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Muestra de casi veinticinco años de producción, este libro incluye once obras teatrales que lo mismo abordan temas de pareja, historias infantiles o parábolas políticas que la vida de los dentistas o el judaísmo perseguido por la Inquisición en México. Cada una de ellas, escrita con gran sentido del humor y gusto por el habla cotidiana, está animada por un fino mecanismo dramático lleno de recursos y sorpresas, que ha sabido reunir el aplauso del público y el de la crítica.
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Seitenzahl: 624
Veröffentlichungsjahr: 2011
Sabina Berman (ciudad de México, 1955) es psicóloga, dramaturga, directora de cine, periodista, poeta, narradora y ensayista. Su obra aborda desde temas importantes y urgentes como la situación de las mujeres y la corrupción, hasta otros literarios intemporales como la pugna entre la tragedia y la comedia o la búsqueda de la belleza.
Primera edición 2004
Primera edición electrónica, 2011
Viñeta: Sabina Berman
D. R. © 2004, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 México, D. F. Empresa certificada ISO 9001:2008
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-0662-4
Hecho en México - Made in Mexico
Puro teatro: no he querido escribir textos para un teatro que intenta parecer la vida. Amo del teatro las ventajas que tiene sobre la vida: la facilidad con que una actriz es Dora y con un cambio de actitud ya es Ana; la simpleza alucinante, textualmente alucinante, con que Freud en escena puede ser uno y tres a un tiempo; el privilegio con que Racine, desde fuera del tiempo y la geografía, recuenta la enemistad eterna de la comedia y la tragedia; el orden de los eventos en Muerte súbita de acuerdo con una necesidad de comprender apartada del sinsentido de un orden cronológico; el lujo justiciero de una boca que se traga a su dentista; la felicidad de cambiar de sexo intercambiando un bigote de utilería; la poderosa alegría de crear con la palabra “bosque” un bosque y con la palabra “mar” el océano.
Entre el silencio y la vida existe este espacio. Un acontecer de duermevela, de ensueño coherente. Un discurrir del pensamiento en imágenes sin el freno censor de “la realidad”. He querido hacer eso: puro teatro.
Son once las obras que elegí para este volumen que el Fondo de Cultura Económica suma a sus publicaciones de teatro: ocho para adultos y tres para niños y adultos. Mi criterio ha sido que sean obras no escritas con tecnicismos de montaje, cuya lectura fluida sea posible.
2000
Nadie es tan grande para que no se encuentre sometido a las leyes que gobiernan, con igual severidad, la actividad normal y la patológica.
Sigmund Freud
PERSONAJES
Sigmund Freud
Dora, también Ana, también Gloria
Freud 2, también Herr K. y Rank
Freud 3, también Herr F., también empleado del ferrocarril y Jung
Lou Andreas Salomé, también Frau K., Marta, Frau F., Dora adulta, Jones
Un lugar abstracto. Sigmund Freud camina hacia nosotros vestido de profesor vienés de finales del siglo XIX, traje de tres piezas, desgastado, bigote y barba cortada al ras de la quijada. Tiene 45 años y un porte distinguido. En la diestra lleva un puro y el dedo gordo de su siniestra descansa en la bolsita de su chaleco.
Freud: En 1897, hace ya tres años, adelanté ante ustedes —y en este mismo foro científico— ciertos puntos de vista acerca de la neurosis histérica. Quiero ahora sustentar aquella presentación teórica con el reporte del tratamiento de una joven aquejada, precisamente, por síntomas histéricos. Para salvaguardar su verdadera identidad, llamaré a mi paciente en este informe…
Un segundo Freud cruza al fondo y horizontalmente del escenario mientras dice:
Freud 2: Pandora. Como la caja de Pandora.
Un tercer Freud entra diciendo:
Freud 3: No, lo odiarán por presuntuoso.
Freud 2: Entonces Dora.
Freud: Sí: Dora.
Freud 3: Más modesto, menos grecolatino.
El segundo y el tercer Freud caminan hacia nosotros:
Freud 3: Estoy plenamente consciente/
Freud 2: /plenamente consciente…
Freud: /de que mis anteriores publicaciones han sido leídas —al menos en esta nuestra…
Freud 2: Morbosa Viena…
Freud 3: Han sido leídas en ciertos ambientes/
Freud: / —sí— más bien como roman a clefs/
Freud 2: /noveluchas/
Freud 3: /detectivescas/
Freud 2: pornográficas/
Freud: /al estilo Sherlock Holmes/
Freud 2: /Marqués de Sade.
Freud 3: /sin ningún valor científico.
Freud: Esto debido a su énfasis en el tema sexual y, según me han explicado, a la fina redacción de la que soy capaz. Bueno/
Freud 2: Hipócritas.
Freud: /sólo puedo advertir desde ahora que no me someteré a la hipocresía de mi siglo con respecto a la sexualidad. También este caso abundará en referencias sexuales porque es inútil hablar de la neurosis sin hablar de sexo.
Freud 2: Y me atreveré a ir más lejos:
Freud 3: No, es suficiente.
Freud: Me atreveré a decir que/
Freud 2: /la hipocresía/
Freud: /de nuestra cultura acerca del sexo/
Freud 3: Cuidado…
Freud 2: Al que nuestra cultura coloca de inmediato en la indignidad o la mistificación/
Freud: / y el hecho de que la enfermedad neurótica sea la peste de nuestra época no son dos datos inconexos. Es la complicación de la energía sexual lo que provoca la neurosis.
Freud 3: Brillante.
Freud 2 y 3: Ergo:
Freud: /vivimos hoy por hoy en una sociedad donde ser neurótico es ser normal.
Los tres Freud golpetean sus puros con el dedo índice para dejar caer la ceniza. Queda Freud solo ante nosotros.
Freud: En el verano de 1899 me visitó Herr F.: un caballero de vasta fortuna e influencia en Viena.
Consultorio. Freud y Herr F. hablan. Es notable la semejanza entre ellos. Herr F. es un burgués, como Freud, de 45 años, como Freud, vestido también con un traje de tres piezas —el suyo impecable y nuevísimo— y también como Freud con bigote y barba cortada al ras de la quijada. Usa lentes gruesos. Ahora sufre y su voz sale quebrada, nasal.
Herr F.: Tengo otro hijo, pero Dora es mi preferida. Es sumamente inteligente; es mi consejera, mi/ He pensado incluso que Dora pueda ser la heredera de mis negocios, a pesar de ser mujer. (Herr F. se lleva la mano a la frente.) … Tengo un matrimonio desdichado, Herr doktor. Si no me he separado de mi mujer es únicamente por Dora; porque no he querido perder su… (Las lágrimas se le derraman y deja la oración inconclusa.) Disculpe. (Saca un pañuelo para secarse las lágrimas. Luego seca su lentes mientras continúa:) La neurastenia: los ojos me arden cuando me da un acceso. En fin, decía que siendo que usted cura enfermedades que no existen… Imaginarias más bien/ Bueno, quiero que la cure.
Freud: Usted piensa que su hija está enferma de la psique.
Herr F.: Ve cosas que no existen. Alucinaciones.
Freud: ¿Alucinaciones?
Herr F.: Tiene ataques de tos —en pleno verano—. Dolores de cabeza. Ataques de… (Bajando la voz como suele cuando quiere debilitar cualquier asunto agresivo: Herr F. siempre evade la agresión:) …de rabia —sobre todo hacia mí, que la amo tanto—. Y ahora —ayer —… (La voz se le quiebra…) intentó suicidarse.
Breve pausa.
Herr F.: La dejó en mi escritorio. (Herr F. le alarga una carta a Freud y tose.) Subí de inmediato a su dormitorio y le dije, supongo que en un tono muy desesperado: Cómo se te ocurre que yo quiero tu muerte.
En otra área, muy lejana, Dora tose y luego replica:
Dora: No mientas. Todo sería más fácil para ti y Frau K., esa puta.
Herr F.: Qué palabras. (Tose.) La abofeteé.
Dora recibe la bofetada.
Herr F.: Por Dios, ¿qué tiene que ver Frau K. con esto?
Dora y Herr F. se congelan.
Freud (a nosotros): Por supuesto llamo aquí a Frau K. así, Frau K., para proteger la identidad de la dama en cuestión.
El consultorio. Herr F. enciende un puro. Freud, que sigue fumando su puro, le alcanza un cenicero de plata.
Herr F.: Gracias. Hace cinco años, cuando enfermé de neurastenia y llevé a mi familia a vivir a Baden Baden. Es entonces que Frau K. entra en nuestras vidas. Frau K. se apiadó de mí y se convirtió prácticamente en mi enfermera.
Freud: ¿Y su esposa?
Herr F.: Le dije ya: mi esposa y yo tenemos un no matrimonio. Desde entonces Frau K. y yo somos amigos. (Tose.) Salimos de vacaciones juntos. (Tose y corrige:) Es decir: las dos familias. Ahora en Viena los visito casi a diario, porque para ahora tengo negocios con Herr K. Y Herr K. se ha vuelto para mi hija como un tío, un tío cercano: tienen una amistad llena de regalos y confidencias y/ (Tose.) ¿Perdón? ¿Qué dijo usted?
Freud: Nada. Absolutamente nada.
Herr F. (luego de toser): Bueno, verá que en este contexto, la acusación de mi hija es terrible.
Freud: Que usted quiere su muerte.
Herr F.: Hay otra acusación previa. Hay varias otras acusaciones previas. (Se cubre los ojos otra vez.) Me avergüenza hablar de esto.
Freud: Escucho.
Herr F.: Hace una semana Dora me llamó a su dormitorio y me dijo que Herr K. la había besado en los labios mientras le tocaba… sus partes nobles.
Freud: Sus genitales.
Herr F.: Sus senos. Yo por supuesto salí de inmediato en mi automóvil a casa de los K. y por supuesto Herr K., ante la acusación, se mostró sumamente ofendido. No es para menos: Herr K. es un hombre casado. De vuelta en mi casa le dije a Dora lo que Herr K. había respondido —que el asunto del beso era una fantasía de Dora— y ella me respondió que tenía que elegir entre los K. y ella. (Se pasa la mano por la boca.) Más bien hablaba de los K. y Frau K. indistintamente. O ella o yo, decía. O dejas de verla o voy a matarme. Yo salí de su cuarto consternado, y durante días no hablamos del asunto. Pero una semana después, ayer mismo, cuando volvía de casa de Frau K….
Freud: Fue usted a casa de Frau K. nuevamente.
Herr F. (mirando hacia otro lado): Sí.
Freud: A pesar de que su hija amenazó con…/
Herr F.: Sí.
Freud: Cuando volvió de casa de Frau K….
Herr F.: Encontré la carta, subí a su habitación, como le he dicho. Dora tenía en la mano un frasco de sedantes, se lo tiré de la mano…
En otra área menos distante que la de su primera aparición, Dora tiene la mano extendida, abre la palma y caen unas pastillas rojas…
Herr F.: Guardé el frasco de sedantes en mi saco. Ella me dijo:
Dora: Has elegido. Yo debo morir.
Herr F.: Le pedí que fuera sensata, pero ella siguió en su tono dramático.
Dora: Es natural: te conviene creerle a él, porque tú y ella son amantes.
Herr F.: Tenemos una amistad honorable, hija. Yo y Frau K. y su esposo. (Tose.)
Dora: Ja. Y ahora tú y el marido están de acuerdo en un precio por su mujer.
Herr F.: ¿Qué precio?
Dora: Tu hija. Yo. Él quiere usarme como tu usas a su mujer.
Herr F.: Qué idea delirante. Monstruosa. (Tose.)
Dora: Yo seré su puta como ella es la tuya.
Herr F.: Y la obscenidad, doctor. Era como si un diablo —un espíritu soez y estridente— se le hubiera metido en el cuerpo.
Dora: Por última vez: si me quieres, tienes que dejar de verla.
Herr F.: Dora, no puedes pedirme esto. Es cruel, irracional.
Dora: Ja.
Herr F.: Me salvó la vida, lo sabes. (Tose.)
Dora: Entonces has decidido por segunda vez: prefieres a Frau K. y yo debo morir.
Herr F.: Como si dijera: no quiero vivir; por tanto, debo morir. Le dije muy despacio: Hija… Hija, cómo se te ocurre que yo quiero tu muerte.
Dora tose, luego replica:
Dora: No mientas. Todo sería más fácil para ti y esa puta.
Herr F. (luego de toser): La abofeteé.
Dora recibe la bofetada.
Herr F.: Por Dios, grité. Y luego no supe qué más decir o hacer y volví a abofetearla una y otra y otra vez.
Tres bofetones caen sobre Dora. Oscuro sobre ella.
Herr F. (transido por el dolor): Yo comprendo, doctor, que la vida de un hombre está hecha de alegrías y sufrimientos, y que si vive suficientes años/
Sigue hablando, pero no lo escuchamos porque Freud nos habla directamente a nosotros:
Freud (a nosotros): Y aquí el padre de Dora se fugó a la filosofía. (Mientras saca de un bolsillo en su chaleco un pastillero:) A ese blah-blah-blah de generalidades que llamamos filosofía y con la que escapamos de nuestro destino individual. (Freud traga una pastilla, luego se dirige a Herr F., interrumpiéndolo:) Herr F.
Herr F.: ¿Perdón?
Freud: Y la tos: ¿cuándo dice que le empezó?
Herr F.: ¿A-a mí?
En un espacio contiguo está ya Dora sentada en el diván.
Dora: No, lo de mi papá es “neurastenia”. (Dora indica con las manos las comillas de sus palabras. Así indicará siempre las comillas de lo que dice.)
Herr F.: ¿A mi hija? Desde / desde la alucinación del beso tose. (La luz va yéndose de sobre Herr F. …)
Otra vez el consultorio. Dora tiene 17 años, una cara inteligente. Ahora está enojada y su inteligencia se ha vuelto irónica. Habla mientras abre y cierra un portamonedas. Freud no puede evitar distraerse con ese movimiento automático y obsesivo.
Freud (marcando con las manos, como Dora, las comillas): ¿Por qué dices “neurastenia”?
Dora: Porque se llama neurastenia a un grupo de enfermedades nerviosas que nadie sabe exactamente qué son, ¿o no?
Freud: Así es.
Dora deja en paz el portamonedas y Freud suspira aliviado.
Dora: A mi papá le cuesta trabajo la vida. Tiene problemas, es indeciso: le duele la cabeza, tiene insomnio, de pronto llora. Pero le parece más elegante tener neurastenia que ser un pobre infeliz. ¿Puedo tomar una menta?
Mientras Dora abre su portamonedas para tomar de adentro una menta, Freud nos habla.
Freud: No pude —ni quise— disimular la simpatía que me provocó esta precoz joven. Entendí por qué su padre quería enviarla a Leipzig, a la única facultad de Finanzas que admitía mujeres en Europa.
Dora: Además le digo: hace el amor con Frau K. y “se cura”. Por eso me preocupé cuando nos cambiamos a Viena, pero adivine quiénes se cambiaron también a Viena a las dos semanas.
Freud: …
Dora: …
Freud: Escucho.
Dora: Es que es un salto de tema. ¿Eso es asociar: saltar de tema?
Freud: Escucho.
Dora: Pensé que usted me iba a preguntar de mi mamá.
Freud: Bueno, te pregunto de tu mamá.
Dora: Ay, doctor, mi mamá es una tonta —una imbécil, pero profunda, doctor—. De verdad. No hace nada más que limpiar y cocer y cocinar. Dice mi papá que de joven le interesaba el mundo —la política, la literatura—. Pero el matrimonio le encogió la inteligencia y ahora todo es los botones y los tapetes y las manchitas en la plata. Y eso que tiene tres sirvientas. Son las sirvientas más felices del mundo: se sientan a ver a mi mamá pulir los candelabros. Quiero decir: no es como su esposa, doctor, que anda limpiando porque ustedes no tienen sirvientas —hoy la vi limpiando el recibidor del consultorio y me acordé de lo que dijo mi papá, que usted gana apenas para tener dos trajes—. No debí decirle esto. ¿Se enojó conmigo?
Freud: Te dije: debes decir lo que se te ocurra, con absoluta libertad.
Dora: Es que/ No sé si está bien, pero no culpo a mi papá de haberse desenamorado de mi mamá y haberse enamorado de Irena así, como un loco. En cuanto a mi mamá, a ella sólo le importa “que nada le pase a su familia”, así lo dice; traducción: que no haya escándalos ni divorcios. Y Herr K… bueno, el pobre deja las cosas ser y se toma un brandy. O dos. O siete. Además, mi papá lo ha vuelto rico. Qué le importa si mi papá y su esposa hacen lo que hacen. De todos modos ¿qué hacen? A mi papá no… no se le… pone duro.
Freud (interesado): ¿Cómo sabes eso?
Dora: Se lo oí decir a nuestro médico. Lo dijo en latín para que yo no entendiera: Penis flaccidus. Pero yo hablo latín y griego. Y mi libro de cabecera es La fisiología del amor de Mantegazza.
Freud: Ah.
Dora: Me lo regaló Frau K. Con ella hablo de sexo…
Freud: Pero si tu papá tiene penis flaccidus, entonces ¿cómo tu papá y Frau K…?
Dora: ¿… “cogen”? Con las bocas.
Freud: ¿Tú tienes alguna idea de cómo se realiza el coito?
Dora: He visto dibujos.
Freud: Entonces ¿cómo te imaginas…?
Dora: Se chupan. Se llama cuni lingüis. Si quiere puedo traerle unos dibujos para que vea cómo se hace.
Dora empieza a abrir y cerrar su portamonedas.
Freud: Oigamos.
Dora: Me acordé del beso de Herr K. y de la traición de mi papá.
Freud: Dora, quiero que me escuches con cuidado. ¿Recuerdas que a los seis años tenías un asma nervioso? Era real, te hacía daño, te fatigaba. Sin embargo, su causa era mental, no física. Bueno, existen recuerdos “nerviosos”. (Freud usa el ademán que usa Dora para marcar comillas. Él y los otros personajes se han apropiado también del modismo de Dora y así lo harán: marcarán las comillas con los dedos.) Tal vez —y sólo tal vez— el recuerdo del beso de Herr K. es resultado de un proceso mental como tu asma y como tal vez —de nuevo: sólo tal vez— tu tos actual. El recuerdo es real para ti, te lastima. Pero es importante que aquí aclaremos si sucedió en el mundo exterior o en tu imaginación.
Dora tiene un reflejo como de vómito que se convierte de inmediato en una tos: tose dos veces.
Dora: Es usted igual a mi papá. (Tose otra vez.) Amable. Educado. (Tose.) Y mentiroso. Cree lo que le conviene, nada más.
Freud: ¿Qué me conviene?
Dora replica con una ira creciente.
Dora: Que haya imaginado el beso.
Freud (a nosotros, apretándose con dos dedos el entrecejo —le duele otra vez la cabeza—): Interesante.
Dora: Mi papá le paga para que “nada le pase a su familia”, como dice mi mamá.
Freud (a nosotros):Sumamente interesante.
Dora: Para que cuando le pregunten cómo está su familia él pueda decir: “Bien, muy bien, ¿y la suya?”
Dora sigue hablando, pero no la escuchamos porque Freud nos habla —esto mientras toma de una bolsa de un chaleco su pastillero y toma una pastilla—:
Freud: En una sola sesión, Dora había pasado conmigo de la complicidad amorosa al odio, un vínculo tan intenso, o más, que el amor. No en vano me llegó a decir hasta en tres ocasiones:
Dora (en tanto Freud traga la pastilla, saliendo): Sí, es usted idéntico a mi papá.
Freud a solas en su consultorio. Se sienta tras su escritorio y abre su cuaderno de tapas duras.
Freud: Es pertinente ahora hablar del fenómeno de la transferencia. Tenemos la impresión de que al conocer a una persona admitimos sin dificultad que nada sabemos de ella.
Entran Freud 2 y 3.
Freud 2 y 3 (sucesivamente): ¿Cómo está? ¿Cómo está usted?
Freud: / decimos y percibimos limpiamente al perfecto desconocido, y esperamos que se nos dé a conocer poco a poco.
Freud 3: Dígame algo de usted, porque por lo pronto me resulta un absoluto extraño.
Freud: Falso: nunca es así. Lo cierto es que de inmediato asociamos a nuestras nuevas conocencias con personas significativas de nuestro pasado. Pensamos, consciente o inconscientemente:
Freud 3 (a nosotros): Éste es un niño altanero y ladrón, como mi hermano menor. O bien/
Freud 2 (a nosotros): /éste es un zonzo presuntuoso como mi abuelo.
Freud: Y reeditamos con ellos nuestra antigua relación, haciendo breves correcciones para ajustarla a la nueva realidad.
Freud 3: Seré discreto con él como una sombra: como con mi hermano el ladrón. (Dándole la mano, condescendiente:) Permítame: me voy, tengo una cita.
Freud 2 (muy amable): Tenga buen día usted también —hablador de mierda.
Mientras Freud 3 se retira caminando de espaldas y obsequioso:
Freud 3: No, no me robó ni un dedo.
Freud 2: Y muérete en la noche.
Freud (para sí): ¿Es necesario el ejemplo?
Freud 3: No, puesto que es pésimo.
Freud lo tacha en su cuaderno y Freud 3 y Freud 2 van a sentarse a sus respectivos escritorios.
Freud 3: Pero el concepto es sumamente…
Freud 2: … inquietante.
Freud 3: Prometedor.
Freud (a nosotros, con excitación creciente): Conocemos pues a pocas personas durante la vida. A nuestros padres, hermanos, a unos cuantos más, y de ahí en adelante seguimos reconociéndolos y reconociéndolos en las personas que recientemente “conocemos”. En el consultorio de un psicoanalista…/
Marta, la esposa de Freud, entra. Lleva un delantal de una de cuyas bolsas asoma un plumero. Para no ser interrumpido, Freud se inclina dramáticamente para escribir en tanto Freud 2 toma la dirección de la redacción: habla hacia nosotros mientras Freud y Freud 3 apuntan en sus respectivos cuadernos.
Freud 2: En el consultorio del sicoanalista, donde/
Marta: La cena/
Freud (un poco molesto, levantando la vista del escrito): ¿Sí?
Marta : La cena está lista en media hora.
Freud: Correcto. Gracias, Marta.
Marta toma el cenicero de plata, lo vacía, lo limpia con su delantal, lo deja en su lugar, todo esto mientras Freud sigue escribiendo y Freud 2 redactando.
Freud 2: En el consultorio de un psicoanalista, que permanece buena parte del tiempo en silencio y que nunca se mueve por otros intereses…
Freud 3 (escribiendo): Idealmente…
Freud 2: /idealmente nunca se mueve por otros intereses que los de clarificar a su paciente; el fenómeno de la transferencia es innegable.
Freud 3 (a Freud 2): Percibible.
Freud 2: Innegable.
Freud 3: ¿Dónde están las mediciones de la transferencia?
Marta sale y Freud retoma la batuta.
Freud: El fenómeno es muy notable.
Freud 2 y 3: Muy notable.
Freud: Es claro que en un principio del análisis yo fui colocado en la imaginación de Dora en el lugar de su padre. (Freud 3 se cala los lentes gruesos que lo convierten en Herr F., él y Freud se ponen en pie; se mueven de manera idéntica mientras Freud ha continuado sin pausa alguna.) Asociación consciente en ella, y por lo demás acertada, dadas las semejanzas entre el padre y yo:
Freud 3: /semejanzas en nuestra edad, nuestro aspecto físico, nuestros ademanes/
Freud: /adquiridos en un milieu similar/
Freud: El hecho de que ambos fuéramos judíos.
Freud 3 y 2: Sh.
Freud 3: Irrelevante.
Freud 2: Ja.
Freud (vacilante): /semejanzas de educación y de/ y de/
Freud 3: Y punto y aparte.
Freud (volviendo a sentarse): El caso de Dora no era un caso de gran histeria, con espectaculares síntomas como cegueras repentinas, parálisis de extremidades o amnesias súbitas. Meramente se trataba de un caso de petite histérie con los más comunes síntomas.
Entra Ana en el consultorio con una charola. Freud de nuevo se inclina para concentrarse sobre su escrito.
Freud 3: Precisamente por ello habría de enseñarme mucho más sobre los procesos sanos de la mente.
Ana: Papá.
Freud 3: Tales como la transferencia/
Freud (alzando despacio el rostro): Sí, Do….
Freud 2: ¿Do…? ¡Dora!
Freud 3: No: Ana. Ana.
Freud 3 y 2 (señalando a Freud): Lapsus lingüe, lapsus lingüe.
Freud: ¿Sí, hija?
Ana: La cena.
Freud (luego de consultar el reloj que se encuentra sobre su escritorio): Se me pasó el tiempo. (Se pone en pie y mientras sale con su hija:) Gracias, Ana. Vamos a ver qué cocinó tu mamá.
Ana: Y yo.
Freud 2: /la inescapable transferencia. Punto y aparte. Fin de capítulo.
Cambio de luz: luz sólo sobre Freud 3, que al ponerse los lentes gruesos es de nuevo Herr F.. Herr F. saca del interior de su saco un estuche pequeño y lo abre. Estamos en:
Antesala en casa de los K.
Herr F.: Irena. No, Frau K. No: Irena. Éste un regalo de despedida. Si nos dejamos de ver, tal vez Dora se cure y…
Entra Frau K. y Herr F. guarda de prisa el estuche. Frau K. es una mujer de 40 años, física y emocionalmente adorable. Se besan en las mejillas. Ella entonces mira a un lado y otro para asegurarse de que nadie los ve, toma el rostro de él entre las manos y lo besa en los labios. Él se entrega al beso ávidamente y luego se aparta culpable. Luego de una pausa breve.
Frau K.: ¿Por qué la urgencia? ¿Fue algo que dijo el doctor?
Herr F.: S-sí. Me / me advirtió que su cura es como abrir una caja de Pandora. Debe abrirla para curar, pero entonces todas las complejidades psíquicas emergen y el paciente empeora, antes de mejorar. (De pronto irritado:) Irena, ¿por qué tu marido me cita en casa de/ de ustedes?
Frau K.: Si quiere verme, dijo, que venga a “nuestro hogar”.
Herr F.: Irena… Es muy complicada nuestra… situa / situación. Irena… (Se lleva la mano al bolsillo donde ha guardado el estuche.) He pensado que…
Como él no parece poder completar la frase, ella le muestra su afecto: lo besa en los labios…
Frau K.: … Sé amable con él.
Ella lo toma del brazo y echan a andar. Mientras salen:
Herr F.: Es que/ Es decir: me han dicho también que no es así: un neurólogo amigo mío me ha dicho que los pacientes del doctor Freud a veces empeoran y nunca se curan.
Salita en casa de los K. Herr K. (antes Freud 2, ahora calvo) sentado en un sillón bebe un coñac cuando escucha llegar a Herr F. y Frau K.
Herr K.(áspero): ¿Cómo está su familia, Herr F.?
Herr F.: Bien. Muy bien. ¿Y la suya?
Herr K.: ¿Qué se te ofrece? (Herr K. se mueve bruscamente a la mesita donde están las bebidas y roza una lámpara de pie, que se tambalea.)
Dios mío. Es una lámpara Gallé.
Una joya. (Siguiendo su camino a las bebidas:) Que los brutos no sabemos apreciar.
Tal vez no debías beber más. Hay agua mineral en/
Herr K. (a Herr F.): ¿Entonces? (Empieza a llenar su copa.)
Herr F.: Vengo a rogarle, a rogarte/
Herr K.: Sí, no tiene caso hablarnos de usted luego de cinco años de tutearnos. ¿Qué me ruegas?
Herr F.: Te pido por segunda ocasión, pero ahora te lo pido por piedad, que me digas… (La voz se le atipla.) … si has tocado a mi hija.
Herr K.: Adoro a tu hija. Le he regalado libros, dulces; le regalé un alhajero Gallé, un alhajero que vale lo que vale esa lámpara. Soy su tío preferido. Bueno, era.
Herr F.: Yo/
Herr K.: Yo te pregunto: ¿por qué tocaría a una niña un hombre atractivo y sensual como yo? (A su mujer:) Soy un hombre atractivo para las mujeres, ¿no es cierto?
Frau K.: Hasta que viven contigo.
Herr K.(tocándose el corazón):Touché.
Frau K.: La niña es la heredera de un consorcio textil. A nadie le importa saber si ha perdido la inocencia. Ésas son palabras estúpidas. Lo que importa saber es si está mentalmente enferma.
Herr F.: Si está mentalmente enferma, no puedo heredarla. Y si no voy a heredarla, no tiene caso que la envíe a estudiar Finanzas. Nadie le da a una mujer una gerencia de empresa, si no es su padre. Es injusto pero así es. Así que sí: debo decidirlo pronto: este invierno.
Herr K. se sirve otro coñac con toda calma.
Frau K.: No sacrifiques a la niña.
Herr K. se lleva a los labios la copa.
Frau K.: Ella no tiene ninguna culpa de nuestros enredos.
Herr K.: Los de los enredos son ustedes. (De golpe a Herr F.:) Eres un hombre de acciones muy claras —incluso impiadosas—. Lo despreciable es tu lloriqueo luego. Desde un principio decidiste quién mentía: tu hija o yo. La mandaste a un doctor de locos.
Herr F.: Pensé que era lo mejor, pero ya no estoy segu/seguro. (Tose.)
Herr K.: ¿Qué gano yo en esto?
Frau K.: No seas miserable.
Herr K.: No me humilles más, Irena. Hay un límite a lo que un hombre puede padecer.
Herr F.: Estoy dispuesto a pagar tu sinceridad.
Herr K.: ¿Cuánto?
Herr F.: Cinco por ciento de la importadora. Pero quiero una prueba.
Herr K.: Dora es una niña sobresaliente, todos lo sabemos. Una jovencita ávida de cultura. En especial, a últimas fechas, de libros de adultos. (Mirando a Frau K.:) Manuales de sexo, novelas sofisticadas. (A Herr F.:) Su padre la lleva al teatro; la llevó a La Ronda, el último escándalo del nuevo teatro vienés. Y bueno, es que su padre es un hombre moderno, ¿no es cierto? Un hombre que cree que podemos vivir distinto de nuestros padres, más libremente, sin ningún respeto a las tradiciones.
Herr F.: Es inexacto. La he educa/
Herr K.: Si no quieres oír la verdad…
Herr F.: Perdón. No hablo.
Herr K.: En una hora y media La Ronda narra ¿cuántas seducciones sexuales? Diez. Una cada siete minutos. (Mientras mira fijamente a su esposa:) Ni siquiera en un burdel hay tanto movimiento, te lo aseguro. (A Herr F.:) Si a nosotros nos excita La Ronda, nos excita y la imaginación se nos calienta, a la pequeña Dora la imaginación se le incendió en llamas de lujuria. En efecto, enloqueció: la enloqueció su padre.
Herr F. baja el rostro avergonzado.
Herr F.: Quiero una prueba.
Herr K.: ¿Una prueba de qué? ¿Una prueba de un beso que no sucedió?
Herr F.: Una prueba de que el beso no sucedió.
Herr K.: Te daré tu prueba. Escena cuatro —o cinco— de La Ronda. Un cuarentón seduce a una niña en un reservado de un restaurante, mientras están comiendo… ¿qué?
Herr F.: No / No veo de lejos, lo sabes.
Frau K.: Merengues.
Herr K.: ¿Qué le di de comer a Dora, según ella, el día del beso criminal?
Herr F.: … ¿Merengues?
Herr K.: Una palabra con usted, señora.
Frau K. se levanta y él también. Salen al vestíbulo vecino… De golpe él toma violentamente a su esposa por el pelo y la coloca contra la pared. Le sube la falda y la penetra con un dedo. En tanto Herr F. en la salita saca el pequeño estuche y se prepara para despedirse de su amante. Herr K. vuelve a la salita con aire despreocupado. Herr F. guarda el estuche.
Herr K. (a Herr F.): Diviértanse. Vuelvo en la madrugada.
Mientras él sale, en el vestíbulo Frau K. va a encender un gramófono: suena un vals de Strauss. Frau K. entra en la salita.
Herr F. (muy por lo bajo):Ha vuelto a tomar.
Frau K.: …
Herr F. (muy por lo bajo): ¿Qué te dijo?
Frau K.(muy por lo bajo): … No importa.
Se oye una puerta lejana cerrándose. Frau K. se sienta en el chaiselong.
Frau K.: Ven.
Él va a sentarse al chaiselong. Tose al sacar el estuche. Lo abre. Toma el anillo que contiene y se lo pone a Frau K. diciendo:.
Herr F.: Irena, éste es un regalo de…
Frau K.: ¿De… despedida? (Ella le toca la mejilla con una mano.)
Herr F. (sintiendo el contacto con su amante): De… No puedo. No puedo vivir sin ti. (Le toma la mano y se la besa.)
Frau K. le acaricia el cabello. Herr F. reacciona: la besa aferrándola por la cintura y aún besándola la alza en pie: un movimiento romántico de pasión.
Herr F.: Sin ti estaría muerto.
Oscuro sobre ellos y luz sobre Dora y Freud en el consultorio.
Dora: Y luego del abrazón, bailan.
Cambio de luz: dos lugares a la vez:
El consultorio y la salita. Freud en su sillón y Dora tendida en el diván. Herr F. y Frau K. bailando, besándose…
Dora: Y se besan mucho. Mucho. Como diez minutos o veinte. Por lo del penis flaccidus. A veces ponen en el gramófono a Strauss.
Freud: Así lo imaginas.
Dora: Lo he visto. Sin querer. Por accidente.
Freud: ¿Cuántas veces los has visto —por accidente—?
Dora: Tres. (Dora y Freud se ríen suave.) Y de pronto les entra un frenesí por verse la ropa interior.
Los amantes se arrancan uno a otro las ropas. Es el recuerdo de la visión de una niña.
Dora: Es un voladero de telas. Y entonces mi papá la toca despacio como para revisar que todo está en su sitio… Y luego de golpe pierde toda la educación y la tumba.
Como si fuera un luchador de lucha grecorromana, Herr F. tumba a Frau K. Frau K. cae de rodillas frente a él.
Dora: Y cometen el felatio. Aunque no, generalmente hacen primero el cunni lingüis. Otra actividad grecolatina.
Herr F. tumba en el chaiselongue a Frau K.: luego se mete bajo su falda. Frau K. gime, solloza… Dora empieza a toser, se sienta en el diván.
Dora: ¿Puedo tomar una menta?
Freud sacude la cabeza para dejar de imaginar el coito. Oscuro sobre Frau K. y Herr F.
Freud: Ah sí: una menta. No: no la tomes. ¿Qué sientes en la garganta?
Dora: Como… cosquillas.
Freud: Excitación.
Dora toma la menta del interior de su bolso y la mete en su boca.
Freud: No tosas. Reprime la tos. ¿Qué sientes?
Dora reprime la tos. Se autoobserva. Tose escupiendo la menta.
Dora: Exacto. Ganas de escupir.
Freud: ¿La excitación? ¿Escupir la excitación?
Dora continúa, pero Freud se ha quedado absorto en su conclusión anterior.
Dora: Y luego mi papá sale de debajo de la falda todo despeinado y con los lentes empañados y ella le dice: Gracias por la “amabilidad”. Y lo besa por toda la cara. (Dora se ríe, Freud no: está absorto todavía en el asunto de escupir la excitación.) Por eso cuando Frau K. habla de mi papá siempre dice: Es un caballero amabilísimo.
Dora tose.
Freud: Dora. Volvamos a la sensación de la tos.
Dora: Ahá.
Freud: Recuérdala.
Dora: La estoy sintiendo otra vez.
Freud: ¿Puede ser… que al recordar a tu padre y a Frau K. sentiste… una excitación… en tu genitalia… que luego se desplazó a tu garganta?
Dora: ¿Qué quiere decir genitalia?
Freud se rasca la barba.
Freud (atreviéndose a decirlo): Tu labia y tu clítoris.
Dora abre grandes los ojos y la boca. Luego dice muy quedo:
Dora: No. No sentí algo en mi genitalia.
Freud: Puede ser… que lo hayas sentido pero no hayas querido sentirlo y por eso desplazaste la excitación a tu garganta…
Dora: Pero toso también cuando no pienso en sexo.
Freud: Toses cuando no quieres pensar en sexo y no quieres sentir excitación en tu genitalia.
Dora: Repítalo.
Freud: Sentiste excitación en tu/
Dora: Genitalia.
Freud: Pero porque no quieres sentir la excitación la desplazas a tu/
Dora: /garganta. Y luego la escupo en la tos. Es decir que… ¿hago cosas a espaldas de mí misma? ¿Como si fuera dos personas? Como cuando sueño: una Dora hace el sueño, otra lo mira… y tal vez otra ¿lo vive? Nunca lo había visto así.
Freud: Es decir: te era no consciente; es decir, inconsciente.
Silencio.
Freud: Oigamos.
Dora: Pensé en Frau K…
Freud (a nosotros): Espléndido. Dora estaba cooperando en su curación con un gran acierto.
Dora se ha puesto de pie, lleva un portafolios de piel bajo el brazo.
Freud: Oigamos.
Dora camina hacia otra área…
Dora: Esa tarde salió a recibirme…
Frau K. entra, un paraguas al brazo.
Dora: Entramos en el elevador.
Frau K. saluda con un beso en la mejilla a Dora y luego pulsa un botón (imaginario). De inmediato la luz se mueve sobre ellas como si ascendieran por un elevador:
Dora: Me quita el aliento Irena. Tengo que hacer un esfuerzo para no acordarme de mi papá bajo su falda.
Frau K. la mira de frente.
Frau K.: Deja. Voy a pintarte un poquito.
Frau K. toma del color de sus propios labios para pintarle a Dora los labios. Dora la deja hacer como hipnotizada…
Frau K.: Te está esperando.
Dora (aniñada): ¿No te vas a quedar?
Las dos mujeres salen del elevador. Claramente Dora imita el andar coqueto, cadencioso, de Frau K…. Cambio de luz: una tercera área se ilumina: ahí Herr K. de pie ante un escritorio, fumando puro, Dora y Frau K.
Herr K. (áspero): ¿Qué papeles?
Dora (todavía con un aire como el de Frau K.): La cuenta de las importaciones de hilo de Alemania.
Herr K.: Ah.
Herr K. se mueve a una puerta. Al moverse él hemos visto sobre el escritorio dos copas aflautadas con vino blanco y un plato con merengues.
Herr K.(a su secretaria, fuera de la oficina): El expediente Offenbach.
Frau K.: Trabajen, yo me voy por ahí a gastar dinero.
Dora (absorta en Frau K., que se va): Pensé:…
Herr K., en el quicio de la puerta, y Frau K., despidiéndose con una mano, se congelan.
Dora: … mira qué mujer tiene Herr K.… Es más pobre que mi papá pero sabe disfrutar más. Las ventanas de su oficina dan al Danubio. Y siempre sirve vino del Rhin a sus visitantes.
Frau K. (saliendo): Auirveau.
Herr K.: ¿Tu papá piensa que hay algo sucio con mis tratos con Offenbach?
Dora: Hace cinco años eran muy baratos y de buena calidad: ahora son malos y caros. Quiere tu opinión.
Herr K.: “Mi opinión.” Y las cuentas, para tomar su decisión a solas.
Dora: Quiere sanear todos nuestros negocios.
Herr K.: Nuestros negocios.
Dora (con dificultad): Son de nuestra familia.
Herr K.: Claro, y la gente —los empleados, los proveedores: la gente— se confía luego de cinco años de relaciones y abusa, ¿no es cierto? Por ejemplo: tú hace apenas unas semanas lo primero que hacías al verme era darme un beso.
Dora: Te lo di cuando llegué.
Herr K.: ¿Ah sí? Ven, dale un beso a tu empleado.
Tocan a una puerta.
Dora: …Herr F. se alzó de golpe con esa… intensidad que tiene cuando ha bebido o está molesto…
Herr K. cruza con energía la puerta. La abre y recibe un expediente. Lo pone sobre el escritorio.
Herr K.: El expediente Offenbach. (Se sienta junto a Dora.) Ahora el placer. Pruébalos, los compré pensando en ti. En tu sonrisa.
Dora toma un merengue y lo muerde mientras él la observa.
Herr K.: Sí, prefería cuando venías a verme para traerme una manzana. Y yo te daba un libro. O una flor. Y tú me dabas muchos besos. Con tus labios finos, me llenabas la cara de besos. Entre sorbitos de vino blanco me dabas besos.
Dora: Los besos, el beso, lo decía una y otra vez, terco como cuando bebe.
Herr K.: Sí, lo prefería. Cuando eras inocente y no te parecías nada a la gente grande. Eras mi amor perfecto: mi amor inocente: lo más bello que me sucedía, cada segundo día. (Le toca la barbilla con el índice.) Ahora, no te muevas. Con crema en los labios… ¿me das el beso?
Dora se acerca a darle el beso en la mejilla. No era lo que él esperaba, pero de cualquier forma siente un intenso placer al recibir el beso.
Herr K.: Pon un poco de crema en mis labios…
Dora lo mira con fijeza…
Dora: No entiendo.
Herr K.: ¿Oyes mi corazón?
Dora: …
Herr K. se alza de golpe y se mueve para cerrar una cortina, luego va a la puerta a cerrarla con botón.
Dora: De pronto se alzó y cerró la cortina de la ventana. Cerró la puerta… La oficina se llenó de un aire espeso. Me miró despacio…
Herr K. se acerca…
Dora: Sentí como si todo fuera un sueño… Algo que ya conocía… La Ronda…
Herr K. le toma la mano y la alza.
Dora: Olía a cigarro.
Herr K.: Dame el beso.
Dora (con asco): A humo.
Herr K.: Dámelo.
Dora: Ya te lo di.
Herr K. pone ambas manos en sus senos y los acuna y mueve despacio. Su respiración se vuelve densa…
Herr K.: Qué dulzura, Dora. Estoy perdido, por ti, perdido… (Besa a Dora en los labios largamente, estrechándola contra sí…)
Dora: Sentí contra mi cuerpo su…
Freud: Su miembro masculino.
Herr K. le toma la mano y la lleva a su pene.
Herr K.: Por favor…
Dora: No. No. (Un tercer no se le convierte en tos.)
Herr K. trata de besarla otra vez, pero ella lo abofetea. Dora retrocede caminando de espaldas muy muy despacio hacia el área de Freud…
Herr K.: ¡Pequeña zorra!
Dora: Salí corriendo. Me latía el corazón muy fuerte y tosía.
Freud (a nosotros): En plena histeria.
Dora: Le dije a papá: ¡Herr K. me ha besado…! Siempre te besa. ¡No, papá!, ¡me ha besado como a una mujer…!
Freud: ¡Dora! ¡Dora!
Dora: ¿Sí?
Freud: Pero eres ya una mujer, ¿no es cierto?
Dora: ¿Qué tiene que ver eso? Yo no estaba con él como mujer. (Abre y cierra su bolsito.)
Lou Andreas Salomé, una mujer madura de gran estilo, con el cabello en un chongo laxo, entra suavemente diciendo:
Lou: Estaba con él como una sobrina o como… un hombre de negocios.
Freud: Eso es, Lou.
Lou: Y entonces, en esta sesión que usted me narra… ¿habló usted o habló ella?
Freud: Dora…
Lou (a nosotros): Él.
Freud: Te violentó la acción de Herr K., pero también a ti te gustaba Herr K., ¿no es cierto?
Dora: Sí, me gustaba, pero de otra manera.
Freud: Te regalaba flores, te decía qué bonita eras. Tú le tenías ternura por su situación difícil.
Dora: …
Freud: Ahora Herr K. sólo daba otro paso en la relación al besarte como a una mujer, porque de hecho —en el último año— te habías convertido ya en una mujer.
Dora: Usted está de su lado.
Freud: Estoy solamente aclarando la escena. Entendiendo la escena. (Consultando un cuaderno de notas:) Herr K. primero te habló de tu sonrisa. Luego de tus labios —tus labios finos y sus besos ligeros—. Luego del placer de verte cada semana. Eres lo más bello que me sucede cada segundo día…
Dora levanta la cabeza para ver a Freud tras ella… Sí, lo está leyendo, no lo declara él.
Freud: Eso dijo. ¿Puedes ver que todo conducía al beso?
Dora: Sí pero…
Freud: Dora, eso hace un hombre cuando una mujer le gusta: la besa.
Dora: Sí, pero yo no quiero ser una mujer.
Lou: ¿Lo dijo tal cual?: ¿yo no quiero ser una mujer?
Freud: ¿Por qué no, Dora?
Dora: ¿Por qué sí? ¿Para ser la sirvienta de un hombre?
Lou (a nosotros): Como su mamá. O Frau K., que es una cortesana al servicio de su padre. O como casi cualquier mujer en nuestra cultura: siempre supeditada a los varones.
Dora: Yo quiero ser / Quiero tener dinero mío, no estar encerrada en una casa.
Freud: Como un hombre, pensé.
Lou: No lo dijo.
Freud: Bueno, si no quiere ser mujer, ¿qué quiere ser?
Dora: … Por eso no voy a casarme. No quiero que nadie decida por mí. Qué curioso: los hombres y las mujeres se casan enamorados, pero cinco años después los hombres son hombres de mundo, con su casa, y las mujeres son amas de casa, sin mundo. Algo está muy mal en este negocio del amor.
Freud: Tal cual.
Silencio. Freud saca disimuladamente, apenas, su reloj del bolsillo del chaleco.
Freud: Bueno, es hora.
Dora: Me siento aliviada. Sé que usted me cree.
Lou: ¿Le cree lo del beso?
Freud: Correcto.
Dora (tendida todavía): Me siento tan cómoda con usted como con Frau K.
Freud: Seguiremos hablando mañana.
Dora: Ahora, adiós, Dora.
Freud: Así es. Adiós, Dora.
Dora se sienta en el diván. Se mueve un poco como Frau K., con esa coquetería.
Dora: Traje un libro para que me lo firme.
Freud: ¿Un libro? (Freud mira de nuevo el reloj con impaciencia.)
Dora saca de su portafolios dos libros; le entrega uno a Freud y él sonríe:
Lou: La interpretación de los sueños.
Dora: Me costó trabajo encontrarlo. Pero en la octava librería tenían un ejemplar.
Mientras autografía el libro, Freud parpadea: tiene su orgullo, no le gusta saber que las librerías no tienen su obra.
Freud: ¿Lo leíste?
Dora: Me encantó. Se lee como una novela —o más bien: como una colección de cuentitos sexosos. Y también encontré éste suyo, muy antiguo y tremendísimo. (Le da otro libro, muy delgado.)
Lou (sorprendida): La búsqueda de testículos en las anguilas.
Dora (una sílaba detrás de Lou): La búsqueda de testículos en las anguilas de la Viena burguesa.
Lou (a nosotros): Eso lo agrega ella. Dos años de búsqueda en la juventud de Freud.
Dora: Le voy a comprar una copia a Frau K.
Lou: De nuevo lo asocia a Frau K. Está iniciando una nueva transferencia: usted es Frau K., con la que Dora habla de sexo.
Freud levanta de golpe el rostro molesto; entrega ambos libros autografiados a Dora.
Freud: No creo.
Dora retrocede caminando de espaldas.
Dora: ¿Dónde se estudia para ser psicoanalista? Tal vez en lugar de finanzas/
Freud: Dora.
Lou: Es una joven seductora.
Dora (imitando a Freud): Mañana seguimos, Dora. Adiós, Dora.
Lou: Y tiene ese contacto con la verdad.
Dora sale.
Freud: Un privilegio de los jóvenes, todavía sin compromisos ni terrores: el contacto directo con la verdad.
Oscuro. Luz en:
Otra vez el consultorio de Freud. Freud saluda de mano a Lou Andreas Salomé, que ha entrado con Ana, que permanece junto a la puerta.
Freud: Bienvenida, Lou Andreas. Permítame. (Le toma algo pequeño de la solapa de piel de zorro de su abrigo. Una hoja seca.) Gracias, Ana. (Mientras le ayuda a Lou a quitarse el abrigo:)
Lou: Qué preciosa se ha puesto, Ana.
Freud: Además es inteligente. La otra noche la encontré leyendo un libro mío —y subrayándolo—.
Lou: Aaah. Entonces es muy inteligente.
Ana: ¿Té o café?
Lou: Té.
Freud mira con perplejidad a su hija.
Ana: ¿Café o té, papá? (Pausa breve.) ¿Qué te sirvo, papá?
Los dos Freuds se iluminan de golpe. Mientras Freud sigue mirando a su hija, perplejo:
Freud 2: ¿Qué?: ¿te sirvo, papá?
Freud 3: Sí, sírveme, hija. Té.
Ana: ¿Papá?
Freud (la voz desfallecida): Té, gracias. Gracias, Ana.
Ana sale. Freud queda un instante pensativo. Luego dice:
Freud: Ahora bien… recapitulemos.
Los tres Freud reencienden sus puros. Luego:
Freud: Evidentemente Dora ha crecido identificada con su padre. De él ha tomado no sólo sus dones naturales…
Freud 2: Su prestancia física.
Freud: Y su precocidad intelectual, sino también la predisposición a la histeria.
Freud 3: Es decir, a convertir una dolencia emocional en enfermedad del cuerpo.
Freud: Dora comparte con él la apreciación de la madre como una ingenua tonta. Una mujer que padece una…
Freud 2: Psicosis de ama de casa.
Freud: Y también comparte su aprecio por Frau K., de la que ha dicho, sin ningún rubor, Irena me quita el aliento. Tal cual.
Freud 2: Tendencias homosexuales.
Freud (asintiendo): En su inconsciente, Dora es su padre.
Lou: Y para el padre ella también es él. Quiere hacerla su heredera.
Freud 3: Correcto.
Lou: Él es ella y ella es él.
Freud: He aquí entonces que sucede el beso de Herr K. y todo se derrumba. ¿Cómo es que un beso puede resultar tan catastrófico?
Lou: Sí, ¿cómo?
Freud: Herr K. la besa y ella siente excitación.
Lou: ¿Siente excitación?
Freud 3: Como cualquier mujer al ser besada.
Freud: Y al sentir el pene erecto, naturalmente en su órgano femenino ocurre un erotización.
Freud 2 y 3: Naturalmente.
Lou: ¿No siente miedo más bien?
Freud: Estamos formulando una hipótesis. Pero al difundirse la excitación por el cuerpo interviene entonces otra reacción.
Lou: El rechazo. La protesta. Un NO expresado con el cuerpo entero.
Freud: Espléndido. Ahora, ¿por qué ese NO?
Lou: Porque es una situación moralmente insoportable: Herr K. está casado con la amante de su padre.
Freud: No.
Lou: Dora lo vive como una agresión de Herr K.
Freud: Y lo es. Es una mutilación. El pene de él y su propia excitación le recuerdan a la joven la ausencia de pene en ella. (En breve:) En ese momento ella se percibe a sí misma como un castrato: un hombrecito sin pene.
Freud 2: Un homme manqué. Es decir:
Freud 3: Una mujer. Tres ensayos de teoría sexual. Freud dixit.
Freud: Y la tos en efecto es su protesta por ser, irremediablemente, sólo una mujer.
Freud 3: Una masoquista biológica.
Freud 2: Freud dixit. Tres ensayos de teoría sexual.
Freud se levanta a servirse un vaso de agua.
Lou (a nosotros): Me sentí insultada, claro, y sumamente mujer. Como si un rubor recorriera todo mi femenino cuerpo. Y tuve un creciente deseo de protestar, de decirle a Freud: así es, así ha sido durante siglos: las mujeres son los eunucos de la sociedad, sin libertad, sin dinero ni poder, pero puede ser distinto. ¿Por qué usted que ha visto más allá de su propia cultura en tantas cosas aquí no puede ver más allá? ¿Qué tal que Dora es…/ Digo: podría imaginarse, ¿qué tal que Dora es una nueva mujer?
Otra área va iluminándose para incluir a una mujer vestida a la usanza de los años setenta del siglo XX —en pantalones negros y zapatos bajos: Gloria.
Lou: Pero…
Gloria: ¿Pero…?
Lou: Me acordé de las palabras de Freud sobre las sufragistas. (A nosotros:) Viena estaba llena de sufragistas por aquel entonces.
Freud 3: ¿Quieren el voto?
Gloria: Sí, lo queremos.
Freud 2: Como los hombres.
Lou: Bueno sí, como ustedes.
Freud 3: Querrán pronto tener sus propias cuentas de banco, manejar automóviles, ¡poder iniciar trámites legales!
Freud 2: ¡Ser ministras de Estado!
Los dos Freud ríen.
Lou: Bueno, no sé si ministras de/
Gloria: ¿Por qué no?
Freud 3: Qué fastidio estas señoras fálicas.
Freud 2: Quejosas.
Freud 3: ¿Por qué no son/
Freud 2: /dulces y agradables?
Freud 3: Como son en esencia las mujeres.
Gloria: ¿Por qué los negros no quieren ser esclavos?
Freud 2: Realmente lo que las sufragistas quieren es un pene.
Freud 3: ¡Nunca sucederá!
Mientras los tres Freud cortan, sucesivamente, la punta de unos puros nuevos con una tijera:
Freud 2: Tendrán que conformarse con su versión más corta.
Freud 3: Con su versión anatómica más corta.
Freud: Tres ensayos.
Los tres Freud chupan sus puros con deleite…
Lou: Así que dije en cambio algo más taimado. Pero ¿no es humano no querer ser un…
Freud: ¿Lo que uno es?
Lou: … castrato?
Freud: Bueno, se llama neurosis, Lou. Específicamente, envidia del pene. Ese NO de Dora es un NO contra la Anatomía, Lou.
Freud 3: Anatomía es destino.
Lou (desfallecida): Ergo: La enfermedad de Dora es el NO.
Los tres Freud: Sí.
Lou: Pero si se le quita el NO a un ser humano, se le quita la autoridad sobre su propia vida.
Gloria: ¿Lo dijo usted?
Lou: Lo pensé, pero…
Gloria: ¡Lo pensó!
Lou: Hay algo que se llama principio de autoridad. Freud era mi padre intelectual: no podía decirle… NO.
Gloria: Qué típico de una mujer.
Lou: Mire usted, Gloria… Los seres humanos pensamos, es irremediable. No vivimos lo real sino a través de su traducción lingüística. Y qué pensamos: pensamos lo que nuestra cultura piensa, no más. Somos cobardes en el pensamiento: la cultura es una casa hecha de ideas y no podemos pensar nada fuera de esa casa. Un genio, sin embargo, piensa nuevas cosas: agrega una habitación o dos a la casa. Freud agregó todo un sótano: nos descubrió el sótano de nuestra conciencia: el inconsciente. Es un aumento impresionante. Pero en cuanto a las mujeres…
Gloria: … no agregó ni una ventana.
Lou: Esto lo estamos hablando en otro tiempo; cuando sucede esta conversación entre usted —una feminista de los años setenta— y yo, Dora ya es un caso clínico célebre y yo llevo cuarenta años muerta. Por eso, de hecho, es que apenas ahora, en esta discusión imaginaria, se me puede ocurrir el símil de cultura y casa —por un sueño que Dora tuvo durante su tratamiento—. Usted recuerda: una casa se incendiaba y Dora dentro de la casa se asfixiaba.
Gloria: La casa era su cultura, dice usted. Dora se asfixiaba en su cultura.
Lou: Ahora lo digo. En aquel entonces nunca se me hubiera siquiera ocurrido esta crítica. (A nosotros, mientras Gloria sale:) A nadie de los astutos y brillantes alumnos de Freud se les ocurrió, por lo demás. Excepto —qué curioso— a Dora, una niña de 17 años.
Freud: ¿Está usted de acuerdo conmigo, Lou?
Lou sacude la cabeza.
Lou: Disculpe: me distraje.
Freud: Pregunto si está de acuerdo.
Freud 3: Lou, ¿sí está de acuerdo, no es así, Lou?
Lou: Sí. Sí. Sí. (Pausa breve en que lo repiensa.) Sí. Sólo me pregunto…
Los tres Freud: ¿Sí, Lou?
Lou: Sólo me pregunto…
Freud: Dígame.
Lou (a nosotros): Por qué un genio discute sus ideas con un castrato. Lo pensé, no lo dije, dije en cambio:
Los tres Freud: ¿Sí, Lou?
Lou: No sé: se me olvidó mi pregunta.
Reentra Ana con un servicio de té y café.
Ana: ¿Más café? ¿Papá, te sirvo?
Lou (a nosotros): Y de pronto ese día Freud hizo algo completamente contradictorio.
Freud: No, Ana: siéntate con nosotros, Ana. Toma mi taza de café. Lou… (Le extiende a la sorprendida Lou la otra taza recién servida.)
Lou: Gracias.
Freud: O mejor: sentémonos aquí.
Los tres se sientan a una mesita.
Lou (a nosotros): Y así Ana, desde esa tarde, se sentó a menudo con nosotros, aun cuando habláramos de casos clínicos, como solíamos.
Ana: ¿Azúcar, papá? (Se congela.)
Lou (a nosotros): Fue un par de años después que Freud me habló con franqueza al respecto —y cuando Ana no estaba presente, desde luego—.
Freud: Lou, primero déjeme decirle —después de todo lo que hemos hablado debo decírselo— que usted no es – no, no es una mujer: usted es una/una…
Freud 3: Excepción.
Freud: Una mujer de excepción. Como lo son las reinas o las/ o las/
Freud 2: Las reinas. Punto y aparte.
Freud: Y por eso ahora quiero, con su ayuda, hacer aquí en mi casa, con mi familia, un poco de modificación de destino.
Ana (ofreciéndole una fuente de plata): ¿Una galleta, Lou? (Se congela.)
Freud: Quiero que en el plano intelectual usted ocupe en la psique de mi hija el lugar de la Madre. Quiero que tenga otro modelo de ser mujer.
Lou (eligiendo una galleta): Gracias. (Ana se aviva.) De nuez. (Ana se congela.)
Freud: Por eso he propiciado que usted y ella hablen. Le pido ahora un poco más: que sea usted su confidente.
Lou (a nosotros): Y así fue que fui la madre de la hija de mi padre intelectual.
Ana: Qué interesante. (Pausa breve.) ¿Puedo… puedo decir algo ahora yo?
Freud rebosa de alegría.
Freud: Por favor, hija. Por favor.
Todos se congelan. Freud 3 y Freud 2 se ponen en pie. 3 se cala unos lentes de fondo grueso: ya es Herr F. 2, se quita el bisoñé: ya es Herr K. Mientras ambos se dirigen hablando a otra zona:
Cambio de luz.
Calle de noche, invierno. Herr F. y Herr K. caminan con gruesos abrigos, ambos fuman puro. Herr F. achica los ojos: padece su neurastenia.
Herr F.: ¿Qué le contaron? La ópera estaba llena de conocidos.
Herr K.: Que cuando el príncipe besó a la doncella, en la escena climática, Dora en el palco tuvo un ataque de asma, muy sonoro…, y luego corrió fuera al pasillo y vomitó, sobre el mármol blanco.
Salita. Herr F. y Herr K. entran quitándose los abrigos.
Herr F. (conteniendo la furia): Le contaron bien. Le dan asco los besos. Un beso es el sello de un contrato terrible. Eso explicó a la salida del teatro a quien le preguntó por su salud. Por si no había escandalizado a los presentes lo suficiente.
Herr K.: Yo pienso…
Herr F.: No piense. Le pago por operar, no por pensar. Los presupuestos.
Herr K. (entregándole una carpeta): ¿Puedo ir a saludarla a su cuarto?
Herr F. (sentándose a leer los presupuestos): No.
Herr K.: ¿Está dormida?
Herr F.: Te odia. ¿No te entra en la cabeza?
Herr K.: No dejar que nos encontremos es propiciar su locura.
Herr F. se queda lívido, quieto, lee los presupuestos para olvidar a Herr K.
Herr K.: ¿Qué va a pasar el 31 de diciembre?
Herr F.: …
Herr K.: Yo me voy a Berlín el primero del año en la madrugada. Porque urge cerrar el trato con Berlín, ¿no es cierto?
Herr F.: Es cierto.
Herr K.: Brindo con mi esposa a las doce en punto y con las maletas en la puerta. Y me voy a la estación para tomar el Ave del Amanecer. Así se llama el tren: va deteniéndose en las ciudades importantes y para cuando cruza Alemania, amanece.
Herr F. se tranquiliza. Trata de ser amable.
Herr F.: Suena/ Es decir: es un buen recorrido, el del Ave del Amanecer.
Herr K.: Tú brindas a las doce con tu familia y te da neurastenia, así que mandas a dormir a los niños y te sales a caminar como de costumbre en la noche. Puedes brindar con mi esposa a la una en punto. De cualquier forma, hay quien dice que es a la una cuando empieza el nuevo siglo.
Herr F.: Es muy generoso de tu parte. Muy civilizado.
Herr K.: De hecho hay quien dice que es hasta 1901 cuando empieza el nuevo siglo. Y para los judíos ortodoxos estamos ya en el año 5678 —algo así—. Así que da igual: cada quien ve lo que le conviene.
Herr F. (Aún leyendo los presupuestos): …
Herr K.: ¿Y qué pasará con la Universidad de Leipzig?
Herr F.: …
Herr K.: Es comercio: te facilito el brindis con mi esposa, facilítame un poco de información sobre mi sobrina.
Herr F.: ¿Información? Bien. Información: hoy es el 29 de diciembre de 1899. El primero del año inician clases. Le estoy por pedir al doctor Freud una respuesta escueta: que me responda si Dora está ya curada o no. Si no está curada tendré que —con sumo dolor— tendré que cancelar la inscripción de Dora a la Universidad de Leipzig.
Herr K.: Estar lejos de nosotros le hará bien. Con gente de su edad.
Herr F. (la voz llorosa pero autoritaria): Fobia a los besos. Tussis nervosa. Un intento de suicidio. Al menos aquí podremos atenderla y vigilarla.
Herr K.: Tengo unos conocidos que pueden hospedarla en Leipzig. Son personas/
Herr K.: ¡Ella es mi responsabilidad! El doctor decidirá si Dora va a Leipzig.
Herr K.: El doctor. Tú te lavas las manos.
Herr F.: La locura de mi hija/ (A Herr F. las lágrimas se le derraman. Se gira para que Herr K. no vea su llanto…) O la evolución de su cura —como la llama el doctor—, la evolución de su cura —que me advirtió estaría llena de avances y retrocesos— me rebasa por completo. Así que sí: el doctor es un hombre de ciencia, él tomará la mejor decisión.
Herr K.: Quiero verla. Antes de irme a Berlín. La quiero —yo también.
Herr F. se vuelve para encararlo.
Herr F.: …
Herr K.: Dijiste que mi actitud frente a tu relación con mi/
Herr F.: Lo dije: es muy civilizada.
Herr K.: Sólo tres minutos. Ahora que duerme. (Desde el umbral de la puerta.) ¿Qué daño puedo hacerle desde el umbral de la puerta?
Herr F.: No… no entres al cuarto.
Herr K. sale hacia un pasillo. Empiezan a sonar, distantes, las campanadas de las doce de la noche, en tanto Herr F. se aposta en la salida del pasillo y mira lo que nosotros no vemos: cómo Herr K. se acerca al umbral del cuarto de Dora…
Herr F.: Hasta ahí. No/ no le hables.
Herr F. padece en silencio sin dejar de vigilar…
Herr F.: ¿Le/ le estás… (Sale tras Herr K.) … murmurando algo?
Cambio de luz: una luz roja, inquieta, de fuego, ilumina el consultorio y el vestíbulo en casa de Herr F.
El consultorio de Freud (donde están Dora y Freud) y el vestíbulo en casa de Herr F., donde lo narrado por Dora sucede.
Dora: Una casa se incendiaba… Mi casa. (Se levanta del diván y camina al vestíbulo.) Yo salía al vestíbulo y ahí llegaban mi padre y mi madre.
Herr F. empuja una carriola, Frau F. va en camisón y lleva un plumero en la mano, como un cetro.
Herr F.: Mis lentes. No veo nada.
Dora: Yo apenas podía respirar, por el humo. Como cuando tenía asma. Mi padre decía entonces:
Herr F.: Aprisa, salgamos.
Herr F. y Frau F. se precipitan a la salida, pero se congelan de golpe.
Dora: Pero mi madre decía:
Herr K.: Un momento. Voy por mi tesorito.
Dora: Así llama a su alhajero: mi tesorito.
Herr F.: No voy a dejar que mis hijos mueran por tu tesorito.
Salen todos, menos Dora, que regresa a tenderse al diván mientras dice:
Dora: Entonces estaba de nuevo en mi cama y miraba a Herr K. parado ahí, junto a mi cama, mirándome…
Junto a Dora Herr K. de pie.
Herr K. (suave): Dora…
Dora: Yo lo miraba por entre mis pestañas, con los ojos casi cerrados…
Herr K. (mientras camina de espaldas alejándose): No te olvido…
Suenan las campanadas remotas de una iglesia…
Dora: Entonces de pronto volvía a salir al vestíbulo.
Otra vez entran corriendo y angustiados los padres de Dora, Herr F. empujando la carriola. Se congelan otra vez.
Frau F.: Un momento. Voy por mi tesorito.
Herr F.: ¡No! Los niños. (Salen de prisa.)
Luz normal solamente en:
El consultorio. Un breve silencio y luego Dora continúa.
Dora: Yo pienso que no puedo respirar en mi casa porque me asfixia; mi papá y mi mamá me asfixian.
Freud (a nosotros): Una tonta y un ciego.
Dora: Ahora entiendo por qué de niña tuve asma: porque el ambiente en mi casa era irrespirable. Ahora es mejor.
Freud: ¿Qué es mejor?
Dora: Toser.
Freud: ¿Por qué?
Dora: Porque el asma es así:… (Imita tener asma.) No poder hacer nada. Y toser es para afuera, así:… (Tose.)
Silencio breve.
Freud: ¿Y el alhajerito?
Dora: Hace unos meses mi papá le regaló a mi mamá un brazalete de oro y mi mamá se puso furiosa porque le pareció horrendo. Yo pensé que mi papá me lo podía regalar a mí, pero mi mamá encerró el famoso brazalete en su alhajerito y nunca lo usa.
Freud: ¿Hay más del tesorito?
Dora: No, no hay más.
Freud: Sí, hay más.
Dora: Oigamos.
Freud sonríe.
Freud: Me contaste que Herr K. te regaló un alhajero muy caro, también hace meses.
Dora (sorprendida al recordarlo): Un alhajero Gallé.
Freud: Tú sabes que cuando uno recibe un regalo considera que debe regalar a su vez algo.
Dora: …
Freud:
