7,99 €
El historiador Luis González convierte la parte -San José de Gracia, Michoacán, pequeña población que no aparece mencionada en ninguna historia de México, ni de su estado- en el todo, México, valiéndose para ello de un libro "cuyas páginas dicen más del proceso histórico de la vida mexicana que mil obras dedicadas a hilar las calamidades palaciegas de las elites", como dice Héctor Aguilar Camín.
Sie lesen das E-Book in den Legimi-Apps auf:
Seitenzahl: 532
Veröffentlichungsjahr: 2012
Primera edición (El Colegio de México), 1968 Segunda edición (FCE, Lectura Mexicanas), 1984 Tercera edición (Colección Tezontle), 1995 Cuarta edición (Colección Historia), 1999 Cuarta reimpresión, 2010 Primera edición electrónica, 2012
D. R. © 1984, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicana e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-0892-5
Hecho en México - Made in Mexico
A la memoria del general Lázaro Cárdenas y de don Federico González Cárdenas
La comunidad de San José de Gracia, tema de estos apuntes, figura en muy pocos mapas del estado de Michoacán. En los que figura, se le crucifica entre el paralelo 20 y el meridiano 103. Es un punto de la historia, la geografía y la población de la República mexicana que apenas ha comenzado a ser noticia en los últimos tres lustros, quizá por las siete ediciones de un libro que lo desnuda, por ciertos reportajes periodísticos o radiofónicos y por un par de videocartuchos pasados por las pantallas de la televisión.
El libro donde se cuenta sin tapujos la historia universal de San José de Gracia, editado en español tres veces, dos en inglés y otras tantas en francés, no ha sido reescrito para su octava comparecencia pública, pero sí muy aligerado. Como esta edición busca congraciarse con quienes sólo leen por gusto y sin ánimos de encontrar pelos en la sopa, prescinde de un prólogo extenso, de tres introducciones, igual número de despedidas y una prehistoria; en suma, suprime cosa de cien páginas. Con la supresión de preámbulos, adioses y el primer capítulo, se consigue un libro casi sin lonjas, con la esbeltez de los volúmenes de la serie de “Lecturas Mexicanas”. Pude enflaquecerlo más, pude quitarle números, sensiblerías, nombres propios y otras incomodidades, pero no lo hice por temor a dejarlo fantasmal, con la piel untada a los huesos.
Ojalá sean atinados los pareceres de aquellos observadores que aseguran la representatividad y la singularidad de San José de Gracia. Si, como dicen, esta columna vale como botón de muestra de lo que son y han sido muchas comunidades minúsculas, mestizas y huérfanas de la región montañosa del México central, Pueblo en vilo, imagen veraz de San José, puede servir a los preocupados por encontrarle el hilo a México. Si es verdad que más de algún josefino ha resuelto bien este o aquel problema del agro que permanece irresoluto en otras partes de la República, Pueblo en vilo, que no escatima las experiencias propias de los joseanos, puede ser útil para quienes aspiran a enderezar este país.
Pueblo en vilo está elaborado con amor, pero no del ciego; se amasó con muchas simpatías, pero sin faltas a la verdad. El autor no sólo se dio el lujo de haber nacido y crecido en el pueblo en cuestión. Antes de ponerse a escribir, practicó caminatas a pie y a caballo por la tierra donde crece la historia josefina; conversó con todo mundo en aquel mundillo; exploró los archivos de sus padres, de la parroquia, del municipio y el Archivo General de la Nación; vio, oyó y se documentó mucho, y como si eso fuera poco, fue ayudado no únicamente por el recuerdo de las personas del terruño de San José, también por la eficacia para comunicar recuerdos de Armida.
Con la certeza de que no necesitan ninguna otra aclaración preliminar las páginas siguientes, libero de mi presencia a los posibles lectores de la versión achicada de la microhistoria de San José.
El general Antonio López de Santa Anna, el presidente cojo que se hacía llamar Su Alteza Serenísima, disfrutaba del espectáculo de un gran baile, cuando supo que el coronel Florencio Villarreal, al frente de una tropa de campesinos, había lanzado en el villorrio de Ayutla un plan que exigía la caída del gobierno y la formación de un Congreso Constituyente que le diera al Estado mexicano la forma republicana, representativa y popular. Las adhesiones al Plan de Ayutla vinieron de todas partes. La Revolución cundió. Santa Anna se fue. Los liberales puros o del “ir de prisa” tomaron el poder; expidieron leyes anticlericales y unificaron a todo el clero en su contra. Alguien en el Congreso Constituyente trató de ir más allá. Ponciano Arriaga, “para que del actual sistema de la propiedad ilusoria, porque acuerda el derecho solamente a una minoría, la humanidad pase al sistema de propiedad real, que acordará el fruto de sus obras a la mayoría hasta hoy explotada”, pide que se distribuyan “nuestras tierras feraces y hoy incultas entre hombres laboriosos de nuestro país’’.[1] El Congreso no toma en cuenta esa sugerencia, ni tampoco las similares de Olvera y Castillo Velasco. Los constituyentes redactan una Constitución parecida a la de 1824, pero con mayor dosis de libertades para el individuo y menos para las corporaciones, entre las cuales figuraba en lugar eminente la Iglesia.
Lo acordado por los constituyentes acrecentó la discordia civil. Liberales y conservadores se pusieron a pelear sin tregua ni cansancio en una guerra que habría de durar tres años. El primero fue de victorias contrarrevolucionarias; el segundo de equilibrio de fuerzas, bandolerismo, robo, hambre, epidemias, oratoria política y literatura de combate, y el tercero, de grandes triunfos para el partido liberal y de la expedición de las segundas Leyes de Reforma. Justo Sierra cree que esa lucha removió “conciencias, hogares, campos y ciudades”. Quizá ningún estado se abstuvo de tomar parte en ella.
En 1860, el partido conservador se quedó sin ejércitos, pero no sin generales, caudillos políticos y madrinas. Los generales derrotados emprendieron una “guerra sintética”, consistente en abatir a mansalva a los prohombres de la facción victoriosa. Los políticos depuestos acudieron a implorar el auxilio de sus madrinas, que eran algunas de las testas coronadas de Europa. La pareja imperial de Francia vino en su apoyo, porque quería oponer un muro monárquico y latino a la expansiva república de la América del Norte y el momento era propicio para levantar la barda, pues una mitad de los Estados Unidos peleaba contra la otra mitad. Los soldados de Francia, reforzados por los monárquicos de México, reiniciaron la lucha contra los liberales en el poder en 1862. Perdieron la batalla del 5 de mayo y ganaron otras muchas; las suficientes para tomar el timón y mandar traer al emperador y sentarlo en su silla imperial; pero no las necesarias para abatir a los contendientes. Como todo mundo sabe, la guerra fue ardua en casi todo el país en el sexenio 1862-1867, sin llegar a ser la preocupación central de la gente campesina. En la Hacienda de Cojumatlán, los rancheros se preocupaban y ocupaban en otras cosas, aun cuando no permanecieron completamente al margen de la trifulca.
En la zona alta de Cojumatlán, el sexenio de 1861-1866 fue memorable por media docena de acontecimientos de escasa o ninguna significación nacional. Dejaron recuerdos la aurora boreal, la desaparición de la hacienda, el paso de los franceses, el maestro Jesús Gómez y el arribo de Tiburcio Torres. Otros sucesos, como la llegada y el fusilamiento de Maximiliano, las agresiones anticlericales de don Epitacio Huerta, la vida y las hazañas de Juárez, los litigios y los destierros del obispo Munguía, y en general todo lo acontecido más allá de cien kilómetros a la redonda, se ignoró aquí. La prensa periódica nunca llegaba a manos de los rancheros; las partidas de beligerantes que visitaban la zona jamás se ocuparon en comunicar sus andanzas a los campesinos; éstos iban lo menos posible a los pueblos y ciudades cercanos, por temor a la leva y a los ladrones, y los pocos que fueron “enlevados” y salieron con vida de la trifulca, no se enteraron de la causa que los llevó al teatro de la guerra. Mientras los franceses desembarcaban en Veracruz, los rancheros de la hacienda sólo hablaban de fraccionamiento y de la aurora boreal.
Para este millar y medio de mexicanos que vivía al margen de la vida del país y muy adentro de la naturaleza, una aurora boreal importaba más que cien intervenciones forasteras. En el otoño de 1789 había habido otra, y lo sabían los vecinos, aunque ninguno la hubiera visto. Ésta de 1861, comparada con lo que se decía de aquélla, no fue menos maravillosa y tremebunda. Se vio en las madrugadas, al final del año, hacia el norte. Distaba mucho de ser la luz sonrosada que precede inmediatamente a la salida del sol. Las danzantes luminiscencias vistas en el cielo se asemejaban a la lumbre emanada de los lugares con tesoros ocultos, pero su enormidad infundía zozobra. Era como si se hubieran juntado a bailar todos los fuegos. Aquello parecía un combate en el que San Miguel y sus ángeles arrojaban rayos, centellas y bolas de lumbre contra el ejército de los demonios.
Se dice que la aurora polar sacudió de terror a la gente citadina, pero nunca tanto como a los campesinos. Y sin embargo, para los campesinos de Cojumatlán coincidió con el inicio de una vida mejor. Ellos querían tierra y libertad. Ésta la tenían. Aquélla la consiguieron algunos el mismo año de la aurora a causa del fraccionamiento de la hacienda de Cojumatlán. Si a otros no les tocó ni un pie de tierra, fue por desconfiados. No podían intuir que una hacienda se desmoronara. Lo que veían con sus propios ojos no era probablemente real. Quizá las ventas fuesen fingidas; quizá se trataba de una treta de “licenciados” para hacerse de las modestas fortunas que, convertidas en oro y plata, guardaban los rancheros en ollas de barro, bajo tierra. No era fácil creer que los poderosos señores de Guaracha, San Antonio y Cojumatlán necesitaran deshacerse de uno de sus latifundios, y menos que quisieran hacerlo. Lo común era sumarle ranchos a las haciendas y no dividirlas en ranchos.[2]
Algunos no pudieron comprar tierra por falta de dinero; no habían hecho ahorros En fin, no faltaron los que tenían con qué pagarla, pero que no supieron oportunamente de la oferta. Tampoco faltó el engañado. Lo que sí puede asegurarse es que todos los subarrendatarios de Cojumatlán, sin excepción alguna, aspiraban a ser dueños absolutos de los ranchos que tenían en arriendo. La razón es clara: querían mejorar su condición, ganar casta social, ser tenidos en más. Y para eso era indispensable ser terrateniente. El tener monedas atesoradas era sin duda un símbolo de riqueza y prestigio, pero no el básico. El principal símbolo del hombre importante era la posesión de tierras. Eso daba valimiento y, por añadidura, seguridad. Las ollas repletas de oro podían ser robadas. Al ganado, en un mal temporal, se lo llevaba la tiznada. La tierra estaba allí; nadie podía cargar con ella, ninguna calamidad era capaz de destruirla. Por todo esto, la compra de fracciones del viejo latifundio de Cojumatlán era demasiado tentadora. Era a la vez una operación arriesgada.
Lo cierto es que los poderosos dueños de las haciendas de Guaracha, apremiados por los acreedores, estaban dispuestos a deshacerse del menos productivo de sus latifundios. Quizá el rumor circulante de que doña Antonia Moreno perdía enormes caudales jugando a las cartas era cierto. Quizá esas pérdidas fueron la causa próxima de la decisión de vender a Cojumatlán. Quizá fueron las guerras civiles que, según se dijo, habían quebrantado el poder y la riqueza de algunos grandes terratenientes. La división de la hacienda no fue insólita. Si hemos de creer al general Pérez Hernández, varias fincas rústicas, “en tiempos pasados excesivamente grandes”, se fraccionaron.[3] Los achaques de la de Cojumatlán datan de las años treinta. El gobernador Diego Moreno necesitaba caudales. Sobre sus haciendas pesaban ya varias hipotecas; él le cargó otras. En 1836, arrendó la hacienda de Cojumatlán, por 4700 pesos anuales, a don Luis Arceo. El arrendatario se obligó a permitir que el ganado de Guaracha agostase en la propiedad arrendada en tiempo de aguas, como era costumbre.[4] Don Luis Arceo murió en 1837. No fue fácil dar con otro arrendatario. Al fin cayó don José Dolores Acuña. No le fue tan mal, porque en 1846 renovó el contrato.[5] Vino en seguida la defunción de Diego Moreno. Los herederos convinieron en que la tercera esposa del difunto administrara las haciendas. La señora Sánchez Leñero murió durante la guerra de tres años. Acuña se atrasaba cada vez más en sus pagos. Los dueños seguían cargándose de deudas. Doña Antonia Moreno de Depeyre, la hija mayor de don Diego, la jugadora empedernida, se hizo cargo de la vasta herencia.[6]
En la ciudad de México, ante la fe del notario público don Ramón de la Cueva, doña Antonia, en su propio nombre y en el de sus hermanos, plenamente facultada, concedió a don Tirso Arregui, honorable ciudadano de Sahuayo, un poder bastante para que obtuviese la devolución de la hacienda de Cojumatlán de su arrendatario José Dolores Acuña, “y recogida procediera a su venta en fracciones”. Dio otro poder especial a don Felipe Villaseñor, también de los grandes de Sahuayo, para deslindar la hacienda y exigir a don José Dolores Acuña “el pago de las cantidades de que resultase deudor”.[7]
Don Tirso Arregui cumplió al pie de la letra las instrucciones de la señora Moreno. En los años de 1861 y 1862 fraccionó en cincuenta y tantas porciones de desigual tamaño una superficie de casi cincuenta mil hectáreas en las que “se criaba bien el ganado vacuno, de lana, caballar y de cerda”, donde algunas tierras “producían maíz, trigo, frijol, y otras, magueyes”, y donde los habitantes de la llanura norte podían “pescar en el gran lago de Chapala”.[8] El latifundio puesto en venta colindaba al oriente (Sahuayo y Jiquilpan de por medio), con las haciendas de Guaracha y La Palma; al poniente, pasado el río de la Pasión, con las lomas de Toluquilla de don José Guadalupe Barragán; al norte con la laguna de Chapala, y al sur con “los indios de Mazamitla”, “los condueños o parcioneros de la hacienda de Pie de Puerco” y las tierras de Quitupan. Sus sucesivos dueños habían estado en quieta y pacífica posesión de la hacienda durante “doscientos veinte y seis años”.[9] En 1837 se había valuado en cincuenta y cinco mil pesos. Don Tirso Arregui la vendió fraccionada en ciento diez mil pesos.[10]
Las tierras de la hacienda de Cojumatlán tuvieron dos clases de compradores. Los que se quedaron con los mejores y mayores terrenos no eran oriundos de la hacienda, fueron los ricos de Jiquilpan, Cotija y Sahuayo y los riquillos del valle de Pajacuarán, Cojumatlán y Mazamitla. Los subarrendatarios sólo pudieron comprar ranchos pequeños, sin tierras de labor y con agostaderos de segunda clase.[11]
La toma de posesión de los ranchos en que se fraccionó la hacienda se hizo solemnemente. El 27 de julio de 1862, Amadeo Betancourt, juez de primera instancia del distrito de Jiquilpan, después de dar a don Manuel Arias posesión del Sabino y de quedarse a dormir en el mejor jacal de la ranchería del mismo nombre, a las siete de la mañana, acompañado de su secretario y de don Tirso Arregui, don Ignacio Sánchez Higareda, el licenciado Villaseñor, don Ramón Contreras y el interesado don Fructuoso Chávez y muchos más, se dirigió hasta la confluencia de los arroyos de San Miguel y la Estancia. Aquí el comprador solicitó formalmente el primer auto de posesión; el juez preguntó a los presentes si había alguno entre ellos que contradijera la posesión. La contradijo don Ramón Martínez, vecino del rancho, diciendo que “al comprar don Frutos el Cerrito le ofreció que le pasaría parte de él… que él [don Ramón] preparó el dinero que le correspondía por su parte con gran sacrificio y que habiendo ido a entregarlo a Chávez, éste le dijo que no estaba por cumplirle”. El juez dejó a salvo el derecho de Martínez y mandó proseguir la ceremonia. Al no haber otra persona que se opusiera, don Frutos tomó de una mano al vendedor Tirso Arregui y lo paseó por un trecho del lindero; cogió en seguida unas piedras y las arrojó; arrancó zacates de la tierra, cortó ramas e hizo otras señales de verdadera posesión. Luego la comitiva montó en sus caballos y cabalgó por el arroyo de San Miguel y barranca de la Leona hasta el río de la Pasión, donde se repitió la ceremonia de arrancar zacate. Dos veces más en distintos lugares se hizo lo mismo, y al final el juez tomó de la mano a don Frutos “y en nombre de la Soberanía Nacional” le dio posesión de todos los terrenos del Cerrito de la Leña.[12] Terminado el fatigoso recorrido, el secretario don Ignacio Bravo levantó el acta y luego todos los concurrentes pasaron a las copas de mezcal y al comelitón. Jolgorios semejantes se repitieron en otros 50 ranchos y en diversas ocasiones.
Una vez entrados en posesión de sus tierras, los nuevos dueños se dieron a acondicionarlas, a levantar cercas, hacer corrales y ecuaros, construir casas y jacales y todo lo posible dada la época, la miseria y la ignorancia. Los más pudientes comenzaron a circundar su rancho con cerca doble de piedra. La mayoría se limitó a levantar tapias simples de vara y media de altura, algo más bajas que un cristiano, suficientes para impedir el paso de vacas y toros ajenos. Se comenzó por hacer las cercas limítrofes entre propiedad y propiedad y se continuó con la hechura de los cercados que dividirían las porciones destinadas a siembra de las destinadas a pastizal. Algunos desde entonces pudieron dividir sus pastizales en potreros que irían sucesivamente agostando las reses. Los más ricos levantaron en medio de su propiedad casas de muros de adobe y techos de teja. Los menos pudientes se redujeron a construir una choza, si no la tenían ya. Todos, junto a la casa o el jacal, edificaron el corral de la ordeña y los herraderos, y alrededor de la casa o el jacal, el ecuaro o huerta. Los menos pobres y que no tenían en su pertenencia río o arroyo, se dieron el gusto de hacer jagüeyes para dar de beber a sus rebaños.
El número y la variedad de ganados aumentó considerablemente. Los compradores de fuera acarrearon bovinos y ovinos. Las áreas de siembra y pastizal se ensancharon; se hicieron desmontes; se echaron abajo viejos encinales; se enraló la capa boscosa de cerros, laderas y barrancas. Se inició una etapa de transformaciones y averías, y si las mudanzas no fueron tan veloces al principio se debió en buena parte a la guerra.
Comenzaba el merodeo de grupos monarquistas y republicanos. Pedro Ávila, famoso por lo sanguinario, combatía en favor de los güeros monárquicos. Hacia el poniente, Antonio Rojas, el capitán del diablo en el cuerpo, el mismo que ayudó a los indios de Mazamitla a recuperar las tierras usurpadas por los colonos del Durazno, el que fusiló (entre otros) al administrador y a dos dependientes de la hacienda de Tizapán; Rojas, el de las mil fechorías, andaba peleando contra los güeros. Un día por la tarde llegan éstos al Llano de la Cruz. (Son 400 zuavos a las órdenes del coronel Clinchant.) Las mujeres se ponen a hacer tortillas para ellos. (Esa misma tarde entran a Jiquilpan 4000 hombres, defensores de la República, al mando del general José María Arteaga.) Los rancheros del Llano de la Cruz y puntos circundantes ven con asombro el traje de los zuavos: camisa guanga y azul, y nagüillas rojas. Ya oscuro, los franceses salen al galope del Llano de la Cruz y se dirigen hacia donde sale el sol. Los de Clinchant, a las cuatro de la mañana, atacan a los republicanos que duermen en Jiquilpan. Se traba el combate. Muere el general Ornelas de un balazo en el cuello y el general Pedro Rioseco de un golpe. Se dispersa el ejército atacado.[13] Los güeros vuelven por donde vinieron. Otra vez las mujeres de los rancheros de la ex hacienda de Cojumatlán muelen maíz y hacen tortillas para ellos.
En adelante, ya por una ranchería, ya por otra, ya victoriosos, ya maltrechos, los gabachos vuelven a pasar. En eso llega Tiburcio Torres, chaparro, gordo, rojizo y barbón. Era oriundo y venía de Zapotlanejo. En los Altos de Jalisco, según cuenta, había dejado tendidos a muchos güeros y numerosos mexicanos imperialistas. Fue de la afamada gavilla de Brígido Torres, derrotado en Pénjamo. Venía huyendo porque sus enemigos eran dueños ya de todos los Altos. Aquí seguirá contando sus hazañas; aquí se quedará a vivir; luego llegarán sus hermanos. Entre todos fundan la familia Torres.[14]
La República de Juárez y de Lerdo (1867-1876) se propuso rehacer la agricultura con nuevos cultivos y nuevas técnicas de labranza, fomentar la industria, favorecer la inmigración de colonos extranjeros, construir ferrocarriles, canales y carreteras; hacer de cada campesino un pequeño propietario; instituir la libertad de trabajo; establecer la democracia y sacar al pueblo “de su postración moral, la superstición; de la abyección mental, la ignorancia; de la abyección fisiológica, el alcoholismo, a un estado mejor, aun cuando fuese lentamente mejor’’.[15] Ninguno de esos buenos propósitos afectó en lo más mínimo la marcha de los 2000 mil habitantes que para 1870 vivían en los ranchos altos de la ex hacienda. Aislada, esa minúscula sociedad de 2000 hombres, constituida con descendientes de las familias establecidas aquí al concluir la independencia y con los que vienen al venderse la hacienda de Cojumatlán, ofrece signos de crecimiento. En el quindenio 1867-1882, la pequeña sociedad sola se encamina a consolidar su economía ganadera; a fijar un régimen alimenticio sustentado en el cuadrángulo leche-carne-maíz-frijol; a construir firmemente un sistema de pequeña propiedad rústica; a repartirse el trabajo por especialidades; a dividirse en grupos según la propiedad y la riqueza; a amistarse por lazos de parentesco y compadrazgo, y a enemistarse por motivos de dinero y honor; a crear su propio código de virtudes y vicios; a salir de la cultura puramente oral hacia la escrita; a establecer su propia épica y a madurar su fe y sus hábitos cristianos.
En 1866, el año de la venida del señor obispo, “se dio el caso de que en diciembre cayeran fuertes aguaceros”[16] y todo el año de 1867 fue muy llovedor. Las 1500 vacas en ordeña engordaron y dieron en cada uno de esos años alrededor de 250000 litros de leche, un poco más de un litro diario por vaca en ordeña. El precio de los vacunos se trepó hasta las nubes. Don José Guadalupe González vendió una partida de vaquillas a 13 pesos cada una. Entre todas las rancherías de lo que sería jurisdicción de San José se fabricaban mil grandes quesos anualmente. La manera de comportarse con los vacunos no cambió mucho. Se siguió ordeñando sólo de San Juan a Todos Santos y al becerraje se le herró como siempre, pasadas las aguas, a fin de que las quemaduras del fierro no se llenasen de queresas y gusanos.[17]
Por lo demás, se puso de moda la cría de borregos. Hacia 1870 el número de ovinos llega a ser igual al de vacunos. La borregada se distribuía en chinchorros de 25 a 100 ovejas. La gente menuda se encargaba de conducir los chinchorros a los mejores paninos, defenderlos del coyote, encerrarlos y darles salitre una vez a la semana. La gente mayor hacía la trasquila de las ovejas en abril y en noviembre, y recogía un kilo de vellón por animal trasquilado. Al llegar a la edad de diez años, la oveja era sacrificada sin pretexto ni excusa y comida en forma de birria o barbacoa. Por el tiempo en que se murió Juárez los ovicultores de aquí vendían unos 2500 kilos de lana anuales a los saraperos de Jiquilpan.
Otro negocio en alza era el apícola. Entonces en ningún jacal faltaban las abejas zumbadoras sobre una armazón de madera, a una vara del piso. Allí, en cajones con techo de tejamanil, vivían los enjambres, productores de miel y cera en mayo y noviembre, los meses de la capazón. La miel extraída se consumía en familia y la cera se llevaba a vender en forma de marquetas blancas. Hubo un día en que las colmenas locales ya no pudieron surtir del todo la industria blanqueadora local, y empezaron los viajes en busca de cera amarilla. Hacia 1875, alrededor de 100 familias, la cuarta parte del conjunto de familias, se dedicaban en los meses secos a blanquear cera. Desde Pihuamo traían las marquetas redondas, unas amarillas, otras anaranjadas y otras de color café; llegaban a su poder con un asiento de abejas muertas. Las marquetas de arroba o más eran licuadas a fuego lento; con el líquido y un cántaro se hacían conchas, que durante una semana se exponían al sol sobre campo verde. Los tejuelos asoleados se rociaban con jugo de maguey, volvíanse a licuar y se metían en moldes redondos. Las marquetas redondas y blancas iban a parar a Cotija. Los cotijenses se encargarían de convertirlas en velas y llevarlas a mil partes. En sólo la ranchería del Llano de la Cruz y ranchos próximos se blanqueaban anualmente unas 600 arrobas. El proceso del blanqueamiento le dejaba a cada blanqueador un peso por arroba. Si se suma a esto el precio de la cera en bruto, se concluye que el valor de la producción apícola local vendida era de 16000 pesos anuales.[18]
La hechura de quesos, la trasquila de ovejas, la purificación de la cera y el destilado de mezcal condujeron a los rancheros hacia la economía de mercado y los quitaron de ser muy pobres. Cuando Porfirio Díaz fue presidente de la República por primera vez, había todavía muchos magueyes en cerros y lomas aledaños al Llano de la Cruz. Del corazón de los magueyes se sacaba aguamiel; del plumero de pencas y púas, reatas y costales, y del conjunto, el aguardiente, el bebestible aludido en el refrán: “Para todo mal, mezcal; para todo bien, también”. No el pulque, no el aguamiel fermentada; sólo el aguardiente de la conocida receta: Macere el maguey con pisones; macerado, póngalo en cribas de cuero y déjelo fermentar y transformarse en tuba. Caliente la tuba a fuego lento en ollas de barro tapadas con cazuelas de cobre llenas de agua fría. Adentro de las ollas calientes se produce el vapor alcohólico que al subir hasta rozar los depósitos de agua helada se licúa. El vapor licuado desciende en gotitas hasta un barril por el canal de una penca de maguey. Hacia 1880 la producción mezcalera de la zona que nos ocupa era de 200 barriles anualmente, barriles de a 15 pesos que se arrebataban los compradores.[19]
El cultivo del maíz y el frijol nunca fue negocio. El suelo de la meseta no es a propósito para vegetales de este tipo, pero como no se podía prescindir de las tortillas y el plato de frijoles, se siguió sembrando lo mínimo necesario para no tener que comprar el maíz y el frijol. Las milpas, por supuesto, se hacían como de costumbre, con arado y bueyes. Las huertas de árboles frutales se pusieron de moda. En los aledaños de cada jacal hubo desde un par hasta una docena de frutales: durazno, limonero, nopal manso, aguacate, lima, etcétera.
La carne (incluso la carne de las reses que se mueren de flacas en tiempo de secas), la leche, el maíz y el frijol, complementados con las verdolagas, los nopales, las tunas, las charagüescas, el mezontle, el quiote, la caza mayor y menor, conservaba a la gente en buena forma. Todavía más, se caía con frecuencia en el pecado capital de la gula y no sólo por los excesos en la bebida. El hecho de la alimentación satisfactoria y aun abundante no presupone el alimento sano. El agua, por ejemplo, no era saludable, abundaban las enfermedades de origen hídrico.[20]
El relativo bienestar estomacal no armonizaba con la indumentaria, la casa y el mobiliario. La región es fría y los vestidos eran ligeros. El sarape embrocado encima de la camisa, el botón del cuello cerrado y la faja al vientre para sostener el calzón largo de manta formaban la indumentaria masculina habitual. Las mujeres no se ponían nada debajo del cotón. La pulmonía, más que ninguna otra enfermedad, cobraba numerosas víctimas. Uno de cada tres morían con fuertes dolores de costado. La ropa malabrigaba y era escasa. Los hombres y las mujeres, aparte del vestido puesto, sólo tenían otro. De la lluvia y el sol se protegían con el sombrero de soyate y el capote o china. Casi todos, menos los de categoría, calzaban huaraches sencillos. El gusto por el confort no había nacido. El escaso interés puesto en la comodidad se nota principalmente en las modestísimas viviendas.
Las casas, por no decir las chozas, no daban el suficiente abrigo. Fuera de las “casas grandes” con muros de adobe y techos de teja que levantaron en sus respectivos ranchos los propietarios de nota, sólo había, como antes del fraccionamiento, modestísimas viviendas techadas con zacate, con su cuarto para dormir, su cuarto para cocinar y su soportal para estar. De las paredes de varas recubiertas de lodo, seguían colgando imágenes de santos y algunos utensilios. El piso, de tierra. Junto a la choza, el árbol guardián, los árboles frutales, las gallinas, el ganado de cerda, los gatos y la jauría de perros.
Los pequeños propietarios y los simples jornaleros, los que tenían algo y los que nada tenían, se emparejaban en la manera de vivir sin comodidad. No se buscaba el dinero para darse una existencia cómoda. El dinero servía para tres propósitos: para ser tenido en más, para adquirir tierras y para enterrarlo. Era un gusto asistir a bodas y herraderos con los bolsillos repletos de monedas de plata para que resonaran al caminar y a la hora del baile. Era otra aspiración ranchera la de constituir latifundios y recorrerlos de punta a punta en buenos caballos. Y era la más extraña de sus preferencias la de coleccionar moneditas de oro en ollas que se ponían a buen resguardo bajo tierra, junto a la choza. El espíritu del ahorro, la idolatría de la tierra y el sentido ornamental asignado a la plata, eran tres elementos esenciales de su mentalidad económica.
El trabajar no valía mucho. Sólo a medias era fuente de riqueza. El ganado aumentaba espontáneamente. Requería de la mano del hombre de julio a octubre y casi sólo para ordeñarlo. El quehacer tenía más valor moral que económico. La ociosidad era un vicio y el trabajo una virtud. Trabajar y ser bueno eran casi sinónimos. El trabajo tenía también el sentido de diversión. Alegría y trabajo no estaban reñidos y para los rancheros que vivían en sus ranchos, era incomprensible la existencia de los propietarios ausentistas. Así pues, el quehacer del hombre tenía dos dimensiones principales, la moral y la placentera, y una secundaria: la lucrativa.[21]
Antes del fraccionamiento de la hacienda de Cojumatlán las diferencias entre unos vecinos y otros eran casi todas naturales. Se distinguían por el color de la piel, el sexo, la edad, la estatura, el vigor físico, la mayor o menor valentía, la inteligencia y otras cosas por el estilo. Una distinción de carácter social de suma importancia provenía del apellido. Dentro de un régimen patriarcal y patrilineal contaba mucho la pertenencia a cierto clan o familia grande. Por otra parte, casi todos hacían las mismas cosas y eran igualmente pobres. A partir de 1861, empiezan a perfilarse nuevos rasgos de distinción. Se acentúa la especialización en el trabajo. Irrumpen los que laboran y los que no, pastores y labradores, artesanos y algún comerciante. Hay quienes trabajan lo suyo y para sí, y quienes como medieros y aun como peones trabajan en ajeno y parcialmente para otros. Comienzan a surgir los especialistas y las clases sociales.
Considerábanse ricos los doce que sin dejar la vida en el pueblo usufructuaban la producción ranchera; se daban comodidades provenientes de sus ranchos trabajados por otros; obtenían recursos para sus ocios y negocios del esfuerzo de sus vaqueros, medieros y peones. Así don Manuel Arias, que acabó avecindándose en Guadalajara; don Francisco y don Rafael Arias, vecinos de Mazamitla; don Vicente Arregui, don Bartolo y don Pedro Zepeda, don Néstor y don Antonio Ramírez, instalados en Sahuayo; don Miguel Mora, que en 1867 compró el Nogal a Pedro Zepeda y lo administró desde su residencia en Pajacuarán, y don Rafael Quiroz y don José Guadalupe Sandoval, de Jiquilpan y Sahuayo.[22] Formaban la medianía 50 jefes de familia propietarios de fincas generalmente más pequeñas que las de los ricos, de un sitio o menos de extensión, que vivían en sus ranchos por lo menos durante el temporal de lluvias, y que vigilaban directamente el desarrollo de sus ganados y sementeras y que ahorraban a costa de su bienestar familiar. Situemos en el tercer grupo a los 300 jefes de familia restantes, que en su mayoría servían, hacia 1870, de medieros, artesanos, vaqueros y peones a los terratenientes ausentistas.
Guadalupe González Toscano fue un hombre arquetipo de la clase media y un hombre prominente entre los moradores del Llano de la Cruz. Nació en 1821. Era el mayor de los hijos de Antonio González Horta y Lugarda Toscano. Aprendió de su padre el cultivo de la milpa, el manejo del caballo y la reata, el cuidado y uso de las reses y demás oficios agropecuarios. Acudió a un maestro del Durazno para enseñarse a leer, escribir y contar. Nadie sabe dónde adquirió el rezado, pues fue gran rezador toda su vida. Para casarse puso el ojo en una hija de Vicente Pulido Arteaga, el “rico” de la ranchería. Él era enteramente pobre. Tenía a su favor el ser buen mozo, honorable, y bueno para todo. Gertrudis, la pretendida, aspiraba a un hombre de esas cualidades, aunque no sin qué. Guadalupe dejó el tercio de leña a la puerta de la casa de Gertrudis; la hermana mayor lo recogió y lo quemó sólo para deshacerse de Gertrudis. Ésta, sin saberlo, había dado el “sí”. El tercio era para ella; el tercio había sido quemado; tenía que casarse. Del matrimonio nacieron seis hijos (Ciriaco, Fermín, Gregorio, Andrés, Bernardo y Patricio) y cuatro hijas (Andrea, Salomé, Lucía y Genoveva). Guadalupe era subarrendatario de la hacienda; Gertrudis ahorraba y escarchaba cera. Él era serio y sobrio, bueno para su casa y bueno para la casa ajena. En 15 años de ahorro juntaron él y su esposa 750 pesos, que los dieron a cambio de las 350 hectáreas del encinar y magueyera que baja de la copa del cerro de Larios, por el halda oeste. Guadalupe González empezó a ser señor de tierras y ganados en 1861; en 1867 compró terrenos de temporal y agostadero en El Espino, y por fin consiguió hacerse del cerro de las Pitahayas. Así completó tierras suficientes para 200 vacunos; llegó a ser para muchos como padre. Un rico de Cotija, don Antonio Carranza, lo habilitaba sin formalidad alguna. Se levantaba antes de que el sol saliera; se acostaba dos o tres horas después de su puesta. La comida era muy sobria; el vestido nunca dejó de consistir en camisa y calzón de manta, huaraches y sombrero de soyate. Y su quehacer diario era rudo e iba de sol a sol; las ganancias se repartían entre él y los necesitados. Era un hombre virtuoso; lo que se llama un santo. Don Guadalupe González murió en 1872 de un tumor en el dedo cordial.
Los rancheros llevaban una vida pobre, pero no penosa. Su ideal de hombre era sencillo. Entre las cosas dignas se citaban el sudor, el honor, el vigor, la bravura y la astucia. Se estimaban sobre todas las cosas las fuerzas físicas, la destreza en el manejo del caballo y la audacia. En el hombre no se veían mal los vicios del cuerpo: la embriaguez, la cópula extramarital, el dormitar a la sombra de un árbol y el tabaco. Fuera de las virtudes y vicios corporales, figuraba en la lista de su ideal el poseer privadamente tierra, mujer, ganado y oro. Por causa de las cosas poseídas tan a pecho nunca faltaron los altercados, las riñas y los homicidios. Por unos pasos de tierra, una mirada a la mujer ajena, el pasto que me comió la vaca dañera de fulanito y las monedas que le presté y no me devolvió zutanito, había duelos feroces. Con todo, el honor y la buena fama eran las virtudes más peligrosas y frecuentes. Lo normal era tratarse con respeto, pues la mínima irrespetuosidad salía cara.
El saber leer, escribir y contar se puso de moda. Los jefes de familia en las rancherías solían juntarse para pagar un maestro. En el Llano de la Cruz enseñaron don Jesús Gómez que vino de Sahuayo y el alteño Pedro Torres. Éste tuvo que dejar el puesto por un lío de faldas. Pretendían a la misma muchacha él y un ranchero valiente. Ambos recibieron el sí, uno por las buenas y el otro por la fuerza. La mujer se fue a Cojumatlán a preparar la boda. Los rivales se fueron tras ella por distintos caminos. Al bravo se le hizo consentir que la boda sería en la misa mayor, pero en misa primera el padre casó a la muchacha con el maestro; al amanecer ya iban los recién casados atravesando la laguna. Las habilidades ecuestres y homicidas del engañado resultaron inútiles sobre el agua.
La escuela alcanzó a muy pocos y no sustituyó a la crianza. La formación definitiva del ranchero resultaba del trato y roce con el ambiente natural y la vida ranchera. Los niños aprendían a comer tirados en el suelo. Allí les llegaban los “sopes” de masa cocida arrojados desde el metate por la madre. Se enseñaban a caminar, correr y trepar en y sobre los encinos, los caballos y los toros. Los hábitos de conservación de la especie se los mostraban los animales. Desde pequeños se ejercitaban en todos los quehaceres; a los niños se les acomodaba como becerreros, alzadores, pastores y blanqueadores de cera, y a las niñas como ayudantes de la mamá en el jacal y en el campo. El ideal de mujer seguía siendo la mujer fuerte del evangelio.
Por lo demás, sobre la mujer pesaba la mayor parte del trabajo rudo: el moler en el metate el nixtamal, hacer tortillas, preparar la comida, asentar el piso, fregar, lavar, coser, zurcir, acarrear agua, lidiar al marido y los hijos, estar al pendiente de puercos y gallinas, blanquear cera, amasar queso, tejer y en suma ocuparse en todas las industrias caseras y todas las ocupaciones de casa al grado de no tener punto de reposo. Únicamente los hombres se podían permitir el vicio de la ociosidad y de los de la generación que sucedió a la de José Guadalupe González, la de los nacidos entre 1834 y 1847, se lo permitieron en mayor cuantía que sus padres y hermanos mayores, y especialmente los del grupo terrateniente, y nunca más allá de los límites impuestos por el gobierno de los ancianos, que eran los que llevaban la autoridad. El respeto a los ancianos se mantuvo incólume.[23]
Los gobiernos de la República, del estado y del municipio únicamente se acordaban de los rancheros de la punta occidental del distrito de Jiquilpan cuando alguno de ellos cometía alguna fechoría y a la hora de pagar las contribuciones. Pasada la trifulca, el juzgado de letras de Jiquilpan y la policía rural volvieron a la rigidez acostumbrada para con los pobres. La cárcel se llenó de presos, “siendo los más por riñas y homicidios”.[24] También desde 1866 volvió a funcionar en Jiquilpan una Administración de Rentas del Estado y aparte, una subalterna de la Renta del Timbre, y ambas fueron igualmente eficientes en el cobro de los impuestos. Y como si esto fuera poco, la eficiencia de la Tesorería municipal de Sahuayo era muy digna de nota. El comportamiento de los funcionarios públicos no ayudaba nada en la tarea de infundir en los rancheros respeto y amor para la autoridad civil. Por otra parte, la fidelidad del campesino hacia la Iglesia parecía incompatible con la exigida por el Estado.
La falta de sujeción a la ley y a la autoridad civil contrastaba con la entrega al gobierno eclesiástico y los mandamientos religiosos. Con poca instrucción, sin culto público y no exenta de supersticiones, la vida religiosa conservó su exuberancia. Una parte sobresaliente de ella la constituía el trato directo, físico, con seres del más allá. Nadie dudaba de las apariciones del diablo y las ánimas del purgatorio; nadie dejó de toparse alguna vez con seres sobrenaturales, con fantasmas de varia índole.
Los ejercicios religiosos se acrecentaron. Un ejercicio común y corriente fue el rezo del rosario al amanecer y al anochecer. Muchos recorrían 10 y hasta 20 kilómetros para oír misa dominical de alguno de los pueblos cercanos. Las imágenes de San José, la Virgen de Guadalupe, San Juan, San Isidro Labrador y Santiago, eran las más frecuentadas. Casi nadie prescindía de la confesión anual, el pago de los diezmos y el riguroso ayuno durante los 40 días de la cuaresma. Casi todos se sabían el rezado de principio a fin: padrenuestro, credo, avemaría, mandamientos, todo fiel…, yo pecador, Señor mío Jesucristo…, la magnífica, las letanías y numerosas jaculatorias. Nadie dudaba de ninguno de los artículos de la fe. El cielo, el infierno y el purgatorio eran tan reales como la noche y el día.
Otras tres ocupaciones favoritas de los rancheros, además de rezar, eran el juego, la jineta y la conversación. Gustaban principalmente los juegos de azar y por encima de todo, el de naipes. Y se recibían con extraños transportes de júbilo las fiestas anuales de los herraderos. Entonces se ponían de relieve todas las destrezas adquiridas en la incesante lucha contra la naturaleza zoológica; exhibían los mejores su habilidad en el manejo del caballo y la reata, se practicaba el toreo y la jineteada “al uso antiguo”. Y se adornaba todo eso con música de mariachi, con sones repletos de malicia, de alusiones eróticas, de deseos encapsulados, con sones que incitan a bramar, aullar, relinchar y beber aguardiente hasta caer.
La conversación en derredor del fuego, de la luz roja del ocote, fue una distracción muy frecuentada entonces. Oír y contar sucedidos e historias llegó a ser el pasatiempo preferido desde la entrada del sol hasta las nueve de la noche. Y no cabe duda que hubo buenos recitadores dentro de un arte de referir muy escueto y un repertorio de temas muy limitado: hazañas de caballos y jinetes, labores de la tierra, “crímenes de los hombres”, pleitos y muertes violentas, sucesos naturales, aguaceros, rayos, crecientes de ríos y los signos que se consideraban como rasgos del día del juicio final: aquel cometa, aquella aurora. Venían en segundo término las historias de bandidos célebres, los recuerdos de las “tincas”, los difuntos de ambos cóleras, los aparecidos, las diabluras del diablo y de los vivales, los cuentos de tema erótico, las “relaciones” de tesoros ocultos y algunas historias bíblicas: Sansón y Dalila, Tobías y el Ángel Gabriel, José y sus hermanos, Adán y Eva, Moisés rescatado de las aguas del río. Se recitaban versos ajenos y se hacían versos descriptivos y de burla. José Dolores Toscano (1834-1903) fue el rimador más oído. Esparció corridos, epigramas, chistes. Las demás ramas del arte eran menos frecuentadas. Sobra decir que se cantaban valonas y el alabado, este último a la madrugada; se intercambiaban coplas en los “papaquis” y eran imprescindibles los sones del arpa de José León en todos los fandangos con motivo de bautizos, bodas, cosechas y herraderos.
La existencia libre, semibárbara, alegre, igualitaria, hubiera sido idílica sin el sentimiento de la zozobra, sin el temor a la noche, a los malos espíritus, a la “seca” anual que arrasaba con el ganado, a las sequías decenales, a las heladas tempranas y tardías, a las pestes, al dolor de costado, a las viruelas, al “mal de Lázaro”, a las víboras, a los meteoros, a la muerte repentina, a la corrupción de los cadáveres, a los venenos, a tomar el mismo día carne de puerco, menudo o aguacate y leche, al deshonor, a la maledicencia, al amor no correspondido, a las malas artes de los demás, a dejar verse la P en la frente, a encontrarse con difuntos, a sentir sobre la cara los dedos helados de los aparecidos, a toparse con los cuerpos en llamas de los condenados, y especialmente a la ruptura de la paz, a volver a los tiempos anárquicos del bandolerismo, la violación de mujeres y la leva.
Pero sólo seis sucesos alteraron la calma en el quindenio 1867-1882: la rebelión de Ochoa, las fechorías de el Nopal, la gran hambre, una visita de obispo, la nevada y el cometa.
Lo de Ochoa fue un episodio de la rebelión cristera, que abarcó los estados de Michoacán, Querétaro, Guanajuato y Jalisco durante la administración del presidente Lerdo de Tejada, para protestar por la política en materia religiosa; sobre todo por haber incorporado a la Constitución las Leyes de Reforma. En estos puntos, los cabecillas Ignacio Ochoa y Eulogio Cárdenas, con 150 hombres de caballería, caen súbitamente en Sahuayo el 9 de enero de 1874. A partir de entonces hacen víctimas de toda clase de latrocinios y molestias a los rancheros de la ex hacienda de Cojumatlán y zonas aledañas. Al fin, cansados los vecinos de la región y con el auxilio de Martínez, un jefe de acordada local, logran abatir a Ochoa en la ranchería del Sabino. El cabecilla rebelde sitia al general Luna, encerrado en la finca de la hacienda, tiende un cordón de sitiadores por todos lados, menos el de la presa; en la noche, a nado, fuerzas del coronel Gutiérrez unidas a los encargados del orden en la comarca y a Martínez, penetran en el recinto sitiado; al otro día se abren a la vez todas las puertas de la finca, salen torrencialmente los sitiados, atacan a los de Ochoa, matan a 100, y a los restantes los ponen en fuga. Acabar con la fugitiva tropa dispersa fue un juego de niños.[25]
A la sombra de los “antiguos cristeros” medró Francisco Gutiérrez, apodado el Nopal. A mediados de l874 se fugó con 20 de sus compañeros de la cárcel de Jiquilpan. Al frente de su gavilla de ex presidiarios convertidos en bandoleros “infundió terror y espanto entre los moradores de estos lugares por sus numerosos robos y horribles asesinatos”.[26] Como sucedía con Ochoa, batallones y regimientos hacían poca mella en los de Gutiérrez. Otra vez los rancheros se hicieron justicia por su propia mano. En parte por las fechorías de Ochoa y Gutiérrez, y también por las heladas y sequía de 1876 y 1877, el hambre apretó en el occidente de Michoacán. Se secó gran parte de la laguna. Las vacas se murieron a montones. La falta de maíz y frijol hubo necesidad de suplirla con las pencas de los nopales y las raíces de las charagüescas.
Muchas personas acudieron a Jiquilpan y Sahuayo, en agosto de 1881, para ver al nuevo obispo de Zamora, al señorial don José María Cázares y Martínez. Las visitas episcopales eran raras. Todavía recordaban algunos la hecha a Sahuayo por don Clemente de Jesús Munguía en 1854. Fue menos concurrida la que hizo, también a Sahuayo en el año de 1866, don José Antonio de la Peña. Sólo los vecinos del Llano de la Cruz y el Durazno disfrutaron de la fugaz presencia, en Mazamitla, de Pedro Espinoza, obispo de Guadalajara. La de Cázares tuvo atractivos suplementarios; aparte de las confirmaciones de rigor, hubo misiones dadas por “los padres santos”. Todo predicador era padre santo para aquellas gentes. Algunos viejos habían oído predicar en Mazamitla, y aún vivían de lo que les dijeron cuando llegaron los predicadores del señor Cázares.[27]
Un hecho imprevisto vino a descomponer las cosas en febrero de 1881. Después de muchos días de lloviznas y heladas “se desató un viento huracanado que apenas permitía moverse”. Del viento salió “una nevada que comenzó al anochecer y terminó al clarear”. La nieve subió más de tres pulgadas. El sol amaneció más brillante y radioso que nunca. Nadie había visto antes nada parecido. La nevada le restó lucidez al cometa. Los cometas, como las visitas de obispo, eran raros, pero sucedían. Como los señores obispos, los cometas eran vistosos. Al contrario de los obispos, los cometas eran portadores de calamidades: hambruna, guerra y peste. La blancura y el brillo de la nevada, las plumitas de algodón y vidrio hicieron época. La nevada vino a cerrar la época que abrió la aurora boreal.[28]
[Notas]
[1] Francisco Zarco, Historia del Congreso Constituyente. 1856-1857, pp. 690-697, 363-365, 387-404.
[2] Los datos sobre la aurora boreal y los preliminares del fraccionamiento de la hacienda fueron distraídos de la tradición oral. También las fuentes escritas se refieren al acontecimiento. Así Mariano de Jesús Torres en su Historia civil y eclesiástica de Michoacán.
[3] José María Pérez Hernández, Compendio geográfico del estado de Michoacán, p. 27.
[4] ANJ, Libro de Protocolo del Lic. Alejandro Abarca.
[5]Ibid., Libro de la Alcaldía de Jiquilpan.
[6]Ibid., Protocolo del Lic. Miguel E. Cázares, 1861-1864.
[7]Ibid.
[8] Pérez Hernández, op. cit., pp. 107 y 109.
[9] ANJ, Libro de Protocolo del Lic. Miguel E. Cázares, 1861-1864.
[10] Esa cifra es la suma de los precios que aparecen en cada una de las escrituras de venta.
[11] ANJ. Unas escrituras aparecen registradas en el protocolo del Lic. Cázares y otras en el de Abarca.
[12]Ibid., Protocolo del Lic. Alejandro Abarca.
[13] Ramón Sánchez, op. cit., pp. 128-129 y noticias comunicadas por la anciana Apolonia Oceguera que tenía 13 años cuando la entrada de los franceses.
[14] Datos comunicados por Ángel Torres, sobrino de don Tiburcio.
[15] Justo Sierra, Evolución política del pueblo mexicano, p. 423. El cuadro más vasto y acabado sobre la época lo forman los tres primeros volúmenes de Daniel Cosío Villegas, Historia moderna de México. La República Restaurada.
[16] Mariano de Jesús Torres, op. cit., p. 169.
[17] Archivo particular de José Dolores Pulido (1828-1913), en poder del autor.
[18] Datos comunicados por Luis González Cárdenas.
[19] El aguardiente de mezcal se exportaba poco. Una descripción detallada de la manera de elaborarlo se encuentra en Esteban Chávez, Quitupan, pp. 219-221.
[20] Los libros de defunciones del APC registran como principales causas de defunción el sarampión, la tos ferina, las viruelas, la pulmonía, la disentería y la diarrea.
[21] La fuente principal de lo dicho en los cuatro últimos párrafos, han sido las conversaciones con los ancianos y especialmente con don Luis González Cárdenas. Otras noticias fueron espigadas en la correspondencia de José Dolores Pulido.
[22] Datos escuetos acerca de los terratenientes ausentistas los proporciona el Archivo de Notarías de Jiquilpan; los de tipo anecdótico provienen de la tradición familiar.
[23] Casi todo lo relativo a la vida social apuntado aquí se debe a testimonios proporcionados por Mariano González Vázquez, Apolonia Oceguera, Luis, Josefina y Agustina González Cárdenas.
[24] Ramón Sánchez, op. cit., p. 197.
[25] Esteban Chávez, op. cit., p. 40.
[26] Ramón Sánchez, op. cit., p. 131.
[27]Ibid., pp. l64-165.
[28] Datos comunicados por Luis González Cárdenas.
Suele definirse el gobierno de don Porfirio Díaz como una época de paz, prosperidad económica, consolidación de la nacionalidad y dictadura. Don Daniel Cosío Villegas ha demostrado que la paz porfírica no fue tan general ni tan firme como se supone.[29] De cualquier manera, comparada con la de cualquier periodo anterior desde la Independencia, parece más sólida. Don Pedro Henríquez Ureña asegura que la prosperidad porfiriana sólo alcanza a las capas superiores de la población.[30] No por eso deja de ser deslumbradora con sus trenes, máquinas y palacios. Tampoco cala muy hondo la consolidación nacional por medio de la educación pública, la promulgación de códigos y la propaganda nacionalista, pero no se pueden ignorar las escuelas relumbrantes del positivismo, la varia codificación y el difundido sentimiento “de una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado”.[31]La dictadura y el caciquismo también tienen sus menos. El dictador se muestra paternal y oportunista y no toda su cauda de caciques es por igual espinosa. En todo caso las virtudes y los vicios del régimen de Díaz son notorios en las ciudades; cunden en vastas superficies del México rural, pero no penetran en todos los rincones del país.[32]
De los ingredientes del porfiriato, únicamente uno afecta de modo directo al terruño de esta historia. Acá no llega ninguna de las modernas vías de comunicación y transporte construidas por el régimen. Tampoco innovaciones técnicas ni capital extranjero alguno. Y esto queda olvidado por el gobierno de la República, por los gobernadores de Michoacán, por los prefectos de Jiquilpan y, en buena medida, por los munícipes de Sahuayo y los jefes de tenencia de Cojumatlán. Como de costumbre, queda al margen de la vida pública. Aquí nadie se percata de que los odios preferidos de Porfirio Díaz y sus corifeos eran la libertad de expresión y de trabajo. Aquí no se sufren los abusos de los jefes políticos; aquí no se recae en el latifundismo, ni se cae en el peonaje. Sólo se respira la paz y a su sombra entra en escena una generación de rancheros más venturosa que las precedentes, que hace crecer y prosperar su pequeño mundo casi sin ayudas exteriores, y sin ninguna oficial.
Desde 1818 se habían sucedido en la zona alta de la vicaría de Cojumatlán cuatro generaciones de hombres: la insurgente, la del cólera grande, la del cólera chico y la de la aurora boreal. La primera generación cumplió valientemente con su doble cometido de repoblar la porción montañosa de la hacienda de Cojumatlán y de combatir a lo bárbaro la barbarie zoológica. Fue aquella generación de patriarcas la que devolvió a la domesticidad los vacunos y equinos salvajes, la que ahondó loberas, trampas donde quedaron sepultadas muchas alimañas, la que limpió de malas yerbas los terrenos. Sus miembros fueron sabelotodo y alegres.[33] En cambio, los hombres de la generación del cólera grande, los nacidos entre 1803 y 1817, la pasaron mal. La generación del cólera chico, la de los nacidos entre 1818 y 1833 tuvo algo muy importante a su favor: el fraccionamiento y la venta de la hacienda de Cojumatlán en 1861. Tuvo otra coyuntura venturosa: se le injertó sangre nueva. También le dieron brillo las personas de empuje: los cinco Antonios Martínez, los Chávez del Espino y el Tiznado, los Pulido y González del Llano de la Cruz, especialmente José Guadalupe González. Por lo que sea, los de esta generación implantaron, de una vez por todas, el aprovechamiento más o menos integral del ganado, en especial la succión e industrialización de la leche. Fue la generación que le hizo el primer boquete a la barrera del autoconsumo y la economía natural y, por lo mismo, la primera generación adinerada, la única que después de Martín Toscano, juntó porciones considerables de plata y oro, ya para ensanchar sus tierras, ya para ponerlas a buen resguardo bajo tierra, ya para que las gastara la generación siguiente en la que militaron muchos ebrios, jinetes, hombres de pistola de chispa, charros plateados, varones y mujeres que le dieron calor y sabor a la vida ranchera, pero no estímulos de índole económica. A tareas de gente seria se dedicarán otra vez cien jefes de familia de la generación de la nevada, jefes que toman el mando en los 80 del siglo XIX; en los principios de la paz porfírica.
En la generación de la nevada militan los nietos de los insurgentes y los hijos mayores de los beneficiados con el fraccionamiento de la hacienda de Cojumatlán, o sea los nacidos entre 1848 y 1862, los que de niños y adolescentes padecieron los sustos y zozobras de las luchas de Reforma, Intervención, Segundo Imperio y Cristera, y por lo mismo, y por ser en gran parte propietarios, son pacíficos, amantes del orden y no exentos de codicia. Es una generación que no contradice la marcha general del país. Va con la corriente. No es, sin embargo, una generación homogénea. Tampoco lo fue la insurgente y estuvo muy activa. También la generación de Guadalupe González Toscano fue heterogénea y muy emprendedora. La generación de la nevada, como las dos generaciones dinámicas, construirá sin estar unida, a veces por emulación. Hay entre sus miembros diferencias de lugar y de clase. No armonizan generalmente los pueblerinos y los rancheros, ni siquiera los nativos de un rancho con los de otro. También suele haber diferencias entre las familias grandes, pero no tan notorias como el distanciamiento entre ricos y pobres.
Los miembros más acaudalados de la generación pacifista y constructiva no vivían, por regla general, en sus ranchos. Así los Arias vecinos de Mazamitla y Guadalajara, señores de más de 10000 hectáreas, de la mitad de toda la tierra comprendida desde 1888 en la vicaría de San José; los Mora, vecinos de Pajacuarán y dueños desde 1867 de la vasta extensión del Nogal; los Zepeda, moradores de Sahuayo, el Valle y Mazamitla; Ramírez y Arregui, de Sahuayo; Sandoval y Quiroz, de Jiquilpan; seis familias que tenían a su nombre una cuarta parte de la tierra. Y esta aristocracia terrateniente y ausentista, dueña de las tres cuartas partes del conjunto, no sólo poseía propiedades aquí. De don Manuel Arias, dueño del Sabino, se dice que tenía otras seis haciendas, y no mucho menos ricos y orgullosos eran los demás grandes propietarios. Los más vivían holgadamente, algunos en vastas residencias citadinas, atendidas por numerosa servidumbre. Mandaban a sus hijos a buenas escuelas y la familia Mora vio a uno de sus vástagos convertirse en arzobispo de México. Muchos practicaron el deporte de preñar a las hijas de sus trabajadores; muchos se dedicaron al ocio del juego y los paseos. Como quiera, hay que reconocerles empuje constructivo, deseos de aprovechar sus fincas lo mejor posible, haciendo abrevaderos para ganado, multiplicando ordeñas e intentando modestas audacias industriales, como el molino de harina que don Manuel Arias puso en Aguacaliente.[34]
Los que pueden considerarse como de clase media de la generación pacifista o de la nevada, al contrario de los ricos, vivían aguas y secas en los ranchos de su propiedad o en las rancherías próximas a sus posesiones. Así, los grupos de pequeños propietarios del Llano de la Cruz (los hijos y hermanos de don Guadalupe González Toscano y los herederos de don Vicente e Isabel Pulido), del Saucito (los hijos de don Antonio Martínez), de San Miguel (Abraham y Filemón Aguilar, Simón Contreras, Antonio Cárdenas y los hermanos Ortega, Felipe y Ramón), de la Estancia (los hijos de don Antonio Barrios menos el músico que renunció a su herencia y se quedó a vivir en Cotija), de San Pedro (los Rodríguez, hijos del caporal, José María Higareda y Luis García), del Izote, Breña y Tinaja (los Ruiz y los Ruiz Pamplona) y del Espino y China (Trinidad y Vicente Chávez, Valeriano Cárdenas y los Fonseca). Todos estos propietarios menores, ya solos, ya con el auxilio de parientes próximos, se entregaban en cuerpo y alma al beneficio de sus tierras y ganados en particular, y al mejoramiento de la zona en general. Más que en darse a sí mismos bienestar y cultura, pensaban en dárselos a sus descendientes. En general prescindían del ocio por extrema dedicación al negocio. Al contrario de los ricos, le tenían gran amor a la tierra.[35]
