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Deja que alguien juegue al ajedrez y dile que cada peón es un amigo suyo. Deja que recuerde los felices tiempos que pasó a la sombra de sus torres. Deja que ame a su reina. Y míralo cuando lo pierda todo. Las espinas de un zarzal lo salvaron mientras presenciaba el asesinato de su madre y su hermano. Ahora, el monstruo en el que se ha convertido cabalga por el imperio en compañía de forajidos, quemando aldeas y saqueando cadáveres. Jorg Ancrath es capaz de espantar a los muertos, pero aún hay algo que le da escalofríos: regresar al castillo de su padre. Pues allí el príncipe deberá enfrentarse a los horrores de su infancia si quiere ganar la partida, cumplir su venganza y, ya de paso, arrasarlo todo. Dicen que vivimos tiempos violentos, el fin de los días, cuando los muertos vagan y los monstruos acechan la noche. Todo eso es cierto, pero hay algo peor ahí fuera, en la oscuridad. Algo mucho peor.
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Seitenzahl: 449
Veröffentlichungsjahr: 2026
Título original: Prince of Thorns
Copyright © Mark Lawrence 2011
© de la traducción: Miguel Antón, 2026
© de los marcos: Thoom/Shutterstock.com
© de las guardas: Sylverarts Vectors/Shutterstock.com
© de la presente edición: Nocturna Ediciones, S.L.
c/ Medea, 4. 28037 Madrid
www.nocturnaediciones.com
Primera edición en Nocturna: febrero de 2026
ISBN: 979-13-87690-46-5
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).
PRÍNCIPE DE ESPINAS
1
¡Cuervos! Cuervos por todas partes. Se posaron en las tejas de la iglesia incluso antes de que los heridos se convirtieran en muertos. Incluso antes de que Rike terminase de arrancar los dedos de las manos y los anillos de los dedos. Me recosté en el poste de la horca y señalé con un gesto a los pájaros, una hilera compuesta por una negra docena de ellos, atenta la mirada, observando.
Una alfombra roja cubría la plaza del pueblo. Había sangre en los caños, sangre en el empedrado, sangre en la fuente. Los cadáveres yacían como yacen los cadáveres. Algunos adoptaban posturas cómicas, con la mano sin dedos tendida al cielo; otros en paz, encogidos sobre sus heridas. Las moscas formaban nubes sobre los heridos. Los había por doquier, cegados algunos, arteros otros, todos delatados por aquel séquito zumbón.
—¡Agua! ¡Agua! —Los moribundos siempre andan pidiendo agua. Qué raro, a mí lo que me da sed es matar.
Y eso fue en Mabberton. Doscientos granjeros muertos, tendidos junto a las hoces y las hachas. Les advertí que hacíamos cosas así para ganarnos la vida. Se lo dije a su cabecilla, Bovid Tor. Les di esa oportunidad porque siempre lo hago. Pero no. Querían sangre y vísceras. Una carnicería. Y eso fue lo que obtuvieron.
La guerra, amigo mío, es digna de ser admirada como una obra de arte. Quienes dicen lo contrario es que la están perdiendo. Si me hubiera molestado en sacarle las tripas al viejo Bovid y sentarlo en la fuente en mitad del pueblo, lo más probable es que hubiese tomado otra decisión. Mira dónde ha acabado por llevarme la contraria.
—Estos granjeros son más pobres que las ratas. —Rike arrojó un puñado de dedos al cuerpo destripado de Bovid. Se me acercó con su magro botín, como si fuera culpa mía—. ¡Mira! Un anillo de oro. ¡Uno! En todo el pueblo solo había un condenado anillo de oro. Me gustaría ponerlos de pie para volver a abrirlos en canal. Estúpidos granjeros.
Y en eso no era el único. También él era un cabrón malvado, y codicioso. Le sostuve la mirada.
—Tranquilízate, hermano Rike. Hay más cosas en Mabberton aparte del oro.
Compuse mi expresión de advertencia. El juramento que lanzó acabó por quitarle todo el encanto al asunto; además, tenía que ponerme serio con él. Rike siempre se subía por las paredes después de una batalla. Quería más y más. Le dediqué esa expresión que viene a decir que yo tengo más. Más de lo que él podía sobrellevar. Lanzó un gruñido, se guardó el anillo ensangrentado y hundió el cuchillo en el cinto.
Entonces se acercó Makin, que nos pasó el brazo a ambos por el hombro, dándonos palmadas con el guantelete en las placas que nos protegen esa parte del cuerpo. Si a Makin se le daba bien algo, era aplanar cosas.
—El hermano Jorg tiene razón, Pequeño Rikey. Hay montones de tesoros que esperan ser encontrados. —Le gustaba llamarlo Pequeño Rikey porque a todos nos sacaba una cabeza y también era el doble de ancho. Makin siempre bromeaba. Cuando le daba tiempo, contaba chistes a quienes mataba. Le encantaba verlos morir con una sonrisa en los labios.
—¿Qué tesoros? —quiso saber Rike, que seguía avinagrado.
—Cuando la emprendes con los granjeros, ¿qué otra cosa obtienes, Pequeño Rikey? —Makin enarcó ambas cejas y compuso una expresión sugerente.
Rike se quitó la visera, encarándonos con su fea cara. Bueno, más tosca que fea. Creo que las cicatrices le favorecían.
—¿Vacas?
Makin se mordió los labios. Nunca me gustaron sus labios, gruesos y carnosos, pero eso se lo disculpaba porque lo compensaba con creces con sus bromas y su profesionalidad a la hora de matar.
—Bueno, tú puedes quedarte con todas las vacas de por aquí, Pequeño Rikey, que yo voy a buscarme a la hija de algún granjero, o a tres, antes de que los demás las den de sí.
Y entonces se alejaron. Rike con aquella risa tan suya, jo, jo, jo, como quien intenta expectorar una espina atravesada en la garganta.
Los estuve observando mientras forzaban la puerta de la casa de Bovid, situada frente a la iglesia, un edificio de buena planta y techos altos con tejas de madera y un modesto jardín cubierto de flores. Tampoco Bovid les quitó ojo, aunque no pudo volver la cabeza.
Miré a los cuervos, y luego reparé en Gemt y en el medio tonto de su hermano, Maical, ambos volcados en la labor de decapitar. Maical tiraba del carro y Gemt le daba al hacha. Un regalo para la vista, de verdad. Al menos era algo digno de verse. Estoy de acuerdo en que la guerra huele que apesta. Pero no tardaríamos en prenderle fuego al lugar, así que el hedor dominante sería el de la madera quemada. ¿Anillos de oro? Yo no pedía más a cambio.
—¡Muchacho! —gritó Bovid con voz ronca, débil.
Me acerqué al lugar donde se encontraba y me quedé ahí, apoyado en el puño de la espada. De pronto sentí que me pesaba el cansancio en brazos y piernas.
—Será mejor que digas rápido lo que tengas que decir, granjero. El hermano Gemt se acerca con el hacha. Vamos, rápido.
No me pareció muy preocupado. Cuesta poner nervioso a alguien que está tan cerca de convertirse en pasto de los gusanos. Sin embargo, me molestaba que me mirase con esa altivez y también que me hubiese llamado «muchacho».
—¿Tienes hijas, granjero? ¿Las tienes escondidas en el sótano? El viejo Rike olfateará su rastro, estén donde estén.
Bovid aguzó la vista al oír aquello. También me miró dolorido.
—¿Cuántos años tienes, muchacho?
A vueltas de nuevo con ese «muchacho».
—Soy lo bastante mayor para abrirte el cuello como si de una bolsa llena se tratara —respondí cada vez más airado. No me gusta enfadarme. Me pone enfermo. No creo que se diera cuenta. Creo que ni siquiera era consciente de que había sido yo quien lo había herido no hacía ni media hora.
—Quince veranos, ni uno más. No puedes ser mayor… —pronunció las palabras despacio, con los labios azules en su rostro macilento.
Le habría dicho que se había quedado corto por dos años, pero ya no estaba para escuchar a nadie. El carro gimió a mi espalda y Gemt se acercó con el hacha goteando sangre.
—Córtale la cabeza —les dije—. Y que los cuervos dispongan de su gorda panza.
¡Quince años! Si tuviera quince años, no iría por ahí asaltando pueblos.
Para cuando cumpla los quince, seré rey.
2
Mabberton ardió con ganas. Aquel verano ardieron así todos los pueblos. Makin dijo que era uno de esos malditos veranos de mucho calor, tanto que no permitían ni un día de lluvia, y no se equivocaba. Al entrar a caballo, levantábamos una nube de polvo a nuestro paso; al marcharnos, lo que dejábamos era una nube de humo.
—Quién fuera granjero. —A Makin le gustaba decir cosas así.
—Quién fuera la hija de un granjero. —Incliné la cabeza hacia Rike, que rebulló en la silla de montar tan cansado que en cualquier momento iba a caerse. Tenía una sonrisa boba en la cara y un retal de densa seda, con hilo de oro entretejido, que le cubría la coraza. Nunca llegué a averiguar dónde encontró en Mabberton aquel retal.
—El hermano Rike gusta de placeres sencillos —dijo Makin.
Y así era. Pero gustar se quedaba corto. Más que gustarle los ansiaba como el fuego anhela devorarlo todo.
Tal como devoraron las llamas la población de Mabberton. Yo arrimé la antorcha a la taberna de tejado de adobe, y el fuego nos acompañó hasta la salida. Un día más del año que nuestro ruinoso imperio llevaba recorriendo el camino de la amargura que se había forjado.
Makin se secó el sudor de la frente y se embadurnó la piel con hollín. Tenía un talento especial para ensuciarse.
—Yo no he oído rechazar esos placeres sencillos, hermano Jorg.
Eso no podía discutírselo. «¿Cuántos años tienes?», había querido saber el orondo granjero. Lo bastante mayor para hacerle una visita a sus hijas. La gorda era tan parlanchina como su padre. Gritó como una lechuza, tanto que acabaron doliéndome los oídos. Me lo pasé mejor con la mayor, que se estuvo callada. Tanto que, de vez en cuando, tuve que darle pellizco para asegurarme de que no se hubiera muerto de miedo. Aunque imagino que muy calladas no estarían cuando el fuego las alcanzase…
Gemt me distrajo al acercarse a caballo, e hice a un lado esos pensamientos.
—Las gentes del barón divisarán el humo a quince kilómetros de distancia. No tendrías que haberlo quemado. —Negó con la cabeza en un gesto de desaprobación, y su estúpida melena de color jengibre se movió al compás.
—No tendrías —repitió el idiota de su hermano, subido al viejo tordo. Dejamos que montara el viejo tordo que tiraba del carro. El caballo no abandonaba el camino porque era más listo que Maical.
Gemt te lo echaba todo en cara.
«No tendrías que haber arrojado los cadáveres al pozo, ahora nos moriremos de sed». «No tendrías que haber matado al sacerdote, eso nos traerá mala suerte». «Si la hubiésemos tratado mejor, ahora podríamos pedir un buen rescate al barón Kennick». La verdad es que no veía que llegase el momento de clavarle el cuchillo en la garganta. Lo habría hecho sin mediar palabra. Me habría estirado y le habría atravesado el cuello. «¿Cómo? ¿Qué pretendes decirme, hermano Gemt? ¿Gru, gru? ¿Te refieres a que no tendría que haberte clavado el cuchillo en la abultada nuez?».
—¡Vaya! —exclamé, lo que hizo que todos dieran un respingo—. Rápido, Pequeño Rikey, corre y echa una meada en Mabberton. A ver si apagas ese incendio.
—La gente del barón lo verá —insistió Gemt, tozudo, rubicundo. Si te metías con él, se ponía rojo como una remolacha. Esa cara roja hacía que quisieras matarlo aún más. Pero no lo hice. Ser líder conlleva responsabilidades, entre otras la de no matar a tus hombres. De otro modo, ¿a quién ibas a liderar?
La columna se reunió a nuestro alrededor, tal como solía hacer cuando pasaba algo. Tiré de las riendas de Gerrod y el caballo detuvo el paso con un pisotón. Observé a Gemt y aguardé. Esperé hasta que mis treinta y ocho hermanos se congregaron alrededor, y Gemt se puso tan rojo que daba la impresión de que iban a sangrarle las orejas.
—¿Adónde vamos, hermanos míos? —pregunté al tiempo que me incorporaba sobre los estribos, de tal forma que pudiese mirar sus feos rostros. Pronuncié aquellas palabras en un tono de voz bajo, de modo que todos aguzasen el oído para no perdérselas—. ¿Adónde? —insistí—. ¿No seré yo el único que lo sabe? ¿Acaso os guardo secretos, hermanos?
Rike se mostró algo confundido al oírme y arrugó el entrecejo. El gordo Burlow se me acercó por la derecha, y a mi izquierda estaba el nubano, cuyos dientes si cabe resaltaban más blancos enmarcados en el rostro negro de hollín. Silencio.
—El hermano Gemt podrá decírnoslo. Sabe lo que es, y también lo que debería ser. —Sonreí a pesar de que aún quería hundirle el cuchillo en la garganta—. ¿Adónde nos dirigimos, hermano Gemt?
—A Wennith, en la Costa de los Caballos —respondió a regañadientes, pues no quería mostrarse de acuerdo con nada.
—Muy bien. ¿Y cómo vamos a llegar allí? ¿Los cuarenta que somos cabalgaremos a lomos de nuestros estupendos caballos robados? —Gemt apretó con fuerza la mandíbula. Por fin entendió qué me había propuesto—. ¿Cómo vamos a llegar a ese lugar si pretendemos tomar una porción del pastel recién sacado del horno, ardiente como un hierro al rojo? —pregunté.
—¡Por el Camino del Liche! —exclamó Rike, feliz de haber dado con la respuesta.
—Por el Camino del Liche —repetí todavía en voz baja, sonriente—. ¿Qué otro camino íbamos a tomar? —Miré al nubano, sosteniéndole la oscura mirada. Era incapaz de leer la expresión que había en sus ojos, pero dejé que él interpretase mi mirada.
—No hay otro camino.
«Rike está inspirado —pensé—; no sabe a qué estamos jugando, pero está claro que disfruta del papel que representa en él».
—¿Saben los hombres del barón adónde nos dirigimos? —le pregunté a Gordo Burlow.
—Los perros de la guerra siguen la línea del frente —respondió. Gordo Burlow no tiene un pelo de tonto. Le tiembla la papada cuando habla, pero no le faltan luces.
—Por tanto… —Miré alrededor, a todos ellos, y lo hice muy despacio—. Por tanto, el barón sabe adónde se dirigirá una panda de bandidos como la nuestra, y conoce el camino que tenemos que tomar. —Dejé que meditaran lo que acababa de decir—. Y yo acabo de prender una hoguera que le dará a entender que no es buena idea seguirnos.
Entonces hundí el cuchillo en la garganta de Gemt. No tenía que hacerlo, pero quería hacerlo. Le dio por bailar bastante, borbolleando y borbolleando en la sangre hasta que cayó del caballo. Enseguida se quedó pálido.
—Maical —dije—. Ve tú delante.
Y me obedeció.
Gemt había escogido un mal momento para cruzarse en mi camino.
3
—Dos muertos y dos… suspendidos. —Makin esbozaba esa sonrisa de oreja a oreja tan propia de él.
De todos modos, habríamos acampado junto a las horcas, pero Makin se adelantó a caballo para comprobar el perímetro. Me pareció que la noticia de que dos de las cuatro horcas tenían vivos a sus reos alegraría a mis hermanos.
—Dos —gruñó Rike. Estaba agotado, y cuando Pequeño Rikey estaba agotado tendía a ver cualquier horca medio vacía.
—¡Dos! —exclamó el nubano desde el final de la columna.
Algunos muchachos cruzaron apuestas. El Camino del Liche es aburrido como un sermón dominical. Discurre recto y sin altibajos, tan recto que matarías por una curva a izquierda o derecha. Y es tan llano que vitorearías una cuesta. A ambos lados el terreno es pantanoso, está plagado de moscas, y no hay más que moscas y pantano. En el Camino del Liche no puede haber mejor noticia que dos moribundos metidos en sus respectivas jaulas, colgadas de la horca.
Qué raro que no se me ocurriese preguntarme qué pintaba una horca de pie en mitad de ninguna parte. Me lo tomé como una recompensa. Alguien había abandonado a su suerte a sus prisioneros, colgados en jaulas a un lado del camino. Era un lugar inusual, pero lo importante es que serviría de entretenimiento a mi banda. Los hermanos se impacientaban, así que hinqué los talones en Gerrod, que hizo a un lado el cansancio para avanzar al galope. No hay camino como el del Liche para galopar.
—¡A por las jaulas! —anunció Rike, momento en que los demás hermanos me siguieron.
Dejé que Gerrod mantuviese la delantera. Mi caballo no permitiría que ningún otro animal le sacase ventaja. No en ese camino. No con cada trecho adoquinado, y con cada adoquín encajando perfectamente en el siguiente, con tal precisión que una hoja de hierba no concebiría esperanzas de ver la luz del sol. No había una sola piedra desencajada, ni una piedra más gastada que la otra. ¡Y eso que estaba construido en mitad de un pantano!
Por supuesto fui el primero en llegar a las horcas. Ninguno fue capaz de alcanzar a Gerrod. Menos aún teniendo en cuenta que era yo quien lo montaba y que la mitad de ellos me superaba con creces en corpulencia. Al pie de las horcas me volví para mirarlos, dispersos en el camino. Voceé de pura alegría, lo bastante alto para llamar la atención de la carretilla. Gemt iba tumbado en ella, y estaría dando botes de un lado a otro.
Makin fue el primero en reunirse conmigo, pese a que su caballo ya había recorrido ese trecho y debía de estar cansado.
—Dejemos que las gentes del barón nos alcancen —le dije—. El Camino del Liche nos conviene como lo haría un puente. Aquí diez hombres serían capaces de contener a un ejército. Los que se propongan flanquearnos se ahogarán en el pantano. —Makin asintió con la cabeza mientras recuperaba el aliento—. Quienes construyeron este camino… Si hubiesen levantado un castillo… —Pero un trueno al este me interrumpió el discurso.
—Si los que construyeron el camino hubieran levantado castillos, jamás nos habríamos acercado —opinó Makin—. Me alegro de que se hayan marchado.
Vimos llegar a los hermanos. El sol poniente bañó de luz anaranjada los estanques que recorrían el pantano. Eso hizo que me acordase de Mabberton.
—Un día espléndido, hermano Makin —dije.
—Por supuesto, hermano Jorg —respondió él.
Los hermanos se enzarzaron en una discusión nada más llegar. Yo fui a recostar la espalda en el carro del botín y aproveché para leer un poco mientras hubo luz y no rompió a llover. A esas alturas de la jornada estaba de humor para leer a Plutarco. Lo tenía todo para mí solito, emparedado entre tapas de cuero. Un monje notable empleó toda una vida en ese libro. Se pasó la vida inclinado sobre él, pincel en mano. Aquí el oro, para trazar un halo, el sol, otros motivos. Allí un azul veneno, más azulado que el cielo al atardecer. Toques de bermellón para hacer un lecho de flores. Probablemente el monje se quedó ciego haciendo el libro. Probablemente dedicó toda su vida, desde joven hasta encanecer, apretujando en sus páginas las palabras de Plutarco.
Rugió el trueno, y los presos oscilaron en sus jaulas suspendidas, aullando, y yo me senté a leer esas palabras que ya pertenecían a otra época, antes de que los hombres de los caminos construyeran sus vías.
—¡Sois un hatajo de cobardes! ¡Mujeres armadas con hachas y espadas! —Por lo visto, uno de los presos, pasto de los cuervos, tenía boca—. No hay un solo hombre entre vosotros. Sois todos unos pederastas siguiendo a ese crío. —Tenía un acento propio de un mersimano.
—¡Ahí arriba hay un tipo que se ha formado una opinión muy dura acerca de ti, hermano Jorg! —voceó Makin.
Una gota de lluvia me dio en la nariz. Cerré el libro de Plutarco. Se había tomado su tiempo para hablarme de Esparta y Licurgo, así que podría esperar un poco más y evitar humedades. El preso tenía más cosas que decir y dejé que me las soltara a la espalda. Cuando vas de viaje, tienes que envolver bien un libro para mantenerlo a resguardo de la lluvia. Diez vueltas de tela encerada, otras diez en sentido contrario, y después hay que meterlo bajo una capa en la alforja. Es necesario tener un buen par de alforjas, nada de esa basura que hacen los thurtanos; cuero del bueno, cosido y recosido, procedente de la Costa de los Caballos.
Los muchachos se apartaron para dejarme pasar. El patíbulo apestaba, olía peor que la carretilla. Lo habían improvisado con madera recién talada, y colgaban de él cuatro jaulas. Dos contenían cadáveres. Muertos muy muertos. Las piernas colgaban a través de los barrotes, devoradas por los cuervos. Estaban envueltas en nubes de moscas que recordaban a una segunda piel, negra, zumbona. Los muchachos habían pinchado un poco a uno de los presos, que no parecía entusiasmado con la idea. De hecho daba la impresión de que lo habían pinchado demasiado, lo que constituía un desperdicio, puesto que teníamos toda la noche por delante y podría haber dado más de sí. Tendríamos que apañarnos con el bocazas.
—¡Vaya, pero si viene el jovenzuelo! Habrá terminado de ver los motivos lascivos de ese libro robado. —Estaba acuclillado en la jaula, con los pies sangrantes y despellejados. Era un anciano de unos cuarenta años, con el pelo negro y la barba gris, de relucientes ojos oscuros—. Arranca las páginas para limpiarte el trasero, muchacho —me desafió, aferrado de pronto a los barrotes, lo que hizo que la jaula oscilara—. Es para lo único que van a servirte.
—¿Podríamos quemarlo a fuego lento? —propuso Rike, consciente de que el anciano solo quería hacernos enfadar para que pusiésemos fin de un plumazo a su vida—. Como hicimos con el patíbulo de Turston.
Se oyeron algunas risotadas, pero Makin no se unió a ellas. De hecho se le había formado una arruga en la roña y el hollín que tenía en la frente, mientras observaba al preso. Levanté una mano para acallarlos.
—Sería una pérdida vergonzosa sacrificar así un libro tan valioso, padre Gomst —dije. Al igual que Makin, había reconocido a Gomst gracias a la barba y el pelo. Pero sin ese acento se habría quemado a fuego lento—. Sobre todo el texto sobre Licurgo, escrito en latín, y no me refiero a esa lengua franca romana que enseñan en la iglesia.
—¿Me conoces? —preguntó con la voz quebrada y los ojos llenos de lágrimas.
—Pues claro que sí. —Me eché el pelo hacia atrás con ambas manos para que pudiera verme los rizos y el rostro en la penumbra. Tengo la piel morena y los rasgos angulosos de los Ancrath—. Eres el padre Gomst, y has venido a llevarme de vuelta a la escuela.
—Pri…, prínci… —balbuceó, incapaz de pronunciar las palabras. Era repugnante, de verdad. Me hizo sentir como si acabara de hincar el diente a algo podrido.
—Príncipe Honorio Jorg Ancrath, a tu servicio. —Hice la reverencia propia de un cortesano.
—¿Qué…?, ¿qué fue del capitán Bortha? —Confundido, el padre Gomst se balanceó lentamente en la jaula.
—¡Aquí el capitán Bortha, señor! —Makin hizo un saludo marcial y dio un paso al frente. Estaba salpicado de la sangre del otro preso.
Se impuso un silencio sepulcral. Incluso el borboteo y los zumbidos de los insectos del pantano adoptaron el tono propio de un susurro. Las miradas de mis hermanos iban de mí al anciano sacerdote, boquiabiertos todos. Pequeño Rikey no se habría mostrado más sorprendido si le hubiese pedido que multiplicara seis por nueve.
La lluvia escogió ese instante para caer con fuerza; era como si, de pronto, el Todopoderoso hubiese decidido aliviarse la vejiga sobre nosotros. La negrura que había empezado a formarse se espesó como la melaza.
—¡Príncipe Jorg! —El padre Gomst tuvo que imponer la voz al estruendo de la lluvia—. ¡La noche! ¡Tenéis que echar a correr! —Se agarraba a los barrotes con tal fuerza que tenía los nudillos blancos, y abría los ojos desmesuradamente bajo el chaparrón, contemplando la oscuridad.
Y a través de la noche, a través de la cortina de agua, sobre el pantano que ningún hombre podía recorrer, los vimos venir. Vimos las luces. Luces claras como las que encienden los muertos en los pozos oscuros que el hombre nunca debería hollar. Luces que prometían cualquier cosa que alguien pudiera desear, capaces de hacer que las siguieras en busca de respuestas y no encontraras más que el barro frío, hondo, hambriento.
Nunca me gustó el padre Gomst. Me había dado órdenes desde los seis años, y la mayoría de las veces, por toda justificación, se había servido del dorso de la mano.
—¡Corre, príncipe Jorg! ¡Corre! —rugió el viejo Gomst con un repulsivo aire abnegado.
Y por eso mantuve la posición.
4
Los muertos llegaron a través de la lluvia. Eran los fantasmas de quienes habían perecido en el pantano, de los ahogados, y también de los hombres cuyos cadáveres fueron sepultados en el cieno. Vi a Rojo Kent correr a ciegas y avanzar con lentitud por el pantano. Algunos de los hermanos tuvieron el suficiente sentido común para huir por el camino, pero la mayoría acabó en el cenagal.
El padre Gomst empezó a rezar en la jaula, pronunciando a voz en cuello las palabras como quien levanta un escudo:
—Padre nuestro que estás en los cielos, protégenos. Padre nuestro que estás en los cielos… —Más y más deprisa a medida que el miedo se adueñaba de él.
El primero llegó al Camino del Liche a través de un estanque negro. Lo envolvía una especie de fulgor, como de luz de luna, algo que sabías que jamás te daría calor. Veías su contorno dibujado por esa luz, y la lluvia lo traspasaba hasta chapotear en el camino.
Nadie se quedó conmigo. El nubano echó a correr, los ojos muy abiertos en el rostro de piel negra. Gordo Burlow tenía aspecto de haberse quedado exangüe, y Rike gritaba como un niño. Incluso Makin estaba horrorizado.
Extendí los brazos bajo la lluvia, cuya caricia sentí. No había cumplido muchos años, pero incluso para mí la lluvia era memoria. Me recordó las noches aciagas que pasé en la torre del homenaje, al borde del abismo, ahogado casi bajo el diluvio, desafiando al rayo a rozarme siquiera.
—Padre nuestro que estás en los cielos. Padre nuestro que estás… —comenzó a farfullar Gomst a medida que los liches se acercaban. El miedo ardía con un fuego frío y podías sentir cómo te lamía los huesos.
Mantuve los brazos bien abiertos, con el rostro inclinado hacia la lluvia.
—Mi padre no está en los cielos, Gomst —repuse—. Está en el castillo, pasando revista a sus hombres.
El muerto se me acercó y lo miré a los ojos, que tenía vacíos.
—¿Qué me ofreces? —pregunté.
Y me lo mostró.
Y yo también se lo mostré.
Existe una razón por la que voy a ganar esta guerra. Todos los que estamos vivos hemos librado una batalla que ya era antigua antes de que naciéramos. Yo me curtí con los soldados de madera de la sala de estrategia de mi padre. Existe una razón por la que yo prevaleceré allí donde ellos fracasaron. Se debe a que entiendo la naturaleza del juego.
—Infierno —respondió el muerto—. Te ofrezco el infierno.
Y fluyó en mi interior, frío como la muerte, afilado como una cuchilla.
Mis labios esbozaron una sonrisa. Oí mi risa imponerse al repiqueteo de la lluvia.
Un cuchillo da bastante miedo, sobre todo cuando te lo ponen en la garganta, afilado y frío. También el fuego lo da, y la soga. Y un fantasma en pleno Camino del Liche. Todo esto bastaría para pararte los pies. Hasta que cayeras en la cuenta de lo que son. No son más que formas de perder la partida. Si pierdes la partida, ¿qué has perdido? Pues has perdido la partida.
He ahí el secreto, y me asombra que sea mío y solo mío. Comprendí la naturaleza del juego la noche en que los hombres del conde de Renar alcanzaron nuestro carruaje. También hubo tormenta esa noche, y recuerdo el estruendo de la lluvia en el tejado del carruaje, y el trueno que rugía más allá.
Jan el Grandullón había arrancado la portezuela de las bisagras para facilitarnos la salida. Pero solo tuvo tiempo de salvarme a mí. Después de sacarme del carruaje, me llevó a un zarzal tan espeso que los hombres del conde concluyeron que me habían perdido en la oscuridad. No se molestaron en buscarme. Pero yo no había huido. Me quedé ahí, entre las espinas, y los vi asesinar a Jan el Grandullón. Lo vi en el instante congelado que me proporcionó el relámpago.
Vi lo que hicieron a mi madre, y la de tiempo que se tomaron. Al pequeño William le rompieron el cráneo golpeándolo en un mojón. Sangre y ricitos de oro. Y voy a admitir que William fue el primero de mis hermanos y que me tenía algo prendado, con sus manitas gordezuelas y su risa. Desde entonces he adoptado a más de un hermano, todos ellos malvados, claro, para no echar de menos a uno o dos cuando desaparecen. Pero en ese momento me dolió ver al pequeño William así de roto, como un muñeco. Como algo sin el menor valor.
Cuando lo asesinaron, mi madre no pudo tenerse en pie y la degollaron. Entonces me comporté como un idiota, claro que solo tenía nueve años. Forcejeé para salvarlos a ambos, pero las espinas me contuvieron. Con el tiempo he llegado a sentir un fuerte aprecio por las espinas.
Ellas me enseñaron a jugar. Me permitieron comprender lo que aún no han descubierto todos esos hombres serios y severos que han combatido en la Guerra de los cien años. Solo puedes ganar la partida cuando entiendes que se trata de un juego. Deja que alguien juegue al ajedrez y dile que cada peón es un amigo suyo. Deja que piense que ambos alfiles son santos. Deja que recuerde los felices tiempos que pasó a la sombra de sus torres. Deja que ame a su reina. Y míralo cuando lo pierda todo.
—¿Qué me ofreces, cosa muerta? —pregunté.
«Es un juego. Voy a mover mis piezas».
Sentí su frío en mi interior. Vi su muerte. Contemplé su desesperación y su ansia. Y respondí a ello. Aunque no era más que un muerto, me había esperado mucho más de él.
Le mostré el tiempo vacío al que no acudiría mi memoria. Dejé que mirase ahí.
Huyó corriendo. Corrió, y yo lo perseguí hasta el borde del cenagal. Porque es un juego. Y voy a ganar la partida.
5
HACE CUATRO AÑOS
Pasé mucho tiempo estudiando única y exclusivamente el arte de la venganza. Construí mi primera sala de torturas en la oscura cripta de mi imaginación. Cubiertas por sábanas ensangrentadas en la sala de curación, descubrí las puertas que había en mi mente, puertas que no había hallado antes porque incluso a los nueve años sabes que nunca tendrías que abrirlas. Esas puertas son de las que nunca se cierran.
Y las abrí de par en par.
Sir Reilly me encontró colgado del espino. Apenas distaba diez metros de los restos humeantes del carruaje. Estuvieron a punto de no verme. Los vi registrar los cadáveres del camino. Los observé a través del zarzal, los destellos plateados de la armadura de sir Reilly y los destellos rojos de los tabardos de los soldados de Ancrath.
Fue fácil dar con mi madre gracias al vestido de seda.
—¡Santo Dios! ¡Pero si es la reina! —Sir Reilly ordenó que le dieran la vuelta—. ¡Con cuidado! Mostrad un poco de respeto a… —Un grito ahogado interrumpió sus palabras. Los hombres del conde no la habían dejado en buen estado.
—¡Señor! He encontrado a Jan el Grandullón, a Grem y a Jassar. —Los vi darle la vuelta a Jan, y luego se dirigieron hacia los otros guardias.
—¡Más les vale estar bien muertos! —espetó sir Reilly—. ¡Buscad al príncipe!
No los vi cuando encontraron a Will, pero supe que lo habían hecho por el silencio que se impuso entre ellos. Apoyé la barbilla en el pecho y miré el oscuro dibujo trazado por la sangre en las hojas secas que se extendían a mis pies.
—Mierda… —dijo por fin uno de los hombres.
—Subidlo a un caballo. Con cuidado —ordenó sir Reilly con la voz quebrada—. ¡Y encontrad al heredero! —exclamó con mayor vigor, que no esperanza.
Quise llamar su atención, pero me había quedado sin fuerzas y ni siquiera podía levantar la cabeza.
—No está por aquí, sir Reilly.
—Lo habrán tomado rehén —aventuró sir Reilly.
Tenía razón en parte, puesto que algo me retenía en contra de mi voluntad.
—Ponedlo junto a la reina.
—¡Con cuidado! ¡Tened cuidado con él…!
—Atadlos —ordenó el caballero—. Cabalgaremos a todo galope a Castillo Alto.
Una parte de mí quiso verlos marchar. Ya no sentía un dolor vivo, sino amortiguado, e incluso eso se estaba desvaneciendo. Una paz me envolvió con la promesa del olvido.
—¡Señor! —Uno de los hombres dio la voz.
Oí el triquitraque de la armadura de sir Reilly, que se me acercó andando.
—¿Un trozo de escudo? —preguntó.
—Lo encontré en el fango. La rueda del carruaje debió de pisarlo. —El soldado hizo una pausa, rascándose la cabeza—. A mí me parece un ala negra…
—Un cuervo. Un cuervo en campo de gules. Es el blasón del conde de Renar —dijo Reilly.
¿El conde de Renar? Ya tenía un nombre. Un cuervo negro sobre campo de gules. La insignia cruzó fugaz ante mis ojos, iluminada por el relámpago de la pasada noche de tormenta. Sentí un ardor dentro, un fuego, y el dolor de un centenar de garfios me quemó las extremidades. Un gruñido escapó a mis labios, separados, seca la piel quebradiza.
Y Reilly me encontró.
—¡Ahí hay algo! —Lo oí maldecir cuando el zarzal se encargó de arañarle la armadura—. ¡Y ahora rápido! ¡Separadlas bien!
—Muerto —oí susurrar a alguien detrás de sir Reilly cuando me sacó de las espinas.
—Qué pálido está.
Supongo que el zarzal casi me había desangrado.
Así las cosas, acercaron un carro para llevarme de vuelta a casa. No me quedé dormido. Observé el cielo mientras oscurecía y pensé.
En la sala de curación, el fraile Glen y su ayudante, Pulgada, me extrajeron las espinas del cuerpo. Llegó mi tutor, Lundist, mientras, armados con sendos cuchillos, me tenían tumbado en la mesilla. Llevaba un libro del tamaño de un escudo teutón que, a juzgar por su aspecto, pesaba tres veces lo que uno. Lundist, a pesar de ser un enclenque, debía de tener más fuerza de la que nadie le hubiese atribuido.
—Fraile, espero que hayas desinfectado bien esos cuchillos al fuego. —Lundist tenía el acento de su tierra natal, algún lugar situado lejos, por Oriente, y la tendencia a dejar media palabra sin pronunciar, como si confiara en que la inteligencia de su interlocutor le permitiría llenar los huecos.
—Es la pureza de espíritu lo que impedirá que la carne se corrompa, tutor —replicó el padre Glen, que dirigió una mirada de desaprobación a Lundist antes de volcarse de nuevo en la labor de extracción.
—Aun así, limpia los cuchillos, fraile. El santo oficio servirá de escasa protección a la ira del rey si el príncipe muere en tu sala. —Lundist dejó el libro en la mesa que había a mi lado, empujando una bandeja con frascos situada en el extremo opuesto. Levantó la cubierta y volvió las páginas hasta el punto que había señalado.
—«Las espinas del zarzal han de hallar el hueso». —Deslizó el dedo arrugado, amarillento, línea a línea—. «Las puntas pueden quebrarse e infectar la herida».
Al padre Glen se le fue un poco la mano y, como consecuencia, lancé un grito de dolor. Dejó el cuchillo y se volvió para encararse a Lundist. Tan solo pude ver la espalda del fraile con la tela marrón tensa a la altura de los hombros, más oscura de lo normal porque estaba empapada en sudor.
—Tutor Lundist —dijo—. Alguien de vuestra profesión no debería pensar que todo puede aprenderse en las páginas de un libro o en un pergamino. El saber ocupa su lugar, señor, ¡pero no se te ocurra darme lecciones sobre cómo sanar después de haber pasado una tarde en compañía de un libro antiguo!
En fin, el padre Glen había ganado el breve debate. El sargento de guardia tuvo que «acompañar» al tutor Lundist fuera de la sala.
Supongo que incluso a los nueve años yo tenía una ausencia total de pureza espiritual, porque mis heridas se enconaron al cabo de dos días, de modo que fui presa de fiebres durante las nueve semanas que pasé persiguiendo sueños sombríos en la frontera que separa la vida de la muerte.
Después me contaron que sufrí accesos de ira y lancé alaridos. Que deliré mientras el pus supuraba de los cortes que me había hecho el fraile. Recuerdo el hedor de la podredumbre. Poseía cierto aroma dulzón que te llevaba al vómito fácilmente.
Pulgada, el ayudante del fraile, se cansó de inmovilizarme, aunque tenía los brazos de un leñador, así que al final me ataron a la cama.
Supe, a través del tutor Lundist, que el fraile se negó a atenderme al cabo de una semana. El padre Glen me acusó de estar poseído por el diablo. ¿Cómo, si no, iba un niño a referirse a tales horrores?
Durante la cuarta semana logré librarme de las ataduras que me tenían inmovilizado en la cama y prendí fuego al vestíbulo. No recuerdo nada de mi huida ni de mi captura en el bosque. Cuando inspeccionaron los restos del incendio, hallaron el cadáver de Pulgada con el atizador de la chimenea clavado en el pecho.
Muchas veces me vi de pie ante la Puerta. Había visto cómo arrojaron a mi madre y a mi hermano a través del umbral, deshechos, rotos, y en sueños mis pies me llevaron sin remedio allí, una y otra vez. Carecía del coraje para seguirlos, retenido por las púas y garras de la cobardía.
A veces contemplaba las tierras de los muertos que se extienden allende un río negro, cuando no al otro lado de un abismo cubierto por un angosto puente de piedra. En una ocasión vi la Puerta disfrazada como los portales que llevan a la sala del trono de mi padre, pero cubierta de escarcha, supurando pus por cada juntura. No tenía más que acercar la mano al tirador…
El conde de Renar me mantuvo con vida. La promesa de su dolor aplastó el mío bajo la suela. El odio me mantuvo con vida, ya que el amor no pudo hacerlo.
Y entonces, un día, la fiebre me abandonó. Las heridas siguieron doliéndome, enrojecidas, pero con el tiempo se cerraron. Me dieron de comer sopa de pollo y, poco a poco, recuperé una fuerza que para mí se había convertido en una extraña.
Llegó la primavera y pintó las hojas de nuevo en los árboles. Había recuperado mis fuerzas, pero tuve la sensación de que me habían arrebatado algo más que ni siquiera era capaz de nombrar.
El sol regresó y, para afrenta del padre Glen, Lundist volvió a instruirme.
La primera vez que vino, me incorporé en la cama. Lo estuve observando mientras colocaba sus libros en la mesa.
—Tu padre te visitará a su regreso de Gelleth —dijo con una voz que incluía una nota de reproche no dirigido a mí—. Las muertes de la reina y del príncipe William pesan mucho en él. Estoy seguro de que vendrá a hablar contigo cuando ceda su dolor.
No entendí por qué Lundist sentía la necesidad de mentir. Era consciente de que mi padre no perdería el tiempo conmigo cuando daba la impresión de que iba a morirme. Sabía que me visitaría cuando hacerlo sirviese a un propósito concreto.
—Dime, tutor: ¿la venganza es arte o ciencia?
6
La lluvia desfalleció al huir los espíritus. Solo había quebrado a uno, pero los demás también echaron a correr de vuelta a cualesquiera que fuesen los pozos por los que vagabundearan. Tal vez el mío era el líder; puede que los hombres se volvieran cobardes a su muerte. No lo sé.
En cuanto a mis propios cobardes, no tenían adónde huir, de modo que no me costó nada dar con su paradero. Makin fue el primero a quien encontré. Al menos caminaba de regreso.
—Vaya, veo que has recuperado los arrestos —le comenté alzando la voz.
Se detuvo un instante para mirarme. Aunque la lluvia no caía con tanta densidad, Makin conservaba el aspecto de una rata mojada. El agua se le deslizaba por la coraza, dentro y fuera de las abolladuras. Miró a ambos lados del pantano sin tenerlas todas consigo, y luego bajó la espada.
—Un hombre sin temor echa de menos a su amigo, Jorg —dijo. Entonces una sonrisa se abrió paso en sus labios carnosos—. Huir corriendo no es mala cosa, y menos aún si lo haces en la dirección correcta. —Señaló con la mano el lugar donde Rike forcejeaba con unos juncos, cubierto hasta el pecho de barro—. El miedo nos ayuda a escoger nuestras peleas. Tú no escoges; las libras todas, mi príncipe. —Y en ese momento se inclinó ante mí, en mitad del Camino del Liche, con la lluvia cayéndole por toda la impedimenta.
Eché un vistazo a Rike. Maical experimentaba problemas similares en un estanque que había al otro lado del camino, solo que él estaba hundido hasta el cuello en el fango.
—Al final tendré que librarlas todas yo solo —le contesté.
—Escoge tus peleas —me advirtió Makin.
—Escogeré el terreno donde librarlas —dije—. Escogeré el terreno, pero no pienso salir huyendo. Nunca. Eso ya lo hicimos y aún tenemos por delante la guerra. Voy a ganarla, hermano Makin; yo le pondré fin.
Volvió a inclinarse. No tanto como antes, aunque en esa ocasión me pareció sincero.
—Por eso te sigo, príncipe. Adondequiera que eso nos lleve.
De momento hubo que dedicarse a pescar a los hermanos del fango. Primero sacamos a Maical, por mucho que Rike nos gritó y maldijo. A medida que la lluvia se fue convirtiendo en llovizna, distinguí en la distancia al tordo y la carretilla. El caballo había tenido el sentido común de no salirse del camino, incluso cuando no pudo decirse lo mismo de Maical. Si Maical hubiese llevado al animal al cieno, yo habría dejado que el fango lo engullera.
Luego sacamos a Rike. Al acercarnos, vimos que el barro casi le llegaba a la boca. Nada a excepción del rostro lívido asomaba del estanque, lo cual no le impidió prorrumpir en una sarta de maldiciones. A la mayoría los encontramos en el camino, aunque seis se hundieron rápido, perdidos para siempre; probablemente se disponían a espantar al siguiente grupo de viajeros.
—Iré a por el viejo Gomst —dije.
Habíamos recorrido ya un buen trecho del camino. Casi no había luz. Al volver la vista no se distinguían las jaulas, tan solo las grises cortinas de agua. En el pantano aguardaban los muertos. Sentí en la piel la frialdad de sus pensamientos.
No pedí a nadie que me acompañara. Supe que no lo harían, y a un líder no le favorece dar órdenes y que no lo obedezcan.
—¿Para qué quieres a ese viejo sacerdote, hermano Jorg? —quiso saber Makin. No podía decirlo a las claras, pero me estaba pidiendo que no fuera.
—¿Aún quieres quemarlo vivo? —Ni siquiera el barro pudo disimular la repentina alegría que inundó a Rike.
—Así es —respondí—. Pero ese no es el motivo de que vaya a sacarlo de ahí. —Y eché a andar por el Camino del Liche.
Me envolvieron la lluvia y la oscuridad. Perdí de vista a mis hermanos, que me esperaron atrás en el camino. Gomst y las jaulas se dibujaron al frente. Anduve envuelto en una burbuja de silencio, nada a excepción de las suaves palabras que pronunciaba la lluvia y el ruido de mis pasos en el Camino del Liche.
Haré una confesión: ese silencio estuvo a punto de poder conmigo. Es el silencio lo que me da miedo. Es la página en blanco en la que escribo mis propios temores. Los espíritus de los muertos no tienen que ver con ello. Aquel muerto quiso mostrarme el infierno, pero no fue más que una pálida imitación de los horrores que soy capaz de pintar en la oscuridad.
Y ahí colgado estaba el padre Gomst, sacerdote de la Casa de Ancrath.
—Padre —lo saludé con una rápida inclinación. A decir verdad, no estaba para juegos. Se me estaba formando uno de esos dolores de cabeza detrás de los ojos que provocan la muerte.
Me miró con los ojos desmesuradamente abiertos, como si fuera un espíritu que hubiese salido del pantano.
Me acerqué a la cadena que sostenía la jaula.
—Agárrate, padre.
La espada que desenvainé había destripado al viejo Bovid Tor no hacía ni veinticuatro horas. La esgrimí entonces para liberar a un clérigo. La cadena cedió. Habían forjado esa espada con algo de magia, algo diabólico. Padre me contó que los Ancrath la habían empuñado durante cuatro generaciones y que se la habíamos arrebatado a la Casa de Or. De modo que el acero era viejo antes de que nosotros, los Ancrath, le pusiéramos la mano encima. Viejo antes de que yo lo robara.
La jaula cayó a plomo sobre el camino. El padre Gomst lanzó un grito y se dio con la cabeza en los barrotes, un golpe que le marcó un surco en la frente. Habían envuelto la jaula con alambre, pero cedió ante el filo de nuestra espada ancestral, dos veces robada. Pensé un instante en mi padre, me imaginé su mueca de disgusto por usar semejante arma para una labor tan vulgar. Tengo una imaginación de primera, pero atribuir cualquier emoción al rostro pétreo de mi padre es una labor de titanes.
Gomst salió a gatas, aterido y debilitado, tal como corresponde a un anciano. Me gustó que tuviera la elegancia de acusar la edad. Los hay que se endurecen con el paso de los años.
—Padre Gomst, conviene darse prisa ahora o los muertos del pantano vendrán a asustarnos con sus gemidos y lamentos.
Me miró entonces, echándose atrás como quien ve un fantasma. Luego bajó la guardia.
—Jorg —dijo, rebosante de compasión. La rezumaba, la destilaba por los ojos como si no fuera solo el agua de lluvia—. ¿En qué te has convertido?
No voy a mentiros. En parte quise hundirle un cuchillo en las entrañas sin mediar palabra, igual que había hecho con el rubicundo Gemt. Eso fue lo que quiso una buena parte de mí. De hecho, me temblaba la mano por las ganas que tenía de empuñar el cuchillo. Me dolía la cabeza como cuando un vicio te atenaza las sienes.
Me conocen por ser aficionado a llevar la contraria. Cuando algo me presiona, devuelvo el golpe. Aunque sea yo mismo quien me esté presionando. Me habría resultado fácil destriparlo en ese preciso instante. Satisfactorio. Pero la necesidad apremiaba. Me sentí presionado.
—Perdóname, padre, porque he pecado —respondí con una sonrisa.
El viejo Gomst, por entumecido que estuviera tras pasar todo ese tiempo metido en la jaula, con todas sus articulaciones doloridas, inclinó la cabeza para escuchar mi confesión.
Hablé a la lluvia en voz baja, calmo. Lo bastante alto para que el padre Gomst me escuchara, y también para que lo hiciesen los muertos que vagabundeaban en el pantano a nuestro alrededor. Le hablé de las cosas que había hecho. Le conté las cosas que me había propuesto hacer. Le puse al corriente, con tono suave, de mis planes para que todos los oídos pudiesen escucharlos. En ese momento nos abandonaron los muertos.
—¡Eres el demonio! —El padre Gomst reculó un paso y se aferró a la cruz que le colgaba del cuello.
—Si eso es lo que crees… —No hice el menor esfuerzo por contradecirle—. Pero me he confesado y tienes que perdonarme.
—Abominación… —La palabra escapó entre sus dientes y la respiración agitada.
—Y te quedas corto —admití—. Ahora dame la absolución.
El padre Gomst recuperó por fin los cabales, pero se mantuvo receloso.
—¿Qué pretendes de mí, Lucifer?
Excelente pregunta.
—Quiero ganar —respondí.
Sacudió la cabeza como si no lo entendiera, de modo que se lo expliqué:
—Hay hombres que comprenden quién soy. Los hay que comprenden adónde voy. Otros tienen que saber quién me acompaña. Me he confesado contigo. Me arrepiento. Ahora Dios camina conmigo y tú eres el sacerdote que explicará a los fieles que yo guerreo por Él, que soy Su instrumento, que soy la espada del Todopoderoso.
Se impuso un silencio entre ambos que pudo medirse en latidos de corazón.
—Ego te absolvo —pronunció con labios temblorosos el padre Gomst.
Después anduvimos de vuelta por el camino hasta alcanzar a los demás, pues Makin los había hecho formar y estaban preparados para retomar la marcha. Aguardaban casi a oscuras, a la luz de una única antorcha y del farol enrejado que colgaba de la carretilla.
—Capitán Bortha, ya va siendo hora de partir —dije a Makin—. Nos espera un largo trecho de aquí a la Costa de los Caballos.
—¿Y el clérigo? —preguntó.
—Quizá demos un rodeo por Castillo Alto y lo dejemos ahí.
De nuevo el dolor de cabeza. Intenso.
Tal vez me había influido el hecho de tener un viejo fantasma perforándome hasta el tuétano, pero ese día me dolía la cabeza como si alguien me tanteara los sesos con un bastón para llevarme de un lado a otro como un pastor, y ya empezaba a tocarme los cojones.
—Creo que haremos un alto en Castillo Alto. —Apreté los dientes para combatir las dagas que me agujereaban la cabeza—. Allí entregaremos al viejo Gomst. Estoy seguro de que a mi padre le inquieta mi bienestar.
Rike y Maical adoptaron una expresión estúpida. Gordo Burlow y Rojo Kent cruzaron la mirada. El nubano puso los ojos en blanco e hizo los gestos que hacen en su tierra cuando se santiguan.
Me volví hacia Makin, alto, ancho de hombros y con el pelo negro aplastado por la lluvia. «He aquí mi caballo —pensé—. Gomst es mi alfil, Castillo Alto es mi torre». Entonces pensé en mi padre. Necesitaba un rey. No puedes jugar sin un rey. Cuando pensé en él, me dio la impresión de que todo encajaba. Después del muerto había empezado a dudar. El muerto me mostró su infierno y yo me reí de él. Pero, al pensar en mi padre, fue reconfortante ver que aún era capaz de sentir miedo.
7
Cabalgamos toda la noche y el Camino del Liche nos llevó al otro lado del pantano. Al alba nos vimos en Norwood, gris, lúgubre. La población seguía en ruinas. Sus cenizas formaban una nube, testimonio acre del humo que sobrevive al incendio.
—Obra del conde de Renar —dijo a mi lado Makin—. Se ha ido envalentonando y ahora ataca abiertamente los protectorados de Ancrath. —Inició la charla como quien comparte un capote bajo la lluvia.
—¿Cómo podemos saber quién dio pie a tanta maldad? —preguntó el padre Gomst, ceniciento como su barba—. Quizá los hombres del barón Kennick incursionaron por el Camino del Liche. Fueron ellos quienes me enjaularon en el patíbulo.
Los hermanos se dispersaron entre las ruinas. Rike apartó de un codazo a Gordo Burlow y se adentró en el primer edificio, que no era más que una cáscara de piedra sin techo.
—¡Granjeros del cieno, pobres como las ratas! Igual que en la condenada Mabberton. —La violencia del registro ahogó cualquier otra muestra de descontento.
Me acordé de Norwood en fiestas, cuando adornaban la población con cintas. Madre paseó con el alcalde del lugar. William y yo disfrutamos de unas manzanas caramelizadas.
—Pero es que estos eran mis granjeros del cieno —protesté. Me volví hacia el viejo Gomst—. No hay cadáveres. Esto es obra del conde de Renar.
Makin asintió con la cabeza.
—Encontraremos la pira en los terrenos que se extienden a poniente. Renar los quema a todos juntos. A los vivos y a los muertos.
Gomst se santiguó mientras murmuraba una plegaria.
Ya he dicho antes que la guerra es digna de ser admirada, y quienes digan lo contrario es porque la pierden. Esbocé una sonrisa, a pesar de lo ajeno que me resultaba el gesto.
—Hermano Makin, parece que el conde ha movido pieza. Nos toca, como compañeros de oficio, apreciar su talento artístico. Da una vuelta al perímetro. Quiero saber cómo ha planteado su juego.
Renar. Primero el padre Gomst, ahora Renar. Era como si el espíritu del cieno hubiese girado la llave en su cerradura y los fantasmas de mi pasado entrasen desfilando, uno tras otro.
Makin asintió y se alejó a paso lento. No se adentró en la población, sino que recorrió el arroyo, siguiendo su curso hasta los matorrales que se alzaban tras el terreno destinado al mercado.
—Padre Gomst, te ruego que tengas la amabilidad de contarme dónde estabas cuando te encontraron los hombres del barón Kennick —dije con mi tono de voz más cortés. No tenía el menor sentido que hubiesen apresado al clérigo de nuestra familia durante la incursión.
—En la aldea de Jessop, mi príncipe —respondió Gomst, precavido y mirando a todas partes, excepto a mí—. ¿No deberíamos marchar a caballo? En tus tierras estaremos a salvo. Las incursiones no pasarán de Hanton.
«Cierto —pensé—; entonces, ¿qué te empujó a ponerte en peligro?».
—¿La aldea de Jessop? No puedo decir que haya oído nombrarla, padre Gomst —admití sin abandonar mis buenos modales—. Eso significa que no debe de superar las tres chozas y el cerdo.
Rike salió de la casa a paso vivo, con el ánimo más negro que la piel del nubano, cubierto como estaba de ceniza, escupiendo a diestro y siniestro. Se dirigió a la siguiente puerta.
—¡Eh, tú, Burlow, gordo cabrón! ¡Me la has jugado! —Cuando Pequeño Rikey no es capaz de dar con algo de valor, alguien tiene que pagarlo. Eso siempre.
A Gomst pareció alegrarle la distracción, pero me las ingenié para llamar de nuevo su atención:
—Padre Gomst, me estabas hablando de Jessop. —Tomé las riendas de sus manos.
—Es un pueblo en mitad del cieno, mi príncipe. Nada del otro mundo. Uno de esos lugares dedicados a la obtención de la turba para el protectorado. Diecisiete barracas y puede que algunos cerdos más. —Quiso reír, pero le surgió un sonido tenso y agudo.
—¿Y fuiste allí a ofrecer absolución a los pobres? —pregunté mirándolo a los ojos.
—Bueno…
—Más allá de Hanton hasta el borde del pantano, hacia el peligro —dije—. Desde luego, tu vocación de hombre santo queda fuera de toda duda, padre.
Inclinó la cabeza al oír eso.
Jessop. El caso es que ese nombre despertaba algo en mí. Algo dicho con voz ronca y lenta, solemne. «No preguntes por quién doblan las campanas…».
