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"Poverdad" se define en el "Diccionario de la Lengua Española" como "distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales". En su versión inglesa "(post-truth)", el término se utilizó por vez primera en 1992, en el contexto de unas reflexiones críticas sobre célebres escándalos de las presidencias de Nixon y Reagan, y alcanzó su cenit en 2016, cuando coincidiendo con el Brexit y la victoria de Trump, el diccionario de Oxford lo consagró como "palabra del año". Este libro trata de explicar cómo es posible que nos encontremos una situación en la que los "hechos alternativos" reemplacen a los hechos genuinos y los sentimientos tengan más peso que las evidencias palmarias. Para ello, el autor rastrea los orígenes del fenómeno hasta la década de los 50, cuando las tabacaleras estadounidenses conspiraron para ocultar los efectos cancerígenos del tabaco y se gestó la hoja de ruta del "negacionismo científico", cuyos hitos más conocidos son la puesta en cuestión del "evolucionismo" o la negación de la influencia humana en el "cambio climático". Se estudian también desde el punto de vista de la psicología empírica los "sesgos cognitivos" y "de confirmación" que fomentan la credulidad del público para las más extravagantes supercherías y se analiza el papel de los "media" en su difusión, poniendo especial énfasis en la bochornosa subordinación a la política de la ética periodística.
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Seitenzahl: 289
Veröffentlichungsjahr: 2018
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Lee McIntyre
Posverdad
Presentación de Luis M. Valdés VillanuevaTraducción de Lucas Álvarez Canga
PRESENTACIÓN
PREFACIO
AGRADECIMIENTOS
CAPÍTULO 1. ¿Qué es la posverdad?
CAPÍTULO 2. La negación de la ciencia como hoja de ruta para entender la posverdad
«La duda es nuestro producto»
El cambio climático y más allá
Implicaciones para la posverdad
CAPÍTULO 3. Las raíces del sesgo cognitivo
Tres hallazgos clásicos de la psicología social
Estudios contemporáneos sobre el sesgo cognitivo
Implicaciones para la posverdad
CAPÍTULO 4. El declive de los medios de comunicación tradicionales
El problema del sesgo mediático
Implicaciones para la posverdad
CAPÍTULO 5. El auge de las redes sociales y el problema de las noticias falsas
La historia de las noticias falsas
Las noticias falsas hoy en día
Bajando por la madriguera del conejo
Contraatacando
Implicaciones para la posverdad
CAPÍTULO 6.¿Condujo el posmodernismo a la posverdad?
Las guerras de la ciencia
El escándalo Sokal
Posmodernos de derechas
Troleando para Trump
CAPÍTULO 7. Combatir la posverdad
¿Estamos entrando en la era de la pre-verdad?
GLOSARIO
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE DE SIGLAS
CRÉDITOS
Para Andy y Jon,compañeros y amantes de la sabiduría
El propio concepto de verdad objetiva está desapareciendo del mundo. Las mentiras pasarán a la historia.
GEORGE ORWELL
¿Qué es la verdad?, dijo Pilatos en son de burla. Y no se quedó a esperar la respuesta.
JOHN L. AUSTIN
Que los políticos mienten con más frecuencia de la que deberían no es ninguna novedad. La manipulación de la verdad es el recurso favorito al que acuden por igual las dictaduras y los gobiernos democráticos para tratar de reducir los reproches por sus errores e incompetencias. Su intención es crear una imagen falsa (o al menos desorientadora) de una situación con el propósito de engañar. Desde 2016, el año en que se consagró el concepto de «posverdad», muchos han señalado que, tanto las actividades que ese concepto cubre como sus asociadas fake news, carecen de la originalidad que justificaría su constante presencia en los medios y en las conversaciones cotidianas. Se trataría, como máximo, de variedades de jardín del engaño y su popularidad dependería de campañas orquestadas por ciertas élites resentidas y sobrepasadas por los acontecimientos.
Por el contrario, el libro de Lee McIntyre que presentamos, defiende que la posverdad tiene el carácter de un fenómeno nuevo y trata de ponernos en guardia sobre su gravedad y el peligro que entraña, a la vez que ofrece un elenco de estrategias para hacerle frente. Para ello, examina, por una parte, sus condiciones de posibilidad: esencialmente el declive y la fragmentación de los medios de comunicación contemporáneos, el advenimiento de las redes sociales, la bancarrota de los expertos y los rasgos psicológicos del público que la posverdad explota, halaga y fomenta. Pero además, McIntyre vincula sus orígenes con ciertos episodios concretos que incluyen las actividades de un conglomerado político-económico-científico: en particular, las maniobras patrocinadas por la industria tabacalera de los Estados Unidos para ocultar las evidencias que señalaban al tabaco como agente causante del cáncer de pulmón, y que tuvieron su continuación formal —se «calcaron», literalmente— en conocidos episodios de «negacionismo científico» ocurridos originalmente en los Estados Unidos (teoría del diseño inteligente, conexión entre la vacuna del sarampión y el autismo, consideración del cambio climático como un fenómeno natural, etc.). Todo esto sin olvidar la cuota de responsabilidad que adjudica a ciertas variedades del pensamiento contemporáneo auto-tituladas de izquierdas (el posmodernismo, principalmente) que, según McIntyre, han jugado de manera irresponsable a suprimir el concepto de verdad y a legitimar la subordinación de los hechos a la interpretación subjetiva ¡para sorprenderse a renglón seguido de que la derecha política utilizara esas armas en su favor! Es verdad, como señala el célebre filósofo Dan Dennett, que la filosofía no se ha cubierto precisamente de gloria al tratar este asunto y que hay posiciones filosóficas que pueden tener «consecuencias terroríficas», en el caso de que realmente lleguen a implantarse. Pero, como no hay mal que por bien no venga, quizás con ello se tome conciencia por una vez de que la filosofía no es una actividad tan inofensiva como la pintan. Heinrich Heine, el poeta romántico alemán, ya avisó hace más de un siglo del peligro de subestimar el poder de las ideas: los pensamientos alumbrados al calor de la soledad de la habitación de un profesor, decía él, pueden dar al traste con toda una civilización.
En la actualidad, la vida pública está cada vez más llena de personajes con poder que no ocultan su desdén por la verdad y por los hechos. Donald Trump y su variopinto equipo, o Nigel Farage y los promotores del Brexit, son ejemplos que están en boca de todos y sus éxitos parecen ofrecer una prueba del poder práctico de la posverdad. Pero es cierto que el cuestionamiento de la ‘dureza’ de la verdad y de los hechos no es totalmente nuevo. Ya en el siglo V (a.C.), Protágoras defendía que «el hombre es la medida de todas las cosas», que «todo es para mí tal como me aparece» y «que todo es para ti tal como te aparece». Nietzsche hizo famoso el eslogan «No hay hechos, solo hay interpretaciones» y William James afirmaba que una «realidad ‘independiente’ del pensar humano es muy difícil de encontrar» y que, cuando se dice que se ha encontrado, es que ha sido falseada. Contemporáneamente, el deflacionismo o el minimalismo sobre la verdad, o las discusiones en torno al realismo/anti-realismo, son una parcela muy viva de las controversias acerca del estatuto de la verdad, tan legítimas y tan viejas como la propia filosofía. Sin embargo, el fenómeno de la posverdad no puede entenderse cabalmente si se contempla solo como el mero desarrollo de estas polémicas hacia un punto en el que, por así decirlo, surge un uso de la mentira más ‘eficaz’ que el que hasta ahora conocíamos.
¿En qué sentido entonces es la posverdad algo cualitativamente distinto de la ‘invención mendaz’ que nos resulta familiar? El filósofo de Princeton, Harry Frankfurt, lo sintetiza espléndidamente en su libro On Bullshit [Sobre la charlatanería o Sobre la manipulación de la verdad] (2005). Las mentiras tradicionales, dice él, entrañan que el mentiroso acepta que hay algo que es, de un modo u otro, una forma absoluta de verdad. Cuando se trata de informar sobre un estado de cosas, de ocultarlo, o de desorientar a una persona individual o a un grupo sobre su existencia, es necesario suponer que se reconoce que se dan unos hechos determinados y que hay una diferencia apreciable entre presentarlos de forma correcta o incorrecta; en suma: que hay unas reglas que el mentiroso y los destinatarios de la mentira comparten. Ahora bien, si como el concepto de posverdad postula, es indiferente el cómo se presenten los hechos, se está dando por sentado que lo que decimos no está engranado con la realidad y, por ende, que no concedemos importancia a la verdad. Es inútil (y quizás absurdo, como se está viendo) reprochar a un Trump que miente porque viola las reglas del juego: él está en otra dimensión; a él la verdad, podemos decir, le trae sin cuidado. Desde el momento en que lo que dice, no importa lo que sea, funciona (p. ej., reafirmando las convicciones de sus seguidores, o consiguiendo que no se hable de otra cosa), todo está en orden. Para expresarlo con una conocida consigna posmoderna: «lo importante no son los hechos, lo importante es la narración». Dice Frankfurt:
El que miente y el que dice la verdad están, por así decirlo, jugando el mismo juego en lados opuestos. [...] la respuesta de uno de ellos está guiada por la autoridad de la verdad, mientras que la respuesta del otro desafía esa autoridad
El charlatán [bullshiter] ignora esas demandas de modo absoluto. No rechaza, como hace el mentiroso, la autoridad de la verdad y se opone a ella. No le presta atención en modo alguno. En virtud de esto, la charlatanería es un enemigo mayor de la verdad que la mentira.
¿Tiene alguna explicación este desprecio por la verdad, tan llamativo y, como parece, hasta ahora inédito? El filósofo británico Bernard Williams señala en un delicioso libro, Truth and Truthfulness (2002), que hay dos ideas contrapuestas, pero relacionadas hasta el punto de que puede decirse que se retroalimentan, que gozan de una destacada presencia en el pensamiento contemporáneo. Por un lado, en ninguna otra época, afirma él, ha existido un interés tan grande por la veracidad[truthfulness]. Estamos siempre alerta por si se nos engaña y queremos descubrir las estructuras reales que subyacen a las apariencias de todo lo que atrae nuestra curiosidad. Como dice Wittgenstein en el Tractatus [6.372], los contemporáneos queremos que parezca que todo está explicado. Exijimos veracidad en nuestra vida diaria, pero también en política y en la justificación de los fenómenos de los que se ocupan las ciencias sociales, e incluso las naturales. Pero ese interés en la veracidad, dice Williams, «da impulso a un proceso de crítica que debilita la confianza en que haya una verdad [truth] segura, de una pieza, enunciable». Precisamente nuestras ansias de veracidad, o así parece, alimentan nuestras sospechas sobre la propia noción de verdad, sobre si tiene sentido hablar de una ‘verdad objetiva’. Williams apela, como ejemplo, al caso de la historia. No es infrecuente descubrir que algunos relatos que teníamos como ‘verdad’ histórica, están sesgados y no reflejan la ‘realidad’ del pasado. Ahora bien, cuando la narración ‘no-veraz’ se sustituye por la pretendidamente ‘veraz’, la objeción de si esta última es de hecho veraz se reproduce una y otra vez, hasta llegar a un punto muerto1 en el que ya abiertamente se plantea la cuestión de si se puede hablar con veracidad de ‘verdad histórica’. Aplicando el mismo patrón estratégico a otros campos para alcanzar en cada caso el citado punto muerto, se llega a la conclusión de que la propia veracidad impone que renunciemos a la idea de que conceptos como «verdad» desempeñan algún papel en la investigación y que, en consecuencia, deben eliminarse de plano como instrumentos de opresión que son (p. ej., Foucault o Derrida) o «reescribirse», por ejemplo, en términos de justificación (Rorty).
El posmodernismo es la corriente filosófica que mejor ha encarnado ese aspecto del mundo contemporáneo —el ansia confesada de veracidad y a la vez de desconfianza en la verdad— que Williams señala. Es relativamente sencillo describir su génesis. Basta añadir a las consideraciones de Williams la idea de que todo, incluida la conducta, puede presentarse como un texto. Para averiguar verazmente lo que un texto dice, afirma el posmodernismo, no basta tomar en cuenta lo que el ‘autor’ declara que quiere decir, sino que tenemos que ‘deconstruirlo’, esto es: leer los textos prestando especial atención a todo lo que pueda ir en contra de su pretendido significado o su unidad estructural con el propósito de mostrar que aquello en lo que el texto se sustenta es irreductiblemente inestable, complejo y, en suma, imposible (Derrida). Pero es obvio que un texto puede tener muchas interpretaciones (deconstrucciones), casi tantas como intérpretes, pues cada uno de ellos aportará a la interpretación sus propias presuposiciones, no necesariamente coincidentes. Ahora bien, es fácil ver cómo, al igual que en el caso de Williams y la interpretación de la historia, llegamos a un punto muerto. Pues, ¿quién determinará cuál de las muchas interpretaciones es la correcta/verdadera, qué es lo que el texto quería realmente decir? La respuesta es que nadie puede hacerlo verazmente: todo intérprete no tiene otra opción que abordar un texto con sus propios prejuicios y concepciones. La conclusión a la que se llega es entonces que no hay nada que sea la verdad objetiva; tenemos solo distintas perspectivas, todas ellas del mismo nivel, sobre cómo es el mundo. Ahora bien, si alguien califica una interpretación de ‘verdadera’ lo que estará realizando sería un acto de autoridad: decir que algo es verdadero es utilizar la verdad como un instrumento de poder. Decir «sé que P» o «P es verdadera» es la forma en la que el poderoso impone su ideología sobre el débil. Como el poder, todo poder, es algo malo, el uso instrumental de la verdad no puede sino ser la expresión de la maldad misma.
McIntyre concluye el capítulo 6 con la lapidaria frase: «el posmodernismo es el padrino de la posverdad». Creo, sin embargo, que la veracidad exige mitigar un poco esta condena sumaria. Es cierto que el posmodernismo, como afirma la cita de Orwell, ha jugado con fuego «sin saber siquiera que el fuego quema». Pero algunos de sus puntos de partida no están del todo descaminados. Aparte de reconocer su contribución al desarrollo de una concepción más pluralista de la sociedad, no parece discutible que los intereses políticos, económicos, sociales o religiosos amenacen (y hayan amenazado siempre) la libre investigación y la búsqueda de la verdad. Los ‘datos’, como ingenuamente se pensó algunas veces, no se leen ‘directamente’, sino que vienen siempre categorizados a través de ‘gafas teóricas’, las cuales pueden incluir desde construcciones sublimes hasta manipulaciones deleznables. Pero con todo, es muy precipitado concluir sin más de lo anterior que los datos o la información no han de ser examinados según los cánones de la objetividad y la corrección, o que los ideales de verdad o justicia no desempeñen ningún papel ni en la vida ordinaria, ni en la investigación en ciencias humanas, sociales o naturales. Como afirma Williams, cuando con argumentos como los anteriores no prestamos atención al ‘valor de la verdad’ estamos dejando que el bebé se vaya por el sumidero junto al agua de la bañera.
Sin embargo, las precipitadas conclusiones del posmodernismo —formuladas muchas veces en una jerga difícilmente inteligible y confinadas como han estado a la Academia— han logrado de manera increíble hacer mella en el concepto de verdad y han contribuido a su corrosión. Su insistencia en que la cultura, incluida la ciencia natural, no es sino un ‘constructo social’ que refleja la distribución del poder en la sociedad, invita, como Frankfurt señala, a prescindir de la verdad. Ahora bien, en general, de las construcciones teóricas del posmodernismo, siendo como de hecho son muchas de ellas temerarias e irresponsables, no creo que pueda decirse con total veracidad que están en el origen del fenómeno de la posverdad. Lo que el posmodernismo pretende en sus inicios es reagrupar a una izquierda esencialmente académica, desencantada y perpleja ante la bancarrota del marxismo, ofreciéndole una nueva teoría política que esté en condiciones de liderar la empresa de la emancipación social en la que el marxismo había fracasado. Los elementos de los que echó mano para erigir su edificio teórico no permitían construir nada sólido, por lo que el resultado fue más bien la creación de un estado de ánimo que puso de moda una ‘pose’ en la que reinaban a partes iguales el cinismo, el relativismo y la contradicción palmaria. Sin duda, un buen cóctel para recobrar el ánimo. Un divertido ejemplo de lo que era aquello nos lo brinda una anécdota que cuenta Pascal Engel. Dice él que cuando asistía en la década de los 70 a las clases de Foucault en el Collège de France se sorprendía de oírlo explicar durante toda la mañana en qué consistía la maldad intrínseca del concepto instrumental de verdad ¡para verlo a continuación ponerse al mediodía a la cabeza de una manifestación, detrás de una pancarta que reclamaba ‘Verdad y Justicia’!
Lo que ha sucedido, más bien, es que el auge del movimiento posmoderno coincidió con el inicio de una prodigiosa revolución en los medios y las tecnologías de la comunicación y el éxito de muchos de sus líderes se debe en gran medida a que supieron ver con anticipación las consecuencias para la vida diaria que iba a tener esa transformación. Baudrillard, uno de los líderes del «ala dura», llegó a profetizar, ya en 1981, que la socialización o la pertenencia a un grupo vendría determinada por la exposición a los medios de comunicación que serían, a la vez, una fuente de desinformación. Richard Rorty (1931-2007), una vieja gloria del izquierdismo estadounidense y quizás el más moderado de ellos, predijo incluso en una obra publicada en 1998 la llegada a la Casa Blanca de un Trump (‘a strongman’) que barrería a todo lo que más odia el estadounidense suburbano medio: burócratas engreídos, abogados tramposos, vendedores de bonos y, por supuesto, profesores posmodernistas.
McIntyre estudia con cierto detalle en su libro el declive de los medios de comunicación tradicionales, desde su antiguo papel como garantes de la objetividad a la bancarrota en la que cayeron por la competencia con las cadenas de televisión y su fragmentación resultante. Lo que empeoró las cosas fue el ‘descubrimiento’ por parte de las televisiones de los Estados Unidos de que las cadenas de noticias podían ser un negocio, con el aliciente añadido de que podían obtener otros réditos si entraban en la lucha política. Pero entonces sucedió algo emparentado con la ‘paradoja’ de la ‘veracidad-verdad’, señalada por Bernard Williams, de la que se habló al comienzo. Siguiendo, como defiende McIntyre, la hoja de ruta diseñada en los años 50 por las tabacaleras, se empezó a acusar a algunos medios de sesgo ideológico, incluso en el caso de temas relacionados con la ciencia. Esto llevó a reclamar un trato ‘equilibrado’ en los debates, no solo de opinión, sino también en los concernientes a asuntos científicos. Por supuesto, nadie quería enfrentarse a las aspiraciones generales de veracidad y ser acusado de parcialidad o de sesgo cognitivo. De este modo, si un científico acudía a un debate, ya fuera sobre el cambio climático, o sobre la vacuna contra el sarampión, siempre se le presentaba ‘a pantalla partida’ con un contrincante que defendía posiciones alternativas y cuya función era hacer surgir la duda, por mucho consenso que hubiera en la comunidad científica sobre que, por ejemplo, el cambio climático estaba causado por los humanos o sobre el hecho de que la vacuna contra el sarampión no estaba relacionada con el autismo. El mantra era siempre el mismo: si no se puede demostrarconclusivamente (y solo se puede demostrar algo con total seguridad en lógica y en matemáticas) que el cambio climático no está causado por las actividades humanas y que la vacuna del sarampión no produce autismo, entonces cabe la posibilidad de que la ciencia establecida se equivoque y, por tanto, las alternativas no pueden descartarse. La idea de que la ciencia es una especie de conspiración de los propios científicos para lograr oscuros fines solía ser un asunto de personas desequilibradas, pero la discusión ‘equilibrada’ de las posiciones ha hecho que esto ya no sea así. El público comenzó a albergar cada vez más dudas sobre las afirmaciones científicas, colateralmente se ha fomentado el recelo hacia los científicos ‘sabelotodo’ y, por extensión, hacia cualquiera que aparezca como ‘experto’. Por otra parte, lo que quedaba de la prensa de prestigio siguió también los pasos de las cadenas de televisión, con el resultado de que, a finales de los 90, un porcentaje bastante alto de estadounidenses confesaba desconfiar de los científicos a los que veían como una elite engreída.
En estas condiciones, no es de extrañar que, por mor del ‘equilibrio’ ideológico, o por, si se quiere, el afán de veracidad en la presentación de lo que se consideraban ‘posiciones distintas y legítimas sobre unos mismos hechos’, lo que se perdiera fuese la verdad. En primer lugar, porque lo que se empezaba a diluir era la distinción entre hechos y opiniones. Para decirlo en términos posmodernos: lo que la mayoría del público percibía era que estaba ante dos ‘narrativas’ que se le presentaban al mismo nivel, ignorando los controles que la propia ciencia se impone y que son parte sustancial suya. Pero, en segundo lugar, lo definitivo en este aspecto fue la irrupción de las redes sociales. La conversión de Facebook (creado en 2004) en un agregador de noticias alimentado por los ‘likes’ y los blogs, las páginas de noticias alternativas, etc., hicieron el resto. La polvareda que sin interrupción se levanta en internet (muchas veces planificada y cuidadosamente ejecutada) impide distinguir noticias genuinas de medias verdades o de historias inventadas. Hemos pasado de la reverencia por la letra impresa de antaño (‘lo dice la prensa’) como criterio de verdad, a tomar como verdadero todo lo que aparece en las redes sociales.
La conjunción de la revolución tecnológica en la producción, transmisión y comunicación de información con ciertas características psicológicas de los seres humanos ha dado lugar a un análogo de lo que los meteorólogos llaman ‘tormenta perfecta’. Nosotros nos guiamos normalmente (casos patológicos aparte) por lo que podemos llamar ‘principio de benevolencia’: no vamos por la calle temiendo, si no tenemos algún indicio, que la persona que camina en dirección contraria a la nuestra nos va a agredir, o pensando —nuevamente, sin indicios— que lo que se nos dice es falso. Pero, a la vez, tenemos tendencia a buscar y a adquirir aquella información que nos interesa y casa con nuestras convicciones previas, y a pasar por alto la que no. Esto es: adolecemos de forma natural de lo que los psicólogos llaman ‘sesgo cognitivo’, un fenómeno que McIntyre analiza en su libro con cierto detalle. Nos resulta doloroso toparnos con verdades que no encajan con lo que creemos y procuramos ignorarlas. Esto suponía (y aún supone) un desgaste emocional, aunque solo fuera por la tensión que su obliteración produce. Pero, en la situación actual, las redes sociales están prestas a acudir en nuestra ayuda: con un solo ‘clic’ tenemos acceso a cualquier noticia, informe pretendidamente científico, dictamen con aparente autoridad, etc., que nos resulte agradable oír y que confirme nuestras convicciones, todo ello además ‘limpiamente’, sin que se nos despierte la mala conciencia. Con ello, no solo se ha difuminado la línea entre hechos y opiniones, sino que cada vez es menos nítida la que existe entre lo que creemos y lo que queremos creer. O, si se quiere, entre nuestros deseos y la realidad. Las defensas que tendríamos contra las célebres fake news [noticias fabricadas] simplemente no funcionan; han sido desactivadas.
Hay, sin embargo, fake news que, teniendo en cuenta todo lo anterior y siendo sumamente liberal con la credulidad pública, siguen siendo literalmente increíbles. Que Bill y Hillary Clinton dirigieran desde una pizzería de Washington una red de esclavitud sexual infantil, o que el Gobierno de Obama tuviera almacenadas por diferentes estados unas 30.000 guillotinas para ejecutar, en el caso de que Hillary hubiera ganado las elecciones, a más de 2 millones de seguidores de Trump, parece rebasar todos los límites. Sin embargo, puede haber una explicación para ello que no consista solo en constatar su espectacular estupidez y la indigencia mental de los que las creen. Y es que la mentira posee, al menos para algunas personas, un atractivo irresistible.
Bruno Bettelheim (1903-1990), un filósofo y psicólogo austriaco emigrado a los Estados Unidos en la época nazi, defendía «la necesidad y la utilidad de actuar sobre la base de ficciones que se sabe que son falsas»2. Bettelheim probablemente tomó esta idea de Hans Vaihinger (1852-1933), quien en su Philosophie des Als Ob [La filosofía del como-si] (un antecedente del ficcionalismo en filosofía de la ciencia) defendía la necesidad de crear mitos sobre uno mismo y actuar en consecuencia. Además, era corriente que durante las sesiones de terapia psicológica se pactara eliminar los límites entre ficción y realidad, pues se consideraba que las mentiras, como los sueños, revelaban sobre zonas obscuras de la psicología del paciente tanto como ocultaban.
Pues bien, un ejemplo del atractivo de la mentira muchas veces citado en las publicaciones sobre este tema es el de los Protocolos de los sabios de Sión. El texto se publicó en Rusia en 1903, y fue traducido inmediatamente a varios idiomas y trata de una presunta conspiración judía para hacerse con el control del mundo y destruir la civilización occidental. Aunque su falsedad fue certificada en los primeros años veinte del pasado siglo, alguna gente todavía cree que es un relato verdadero y, por ejemplo, los nazis lo convirtieron en texto obligatorio en las escuelas. La fuerza de este escrito se revela en su máximo esplendor cuando los que lo proponen, como dice Bettelheim, actúan de acuerdo con esa ficción sabiendo que lo es, todo ello en un gesto de jactancia y desprecio hacia los hechos y la verdad. Estamos pues en el plano que hemos visto que denuncia Harry Frankfurt.
Ahora bien, una cosa es que se desprecien la verdad y los hechos; otra diferente es que por ello no se actúe, al modo de Vaihinger, «como-si» la verdad y los hechos fueran en realidad lo que los enunciados falsos dicen que son. Aquí reside el atractivo fatal de la mentira que todos saben que lo es: que el gesto de desprecio por la verdad y los hechos tiene el poder casi mágico de crear una realidad paralela en la que todo es como-si lo que dicen los Protocolos fuera verdadero. Por supuesto, la cooperación de la audiencia es vital. La audiencia sabe que el conjunto de enunciados que contienen los Protocolos son falsedades registradas con la intención de engañar, pero la fascinación de la nueva realidad paralela, especialmente si uno está emocionalmente vinculado con ella, le hace suspender su incredulidad, un poco al modo que un lector ‘cree’ la ficción presentada en una novela. Del mismo modo, si el convencido admirador de Trump ve en Facebook la noticia de que Hillary y Bill Clinton trafican sexualmente con niños, es harto probable que, aun si este supiera que la noticia es falsa, su implicación emocional le lleva a actuar como si fuera verdadera. Y esto es solo una manera de decir que la posverdad ‘crea’ una realidad paralela.
Como señala McIntyre, los psicólogos llaman a esto «pensamiento mágico». En el caso de Trump es evidente que algo de eso hay; él habla, como dice la periodista del Washington Post, Ruth Marcus, como si sus estados mentales tuvieran el poder de transformar la realidad. Comete tozudamente, no sé si de forma intencionada, el error de suponer que los propios estados mentales son criterio de verdad. Si él está convencido de que ha habido un atentado en Suecia, es que tal cosa ha sucedido, independientemente de cualquier otra consideración; si él recuerdahaber visto musulmanes explotando de júbilo ante el derrumbe de una de las Torres Gemelas, es que tal algarabía ha tenido lugar, etc., etc. No parece que Trump se pare a pensar ni siquiera por un momento que cuando uno tiene una creencia o un recuerdo lo único garantizado es que tiene esa creencia y ese recuerdo y no que el contenido de la creencia o el recuerdo sean verdaderos por el hecho de que él los tenga, por muy vehemente que sea la emoción sentida. El que los contenidos sean verdaderos depende de los hechos. Como afirmó famosamente Hume, «la convicción no engendra verdad», o más recientemente el senador Moynihan «uno puede tener sus propias opiniones, pero no está autorizado a tener ‘sus propios hechos’».
Aunque pueda defenderse que en el posmodernismo no está el origen de la posverdad, de lo que no cabe duda es de que los negacionistas científicos, personajes de la política como Trump, Farage o Putin y gran parte de los amenazadores populismos de hoy día se han beneficiado tanto del ambiente creado por ese movimiento filosófico como de sus argumentos, sin necesidad de haber leído siquiera un solo libro sobre el tema (Trump, desde luego; ya sabemos por confesión propia que no lee libros). Lo asombroso es que, a la vista de las consecuencias prácticas, no haya habido casi reconsideraciones por parte de las grandes figuras de esa corriente (Bruno Latour es una excepción que menciona McIntyre y Richard Rorty, aunque mantuvo hasta su muerte la tesis de la ‘indistinguibilidad’ entre verdad y justificación, parece, según sus comentadores, que nunca pretendió que sus concepciones llegaran más allá de la epistemología). Pero, como ha señalado Dennett, hay que tener cuidado con lo que se propone en la Academia, porque puede hacerse realidad. Y la realidad es que, si lo que se predica es la renuncia a valores como verdad, justificación u objetividad, se despeja en gran parte el camino para imponer a los ciudadanos los intereses de los que mienten sin que se les mueva un pelo (que, por supuesto, no suelen coincidir con los intereses generales de los ciudadanos). Como dice Pascal Engel: es la puerta abierta al fascismo, en el sentido de lo que José Ortega y Gasset llamaba «la revolución de las masas», que no aceptan sino lo que les dictan sus propias pasiones.
¿Se puede hacer algo para neutralizar la posverdad? McIntyre dedica la última parte del libro a presentar algunos consejos prácticos para hacerle frente. Las acciones que propone son en principio simples y su efectividad pertenece más bien al reino de los buenos deseos. Por una parte, McIntyre recomienda oponer resistencia a la mentira, incluso al tipo de mentira espectacularmente increíble que hemos estado considerando. Ninguna mentira es inocua, todas tienen algún propósito, incluyendo lo que hemos llamado creación de una ‘realidad paralela’, y su capacidad de causación física y/o psicológica es todo menos irrelevante. Por otra parte, el fomento del respeto por los hechos parece más prometedor. Si bien es cierto que los sesgos cognitivo y de confirmación y las interferencias emocionales son un escollo importante, ciertos experimentos psicológicos que cita McIntyre muestran que, incluso en aquellos casos en los que los compromisos partidistas son más fuertes, resulta difícil ignorar los hechos relevantes cuando estos se presentan de forma reiterada y nítida. No en vano decía John Adams, el segundo presidente de los Estados Unidos, que «los hechos son entidades tercas; y cualesquiera que puedan ser nuestros deseos, nuestras inclinaciones, o los dictados de nuestra pasión, no pueden alterar el estado de los hechos y de la evidencia». Tenemos, por ejemplo, el caso del fraude vacuna-del-sarampión-autismo en el que, al final, los propios hechos resultaron ser más convincentes que la fabricación del ex Dr. Wakefield. Pero incluso en algunas mentiras célebres de Trump puede detectarse una apelación «retorcida» a los hechos en un intento de certificar la verdad de lo que se ha dicho. Un ejemplo: cuando al poco de asumir la presidencia hizo en uno de sus discursos una vaga referencia a «lo que pasó anoche en Suecia», sus oyentes interpretaron de inmediato que se refería a un atentado perpetrado por algún inmigrante y oyeron lo que querían oír: que el presidente acarreaba agua para su molino anti-emigración. Pero los suecos quedaron desconcertados al oír la afirmación de Trump porque no había pasado nada (parece ser que Trump se refería a un reportaje sobre emigración que había visto en un programa de la Fox). Unos días más tarde hubo unos disturbios leves protagonizados por inmigrantes en un barrio de Estocolmo, que Trump magnificó como le convino (inventándose incluso muertes). Lo importante es que se apresuró a apropiarse de estos nuevos hechos para justificar que lo que había dicho dos días antes era verdad. Tales hechos no podían hacer verdadero su primer enunciado simplemente por razones temporales, pero es significativo que alguien que desprecia los hechos recurra a ellos para atribuirse ilegítimamente el haber hecho un enunciado verdadero. Aunque débil, tenemos aquí una prueba, concurrente con los resultados de los experimentos psicológicos, de que los hechos, tercos como son, conservan todavía cierto prestigio, incluso entre los que los desdeñan.
Muy al final del libro, McIntyre hace una atinada observación sobre lo que en el fondo es el fenómeno de la posverdad. Dice él que la posverdad «no trata sobre la realidad, sino sobre cómo los humanos reaccionamos ante la realidad». Y no está descaminado: la base sobre la que tomamos la mayor parte de nuestras decisiones son nuestros juicios sobre ella. Con todas las dificultades que se quiera, está en nuestras manos hacer frente a adulteraciones, mentiras, fake news, torticeros usos de los hechos o manipulaciones que interfieren en la formación de nuestros juicios. Pero si aceptamos con indolencia que estos tengan como criterio de corrección ‘lo que alguien recuerda’ o ‘lo que las emociones le dictan’, etc., el peligro cierto reside en que nos alienemos de la realidad o, si se quiere, que nos estemos moviendo frívolamente en una realidad paralela como la que languidece en ciertos ámbitos académicos.
LUIS M. VALDÉS VILLANUEVADepartamento de FilosofíaUniversidad de Oviedo
1 Curiosamente, hay aquí un eco del escepticismo de los tropos de Agripa que se reproduce en multitud de patrones de razonamiento del «negacionismo» científico. En muchos de los casos que analiza el libro de McIntyre, lo importante es hacer «surgir la duda» por cualquier procedimiento (y que prenda en el público) sobre un enunciado o teoría científicos y presentar una alternativa no certificada por la ciencia. Inmediatamente se pide una demostración de tal enunciado o teoría científicos, que es imposible de proporcionar debido a la propia estructura de la ciencia. Se concluye entonces, que un enunciado o teoría alternativos están al mismo nivel que los científicos y se exige, en nombre de la objetividad, igual tratamiento informativo, debates paritarios, etc.
2 En su vida real, Bettelheim siguió este precepto falsificando sus credenciales científicas, parte de su biografía e incluso actuando en contra de sus propios principios. Por ejemplo, a su muerte se supo que él, contrario públicamente a los castigos corporales, los aplicaba con liberalidad.
Al escribir estas líneas (en la primavera de 2017) no hay otro tema de conversación más candente que el de la posverdad. Lo vemos en los titulares de prensa y en la televisión. Lo oímos por casualidad en conversaciones en restaurantes o en el ascensor. Esta situación supone tanto una ventaja como un desafío, pues ¿cómo escribir sobre algo que es aún tan nuevo, que está en evolución y que es controvertido?
Este libro probablemente diferirá en lo que respecta al tono de otros libros de la serie Essential Knowledge a la que pertenece, ya que su tema es especial. La noción de posverdad surgió de un cierto pesar que sintieron aquellos que se preocupan porque la verdad esté siendo eclipsada. Aunque no abiertamente partidista, este libro presupone al menos un punto de vista: que los hechos y la verdad están amenazados en el ámbito político actual.
