Pietro y Paolo - Marcello Fois - E-Book

Pietro y Paolo E-Book

Marcello Fois

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Beschreibung

Pietro Carta y Paolo Mannoni son de la misma quinta: 1899. El padre de Pietro está a cargo de las tierras del padre de Paolo, don Pasqualino Mannoni, de los Mannoni que se hicieron ricos con el pecorino. Viven en el pequeño pueblo de Lollove, en pleno corazón de Cerdeña, y juntos se crían al aire libre, bajo la estricta supervisión de Annica, la gobernanta. El señorito Paolo, frágil y dependiente, va a la escuela y se precia de enseñar a Pietro a leer y a escribir. Pietro, fuerte como una cría de muflón, presume de conocer todos los secretos de la naturaleza. En el continente ha estallado la Gran Guerra, y llega el día en que Paolo es llamado a filas y que Pietro, por un pacto entre familias, se ve obligado a alistarse también. Pero en el frente esos pactos de clase son papel mojado, igual que la brecha entre ricos y pobres.

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Seitenzahl: 173

Veröffentlichungsjahr: 2020

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PIETRO Y PAOLO

SENSIBLES A LAS LETRAS, 64

Título original: Pietro e Paolo

Primera edición en Hoja de Lata: octubre del 2020

© Giulio Einaudi editore s.p.a., Torino, 2019

© de la traducción: Francisco Álvarez, 2020

© de la imagen de la portada: Paolo Ventura, Morte e resurrezione 2#10, 2018

© de la fotografía de la solapa: María Bringas, 2018

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2020

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

[email protected] / www.hojadelata.net

Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección de pruebas: Tania Galán Álvarez

ISBN: 978-84-16537-91-4

Producción del ePub: booqlab

La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo las excepciones previstas por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra.

ÍNDICE

Dieciséis

Quince

Catorce

Trece

Doce

Once

Diez

Nueve

Ocho

Siete

Seis

Cinco

Cuatro

Tres

Dos

Uno

Cero

Perdónanos nuestras deudas…

DIECISÉIS

Pietro Carta se puso en camino a primera hora de la mañana, cuando la luna y el sol se confabulaban para darse el relevo, y afrontó la cañada pedregosa cuesta arriba que constituía el camino más corto entre Lollove y Nuoro. Una especie de leve ansiedad hizo que acelerara el paso. La subida era empinada en el primer tramo, luego se suavizaba. Su movimiento comenzó a adaptarse a su respiración, como cuando, tras buscarlo durante mucho tiempo, uno encuentra por fin el ritmo interior, y entonces caminar ya no pesa, sino que más bien parece una bendición. El terreno, poco a poco, a medida que avanzaba, iba cambiando de forma y de esencia, porque lo que estaba llevando a cabo era un verdadero viaje.

 

 

 

 

Cuando era niño, ese mismo trayecto le parecía infinito e intransitable. Y siempre prefería hacerlo en invierno, a pesar de la tenaza de frío que aferraba sus pantorrillas en cuanto atravesaba el umbral de la puerta. Pero, una vez superado ese encontronazo, era la estación del año ideal.

—Camina.

—Tengo frío…

—Venga, vamos, ¿qué frío, si vas completamente abrigado?

—¡Hace demasiado frío, Pie’!

—Si caminas se te pasa… ¿Quieres moverte de una vez?

Pietro había aprendido de su difunto abuelo Zua que andando se entra en calor, le decía siempre. Y no le faltaba razón. Pero, a pesar de la exhortación, Paolo seguía parado ante la embocadura del bosquecillo en el que los robles pubescentes, al igual que él, parecían congelados en una suspensión del tiempo. No sabía por qué se había dejado convencer para hacer algo así. Para levantarse poco antes de que saliera el sol y encaminarse hacia aquel lugar secreto que Pietro le había dicho que conocía.

—¿Y si nos descubren? —preguntó Paolo comenzando a moverse hacia él, como si con las palabras quisiera contradecir su gesto.

Pietro negó con la cabeza.

—Si nos descubren me la cargaré yo —dijo, para evitar mayor dilación por parte de su amigo.

—¿Falta mucho? —preguntó Paolo cuando, tras acelerar el paso, logró alcanzarlo.

Su estatura era casi la misma. Pietro tal vez medía unos centímetros más, lo cual demostraba que era de buena raza, teniendo en cuenta que se había criado con muchas menos posibilidades que Paolo. Acababan de cumplir once años. Acababan de abandonar sus camas para descolgarse por la ventana de la casa de los Mannoni, la de Paolo, que desde la despensa desembocaba directamente en el campo.

Una aventura que habían acordado días antes, cuando Paolo al volver de la escuela le contó a Pietro, que no podía ir a la escuela, que los zorros no son otra cosa que perros.

—Cánidos. Los zorros son cánidos —especificó.

Y Pietro no fue capaz de ocultar cierto fastidio, no tanto por las cosas que la escuela le enseñaba a Paolo y no a él, sino por las cosas que no enseñaba aquella escuela.

—No se puede decir esa palabra allí —le espetó Pietro, con sincero desconcierto.

—¿Cuál? ¿Zorros?

—Sí, esa —confirmó Pietro con algo de oscuridad en la mirada, pero sobre todo en el ánimo—. No se puede decir.

—¿Y por qué? —preguntó su amigo, no sin cierta provocación.

—Ese nombre allí no trae nada bueno. Tú lo dices y se presenta. Eso es lo que pasa, ¿no lo sabes?

—Claro que no lo sé, son creencias de ignorantes.

—Lo dices solo porque nunca has pastoreado ovejas, y porque nunca has tenido que ocuparte tú de las gallinas en casa.

—Sí, vale, ¿pero eso qué tiene que ver con el nombre? —insistió Paolo.

Y Pietro negó de nuevo con la cabeza, como si estuviera tratando con alguien a quien explicarle las cosas era más que nada perder el tiempo.

—¿Pero tú has visto alguna vez un mariane de verdad? —le preguntó a bocajarro.

—¿De verdad?

—Sí, de verdad.

—No.

—Pues eso —sentenció Pietro, para precisar que esa admisión hacía inútil continuar con la discusión.

—¿Pues eso qué? —se obstinó Paolo, buscando su punto débil.

—¿De qué te vale conocer cosas por los libros si realmente nunca las has visto?

—Hay un montón de cosas que se pueden conocer sin verlas. Para eso sirven los libros.

—Para eso —se mofó Pietro—. Yo te voy a llevar a un sitio donde podrás ver un mariane, pero no de esos dibujados —fanfarroneó un poco, como solía hacer desde la parte baja en su camastro cuando estaban a solas y a oscuras en la habitación de Paolo, el cual dormía en su altísima cama—. Pero para eso hay que levantarse antes de que salga el sol y caminar un poco.

A Paolo esa propuesta le había resultado apetecible precisamente porque le generaba angustia.

—Si se entera Annica nos mata —se había limitado a decir.

—Salgamos temprano y volvamos antes de que se levante.

Y así lo hicieron, se sumergieron en los olores y en los murmullos de esa hora muerta que no es de pleno sueño pero tampoco de plena vigilia. La hora en la que los animales noctámbulos se disponen a canjear la noche por el día y les ceden el paso a todas esas criaturas de aire o de tierra que habitan el cielo o el suelo.

Hacía frío, en eso no estaba equivocado Paolo, aunque Pietro se había asegurado de que se abrigase bien, demasiado incluso, visto que caminando se entra en calor.

—Venga, que ya llegamos.

—Llevas media hora diciéndolo —protestó jadeando Paolo, que ya empezaba a sudar. De un tirón apartó de la barbilla la pesada bufanda.

—¿Cómo que media hora? Hará diez minutos que empezamos a caminar. Te digo que ya llegamos. Es ahí —señaló un grupo de rocas que rodeaban un pequeño terraplén formando una altiplanicie en miniatura.

Y efectivamente, una vez alcanzado aquel espacio, bajo la luz tenue de una luna casi llena que se abría paso entre las rígidas ramas de los fresnos y de los espinos, vieron lo que a Paolo le pareció simplemente un desmonte del terreno en la base de una roca.

—La madriguera.

Pietro, arrodillándose, se inclinó hasta apoyar la oreja en el suelo. Paolo lo observaba de pie, tratando de respirar lo menos posible. Tras unos segundos de escucha, Pietro metió la mano y toda la muñeca en el interior de un agujero poco más ancho que su antebrazo. Extrajo una criaturilla diminuta que parecía dormida y que emitía un olor nada agradable. Con el dedo índice Pietro le acarició ligeramente el hocico para provocar una reacción que no se produjo.

—Muerta —constató finalmente.

Paolo dio un paso atrás, era la primera vez que se encontraba frente a la muerte.

Mientras tanto, Pietro comenzó a desenterrar otras tres, luego una cuarta cría de zorro sin vida.

—Todas muertas —dijo.

Paolo apretó los labios como si estuviera a punto de llorar. Pietro, mirándolo, se dijo a sí mismo que la infancia no dura lo mismo para todos.

—No llores —le ordenó.

Paolo aspiraba por la nariz más aire del que podía. Sentía que un azote gélido se abría paso en sus fosas nasales y llegaba aún muy frío hasta la garganta.

—Las han abandonado —susurró—. Las han abandonado —comenzó a repetir, como si la cuestión fuera exactamente esa: más que la muerte, el abandono.

A Pietro le quedó claro que con esa expedición corría el riesgo de enseñarle más de lo previsto y que no siempre era una buena idea apartar a Paolo de sus libros.

—No las han abandonado —afirmó—. La madre habrá muerto en alguna trampa —añadió con ímpetu creciente para tranquilizar a su amigo—. Se habrá ido a buscar alimento y ya no volvió, y si no volvió quiere decir que no ha podido. Venga, vámonos a casa.

Paolo, a pesar de haber escuchado cada palabra, no se movió. Mantuvo la mirada fija en la pequeña boca abierta de la madriguera.

—Son solo animales —dijo Pietro como si le leyera el pensamiento.

—También nosotros —indicó Paolo—. Tengo frío, ¿tú no?

QUINCE

También ahora hacía frío. También ahora era invierno, el invierno maduro de enero. El terreno seco exhalaba aromas de corteza y sándalo. Y aturdía por la concentración con la que las exhalaciones eran dirigidas por el viento helado que se colaba entre las ramas, tan secas que crujían. Las hojas de encina parecían lívidas y sangrantes cada vez que la corriente de aire las agitaba. Se habían encarrujado en parte, como si hubieran consumido los últimos residuos de linfa y de ellas ya solo quedaran las fibras petrificadas.

Igual que los humanos, pensó sin pensar Pietro Carta. Igual que los humanos que al final deben hallar dentro de sí mismos las energías para sobrevivir. Para soportar. Para seguir adelante.

Ese proceder lo situó frente a su propia vida. ¿No es precisamente eso lo que ocurre en el camino? ¿No es ese su sentido? Hacía casi dos años que no ponía un pie en Nuoro. Desde que Lucia había muerto. Pero quería ver con sus propios ojos a ese señorito de Paolo Mannoni, aun cuando sabía bien lo que quería decirle.

 

 

 

 

Solo una hora antes su madre estaba implorándole que no fuera. Sin aventurarse a entrar, desde el otro lado de la puerta de su habitación insistía en que no acudiera a la cita. Pietro terminó de vestirse con calma, sabiendo que ella esperaría fuera en cualquier caso hasta que él saliera.

—Ya sabes qué clase de gente son —susurró la madre en un momento dado.

—Precisamente porque lo sé voy a ir —respondió él secamente, aunque sin necesidad de alzar la voz mucho, porque en el silencio compacto de la casa se podía escuchar todo—. Usted no debe preocuparse por nada —añadió por temor a haberse mostrado demasiado brusco.

Seguidamente se giró hacia el guardarropa para sacar la capa gruesa. Aún no era de día. Su madre, en el recibidor, con la lámpara en la mano, le parecía muy pequeña. Pero no indefensa. Había afrontado con gran determinación el apocalipsis de su familia, y con idéntica determinación afrontaba ahora el nuevo curso de los acontecimientos. La casa en la que su hijo la había acomodado, por ejemplo, ella siempre había tenido que mirarla desde fuera, siempre había tenido que imaginársela. Pero ahora, se lo había dicho Pietro, era suya. Cómo había sucedido era algo que estaba en boca de todo el mundo en Lollove, aunque en presencia de ella nadie osaba decir nada. Su único pesar era que tenía que habitarla casi siempre sola, puesto que no era prudente que Pietro permaneciera demasiado tiempo en el mismo sitio.

A su marido y a su hijo primogénito se los había llevado la pandemia de gripe hacía apenas dos años. Empezaron con dolor de cabeza, luego pasaron tanto tiempo encamados que las piernas se les volvieron inestables, y luego ya no pudieron volver a levantarse. Ella, Margherita Loddo, hablaba así de ese asunto que decían que había azotado al mundo entero y por ello, decían, debía dejar de comportarse como si hubiera sido la única que había perdido amigos o familiares de esa forma. No obstante, se empeñaban en repetir que si no hubiera sido por Pietro, que se había hecho valer, ella habría acabado mendigando. No era, por supuesto, una mujer que ignorase las cosas; sabía que su nueva y acomodada posición derivaba de «hechos particulares», de haber sabido reaccionar del único modo posible, «ya fuera acertado o equivocado», como decía el único hijo que le quedaba. Y sabía que su vida de fugitivo era una consecuencia de esa reacción. Pero todo esto lo sabía en su fuero interno, y por lo demás se comportaba como si no pasara nada y andaba por ahí con la cabeza bien alta, como si todo ese bienestar le correspondiera por derecho. Todo ese bienestar le correspondía por derecho después de tanto sufrimiento.

La luz del recibidor tembló debido a una bofetada de corriente procedente del hueco de la escalera.

—Vuelva a la cama —le ordenó Pietro—. O termine de hacer el equipaje.

La mujer negó con la cabeza.

—¿Quién iba a poder dormir ahora? El equipaje ya hace tiempo que está hecho.

Pietro entrecerró los ojos.

—¿Y Eléne? —preguntó él.

—Vendrá más tarde.

—No me gusta que duerma fuera.

Cuando hablaba de la mujer del servicio adoptaba un tono que debía hacerlo parecer más viejo y más autorizado de lo que era en realidad.

—Ella también tiene su vida —la justificó Margherita.

—Su vida ahora está aquí —respondió tajante su hijo.

Era evidente que estaban hablando de algo irrelevante para no hablar de aquello que más les importaba.

—No vayas allí —insistió ella, retomando la discusión exactamente donde la habían interrumpido la noche anterior.

—No pasará nada —le aseguró él mientras se ponía la capa gruesa.

—Somos una única cosa —comentó ella—. Una única cosa —reiteró, quería decir que sus destinos estaban entrelazados de un modo inextricable. Pero también quería dejar claro que cualquier peligro al que se expusiera su hijo era un peligro al que la exponía a ella. Sabía expresar ese apego con gestos y palabras, sin ambigüedad. ¿Cuántas madres habían sido salvadas por su hijo menor? Ella todavía no había cumplido los cuarenta años. Estaban por llegar tiempos mejores, más avanzados, en los que una mujer de la edad de Margherita Loddo sería considerada joven aún. Pero no allí, no entonces, no envuelta en un luto estricto, diminuta, parpadeante a causa de la llama que relampagueaba en ese amanecer de enero de 1920.

—Deje que me vaya —suplicó esta vez Pietro, con un tono apresurado que dejaba ver hasta qué punto temía a su madre y su capacidad para hacer que volviera a ser un niño. A menudo había anhelado regresar a ese estadio maravilloso en el que no se tienen responsabilidades, ese estadio en el que lo natural es que sean otros los que tomen las decisiones: padres, maestros, curas, tutores… Pero en ese recibidor, con la luz golpeando y exasperando solamente unas pequeñas porciones oblicuas de espacio, dejando la mayor parte como pasto para la oscuridad absoluta, resolvió no darle opción alguna a ese deseo.

—Llévate a alguien contigo. Bachis, Lenardu… —comenzó a enumerar la mujer.

Pietro se revolvió dentro de la capa, como hacían ciertos magos del teatro de variedades cuando se arrebujaban y desaparecían tras una cortina de humo ante el asombro de los espectadores. Ese movimiento hizo que la luz se balanceara y que por un instante se desvanecieran las sombras en las paredes.

—Yo no he dicho que vaya a ir solo —replicó—. Ni desarmado —concluyó antes de que ella pudiera añadir cualquier otra cosa.

Paolo aceleró con tanto brío para precederlo en el camino de regreso a casa que ni siquiera notó las gotas que anunciaban un aguacero.

Pietro lo veía caminar con el paso veloz de alguien que quiere ahuyentar un mal pensamiento.

—Así que los mariani son perros, y nosotros somos animales… ¡Vaya cosas que te enseñan en la escuela, Paolo Mannoni!

Entretanto, no muy lejos, o a años luz, se oyó el retumbar de un trueno y poco después comenzó a llover fuertemente. Los borborigmos distantes pasaron a ser muy cercanos y ahora centelleaban en la oscuridad languideciente. Violentos relámpagos rasgaban la superficie de un cielo azulado.

Paolo corrió a refugiarse bajo un alerce y Pietro lo alcanzó con la mirada propia de quien está tan preocupado que parece enfurecido. Paolo únicamente pudo constatar que, contra toda lógica, su amigo estaba tirando de él para sacarlo del refugio del follaje. Para devolverlo al aguacero, fuera del alcance de cualquier árbol que atrajera los rayos. La cuestión no era evitar empaparse, sino sobrevivir.

Paolo echó a correr hacia casa hasta llegar casi a escupir los pulmones, escoltado por Pietro, que al llegar a la altura de la vivienda descubrió algo mucho más concluyente que cualquier rayo o tormenta. Annica los estaba esperando en la entrada.

CATORCE

Se dio cuenta de que estaba acelerando y se obligó a controlarse. Respiró profundamente y esperó a reconquistar la regularidad en sus latidos. Hacía tanto frío que cada aliento suyo parecía una buena calada de pipa. A su alrededor, la realidad cristalina se antojaba muy frágil y cambiante. En ese mismo camino había corrido y caminado. Y a solas, para sí mismo, también había llorado. Se había encontrado con cada una de las sencillas criaturas que Dios había puesto en esa tierra. En esa cañada también había despistado a los perseguidores más tenaces y había sorprendido a las presas más cautelosas.

Ahora el cielo lo observaba, rígido e impasible. Porque así, rígidos e impasibles, es como escrutan desde siempre los cielos de enero. Con esa apariencia metálica, con esa consistencia de cuchilla afilada que hace temer que de un momento a otro puedan cortar en dos la esfera del mundo.

Frente a esa imagen de cuchilla que se hundía en el globo terráqueo para dividirlo en dos hemisferios perfectos, haciendo que se expandiera en el vacío la parte fluida e incandescente del núcleo, se estremeció. Como si se tratara del síntoma de una consciencia fuera de sí mismo que le provocaba un feroz sentimiento de insuficiencia. Porque visiones extraordinarias como la que acababa de imaginar aparecían ante sus ojos a pesar de que él —Pietro Carta, hijo de Vindice— sabía que era alguien que no podía atesorarlas. De hecho, aparecían y desaparecían en vano. Totalmente inútiles, se colaban en los recovecos más profundos de su ser. Le hubiera gustado ser escritor, o poeta, o pintor, para poder contar, evocar, representar, pero era solo bandido. Y apenas tenía veinte años.

 

 

 

 

Había sido un niño sereno, eso sí. Una serenidad fruto de la inconsciencia, ciertamente; te vas haciendo consciente a medida que te haces adulto. Y cuanto más adulto te haces, menos sereno te vuelves, eso ya se sabe. Su padre, Vindice, estaba a cargo de las tierras en Lollove de don Pasqualino Mannoni, de los Mannoni que se habían hecho ricos con el pecorino y que después, tras mandar a la universidad a los dos hijos mayores, se hartaron de las ovejas y del queso y se quitaron la peste a caseína y a carbonilla. Pero a don Pasqualino Mannoni algunos ancianos del lugar seguían llamándolo Pascaleddu Cubile, porque cubile (redil) era el apodo de los de su casa. Y cuando alguien lo llamaba de ese modo para recordarle, no sin ánimo de provocar, de dónde provenía, él ni siquiera se giraba, porque el tiempo del cubile estaba definitivamente muerto y enterrado bajo el túmulo de las especulaciones y también bajo algunos préstamos de usura. De modo que cuando sus hijos —Vincenzo, Martino, Ciriaco, Egidia y Paolo— ya eran mayorcitos para entenderlo, el Don les soltó un discurso claro acerca del hecho de que los Cubile formaban parte de un pasado que ya había sido borrado definitivamente y que ahora contaban los Mannoni. En el periodo en el que el pequeño Pietro Carta frecuentaba al pequeño Paolo Mannoni ese pasado ya se mencionaba poco, por no decir nada.

Pero cuando se habla de frecuentación entre el pobre y el rico hay que tener cuidado y dejar claras las cosas. Había cinco años de distancia entre su hermana Egidia y Paolo, el pequeño de la casa. El resto de hermanos estaban «en la empresa», que era como ya empezaban a referirse a la quesería (Vincenzo), o estudiando Derecho en Sassari (Martino), o en el seminario (Ciriaco). Egidia era mujer, por lo cual se dedicaba a bordar y a esperar al marido adecuado o, en la peor de las hipótesis, habría de cuidar de sus padres cuando fueran demasiado viejos para valerse por sí mismos. Con Paolo comenzó todo de nuevo, ya que nació en el último momento, fue un hijo inesperado, resultado de un repentino estro primaveral y nacido en diciembre.