Queda una voz - Anna Pagès - E-Book

Queda una voz E-Book

Anna Pagés

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¿Qué es la voz en el momento de leer, de escribir y de pensar? ¿Cómo localizarla en el texto, encarnarla en el cuerpo, o sufrirla en la locura? En este libro se exploran distintas dimensiones de la voz más allá del logos filosófico que tan bien conocemos como razonamiento, argumento o idea. A través de un coro de autores de la literatura, la filosofía y el psicoanálisis, la voz se desliza entre las letras y acoge otras tonalidades: Sócrates, Aristóteles, Barbara Cassin, Jacques Lacan, Hélène Cixous, Anne Carson, Friedrich Nietzsche, Helmut Plessner, Roland Barthes … La voz es una manera de respirar lo que se dice. La mujer del retrato en la portada del libro esboza una ligera sonrisa, en silencio. Su voz está suspendida entre el silencio y la palabra en un instante breve, de expectativa entre lecturas.

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Seitenzahl: 218

Veröffentlichungsjahr: 2021

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Anna Pagés

Queda una voz

Del silencio a la palabra

Herder

Diseño de la cubierta: Toni Cabré

Edición digital: Martín Molinero

© 2021, Anna Pagés

© 2022, Herder Editorial, S.L., Barcelona

ISBN digital: 978-84-254-4865-2

1.ª ed. digital, 2022

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro de Derechos Reprográficos) si necesita reproducir algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com)

Herder

www.herdereditorial.com

Índice

1. EN VOZ ALTA

2. ¿QUIÉN HABLA?

3. LA VOZ ORACULAR: EL DAIMON DE SÓCRATES

4. LA VOZ ENCARNADA: ARISTÓTELES

5. LA LETRA-VOZ: ANNE CARSON

6. EL GRITO: LACAN CON CIXOUS

7. EL CANTO: DE PLESSNER A BARTHES

8. LA VOZ COMO RASTRO: PEREC

9. LA VOZ DEL CIELO

10. VOCES IMPARABLES

NOTAS

INFORMACIÓN ADICIONAL

1. En voz alta

Quien oye cómo suena la lengua lee mejor. Hay que escuchar cuando se lee.

HANS-GEORG GADAMER

El momento de descifrar una frase, a los cinco o seis años, cuando en la escuela te dicen «lee aquí», coincide con un descubrimiento atípico. Al principio, la docilidad infantil obedece sin rechistar la orden de la maestra. Ella desea evaluar el aprendizaje, poner una nota, dejar claro el instante del vínculo con el texto, por eso obliga a una lectura en voz alta. Este acto peculiar constituye al principio una auténtica rareza. Se pretende juzgar la calidad del tono, de la articulación de las palabras, del ritmo de la frase. Más alto, por favor. ¿Puedes repetir? ¿Qué dice aquí? Respira, estás en un punto y aparte.

Se empieza a leer así, en público, delante de toda la clase de la escuela de primaria. Al principio, todas hemos exhibido la letra desnuda en el papel, sin acogerla todavía en nuestro seno. Debemos recubrirla con un chal o una manta y darle calor, acercarla a la estufa de la habitación de invierno donde Descartes descubrió que pensaba y creyó que su voz era él. Todavía falta para que las palabras leídas se conviertan en un regalo, el amigo anhelado llamando a la puerta después de un largo tiempo sin vernos. Mientras tanto, la maestra se apropia de nuestra voz como prueba de rendimiento. Es una colonización en toda regla. En la lista de competencias escolares dice: lee en voz alta frases cortas. Cuando el boletín de notas llega a casa, los padres están orgullosos de los avances escolares y sonríen complacidos. Leer en voz alta es una de las primeras conquistas de la civilización. Pero todavía no lees con tu propia voz. Tu voz todavía no suena bien.

Pasan las semanas y los meses. Amanece un tímido día en el que miramos la página y sus letras como el agua de la lluvia que cae desde el cielo. Sacamos la plantita al balcón para que esté contenta y las gotitas iluminen las hojas verdes. Pegadas al papel, cosidas entre ellas y sin separación, las letras bailan un poco. Después, un segundo nada más, entran despacito en nuestro interior. Hacen fila sin amontonarse. El corazón da un respingo. El mundo calla. ¿Quién habla? Entonces nace una voz que lee por dentro sin demostrar nada, abandonando su condición de buena alumna y sus notas excelentes. Cuenta historias, hace preguntas, describe paisajes, sufre de amor, teme a la muerte. Se ríe suave por debajo de la nariz. Es la voz que la maestra no puede pedir ni evaluar. Es traviesa, rebelde, un poco maleducada. Es parlanchina. Está escondida bajo la piel y las uñas, entre el cuero cabelludo y la humedad de los párpados. No quiere ser simpática ni popular.

Quien toma conciencia de que puede leer para sí descubre una verdad sobre qué es. El susurro, entreabriendo los labios para escuchar mejor qué dice el texto, se convierte de repente en una comprensión inabarcable. ¿Por qué? No hace falta abrir la boca para abrazar las frases. Los párrafos se ofrecen como un helado exquisito que hay que lamer con fruición antes de que el calor lo derrita y se pegue la crema en la punta de los dedos.

Con el tiempo, las lecturas se suceden. Tomamos entre nuestras manos, todavía reblandecidas por el sueño nocturno debajo de las sábanas calientes, un texto. Siempre es demasiado temprano para levantarse. El texto se esconde en un libro, sobre un pedazo de papel en el que se anotó un nombre con pulso tembloroso. El texto aparece en la pantalla del dispositivo digital, despliega la biblioteca electrónica con luz propia. Es la fruta madura que pelamos y abrimos suavemente. Retiramos con la punta de los dedos la pulpa de dentro y el huesecito que está en el medio. La dulzura de la fruta penetra en nuestra garganta sin irritación. Leemos y estamos solos, separados del imperativo escolar y de la aparición pública.

Al principio, mirábamos el texto. Era bonito contemplar las letras de imprenta, como las montañas al anochecer o el bosque desde lo alto de un cerro. En el colegio querían que las letras corrieran juntas de la mano, enlazadas por la cintura. En el texto impreso solo hacen fila durante el recreo. Después, ya no contemplamos los juegos de las letras. Como en una especie de crucigrama, nos entretenemos en localizar el sentido ausente. Jugamos al escondite con esa idea, un momento, la vi en esta página y ahora no la encuentro.

Otra voz distinta surge entre carcajadas y carrerillas. Ya no es la voz interior para zafarse de la evaluación. Es un sonido y una tonalidad diferentes. Se oye muy cerca un campaneo alegre. ¿Quién está ahí? Escuchamos a otro que habla por el texto y a través de él. Ya no somos nosotros, ay, ay. Pero entonces debemos investigar, por dentro del texto que habla, por qué lado corretea esa voz sonora.

Leer filosofía es visitar un lugar desconocido que ni siquiera hemos visto buscando por internet. ¿A qué edad se empieza a leer filosofía? La adolescente oscura e introvertida, encerrada detrás de la puerta de su universo doméstico, dispuesta a frustrar para siempre lo que se espera de ella, tomó prestado de la biblioteca del instituto un volumen de Platón, la Apología de Sócrates. Es la historia de un hombre condenado a muerte que no tiene abogado. Se defiende solo con la fuerza de su propia voz y la compañía de sus amigos. Y la verdad que lleva sobre los hombros. Piensa en voz alta. Es un rebelde, un freak. Pero el texto es más que esta historia de un hombre solo. ¿Más qué? Siempre más de lo que cree.

Es así como el mundo de lo que está por ver se despliega en forma de abanico de voces cuando se piensa en voz alta. Cuando suena la filosofía.

* * *

En su obra autobiográfica La lengua salvada, el escritor Elías Canetti desarrolla en distintos momentos del texto la idea de cómo se aprende en la vida. Cuenta que de pequeño sentía una vivacidad natural que permitió anudar su voz al saber. Y dice, literalmente, «haciendo honor al saber». ¿Qué quiso decir con esta frase? La voz del niño Canetti, atrapado entre el deseo de su madre y las exigencias de los profesores, se despereza entre estas líneas para reivindicar que el saber está vivo cuando se puede decir en voz alta. Esta cuestión de que el saber salga de su silencio, cuando tantas veces se intenta hacerlo enmudecer, es muy interesante para la filosofía o, al menos, para quienes nos dedicamos a reflexionar sobre lo filosófico como una forma sonora de pensar. A veces enseñar es una manera de hacer enmudecer el saber, de atraparlo en las cápsulas de contenido o de concentrarlo en evidencias. En el aula, tomar la palabra es importante. Para Canetti es algo más: es intenso. Hay una intensidad vivida en lo que se dice en voz alta, cuando el saber se expresa al fin de una manera sonora. Sin embargo, no siempre la voz de los estudiantes es escuchada como el medio por el que se expresa el saber. Canetti defiende un saber vivo. Dice que «es propio del saber el querer mostrarse» y añade: «y no contentarse con una simple existencia oculta».1 En clase, el niño demuestra su ímpetu al responder las preguntas, hacer un comentario, discutir o ilustrar. Este escritor defiende que el buen saber, en contacto con los libros y con los profesores, debe ser dicho en voz alta y sin que te lo ordenen. Debe sonar a algo. Si enmudece, acaba por ser un peligro y a largo plazo puede explotar:

El saber mudo me parece peligroso, pues se vuelve más y más mudo y al final secreto y luego acaba vengándose por ser secreto.2

El estudiante que aprende verdaderamente quiere irradiar el saber del que se apropia, incorporándolo a su voz original para escuchar la sonoridad de otras voces con las que discutió y a las que interpeló.

Canetti habla de la voz como una manera de mostrar y hacer existir una idea, un concepto, un estilo. Su autobiografía es la historia de una voz vivaz, deseosa de responder y decir que sabe. Es un homenaje a los libros y a la escuela:

En cada joven que oye hablar de mil cosas se oculta un pequeño Heródoto, y es importante no intentar elevarlo por encima de este, porque se espera de él que se limite a un oficio.3

Hablar de mil cosas sería una buena manera de definir qué es la filosofía. Llevamos hablando de mil cosas desde hace un montón de años: de la belleza, del amor, de la justicia, de la verdad. Son las voces entrecruzadas, mezcladas en confusión, siempre en debate o en diálogo, que escuchamos en eco sonoro. La reverberación de las voces va más allá de conocer un oficio. Supera cualquier crónica precisa sobre un momento concreto o sobre cómo ganarse la vida. Es un coro en el teatro antiguo, un oráculo que no se entiende a la primera. ¿Puede repetir? Y por supuesto empezó hablando griego, la lengua sonora por excelencia.

Tal vez el punto clave de lo filosófico sea este peligro que tan bien señaló Canetti: el peligro del enmudecimiento. Para que la filosofía se muestre debemos preguntar sobre el sonido de su voz. Debemos salvar la voz, la que piensa en voz alta y la que muestra el saber.

La lengua salvada es el título del texto de Canetti. Empieza con un recuerdo de infancia. Un adulto anónimo jugaba a cortarle la lengua con un cuchillo:

Mi primer recuerdo está bañado en rojo. En brazos de una muchacha salgo por una puerta, el suelo que veo es rojo, y a la izquierda desciende una escalera que también es roja. Enfrente de nosotros, a la misma altura, se abre una puerta y por ella sale un hombre sonriente que viene hacia mí amablemente. Se me acerca, se para y me dice: —¡Enséñame la lengua! Yo saco la lengua, él mete la mano en el bolsillo y extrae una navaja, la abre, acerca el filo a mi lengua. Dice: —Ahora le cortamos la lengua. No me atrevo a retirar la lengua, él se me acerca más y más, pronto la rozará con la hoja. En el último momento aparta el cuchillo y dice: —Hoy todavía no, mañana. Vuelve a cerrar la navaja y se la guarda en el bolsillo.4

Hoy todavía no. Si vinculamos el título de su obra, la lengua salvada, con la idea del saber que debe mostrarse, identificamos el problema de la voz irradiando su sonoridad por la lengua. Si nos cortan la lengua no podremos hablar ni nos saldrá la voz hacia fuera. La lengua también es una manera de no esconder el saber como si fuera un secreto ávido de venganza. La voz se imposta para impedir que el silencio retorne violentamente. Por eso decimos: arrancó a hablar, estalló en sollozos, interrumpió la conversación.

La lengua fue salvada por la voz única de la literatura. El autor rescató la tonalidad perdida de sus primeros años de juventud, su voz singular e inclasificable: la voz de un gran escritor.

¿Se puede salvar filosóficamente la lengua hablada? Tal vez si preguntamos qué es la voz en medio del logos y cómo se piensa en voz alta. Quizás habría que preguntar, entonces, cómo suena la filosofía.

* * *

En este libro me propongo reflexionar sobre la voz en su sonoridad filosófica. No se trata de construir un sistema cerrado en sí mismo a propósito de este tema, sino más bien de pensar qué es la voz y cómo se mueve en el momento de leer, de escribir y de pensar con otros. Se trata de abrir la pregunta por el pensar anudado a la voz y a las palabras.

Freud definió con precisión, en Introducción del narcisismo (1914), la actitud del filósofo que retira su libido del mundo para depositarla en sí mismo. Ese momento de retirada o de abstracción incluye una polifonía de voces que acompañan al filósofo, inmóvil en su mesa de trabajo. William Marx5 describió los momentos vitales de quien se interesa por la tradición literaria (no solo en el sentido de la literatura sino de las letras). Describió los lugares y los momentos: la mesa de trabajo, el jardín, el examen. Son momentos de soledad y de introspección. Pero se trata de una soledad muy llena de gente: las voces de los que escribieron, leyeron, pensaron, antes o contemporáneamente. Un sinnúmero de voces que están ahí en la soledad del pensar. Todo va junto: las letras y la voz que las encarna, su sonoridad. En ese sentido, la filosofía es una especie de idioma, con su gramática propia, su vocabulario básico y sus excepciones a las reglas generales.

Dice Giorgio Agamben que la lengua surge cuando el ser viviente se da cuenta de que habla. Al tomar conciencia de ello, sitúa el hablar por fuera del cuerpo como algo exosomático. Así, con los años, surgen las ciencias del lenguaje. La dinámica de lo universal, propia de la lengua filosófica —el ser, el tiempo, el bien, la belleza— queda alterada por una voz particular, que hace una señal desde dentro del discurso: «¡Eh, tú!». Frente a la voz como articulación en un cuerpo, se yergue el logos como principio general: el ser, el tiempo, lo trascendental.

Cuando Agamben contrapone la voz al logos,6 incluye en su pregunta el aliento que se pierde entre las palabras, engullido por el discurso establecido, estructurado y disciplinar. Por eso, cuando hablamos de voz más allá del logos queremos decir que la voz es un objeto de investigación encarnada en un autor, un texto, un lugar, un cuerpo. La voz es una manera de respirar lo que se dice, de hacer que suene. Se define como una forma de vivificación del pensar, de la que resulta una sonoridad.

La voz de Gadamer, por ejemplo: habla del delirio de Nietzsche, sollozando, abrazado al caballo maltratado. Gadamer dijo a Silvio Vietta7 que volver a Nietzsche significaría releer e interpretar toda su obra filosófica a la luz de esa voz genuina, como la de un niño. Y, al mismo tiempo, es también la voz inocente de quien pregunta sin una segunda intención, abriendo sus ojos para contemplar mejor el mundo desconocido delante de él. Esa mirada límpida sobre el mundo es la clave de la voz de Gadamer. Es la llave maestra para entender sus textos y releerlos. En un mundo en el que todavía había estaciones regulares y un lugar para la interpretación del sentido, Gadamer dejó que Heidegger pudiera tomar la palabra en Heidelberg, aunque los universitarios alemanes en ese momento no quisieran escuchar su voz. Gadamer dejó que sonara la angustia y el miedo a Heidegger, la bestia parda que no pidió perdón.

Los estudiantes de Educación de la Universidad de Barcelona me invitaron a dar una conferencia sobre Nietzsche. Inventaron un título ocurrente, un juego de palabras en catalán: per l’amort de Déu («por la muerte de Dios», añadiendo solo una «t» al título, en lugar de decir «por el amor de Dios», expresión para reprender a alguien que ha hecho una travesura). No propusieron una típica conferencia blablá: pidieron una selección de textos para comentar. Busqué el aforismo 125 de La gaya ciencia, el loco que va con una linterna de aquí para allá, gritando «Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado». Me pregunté de qué manera conseguiría abrir para ellos la voz del huésped de la cabaña en Sils Maria, que se alimentaba solo de té y alguna galletita de vez en cuando, si sus migrañas terribles se lo permitían. Tuve que leer en voz alta el aforismo 125 con el énfasis suficiente para arrastrar con mi voz la voz del filósofo muerto, la plasticidad del texto, su corriente subterránea, su fuerza oscura, el miedo que da el loco que grita desaforado en medio de la plaza pública, cuando profiere en voz alta las palabras:

—¿Dónde está Dios? —exclamó—. ¡Se los voy a decir! ¡Nosotros lo hemos matado, ustedes y yo! ¡Todos somos unos asesinos! Pero ¿cómo lo hemos hecho? ¿Cómo hemos podido vaciar el mar? ¿Quién nos ha dado la esponja para borrar completamente el horizonte?

Cuando leí en voz alta este fragmento para los asistentes a la charla, me di cuenta de la fuerza de la voz de Nietzsche. Escuché el impulso vital del filósofo muerto, el timbre de su voz que resucitaba entre las letras y los espacios blancos de la página. No era un susurro. La voz de Nietzsche era grave y fuerte. Daba miedo. Era un trueno. Así habló Zaratustra.

La Filosofía ha estado históricamente centrada en el logos (palabra traducida como «lenguaje», «razón» o «discurso»). El logos se dedicó más adelante a otros menesteres: la lingüística, la fonología, la epistemología. Desalojó a la voz, cuya dimensión encarnada en un cuerpo escuchamos al leer en voz alta, al reconocer la voz de un amigo o de un pariente, al conversar, discutir, charlar. En Delfos, el dios Apolo se encarnó en el cuerpo de la sacerdotisa, lo habitó. Asusta un poco, como cuando en las películas de terror el diablo habla por boca de una niña en cuyo cuerpo el maligno se ha alojado. En El Banquete de Platón, Sócrates encarna a Diotima, mujer enigmática, sabia hechicera que conmovió su corazón. Sócrates, a su vez, encarna la voz de Platón. La dimensión encarnada de la voz hace escuchar a Sócrates su voz interior, su daimon.

Gracias a la experiencia de la lectura y de la escritura surge la dimensión letrada de la voz en el espacio que deja entre las palabras impresas y en la relación de las palabras entre sí, su semejanza y cercanía, como dice Hélène Cixous, en lo «polifónico polifénixo» (polyphonique polyphenix). Las voces son múltiples aves fénix, que resucitan cada vez entre las cenizas. Anne Carson quiso comerse un libro entero: lo masticó bien para hacer desaparecer las imágenes, semejantes a gominolas de colores. Engullido el libro, se puede recordar su voz. Las letras en el papel se reparten según la voz del autor: por eso la poesía es fundamentalmente una voz que habla distinto, porque suena en otra tonalidad. En su apertura creativa y letrada, la obra poética de Carson señala cómo pensar en voz alta.

La voz puede cambiar con el tono, la vibración, el timbre. Cuando se entona una canción surge la dimensión cantada de la voz, que se pasea alegremente por la sala de conciertos o el teatro de ópera. Es la voz paseante, voluble, viajera, siempre dispuesta a sorprender al público asistente. Es el lied, el aria, el blues, el gospel. Encontramos el milagro del canto, punto de conexión entre lo sensible y lo trascendente. El canto es un momento de ligereza: la voz se eleva, se mueve en el aire como si no pesara nada. En el canto, la voz vuela y se disuelve. No hace falta ser filósofo para poder cantar. Nietzsche fue el filósofo cantante por excelencia, aunque terminó aporreando el piano con el codo. Jankélévitch subrayó sobre todo la historia de Orfeo, que amansó a las fieras con la música.

Vivimos con las voces áfonas de quienes desaparecieron sin irse del todo. Llevamos dentro el rastro de sus palabras y sus risas. A veces la voz también es un sonido inaudible que hemos olvidado y del que estamos hechos. La voz puede ser el rastro de lo que queda de las vidas vividas por otros, muertos sin saberlo, porque todavía siguen ahí, en el lugar en el que estamos ahora. Hay una dimensión dactilar del sonido perdido, en las voces alojadas dentro del alma que somos.

Los profetas soñaban que un ángel de Dios les decía cosas. Se acercaba el ángel desde atrás y depositaba su mensaje en el oído de quien solo era capaz de escuchar dormido. El ángel es la voz de Dios que se acerca en sueños. En las historias de los profetas dormidos surge la dimensión celestial de la voz que habla. Después de los profetas, solo se escuchará el susurro de Dios. Y cuando estemos en el cielo, ¿tendremos voz? En el Gólgota, desfallecido, Jesús gritó con voz fuerte: «¡Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». La voz del cielo es una forma narrativa de abrir el espíritu y orientarlo hacia la experiencia trascendente.

La locura incluye escuchar voces. A veces una sola, que insiste en hacerse oír y literalmente enloquece. Pero también puede tratarse de voces, en plural, que surgen en función del lugar, de la situación. Frente a estas voces, el loco está solo. No existe el equívoco ni la duda: esas voces son una certeza absoluta. Dijo Merleau-Ponty que las alucinaciones auditivas no pueden considerarse una forma de percepción al no haber nada que percibir. Son una ilusión exclusiva de quien las sufre. Lacan, en cambio, señaló la dimensión hablada de una percepción sin objeto. Nietzsche, en la tragedia final, a partir de 1888, habló con las voces de otros (Schopenhauer, Wagner, Zaratustra, el Anticristo, su padre muerto). Dedicaremos el último capítulo de este libro a las voces imparables de la locura, la dimensión alucinatoria de la voz.

¿Qué somos al tomar la palabra? ¿Cómo localizamos la voz en el texto, en el cuerpo, en la melodía, en el cielo, en la locura? Estas son las dimensiones de la voz que vamos a explorar: encarnada, letrada, cantada, dactilar, celestial, imparable. Todas ellas son formas de entrar en una filosofía sonora.

Reconocemos la voz de las personas queridas. La madre sabe responder al llanto del pequeño según su tonalidad. Otorga un sentido a un grito primario sin dirección. Diógenes pidió que dejaran de pegar a un perro porque era un ser con alma: se podía distinguir en su llanto una voz. Nietzsche se abrazó al caballo que relinchaba bajo la brutalidad del cochero. Supo que el dolor era compartido y se unió al quejido animal, descarnado, que tan bien conocía.

A veces escuchamos con estupefacción nuestra propia voz ronca de resfriado, su tonalidad desviada y extraña. La voz grabada produce perplejidad. Entonces decimos: ¿esa soy yo? Prueben a entrar en Youtube y abrir a la vez varios vídeos de la misma persona que habla: una sola voz se convierte entonces en un coro de voces distintas. Se descubren ahí tonalidades que no se captaron en la primera escucha. Las palabras que se repiten resuenan como un eco persistente.

En la voz se manifiesta una particularidad de las personas, por el espacio que se deja entre palabras cuando se pronuncian en voz alta, o por el ritmo y el tono. Hay gente que habla entrecortada. Hay otra a la que no le sale la voz. La filósofa y escritora francesa Hélène Cixous, amiga íntima de Derrida, refiere que su voz es pequeña. Quiere decir con esto que por eso escribe, porque la voz no llega muy lejos, le falta la potencia suficiente del sonido. A veces, una voz interior dice: «te equivocas» o «cuidado». La voz intransigente de la conciencia reprocha o advierte. En las alucinaciones auditivas se puede escuchar una voz no identificada, sin saber de dónde viene, porque afuera no hay nadie. Por eso da miedo: es una voz sin cuerpo, por fuera de él.

En Así habló Zaratustra o Ecce Homo, Nietzsche hace resonar su voz como un trueno. Simone Weil levanta su voz y no pesa nada, es ligera como una pluma. Cuando Jean-Paul Sartre dijo que la existencia precede a la esencia puso delante la voz y detrás el logos. Quiso decir que primero están las cosas que nos suceden, nuestro estar ahí, existiendo encarnados en el cuerpo, y luego surgen los universales como principios generales, ideas, teorías, sistemas. Simone de Beauvoir, en El segundo sexo, escribió la frase «la mujer no nace, sino se hace». Cada mujer debe, finalmente, alzar su propia voz o intentar encontrarla.

En Verdad y método, Gadamer definió el estilo como la forma discursiva que usamos para construir una voz propia.

René Descartes acuñó la famosa frase: «Pienso, luego existo», que Jacques Lacan reformuló así: «Yo soy el que dice (con mi propia voz): pienso, luego existo».

La voz se localiza en la oralidad de la palabra que surge de la garganta. Sin voz, podemos hacernos entender, comunicarnos con lenguaje de signos, pero no decir. Para decir, hace falta una voz que resuene, en forma de blablá o de susurro. Da igual si no se entiende: lo importante es que se escuche.

La voz no es universal, aunque se decline conceptualmente. En Cenar conDiotima me ocupé de esta cuestión.8 Dejé entrever que me interesaba la particularidad de la voz como rasgo humano, del humus nutriente. En el último capítulo, titulado Queda una voz, describí la voz desenterrada de Safo, cuyos poemas incompletos, fragmentados, brotaban del subsuelo y revelaban una tonalidad melódica, lo poético del verso en la mitad de la tarea arqueológica. Lo más importante de todo esto es evitar tragar tierra. O que la tierra te trague como a la hermosa Perséfone, engullida en el momento de recoger las más bellas flores silvestres.

* * *

Para este trabajo voy a preparar un equipaje singular, a modo de Hannah Arendt y sus maletas del pensar. Tendré las maletas preparadas en el recibidor de casa por si me confirman el vuelo a última hora. Nunca se sabe qué puede pasar.

En la maleta roja nueva voy a doblar cuidadosamente algunos rasgos de la Grecia antigua, porque la phoné