Erhalten Sie Zugang zu diesem und mehr als 300000 Büchern ab EUR 5,99 monatlich.
He planeando que en el mundo de hoy nos hemos embarcado en una carrera loca hacia ninguna parte,en una ciencia inducida para arrebatarnos el derecho a pensar.El resultado es evidente.Nos hemos transfigurado en seres simples.En la simplicidad descansa nuestro sometimiento. Es una estrategia tan perversa, tan inteligente, que ha logrado que los sometidos pensemos que somos libres. Es una conspiración que nos impulsan a decir solo lo que esta"bien" lo que todo el mundo acepta y cree, no te puedes salir de la fila, nos han obligado a rechazar lo intrincado, lo complejo lo que te exige la reflexionaron a ciegas la información que se le entrega ¡el resultado?una levedad insoportable que se constituye con caldo de cultivo para todas las manipulaciones, la idea es contribuir a salirnos de la fila, a llevar la contraria
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 263
Veröffentlichungsjahr: 2021
Das E-Book (TTS) können Sie hören im Abo „Legimi Premium” in Legimi-Apps auf:
070.44
M828
Para llevar la contraria: ejercicios de pensamiento / Alberto Morales Gutiérrez Medellín : Ediciones UNAULA, 2021.
276 páginas (Serie Periodismo)
ISBN: 978-958-5495-53-1
I. 1. Periodismo - Colombia
2. Crónicas periodísticas - Colombia
3. Ética periodística - Colombia
4. Política
5. Democracia
6. Colombia - Condiciones sociales
7. Economía
II. 1. Morales Gutiérrez, Alberto.
Serie PERIODISMO
Ediciones UNAULA
Marca registrada del Fondo Editorial UNAULA
POR LLEVAR LA CONTRARIA. Ejercicios de pensamiento
Alberto Morales Gutiérrez
© Universidad Autónoma Latinoamericana – UNAULA
© Alberto Morales Gutiérrez
Primera edición: marzo de 2021
ISBN: 978-958-5495-53-1
ISBN-e: 978-958-5495-54-8
Hechos todos los depósitos que exige la Ley
EDICIÓN:
Jairo Osorio
Ana Agudelo de Marín
DISEÑO DE CARÁTULA:
Davidson Rivera, Editorial Artes y Letras S.A.S.
DIAGRAMACIÓN E IMPRESIÓN:
Editorial Artes y Letras S.A.S.
Hecho en Medellín - Colombia
Universidad Autónoma Latinoamericana
Cra. 55 No. 49-51 Medellín - Colombia
Pbx: [57+4] 511 2199
www.unaula.edu.co
Diseño epub:Hipertexto – Netizen Digital Solutions
“Es preciso dudar, en cuanto sea posible, de todas las cosas”RENATUS CARTESIUS
NOTA LIMINAR
Por llevar la contraria
1. CIUDAD Y CULTURA
Mi revólver es más largo que el tuyo
Medellín de revolución cultural
Los impunitas, desde Alejandría hasta Medellín
Sexo a lo bien en Medellín
La violencia como trampa en Medellín
La ciudad a lo lejos
¿Hasta cuándo van hablar mal de Medellín?
2. POLÍTICA Y DEMOCRACIA
La resistencia afgana: una gesta heroica contemporánea
De pastoral a Cardenal
El inquisidor Pimiento
¿Qué tal un “proyecto humanidad”?
El pacto de Adriana
Regular la protesta social
Una parasitosis se engulle a Colombia
Una democracia de zoquetes e ignorantes
El garrote al voto en blanco
¿A los impunes los protege Dios?
De Somoza, Ortega y otras yerbas
Eclécticos de todos los países, ¡uníos!
De estadísticas, certezas y otras barbaridades
In Nomini Patris
Trump y la decadencia
Sacarla del estadio
Porque no…
La dignidad que habita en la indignación
La danza de los estúpidos
Ciudadanos a medias
Reelegir, un verbo espinoso
¡Ya llegó el facho!
Hoy leí a Aricapa y lloré
Lo mismo, pero distinto
Llamas y Andes
¡Qué encartada!
La paz está clarísima
Agua que no has de beber, déjala correr
Cómo ha envejecido el doctor Álvaro
El escepticismo tremendista
3. ECONOMÍA
Desplazados, la otra Colombia y la de siempre
¿Una Federación Cafeteróvora? (I)
Una Federación Cafeteróvora? (II)
¿Una Federación Cafeteróvora? (y III)
La maldición del Midas (I)
La maldición de Midas (II)
La maldición de Midas (III)
Irlanda o el M-19
Algo cuenta Centroamérica
Con la “chinche” paz se nos creció don Pepe
Si Sandino resucitara
4. LA VIDA
Ni siquiera el insulto
La parábola del impune
Aquella librería
No nos hagan esas vainas…
¿Cuál pensamiento débil?
Hay un suicida a la vuelta de la esquina
Espejito, espejito, dime ¿quién es la más inteligente?
La alegría de perder
5. CURIOSIDADES E INTIMISMOS
La insoportable levedad…
Sumas y Restas, para no volver atrás
Un mundo patas arriba
Adivina adivinador
¡Otro Botero pinta!
Una hermosa tragedia
¿Con especial fuerza?
Petrus plaza show
¡Esta calle es un volcán!
Yo estudio pa’ educarme
Los maestros de ahora
Esta historia es un tierrero
Hasta los presidentes lloran
Un adiós a Pedro Pablo
6. MEDIOS DE COMUNICACIÓN
La noticia maniquea
¡Ojo al parche!
El cielo de Puerto Inírida
El buen corazón de la marimba
7. PERSONAJES
Octavio, el grande…
Lalinde, un muchacho veterano
Gómez en el diván
Regresa John…
La fuerza del común
Con silencios prolongados en algunos períodos, el vicio de opinar ha sido una constante a lo largo de los últimos treinta y cinco años. Lo he hecho en El Tiempo, El Colombiano, El Mundo, La Hoja y en algunas revistas fugaces. Los temas son diversos: economía, política, filosofía, literatura e incluso algunos deslices intimistas.
Vistos en perspectiva siento que, de alguna manera, son relatos sobre lo que ha ocurrido a lo largo de este tiempo, reflejan lo que somos y el país en el que estamos.
El título seleccionado obedece a una reflexión hecha en una columna relativamente reciente a propósito de la manida frase que se esgrime para castrar cualquier indicio de discusión: “¡Respeta mis ideas!” se le grita al contrario.
El filósofo español Fernando Savater arguye en contravía: expresa que las ideas tienen su razón de ser en la medida en que puedan ser debatidas, modificadas, cambiadas; por lo que confrontarlas, deliberarlas, es un imperativo de la inteligencia.
Solo al fanático le cabe en la cabeza que las ideas son inmutables. Hay aquí un tono contestatario, un llevar la contraria que, a mi juicio, es una necesidad.
He planteado que en el mundo de hoy nos hemos embarcado en una carrera loca hacia ninguna parte, en una urgencia inducida para arrebatarnos el derecho de pensar. El resultado es evidente. Nos hemos transfigurado en seres simples. En la simplicidad descansa nuestro sometimiento. Es una estrategia tan perversa, tan inteligente, que ha logrado que los sometidos pensemos que somos libres.
Tal vez uno de los filósofos que más ha aportado al esclarecimiento de este absurdo es Byung-Chul Han, quien explica la manera como los seres humanos contemporáneos hemos cedido nuestra soberanía y nuestra libertad, a cambio de lo que él denomina “el parecer”.
Es una conspiración que nos impulsa a decir solo lo que está “bien”, lo que todo el mundo acepta y cree, no te puedes salir de la fila. Nos han obligado a rechazar lo intrincado, lo complejo, lo que te exige reflexión. Aceptar a ciegas la información que se te entrega.
Estrangularon esa vocación sublime que tiene el niño por el conocimiento cuando agota a sus mayores preguntando “¿Por qué?”
Ya no existe el “¿por qué?” en nuestro pensamiento. Somos incapaces de hacer o de hacernos preguntas.
¿El resultado? Una levedad insoportable que se constituye en caldo de cultivo para todas las manipulaciones.
La idea es contribuir a salirnos de la fila, a llevar la contraria.
Así tituló el intelectual y crítico de cine Alberto Duque López una de sus novelas antológicas. La frase encaja además con el abordaje de la violencia que sacude a Medellín, un problema verdaderamente grave y que no es ni nuevo, ni solamente nuestro.
De hecho, una nota periodística destaca recientemente que, de las cincuenta ciudades con mayor cantidad de asesinatos en el mundo, cuarenta y tres eran de América Latina, y Colombia aporta tres a ese tenebroso listado.
La violencia urbana ha sido analizada desde todos los flancos. Abundan los estudios y las variables de solución: desde la denominada teoría de “La desorganización social”, pasando por la represión extrema, toma de zonas específicas identificadas como particularmente violentas, que llamaríamos la teoría de la “Orionización”, hasta las alianzas entre los gobernantes, los sectores empresariales y las comunidades para buscar, experimentar, sistematizar y descubrir nuevos enfoques.
Se lee recurrentemente en los documentos de análisis que hay unas “condiciones estructurales” que exacerban la violencia y mencionan temas tales como “penurias económicas”, “inestabilidad residencial”, “desintegración del núcleo familiar”, “cultura de la ilegalidad”, “impunidad”, “consumo de drogas y alcohol”, en fin. Todas esas condiciones las tenemos.
Evidentemente la actual administración de Medellín [del Alcalde Federico Gutiérrez] ha escogido la solución de la fuerza que es, tal vez, la más primitiva e ineficaz de las soluciones con las que se ha experimentado en el mundo y a lo largo de la historia.
Hay, por el contrario, experiencias que enseñan cómo abordajes cimentados en la cultura ciudadana, en la construcción de nuevos espacios públicos, en la instalación de observatorios, en la educación y en la realización de inversiones sociales y políticas públicas basadas en comunidad, enseñan –digo– que se pueden generar transformaciones prodigiosas y de enorme éxito.
Los críticos del Alcalde arguyen que ese enfoque policivo está mediado por su obsesión con la buena imagen que quiere proyectar. Sostienen estos críticos que como quiera que le reditúa tanto la noticia sobre este o aquel delincuente detenido, que lo beneficia tanto su presencia en la zona de conflicto, y que lo evalúan tan bien por la inmediatez de su respuesta a la denuncia que se hace en redes por algún hecho delictivo, entonces que el hombre se siente en su salsa, ejerciendo como “padre protector” de la ciudadanía.
Creo que el problema tiene aristas más delicadas. Su manera de enfrentar el problema es también una manera de ver el mundo: toda solución de fuerza excluye la razón.
Hace cerca de quince años el filósofo español Fernando Savater narraba aquí, en Medellín, una historia que aún hoy me estremece. Hacía referencia a una discusión célebre entre Sócrates y Caliclés. Hay un momento en el que este último decide guardar silencio. Sócrates concluye entonces: “¿Aceptas lo que te estoy diciendo?” y Caliclés le responde: “Me da igual lo que digas, yo tengo la espada, tengo la fuerza y me da igual que tengas razón o no [Resaltado extra texto], me da igual que seas tú el que ha encontrado el argumento justo, no utilizo la razón más que para imponer mi criterio, no admito la razón como algo que va a dirimir disputas entre tú y yo, a mí solo me sirve la razón para decir lo que yo quiero decir y para ordenar lo que yo quiero ordenar y no me interesa lo que tu vayas a decir”.
El tema de la fuerza, en una perspectiva ética, explica la razón por la cual la violencia solo puede engendrar violencia, porque –también lo dice Savater– “la ética no está basada en el respeto por la vida, sino en el reconocimiento de la vida”, y concluye: “al desesperado por la muerte no se le ocurre nunca ninguna virtud, organiza la vida sólo desde el manto de la muerte y por lo tanto tiene que detestar, ansiar, vivir en la zozobra…”
Savater, refiriéndose a Spinoza, también destaca lo que representa estar intoxicado de tristeza y de muerte, porque sus comportamientos vienen producidos por la intoxicación de la tristeza y la muerte.
Es muy deprimente todo esto, pues va uno a ver, y es la zozobra la que se está imponiendo por aquí…
3 de mayo de 2018, periódico El Mundo
Mire los efectos colaterales que desencadena el dengue: Tirado en la cama este martes como a las cuatro de la tarde, me encontré en la televisión a la muy querida Lucía González en compañía de Alberto Correa, hablando de la cultura en Medellín.
Y entonces aprendí que el acto creativo aún camina por las calles de las barriadas populares, expresándose en música, en teatro, en artes plásticas. Y supe que los nuevos espacios de las bibliotecas se llenan todos los días de público popular dispuesto a nutrirse de las más diversas manifestaciones del arte. Y que los auditorios de las conferencias también se llenan, y que quienes visitan los museos hoy son visitantes de los sectores populares, y que lo que los pelados están haciendo en las comunas es francamente formidable.
Que hay allí, en esas calles, un reverberar creativo, una revolución estética, una explosión de colores y de formas, que nadie se alcanza a imaginar. Bueno, “nadie” es un decir. Allá en la barriada todo el mundo lo sabe y lo vive. Los que no lo sabemos somos los del otro lado.
Lucía confesaba, con una especie de sentimiento encontrado (entre la emoción y el desencanto), que la época en la que la cultura era un disfrute y un ejercicio de las élites ha desaparecido.
El desencanto, porque esos tiempos en los que la dirigencia industrial era culta, y que los conciertos movilizaban a los señores y a las señoras encopetadas, ya desaparecieron.
Desencanto porque ya los yupis tienen otros intereses. La cultura no los convoca. Lucía dice algo parecido a que esta nueva dirigencia pareciera caminar por el mundo presa del desencanto.
Emoción porque ahora, la cultura es popular. Sus expresiones, sus respuestas, su público, son populares.
Y entonces empieza uno a reflexionar con cierto sentimiento de pánico, que es cierto, que hay una tal desidia entre la gente joven de estratos altos por todo lo que la rodea, que están tan sumergidos en sus microcosmos, tan engolosinados con el Parque Lleras, tan embebidos en la búsqueda del dinero rápido, que lo que se está configurando ahí es un síntoma de decadencia con ribetes de amenaza.
Esa especie de autismo que implica dar la espalda a la realidad, ese ejercicio desesperado de la “alegría” a como dé lugar, la “euforia perpetua” de la que habla Pascual Bruckner, esa obligación moral de ser dichoso porque todo se puede comprar (unas nalgas, unas teticas, el bótox, mi carro es más grande que el tuyo, parce, uy qué rumba) tiene un precio: la imbecilidad colectiva.
Siéntese a escucharlos sin prejuicios. Escúchelos y sorpréndase de qué hablan, cuáles son sus temas de interés, sus reflexiones. Hay una superficialidad tan arrasadora, una banalidad tan contundente, una estupidez tan rampante, que usted empieza a sentir escalofríos y la sensación cierta del no futuro.
Es ahí cuando las afirmaciones de Lucía y de Alberto, en el programa del que hablo, se convierten de repente en una voz de esperanza. No, no todo está perdido, porque la ciudad vive su revolución cultural. Y si la cultura se agita en las esquinas, se agitan también los pensamientos, para darle razón a Savater, “los humanos nos reconocemos como humanos, porque somos capaces de pensar juntos”.
Un ejercicio que no parece estar agitándose por el Lleras [el parque] y por las transversales… ¡Qué dolor!
14 de agosto de 2010, Periódico El Tiempo
Cirilo, obispo de Alejandría (una ciudad del antiguo Imperio Romano), es un santo por partida triple. Es reconocido y exaltado como tal por la iglesia Católica, la iglesia Ortodoxa y la Copta. Un patriarca ejemplar que murió en olor de santidad y sin el más mínimo remordimiento el 27 de junio del año 444.
El historiador Hans von Campenhausen lo describe como un hombre autoritario, violento, astuto, convencido de la grandeza de su sede y de la dignidad de su ministerio. Expresa el historiador que Cirilo siempre consideró justo aquello que le era útil a su poder episcopal y que la brutalidad y falta de escrúpulos con que llevó su lucha nunca le crearon problemas de conciencia.
Cirilo defendía la “verdad”. Una verdad contraria al pensamiento de Hipatia, mujer hermosa y de gran talento, la hija más amada de Teón, bibliotecario de Alejandría. A ella se deben textos trascendentales como el Comentario sobre la aritmética de Diofanto y otro sobre las Crónicas de Apolonio.
Filósofa, geómetra, investigadora de la ciencia, fue secuestrada por una muchedumbre de monjes devotos seguidores de Cirilo, quienes la llevaron a la iglesia de Cesario, en donde fue golpeada brutalmente, apedreada, le arrancaron los ojos y la lengua, le sacaron los órganos y los huesos y luego quemaron sus restos. Destruyeron su obra y la borraron de la faz de la tierra.
El crimen de Hipatia quedó impune. Cirilo sobornó al investigador Edesio, quien no pudo esclarecer la verdad de lo ocurrido, ni quiénes fueron los instigadores.
Impunidad es una palabra extraña que, la mayoría de las veces, está asociada al poder, a la corrupción y al fanatismo. Impunidad es también una palabra que recorre la historia del mundo y de nuestra América. Y, en Antioquia y Medellín, sí que hemos oído hablar de impunidades.
Oímos del Proyecto Cultura que lucha contra la impunidad de los crímenes del franquismo, escuchamos que Israel goza de impunidad permanente por sus crímenes de guerra, leemos sobre la historia de la impunidad en Argentina.
Y también nos llegan ecos de la impunidad contra los crímenes de periodistas en Brasil, y sabemos que nuestros indígenas claman, por citar un caso, contra la impunidad con la masacre de El Naya (Cauca).
El impune, como ocurre con Cirilo, no tiene castigo, nadie lo juzga. Ni él ni quienes lo defienden aceptan razones, porque ejercen sus actos con una pasión exacerbada, tienen una relación desmedida y tenaz con su verdad. Adhieren de manera incondicional a sus razones, lo que hace que se comporten de manera irracional.
Son fanáticos. Están convencidos de que su verdad es la única válida y menosprecian las opiniones de los demás. Cuando el fanático accede al poder, desarrolla un sistema para imponer sus creencias, castiga a los opositores y llega a matarlos.
El coronel Plazas [Luis Alfonso Plazas Vega], por ejemplo, es responsable por la desaparición de doce personas que salieron vivas del holocausto del Palacio de Justicia. Hay pruebas documentadas. Pero quienes lo defienden no admiten razones. No hay allí un crimen, ningún exceso. Su abogado defensor dice que ni siquiera hubo desaparecidos.
Qué coincidencia, por ahí hay un arzobispo diciendo que los campos de concentración y los hornos crematorios en la Segunda Guerra Mundial nunca existieron. Sí, hay ceguera en el fanatismo. La mala noticia para ellos es que 1600 años después, Hipatia sigue viva…
Impunidad es también una palabra que recorre la historia del mundo y de nuestra América.
18 de septiembre de 2010, periódico El Tiempo
George Lakoff dice que la derecha, más o menos desde mediados de la década del sesenta, se dedicó a organizar “Tanques de Pensamiento” capaces de nutrirlos argumentativamente, para tomar la iniciativa en los debates claves que sostienen con las tendencias progresistas de la sociedad.
Expertos como Frank Luntz les brindan guías de estilo orientándoles sobre el lenguaje que deben utilizar para seducir audiencias. La derecha viene con todo.
Para la muestra un botón: ahora resulta que el proyecto “Sol y Luna” que impulsó la realización de la campaña de prevención del embarazo adolescente en Medellín, no fue bueno. Sus evidentes y saludables resultados en salud sexual y reproductiva no importan, porque ocurre que la mirada debe ser otra, la verdadera, la oficial, la de la iglesia, la conservadora, la mirada de ellos.
A la derecha le aterroriza la libertad. Si a los muchachos se les propone una discusión sobre el sexo libre, responsable y seguro, entonces se les está invitando a la promiscuidad. Del sexo –dice la derecha– es mejor hablar en otros términos o en uno solo de los términos: el de la responsabilidad.
Porque para la derecha el placer sexual está proscrito, su única función es la reproductiva, “traer hijos al mundo para la gloria de Dios”, dicen. Los progresistas tenemos la tendencia dañina a menospreciar estas andanadas. Creemos que es tan retardataria la mirada, que no vale la pena debatir. Estamos terriblemente equivocados.
Mientras nos quedamos callados o despreciamos su discurso, ellos montan a la sociedad en su marco conceptual: la moral del padre estricto, en la que Dios –que es todo bondad– decide qué está bien y qué está mal. El placer y la libertad en el sexo, por ejemplo, son inmorales. Para cumplir los mandamientos de Dios hay que ser disciplinado, practicar la abstinencia, resistir la tentación. Hay un orden moral natural: Dios por encima del hombre, el hombre por encima de la naturaleza, los adultos por encima de los niños... Y ese orden moral se extiende con demasiada frecuencia a los hombres por encima de las mujeres, los blancos por encima de los no blancos, los cristianos por encima de los no cristianos.
Creo que estamos equivocados. Hay que debatir, confrontar las ideas. Si nos quedamos callados seremos corresponsables de que impere la barbarie.
25 de septiembre de 2010, periódico El Tiempo
Entonces tú mides en centímetros cuadrados o en segundos de emisión, la dimensión de las noticias sobre Medellín, y ahí está la violencia galopando, definiendo a la ciudad, señalando a su territorio.
Uf, dicen los analistas, qué ciudad tan violenta. Se crea un relato dominante y todo el mundo se pega de él. Les cuesta mucha dificultad ver algo distinto.
Mire nada más cómo Medellín gana premios internacionales, reconocimientos. Convoca con solvencia la presencia de las más destacadas figuras del mundo. Los alcaldes de las más diversas ciudades del planeta se acercan hasta aquí para aprender de las experiencias ya vividas; la ciudad es epicentro de encuentros memorables.
Los arquitectos del mundo se vienen para acá a recrearse con los prodigios logrados en el manejo del espacio público, pero no, la gente se pega del relato dominante.
Es grave que nosotros, aquí mismo en la ciudad, caigamos en la trampa de definirnos a partir de la violencia. Es una trampa, porque ocurre que en Medellín confluyen diversas violencias.
Una es la violencia social, esa que es producto de la dinámica de la ciudad misma: la riña callejera, el atraco, la violencia intrafamiliar, la confrontación entre vecinos, los arrebatos de la intemperancia. Es una violencia con cifras concretas que, está probado, han descendido de manera paulatina y persistente, lo que hace que Medellín inició el proceso de transformación ya conocido, cuando empezó a transitar del miedo a la esperanza. Sí, del miedo a la esperanza.
La otra es una violencia estructural, la violencia de los profesionales de la violencia, la de paracos, narcos y bandas organizadas del crimen, la violencia de los que se disputan territorios de poder, la de los matones de oficio. Esa violencia que los exacerba y hace que se masacren entre ellos.
Esa es la violencia de quienes están interesados en sumirnos en el miedo, de quienes quieren una ciudad que retroceda. Esa violencia no tiene por qué definirnos, estigmatizarnos.
Desde luego que no se trata de banalizar el fenómeno. Desde luego que los ciudadanos de bien en las comunas sufren el suplicio de su agobio, el terror de la bala perdida.
Es una violencia cierta. Pero es una violencia que puede ser arrasada por el poder de una ciudad que tenga la capacidad de darle una nueva perspectiva a su mirada. La ciudad de los logros, de las realizaciones.
La ciudad guapa, altanera, emprendedora, capaz de liderar y protagonizar sus propias transformaciones; la ciudad que se reinventa, que se exige, que logra lo que se propone.
Ya no más trampas de la violencia.
Se habla por estos días de una escalera eléctrica de veintiséis pisos de alta que ascenderá por las laderas de la Comuna 13 y contribuirá de manera decidida a cambiar el paisaje y la vida de esa zona de Medellín.
Me gusta el símbolo. Una escalera que suba al cielo, que rompa el paisaje, que es un alarido de cosa nueva con tecnología y metal. Una escalera que sube sola, que te lleva.
¡Joder! Qué buen argumento para empezar a hablar en otros términos, de otras cosas.
Es grave que nosotros, aquí mismo, caigamos en la trampa de definirnos a partir de la violencia.
2 de octubre de 2010. periódico El Tiempo
Hubo un tiempo en que las huertas se extendían hasta allá al fondo, la tierra buena es buena y no faltan fuentes por aquí…
José Saramago [1922 – 2010]
Ya no son unos pocos excéntricos, profesores universitarios, locos, intelectuales y poetas los que tomaron la determinación de irse lejos, a Santa Elena, por ejemplo, a construir o alquilar una pequeña cabaña para vivir en contacto con la naturaleza.
Ahora, las poblaciones del oriente cercano como El Retiro, La Ceja y Rionegro ven la acelerada transformación de sus zonas rurales merced a la construcción de casas y unidades cerradas, a donde personas de la más variada índole van llegando con sus bártulos, y no con la intención antigua de pasar allí el fin de semana, sino para quedarse.
Cambió el perfil. Ahora son hombres de negocios, empresarios, ejecutivos, profesionales independientes, jubilados, en fin, una tribu variopinta la que emigra y para quien Medellín se convierte entonces en un interrogante: ¿será acaso y apenas un referente, un punto de trabajo, un destino obligado al que hay que ir por razones de negocios, la ciudad en donde viví?
¿Qué está pasando? Un experto en marketing city afirmaba en estos días que la auténtica definición del paisa de Medellín era aquella que lo describía como “un habitante urbano con nostalgia de lo rural”. En esta definición descansaría la vocación “montañera” de sus habitantes, ese hablado pueblerino que tanto desquicia a los bogotanos, esa estética raizal.
Pero no somos tan originales. No se está viviendo aquí un fenómeno único y excluyente que tenga la virtud de caracterizarnos, de reflejar una manifestación de nuestra cultura, no. Mire usted lo que está ocurriendo en las grandes ciudades de América Latina y podrá observar cómo el fenómeno se repite de idéntica manera a como se desarrollaron los suburbios de las grandes ciudades estadounidenses.
El periplo que empieza a transitar nuestra ciudad parece repetirse, de manera casi igual, en casi todas las ciudades de Latinoamérica, en donde gradualmente empiezan a gestarse y consolidarse espacios diferentes dentro de una misma zona urbana.
Ahí estaban primero los centros históricos desde donde la ciudad empezó a formarse y que evolucionaron al ser las sedes del comercio y la actividad económica; luego esas casas grandes, las mansiones de apariencia europea (por ejemplo, nuestro barrio Prado) construidas por las clases adineradas, y estaban también, en tercer lugar, los barrios marginales de los inmigrantes pobres que venían desde el campo.
La clase media, que empezó a florecer por los años cincuenta, aportó numerosos conjuntos habitacionales cuyo parecido sorprende, lo mismo en Ciudad de México que en Medellín, en Bogotá o en Santiago.
Esta última ciudad chilena muestra grandes parecidos con lo que estamos viviendo, puesto que el Barrio Alto, una gigantesca área ubicada cerca de la cordillera, se pobló tradicionalmente por el estrato seis, mientras de la Plaza Italia hacia abajo, que incluye la ciudad antigua, es donde habitan los sectores de clase media baja y baja.
El recorrido de esa clase alta fue el mismo: primero en el casco viejo, luego hacia el barrio alto y, ahora, hacia La Dehesa en las montañas. No, no somos nada originales.
Hay dos tipos de explicaciones: la visión apocalíptica, que apela al pesimismo, y a una concepción de no futuro.
Jesús Martín Barbero denomina a esta división de barrios pobres y barrios ricos la “discriminación topográfica”. Es lo mismo que se presenta en las ciudades del sur de los Estados Unidos en donde es la carrilera del tren la que establece la frontera social.
Los analistas como Carlos Monsiváis son recurrentes en culpar a la ciudad, a la metrópolis moderna, de empujar a algunos sectores hacia fuera. Como quiera que esa ciudad metrópoli de hoy es el gran altar donde se ofician diariamente los “rituales del caos”, no es de extrañar que el miedo, las drogas y la violencia hagan cada vez más tenue el deseo de habitarlas.
Los grandes centros comerciales han terciado a ser espacios de protección frente a la inseguridad de las calles, y las unidades cerradas y los apartamentos se convierten en torres de aislamiento que aniquilan la sociabilidad.
En esa perspectiva, la ciudad de América Latina, víctima de la conspiración neoliberal del imperio, sucumbe a los tentáculos de la globalización, asume la derrota de su cultura y se pierde.
La migración de la que estamos hablando ya no es una huida, un desarraigo. Es un aprovechamiento de la infraestructura de vías y de servicios públicos, para adoptar un hábitat consecuente con un estilo de vida.
Y hay, de otro lado, una visión más optimista. La ciudad de la pelea por la inclusión y la democracia, por convertirse en un espacio cada vez más habitable. La ciudad de América Latina, y eso se siente en Medellín, lucha por convertir el espacio público en territorio de encuentro ciudadano
García Canclini, un argentino (residenciado en México), estudioso del tema que es del club de los optimistas, expresa que es inútil asumir a nuestras ciudades como bastiones de la identidad nacional cuyo deber ser sea rebelarse a toda costa, contra los efectos de la globalización. García Canclini habla de los procesos de “hibridización” que son característicos del desarrollo de las tecnologías de la comunicación, capaces precisamente de desterritorializar esas culturas.
Estas ciudades nuestras revindican por fin el derecho a respetar al otro, significa que aprenden que el descubrimiento de las diferencias no agota el sentido de la comunicación. Ciudades que se entienden por fin como producto de esfuerzos colectivos en donde cada quien ha de aportar a su avance y desarrollo.
Democracia e inclusión se convierten entonces en palabras poderosas y mágicas. Bajo esa mirada optimista, la migración de la que estamos hablando ya no es una huida, un desarraigo. Es un aprovechamiento de la infraestructura de vías y de servicios públicos, para adoptar un hábitat consecuente con un estilo de vida y una relación con el mundo, pero que no implica para nada abandonar a esa ciudad amada que sigue ahí al alcance de la mano, para ser disfrutada y vivida con toda intensidad. Son visiones.
Mayo de 2006, periódico La Hoja de Medellín
“Si encuentras una tortuga en un poste, alguien la puso ahí...”
Viejo proverbio chino
¿Cuál es el problema de imagen que tiene esta ciudad? ¿Es también un problema de los ciudadanos?
¿Qué hace que una publicación con reconocimiento internacional y un prestigio ganado a fuerza de seriedad y rigor como National Geographic, edite un artículo que, bajo el título de “Medellín, historia de una guerra urbana”, termine desconociendo la situación actual de esta ciudad y perpetúe esa imagen de violencia y deterioro con la que se la reconoce en el mundo?
El argumento de mala fe manifiesta, algo así como que el artículo sea producto de una acción premeditada y alevosa, inspirada ya por una fuerza superior o por una trapisonda individual, que busca dañarnos a toda costa, no me encaja. Dudo mucho de que la Revista haga parte de un plan de esta envergadura, o que quisiera o exista una conspiración en tal sentido.
Tampoco creo en la versión del sensacionalismo a ultranza, de la truculencia para ganar lectores. No es National Geographic una revista con este tipo de antecedentes, ni el perfil de su público objetivo parece ser proclive a incentivos de esta naturaleza.
Pueden caer sobre mí rayos y centellas, pero voy a arriesgar con toda seriedad una opinión, asumiendo todas las consecuencias.
Creo que la National Geographic, que su consejo de redacción y su editor, decidieron publicar el artículo porque asumieron, con toda sinceridad, que lo escrito allí, en agosto de 2003, seguía siendo rigurosamente cierto, dieciocho meses después.
¿Por qué habrían de creer lo contrario? ¿Quién les había entregado una versión diferente de la ciudad?
Para explicar de manera adecuada esta reflexión, analice usted este escenario en el que voy a citar tan sólo dos ejemplos. De un lado, el domingo 13 de marzo de 2005, en la edición del periódico El Colombiano, el editorial se iba contra la publicación acusándola de amarillista, en el página sexta y bajo el título de “Alarma por víctimas de la violencia común”, un artículo suscrito por los redactores Nelson Matta y María Cristina Rivera empezaba así: “Bebés apuñalados por deudas, menores envenenados o acuchillados por sus padres acosados por la miseria o los celos, jóvenes que terminan en una fiesta con una masacre tras lanzar una granada y peleas con armas entre colegiales, es el panorama más mencionado de la delincuencia común y familiar la última semana en el país…”
De otro lado, la revista Cambio, en la edición del 14 al 21 de marzo del 2005, dedica su carátula a lo que denomina las “troneras” en el proyecto de ley de justicia y paz propuesto por el gobierno en el marco de las negociaciones que sostiene con los paramilitares, a propósito de lo que la opinión pública conoció como el narcomico. Queda claro para el lector del artículo central que la esencia del ‘mico’ apuntaba a convertir el narcotráfico en delito político que, conforme lo expresó el senador Rodrigo Rivera, fue lo que “durante años buscó el grupo terrorista llamado ‘Los extraditables’, que dirigía y financiaba Pablo Escobar…” (¡Y, dale con Pablo Escobar!).
Asuma que es usted el señor William L. Allen, editor de la National Geographic, y que por razones de su oficio, lee la información diaria que entregan los medios colombianos. Para la muestra los dos artículos mencionados y que constituyen el pan diario de nuestro acontecer, ¿creería usted que algo ha cambiado entre agosto del 2003 y esta fecha?
¿Asumiría usted que hay un tema diferente al de la violencia, las drogas y la pobreza, para ser tratados, o dudaría usted de que este país, y esta ciudad que tanto lo representa, no están asolados por el crimen?
