Portales - Sergio Villalobos R. - E-Book

Portales E-Book

Sergio Villalobos R.

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Beschreibung

La figura del ministro Diego Portales está rodeada de mitos y leyendas que impiden conocer su real desempeño. Se ha difundido la idea de que fue el creador del orden y la institucionalidad, que su personalidad era honesta e incorruptible, que solo le guiaba el patriotismo y un sentido superior. Se ha ocultado la oscuridad en sus negocios particulares y los rasgos de crueldad en la vida privada y pública, dentro de una psicología compleja en la que no faltan contradicciones. Al lado de esos hechos se sitúa, en el campo internacional, la defensa de los derechos de Chile y el enfrentamiento con la Confederación Perú-Boliviana.

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Veröffentlichungsjahr: 2022

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983.05

V714P Villalobos R., Sergio, 1930–.

Portales: una falsificación histórica / Sergio Villalobos R.

– 5a ed. – Santiago de Chile: Universitaria, 2016.

233 p.; 15,5 x 23 cm. – (Imagen de Chile)

Incluye índice onomástico.

Incluye notas bibliográficas.

ISBN: 978-956-11-1757-0ISBN Digital: 978-956-11-2757-9

1. Portales, Diego, 1793-1837 – Pensamiento político y social.

I. t.

© 1989, EDITORIAL UNIVERSITARIA

Inscripción Nº 71.845, Santiago de Chile.

Derechos de edición reservados para todos los países por

© Editorial Universitaria, S.A.

Avenida Bernardo O’Higgins 1050. Santiago de Chile.

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada,

puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por

procedimientos mecánicos, ópticos, químicos o

electrónicos, incluidas las fotocopias,

sin permiso escrito del editor.

Texto compuesto en tipografía Melior 10/13

DISEÑO DE PORTADA Y DIAGRAMACIÓN

Yenny Isla Rodríguez

www.universitaria.cl

Diagramación digital: ebooks [email protected]

ÍNDICE

Prólogo para una desilusión

Para entender una imagen

La controversia de liberales y conservadores

Las interpretaciones del siglo XX

Importancia de los años triviales

Negocios y amores revelan una personalidad

Divagaciones sobre política

Nuevos negocios y orillando la política

El estanco: un negocio oscuro y audaz

La honradez y sus manchas

La Anarquía: un concepto equivocado

Tiempo de utopías y desengaños. Su legado permanente

La reacción aristocrática

Camino al poder

El dictador implacable

El orden aristocrático y conservador

El uso práctico del poder

Desprecio por el derecho y la institucionalidad

Desdén hacia el poder

El encanto de la vida apacible

Los laberintos de la crueldad

Amor y sordidez

Años de angustias y fantasmas

La vorágine del poder

El patíbulo de Curicó

El motín de Quillota

En el Barón concluyen una vida y la tiranía

La libertad: fundamento del derecho y la institucionalidad

Sugerencias de la antropología para un epílogo

Diego Portales expone ante los notables la situación de Chile frente a la Confederación Perú-Boliviana. Óleo de Pedro León Carmona perteneciente al Palacio de la Moneda, desaparecido desde el 11 de septiembre de 1973.

Prólogo para una desilusión

He andado mucho tiempo cerca del Ministro. En mis años escolares le conocí desde lejos, en esa imagen distante, fría y algo solemne realzada por la opinión general sobre su grandeza.

Posteriormente llegué a conocerle mejor, siempre rodeado de ese enorme prestigio y su admirable inteligencia, que derrochaba frente a los grandes problemas nacionales y en los pequeños incidentes del quehacer diario. Siempre me atrajeron su desenfado, sus palabras sarcásticas, el manejo de los hombres y los juicios certeros, inapelables, sobre cualquier circunstancia. Durante un largo tiempo admiré su papel decisivo en momentos de grandes problemas públicos, en que determinaba las cosas con aplomo y audacia, mientras los otros vacilaban o no encontraban el camino más simple y evidente.

Conocí todos sus actos oficiales y también su vida privada, tan pintoresca y alegre. Aprendí sus dichos, observé cómo trataba a amigos y enemigos, a la pobre y hermosa Constanza, y mil otras pequeñeces.

Jamás olvidaré aquel incidente en Lima, en que unas cuantas bofetadas dieron por el suelo con un jovencito que fue a reprocharle deshonestidad en un asunto mercantil, para terminar todos en la policía. Tampoco olvidaré la redacción iracunda y certera, en Valparaíso, de aquella carta en que volaban conceptos tan duros como despreciativos sobre los jueces, los abogados, el habeas corpus, los mamotretos jurídicos, la respetabilidad de la Constitución y las filosofías de Egaña.

Siempre recordaré con admiración su tenaz defensa de los derechos nacionales frente a la prepotencia de los extranjeros y su posición irreductible contra la Confederación Peru-Boliviana.

Nunca dejé de sentir la presencia del genio. Nunca he dejado de sentirla.

Entre muchos ajetreos, conocí sus documentos, los papeles oficiales y sus cartas a toda clase de personajes, que me han regocijado permanentemente. Las habré leído cuatro, cinco o más veces, y cada vez he descubierto una nueva faceta, un dato o un matiz distinto. Si vuelvo a leerlas no dudo que tendré más de alguna sorpresa.

La personalidad de Portales resulta de tal modo avasalladora que me ha parecido estar a su lado, sentir sus pasos livianos y seguros, comprender el significado de sus gestos y adivinar las palabras que tendría para referirse a un hecho cualquiera o para caricaturizar a una persona. De antemano podría señalar cuál sería su reacción en materias de gobierno o en los negocios.

Pero este largo contacto no siempre ha sido grato y ha concluido por abrirme muchos secretos que hubiese preferido ignorar. No deseo anunciarlos en las líneas fugaces de un prólogo, porque al escribirlo me ha guiado únicamente el propósito de confesar una desilusión.

No he querido, tampoco, referir su vida entera ni toda su acción gubernativa, en que hubo aciertos indudables, sino limitarme a los aspectos que deben ser revisados para entenderlo realmente y apreciar su papel en la historia. En semejante tarea he debido ser honesto e imitar al filósofo griego que afirmaba ser “amigo de Platón, pero más de la verdad”.

Espero se me crea que si he sido duro con mi personaje, he tenido que serlo primero conmigo mismo. Hubiese deseado que la primera imagen hubiese sido la definitiva.

CAMINO DEL ALGARROBO

Verano de 1989

Para entender una imagen

El perfil acusado del ministro sugiere un relieve numismático: frente despejada, nariz recta, mentón agudo. El gesto no es duro y más bien pareciera ocultar la fuerte personalidad del estadista que con mano firme condujo a la república hacia el camino de su grandeza. En el rostro afloran la inteligencia penetrante, la mirada inquisitiva y la solidez de quien supo dominar el caos, aplastar a las facciones y construir con fuerzas dispares un régimen político destinado a permanecer.

Es la fisonomía de un hombre patriota y honesto, que forjó la institucionalidad, el respeto al derecho y el halo impersonal de la autoridad respetada y respetable.

Al menos, esa es la medalla acuñada por algunos historiadores y ensayistas, aceptada y manoseada con admiración por toda clase de gente y usada por movimientos políticos en busca de justificación.

Cuando se forja una medalla existe el ánimo consciente o subconsciente de que ella resulte enaltecedora, de modo que la belleza de la imagen sugiera un alto sentido moral. Con ese fin se escogen la solidez del hierro, las formas sensuales del bronce y aun el brillo del oro, resultando símbolos que, creados en estado de exaltación, simplifican, adornan y ocultan, para terminar siendo deformaciones de la realidad.

Es un fenómeno que se produce invariablemente y que en los casos de gran resonancia colectiva nace de fuertes devociones ideológicas y ayuda a prolongarlas en el tiempo; pero toda medalla tiene un reverso y en la de Portales este es muy áspero.

La falsedad de una imagen histórica es fácil de entenderla para el especialista, que conoce el método histórico y los espejismos que pueden alterar la realidad pasada. El asunto gira en torno a dos conceptos muy claros, por nadie discutidos, que deben tenerse en cuenta al abordar cualquier asunto pretérito: la noción de historia y la de historiografía.

La primera es el pasado mismo, los hechos tal como ocurrieron y que solo pudieron conocer directamente –y no por completo– los contemporáneos.

Historiografía, en cambio, es el conjunto de investigaciones, estudios y libros elaborados posteriormente para llegar a conocer los hechos del pasado. Es el trabajo de investigadores e historiadores, que con una técnica bien configurada tratan de reproducir hechos que se desvanecieron sin remedio en el momento de producirse. Para ello cuentan con la huella dejada por los hechos: crónicas, documentos de toda suerte y restos.

Esas son las llamadas fuentes de la historia, los únicos testimonios mediante los cuales se puede conocer el pasado. Los historiadores están obligados por la probidad científica a seguirlos con exactitud. Si no lo hacen o emiten afirmaciones reñidas con la verdad de las fuentes, sus conclusiones carecen de validez y pueden ser rebatidas.

Un historiador, como cualquier persona, es el resultado de sus circunstancias; en sus ideas confluyen la educación recibida, la cultura refleja, sus experiencias y sus intereses personales y de grupo. Todo ello forma su concepto de la vida, del hombre y del mundo y se estructura en una filosofía que puede ser muy elaborada o muy sencilla. Esta constituye una “ideología” o conjunto sistemático de ideas, que en muchos casos es abierta y flexible y en otros se ciñe a una doctrina que no admite desviaciones. Pero aun en el caso menos meditado se trata de una ideología.

También debe tenerse presente que en los planteamientos de un historiador pueden aflorar las fuerzas extrañas e inasibles del subconsciente y actitudes anímicas tan sutiles como perturbadoras.

El estudioso del pasado, como sujeto cognoscente está expuesto, así, a toda clase de errores. Es subjetivo y en su obra expresa invariablemente su ideología y mentalidad, aun cuando no se lo proponga y haga el mayor esfuerzo de objetividad.

En las historias de viejo estilo, simples relatos de hechos expuestos cronológicamente, la subjetividad suele ser poco evidente, pero está implícita. En cambio, en las obras interpretativas, como muchas de este siglo, la subjetividad de los autores puede manifestarse con claridad y ser un manto que deforme groseramente los hechos.

Ahí es donde la ciencia histórica demanda una revisión e impone la vuelta a las fuentes para estudiarlas, analizarlas y alcanzar la objetividad.

Cuando la historia ha sido deformada por la historiografía es indispensable volver a los testimonios mismos del pasado para restablecer la verdad.

No hay historiador intocable. Cualquiera de ellos puede haber errado y sus opiniones son simplemente sus opiniones. Por esa razón –entre otras– la historia se escribe y reescribe continuamente. Sería ingenuo pensar que una ciencia, como es la historia, no evolucionase y que sus conocimientos fuesen rígidos, en circunstancias que hasta las llamadas ciencias exactas han visto alterarse sus nociones fundamentales.

Contra la renovación del saber histórico se unen diversos elementos que actúan sobre la sociedad y dentro de ella: los programas oficiales de enseñanza, la oratoria de circunstancia, los homenajes y la divulgación a través de los medios de comunicación. También influyen algunos organismos amparados por el Estado, los textos escolares, el profesorado, las publicaciones de aficionados y los ensayistas que incursionan en el pasado sin conocerlo realmente.

La acción persistente de esos elementos petrifica el pensamiento del hombre corriente, que por inercia llega a creer que la historia, además de ser muy simple, es un conocimiento dado que no cabe revisar. Se forma de ese modo un ambiente mental en que la pereza y la ingenuidad tienen su parte.

Una incidencia muy grave tiene también el concepto generalizado que liga a la historia con el patriotismo, que conduce a iluminarla e idealizarla, de modo que los hechos y los personajes sean ejemplos de alto sentido moral. Se llega, así, a deformarla, falseando la información y ocultando los aspectos grises y negros, en actitudes plenamente conscientes y que constituyen un engaño.

Bien planteadas las cosas, no se entiende por qué una ciencia tenga que servir para fines patrióticos. Si ella está destinada a buscar la verdad y a aportar una experiencia, no es aceptable mediatizarla a fines extraños, que generalmente tienen intención política. Hay que entender la historia tal como ella fue, con sus aspectos positivos y negativos, porque solo de esa manera es una enseñanza válida.

Muchas veces hay que envidiar a la entomología o al cálculo infinitesimal, porque a nadie se le ha pasado por la mente subordinarlos al patriotismo.

Bien decía un célebre intelectual que el amor a la patria es una virtud cívica y no un método de investigación.

En la historiografía relativa a Portales se han manifestado de manera muy nítida los vicios anteriores. Pero ha sido la intención ideológica y la defectuosa visión histórica las que han deformado el tema. Nos referimos a las obras científicas y no a las de difusión que solo repiten vulgaridades.

La controversia de liberales y conservadores

La glorificación de Portales comenzó al día siguiente de su asesinato, y fueron los círculos gubernativos y la aristocracia ligada al poder autoritario los que mantuvieron un culto sin réplica durante más de dos décadas. El régimen político y el predominio conservador no eran favorables para ideas divergentes. En el fondo, era la necesidad oficial de legitimar el uso aristocrático del poder haciéndolo derivar de un personaje famoso y admirado, cuyo prestigio se cultivaba de manera constante para darle más relieve aún. El mismo sacrificio del ministro le engrandecía en el sentimiento común, entonces y también ahora, debido a la reacción natural frente a la muerte trágica de un estadista. Se tenía el mártir y con él se ennoblecía la causa.

Las exequias del ministro fueron imponentes y se usaron todos los recursos anímicos para exaltar la atrocidad del asesinato. Un espíritu tan agudo como Carmen Arriagada captó el sentido de aquella parafernalia y en carta a Mauricio Rugendas decía al pintor: “los señores mandones de Chile han deificado su ídolo. Traer el birlocho que tuvo la honra de cargar por tres días el sagrado personaje y exponer los grillos que oprimieron sus benditos pies. ¡Vaya!, ¡y por qué no guardan como reliquias las balas que partieron su corazón benévolo y la espada. He leído que se llena el coche del difunto, el coche de su familia por supuesto, el que lleva las armas y blasones; pero un birlocho de alquiler y poner hasta los mismos caballos!”1.

El gobierno de don Joaquín Prieto, después de la desaparición de su inspirador, y los de Manuel Bulnes y Manuel Montt, mantuvieron el culto de Portales y durante el último se inauguró su estatua en la plazuela situada frente a la Moneda.

A raíz de esa ceremonia, José Victorino Lastarria manifestaba el año siguiente, 1861, en su Juicio histórico sobre don Diego Portales, que “tal vez ningún hombre público de Chile ha llamado más la atención que don Diego Portales, con la particularidad de que a ninguno se le ha quemado más incienso, a ninguno se le ha elogiado más sin contradicciones, más sin discusión sobre su mérito”. Y más adelante se preguntaba: “¿Quién ha podido contradecir su mérito, quién ha podido juzgarlo? Durante su vida habría sido una temeridad estudiarlo, y en esta época tanto como en la que sucedió a su muerte, no había ni pudo haber inteligencia alguna libre de preocupaciones [prejuicios] para estudiar al hombre ni para apreciar imparcialmente su obra. Por esto es que jamás se ha levantado una voz para contradecir el unísono coro de alabanzas que ha ensalzado siempre el nombre de Portales; y por esto es que hasta ha aparecido de mal tono o se ha mirado como un bostezo de pasiones mal disimuladas, cualquier palabra, cualquier objeción que se haya hecho oír en público o en privado contra el hombre que han dado en presentar como el primer estadista de América”2.

En su ensayo, que no pretendía ser una investigación, Lastarria iniciaba la revisión portaliana y fue seguido dos años más tarde por otro liberal, Benjamín Vicuña Mackenna, que con sus dos tomos titulados D. Diego Portales hizo un aporte fundamental por tratarse del primer estudio sistemático y detallado, basado en una extensa documentación y en el testimonio oral de los contemporáneos3.

Ambos autores enfocaron con dureza la política dictatorial del ministro que había ahogado el desenvolvimiento de la libertad para mantener un régimen autocrático que defraudaba los ideales iniciados en 1810. Sus métodos arbitrarios y duros para llegar al poder y luego para mantenerse en él, desatando las persecuciones, silenciando la prensa, desterrando a los opositores y llegando hasta inmolarlos en el patíbulo, fueron expuestos con toda su crudeza y con adjetivos condenatorios.

Tanto Lastarria como Vicuña Mackenna no dejaron de reconocer la integridad personal, la falta de ambición política y el patriotismo de Portales. Pero Vicuña Mackenna no se conformó con reconocer esas virtudes, sino que, llevado de su espíritu eternamente juvenil e impresionable, estampó su admiración por el personaje, atraído por su tenacidad, la clara inteligencia, su fuerte carácter y su desenfado burlón.

La verdad sea dicha, no ha habido estudioso que se haya acercado a la figura del ministro que no haya sido cautivado por su personalidad avasalladora e incisiva y su habilidad para manejar hombres y situaciones, en lo que ha influido bastante su correspondencia, salpicada de consideraciones vivaces y picarescas, reveladoras del hombre y su estilo.

La obra de Vicuña Mackenna no satisfizo enteramente a los liberales, que habían logrado levantar cabeza con el gobierno de José Joaquín Pérez y confiaban plenamente en el triunfo definitivo de su causa. Hubo críticas por su condescendencia y fue Lastarria el que criticó más duramente las opiniones de su discípulo en una carta que fue una reconvención amable, porque, según le decía, la lectura del primer tomo durante un viaje en barco a Lima le significó “rabias, dolores de estómago, patadas y reniegos”4.

El maestro liberal, que había expresado en tono menor algún reconocimiento, no podía soportar el elogio grandilocuente de Vicuña Mackenna, aunque su escrito fuese una condena global del desempeño del ministro.

Años más tarde, en 1877, hizo su aparición la Historia de la administración Errázuriz del político liberal don Isidoro Errázuriz, precedida de una reseña del movimiento político desde 1843 hasta 1871, año del inicio del gobierno de Federico Errázuriz Zañartu5. El volumen contenía solo la reseña, que es un largo ensayo, inteligente y escrito con elegante pluma por quien dejó fama de hombre culto y gran orador.

La parte destinada a la actuación de Portales es breve; pero no se puede dejar de mencionarla, porque en forma aguda y clara Errázuriz plantea las líneas fundamentales de la interpretación liberal, marcando muchas facetas con visión original. Su juicio global está encerrado en estas frases: “La obra de Portales consistió en hacer caer la vida pública en completo descrédito, el alejar de ella los espíritus, en desinteresar al país del ejercicio del derecho, en suprimir virtualmente Congresos y Municipalidades, tribunales y opinión en beneficio exclusivo del enorme potentado [el presidente] a que su capricho, más bien que la Constitución, entregó la suerte de Chile. Y para realizar esta obra empleó todos los recursos de su fértil imaginación, de su reconocida omnipotencia y de su genio vehemente y sarcástico, desdeñoso y arrebatado. Toda apariencia de oposición o de indulgencia, toda manifestación de ideas propias, todo entusiasmo y toda virtud cívica fueron perseguidos y extirpados. El arado irresistible de la Dictadura penetró hasta el fondo de la tierra en que diez años de leal ensayo democrático habían echado raíces, y lo revolvió de tal suerte que al fin solamente quedaron piedras y arena en la superficie. Al paso que la abyección y el egoísmo eran premiados como actitud sana y respetable, se desplegaba un verdadero lujo de crueldad y barbarie contra los reos de delitos políticos y hasta contra los jueces que procedían en esos casos con benignidad”.

Si las palabras de Errázuriz pueden parecer muy apasionadas, los hechos en que se fundan son indudables y todo su ensayo es la expresión de un razonamiento sólido con el que solo se puede diferir en matices eventuales.

Quedaba planteada, así, la crítica de los historiadores liberales y todavía no concluía cuando vino la reivindicación de los conservadores.

El año 1875 vio la luz pública la Historia de Chile durante los cuarenta años transcurridos desde 1831 hasta 1871, de Ramón Sotomayor Valdés, que comprendía solo el primer periodo del gobierno de Joaquín Prieto y que ampliada posteriormente hasta la conclusión de aquella administración, pasó a titularse Historia de Chile bajo el gobierno del jeneral D. Joaquín Prieto, sin que el autor continuase con los gobiernos posteriores6.

Sotomayor Valdés, destacada figura de la vida pública, diplomático y periodista culto, abordó el tema con método y solidez documental, dejando una obra que por su extensión y la sistematización de los temas constituye hasta el día de hoy la columna vertebral para conocer el momento histórico. Se le ha reprochado, sin embargo, desequilibrio en el plan y haber omitido fuentes de información que habrían sido un complemento valioso.

En la narración de Sotomayor Valdés se transparenta un esfuerzo de objetividad y un deseo de alejarse de toda interpretación personal, conforme al método de la historia en el siglo XIX. Con todo, el pensamiento y los afectos del autor dieron un tono benevolente a la obra, sin que se pueda atribuirle de ninguna manera un atropello grosero de la verdad. A lo más, pueden señalarse condescendencias y algunas omisiones generosas. Es notable la suavidad con que el autor expresa que el movimiento de 1829 que llevó a Portales al poder fue ilegítimo y sorprende también cómo tiende un velo discreto en el relato del “crimen de Curicó” que no deja percibir el procedimiento duro y artero que condujo al patíbulo a tres vecinos de la localidad. El estilo sereno y correcto del historiador confiere una gran respetabilidad a su escrito y con ello asegura la aceptación de su relato.

Portales circula por las páginas de Sotomayor como un personaje elevado, puro, no contaminado con nada. Ni siquiera tiene lenguaje propio. Es una figura de mármol con gesto superior, según convenía a la dignidad de la historia.

El historiador hizo desaparecer al hombre y dejó al estadista idealizado, que es insuficiente para conocer su real proceder y su carácter. Su personaje es irreconocible; se encuentra muy lejos del que revivió Vicuña Mackenna, con su grandeza y sus miserias, sus tropiezos, su alegría, la soberbia y sus crueldades intransigentes.

Ambos historiadores se aproximaban a la historia de distinta manera. Sotomayor Valdés, escritor elegante y castizo, medido, sujeto a las reglas del clasicismo literario y a la formalidad de la historia, podía trazar desde la altura el cuadro general de un gobierno. Vicuña Mackenna, en cambio, romántico y desordenado, que respiraba vida por todos los poros, se preocupó más del ser humano que del escenario y de todas las circunstancias. Por eso en su obra se siente al personaje tal como él fue.

Más que dos visiones de la historia eran dos estilos y dos formas personales de ser. La una fría, analítica y sistemática; la otra entusiasta, inquieta y afanosa por encontrar la vida.

El enfoque de Sotomayor Valdés estuvo influido no solo por su ideario conservador, sino también por las experiencias que tuvo como representante de Chile en México y en Bolivia. En el primero de esos países le tocó palpar los defectos de un régimen republicano en un ambiente de escasa moral cívica y donde la persecución a la Iglesia y la apropiación de sus bienes, que dio origen a vergonzosos negociados, tenía que herir su conciencia de católico. La intervención francesa, mientras Benito Juárez tenía que deambular con su gobierno por los territorios del norte, mereció la desaprobación de Sotomayor; pero luego, establecido el imperio de Maximiliano de Austria, permaneció dos años en ciudad de México dedicado a las tareas bancarias7.

Como representante de Chile y convencido republicano había rechazado el plan imperial. Como particular se acomodó en la paz y la seguridad que por el momento ofrecía el príncipe extranjero.

En Bolivia le correspondió desempeñarse como encargado de negocios en los años del dictador Mariano Melgarejo. Conoció entonces hasta lo íntimo lo que era el carnaval político, trágico y sangriento, que mantenía al pueblo boliviano en la abyección8.

Aliado de esos ejemplos, la organización republicana de Chile parecía un modelo y así lo manifestó orgullosamente en algunos de sus escritos. La dureza de Portales y sus arbitrariedades no eran nada, en sentido comparativo, y podían disculparse si con ello había contribuido a establecer el orden. Esa idea no fue formulada de manera explícita por el historiador, pero puede adivinársela en su obra, que comenzó a tomar forma después de la experiencia en Bolivia.

La Historia de Chile bajo el gobierno del jeneral D. Joaquín Prieto marcó así el rumbo historiográfico que debía prevalecer: la causa del orden para engrandecer a Chile justificaba los excesos del despotismo.

No pasaron muchos años antes de que un nuevo libro se agregase a la apología del gobernante. Su autor fue el político de dura raíz conservadora, Carlos Walker Martínez, el título Portales, y la ciudad y año de impresión, París, 1879.

Corrían entonces los tiempos en que triunfantes los liberales se avanzaba en la demolición del régimen autoritario y conservador establecido por la aristocracia en la primera mitad del siglo y que se procuraba identificar con el mártir del Cerro Barón. Algunas importantes reformas a la Constitución de 1833 restaron atribuciones al presidente y dieron mayor independencia y poder al Congreso, se ampliaron las libertades individuales, se modificó el sistema electoral y de representación para mejorar la participación política y se eliminó el fuero eclesiástico. En ese cuadro, el espíritu de libertad se consolidaba, mientras los círculos conservadores, alejados del poder, se retraían y libraban una lucha sin perspectiva.

La obra de Walker Martínez tuvo fines muy claros: justificar y ensalzar la actuación de Portales y adjudicar al Partido Conservador la gloria de haber organizado la república. Era buscar en el pasado lo que el futuro le negaba.

La razón inmediata que puso la pluma en la mano de Walker Martínez fue el deseo de rebatir el libro de Vicuña Mackenna, que juzgó equivocado en sus apreciaciones.

Para Walker, Portales era conservador porque “era la encarnación, por así decirlo, de las ideas de ese partido. Todas sus virtudes son de esa escuela: su energía, sus creencias, su constancia, su desprendimiento, su patriotismo”. Con igual entusiasmo, en tono épico, declaraba que “sus diez meses de ministerio son el más bello poema que se ha realizado en América”9.

En comparación con la obra de Sotomayor Valdés, la del político, aunque bien documentada, es menos ponderada, es el fruto del entusiasmo partidista. Pero coincide con la de aquel en algunos aspectos. En forma explícita remacha continuamente la idea de que lo más importante fue la organización de Chile y que por ello Portales desplegó una energía incontrastable, no respetó nada ni transigió con nadie, actuando con inflexibilidad heroica y enfrentando los odios más encarnizados10. También coincide en la forma pulida y dignificante de abordar la historia, dejando de lado las facetas íntimas del personaje, alegres o crueles, porque es “hacer casi una caricatura de lo que en sí es grave”. Con ello hacía respetable al pasado y al estadista; aunque truncaba la realidad.

La primera época de la historiografía relativa a Portales y su tiempo se cierra con la Historia Jeneral de Chile de don Diego Barros Arana, en cuyos tomos XV y XVI, publicados los años 1896 y 1902, se enfocan los sucesos que llevaron al poder al presidente Prieto y hasta la promulgación de la Constitución de 1833.

El célebre historiador empleó el método riguroso que ha dado gran categoría a su obra, organizó en forma equilibrada la exposición y procuró no alejarse de la objetividad. En este último sentido no puede sino admirarse su esfuerzo, pues su ideología liberal le ponía en pugna con el autoritarismo gubernativo y como opositor había experimentado la dureza del gobierno de Manuel Montt; aunque el tiempo había dejado muy atrás ese tipo de problemas.

Igual que Sotomayor Valdés, Barros Arana purifica la historia y se mantiene en el simple relato, con economía de consideraciones personales y adjetivos. Las diferencias entre ambas obras son mínimas en el estilo, el método y la ponderación de los hechos, resultando una aproximación en torno al personaje.

Con todo, es perceptible que Barros Arana es más crítico que el historiador conservador y que en algunos rincones de sus páginas tuvo expresiones de condena. En general, Barros Arana opina favorablemente del orden implantado por Diego Portales, la seriedad en la administración y la tranquilidad que habría favorecido a las actividades nacionales. Condena, sin embargo, los excesos autoritarios y estima que la omnipotencia condujo al ministro, progresivamente, a verdaderos extravíos.

El aporte de la Historia Jeneral fue un balance de la historiografía del siglo XIX, que distó de las posiciones extremas de liberales y conservadores y donde el autor, bien documentado y con un juicio ecléctico, trazó un cuadro que parecía razonable en su época. Le faltó el análisis del personaje, su carácter, sus impulsos y sus motivaciones y también ensayar la interpretación global de los hechos, que permitiesen captar el sentido esencial de los fenómenos históricos.

Ninguno de esos elementos formaba parte de su método.

Las interpretaciones del siglo XX

Concluye la primera guerra mundial. El rastro pavoroso de la muerte y la destrucción ha puesto fin a la dicha de las oligarquías y ha barrido con el optimismo del hombre y su esperanza en un progreso indefinido. Asoma el rostro de la miseria y el hambre, se quiebran las categorías éticas y políticas mientras poderosos movimientos sociales irrumpen con sus gritos y gestos amenazantes, indicando que el mundo cambia en medio de convulsiones dolorosas.

Años antes la Revolución Mexicana había llevado al poder a los sectores populares; ahora el movimiento bolchevique se apodera de Rusia, el marxismo intenta sus golpes en la Alemania derrotada y en todas partes la causa popular se agita con vehemencia. Es el fin de una época que alienta a muchos y desconcierta a otros.

Pero el fenómeno bélico, que ha involucrado a viejas monarquías y gobiernos republicanos en antiguos juegos internacionales de tablero, ha hecho visible una realidad mucho más poderosa: la sociedad europea, encabezada por la oligarquía, ha perdido sus virtudes y se sume en un materialismo y luchas menores, sin horizonte, que la corrompen y desintegran. Además se tornan amenazantes las masas proletarias y las clases medias, que buscan una parte en los beneficios y reclaman su participación política o la totalidad del poder.

En un mundo que desaparecía la angustia hizo presa de algunos intelectuales, porque todo parecía ser algo más que una crisis circunstancial. En La decadencia de occidente, publicada entre 1918 y 1922, Oswald Spengler buscó en el pasado la explicación del fenómeno y su proyección final: se trataba de un paso más, harto largo, en la caída de la cultura cristiana occidental, que seguía la suerte corrida por todas las culturas a semejanza de la vida humana.

Fue entonces cuando en el escenario chileno, el año 1927, Alberto Edwards dio a luz La fronda aristocrática, moldeada bajo la influencia del filósofo e historiador alemán. En su ensayo, inteligente y penetrante, Edwards interpretó la historia republicana de Chile en el tramo de la decadencia occidental11.

La actuación de Portales y el sistema eticopolítico por él establecido, como reactivación y proyección del espíritu tradicional de la sociedad chilena, habría sido la base de la organización y la grandeza nacional que, minada lentamente por la fronda, habría conducido a la decadencia que la destruía.

Edwards vivía la experiencia de una oligarquía degradada moralmente, que olvidada de su antigua misión se agotaba en luchas mezquinas, preocupada de sus intereses, mientras la política se desenvolvía en un parlamentarismo sin proyección. A la vez, la clase media y el sector popular irrumpían con sus exigencias y completamente ajenos al “alma colectiva” de los tiempos pasados.

En medio de las turbulencias políticas de la década de 1920, Edwards se aferró cada vez con mayor insistencia a la tradición política de la época de la organización republicana y exaltó la figura de Portales, adjudicándole un papel superior y de larga eficacia.

Para el ensayista conservador Portales habría impuesto un sistema político y una mística que, yendo más allá de las instituciones, conformó el espíritu de la nación entera, que ya tenía el viejo antecedente colonial. “La obra de Portales –afirma Edwards– fue la restauración de un hecho y un sentimiento, que habían servido de base al orden público, durante la paz octaviana de los tres siglos de la colonia: el hecho era la existencia de un Poder fuerte y duradero, superior al prestigio de un caudillo o a la fuerza de una facción; el sentimiento era el respeto tradicional por la autoridad en abstracto, por el Poder legítimamente establecido con independencia de quienes lo ejercían. Su idea era nueva de puro vieja: lo que hizo fue restaurar material y moralmente la monarquía, no en su principio dinástico, que ello habría sido ridículo o imposible, sino en sus fundamentos espirituales como fuerza conservadora del orden y las instituciones”.

En esencia, ello significaba un gobierno “obedecido, fuerte, respetable y respetado, eterno, inmutable, superior a los partidos y a los prestigios personales”.

Llevado de esas ideas, el ministro prescindió de teorías políticas y se entregó por completo, con energía y habilidad, renunciando a sus intereses personales, a la tarea de ponerlas en práctica y a hacerlas vida de la nación.

Obsesionado con esa interpretación, Alberto Edwards redujo todo a una categoría espiritual y renunció a tratar aspectos que debieron parecerle subalternos o cuya incidencia se negó a aceptar. No le interesó para nada la personalidad de Portales, el predominio de los intereses aristocráticos ni la dureza del régimen. Tampoco se detuvo a considerar el aspecto institucional y sin más otorgó al sistema portaliano una duración prolongada.

En esa visión de los hechos, como en toda interpretación, había un planteamiento de lo esencial; pero el autor caía en una simplificación excesiva, que al dejar fuera muchos elementos alteraba la realidad histórica.

Coincidente con la posición de Edwards fue la de Francisco Antonio Encina, quien se atribuyó la paternidad de las ideas de aquel, por lo menos en parte.

En el libro titulado Portales, dado a letras de molde en 1934 y luego en los tomos X y XI de la Historia de Chile, año 1948, Encina desarrolló su pensamiento sobre el estadista con el método y la formación intelectual que le fueron característicos. Incurrió en consideraciones raciales para explicar las tendencias políticas de la sociedad y en elementos de psicología hereditaria para acercarse al personaje, en páginas verdaderamente estrafalarias que nadie puede tomar en serio. Planteó también el valor de la intuición para aprehender el sentido íntimo de los hechos, sin cuidarse de que su vuelo exagerado, por encima de la información positiva, puede alejar mucho de la realidad histórica12.

Pero no vale la pena detenerse mucho en Encina, tanto por los grandes defectos de su obra, como porque lo esencial ya había sido expresado por Alberto Edwards. La importancia de sus escritos relativos a Portales no es más que haber realzado, con mucho entusiasmo y énfasis, en páginas muy extensas, la personalidad del prohombre y su creación política. Acentuó, además, en forma explícita, la idea de que la concepción del ministro y la necesidad del orden justificaban plenamente sus medidas inflexibles.

Las obras de Edwards y Encina han tenido una fuerte influencia durante los últimos cincuenta años, en un fenómeno perfectamente comprensible. A lo largo de esos años se ha desarrollado un conflicto ininterrumpido y con periodos álgidos, entre los intereses de los altos sectores sociales conservadores y las demandas de la clase media y de las capas populares. Amagados en su situación económica y social y en el manejo del poder, los grupos oligárquicos han recurrido en forma constante al paradigma histórico idealizado por Edwards y Encina. Si la aristocracia conservadora construyó el orden y la grandeza de Chile mediante el autoritarismo establecido por Diego Portales, los peligros que la han acechado se ha procurado detenerlos de esa misma manera. Es bastante significativo que los partidos de derecha se autodesignasen como partidos de orden y que un grupo extremo de esa tendencia fundase la revista Estanquero.

Por la misma razón, las dos dictaduras que han irrumpido en este siglo han sido intérpretes de los intereses oligárquicos y han aludido al supuesto ideario portaliano.

En años recientes han aparecido algunos indicios revisionistas en torno al tema de Portales que no podemos dejar de mencionar, aun cuando nos involucra en cierta medida. El año 1984 publicamos un breve ensayo titulado Sugerencias para un enfoque del siglo XIX, en que dedicamos varias páginas a adelantar las ideas que conforman el presente libro13. En ellas hicimos un tratamiento comprensivo del periodo 1823-1830, rechazando el concepto de anarquía que se le ha adjudicado; presentamos a Portales como el personaje eficiente de los intereses e ideales aristocráticos; señalamos que su desempeño ministerial había sido arbitrario y personalista y que, en consecuencia, no era el creador de la institucionalidad ni del respeto al derecho. Consignamos, en fin, que el régimen jurídico solo se había consolidado en los gobiernos de Bulnes y Montt.

Mario Góngora, por su parte, en el Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, editado en 1982, rechazó la idea de Alberto Edwards en cuanto al carácter impersonal y abstracto del gobierno, aplicando el concepto general de que el impersonalismo es propio de una burguesía o de un proletariado industrial, pero no de una aristocracia como era la chilena de entonces. En lo demás, Góngora sigue la visión tradicional, estimando que la noción autoritaria del gobierno y el “régimen portaliano” fueron básicos en la conformación del Estado. Tales consideraciones se originaban en la gran cultura histórica de Góngora, pero no en un conocimiento fundado de la época.

Bien se deja ver que las circunstancias históricas, las orientaciones ideológicas y la posición de cada historiador han iluminado la figura de Portales desde ángulos diferentes. Es imprescindible, a estas alturas, intentar una nueva interpretación que se acerque al tema con rigor científico.

Hay que recurrir de nuevo a las fuentes de la época para que de los documentos surjan los hechos como ellos fueron. Pero al mismo tiempo debe profundizarse el análisis con los criterios de la historiografía moderna, que permiten encontrar explicaciones allí donde nadie vio nada. Es lo que pretendemos hacer, a sabiendas de que la objetividad absoluta no se logra jamás.

Importancia de los años triviales

Nace Portales el 16 de junio de 1793 en Santiago, cuando la colonia vive años apacibles y de modesta prosperidad. Su padre fue el superintendente de la Real Casa de Moneda, don José Santiago Portales y Larraín, y su madre doña María Fernández de Palazuelos, matrimonio feliz y tranquilo que en el estilo bíblico de la existencia dio al mundo veintitrés vástagos, cantidad exagerada aun para aquellos tiempos.

Don José Santiago, a pesar de su título ostentoso y de ser miembro de la aristocracia criolla, era un discreto funcionario de la corona, riguroso en el cumplimiento del deber y quitado de bulla, que no carecía de buen juicio y de una prudencia enfermiza.

El niño creció como todos los niños, entre juegos y travesuras, aunque a veces se le pasó la mano a causa de su vivacidad y energía inagotables. Los contemporáneos referían algunas de sus bromas y maldades, que provocan risa hoy como entonces y que dejan ver un humor agresivo. En cierta ocasión quebró en el colegio las ollas de la cocina para que él y todos sus compañeros fuesen dejados libres para irse a sus casas en la imposibilidad de darles de comer. Solía, también, vestir con una sotana la mula de la calesa del rector.

Más pesadas aún fueron las bromas hechas a la servidumbre de su casa. Una de sus víctimas fue el Come Sapos, nombre que había dado al negro que guiaba la calesa de su padre. Como la cabeza del negro resultase demasiado dura para la conservación de los sombreros, se había llegado a la solución heroica de mandarle hacer uno de latón, que barnizado de negro lucía a la perfección. La oportunidad la daban y un día que don José Santiago se disponía a salir en la calesa, el niño calentó el chapeo en el fuego y apresurando al negro se lo pasó con destreza. El Come Sapo dio algunos manotazos y quedó con el pelo chamuscado, siendo objeto de risa por largo tiempo.

Otro día anunció al portero de la Casa de Moneda, un hombre tímido y sencillo, que un grupo de soldados venía a prenderle y le indicó que se ocultase. El mejor lugar era una de las marmitas o fondos usados en el taller para el relave de la plata. Metió en una de ellas al hombre, la tapó con un cuero que la cerraba herméticamente y dio paso al agua sin cortarla hasta que llegó a los labios de la víctima, ya deshecha en gritos y ruegos14.

Esas inclinaciones parece que no eran percibidas por el padre que, en una actitud muy extendida en la época, pensó en señalar el destino de su hijo: sería sacerdote y ocuparía el cargo de capellán de la Casa de Moneda.

El niño estudió en una escuela las asignaturas humanísticas y la infaltable gramática latina que, al parecer, llegó a conocer bastante bien si nos atenemos a unas pocas frases de sus cartas. Prosiguió los estudios en el Convictorio Carolino, haciendo uso de una de las becas por presentación hecha por el patrono de ella, el marqués de Casa Larraín. Allí alcanzó los grados menores de la carrera eclesiástica y don José Santiago, que ya veía arreglado el futuro de su hijo, aprovechó la vacancia del cargo de capellán de la Casa de Moneda para solicitar al gobernador la designación de su hijo. En su petición recordaba los méritos de los antepasados y sus propios servicios, aludiendo, además, a la bondad del muchacho. Mientras este alcanzaba las órdenes mayores, debía designarse un capellán interino.

El gobernador don Luis Muñoz de Guzmán aceptó la proposición y el 15 de enero de 1808 extendió el nombramiento15.

Comenzaban los años de la adolescencia, al mismo tiempo que la colonia vivía las convulsiones que condujeron a la emancipación. Todo se llenó de transformaciones, novedades y zozobras y el hogar en la Casa de Moneda no pudo escapar al oleaje de los acontecimientos16.

El superintendente, por su calidad funcionaria y ser miembro destacado de la aristocracia, se vio arrastrado por los sucesos, pese a sus deseos, muy arraigados, de no mezclarse en las vicisitudes políticas. La nueva situación creada por los criollos le pareció un trastorno del orden establecido por la monarquía, con el cual se identificaba de corazón y por eso procuraba mantenerse alejado, ayudando a la causa realista como podía. Sin saberlo, fue elegido miembro del Primer Congreso Nacional y permaneció en él hasta que José Miguel Carrera lo separó junto con otros “sarracenos”. Poco tiempo después fue el mismo Carrera el que lo llamó a integrar la junta de Gobierno para servirse de su conocimiento de la hacienda pública, aceptando el cargo, después de mucha presión, para evitar males peores al país y a sí mismo.

Pero los verdaderos quebrantos llegaron con la Reconquista y sus persecuciones. No obstante sus protestas de fidelidad, fue aprehendido en su casa por un piquete de soldados y enviado a la isla Juan Fernández, donde se le retuvo once meses. Posteriormente fue confinado en Melipilla y en dos oportunidades fue remitido a Valparaíso con el propósito de enviarle nuevamente a Juan Fernández. Entre tanto, se le había despojado del cargo de superintendente de la Casa de Moneda y su esposa debió sufrir también los rigores de la persecución. Por disposición de Marcó del Pont se la recluyó en el monasterio de las monjas Claras de la Victoria y no se le permitió salir ni aun con motivo de una grave enfermedad.

En medio de esos sucesos, el joven Diego prosiguió una vida relativamente normal, a pesar de las amarguras que debió experimentar. El año 1813, al disolverse el Convictorio Carolino para formar el Instituto Nacional, prosiguió sus estudios en este último, manteniendo la beca de que ya gozaba17. Inició, entonces, el aprendizaje del derecho natural y de gentes, que el año siguiente, al cerrarse el Instituto por orden de Mariano Osorio, prosiguió con un profesor particular.

No era, sin embargo, el rumbo de los estudios el que atraía al hijo de los Portales que, inclinado más bien a una vida activa, mostró desde los años juveniles un desapego por las tareas intelectuales. Más práctico y menos tedioso debió parecerle el aprendizaje de la docimacia o ensaye de metales, que estudió probablemente por insinuación de su cuñado José Ignacio de Eyzaguirre, ensayador de la Casa de Moneda, bajo cuya tutela quedaron los hijos de don José Santiago mientras se sucedían destierros, confinamiento y reclusiones. Aquellos estudios concluyeron exitosamente y el año 1817 obtuvo el título de ensayador de la Casa de Moneda, cuando contaba veinticuatro años de edad.

Habían transcurrido así los años de la adolescencia, quedando en pie un hecho que ha intrigado a los historiadores y que no es fácil de explicar. No se comprende cómo en esa edad de inquietudes e ideales, en que los jóvenes se muestran generosos y arrebatados, permaneció en una vida opaca, al tiempo que los acontecimientos polarizaban las actitudes de todos. Años en que los jóvenes corrían en las comparsas que avivaban a tal o cual personaje, apoyaban las medidas reformistas o acudían a enrolarse en los cuerpos armados. Sus compañeros andaban en esos pasos y su hermano mayor, José Diego, capitán de granaderos, se vio envuelto en la lucha, correspondiéndole dirigir el fusilamiento de Tomás de Figueroa después del motín de 1811.

Establecimiento de la Primera Junta, Primer Congreso Nacional, cargos importantes de don José Santiago, apertura y clausura del Instituto Nacional, campañas militares, batallas memorables, persecuciones contra su padre y abusos de los talaveras, nada fue suficiente para apartarlo de una existencia rutinaria. Y el hecho es tanto más extraño cuanto su espíritu vehemente solía adueñarse de su voluntad.

Sería inverosímil, conociendo su carácter, pensar que el padre le impusiese prudencia o que el temor le cohibiese, como tampoco creer en una gran devoción por el estudio.

Todo pareciera indicar un temprano escepticismo, quizás dudas sobre la marcha del movimiento emancipador, coincidente con el encierro en sí mismo, que más tarde quebraría a pesar suyo.

Sería arriesgado fijar una explicación psicológica cuando la documentación es débil e indirecta y por tratarse de una etapa cambiante en la vida del hombre. Pero hay un hecho indudable: su actitud fue considerada extraña por los contemporáneos y le fue enrostrada muchos años más tarde, cuando la lucha política derivó a la violencia militar.

Desde 1817, cuando los tambores y las banderas seguían perturbando el ambiente, el joven Portales se dedicó a su trabajo de ensayador y por entonces su corazón y su mente fueron cogidos hasta lo más hondo por el amor de su prima Josefa Portales y Larraín. El año 1818, a los veinticinco años de edad, contrajo enlace con ella, para ver pronto cómo el dolor derrumbaba sus ilusiones. El primer hijo murió en la cuna y un segundo embarazo terminó fatalmente, arrastrándola a ella a una larga enfermedad. Portales se concentró en su cuidado, vivía a su lado, la atendía y le daba los medicamentos sin dejar que interviniesen otras personas. Pero no pudo ser salvada y el joven viudo se sumió en una tristeza que creyó ilimitada. Vivió como un penitente, vestido de negro, frecuentó las iglesias y el trato con sacerdotes. En la intimidad se entregaba al rezo y los cánticos religiosos sin encontrar consuelo.

Escribió, en esos días, una carta a su padre que expresa mejor que nada su estado de ánimo: “Con el correr de los días, que cada vez me son más penosos, la ausencia eterna de Chepita no ha hecho más que aumentar la pena que me aflige. Tengo el alma destrozada, no encontrando sino en la religión el consuelo que mi corazón necesita. He llegado a persuadirme de que no pudiendo volver a contraer esponsales por el dolor constante que siempre me causará el recuerdo de mi santa mujer, por la comparación de una dicha tan pura como fue la mía, con otra que no sea la misma, no me queda otro camino que entregarme a las prácticas devotas, vistiendo el hábito de algún convento. Con ello conseguiría lo que como hombre todavía no consigo ni creo conseguiré jamás: dejar en el olvido el recuerdo de mi dulce Chepa... Viviré siempre en el celibato que Dios ha querido depararme, después de haber gozado una dicha infinita. Crea Ud. que las mujeres no existen para mi destrozado corazón: prefiero a Dios y la oración antes de tentar seguir el camino que inicié con tanta felicidad…”18.

Espíritu complejo el de Portales, que los sucesos de su vida hicieron más complejo aún.

Negocios y amores revelan una personalidad

En septiembre de 1820 llegaba a las costas de Perú la Expedición Libertadora enviada por el gobierno de Chile. Aunque bien equipados tanto el ejército como la escuadra y colocados bajo el mando de jefes tan prestigiosos como San Martín y lord Cochrane, no dejaba de ser una audacia desafiar al gran centro del poder español. Las armas de este eran poderosas, cuantiosos los recursos del interior y había que enfrentar, además, las no menos temibles enfermedades, los placeres y las intrigas de una sociedad altamente refinada. Lima era la Capua de América según un contemporáneo.

No tenemos para qué referir el éxito de las operaciones navales ni los desaciertos de la campaña terrestre. Bástenos decir que la escuadra dominó el mar y bloqueó el Callao y que San Martín, después de algunos movimientos militares y negociaciones, pudo entrar en Lima y proclamar la independencia de Perú el 28 de julio de 1821. Era una victoria a medias, porque los realistas conservaban el Callao y en las sierras del interior el virrey José la Serna disponía de grandes fuerzas y de oficiales audaces.

Las armas gloriosas habían abierto paso a la emancipación y también al comercio, que desde Chile pugnaba, muy necesitado, por restablecer las vinculaciones con aquel mercado famoso por su riqueza.

Antes de enviudar, y como el oficio de ensayador tenía una corta remuneración, Portales había decidido tentar suerte en el comercio mediante un préstamo de 10.000 pesos otorgados por el abuelo de su esposa don Santiago Larraín y Lecaros. Con ese dinero se asoció a su amigo José Manuel Cea, que puso igual cantidad. Traficarían en productos americanos y chilenos y en cualquier tipo de mercancía europea19.

Después de la muerte de la esposa, Portales renunció a su cargo en la Moneda y decidió entregarse de lleno al quehacer mercantil, ablandada la crisis del misticismo y buscando, probablemente, ahogar en una vida muy activa el dolor que le había postrado.

Una negociación en géneros dejó buen rendimiento a los socios y ello les permitió dar un paso más audaz: compraron al comerciante inglés Ricardo Price una fragata de 383 toneladas, que rebautizaron con el nombre de Hermosa Chilena.

La nave, con su orgullosa denominación y llevando a Portales a bordo, se lanzó en septiembre de 1821 a conquistar con su cargamento, principalmente sebo, las aguas ya despejadas por la escuadra nacional.

La oportunidad parecía inmejorable. Lima había sufrido una escasez angustiosa, virtualmente sitiada por los realistas, pero desde que las fortalezas del Callao fueron entregadas aquel mismo mes a los patriotas, todo pareció allanado.

Portales se estableció en Lima y efectuó continuos viajes al Callao para despachar sus asuntos; pero desde el comienzo los negocios tuvieron tropiezos. El anterior dueño de la Hermosa Chilena