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¿Qué quedó del 17 de Octubre? ¿Qué permanece, qué se desvanece, qué regresa con otro nombre o disfraz? Ochenta años después, Plaza Tomada reúne una serie de intervenciones originales que interrogan al mítico 17 de Octubre de 1945, no para petrificarlo como ritual sino para volverlo campo de disputa. Cada autor fue convocado especialmente por Alejandro Horowicz, referente ineludible a la hora de pensar el peronismo, para componer una cartografía polifónica de su acontecimiento fundante, en clave contemporánea. Aquí el 17 no es solo un recuerdo ni una postal: es un problema abierto. Felipe Pigna reconstruye con precisión los días previos al retorno de Perón desde Martín García; Camila Arbuet explora la revulsión marica y travesti como línea desviada de fidelidad; Dardo Scavino, las connotaciones musicales que afloraban ese día; Gabriela Massuh abre su propia biografía, que se erige en oposición a su padre; mientras que María Pía López lee la intimidad de lo político; Enrique Foffani cruza el octubre argentino con el octubre de la Revolución rusa; Macarena Marey observa el desborde de los pactos constitucionales; Cristián Sucksdorf detecta los rastros de la sobrevida de ese mítico día; Diego Sztulwark sopesa el valor de esa fecha en las luchas democráticas intestinas e Iván Horowicz aporta una mirada irónica sobre las fealdades contemporáneas; sin dejar de lado las transcripciones del acta de la CGT del 16 de octubre de 1945, que azoran por la lucidez con la que dan comprensión, sustento y contexto al inminente momento histórico que se avecinaba; de esta coralidad, y de los contrastes y contrapuntos, se desprende lo que el subsuelo sublevado de la patria aún tiene para decirnos. Si la narrativa dominante del peronismo suele oscilar entre la hagiografía y la denostación, Plaza Tomada abre grietas: hay lugar aquí para los cuerpos invisibilizados, para los bordes impuros del movimiento, para los efectos no previstos. El libro no pretende unidad ni síntesis: apuesta por el desacuerdo, el cruce, la grata y enriquecedora disidencia de quienes piensan en voz alta. En el conjunto resuena una misma intuición: que el 17 de Octubre no es un hecho clausurado ni un simple mito, sino una zona en disputa, una escena que se reactiva cada vez que se la interroga. El gesto de Horowicz no es el del doctrinario sino el del editor atento, que arma una arquitectura textual para que la tensión entre voces no se diluya.
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Seitenzahl: 274
Veröffentlichungsjahr: 2025
Cubierta
Portada
Créditos
Nota del editor
¿Sobrevive el subsuelo sublevado de la patria?. Alejandro Horowicz
La cocina previa
Distancia temporal, distancia histórica
Octubre, mes de cambios. Felipe Pigna
Vernengo Lima en el planeta de los simios
La maravillosa música
Fidelidad, revulsión y deseo. Las lealtades desviadas en el mito de origen peronista Camila Arbuet
La fuente de los chongos
Putas diosas patrias
El nacimiento de una utopía. Dardo Scavino
¿Qué queda de todo eso?. Gabriela Massuh
Qué queda de todo eso
La (sobre)vida imaginaria del 17 de Octubre. Cristián Sucksdorf
1 ¿Qué queda del 17 de Octubre?
2 Los hechos imaginarios
3 La (sobre)vida del 17 de Octubre
4 Un porvenir sin imaginación
5 La imagen que nos falta
Fragmentos sobre el 17 de Octubre. Macarena Marey
Ante el peronismo: una comparecencia personal y generacional. Diego Sztulwark
1
2
3
4
5
6
7
8
9
Entre tiempos. María Pía López
Octubre del 17 / 17 de Octubre y un poema de Tuñón. Enrique Foffani
Plaza tomada
Coda No esperando a Godot sino un 17 de Octubre
Fundidos y Organizados Peronismo postalbertista del siglo XXI. Iván Horowicz
¿Por qué (y qué) se rompió?
¿Es este el prematuro final del peronismo?
Anexo
Acta de la CGT del 16 de octubre de 1945
Los autores y las autoras
Felipe Pigna
Camila Arbuet
Dardo Scavino
Gabriela Massuh
Cristián Sucksdorf
Macarena Marey
Diego Sztulwark
María Pía López
Enrique Foffani
Iván Horowicz
Contracorrientes
Tabla de contenidos
Plaza tomada : ¿Qué tiene para decirnos el mítico 17 de octubre de 1945? / Felipe Pigna ... [et al.] ; Compilación de Alejandro Horowicz ; Prólogo de Alejandro Horowicz. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Marea, 2025.
(Contracorrientes / Alejandro Horowicz ; 2)
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-823-091-7
1. Peronismo. 2. Historia Política Argentina. 3. Ensayo. I. Pigna, Felipe II. Horowicz, Alejandro, comp. III. Horowicz, Alejandro, prolog.
CDD 320.0982
Dirección editorial: Constanza Brunet
Edición: Debret Viana
Comunicación: Verónica Abdala
Asistencia editorial: Julieta Rojas
Diseño de cubierta e interiores: Hugo Pérez
Corrección: Natalia Ginzburg
Fotografías de cubierta: Archivo General de la Nación
© 2025 Alejandro Horowicz
© 2025 Editorial Marea SRL
Pasaje Rivarola 115 – Ciudad de Buenos Aires – Argentina Tel.: (5411) 4371-1511
[email protected] | www.editorialmarea.com.ar
ISBN 978-987-823-091-7
Conversión a formato digital: Numerikes
Todos los derechos reservados. Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento sin permiso escrito de la editorial.
Ochenta años pasaron del mítico 17 de Octubre de 1945. El tiempo histórico, a diferencia del que transcurre plácido en el almanaque, resultó inclemente para el bloque popular que entonces inauguró otro orden político, otra práctica social y otro reparto del ingreso nacional. El moderno mundo bipolar del que el peronismo resultó expresión nacional, el de la guerra fría y del welfare state, fue barrido hace décadas.
Doce ensayos dan cuenta de ese complejo recorrido. Las actas del Comité Central Confederal de la Confederación General del Trabajo (CGT),1 con las que cerramos este volumen, no solo demuestran la enorme pobreza de las lecturas conservadoras, las que redujeron peronismo a fascismo, sino subrayan que las explicaciones nacionales elaboradas en su defensa tampoco resultaron de gran valor. Recién en 1973 las Actas, guardadas en la biblioteca de la Unión Ferroviaria, cobraron estado público. El primer testimonio histórico sobre las jornadas de Octubre surge de la boca de protagonistas directos
Los otros once trabajos, en tanto decisión del editor, no tienen el mismo peso. Elegir colaboradores nunca es una tarea exactamente objetiva. En este caso, la reflexión de integrantes de distintas generaciones de intelectuales, que no comparten la misma especialidad profesional, ni idéntico abordaje, echa luz sobre la actualidad de ese episodio mítico. Otro modo de iluminar el pasado para entender las contracorrientes de este complejo presente.
ALEJANDRO HOROWICZ
Biblioteca Roja, 24 de junio de 2025.
1 Publicamos una síntesis de la polémica librada, el 16 de octubre de 1945, por los dirigentes sindicales y políticos del movimiento obrero.
Raúl Scalabrini Ortiz auscultó el “subsuelo sublevado de la patria” en octubre de 1945. El hombre que había dejado de estar solo sintetizó un diagnóstico catapultador: todo lo que hasta entonces carecía de visibilidad pública, lo sumergido, había cobrado súbita presencia política. Era una noticia inaudita.
¿La edad socialmente oscura había concluido?
Un actor soterrado, la clase obrera, irrumpió para desplazar el viejo centro de una nueva escena nacional. Sucedió sin duda; pero otros soterrados siguieron siendo invisibles,2 algunos durante décadas.
Pero, ¿la legitimidad requerida para tan violenta irrupción preexistía? ¿Estamos ante una escena de corte incomprensible, o solo luce desconectada del violentísimo cambio producido por la Segunda Guerra Mundial?
Leer el peronismo en clave excepcional nos lleva al metafisiqueo de poca monta. Es el método de los que transforman sus creencias en sociología… fantástica. El tortuoso conflicto capitalista global desarrollado entre 1890 y 1945 –con dos guerras mundiales interrumpidas por una formidable guerra social– había encontrado para ese flamante ciclo histórico un nuevo punto de relativo equilibrio. La brutal lucha interimperialista por la hegemonía del mercado mundial había concluido. Los Estados Unidos eran el inequívoco vencedor, pero la Unión Soviética había sobrevivido. ¿No había Hitler entonces logrado su objetivo? ¿El fascismo había sido derrotado?
Ningún otro período del capitalismo registra un conjunto tan acusado de potenciales oportunidades excluyentes. En la lucha política, las posibilidades sin expansión inmediata no desaparecen; el topo de la Historia las reconduce. Pero el nuevo punto de partida resultó, conceptualmente, no menos invisible que ese mítico 17 de Octubre. Un nuevo mundo de nacionalismos marginados emergió. Las claves analíticas del pasado conservaron una curiosa pregnancia que sin embargo rechinaba. ¿El fascismo había sido derrotado? ¿O Hitler era el derrotado? Sin embargo, la batalla democrática –qué otra cosa podía significar la derrota de Hitler– tiñó de liberalismo todo el análisis político del nuevo ciclo.
Los Estados Unidos no solo encabezaban la coalición militar victoriosa, sino que habían diseñado los instrumentos del nuevo orden global: las Naciones Unidas, el nuevo formato del derecho internacional público, al igual que los instrumentos financieros para la reconstrucción material de Europa. Los inauditos niveles de destrucción, con más de 60 millones de muertos y países enteros arrasados, debían ser remediados mediante los acuerdos de 1944 en Bretton Woods.
El Plan Marshall formaba parte de la misma farmacopea. Y salvo en los países ocupados por el Ejército Rojo, y los partidos comunistas de Italia y Francia, la influencia soviética, comparada con la norteamericana, resultaba modesta. La movilización de los trabajadores argentinos acompañó, en esta región del mundo, esa nueva dirección histórica. El welfare state.
Organizar el Estado de Bienestar no era igual en Londres que en Roma, pero en ambos sirvió para reconstruir países asolados. Tanto Gran Bretaña como Italia, además, estaban fuertemente endeudados con los Estados Unidos. Buenos Aires, en cambio, no le debía nada a nadie; formaba parte del selecto pelotón de países acreedores. Como parte de ese contexto, la clase obrera argentina acababa de ingresar a la república parlamentaria,3 modificando la composición del Congreso con las elecciones de febrero del año 46. El nuevo Parlamento incluyó un partido organizado por los sindicatos, el laborismo, partido que ensanchó la legalidad existente. Esto es, quiénes pueden ir presos. Así, el menú de infracciones policiales repentinamente amplió su composición social.
Entonces, Victoria Ocampo y la madre de Jorge Luis Borges terminarán durante 1953 en la cárcel del Buen Pastor, junto a prostitutas y mecheras. Una experiencia de veintiséis días que Ocampo no desaprovechará, pero que sus cófrades observaron horripilados. La novedad los abrumaba: ellos también podían ir presos por decisión policial. El atentado de Plaza de Mayo del 15 de marzo de 1953 mostró la primera evidencia social de la violencia gorila. El posterior bombardeo de Plaza de Mayo coronaría, durante junio de 1955, la misma exhibición. Los culpables del 53 no fueron en su momento identificados, y el prestigio social de Victoria Ocampo sustituyó a los responsables materiales y políticos del primer atentado.
El cambio del 45 había terminado por resultar intolerable para el viejo país conservador. Recordemos: baja de los precios agrarios internacionales, dos años de sequía (1952 y 1953) y los 1400 millones de dólares, las célebres libras congeladas, se habían utilizado para nacionalizar el transporte y los servicios. Quedaban para el gobierno peronista dos opciones: extraer mucho más petróleo o endeudarse.
El peronismo había revalidado en 1951 su notable potencia electoral. Tras ganar ajustadamente las elecciones del 46, alcanzó en ese turno el 62,5 % de los votos emitidos. De abajo para arriba, la irrupción del 45 terminó modificando los patrones de comportamiento colectivo: las calles pasaron a admitir otra concurrencia –nuevas caras caminaban por el centro los sábados a la noche–; el modo de dominio del bloque de clases dominantes, sin consulta previa a sus integrantes, pasó a incluir la parlamentarización de la lucha de clases.4 Ese era el impacto del 17 de Octubre: un nuevo orden político internacional ofrecía una compleja versión nacional.
Era una novedad demasiado impensada. Al general Perón, un tranquilo oficial de inteligencia, la participación obrera en tanto presencia socialmente diferenciada no dejaba de inquietarlo. En octubre de 1945, un partido obrero de estructura aluvional –trabajadores de las más diversas procedencias políticas terminaron organizados bajo las banderas del laborismo– legitimaba sus marginados debates previos. Los diferendos entre anarquistas, socialistas y comunistas quedaban sometidos a compulsa popular directa. Esto es, podía conformar una nueva tradición compartida, otro balance del conflicto de los años 30, una novedosa lectura obrera. No era esa, precisamente, la propuesta del presidente.
Por eso, fusionó sin debate político, administrativamente, todos sus apoyos electorales en el Partido Único de la Revolución Nacional, primero, y en el Partido Peronista, después. La espoleta revolucionaria, la capacidad de reproducir otro 17 de Octubre, fue neutralizada desde los inicios. Pero, aun así, el movimiento obrero permitió, facilitó, impuso una reorientación general de la práctica política nacional. La legalidad de los sindicatos cambió las cosas.
Al borde de 1940, Federico Pinedo aportó una notable previsión sobre el futuro orden internacional, bajo la forma de un flamante programa económico. Todavía los Estados Unidos no habían entrado en guerra, el ataque a Pearl Harbor sucedería un año más tarde, y Pinedo no solo vaticinó la participación militar de los Estados Unidos sino anticipó al verdadero vencedor de la contienda. De seguir esa línea de lectura el gobierno del presidente Ortiz, suponía imprimir un giro copernicano a la política exterior tradicional; esto es, pro británica.
Como el bloque de las clases dominantes no logró una posición unificada sobre el problema, y como aparentemente se podía procrastinar, dejó el asunto en preventiva nebulosa. El 17 de Octubre terminó siendo el modo plebeyo de esa formidable decisión. Todo debía pensarse de nuevo. La capacidad de previsión no es un asunto político menor. Franklin Delano Roosevelt, por ejemplo, mientras Pinedo elaboraba su programa de sustitución de importaciones para ser aplicado por distintos gobiernos a partir de 1945, había decidido la fabricación de la bomba atómica.
Dicho de una vez: durante 1940, los Estados Unidos armaban a Gran Bretaña para resistir la embestida hitleriana, y Roosevelt ya tenía decidido intervenir militarmente en Europa; por tanto, organiza el Proyecto Manhattan. Mil físicos del mundo entero, incluido un argentino,5 participan del proyecto. Por eso la bomba atómica estuvo lista en 1945. El antisemitismo de Hitler no será gratuito. La flor y nata de los investigadores del mundo, con alta participación judía, organizó una diferencia decisiva.
Mientras tanto, Pinedo colige el resultado de esa batalla para definir cómo la Argentina puede y debe reinsertarse en el nuevo orden político internacional. Pasar del viejo nacionalismo oligárquico antinorteamericano, a la coexistencia con los Estados Unidos. El viraje se inició con el gobierno peronista, y la Revolución Libertadora completó el giro al sumarse al Fondo Monetario Internacional. Pero no nos adelantemos tanto.
De resistir cada una de las propuestas de Washington a tener que considerarlas en otros términos, esto es, modificar la cabeza de los “profesionales” de la Cancillería, sin olvidar los integrantes del Estado Mayor del Ejército. El realismo era una vera novedad. Para entender mejor. Entre 1917 y 1946 el embajador nombrado por el zar Nicolás representó, en teoría, a la potencia que junto a los Estados Unidos acababa de derrotar a la Alemania de Hitler. Sin que, a lo largo de tres décadas, conservadores, radicales (yrigoyenistas y galeritas) junto a militares de todas las cataduras cambiaran esta incomprensión bochornosa del orden internacional existente. Ese nivel de trivialidad provinciana resultaba sencillamente inadmisible en 1946.
Para 1945, todas las cancillerías sudamericanas mantenían relaciones diplomáticas con la URSS. Eran condición sine die para ingresar a las Naciones Unidas tal reconocimiento. De modo que, si el gobierno argentino no normalizaba sus relaciones con Moscú, quedaba al margen del nuevo orden internacional. Esto es, en las complejas condiciones de la España de Francisco Franco.
Tras la victoria electoral de febrero del 46, antes de asumir la presidencia, el general Perón negoció en Montevideo el intercambio de embajadores y el inicio de tratativas comerciales normales.6 No se trataba de un ejercicio de “soberanía política”, sino de una adecuación realista a la pax norteamericano soviética, a la emergente bipolaridad de la guerra fría.
Para que la adecuación al welfare state fuera completa faltaban los derechos políticos de las mujeres; en 1951, por primera vez en la historia argentina, los obtuvieron. Los patrimoniales, en cambio, se harían esperar hasta el “reaccionario” doctor Guillermo Borda; aun así, modernidad y peronismo conformaron el nuevo piso cultural compartido. Y ese es, si se prefiere, el moderno paradigma que inauguró el 17 de Octubre de 1945.
¿Ochenta años después sigue siendo válido el formidable dictamen de Scalabrini? ¿La historia de esa sublevación, la historia del movimiento obrero y la del peronismo realizaron el mismo derrotero?
Avancemos con rigor temporal. La Revolución Libertadora se propuso borrar, en septiembre de 1955, el peronismo del mapa político. No solo proscribió el partido, sino todos los símbolos y recordatorios con que había participado de la vida nacional. Desde la célebre Marchita, hasta las fotografías de Juan Domingo Perón y Eva Duarte. Fracasó.
El 11 de marzo de 1973, Héctor J. Cámpora alcanzó vicariamente la presidencia de la República. Asumió el 25 de mayo para renunciar 43 días más tarde, y entonces por tercera vez el hombre más amado y más odiado de su tiempo volvió a la Casa Rosada para morir pocos meses después. Un ciclo histórico nacional completo había concluido.
El 24 de marzo de 1976 se instaló la dictadura burguesa terrorista con formato militar. Es decir, estabilizó el nuevo reparto del ingreso nacional organizado por el Rodrigazo del 75, mediante los instrumentos del terror directo. Ese modelo, según se mire, triunfó y fracasó en simultáneo. No cabe ninguna duda de que se conservó intocado en lo esencial, como modelo programático. Y en ese sentido negar que triunfó constituye un contrasentido inadmisible. Al tiempo que las crisis permanentes que el modelo impone a la sociedad argentina son tan intensas como obvias.
No faltan por cierto melancólicos que proponen retornar a la “doctrina” del primer peronismo, a las veinte verdades justicialistas, para explicar este colosal “desvío”. Una explicación late en este abordaje: la infidelidad a las tres banderas arroja este resultado nefasto. Entonces, si se retomara la justicia social, la independencia económica y la soberanía política todo volvería a la “normalidad nacional”. Es decir, primero la patria, después el movimiento y por último, los hombres.
Esta modelización de la crisis política en curso tiene un inconveniente: no formula ninguna pregunta que organice alguna clase de investigación. El gesto que la abre incluye el que la cierra. Investigar los motivos de la “traición” termina siendo irrelevante. Desde Sartre en adelante, quién ignora que los traidores traicionan. Basta expulsar a los traidores sin votos para para resolver el intríngulis.
No se trata de ignorar la importancia de la crítica moral en el enfrentamiento político, pero reducir la lucha a una profilaxis personal no suele resultar políticamente operativo. La crítica moral sin preciso diagnóstico desbarranca en palabra hueca; y la expulsión de los traidores concluye en lucha por la “unidad”. Ya que los “puristas”, con su habitual falta de realismo, no “entienden” que hasta el pelo más delgado refleja su sombra en el piso… electoral.
Y en la batalla electoral –quién lo ignora– las encuestas organizan la respuesta. Cuánto mide el candidato, decide. Podemos discutir hasta desgañitarnos sobre la labilidad de encuestas y encuestadores. Sobre lo poco fiables que resultan, y el grosero margen de error que exhiben, pero todas terminan chocando con el resultado electoral. En ese punto este modestísimo debate muere.
En 2015 las encuestas coronaron a Daniel Scioli. En 2019, Cristina Fernández hizo su propia encuesta: eligió a Alberto Fernández. Y en 2024, Sergio Massa resultó ungido. El destino político de Scioli nos exime de mayores precisiones. Recordar que Massa en 2015 acompañó a Mauricio Macri ayuda a entender por qué Milei finalmente primereó.
Este estrecho realismo evita todo debate que exceda las candidaturas electivas. Dicho de otro modo, bloquea otra agenda política. La agenda de los problemas nacionales. Hace décadas que los partidos no tienen programa. Todos saben que el único programa económico es pagar los servicios eternos de la deuda pública. Transformar la privada en pública cuando toca, y defaultear llegado el caso. La escena del Banco Central con Domingo Cavallo en 1982 se repite con leves variantes con Nicolás Dujovne en el Ministerio de Hacienda y Federico Sturzenegger en el Banco Central. Y después siempre se acuerda un stand by con el Fondo Monetario Internacional. Ese es todo el programa.
En ese punto la política no es otra cosa que gestionar la cosa pública, administrar deuda. Una tarea de gerentes. Y nadie ignora que los gerentes resultan perfectamente intercambiables. Hoy trabajan en la General Motors y mañana en YPF. Ya no se trata de cuadros técnicos que comparten una orientación política, sino de profesionales que comparten una actividad.
Esta completa vuelta de campana vuelve a situar la pregunta inicial (cómo llegamos hasta semejante desvío), sin que hayamos avanzado un metro. La falta de reflexión encuentra al orden político de la sociedad argentina sin ideas para enfrentar esta crisis terminal. Una estructura tan agotada como cruel. Entre dicha ausencia de reflexión y el gobierno de los hermanos Milei es preciso establecer las debidas relaciones. Pensar una intensa derrota histórica, fecharla para entender. Ese es el primer problema que nos impone el 17 de Octubre de 1945, ocho décadas más tarde.
La historia termina funcionando en términos de registro personal: un cine continuado. La película comienza cuando uno llega. Sin embargo, el cine tiene horarios rígidos. En una plataforma de streaming la elasticidad es muy superior. Además, se puede detener la película o hacerla retroceder a voluntad. La realidad, sin duda, es un poquito más compleja. Entonces, o la perplejidad de la compacta mayoría se asume como problema a resolver, y se inventa otra respuesta de abajo para arriba, o la repetición del mismo programa se vuelve la única norma de la sociedad argentina.
2 La situación de los denominados pueblos originarios no se modificó. El 10 de octubre del año 47 se produjo la masacre de los Pilagá, a manos de la Gendarmería y fuerzas de la aeronáutica. La Cámara Federal de Resistencia lo reconoció en marzo de 2020. Agradezco el señalamiento de Valeria Mapelman, autora de un riguroso documental sobre el episodio; la de los Pilagá era una situación “normal” y repetida desde la Campaña del Desierto. Y las mujeres recién dejan de ser políticamente invisibles en 1947, cuando conquistan el derecho al voto.
3 Alejandro Horowicz: Los cuatro peronismos, Buenos Aires, Edhasa, 2022.
4 Ib.
5 Enrique Gaviola (1900-1989), físico cordobés de estrecha relación con Albert Einstein.
6 Isidoro Gilbert: El oro de Moscú, Buenos Aires, Planeta, 1991.
Durante 25 años, desde la “Semana Trágica” de enero de 1919, el país ha vivido una casi perfecta tranquilidad.
Solicitada publicada por las autodenominadas “fuerzas vivas”, en La Nación, 16 de junio de 19457
La isla Martín García tiene algo especial que inspira a sus voluntarios e involuntarios ocupantes a escribir. Allí, el poeta nicaragüense Rubén Darío escribió su “Marcha Triunfal” y don Hipólito Yrigoyen, confinado a pesar de su edad y su estado de salud por la miserable dictadura de Uriburu, escribirá gran parte de su defensa ante la Corte Suprema de Justicia. Don Hipólito fue confinado dos veces en la isla. La primera, el 29 de noviembre de 1930. Permaneció detenido en el polvorín conocido como la “cartuchería”, un lugar húmedo, lleno de ratas, completamente insalubre. Allí estuvo hasta el 19 de febrero de 1932. En diciembre de aquel año sería trasladado a Martín García por segunda vez, por orden del gobierno del general Agustín P. Justo. En esa ocasión, fue alojado en la comandancia, un lugar más digno. Una junta médica militar confirmó su cáncer de laringe y aconsejó su traslado a Buenos Aires, donde moriría poco después, el 3 de julio de 1933. La familia del caudillo rechazó el hipócrita duelo nacional decretado por el régimen fraudulento de Justo.
En octubre de 1945, otro habitante involuntario tomaba la pluma en su lugar de reclusión, la actual escuela Cacique Pincén, en aquella isla tan cargada de historia. El hombre había nacido a la historia hacía poco más de dos años, tras ocupar una oscura y hasta entonces inactiva Secretaría de Estado de un gobierno militar que había derrocado al último exponente de la década infame, el presidente conservador Castillo. Desde su nuevo cargo, lanzó una verdadera ofensiva política en el terreno sindical y laboral. Pronto fue conocido como el coronel de los trabajadores y comenzó a ser acusado, según sus interpeladores, de comunista o de fascista.
Antes de analizar las conductas de las izquierdas argentinas frente al emergente fenómeno peronista, resulta necesario precisar dos cuestiones básicas que apuntan a comprender ciertas actitudes de la militancia y que no justifican la lamentable conducta que tendrán las conducciones del Partido Socialista y del Comunista. La primera tiene que ver con el protagonismo discursivo que la lucha mundial contra el fascismo había adquirido en nuestras izquierdas, desde los luchadores antifascistas de la década del 20, pasando por la enorme marca dejada en nuestro país por la Guerra Civil Española y la terrible derrota de las fuerzas progresistas a manos del franquismo. La expansión del nazi-fascismo y el comienzo de la Segunda Guerra acentuaron el sentimiento de que la prioridad de todo militante de izquierda de cualquier parte del mundo era la derrota total de aquel espantoso sistema.
El otro punto era la permanente persecución sufrida por la militancia de izquierda por parte de la “revolución” iniciada en 1943, tanto en el ámbito gremial como en el universitario. El elenco policial, heredado sin cambios de la década infame, hacía uso de los mismos métodos que había implantado el comisario Leopoldo Lugones (hijo) a comienzos de los 30 y la actividad gremial estaba controlada y cercenada por el Estado. Era comprensible entonces que aquella militancia, que estaba lejos de ser minoritaria, desconfiara profundamente del proceso que comenzaba a vivirse en la Argentina.
Pero las dirigencias, particularmente aquellas que creen que su papel es estar un paso adelante, deben no solo interpretar la realidad sino, siguiendo a Marx, cambiarla. La crítica siguiente apunta a aquellas dirigencias que no estuvieron a la altura de la Historia y que muchos años después terminaron autocriticándose por su error fatal de 1945, cuando perdieron para siempre el liderazgo del movimiento obrero.
El desvío general de las libidos hacia la derrota total de Perón y lo que él representaba hizo posibles planteos insólitos como que el sindicato de los terratenientes, más conocido como la Sociedad Rural, aceptara en la plataforma de la Unión Democrática la inclusión de planteos cercanos a la reforma agraria. En esta verdadera “cruzada” antiperonista, el entusiasmo por el apoyo tan contundente que brindaba, a través de su embajador, la gran vencedora de la guerra, hizo perder de vista a los componentes de aquella alianza –particularmente, a los partidos de izquierda– los costos que tendrían que pagar, tarde o temprano, por dejar el manejo estratégico de la campaña contra Perón en manos del Departamento de Estado de los Estados Unidos y de un histriónico e inescrupuloso personaje como Braden. El Partido Comunista, discursiva e históricamente el más anti yanqui de los partidos argentinos, pareció olvidarse de sus caracterizaciones previas para proclamar en boca de uno de sus máximos dirigentes, Rodolfo Ghioldi, en el Luna Park: “Un ilustre embajador aliado acaba de ratificar que los Estados Unidos están dispuestos a ayudar a una Argentina democrática”. El mismo Ghioldi proponía:
La conservación de la amistad con Gran Bretaña, sin detrimento para el desarrollo nacional; mejorarla radicalmente con los Estados Unidos, partiendo de la línea de la “buena vecindad”, retomada ahora por el secretario Byrnes y ratificada con tanto calor por míster Braden.8
Era el mismo Rodolfo Ghioldi que había escrito el 17 de abril de 1941, cuando la URSS aún no era aliada de los Estados Unidos:
En los planes norteamericanos, América Latina no saldría de su actual degradación económica, continuaría siendo el abastecedor de materias primas y alimenticias. Con esta diferencia, sin embargo: que pasaría a ser exclusivamente fiscalizada por el imperialismo yanqui. El plan económico panamericano no es otra cosa que el espacio vital exigido por los Estados Unidos. No se trata ya de coparticipación en la explotación colonial, sino del monopolio norteamericano sobre América Latina. […] Nadie deja de ver, en la guerra desatada por el imperialismo, la salida revolucionaria. Nunca como hoy el fantasma de la revolución atormenta a los dirigentes del capitalismo mundial. La combinación de las insurrecciones proletarias en los países avanzados con los levantamientos nacional anti imperialistas en los países coloniales y semicoloniales preséntase como uno de los más probables caminos. Precisamente por ello, los socialistas argentinos, que siempre negaron la existencia del imperialismo, surgen ahora como sus abanderados, los socialistas chilenos como sus instrumentos y el aprismo como su puntal. Hay que frenar y evitar el movimiento anti imperialista de masas, y ello puede obtenerse únicamente al precio de pasar franca y directamente al campo del imperialismo yanqui. Cuando las cuestiones de la liberación nacional se colocan agudamente y con carácter de inminencia, hay que despojarse hasta de la hipocresía anti imperialista y exhibirse como heraldos del imperialismo norteamericano. Ese camino, es el mismo recorrido por el señor Haya de la Torre desde su consigna ‘contra el imperialismo yanqui’ a su slogan actual: “Por la alianza con los Estados Unidos”. Las posiciones activas contra el movimiento de liberación nacional conducen inevitablemente, como ocurre en Argentina y Chile, a la alianza con la oligarquía.9
Volviendo al acto del Luna Park, y para el desconcierto de varios de los presentes, al referirse a sus históricos enemigos, con los que se habían tiroteado durante gran parte de la década infame, los que habían llevado el fraude y la corrupción al poder, el dirigente del PC argentino dijo:
Saludamos la reorganización del Partido Conservador, operada en oposición a la dictadura, que sin desmedro de sus tradiciones sociales, se apresta al abrazo de la unidad nacional, y que en las horas sombrías del terror carcelario mantuvo, en la persona de Don Antonio Santamarina, una envidiable conducta de dignidad civil.10
No sabemos si entre las cosas que le envidiaba Ghioldi a la conducta de Santamarina estaba la de haber sido uno de los señalados como instigador del atentado contra Lisandro de la Torre, que le costó la vida al senador Enzo Bordabehere, y de haber aportado a uno de sus estrechos colaboradores, Ramón Valdez Cora, para que ejecutara uno de los crímenes políticos más miserables de la década infame. Tampoco quedaba muy claro si la “dignidad civil” incluía el haber apoyado explícitamente el golpe del dictador Uriburu, en cuyo gabinete su hermano Enrique ocupó el Ministerio de Hacienda.
El intelectual y militante comunista Ernesto Giudici comentará décadas después:
El Partido realizó su primer gran acto público en el Luna Park y en él Rodolfo Ghioldi tuvo el mal gusto e imprudencia –aparte del error político– de exaltar la figura del embajador norteamericano Braden. Fue una definición suicida. Y a destiempo, además. Internacionalmente, según el esquema de los bloques, el enemigo había pasado a ser Inglaterra y Estados Unidos. Esto lo advirtió Prestes, reprochando la postura comunista en la Argentina. Pero aquí no se aceptaban consejos. Prestes tuvo razón. El contacto que yo tuve con numerosos peronistas, al tiempo que el PC los rehusaba, me permitió comprobar que esa imagen de un Perón dictatorial y despótico no era verdadera. En el PC la incomprensión del peronismo es una especie de culpa que no se quiere reconocer.11
Palabras como las de Ghioldi evidenciaban por qué la oposición, al tener como blanco de sus ataques al coronel Perón y en segundo lugar a Farrell, era vista por el movimiento obrero como enemiga de las mejoras económicas y sociales, promovidas por Perón, más que como opositora al Gobierno. Es interesante conocer el testimonio de un hombre del socialismo que marca el error que comenzaba a cometerse:
Los partidos políticos democráticos no se equivocaron respecto del carácter fascista que tuvo durante su primera etapa el gobierno revolucionario, y sobre los propósitos manifiestos de la política social de Perón. Pero no comprendieron ni adaptaron su táctica al cambio de frente del gobierno revolucionario a partir de 1945. Este error fue trágico cuando, en conjunción de fuerzas, aparecieron, ante los ojos de la mayoría de los trabajadores, aliados con la fuerzas de la tradicional oligarquía argentina y los intereses de las fuerzas patronales.12
El sociólogo Horacio Tarcus amplía el concepto:
Las izquierdas argentinas de los años 20, de los años 30 y principios de los años 40 se pensaron a sí mismas como a la izquierda del modelo oligárquico liberal. Instalados en ese escenario y aceptando una parte de este paradigma, intentaron cuestionar este régimen desde la izquierda, funcionando muchas veces como el lado izquierdo del propio régimen. Las izquierdas van a pagar muy caro políticamente por esta incomprensión, porque van a perder sus posiciones de liderazgo dentro del campo gremial y dentro del campo de la clase trabajadora. Se va a dar entre 1943 y 1946 un cambio en la lealtad de masas, un corte en la historia de las clases trabajadoras que marca un hito.13
El cambio operado por el coronel sí fue percibido, en cambio, por las fuerzas más retrógradas de la derecha que al principio habían acompañado a la “revolución” con la intención de cooptarla y ahora huían despavoridas para demostrar que no apoyaban la política social de Perón. Lo deja en claro un manual de contrainsurgencia, muy usado en los 60 y los 70 por nuestros represores, que fue redactado por Jordán Bruno Genta:
En cuanto al sindicalismo oficial de la década peronista, corresponde señalar que la vasta obra social y la movilización del proletariado argentino revistieron un carácter netamente marxista, clasista y subversivo. Despilfarro, inflación, nivelación improductiva, como consecuencia necesaria de la aplicación de las consignas marxistas en la lucha de clases: “trabajar cada vez menos, ganar cada vez más”.14
Son pocos los casos en la historia universal en los que un líder de la dimensión de Perón fuera acusado de nazi y de marxista al mismo tiempo. Quedan dos alternativas para el debate: o su mensaje era de una ambigüedad sobrenatural o la oposición estaba realmente muy desorientada.
Así, la izquierda fue perdiendo de vista elementos clave como el histórico sentimiento anti yanqui argentino, que venía desde el fondo de los tiempos. Resultó un factor definitivo y fatal para ellos a la hora de la alternativa de hierro que la propia oposición al coronel fue ayudando a construir con una gran inconsciencia y que no podía dejar de ser aprovechada por su enemigo declarado, y que acabaría por constituirse en el mejor eslogan, el que necesitaba Perón para marcar definitivamente la cancha para jugar como él quería. Todo llevaba hacia “Braden o Perón”.
Las presiones más fuertes venían del mundo empresario, de la Sociedad Rural, de la embajada de los Estados Unidos y de los partidos políticos tradicionales, que veían horrorizados cómo un coronel, surgido de las filas del ejército, la reserva histórica junto a la Iglesia católica del orden establecido, había promovido y transformado en disposiciones legales anhelados y conculcados derechos sociales como el estatuto del peón de campo, la ley de salario mínimo y la de aguinaldo.
¿Cómo era posible que aquel coronel, tan intolerable para la izquierda como para la derecha clásicas ocupara de tal manera el centro de la escena política sin contar con el apoyo de ninguna estructura partidaria existente y ostentara simultáneamente los cargos de vicepresidente, ministro de Guerra y secretario de Trabajo y Previsión?
