¿Quién quemó el Metro? - Josefa Barraza Díaz - E-Book

¿Quién quemó el Metro? E-Book

Josefa Barraza Díaz

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¿Quién quemó el Metro de Santiago? El libro presenta contundentes documentos, reveladoras imágenes, testimonios y declaraciones, las que develan y contrastan, dando luces de quiénes fueron los verdaderos responsables.

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Seitenzahl: 165

Veröffentlichungsjahr: 2024

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Serie 18 de octubre, a cargo de Silvia Aguilera© LOM ediciones Primera edición, junio de 2023 Impreso en 1500 ejemplares Segunda reimpresión, septiembre de 2023 ISBN Impreso: 9789560016997 ISBN Digital: 9789560016997 RPI: 2023-a-5249 Edición, diseño y diagramaciónLOM ediciones. Concha y Toro 23, Santiago Teléfono: (56–2) 2860 6800 [email protected] | www.lom.cl Tipografía: Karmina Impreso en los talleres de gráfica LOM Miguel de Atero 2888, Quinta Normal Santiago de Chile

Agradecimientos

Josefa Barraza

Este libro es el resultado de una investigación que enfrentó una serie de obstáculos, los que intentamos sortear, a ratos con éxito y otras veces sin respuestas. Agradezco a quienes me acompañaron una vez más en esta aventura periodística, la que nuevamente fue de largo aliento y desgastante. A mi familia (Marisol, Carlos y «Carlitos»), que me apoya en cada investigación con entereza y preocupación. 

A la Defensoría Popular, especialmente a Lorenzo Morales, Rodrigo Román y Paola Castillo, quienes luchan contra la injusticia, y por enseñarme la importancia de creer en las personas. A Sara Obando, quien durante quince años ha sido mi luz y compañera en cada proceso. Todos deberían tener una «Sarita» en sus vidas.

A Nicolás Yáñez, por ser un excelente compañero, por su guía, por creer en mí, por su paciencia, risas y compromiso con el periodismo independiente.

A Luis Tabilo, quien fue el primero en creer en esta investigación. Sin su interés inicial, nada de esto sería posible. 

A «Tenita, Mica, Polito y Esnuri», por la compañía, los pelitos y protección en cada momento.

A Pilar, Benjamín, Omar y Jeremy, por su confianza en contarme sus historias y dejarme plasmarlas en este libro. Espero que algún día todo el daño provocado sea reparado…

Agradecimientos

Carlos Gutiérrez

Agradezco a mi esposa Ana y a mi familia por su apoyo permanente y por permitirme utilizar muchas veces mi tiempo familiar para ayudar a víctimas.

A Víctor Gutiérrez, director ejecutivo de La Red Televisión (2022), quien apoyó desde un inicio esta investigación periodística y forense, y que luego fue la base para la Comisión Investigadora en el Congreso de Chile, la apertura de una nueva causa por parte del Ministerio Público y este libro. ¡Muchas gracias!

A todas las personas y víctimas que confían diariamente en mi trabajo científico.

A mis mentores, porque gracias a su guía y enseñanzas he podido utilizar mis conocimientos para ayudar a otros.

Este libro está dedicado a todos los que día a día luchan para hacer de este un mundo mejor. A todas las víctimas que esperan ser escuchadas por la justicia y así hacer más llevadero su dolor. Y a todos los que leerán esta investigación periodística y forense.

Para quienes aún creen en la justicia ypor sobre todo en las personas…

Prólogo

Una de las nociones más relevantes para nuestra democracia y que han estado en mayor tensión durante las últimas décadas es la «verdad». Hace no mucho había un cierto consenso a lo menos en cuanto a concebirla como aquello que efectivamente ha ocurrido en el mundo material donde nos desenvolvemos y el cual compartimos. Se trata, entonces, de algo que va más allá de nuestras opiniones o creencias individuales, transformándose en un piso común para poder comunicarnos de forma útil y honesta, y tomar decisiones racionales y conscientes sobre la forma de conducirnos individualmente y como sociedad.

Sin embargo, esta noción se ha desfigurado a partir de la idea de que lo determinante no es tanto lo que ocurre en la realidad, sino lo que cada uno de nosotros opina sobre aquello, e incluso el relato que una persona o grupo afirme sobre lo que ha sucedido, más allá de que ese retrato sea real o no. Parte de este fenómeno es el intento de eliminar la noción «mentira» del debate público y reemplazarla por eufemismos tales como «fake news» o «postverdad». La forma más extrema de lo señalado es el sorprendente avance del «negacionismo», por medio del cual hechos brutales de nuestra historia común, sobre los cuales existe contundente evidencia acerca de su ocurrencia, sencillamente son negados por personas que sostienen que nunca sucedieron.

En este contexto, la noción de «verdad» se degrada y pasa a ser reemplazada por las ideas de «mi verdad» o «nuestra verdad», la que incluso se asocia a una reivindicación a la libertad, al individualismo y la autonomía de determinados colectivos en el interior de nuestra sociedad, con lo cual se socava las bases mismas de la convivencia democrática, al hacer mucho más difícil alcanzar consensos mínimos que nos permitan avanzar como país con paz social. ¿Cómo nos vamos a poner de acuerdo si ni siquiera podemos asumir qué es lo que realmente ha pasado en nuestra historia reciente?

Cuando la verdad es una noción en disputa, entonces se transforma en algo que adquiere un valor para quien logre imponerse en ella, permitiendo afianzar sus intereses, construyendo un «relato» sobre el cual, tanto la ciudadanía como la autoridad, opinen y tomen decisiones. En Chile esto se ve facilitado para quienes forman parte de los grupos que han manejado históricamente la forma como se ha gestionado el poder en nuestra sociedad, al tener el control de los grandes medios de comunicación social, que en nuestro país se encuentran altamente concentrados.

Lo anterior se ha visto de forma manifiesta en relación al denominado estallido social del 2019, donde de forma progresiva se ha buscado instalar el relato de la turba delincuencial organizada por parte de personas vinculadas al crimen organizado o a movimientos anarquistas que se articularon para «destruir la democracia», refiriéndose con esto último no solo a una forma de gobierno, sino que a una dinámica de control y ejercicio del poder dominado por quienes han detentado y concentrado históricamente el poder en nuestro país. De esta forma no solo se deslegitima la crítica al modelo socioeconómico imperante a partir del cual se beneficia el gran empresariado en Chile, que controla los medios más importantes del país, sino que además se generan las bases para desalentar que vuelva a ocurrir un evento equivalente que ponga en riego el statu quo y, en caso de ocurrir, justificar una reacción que lo sofoque de forma rápida y violenta. En ese intento, la quema de estaciones de metro el día 18 de octubre de 2019 juega un rol particularmente relevante, ya que no solo fue parte esencial del discurso que el entonces presidente Piñera y su gobierno sostuvieron para criminalizar las manifestaciones y justificar el uso de la fuerza para aplacarlas, sino que además representa uno de los puntos más oscuros de nuestra historia reciente. En ese relato, quien habría estado detrás de esa acción habría sido el «enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie, que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite», contra el cual sostuvo estaba en guerra. ¿Pero ese enemigo, realmente existía o simplemente era la construcción de una «verdad» frente a la ciudadanía que le permitiera y justificara reprimir sin mayor límite?

Es en este escenario donde tratar de desentrañar la verdad sobre lo realmente sucedido en la quema de las estaciones de metro se transforma en un ejercicio valiente y fundamental, que es precisamente lo que hacen de forma rigurosa los autores de este libro.

Fundado en relatos de primera fuente, además de evidencia pericial, ponen a prueba las distintas hipótesis que se han levantado sobre estos hechos, además de permitir que el lector pueda apreciar la forma como las distintas instituciones del Estado a cargo de investigarlos han actuado en este caso, con lo cual se abren muchas preguntas sobre nuestro sistema de persecución penal y la manera en que se comportan cuando deben enfrentar casos difíciles que pueden afectar el interés de determinados sectores que concentran el poder político y económico en nuestro país.

Los invito a adentrarse en las páginas de un trabajo serio y apasionante que va en la dirección de resguardar el mínimo común denominador de cualquier democracia en forma: una memoria común fundada en la verdad.

Mauricio Daza CarrascoAbogado, Abril de 2023.

Parte 1Investigación periodística

Evadir, no pagar, otra forma de luchar

Esta historia inicia el viernes 4 de octubre de 2019, cuando el Panel de Expertos del Transporte Público anunció una nueva alza del precio del Metro de Santiago, el Tren Central y los buses Red (ex Transantiago), el que iba a regir a partir del domingo 6 de octubre. Esta alza se traduciría en que el pasaje de Metro y Tren Central en hora punta sería de $830, mientras que para estudiantes y adultos mayores el boleto se mantendría en $230.

«El reajuste asociado al cambio del indexador considera entre sus principales factores la variación del precio del petróleo Diésel, el Índice de Precios al Consumidor, el incremento del costo de mano obra, la tasa de cambio, entre otros», fue una de las explicaciones del Panel de Expertos a través de un comunicado de aquel entonces.

Mientras que desde el Ministerio de Transportes y Telecomunicaciones afirmaron ese mismo día en su cuenta de Twitter que esta alza es compleja para muchas personas, y que su «compromiso es continuar trabajando día a día por mejorar la calidad del servicio y ampliar las alternativas de elección a los pasajeros del sistema».

No obstante, lo anterior provocó una serie de manifestaciones y evasiones masivas que el Panel de Expertos y el gobierno de Sebastián Piñera no previeron.

Es así como empieza el estallido social. Es así como empieza este libro.

«¡Evadir, no pagar, otra forma de luchar!», se escucha al unísono, mientras un grupo de estudiantes secundarios corre en dirección a la estación Santa Ana. La efervescencia de la lucha juvenil sorprende a los usuarios del Metro de Santiago, quienes miran la escena con incredulidad y desconfianza.

A primer vistazo, pareciera ser otra manifestación estudiantil; sin embargo, dicha escena se repetiría en otras estaciones de la red de transportes: estudiantes saltando el torniquete mientras exigen que el valor del pasaje no suba $30. 

Transcurría la semana del 15 de octubre de 2019, y las evasiones masivas ya no eran tan solo una manifestación de escolares; a ellos se sumaron adultos y trabajadores, quienes también evadieron el pago del pasaje en forma de protesta, mientras que Clemente Pérez, entonces expresidente del directorio de Metro, durante una entrevista a «24 Horas» decía la icónica frase «Cabros: esto no prendió».

«No son más choros, no se han ganado el apoyo de la población. Ni siquiera en Twitter, donde se supone que este tipo de movimientos tiene más apoyo, realmente no tiene tanto apoyo. La gente está en otra, el chileno es bastante más civilizado y lo único que he visto es un gran rechazo a este tipo de actitudes, porque la gente se ha visto muy perjudicada. A la gente que ha estado trabajando todo el día y se está subiendo a una estación de Metro y está cerrada por este tipo de acciones, le genera una molestia», dijo Pérez el 16 de octubre de 2019.

Sin embargo, dichas declaraciones aumentaron aún más la molestia de los usuarios de Metro, quienes se siguieron manifestando, a pesar de la represión policial en las estaciones. 

Durante esos álgidos días, un joven sobresalió en la prensa como el dirigente estudiantil que movilizaba a las y los estudiantes secundarios. Su nombre: Víctor Chanfreau, quien en ese entonces era el vocero de la Asamblea Coordinadora de Estudiantes Secundarios de Chile (ACES).

Para esta investigación, Víctor decidió expresar lo vivido a través de una carta, en donde relató lo siguiente: 

«Suben el pasaje y la sensación fue, al igual que en años y hechos anteriores, de rabia, que en ningún caso te inmoviliza, sino que te mueve a hacer algo. A protestar con las formas que durante años aprendimos que realmente servían para hacer cambios. Sabíamos que teníamos que hacer algo; aunque el pase escolar no subió, sí subió el pasaje para nuestras familias, nuestros vecinos, con quienes íbamos juntos en el metro o en la micro día a día; y la clásica de los secundarios era que luchábamos porque sabíamos que no había nada que perder, así que fuimos para adelante, era la sensación común que existía, aunque no lo entendiéramos así en un primer momento.

Las evasiones masivas siempre fueron parte del accionar secundario. De la primera que debo haber participado era el 2016: después de una marcha nos íbamos a la toma de un liceo en Providencia, y tenía toda lógica irnos en metro evadiendo, si el pasaje era y es rarísimo, le roban descaradamente a nuestra gente, tiene y tenía sentido evadir el metro cuando existía la posibilidad. Así como uno pide permiso en la micro, esta era la opción que existía.

La verdad, las protestas no tuvieron mayor organización, los conspiranoicos que han querido creer eso tienen un pésimo análisis sobre la realidad. Las movilizaciones secundarias suelen transmitirse con el ejemplo, se copian las buenas ideas, y como en algunos años ciertos liceos empezaban a irse a toma y después los seguía el resto, acá fue algo parecido. Nos hacía sentido, era una forma «a lo secundario» de movilizarse; lo vimos en redes y lo replicamos. Así funcionó siempre.

Lo que más me marcó como estudiante fue el apañe inmenso que existía: estábamos realmente unidos en la asamblea, la barricada, la protesta en el centro y en el territorio, la olla común y esperando a los detenidos afuera de la comisaría. Estábamos reconstruyendo tejido social en torno a luchas, las mismas en que en un momento nos vimos (algo) solos como estudiantes; pero no era tiempo de recriminaciones ni de decir «llevamos más en esto», sino que en esa experiencia misma aprender, enseñar y seguir luchando.

Fue bastante extraño el momento de los incendios, fue en un contexto bastante caótico igual. Nos íbamos enterando cuando iba pasando la noche del 18 de octubre y estábamos preocupados de muchas cosas: que la familia estuviera bien, la respuesta del gobierno, que los compañeros llegaran a sus casas, que cómo estaban actuando los milicos y pacos en la noche, etc. Entonces, yo creo que fue con el pasar de los días que realmente dimensionamos lo que era que en contextos bastante extraños aparecieran quemados los metros. Además, circulaban videos que hoy ya conocemos bien, de fuerzas del Estado rondando los metros, entrando sin justificación alguna a estaciones que después aparecieron quemadas.

Creo que los estudiantes, quienes fuimos secundarios para la revuelta y quienes lo fueron antes, hemos aprendido que el método para conseguir nuestras demandas es la movilización, en las diversas formas que esta tiene. El tema importante, eso sí, es que eso no puede dejar de lado la construcción de lo comunitario en los espacios educativos. Sí, luchamos por nuestras demandas, pero también apañamos a los profes en sus paros, presionamos a la dirección por las condiciones laborales de los funcionarios, etc.

Si pensamos que como estudiantes nos la podemos solos, sin el apoyo de otros sectores de la sociedad, o sin apañarnos con nuestras comunidades, nos vamos a quedar encerrados en un nicho que en nada aporta a la lucha por cambiar la realidad que nos rodea y precariza».

Viernes 18 de octubre de 2019. La red de Metro abre sus puertas como un día normal, a pesar del riesgo latente de evasiones masivas. Algunas estaciones operan con dificultad debido a los torniquetes destrozados la tarde anterior; otras en tanto lucen sus ingresos semicerrados, mientras el incómodo aroma a lacrimógena se agolpa en sus enrejados. 

Mediodía, y la convocatoria a nuevas evasiones se difunde rápidamente vía redes sociales. Horas después, Eric Campos, presidente de la Federación de Sindicatos de Metro, solicitaba en los medios de comunicación cerrar la red de transporte, en tanto las líneas 1 y 2 suspendían sus recorridos. 

«Le solicitamos a la administración, ante esta crisis, como ustedes le denominan, lo mejor, lo más sensato es cerrar la red, y desde lo concreto esperamos que el gobierno pueda entregar respuestas que ya fracasaron (…) es momento que el gobierno intervenga desde la política pública y no desde el criterio meramente policial», solicitaba Eric Campos a través de una entrevista en «24 Horas».

Pese a este llamado, Metro no cerró sus puertas y siguió funcionando.

Al anochecer, y con la red de transportes cerrada, las personas, con cacerola en mano, se manifestaban por las calles o en las afueras de las estaciones en busca de respuestas por parte del gobierno de Sebastián Piñera, mientras el presidente comía pizza en un restaurante del barrio alto. Sin embargo, en ese mismo momento la escalera de emergencia del edificio ENEL –edificio ubicado en Santa Rosa 76– estaba siendo consumida por las llamas, mientras las estaciones de la Línea 4 también estaban siendo incendiadas. 

Chile iniciaba de este modo su estallido social. A partir de ese mismo instante el país no volvería a ser el mismo.

El registro oficial de Metro revelaba que de las 136 estaciones de la red, 118 presentaron daños, siendo 25 de ellas incendiadas, de las cuales 7 sufrieron daños totales. En cuanto a trenes, 10 unidades del total de la flota presentaron daños.

El 21 de octubre de 2019, Sebastián Piñera se dirigió al país afirmando que «estamos en guerra contra un enemigo poderoso»; en tanto la cifra hasta esa fecha era de 5 fallecidos y 1.500 detenidos.

«Estamos en guerra contra un enemigo poderoso, implacable, que no respeta a nada ni a nadie y que está dispuesto a usar la violencia y la delincuencia sin ningún límite, incluso cuando significa la pérdida de vidas humanas, con el único propósito de producir el mayor daño posible», dijo Piñera.

Pero ese «enemigo poderoso» aún no ha sido identificado.

«Material no combustible»

Según información del portal Plataforma Urbana, el 15 de septiembre de 1975 Santiago se convirtió en la tercera ciudad en Latinoamérica en inaugurar un sistema de Metro público: ese día, un tren subterráneo viajó por primera vez entre las estaciones San Pablo y La Moneda de la Línea 1, que, en ese entonces, tenía un trazado de 8,2 kilómetros. Ese recorrido, histórico para el sistema de transporte público de la ciudad, fue posible después de seis años que tomó la construcción de la línea y que se inició en 1969, en la intersección de la Alameda con Las Rejas. No obstante, el proyecto se ideó en 1965 y se concretó tres años después con la firma de un decreto por parte del presidente Eduardo Frei Montalva.

En conversación para esta investigación, Ariel López, ingeniero especialista en movilidad y diseño de sistemas de transporte, quien ha estudiado y recorrido más de 40 sistemas de metro en 22 países, en 4 continentes, se refirió a la materialidad de la construcción del Metro de Santiago, con el propósito de explicar el motivo de la propagación del fuego en las estaciones incendiadas durante la noche del 18 de octubre de 2019. 

¿De qué materiales está construido el Metro de Santiago?

–Los materiales con los que está construido el Metro de Santiago difieren según la línea, ya que responden a diferentes épocas constructivas, criterios de diseño y normativas aplicadas. En general, las estaciones están construidas de hormigón, fierro, cerámicas, acero, aluminio y vidrio. Las estaciones se diseñan deliberadamente para no quemarse, se planifican y diseñan para que su infraestructura y material rodante (carros) no sean propensos a incendios, ya que en su operación están expuestos a frecuentes fallos eléctricos u operaciones que pueden generar altas temperaturas y generar un incendio.

O sea, ¿no se puede expandir el fuego en la estación?