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Pesadillas en el éxtasis es una colección de trece historias fascinantes y magnéticas que se mueven entre el erotismo y el terror. Si eres fan de David Cronenberg, de Junji Ito o de Clive Barker, estas pesadillas son para ti. «Brendan Vidito es el hijo bastardo de Clive Barker» – Jack Bantry «Una nueva voz única y perturbadora» – Wrath James White «Una lectura explosiva que resulta altamente peligrosa» – Eric Larocca
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Seitenzahl: 226
Veröffentlichungsjahr: 2024
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PESADILLAS EN EL ÉXTASIS
BRENDAN VIDITO
Título: Pesadillas en el Éxtasis
©del texto: Brendan Vidito 2018
©de esta edición: Roberto Carrasco Calvente
Edición y traducción: Roberto Carrasco Calvente
Ilustración de cubierta: Suspiria Vilchez
Corrección: Cristóbal Olmedo
Publicado por Dimensiones Ocultas
ISBN: 978-84-128210-8-6
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento de autorización previa del titular del Copyright.
ÍNDICE
ANDRÓGINO
FUCK SHOCK O EL SÍNDROME POSTPOLVAZO
LAS AGUAS NEGRAS DE BABILONIA
PORNO VINTAGE
LA NOVIA PLACENTA
MIRANDA
RELACIONES DE REBOTE
AMOR INCONDICIONAL
UNA CANCIÓN PEGADIZA
EL ORINAL HUMANO
LA ENTREVISTA
JUGUETES SEXUALES
ESTE ES TU FESTÍN
AGRADECIMIENTOS
ANDRÓGINO
Haden y Daphne entraron en la habitación del motel y dejaron su equipaje en el suelo. El lugar estaba preñado de una oscuridad con olor a septicemia. Las cortinas estaban echadas y la alfombra parecía un hongo del color de la carne en mal estado. Había dos camas dobles y un largo tocador, decorado con gruesas y amarillentas velas; Haden reconoció lo que era: un altar de sacrificios.
Daphne inhaló con respiración temblorosa. Se dirigió hacia la cama más cercana. Haden ordenó a sus piernas que se movieran. Se sentaron como uno solo: estaban fusionados por la cadera. El flanco pálido de Haden se mezclaba con la piel olivácea de Daphne, juntándose para formar un único tono. Sus ropas habían sido confeccionadas especialmente para acomodar su cuerpo unido.
No siempre habían sido así. La unificación comenzó poco después de su primer aniversario. Por aquel entonces, Haden y Daphne estaban juntos las veinticuatro horas del día. Volviendo del cine, un sábado por la noche, la pareja se vio invadida por un lujurioso deseo del uno por la carne del otro. Encontraron una rotonda aislada, bordeada por un bosque tan espeso que parecía un muro de pura oscuridad. Se cambiaron al asiento trasero del coche, ensuciando la tapicería con los zapatos, y entrelazaron sus cuerpos. Daphne se levantó la falda y se hizo un agujero en las medias por la entrepierna. Haden se bajó los pantalones hasta las rodillas. Le apartó las bragas hacia un lado y la penetró. El olor a coño era como un opiáceo, que le despejaba la cabeza y le provocaba un hambre feroz. Follaron apasionadamente mientras la luz de la luna que entraba por la ventanilla —perfilando sus cuerpos con delicadas pinceladas de blanco y plata— hacía que el sudor y el semen que brillaban en su piel semejaran gotas de un veneno mortífero y mercurial. A cada embestida, parecían convertirse en un solo organismo que se retorcía en un espasmo abrumador.
Cuando Haden hubo terminado, yacieron juntos, impregnados por la caliente humedad del sexo. Entonces, Daphne soltó un grito de dolor y sorpresa. Miró hacia abajo, donde sus caderas descansaban una al lado de la otra. Un pálido gancho cartilaginoso había surgido de la piel de Haden y trataba de perforar la suya. Los músculos de la cadera de su amante se agitaban y se hinchaban, empujando el gancho más profundamente en ella. Ella luchó brevemente, presa de un ataque de pánico, y entonces Haden le puso la mano en la mejilla. Daphne se calmó casi al instante. «No pasa nada, nena. Esto es lo que queremos». Ella asintió, sonriendo. El anzuelo se hundió más aún, con un sonido carnoso y húmedo. «Te quiero», susurró ella. Él le dijo que también la quería. Sus labios se apretaron mientras el anzuelo se iba colocando en su sitio con un movimiento espástico, que les recordó a ambos a un insecto. Durante los meses siguientes, su carne se fue adhiriendo alrededor del anzuelo, fundiéndose en uno solo.
Pero ahora, en aquella habitación de aquel motel, Haden dijo:
—Cuanto antes lo hagamos, más fácil será para los dos.
Fue a levantarse, pero Daphne no se movía. La miró y su mente dejó abruptamente de reconocer la realidad como una secuencia fluida de acontecimientos. En su lugar, los movimientos de Daphne se ralentizaron, constituyendo una serie de naturalezas muertas. Los mechones sueltos de su cabello castaño estaban pegados a su pecosa frente. Sus labios estaban ligeramente separados, mostrando el blanco de sus dientes, arreglados casi a la perfección por una temporada de dos años de ortodoncia. Sus ojos miraban hacia el altar, y el delicado rizo de sus pestañas enmarcaba unos ojos iridiscentes y salpicados de varias tonalidades de azul, como un océano vivo. Una vez que Haden captó todos los detalles imaginables, la naturaleza muerta volvió a ponerse en movimiento. «¿Por qué hemos llegado hasta este punto? —pensó—. ¿Por qué no podemos amarnos?».
—¿Estás lista, Daphne? —Ella no lo miraba—. Las cosas están en la bolsa roja.
Se levantaron juntos y caminaron hacia la puerta, donde habían dejado las maletas. Después de dos años de estar unidos, el movimiento compartido era natural, sin esfuerzo. Se agacharon. Haden levantó la bolsa roja del suelo y volvieron a sentarse. En su interior se amontonaban desordenadamente los objetos de su relación: los osos de peluche que cosieron para que se parecieran el uno al otro, álbumes de fotos, entradas para conciertos y películas, cartas de amor, esposas, joyas y juguetes sexuales.
Se acercaron al altar y colocaron cada objeto con reverencia sobre la superficie de madera inacabada. Cuando la bolsa estuvo vacía, Daphne dudó y apretó los dedos como si intentara reparar un objeto invisible. Luego lanzó un suspiro que le vació los pulmones y se quitó el anillo de compromiso del dedo anular derecho. Haden observó en silencio cómo lo colocaba entre los demás artefactos. Chocó con la madera con un golpe sordo e intrascendente.
Haden abrió el bolsillo lateral del petate y sacó una caja de cerillas y un cúter.
—¿Para qué es eso? —preguntó Daphne, señalando el cúter sorprendida.
—El conservador dijo que podríamos necesitarlo. —Encendió una cerilla y con ella cada una de las cinco velas.
—¿Algo más que haya dicho el conservador que quieras compartir conmigo? —le preguntó con rintintín.
Había hablado con cada uno de ellos por separado antes de darles la llave de su habitación.
—Eso es todo. ¿A ti, qué te ha dicho?
Daphne dudó.
—Que este lugar está embrujado, pero no de la forma en que fuimos condicionados a entender.
Haden sacudió la cabeza, desconcertado.
—Lo que sea que signifique eso.
Volvieron a sentarse en la cama, conscientes al mismo tiempo del siguiente paso del ritual: tenían que repetir el acto de unión que conectó sus cuerpos la primera vez. Haden llevó su mano a la parte baja de la espalda de Daphne; utilizó la otra para acercar su cuerpo hacia él, mientras se inclinaba para besarla. Ella se mostró reacia al principio, con los labios rígidos e insensibles, pero, cuanto más insistía Haden en sus afectos, más dispuesta se mostraba. Sus labios se abrieron para él, y la rosada lengua de ella se introdujo en su boca, húmeda y resbaladiza. Haden la envolvió en sus brazos y juntos se hundieron en el colchón. Sus labios se dirigieron a la barbilla de ella, rozando el surco bajo la mandíbula, hasta llegar al cuello, donde succionó suavemente su piel irritada. Sintió el estruendo de las cuerdas vocales de Daphne contra su boca.
—¿Cuánto tiempo más tenemos que hacer esto? —dijo ella.
Haden la miró a los ojos, vio dolor allí, y contestó:
—No lo sé. —Sabía que aquella respuesta no era satisfactoria. La implicación de las palabras de Daphne le golpeó como un puñal. Sin lugar a dudas, toda la situación estaba resultando una tortura. Habían ido hasta aquel cuchitril para romper, para separarse el uno del otro, pero el ritual parecía la broma de una mente enferma: poner todas sus mierdas, como si fueran parte de una exposición, y convocar sus últimos restos de pasión en un cruel acto de ceremonia.
Agarró con fuerza la garganta de Daphne mientras presionaba su boca contra la de ella, asfixiándola, con su lengua empujando profundamente. Sus labios temblaban contra los de él. Una lágrima se le escapó por el rabillo del ojo y se le deslizó por el pómulo. Ese beso tenía todo el dolor y la finalidad de un beso de despedida.
Tiró del vestido por encima de la cabeza de Daphne, le apretó los pechos y cerró la boca en torno a cada uno de sus pezones hasta que estos se fueron inflando y se pusieron erectos. Daphne forcejeó frenéticamente con el dobladillo de la camiseta de Haden hasta que él perdió la paciencia, se la arrancó y la tiró al suelo.
Una vez tumbados, completamente desnudos, con los cuerpos cubiertos tan solo por el sudor de todo un día, Haden sintió el calor de Daphne envolviéndole. Suspiró como un hombre que se mete en una bañera de agua caliente. Se saborearon mutuamente, la sal en la piel, el tenue gusto del semen y la cálida amargura de la lubricación vaginal. Sus fluidos se mezclaron en un singular brebaje y bebieron profundamente como definitivo acto de comunión. El último festín dispuesto en una mesa de carne húmeda, copas ribeteadas con esmalte, o con tejido de labios vaginales, y pan lambido por lenguas instigadoras.
Cuando terminó, Daphne se puso de lado, de espalda a Haden, y empezó a llorar. El puente de carne que los unía era lo suficientemente flexible como para permitir un mínimo de movimiento libre.
—¿Estamos seguros de que esto es lo que queremos?
Haden apretó su cuerpo contra la espalda de ella, agarrando su estómago desde atrás.
—Es lo que necesitamos. No estamos contentos. No somos felices desde hace tiempo.
—Odio esto.
—Ven aquí —dijo Haden, ofreciéndole la mano—. Vamos a despejarnos.
Se acercaron al lado de la cama y se sentaron allí por un momento. Daphne se limpió las lágrimas, que trazaban surcos de rímel por sus mejillas, antes de levantarse.
Dentro del cuarto de baño, el olor a fosa séptica era casi insoportable.
—Creo que viene de debajo del lavabo —dijo Haden. Se agachó, sintiendo un tirón cuando Daphne se negó a seguirle; tiró de ella por el brazo y abrió de golpe la puerta del armarito. El hedor casi los hizo caer de bruces.
En cuclillas, bajo el vientre oxidado del lavabo, había un animal de piel negra y aceitosa. Parecía un animal atropellado, con la forma de una rana toro, que se iba estrechando y palideciendo hasta tomar la forma de algo parecido a una larva. La cara que sonreía a Daphne y Haden estaba llena de dientes como las agujas dobladas de las jeringuillas que usan los heroinómanos.
—¿Qué coño es eso? —dijo Haden.
—El catalizador.
—¿Qué? —Haden terminó de estallar—. ¡A ti el conservador te ha dicho más cosas que a mí!
El animal hizo un ruido a medio camino entre un chillido y un graznido y vomitó un chorro de bilis amarilla sobre la pareja. En cuanto les rozó la piel, esta empezó a sisear y a burbujear. Haden chilló y se restregó el ácido que chisporroteaba junto a su ojo izquierdo. Daphne emitió un gemido grave y se limpió los grumos de entre los pechos y de la garganta. La fuerza con la que forcejeaban hizo que la pareja cayera al suelo. El animal tuvo una arcada, expulsando otra oleada de vómito, que salpicó justo en el lugar donde sus cuerpos estaban conectados. Así fue como ocurrió. La separación había comenzado.
—Joder, ¿qué hacemos ahora? —dijo Daphne. Las palabras salieron en un único y jadeante aliento.
—Deja que arda.
El dolor era insoportable. La más mínima corriente de aire parecía un latigazo contra la carne corroída. El ácido fue atravesando las venas y el músculo, mientras la espuma alrededor de la herida se tornaba de color carmín. Se escurrió lentamente y goteó en el suelo con un débil silbido. Ya había derretido la mitad de aquel puente de carne, cuando llegó al gancho que unía a Haden con Daphne. En cuanto la primera gota tocó el gancho, algo se despertó dentro de Haden y su cuerpo se rebeló.
Gritó cuando un segundo gancho le atravesó el hombro y se abalanzó sobre Daphne. Esta se apartó de un tirón, el gancho nuevo le hizo un profundo corte en la cresta de la clavícula; se retiró durante unos segundos y volvió a atacar. Haden lo agarró antes de que pudiera dar otro latigazo y empezó a tirar. Podía sentir la molestia del tirón incluso en el pecho. Entonces hubo un estallido, seguido de un chorro de sangre y linfa. El tendón salió deslizándose como una serpiente muerta. Haden lo lanzó hacia el fondo de la habitación.
El anzuelo incrustado en la cadera de Daphne comenzó a retorcerse mientras el ácido lo devoraba, enviando una brizna de humo al aire.
Un tercer garfio estalló en el muslo de Haden, abriéndose paso a través un amplio corte. Vio cómo se deslizaba bajo la piel de su abdomen antes de salir disparado en un vívido chorro de sangre. El garfio se liberó, rociando de rojo el suelo y las paredes, y atacó a Daphne. Le recorrió el pubis, abriéndole una hendidura que le llegaba hasta el ombligo, antes de penetrarle la piel. Haden fue a sacárselo con las manos, pero recordó el cúter.
—¡Rápido, por aquí! —gritó, mientras el garfio de su muslo se abalanzaba sobre Daphne, para hacerse con ella. Se arrastraron juntos, desnudos por el suelo, abriéndose paso hasta el altar. El gancho del muslo de Haden atravesó el tejido graso bajo el culo de Daphne. Ella gritó de dolor. Cubierto de sangre, con el aspecto de un aborto espontáneo, Haden se levantó y cogió el cúter del altar. Extendió la hoja y empezó a cortar los tentáculos. Cuando terminó, se dirigió al trozo de carne sobrante que conectaba su cuerpo con el de Daphne.
—¡No! —gritó ella, pero él la ignoró y empezó a cortar de todos modos. Daphne se mordió el labio para no seguir gritando del dolor. Las lágrimas caían sobre su rostro y, sin darse cuenta, agarró la mano libre de Haden y la apretó hasta que la piel se le puso blanca.
Con un último movimiento de sierra, con una ida y una vuelta, se separaron.
Haden gimió con fuerza y dejó que la parte superior de su cuerpo se desplomara en el suelo. Empezó a llorar, con fuertes y ahogados sollozos que amenazaban con desgarrarle los pulmones y la laringe.
Daphne yacía temblando sobre su espalda. Una red de pequeños ríos rojos le recorría el cuerpo. Nunca había sentido tanto frío, ni se había sentido tan sola. Lentamente, su mano se liberó de la de él.
El conservador entró en su museo privado, una vasta cámara apilada con los artefactos de un millón de relaciones rotas. Mirando a través de los agujeros de su máscara, respirando con dificultad, se dirigió hacia las recientes incorporaciones a su colección; entre ellas, había dos ositos de peluche, uno macho y otro hembra. Los colocó en una posición lasciva y empezó a masturbarse.
Mientras se acariciaba, recordó a Haden y a Daphne. Lo jóvenes que eran. Lo desesperados que estaban por separarse.
Mientras se corría, rociando a los osos con su semen, reflexionó sobre cómo, para Haden y Daphne, las cicatrices de aquella noche en el motel nunca se curarían. El lugar estaba impregnado de pérdida, tristeza y dolor. Ni queriendo, hubiera podido imaginar un lugar mejor.
FUCK SHOCK O EL SÍNDROME
POSTPOLVAZO
Cuando terminó y se tumbó en el suelo de su apartamento, con el sabor de ella aún en la lengua, Robert Duffy estaba convencido de que no volvería a tener una experiencia sexual satisfactoria en toda su vida.
Tirado en la alfombra, con el aspecto del dibujo de tiza de la escena de un crimen, Robert se metió la mano por dentro de la ropa interior sudada y se agarró la polla. Deslizó la palma de la mano, todavía húmeda por los fluidos de ella. Lentamente, su muñeca comenzó a trabajar, bombeando hacia arriba y hacia abajo. De su frente manaron nuevas gotas de sudor. El calor irradiaba de su carne, formando un apestoso manto. Bombeó con más fuerza. Luego se detuvo. Abriendo la palma de la mano, miró su polla flácida; esta se negaba a satisfacerle aquella necesidad de liberación. Se levantó y se dirigió al dormitorio, se metió debajo de las sábanas sin lavar y, tras otro intento infructuoso de obtener placer, se sumió en un convulso sueño.
Su frustración sexual persistió durante varias semanas. Un impulso se acumulaba en el interior de Robert, llenándolo, hasta que las noches le robaban el sueño y el estómago se le encogía. Pensar en ella solo agravaba el problema. Cada vez que recordaba su reflejo desnudo —ya fuera el pecho hundido o el contorno informe de su culo— su sombra parecía deslizarse por su piel como una imagen retiniana. Este recuerdo trazaba sendas de caracol por el mapa de su carne y la mente de Robert reflexionaba extasiada sobre el encuentro que le había cambiado para siempre. Se estremecía, la piel se le ponía de gallina. Pronto se cubría de una malla de sudor, como si todo su cuerpo se hubiera transmutado en un órgano sexual, cubierto del líquido preseminal previo al acto. Entonces, y solo entonces, era capaz de tener una erección; débil, por decir algo, pero lo importante era que la sangre le fluía. Sospechaba que el veneno era en parte responsable de ello. En cuanto trataba de darse placer, la sombra de aquel recuerdo perdía fuerza, y la polla le caía lánguida sobre la mano.
Más tarde, al pensar en ello mientras descansaba, abatido en un viejo sillón que había rescatado de la carretera, Robert se dio cuenta de que estaba sufriendo un caso legítimo de síndrome postpolvazo. No se ha de confundir con su primo, el síndrome de Stendhal, porque el shock postpolvazo es el resultado raro e imprevisto del encuentro sexual más satisfactorio que uno puede experimentar. Esta consecuencia es una insatisfacción crónica; cualquier forma de placer sexual sabe a poco: la víctima del síndrome postpolvazo nunca podrá estar satisfecha hasta que encuentre una experiencia que supere la que, en un primer momento, le ha provocado tanto placer. Robert dudaba que ocurriera porque, cuando intentó encontrarla de nuevo tras aquel escaparate abandonado, el edificio había desaparecido. Había sido sustituido por un aparcamiento recién pavimentado.
Desesperado, Robert trató de encontrar satisfacción de otras maneras. Abrió su portátil y buscó los servicios de señoritas de compañía en la zona. El resultado más prometedor fue un pequeño negocio llamado Bijou, que ofrecía una variedad de mujeres de distintas edades y etnias. Afortunadamente, el lugar permitía hacer la reserva con un mensaje de texto, lo que facilitaba la privacidad. Se decidió por una morena de veintidós años llamada Endora. Rápidamente recibió una respuesta, también a través de mensaje de texto, en la que se le informaba de que estaba disponible para realizar salidas y que en breve llegaría a su casa.
Cuando llamó, veinte minutos más tarde, la hizo pasar. Al abrir la puerta, vio a la mujer que se anunciaba en la página web, pero ahora, a diferencia de su homóloga digital, esta tenía cara. Una tez cansada fruncía la piel fina y rosada alrededor de sus ojos, que eran de un tono azul apagado. Su nariz era grande y estaba llena de puntos negros, distorsionando la simetría de su rostro. Cuando sonrió, Robert vio que sus dientes estaban teñidos de nicotina y, al estudiar su rostro, se dio cuenta de que compartían una mutua decepción. Los pequeños temblores de las comisuras de sus labios delataban su ingenuidad. Robert se miró a sí mismo, con su camiseta sucia, sus pantalones de correr y su pelo despeinado, y dijo:
—Iba a esperar a que llegaras antes de ducharme, para que supieras que estoy limpio.
Ella asintió amablemente:
—Es muy considerado de tu parte.
Fue hacia el baño, para ducharse por primera vez en quizás una semana, y le señaló el sillón rescatado:
—Puedes sentarte ahí y relajarte. No tardaré mucho.
Cuando salió de la ducha, con una toalla enrollada alrededor de su escuálida cintura, encontró a Endora sentada en su cama, alisando las arrugas con sus cuidadas manos. Sus labios pintados de negro se separaron húmedamente.
—¿En qué estás pensando?
Robert se sentó junto a ella, hombro con hombro. Se había afeitado para que el encuentro fuera más agradable para la puta. Olía a espuma y a aftershave.
—Me gusta que me sorprendan —dijo Robert y, luego, invocó aquella frase de los almacenes de su memoria—: Muéstrame una nueva experiencia.
Ella sonrió amablemente. Robert no era el primer bicho raro con el que se encontraba. Un tipo — alto y bien arreglado— se había hartado de llorar mientras follaban y, después, vació el condón en el lavabo y lo llenó de agua para comprobar si había fugas. Pero Robert era diferente al resto de puteros. Tenía algo; podía verlo en sus ojos, en los movimientos de su cuerpo. Un espectro lo envolvía, un aura que se cernía a centímetros de su piel como el calor que se desprende del asfalto.
Endora le tocó el pecho, enredando los dedos entre el vello. No detectó la habitual emoción de anticipación que afectaba a los demás clientes. Podría haber estado tocando un cadáver, todavía caliente, aunque mecido por la muerte. Aquel hombre no se estremecía ante su tacto, puede que ni siquiera lo sintiera. Para él, no era más que piel contra piel, tan fría y poco sensual como las manos de un médico. La toalla empapada fue rápidamente desechada, añadiéndose a la cordillera de ropa sucia que se elevaba desde el suelo. Endora acarició el pecho del hombre para guiarlo suavemente y que este se recostara. Él así lo hizo, abrió los brazos y dejó las rodillas dobladas sobre el borde de la cama, con los dedos de los pies apuntando hacia el suelo. Endora se despojó de su ropa como quien muda una segunda piel, y la añadió al montón.
Era ligeramente más ancha de hombros de lo que podría considerarse bello. Sus pechos, igualmente, estaban muy separados, pero llenos y naturales, los pezones erizados con pequeñas protuberancias. A pesar de que entró dentro de la mujer, su mente estaba muy lejos, viajando de la mano del recuerdo de ella. El veneno se agitó en sus venas.
La había conocido en un local de alterne situado en el sótano de una tienda abandonada. Las ventanas de la pared estaban forradas por dentro con un mosaico de periódicos amarillentos. Llamó a la puerta dos veces y le recibió una mujer de unos veinticinco años con un moño bien sujeto en la nuca.
—Tú debes ser Robert. Por favor, entra.
Él había roto recientemente con su novia, tras dos años de relación, con el pretexto de conocer… mejor dicho, de follar con otras personas. El noviazgo se había vuelto rancio, el sexo, predecible y rutinario. Ahora que era un hombre libre, las innumerables posibilidades bailaban dentro de su mente cada vez que se sentaba a solas en su apartamento. Una noche, dejándose llevar por la depravación de su imaginación, decidió quedar con alguien de una vez por todas y tener sexo del bueno. Era, la verdad sea dicha, lo único que se le ocurría para salir del aburrimiento. Fue un plan rápido y pragmático. No conocía a ninguna mujer con la que follar así como así, con una simple llamada de teléfono o un mensaje de texto, por lo que recurrió a la única alternativa disponible: internet. Abrió el navegador y buscó los anuncios clasificados para adultos en su zona. Se desplazó por varios listados, entre fotos de mujeres —vestidas con escasa ropa, pero con la cabeza cortada— y hombres homosexuales, presumiendo de orgullo tumefacto. Entonces, en la cuarta página, Robert vio un anuncio de un establecimiento que ofrecía servicios sexuales poco comunes, y a un precio reducido. Fue este anuncio el que lo había llevado a la tienda abandonada y a la mujer del moño.
Se encontraba en un vasto y oscuro espacio, con estanterías vacías que cubrían el suelo de baldosas manchadas. La mujer le condujo hasta el final de la sala, a través de una cortina, por unas escaleras de madera. Ante él se extendía un largo pasillo repleto de cuadros. Cada uno de ellos colgaba a la altura de la cintura. La mujer le cogió de la mano y le guio mientras caminaban. Uno de los cuadros era un retrato, poco conseguido, del payaso John Wayne Gacy, con un glory hole donde debería haber estado su boca. De detrás del cuadro salía un llanto apagado y Robert se estremeció al pensar qué era lo que se agazapaba allí. Entonces, de repente, las luces chisporrotearon y se apagaron, sumiendo el pasillo en la oscuridad. Robert se detuvo y el mundo entero pareció seguirle. Privado de la vista, lo único que sus sentidos pudieron registrar fue el suave agarre de la mujer sobre su mano y los gemidos, que le producían escalofríos, detrás del cuadro. Entonces, la voz de la mujer surgió del vacío:
—No te muevas. Aguanta la respiración.
El corazón de Robert martilleaba dentro de su pecho. Hizo lo que le decía. Sucedió muy rápidamente. Las luces se encendieron y apagaron en una rápida sucesión, revelando las cosas carnosas y chorreantes que chillaban en la oscuridad. Se movían —eran cuatro o cinco, no podía estar seguro— por el techo con brazos nervudos o tentáculos, pasando directamente por encima de su cabeza, gritando como mujeres de parto. Entonces volvieron las luces y las criaturas desaparecieron. Robert se giró y miró a la mujer con miedo en los ojos. Ella le apretó la mano, consiguiendo, de alguna manera, disipar el horror con la presión de su tacto.
—Aquí nada te hará daño.
Por fin, entraron por una puerta al final del pasillo. Se abría a una habitación encalada, con una bombilla suspendida de un cable deshilachado. En el centro, había un colchón desnudo, manchado en varios tonos de rojo y amarillo. La mujer le dijo que se quitara la ropa y se acostara. Mientras Robert se desabrochaba la camisa y se bajaba los vaqueros, tuvo la extraña sensación de tomar consciencia en medio de un sueño. Pero se desvaneció rápidamente cuando se tumbó en el colchón. La mujer se desnudó y se sentó frente a él con las piernas abiertas. Sus genitales estaban pulcramente afeitados, pero Robert no tardó en darse cuenta de la extraña cicatriz que rodeaba su vulva. Alargó la mano para tocarla, pero ella se la apartó suavemente.
—Mira esto. —La cicatriz que le rodeaba la vulva se desplazó a medida que le florecían los genitales. Un conjunto de patas de araña del mismo color y textura que la piel se movieron y, finalmente, salieron de una serie de surcos rosados en su abdomen y muslos. Estaban unidas a la propia vulva, que funcionaba independientemente del cuerpo de la mujer. Una vez que se desprendió de esta, dejando un cráter de color rosa oscuro, se arrastró por el muslo hacia Robert, cuyo primer instinto fue salir huyendo—. No tengas miedo. Ella te mostrará una nueva experiencia.
Poco a poco, él empezó a relajarse. La criatura le subió por la pierna, hasta asomarse al borde de su escroto. La boca de aquel alienígena se estremeció, arrojando un chorro de mucosidad blanquecina antes de que un gusano se deslizara hacia los genitales del hombre. Su piel gris y brillante era porosa y estaba cubierta de crestas. Se desplazaba con cientos de patas diminutas. Se enganchó a la polla de Robert y con un solo mordisco, le provocó un breve momento de dolor y, después, una euforia sin precedentes.
