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El poeta irlandés Patrick Kavanagh distinguía entre el provinciano y el pueblerino. El provinciano, decía, siempre mira de reojo a la gran ciudad, mientras que el pueblerino nunca duda de la validez artística de su propia tierra. Periferias emancipadas reclama esa validez y propone una nueva mirada sobre aquellas literaturas ibéricas que, al emanciparse de su antiguo centro, se convierten en lugar de vanguardia y experimentación artística; cuestionan el canon y lo reformulan, afirman el poder renovador de la subjetividad. Martín López-Vega analiza y pone en relieve las valiosísimas aportaciones de las literaturas peninsulares (catalana, vasca, gallega y asturiana) al coro de la literatura universal.
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Seitenzahl: 306
Veröffentlichungsjahr: 2023
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Primera edición: junio, 2022
© Martín López-Vega, 2022
© Vaso Roto Ediciones, 2022
ESPAÑA
C/ Alcalá 85, 7º izda.
28009 Madrid
www.vasoroto.com
Grabado de cubierta: Víctor Ramírez
Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento.
Impreso y gestionado por Bibliomanager
ISBN: 978-84-125196-2-4
eISBN: 978-84-126111-0-6
BIC: DNF
Depósito Lega: M-10713-2022
Martín López-Vega
Políticas de la representación espacial en la Iberia reimaginada
La reconceptualización del espacio ibérico en las literaturas no castellanas
Las novelas del pantano. El lugar como sintaxis de la memoria
Centralidad simbólica de la periferia, reinvención de los géneros y tercer espacio: la Hestoria Universal de Paniceiros de Xuan Bello
La poesía de Olga Novo: una conversación en la malla
La europa de las periferias en las novelas de Valter Hugo Mãe
Conclusión. Por la carretera vieja: hacia un modelo plural y multicéntrico
Bibliografía
A Luis Martín-Estudillo,con admiración y agradecimiento
An uitenta anhos quaijeque nun sali deiqui. L mundo ye grande. Queda para un lhado i pa l outro, al redror. Por esso, l centro solo puode quedar onde pongo la punta de la caiata. Cada pessona sou centro, cun caiata ó nó. Son centros a mais para mundos a menos.
FRACISCO NIEBRO, Belheç
Este libro explora cómo la emergencia de las literaturas catalana, vasca, gallega y asturiana ha cambiado la forma de relacionarse entre éstas y la literatura en castellano. Asimismo, aborda cómo la coexistencia de dichas literaturas obliga a una reconceptualización del espacio y el paisaje ibéricos como tales, entendiendo el espacio de un modo performativo: como el lugar donde se representa la identidad de una determinada comunidad lingüística (castellana, catalana, asturiana, etc.). Son comunidades cuya identidad se basa no en pertenencias religiosas o en proclamas racistas, sino en una lengua compartida. Itamar Even-Zohar afirma que, adoptando un idioma, una población concreta o un grupo social concreto declara qué identidad quiere mostrarse a sí mismo y al resto del mundo (126). Es un movimiento que implica separación de aquellos que, por más que pertenezcan al mismo estado, no comparten la lengua. Even-Zohar subraya cómo semejante decisión puede ser transformada en un vehículo de lucha muy poderoso (130). En otras palabras: el lenguaje es un factor primordial en la construcción de la identidad, especialmente en el caso de comunidades que no coinciden con un estado y necesitan algo en lo que enraizar una identidad compartida y diferenciada. En estados con más de un idioma, como es el caso de España, la elección de aquel en el que un escritor decide expresarse nunca es inocente1. El pensador catalán Antoni Marí, después de señalar que la identidad nos define como individuos que pertenecen a un grupo, afirma que «El llenguatge és un factor de la identitat, potser el més decisiu: és un vincle de símbols que aglutina la comunitat que comparteix el mateix codi» (21).
Con la llegada de la democracia y la oficialidad de catalán, gallego y euskera, la proliferación de iniciativas que establecen nuevas relaciones entre dichos ámbitos lingüísticos, así como la presencia cada vez mayor de estas literaturas en eventos internacionales (en el año 2007 la feria de Frankfurt, una de las más importantes del mundo para el sector editorial, estuvo dedicada a Cataluña) o la traducción cada vez más frecuente de libros escritos en catalán, gallego y euskera a lenguas como el inglés, el francés o el italiano, ha traído consigo que las literaturas periféricas puedan relacionarse entre ellas y con el exterior evitando o limitando la mediación del castellano. Este cambio en el esquema de relaciones ha contribuido a rediseñar el canon de la tradición ibérica, no sólo convirtiendo el presente en una polifonía lingüística y literaria, sino también recuperando para ese canon ibérico obras que hasta ahora permanecían confinadas dentro del ámbito de interés de las literaturas periféricas. Todo esto supone reescribir dicho canon siguiendo la forma no de un árbol genealógico, sino de un rizoma de relaciones, una lectura de la tradición que no admite jerarquías, una red en la que las influencias se mueven en direcciones diversas e imprevisibles. Todo es a la vez centro y periferia según desde dónde se observe. Esto convierte a cada periferia en un centro no excluyente; tiene la capacidad de emitir novedades, pero a la vez las recibe, si bien no ya desde un único punto emisor (el canon castellano). Este libro plantea cómo cortar el cordón umbilical con la tradición castellana supone, a su vez, cortar la relación filial con la tradición europea consolidada como tal, transformando las periferias en laboratorios de experimentación y vanguardia literaria ajenos, con todo, a adanismos improductivos. En este contexto, la relación entre periferias cobra singular importancia, y la literatura portuguesa surge como un nuevo polo emisor de novedad y cambio, influyendo en otras literaturas ibéricas de la periferia al mismo tiempo que continúa siendo casi invisible para el canon castellanocéntrico. El sistema literario portugués, periférico en el ámbito europeo, se convierte, con la emergencia de las otras lenguas peninsulares, en central dentro del polisistema de las lenguas ibéricas, y ciertos autores portugueses influirán en las nuevas hornadas de escritores en las otras lenguas peninsulares con una fuerza similar a la que antes ejercía el sistema literario castellano. Un nuevo centro, pues, en el mismo sentido que las otras literaturas periféricas; un centro que emana novedades y las recibe no de un único punto, sino de una constelación de centros de importancia similar. Es esta postura del sistema literario portugués, como central dentro del polisistema de las lenguas ibéricas, y no como periférico al polisistema de las literaturas europeas (y por tanto, al viejo canon castellanocéntrico ejercido desde el sistema español hacia las otras literaturas peninsulares) la que me interesa en estas páginas.
Con el cambio de siglo, y como consecuencia de las nuevas dinámicas puestas en marcha con la llegada de la democracia a España, la literatura castellana ha dejado poco a poco de ser el único foco de interés del Hispanismo, que se ha abierto a las literaturas periféricas desde una perspectiva más iberística. Pese a la existencia de obras pioneras como el estudio de Fidelino de Figueiredo Pyrene: ponto de vista para uma introdução à história comparada das literaturas portuguesas e espanholas (publicado en Lisboa en 1935) o a la inclusión de la literatura portuguesa por Menéndez Pelayo en sus estudios de literatura española (que diferenciaba de la castellana; Lourenço y Sáez Delgado, 11), sería la primera década del siglo XXI la que vería cómo aparecían diversos volúmenes que contribuyeron de un modo fundamental a explorar nuevos modelos de lectura de la Iberia canónica y periférica. Reading Iberia, coordinado por Buffery, Davis y Hooper, apareció en 2007. Antes, Helen Graham y Jo Labani habían presentado el pionero Spanish Cultural Studies: An Introduction (1995). Cinco años después, ya en el nuevo siglo, aparecería Contemporary Spanish Cultural Studies (2000), editado por Jordan y Rikki Morgan-Tamasuna. En 2005 se publican Ideologies of Hispanism, editado por Mabel Moraña, y Spain Beyond Spain, a cargo de Brad Epps y Luis Fernández Cifuentes. En 2009 Joan Ramon Resina publicó Del Hispanismo a los Estudios Ibéricos, un auténtico hito de este campo en el que invitaba a ver los estudios ibéricos como una «propuesta federativa para el ámbito cultural» (92). En 2010, se imprimió New Spain, New Literatures, editado por Luis Martín-Estudillo y Nicholas Spadaccini. En 2017 apareció The Routledge Companion to Iberian Studies, editado por Javier Muñoz-Basols, Laura Lonsdale y Manuel Delgado. Estos volúmenes proponen deconstruir el Hispanismo no sólo como disciplina sino también como fuerza política dominante, así como modelo cultural de interpretación y representación, y como paradigma epistemológico (IX), en palabras de Mabel Moraña. Kirsty Hooper subraya, por su parte, el desafío propuesto por Stephen Greenblatt: las nuevas historias literarias que estos grupos están obligados a escribir deben hacer algo más que ponerlos en el mapa; deben transformar el acto de elaborar mapas (2007: 130). Esta nueva perspectiva supone abrir el campo de visión e incorporar a los estudios ibéricos la producción cultural de comunidades que tradicionalmente han recibido el interés casi exclusivo de antropólogos y lingüistas (Arruti, 192). Un paso que supone no sólo incorporar la producción cultural de esas comunidades, sino también reevaluar lo que hasta ahora se entendía como «español», ya que buena parte de lo que hasta ahora se entendía como tal había sido producido en Cataluña, Galicia o el País Vasco sin responder a la idea tópica de España (Crameri, 212). De todos modos, tal y como señalan Martín-Estudillo y Spadaccini, este cambio de enfoque cobra sentido especialmente cuando se tiene en cuenta la sociedad democrática, plurinacional y multicultural surgida del posfranquismo (IX). Ningún acercamiento a la producción cultural de la península ibérica después de la muerte de Franco puede llevarse a cabo desde una perspectiva monolingüe.
En la actualidad, el campo de los estudios ibéricos está en pleno proceso de asentamiento. Una última y excelente muestra es el número 11 de la Revista de Estudos Literários de la Universidade de Coimbra, titulado «Estudos ibéricos: diálogos plurais», coordinado por António Apolinário Lourenço y Antonio Sáez Delgado.
Pese a la estabilización de sistemas literarios propios, especialmente tras la transición posterior a la dictadura franquista y el mayor apoyo institucional otorgado a las literaturas no castellanas como consecuencia de la oficialidad de sus lenguas (o de la creación, en su lugar, de leyes de uso y difusión), las literaturas no castellanas se encuentran aún en una situación marginal a la que sus autores se enfrentan de dos modos diversos. Algunos asumen los beneficios de formar parte del sistema literario español (con mayor capacidad económica y acceso a editoriales nacionales, circuitos internacionales, etc.), inevitablemente castellanocéntrico, asimilando sus modelos y aceptando incorporarse a él asumiendo el papel de aquello que es a la vez propio y exótico. Otros, sin embargo, y estos serán los que me interesarán en este libro, se apropian del espacio marginal al que han sido recluidos para establecer desde él una propuesta radicalmente nueva, convirtiéndose en lo que Carla Lonzi llama «Sujetos Imprevistos» (20) al romper su relación dialéctica unidireccional con el canon castellanocéntrico.
Un elemento esencial de esa ruptura es la asunción de su carácter rural con ambición de vanguardia: lo rural no es ya lo abyecto, lo despreciable, lo marginal, sino el vórtice de una centralidad alternativa que pretende establecer una nueva red de relaciones y contactos entre las diversas literaturas peninsulares y con las otras literaturas europeas y universales. Esta nueva visión recurre a lo que, en términos foucaltianos, podemos llamar una «genealogía», pues no aspira a borrar el árbol genealógico de la tradición establecida, sino a reconstruirlo a partir de una visión propia, a redibujar el mapa de relaciones a partir de la autoconciencia de su ser periférico y a la vez neo-central dentro de un sistema de múltiples centros, recuperando su propia tradición (escrita y oral), renunciando a las jerarquías impuestas y convirtiendo el canon establecido en una especie de menú del que tomar aquello que les interese, evitando a su vez convertirse en meras especias del menú de esa tradición establecida.
Un enfoque ecocrítico me guiará para entender cómo las periferias desconectan las viejas conexiones centro-periferia para restablecer otras a todos los niveles, nuevas conexiones que borran las distinciones entre naturaleza/cultura, masculino/femenino, humano/no humano, etc. El giro ecocrítico en el contexto peninsular ha desbordado ya los límites del mundo académico, y la conciencia ecológica de la sociedad española y portuguesa es cada vez mayor. Katarzyna Olga Beilin, en sus conclusiones a In Search of an Alternative Biopolitics (2015), un libro que lidia con la actualidad del fenómeno taurino en España así como con las respuestas a la crisis ecológica en la cultura española reciente, subraya con complacido asombro que la conciencia ecológica de los españoles ha alcanzado un punto de madurez tal que tiene sentido hacerse la pregunta: ¿Fue obligado el rey Juan Carlos a abdicar por culpa de un animal? (262), haciéndose eco del escándalo surgido cuando se supo que el rey Juan Carlos I dedicaba sus ocios a cazar elefantes en Botswana, tras lo cual pidió públicas disculpas, primero, y acabó por abdicar. No únicamente como consecuencia del asunto del elefante, ciertamente; pero de algún modo, entre el rey y el elefante, la balanza de la opinión pública se inclinó del lado del elefante, afirma ella. La propia Katarzyna Beilin ha editado junto a William Viestenz el volumen colectivo Ethics of Life. Contemporary Iberian Debates, que es un ejemplo perfecto de cómo la ecocrítica es una herramienta fundamental para desentrañar los mecanismos de algunos asuntos fundamentales de las sociedades ibéricas contemporáneas, desde el desastre ecológico del navío Prestige a la concepción de España como destino turístico durante la etapa final del franquismo.
Este libro cuestiona dos asunciones predominantes. Por un lado, la asunción de que las literaturas periféricas no son más que imitaciones de las literaturas nacionales, y siguen sus mismos paradigmas a una escala más reducida y con logros menores cuyo valor únicamente es significativo en su propio contexto. Por ello hablaré de literaturas periféricas y no de literaturas menores en el sentido que Deleuze y Guattari dan a ese término2. Argumentaré que dichas literaturas crean un nuevo paradigma de relaciones e influencias entre tradiciones diversas, creando una nueva y abundante variedad de sistemas de relaciones y reconceptualizando el espacio ibérico a varios niveles, repensando tanto su geografía cultural como los paisajes simbólicos y sentimentales.
En segundo lugar, cuestionaré la asunción de que existe un centro centrífugo hacia el que todo movimiento cultural tiende a referirse y al que se dirige. Según esta visión, la literatura castellana sirve a las literaturas periféricas como mediadora con el canon occidental y su tradición filosófica y literaria. Argumentaré que las literaturas ibéricas periféricas no sólo rechazan este movimiento centrífugo hacia el corazón de la cultura europea, sino también que se establecen a sí mismas como nuevos centros interconectados de producción cultural no dependientes, sino interdependientes, transformando la periferia en un lugar privilegiado para la renovación y la formulación de nuevas propuestas políticas y culturales y tendencias estéticas, provocando un cambio de dirección en el flujo de relaciones con el centro: de la dependencia a la influencia.
El objetivo de mi investigación es redibujar el mapa de relaciones entre las diferentes literaturas de la península ibérica. Un mapa que en la visión castellanocéntrica se parece más al mapa de la red nacional de ferrocarriles españoles, que obliga a que casi cualquier desplazamiento entre zonas alejadas de la Península pase por Madrid. Una vez redibujado dicho mapa, las periferias no dejan de estar conectadas con ese centro, pero no están peor comunicadas entre sí de lo que lo están con dicho centro.
En este libro considero en primer lugar cómo la emancipación de las literaturas periféricas tiene como consecuencia una nueva concepción tanto del espacio como de las relaciones espaciales en el contexto ibérico. Me centro en diferentes obras de escritores contemporáneos en diferentes lenguas peninsulares: el autor leonés Julio Llamazares (1955), el novelista vasco Íñigo Aranbarri (1963), el escritor asturiano Xuan Bello (1965), el autor portugués Valter Hugo Mãe (1971) y la poeta gallega Olga Novo (1975).
La pregunta que guía mi investigación es: ¿Consiguen las literaturas periféricas reconfigurar la percepción del espacio ibérico tradicionalmente construido desde el canon castellano?, y, como consecuencia, ¿cómo afecta esto no sólo a la ideología subyacente a los textos literarios, sino también a la configuración de los propios géneros literarios, y, a su vez, al funcionamiento del sistema literario? Los autores cuyo trabajo examinaré se definen a sí mismos como escritores en los márgenes conectados a una tradición universal. Sin embargo, esa tradición universal no es ya un canon fijado anticipadamente desde el centro; más bien se convierte, en su escritura, en un menú a la carta. Elaboran lo que Michel Foucault define como una genealogía; una combinación entre el conocimiento erudito y el saber popular. En palabras de Foucault, una genealogía es una insurrección de saberes contra los efectos centralizadores ligados a la institucionalización y los métodos de cualquier discurso científico organizado en una sociedad como la nuestra (9). La insurrección de las literaturas periféricas y su consecuente emancipación supone un cuestionamiento del canon occidental armado con criterios supuestamente objetivos, y aspira no tanto a eliminarlo como a reformularlo de una forma más abierta, renunciando a cualquier pretensión de objetividad y afirmando el poder renovador de la múltiple subjetividad. Una identidad vista, pues, no de una forma supuestamente objetiva impuesta por un centro, sino acordada por visiones subjetivas negociadas.
Mi hipótesis es que mientras que Llamazares y Aranbarri intentan reconstruir la memoria perdida de las periferias en sus novelas (que consideraré parte de un subgénero que denominaré «novelas del pantano», dado que ambas tratan el asunto de las aldeas sumergidas como consecuencia de la construcción de presas), Xuan Bello y Olga Novo rediseñan el mapa del espacio ibérico mediante el establecimiento de nuevos centros simbólicos y nuevas redes de relaciones. Valter Hugo Mãe, por su parte, propone en sus novelas una nueva relación entre periferias que evita la mediación del centro.
En el primer capítulo examino lo que llamo la «novela del pantano». Me centro en Zulo bat uretan (Cavando el agua, 2011), de Íñigo Aranbarri, y Distintas formas de mirar el agua (2015) de Julio Llamazares, para examinar cómo construyen lo que Evodio Escalante, escribiendo acerca de Pedro Páramo de Juan Rulfo, llama una «comunidad arqueológica» (678). En estas novelas, el paisaje perdido de las aldeas sumergidas como consecuencia de la construcción de embalses se convierte en una geografía fantasmagórica que funciona como una imagen superpuesta al presente. En estos textos, la memoria del pasado rural afecta de forma directa a las percepciones del presente, recordando que no hay futuro (modernidad) posible sin recordar el pasado (lo rural, la tradición propia de la periferia). Mi acercamiento a las «novelas del pantano» será esencialmente biopolítico. Giorgio Agamben señala en Homo Sacer cómo la ordenación del espacio es, ya desde Schmitt, un elemento constitutivo del nomos soberano. No es que la vida de los desplazados por la construcción de los embalses no merezca ser vivida, pero sí que no merece ser vivida «aquí». Sus vidas son vidas «disponibles», en el sentido de que sus derechos no son eliminados, pero sí alterados, transplantados. Las aldeas en las que vivían son anegadas mientras sus habitantes son trasladados a otras de nueva planta, con viviendas de aspecto uniforme y «racional». Si en el capítulo séptimo de Homo Sacer Agamben señala el campo de concentración como nuevo paradigma biopolítico occidental que viene a sustituir a la ciudad como espacio concebido para representar el estado de excepción, pocos locativos ejemplifican mejor ese cambio de paradigma que las aldeas artificiales, impersonales, construidas para albergar a los desplazados por la construcción de los embalses. Los desplazados son sacrificados en pro del bien común, como si alguien en otro lugar del mundo hubiera hecho sonar la campanilla del relato de Eça de Queirós «O mandarim» y al hacerlo se hubiera quedado con todas sus posesiones.
En el segundo capítulo analizo cómo Xuan Bello redibuja por completo el mapa de las relaciones en el espacio ibérico en su libro Hestoria Universal de Paniceiros (2002). Bello lleva a cabo una reconstrucción mítica de la memoria de su aldea, Paniceiros, a la que resitúa en el centro de un mapa en el que encontramos otros lugares como Coimbra, Irlanda o Madrid y que recuerda a los mapas árabes medievales que daban prioridad a la representación de las relaciones de poder antes que a la exactitud de la localización geográfica. Para estudiar el libro de Bello dialogaré con nociones de Edward W. Soja, quien subraya las connotaciones políticas de toda concepción espacial. En este capítulo analizo además cómo la propia obra poética de Xuan Bello es un buen ejemplo de cómo llevar a la práctica ese nuevo mapa que dibuja, asumiendo influencias que vienen sobre todo de las otras periferias peninsulares (como los poetas portugueses Eugénio de Andrade, Jorge de Sena o Rui Cinnatti, el gallego Celso Emilio Ferreiro o el vaso Gabriel Aresti) sin renunciar por ello a asumir, por ejemplo, el legado de la poesía inglesa del siglo XX, a la vez que revaloriza la herencia de la propia tradición de la poesía asturiana. En concreto, analizo cómo su reescritura de un cierto tipo de canción popular asturiana, la tonada, cantada desde el punto de vista del pastor, le sirve para dar una vuelta al viejo tópico de la égloga en su poema «El Picu Mulleirosu», convirtiéndolo en lo que llamaré una «anti-égloga» que aleja al género de tópicos vergeles con flautín y xiringa para devolverlo al espacio natural (más duro y con connotaciones bien distintas) del pastor real, poco parecido a los Salicios y Nemorosos renacentistas.
En el tercer capítulo analizo el modo en que la poesía de Olga Novo rompe las separaciones entre la naturaleza y la cultura, lo masculino y lo femenino, el centro y la periferia. En estas páginas examino cómo las nuevas perspectivas brindadas por la ecocrítica pueden ayudar a entender las formas en que poetas como Olga Novo subvierten las miradas tradicionales sobre lo rural y los espacios periféricos, a menudo en conexión con una reevaluación de la subjetividad femenina. Recurriré a las cinco dimensiones de la conexión espacial señaladas por Lawrence Buell para subrayar cómo la poesía de Novo, mediante la combinación de esas dimensiones, descree a la vez de centro y periferia, creando una conciencia totalizadora del espacio y quienes lo habitan que relaciona sin jerarquizar.
En el cuarto capítulo explico cómo las novelas de Valter Hugo Mãe proponen una nueva gama de relaciones entre periferias evitando la mediación del centro. Mãe sitúa Islandia como ejemplo último de independencia cultural. Mostraré, centrándome en ejemplos recientes de la historia de Portugal e Islandia (especialmente los relacionados con la gestión de la última gran crisis económica y el modo muy diferente en que fue abordada por ambos países, optando por una arriesgada independencia en el caso de Islandia, asumiendo el control económico de sus finanzas por la Unión Europea y el FMI, en el caso de Portugal) cómo esta propuesta de Mãe no es en absoluto inocente desde un punto de vista geopolítico. Argumentaré, siguiendo a Roberto M. Dainotto en su esfuerzo por teorizar el lugar de los países del Sur en el contexto global, que Mãe sugiere la creación de nuevas zonas de contacto móviles en las que explorar la relación entre periferias como forma de evitar una modernización vista como simple subalternización. Me basaré en la concepción hegeliana de Europa como movimiento, y no como territorio, vista según Rodolphe Gasché, y, en el mismo sentido, en el contraste que Ulrich Beck y Edgar Grande subrayan entre Europa vs. Europeización3.
Lo que une a los autores que estudiaré, además de su firme intención de ver el espacio ibérico desde una perspectiva propia y no dependiente de la visión impuesta desde el centro castellanohablante, es la revalorización de lo rural como epítome de lo que está en el margen y se expresa de un modo distinto, propio y autónomo, a la vez que trans-regional: todo lo que les separa del centro les une entre ellos.
La teoría de la política del espacio de Lefebvre es de gran ayuda para desvelar las consecuencias políticas de la producción espacial. Lefebvre desarrolla un esquema tripartito del espacio. Distingue entre prácticas espaciales, representaciones del espacio y espacios representados. Las prácticas espaciales (es decir, los usos del espacio) secretan el espacio social: un espacio que no es únicamente paisaje sino la suma de las reglas y el criterio de interpretación que lo regulan. Según esta concepción, las representaciones del espacio están fuertemente ligadas a las relaciones de producción. Las representaciones del espacio son el dominio de los dibujantes de planos y mapas. Los espacios representados son los espacios directamente vividos a través de sus símbolos e imágenes relacionadas; éste es el espacio de los habitantes o usuarios del espacio, así como el espacio de los artistas que se limitan a describir dichos espacios sin aspirar a ninguna otra cosa más allá de describirlos. Los espacios representados, según la concepción de Lefebvre, dan lugar a lo que él llama el espacio abstracto (el espacio dominante, generado por la autoridad) mientras que los espacios generados en los márgenes, que enfatizan su diferencia, reciben el nombre de espacios diferenciales. En otras palabras, ningún espacio es inocente: cada concepción del espacio está formada por una determinada ideología. El espacio no es algo anterior a nuestro uso de él: es performativo, y su representación está guiada por esa ideología.
En El espacio público como ideología, Manuel Delgado analiza las diferentes capas de ese espacio abstracto. Aunque no menciona a Lefevbre, su entendimiento del idealismo del espacio público, ese «plácido complemento de las operaciones urbanas» (10) concebido como «la realización de un valor ideológico» (10) coincide con el espacio abstracto de Lefebvre. Delgado añade una nueva perspectiva. En los márgenes de dicho espacio podemos encontrar no sólo a aquellos que han decidido construir un espacio diferencial alternativo, sino también a quienes no comparten los modelos de la clase media, la clase que ocupa el centro de las ciudades y, como consecuencia, los más importantes espacios públicos. Todo aquello –y todos aquellos– rechazados por quien ostenta la autoridad acaban juntos y revueltos fuera del espacio público con la común etiqueta de la marginalidad. La marginalidad, al mismo tiempo, se convierte en el espacio ideal para la creación de espacios diferenciales. Si el espacio público es, tal y como sugiere Delgado, el lugar de lo normal, ordinario, común y típico (49) entonces el espacio marginal, la periferia, se convierte en el lugar de lo inusual, lo raro, lo extraño, lo anormal. De nuevo, éste es el espacio perfecto para la creación de espacios diferenciales: el lugar ideal para la experimentación y la invención. Es en el gueto, según sugiere Delgado, donde crece la semilla de la independencia (102).
D. Fairchild Ruggles secuencia las dimensiones del significado social del espacio del siguiente modo: en primer lugar, reclamar; en segundo lugar, legitimar; y, por fin, habitar. Esta concepción en tres pasos resulta especialmente útil para analizar cómo las literaturas no castellanas ocupan su porción del espacio abstracto de la literatura ibérica para reclamar su propia centralidad, legitimar su propia visión y conceptualización del espacio tal y como se ve desde su propia perspectiva y habitar ese espacio mediante la construcción de una nueva tradición a la vez que un nuevo árbol (o rizoma) genealógico. Como veremos en el caso de Xuan Bello, los mapas tienen una función esencial en este proceso. Redibujar el mapa es el primer paso para reclamar y legitimar un espacio que pueda ser después habitado conscientemente.
Dignificar y reimaginar lo rural es uno de los puntos de partida de la emancipación de las literaturas periféricas. Asumir la naturaleza rural de sociedades periféricas como la gallega o la asturiana significa renunciar a ser modernos de un modo urbano, esto es: renunciar a ser absorbidos por el movimiento centrífugo de la modernidad. Asumir su naturaleza rural es lo que convierte a las literaturas periféricas en Sujetos Imprevistos. Lo que se espera de ellas es que quieran ser «modernas», imitando los modelos prestigiosos de la cultura dominante. Sin embargo, estas literaturas no quieren ser modernas por medio de la imitación; están orgullosas de su ser rural, y lo asumen como punto de partida de su propia modernidad, de su propia autoconsciencia. Se trata de su proyecto emancipador, por usar el término de García Canclini. También su proyecto expansivo: el componente rural de las literaturas periféricas es la primera conexión que se establece entre ellas. Es también lo que las liga a la literatura portuguesa, a la vez central en su propio sistema pero periférica en el contexto ibérico. «Lo mejor de Portugal todavía huele a establo» (citado por Medina), afirmó el poeta portugués Eugénio de Andrade renovando el aserto de Teixeira de Pascoaes: «Desde Viriato, o Pegureiro, a Lusitânia cheira a estábulo» (132).
Fernando Molina y Antonio Miguez Macho anclan la idealización del campesino a finales del siglo XIX, coincidiendo que el surgimiento de los nuevos estados liberales. Según ellos, el campesino era imaginado como el puro y ancestral guardián de las virtudes de la nación (687). El campesino se convierte así en una figura emblemática de las nuevas naciones. Por usar una metáfora, se llevaron el santo grial de la nación al campo (688). Recurriendo a los ejemplos del País Vasco (689) y Galicia (692), Molina y Miguez revisan cómo los nacionalismos periféricos usaron el campo de forma simbólica de una manera muy similar a como lo hizo el franquismo en lo que denoniman el giro rural fascista (693), subrayando en su conclusión esta llamativa afinidad entre el nacionalismo español de raíz franquista y los nacionalismos periféricos de raíz izquierdista.
El argumento de Molina y Minguez Macho sigue en lo esencial el trazado por Ernest Gellner en su libro Nations and Nationalism (publicado en 1983, el mismo año de las Imagined Communities de Benedict Anderson y The Invention of the Tradition de Hobsbawm), en donde Gellner argumenta que la idea de nación representa la transformación radical de la cultura tradicional en las sociedades agrarias, suponiendo la imposición de una cultura letrada a una sociedad básicamente oral, sustituyendo al campesinado «real» por otro idealizado como «esencia» de la nación. Si bien este paralelo es pertinente y, en cierto modo, evidente, es igualmente necesario distinguir toda una serie de matices, y subrayar que aquí hablamos de un enfoque de lo rural que tiene poco que ver con la idealización del campesinado y que busca precisamente lo contrario: reivindicar su experiencia real, con sus trabajos y sus días, frente a la idealización de los nacionalismos urbanos, ya sean centralistas o periféricos.
El elemento rural es esencial en la literatura asturiana, en autores como Xuan Bello, Berta Piñán, Antón García o Pablo Antón Marín Estrada. Su conexión con la literatura portuguesa es un lugar común entre los críticos. La obra de poetas gallegos como Miguel Anxo Fernán-Bello, Lupe Gómez u Olga Novo redibuja las concepciones literarias de lo rural. La poesía vasca está aún «anclada a un ruralismo distante», en palabras del crítico Jon Kortazar (24). El acercamiento de Margalida Pons a la obra del poeta mallorquín Damià Hughet subraya su concepción de lo rural como protesta y escritura contracultural. Pons reelabora la famosa pregunta de Spivak para preguntarse: «Can the rural speak?» (112). Pons subraya la capacidad de lo rural hoy para transformarse en vehículo e instrumento de experimentación estética (114). Una vez emancipadas, las periferias rurales se convierten en lugares privilegiados para la experimentación y la novedad. Una novedad que puede provenir tanto de las genealogías que los autores que estudiaré en este libro elaboran creando sus propias recetas de mezcla entre elementos de la tradición universal y sus propias tradiciones, a menudo más relacionadas con la cultura oral e incluso la canción popular, como estudiaré en el caso de Xuan Bello.
El campo es igualmente un protagonista cada vez más habitual de la novela castellana contemporánea. Novelas como Intemperie (2013) o La tierra que pisamos (2016) del extremeño Jesús Carrasco, Es un decir (2014) de la barcelonesa Jenn Díaz, Lobisón (2012) del murciano Ginés Sánchez, Por si se va la luz (2013) de la sevillana Lara Moreno, Meteoro (2015) de Mireya Hernández, El bosque es grande y profundo (2014) de Manuel Darriba, o Las inviernas (2014) de Cristina Sánchez-Andrade son sólo algunos ejemplos recientes de novelas que se acercan al campo español siguiendo el ejemplo fecundo de Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite, Camilo José Cela o Julio Llamazares.
La Cultura de la Transición o CT (denominación acuñada por Guillem Martínez, 12) funciona como un dispositivo en el sentido foucaltiano del término: un conjunto heterogéneo que implica discursos, instituciones, decisiones regulatorias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales y filantrópicas, tanto lo que se dice como lo que no se dice (1994: 299-300)4. Giorgio Agamben lo resume como un conjunto de prácticas y mecanismos (a la vez lingüísticos y no lingüísticos, jurídicos, técnicos y militares) que tienen como objetivo hacer frente a una urgencia y lograr un efecto más o menos inmediato (2006: 14). Ese dispositivo, puesto en marcha con la restauración democrática, es para Martínez «el paradigma cultural hegemónico en España desde hace más de tres décadas» (12). Para Martínez estos años se caracterizan por la existencia de un tapón cultural que habría provocado que novelas, canciones, discursos, poemas… estén «absolutamente pautados y previstos» (12). El llamado «espíritu de la transición» gracias al cual se habrían superado las divisiones cainitas entre las dos Españas no sería, así visto, el resultado de un acuerdo sino un pacto de silencio. Los dos bandos habrían decidido no involucrarse en política, en un gesto que Martínez llama «la desactivación de la cultura» (15). Una desactivación que habría incluido actuaciones coercitivas durante los primeros años de la transición, como el consejo de guerra al grupo teatral Els Joglars en 1978 por un presunto delito de injurias al Ejército o el hecho de que la directora de cine Pilar Miró fuera sometida a un proceso militar tras rodar su película El Crimen de Cuenca (1979), pero también «sobornos» pecuniarios para incorporar a los díscolos al redil, como la concesión del premio Planeta de novela sucesivamente a Jorge Semprún, Juan Marsé y Manuel Vázquez Montalbán, un exiliado ex dirigente del Partido Comunista y dos intelectuales de izquierdas, «dándose así el mensaje de que la reconciliación de las letras nacionales está ya en marcha» (Luisa Elena Delgado, 115). Martínez resume así el acuerdo: «la cultura no se mete en política –salvo para darle la razón al Estado– y el Estado no se mete en cultura –salvo para subvencionarla, premiarla o darle honores» (16). El resultado sería una continuidad cultural sin apenas cesura tras la muerte del dictador5, continuidad basada, según Amador Fernández-Savater, en la derrota de los movimientos radicales de los setenta (movimiento obrero autónomo, contracultura, etc.) (37). Una continuidad sustentada en una cultura «consensual […], desproblematizadora, […] despolitizadora» (Fernández-Savater, 38) o incluso «aproblemática» (Isidro López, 77) en la que incluso los grupos de punk y rock radical canalizan sus ganancias a través de los circuitos oficiales (García Aristegui, 109). Todo guiado por una obsesión común a la derecha y a la izquierda: la «cohesión».
Naturalmente, ciertas prácticas escapan a este dispositivo, pero permanecen en segundo plano y no alcanzan (con tan notables como contadas excepciones) a formar parte del relato oficial. Germán Labrador alude a la necesidad de un «tercer relato» que recupere las historias personales y colectivas ocultas primero por el relato oficial de la Transición y, ahora, en su opinión, por el de la CT, pues en los años setenta, recuerda, también hubo ocupaciones y deshaucios, huelgas salvajes y grupos ecologistas. «Este tercer relato», afirma, «recuerda que las gentes no esperaron a que les regalasen la democracia, sino que hicieron democracia de modo continuo, lento, transversal, suprapartidista» (2015: 46). En ese relato, tal y como afirma Labrador, estarían las raíces de una alternativa futura, y además perfilaría los matices entre la visión oficial de la Transición y la de los críticos con la CT. La visión de Labrador, pese a ser en exceso dual (no todos quienes a día de hoy formarían parte de ese relato oficial dejaron de hacer democracia; su visión es demasiado simplista) abre el campo a buscar miradas alternativas.
Si bien la producción cultural en las lenguas cooficiales es casi siempre ignorada por el sistema literario español, los nacionalismos periféricos no lo son en absoluto, y se han convertido en el enemigo por excelencia del nacionalismo español, presentados como «irracionales, intransigentes, insaciables en sus peticiones y empeñados en impedir el disfrute pleno de la nueva plenitud nacional» (Delgado, 20). Si bien se permite que dentro de cada comunidad autónoma se cultive la singularidad cultural, dicha práctica nunca debe estar reñida con el ideal de una España vertebrada y unida basada (aunque nunca se citen) en los principios de la Falange Española: unos principios que afirman España como una «unidad de destino en lo universal» y señalan con rotundidad que «Nada puede justificar que esa magnífica unidad, creadora de un mundo, se rompa» (Díaz-Plaja, 238-243). La soberanía nacional se presenta como garante de las instituciones democráticas (sin la una no existiría la otra) y el «diálogo», término repetido hasta la saciedad, no es visto como forma de llegar a acuerdos, sino como base de un pacto que silencie la diferencia. «Debemos dejar de lado los esfuerzos para diferenciarnos, optemos por el diálogo y el acuerdo», declaró el presidente Mariano Rajoy en octubre de 2016, aunque sería posible citar infinitas variaciones de dicho aserto. La «normalidad democrática» parece excluir, pues, la diferencia (Delgado, 31).
Los nacionalismos periféricos son el primer enemigo de esa cultura consensuada y con afán cosmopolita. «En realidad», resume Luisa Elena Delgado, «cada vez que hay una circunstancia grave en la vida política española, de una forma u otra, se inscribe en la lógica del conflicto entre el centro y las periferias» (90). En lo estrictamente literario, la incorporación de las literaturas en las lenguas cooficiales al sistema literario español se rige por tres estrategias: la sospecha, el borrado de la denominación de origen y la presencia testimonial. Cada vez que una obra escrita en una lengua distinta del castellano ha ganado un Premio Nacional de literatura las noticias de los medios se han centrado más en la integridad de un jurado en su mayoría incapaz de leer la obra en su lengua original (ocurrió así con los premios nacionales al gallego Alfredo Conde y al vasco Unai Elorriaga, por ejemplo) que a la calidad de la novela o a la justicia del resultado, una justicia bajo sospecha desde el momento en que un premio se concede a una obra no escrita en castellano.
