Recompensa de Amor - Scotty Cade - E-Book

Recompensa de Amor E-Book

Scotty Cade

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Beschreibung

La víspera de su boda, Zander Walsh, sus padres y su prometido son disparados cuando interrumpen un misterioso robo al volver a casa. Después de tres semanas en coma, Zander se despierta y descubre que es el único superviviente. Su vida perfecta se hace añicos en un instante. El atractivo agente del FBI, Jake Elliot, está investigando el caso y no tardará en detener al asesino que, sin embargo, escapa fácilmente. Tras seis meses de investigación, Zander y Jake descubren que están siendo saboteados por el propio FBI…, y que la amistad que han forjado está empezando a convertirse en algo más fuerte. Pero cuando se embarcan en un viaje para detener al asesino por segunda vez, descubrirán que aquella noche terrible escondía mucho más que un intento fallido de robo. ¿Es posible que los grandes negocios y el mundo de la política sean capaces de encubrir la verdad, o tal vez los intentos de Zander y Jake por resolver el misterio marcarán el final de su nuevo amor y de sus vidas?

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Seitenzahl: 380

Veröffentlichungsjahr: 2013

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Copyright

Publicado por

Dreamspinner Press

5032 Capital Cir. SW

Ste 2 PMB# 279

Tallahassee, FL 32305-7886

http://www.dreamspinnerpress.com/

Esta historia es ficción. Los nombres, personajes, lugares y acontecimientos son producto de la imaginación del autor o se utilizan para la ficción y cualquier semejanza con personas vivas o muertas, negocios, eventos o escenarios, es mera coincidencia.

El contenido de la portada ha sido creado exclusivamente con propósito ilustrativo y ninguna de las personas que aparecen en ella son modelos, ni se han utilizado modelos para las ilustraciones.

Recompensa de Amor

Copyright © 2011 by Scotty Cade

Título original: Bounty of Love

Portada: Reese Dante http://www.reesedante.com

Traducido por: M. Carmen Bautista

La licencia de este libro pertenece exclusivamente al comprador original. Duplicarlo o reproducirlo por cualquier medio es ilegal y constituye una violación a la ley de Derechos de Autor Internacional. Este eBook no puede ser prestado legalmente ni regalado a otros. Ninguna parte de este eBook puede ser compartida o reproducida sin el permiso expreso de la editorial. Para solicitar el permiso y resolver cualquier duda, contactar con Dreamspinner Press 5032 Capital Cir. SW, Ste 2 PMB# 279, Tallahassee, FL 32305-7886 USA

http://www.dreamspinnerpress.com/

Publicado en los Estados Unidos de América

Primera Edición

Agosto de 2011

Edición eBook en español: 978-1-62380-552-4

A Kell. Gracias por cargar con todo y mantener las cosas bajo control, tanto en el trabajo como en casa, durante el proceso de escritura de este libro. Eres mi inspiración día a día, y por mucho que adore escribir, detesto no poder pasar tanto tiempo contigo como quisiera. ¡Te quiero!

Gracias a Kristine (Kris) McDonald y a Michael Jampel por sus magníficos y sabios consejos. Vuestra habilidad para detectar los fallos de la trama y anticipar las intenciones del asesino ha hecho de este un relato mucho más realista. Y gracias en especial a Kris, por ser mi autoridad legal, siempre tan servicial, y por resolver todas mis preguntas legales tan aburridas.

Chicos, sois los mejores, y Kell, te quiero.

Nota del Autor

“RECOMPENSADEAMOR”, el tercer libro de la serie “Amor”, gira en torno a Jake Elliot y a Zander Walsh, a quienes ya conocisteis en “Alas de Amor”como los propietarios y venteros del refugio Lago Hiline en las montañas de Alaska.

A pesar de ser una novela totalmente independiente, “Recompensa de Amor” se desarrolla doce años antes que “Alas de Amor” y “Tesoro de Amor”y cuenta la historia de cómo se conocieron Jake y Zander y terminaron siendo los dueños de un refugio en los parques naturales alaskeños. Es una gran historia, y encontraréis antiguos conocidos en su desarrollo, ya que la historia os vuelve a presentar a un McGovern Cleary (“Mac”) más joven, a su mujer Lindsey, y a la hija adoptiva de los dos, la pequeña Zoe-Grace.

Espero que disfrutéis de la historia, y si aún no habéis leído “Alas de Amor” o “Tesoro de Amor”, o no las habéis leído en este orden, no os preocupéis. Las tres son novelas totalmente independientes que muestran personajes y lugares repetidos.

Gracias,

Scotty

Prólogo

—D, ¡VAMOSa llegar tarde! —gritó Alexander Walsh a su prometido, que estaba delante del espejo de cuerpo entero del vestidor, intentando torpemente hacerse el nudo de la corbata. Alexander comprobó con nerviosismo la hora en el Rolex de oro que llevaba en la muñeca—. Tenemos exactamente cuarenta y siete minutos para recoger a mis padres y llegar a la iglesia, o llegaremos tarde al ensayo de nuestra propia boda.

—Zander, por favor, deja de meterme prisa —suplicó angustiado Darren Jordan entrando en la habitación. Tenía un brazo en la chaqueta de su traje negro de Armani y trataba de introducir el otro en la manga opuesta. Se pasó la chaqueta por los hombros e intentó de nuevo ajustarse la corbata de seda dorada—. Antes me hacía un nudo perfecto cada mañana, pero hoy soy incapaz de anudarme esta maldita cosa; ayúdame por favor.

Zander estaba parado con las manos cruzadas sobre el pecho y la mirada clavada en el hombre que lo hacía tan afortunado y que iba a desposar a las seis de la tarde del día siguiente. A pesar de las muchísimas veces que se lo había repetido, Darren no tenía ni la menor idea de lo atractivo que era, ni de cómo aceleraba el corazón de Zander, por no mencionar otras partes de su anatomía.

—¡Vaya! —Zander echó una mirada apreciativa a su futuro marido—. Parece que acabaras de salir de la portada de nuestra antigua revista.

Darren y Zander habían empezado la edición de la revista Gentlemen’s Style justo al acabar la carrera, y hacía solo tres meses que la habían vendido a una editorial independiente de Nueva York por una cantidad obscena de dinero. Cuando cerraron la venta, acordaron esperar hasta después de la boda para decidir qué querían hacer después, así que ahora mismo se estaban dedicando vivir la vida.

—Zander, deja de burlarte de mí, por favor. Ya estoy lo suficientemente nervioso. Ven aquí y ayúdame con la maldita corbata —le suplicó Darren con una media sonrisa en su encantadora cara.

Zander se dispuso a ayudarle pero apenas hubo empezado con el nudo de la corbata de su prometido, este le cogió las manos y suavemente las colocó sobre su pecho. Darren se puso de puntillas y cubrió con sus labios los de Zander. No era un beso ardiente, o desesperado, como los que a veces se daban en un arranque de pasión, sino un beso lento, suave y tierno, que decía lo que las palabras no podían expresar.

El cuerpo de Zander comenzó a estremecerse y la sangre rápidamente se le fue a la entrepierna. Con una sonrisa traviesa estudió la mirada de Darren.

—Si haces eso otra vez, llegaremos tarde —le dijo con un guiño—, muy tarde.

Darren se zafó de los brazos de su hombre y sonrió.

—¡Muy gracioso! Ahora muévete. Me toca a mí echarte una ojeada.

—De acuerdo —dijo Zander mientras alborotaba el pelo de Darren de la misma forma en que lo hacía diez veces al día.

—Eh, cuidado con mi pelo —protestó Darren—. Recuerda que esta noche tengo una cena prenupcial.

Zander sonrió y posó durante un segundo, girando un poco sobre sus talones para que su prometido pudiera apreciar bien el resultado. Ahora le tocó silbar a Darren. Zander llevaba unos pantalones de lana negros, un jersey de cuello alto del mismo color y una chaqueta blanca y negra con estampado de pata de gallo, perfectamente ajustada a su cuerpo alto, delgado y atlético.

—Estás increíble —susurró Darren—, aún no me creo que tenga la suerte de llevarte mañana por la tarde al altar.

Zander depositó un beso rápido en los labios de Darren.

—Lo mismo digo —exclamó—, pero será mejor que nos pongamos ya en marcha o mañana por la tarde no sabremos qué tenemos que hacer, y eso no le haría mucha gracia a mi madre.

—Y por supuesto, no queremos defraudar a Patty —dijo Darren—, ha estado deseando que llegara el día de tu boda desde que naciste.

—No creo que esta sea el tipo de boda que esperaba —contestó él riéndose—, pero sabes que han puesto mucho de su parte, especialmente mi padre.

—Te adoran, Zander, y lo que único que quieren es que seas feliz.

—Lo sé —reconoció—, yo también les quiero.

Darren clavó la mirada en los ojos de su prometido y luego agachó la cabeza. Zander puso su dedo bajo la barbilla de Darren y le hizo levantar la cabeza hasta que sus ojos volvieron a encontrarse.

—Lamento que tus padres no puedan venir mañana —susurró.

—No poder y no querer son dos cosas diferentes —le corrigió Darren mientras una lágrima resbalaba por su mejilla—. Es su voluntad y yo no puedo hacer nada contra eso —diciendo esto se puso derecho y sonrió—. Pero…, no voy a dejar que nos arruinen esto. Mañana va a ser el día más feliz de mi vida, estén ellos allí o no.

Zander asintió con la cabeza y le secó las lágrimas con un beso.

—Vamos, señor Walsh —dijo Darren—, llévame puntual a la iglesia.

ZANDER condujo su Range Rover hasta la puerta de la finca de sus padres y tecleó los cuatro dígitos del código de seguridad. La enorme puerta negra de hierro forjado comenzó a abrirse lentamente, y Zander se adentró en el camino de ochocientos metros que conducía a la casa.

—Sabes, creo que nunca conseguiré acostumbrarme a esto —dijo Darren.

—¿A qué, a la puerta abriéndose y cerrándose? —bromeó Zander.

—No, tonto. —Darren sonrió—. A este estilo de vida y a todo lo que supone ser el yerno de un senador.

—Sé a lo que te refieres —admitió Zander—. Yo me sentí igual el día que mis padres me trajeron aquí por primera vez. Incluso después de mudarnos, cada vez que conducía por este camino me sentía como si estuviera entrando en la casa de otra persona.

Darren sonreía y miraba los altísimos árboles y el césped tan bien cuidado al pasar lentamente.

—Pero apuesto a que ser el hijo del Senador John W. Walsh y de la señora Patricia Simcox Walsh, tiene sus ventajas.

—Claro que sí —reconoció Zander—, pero a menudo me pregunto cómo sería haber crecido en una familia apolítica. Ya sabes, en una casita de Míchigan con un padre obrero y una madre ama de casa que nos hiciese la cena cada noche.

—Bueno, como sabes —dijo Darren—, yo procedo de una familia más o menos así y mira cuál es el resultado: repudiado y apartado de mi familia por haberme enamorado de un hombre increíble.

Zander alargó el brazo y volvió a alborotar el pelo de Darren.

—Los dos somos producto de nuestra educación pero creo que todo nos ha ido muy bien, ¿no?

—Buena observación, futuro esposo mío —Darren admitió mientras colocaba su mano sobre la de Zander.

El camino terminaba en una gran entrada circular en cuyo centro se alzaba una enorme fuente de piedra. Zander paró detrás de un flamante Jaguar XJ color plata aparcado frente a una imponente mansión de estuco. No había terminado de aparcar el todoterreno cuando la enorme puerta doble se abrió y apareció su madre elegantemente vestida con un vestido largo verde esmeralda y escote en V que clamaba ser obra de Vera Wang¸ que casualmente era una de sus mejores amigas. Justo detrás apareció su padre, con un traje azul marino expertamente confeccionado y una estilosa corbata azul y plateada. Agarró la mano de su esposa y ambos la levantaron en señal de saludo.

John Walsh se encaminó hacia el coche y Darren apretó el botón para bajar la ventanilla.

—Ya era hora de que llegaseis, tortolitos —bromeó su padre—. ¿Qué os parece si vamos en el Jag? Así si queréis beber una copa o dos no tendréis que preocuparos de tener que conducir.

Darren miró a Zander, y ambos asintieron con la cabeza.

—A nosotros nos parece bien.

—Bien, pongámonos en marcha. Tengo un hijo que se casa mañana.

Zander le miró y sonrió, y su padre le devolvió la sonrisa. Dejó las llaves de su coche en la consola y él y Darren salieron del coche y se dirigieron hacia donde estaba aparcado el otro coche. Su madre se metió en la casa y treinta segundos después reapareció y se detuvo en la entrada.

—¿Qué os parece? —preguntó, echándose la estola blanca de piel de zorro sobre el hombro y dejando que la prenda colgase por su espalda. Zander y Darren se detuvieron frente a ella y silbaron.

—Estás muy sexy —bromeó Darren.

Ella sonrió de oreja a oreja al tiempo que bajaba al aparcamiento con gracia.

—Sabía que tenía un motivo para adorarte, cariño —le respondió ella, devolviéndole la broma.

—Ah, ¿y cuál es ese motivo? —preguntó él.

—Tu honestidad —contestó ella, con la mejor de sus sonrisas.

Se cambió de mano el bolsito con incrustaciones de estrás y le ofreció la que tenía libre a su hijo.

—Escolta a tu joven madre de “cincuenta-y-tantos” hasta su carroza —le indicó.

—“¿Cincuenta-y-tantos?” —preguntó Zander con incredulidad—. Dios mío, D, tenemos que cancelar la boda. Si ella tiene cincuenta-y-tantos, entonces yo solo tengo quince.

Su madre le propinó un bolsazo en el pecho.

—Muy gracioso. No tenía ni idea de que te habías metido a humorista, después de todo el dinero que invertimos en darte la mejor educación.

—Tenemos que irnos —gritó su padre desde el coche.

—Ya vamos, cariño —respondió su madre.

—Ah, y Zander, gracias por cortarte el pelo.

—¿Te gusta? —le preguntó pavoneándose un poco, girando su cabeza a ambos lados.

—Estás muy guapo. Vais a ser los novios más guapos del mundo.

Zander tomó su mano, abrió la puerta del coche y la ayudó a meterse dentro. Cerró la puerta tras ella, corrió hacia el otro lado del coche y saltó al asiento trasero. Se pegó a Darren todo lo que pudo, sin llegar a sentarse en su regazo.

—A la Catedral de San James, por favor —dijo Zander con tono altivo—, ¡y rápido!

—Como usted mande, señor —contestó su padre, y todos se echaron a reír.

PORsupuesto,el matrimonio no sería legal, pero John y Patty habían pedido algunos favores y prometido ofrendas generosas en la colecta de los domingos hasta el año 2099 para conseguir que la Iglesia Católica permitiese que la boda de su hijo homosexual se celebrase en la Catedral de San James. Y a pesar de todas las donaciones y promesas, la iglesia no consintió que un cura los casara, así que decidieron que un ministro no confesional celebraría la ceremonia.

El ensayo en la iglesia salió según lo esperado, y todo el mundo se fue sabiendo cuál sería su papel en la boda. La cena post-ensayo se celebró en el Broadmoor Country Club y fue una mezcla de los amigos de Darren y Zander y de un quién es quién en las esferas política y legal. Zander y Darren sonrieron diligentemente, estrecharon manos y besaron mejillas hasta que el agotamiento pudo con ellos. Justo después de que la orquesta tocase la última canción y subieran las luces, los invitados comenzaron a desfilar hacia la salida.

John, Patty, Zander, y Darren permanecieron de nuevo en el vestíbulo, sonriendo y agradeciendo su presencia a los invitados. Aprovechando un hueco en el desfile, Patty se volvió hacia Zander y Darren con una expresión de orgullo en la cara.

—Chicos, habéis estado fantásticos esta noche, y estoy muy orgullosa de los dos.

—Gracias, mamá.

—Gracias —susurró Darren, y agachó la cabeza.

Ella les dio un ligero apretón de manos a los dos y les preguntó cómo tenía los labios.

Zander le echó un vistazo.

—Quizá deberías retocarte un poco.

Zander y Darren observaron en silencio como Patty metía sus finas manos, acabadas en unas uñas perfectamente arregladas, dentro de la cartera y sacaba una barra de labios. Se lo aplicó primero en el labio inferior, luego en el superior y finalmente se frotó los dos juntos. Cuando hubo terminado, se volvió a Darren.

—¿Mejor así? —preguntó.

—Estás preciosa —dijo él—. Pero me hubiese gustado… —su voz se quebró.

Patty lo estrechó entre sus brazos y dijo:

—Lo sé, cariño. Estoy segura de que ellos también lo están pasando mal ahora, tanto como tú, y no me cabe la menor duda de que te quieren mucho. Lo mismo que John y yo. Eres como un segundo hijo para nosotros, y te queremos aún más por hacer tan feliz a Zander. —Una lágrima resbaló por la mejilla de Patty y volvió a recurrir a su cartera para sacar un pañuelo. Se secó la lágrima con cuidado.

—Por tu culpa se me ha estropeado el maquillaje —bromeó.

—Sigues estando muy guapa —dijo Darren con una sonrisa sincera—. Y gracias, Patty. No tienes ni idea de cuánto significa para mí.

Ella le abrazó por última vez.

—Venga, vamos a despedir a todos los invitados para que podamos irnos a casa y me pueda quitar este corsé.

Darren miró a Patty con una mirada inquisitiva.

Ella sonrió y se llevó las manos a las caderas.

—¿Qué? ¿Creías que una mujer de mi edad está así de bien de forma natural?

—Te quiero —dijo Darren echándose a reír.

Más invitados comenzaron a marcharse, así que se alisaron las arrugas de los trajes y se dibujaron otra sonrisa en la cara.

Al final, mientras Patty, Zander y Darren decían adiós desde el pórtico, John acompañó a los últimos invitados a sus coches, y todos se quedaron mirando cómo las luces traseras rojas desaparecían del aparcamiento. John volvió y los cuatro juntos se sentaron en los escalones y exhalaron un profundo suspiro mientras esperaban a que el aparcacoches les trajera el Jaguar.

—Creo que ha sido todo un éxito —exclamó Darren.

Zander le pasó el brazo por encima a Darren y lo estrechó contra él.

—Y yo creo que tienes razón, guapo mío —dijo dándole un beso en la mejilla.

El mozo llegó y John ayudó a Patty a levantarse. Ella era ahora quince centímetros más baja puesto que se había quitado los puntiagudos Manolo Blahnik. Se echó la estola de piel sobre un hombro, los tacones sobre el otro, y le suplicó a su marido que la llevase a casa.

—¿Puedo conducir, papá? —preguntó Zander.

Notó la mirada de desconcierto de su padre y sonrió.

—¿Te acuerdas de la primera vez que me saqué el carnet de conducir y te convencí para que me dejases jugar a ser tu chófer y llevarte a todos sitios en la limusina?

Una sonrisa asomó por los labios de John.

—Claro que me acuerdo, los de Seguridad me echaron una buena bronca por eso.

—¿Cómo? —Patty le pegó un bolsazo a John en el hombro—. ¿Dejaste que mi único hijo de dieciséis años condujera una limusina propiedad del estado? ¿Y crees que los de seguridad te echaron la bronca? Tuviste suerte de que yo no me enteré de nada. Te habrías enterado de lo que vale un peine.

John se encogió de hombros intentando parecer inocente, pero no funcionó, y todos se echaron a reír. Finalmente, su padre se puso serio.

—¿Cuánto has bebido?

—Exacto —preguntó su madre, con esa mirada que siempre le hacía confesar sus fechorías cuando era un niño.

—Solo me tomé un vaso de vino con la cena, y eso fue hace horas. Además, sería divertido que Darren y yo os hiciésemos de chófer a ti y a mamá por última vez.

Patty y John se miraron al uno al otro e hicieron un gesto con la cabeza.

—Bueno, si insistes.

—Insisto —dijo Zander con una sonrisa.

Zander le dio la propina al aparcacoches y se sentó al volante mientras Darren abría la puerta para que Patty y John se metieran en el coche. Durante el camino a casa, hicieron una recapitulación de la noche, hablaron de la comida y los invitados, y sobre lo bien que había estado ver a este y al otro, sobre lo bonito o lo feo que era el vestido de tal y tal, y comentaron lo cómico de algunos de los discursos.

Zander se detuvo ante la gran puerta por segunda vez en el mismo día, que para su sorpresa, estaba abierta.

—Papá, ¿por qué está la puerta abierta? —preguntó.

—Mierda —musitó su padre—. Otra vez se ha roto la maldita puerta. Y eso que nos la repararon hace un par de días.

—No te preocupes. Le diré a mi secretaria que llame al cerrajero el lunes a primera hora —contestó Patty, que no parecía muy preocupada—. No creo que nadie trabaje durante el fin de semana.

—Eso me tranquiliza mucho más —dijo su padre con cara de póquer.

Y todos rieron un poquito por lo bajo mientras el Jaguar avanzaba lentamente hacia el camino que conducía a la casa. Zander llegó a la entrada circular, pasó junto a su todoterreno y se detuvo frente a la entrada de la casa. Darren saltó de su asiento y abrió la puerta trasera para ayudar a Patty y John a salir del coche.

—Chicos, id entrando en la casa, yo voy a meter el coche en el garaje. Tardo un minuto. —Darren rodeó el coche, asomó la cabeza por la ventanilla del asiento de Zander y le plantó un beso en los labios—. ¡Te quiero!

—Yo te quiero más.

—Voy a hacer café —anunció su madre mientras caminaban hacia la puerta delantera.

—Y yo sacaré el coñac —añadió su padre.

Darren corrió a reunirse con Patty y John, que ya estaban entrando en la casa.

Zander observó a su familia adentrándose en la casa mientras pensaba lo afortunado que era. Sonriendo, puso el coche en marcha y lo dirigió hacia el garaje. Apretó el botón de la consola situada sobre el espejo retrovisor y apenas escuchó el chirriar de la pesada puerta mecanizada del garaje mientras se elevaba, mostrando un impecable garaje revestido con paneles de madera. Aparcó el coche cuidadosamente junto al Mercedes de su madre, volvió a apretar el botón, y las puertas comenzaron a cerrarse lentamente tras él. Abrió la puerta del coche y cuando puso el primer pie en el suelo se sobresaltó al escuchar el ruido desconcertante de una explosión. «¿Qué diablos ha sido eso?». El ruido se parecía a la detonación de un tubo de escape o al sonido de un disparo sordo, y el pánico empezó a apoderarse de él. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo cuando, al salir completamente del coche, escuchó una segunda explosión. Esta vez palideció y el corazón se le encogió. Echó a correr hacia la puerta que daba a la antecocina, pero a medio camino escuchó una tercera explosión. Puso la mano en la puerta, giró el pomo y abrió la puerta desesperadamente. Una parte de él ansiaba encontrarse con Darren y con sus padres gritando “sorpresa” y abriendo botellas de champán o tirando petardos o algo por el estilo, pero en su fuero interno sabía qué era lo que acababa de escuchar.

«Disparos, Dios mío, por favor, que no sea verdad». No vio a nadie cuando atravesó lentamente la antecocina. Tampoco en la cocina. Giró por el pasillo y escuchó una tercera explosión, esta vez mucho más fuerte. De repente, se quedó paralizado. Sintió una punzada de dolor en la cabeza y todo se volvió negro, mientras él se desplomaba.

Capítulo 1

«¡DOLOR! ¡Un dolor enorme!». Zander intentaba abrir los ojos y mover la cabeza, pero su cuerpo no le respondía. «¡Demasiado dolor!». A veces, sentía como si le golpearan a la cabeza con un bate de béisbol, una y otra vez. «¡Es tan intenso!» Jamás había experimentado un dolor así. Estaba confuso. Tres fuertes explosiones, luego una cuarta y todo se volvió negro de nuevo.

Los brazos de Zander estrechaban el cuerpo de Darren contra el suyo mientras bailaban su canción favorita “Al Fin” de Etta James. Miró al otro lado de la pista de baile y vio a sus padres también bailando. Su madre le hizo un guiño y le dedicó una sonrisa. Él besó a Darren y alborotó su pelo mientras bailaban el más romántico de los bailes. De repente, se detuvo al escuchar los gritos aterradores de sus invitados.

Levantó la mirada y en un momento, todo se había llenado de serpientes. Estaban por todos lados. Caían del techo y rápidamente iban cubriendo toda la pista de baile. Salían por debajo de las puertas y por las trampillas del aire acondicionado. Serpientes de todas las formas y tamaños estaban atacando a sus invitados. Enormes serpientes negras de fauces blancas y brillantes que se abrían y atacaban todo a su paso. Serpientes marrones cubiertas de diamantes con cascabeles en la cola reptaban por las mesas del banquete y sobre las barras. Los camareros las golpeaban con botellas de licor. El caos había estallado y había gente gritando y corriendo por todos lados intentando escapar del espantoso escenario en que se había convertido el sitio.

De repente, Darren soltó un alarido y cayó inerte entre sus brazos. «Darren, ¡tengo que salvar a Darren!». Tomó a Darren y corrió hacia la puerta delantera caminando sobre cientos de serpientes. A cada paso que daba, sentía las fauces de miles de serpientes en sus piernas. Las mordeduras en los tobillos y en las espinillas le ralentizaban hasta ir prácticamente arrastrándose, y se sentía cada vez más débil. Podía ver las puertas, pero estaban demasiado lejos de su alcance. Sabía que no lo conseguiría, y con Darren aún entre sus brazos, cayó de rodillas al suelo. Vislumbró a sus padres en el suelo, tan solo a dos metros de él, las serpientes cubrían sus cuerpos inmóviles. El pánico se apoderó de él cuando se dio cuenta de que no podría salvar a nadie. Todo se volvió negro.

Zander intentó abrir los ojos lentamente, y para su sorpresa, lo consiguió. Pero todo estaba borroso, y la claridad de la habitación le hacía mucho daño. Intentó fijar la vista, pero sintió una repentina oleada de dolor.

«¡Dios mío, mi cabeza!».El dolor era intenso, como si alguien le estuviera arrancando la piel a tiras y presionándole el cráneo con saña, cada vez más y más fuerte. Instintivamente, se llevó las manos a las sienes, pero alguien le colocó la mano suavemente de nuevo en la cama. La oscuridad volvió a apoderarse de él.

ZANDER abrió los ojos y echó un vistazo a la habitación, intentando concentrarse en algo, en cualquier cosa. Distinguía el perfil borroso de las personas que rodeaban su cama. «¿Qué hacen estos extraños en mi habitación?». Parpadeó varias veces intentando centrarse, pero su visión era aún borrosa. Intentó contar mentalmente a los extraños –uno, dos tres. «Hay tres extraños en mi habitación, y todos llevan el mismo uniforme celeste». Volvió a pestañear. «No, cuatro extraños, pero uno de ellos va de negro». Intento concentrarse con todas sus fuerzas. «No, no son uniformes. Son batas; batas azules de hospital. ¿Estoy en un hospital?».

Podía escuchar voces lejanas que pronunciaban su nombre.

—Alexander, ¿puede oírme? Señor Walsh, soy el doctor Miller. ¿Me oye?

Antes de que pudiera responder, alguien le enfocó una luz muy brillante en el ojo derecho. La apagaron y la volvieron a encender, y luego lo mismo pero en el izquierdo.

«Dios, eso duele. ¿Ha dicho doctor? Estoy en un hospital».

De nuevo las voces.

—Alexander, soy el doctor Miller, ¿puede oírme? —Ahora estaban más cerca y se escuchaban mejor, y él quería decirles que su nombre era Zander, pero su boca no articulaba palabra alguna. Sentía los labios y la boca muy secos. «Sed, qué sed tengo. Si pudiera beber un poco de agua, quizá conseguiría hablar». Intentó hablar, y, de nuevo, fue incapaz de pronunciar palabra alguna. Pero como si le hubiera leído la mente, una señora corpulenta, o al menos eso le pareció, con un batín azul celeste, le puso una pajita en los labios. Empezó a absorber agua con la pajita, pero antes de que hubiese podido beber un trago entero, ella le retiró la pajita.

—No tan rápido, cariño —susurró ella—. Solo un sorbito, poco a poco.

La pequeña cantidad de agua que pudo absorber con la pajita le supo a gloria.

—Más —susurró, y ella volvió a acercarle la pajita a los labios.

—Recuerda, cariño, solo un sorbo. Si bebes demasiado puede sentarte mal.

Creyó asentir con la cabeza, pero no estaba seguro. Tenía la sensación de no controlar ninguna parte de su cuerpo. Olvidando la comunicación por un momento, se pasó la lengua por los labios y los notó secos y agrietados, como si hubiera estado varios días en el desierto y sin bálsamo de labios. Tomó otro sorbo de agua y apretó ligeramente los labios para que se humedecieran un poco, como había visto a su madre hacer cuando se ponía barra de labios.

De repente, le vino una imagen a la cabeza, «¿o quizá sea solo un flashback?». Estaba con su madre, su padre y Darren. Todos iban elegantemente vestidos, y su madre se estaba pintando los labios. «¿Pero dónde?», pensó. Entonces escuchó una fuerte explosión pero no sabía de dónde venía. E igual de rápidamente, la imagen se desvaneció.

Volvió a recorrer la habitación con la mirada e intentó hablar.

Esta vez fue capaz de formar algunas palabras.

—¿Dónde estoy? —preguntó. Su voz sonaba débil y ronca y no parecía la suya.

—Está en la unidad de cuidados intensivos del Hospital Noroeste, Alexander —respondió el doctor Miller suavemente.

—Zan-der —susurró él.

El doctor Miller lo miró confuso.

—Es mi nombre —dijo él—. Todo el mundo me llama Zan-der.

El doctor Miller lo entendió y sonrió.

—Ah. —Hizo una pausa—. Zander, ya lo entiendo —dijo—. ¿Y cómo se encuentra, Zander?

—Como si me hubiera pasado por encima una apisonadora —consiguió decir.

El doctor Miller sonrió levemente.

—¿Por qué estoy en el hospital? —preguntó Zander.

El doctor Miller se giró y miró con expresión interrogante al caballero que se encontraba junto a la cama de Zander.

—Hola Zander. Soy el doctor Cagney. Su neurocirujano —dijo el otro hombre, acercándose.

Ahora era Zander el sorprendido.

—¿Por qué necesito yo un neurocirujano?

—Le dispararon, señor Wal…quiero decir, Zander —contestó el doctor Cagney.

—¡Disparado! —Sacudió la cabeza como para asegurarse de que lo había entendido bien. Pero esto solo le causó más dolor.

Dejó de mover la cabeza y cerró los ojos hasta que se le pasaron las punzadas de dolor. Cuando se le pasó un poco, miró al doctor Cagney.

—¿Por qué? ¿Cuándo?

—Hace poco más de dos semanas —respondió el doctor Cagney—. Has estado en coma inducido durante los últimos dieciséis días.

—¡Dieciséis días! —dijo Zander. Y de nuevo, ese dolor.

—Sobrevivió a nueve horas de cirugía. Y para que su cerebro no se hinchase, y también para que cicatrizase —continuó el doctor Cagney—, le tuvimos fuertemente sedado.

El doctor se fue a los pies de la cama de Zander. Levantó la sábana y la manta de algodón y recorrió la planta del pie de Zander con una cuchilla muy afilada.

—¡Ay! —exclamó Zander intentando zafarse del agarre del doctor. Este repitió la misma acción en el otro pie, y Zander volvió a sentir una punzada de dolor pero esta vez consiguió liberar su pie.

—Muy bien —dijo el doctor Cagney—. Eso es muy buena señal. Has recuperado parte de la sensibilidad y la movilidad en los pies, así que probablemente no te quede una parálisis irreversible.

El doctor Cagney volvió a cubrir los pies de Zander, y la señora corpulenta metió la sábana y la manta de nuevo bajo el colchón.

—Estoy muy cansado —musitó Zander—. ¿Le importa si cierro los ojos?—. Y sin esperar la respuesta, los ojos de Zander se cerraron lentamente.

—Espere.

Abrió los ojos de nuevo, y vio que el hombre de negro se acercaba a su cama antes de que el sueño se apoderase nuevamente de él, y sus ojos se volvieran a cerrar.

—SEÑOR WALSH, soy el agente especial del FBI Jake Elliot. ¿Recuerda algo de la noche de los disparos? —Sabía que era demasiado tarde, porque Zander había vuelto a quedarse dormido, pero al menos lo había intentado—. Doctor Miller —preguntó—. ¿Cuándo podré volver a hablar con él?

—Es difícil saberlo —intentó explicar el doctor—. Ha pasado por una experiencia muy traumática, y su cerebro necesita tiempo para cicatrizar. Estará un poco más despierto cada vez que se despierte, pero podría tardar semanas en estar totalmente consciente.

El agente Elliot se sintió frustrado, pero tenía que averiguar lo que Zander había visto o si recordaba algo de la noche en que le dispararon. Obedecía las instrucciones del jefe del departamento, James Ralston, quien le había ordenado que no se moviese del lado de Zander hasta que consiguiese respuestas y que, hasta ese momento, no permitiese que nadie, a excepción de sus doctores, hablase con él.

ELAGENTE ELLIOT estaba sentado en una silla muy incómoda en una esquina de la pequeña unidad de cuidados intensivos. Habían pasado tres largos días desde la última vez que Zander había estado consciente, y se empezaba a preguntar cuánto se prolongaría esto. Él tenía sus órdenes, y por supuesto las acataría, pero se le habían agarrotado todos los músculos del cuerpo, y ya le dolía todo por la falta de ejercicio, y por la silla, «esta maldita silla». Había salido del hospital solo un par de veces, menos de una hora cada vez, para ducharse y cambiarse de ropa, haciéndole prometer a la enfermera que le llamaría inmediatamente si Zander despertaba. Apenas había dormido, aunque normalmente tampoco le hacía mucha falta, y además, podía dormir a ratos en esa "silla".

Desde su posición estudiaba a Zander Walsh tumbado en la cama del hospital. Aunque el hombre tenía la cabeza vendada, podía distinguir algunos mechones rubios que asomaban rebeldes por entre las gasas. Se acordaba del efecto que habían producido en él los intensos ojos azules la vez que Zander recobró el conocimiento. Incluso en estas condiciones, podía percibir lo increíblemente atractivo que era Zander, y pensaba en lo bonito que sería tener a alguien como él en su vida.

Siempre había sabido que era homosexual. Había tenido algunas citas a los veinte, pero su trabajo no le dejaba mucho tiempo para citas, ni para nada. Y además, los agentes especiales del FBI, bueno, no eran precisamente las personas más tolerantes del mundo, así que cuando le trasladaron al Departamento de Seattle cinco meses atrás decidió ocultar sus preferencias sexuales para evitarse problemas. Hacía mucho tiempo que no estaba con nadie, al menos desde que estaba en Seattle y, para ser sincero, tenía que admitir que se sentía físicamente atraído por Zander Walsh. Por supuesto, sabía que Zander no estaba en situación física ni mental de conocer a otra persona, y mucho menos, a un agente designado por el FBI para encontrar al asesino de su pareja. Sus pensamientos se vieron interrumpidos bruscamente cuando los brazos y las piernas de Zander comenzaron a moverse con frenesí y empezó a balbucear palabras incoherentes. Parecía estar teniendo una pesadilla, así que Jake se acercó a la cama e hizo lo que pudo para tranquilizarlo. Pulsó el timbre para llamar a las enfermeras y puso su mano sobre la pierna de Zander. Las lágrimas brotaban de los ojos cerrados de Zander y resbalaban por sus mejillas.

ZANDER tenía dieciséis años y estaba dando una vuelta a su padre en una limusina. Su padre daba indicaciones desde el asiento trasero. «Reduce un poco la velocidad, ahora pon el intermitente, vale, incorpórate lentamente al otro carril. Perfecto, lo estás haciendo genial, hijo. Vas a ser un buen conductor». Él sonreía de oreja a oreja por la confianza que su padre le mostraba, pero algo iba mal. ¿Por qué iban todos los coches por el carril contrario? De repente, se dio cuenta de que se había metido en dirección prohibida. Antes de que pudiera dar la vuelta, vio la parrilla cromada de una furgoneta de repartos, y otra vez, todo se tornó negro.

De repente, Zander soltó un alarido y abrió los ojos. El corazón le iba a mil por hora y respiraba con dificultad. Hizo lo que pudo para calmarse mientras miraba al hombre vestido de negro con lágrimas en los ojos. Echó un vistazo a la habitación. «Hospital. Estoy en un hospital, pero, ¿por qué?». Entonces lo recordó todo. «Me han disparado».

—¿Está bien, señor Walsh? —preguntó el hombre de negro—. El doctor no tardará en llegar.

—¿Quién eres? —preguntó Zander, esta vez con la voz mucho más clara.

—Mi nombre es Jake Elliot, soy el agente especial del FBI a cargo de este caso.

Zander asintió con la cabeza.

—¿Recuerda cuando le dispararon? —preguntó el agente Elliot.

Zander volvió a asentir.

—¿Recuerda algo de esa noche?

Zander consideró la pregunta. «¿De verdad me dispararon? ¿Por qué no recuerdo nada?».

El doctor Cagney entró en la habitación con la enfermera corpulenta que Zander recordaba de la última vez que estuvo despierto. Miró el historial de Zander y volvió a introducirlo en la ranura a los pies de la cama mientras la enfermera comprobaba los líquidos del gotero y toqueteaba las demás máquinas que seguían conectadas a él.

—¿Cuánto tiempo ha estado despierto? —preguntó el doctor.

—No demasiado —respondió el agente Elliot—. Estaba teniendo una pesadilla.

—Eh, chicos —dijo Zander—. Por favor no habléis de mí como si aún estuviera en coma.

—Ah, es verdad —dijo el doctor Cagney—. Lo siento. ¿Cómo se encuentra?

—Hecho una mierda —dijo Zander—. Tengo un dolor de cabeza horrible y me duele todo, pero supongo que sobreviviré. Sobreviviré, ¿verdad?

—Todo parece indicar que sí. Por supuesto, tendrá que hacer rehabilitación, pero sí, creo que se recuperará del todo.

—Señor Walsh, ¿le importa si le hago unas preguntas? —preguntó el agente Elliot.

Zander miró al agente Elliot y volvió a asentir. «Qué guapo es».

—Así que, de nuevo, ¿recuerda algo, cualquier cosa, de la noche en que le dispararon?

—Señor Elliot, ¿verdad? —preguntó Zander.

—Llámame Jake, por favor.

—No, la verdad es que no, Jake —respondió, mirando al agente del FBI y al doctor Cagney.

—No se preocupes. Es normal que sufra pérdidas de memoria después de haber sufrido un traumatismo así. La recuperará con el tiempo —dijo el doctor Cagney.

—¿Puedes contarme algo de lo que pasó? —preguntó Zander.

El agente Elliot miró al doctor Cagney, quien le hizo un gesto aprobatorio.

—Señor Walsh —comenzó Jake.

—Por favor, llámame Zander.

—De acuerdo, Zander —siguió Jake—. Hace poco más de un mes, tus padres, tu pareja y tú volvisteis a casa de una fiesta. ¿Recuerdas la fiesta?

«¿Fiesta? ¿Mi pareja?».

—¿Te refieres a Darren y a la cena que tuvimos tras el ensayo? —En el instante en que sus labios pronunciaron el nombre de Darren, su corazón comenzó a palpitar con fuerza y le invadió una sensación muy desagradable—. ¿Dónde está Darren? —Escaneó la habitación buscando la cara de su hombre. Darren no lo dejaría solo en un hospital—. Quiero ver a Darren. ¿Dónde está?

—¿Te acuerdas de haber vuelto a casa después de la fiesta? —preguntó Jake en un tono neutral.

«¿Por qué nadie responde a mis preguntas?».

—Quiero que alguien me diga dónde está Darren. —Su voz se notaba tensa por la desesperación—. Necesito ver a Darren.

Estudió las caras del doctor Cagney y del agente Elliot, intentando vislumbrar en ellas cualquier señal positiva. Seguidamente, sus ojos se posaron en la enfermera corpulenta, y su estómago se contrajo cuando ella desvió la mirada con lágrimas en los ojos. «No».

—¿Y mis padres? ¿Dónde están papá y mamá? —Ellos conseguirían que viera a Darren.

—Zander, ¿recuerdas haber visto un intruso en…

El dolor invadió su cabeza de nuevo al tiempo que las imágenes le venían a la mente. La cena del ensayo, las caras sonrientes de sus amigos y de su familia.El dolor se hizo más fuerte, casi insoportable. Despedidas. Estar sentado junto a Darren cuando llevaba a sus padres a casa. Llevando el coche al garaje. Explosiones fuertes. ¡No, explosiones no, disparos!

Miró fijamente al doctor Cagney.

—Por favor, necesito ver a Darren y a mis padres ahora —le suplicó—. Estaré bien. Soy un superviviente —musitó para sí. Solo necesitaba que Darren le abrazase. Darren sabría cómo aliviar el dolor.

—Lo siento, Zander —dijo Jake con tono grave—. Tu familia y tú entrasteis en la casa en mitad de un robo. Ellos fueron asesin…

—¡No! No te atrevas a decirlo. —Zander fulminó a Jake con la mirada—. Mi padre es el Senador John Walsh, y exijo verlo ahora mismo.

—Lo siento —dijo el doctor Cagney compasivamente—. Eres el único superviviente.

«No está pasando. No está pasando. No está pasando».

El corazón y el alma se le hicieron añicos. «Lo siento».Con esas dos pequeñas palabras su mundo se derrumbó y se quedó vacío. Darren se había ido. Mamá y papá se habían ido. No podía ser.

—Por favor —susurró con un nudo en la garganta.

—No pudimos hacer nada.

El corazón le latía con fuerza. Las lágrimas le nublaron la vista una vez más y todos en la habitación lo volvieron a mirar con compasión en los ojos. «No está pasando. ¡No están muertos!».

—¡Por favor! —Las lágrimas le inundaban los ojos y corrían por su cara—. No, no pueden estar muertos. —Sintió un dolor punzante en el pecho, como si unas garras enormes le estuvieran arrancando la piel a tiras—. Por favor, traedme a Darren. ¡Mamá! ¡Papá!—gritó, llevándose las manos al pecho—. ¡Darren!—No podía dejar de llorar—. Dios mío, ¡Nooooo!

Unos brazos fuertes le contuvieron cuando se revolvió e intentó escapar. No podía respirar, no podía recobrar el aliento porque los sollozos seguían oprimiéndole el pecho, llenando la habitación con alaridos más parecidos a los de un animal herido que a los de un hombre. No podía soportar aquel dolor. El instinto le pedía que escapase. Perdido como estaba en su agonía, no sintió la inyección en el brazo. La cabeza le dio vueltas y la visión se fue haciendo cada vez más tenue. Se calmó. Los párpados cada vez le pesaban más y se le cerraban los ojos.

—Darren —suspiró, antes de sucumbir a la paz que la oscuridad le ofrecía.

ZANDER abrió los ojos e inspeccionó la pequeña habitación acristalada. No tenía ni idea de cuánto tiempo había dormido, pero las persianas estaban todas bajadas a excepción de la que daba a la enfermería, no había nadie con él y la única luz procedía de los monitores conectados a él. Cerró los ojos y se concentró en el sonido del monitor que mostraba los latidos de su corazón bip-biipbip-biip en el silencio de la oscura habitación. Se asustó cuando sintió una cinta apretándole el bíceps, cada vez más fuerte, hasta que pensó que su brazo explotaría. Entonces, casi tan rápido como había empezado, la banda comenzó a desinflarse poco a poco, temblando con cada latido de su corazón. «Cálmate, hombretón; se trata solo de la máquina que mide la presión arterial».

En ese momento, su conciencia decidió recordar los inconcebibles sucesos que precedieron a la muerte de su familia. Un sentimiento de devastación volvió a apoderarse de él. Sintió un dolor inmenso, pero esta vez no era un dolor físico. La pérdida y el vacío amenazaban todo su ser, y le costaba mucho respirar. Era como si tuviera un elefante sentado en el pecho. Pensó que se asfixiaría de un momento a otro. Por un instante, imaginó la asfixia como una vía de escape al horror.

Viviría solo el resto de su vida. No estaba solo únicamente en esta unidad de cuidados intensivos, estaba solo en la vida. Sus padres se casaron y lo tuvieron a los cuarenta, y sus abuelos por ambas partes ya hacía años que habían fallecido. Tenía un tío por parte de madre que vivía en el extranjero, pero no lo conocía ni a él ni a su familia. La desesperación amenazó con destruirle cuando la realidad de lo que se había convertido su vida volvió a su mente.

Comenzó a llorar incontroladamente. «Dios mío, todos están… muertos. ¿Por qué? No puedo vivir sin Darren. ¿Por qué no me mataron a mí también?».Con cada sollozo su respiración se hacía difícil, más superficial, hasta que le resultó imposible respirar. Todo su cuerpo se agitó y empezó a temblar al mismo tiempo que se le nublaba la vista. Después de un largo rato presidido por el dolor, con el peso de la realidad amenazando con machacarle de nuevo, un profundo instinto de supervivencia tomó el control de su cuerpo. Los pulmones le obligaron instintivamente a aspirar una bocanada de aire tras otra, hasta que finalmente fue capaz de llenar los pulmones con el viciado aire del hospital. Las lágrimas ya no le nublaban la vista y una sensación de tranquilidad comenzó a envolverle. Su respiración volvió a la normalidad, se le despejó la vista, y su cuerpo se paralizó. Tras la nueva sensación de calma vino el vacío. No sentía nada, solamente vacío y soledad, tanto vacío que ni el universo entero, con todo lo que abarca, podría llenar el agujero de su corazón.

«Dios, quiero que todo esto termine. No tengo ninguna razón para seguir viviendo. Dios mío, Darren se ha ido. Mamá y papá se han ido. No quiero estar aquí sin ellos. Dios, por favor, llévame. ¡Llévame ahora!».

Poco a poco, la habitación empezó a llenarse de una luz cegadora, que luego se transformó en una luz cálida, tenue y dulce. Entonces, miles de rayos de luz llenaron la habitación, como anticipando la llegada de alguien. Zander miró hacia la puerta e intentó serenarse, pensando que alguien debía estar a punto de entrar, pero la puerta no se abrió. La luz era cada vez más brillante, pero Zander no sabía de dónde procedía.

«¿Será que he muerto? ¿Es esta la luz de la que todo el mundo habla? Gracias, Dios».

Zander extendió sus manos hacía la luz, como diciendo «Estoy aquí», pero el resplandor comenzó a girar alrededor de la pequeña habitación de hospital, cada vez más rápido, y finalmente una ráfaga de la luz más brillante que Zander había visto nunca estalló ante él.

De repente, apareció Darren a los pies de su cama. Aún llevaba el traje negro de Armani tan perfectamente entallado, y la luz que le rodeaba emitía un halo intensísimo. Estaba realmente guapo, el ángel más hermoso que Zander hubiera visto nunca. Su sonrisa era tan cálida y transmitía tanta complicidad que Zander no pudo evitar sonreír al tiempo que las lágrimas le brotaban de los ojos y corrían por sus mejillas. Darren puso su mano izquierda sobre la pierna de Zander y Zander observó que Darren llevaba la alianza de oro y platino que habían diseñado juntos, las alianzas que iban a intercambiarse en su boda.

 —Estoy preparado —dijo Zander, pero Darren solo siguió mirándolo con una bonita sonrisa. Entonces Zander vio otros dos resplandores de luz y otro estallido, y sus padres aparecieron detrás de Darren, posando sus manos en la espalda de este. Ellos, igualmente, seguían vestidos como en la fiesta, y como Darren, estaban rodeados por un halo de luz hermosísima.

Zander volvió a extender sus manos.

—Por favor, llevadme con vosotros —suplicó—. No puedo vivir sin vosotros. Darren, te lo ruego, llévame contigo.

—Tu hora no ha llegado aún, amor mío —dijo Darren.

—Por favor, no me dejes —le repetía Zander, una y otra vez.

Su madre habló después.

—Te quedan muchas cosas por hacer aquí, Alexander —dijo ella—. Cuando te llegue la hora, estaremos aquí para ti.

Zander siguió llorando, pero le estaba resultando cada vez más difícil respirar.

—Por favor —suplicó—. No me dejéis solo otra vez.

Sintió la caricia de su madre en el brazo.

—Siempre estaremos contigo, Zander. Eres lo que más queremos. Tú eres nuestro hijo ahora y para siempre.