Puente El Ala y la memoria del río - Ruby Weitzel Pérez - E-Book

Puente El Ala y la memoria del río E-Book

Ruby Weitzel Pérez

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Beschreibung

Este libro presenta fragmentos de las historias de hijos, esposos, padres, hermanos y de dos mujeres, una de ellas con un hijo en gestación, que caminaron sobre suelos chillanejos hasta que un día sus vidas fueron truncadas por un poder irracional. Casi medio siglo tardó la justicia en acusar al principal culpable de muchas de las ejecuciones, secuestros y desapariciones forzadas de la dictadura en la provincia de Ñuble. La gran mayoría de las víctimas en la actual región del Ñuble, continúa desaparecida. 24 de diciembre de 1973: Después de tres meses de búsqueda, el relojero Mario Weitzel encuentra los restos de su hijo Patricio Weitzel Pérez bajo el Puente El Ala, en las riberas del río Ñuble, junto a otros cadáveres. Había sido secuestrado desde su hogar la noche del 1 de octubre de 1973, en una redada que alcanzó a otros 9 jóvenes, sacados de sus propios hogares. Patricio tenía 26 años y se dedicaba al mismo oficio que su padre. No fueron las únicas víctimas de la represión. En un planificado y crítico período entre el 11 de septiembre y el 20 de diciembre de 1973 -al que se agregaron algunos otros casos, entre 1974 y 1978- un total de 84 personas de la provincia de Ñuble sufrieron el mismo inhumano destino. Sólo 26 de ellos han sido encontrados. Las ejecuciones ocurrieron en las calles, en los campos o en sus propios hogares. 19 mayo 2022: En la resolución causa rol 6-2017, el ministro Carlos Aldana acusa al general (r) de Carabineros, Patricio Jeldres Rodríguez, como autor de los homicidios de Patricio Weitzel Pérez y Gabriel Cortez Luna; de los secuestros calificados de Ricardo Troncoso León, Arturo Prat Martí, José Retamal Velásquez, Robinson Ramírez del Prado, Leopoldo López Rivas, y Mario Moreno Castro y del secuestro agravado de Juan Poblete Tropa.

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Seitenzahl: 496

Veröffentlichungsjahr: 2024

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PUENTE EL ALA Y LA MEMORIA DEL RÍORuby Weitzel Pérez N° de Inscripción: 2023-A-8102 I.S.B.N: 978-956-338-659-2 eI.S.B.N: 978-956-338-660-8 Primera edición: Septiembre, 2023.

Edición: Editorial Forja

Edición general: Ruby Weitzel Pérez Diagramación y diseño portada

Gonzalo Torres Alvarado, Arquetipo Ltda. Corrección de estilo:Patricia Contreras Fernández María Eugenia Lorenzini Foto portada: Archivo personal. Recorte de prensa, diario La Discusión de Chillán, marzo 1991. Fotos de claveles son de Marcelo Weitzel Pérez. Fotografías Págs. 23, 24, 25: Archivo personal. Patrocinadores: Seremi de la Región de Ñuble Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio; I. Municipalidad de Chillán; Consejo Regional Ñuble Colegio de Periodistas; Círculo de Periodistas de Santiago. Agradecimientos: • A Patricia Contreras Fernández, profesora de Castellano, por su entrega, compromiso y aporte literario en su labor de correctora y editora de estilo. • A Gonzalo Torres Alvarado, por su creatividad, profesionalismo y compromiso como diagramador y diseñador de este y mis anteriores libros. • A la abogada Patricia Parra Poblete, por sus desvelos de tantos años, su constancia, dedicación, acompañamiento y convicción más allá de su entrega por llevar adelante cada una de las causas por las cuales luchó. • A Patricia Calderón Valladares, docente, por sus ideas, su tiempo, su ayuda y paciencia cuando escasea el internet y todos los medios digitales de la época... • A los periodistas Miguel Ángel San Martín, Pury Gaune, Luz Gabriela Vega, y a la abogada Patricia Parra, sin cuyos textos este libro no habría sido lo mismo. • A Teresa Retamal Silva, de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos por su ayuda. Permitida su reproducción parcial citando fuentes: Título, autoría y editorial.

Los árboles que bordean los ríos que antes me alegrabanahora me espantan. María Pérez, madre de Patricio Weitzel, 1974

Arden eras chillanejas.Todo Chillán es fermento.Toda su tierra pareceofrenda, fervor, sustento,y salta una llamaradaque nos da a mitad del pecho. Gabriela Mistral

Todo lo que uno hace, todo lo que uno desea, todo lo que se ama, todo lo que se dice, se acabará algún día. Se acabarán todas las emociones, el tiempo borrará la huella de nuestros actos…pero la escritura permanecerá. Sándor Márai

A mi padre, Mario Weitzel, que durante 90 días buscó tenazmente a su hijo, sin rendirse, hasta encontrarlo bajo el puente El Ala, junto a otros jóvenes que corrieron la misma suerte.

A mi madre, María Pérez, que buscó y aguardó el regreso de su hijo, sin dormir, tejiendo cientos de cuadritos de lana esperándolo… siempre esperándolo… y que hasta avanzada edad siguió marchando junto a las mujeres que buscaban a sus desaparecidos, con la foto prendida al pecho o pegada a un cartel, a pesar de haber recuperado el cuerpo de su hijo, hacía muchos años.

A Patricio y Freddy, mis hermanos que ya no están, víctimas de la represión, pero que viven en nuestros corazones. A Mario, Ricardo y Marcelo, los hermanos que me quedan, por su permanente apoyo y cariño.

A mis sobrinos y sobrinas para que mantengan viva la memoria en sus descendencias: Carola, Karin, Ruby y Vivianne Weitzel por todo su amor, apoyo y comprensión. Y por supuesto a mis sobrinos Patrick y Antu Weitzel.

A mi mentora y tía, la profesora Eliana Fernández Soto, que me dio las alas para volar.

A la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de Chillán, y a todos los familiares de las víctimas de la represión que, de una u otra forma, han recorrido la misma senda por medio siglo.

EL PERIODISMO RELEVA VERDADES NECESARIAS PARA CONSTRUIR NUESTRA SOCIEDAD FUTURA

En tiempos de desinformación, fake news y negacionismo, el rol del periodismo cobra mayor importancia. A 50 años del golpe de Estado en Chile, varias mujeres y hombres valientes han asumido su responsabilidad social de informar a través del periodismo de investigación.

El trabajo que nuestra colegiada Ruby Weitzel Pérez nos presenta hoy es un tremendo aporte a la memoria histórica, fruto de horas de entrevistas con familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos, de quienes se pierde la pista precisamente en el puente El Ala.

De esta manera, el periodismo releva verdades necesarias para construir nuestra sociedad futura, levantadas como una fortaleza ante el poder fáctico y quienes aún niegan los crueles asesinatos cometidos en días grises de nuestro Chile.

Felicitamos la valentía de Ruby y de cientos de periodistas que como ella han hecho frente con profesionalismo a la persecución, al espionaje y a otras formas de callar la verdad.

Como Colegio de Periodistas del Consejo Regional Ñuble, nos enorgullecemos en colaborar con la difusión de esta publicación como la fuente histórica que es.

Luz Gabriela Vega Presidenta Consejo Regional Ñuble de Periodistas de Chile

UNA ESCRITORA INCANSABLE

Compañera, amiga y colega. Nuestras vidas se cruzaron en 1964 cuando ingresamos al primer año de Periodismo de la Universidad de Chile. Toda una vida junto a Ruby Weitzel.

Convertidas en profesionales pocas veces coincidimos en los lugares de trabajo, pero hay recuerdos, simpáticos y divertidos que nos unen: cuando ella me reemplazó en una salida a terreno del presidente Frei Montalva porque yo estaba enferma, y terminó con un brazo complicado al caerse de un puente.

Y cuando la reemplacé en Ferrocarriles, y el presidente Lagos inauguraba con gran pompa el recorrido del tren hasta Chillán, evento que no logró finalizar porque la máquina se averió. Cosas que pasan en el devenir de las noticias.

Ruby, después de 1973, estuvo muchos años sin poder trabajar, pero no se amilanó y con su espíritu observador, curioso y luchador se volcó a plasmar en sus libros no solo la tragedia de su familia, sino también lo que muchos otros compatriotas sufrían por la pérdida de sus familiares. Es autora del primer y único libro testimonial de la Vicaría de la Solidaridad: Tumbas de cristal, en 1991.

Luego, optó por un descanso literario para dedicarse a la profesión, pero retomó la escritura el año 2000 cuando la Editorial Planeta publicó su segundo libro: El callejón de las viudas, que reconstruye uno de los capítulos más sobrecogedores de la represión que Chile vivió durante la dictadura, en el pueblo de Paine a 40 kilómetros de la capital. Este libro fue distinguido con una Mención Honrosa en el Premio Planeta 2000 de Investigación Periodística.

Eso es precisamente lo que destaca a Ruby Weitzel: la investigación de todo lo que escribe. Nada es al azar. Está totalmente respaldado con documentos, entrevistas, cifras, testimonios, etc. Prueba de ello es su obra Entrecruces, donde se aprecia la historia de Chillán, desde sus inicios hasta 1980. Al final de ese texto aparece su cuento “El puente El Ala”, premiado en distintos concursos. Un relato que describe la tragedia familiar: la desaparición y muerte de su hermano Patricio, el 1 de octubre de 1973.

Hoy esa historia, ese dolor, esa pena que llevaron sus padres todos los días de su vida, esa angustia e impotencia de Ruby por no saber qué hacer, está reflejada en este libro, Puente El Ala y la memoria del río, que según ella podría ser el último.

Pero sabemos que no será así.

Junto con describir el drama y el desconsuelo de su familia, que hace brotar lágrimas, también está documentado e investigado todo lo que pasó en esas fechas en Chillán, su ciudad natal. Sabemos que es así porque ese acontecimiento la dejó marcada para toda la vida.

Antes, el 2010, otro hecho conmovió a Ruby y la llevó nuevamente a tomar la pluma y escribir Dichato, lo que dejó el mar para relatar el terremoto y tsunami que vivió minuto a minuto en esa playa donde veraneaba siempre junto a la familia.

Todas esas historias que son parte de la vida de la compañera, amiga y colega, también pertenecen a la historia de nuestro país.

Esperamos que Ruby Weitzel, con su certera pluma, continúe entregándonos sus valiosos relatos por mucho tiempo más.

Pury Gaune Blanco,Presidenta Círculo de Periodistas.

PRÓLOGO EL PUENTE Y LA MEMORIA

Ñuble tiene una curiosidad: sus talentos tienen alianzas insospechadas. Por ejemplo, hay un pintor que trabaja en pacto con los vientos, otro lo hace con los arcoíris en fusión de colores, uno mayor se alía con el agua y hay quien describe con certezas paisajes que nunca ha visto. Hoy debo confesar que hay una talentosa periodista, escritora y amiga de casi toda la vida, que pacta con la memoria. Y la escribe con espadas de justicia y dardos de acusaciones.

Ruby Weitzel convierte las palabras en castigos morales y describe paisajes con sangre injustamente derramada. Y muestra con maestría indesmentible los límites de la barbarie humana. Lo hace con palabras del idioma que pronuncian las víctimas de las atrocidades vividas, que solo su corazón escucha con tan rotunda claridad. Mensaje acusatorio que representa a muchos y que convierte la memoria en santuario de la justicia de verdad, a la que practican los seres humanos/humanos. Y es espada clavada en la conciencia de quienes fueron capaces de rasgar, tan brutalmente, vidas de hermanos… si es que tienen conciencia.

No en vano el río de los recuerdos que nublan la vista y levantan vientos de ignominia, ahora se levanta como monumento histórico a la memoria, como el sitio de los padecimientos secretos, lavados por el agua que corre cantarina entre piedras de nostalgia. Memoria colectiva, amplia, contundente. De héroes con testimonios de vida, tras su muerte injusta y dramática. Memoria que debe fortalecer una sociedad que lucha por recuperarse del mal vivido y por reconstruir el alma chilena de la convivencia. Y este escrito de Ruby, junto a los suyos anteriores, constituye materia noble que forja la base sólida por donde debemos volver a la senda de la convivencia con respeto, tolerancia, progreso, paz... y sin olvido.

No puede haber olvido cuando la contundencia de las pruebas condena a los bárbaros. Y si hay alguien que aún lo duda, aquí tiene en sus manos un testimonio irrefutable, basado en la investigación correcta y certera de una profesional del periodismo que, al margen de su propia tragedia personal, se transforma en acusadora decidida en busca de la justicia para todos. Es decir, en el castigo a los culpables, que fueron capaces de arrojar a la Patria a su más negra página historial, que hicieron jirones sus símbolos sagrados y que destruyeron la convivencia pacífica tradicional de los chilenos.

Los que usurparon el poder, bajo la pretendida doctrina de la “Seguridad Nacional”, arrebataron la vida indiscriminadamente a gente que tenía ideas de progreso, de crecimiento, de desarrollo. Gente sencilla cayó bajo las balas asesinas, como humildes campesinos y sus mujeres, como trabajadores y estudiantes, como intelectuales y profesionales, como militares opuestos a la rotura del juramento a la Patria.

Todo el horror que se vivió en Chile viene descrito, con documentos probatorios, en este libro/testimonio de Ruby Weitzel. Ella ha tenido la valentía, el rigor y la consecuencia de investigar, reunir documentos y escuchar evidencias, incluso de su propia tragedia familiar, poniéndole rostros al dolor de lo ocurrido en Chile. Muchos rostros destrozados y otros que han quedado en blanco bajo el epígrafe de “Desaparecidos”.

Ruby no descansa en su propia cruzada. Ya son varios los títulos que ha presentado a la opinión pública. Ahora tenemos otro, más cercano a su corazón, más completo, más amplio. Puente El Ala y la memoria del río permite renovar, con mayores bríos y sin temores, la intensa búsqueda de los que no aparecen. Libro que debe provocar la movilización de todas las instituciones para recuperar la verdad definitiva de lo ocurrido y descubrir con contundencia todo sobre los que no están por culpa de los sublevados.

Los familiares de aquellos “a los que no se les permitió vivir” reconocerán en este testimonio de Ruby Weitzel el apoyo fundamental para recuperar la tranquilidad en el alma. Y a los chilenos, el llamado a la conciencia general para que esta pesadilla no vuelva nunca más a manchar la Historia Grande de nuestro país.

Miguel Ángel San Martín. Periodista.Madrid, mayo de 2023.

1983

–Cuéntame, viejo, ¿cuántos cuerpos fueron los que encontraste en el puente El Ala?

–No lo sé, m´hija… no me acuerdo –dice, bajando los ojos, sin decir más.

–Pero más o menos cuántos… en tu declaración denunciaste que eran nueve o diez y algunos informes hablan de siete, otros de doce o quince, incluso de veinte o más… ¿cuántos crees tú que había allí?

–¿Cómo voy a saberlo, m´hija?... No lo sé, ni lo sabía tan claramente cuando el juez me preguntó y le dije nueve o diez, más o menos. ¿Cómo podía saberlo, cómo puedo saberlo? Yo no los conté, ¿cómo iba a contar algo así? Yo removía cuerpos, buscando a tu hermano, buscando la chaqueta burdeos que llevaba puesta esa noche que lo detuvieron… algo me decía que estaba allí… yo sabía que vivo o muerto, sabía que iba a encontrar… pero…

–Ya, Viejo, no te preocupes, perdona… yo solo quería algo más preciso porque hay tantos desaparecidos que…

–Pero de verdad, m´hija… yo no los conté, o a lo mejor sí. Pero eran muchos, m´hija, muchos, y trozos de cuerpos y otros flotando en el río… y después los milicos dijeron que eran mentiras mías… pero ya no me importó lo que dijeran… yo encontré a tu hermano… ya han pasado tantos años que ya no me acuerdo y ya no quiero recordar…

I ¿POR QUÉ PUENTE EL ALA...?

La nueva región del Ñuble, desde el punto de vista de verdad y justicia, respecto de las causas por violaciones a los derechos humanos ocurridas durante la dictadura cívico-militar de 1973 a 1990, es la jurisdicción en donde se constata el menor número de procesados y, consecuentemente, acusados o condenados tras el regreso a la democracia. Esto, mientras los procesos criminales en los que se investigaba la desaparición y muerte de un sinnúmero de hombres,mujeres y niños de esa zona, estuvieron siendo indagados por los tribunales de la jurisdicción de la Corte de Apelaciones de Chillán.

Patricia Parra Poblete Abogada Universidad de Concepción

¿POR QUÉ PUENTE EL ALA Y LA MEMORIA DEL RÍO?

Ruby Weitzel Pérez

En el caso conocido como Puente El Ala, como lo cataloga el Informe Rettig, si bien son quince las víctimas que consigna la Comisión de Verdad y Reconciliación, relacionadas con el puente El Ala, otras investigaciones difieren de este número en mayor o en menor número de víctimas.

Nadie ha podido ni podrá determinar si fueron diez, quince o más de treinta los cuerpos o restos de ellos, encontrados por el relojero Mario Weitzel, el 24 de diciembre de 1973, buscando a su hijo, Patricio, desde el 1 de octubre de 1973, cuando fue detenido y nunca más volvieron a saber de él.

Fue el mismo 11 de septiembre de 1973, día del golpe militar, cuando los agentes del estado hicieron su debut en la provincia de Ñuble con su primera ejecución y su primera desaparición forzada.

De allí en adelante, las cosas en el mes de septiembre se fueron dando como si se hubiera tratado de decisiones casi al azar: treinta y cuatro víctimas, entre el 11 y el 30 de septiembre de 1973… veinte ejecutados y catorce detenidos desaparecidos al margen de toda legalidad.

Sin embargo, a partir del mismo 1 de octubre comienza el endurecimiento, como lo consigna el Informe Rettig:

–A las pocas semanas del 11 de septiembre de 1973, la superioridad militar llegó a convencerse de que era distinto el enfoque de la intervención militar, dado por ella misma, del que, presumiblemente, le daban las autoridades uniformadas de algunas provincias.

–Estas pensaban, salvo excepciones, que no habrían sufrido la dura resistencia encontrada en Santiago y, antes del pronunciamiento militar, a menudo habrían cultivado relaciones amistosas o, por lo menos de convivencia, con los correspondientes jerarcas o funcionarios provinciales del régimen depuesto. Como consecuencia de todo ello, se habrían vivido, en algunas provincias –y continuarían viviéndose–, situaciones de blandura que podrían estimular un renacer de la resistencia opositora, que era necesario y urgente corregir.

–De estos hechos y consideraciones –al parecer– nació la idea de instruir a las autoridades provinciales (militares) en orden a uniformar y a hacer más rápido y severo el castigo de los delitos de carácter político.

Y así, inician el mes de octubre siguiendo el patrón señalado: ocho seres humanos arrancados a tirones desde sus hogares en una sola noche, uno de ellos ejecutado, los otros siete, detenidos y desaparecidos.

De esta forma dieron inicio, en la tranquila ciudad de Chillán y su entorno rural, a una represión que no tuvo parangón con ninguna otra provincia (excepto Santiago) por su número de víctimas: más de ochenta, entre ejecutados y detenidos desaparecidos, entre el 11 de septiembre y 1 de marzo de 1978. De ese total, cuarenta y seis fueron entre el 1 de octubre y el 24 de diciembre de 1973.

¿Y por qué esa fecha de término tan drástico y emblemático para detener, abruptamente, una operación casi de exterminio con absoluta impunidad en la ciudad de Chillán y alrededores?

La respuesta legal y precisa la da Patricia Parra Poblete, abogada de Derechos Humanos, en el Capítulo IV del libro La justicia tarda... ¿pero llega?

Sin embargo, hay otra explicación.

Justamente, la tarde del 24 de diciembre de 1973, llegó hasta el taller de relojería de Mario Weitzel, ubicado en el mercado de Chillán, una joven campesina que quería vender un reloj muy especial que pertenecía a su familia desde años.

El relojero, de cincuenta y cinco años, estaba abatido. La detención y desaparición de su hijo Patricio desde el 1 de octubre y su búsqueda incansable, le estaban agotando la vida, al igual que a la madre que recorría Chillán preguntando por su hijo que sonreía en una ajada fotografía de tanto apretarla a su pecho.

Pero el reloj en la mano de la joven campesina le habló… ¡era el reloj del Pato…!

El grito ahogado del hombre asustó a la muchacha que huyó olvidando el reloj y arrancó rápidamente. Subió a uno de los autobuses estacionados en el paradero, tratando de escabullirse del hombre que la seguía. Pero no la perdió de vista y acompañado de Juan Philips, el Filipo, amigo inseparable de su hijo, la siguieron, en el viejo furgón, tras el derrotero del microbús rural.

El vehículo de pasajeros se detuvo en las inmediaciones del puente El Ala, camino a Portezuelo, y de él descendió la mujer que, apresuradamente, se encaminó por un sendero casi inexistente hasta perderse tras un tupido follaje. Pero sus pasos no fueron perdidos de vista.

Fue el padre de la muchacha quien le indicó dónde ir, “allí donde había muchos cuerpos, hasta donde llegaban vehículos cada noche y disparaban… allí donde había sacado un reloj de un muertito y algunas otras cositas que había vendido”.

Como arrepentido de esto último, dijo que lo acompañaría un trecho, al tiempo que ponía un saco papero en las manos del padre. Cuando las barandas del puente estuvieron a la vista le indicó por dónde seguir, pero que tuviera cuidado porque siempre volaba un helicóptero y aparecían, de repente, algunas patrullas.

Bastaron algunos metros para orillar el río, en la época poco caudaloso, para encontrarse frente a lo que jamás podría olvidar: ¡cuerpos… tantos cuerpos amontonados… desparramados o flotando en el caudal del río, cercano a la orilla y entre los que comenzó a rebuscar, delicadamente, con sus manos de relojero, como si no quisiera hacerles más daño aún.

Hasta que lo encontró. Ahí estaba su hijo, vestido tal cual fue detenido, incluida su pulsera de plata con el águila en vuelo y el comprobante de su cédula de identidad pedida semanas después del golpe.

Solo atinó a sacarlo de allí, abrazarlo y llorarlo y desatarle las manos amarradas a la espalda con alambre, retirarle un zapato, su identificación, para luego, con delicadeza, envolver su cuerpo en el saco tal cual fuera una mortaja y, ayudado por Filipo, esconderlo alejado del lugar y taparlo con ramas.

Antes de retirarse, también sacó de algunos cuerpos efectos personales, como cinturones, zapatos y lo que fuera posible de identificar.

Atardecía lentamente ese 24 de diciembre de 1973.

El 27 de diciembre, muy temprano, luego de los días festivos de Navidad, se presentó en la Corte de Apelaciones de Chillán para hacer la denuncia. El juez lo escuchó, se hizo el escrito y llamó al jefe de plaza para informar de esta situación citándolo para la tarde para visitar el sitio denunciado.

Y esa misma tarde el relojero se presentó. Frente a los tribunales, camiones con soldados y otros vehículos militares flanqueaban la entrada.

En el caso Puente El Ala no hubo autopsias, no hubo ministro en visita, no hubo abogados del Comité Pro Paz, no hubo protocolo de ninguna especie, solo la palabra de un humilde relojero que no tuvo miedo de infringir la ley levantando y escondiendo el cuerpo de su hijo sin saber por qué, pero sí para qué… para protegerlo de quienes le habían arrebatado la vida.

Solo se pudo identificar el cuerpo de Patricio Weitzel y restos de otro ser humano. Los demás, fueron sacados rápida y subrepticiamente del lugar e inhumados posteriormente, en algún lugar de donde jamás han podido ser rescatados.

Lo de puente El Ala nunca fue noticia, aunque fue el primer hallazgo masivo de detenidos desaparecidos en Chile. Fue anterior a los hallazgos de restos humanos en la cuesta Chada, en Paine, en mayo de 1974, antes de las fosas clandestinas en Yumbel, Laja y Yungay, antes del hallazgo en los hornos de cal en Lonquén, en 1978, que sí fueron noticias.

En esta conmemoración de los 50 años del golpe militar, cumplo con una deuda con mi familia y conmigo misma, con este nuevo libro de investigación periodística que se ha ido escribiendo a través de muchos años.

Puente El Ala y la memoria del río, quizás mi último trabajo, recoge todo el dolor, la angustia, el drama de los familiares al perder a un ser amado en la forma más cruel e injusta que pueda concebir el ser humano… a manos de otro ser humano.

Como mis anteriores libros, rescata fechas, hechos, nombres, situaciones, lugares, víctimas, victimarios, injusticias o justicias tardías o a medias. Sin embargo, esos hechos, nombres y fechas no van en un listado o por orden alfabético. Los crímenes de Chillán y sus alrededores están relatados, brevemente en el mismo día y bajo las circunstancias en que fueron cometidos con el título de “Víctimas de la jornada”.

Además, cuenta del quehacer tenaz de las mujeres de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos y Ejecutados Políticos de Ñuble, que, al igual que las otras agrupaciones que nacieron a lo largo del país, nunca han dejado de buscar… siempre buscar.

Aunque, básicamente, Puente El Ala y la memoria del río es el resultado de una investigación periodística, como todos mis otros textos, incluye relatos íntimos, que duelen y que he ido escribiendo y guardando a través de muchos años. No he tenido el valor de publicarlos, justamente, por ser tan íntimos… hasta ahora, casi a mis ochenta años, cuando mis padres ya no están, porque sé que les habría dolido.

Como autora, me he tomado la licencia de reflejar todo ese dolor inacabado, a través de la historia íntima de una sola familia chillaneja, la nuestra. Y lo hago así, porque estoy convencida de que, de una u otra forma, todas las familias hemos recorrido el mismo camino en este medio siglo, por mantener vivo el recuerdo y la imagen de los nuestros, a los que no se les permitió vivir, como decía mi madre.

Como escribe, con mucho acierto en el prólogo, el periodista Miguel Ángel San Martín, a propósito de Puente El Ala y la memoria del río ahora tenemos otro libro de Ruby más cercano a su corazón…”.

A pesar de la licencia que me he dado a propósito de esos textos, me he exigido ser lo más rigurosa posible a la verdad de los hechos ocurridos en la provincia de Ñuble durante los años de la dictadura, entendiendo que “el periodismo de investigación es un colaborador de la historia”, como dijo mi amiga y colega Patricia Escalona.

El 16 de octubre de 1991, antes de cerrar sus puertas en forma definitiva, la Vicaría de la Solidaridad presentó su última publicación, un libro de investigación, titulado Tumbas de cristal que, paradojalmente, era el primer libro de mi autoría.

Narra el hallazgo de numerosas fosas clandestinas en Pisagua, que conservaban casi intactos, los cuerpos de siete detenidos desaparecidos, de doce ejecutados y restos pertenecientes a dos o tres personas más. También, la inhumación ilegal en la alta cordillera de Valdivia, de dieciocho campesinos en Chihuío, que fueron detenidos por una caravana militar en septiembre de 1973. Y el caso de la detención y ejecución de ocho personas, en Tocopilla, detenidas en septiembre de 1973, cuyos cuerpos fueron explosionados en el socavón de una mina.

El prólogo de Tumbas de cristal lo escribió monseñor Sergio Valech, último Vicario de la Solidaridad y de él quiero rescatar un párrafo que, pienso, describe perfectamente lo que he querido lograr con Puente El Ala y la memoria del río:

–En este libro se recoge parte de la historia personal de algunas de las víctimas de estas situaciones colectivas y del sufrimiento de sus familias. Si bien ellas, solo constituyen una proporción muy pequeña de las víctimas no sobrevivientes de los otros cientos de chilenos, que corrieron la misma suerte a lo largo de todo el país. Seres idénticos a quienes dedicamos este libro, con nombres, rostros, familias, sentimientos y aspiraciones. Su lectura debe comprometernos con sus vidas y con sus muertes… ¡para que nunca más!

Como mis otros libros Puente El Ala y la memoria del río es mi aporte a la memoria.

LA COMISIÓN NACIONAL DE VERDAD Y RECONCILIACIÓN

INFORME RETTIG

A partir del golpe de Estado, y teniendo como base ideológica “la Doctrina de Seguridad Nacional”, se puso en práctica en Chile una política de Estado represiva que tuvo como objetivo sofocar toda amenaza al nuevo orden establecido, recurriendo para ello a la detención, a la tortura, el asesinato, el exilio.

Estas acciones afectaron a miles de chilenos, entre políticos de izquierda, dirigentes sindicales y simpatizantes del depuesto gobierno de la Unidad Popular.

La violación sistemática de los derechos humanos se llevó a cabo a través de los órganos estatales ya existentes –Fuerzas Armadas, Carabineros de Chile, Investigaciones–, mientras que otros fueron creados especialmente para tales efectos: DINA (1974-1977); Comando Conjunto (1975-1977) y Central Nacional de Informaciones (1977-1990), sucesora de la Dina (…).

En los primeros días posteriores al 11 de septiembre de 1973 se registraron caídos en enfrentamientos y víctimas de la violencia política de ambos lados.

A ellas siguieron ejecuciones de varios centenares de prisioneros políticos. Muchas de estas fueron oficialmente explicadas en versiones que la Comisión no ha podido considerar aceptables o convincentes.

Los cuerpos con frecuencia fueron abandonados u ocultados, produciéndose así las primeras desapariciones. Los hechos no fueron judicialmente investigados o sancionados.

Con la consolidación de la Dirección de Inteligencia Nacional las víctimas fueron seleccionadas por las unidades de inteligencia y mantenidas, por lo general, en lugares secretos de detención, donde se les interrogó por personal especializado y se les sometió a torturas. Los cuerpos de quienes murieron en estas circunstancias desaparecieron en forma tal que, buen número, todavía no han podido ser encontrados.

Los sistemas jurídicos normales de prevención resultaron insuficientes. Los recursos de amparo interpuestos no prosperaron luego de que el Ministerio del Interior negara las detenciones. No se practicaron por los jueces, inspecciones a los lugares secretos de prisión o tortura (…).

Las consecuencias de estas violaciones alcanzaron a los parientes de las víctimas, alterando radicalmente sus vidas. Este informe da cuenta también de ello. Muestra el dolor, la marginación y el miedo en que, aún hoy, se debaten esos grupos familiares (…).

Solo con la publicación del Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación 1991, convocada por el presidente Patricio Aylwin; el de la Mesa de Diálogo de Derechos Humanos 1999, convocada por el presidente Eduardo Frei Ruiz-Tagle, y el Informe Valech de la Comisión Nacional sobre Prisión Política y Tortura 2005, convocada por el presidente Ricardo Lagos, se ha podido ir conociendo una verdad oficial sobre el número de víctimas y el destino incierto de un número indeterminado de detenidos desaparecidos.

Octava Región del Biobío: LA PROVINCIA DE ÑUBLE

Informe Rettig

Las víctimas de las violaciones a los derechos humanos de la Región del Biobío superaron las doscientas diez, de las cuales más de setenta pertenecen a la provincia de Ñuble que, a la fecha, era una más de dicha región.

En las provincias de Ñuble y Biobío, la situación fue distinta a la del resto del país dados los conflictos por la propiedad de la tierra. La mayor cantidad de víctimas fueron campesinos u obreros agrícolas, muchos de ellos sin militancia conocida; dirigentes políticos vinculados a organismos agrarios del Estado, como el Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario, INDAP; Servicio Agrícola y Ganadero, SAG; Corporación de Fomento de la Producción, CORFO.

Las formas de mayor ocurrencia de graves violaciones a los derechos humanos denunciadas a la Comisión y analizadas por esta fueron las desapariciones de detenidos y las ejecuciones sin juicio.

La distinción entre ambas situaciones se funda solo en la circunstancia de la aparición posterior o no de los restos mortales de los afectados, lo que ha llevado a la Comisión Rettig a adquirir la convicción moral de que aquellos que figuran como desaparecidos debieron correr idéntica suerte que los ejecutados.

Avala esta conclusión el hecho de que muchos desaparecidos habían sido arrestados junto a otras personas cuyos cadáveres fueron luego hallados y la circunstancia de que varios de esos cuerpos fueron inhumados sin previa identificación.

En la provincia de Ñuble, capital Chillán, cuyas víctimas sobrepasaron las setenta, el control del orden público estuvo a cargo del Ejército y Carabineros, siendo personal de la policía uniformada (Carabineros) el que aparece con mayor frecuencia y con diversos grados de responsabilidad, en la violación a los derechos humanos que fueron denunciados a la Comisión.

Las formas de mayor ocurrencia de graves violaciones a los derechos humanos denunciadas a la Comisión y analizadas por esta, fueron las desapariciones de detenidos en mayor medida y las ejecuciones sin juicio.

PUENTE EL ALA: EL CASO MÁS EMBLEMÁTICO DE LA PROVINCIA DE ÑUBLE

Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación

El Puente El Ala es el viaducto N-60-O, ubicado en la localidad de El Ala, comuna de Chillán, que cruza el río Ñuble; ubicado entre las comunas de Chillán y Portezuelo, en la actual Región de Ñuble.

Es un sitio reconocido en la región por ser un lugar de descubrimiento de detenidos desaparecidos durante la dictadura militar chilena.

A principios de la dictadura militar en Chile el puente fue lugar de descubrimiento de personas asesinadas y/o detenidas desaparecidas, quienes eran arrojadas al río Ñuble desde este viaducto.

El caso más emblemático en la zona fue el de Patricio Weitzel Pérez, de veintisiete años de edad, quien fuera encontrado muerto por su propio padre, el relojero Mario Weitzel, el 24 de diciembre de 1973, junto a nueve cadáveres más. El joven había sido detenido el 1 de octubre del mismo año en el Retén de Avenida Schleyer de Chillán. También en el lugar fueron encontrados los restos de José Gregorio Retamal Velásquez y de Juan Poblete Troppa.

La Comisión de Verdad y Reconciliación determinó, en el Informe Rettig, que la posibilidad de que a las nueve personas encontradas por Mario Weitzel Trincado se les haya asesinado en el mismo lugar donde fueron encontrados, corresponden a las circunstancias en que se desenvolvieron los acontecimientos (caso Puente El Ala).

Hacia 1973 o 1974 el puente es quemado y destruido por desconocidos dejando a la comuna de Portezuelo alejada de la capital de la entonces provincia de Ñuble. No fue hasta 1993, cuando el alcalde de Portezuelo, Luis Medina Canales, solicitó al presidente Patricio Aylwin la reconstrucción de este viaducto.

EL MEMORIAL PUENTE

En 1996 fue creado un monumento en recuerdo a los detenidos desaparecidos en el sitio, obra de la artista Sandra Santander, que consta de una escultura de acero de diez metros de altura. Fue inaugurado el 1 de diciembre de 1996 con la presencia del ministro de Obras Públicas, Ricardo Lagos.

Es un monumento ubicado al costado del puente El Ala, en el camino que une a la localidad de Portezuelo con la ciudad de Chillán, en la comuna de San Nicolás, de la Región de Ñuble, Chile. Su estructura es de acero y rieles, con una base de concreto. A sus pies, las palabras grabadas sobre una piedra:

A nuestros hijos, esposos, padres y hermanos que vivieron con dignidad y sencillez y que contuvieron sin embargo el firmamento.Recuerden, ustedes que pasan,que aquí ninguno, nada ni nadieestá olvidado. Raúl Zurita

En el mes de mayo de 2023, poco antes del cincuentenario del golpe militar, el puente El Ala fue declarado Monumento Histórico por el Consejo de Monumentos Nacionales.

II LAS HORAS MÁS OSCURAS

Ha llegado la hora vestida de pánicoen la cual todas las vidas carecen de sentido.

Pablo de Rokha

No dudamos que la literatura es también una forma de hacer justicia.

Andrés Aylwin Azócar

Santiago, 11 de septiembre de 1973

14:00

Hace frío en los subterráneos del diario La Nación y en donde las gigantescas prensas y rollos de papel periódico para esas máquinas parecen dinosaurios agazapados en la semioscuridad, como amedrentados por los uniformados que no cesan de hacer rondas entre las máquinas y el grupo de personas sentadas en el suelo con las manos en la nuca.

Y entre esa veintena de hombres, solo dos mujeres: la secretaria, Dora Antuña, embarazada; y yo, Ruby Weitzel, periodista y jefe de Informaciones del diario La Nación, hasta ese día. Ambas, como el resto, viviendo una pesadilla desde hace muchas horas. Calculo que deben ser cerca de las dos de la tarde, o quizás menos, mucho menos, pero he perdido la noción del tiempo desde que salí de mi casa, antes de las ocho de la mañana.

Con sigilo he logrado sentarme en un paquete de diarios. El suelo duro y frío me ha entumecido, pero entre los periódicos he logrado darme un poco de calor y me ha permitido apoyar los codos sobre ellos.

MOSCÚ: ANTESALA DE MUNICH… alcanzo a leer a hurtadillas y me sobresalto… es el titular de primera página que yo misma seleccioné la noche recién pasada para la portada de hoy, del 11 de septiembre… para hoy… ¿para hoy?... me repito a mí misma, ¡sin convencerme de que eso fue solo anoche! Pero parece tan lejano.

Con el pie, logro voltear uno de los paquetes y veo las dos grandes fotografías que acompañan el titular principal. En una de ellas, Carlos Caszely cabecea una pelota en el último partido, cuando la selección le metió “5 pepas al seleccionado de Río Grande”, como argumentó don Lolo Fernández, el jefe de Deportes, para convencerme que aquel era el título de portada para ese día martes 11 de septiembre.

Y por supuesto que era lo más notable. El “equipo de todos”, como decía la bajada, iniciaba esa misma tarde la gira que culminaría el 26 de septiembre, cuando se enfrentara con la selección soviética por las eliminatorias del campeonato mundial 1974, en Alemania.

Hasta entonces, aquello era lo más importante de Chile. Nada, absolutamente nada, hacía presagiar lo que había sucedido justamente ese día; lo que habían presenciado mis ojos y que, de solo recordarlo y vislumbrar sus consecuencias, se me aprieta el alma en un puño.

Los discursos del presidente Allende, las proclamas y amenazas de una junta militar, los tanques disparando, el rugiente paso de los aviones, y, finalmente, el bombardeo aéreo contra La Moneda que presencié con espanto y que me tiró contra el piso. Y luego la carrera desenfrenada bajando los tres pisos para alcanzar el subterráneo hasta donde había corrido el director, Óscar Weiss, minutos antes, llamándome a gritos.

Todo ha ocurrido tan de prisa, que me cuesta pensar que no lo he imaginado, es como si el mundo se hubiera enturbiado y todo se hubiera escapado, difuso, como en un sueño.

Pero recuerdo el miedo que sentí cuando corría hacia los subterráneos mientras escuchaba tras de mí las pisadas de un tropel de soldados que ha aparecido tras el monstruoso blindado entrampado entre los muros del edificio. Pero no alcanzo a correr mucho más. Los gritos nerviosos de “¡arriba las manos… no se mueva nadie!” me paralizan unos metros antes de llegar junto a Óscar Weiss que, con las manos en la nuca, me mira lívido, inmóvil, demudado.

Hay mucha gente que no conozco, que no es del diario. Pero están todos paralizados, como si el tiempo se hubiera congelado en ese subterráneo. Solo se mueven cuando, a golpes y culatazos, comienzan a arrearnos hacia una especie de corral flanqueado por enormes bobinas de papel para diario, y somos conminados a sentarnos en el suelo, sin movernos, sin hablar, con las manos en la nuca. A pesar de todo, allí me siento más segura, como si las bobinas, con restos de papel en que se han impreso los diarios, más que aislarnos, nos protegieran de la amenazante estampa de los soldados, que no dejan de vigilarnos.

De allí en adelante el tiempo se arrastra lento, pesado, silencioso, y solo la ronda de unos cuantos soldados que nos patean e insultan si alguien se mueve, mece esas horas inmóviles.

Ignoramos lo que ocurre en el exterior y no hay mucho más que especular sobre ese momento. También es incierto lo que vendrá en las próximas horas, en los siguientes días, lo que nos puede ocurrir a partir de ese momento. Mi pensamiento se va por derroteros hasta ahora inexplorados, más cercanos a las personas que a los hechos. Mis amigos, mi familia. Pienso en mis hermanos. ¿Correrán ellos algún riesgo en la provincia?

Se me viene a la mente mi lejano Chillán, donde residen mis padres y algunos de mis hermanos menores. No, no hay por qué preocuparse. A pesar de estar al tanto de la convulsionada situación política del país, la ciudad de Arrau, O´Higgins y los Parra, sigue siendo tranquila, en comparación con lo que ha estado ocurriendo en la capital. Mi hermano Freddy, que a los 23 años ya es gobernador de Yungay, me ha puesto al tanto de la verdadera situación de la provincia; especialmente de Yungay, el pequeño pueblo campesino ubicado hacia el interior de Chillán.

–¿Y has sabido del Pato? –pregunto, finalmente, a Freddy.

–Sí, sigue trabajando con el viejo en el taller de relojería y a veces colabora con los inspectores de Dirinco. Pero está bien, la semana pasada anduvo por acá porque tuvimos una reunión de la JRR. Tú sabes que él es secretario…

El grito del uniformado exigiendo atención, arranca de golpe mis pensamientos. Me estremezco al sentir en mis piernas y brazos acalambrados la fría humedad del lugar.

–Les aviso a todos los que se encuentran aquí, que hay toque de queda dentro de 15 minutos… así que el que quiera irse, ¡que se vaya ya!

El codazo de mi jefe, sentado a mi lado llamando su atención, me hace saltar.

–¡Párese, que nos vamos al tiro! –me susurra, imperioso.

No alcanzo a esgrimir lo del toque de queda cuando, ya de pie, Óscar Weiss me tironea, al tiempo que grita: “¡Nosotros nos vamos, señor!”. Yo, como una niña, me dejo guiar por la mano de mi jefe que se planta ante el uniformado, al que le repite, mirándolo desafiante: “Nosotros nos vamos”.

–Está bien… pero bajo su propia responsabilidad… aquí no estamos deteniendo a nadie. Tengan cuidado, hay toque de queda, ¿usted sabe lo que eso significa? –le responde, burlón, mirándolo de arriba abajo.

–No se preocupe vivimos cerquita –y me arrastra para que siga sus renqueantes pero decididos pasos, al tiempo que me murmura que no deben quedarse allí.

Sin mirar atrás abandonamos el frío subterráneo hasta alcanzar el hall, que presenta un aspecto ruinoso y desolador. El cañón del tanque aún obstaculiza el acceso al diario, pero por un costado estrecho logramos deslizarnos hasta alcanzar la acera de la calle Agustinas.

–¡Vamos, corra detrás de mí! –me ordena una vez más el director.

Pero una voz de “alto” nos hace detenernos cuando apenas llevamos un par de metros recorridos. Nos ordenan poner las manos en la nuca y volvernos lentamente. Al girar, vemos al uniformado que nos apunta y nos conmina a dar nuestros nombres. Apenas pongo atención a lo que responde el director, demasiado impresionada por lo que tengo ante mis ojos.

El enorme blindado parece incrustado en la entrada del diario y no me explica cómo pudimos hacernos tan flacos para pasar por su costado. Numerosas perforaciones en el frontis, además de la destrucción provocada por el tanque al embestir contra las puertas, le están diciendo que el diario fue blanco de balas de grueso calibre y otras menores. El letrero luminoso con el nombre de La Nación, cuelga desde uno de sus extremos, casi rozando la torreta del vehículo militar.

¿Qué vendrá ahora?

(RWP)

Chillán, 11 de septiembre de 1973

07.30

–¡Señor gobernador, diríjase de inmediato a la Gobernación! Arregle las cosas que tenga que arreglar… en una hora más iré a detenerlo.

Y colgaron.

Pero el gobernador, del pequeño pueblo de Yungay, reconoció la voz del sargento Ramírez, su amigo carabinero del retén de la localidad y piensa que es una broma más de las que suelen hacerse. Sin embargo, algo en su tono de voz lo inquietó. Como estaban las cosas en el país, no eran tiempos para ese tipo de bromas. Y el pueblito de Yungay no era una excepción.

Por algunos segundos, Freddy Weitzel, el joven gobernador de Yungay, se quedó mirando el auricular que aún zumbaba en su mano como si este pudiera agregar algo más; pero luego, con golpe seco colgó el teléfono y solo se le ocurrió prender la radio y sintonizar cualquier dial, hasta dar con una en la que reconoce la voz del presidente Allende, al parecer, finalizando alguna intervención radial, cerca de las ocho de la mañana.

(…) en estas circunstancias, tengo la certeza de que los soldados sabrán cumplir con su obligación. De todas maneras, el pueblo y los trabajadores, fundamentalmente, deben estar movilizados activamente, pero en sus sitios de trabajo, escuchando el llamado que pueda hacerle y las instrucciones que les dé el compañero presidente de la República.

¿Qué estaba pasando?, ¿qué más habrá dicho el presidente Allende para que Ramírez lo llamara y le dijera que iría a detenerlo?, piensa, mientras a paso rápido se dirige al baño intentando ordenar sus pensamientos y definir cuáles deben ser sus siguientes pasos.

–¡María Teresa!, algo grave está pasando en Santiago con el gobierno –le dice en voz alta a su pareja, sacudiéndola por un hombro sin muchos miramientos, tan impropio de él.

–¿Qué… qué pasa?

–Que parece que hay un alzamiento de milicos contra Allende y la cosa parece que va en serio esta vez.

–Pero, ¿cómo sabes? ¿Quién te avisó? Acuérdate que desde el “tanquetazo” anda el rumor de golpe –atinó a responder María Teresa, aún no del todo despierta.

–Porque habló el presidente hace un rato por la radio, diciendo que los soldados sabrían cumplir con su deber, pero yo no alcancé a escuchar el comienzo. Además me llamó el paco Ramírez desde el retén y me dijo que me fuera al tiro a la Gobernación porque en una hora más me iban a detener y que…

–¿Qué… que te van a detener? Pero, ¿por qué, Freddy?

–Porque soy gobernador, mi amor, soy autoridad de gobierno y si quieren derrocar al presidente, cago pila no más… puh.

¿Cómo explicarle a la joven, en tan pocos minutos, que no solo es la autoridad máxima de Yungay? Sino que además es responsable de todo lo que ha ocurrido en ese pequeña comuna agrícola, forestal e industrial, ubicada a unos 67 kilómetros al sur este de la ciudad de Chillán, capital de la Provincia de Ñuble.

La planta Cholguán, ubicada a escasos cinco kilómetros de Yungay, la otrora dinámica empresa, se ha transformado en otro nudo de la discordia entre el empresariado, sus trabajadores y el gobierno luego que, en abril pasado, el gobierno popular anunciara su decisión de traspasarla al Área Social, como muchas otras empresas estratégicas. Desde hace meses está paralizada y tomada por la mitad de sus trabajadores que apoyan la decisión gubernamental, en tanto la otra mitad se opone a tal medida, provocando con esto violentos incidentes que han convulsionado el que antaño fue un tranquilo poblado.

El nuevo repiqueteo del teléfono interrumpe sus pensamientos y el gobernador debe correr de nuevo al comedor, oportunidad que aprovecha María Teresa para vestirse, tirarse un poco de agua a la cara, tomar su cartera y plantarse junto a su pareja, que aún habla por teléfono.

–¡Freddy!, coloca la radio, está hablando el presidente, ahora sí que el golpe va en serio –escucha una voz que no logra identificar y que le grita al oído.

“Las noticias que tenemos hasta estos instantes nos revelan la existencia de una insurrección de la Marina en la provincia de Valparaíso. He ordenado que las tropas del ejército se dirijan a Valparaíso para sofocar este intento golpista. Deben esperar las instrucciones que emanan de la Presidencia.

Tengan la seguridad de que el presidente permanecerá en el Palacio de La Moneda defendiendo el gobierno de los trabajadores…

–¡Chuuuuu…! ¿y los otros milicos apoyan al Gobierno?

–¡No sé, huevón!, eso es todo lo oficial que sé.

María Teresa aprieta la mano de Freddy que ha caído sin fuerzas a lo largo de su costado, como si un gran peso se hubiera asentado sobre sus hombros. Él mira su rostro, buscando la respuesta que espera al teléfono, pero el tono de su voz al despedirse de quien lo ha llamado le está diciendo más que las palabras.

–Ya, huevón, cuídate. Aquí todavía no se ve nada anormal, excepto que me avisaron que tengo que irme a la Gobernación porque me van a ir a detener… ¡sí, huevón, a detenerme! Me avisaron… de verdad…

–¿Y para dónde voy a arrancar, huevón… a Chillán, a la casa de los viejos? Estái más huevón, si no me encuentran en la Gobernación me van a ir buscar donde sea. Además no tengo por qué esconderme, soy autoridad de gobierno y militante de la JRR… no del MIR… Ya, chao, cuídate, viejo y ándate mejor para tu casa a estar con tu familia.

–¡Vamos, paloma, vamos a la Gobernación a ver qué pasa, pero pase lo que pase vas a hacer y a decir lo que yo te diga, ¿de acuerdo?

–Si, Freddy, te lo prometo.

A las ocho y media de la mañana y tomados de la mano, la joven pareja cruza la arbolada plaza de Yungay, rumbo a la Gobernación, saludando a los vecinos que a esa hora de la mañana van rumbo a sus trabajos, quizás sin tener idea de lo que está ocurriendo en la capital, ni menos a su vecino y autoridad.

El modesto edificio de la Gobernación está desierto y desde la ventana de su oficina, el gobernador observa el furgón de Carabineros que se detiene frente a las dependencias gubernamentales. De él descienden dos uniformados premunidos de sendas metralletas, que avanzan con paso lento hacia la entrada principal, no sin antes observar los alrededores.

–María Teresa –llama en voz baja–, ahí vienen por mí. Acuérdate de lo que te dije. Si te llegan a preguntar algo, tú no me conoces; di que viniste desde Chillán a realizar algunos trámites. Yo los voy a esperar en la puerta, para que no entren hasta acá.

–¡Pero Freddy, te van a detener, por lo menos tengo que saber a dónde te llevan, no puede ser que te arresten así no más, algo tengo que hacer!

–La única forma de ayudarme es saber que no te van a involucrar conmigo. No me va a pasar nada y no quiero que te pase algo a ti. Ándate al tiro a Chillán, a la Kennedy, y avísale a mis viejos lo que pasó, pero sin alarmarlos. Si puedes, anda donde el Pato y el Tito y diles que si pueden que se fondeen por si acaso. Ellos también son de la JRR. Entra ahora a la sala de espera y siéntate ahí tranquila. En unos días más voy a estar en casa.

Un beso fugaz y ella desaparece, mientras él se dirige a la entrada del edificio de la Gobernación en el instante mismo en que los uniformados llegan hasta allí.

–Señor gobernador, por orden de la Junta Militar usted queda detenido.

Freddy Weitzel solo asiente con un gesto y mira a los ojos al cabo Ramírez, su risueño compañero de habitación en la residencial, hasta hace algunos meses. El mismo, ahora muy serio, que hace una hora lo llamara por teléfono a su casa.

–¿Está listo para acompañarnos?

–Si, estoy listo –responde, avanzando un par de pasos para evitar que los carabineros ingresen al recinto donde ha quedado María Teresa.

–¿No quedó nada pendiente que deba hacer adentro?

La mirada de Ramírez baja hasta su cintura y allí se posa intencionadamente por algunos segundos, para volver a clavarla en los ojos del joven gobernador. Entonces, Freddy siente la dureza de la pistola que, en un gesto ahora inexplicable, se colocó bajo el cinturón antes de salir de casa, al tiempo que se echaba una caja de balas al bolsillo.

–No, no, nada pendiente, pero ¿podría ir al baño? –las palabras salen por sí solas de su boca, casi sin pensarlas y sin un objetivo claro.

–Sí puede, pero yo lo acompaño. ¡Cabo Valenzuela!, permanezca aquí mientras yo acompaño al gobernador y chequee a toda persona que transite por este sector.

Nervioso y enojado consigo mismo por la torpeza cometida, el gobernador camina hacia el baño pensando que, como sea, debe deshacerse del arma.

–Deje la puerta abierta, por favor –le dice el cabo Ramírez, mientras se aposta en la entrada sin perderlo de vista.

Luego de bajarse el cierre del jeans, y tal como lo haría un prestidigitador, su mano derecha coge la pistola y la deja caer en el excusado, mientras tose ruidosamente para amortiguar el ruido del arma que, a pesar de chapotear en el agua, golpea en el fondo del inodoro.

A hurtadillas, mira hacia atrás y se percata de que el sargento Ramírez ha visto cada uno de sus movimientos. Se queda quieto, esperando cualquier cosa. Pero el uniformado no dice nada. Entonces comprende la complicidad de su amigo, manifestada desde el momento mismo en que le avisó que sería él quien iría a detenerlo. Decidido y sin cautela, rápidamente, hace que la caja de balas siga el mismo camino que la pequeña pistola.

Lavarse las manos le da la oportunidad de mojar su rostro y beber el agua fresca que calma un poco su nerviosismo.

Al salir ni siquiera mira a la joven cuando pasa frente a ella, camino al vehículo, al que ingresa luego de que el carabinero lo esposara con las manos por delante y le murmurase: “Te voy a llevar al retén y luego a la cárcel, los milicos ya están por llegar y si te toman ellos…”.

María Teresa se percata de este breve diálogo. En la actitud del uniformado, al que sabe amigo de Freddy, advierte cierta complicidad, que mitiga algo la angustia que la domina. Sin embargo, ese pequeño remanso no dura mucho. Cuando el vehículo de Carabineros se pierde tras los árboles de la plaza, toma conciencia plena de lo que está sucediendo.

(RWP)

LA CIUDAD FUE TOMADA POR LA AUTORIDAD

CristiÁn Álvarez Álvarez/Relatos de vida en tiempos de dictadura

Al poco transcurrir de la dictadura, quedó claro que la estadía de los militares no sería de paso, ni transitoria, según ellos, la tarea de reconstruir moral, institucional y materialmente el país, requiere de una acción profunda y prolongada. La principal excusa para este actuar era “salvarnos del marxismo”.

En la ciudad de Chillán, los acontecimientos del golpe de estado, no tuvieron las características cinematográficas de Santiago, con La Moneda bombardeada desde el aire, ni con la trágica muerte del presidente de la República. Pero Chillán no estuvo exento del tinte de represión, de autoritarismo y de crueldad, que se imprimió en el resto del país.

El mismo 11 de septiembre la ciudad fue tomada por las autoridades militares y las detenciones y allanamientos, especialmente a empresas, poblaciones, sedes de partidos políticos, asentamientos campesinos, centros educacionales, universidades, entre otras, comenzaron el minuto uno de la dictadura militar (…).

Lo que debía restringirse al ámbito de la ficción, cruzó la barrera de lo real y un verdadero operativo de guerra se llevó a cabo en las calles de Chillán. Cinco horas antes de que en Santiago cayeran los Hawker Hunter sobre La Moneda, en Chillán, patrullas militares y de Carabineros salieron a la calle y sitiaron la Gobernación Provincial en los edificios públicos. Unos veinte carabineros subieron las escalinatas y efectuaron los primeros operativos de detención de autoridades del gobierno de Salvador Allende.

En relación con la capacidad represiva que tuvieron los militares al momento de tomar el poder por la fuerza y con un carácter arbitrario, este accionar fue intencionalmente generado y permitido para infundir un terror generalizado en la población para, de esta forma, amedrentarla para facilitar el control de los futuros escenarios.

La ciudad, desde ese mismo instante, estaba bajo las órdenes del coronel Juan Guillermo Toro Dávila, que en su calidad de máxima autoridad de la provincia de Ñuble, procuró que se tomaran todas las medidas posibles para mantener la tranquilidad de la población y poder detener a las personas que estuvieran en contra de la Patria; fue así como estaría prohibido atacar a las Fuerzas Públicas y todo aquel que lo hiciera sería castigado, por estar la ciudad en Estado de Sitio. Es así como en un comunicado del 14 de septiembre, el coronel Dávila enunciaba lo siguiente:

Todo aquel que se enfrente a las fuerzas del orden será considerado francotirador y, como tal, se efectuará sobre él, en forma enérgica y con toda la potencia de las armas de fuego y los que sean tomados prisioneros se les aplicará la acción de los tribunales militares en tiempos de Guerra y serán fusilados. Firmado: Juan Guillermo Toro Dávila, coronel, jefe de Zona en Estado de Sitio (…).

Tanto era el nivel de miedo y paranoia en la población chillaneja que en los primeros meses del golpe algunas personas en sus casas empezaron a quemar y borrar cualquier texto, libro, póster que tuviera relación con la Unidad Popular o con un partido de izquierda, por el temor a ser allanados por los militares y ser acusados de ser marxistas (…).

Las detenciones y torturas no respetaban edad ni sexo, fueron sistemáticas sobre las personas que simpatizaban con el gobierno de Salvador Allende, que por el solo hecho de pensar distinto, fueron pasadas a llevar y violentadas en sus derechos (…).

OPERATIVO DE GUERRA CON AMENAZAS DE FUSILAMIENTOLA DISCUSIÓN PASÓ A SER VIGILADA POR MILITARES

CRISTIÁN ÁLVAREZ Álvarez/Relatos de vida en tiempos de dictadura

Apenas los militares pasaron a tomar el control de la ciudad, directa o indirectamente, los chillanejos comenzaron a sentir en carne propia los efectos del golpe. Pese a que decenas de ciudadanos vieron atónitos la detención de las autoridades, la mayoría se enteró a través de la radio de que algo extraño estaba ocurriendo esa mañana en el país.

Las primeras informaciones se conocieron a las 7.40 horas por medio de despachos de radio Agricultura y que daban cuenta de “un inusual movimiento de tropas de Carabineros frente a La Moneda". Minutos antes, había ingresado hasta el palacio el presidente Allende. Algunas emisoras chillanejas comenzaron a transmitir en cadena con emisoras nacionales, dando cuenta de los primeros bandos provenientes de la Junta de Generales, integrada por José Toribio Merino, en representación de la Marina; Gustavo Leigh por la Aviación; César Mendoza por Carabineros y Augusto Pinochet por el Ejército. Los militares se hacían con el poder y pedían la inmediata renuncia al presidente Allende.

En la capital de Ñuble, cerca de las 11 horas, el comercio cerró sus puertas y el transporte dejó de funcionar, como consignó La Discusión en su edición del 12 de septiembre de 1973.

Mientras, la escasa locomoción colectiva de la época paró sus recorridos, los camiones fueron retenidos en la carretera. En Ferrocarriles, el tránsito quedó prácticamente suspendido y solo alcanzó a llegar el “ramal” de Concepción que había salido a las 7.30 horas desde la estación penquista. El “rápido” entre Puerto Montt y Santiago fue autorizado a seguir solamente a las 14 horas, hasta Talca. Mientras, regresaron a Concepción dos trenes más para evitar que pasajeros quedaran en rutas intermedias, alejadas de sus domicilios.

TONADAS Y MARCHAS MILITARES

CRISTIÁN ÁLVAREZ Álvarez/Relatos de vida en tiempos de dictadura

Los medios de comunicación quedaron supeditados a un fuerte control militar.

–Recibimos una llamada, que a partir de ese momento, había que colgarse a una red nacional y cambiar la programación musical. Debíamos incluir tonadas, marchas y música orquestada –explica Jaime Garrido, controlador de radio La Discusión, para el 11 de septiembre de 1973. Ese día, los amantes del cine debieron posponer su pasión cinéfila.

En el Cine Central, en calle Constitución, donde actualmente funciona un Teletrak, se exhibía en rotativo doble la película La batalla de Waterloo, con Rod Stiger y Christopher Plummer, además de Guía para una mujer casada, con Walter Matthew. En los cines Mafor (adosado al Cuerpo de Bomberos) y O’Higgins, se proyectaba el western italiano Shoot Nool, con George Hilton y Fernando Sancho, junto con Remolino de pasiones.

El servicio telefónico y télex quedaron interrumpidos y el único canal de televisión, Televisión Nacional (señal 6) dejó de transmitir por interrupción del servicio por parte de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones. Aunque fue autorizado a circular, a partir del 11, La Discusión pasó a ser vigilada por militares y el material publicado estuvo en gran parte mediatizado por los bandos militares emanados desde la jefatura de la zona en estado de sitio.

–Ese día, los periodistas trabajamos hasta las 15 horas debido al toque de queda. Eso significó que por primera vez pasáramos a tener hora de cierre, ya que hasta ese entonces el tipo de impresión permitía levantar informaciones sin restricciones horarias –indicó la periodista Patricia Orellana, quien estuvo ese día trabajando en este diario.

A las 15 horas, las calles de Chillán quedaron desiertas y cientos de vecinos se mantuvieron pegados a la radio para conocer las informaciones, que daban cuenta de los bandos militares de la Junta. Para tales efectos fueron autorizadas para funcionar las radios La Discusión, Ñuble y Los Héroes, además de radio Prat en San Carlos (…) Las clases quedaron suspendidas.

En los bandos emitidos por las nuevas autoridades, comenzaban a publicarse los nombres de las personas que debían presentarse ante la autoridad en el Regimiento “Chillán”. Se supo, además, la destitución de los delegados zonales de diversas instituciones públicas, como INIA-Quilamapu, servicios eléctricos, de gas y teléfonos, puestos que fueron asumidos por militares o civiles colaboradores con el nuevo régimen.

LA PRENSA AMORDAZADA

Verónica Tognola / Gigliola Savignone

A partir del 11 de septiembre de 1973 la junta militar que asumió el poder luego del golpe militar, practicó la censura total a los medios de comunicación. Esta se aplicaba antes de que las publicaciones, emisiones televisivas y radiales fueran vistas o escuchadas por la ciudadanía. Posteriormente fue la autocensura, por temor o por costumbre.

Desde esa fecha, hasta diciembre de 1973, los medios de comunicación debieron someterse y limitarse a dar lectura o a publicar los bandos militares oficiales, basados en las atribuciones que otorga el Estado de Sitio y/o el Estado de Emergencia, el primero de los cuales ordena que “la prensa, radiodifusoras y canales de televisión adictos a la UP deben suspender sus actividades” (…).

El primer bando dictado por el gobierno ordena el fin de los diarios Clarín, El Siglo, Puro Chile y Las Noticias de Última Hora (…). Las revistas Ahora, Hechos Mundiales, Mayoría, Mundo, Onda, Paloma, Punto Final, Ramona y otras tantas fueron cerradas o clausuradas al igual que las imprentas o editoriales donde se imprimían.

Unas cuarenta radioemisoras a lo largo del país (…) pasaron a ser administradas por el nuevo gobierno que forma una cadena radial denominada Radio Nacional de Chile. También se cierran algunas agencias noticiosas.

Por supuesto que el resto del país no estaba exento de estas limitaciones y prohibiciones y es así como el centenario diario La Discusión, el único medio escrito de la provincia, y las radioemisoras, las que no fueron silenciadas, nada pudieron hacer al respecto.