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En este libro, Lee McIntyre, profesor y académico con más de veinte años de experiencia en la investigación del negacionismo y el falseamiento de datos en la esfera pública, guía a los lectores a lo largo de la compleja (y a menudo oscura) historia de la "desinformación" como estrategia ideológica, mercadotécnica y política. Así, y sin perder jamás de vista el presente inmediato, el autor examina fenómenos recientes de importancia mayor, como el negacionismo de las vacunas (que tiene su origen en otros negacionismos médicos anteriores, tales como el de los perjuicios del tabaco) o la mentira estratégicamente empleada en las campañas políticas de Donald Trump, cuyas herramientas desinformativas vincula con las de las políticas soviéticas del siglo pasado.
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Seitenzahl: 125
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Lee McIntyre
Sobre la desinformación
Cómo luchar por la verdady proteger la democracia
Traducción de Ana Bustelo
CÁTEDRATEOREMA
Capítulo primero. Asesinos de la verdad
Capítulo 2. La historia del negacionismo estratégico
Capítulo 3. Los creadores
Capítulo 4. Los amplificadores
Capítulo 5. Los creyentes
Capítulo 6. Cómo ganar la guerra contra la verdad
Agradecimientos
Créditos
Para Dave Corkran, que fue quien prendió la chispa
El negacionismo no es un error, es una mentira. Es fundamental saber distinguir entre simples ideas erróneas y la manipulación selectiva; hay que entender la diferencia entre la mala información y la desinformación. Los medios de comunicación, el Gobierno, la educación y todos nosotros tenemos que dejar de pensar en la actual crisis epistémica como si fuera un accidente o un desastre natural. Se trata más bien de una campaña coordinada, dirigida por individuos y organizaciones cuyo objetivo es difundir desinformación entre las masas para fomentar la duda, la división y la desconfianza, y crear un ejército de negacionistas.
La verdad no está muriendo, la están matando.
La gente no se despierta un día y se pregunta si los incendios de California se produjeron por un láser espacial judío o si las vacunas para la COVID-19 podrían contener microchips. Estas reacciones son el resultado de una campaña de propaganda que se diseñó deliberadamente para sembrar la duda donde no la había, porque servía a los intereses de la gente que la inventó. Estos intereses pueden ser económicos, políticos o ideológicos, pero la cuestión es que el negacionismo pretende beneficiar a la gente que fabrica las mentiras, no a la gente que se las cree.
El negacionismo científico moderno comenzó el 15 de diciembre de 1953, cuando los directivos de cuatro de las mayores tabacaleras estadounidenses se reunieron en el Hotel Plaza de Nueva York, con un especialista en relaciones públicas para que les aconsejara sobre lo que debían hacer ante un estudio científico que se iba a publicar en breve, y que afirmaba que había una relación clara entre el consumo de cigarrillos y el cáncer de pulmón.
¿Qué consejo recibieron? Luchen contra la ciencia. Publiquen anuncios a toda página en los periódicos. Contraten a sus propios científicos para crear un relato diferente. Pónganse en contacto con periodistas, directores y editores de periódicos y revistas para que cuenten «las dos caras» de la polémica sobre el tabaquismo. Apóyense mucho en la idea de que se trata de un debate científico abierto en el que aún no se ha «demostrado nada». El objetivo era conseguir que el público dudara de la verdad de algo sobre lo que los científicos no tenían ninguna duda.
Y funcionó.
En 1955, una encuesta sobre el consumo de tabaco indicaba que «no se percibe que la reacción de la prensa y el público sea de temor o alarma»3. Durante cuarenta años, las empresas tabaqueras sobrevivieron tranquilamente enarbolando esa duda. Siguieron obteniendo beneficios hasta 1994, cuando tuvo lugar una audiencia en el Congreso y los nuevos directores de las siete mayores empresas tabaqueras declararon que no creían que la nicotina fuera adictiva. En ese momento mucha gente no les creyó, pero el objetivo de la industria se había cumplido. Su trabajo durante todos esos años no había sido demostrar que fumar no provocaba cáncer de pulmón, sino sembrar dudas suficientes para retrasar las cosas mientras se seguían vendiendo cigarrillos. En 1998, finalmente se pilló a las «grandes tabacaleras» y se les impuso la mayor multa en un caso civil de la historia de Estados Unidos —200000 millones de dólares—, tras lo cual se les permitió seguir vendiendo cigarrillos (con nuevas restricciones en la publicidad), pero dando por hecho que ya no había gato encerrado, porque todo el mundo sabía que fumar era malo para la salud. Años más tarde, en 2004, se filtró un informe de 1969 que demostraba que los ejecutivos de la industria siempre habían sabido que su producto era mortal.
En su lúcido libro Merchants of Doubt (Mercaderes de la duda), Naomi Oreskes y Erik Conway ofrecen numerosos detalles sobre la «historia del origen» del negacionismo científico moderno en Estados Unidos. Sostienen que creó un modelo que luego utilizaron otros para negar la verdad sobre la lluvia ácida, el agujero de ozono y, lo que es más notorio, el calentamiento global. Desde entonces, muchos investigadores y periodistas han demostrado que las empresas de combustibles fósiles siguieron al pie de la letra la «estrategia de la tabacalera». Crearon su propia campaña de ofuscación y retraso durante décadas, en la que estaban incluidos el patrocinio de trabajos científicos «contrarios», donaciones a miembros del Congreso, financiación de conferencias anuales organizadas por think tanks para sembrar dudas acerca de si existía o no un consenso científico sobre el cambio climático, y una campaña de relaciones públicas destinada a suavizar su imagen, todo mientras seguían obteniendo beneficios. Más tarde se supo, a través de una serie de memorandos filtrados por ellas mismas, que las empresas de combustibles fósiles conocían la verdad sobre el calentamiento global desde 19774.
Es lógico que uno vea esto como un crimen contra el esfuerzo de buena fe de los científicos por mostrar los hechos a la opinión pública estadounidense, para que los responsables políticos puedan prestar atención a sus advertencias a tiempo de hacer algo para salvar vidas. Pero, desde el punto de vista de quienes tienen intereses que van en contra de los hallazgos empíricos de la ciencia, había sido un éxito rotundo. Y no cabe duda de que este éxito llamó la atención de quienes pretendían extender el alcance del negacionismo estratégico a temas mucho más allá de la ciencia.
Uno se imagina a un ambicioso político de pelo color naranja haciendo el cínico salto de la conclusión desde los cigarrillos y el calentamiento global a otras creencias basadas en hechos: «Si ellos pueden mentir sobre eso, yo puedo mentir sobre cualquier cosa».
Y eso es lo que pasó.
Los asesinos de la verdad tenían ahora un nuevo objetivo: no solo la ciencia, sino la propia realidad.
3 Naomi Oreskes y Erik M. Conway, Merchants of Doubt: How a Handful of Scientists Obscured the Truth on Issues from Tobacco Smoke to Global Warming, Nueva York, Bloomsbury, 2010, pág. 18.
4 Shannon Hall, «Exxon Knew About Climate Change Almost 40 Years Ago», Scientific American, 26 de octubre de 2015; disponible en: <https://www.scientificamerican.com/article/exxon-knew-about-climate-change-almost-40-years-ago/>.
MAGA5* es más que un movimiento político: es una campaña negacionista a la antigua usanza. Hace quince años, los científicos cognitivos descubrieron que todos los negacionistas de la ciencia siguen la misma estrategia de razonamiento defectuoso6:
1. utilizan solamente las pruebas que interesan,
2. creen en teorías conspirativas,
3. hacen razonamientos ilógicos,
4. confían en falsos analistas (y denigrar a los verdaderos), y
5. tienen expectativas imposibles sobre lo que debe conseguir la otra parte.
Esto explica por qué (1) los negacionistas del clima, como Ted Cruz, siempre parecen destacar el mismo conjunto (posteriormente corregido)7, de datos en los que, en una ocasión, se sugería que no había habido un aumento de la temperatura global entre 1997 y 2015. Mientras tanto, ignoraban la cantidad de datos recogidos desde entonces —extraídos de la temperatura atmosférica, la disminución de la capa de hielo, los fenómenos meteorológicos extremos e, incluso, el contexto más amplio de los datos del satélite que Cruz citaba— que sirvieron de base para la declaración que hizo Reuters en 2019 en la que se aseguraba que las pruebas a favor del cambio climático antropogénico eran tan contundentes que había una posibilidad entre un millón de que los negacionistas tuvieran razón8. También explica por qué (2) los tierraplanistas creen que los líderes gubernamentales, astronautas, pilotos y científicos, que están aliados con el diablo, nos ocultan la verdadera forma de la Tierra, o por qué los antivacunas sostienen que el CDC9* pagó al Instituto de la Medicina10* para que suprimiera los datos que supuestamente prueban que la vacuna MMR11* produce autismo. Así entendemos por qué (3) los antimascarillas creen que volver a respirar en una mascarilla N95 puede provocar la COVID-19. (4) La hidroxicloroquina o la ivermectina responden mejor a la COVID-19 que las vacunas de Pfizer y Moderna. Además, siempre está la vieja cantinela según la cual (5) los antievolucionistas, los negacionistas del clima y todos los demás sostienen que los científicos están obligados a demostrar sus resultados, si no, sus propias creencias negacionistas serían igual de creíbles.
En mi libro, How to Talk to a Science Denier (Cómo hablar a un negacionista de la ciencia), analizo a fondo esta locura para encontrar la forma de conseguir que los negacionistas de la ciencia vean claramente no solo el contenido de sus falsas creencias, sino también el patrón corrupto de lógica que lleva hasta esas creencias. Pero el problema hoy es que esta forma tóxica de razonar está en fase de metástasis. Ha evolucionado desde la negación de la ciencia hasta la negación de la realidad, ha pasado de afirmar que los malvados investigadores meten microchips en nuestras vacunas, a asegurar que unos funcionarios del Estado, también malvados, amañaron de alguna manera las elecciones presidenciales de 2020 y luego destruyeron todas las pruebas.
Cuando la presidencia de Trump tocaba a su fin, el Washington Post informó de que había mentido más de 30000 veces durante los cuatro años de legislatura12. Pero ninguna de sus mentiras fue más virulenta, ni más peligrosa para la democracia, que su gran mentira sobre las elecciones de 2020 (y la insurrección violenta que provocó). Es una mentira que cumple los cinco tropos que conforman el razonamiento negacionista:
1.Utilizan solo las pruebas que interesan. A pesar de que la auditoría, tremendamente partidista o fraudit13*, de las elecciones en el condado de Maricopa, Arizona, concluyó que había ganado Biden, Trump y sus partidarios siguieron seleccionando los datos del informe final que les venían bien para declarar que afirmaciones que se habían desmentido hacía tiempo todavía no se habían investigado14.
2.Creen en teorías conspirativas. Como parte de la auditoría de Arizona, hubo un momento en que los funcionarios se dedicaron a buscar «fibras de bambú» en las propias papeletas. Esto era por una teoría conspirativa trumpista según la cual se habían traído 40000 papeletas en avión desde Asia Oriental y se habían metido en las urnas15. Otras afirmaciones conspirativas —que luego se desmintieron— hablaban de máquinas de votación electrónica trucadas, maletas llenas de papeletas «perdidas», rotuladores mágicos de la marca Sharpie e incluso se dijo que, unos satélites militares italianos, habían borrado los votos a favor de Trump16.
3.
