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Llegó el momento de dejar de vivir desde viejas programaciones. Tus pensamientos no son destino: son cables que podés reprogramar. Y al hacerlo, todo cambia. Este libro no es teoría. Es acción. Es el mapa que te muestra cómo transformar creencias limitantes en decisiones poderosas, cómo soltar viejas programaciones y crear la vida que merecés. Es también una invitación a reescribir tu vida, paso a paso, desde un lugar auténtico y amoroso. Recableando tu cerebro te desafía a mirar de frente tus patrones, a limpiarlos, a resignificarlos y a volverlos tu mayor fuente de poder. Página tras página, vas a descubrir que no estás solo, que la transformación puede ser un camino lleno de acompañamiento y empatía, y que cada paso te acerca a desplegar tu verdadero potencial.
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Seitenzahl: 177
Veröffentlichungsjahr: 2025
Producción editorial Tinta Libre Ediciones
Coordinación editorial Gastón Barrionuevo
Diseño de interior Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Diseño de tapa Departamento de Arte Tinta Libre Ediciones
Tramanone, María Laura
Recableando tu cerebro : el arte de reescribir tu vida desde una mirada auténtica / María Laura Tramanone. - 1a ed. - Córdoba : Tinta Libre, 2025. 164 p. ; 21 x 15 cm.
ISBN 978-631-317-157-6
1. Desarrollo Personal. 2. Autoayuda. 3. Coaching. I. Título. CDD 158.1
Prohibida su reproducción, almacenamiento y distribución por cualquier medio, total o parcial, sin el permiso previo y por escrito de los autores y/o editor. Está también totalmente prohibido su tratamiento informático y distribución por internet o por cualquier otra red.
La recopilación de fotografías y los contenidos son de absoluta responsabilidad de/l los autor/es. La Editorial no se responsabiliza por la información de este libro.
Hecho el depósito que marca la Ley 11.723 Impreso en Argentina - Printed in Argentina
© 2025. Tramanone, María Laura© 2025. Tinta Libre Ediciones
El arte de reescribir tu vida desde una mirada auténtica
María Laura Tramanone
Muchas veces pensamos que la creatividad es solo para artistas, cuando en realidad es una capacidad inherente a todos. Hay una frase de Albert Einstein que dice: “La creatividad es la inteligencia divirtiéndose”; este enunciado rompe con la idea de que la creatividad es caótica y sin dirección, más bien es la mente en su estado más libre, explorando y jugando con nuevas ideas.
Pero… ¿por qué, si todos tenemos esta capacidad, muchas veces nos sentimos bloqueados? ¿Por qué nos cuesta tanto expresar lo que sentimos, proponer una idea, escribir un mensaje o simplemente crear algo nuevo?
La respuesta está dentro de nosotros, en una especie de cruce de caminos invisibles que habita en cada experiencia.
Alma tenía algo importante que decir a su pareja, se trataba de un mensaje que le nacía desde lo más profundo. Pero al sentarse a escribir, se encontró frente a dos voces internas. Dos caminos. Dos versiones de su mundo interior.
Por un lado, apareció el Miedo, y trajo consigo pensamientos conocidos:
—No soy buena expresándome.
—¿Y si se enoja?
—¿Y si suena ridículo?
Era como si una nube del pasado se hubiese posado sobre su teclado. Cada palabra que escribía parecía no ser suficiente. Borraba, editaba, dudaba… y cada vez se alejaba más de lo que realmente quería decir.
Ese es el camino del inconsciente reprimido: una parte de nuestra mente donde habitan experiencias no resueltas, creencias limitantes, inseguridades y juicios del pasado. Es como un bosque espeso donde todo cuesta el doble, y donde el miedo al error es un freno para la acción.
Pero justo cuando Alma estaba por rendirse, apareció otra presencia más suave. Una sensación de apertura. Una pregunta amable:
—¿Qué es lo que realmente querés decir?
Al conectar con esa voz, Alma respiró profundo. Dejó de pensar tanto y empezó a sentir. Las palabras fluyeron. No buscaba que sonaran perfectas, sino que fueran verdaderas. Y en esa entrega, surgieron frases que nunca había planeado, pero que expresaban exactamente lo que quería decir.
Ese es el camino del inconsciente creativo: un espacio fértil, intuitivo, donde no hay juicio sino autenticidad. Donde la mente se siente libre para probar, jugar, unir ideas, expresar lo que late adentro.
Lo importante no es elegir entre uno u otro, sino aprender a reconocer cuál está operando en cada momento. El inconsciente reprimido actúa desde el miedo, la autoexigencia, la historia no resuelta. El inconsciente creativo actúa desde la confianza, la autenticidad, la posibilidad. Cuanto más cultivamos las condiciones internas para que esa voz creativa se exprese, más cerca estamos de vivir desde lo que somos, no desde lo que tememos.
La creatividad no es un don lejano. Es una puerta interna que se abre cuando dejamos de tenerle miedo a lo que puede salir.
Cultivar el inconsciente creativo no es algo que sucede por casualidad. Es una práctica diaria, una decisión que tomamos cada vez que elegimos expresarnos desde la autenticidad en lugar de hacerlo desde el miedo.
Muchas veces creemos que la creatividad debería brotar de manera espontánea, sin esfuerzo, como si dependiera de un momento de inspiración mágica. Pero lo cierto es que, en la mayoría de los casos, lo que primero se activa dentro de nosotros es el inconsciente reprimido: esa parte que nos llena de dudas, que nos recuerda antiguos juicios, que nos exige perfección antes de empezar.
Y ahí es cuando necesitamos intervenir. No desde el control, sino desde la conciencia. Porque para que el inconsciente creativo pueda tomar la delantera, tenemos que crear las condiciones adecuadas, como si estuviéramos preparando la tierra para que crezca una semilla.
Una de las formas más simples —y poderosas— de comenzar es prestar atención a las preguntas internas que nos hacemos cuando estamos frente a un momento creativo. Preguntas como: ¿y si me equivoco?, ¿y si no es suficiente?, ¿y si me critican? Todas ellas pertenecen al inconsciente reprimido, y aunque parezcan inofensivas, nos cierran, nos tensan, nos hacen dudar de lo que somos capaces. Por eso, en lugar de dejar que nos arrastren, podemos cambiarlas por preguntas que abran, que habiliten, que expandan. Preguntas como: ¿cómo puedo expresarme sin miedo?, ¿qué pasaría si lo hiciera jugando, sin presionarme?, ¿cómo lo haría si supiera que no hay forma de fallar? Ese pequeño cambio de foco tiene el poder de mover todo el sistema.
Ahora bien, el inconsciente reprimido no solo habita en los pensamientos, también se manifiesta en el cuerpo. Se nota en la mandíbula apretada, en la respiración superficial, en el nudo en el pecho, en la rigidez de los hombros. Por eso, otra forma de activar el inconsciente creativo es usar el cuerpo como vía de desbloqueo. Antes de sentarte a escribir, hablar, crear o tomar una decisión, podés hacer una pausa de apenas dos minutos para moverte sin pensar. Bailar una canción, cerrar los ojos y respirar profundo imaginando que exhalás los bloqueos, caminar sin rumbo observando todo como si fuera la primera vez, dibujar garabatos sin sentido o escribir sin propósito, solo para soltar. Esas pequeñas acciones físicas desactivan la tensión mental y generan espacio para que la intuición empiece a hablar.
Y una tercera clave, igual de importante, es dejar de buscar el resultado perfecto. Porque el inconsciente reprimido quiere controlar, quiere garantías, quiere saber que todo va a salir bien antes de dar el primer paso. En cambio, el inconsciente creativo necesita libertad. Se activa cuando nos damos permiso para explorar sin presión, para equivocarnos, para jugar. De hecho, una técnica muy efectiva cuando sentimos que el miedo nos frena es hacer a propósito lo opuesto a lo perfecto. Escribir mal, exagerar el tono de voz, resolver el problema de la forma más absurda posible. Es como un truco amable para engañar al miedo y recordarle que no estamos acá para rendir examen, sino para expresarnos desde el alma.
En esos momentos de bloqueo, hay una pregunta que puede abrir la puerta: ¿estoy actuando desde la rigidez o desde la curiosidad? Y otra aún más transformadora: ¿cómo puedo hacer esto más divertido, más liviano, más espontáneo? Porque cada vez que elegís la curiosidad por sobre la exigencia, estás fortaleciendo al inconsciente creativo. Y cuanto más lo ejercitás, más natural se vuelve. Hasta que un día descubrís que la autenticidad ya no es un esfuerzo, sino tu forma habitual de estar en el mundo.
Durante años, Juan había pasado las fiestas en silencio. Una copa servida para uno, una cena modesta, la televisión encendida como compañía. Pero ese año, algo distinto empezó a latir en su pecho: un deseo simple, profundo y claro. Quería pasar la Navidad con su familia. Soñaba con ver a su hija llegar, con abrazar a su yerno, con recibir a su nietita de tan solo dos años y compartir con ellos, aunque fuera un instante, ese calor que tanto extrañaba.
Ese deseo no se iba. Lo acompañaba mientras barría el patio, mientras regaba las plantas, mientras cocinaba solo. Un día, sin saber muy bien por qué, tomó una decisión inesperada: se propuso entrenar. No por salud ni por estética, sino con una imagen en la cabeza que le daba sentido a todo: su nieta, colocando la estrella en la punta del árbol de Navidad; quería ser él quien la levantara. Quería sostenerla con fuerza, con amor, con presencia.
Así que cada mañana, en silencio, Juan empezó a levantar una pesa. Primero le costaba, claro. Sus brazos temblaban, el cuerpo dolía, la mente se llenaba de excusas. Pero él seguía. Día tras día. Nadie entendía del todo por qué un hombre mayor, solo, entrenaba con tanta disciplina. Pero él lo sabía. Tenía una meta que no era física: era emocional, era simbólica, era sagrada.
El tiempo pasó. Llegó diciembre. Se probó su smoking negro, el mismo que no usaba desde hacía años. Lo cepilló, lo colgó con cuidado. Preparó la mesa con esmero. Y esperó.
Cuando por fin llegó la familia, su corazón latía con una mezcla de nervios y gratitud. Entonces, con una sonrisa tímida, Juan se acercó a su nieta. Le entregó una caja envuelta con moño rojo. La niña la abrió con sus manitos pequeñas. Dentro, había una estrella dorada. Él la miró con ternura, se agachó, la alzó con fuerza y la levantó hasta lo más alto, hasta la cima de aquel árbol de Navidad. Fue ella quien colocó la estrella. Pero fue él quien hizo posible ese momento.
Nadie dijo nada. No hacía falta. En ese gesto vivía todo: el amor, la intención, la voluntad, la ternura, la transformación.
Ese hombre no solo había levantado una pesa. Había levantado su propia historia. Había entrenado mucho más que el cuerpo: había fortalecido su autoestima, su seguridad, su confianza. Y lo había hecho sin buscar reconocimiento, sin esperar perfección. Solo con un deseo y una decisión: crear desde el alma.
A veces creemos que la creatividad aparece cuando estamos enfocados, concentrados, con todo bajo control. Pero momentos como el del abuelo y la estrella nos muestran otra cosa: la verdadera creación nace del deseo profundo, de la emoción auténtica, de una fuerza que no se piensa… se siente.
Nietzsche no usó el término “inconsciente creativo”, pero su filosofía lo anticipó con claridad. Para él, la razón consciente es solo una pequeña parte de lo que somos. En libros como Así habló Zaratustra o Más allá del bien y del mal, insiste en que nuestra autenticidad y creatividad real surgen de fuerzas más profundas: intuiciones, instintos, deseos.
En El nacimiento de la tragedia, Nietzsche presenta su famosa idea del dionisiaco y el apolíneo. Mientras lo apolíneo representa el orden, la lógica y el control, lo dionisiaco es el caos fértil, lo libre, lo vital. Según él, el arte, la música y toda verdadera creación nacen de ese caos interno, no de la razón pura, sino del impulso que brota desde lo más humano.
Incluso en La gaya ciencia señala que las grandes ideas aparecen en momentos de juego, de descanso, de libertad, no cuando forzamos la mente. Algo que hoy confirma la neurociencia, al hablar de la red neuronal por defecto: esa parte del cerebro que se activa cuando dejamos de pensar activamente… y dejamos que el inconsciente haga su trabajo.
Nietzsche fue, sin duda, uno de los primeros en decir que crear es confiar en lo profundo, no reprimirlo. Que las mejores cosas que podemos dar al mundo no vienen del control, sino de permitirnos ser.
Y eso es el inconsciente creativo: un espacio interno que florece cuando dejamos de exigirnos tanto y nos damos permiso para jugar, sentir y expresarnos con autenticidad. “Uno debe llevar dentro de sí un caos, para poder parir una estrella danzarina”, dice Nietzsche.
Porque, al final, todos llevamos dentro una estrella que espera ser levantada. Y no hace falta fuerza en los brazos, sino coraje en el corazón para elegir cada día crear, aun en medio del caos, una vida que brille.
Elías nació en una casa donde las cosas tenían que estar en orden. Desde chico aprendió que había respuestas correctas y otras que no lo eran. En la escuela lo premiaban por memorizar, por seguir las reglas, por repetir con claridad lo que el docente decía. Cuando preguntaba “¿por qué?”, le decían que mejor se concentrara en “lo que había que saber”. Aprendió rápido que lo importante era lo que se podía demostrar, medir o justificar. Nadie le enseñó a confiar en su intuición. Nadie le dijo que su imaginación también era una forma de conocimiento.
Ese fue su primer molde: la educación estructurada y el legado del racionalismo. Todo debía tener lógica. Lo demás era “pérdida de tiempo”.
Con los años, Elías se convirtió en alguien eficiente. Tomaba decisiones con rapidez, organizaba su agenda al minuto y siempre tenía plan A, B y C. Pero cada vez que algo imprevisto aparecía —una oportunidad distinta, un impulso creativo, una emoción intensa—, lo sentía como una amenaza. Le costaba improvisar, soltar el control, aceptar que no siempre iba a saber qué hacer. El caos le daba miedo. Su necesidad de seguridad lo mantenía lejos de lo desconocido, aunque parte de él lo anhelara en silencio.
Vivía en modo automático. Todo el día conectado, respondiendo mensajes, corriendo de una reunión a otra, sin pausa. A veces pensaba en escribir un libro, en aprender a pintar, en tomar clases de algo que le gustara. Pero se decía a sí mismo: “No tengo tiempo para eso”. Y lo cierto es que la hiperestimulación diaria lo mantenía lejos del presente y muy cerca del cansancio. A su mente no le quedaban momentos de silencio. Siempre estaba llena de tareas por hacer.
Cuando alguna emoción fuerte intentaba salir, Elías se contenía. “No es para tanto”, se decía. Había aprendido desde chico que las emociones debían mantenerse bajo control, que llorar era de débiles y que soñar despierto era cosa de niños. Sin saberlo, había reprimido no solo lo que sentía, sino también lo que imaginaba. Cada impulso creativo era evaluado por una voz interna que lo juzgaba antes de nacer.
Y así, la vida fue pasando entre estructuras, metas cumplidas y logros visibles. Era productivo, sí. Eficiente, también. Pero, en el fondo, había algo apagado. El placer de crear por crear se había perdido, porque todo debía tener un propósito, una utilidad, un resultado concreto. La productividad era el filtro. Y si no servía para “algo”, entonces no valía la pena.
Hasta que un día, sin que lo planeara, se quebró. No fue un gran evento, ni una crisis explosiva. Fue apenas una tarde en la que se sintió vacío, con la agenda llena pero sin ganas de hacer nada. Se sentó en silencio por primera vez en mucho tiempo. Respiró. Y ahí, en ese pequeño respiro, se dio cuenta de todo lo que había postergado de sí mismo.
Recordó que de chico escribía cuentos. Que a veces dibujaba figuras extrañas en los márgenes del cuaderno. Que le gustaba inventar historias mientras miraba el techo. Y que todo eso lo había guardado en una caja muy al fondo de su corazón… porque no servía para aprobar, para ganar, para destacar.
Esa noche, Elías no hizo nada productivo. Puso música suave, apagó el celular y empezó a escribir, sin pensar demasiado. No sabía qué iba a salir. Y, por primera vez en años, no le importó.
Elías podría ser cualquiera de nosotros. La cultura en la que vivimos nos entrena para confiar solo en la mente racional, y muchas veces olvidamos que dentro de nosotros habita una fuente inagotable de creatividad, intuición y emoción. Salir del control no es fácil. Requiere coraje, silencio, juego y permiso. Pero cuando lo hacemos, aunque sea por un instante, algo vuelve a florecer.
Antes de cerrar este capítulo, quiero invitarte a hacer algo distinto. Es una dinámica rápida, de solo un minuto, para salir de la mente racional y activar tu creatividad de forma espontánea. No tenés que pensar mucho, solo hacer.
En este momento, cambiate algo de lugar. Sí, ahora. Tenés cinco segundos. Lo que sea: sacate los zapatos, girate la remera, ponete los lentes al revés, usá una bufanda como turbante, cruzate los pantalones, lo que se te ocurra. No importa cómo quede. Solo hacelo.
Probablemente te rías, te sientas un poco incómodo o no sepas qué hacer. Y eso está perfecto. Porque ahí, en ese instante donde rompiste la lógica, empezás a salir del control y a entrar en un espacio más libre.
Ahora, pensá en una idea loca. Algo que nunca te animarías a decir en una reunión seria. Decila o escribila sin filtro. Por ejemplo: ¿y si las reuniones fueran en hamacas? ¿Y si firmáramos contratos con dibujos en vez de palabras?
Eso que aplicaste en un minuto es el inconsciente creativo que despierta. Cuando soltamos la lógica, abrimos la puerta al juego, a lo nuevo, a lo auténtico, y muchas veces… la magia empieza justo ahí.
Quiero contarte algo muy personal. Algo que, aunque parezca un detalle pequeño, se transformó en una brújula en mi camino. Es un recordatorio que me ayuda cuando la vida se pone pesada, cuando la seriedad ocupa demasiado espacio o cuando siento que la estructura me aprieta. Te hablo de una nariz de payaso.
La nariz se convirtió en un interruptor. Un puente entre la mente que todo lo quiere controlar y ese lugar más suave donde habitan la creatividad, la frescura y la presencia. La uso en mis clases, sobre todo en esos momentos en los que trabajamos experiencias profundas de la vida, esas que a veces duelen, y necesitamos también un respiro. Con solo ponérmela, el aire cambia. Se abre una ventana invisible que deja entrar luz y ternura.
Con el tiempo, este gesto dejó de ser solo mío. Hoy es también un símbolo compartido con mi aldea: los alumnos de Reescribí Tu Vida. Muchos de ellos guardan su propia nariz en la cartera, la llevan a los talleres y la hacen aparecer en las fotos de cierre. Para cada uno significa algo distinto: un recordatorio de ligereza, un amuleto de presencia, un guiño a la posibilidad de mirar la vida desde otro ángulo.
El switch no tiene por qué ser una nariz. Puede ser cualquier cosa: una piedra en el bolsillo, una frase escrita en un papelito, un movimiento de manos, un dibujo. Lo importante no es el objeto, sino la huella que despierta en el corazón. Es ese instante en el que recordamos que siempre existe otra forma de habitar lo que vivimos.
El switch es una invitación a mirar la vida con ojos nuevos. A desatar los nudos por un momento. A soltar la cuerda tensa y dejar que la melodía vuelva a sonar. Porque a veces, con un gesto pequeño, todo se acomoda por dentro. Y desde ahí nace lo nuevo: más simple, más vivo, más auténtico.
Nietzsche decía que dentro de cada uno habita un caos capaz de parir una estrella danzarina. Yo agregaría que, a veces, basta con un pequeño switch para que esa estrella se anime a brillar.
Había una vez una ciudad donde, al nacer, cada persona recibía un paquete invisible: una caja que no podían abrir, pero que sentían sobre sus hombros todo el tiempo. Esa caja estaba llena de etiquetas. Algunas decían “inteligente”, otras “torpe”; algunas “sensible”, otras “difícil”; “capaz”, “vaga”, “hermosa”, “molesta”. Se trataba de manojos de etiquetas que no siempre eran justas… pero como aparecían tan temprano, y venían de personas queridas, nadie se atrevía a cuestionarlas.
Con los años, esas etiquetas se volvían parte de la piel. Como ropa que no siempre queda bien, pero que igual uno termina usando porque todos esperan verlo vestido así.
Hasta que un día, una joven llamada Lía sintió que algo en ella no encajaba. Había etiquetas que le apretaban el alma y otras
