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El veterano periodista anglo argentino se mete en el corazón del rugby para relatar una historia como ninguna otra en el deporte Argentino. Apasionantes, coloridas, controvertidas, violentas, chocantes, hermosas son algunos adjetivos que pintan las historias que salen de estas emocionantes páginas contadas en primera persona y a través de testimonios de los mismos jugadores y entrenadores. La prensa dice: "Allí donde hubo rugby, estuvo Rex. Allí donde hubo Mundiales y Juegos Olímpicos estuvo Rex. Por eso y por ser un detallista perseverante, en este libro se encuentran testimonios y datos que pintan cómo es la idiosincrasia del rugby argentino…" (Jorge Búsico, La Nación). "Pocos tienen un mejor "feeling" del rugby argentino que Rex Gowar. Ha seguido a los Pumas durante décadas y su experiencia fluye de cada párrafo. Una fascinante e instructiva historia… disfrútalo con una copa de Malbec en la mano."… Robert Kitson, The Guardian La manera en que Rex narra y describe los hechos, es poco convencional, pero a la vez, dinámica e interesante. Ocurre aquí que los mismos protagonistas cuentan con sus testimonios y sucesos vividos, la red que enlaza a la atrapante y apasionante historia de nuestro Seleccionado… Marcelo Loffreda, Puma
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Seitenzahl: 415
Veröffentlichungsjahr: 2023
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SUPERVISIÓN GENERAL: Cristina Lafiandra
DISEÑO GRÁFICO: Karina Di Pace
FOTOGRAFÍA DE TAPA: Rex Gowar, Pumas contra Australia,
Ferro Carril Oeste, 1979
Primera edición en inglés: Polaris Publishing, 2022.
© Rex Gowar
© de todas las ediciones en español, Ediciones Infinito
Buenos Aires, Argentina
e-mail: [email protected]
http://www.edicionesinfinito.com
ISBN978-987-3970-39-9
Hecho el depósito que marca la ley 11.723.
Buenos Aires, 2023.
La reproducción total o parcial de este libro, en cualquier forma que sea, por cualquier medio, sea éste electrónico, químico, mecánico, óptico, de grabación o fotocopia no autorizada por los editores, viola derechos reservados. Cualquier utilización debe ser previamente solicitada.
Digitalización: Proyecto451
Gowar, Rex
Pumas : su historia / Rex Gowar. - 1a ed - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Infinito, 2023.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN978-987-3970-39-9
1. Deportes. I. Título.
CDD796.333
Rex Gowar es una persona que ha vivido el deporte en primera persona. Como espectador y como periodista. Su vida entre Londres y Buenos Aires, con intervalos en Roma y París, y su extensa lista de coberturas de distintos acontecimientos, le die-ron a lo largo de los años una valiosa cuota de experiencia que en buena parte está volcada en este libro, al que ahora pode-mos gozar en español después de transformarse en el primero en inglés en retratar la historia del rugby argentino a través de los Pumas.
El viaje de Rex comienza de niño en los hombros de su padre inglés viendo un partido de rugby en Buenos Aires; siguió, ya de adolescente, como hincha de la selección argentina de fútbol en el partido contra Inglaterra por los cuartos de final de la Copa del Mundo de 1966 en Wembley y, 10 años más ade-lante, como testigo privilegiado de uno de los Test matches más emblemáticos en la historia del seleccionado nacional (la derrota en 1976 en Cardiff ante el extraordinario Gales de los 70, el de
Gareth Edwards y compañía, un ballet con música de los Beatles) y luego, como fotógrafo y periodista, retratando los pasos de los Pumas en partidos internacionales y en Copas del Mundo. Allí donde hubo rugby, estuvo Rex. Allí donde hubo Mundiales y Juegos Olímpicos, estuvo Rex. Por eso, y por ser un detallista perseverante (don que seguramente adquirió de sus largos años en agencias de noticias), en este libro se encuentran testimonios y datos que pintan cómo es la idiosincrasia del rugby argentino que, si bien tiene un origen británico, con el paso de los años fue adoptando un perfil propio y casi único en el mundo.
Rex recorre a lo largo de estas páginas hitos, giras, clubes, personajes emblemáticos, partidos, costumbres, y se anima también a no dejar de lado episodios que mancharon y afec-taron al rugby, como el caso Puccio o los desaparecidos en la última dictadura militar.
Pude comprobar, a través de comunicaciones telefónicas, mails o whatsapp, en Buenos Aires y en Londres, el empeño y la dedicación que Rex le destinó a este libro. Hasta último mo-mento chequeó todas las fuentes posibles, el material disponible o el llamado que completara la historia que él quería escribir. El resultado es este libro que, bienvenido como todo libro, llega para engrosar la no muy numerosa biblioteca que tiene el rugby en la Argentina. Con un extra: es un libro escrito por alguien que es tan argentino como inglés, lo que le da una mirada más pro-funda y exenta de todo localismo a la leyenda del seleccionado argentino de rugby.
Jorge Búsico
PERIODISTA DEPORTIVO
La característica más notable de los Pumas es haber superado casi siempre las expectativas. Los inspira una encendida pasión por su deporte y los colores de su camiseta. Cantan el himno nacional con más fervor que cualquier otra selección antes de los Test matches, a los que generalmente van de “punto” frente a las grandes naciones del rugby.
Aún después de ganarse un lugar entre los “Top Ten” y asegurar su participación en un torneo anual de primer nivel —el Rugby Championship del hemisferio sur— tienen que so-breponerse a la desventaja de ser una nación de rugby amateur con un pequeño plantel de jugadores profesionales.
Sin embargo, es esa ética amateur, anclada en un cerra-do núcleo de clubes, la que se granjeó la admiración de todo el mundo y los acompañó en la transición a la era profesional, imbuidos de los valores de un deporte que consideran como un modelo de vida en cualquier ámbito.
Los Pumas han tenido sus altibajos, épocas de oro y otras en las que enfrentaron grandes escollos, a veces por culpa de la Unión Argentina de Rugby, en su afán por proteger el modelo amateur de sus clubes y el temor a que el profesionalismo lo pusiera en peligro.
El rugby en la Argentina ha tenido dificultades por ser ca-talogado como un deporte practicado por una élite social, a la que sus críticos atribuyen una mezcla de sentido de pertenencia y superioridad para explicar casos de comportamiento violento fuera de las canchas.
Pero es la gente involucrada en el rugby argentino y en el ambiente de los clubes amateurs que forman parte esencial de su vida la primera en deplorar los incidentes que le dan mala fama a su deporte, si bien no siempre ha sabido actuar para corregirlos.
Hay innumerables ejemplos de cómo la comunidad del rugby argentino superó dificultades, a veces enormes, y se brindó en igual medida dentro y fuera del campo de juego, por ejemplo, llevando el rugby a los barrios pobres y las cárceles.
Esta es la historia de su equipo.
Rex Gowar
Una serie de brillantes e icónicos tries marcan el progreso de Ar-gentina hacia los primeros planos del rugby internacional, empezan-do por el que hizo el centro tres cuartos Marcelo Pascual para los nuevos Pumas, en su histórica victoria por 11–6 contra los Junior Springboks en Johannesburgo, en 1965.
Pocas fotografías deportivas —y seguramente ninguna de un partido de rugby— tuvieron tanta difusión en los medios argentinos como aquella de la dramática zambullida de Pascual al ingoal, un impacto que se acerca al de la imagen “Mano de Dios” de Diego Maradona contra Inglaterra, en el Mundial de fútbol de 1986.
Fueron los primeros puntos que marcó Argentina en el mi-nuto 16 del Test match, a los que siguieron los tries del wing Eduardo España, para una ventaja de 6–0 en el entretiempo, y del tercera línea Raúl Loyola, convertido por el medio de apertura Eduardo Poggi, que los colocó 11–0 a principios del segundo tiempo. Los sudafricanos respondieron luego con dos tries de su medio scrum Kid du Preez.
“Los sudafricanos realmente son nuestros padrinos, nos abrieron las puertas al rugby internacional”, dijo el tercera línea Héctor ‘Pochola’ Silva, que a la sazón, con 20 años, fuera elo-giado por la calidad de su juego hasta el punto de considerárse-lo digno de ser un Springbok, de haber sido sudafricano.
Argentina empezó a llamar la atención de las potencias del rugby cuando estuvo a punto de vencer a Gales, en ese momen-to campeón invicto del Torneo de Cinco Naciones, en octubre de 1976. Con el anfitrión 17–6 a favor, un try de contragolpe del wing Jorge Gauweloose inició una remontada que llevó a su equipo al borde de la victoria, en el mítico Cardiff Arms Park.
“Entonces vino el drama”, escribió Clem Thomas en su re-portaje en The Observer. “Sansot, el brillante, joven fullback ar-gentino, se metió en la línea de los Pumas para tomar un pase su-perlativo de Travaglini y, con un estupendo cambio de frente abrió una brecha en la defensa y soltó a Gauweloose, quien pasó por afuera a JPR Williams y apoyó bajo los palos, y Porta convirtió.”
Thomas, un ex tercera línea de Gales convertido en perio-dista y autor, identificó en su reportaje a tres jugadores que con-sideraba de clase mundial: Martín Sansot, el centro Alejandro Travaglini y el medio de apertura Hugo Porta.
Otro try, seguido de un penal, ambos concretados por el centro Gonzalo Béccar Varela, le dieron a los Pumas una ventaja de 19–17 cuando el partido entraba en tiempo agregado.
Sin embargo, el apertura Phil Bennett rescató a Gales de la derrota al acertar con un penal en la última acción del parti-do —tras un tackle peligroso de Travaglini a la altura del cuello sobre Williams— y los galeses ganaron 20–19, manteniendo así un invicto como locales que databa desde su derrota ante Nueva Zelanda en 1972.
Dos años después, fue con otro gran salto que el wing Marcelo Campo resolvió en un segundo quebrar la pared de ju-gadores que defendían su ingoal en Twickenham, cuando Hugo Porta capitaneó a los Pumas en su primer enfrentamiento con Inglaterra.
Al tomar a la carrera un pase de Porta, Campo saltó por arriba de los defensores para apoyar la pelota y poner a los Pu-mas en ventaja, en un Test match que terminó igualado 13–13 contra una alineación local denominada England XV.
Un indicativo de cuánto Argentina dependía de sus pa-teadores para intentar acercarse a los países más exitosos fue cuando Gonzalo Quesada se convirtió en el goleador de la Copa del Mundo de 1999, con 102 puntos, gracias a su puntería con el pie.
Pero el logro con el cual Argentina soñara desde sus de-cepciones en los primeros tres mundiales le llegó a través del try del wing Diego Albanese, cuando los Pumas sorprendieron a Irlanda ganándole 28–24 en la ciudad francesa de Lens, para clasificarse por primera vez a los cuartos de final.
El entrenador de Irlanda, Warren Gatland, sostenía que su pack de forwards era mejor que el de Argentina y que su equipo ganaría el partido. La evolución del juego, cuando el duelo de kicks favorecía a David Humphreys sobre Quesada y los irlan-deses ganaban 24–18 faltando siete minutos para terminar el encuentro, parecía darle la razón.
Los Pumas habían estado en desventaja durante todo el partido, 15–9 en el entretiempo y 21–9 a los cuatro minutos de la segunda etapa, pero se habían recuperado, y a 12 minu-tos del final un cambio en los backs le salió redondo al coach neozelandés Alex Wyllie.
Wyllie hizo ingresar al joven Felipe Contepomi de apertura, con Quesada retrocediendo a fullback en reemplazo de Ignacio ‘Nani’ Corleto, quien se retiró. Cinco minutos más tarde Alba-nese cruzó la línea de cal tras un scrum entre la mitad de la cancha y las 22 yardas de Irlanda.
“El try de Albanese fue una de las jugadas que practicába-mos y que proponíamos hacer para tomar la iniciativa, para un juego ofensivo”, dijo el capitán Lisandro Arbizu.
"Y fue realmente un lindo regalo poder aplicarlo en la can-cha en ese momento de mucha presión."
"Es una jugada con jugadores con pelota y sin pelota que creamos nosotros. Es un falso cruce con el primer centro (el mismo Arbizu), el segundo centro que viene a pedirla sin cru-zarse y por la espalda del segundo centro al wing ciego. Fue-ron dos señuelos que bloquearon la defensa para abrir el juego. Vino de un scrum entre 22 y 40 yardas.”
Con la conversión de Quesada los Pumas pasaron al frente por primera vez en el partido, con el marcador 25–24, y su séptimo penal a un minuto del final les dio una ventaja de cuatro puntos, obligando a los irlandeses a buscar al menos un try para salvar el partido y pasar a enfrentarse con Francia en los cuartos de final en Dublín.
Los Pumas resistieron el ataque sostenido de Irlanda du-rante unos nueve minutos que parecían una eternidad, tres mi-nutos más que los seis anunciados tras los 80 reglamentarios antes de que sonara el silbato final, y explotaron de alegría.
“Bloody nine minutes” (malditos nueve minutos), fue la reacción de Wyllie.
Fue el try de Nani Corleto el que dejó estupefactos a los franceses, entonces campeones del Seis Naciones, y a casi todo el mundo del rugby, e impulsó a los Pumas hacia un enorme resultado, 17–12, contra el anfitrión, en el partido inaugural del Mundial de 2007.
Argentina dominó desde el comienzo y ganaba 9–3 cuan-do el wing izquierdo Horacio Agulla interceptó un pase del ter-cera línea Rémy Martin que entregó a Manuel Contepomi, cuyo pase llegó al fullback Corleto, quien corrió en diagonal a través del césped del Stade de Francepara apoyar en la esquina.
Felipe Contepomi y el apertura francés David Skréla lo-graron otros penales para dejar a los Pumas 17–9 arriba en el descanso y los únicos tantos del segundo tiempo fueron otros tres de Skréla.
Corleto dijo, al recordar el partido para La Naciónvarios años después, que: “Teníamos la confianza muy alta y sa-bíamos que la mayoría de nosotros habíamos llegado a ese
momento con mucha experiencia, acostumbrados a situacio-nes límite”.
El fullback también se lanzó por el corredor izquierdo para iniciar un ataque que atravesó el campo, involucró casi medio equipo y culminó con el try de Federico Martín Aramburú en el rincón opuesto —uno de los cinco finalistas para el premio al mejor try del año— cuando Argentina volvió a vencer a Francia 34–10, en el partido por la medalla de bronce en el Parc des Princes, 42 días más tarde.
Un análisis del encuentro publicado en La Nación, tan apasionado como la actuación de los Pumas, definió al equipo como “un ejemplo de cómo se pueden hacer realidad los sue-ños más osados o hasta dónde se puede llegar si la pasión es la fuerza movilizadora”.
Y anticipando lo que les esperaba a los Pumas en el futuro, agregó: “Siempre tuvieron que dar explicaciones sobre sus pe-didos, pero ahora ya no habrá más argumentos para no prestar-les atención, desde la International Board(ahora World Rugby) para abrirles las puertas, y desde la UAR (Unión Argentina de Rugby) para no ser tan mezquinos en el acompañamiento.”
En Nueva Zelanda, año 2011, Argentina perdía por seis puntos con Escocia, en el partido decisivo para ambos en su zona, cuando el wing Lucas González Amorosino recibió un pase del centro Marcelo Bosch y emprendió una carrera en zig-zag desde la línea 22 de los escoceses. Dejó en el camino a cin-co defensores y marcó un try que, con la conversión de Felipe Contepomi, les dió a los Pumas una victoria de 13–12 y una plaza en los cuartos de final por tercera vez en cuatro Mundiales.
Irlanda volvió a ser la barrera a derribar, esta vez por un lugar en las semifinales, cuando los Pumas la encontraron en el Millennium Stadium de Cardiff durante el torneo de 2015, mar-cado por un juego más abierto de Argentina.
Tries hechos por el centro Matías Moroni y el wing Juan Imhoff, que aprovechó un lanzamiento perfectamente medido con el pie por el otro wing Santiago Cordero en los primeros
diez minutos, le dieron a Argentina una ventaja que mantuvo du-rante todo el partido, si bien Irlanda se repuso dos veces para estar a solo tres puntos.
Imhoff optó por una definición espectacular cuando se lan-zó al ingoal para concretar su segunda conquista —una zambu-llida que recordó la de Pascual medio siglo antes—.
El try de Nicolás Sánchez contra Nueva Zelanda, en no-viembre de 2020, tras un chip por encima de la defensa para apoyar bajo los palos, no fue de los más espectaculares, pero sí muy significativo, dado que abrió el camino para la primera victoria de los Pumas sobre los All Blacks.
El medio de apertura, que había sido el goleador del Mun-dial 2015, dejó atrás la decepción del torneo de 2019 en Japón para marcar todos los puntos de Argentina en la victoria por 25–15 en el Rugby Championship de tres naciones (con la au-sencia del campeón mundial Sudáfrica).
La primera aventura de ultramar de la selección argentina de rugby fue una gira trascendental por África en 1965, en la que fueron “bautizados” Los Pumas.
La gira de dos meses —que comprendió 16 partidos, 11 victorias, cuatro derrotas y un empate— forjó el espíritu Puma, al mismo tiempo que cimentó una relación rugbística con Sudáfrica.
El punto culminante fue la victoria de 16–11 contra los Ju-nior Springboks, en el Ellis Park de Johannesburgo. Se lo re-memora, junto a la icónica foto de la zambullida de Marcelo Pascual para concretar el primer try, cada vez que los Pumas marcan un nuevo hito en su historia.
Los reporteros sudafricanos que cubrían el debut —una de-rrota de 17–12 contra Rhodesia (ahora Zimbabwe) en Salisbury— preguntaron qué era el animal en el escudo de los argentinos, pero les resultó difícil pronunciar yaguareté.
“Uno de ellos dijo ‘¿yaguarequé?… Bueno, puma’,” recordó Ricardo Handley, uno de los hookers del plantel, quien jugaba para el club Old Georgian en Buenos Aires.
El “error” se atribuyó a más de un periodista sudafricano que buscaba un nombre para el equipo que equivaliera a su propio springbok o el wallaby australiano.
Otra versión fue que cuando los diarios cubrieron la prime-ra práctica de los argentinos en Rhodesia, sus reportajes desta-caron la velocidad y agilidad de los jugadores y los compararon con pumas (poemas en el idioma Afrikaans), al pensar que ese era el animal en el escudo.
Poco importa cuál fue la verdadera o primera versión, el nombre encajó perfectamente, más fácil de pronunciar y es-cribir para los angloparlantes, y se convirtió en el símbolo del rugbier argentino de camiseta celeste y blanca, un jugador con la pasión y el espíritu capaz de sobreponerse a los más grandes obstáculos.
También se les indicó a los argentinos que el animal en su escudo miraba hacia afuera, cuando debería hacerlo hacia el corazón de quien vistiera una camiseta o blazer del equipo. El entrenador asistente Alberto Camardón dijo con algo de ver-güenza: “Vamos a tener que cambiarlo”.
No es claro cuándo se hizo el cambio. El animal todavía miraba hacia afuera en las fotos de la serie de 1966 contra los Gazelles sudafricanos, en la Argentina, pero se había revertido para cuando los Pumas recibieron la primera visita de Gales, en 1968. Después del ingreso de Argentina en el Rugby Champion-ship, casi cincuenta años más adelante, la UAR introdujo un escudo más moderno, al final de la temporada 2013, con un yaguareté más estilizado, mirando nuevamente hacia afuera, como si buscara nuevos horizontes.
El difunto ex presidente de la Unión Sudafricana de Rugby (SARB), Danie Craven, fue el responsable de que Argentina in-gresara en el rugby internacional de primer nivel, al invitarla a hacer una gira por su país en 1965.
‘Gato’ Handley explica: “En 1964, Danie Craven, que como sabés lo conocían como Mister Rugby, vino a ver el Campeo-nato sudamericano que se disputó en Brasil y sostuvo que
Argentina tenía muchas posibilidades de mejorar su juego y jugar rugby internacional.”
“Invitó a Argentina a ir de gira por Sudáfrica en 1965 y también envió a uno de sus mejores entrenadores, Izak van Heerden, un mes antes de la gira a entrenarnos en Buenos Aires y luego a integrar el staff argentino durante la gira que duró dos meses.”
Van Heerden, que tenía fama de coachy estratega innova-dor, sometió a los argentinos a un régimen mucho más exigente y a veces doloroso de lo que jamás habían conocido, pero se granjeó el afecto de los jugadores que enseguida le asignaron un apodo, ‘Tito’.
“Me acuerdo que el día del primer entrenamiento, en Gim-nasia y Esgrima, llovía torrencialmente. En esa época, cuando había mal tiempo no hacíamos nada. Van Heerden llegó y vio que en la cancha no había nadie. Estábamos en el bar, jugando al truco”, recuerda el capitán y segunda línea Aitor Otaño.
“El tipo nos hizo cambiar inmediatamente. Fueron dos ho-ras infernales de entrenamiento, con saltos de rana y cuerpo a tierra. Había cambiado el método; nos sometió a un trabajo inusual, de extrema dureza. Hacíamos doble turno, mañana y noche, y en el medio trabajábamos.”
“Cuando llegaba a casa, mi mujer me ponía un cartel, al lado de la puerta, que decía: ‘Estamos bien, los chicos cre-cen’… Fue durísimo, pero vimos los resultados.”
Handley agrega: “Algo que hay que tener en cuenta es que no todos los mejores jugadores fueron a Sudáfrica en 1965, porque eran dos meses y muchos tenían que trabajar o estudia-ban. Así que el equipo que viajó tenía seis o siete jugadores con experiencia pero la mayoría éramos chicos de 21, 22, 23 años.”
“Los primeros tres o cuatro partidos fueron muy duros. Los sudafricanos, como sabés, son un grupo muy duro, son muy físicos y nos golpearon de lo lindo en los primeros partidos.”
“Fuimos a Rhodesia primero, tuvimos mala suerte y perdi-mos porque nuestro pateador tuvo un mal día.”
Los argentinos tuvieron muchas oportunidades de ganar el partido pero el pateador Roberto ‘Bobe’ Cazenave, el fullback, erró una sucesión de penales. Estrenaba un par nuevo de boti-nes y no le quedaban cómodos.
Fue así que Argentina, a pesar de hacer cuatro tries en una época en que valían sólo tres puntos, lo mismo que los penales, perdió 17–12. “Después perdimos el siguiente partido en Sudáfrica y decidimos que no lo íbamos a soportar más y nos hicimos más fuertes y los enfrentamos con el mismo tipo de juego que nos hacían.”
“De ahí en adelante tuvimos más éxito y ganamos la mayoría de los partidos, y hubo partidos muy duros contra distritos del campo que eran granjeros y mineros —individuos duros—. Así fue realmente el comienzo de Argentina como equipo internacional.”
Sudáfrica, que previamente había enviado los equipos Ju-nior Springboks a la Argentina, en 1932 y 1959, puso más dedi-cación en cultivar sus vínculos de rugby con otros países luego de que la política apartheid de segregación racial, instituida en 1948, atrajera el oprobio de la mayor parte del mundo.
Craven anticipó que los Springboks, el equipo deportivo más identificado con la supremacía afrikaner, serían cada vez más marginados y que este aislamiento tendría un efecto perju-dicial, y sus temores se confirmaron con la expulsión de su país de los Juegos Olímpicos de 1964.
En el momento en que los argentinos estuvieron en Sudá-frica en 1965, los Springboks estaban de gira por Australia y Nueva Zelanda y perdieron el primer Test match contra los Wallabies, el mismo día de la victoria de los Pumas sobre los Junior Springboks, el partido más importante hasta entonces en la historia del rugby argentino.
Los Springboks volvieron a perder contra Australia el se-gundo Test, un acontecimiento preocupante para Craven, y a continuación perderían 3–1 la serie de Tests en Nueva Zelanda.
Van Heerden no era fanático del estilo de juego de los Springboks, basado en el poder de los forwards y la defensa, y
no quedó decepcionado cuando los argentinos que él acom-pañó durante toda la gira mostraron un rugby equilibrado, de buen scrum y destrezas en los backs, ganando adeptos entre el público blanco y el apoyo incondicional de la población ne-gra segregada.
Los kicks del medio de apertura Eduardo Poggi, de gua-daña entrando de costado a la pelota y pateando con el interior del empeine, primero causaron risa entre los sudafricanos, que sólo habían visto patear de frente con la punta del botín, para luego ser admirados por su eficacia.
Cuando los Pumas vencieron enfáticamente a Southern Universities (selección de las universidades del sur) 22–6 en Newlands, Ciudad del Cabo, en el undécimo partido de la gira, fueron agasajados con el titular “Los Pumas destruyen la cuna del rugby sudafricano” del diario Cape Times.
Para los sudafricanos, el jugador argentino sobresaliente fue el tercera línea ‘Pochola’ Silva, conocido cariñosamente como “el hombre de la vincha”, y muchos decían que tenía todos los atributos de un Springbok.
Silva, de 20 años, era un jugador versátil que había co-menzado su carrera con Los Tilos, un club de segunda división en la ciudad de La Plata, como fullback.
Tiene que haber sido muy bueno para haberse hecho no-tar desde el rugby periférico y su estilo todo-terreno era más apto para la tercera línea, donde siempre jugó en la selección. Hugo Porta dijo de él: “Es la imagen ideal de un Puma, el juga-dor que en algún momento todos quisimos ser”.
En 1966, Silva se alineó en el equipo que perdió 2–0 una serie de dos partidos de local contra los Gazelles, el sub-23 de los Springboks, entrenado en ese momento por Van Heerden,
para luego capitanear a los Pumas cuando regresaron a Sudáfrica en 1971 y empataron la serie 1–1 con los Gazelles.
Handley, otro que volvió a Sudáfrica en la gira de 1971, dijo: “La mayoría de nosotros, tipos jóvenes que estuvimos en la gira de 1965, nos convertimos en un equipo muy competitivo a lo largo de los siguientes cinco o seis años —vencimos a Gales, Irlanda, Es-cocia y los Gazelles sudafricanos—. Crecimos mucho en los 70.”
“Casi todos los jugadores en ese equipo (de Gazelles) llega-ron a ser Springboks así que Argentina pegó un salto muy gran-de y tenemos que agradecer a Sudáfrica porque, como siempre decimos, fueron nuestros padrinos. Nos lanzaron al campo inter-nacional del rugby”.
Argentina había jugado de local en el estadio de Gimnasia y Esgrima, con capacidad para 12.000 espectadores, en el barrio bonaerense de Palermo, conocido como GEBA.
En la búsqueda por acomodar a más espectadores, en 1970 los Pumas se mudaron al Club Atlético Ferro Carril Oeste, cuyo estadio contaba con el doble de capacidad, para la visita de Ir-landa. Ferro es otra entidad multi-deportiva con un equipo de fútbol que ganó dos títulos de primera división a principios de la década del 80 y un equipo de básquetbol.
A medida que los Pumas iban sumando logros aumentaban las expectativas de sus hinchas, que esperaban una victoria so-bre los Gazelles, quienes habían apenas igualado 13–13 con San Isidro Club, el campeón de Buenos Aires, en el primer encuentro de su gira por la Argentina, en 1972.
Los Gazelles, dolidos por una derrota de 12–0 en Pretoria el año anterior, en la serie que terminó 1–1 con los Pumas, fueron demasiado fuertes en el primer Test match y se impusieron 14–6, pero los Pumas se vengaron ganando 18–16 el segundo.
Sin embargo Silva, otro que consideraba a los sudafricanos como “casi nuestros padrinos espirituales”, no formó parte del plantel argentino en 1972.
La Unión Argentina no lo convocó ese año porque había aparecido en la publicidad de un linimento, en contravención de
sus estrictas reglas amateurs. Silva escribió en su autobiografía Pochola Silva, Pasión y Corajeque tal decisión hubiera resulta-do irrisoria en la época en que se publicó el libro, 2001.
La sanción fue por tiempo indefinido y separó a Silva de los Pumas en la flor de su carrera, cuando era el capitán. Pasa-ron siete años antes de que Silva, con el apoyo del entrenador Angel ‘Papuchi’ Guastella, pudiera volver a los Pumas para su-mar otro capítulo a su fértil carrera de jugador.
Luego de un intenso entrenamiento por cuenta propia, que incluyó largas sesiones subiendo y bajando la escalera en su casa con su pequeño hijo en brazos, se sumó a un equipo con una mayoría de la nueva generación de Pumas preparándose para enfrentar a Inglaterra en Twickenham, en 1978.
Muchos de los jugadores que casi vencieron a Gales en Cardiff en 1976, perdiendo 20–19 tras un penal de Phil Bennett en los últimos segundos, podrían haber integrado el plantel para la gira, pero fueron castigados por el Consejo de la UAR debido a que el capitán elegido, el centro Arturo Rodríguez Jurado, había participado en avisos publicitarios por unos bo-tines de rugby.
Ninguna de las partes cedió en el tira y afloje. Los entrena-dores renunciaron y diez jugadores se negaron a participar en el Campeonato Sudamericano de 1977 y fueron suspendidos del seleccionado.
Así fue como Hugo Porta asumió la capitanía para la gira de Inglaterra, Gales, Irlanda e Italia.
Los hinchas argentinos no habían estado demasiado con-tentos con las actuaciones del seleccionado en sus últimos par-tidos y Silva recordó que uno les gritó a algunos Pumas durante un partido por el Campeonato Nacional de Provincias en Rosario: “Che, cuando crucen La Mancha todos ustedes se pueden tirar”.
Silva, a quien los jugadores más jóvenes llamaban ‘Tío’ y que acostumbraba a ayudarlos a combatir sus nervios dicién-doles “Tranquilos, que están jugando con papá”, tenía 34 años cuando Argentina igualó 13–13 con Inglaterra. También fue de
gira con los Pumas a Nueva Zelanda y participó de una serie que terminó 1–1 con Australia en Buenos Aires en 1979.
Sudáfrica encontró la manera de seguir compitiendo du-rante el boicot internacional al invitar una selección llamada Sudamérica XV, en realidad los Pumas disfrazados, para jugar varias series de locales y también de visitantes, al comienzo de los años 80.
Silva jugó en uno de esos partidos en 1980 y luego se retiró con un partido de despedida contra el Resto del Mundo.
El gobierno argentino, que se había sumado al boicot de Sudáfrica, le negó permiso a la UAR para enviar a los Pumas a jugar contra los Springboks, entonces jugadores y entrenadores sortearon la prohibición yendo como Sudamérica XV, o South American Jaguarspara los angloparlantes.
Silva pasó a ser entrenador de los Pumas en la primera Copa del Mundo de 1987, en Nueva Zelanda, que fue una de-cepción tras la derrota inicial ante Fiji, que ocupó así el lugar en cuartos de final para el que Argentina había sido preclasifi-cada. Argentina venció a Italia y perdió con los anfitriones, los All Blacks.
El equipo sudamericano, enteramente compuesto por argen-tinos, logró una resonante victoria de 21–12 en Bloemfonteinen 1982 con una actuación brillante de Porta, que anotó todos sus puntos con un poker de try, conversión, drop y cuatro penales.
Argentina atravesaba serios problemas políticos, con la lla-mada Guerra Sucia del régimen militar contra disidentes y el conflicto de las Islas Malvinas a partir del 2 de abril de 1982, en la víspera de esa enorme victoria de Sudamérica XV, por lo que recibió escasa atención en el país en ese momento.
Porta, quien a raíz de una estrecha relación con Sudáfrica fue nombrado embajador argentino en Pretoria por el Presiden-te Carlos Menem en 1991, cuando ambos países reanudaron sus relaciones diplomáticas tras la excarcelación de Nelson Mandela, fue llevado en andas por fanáticos sudafricanos al concluir el partido.
Otro integrante de aquel equipo fue el ala Jorge Allen, que luego jugó para Natal por dos temporadas, el primer argentino en jugar para un equipo sudafricano. Hasta ese momento había jugado una sola vez para los Pumas, contra Canadá en 1981, y no obtuvo su segundo cap hasta 1985, después de volver al CASI y formar parte de la selección que venció a Francia e igualó con Nueva Zelanda, para luego suceder a Porta como capitán en 1988.
El partido en Bloemfontein de 1982 fue la primera victoria no oficial en un Test match contra los Springboks, antes de que Argentina y Sudáfrica se midieran oficialmente a nivel interna-cional. Hubo que esperar once años para el primer enfrenta-miento oficial y 33 para que Argentina lograra quebrar el invicto sudafricano contra los Pumas, después de llegar muy cerca en dos ocasiones.
Sudáfrica ganó el primer Test 29–26 cuando visitó la Ar-gentina por primera vez, en 1993, y el segundo 52–23. En los cuatro encuentros de las dos siguientes series, en 1994 y 1996, Sudáfrica sumó al menos 40 puntos a favor y venció por una diferencia de por lo menos 20.
Cuando el equipo de Buenos Aires sorprendió a los Spring-boksal vencerlos 28–27 en el partido inaugural de su gira de 1993, el centro Marcelo Loffreda se convirtió en el primer juga-dor argentino en ganarle a Sudáfrica dos veces, ya que había participado de la victoria de Sudamérica XV en Bloemfontein, en 1982.
Loffreda cerró su carrera de jugador internacional como capitán en la gira de los Pumas a Sudáfrica en 1994, durante la cual hizo un notable try en el Test inicial en Puerto Elizabeth.
El segundo Test en Johannesburgo marcó el debut del jo-ven apertura José Cilley, nieto de Jorge Cilley, quien jugó para Argentina en los años 30. Argentina se había quedado sin aper-tura a causa de lesiones durante la semana previa al partido en el Ellis Park, y tuvo que hacer una llamada de emergencia a Buenos Aires pidiendo un reemplazante.
Cilley aterrizó en el aeropuerto de Johannesburgo tres ho-ras antes del partido, tras un largo vuelo desde la Argentina, y fue trasladado directamente a Ellis Park, donde puso en ridículo las normas de preparación para la competencia de alto nivel, convirtiendo 21 puntos con try incluido en la derrota por 46–26. Cilley pasaría a jugar en la Copa del Mundo en Sudáfrica al año siguiente y sumar un total de 16 caps.
Con Loffreda como entrenador de Argentina, a Sudáfrica le costó vencer a los Pumas 37–33 en un encuentro en el estadio de River Plate en 2000 y 26–25 en Puerto Elizabeth en 2003.
Después de la victoria de Sudáfrica en la semifinal del Mundial 2007 en París, los Springboks ganaron su primer enfrentamiento con Argentina en el incipiente Rugby Championship 27–6 en 2012, pero los Pumas marcaron su debut como locales una semana más tarde con un empate 16–16 ante el mismo rival en Mendoza.
La primera victoria de los Pumas contra Sudáfrica no pudo haberse dado en una mejor ocasión que en 2015 en Durban, donde festejaron el cincuentenario de la trascendental primera gira por Sudáfrica, ganando 37–25 un encuentro por el Rugby Championship.
Esa tarde se encontraban en la tribuna una docena de los veteranos Pumas de 1965, entre ellos Handley, Silva y otros dos ex entrenadores de la selección, Luis Gradín y José Luis Imhoff, cuyo hijo Juan hizo un hat-trickde tries.
Menos de tres meses después Argentina perdió con Sudá-frica en el partido por el tercer puesto del Mundial de Inglaterra, en Londres, pero se alzó con su primera victoria de local, 26–24, al año siguiente, en Salta.
Loffreda, que jugó en cuatro Tests para Sudamérica XV, dijo que los jugadores argentinos pensaban que era normal separar la política del deporte y no tenían objeciones para integrar el combi-nado que jugó en Sudáfrica durante la era del apartheid.
“En ese momento todos los jugadores pensamos que era natural separar la política del deporte y por eso ninguno se opuso a participar en un combinado como ese.”
“Al revés, yo era bastante joven, el análisis fue un poco de-cir, bueno yo no quiero saber nada con la política, lo único que me interesa es jugar. En ese momento no era tal vez tan re-presentativo a nivel internacional que un equipo disfrazado de Argentina fuera a jugar a Sudáfrica por una cuestión deportiva. No pensaba que pudiera ser demasiado grave.”
“Ahora, mirándolo con otra perspectiva, con muchos más años y desde otro lugar, pienso que por ahí no fue correcto ir ante una situación como esa. Ahora también hay un cuidado mucho mayor en todo lo que puede ser separatismo o inclusive discriminación. Ahora pienso que no fue una buena decisión desde el aspecto social, humano y político.”
En 2011, Loffreda se unió a la organización humanitaria Rugby sin Fronteras, que tiene a Nelson Mandela como uno de sus inspiradores, en un viaje a Robben Island para visitar la prisión donde el líder sudafricano, quien falleció dos años después, pasó 18 de los 27 años que estuvo encarcelado por el régimen segregacionista que gobernaba su país.
La ética amateur está profundamente arraigada en el rugby ar-gentino. Hay una firme creencia en el sistema de los clubes que alimentan a sus seleccionados y no quieren verlo mancillado por el profesionalismo —aunque sus principales equipos represen-tativos hayan sido totalmente profesionales desde su ingreso al Súper Rugby, en 2016—.
La esencia de los clubes es transmitir ese espíritu amateur —el rugby como un juego para forjar amistades y carácter, el goce del jugarlo— de una generación a otra.
La familia formó parte de la trama de una comunidad de clase media muy unida que fue el epicentro de este deporte otrora mi-noritario, en un país donde el fútbol es rey, y las escuelas bilingües anglo-argentinas tuvieron un rol preponderante en su desarrollo.
El club Old Georgian, que ganó sucesivos títulos de primera división entre 1937 y 1939, fue fundado por ex alumnos del St. George’s College, cuyo modelo es la escuela privada inglesa tradicional, en el sureño barrio bonaerense de Quilmes.
El rugby en la Argentina se organizó por primera vez con la fundación, en 1899, del River Plate Rugby Union Championship, predecesor de la Unión Argentina de Rugby (UAR).
De los cinco clubes fundadores, cuatro siguen en existen-cia: Belgrano Athletic, Lomas Athletic, Rosario Athletic, ahora llamado Atlético del Rosario, y Buenos Aires FC, que a través de la fusión de dos clubes en 1951 se convirtió en Buenos Aires Cricket & Rugby Club, comúnmente conocido como Biei (por la pronunciación de las siglas BA en inglés).
“Athletic” era el denominador común de la mayoría de los primeros clubes deportivos que proliferaron en la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX, porque les tomó algunos años determinar qué deporte practicaban, dado que aún en Gran Bretaña recién comenzaban a diferenciar formalmente las re-glas para el fútbol y el rugby.
Arturo Rodríguez Jurado, un poderoso centro del equipo de 1965 “bautizado” Pumas en Sudáfrica que también ganó una serie de Tests de local contra Gales en 1968, era hijo de un ex capitán del seleccionado de rugby, también llamado Arturo, que además ganó una medalla de oro en boxeo, en los Juegos Olímpicos de Amsterdam, en 1928.
Los tres hermanos Morgan —Dudley, Miguel y Eduardo, apodado ‘Winnie’—, preceden a los tres hermanos Barrett de Nueva Zelanda, por haber representado juntos a Argentina en el partido contra Northern Universities en la gira de los Pumas por Sudáfrica en 1971, aunque no en un Test match.
Winnie Morgan fue un back versátil y muy veloz que jugó para Old Georgian y ganó diez caps como wing entre 1972 y 1973, seguido de dos más como capitán y medio scrum, en pareja con Hugo Porta, durante la primera gira de Argentina por Francia, en 1975.
Como wing, marcó el récord individual de puntos argen-tinos en un solo partido, con 50 (seis tries y 13 conversiones) en la victoria de 97–3 contra Paraguay, en un partido del Cam-peonato Sudamericano en San Pablo, en 1973. También logró
31 puntos cuando Argentina venció a Uruguay 55–0 esa misma semana.
Paraguay fue otra vez la víctima de los Pumas cuando el wing José Núñez Piossek marcó el récord de tries con nueve (45 puntos) en una victoria de 144–0 en Montevideo, en 2003.
Tales estadísticas contra débiles oponentes sudamericanos son, sin embargo, menos significativos que el récord de puntos contra un país de primera línea que ostenta Felipe Contepomi con 31, incluyendo dos tries, como apertura, cuando Argentina batió 41–31 a Francia de local en 2010. El wing José Luna tam-bién obtuvo 31 puntos contra Rumania, en 1996.
La familia del ex capitán de los Pumas y más adelante vice presidente de World Rugby, Agustín Pichot, está estrechamen-te ligada al Club Atlético San Isidro (CASI) como así los Allen y los Travaglini.
Jorge ‘Georgy’ Allen era un ala en el gran equipo de los 80, que luego fue capitán de los Pumas. Su padre, Leslie, jugó en el Campeonato Sudamericano de 1951 y sus hermanos Gabriel, ex presidente del CASI, y Matías también representaron a su país.
Leslie Allen nació en Rosario, donde su padre fue uno de los cientos de británicos e irlandeses contratados para trabajar en los ferrocarriles, muchos de los cuales ayudaron a fundar clubes deportivos en la Argentina.
Cuando se mudó a Buenos Aires de joven, se asoció al CASI. Hasta el día de hoy existe un fuerte vínculo entre su pri-mer club, el Atlético del Rosario, fundado originalmente como club de cricket en 1867, y CASI. Los miembros de uno son au-tomáticamente socios del otro.
Conocidos particularmente por su destreza en el tackle, tanto Leslie como sus tres hijos ganaron títulos con CASI. ‘Georgy’ trabajó en Sudáfrica y jugó para Natal antes de sumar 29 partidos como ala para los Pumas y fue nombrado capitán cuando Porta se retiró por primera vez, en 1987.
Alejandro Travaglini fue centro en el equipo de Pumas de los años 70, que estuvo a punto de doblegar a Gales en Cardiff
en 1976, y su sobrino Gabriel jugó 23 veces en la tercera línea del equipo de Porta, las últimas tres en el Mundial de 1987. Ga-briel Travaglini accedió a la presidencia de la UAR en 2022.
Los hermanos Iachetti, Alejandro y Marcos, formaron en la segunda línea contra Australia durante una serie empatada en Buenos Aires, en 1979. El medio scrum fue Ricardo Landajo, cuyo hijo Martín participó en la Copa del Mundo de 2015, tam-bién de número nueve.
Dos pares de hermanos jugaron en el equipo que venció a Francia por primera vez en 1985. Los mellizos Lanza, Juan y Pedro, fueron los wings, mientras que Javier y Bernardo Miguens jugaron como medio scrum y fullback respectivamente. Un her-mano mayor, Hugo Miguens, representó a Argentina y fue capitán en 1973.
Tomás Cubelli, durante algunos años rival de Martín Landajo por la camiseta número nueve de los Pumas, es hijo del hooker Alejandro Cubelli, que integró una de varias primeras líneas de altísimo nivel con los pilares Fernando Morel y Diego Cash.
Nicolás Fernández Miranda, el principal rival de Pichot como medio scrum durante una década, y su hermano Juan ju-garon para el club más exitoso de la primera división de Buenos Aires en lo que va de este siglo, Hindú.
Los vínculos de la familia Contepomi con el rugby son pro-fundos, así como su relación con los Villegas.
Dos de los hijos de Carlos Contepomi, los mellizos Manuel y Felipe —quien con 651 puntos marcados en partidos interna-cionales entre 1998 y 2013 ocupa el segundo lugar en el ranking nacional— fueron los centros en el equipo que ganó la medalla de bronce en el Mundial de 2007.
Carlos —‘Pomi’ para sus amigos— jugó dos partidos como internacional en 1964 y fue manager de los Pumas en 1976, cuando visitaron Gales e Inglaterra, con Carlos ‘Veco’ Villegas de entrenador.
Casi 30 años después, ‘Pomi’ volvió a Cardiff para ver a Felipe como capitán de Argentina cuando los Pumas jugaron un
amistoso con los British & Irish Lions —a quienes sobresaltaron con un inesperado empate 25 a 25— en el Millennium (ahora Principality) Stadium como preparación para su gira por Nueva Zelanda en 2005.
El viaje sirvió también para renovar amistades entre hom-bres de rugby galeses y argentinos, forjadas durante los años 70.
“Cómo no iba a venir a Cardiff a ver a mi hijo jugar contra los Lions y capitanear a los Pumas”, me dijo ‘Pomi’ en la víspera del partido, antes de perderse por las calles de la ciudad con varios amigos galeses.
‘Pomi’ y ‘Veco’ trabaron amistad cuando el primero estuvo a cargo de la comisión de seleccionados de la UAR y Villegas era entrenador de los Pumas, pero ésta se vio truncada por la trá-gica muerte de ‘Veco’, a los 43 años, en un accidente aéreo ocurrido en 1988.
‘Pomi’ cuenta que en la víspera del accidente, los dos ami-gos fueron al estadio de Vélez Sarsfield donde vieron al equipo de Francia que integraban Serge Blanco, Philippe Sella y Pierre Berbizier doblegar 82–0 a Buenos Aires.
“Después de saludar a los jugadores en los vestuarios para decirles que hay segunda chance, ‘no se amarguen por esto, ya viene la revancha’, nos fuimos muy amargados y decidimos no ir a la cena pos partido a la que estábamos invitados. ‘Veco’ dijo ‘Va a ser un cementerio’.”
Los dos decidieron, en cambio, llevar pizza a la casa de ‘Veco’, donde charlaron hasta altas horas de la noche sobre la vida familiar en general y la educación y el futuro de sus respec-tivos hijos —el mayor de los de Contepomi estaba a punto de terminar el secundario— sin siquiera imaginar el desenlace del día siguiente.
‘Pomi’ quedó devastado al enterarse, por la mañana, que el avión que llevaba a ‘Veco’ y su esposa a la ciudad de Posadas, en el nordeste argentino, se había estrellado y no había sobre-vivientes.
Ayudó a la familia Villegas a sobreponerse a esta tragedia y organizarse para que los cuatro chicos que quedaron huérfanos —de uno a once años— vivieran con su abuela.
Los lazos entre ambas familias son muy estrechos, ya que los niños compartían fines de semana y vacaciones con los Contepomi. Cuando falleció la abuela, nueve años más tarde, ‘Pomi’ los llevó a vivir con él, aprovechando el hecho de que sus tres hijos mayores ya se habían ido de la casa familiar, uno como sacerdote y los otros dos al casarse.
“Ayudó mucho a su desarrollo y esa integración hizo que hoy yo diga que en lugar de tener 25 nietos tengo 32”.
Como recompensa, dijo, las distracciones de tanto movi-miento en una casa colmada de gente joven, como fiestas de cumpleaños o amigos que caían de visita, lo ayudaron a sobre-ponerse cuando su esposa padeció de Alzheimer.
Fuertes rivalidades provocaron cismas dentro de la entidad que gobierna el rugby argentino, e incluso en los clubes.
A San Isidro, un suburbio norteño de Buenos Aires, se lo conoce como la capital del rugby.
En 1934, a raíz de un incidente entre jugadores, después de un partido en el que CASI recibió a Gimnasia y Esgrima, las au-toridades del club suspendieron a la mayoría del primer equipo.
Muchos de los jugadores se negaron a acatar esa decisión y se marcharon, para luego fundar un nuevo club, SIC (San Isi-dro Club), a unos pocos kilómetros, en el barrio contiguo, Lomas de San Isidro.
Desde entonces, los dos clubes han sido acérrimos rivales y sus encuentros en el campo de juego se convirtieron en el gran clásico del campeonato de primera división de Buenos Aires.
Hasta el último campeonato ganado por uno de ellos —SIC en 2019— sumaban 59 títulos entre ambos: CASI 33 y SIC 26.
El espíritu amateur que impulsó a Argentina en sus logros contra las naciones poderosas, en la era anterior al profesiona-lismo en el rugby mundial, no hubiese sido posible sin la enorme fuerza de carácter de sus principales jugadores. Es también ese espíritu lo que le ha permitido al equipo salir fortalecido de los muchos reveses.
Los cismas entre la UAR y los jugadores, los enfrentamien-tos entre sí, los conflictos con entrenadores —muchos a raíz de los supuestos peligros del profesionalismo— todos generaron grietas que a veces tuvieron un efecto nocivo en el equipo pero que en mayor medida podían llegar a generar un nuevo equipo, capaz de lograr nuevas hazañas.
Una de estas grietas se abrió entre la gran actuación de 1976 contra Gales, en Cardiff, que casi termina en victoria, y el empate 13–13 con los ingleses en Twickenham, dos años más tarde.
Eliseo ‘Chapa’ Branca, uno de los mejores segundas líneas argentinos, que debutó en los Pumas a los 19 años en ese Test de Cardiff y se retiró después de que Argentina venciera a In-glaterra en Buenos Aires, empatando la serie de 1990, explica qué ocurrió:
“En 1977, los entrenadores (‘Veco’ Villegas y Emilio Perasso) renunciaron cuando la UAR rechazó su propuesta de nombrar a Arturo Rodríguez Jurado como capitán del equipo que se prepa-raba para el Campeonato Sudamericano.”
“La Unión no lo quería porque había hecho una propaganda para unos botines y aparecía como James Bond en la tele, no vestido de rugby, ¡eh!”, dijo Branca.
Diez jugadores apoyaron a los entrenadores, se negaron a integrar el plantel y fueron suspendidos. El presidente de Cu-rupaytí, el club de Branca, estaba en el consejo de la UAR que dictó la suspensión, por lo que éste dejó el club para asociarse al CASI.
“El vice de la UAR, Dino Regassi, era de Curupaytí, mi club, y ahí tuve mi primer encontronazo. Ahí rompí la relación con mi ex club y la dirigencia.”
“Fuimos muy naifs, era un problema político, Arturo no estaba suspendido, lo único que dijo la UAR era que no lo querían de capitán, eso no lo sabía el grupo.”
“Los entrenadores tendrían que haber dicho ‘mucha-chos a jugar y no hacer quilombo’, no meter política en el juego, me parece a mí. Hoy que soy más grande hubiera pensado eso.”
“Nos suspendieron por cinco años pero yo no tenía nin-gún contrato. Parte de la bandera del rugby amateur es que juego cuando tengo ganas.”
Fue un nuevo equipo, con algunos veteranos y muchos jóvenes que no tardarían en hacerse un nombre como Pumas, el que bajo la capitanía de Hugo Porta, que venía ganando fama como uno de los mejores medios de apertura del mundo, obtuvo el emblemático empate de Twickenham
