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Aprende a manejar tu dinero para alcanzar la libertad financiera. Recuerda que no se trata de cuánto ganas… sino de cómo lo administras. La salud económica está condicionada por nuestras emociones. Muchas personas han visto esfumarse una parte importante de su patrimonio por haber tomado decisiones fuera de toda lógica financiera, guiadas completamente por la emoción. La mayoría de los libros, canales de YouTube y perfiles de Instagram sobre educación financiera se basan en análisis, cálculos y proyecciones para lograr la eficiencia en la toma de decisiones financieras, sin darse cuenta de que éstas suelen estar mucho más determinadas por los estados afectivo-emocionales, lo que suele llevarnos a boicotear nuestras intenciones de cuidar nuestra cartera. Este divertido libro te enseñará a manejar de forma consciente y racional tu dinero. En sus páginas encontrarás técnicas detalladas para controlar tus gastos, estrategias que te ayudarán a desarrollar el hábito del ahorro y toda la información que necesitas para invertir tu capital en los lugares más seguros y con los mejores rendimientos —gastar, ahorrar e invertir con sabiduría, he ahí el secreto—. Luego de leer esta obra descubrirás que, efectivamente, más que un enemigo al que no puedes controlar, Poderoso compañero es el dinero. Es momento de que lo conozcas, hagas las paces con él y lo conviertas en tu socio. Si crees que este mundo en el que vivimos está lleno de retos, entonces sabes que el dinero es uno de los aliados más efectivos que puedes tener para superarlos. Sólo debes llevarte MUY bien con él. Y como en cualquier relación, te tratará de la misma manera en que tú lo trates a él. "El dinero no es otra cosa más que energía que, en realidad, nos puede traer muchos más beneficios que tragedias, más felicidad que tristeza, más calma que preocupaciones y más certeza que incertidumbre." Adalberto Ortiz Ávalos
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Seitenzahl: 200
Veröffentlichungsjahr: 2025
A Dios, porque todo es suyo.
A Fernando Ibarra, por enseñarme tanto. Este libro existe por él.
A mi mamá y mi papá: ellos son el inicio.
PRÓLOGO
El dinero: compañero de vida
CONOCÍ A ADAL ORTIZ hace más de una década, en uno de esos cruces en apariencia casuales que, con el tiempo, revelan su verdadero carácter: puntos de inflexión. Lo que comenzó como una colaboración profesional terminó por convertirse en una amistad profunda, tejida con conversaciones interminables sobre negocios, tecnología, filosofía… y, claro está, sobre ese poderoso y omnipresente compañero llamado dinero.
En estos años, he sido testigo de la evolución de Adal no sólo como profesional, sino como ser humano en búsqueda constante de sentido. Su inquietud ha trascendido las métricas financieras para explorar dimensiones mucho más complejas: el valor real de las cosas, el equilibrio entre éxito y propósito, la espiritualidad aplicada a lo cotidiano. Esa inquietud está viva en cada una de las páginas de este libro.
Poderoso compañero es el dinero no es un tratado de finanzas ni tampoco una guía para acumular riqueza. Es algo más esencial y, en muchos sentidos, más urgente: una invitación a reconciliarnos con el dinero. Adal nos invita a dejar de verlo como enemigo, como redentor y como fin último. Nos convence de comenzar a tratarlo como lo que de verdad es: un reflejo de nuestra conciencia, un espejo fiel de nuestras prioridades, de nuestros miedos, de nuestras creencias más íntimas sobre el merecimiento, la abundancia y el valor.
Algo que compartimos desde hace años Adal y yo es que el dinero no es neutro porque en realidad carga nuestras intenciones, amplifica lo que somos. El dinero no transforma por sí mismo; lo que transforma es la relación que establecemos con él.
Este libro no busca adoctrinar, sino provocar. Adal nos ofrece aquí un viaje que es, ante todo, hacia el interior. Nos plantea preguntas incómodas, pero necesarias: ¿Qué lugar ocupa el dinero en tu sistema de valores? ¿Desde dónde lo buscas? ¿Lo deseas para construir o para escapar? ¿Quién eres tú cuando lo tienes?
A lo largo de nuestras conversaciones —algunas largas, otras intensas, casi todas profundas— hemos explorado escenarios personales y profesionales que nos han exigido reinventarnos, corregir rumbo, y sostener la mirada en la visión, incluso cuando parecía imposible. Hemos creado, arriesgado y roto moldes al proponer soluciones financieras que, en su momento, parecían descabelladas, que muy pocos se atrevieron a imaginar viables… excepto Adal. Él fue de los primeros en confiar, en creer que esa disrupción no sólo era necesaria sino inevitable.
En ese camino también decidimos que, si íbamos a hacer algo, teníamos que hacerlo con excelencia, que la única competencia válida era con nosotros mismos. La búsqueda incansable de perfeccionar productos y servicios financieros no fue, para nosotros, una obsesión técnica, sino una expresión de respeto hacia las personas que los usan. Entendimos, como lo plantea este libro, que el dinero bien utilizado tiene un efecto multiplicador no sólo en la economía, sino en la dignidad de quienes lo reciben, lo gestionan y lo transforman.
Adal lo plantea con una claridad que conmueve: el dinero puede ser un vehículo de crecimiento interior si lo tratamos con conciencia. Esta afirmación, lejos de ser retórica, es el corazón de este libro. Aquí el lector encontrará reflexiones que desafían el pensamiento convencional, ejemplos cotidianos y propuestas aplicables. Sin embargo, lo más valioso no está en las técnicas, sino en la mirada que se propone: una forma más humana y compasiva de relacionarnos con los recursos, con nuestra historia financiera, con el éxito y el fracaso.
En muchos sentidos, este libro resume nuestras propias inquietudes compartidas: cómo construir empresas con alma, cómo no perder el rumbo en medio del ruido, cómo recordar que la abundancia empieza cuando dejamos de operar desde la escasez. Lo expresa con un lenguaje cotidiano, cálido y amistoso.
Sé que Adal me ha considerado su mentor en diversas etapas de su vida, y lo agradezco con humildad. Pero hoy, al leer estas páginas, siento que los roles se invierten: yo soy quien aprende de él, quien se ve reflejado en sus palabras, quien redescubre ángulos nuevos de un tema antiguo.
Poderoso compañero es el dinero no es un destino, sino una puerta. Una puerta hacia una nueva conciencia financiera, en la que lo económico y lo humano no se excluyen, sino que se integran; en la que el bienestar no es sólo un saldo, sino una percepción integral del vivir; en la que el dinero deja de ser una herramienta externa, y se convierte en una expresión tangible de quiénes somos, de qué creemos merecer, de qué estamos dispuestos a entregar y recibir.
Así como todo buen compañero, el dinero también evoluciona con nosotros. Cambia de forma, de valor, de presencia… pero siempre está ahí, acompañando, esperando a que aprendamos a escucharlo sin miedo, sin juicio y sin culpa.
Si estás listo para mirar al dinero con otros ojos más libres, más conscientes y más generosos, este libro puede ser un excelente punto de partida.
Al final, la verdadera pregunta no es cuánto dinero tienes. La cuestión esencial es: ¿quién eres tú cuando lo tienes?
Bienvenidos a esta conversación transformadora.
FERNANDO IBARRA
INTRODUCCIÓN
El dinero no es ni papáni mamá del diablo
ALGUIEN, ALGUNA VEZ, me preguntó cómo fue que acabé dedicándome a las finanzas si cuando iba en la prepa yo solía afirmar que el dinero no me importaba y, además, era pésimo en matemáticas. “Espera —le contesté—, la pregunta tendría que ser: ¿por qué en aquella época creía que el dinero no me importaba?”. Quizá la respuesta tenga que ver con las ideas con las que crecí, con las personas que estaban a mi alrededor y la concepción que ellos tenían sobre él. De niño escuchaba cosas como “el dinero no lo es todo en la vida”, “el dinero es la raíz de todos los males”, “el dinero cambia a las personas”… y la lista de ese tipo de frases podría continuar mientras más haga memoria.
Claro, también escuché otras: “Con dinero, las penas se sienten menos”, “el dinero no es la felicidad, pero cómo se le parece”, “el amor y la riqueza no se pueden ocultar”, etc. Sobra decir que la influencia de estas frases va formando nuestra relación con el dinero y lo que hacemos con él. Así, habrá gente que piense “luego me pongo a ahorrar, ahorita merezco disfrutar de mi esfuerzo” o “el dinero va y viene, lo voy a gastar”, y otras, tal vez más sensatas, que consideren todo lo contrario: “Mejor ahorro desde ahora, la diversión vendrá después” y “me animaré a invertir porque uno no sabe cuándo se acabará el dinero”. ¿A quiénes, entonces, les hago caso? Seguramente mi yo preparatoriano inclinó la balanza hacia las primeras frases y prefirió vivir bajo el lema “la vida es hoy, ya sabrá Dios qué pasará después”, pero la vida me enfrentó con circunstancias que modificaron mi relación con el dinero. Eso ocurrió desde dos ámbitos, uno abstracto y emocional, y el otro más bien práctico y concreto. Ambos, créeme, están muy relacionados y funcionarán como el eje de este libro.
Ahora que hago reflexión, esa fase mía en la preparatoria y la autopercepción de que no me importaba el dinero, no eran más que ignorancia de mi realidad. Hasta me da penita acordarme de cuando afirmaba que no me importaba el dinero, toda vez que mis padres cargaban con un estrés inmenso por cubrir las cuentas. Desde pequeños y hasta entonces, mis tres hermanos y yo fuimos a colegios privados, salíamos de vacaciones al menos una vez al año y ninguno, para ser sincero, fue estudiante de excelencia como para tener una beca o apoyo académico. Pero mi mamá, quien era el soporte financiero principal de la casa, vivía estresada, malhumorada, a veces triste, y seguido la escuchaba hablar con preocupación con mi papá sobre cómo llegarían al final del mes. Era muy triste verla así la mayor parte del tiempo, y aunque se esforzaba por darnos un cierto nivel de vida, no podía evitar contagiarnos su angustia constante. Así que ahora entiendo que cuando yo decía que no me importaba el dinero, lo que realmente sentía y quería era no preocuparme por el dinero como mis padres.
Si bien hay tantos libros que abordan el tema de la educación financiera, creo con firmeza que nunca será suficiente hablar de ello y que, así como hay miles de tutoriales en internet sobre cómo hacer otras tantas miles de cosas, siempre será necesario compartir a los adultos y jóvenes de nuestro entorno lo que algunos hemos aprendido del dinero. Así como los sexólogos hablan informada y enfáticamente del sexo, quienes nos dedicamos a las finanzas debemos revisar y explicar todo sobre el dinero. Quizás algún día logremos desterrar el halo pecaminoso y demoniaco que tiene.
Por supuesto, abordar el campo de la práctica también ayudará a que muchas personas aprendan a caminar los pasos necesarios y comiencen a llevarse mejor con el dinero. No se trata de ganar mucho o poco, se trata de lo que haces con él. He conocido a muchos que ganan fortunas y están a un paso de la bancarrota. Asimismo, hay personas con modestos recursos económicos que, de manera inteligente, saben manejar muy bien su dinero y, a la larga, los resultados son sorprendentes. En estos casos es cuando surge el típico vecino que dice: “Quién sabe en qué ha de andar, seguramente en transas”. Sería más sano preguntarles cómo le hicieron, y que entonces los dineritos también le empiecen a rendir a uno, ¿cierto?
Pero, ¿qué rayos tienen que ver las creencias que nos inculcaron acerca del dinero con la vida real, con el día a día? La importancia de la salud física y mental es una verdad de Perogrullo. Sin embargo, ¿qué ocurre con la salud y el bienestar financiero de las personas? En 2022 fue publicado el Estudio de bienestar financiero en México. Por medio de un cuestionario en línea, la agencia Invested entrevistó a 1,500 trabajadores de diferentes empresas. A los participantes se les pidió que respondieran puntos concretos sobre las siguientes áreas: ahorro, deudas, planeación, retiro y patrimonio.
Algunas de las cifras que arrojó el análisis de la encuesta resultan reveladoras. Por ejemplo, a la pregunta
“¿Cuál de estas razones te causa más estrés?”, la respuesta más señalada fue “Temas de dinero” con 53.7 %, seguida de "Mi trabajo” y, en tercer lugar, “Temas de salud”.
En la misma tendencia, 52.9% consideró que el estrés ocasionado por temas financieros impacta negativamente al desempeño de sus actividades diarias. ¿Te sientes identificado con las personas de esos porcentajes? Creo que es totalmente cierto: ¡la salud financiera se relaciona estrechamente con la salud física y emocional!
Para que un médico elabore un primer diagnóstico acerca de la salud del paciente, es necesario que éste responda preguntas básicas sobre síntomas y sensaciones. De la misma forma, lo ideal es que cada uno de nosotros tenga más o menos claro su estado financiero. Sin embargo, el estudio en cuestión arroja cifras preocupantes: poco más de la mitad no sabe cuáles son sus gastos fijos mensuales, y cuatro de cada diez no tiene claridad de cuáles son sus ingresos.
Si no sabemos cuánto ganamos ni cuánto gastamos, el diagnóstico de nuestra salud financiera será imposible.
Existe un parámetro que señala que si destinamos hasta uno de cada cinco pesos que ganamos al mes a pagar deudas (hipotecas, créditos y préstamos), entonces tenemos una buena salud financiera. Al respecto, los datos del estudio nos alertan que seis de cada diez encuestados destinan más de 20% de sus ingresos a pagar deudas. De ese porcentaje, casi dos de cada diez utilizan más de la mitad de sus ingresos para cubrir sus deudas, lo cual es muy triste y alarmante.
De cada diez personas que ves en la calle, dos trabajan realmente para pagar deudas.
Sin duda, se trata de pacientes en verdadero estado de shock.
Como puede deducirse a partir de estos datos, resulta comprensible que la salud mental (en específico el estrés) esté estrechamente relacionada con el bienestar financiero. Una posible solución no pasaría solamente por acudir a terapia psicológica, sino también en diseñar planes concretos para la educación financiera de la población.
Este libro será una guía básica para la prevención de nuestra salud financiera y también para curar los males que ya nos aquejan. En la medida de lo posible, trataré de no usar tecnicismos que sólo los economistas y financieros entienden: quiero convencerte de que asimilar y aplicar las finanzas (sanas) no es algo destinado para aquellos con doctorado en números. Es más, en estas páginas tan sólo llegaremos a utilizar las operaciones básicas: suma, resta, división y multiplicación.
Por cierto, yo no estudié Finanzas ni Economía; mi especialidad radica en las Ciencias Políticas y en la Administración de Empresas. Me adentré al mundo del dinero cuando entendí que, si lo sabemos utilizar a nuestro favor, nos puede hacer personas más libres y felices: es un poderoso compañero.
El título de esta introducción tiene que ver con las ideas y opiniones que he escuchado desde pequeño: “El dinero es el papá y la mamá del diablo”. Te diré algo: escribí este libro con el objetivo de convencerte de que esa frase no es verdad, de que el dinero no es otra cosa más que energía, y que, en realidad, nos puede traer muchos más beneficios que tragedias, más felicidad que tristeza, más calma que preocupaciones y más certezas que incertidumbre, porque luego de leer este libro te darás cuenta de que “poderoso compañero es el dinero”. Es momento de conocerlo, hacer las paces con él y convertirnos en socios. Si crees que este mundo en el que vivimos está lleno de retos, entonces sabes que el dinero es uno de los más poderosos compañeros que puedes tener para vencerlos, sólo debes saberte llevar MUY bien con él. Y como cualquier persona de este mundo, te tratará de la misma manera en que lo trates tú.
CAPÍTULO 1
Aquí vamoscon la misma cantaleta:ahorrar
DE TODAS LAS FRASES que uno puede leer en cientos de sitios de internet, hay una en particular que me parece ideal a la hora de hablar de algo que, seamos sinceros, nos puede tener un poco fastidiados: el ahorro. No te vayas, por favor. Te prometo que no hablaré (todavía) del tedioso y aburrido presupuesto.
Bueno, la dichosa frase la escribió Benjamin Franklin. Es ésta:
“UN CENTAVO AHORRADO”ES UN CENTAVO GANADO
Si le echaste un ojo a la solapa de este libro antes de leer este capítulo, habrás notado que uno de mis trabajos es impulsar la educación financiera. La frase de Benjamin Franklin me encanta porque fue una de las primeras grandes verdades que aquel famoso inventor dedujo cuando se empeñó, hace ya muchas décadas, en impulsar la educación financiera en los Estados Unidos. Dicho país, por cierto, fue de los primeros en enfocarse en que sus ciudadanos aprendieran a cuidar los centavitos.
¿Qué tiene de maravillosa esa frase? Que resume con precisión el concepto del ahorro: cuando lo haces, no sólo dejas de gastar (o sea, sí, lo tengo claro), sino que comienzas, de hecho, a enriquecerte. Te plantearé dos escenarios que seguramente has vivido: es muy probable que cuando fuiste pequeño y asistías al colegio, tus padres, o quien se hiciera cargo de ti, te dieran algo de dinero para llevarte a la escuela, ¿no? La cantidad que fuera, desde que tenías las monedas en la bolsa comenzabas a hacer cuentas de cómo lo gastarías en el recreo: que si la torta, que si las papitas, que si el refresco… pero siempre había algo para lo que no nos alcanzaba: para pagar la pelota que volábamos, para comprar el juguete que vendían a la salida o para el regalito que le íbamos a dar a la maestra. ¿Y qué hacíamos? Íbamos guardando los centavitos poco a poco. No sólo en nuestros años mozos de estudiantes de primaria: incluso ya en la prepa y la universidad cuidábamos bien las monedas para formar un guardadito y tener chance de irnos de fiesta con los amigos. ¿Cierto o falso? ¡Cierto! ¿Y ya tenías ingresos propios de un sueldo o negocio? La mayoría, no.
¿Qué sucede ahora que percibes un sueldo o ganancias por tu negocio y no puedes ahorrar? No importa si apenas llevas un año trabajando o diez o quince, ¡nos resulta muy complicado ahorrar! Tampoco importa que ese negocio que acabas de abrir ya genere ganancias si te las acabas antes del balance mensual. ¿Por qué si consigues un aumento de sueldo, sigues sin poder ahorrar? Frases recurrentes para dar respuesta: “Porque como ganas, gastas”; “porque la vida es muy cara”; “porque me lo merezco”; “porque ahora que tengo lana…”; etc.
EL DATO CURIOSO
La palabra ahorro proviene del árabe andalusí hurr, que significaba “de condición libre”. Luego pasó al español antiguo, donde llegó a representar el acto de liberar un esclavo. En el siglo XXI, ahorrar te puede librar de las preocupaciones financieras que sientes cuando no tienes nada en la cuenta del banco.
A ver, ahora contesta lo siguiente: “¿Por qué antes, cuando aún no ganaba lana y no necesitaba gastar en esto o en aquello, me sentía feliz?” (pon especial atención en eso de sentirse feliz). La respuesta es simple: porque hay una cadena de cuatro acciones que nadie en la escuela nos enseña a seguir. Ahí está el problema de por qué no podemos ahorrar, y por qué, aun gastando como nunca, no logramos estar satisfechos.
GANAR ⮕ GASTAR ⮕ AHORRAR ⮕ INVERTIR
¿Invertir? ¡¿De qué demonios me hablan, si les estoy diciendo que no puedo ahorrar?! Ok, ok, no hablemos de eso… por ahora.
¿Ya detectaste el error en esa cadena? Seguramente sí… o tal vez no. Antes de corregirla, quiero informarte que, en la mayoría de los casos, la dificultad para ahorrar no está en los hábitos, sino en las emociones. ¿Te suena familiar lo siguiente?
Te emociona recibir tu sueldo o ganancias propias por primera vez y te emociona ya no tener que darle cuentas a nadie sobre cómo lo gastas.Te emociona imaginar todo lo que puedes comprar ahora y te emociona planear (en eso se queda, en planes) para comenzar a ahorrar nomás que acabes de comprar esto y aquello. ¿Verdad o mentira?Te emociona quedar bien con la pareja en turno, con tus amistades y con tus padres, así que comienzas a subir de nivel en los regalos, en las salidas a comer y en las vacaciones: si antes gastabas $500 en un regalito, ¡ahora que se note que soy Don Billetes!; de a $1,000 el regalo, ¡cómo de que no! ¿Sí o no?Te emociona mucho cuando te informan que te aumentarán el sueldo o que las ventas de tu negocio van cada vez mejor. ¿Qué es lo primero que piensas entonces? “Uy, ahora sí el concierto en la primera fila para salir en TikTok”, y vaya que eso te emociona.¿Qué tienen en común las situaciones anteriores? Que te causan placer. Mucho placer. Eso es maravilloso, sin duda. Tampoco presumiré que yo fui distinto, pero en algún momento hay que hacer un alto y mirar hacia adentro. Hace algunos años, cuando ya me empezaba a ir muy bien en mi empresa, mi horario de trabajo era de siete de la mañana a una de la madrugada. Me enfermé y fui a dar a urgencias porque se me paralizó el intestino, estuve internado siete días y me salvé apenas de una cirugía que hubiera tenido consecuencias muy malas para el resto de mi vida. En ese entonces era fan de despilfarrar el dinero en marcas de lujo, desde los zapatos hasta los anteojos, y me esforzaba en que se viera lo bien que me iba y, sobre todo, lo muy bien que sabía que me iba a ir si seguía así. Recuerdo que vino a visitarme uno de mis amigos de la infancia, que no estaba enterado de nada, sólo supo que andaba enfermo y decidió ir a verme. Me vio en la cama, con sondas saliendo por la nariz y otras conectadas en el brazo, en bata, y con una pinta que sólo de verme la cara se imaginarían que no estaba precisamente contento. Se quedó conmigo toda la tarde, recordando los buenos momentos que habíamos pasado en los salones de clase y en las fiestas; tenía mucho tiempo que no lo veía. Le contaba lo bien que me iba y él me daba ánimos, pero veía cómo se preocupaba por mí.
Cuando me dieron de alta, me puse de volada toda mi ropa de diseñador, me vi en el espejo del baño antes de salir del cuarto, y una idea comenzó a perseguirme: “¿A quién quería demostrarle que me estaba yendo bien?”. Para empezar, a mis amigos, los que de verdad se preocupaban por mí, no les estaba demostrando nada porque ni tiempo tenía de verlos, y, en todo caso, estaban más pendientes de mi salud que de la marca de mi reloj. Ni para qué hablar de la cuenta del hospital, que me dio más codo pagar que todo lo que llevaba puesto.
Sólo cuando algo no te complace, porque no está chido y tampoco te hace quedar bien con los demás, es cuando decides ahorrar, invertir verdaderamente en ti y comprar un seguro, por ejemplo. No es cool, para nada. Imagínate las siguientes conversaciones:
Caso A
—Ey, ¿cómo te ha ido?
—Muy bien, eh. Mira mi nuevo iPhone 23, mi bro me lo consiguió antes que nadie.
—Uy, está de envidia. A ver, déjame verlo.
Caso B
—Ey, ¿cómo te ha ido?
—Muy bien, eh. Este mes logré ahorrar 30% más de lo programado.
—Ah, ok… bueno, ya me tengo que ir, yo te llamo.
Lo que ocurre en la relación entre las emociones y comenzar a ganar (o ganar más) dinero es que dejas de hacer eso que de niño y adolescente te salía a la perfección: priorizar. Claro, como ahora generas más dinero, y puesto que la siguiente quincena es “segura” o las ventas “no se van a caer”, en lugar de seguir siendo cuidadoso y selectivo en lo que gastas (como hacías antes), ¡te compras de todo y hueles a cincuenta kilómetros de distancia todas las rebajas en las que puedes derrochar!, porque crees, sientes, que sólo así eres feliz.
Antes de que mi negocio tuviera cierto éxito, recuerdo que caminaba con mi socio rumbo a una cita a ver a un cliente importante. Al doblar la esquina nos encontramos una moneda de un peso; yo seguí caminando, pensando con preocupación en lo necesario que era cerrar con ese cliente. Mi socio, en cambio, se detuvo, levantó esa moneda, la limpió y, al no ver a nadie para regresársela, la guardó con mucho cuidado en la bolsa izquierda del pantalón y continuó caminando a mi lado. Lo amonesté: “Fer, es sólo un peso…”, a lo que me respondió: “Adal, que nunca se te olvide, un gran negocio se construye cuidando cada centavo…”, y yo pensé que si alguien como él, quien a lo largo de su vida había tenido la responsabilidad de dirigir algunos de los bancos más importantes del país, actuaba así con el dinero, entonces ¿cómo podía yo despreciar una moneda?
¿Ahorrar? Va la lista de excusas: “Pero… es verdad, no se puede”, “o sea, ¿lo que quieres es matarme de hambre?”, “¡ah, no!, para eso me pongo las friegas que me pongo: para disfrutarlo”, “¿o sea que no tengo derecho a comprarme ni siquiera unos calcetines?”, y así pueden surgir miríadas de argucias que te ponen a la defensiva para justificar que no se puede ahorrar.
Espera un momento, yo nunca dije que no gastes nunca en nada. En absoluto. Más bien se trata de esto:
HAY QUE APRENDER A GASTAR MEJOR
