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En algunos casos los traumas surgen delante nuestro, como objetivos creados hace tiempo y que ya no podemos ignorar. En muchos casos, sin embargo, tendremos que realizar un trabajo previo, tendremos que despejar el camino, desarmar los obstáculos que bloquean el paso, o construir, con tal de crear soporte y puentes que abran el camino hacia el trauma y a la curación. Una persona equilibrada es una persona sana y un estado de equilibrio dinámico es un estado saludable en el cual estar. Cualquier cosa que altere el equilibrio, no importa cuán profundo esté en la oscuridad del inconsciente, mostrará signos de vida. Mientras más tardemos en confrontar el trauma, más difícil será el reto de echar una nueva mirada a un caso que creímos cerrado. En el pasado, nuestra tendencia de huir tan rápido como pudiésemos del dolor del trauma fue la respuesta adecuada y, de hecho, hasta pudo salvarnos. En el presente, sin embargo, tenemos nuevas capacidades y más opciones. Nos aferramos como supervivientes de un naufragio a la vieja y destartalada balsa, golpeada por los mares tormentosos de nuestra infancia y no somos capaces de ver las aguas tranquilas a las que nos dirigimos. La fórmula que probamos y que nos funcionó una vez ya no es esencial o, simplemente, no es el método adecuado cuando tanto nosotros como el mundo a nuestro alrededor hemos cambiado. Cuando nos negamos a reconocer un sentimiento de malestar como presagio de algo más, podemos esperar otro tipo de estados, quizá menos persistentes pero más claros: ataques de pánico que aparecen inesperadamente, la depresión que nos priva de la alegría de vivir, las fobias que limitan nuestro espacio vital, y otros malestares físicos que procuran desesperadamente, antes del abrazo final de la muerte, hacernos saber lo que ocurre en las profundidades de nuestro ser… Son estas las cosas que nos limitan y nos asustan, y a pesar de todo son las cosas que nos muestran nuevos caminos y posibilidades. ¿Permaneceremos en la 'seguridad' familiar a la que se aferra el niño o, como adultos que somos, tomaremos a la criatura asustada de la mano y, con la terapia que ofrecemos, le llevaremos hacia la luz del día?
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Seitenzahl: 552
Veröffentlichungsjahr: 2020
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PSICOTERAPIA CORPORAL
Sanando el trauma en el eterno presente del ahora
TÍTULO: Psicoterapia Coporporal - Sanando el trauma en el eterno presente del ahora
TÍTULO ORIGINAL: Body Psichotherapy - Healing trauma in the eternal present of now
AUTOR: Dr Vassilis Christodoulou, 2019
DISEÑO: HakaBooks - Optima, body 12
CUBIERTA: HakaBooks ©
IMAGEN CUBIERTA: Dim. Vassiliadis ©
TRADUCCIÓN:Iman Aouland ©
1a EDICIÓ: Octubre 2018
ISBN: 978-84-122002-9-4
HAKABOOKS
08204 Sabadell - Barcelona
+34 680 457 788
www.hakabooks.com
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Todos los derechos reservados.
PSICOTERAPIA CORPORAL
Sanando el trauma en el eterno presente del ahora
Dr. Vassilis Chhristodoulou
BIOSYNTHESIS
Este libro está dedicado a
mi esposa, Phoebe, una
compañera entusiasta, una
incansable seguidora y
una dura crítica en cada
paso de mi viaje.
PREFACIO
Por Lily Anagnostopoulou,
directora del Centro Griego de Biosíntesis
En este maravilloso libro, Vassilis Christodoulou ha conseguido unir corazón y mente, un deseo querido por muchos hoy en día y por toda la sociedad en general. En un trabajo basado en una buena documentación científica, aporta comentarios sobre los casos clínicos que presenta. De esta manera, expresa los principios científicos de la teoría psicológica que apuntala el procedimiento psicoterapéutico que utiliza, sin cansar al lector. Desde un obvio amor hacia sus pacientes, nos presenta el desarrollo de sus métodos curativos de tal forma que conmueve al lector y le lleva consigo a través de su arduo viaje.
Vassilis Christodoulou dispone de una gran experiencia en el campo de la psicoterapia. Ha tenido éxito al combinar el conocimiento que ha adquirido de sus multifacéticos estudios en psicología con su amplio rango de interés en la gran esfera de la práctica psicoterapéutica. Es, en la práctica terapéutica, un buscador atrevido de la verdad, que se esfuerza constantemente en encontrar aquello que al final trae la curación, nos involucra estrechamente en su búsqueda y nos ofrece generosamente la experiencia y el conocimiento que ha adquirido.
La importancia primordial del presente, que es el único tiempo que en realidad tenemos, se vuelve aparente una y otra vez en sus descripciones de la 'maravilla de la curación'. Podemos ser sanados. Nuestros cerebros son plásticos y capaces de registrar nueva información, siempre y cuando revivamos en un escenario terapéutico las experiencias que hemos reprimido. En el momento en que revivimos la experiencia, el circuito neural del cerebro se abre para poder registrar una nueva experiencia que sustituya la antigua. Esto sólo es posible durante una corta duración de tiempo. Es por eso que el presente es tan importante en la relación terapéutica. Es lo único que puede reparar una memoria traumática. Este es el hallazgo más reciente en la investigación neurocientífica, y aun así, es un conocimiento antiguo conocido por sanadores desde hace miles de años. Es también lo que hace a la psicoterapia corporal la forma más adecuada de terapia a la hora de lidiar con el trauma.
No podemos sanarnos solos. Necesitamos otra persona – al menos una – que nos muestre compasión. Y la compasión no es suficiente. También hace falta conocimiento, aquél que se obtiene de la experiencia. Para poder ayudar a alguien a sintetizar en su identidad todas las cosas de las que tuvieron que desprenderse en el pasado, el terapeuta tiene que ser capaz de reconocer cuáles son esas cosas y tiene que haber pasado por una experiencia similar. Emociones poderosas de dolor, rabia y miedo que son reprimidas en el cuerpo y olvidadas por la mente porque fueron consideradas en su momento inaguantables por nuestro sistema, deberían también formar parte de la experiencia personal del terapeuta. No deberían asustarle; debería ser capaz de sentirlas y aceptarlas. Para poder hacer eso él mismo, tiene que haber trabajado de esta manera – al menos hasta cierto punto – con sus propias experiencias similares. Sólo entonces puede dar luz al camino de otro ser humano que está tratando de hacer lo mismo.
La ciencia recientemente ha descubierto que la memoria queda grabada en las células. No solamente en el cerebro, sino en todo el cuerpo. Y estamos hechos para sobrevivir de tal manera que las memorias desagradables queden registradas definitivamente desde el momento en que tenemos nuestras primeras experiencias en este mundo. Es ahora que la ciencia comienza a reconocer que nuestra vida comienza en el útero, que las experiencias que quedan grabadas comienzan ahí, que estamos hechos de abajo hacia arriba, comenzando con los sentidos y moviéndonos hacia las emociones y el intelecto. Se están realizando descubrimientos científicos verdaderamente sorprendentes que están ayudando a justificar el conocimiento empírico de los psicoterapeutas corporales.
Sin embargo, el lector no debe ser engañado. Nuestra naturaleza corporal no es el camino hacia la materia. Es el camino terrenal hacia el espíritu. “La Santidad es una profunda forma de poesía que sintoniza el Universo con los versos de su Creador”, es una frase que leí una vez en una charla que dio Elder Makarios de Maroudas quien, si no me equivoco, se refería a los refranes de Elder Porphyrios.
Nuevamente, el conocimiento científico moderno confirma lo que ya sabíamos. Mientras más integrado esté el cerebro, más consciente es de la naturaleza indivisible de las cosas. Un cerebro integrado es aquél en que sus diferentes partes cooperan y se comunican las unas con las otras como un todo unificado. Esto se consigue cuando el número de conexiones internas en el cuerpo, en el sistema nervioso y en el cerebro se incrementan. Es entonces que el hombre se da cuenta de su conexión con los demás y con todo lo que le rodea. Es como si su conectividad interna e individual reconociese la unidad externa colectiva. Es este el tipo de conciencia que tienen los hombres espirituales. Biosíntesis, sin proclamar un camino espiritual específico, reconoce la espiritualidad de todos los seres humanos como el núcleo de su existencia. La terapia es el camino que lleva de la periferia – la neurosis – al núcleo – la esencia.
Vassilis Christodoulou nos describe este viaje y nos muestra la forma en que lleva a sus pacientes. Primero, se sintoniza con su propia comprensión ampliada y luego pide a su paciente que comparta una identidad más amplia. La expansión de nuestra identidad personal siempre nos lleva a un aumento de nuestra comprensión, lo que implica un aumento en la conciencia de nuestra existencia. Siempre ha sido así. Todos los caminos espirituales dicen esto, y es esto mismo lo que la ciencia neuropsicológica moderna dice. Y es esto lo que nos concierne a nosotros como psicoterapeutas corporales y seres humanos corrientes (comunes) (o nada).
Vassilis, gracias por describir claramente y de manera efectiva lo que ocurre en las sesiones terapéuticas y por presentar el material de tal forma que pueda ser comprendido por el público general. Este libro servirá a todos los terapeutas de Biosíntesis y quiero creer que también interesará a todos aquellos comprometidos con otras disciplinas psicoterapéuticas. De todas formas, estoy segura de que tocará el corazón de muchas personas que están buscando su propia curación y de que les ayudará a lidiar con sus traumas sobre una base nueva.
Lily Anagnostopoulou
Abril, 2015
“Tan poco… tanto dolor...”
“Cielos, necesitamos tan poco, muy poco, para vivir una vida normal y sana… y tanto dolor nos causa cuando no la tenemos”.
Estas fueron las primeras palabras de Nikos en la sesión después de que conectase con la necesidad de ser abrazado por su madre cuando era joven. No necesitaba someterse a terapia para darse cuenta de que su madre no era del tipo de madres que abrazasen.
'Cuidaba de la familia como todas las buenas madres. Nos mantenía limpios y nos alimentaba. ¡Era una buena familia! A menudo, sino siempre, yo estaba solo en el patio o en casa y, a medida que fui creciendo, también en el barrio. Creía por aquel entonces que esta soledad me ayudaba a convertirme en un estudiante eficiente y en un hombre de negocios exitoso en el presente. Nunca se me ocurrió que estaba ocultando tanto dolor...”
Lo que Nikos ocultaba y no expresaba mediante palabras lo delataba su cuerpo. Era fuerte y fornido, pero su tronco, columna y nuca estaban especialmente tensos. Sus pies estaban firmemente plantados en el suelo, como si dijeran “nada puede sacudirme, soy fuerte y saludable”. Su respiración se situaba en su pecho, superficial, con tendencia a contener la respiración externa. Era particularmente prudente, hizo muchas preguntas al principio y era escéptico en las sesiones terapéuticas, además de no ser muy entusiasta del contacto físico. Era especialmente inteligente, lo que le permitió establecerse como la estrella de la familia gracias a su éxito académico y, posteriormente, al profesional.
Vino a mí sobre todo para buscar ayuda con su matrimonio debido a ciertas disfunciones familiares. En efecto, ese “tan poco” mencionado por Nikos resulta de gran importancia para el niño. El contacto corporal, el suave sonido de la voz de la madre, sus pechos y el amamantar, todo ello es, cuando está presente, lo que le da al niño una base firme desde la cual puede comenzar a explorar y a dar sus primeros pasos hacia el mundo. Y la pregunta que el niño repite constantemente es: “¿Soy bienvenido? ¿Es el mundo un lugar acogedor?” La primera vez que se hace esta pregunta es en el útero. Y es aquí donde el niño comienza a abrirse a la vida – o se echa atrás, con la correspondiente contracción manifestándose después en el cuerpo como encogimiento, tensión en los músculos, donde las articulaciones, en vez de servir como puentes para permitir el libre flujo de energía, lo obstruyen y lo retienen.
'En el trabajo de transformar patrones bloqueados de sentimientos y expresión, la herramienta más esencial es la vida receptiva de otro ser humano'.1
Wilhelm Reich llamó a nuestra capacidad de sentir los bloqueos de otras personas en nuestro propio cuerpo “identificación neurovegetativa”. Stanley Keleman se refiere al mismo fenómeno mediante el término “coordinación corporal”.
El tratamiento de Nikos no comenzó con la rememoración de un recuerdo olvidado de su niñez. Su conocimiento sobre cómo creció estaba ahí, “adornado” con una variedad de constructos mentales diseñados para mantener lejos el dolor. El elemento catalítico es realizar la conexión. En terapia, un encuentro con el dolor lo disuelve siempre, literalmente. El dolor, el dolor profundo, existe siempre y cuando la experiencia esté desconectada de la conciencia, excluida de ésta y sin carga emocional. Es éste el mecanismo de defensa que utilizamos para poder esconder la verdad. Es lo que hay en el corazón de la neurosis.
A la hora de reprimir experiencias dolorosas nos fragmentamos, ya que el dolor que experimentamos “entonces”, en el momento en que aquello sucedió, era demasiado grande como para que nuestro sistema psicosomático pudiera lidiar con él. El dolor es profundo y, a menudo, proviene de un tiempo donde no disponíamos de palabras mediante las cuales pudiéramos articular lo que experimentamos. Es por esto que las palabras y los constructos mentales no son productivos.
A medida que el trabajo con Nikos continúa en este nivel, no tiene necesidad de ideas o compulsiones en su intento de controlar la ansiedad emergente, sea cual fuere la forma en la que emerja (problemas sexuales, rabia, pánico, problemas psicosomáticos, etc.). Aquellas necesidades que no fueron satisfechas en el pasado pueden ser la causa de nuestros problemas, de nuestra neurosis. Satisfacer esas necesidades es el objetivo de la terapia. Reprimir aún más esas necesidades solamente proporciona una solución temporal al problema, provocando que nos fragmentemos más de lo que ya lo estábamos.
Reviviendo y satisfaciendo sus necesidades en el presente, la persona se siente más consciente y en mejor armonía con su vida interior. Uno podría, con razón, preguntar: ¿Cómo es posible satisfacer necesidades o deficiencias del tiempo de gestación, o sanar traumas que sucedieron en el nacimiento o durante la infancia?
Aquellos que han trabajado con técnicas como las que se utilizan en Biosíntesis entienden cómo puede darse este hecho, ya que ellos lo han experimentado directamente. Cuando se da una sesión terapéutica trabajamos en el presente, pero al mismo tiempo el pasado emerge en ese mismo presente, en el 'ahora'. En consecuencia, en la sesión terapéutica, el “entonces” se convierte en el “ahora”. Así, tenemos el “ahora” de la sesión terapéutica y el “ahora” del pasado, que es tan poderoso como lo fue originalmente. Y todas nuestras acciones contactan con este eterno AHORA, lo que nos aporta la fuerza que necesitamos para soportar el dolor que no pudimos sostener cuando lo sentimos la primera vez, y es en el “ahora” terapéutico que podemos tomar lo que no tomamos “entonces”. En este contexto, un adulto que revive una experiencia de su infancia y llora como un bebé es, de hecho, un bebé. Y cuando revive experiencias traumáticas de su nacimiento o cualquier otro evento, pueden incluso aparecer contusiones en el cuerpo. La memoria corporal tiene un poder inimaginable.
La terapia hace que los pacientes dispongan de más sensibilidad, tanto en el cuerpo como en la mente. Puede que entristezcan, pero no se sentirán deprimidos. Puede que sientan dolor, pero no se sentirán derrumbados por él. Podrán sentirse en crisis pero no se desesperarán. Harán frente a su vida diaria y sus dificultades con la madurez de una persona que es consciente y con una vitalidad que brota de una energía que ya no se encuentra restringida por viejos bloqueos o experiencias reprimidas.
Cielos, necesitamos tan poco, muy poco, para vivir una vida normal y sana… y tanto dolor nos causa cuando no lo tenemos.
Sí, ese “tan poco” es de gran importancia para el niño.
1 David Boadella, Campos de Vida: Introducción a la Biosíntesis, Londres, Routledge Kegan & Paul, 1987.
INTRODUCCIÓN
“A menudo rechazamos nuestra ignorancia, que además confundimos inconscientemente con conocimiento”. La primera vez que usé esta frase fue en mi tesis doctoral, que se titulaba “La purificación de la mente como estrategia para proporcionar apoyo psicoterapéutico a pacientes con dolencias físicas severas”. Para mí, la ignorancia siempre ha sido una luz de guía en mi carrera como psicólogo / terapeuta profesional. Y, por más satisfacción que obtuviese de mi trabajo como terapeuta, siempre sentí que me faltaba algo en el proceso. La sensación de que me faltaba algo fue también la motivación básica de mi desarrollo. A medida que pasaba el tiempo, me di cuenta de que lo que realmente estaba buscando era un nivel más profundo en la terapia, uno que contactara con las causas y la esencia de los problemas. No me sentía satisfecho trabajando a un nivel superficial ni adoptando enfoques unilaterales con las personas. Al principio, mi búsqueda me llevó a explorar la dimensión espiritual del hombre y a escribir mi tesis doctoral en un intento de unir la psicoterapia moderna con la espiritualidad y la oración. Buscando una forma que me mostrara cómo curar a las personas, lentamente pero seguro fui guiado a la comprensión de la esencia de toda curación, que no es otra que la realización humana. Y lo que previene esta realización humana es el trauma, cualquier tipo de trauma que obstaculice el libre flujo de energía 'dentro' de un ser humano y el intercambio entre dicha energía y el todo de la Existencia, de la cual no podemos separarnos.
Hace unos años tuve la oportunidad de darme cuenta de que, en mi ignorancia, cometí el error de no reconocer una forma distinta de conocimiento. Me invitaron a participar en un programa de televisión como psicólogo / psicoterapeuta y, al lado mío, en el estudio, se sentó una mujer que no conocía. Antes de que diera comienzo el programa, mientras ajustaban las luces, por cortesía y puesto que no nos habían presentado, me giré hacia la mujer y me presenté. Cuando me dijo su nombre le pregunté a qué se dedicaba. Cuando me dijo que era psicóloga como yo quise saber más sobre la forma en que trabajaba y sobre la “escuela” a la que pertenecía. “Biosíntesis” fue su respuesta. Era la primera vez que oía hablar de este tipo de psicoterapia y la bombardeé con preguntas al respecto. Cuando mencionó por primera vez el término “psicoterapia corporal” creí haberla entendido mal. “¿Quieres decir que os tocáis?” “Sí”, contestó como si fuese una pregunta de lo más natural. Fue entonces que hice mi siguiente pregunta, bromeando y con algo de sarcasmo: “¿Incluso os abrazáis?” “Por supuesto”, me contestó, silenciándome con la simplicidad y falta de culpa de alguien que sabe de lo que habla y qué es lo que hace. Pensé, y espontáneamente murmuré para mí mismo, “Me recuerda a esos programas baratos de televisión dónde pretenden saberlo todo”. Y, aun así, esta silenciosa y modesta mujer no parecía del tipo de las que aparecían en ese tipo de programas. Entretanto, el programa al que me habían invitado fue bien, a pesar de mi grosero comportamiento.
Unos días antes de este encuentro providencial había estado en Atenas y había comprado un libro que casi terminé de camino al aeropuerto y en el avión de vuelta a casa en Chipre. El libro se titulaba “Waking the Tiger” (Despertando al Tigre) de Peter Levine. Desde el principio sentí que el libro me hablaba a mí personalmente.
No mucho después de aquel programa de televisión y de haber estudiado Despertando al Tigre, por primera vez, guiado solamente por el simple y a la vez magnífico libro, observé intuitivamente el cuerpo de una joven paciente mía que había sido víctima de un intento de violación. Me llamó la atención la forma en que su cuerpo se organizaba para poder lidiar con ese ataque: como, con un poco de apoyo, su miedo y tensión se convirtieron en laxitud (relajación) y en resolución para poder defender sus límites. Un nuevo mundo se abría frente a mí. Me sentí emocionado por lo que había visto… me sentía como un chiquillo que se aventuraba a salir de su pueblo por primera vez. Esa tarde, en casa, aparte de explicarle mi entusiasmo, le dije a mi mujer que quería descubrir más. Tras releer el libro de Levine, me di cuenta de que había sido editado e introducido por Lily Anagnostopoulou, directora del Centro Griego de Biosíntesis. El nombre me resultó familiar pero quería confirmarlo antes. Busqué el canal de televisión en cuyo programa había aparecido y descubrí que la modesta mujer que me habló sobre Biosíntesis y psicoterapia corporal era de hecho la directora del Centro Griego de Biosíntesis. Encontré los teléfonos y direcciones de interés y llamé inmediatamente al centro. Al otro lado de la línea se encontraba la misma voz calmada:
“Sí, pronto celebraremos un seminario de dos días titulado 'Sanando el trauma', que además ofrecerá una oportunidad para que las personas que desean practicar psicoterapia corporal aprendan sobre el programa educativo que ofrecemos en Biosíntesis. Venga y vea si le gusta”.
Debo admitir que, en mi entusiasmo, no pude apreciar la ironía de la situación.
De hecho fui… y me quedé.
La historia de cómo conocí a Lily, a Biosíntesis, la psicoterapia corporal y las técnicas de sostener y abrazar se convirtió en una broma privada entre nosotros durante los próximos años. Dejé Palaion Patron Germanou número 49 (la dirección de mi casa en Chipre) y, en Palaion Patron Germanou número 10 (la dirección del Centro de Biosíntesis en Atenas2*) aprendí una nueva verdad que he intentado mantener siempre como una luz de guía en mi vida: “Ábrete, por lo tanto. ÁBRETE. No te cierres a la posibilidad de una nueva verdad sólo porque estés cómodo con la vieja. La vida comienza al final de tu zona de confort”.3 2
Sí, es excitante vivir al final de tu zona de confort. A la edad de 50 años, bajo la dirección de Lily – y quiero agradecer aquí a Lily por todo lo que me ha enseñado con tanto amor y paciencia -, y con la gran ayuda de un fuerte grupo de terapeutas y pacientes – a quien también quiero agradecer ya que aprendí algo de todos ellos – y, a través del trabajo inspirador de David Boadella, descubrí Biosíntesis. Y, a través de Biosíntesis, adquirí un conocimiento del cuerpo como lo transmitió el padre de todas las formas de terapia corporal, el científico, visionario, humanitario y eternamente joven activista Wilhelm Reich. Descubrí entonces que no conocía mi cuerpo tan bien como lo conozco hoy en día.
2 La dirección actual del Centro de Biosíntesis en Atenas es: Stratarchou Papagou número 13, Halandri.
3 Neale Donald Walsch, Conversaciones con Dios, Libro 3: Abrazando el Amor del Universo, Charlottesville, Hampton Roads Publishing, 2012, p.100.
CAPÍTULO 1
AL TERAPETUA CORPORAL
Uno de mis pacientes, a quien llamaré C.D., tiene treinta años. Lleva viniendo a terapia unos cuantos meses ya. Al principio pidió mi ayuda porque había estado teniendo ataques de pánico y había experimentado estrés severo y además incomodidad en lugares concurridos, especialmente con gente a la que no conocía. Está convencido de que, si se encuentra en esa situación, tendrá que levantarse y marcharse y que, si eso no fuera posible, entrará en pánico. Me dijo una vez:
“Si les conozco y sé que les gusto o al menos siento que me aceptan, no hay ningún problema. Siempre me ha gustado saber que querían mi compañía”.
Esta es una de las razones por las que C.D. gasta bastante dinero cuando sale con amigos. A menudo les paga su parte también. ¿Sería cruel decirle que está comprando su amistad? Y, sin embargo, la verdad es esa, de alguna manera está pagándoles para que le acepten como amigo.
Esto es parte del diálogo que tuvimos en nuestra primera sesión juntos:
V.Ch.: Tampoco me conoces a mí. Pregúntate entonces: ¿cómo te sientes en este momento, en esta situación particular?
C.D: No estoy seguro… Lo que puedo decir es que no me siento muy cómodo. Me siento ansioso… creo.
V.Ch.: ¿Se te ocurre qué puede hacerte sentir ansioso?
C.D.: El hecho de estar aquí… creo que debe ser eso. No le conozco…
V.Ch.: ¿Cómo se expresa esa ansiedad en tu cuerpo?
C.D.: Me estoy esforzando mucho en no cometer ningún error.
V.Ch.: ¿Qué tipo de error crees que tienes tanto miedo de cometer aquí?
C.D.: No lo sé. Siempre soy así, intento controlarlo todo siempre.
V.Ch.: ¿Lo consigues? ¿Consigues controlarlo todo?
C.D.: No, sé que es imposible, pero no puedo hacer nada para cambiar la forma en la que pienso. Incluso he tomado antidepresivos pero era lo mismo.
V.Ch.: Vamos a centrarnos en tu cuerpo. ¿Cómo te sientes en este momento en tu cuerpo?
C.D.: Me siento un poco mejor. Me siento diferente que al principio de la sesión, creo que porque me ha pedido que me sienta lo más cómodamente posible y a una distancia a la que me sienta cómodo. Sentía dolor en mi estómago y mi respiración alta (¿?) en el pecho. En un momento dado me he sentido mareado. Ahora ya no.
V.Ch.: ¿Te sientes mareado a menudo?
C.D.: Con mi padre, especialmente si tengo que enfrentarme a él para solucionar algún desacuerdo. Trabajamos juntos en el negocio familiar, ¿sabe? Cuando estoy con él me siento literalmente sin aliento. Desde hace años mi pulso ha estado constantemente por encima de 100 y mi presión arterial a 14/9 o incluso superior. Y ahora tengo taquicardias… Mis manos están frías y sudorosas.
V.Ch.: ¿Cómo se siente tu cuerpo ahora que tienes menos ansiedad?
C.D.: Mejor, aunque me siento triste.
V.Ch.: ¿Y cómo se siente tu cuerpo cuando estás triste?
C.D.: Siento un peso en mi pecho y no puedo respirar profundamente.
V.Ch.: ¿Qué te ayudaría en este momento a sentirte mejor?
(Estuvo en silencio durante un rato).
V.Ch.: De acuerdo, ¿podemos acercarnos un poco? Si está bien para ti, me gustaría que nos pusiéramos de pie y que nos colocáramos el uno al lado del otro, con tu espalda descansando en la mía y a ver cómo te sientes.
(Este joven necesitaba apoyo por un lado y respeto hacia sus límites por otro. Es por eso que sugerí el contacto espalda contra espalda como la primera forma de contacto. Después probamos con las manos y con el contacto visual).
V.Ch.: ¿Cómo te sientes ahora que puedes descansar en mi espalda? ¿Te sientes lo suficientemente seguro como para dejarte ir?
C.D.: Me siento bien.
V.Ch.: ¿Puedes dejarte ir? ¿Lo que sientes te resulta familiar?
C.D.: Me puedo dejar ir… Es como si estuviese descansando en la espalda de mi abuelo. Él es un símbolo de fuerza para mí. Cuando era pequeño y me sentía abatido me iba hacia él…
V.Ch.: Muy bien, ahora mantén esa sensación y dime qué más podría ayudarte a sentirte mejor.
(Me alejé un poco de él para que ya no hubiese contacto físico entre nosotros).
V.Ch.: ¿Cómo te sientes ahora?
C.D.: Le extrañará pero me siento como si usted no me quisiera. Me siento rechazado. Casi no le conozco y nuestra relación es… y aun así siento como si usted no me quisiera.
V.Ch.: Dime qué sientes en el cuerpo.
C.D.: Me siento como si fuese a llorar.
(Empezaron a caerle lágrimas; lloró en silencio y continuaría llorando de esta forma durante meses).
V.Ch.: ¿Es así como te sientes, triste, cuando pierdes tu apoyo?
C.D.: Lo que sea que siento no me resulta fácil. Mi abuelo era el único apoyo que tenía. Y todo esto me parece una tontería, pero es como me siento.
V.Ch.: ¿Hay algo en mi actitud que te haga sentir la necesidad de disculparte? ¿Sientes quizá que te estoy juzgando?
C.D.: No…
V.Ch.: Tomaremos nota de ello. ¿Te sientes “raro” aquí, conmigo, sabiendo que no es mi comportamiento lo que te hace sentir así? ¿Te importa si nos acercamos? ¿Podemos cogernos de las manos un momento?
C.D.: No, está bien.
V.Ch.: Bien. Ahora, tómate tu tiempo y dime: ¿cómo te sientes con este contacto?
C.D.: Emocionado. Me siento emocionado y siento mi pecho más ligero y puedo respirar más profundamente. Y ya no me duele el estómago.
V.Ch.: Parece que necesitas este contacto, que hace que te sientas mejor. Ahora mírame a los ojos, continúa cogiéndome las manos y dime cómo te sientes.
C.D.: Siento como una masa en mi garganta y dificultad al respirar. Tengo miedo de que me vaya a criticar por algo…
V.Ch.: Vuelve a donde estabas, siéntate lo más lejos que necesites y dime cómo te sientes. Puedes volver cuando lo necesites.
Después de un rato:
C.D.: Ahora siento mis hombros más relajados. Tan pronto como me he dado cuenta de que usted no me presionaba me he sentido bien y he podido acercarme a usted.
V.Ch.: Dime, ¿de qué manera sentías que te estaba presionando?
C.D.: Sentía que esperaba algo de mí. Siempre dudo qué hacer cuando alguien espera algo de mí.
Este joven intentaba querer lo que los demás querían con tal de gustarles, a pesar de lo que los demás pensaran de él, que en muchos casos era que era una persona egoísta empeñado en salirse con la suya. Recientemente, tras el trabajo corporal que habíamos hecho, ha comenzado a respirar mejor, muestra una mirada más firme y sus manos no están tan frías y sudorosas como al principio. Cuando dispone de su propio espacio y se respetan sus límites no se siente amenazado y puede conectar con confianza. Cualquier cambio en el estado mental y las emociones de una persona se manifiesta en el cuerpo.
Lo que debemos hacer en nuestra primera sesión terapéutica con un paciente nuevo, además de obtener datos básicos sobre su historia, es, en el 'aquí y ahora' de la sesión, crear las condiciones en las cuales el paciente sienta que se respetan sus límites, que nadie va a criticarle y que obtendrá el apoyo que necesita. El terapeuta corporal no se limita a las palabras, ni es limitado por éstas. Utiliza palabras y escucha cuidadosamente, pero no se queda ahí. Recolectará información importante escuchando lo que el paciente le dice y cómo lo dice. Con todo, obtendrá información más importante observando la correspondencia, o la falta de ésta, entre lo que el paciente cuenta y su cuerpo. ¿Hacia dónde mira el paciente cuando habla? ¿Dice que se siente tranquilo y cómodo mientras aparta la mirada del terapeuta y el cuerpo muestra que está de camino a la puerta de salida? ¿Cómo es su respiración? ¿Respira desde el abdomen o desde el pecho? ¿Es su respiración profunda, superficial o caótica e irregular?
El cuerpo habla a quien quiera escuchar
Hemos aprendido en psicoterapia que el cuerpo realmente habla a quien esté preparado y disponible para escucharle. Observamos el tono muscular y tomamos nota de la postura del tronco y de la columna vertebral y del estado de las manos, los pies, la nuca y el rostro. ¿Cómo responde el paciente al toque? ¿Cómo responde a los ejercicios destinados a ayudarle a sentir posibles bloqueos en su cuerpo?
Para poder llegar a las emociones tenemos que pasar por el cuerpo. Alguien que se está recuperando de sus emociones es como parte de una mala actuación en la que el guión está separado de la trama. En vez de sentir que nuestras emociones despiertan debido a la trama, el actor trata de mostrarnos lo que deberíamos sentir, diciéndonos cómo se siente él mismo. Nos dice cosas que hasta él mismo siente solamente a nivel mental; el cuerpo no le sigue. No hay un puente que conecte mente y cuerpo: están separados por un abismo. Y cualquier comunicación entre ellos se produce mediante… un puente colgante, como esos que encontramos sobre los barrancos y que, para cruzarlos, requieren del valor mostrado por aquellos hábiles héroes de las películas antiguas. El camino, por lo tanto, hacia las emociones, pasa siempre por el cuerpo. Por consiguiente, todo lo que afecta al cuerpo es importante en nuestro trabajo.
En nuestro enfoque terapéutico de la psicoterapia corporal, nuestro rol continúa siendo el de un terapeuta: el de una persona que ya ha hecho el viaje, que ya ha caminado un buen trecho en su camino hacia el autoconocimiento. Y es aquí donde aparece el principio básico de la terapia: nadie puede acompañar de forma segura a otro en su camino hacia el autoconocimiento más allá del punto al que hayan llegado ellos mismos. El camino hacia el inframundo del vientre y las emociones no es fácil. No hay duda, sin embargo, de que ampliará nuestro horizonte y abrirá nuevos caminos… hacia 'nuevas aventuras y nueva sabiduría' para cualquiera que verdaderamente acepte el reto. La democratización del proceso terapéutico en psicoterapia corporal no elimina el papel del terapeuta. Nos confronta sin embargo con una verdad universal: en el camino de la vida, somos todos – terapeutas y pacientes por igual – compañeros de viaje en proceso de maduración. Nuestros roles, por tanto, se alternan. Somos iguales, aunque como terapeutas no debemos pasar por alto el hecho de que la persona a la que estamos tratando es una persona con ciertos requerimientos.
El hombre es una entidad integrada de cuerpo, mente y espíritu
En nuestro trabajo, la persona entera es el foco de nuestra atención y por tanto la tratamos como una entidad integrada de cuerpo, mente y espíritu que vive y evoluciona en la sociedad.
Ninguno de nosotros posee un cuerpo; somos un cuerpo. Ninguno poseemos un espíritu; somos espíritu. Y todos somos concebidos, todos nacemos y evolucionamos en sociedad.
Es común que la gente haga preguntas como: ¿Por qué remueves el pasado? Mientras más busques, más encontrarás… Si algo no te molesta, ¿por qué no lo dejas estar? ¿Qué necesidad hay de ir 'atrás' en búsqueda de cosas que pasaron hace tanto tiempo que casi están olvidadas?¿Qué necesidad hay de remover memorias de la niñez? Todos tenemos heridas: ¿para qué traerlas de vuelta una y otra vez y hacernos daños pensando en ello?
Todas estas preguntas las hacen, de buena fe, personas que no pueden ver los beneficios reales de un proceso terapéutico que tan sólo usa el discurso como herramienta. Es, de hecho, un sin sentido, y a menudo causa dolor el solo hecho de recordar una experiencia traumática y no hacer nada más al respecto. Nunca en psicoterapia hacemos que los pacientes recuerden cosas porque sí. El conocimiento por sí solo, no dejaré nunca de empatizar esto, no traerá la curación. La relación entre el terapeuta y el paciente siempre aporta una nueva dimensión a las cosas y puede proporcionar significado a acontecimientos del pasado de tal forma que se recoloquen sin causar angustia al ser recordados. La conciencia siempre juega un rol positivo a la hora de dar significado a la vida, y sentir que nuestras vidas tienen consistencia y significado nos aporta un constante efecto beneficioso.
¿Es este el tipo de terapia que queremos? ¿Es el objetivo prevenir que nuestros recuerdos perturben nuestra conciencia? No discrepo con el principio básico: si algo no te molesta, déjalo estar. Esto plantea la gran pregunta: ¿somos siempre conscientes de aquello que nos molesta? La respuesta es no. Muchas de las cuestiones que nos producen problemas graves de salud nos pasan desapercibidas. De hecho, no creo que sea una exageración decir que, cuanto más profundo está algo enterrado en nosotros, más destructivo puede ser. Nos equivocamos al pensar que al finalizar el peligro el cuerpo se relajará automáticamente y se calmará, habiendo los sistemas del cuerpo liberado la energía que habían reunido para enfrentar el peligro. Esta energía no es una especie de entidad mítica sino el residuo biológico que permanece atrapado en diversos sistemas corporales y en cada una de sus células. Si este residuo energético no se borra del cuerpo, permanecerá en él y tiene la capacidad de almacenarse y unir fuerzas con otros residuos que provoquen estrés. Este almacenamiento de residuo energético puede compararse a la acumulación de varias sustancias tóxicas, como metales pesados y otros elementos tóxicos; el cuerpo los absorbe de diferentes procedencias y a veces encuentra la forma de desecharlos, mientras que otras veces no lo consigue, así que dichas sustancias permanecen atrapadas en el cuerpo hasta que llega a un punto dónde el cuerpo no puede resistir su toxicidad y, o se rompe, expresando su apuro en forma de enfermedad, o colapsa completamente, dejando a la muerte como única salida.
La materia tiene memoria
La célula original del embrión humano se desarrolla a su propio ritmo y con una precisión excepcional y, de una forma milagrosa, desde sus tres capas originales – la capa externa (ectodermo), la capa media (mesodermo) y la capa más interna (endodermo) – se desarrollará en un cuerpo completo. La armoniosa forma en que se desarrolla el cuerpo puede ser perturbada de tal forma que la alteración no sea físicamente visible. De la misma forma que tenemos discapacidades y desfiguraciones físicas obvias, también tenemos lo que en muchos casos son anomalías ocultas de un desarrollo armonioso y saludable, que surgirán en ciertas ocasiones y bajo ciertas condiciones. Lo más importante a tener en cuenta aquí es que la materia tiene memoria.
Es hora de que entendamos que cada célula de nuestro cuerpo almacena información relativa a las experiencias que vivimos, y que esto no tiene nada que ver con el concepto del tiempo. Esta información, en lo que se refiere al cuerpo, es lo que llamamos memoria. Esta memoria mantiene a las células y otras partes de cuerpo en un estado de continua preparación, el mismo estado en que se encontraba el cuerpo cuando sufrió la experiencia original: al sentirse en peligro, colocó todos sus sistemas en alerta máxima para poder sobrevivir, lo cual de hecho consiguió.
¿Qué ocurre a nivel celular cuando el cuerpo es expuesto a un peligro? Exactamente lo mismo que le pasa al resto del cuerpo: todos los sistemas disminuyen para focalizarse en la defensa. Podemos decir simplemente que cualquier parte que no contribuya directamente a la supervivencia del cuerpo, o bien deja de funcionar o bien lo hace al mínimo nivel. Cuando alguna de estas cosas ocurre el cuerpo no puede funcionar correctamente. La aparición de una enfermedad es el efecto visible de este mecanismo.
Un ejemplo de esto es lo que le sucede al sistema inmunitario. Cuando deja de atacar organismos patógenos internos y moviliza sus fuerzas para defender al cuerpo de amenazas externas, lo hace con la finalidad de asegurar la supervivencia. Cuando, sin embargo, el cuerpo siente casi constantemente la presencia de una crisis o se siente casi siempre en alerta roja, la consecuencia es una pérdida de sus recursos energéticos que deja sus defensas en un constante estado de desorganización. Es entonces que el cuerpo colapsa en su punto más vulnerable. La otra cosa importante que debemos tener en cuenta cuando tratamos con seres humanos como un todo es que la información es energía.
Un primer contacto con el eterno presente
Una joven paciente mía llegó un día a la sesión de terapia en un estado de ánimo particularmente feliz y alegre, y describió bromeando cómo consiguió comprarse algo que había necesitado desde hacía tiempo:
“Cuando finalmente mis padre necesitaron algo que yo tenía, 'descubrieron' lo que les había estado intentado decir durante años. ¡Estaba roto y necesitaba ser reemplazado! ¿Es que no me escuchaban cuando les hablaba? ¿Qué puedo decir? Parece que a veces no me escuchen”.
Se reía y hablaba de otras cosas innecesarias que había comprado y describía la maravillosa mañana que había pasado con su madre. La estuve escuchando atentamente y estaba con ella en lo que llamamos el 'aquí y ahora' de la sesión terapéutica. En este Ahora, cuando el terapeuta se centra completamente en el paciente, la conexión entre ambos no consiste meramente en el terapeuta escuchando atento al paciente. Tampoco es una conexión entre el subconsciente del uno con el del otro. Es una conexión somato-psico-espiritual más profunda que involucra el todo de la persona. En esos momentos el terapeuta puede sentir en su cuerpo sensaciones experimentadas por el paciente, y cuando estas sensaciones se mantienen son capaces de abrir nuevos caminos que pueden llevarnos a aquello que yo llamo el eterno presente del hombre. El cuerpo humano experimenta y registra todo solamente en el Presente. Cualquier cosa que se experimente en la sesión terapéutica se revive con la misma intensidad que tenía originalmente registrada el paciente en su memoria celular.
En mi caso, las sensaciones que siento en la suela de mis pies constituyen una ruta privilegiada que me lleva a la experiencia de la otra persona – una persona que es distinta a mi solamente a cierto nivel; a otro nivel esa persona es simplemente mi otro yo. La presión en la planta de mis pies es una puerta sagrada que me llevará a la pasada y traumática experiencia de mi paciente, que además puede conducir a un dolor inmenso, un dolor que ha permanecido inalterado en el tiempo, sirviendo como un testigo indiscutible de la experiencia traumática.
La joven enfrente de mí temblaba sin cesar… Estaba claro que tenía miedo, pero todavía no había sido capaz de conectarse con la emoción que estaba experimentando. Cuando le pregunté cómo se sentía, me dijo al principio que no lo sabía. Al cabo de un rato, sin embargo, se dio cuenta de lo que le pasaba. Tenía miedo y el miedo la estaba paralizando de tal forma que no podía respirar. Cuando la rodeé con mis brazos y pudo sentir la seguridad de mi presencia, dijo:
“Oh, Dios mío, tengo tres años, quizá menos, y estoy en el pasillo… están todos discutiendo… están discutiendo y no me ven...”
En este caso en particular la clave que rompió la barrera del tiempo – o, como yo lo veo, lo unificó – y trajo lo que estaba en el subconsciente a la mente consciente fue la declaración de la paciente de que 'no me ven', su sentimiento de que estaba siendo ignorada.
“No les importa que les esté mirando… tengo miedo”.
Respiraba con aún más dificultad, sentía como que se ahogaba y no podía llorar. El miedo impedía que pudiera llorar y respirar con normalidad. La niña de tres años tenía tanto miedo que no podía ni expresar llorando lo que estaba experimentando y era esa la razón de que se estuviese ahogando… Solamente al sentirse segura en mi abrazo pudo liberar su llanto, sollozar y quejarse libremente.
“¿Por qué, por qué, por qué?”
En ese momento, en un ambiente seguro, pudo liberar su dolor, sus lágrimas y la sensación de ahogo. Esta joven había olvidado completamente el incidente con sus padres, y aun así cuando rememora esa experiencia tan dolorosa, es capaz de superarla, reconociendo el amor y cuidado que recibe de sus padres en el presente. Normalmente, en este caso, el cuerpo, sus órganos y cada célula en el cuerpo ha preservado la experiencia y la información de forma intacta: la información 'mi supervivencia está siendo amenazada' y la protección que le proporcionó la contracción de su cuerpo en respuesta a la amenaza percibida se mantuvo inalterada a través del tiempo.
La acumulación de dichos residuos tóxicos simplemente como recuerdos no causa por sí sola problemas o trastornos. A menudo, debo decir, ni siquiera existe el recuerdo de una memoria, de un recuerdo como tal. Es una pena: la mayoría de la gente pierde su equilibrio interno y mueren sin haber tenido realmente la oportunidad de escoger conscientemente un camino hacia la sanación. Es por eso que si queremos ayudar y curar a una persona, debemos preguntarnos constantemente '¿QUÉ ES EL HOMBRE?' Poseemos nuestro conocimiento acumulado y lo usamos para que nos guíe a medida que avanzamos pero nunca, nunca deberíamos utilizarlo como una fortaleza donde atrincherarnos tras la seguridad de nuestro conocimiento y experiencia.
Las vivencias (experiencias) que permanecen en la células como piezas de información, manteniéndolas en estado de alerta, causan cambios que, a lo largo del tiempo, pueden manifestarse como enfermedades puramente físicas. Por consiguiente, lo que causa la enfermedad no es el recuerdo mental de la experiencia sino la memoria e información relevantes tal y como se han registrado en cada célula del cuerpo. En términos de consumo de energía, el coste de mantener esta dolorosa información fuera de la conciencia es enorme. Intercambiamos un dolor por otro. La mayoría de los tipos de dolor físico crónico provienen de este intercambio inconsciente.
Durante la misma sesión terapéutica, la joven paciente que llegó en un estado de ánimo alegre como resultado de haber pasado una agradable mañana con su madre, y de las compras que hicieron juntas, conectó con otra experiencia traumática que tuvo a los quince años. Al principio noté que sus manos estaban agitadas. Sin embargo, cuando le pregunté cómo se sentía y si entendía qué era lo que sus manos 'estaban buscando', me dijo que no lo sabía. Su mente consciente no le podía ayudar. Supe, aun así, que nuestra conexión en el eterno presente, que está más allá de cualquier tiempo, nos ayudaría a superar este obstáculo… Una leve sensación en un punto particular de la planta de mi pie me llevó a ejercer presión en el mismo punto de la planta de su pie. Al principio su cuerpo convulsionó, luego se sacudió y tras esto comenzó a llorar ruidosamente…
“En frente de todo el mundo, en frente de los chiquillos… en frente de mi amigo… ¿por qué? Oh, ¿por qué?”
Había rabia, había resentimiento, y aun así, cuando fue el momento de que ella misma pudiese reclamar y defender su espacio personal, se detuvo inicialmente con una culpa paralizante. Podía sentir el cinturón de su padre azotando su cuerpo. Se sentía tan avergonzada que su angustia mental eclipsó su dolor físico:
“En frente de mi amigo, en frente de los chiquillos… ¡Oh, Dios mío!, ¡quiero matarles y salir de aquí! ¡No quiero volver a oír sus voces jamás!”.
Tenía miedo de su propia rabia; era letal. En un principio no quiso abordar o dejar ir su rabia y se estaba asfixiando de culpa.
“Pero se portan tan bien conmigo ahora...”.
Cuando, con mi ayuda, pudo permitirse dejar ir la rabia que había acumulado, se relajó:
“Estoy bien ahora, siento como si me hubiesen quitado un peso que ni sabía que llevaba… estoy bien...”.
Psicoterapia: un viaje de 'vuelta' y unificación
Los seres humanos no existen nunca en un vacío cultural, ni crecen en una independencia aislada como los árboles. Las personas que vienen a terapia, sin darse cuenta, están buscando la unidad que han perdido. Nos invitan a unirnos a un viaje de unificación. Prefiero llamarlo así, viaje de unificación, en vez de viaje de 'regreso' porque este último sugiere un movimiento hacia atrás y, como mostraré más adelante, este viaje sólo tiene la apariencia de ser hacia atrás. El cuerpo, el material con el que trabajamos, habita en el presente. La mente del hombre viaja a través del tiempo; el cuerpo y el espíritu, el todo unificado al que llamamos 'hombre', vive en el eterno presente de Dios, donde él o ella se encuentran con el Espíritu que vive en el eterno y aun así dinámico y nunca estático presente.
Nuestros pacientes nos invitan entonces a unirnos a un viaje con el que ya estamos familiarizados. Un viaje que hicimos mientras tomábamos la mano de nuestro terapeuta. Entramos en el laberinto y desde la luz del mundo superior descendimos a la oscuridad del inframundo, al reino del vientre y las emociones. Allí, en las profundidades del inconsciente, nos encontramos a los Lestrigones, los Cíclopes y con el salvaje Poseidón y emergemos sin peligro, mucho más sabios debido al encuentro. Y, como el poeta, sabemos quién prepara a los Lestrigones, los Cíclopes y al salvaje Poseidón en frente nuestro, junto con todo aquello que nos gobierna desde el reino de nuestros miedos. No tenemos miedo: hemos hecho el viaje, hemos visto los fósiles de nuestros miedos, hemos sido testigos afectuosos de la forma en que nuestra puerilidad amontonó dichos fósiles en frente nuestro como obstáculos. Hemos aprendido también a tener un respeto infinito hacia nuestros pacientes cuando se resisten… cualquier otra cosa podría provocar un trauma nuevo. Como una luz brillante, la experiencia terapéutica iluminará la oscuridad y, como una brisa fresca, se llevará lejos todos los fantasmas que evitan que las personas sean ellas mismas, seres humanos completos y unificados. Cuando cada uno de nosotros seguimos nuestro propio camino, en nuestro recorrido para convertirnos en terapeutas, quizás al principio solo teníamos una pequeña idea de lo que más tarde llegaríamos a entender muy bien: el camino hacia la maduración no tiene fin. Ítaca no nos ha engañado… por mucho que uno descubra su propia unión individual, conseguir la unidad con el Hombre Completo y las circunstancias en las que vive constituye un viaje sin fin a lo largo de la vida. Las capas en las que el dolor está envuelto esconden grandes tesoros… Muchos estarán contentos con tan solo un pequeño progreso, y muchos otros rechazarán la sola idea de comenzar el viaje; dichas reacciones son solamente una consecuencia natural de la fragmentación interna que ha tenido lugar. Un encuentro directo con el trauma no es algo fácil… Ni siquiera aquél que nos pueda traer la curación. Y aun así dicho encuentro es necesario, aunque no siempre se dé de forma consciente, con el fin de introducir la experiencia correctiva, que es la única forma real hacia la unificación.
En algunos casos los traumas surgen delante nuestro, como objetivos creados hace tiempo y que ya no podemos ignorar. En muchos casos, sin embargo, tendremos que realizar un trabajo previo, tendremos que despejar el camino, desarmar los obstáculos que bloquean el paso, o construir, con tal de crear soporte y puentes que abran el camino hacia el trauma y a la curación. Una persona equilibrada es una persona sana y un estado de equilibrio dinámico es un estado saludable en el cual estar. Cualquier cosa que altere el equilibrio, no importa cuán profundo esté en la oscuridad del inconsciente, mostrará signos de vida. Mientras más tardemos en confrontar el trauma, más difícil será el reto de echar una nueva mirada a un caso que creímos cerrado. En el pasado, nuestra tendencia de huir tan rápido como pudiésemos del dolor del trauma fue la respuesta adecuada y, de hecho, hasta pudo salvarnos. En el presente, sin embargo, tenemos nuevas capacidades y más opciones. Nos aferramos como supervivientes de un naufragio a la vieja y destartalada balsa, golpeada por los mares tormentosos de nuestra infancia y no somos capaces de ver las aguas tranquilas a las que nos dirigimos. La fórmula que probamos y que nos funcionó una vez ya no es esencial o, simplemente, no es el método adecuado cuando tanto nosotros como el mundo a nuestro alrededor hemos cambiado. Cuando nos negamos a reconocer un sentimiento de malestar como presagio de algo más, podemos esperar otro tipo de estados, quizá menos persistentes pero más claros: ataques de pánico que aparecen inesperadamente, la depresión que nos priva de la alegría de vivir, las fobias que limitan nuestro espacio vital, y otros malestares físicos que procuran desesperadamente, antes del abrazo final de la muerte, hacernos saber lo que ocurre en las profundidades de nuestro ser… Son estas las cosas que nos limitan y nos asustan, y a pesar de todo son las cosas que nos muestran nuevos caminos y posibilidades. ¿Permaneceremos en la 'seguridad' familiar a la que se aferra el niño o, como adultos que somos, tomaremos a la criatura asustada de la mano y, con la terapia que ofrecemos, le llevaremos hacia la luz del día?
Nos esforzamos en conseguir un equilibrio no solamente en nuestras vidas, sino también en nuestro trabajo. Es esencial que consigamos dicho equilibrio en cada centro energético en el que trabajamos, ya que el cuerpo lo necesita para vivir y desarrollarse en armonía con sus capacidades y en su ambiente.
CAPÍTULO 2
PSICOTERAPIA CORPORAL Y SUS LÍMITES
Porque trabajamos con el cuerpo y el contacto íntimo con éste forma parte del proceso terapéutico, tendríamos, no sólo que respetar los límites del paciente, sino que también debemos hacerles preguntas frecuentes relacionadas con nuestros movimientos y con la distancia a la que prefieren que estemos en cada momento. El terapeuta experimentado sabe cómo respetar los límites de su paciente sin ser, o sin aparentar ser, inseguro. Por otro lado, sabe por experiencia que las emociones, las transferencias y las experiencias en el aquí y ahora del setting terapéutico pueden cambiar de un momento al otro y que son éstas las que determinarán cuán cerca pueden estar del paciente y la calidad del toque que pueden dar. Una educación experimental que sea buena y continua es, sin duda, esencial.
Un buen terapeuta no está hecho sólo de talento. Un buen terapeuta debería, además, ser un buen paciente, alguien que haya adquirido, a través de su proceso terapéutico personal, un buen y extenso sentido de sí mismo; tiene que ser una persona que, reconociendo su propia estructura caracterológica, haya contactado y lidiado con sus propios bloqueos en un proceso en el que el conocimiento pasa y se registra en el cuerpo. No estamos hablando aquí del terapeuta ‘perfecto’ - el equivalente, digamos, de un psicoanalista que se haya analizado completamente a sí mismo. De la misma forma que no existe el padre o la madre perfectos, no existe tampoco el terapeuta perfecto. Gracias a nuestra formación y a nuestra educación continua a lo largo de nuestras vidas, procuramos ser tan buenos y efectivos como podemos ser en nuestro trabajo como terapeutas. Además, ¿quién busca continuamente enriquecer su conocimiento? Solamente aquellos que creen que, por mucho que ya sepan, siempre hay más por aprender. Y lo que aprendemos cada día de nuestros pacientes es simplemente increíble.
Cuando la energía fluye libremente en el terapeuta, puede entonces dicha energía contactar con la del paciente y, el terapeuta, en su constante deseo de responder ante las necesidades de su paciente, le ayudará a experimentar el hecho de que el contacto corporal puede llevarle a establecer una conexión y, entonces, sucesivamente, le llevará a establecer una relación, que es el objetivo deseado. Cuando trabajamos con el cuerpo estamos siempre en el presente. Por lo tanto, nos encontramos con el cuerpo en la dimensión en la que está viviendo. Y el cuerpo vive siempre en el presente. La mente, por otro lado, puede viajar a la dimensión que desee. El cuerpo, como el espíritu, sólo conoce el presente; la terapia ocurre en el presente y es en este presente donde, en ausencia del conocimiento, aquello a lo que llamamos ‘milagros’ sucede.
Aquellas personas que no han podido desarrollar límites flexibles y estables son capaces de conectar y contactar con los demás, pero son incapaces de desarrollar relaciones. Las relaciones presuponen la existencia de límites. Tomemos el ejemplo de una persona cuyos límites hayan sido violados y de la persona que los ha violado. Sin una terapia corporal efectiva, la víctima y el agresor pueden permanecer conectados para siempre. Esta conexión, aun así, no puede nunca ser considerada una relación.
Lo mismo les ocurre a aquellas personas que, durante la infancia, tuvieron padres que no respetaron su individualidad. No me refiero aquí a aquellos padres que notoriamente violan los límites de sus hijos acosándolos sexualmente o teniendo relaciones sexuales con ellos. Me refiero a aquellos padres que, bajo una gran variedad de pretextos, se vuelven abusivos expresando su propia represión sexual y su naturaleza problemática, sin asumir ninguna responsabilidad por sus deseos, los cuales a menudo permanecen fuera de la conciencia. El daño, aun así, está hecho. Cuando un padre, sin respetar la privacidad del momento, entra al baño justo cuando uno de sus hijos, el cual es suficientemente mayor como para no necesitar la ayuda de sus padres, está haciendo sus necesidades, esto constituye una violación de los límites personales del niño. Otra violación de este tipo, y una que además quedará grabada en el sistema del niño, es cuando un padre o madre le pide a su hijo o a su hija adolescente que le ayuden a lavarse la espalda mientras están bañándose, o que una madre le pregunte a su hijo o a su hija que le acerque una compresa porque ella está en el baño y no puede alcanzarlas. Las víctimas de dichas violaciones tendrán un sentido deficiente de su self. Sus relaciones, basadas en una voluntad débil y en un self insuficientemente integrado, serán sacudidas incontrolablemente por vientos y olas, lo cual les llevará o muy cerca o muy lejos de la otra persona en cada relación. También sufrirán en lo relacionado con sus deseos y necesidades. Será difícil para ellos distinguir sus propias necesidades y situarlas por encima de las de los demás. Con respecto a los deseos, será difícil para ellos, no solamente ponerlos por encima de los deseos de los demás, sino que también será difícil reconocerlos como propios, distinguiéndolos de las necesidades de los demás. A esta categoría pertenecen todos aquellos a los que se les pueda describir con una personalidad del tipo ‘como si’ o ‘falso self’.
Nuestras sociedades modernas no aman a los niños
Nuestras sociedades modernas se denominan tan solo eufemísticamente ‘centradas en los niños’, por más que nos guste caracterizarlas como tales. Aquellas sociedades en las que la prioridad primordial es la producción de bienes materiales están condenadas a ser menos alegres y a convertir la vida en una lucha por la existencia. En dichas sociedades – y por más duro que suene, esto necesita ser dicho – la gente no tiene tiempo de criar niños sanos. La prisa en sí misma y la falta de respeto por el ritmo de desarrollo propio del niño constituye una violación y como tal queda grabada en el sistema del niño. ¿Cuántas madres, bajo la inexorable presión del trabajo, dejan de dar el pecho a sus bebés de forma prematura? ¿Y qué hay de aquellas madres quienes, ya sea por desconocimiento o por la creencia de que perderán la forma de sus senos, ni tan siquiera dan el pecho a sus bebés? Esta deficiencia quedará grabada como un trauma, con sus correspondientes consecuencias. Lo mismo ocurre con cualquier adulto que sostenga a un bebé sin mostrar ningún respeto por la sensibilidad específica del cuerpo del niño. El joven ser humano que justo acaba de ver la luz del día y que experimenta su primer contacto con el mundo exterior – sin el protector amortiguador del útero que lo nutría y le ayudó a crecer desde aquel organismo unicelular, desde aquella ameba, a un ser humano completo – es mucho más sensible de lo que algunos puedan creer. Lo que sea que ese niño haya almacenado en su memoria como un engrama, la experiencia original, si es traumática, nunca será eliminada. Aquello que pueda resultar trivial y sin importancia para un adulto puede ser a menudo de gran importancia para el niño. Por ejemplo, muchos de los traumas tempranos con los que nos encontramos en la terapia se originan en malas, repentinas y precipitadas maniobras realizadas por el personal médico o paramédico durante el parto. En ningún caso debe convertirse la sala de partos en una línea de producción de fábrica como resultado de presiones económicas o de cualquier otro tipo. Los seres humanos producen máquinas; no somos máquinas. Puedo claramente recordar los llantos y muecas de un niño indefenso manifestadas por muchos de mis pacientes cuando, a pesar de la cálida temperatura de mi cirugía, ellos temblaban de frío al revivir la experiencia de su nacimiento. Solamente un cálido abrazo, una gentil caricia y una sonrisa amorosa de bienvenida pudieron ofrecerles calor.
“¡Oh Dios mío!, ¿dónde están poniéndome? ¿Por qué no me dejan dentro de mi mami? Me están sujetando boca abajo y me están colocando en algo metálico. Está aún más frío que la habitación. No me gusta… Quiero a mi mami”.
Las madres, no obstante, están, como la mayoría de la gente hoy en día, sujetas a los dictados de un modelo biomédico que se preocupa más a menudo del confort del personal médico o paramédico, de los horarios de cirugía y del ordenado funcionamiento del sistema de salud que no de los pacientes. Y hay aquí falta de información, mientras la cantidad de desinformación es asombrosa – y esto no es sólo debido a la ignorancia sino también a intereses establecidos.
La falta de sensibilidad por parte de la madre durante el embarazo es un factor decisivo en el desarrollo del embrión. ¿Cuál es su estado psicosomático? ¿Cómo se alimenta a sí misma? ¿Cómo cuida su cuerpo? ¿Cómo se comunica con el bebé que está en su útero? ¿Se encuentra en un estado mental de calma o tensa y con ansiedad? ¿Se siente deprimida? ¿Está de duelo por alguien o por algo? ¿Cómo procesa el duelo? ¿Qué tipo de relación mantiene con su pareja? Todas estas cosas juegan un papel en el embarazo. No estoy diciendo aquí que exista una madre ideal o un momento perfecto para traer al mundo a un bebé (en la mayoría de los casos no existe ese momento). Las dificultades y problemas son parte de nuestra vida diaria. Es imposible desterrar el dolor, la inseguridad, la tristeza y el peligro de nuestras vidas. Aun así, una cosa es estar triste por algo y otra muy distinta sentirse derrotado por ello. No es lo mismo sentir una inseguridad racional, una que presupone nuestra aceptación del hecho de que no podemos controlarlo todo, que sentir que nos encontramos en un callejón sin salida. Nuestro cuerpo reacciona de acuerdo a la forma en que nos tomamos e interpretamos los eventos, no de acuerdo a los eventos en sí mismos. Quiero aquí empatizar el hecho de que nuestra asimilación de los sucesos o eventos- los cuales, como ya he dicho y seguiré mostrando a través de un gran número de diferentes casos clínicos, determina la forma en la que nos sentimos afectados por ellos – no siempre sucede a un nivel consciente.
