecer de la memoria escrita se presentían ya los beneficios del perdón.

Muchos siglos después Carl Rogers hacía una declaración de la calidad de su vivencia afectivo-cognitiva, meta final de un itinerario que a más de uno sirvió de modelo hace cuarenta años. Deseaba mostrar hasta qué punto toda experiencia humana es valiosa y digna de estudio para el hombre moderno: “He llegado a estimar todos los aspectos de mi experiencia. Me gusta cuidar como un tesoro mis sentimientos de rabia, de ternura, de vergüenza, de dolor, de afecto, de ansiedad, de entrega o de miedo: toda reacción positiva o negativa que pueda surgir en mí. Presto atención apasionada a todas las ideas que se me ocurran, locas, creativas, extrañas, sensatas y triviales: todas forman parte de mí mismo. Me agradan todos mis impulsos: apropiados, locos, útiles, sexuales, criminales. Acepto todos estos sentimientos, ideas e impulsos como partes enriquecedoras de mi mimo”1. En su momento la enumeración causó no poco asombro por lo inclusiva. Una y otra vez repetía la enorme palabra ‘todos’ o ‘todas’, al hablar de sentimientos e ideas que era necesario rescatar para la consideración detallada y, en último término, para la ciencia. Notemos hoy, sin embargo, que Rogers, en 1973, omitía en su lista algunos procesos psicológicos de primera magnitud: la culpa y el perdón, que han merecido después atención cuidadosa. Tenemos, en el libro que está en nuestras manos, una prueba magnífica de ello.

Es mucho el peso de la culpa y del perdón que el ser humano rumia (¡cuántas veces repite este verbo nuestra autora!) desde siempre. El ser humano ha pasado gran parte de su historia cavilando sobre la posibilidad, el costo y las consecuencias de perdonar tanto dolor injustamente provocado. De dejarlo pasar como si nada hubiese sucedido. De enmascararlo traspasando la responsabilidad a otro. Quizá de olvidarlo. O de tomar la debida venganza. Lo hemos rumiado a nivel personal y colectivo, y ese rumiar ha originado heroicidades, crímenes e inmensos cataclismos.

Los psicólogos solemos repetir que “la Psicología tiene un pasado muy largo, pero una historia muy breve”. Situamos con rigor el inicio de la historia de la psicología en aquel 1879 en que Wilhelm Wundt decidió que era hora de poner en funcionamiento, para el estudio de las reacciones humanas, un verdadero laboratorio de Psicología en Leipzig. Si así habían trabajado la física y la biología, por qué había de esquivar su responsabilidad con el conocimiento empírico esta ciencia nueva que era la psicología. Y fue decretado que diera comienzo la historia, aún breve, de una disciplina que irá descubriendo poco a poco, con prudencia y tacto, las variables que merecen una metodología rigurosa y cómo hacer posible su estudio. El pasado infinitamente largo de la psicología comenzó con la humanidad, desde el momento en que el hombre y la mujer se dejaron afectar por la belleza, la capacidad nutritiva, y también destructiva, de la naturaleza. Cuando su necesidad de compañía les sometió a las tensiones difíciles y enormemente fértiles de la interacción, a la competitividad, el odio, el venganza, el aislamiento y el amor. Este libro de María Prieto significa la oportunidad más atractiva que se pueda encontrar en la literatura psicológica en español de comenzar un diálogo creativo entre los modos de la breve historia y el largo pasado de la psicología. Poner en contacto la candente experiencia del vivir, con la pasión por lo empíricamente constatable. El rigor científico implacable con la cotidianeidad palpitante de los pensamientos irracionales, de los movimientos del corazón y de las reacciones poco controladas de la conducta.

Hace ocho años publicaba Marilynne Robinson su novela Home2. Para los que nos sentimos seducidos por su obra, de humanidad desbordante, este segundo contacto con la familia Boughton supuso una conmoción intensa. El bullicio de los ocho hijos de Robert, el pastor presbiteriano, que llenaban de vida la vieja casa rural del pueblo de Gilead, chicos y chicas muy educados y de incontenible vitalidad, vivía horas de decadencia. Casados los demás y dispersos, sólo Glory, a sus 38 años, ha vuelto a casa tras una fuerte desilusión amorosa, para ocuparse del viejo padre viudo. Pero cuando la vida parece haberse parado, cuando el mismo viejo De Soto familiar, incapaz de poner en marcha su anciano motor, yace inmóvil en el granero como una reliquia de tiempos mejores, llama a la puerta de casa Jack, el hijo perdido, el corrompido y culpable, que busca refugio en el hogar. Conocemos la calidad de sus ofensas innumerables ya desde la infancia. Todas culminaron un día en la más incomprensible: en el momento crucial de la enfermedad y muerte de la madre, cuando la piña familiar necesita de cada uno de sus miembros para elaborar el duelo común, Jack permaneció ausente. Será quizá que en el corazón de Jack no había lugar para el afecto. O que había olvidado ser el hijo más querido, precisamente por ser el más necesitado. (Nadie sabe en la familia, ni lo sabrá nunca, que en aquellos terribles días de muerte y funeral Jack se hallaba tras las rejas de una prisión lejana). Ahora Jack, apenas recompuesto de una reciente borrachera, llama a la puerta.

A este Jack recibe su hermana con solidaridad y cariño. A este Jack abre el viejo padre, el íntegro sacerdote rural, sus brazos en un gesto sincero de acogida. Pasarán meses de generosidad mutua. El viejo De Soto llegará a ponerse en marcha y la huerta volverá a tener un aspecto jugoso y a dar sus frutos como solía, porque Jack no escatimará energía en medio de su perenne misterio y contenida entrega. El perdón que conceden con gran generosidad los brazos abiertos del anciano padre, sin embargo, no son capaces de concederlo ni su corazón ni su mente. Es débil ya, es anciano. Quizá el dolor antiguo es demasiado profundo. Quizá el ascetismo de toda una vida le exige un perdón gratuito del que ningún bien personal se derive, y eso se hace ya demasiado duro. Al fin el perdón que esperábamos no llega a ser posible y Jack, que tampoco lo solicita, abandonará una vez más (¿definitivamente?) el hogar.

Home parece ser una de tantas historias que en el largo pasado de la humanidad han ido dejando su rastro de dolor y de sangre. De inexplicadas realidades acuciantes que plantean interrogantes y esperan que sea la vida la que, al entrecruzar sus senderos, vaya cicatrizando sola las heridas que ella misma produce. El pueblo del Medio Oeste en que sucede la historia de Marilynne Robinson lleva el nombre esperanzado de Gilead. El mismo que describe el himno Espiritual Afroamericano como “un lugar donde hay un bálsamo que cura a los culpables”, un nombre que quiere ser una metáfora. El perdón queda siempre rodeado de un halo de oscuridad y deseo, de hondos misterios y de idealización inalcanzable.

Pero nuestro tiempo necesitaba entender mejor. Era precisa ya toda la seriedad del experimento y la medida, de la constatación de resultados y la verificación de la relación mutua entre variables. Era urgente que el perdón se situase en su contexto, que se analizasen sus implicaciones y se indicasen caminos posibles, plausibles y controlados, para entrever un posible final feliz. María Prieto ha escrito para nosotros ese libro necesario. “Perdón y salud. Introducción a la Psicología del Perdón”, que el lector tiene en sus manos, es un estudio que, con el austero lenguaje de la psicología empírica, desea aclarar no pocas tinieblas sobre el perdón posible, y ayudar a poner remedio a algunas heridas causadas por injusticias ajenas. Hace posible que el presente establezca un diálogo fecundo con las vivencias y soluciones, intuidas solamente, del profundo pasado humano.

Ahora sabemos que el perdón es atributo del fuerte, y que por eso quizá no es que el anciano Robert no sepa perdonar, es que ya sus fuerzas no le permiten perdonar. Conocemos que es necesario que el ofendido padre comprenda el marco afectivo en que han sucedido las culpas subjetivamente gravísimas de Jack, el solitario, el sensible hijo silencioso. Pero que la empatía no es fácil a su firme y no poco rígida ideología. Nos forzará a preguntarnos si Jack es verdaderamente sólo ofensor, y cuánto de víctima hay también en él. Y sobre todo nos irá guiando a través de los innumerables aspectos (variables) que condicionan la facilidad de perdonar y la hacen difícil en muchas ocasiones, tanto en el ofendido, como en el ofensor y en el contexto en el que se produjo la ofensa.

María Prieto aborda con valentía algo que ilumina el escenario con luz nueva: ese “cambio en el corazón que supone el perdón” es especialmente necesario cuando se trata del perdón a uno mismo. ¿Habrá sido capaz el entrañable y anciano pastor Boughton de perdonarse a sí mismo la que él considera su incapacidad para educar mejor a su hijo Jack? Hemos podido dar nombre a la gran ceguera, al lado oscuro del perdón intrapersonal de la casona de Gilead.

En pocas páginas se nos proponen con objetividad los facilitadores del perdón. Se nos ofrecen no uno, sino tres modelos de intervención, para hacerlo posible en un proceso de ayuda psicológica, y se analiza sin concesiones la posible eficacia de cada uno. Pero sabemos que queda aún mucho por saber, para que tan complejas situaciones vitales encuentren fácilmente la solución debida. Hemos de tener paciencia. En el pasado larguísimo de la psicología, cuando avanzábamos a pecho descubierto y a golpe de sentido común, podíamos exigir soluciones rápidas a problemas humanos demasiado complejos. Hoy el ser humano puede ser sometido a medidas de satisfactoria fiabilidad y suficiente validez (se nos proporcionará la oportunidad de conocer algunas en su integridad). Podemos conocer los beneficios del perdón y emprender con alguna confianza caminos para superar situaciones de ofensa y de culpa. Sabemos que el perdón no presupone la reconciliación, ni siquiera la hace deseable en ocasiones, y eso, al reconocer honestamente alguno de nuestros límites, desmonta uno de los tradicionales enemigos del perdón que es el propio narcisismo.

Desde la alta meseta de los años animo al lector a hacer una inmersión productiva en las páginas que siguen. Entre tanto vienen a mi memoria una vez más las palabras del anciano Iván Pavlov en el último artículo que dedicó a una revista estudiantil para la que los universitarios habían solicitado su colaboración. Son palabras en que la vista se vuelve hacia un futuro en el que la psicología de mayor rigor dialogará de tú a tú con el alma humana, y ambas caminarán hacia un conocimiento del hombre más riguroso y también más auténtico. Decía así Pavlov: “No queráis, aunque vuestra juventud os impulse a ello, escalar las cumbres de la verdad sin estudiar antes pacientemente sus cimientos. Acostumbraros a la templanza, a la paciencia. Los hechos humildes, no lucidos, son la base para avanzar sin tropiezos. La imaginación, la hipótesis, de nada os valdrá. El ala del pájaro es perfecta, pero necesita el apoyo del aire. Vuestro espíritu está provisto de alas maravillosas; pero para elevaros necesitáis el punto de apoyo, que son los hechos, pequeños, menudos, pero exactos. Mas no os contentéis con recoger los hechos. La inteligencia de un hombre no debe ser un archivo. Hay que interpretarlos; hay que buscar sus leyes que rigen esos hechos. Aquí es donde está la suprema verdad”3.

Ahora basta pasar página tras página e ir leyendo el libro de María Prieto y no tener inconveniente en que la imaginación creativa se llene de recuerdos, de evocaciones y de vida actual. En un mundo necesitado de tantas formas de perdón individual y colectivo algunas ideas irán tomando forma y se irá haciendo alguna claridad. Vale la pena.

LUIS LÓPEZ-YARTO, SJ

1 ROGERS, CARL, Journal of Humanistic Psychology, 1973, 2, My philosophy of interpersonal relationships and how it grew, pags. 3-15.

2 ROBINSON, MARILYNNE, Home, New York 2008.

3 El texto que reproducimos está tomado de Marañón, Gregorio, “La lección de Pavlov, (parábola del joven impetuoso)”. Obras Completas, Tomo IV, Pags. 283-285.

INTRODUCCIÓN

Cuando estaba preparando mi tesis doctoral, centrada en la adicción al juego, aprendí que existía un fenómeno en los jugadores, “la caza”, que marcaba la diferencia entre el juego como placer o diversión y el juego como problema. La caza (Lesieur, 1979) consiste en apostar cada vez más para recuperar las pérdidas. Cuando el jugador tiene como objetivo recuperar las pérdidas, se considera que ha empezado ya a tener un problema con el juego.

Años más adelante, en el curso de una discusión profesional sobre el conflicto palestino-israelí, recordé este fenómeno; me ayudó a pensar en el conflicto, en este y en todos. Me di cuenta de que cuando se busca recuperar las pérdidas empieza el verdadero problema; para no engancharse en una escalada de violencia que sea imposible de cortar, en algún momento hay que renunciar a lo perdido, hay que olvidarse del “ojo por ojo” y dialogar para construir futuro. No hay solución a un conflicto si uno sigue “cazando”.

Así empezó mi interés por el tema del perdón, desde la pregunta ¿cómo dejar de cazar? ¿Cómo se hace posible ese cambio interno, la renuncia a lo que uno cree justo?

Cuando comento entre mis amigos y conocidos que estudio e investigo sobre psicología del perdón las reacciones suelen ser muy diversas; desde personas que piensan que estoy metiéndome en un tema puramente “religioso” y creen que mi intención es más hacer catequesis y demostrar que hay que perdonar siempre, hasta los que se sorprenden de que la psicología no haya estudiado este tema hace mucho tiempo ya. Pero también hay reacciones comunes, principalmente dos: la primera, contarme (sin que yo les pregunte y sin preguntarme nada) todo lo que saben sobre el perdón y lo que han ido aprendiendo con los años, y la segunda, comentar lo importantísimo que es saber perdonar para la vida.

La primera reacción es muy interesante, porque el perdón es un concepto más complejo de lo que puede parecer. Todo el mundo sabe lo que es perdonar; pero no todo el mundo tiene la misma idea de lo que es perdonar. Hay casi tantos conceptos de perdón como personas. Sin embargo, tendemos a pensar que nuestra opinión sobre el perdón es la única posible. Y la segunda reacción es consecuencia de la cantidad de veces que hemos tenido que perdonar a lo largo de la vida, y de la valoración positiva que hace la gente de la experiencia de perdonar.

El perdón es ciertamente fundamental para quien vive en sociedad, para quien convive con otros y se deja afectar por ellos. Es la manera de conservar relaciones y sanar el corazón después del sufrimiento.

Y para mí, en estos años que llevo estudiando el perdón, ha sido una forma privilegiada de asomarme a la grandeza de la que es capaz el ser humano.

CAPÉTULO 1.

¿QUÉ ES EL PERDÓN?

Vamos a aproximarnos con detalle en este capítulo a lo que significa el perdón, para darnos cuenta de la complejidad que tiene este término y de la necesidad de comprenderlo bien, aunque como iremos viendo, el concepto de perdón no terminará de estar completo hasta el final del libro.

1. EL PERDÓN ES UN PROCESO

Una de las pocas ideas en las que todos los autores están de acuerdo: el perdón es un proceso, tiene pasos, tiene fases, etapas, no se consigue en un único momento. El perdón lleva su tiempo; y si la ofensa ha sido grave, el perdón lleva mucho tiempo y esfuerzo.

El proceso del perdón empieza con la percepción de la ofensa. La convivencia y la relación con otras personas suele facilitar la presencia de situaciones en las que se producen ofensas o agresiones, es decir, en las que una de las partes es herida o dañada de alguna manera. La mayoría de las personas han tenido experiencias en las que se han sentido agredidas, heridas, traicionadas, menospreciadas o no respetadas. El perdón requiere que la víctima sea consciente de haber sido dañada de forma injusta por otra persona, y requiere que la víctima considere que la agresión o el daño fue intencionado (o, cuando menos, negligente) (Fincham, 2009), que el ofensor podría haber actuado de otra forma y no lo hizo. Coleman (1998) señala que toda ofensa implica una pérdida, que puede ser de tres tipos: pérdida de amor por muerte o ruptura, pérdida de autoestima, y pérdida de control o influencia. El proceso de perdón no empieza, según el autor, hasta que la persona es capaz de identificar la pérdida específica que ha tenido lugar.

El malestar post-ofensa

En ese primer momento nos sentimos llenos de rabia, de indignación, de impotencia, de dolor, de amargura… Algunos autores han descrito con detalle la experiencia subjetiva que sigue al daño, el malestar post-ofensa (lo que se ha dado en llamar unforgiveness, el no-perdón), distinguiendo entre las reacciones emocionales (lo que sentimos), las reacciones cognitivas (lo que pensamos) y las reacciones comportamentales (lo que hacemos).

Entre las reacciones emocionales más comunes se encuentran los siguientes sentimientos: rabia, dolor, tristeza, confusión y una sensación de traición (Williamson y Gonzales, 2007). En algunas ofensas además hay sentimientos de vergüenza y humillación, de vulnerabilidad, de debilidad. Además, comienzan a presentarse sentimientos negativos hacia el ofensor, de rencor, incluso de odio, deseo de venganza…

En el nivel cognitivo, las víctimas suelen dedicar bastante tiempo y energía a pensar una y otra vez en la ofensa, en lo que pasó, en cómo pasó, a preguntarse por qué pasó, por qué se había comportado así el ofensor, a buscar culpables o responsables, a pensar en su papel en todo lo que pasó, a pensar en “lo que le tenía que haber dicho” o “lo que yo tenía que haber hecho”. También suelen estar presentes pensamientos despectivos hacia el ofensor, a quien se empieza a percibir como alguien despreciable, malo, falso, peligroso, llegando incluso a deshumanizarle (a verle como un monstruo sin sentimientos ni valores, como un animal capaz de lo más atroz). Empiezan también las fantasías o pensamientos de venganza y de finalización de la relación con él, y la preparación mental del futuro: imaginarse qué va a decirle al ofensor si se lo encuentra, cómo se va a comportar, qué va a hacer en distintas situaciones, con el resto de la gente, cómo buscar o pedir un castigo justo, o una restitución, cómo protegerse en el futuro…

Respecto a la dimensión conductual o comportamental, la mayoría de las personas tienden a mostrar comportamientos de evitación del ofensor o de desapego en su presencia. Es poco frecuente que se expresen la rabia o el dolor llorando o enfrentándose con el ofensor. La distancia puede ser física (evitando encontrarse con él, evitando situaciones donde sea probable el contacto) o subjetiva: cuando se comparte el mismo espacio, hacer como que no está, no interaccionar con él, no mirarle, no dirigirle la palabra…

Además de ser, como vemos, una experiencia negativa compuesta de emociones, pensamientos y comportamientos característicos, el recibir una agresión de manera intensa e injusta tiene también una serie de implicaciones simbólicas. Por una parte, altera la percepción de poder-estatus-dignidad de la víctima, que pasa a percibirse a sí misma como vulnerable, impotente, débil y poco digna de respeto, en una situación de desequilibrio respecto al ofensor. Por otra parte, la agresión supone una violación de unos valores sociales e identitarios supuestamente compartidos (como, por ejemplo, la creencia en un mundo justo, en que quien no hace daño no debería recibir daño) (Strelan y McKee, 2014). La agresión puede modificar la filosofía de vida de la víctima, volviéndola desesperanzada y pesimista. Estas implicaciones simbólicas generan en la persona una gran sensación de injusticia.

El ”no-perdón”, como vemos, es un estado que el sujeto vive con un intenso malestar, con gran sufrimiento psicológico que motiva a la víctima a intentar disminuirlo.

La respuesta al malestar post-ofensa

Nuestra reacción natural tras una agresión nos lleva a protegernos, lo que se puede conseguir tanto evitando al agresor como enfrentándonos con él. Uno de los modelos teóricos sobre el perdón más aceptado es el propuesto por McCullough (2000), que entiende el perdón como un fenómeno de naturaleza motivacional y prosocial. En tanto motivacional, el autor describe dos grandes sistemas de tendencia de respuesta después de una agresión: la venganza o búsqueda de daño para el ofensor, fruto de los sentimientos de indignación e injusticia, y la evitación del contacto personal y psicológico con el ofensor, fruto de los sentimientos de que surgen después de percibir un ataque. Las dos respuestas tendrían un sentido adaptativo claro: la venganza se dirigiría a evitar futuros daños (McCullough, Kurzban y Tabak, 2013) y a restaurar la sensación de justicia perdida (Bradfield y Aquino, 1999), mientras que la evitación buscaría la protección personal. El perdón produce cambios en estos sistemas, reduciendo tanto la motivación para la evitación como para la venganza.

En ese primer momento de no-perdón, por lo tanto, nuestras reacciones iniciales no suelen incluir el perdón; de hecho, lo último que se nos pasa por la cabeza, a la mayoría de las personas, es perdonar; es implanteable el perdón. Hay que recorrer un camino para conseguir que desaparezcan esas emociones, esos pensamientos, esas tendencias a evitar o atacar. Pero no es un cambio que suceda simplemente con el paso del tiempo; el tiempo sólo rebaja la intensidad de ese malestar, pero no hace que desaparezca o que incluso en ocasiones aparezcan sentimientos positivos hacia el agresor. Para conseguir el perdón hay tareas que hacer, hay decisiones que tomar. Veremos más adelante las etapas que distintos autores han encontrado en el camino del perdón.

Para perdonar la persona debe, en algún momento, tomar la decisión de empezar el proceso, empezar el camino. Podría perfectamente no tomar esa decisión: estaría en su derecho. Y esto enlaza con nuestro siguiente apartado: el perdón es un derecho, no una obligación.

2. EL PERDÓN ES UN DERECHO

La experiencia negativa post-ofensa puede mitigarse de varias maneras, no necesariamente perdonando; Worthington (2001) identificó más de 25 maneras por las cuales las personas pueden intentar reducir el malestar del no-perdón. Por ejemplo, se puede manejar buscando venganza, buscando justicia (legal o política), buscando restitución, pidiendo que se le pidan disculpas, apelando a la justicia divina. O también se puede modificar la narrativa sobre la ofensa, justificándola o excusando al agresor; o puede intentar reducir el malestar resignándose, aceptando el daño o su mala suerte, haciendo re-atribuciones de los sucesos y circunstancias relacionados con la ofensa, negando el hecho o su importancia, manejando el estrés relacionado con el suceso, o mediante el control de la ira consecuente a la ofensa. El perdón es, como vemos, un recurso entre varios para manejar o superar este malestar.

Si la persona perdona debe ser porque así lo ha decidido. No se puede, ni se debe, imponer el perdón. Debe ser la valoración de que merece la pena plantearse perdonar la que lleve a la decisión de intentarlo. Forzar a alguien a perdonar cuando no está preparado, cuando no se dan las circunstancias o cuando la persona no lo ve conveniente puede conducir a varios problemas, como hacerle sentir culpable por no poder perdonar, acabar en un “falso perdón” (que veremos más adelante con detalle) donde en realidad no ha habido un cambio personal, o dejarle desprotegido de cara a la siguiente agresión.

Por lo tanto, el perdón es siempre una posibilidad, una opción, una manera, entre otras, de mejorar la situación; nunca es un deber, una obligación o lo único que se puede hacer.

Hay ocasiones en las que las personas no quieren o no pueden perdonar. Por ejemplo, para aquellos individuos que han sido dañados de formas atroces, intentar generar emociones positivas hacia el ofensor puede ser completamente irrealista, prematuro y, en algunos casos, anti-terapéutico (Davenport, 1991). Hay acciones que pueden ser consideradas imperdonables por las personas afectadas y es importante darse cuenta de ello, entre otras cosas para proteger al dañado, que se puede sentir obligado a perdonar cuando no puede.

Nadie puede ser obligado a perdonar a otro; en esto, todos los autores están de acuerdo. El perdón no es una certeza, es una posibilidad.

Lo que no es tan obvio para todos los autores es que el perdón sea necesariamente un final deseable en sí mismo. Nietzsche (1887), por ejemplo, consideraba el perdón como una característica de la moralidad de los esclavos, y no es infrecuente encontrar asociado el perdón con percepción de debilidad. Algunas personas entienden que perdonar es lo mismo que reconocer que la ofensa “no era para tanto”, o que el ofensor tenía razón al hacer lo que hizo, o que la ofensa no nos había hecho mucho daño, o que perdonar es simplemente aceptar lo que nos hicieron y permitir que nos lo vuelvan a hacer, sin buscar ya justicia ni castigo.

Otros autores cuestionan algunas de las motivaciones que pueden subyacer al perdón; por ejemplo, la persona podría decidir perdonar por buscar su propio interés (Andrews, 2000), lo que Enright y colaboradores (1991) llaman “una estrategia de auto-curación”; o porque se siente agotado por el daño y la rabia continuos que le consumen y cree que el perdón le proporcionaría una liberación; o por ejemplo, quien perdona podría hacerlo porque eso le coloca en una posición en la que se siente de alguna manera superior a quien le ha hecho daño (son varias las frases célebres que recogen esta idea, como la atribuida a Napoleón: “El perdón nos hace superiores a los que nos injurian”, la atribuida a Francis Bacon: “Vengándose, uno iguala a su enemigo; perdonando, uno se muestra superior a él” o la atribuida a Oscar Wilde: “Perdona siempre a tu enemigo. No hay nada que le enfurezca más”).

Si admitiéramos que no siempre es posible o deseable el perdón, la cuestión importante sería cuándo es posible perdonar, cuándo es bueno perdonar y por qué. La religión ofrece sus respuestas, así como la ética (véase, por ejemplo, el excelente trabajo de Herrera, 2005). La psicología debe reflexionar y proporcionar sus propias respuestas, lo que intentamos hacer en esta obra.

3. ¿EN QUÉ CONSISTE EL PERDÓN?

En primer lugar, el perdón consiste en la reducción del malestar postofensa. Hemos descrito anteriormente las emociones y pensamientos negativos que acompañan al hecho de sentirse injusta y profundamente agredido, así como las motivaciones que se ponen en marcha en el primer momento. El perdón consiste en la disminución de esas emociones (la reducción o eliminación del rencor, la rabia, la vergüenza, la humillación, el odio, el dolor, la amargura, la impotencia), de esos pensamientos (dejamos de invertir tanta energía en pensar en la ofensa y en el ofensor, en recordar lo que pasó, en imaginar lo que haríamos si le viéramos, o lo que tendríamos que haber dicho o hecho, en hacernos preguntas sin respuesta), y en la disminución de nuestras motivaciones de venganza o de evitación.

Al efecto del perdón en la reducción del malestar post-agresión se le ha llamado dimensión negativa del perdón (negativa porque implica “resta”, una disminución o eliminación de algo).

No hay discusión sobre la identificación del perdón con su dimensión negativa. Tanto los investigadores como la población general admiten y asumen que el perdón implica estas reducciones en la experiencia negativa y el malestar post-ofensa.

Sin embargo, varios autores se preguntan si este es el punto final del proceso de perdón. Si así fuera podríamos afirmar que ya hemos logrado perdonar cuando observamos la reducción de la experiencia de malestar. Pero ¿habría algo más de camino que andar para completar el perdón? ¿habría que conseguir además la presencia de emociones y sentimientos positivos hacia el ofensor?

En este sentido es interesante recordar las definiciones de perdón propuestas por Robert Enright y el Human Development Study Group, en la Universidad de Wisconsin, uno de los primeros equipos en investigar el tema del perdón desde la psicología y un equipo de referencia internacional en el campo. Enright y sus colaboradores han ofrecido distintas definiciones de perdón. Así, definieron inicialmente el perdón como el deseo de abandonar el derecho al resentimiento, al juicio negativo y a la conducta indiferente hacia quien nos ha herido injustamente, a la vez que se fomentan las cualidades inmerecidas de la compasión, la generosidad e incluso el amor hacia él o ella (Enright y el Human Development Study Group, 1991). Más adelante introducen algo más de complejidad en la definición: “deseo de abandonar el resentimiento y respuestas relacionadas (a las que las víctimas tienen derecho) y el esfuerzo por responder al ofensor basado en el principio moral de la beneficiencia, que puede incluir compasión, aprecio incondicional, generosidad y amor moral (al que el ofensor, debido a la naturaleza de la ofensa, no tiene derecho” (Enright y Fitzgibbons, 2000, p. 29). Knutson Enright y Garbers (2008) definen de manera similar el perdón unos años más tarde: “es una respuesta a una injusticia que incluye la disminución del resentimiento o rabia hacia el ofensor y la institución de más sentimientos y pensamientos positivos y comportamientos hacia la persona” (p. 193). Como vemos, en todas ellas hay algo más que la dimensión negativa del perdón, hay una referencia a la aparición de sentimientos y pensamientos positivos hacia el ofensor.

Es decir, Enright y su equipo proponen una definición de perdón asociada a la idea de compasión; la persona dañada responde al agresor con compasión, incluso a pesar de que la acción podría merecer odio. En esta definición se observa algo más que un simple “dejar de”, algo más que la reducción del malestar; se añade que el perdón supone mostrar sentimientos positivos hacia el ofensor: compasión, amor, ternura, cariño…

A esta aparición de sentimientos y pensamientos positivos se le ha llamado la dimensión positiva del perdón (positiva en cuanto que implica “suma”, la aparición de algo que antes no estaba). Esta segunda dimensión es, para algunos autores, una experiencia de auto-transformación, una creciente sensación de sentido que cambia la forma en que quien perdona contempla el mundo y a sí mismo (Williamson y Gonzales, 2007).

No todos los autores están de acuerdo en que deba estar presente esta dimensión positiva para considerar que se ha perdonado por completo; parece que esta opinión correlaciona con algunas variables en la población general, como una elevada religiosidad (las personas más religiosas tienden a pensar que el perdón implica también esta parte positiva), la edad avanzada o el sexo femenino (Prieto et al., 2013).

Como vamos viendo, hay distintas miradas y formas de entender el perdón y cuándo se ha perdonado por completo. Otra propuesta es la ofrecida por Strelan y Covic (2006): “El perdón es el proceso por el cual se neutraliza un estresor que ha sido resultado de una percepción de daño interpersonal”. En esta definición los autores enfatizan el hecho de que el proceso se inicia en la percepción del daño, y que es un proceso, no un resultado; es decir, no se prescribe ningún punto final en el perdón. El punto final se encuentra cuando el estresor que inició el proceso del perdón ha sido neutralizado, y la neutralización tiene un significado distinto para cada individuo: para algunos puede ser el cese de las respuestas negativas, para otros la identificación de respuestas positivas hacia el ofensor, o para otros cuando el estrés resultante de la ofensa no afecta más a la víctima.

Lo que será importante, entonces, en el trabajo del psicólogo sobre el perdón es conocer qué concepto de perdón tiene la persona con la que trabaja; cuando habla de perdón, ¿a qué cambio está haciendo referencia, a las dimensiones negativa y positiva o tan sólo a la negativa?

Hemos visto también que el no-perdón supone sentimientos, pensamientos y conductas que generan malestar. El perdón implica un cambio en esos sentimientos, pensamientos y conductas. Pero: ¿qué dimensión es la más importante de las tres? Podemos preguntarnos para comprender mejor en qué consiste el perdón, si el perdón es básicamente un cambio en la emoción, es más bien una decisión racional o es en realidad un cambio en el comportamiento visible.

Para algunas personas el perdón se ha producido en cuanto observan cambios en sus sentimientos, en cuanto han dejado de odiar o incluso cuando han empezado a sentir compasión por su ofensor. Para otras personas, sin embargo, el perdón tiene lugar en el momento en que lo consideran como una opción y se plantean que desean hacerlo. Por último, es posible que haya personas que entiendan que hasta que no deje de evitar al ofensor o de intentar hacerle daño, o hasta que no ha habido un acto explícito de perdón, no ha tenido lugar el perdón.

Esta diversidad se refleja también en la literatura científica; las distintas definiciones de perdón propuestas por los autores indican que algunos otorgan más peso a unas dimensiones que a otras. Para algunos el perdón es sobre todo emocional (recordemos la definición de Enright), mientras que para otros es básicamente una decisión. Así, por ejemplo, Worthington (2003), otro de los grandes autores en psicología del perdón, distingue entre el perdón emocional y el perdón decisional