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Qué hacemos para construir un discurso disidente y transformador con aquello que hoy sirve para enmascarar la realidad y transmitir ideología: la literatura. La pregunta podría ser: ¿para qué sirve la literatura? Aunque quizás sería mejor: ¿a quién sirve la literatura? Frente a la concepción idealista de una literatura autónoma y al margen de las relaciones históricas, los autores afirman que no existe una escritura inocente, que toda literatura, incluso la más evasiva (quizás esta más que ninguna) contiene ideología. Para ello analizan el lugar de la literatura en el capitalismo, de qué manera puede servir para enmascarar la realidad, para velar las relaciones de dominación. Y desde ahí dar la vuelta al argumento, y pensar en una escritura que en vez de ocultar sirva para desvelar esas relaciones, y transformarlas. Una apuesta por la lectura crítica, consciente y disidente, frente al lector convertido en cliente por el mercado literario.
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Seitenzahl: 109
Veröffentlichungsjahr: 2013
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Akal / Qué hacemos / 14
David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas y Marta Sanz Pastor
Qué hacemos con la literatura
Diseño de portada
RAG
Nota a la edición digital:
Algunos de los proyectos artísticos mencionados en el libro ya no son accesibles en la red. No obstante, por motivos historiográficos, se mantiene la referencia a la web original.
© David Becerra Mayor, Raquel Arias Careaga, Julio Rodríguez Puértolas y Marta Sanz Pastor, 2013
© Ediciones Akal, S. A., 2013
Sector Foresta, 1
28760 Tres Cantos
Madrid - España
Tel.: 918 061 996
Fax: 918 044 028
www.akal.com
facebook.com/EdicionesAkal
@AkalEditor
ISBN: 978-84-460-3900-6
Qué hacemos
¿Qué hacemos cuando todo parece en peligro: los derechos sociales, el Estado del bienestar, la democracia, el futuro? ¿Qué hacemos cuando se liquidan en meses conquistas de décadas, que podríamos tardar de nuevo décadas en reconquistar? ¿Qué hacemos cuando el miedo, la resignación, la rabia, nos paralizan?
¿Qué hacemos para resistir, para recuperar lo perdido, para defender lo amenazado y seguir aspirando a un futuro mejor? ¿Qué hacemos para construir la sociedad que queremos, que depende de nosotros: no de mí, de nosotros, pues el futuro será colectivo o no será?
Qué hacemos quiere contribuir a la construcción de ese «nosotros», de la resistencia colectiva y del futuro compartido. Queremos hacerlo desde un profundo análisis, con denuncias pero sobre todo con propuestas, con alternativas, con nuevas ideas. Con respuestas a los temas más urgentes, pero también otros que son relegados por esas urgencias y a los que no queremos renunciar.
Qué hacemos quiere abrir la reflexión colectiva, crear nuevas redes, espacios de encuentro. Por eso son libros de autoría colectiva, fruto del pensamiento en común, de la suma de experiencias e ideas, del debate previo: desde los colectivos sociales, desde los frentes de protesta, desde los sectores afectados, desde la universidad, desde el encuentro intergeneracional, desde quienes ya trabajan en el terreno, pero también desde fuera, con visiones y experiencias externas.
Qué hacemos quiere responder a los retos actuales pero también recuperar la iniciativa; intervenir en la polémica al tiempo que proponemos nuevos debates; resistir las agresiones actuales y anticipar las próximas; desmontar el discurso dominante y generar un relato propio; elaborar una agenda social que se oponga al programa de derribo iniciado.
Qué hacemos esta impulsada por un colectivo editorial y de reflexión formado por Olga Abasolo, Ramón Akal, Ignacio Escolar, Ariel Jerez, José Manuel López, Agustín Moreno, Olga Rodríguez, Isaac Rosa y Emilio Silva.
I. Cómo hemos llegado hasta aquí
A medida que nos adentramos en el mundo de los libros, vamos sumando lecturas y nos convertimos en ese sujeto indefinible denominado lector, la literatura se nos aparece, ante nuestra mirada inocente, como un conjunto de palabras capaces de trascender su momento histórico, la época en que fueron escritas. La literatura se concibe como expresión de lo universal; y sus grandes y eternos temas –el amor, la muerte, el tiempo–, como sentimientos comunes a toda la humanidad, que atraviesan todo tipo de fronteras, espaciales y temporales. Esa supuesta condición universal de la literatura provoca que todavía hoy disfrutemos de textos escritos en épocas pasadas y que aún nos podamos identificar y reconocer en palabras escritas hace siglos. Podemos leer La Odisea y La Divina Comedia y El Quijote, y todavía emocionarnos. ¿Qué sucede en esta conversación con textos del pasado, que no se corresponden con nuestra realidad, para que disfrutemos de ellos? La respuesta está en lo que media entre nosotros, los lectores, y el texto literario: en el ejercicio de lectura.
Pero, antes de analizar las mediaciones que se sitúan entre los lectores y el texto literario, resulta imprescindible reflexionar acerca de nuestra experiencia lectora. Porque, alguna vez, en tanto que lectores, ¿nos hemos planteado cómo nos relacionamos con la literatura? Piense el lector en alguna de las novelas –o no necesariamente novelas: poesía, teatro, relatos, cualquier tipo de género literario– que haya leído últimamente y trate de reflexionar sobre qué esperaba encontrar en ellas, por qué decidió leerlas; y si la lectura colmó sus expectativas o logró satisfacer sus gustos literarios, ¿sabría definir por qué le gustaron esas novelas? Por ejemplo, ¿se sintió atraído por el tema o acaso por el argumento o la trama?, ¿le interesó el uso especial del lenguaje o la construcción de los personajes?, ¿le cautivó la facilidad de la lectura en general o, al contrario, el tono cultural del libro?, ¿fue su dimensión política o tal vez la relación entre el tema y su propia vida? Estas preguntas son clave a la hora de determinar cómo nos relacionamos con la literatura y en qué tipo de lectores nos convertimos cuando nos enfrentamos a un texto literario.
Constantino Bértolo propone en su ensayo La cena de los notables que existen cinco tipos de lecturas (en realidad hay una sexta, la que lleva a cabo el crítico literario, que no nos incumbe por el momento): la lectura inocente, la lectura adolescente, la lectura sectaria, la lectura letraherida y la lectura civil (Bértolo, 2008: 85-98). Cada una de ellas se define a partir de la distancia que marca el lector con el texto que se dispone a leer, y se basa en el lugar donde se coloca el foco de atención en el ejercicio de lectura. Mientras que el lector adolescente tiende a la identificación con el texto –«¡Oh, esto me ha pasado a mí!»– y establece correspondencias entre el texto y su propia biografía, situando el foco en su experiencia vital, y el lector inocente utiliza la lectura como vehículo de evasión, el lector civil, por su parte, experimenta un mayor desapego del texto, se distancia de él y logra extraer de la lectura un aprovechamiento para intervenir en el contexto político, social o cultural en el que habita. Entre ambos extremos, se sitúa el lector sectario y el lector letraherido; si el primero fundamenta su lectura, como el lector adolescente, en el proceso de identificación, focalizando la lectura en la ideología y discriminando aquellas obras que no comulgan con su visión del mundo, el lector letraherido opera casi como un coleccionista y se acerca a la lectura desde su experiencia lectora, poniendo en relación las lecturas atesoradas a lo largo de su vida y privilegiando los aspectos formales, estrictamente estéticos, sobre otros elementos presentes en toda obra literaria, como las cuestiones políticas o sociales, que de inmediato rechaza.
Las distintas tipologías de lectores nos dan algunos indicios acerca de las diversas concepciones que sobre la literatura hay en circulación. Porque, según parece, no concibe lo literario de la misma manera un lector que se conforma con una novela en la que pueda verse reflejado y que disfruta al compartir con el protagonista idénticas preocupaciones y frustraciones, o un lector que busca reafirmar su visión del mundo por medio de la literatura, que un lector que le exige al texto un manejo superior de la forma y que reniega de cualquier propósito utilitarista de la literatura. Se observa, por lo tanto, que mientras para unos la literatura se define desde la forma, para otros se concibe desde su contenido.
Existen, por lo tanto, diferentes formas de definir –o de entender– la literatura. Terry Eagleton, en la presentación de su ensayo Una introducción a la teoría literaria (1983), titulada precisamente «Qué es literatura», se propuso analizar los criterios que con mayor frecuencia se utilizan a la hora de delimitar lo que se considera un texto literario. El repaso que realiza nos permite observar que los distintos enfoques con los que se pretende definir la literatura son ciertamente débiles y muy fáciles de desmontar. A continuación vamos a mostrar los cuatro criterios que suelen emplearse para responder a la pregunta «qué es literatura» y trataremos de observar si efectivamente funcionan o si, por el contrario, resultan insuficientes.
La literatura es una obra de imaginación
Según este criterio, solamente los discursos de ficción podrían considerarse literarios. Esta definición tiene un alcance muy limitado al excluir de forma inmediata obras que comúnmente son estudiadas como literarias sin ser, en sentido estricto, obras de imaginación. La literatura registra en su haber textos ensayísticos, diarios, autobiografías, etc., cuyo contenido, en definitiva, está muy lejos de ser considerado ficticio. Obras como Teatro crítico universal de Benito Jerónimo Feijoo o la Vida de Diego de Torres Villarroel, que ocupan un lugar central en los programas –y manuales– de literatura española del siglo xviii, se verían de pronto expulsadas de la categoría «literatura». Tampoco son obras de imaginación Naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, Diarios de Colón o Historia de las Indias de Bartolomé de las Casas; sin embargo, todas ellas se presentan como lecturas fundamentales en el estudio de la literatura hispanoamericana. Fuera del ámbito de las letras hispanas, también se excluiría una obra como El diario de Ana Frank o A sangre fría de Truman Capote, padre del «nuevo periodismo». Una posible explicación de que estos textos sean considerados literarios es que, como apunta Cristophe Donner en Contra la imaginación, el empleo de recursos retóricos tiene la capacidad de «ficcionalizar» cualquier texto, acercándolo al ámbito de lo literario. Es decir, en la medida en que el autor trata a los personajes de un texto autobiográfico como personajes –construcciones literarias–, conduce el texto hacia ese espacio de lo literario donde, a diferencia del periodismo o de la historia, lo que menos importa es la verdad, entendida como mímesis con acontecimientos que realmente sucedieron.
De igual manera, perderían su condición literaria novelas basadas en hechos reales, como Enterrar a los muertos de Ignacio Martínez de Pisón, que cuenta la historia real de José Robles Pazos, traductor de Manhattan Transfer y amigo de John Dos Passos, desaparecido en plena Guerra Civil española, así como las novelas que, por voluntad de su autor, funden el género narrativo con el ensayo, como sucede en Anatomía de un instante de Javier Cercas o El país del miedo de Isaac Rosa, por hacer referencia a dos obras de la literatura española reciente. El aluvión de autoficciones contemporáneas, la proliferación de autobiografías y diarios escritos por mujeres como forma de reivindicar la voz silenciada y de buscar un lenguaje propio también perderían su condición de texto literario, según este criterio.
Por otro lado, esta definición de literatura genera nuevos problemas al constatar la existencia de obras de ficción que difícilmente podrían calificarse de literatura. Terry Eagleton hace referencia en su ensayo a Superman, pero cualquier tebeo patrio como Mortadelo y Filemón, o en lengua castellana como Mafalda, tal vez serviría como ejemplo para comprobar que la ecuación literatura/ficción no siempre funciona. Del mismo modo, otras obras de ficción tampoco son por lo común concebidas como literatura: nos estamos refiriendo al cine. Después del intento del «cine ojo», liderado por Dziga Vertov, de construir un cine absolutamente desligado de la narración para intentar mostrar la realidad tal cual es, el cine ha terminado por convertirse en una forma narrativa que comparte rasgos y recursos con la literatura, incurriendo precisamente en lo que los seguidores del «cine ojo» proponían que nunca debía ser. Pero aunque las películas puedan nutrirse de tramas ficticias o de imaginación, no son literatura. ¿O sí? ¿O es literatura solamente el guión, las palabras en soporte escrito, pero no es literatura cuando este se convierte en imágenes y se proyecta en una pantalla? Este planteamiento se acerca de algún modo a la polémica entre el teatro para leer y el teatro para representar, de la que son casos ejemplares algunas obras de Valle-Inclán, muy especialmente sus riquísimas acotaciones. Pero, volviendo al asunto del cine, si lo guiones son literatura, ¿lo son todos o solamente aquellos que expresen una clara voluntad de estilo? ¿El guión cinematográfico deHiroshima mon amourde Margarite Duras es literatura? ¿El guión cinematográfico deRamboes literatura? Ciertamente, la cosa se complica, porque si, salvando algunas reticencias, podríamos llegar a aceptar que el guión delfilmque inaugura lanouvelle vaguefrancesa pudiera ser considerado literatura, con toda probabilidad encontraríamos un gran consenso a la hora de excluir la película protagonizada por Sylvester Stallone de lo que comúnmente llamamos literatura. ¿Por qué? Sigamos avanzando.
La literatura se define a partir del empleo característico de la lengua
Este criterio, que nace de una concepción formalista, propugna que solamente pueden tildarse de literarios aquellos textos en los cuales se pone de manifiesto una desfamiliarización o rarefacción del lenguaje, esto es, aquellos textos en los que el lenguaje empleado se distinga radicalmente del habla cotidiana por el uso de metáforas y otros recursos retóricos. El lenguaje constituiría, por lo tanto, el principal categorizador literario: lo que define la literatura como tal, lo que hace de ella lo que es y no otra cosa diferente. De eso hablamos cuando empleamos el término «categorizador», un concepto que aparecerá con frecuencia a lo largo de las siguientes páginas. Según este criterio, no podría considerarse literatura un enunciado del tipo «Llevaba gafas grandes / y oscuras. / Mi mujer estaba charlando / con 2 chicas sobre lo malo que era / el café en McDonald’s». Sin embargo, aunque no se ponga en práctica una rarefacción del lenguaje, el texto anterior sí se considera literatura: es un poema de Bukowski. Pero, ¿por qué estos versos son literatura y, por ejemplo, resultaría más problemático asumir como texto literario una columna periodística con mayor voluntad de estilo? ¿El mero hecho de que esté escrito por un poeta dota al texto de literariedad?
