Una conquista arriesgada - Scotty Cade - E-Book

Una conquista arriesgada E-Book

Scotty Cade

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Beschreibung

Tristán Moreau adora su trabajo como jefe administrativo y ayudante personal de Webber Kincaid, Presidente de la Junta Directiva y CEO de Kincaid International. Sería el trabajo perfecto… si no fuera porque se ha enamorado de su jefe. Después de dos años, sigue haciendo todo lo posible por ocultar sus sentimientos, principalmente para mantener a salvo la reputación de su jefe, pero también porque no quiere perder su trabajo. Webber Kincaid sigue escondido en el armario, utilizando de tapadera a su mejor amiga y confidente. Su vida iba perfectamente sobre ruedas hasta que conoció a Tristán Moreau. En cuestión de meses, Tristán le había robado el corazón y se había convertido en su razón de ser. Pero Webber conoce las reglas de su empresa mejor que nadie, así que mantiene las distancias. Pero dos años es demasiado para seguir especulando con el «¿Y si…?», especialmente cuando un viaje de negocios los lleva a una isla privada en el Caribe. Cuando Tristán y Webber sucumben al calor tropical, la profesionalidad queda relegada. Lo que aparenta ser una relación imposible, amenazada por el ojo microscópico de los paparazzi, puede convertirse en la mejor o en la peor de las decisiones empresariales que hayan tomado nunca.

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Veröffentlichungsjahr: 2016

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Una conquista arriesgada

De Scotty Cade

 

Tristán Moreau adora su trabajo como jefe administrativo y ayudante personal de Webber Kincaid, Presidente de la Junta Directiva y CEO de Kincaid International. Sería el trabajo perfecto… si no fuera porque se ha enamorado de su jefe. Después de dos años, sigue haciendo todo lo posible por ocultar sus sentimientos, principalmente para mantener a salvo la reputación de su jefe, pero también porque no quiere perder su trabajo.

Webber Kincaid sigue escondido en el armario, utilizando de tapadera a su mejor amiga y confidente. Su vida iba perfectamente sobre ruedas hasta que conoció a Tristán Moreau. En cuestión de meses, Tristán le había robado el corazón y se había convertido en su razón de ser. Pero Webber conoce las reglas de su empresa mejor que nadie, así que mantiene las distancias.

Pero dos años es demasiado para seguir especulando con el «¿Y si…?», especialmente cuando un viaje de negocios los lleva a una isla privada en el Caribe. Cuando Tristán y Webber sucumben al calor tropical, la profesionalidad queda relegada. Lo que aparenta ser una relación imposible, amenazada por el ojo microscópico de los paparazzi, puede convertirse en la mejor o en la peor de las decisiones empresariales que hayan tomado nunca.

En primer lugar, para Kell, ¡mi corazón y mi alma!

También me gustaría dedicar este libro a Paul, mi querido amigo, mentor y el autor de la trama. Su conocimiento sobre finanzas y su orientación en todo lo referente al funcionamiento de la Comisión de Bolsa y Valores y del Departamento de Justicia de Estados Unidos consiguieron darle realismo y credibilidad a la trama. Gracias, querido amigo, por todo. Kell y yo os estaremos eternamente agradecidos a ti y a Carol por vuestro constante apoyo, en todos los aspectos de nuestras vidas.

Prólogo

 

 

TRISTÁN MOREAU entró en su cafetería favorita con el periódico del día enrollado bajo el brazo y una mochila cargada de cosas colgando del hombro contrario. Tenía un par de horas libres antes de la siguiente clase, y pensó que podría almorzar temprano, ponerse al día de las últimas noticias y, tal vez, incluso le diera tiempo a estudiar un poco antes de empezar la siguiente clase. Estaba en el último año del grado de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York, y tenía una agenda muy apretada. Tres días a la semana tenía las clases una detrás de otra, pero los otros dos días solo tenía una clase por la mañana y otra por la tarde, y hoy era uno de esos días no tan cargados. Se puso al final de la cola que había para pedir, y se le hizo la boca agua solo de pensar en el primer sorbo que daría al capuchino moca, su favorito.

Los anchos hombros del hombre que estaba justo delante de él en la barra le llamaron inmediatamente la atención. «Esa espalda me suena. Pero… ¿de qué?». Recorrió con sus ojos el cuerpo que tenía delante: hombros musculosos y espalda en forma de V que desembocaban en una estrecha cintura y en un hermoso y redondeado trasero. Mantuvo los ojos fijos en ese punto más tiempo del que debiera, recreando la vista, hasta que finalmente desvió la mirada a su cabello color arena, que le llegaba por los hombros. En conjunto, todo él le sonaba de algo, pero ¿de qué? ¿Por qué motivo le resultaría tan familiar?

Sin nada mejor que hacer mientras esperaba en la cola, se devanó los sesos intentando recordar dónde había visto ese cuerpo antes. Probablemente sintiendo los ojos de Tristán en su espalda, el hombre se giró con un gesto de nerviosismo. Cuando sus ojos se encontraron, el hombre que le sonaba tardó en reaccionar y sostuvo la mirada de Tristán. Éste se quedó pasmado al comprobar la profundidad y la hermosura de esos ojos color esmeralda que le miraban fijamente. Entonces todo encajó: el profesor Scott.

Justin Scott había sido su profesor de Comunicación Empresarial durante el segundo curso, y Tristán se acordó rápidamente de lo obsesionado que había estado con él. Se rumoreaba que era bisexual, pero lo fuera o no, a Tristán nunca se le hubiera ocurrido tener una aventura con uno de sus profesores. Así que había procurado por todos los medios no babear demasiado en clase. ¿Cuántas horas se había tirado observando esos anchos hombros flexionándose mientras el profesor levantaba los brazos para escribir en la pizarra? Y lo que es peor, ¿cuántas veces se había quedado embelesado con esos ojos verde esmeralda, teniendo al profesor frente a él y a pocos metros de distancia?

—¿Tristán? —preguntó el hombre con una expresión de sorpresa en la cara.

Impactado por el hecho de que el profesor recordara no solo su cara, sino también su nombre, a Tristán le dio un vuelco el corazón y sintió cómo se ruborizaba.

—¿Profesor Scott?

El hombre le tendió la mano.

—Supuse que eras tú. Me alegro de verte.

Tristán se cambió los papeles de brazo y, con cierto nerviosismo, le tendió la mano para devolverle el saludo, firme y al mismo tiempo delicado.

—Me alegro de verle, profesor. Estoy muy bien, ¿y usted?

—Bueno, ya sabes. Sin novedades en el frente.

El camarero gritó «¡El siguiente!», y el profesor Scott se acercó al mostrador, pidió lo suyo e hizo un gesto en dirección a Tristán.

—Y cóbreme también lo que él vaya a pedir.

Tristán se aproximó al mostrador y se detuvo junto al profesor Scott.

—Gracias, pero no tiene por qué hacerlo.

El profesor le puso una mano sobre el hombro.

—La verdad es que no, pero me apetece hacerlo.

—Un capuchino moca grande con leche desnatada y un sándwich mixto, por favor. —Tristán se giró de nuevo hacia el profesor y le sonrió—. Gracias.

Se echaron a un lado y conversaron un poco más mientras el camarero preparaba lo que habían pedido. Cuando gritaron el nombre del profesor, este recogió la bandeja con las tazas de café y los sándwiches y se dirigió a una mesa.

—¿Me acompañas?

Incapaz de decirle que no, después de que el profesor hubiera pagado su comida, aceptó con educación.

—Claro, profesor, si a usted no le importa sentarse con un humilde estudiante.

El profesor soltó una carcajada.

—Primero: por favor, deja de llamarme “profesor”. Puedes llamarme Justin. Y segundo: será un placer. No se lo digas a nadie, pero el resto de los profesores son bastante aburridos.

Tristán le sonrió y se llevó el índice a los labios.

—Será nuestro pequeño secreto.

Mientras almorzaban se pusieron al día como dos amigos de toda la vida, hablando de todo lo habido y por haber. Tristán se dio cuenta de lo bien que se lo pasaba en compañía del profesor. Le encantaba su sentido del humor tan irónico y, en especial, le gustaba de él que no se diera ninguna importancia. Y encima, mirarle era un regalo para los ojos.

Mucho después de que hubieran terminado de comer, y en un momento en el que de repente se hizo el silencio, Tristán miró su reloj.

—Vaya, prof… Quiero decir, Justin, es increíble lo rápido que se ha pasado el tiempo. Tengo que irme. Tengo clase en un cuarto de hora.

Justin también se miró el reloj.

—Yo también. Venga, te acompaño.

Tristán volvió a sonreír y asintió con la cabeza, emocionado por el hecho de que Justin quisiera pasar un poco más de tiempo con él.

—Eres muy amable.

Se pusieron en pie y Tristán tiró la bandeja vacía al cubo de la basura mientras Justin lo esperaba en la puerta con su mochila en la mano. Cuando Tristán se reunió con él, Justin le dio la mochila y sostuvo la puerta para que pasara delante de él. Era un día precioso. Aunque estaban ya a finales de febrero, habían tenido un invierno suave y la temperatura debía rondar los veinte grados. Tristán empezó a percibir las primeras notas de la primavera mientras atravesaban Washington Square hablando. Supo que tras la graduación, para la que faltaban poco más de cuatro meses, iba a echar de menos la belleza del campus, aunque no el horario de las clases.

—Bueno, y ¿qué perspectivas tienes de trabajo? —preguntó Justin.

—La verdad es que tengo varias cosas en mente, pero hay una que realmente me interesa —afirmó Tristán.

Justin ladeó la cabeza.

—Me alegro por ti. ¿Vas a contarme de qué se trata?

—Es un puesto para recién graduados en una agencia que se llama Media América, una de las agencias de publicidad más importantes de la Avenida Madison.

—Vaya, te admiro —contestó Justin—. Conozco esa agencia bastante bien y no aceptan a cualquiera.

Tristán se sintió orgulloso de sí mismo. Justin tenía razón: para conseguir una entrevista con su futuro jefe, había tenido que pasar por otras tres.

—Gracias. Estoy bastante orgulloso de mí mismo.

—Y con motivos. Además, casualmente tengo un buen amigo en el Departamento Creativo y tal vez pueda hablarle de ti.

—¡Anda! Pues eso estaría genial. Pero no tienes que hacerlo por compromiso.

Tristán se dio cuenta del cambio en el gesto de Justin. ¿Le había molestado el comentario? Ojala pudiera recuperar la sonrisa de antes.

—Bueno, mira, si no te importa hacerlo, a mí cualquier ayuda me viene bien.

Justin volvió a sonreír y Tristán sintió que se le relajaban hasta los dedos de los pies.

Justin le miró fijamente a los ojos.

—Entonces, dalo por hecho —dijo, sin desviar la mirada de los ojos color avellana de Tristán.

Sintiéndose un tanto tímido e incómodo, Tristán rompió la conexión visual entre los dos aprovechando que habían llegado al edificio donde se daba su próxima clase.

—Ya hemos llegado. —Volvió a mirar el reloj—. Y justo a tiempo. Lo he pasado muy bien, gracias por haberme invitado al almuerzo.

Justin le sonrió y asintió con la cabeza, pero parecía distraído, como si algo estuviera rondándole por la cabeza.

—Bueno, gracias de nuevo —dijo Tristán dándose la vuelta.

Justin posó su mano suavemente en el brazo de Tristán, consiguió que se diera la vuelta y volvió a mirarle a los ojos.

—Esto… ¿Te gustaría cenar conmigo esta noche?

Tristán intentó ocultar su cara de sorpresa, aunque probablemente sin éxito.

—Perdona. No debería haber…

—Sí —contestó Tristán sin pensarlo. La respuesta simplemente escapó de la boca. Toda su vida había intentado pensar las cosas antes de decirlas. Que no hubiera un filtro entre su cabeza y su boca algún día le costaría caro—. Sí, me encantaría cenar contigo esta noche —repitió.

—¿En serio? Quiero decir… Por favor, no lo hagas por compromiso.

—¡No! Lo he pasado muy bien almorzando contigo, y no creas que lo hago porque mi futuro trabajo dependa de ello —bromeó Tristán.

Justin sonrió.

—Vale, entonces decidido.

Tristán hurgó en su mochila, sacó un papel y un lápiz, apuntó su dirección y se la entregó a Justin.

Justin echó un vistazo al papel.

—¿A las siete te parece bien?

Tristán le tendió la mano.

—Perfecto, no vemos después.

Se dieron un apretón de manos y Tristán salió corriendo a su clase, confiando en que no fuera demasiado tarde.

Al final de esa noche, Tristán no recordaba haberlo pasado nunca antes tan bien. La cena había estado genial, la compañía mejor aún, y el sexo de después había sido simplemente increíble. Cuando Justin salió del apartamento de Tristán a primera hora de la mañana siguiente, quedaron en volver a verse y, conforme iban pasando las semanas, estaban cada vez más unidos.

Habían estado quedando durante unos tres meses, viéndose varias veces por semana, cada vez que sus respectivos horarios se lo permitían, cuando Tristán supo la verdad. Quedaba una semana para su graduación y estaba tirado en el sofá, sin más indumentaria que unos viejos y cómodos pantalones de chándal, repasando el material publicado de Media América, preparándose para su nuevo trabajo. Pasaba las páginas pero no las leía, era incapaz de sacarse a Justin de la cabeza y de concentrarse en lo que estaba haciendo. Reconocía que, por primera vez en su vida, se había enamorado. Le inquietaba pensar que solo habían pasado tres meses y que, aunque nunca habían hablado de lo suyo, a él le había calado hondo. Pensó que lo mejor que podía hacer era contarle a Justin lo que sentía y esperar que Justin sintiera lo mismo por él. A la noche siguiente, habían quedado para cenar, así que Tristán le sugirió a Justin que fueran a su apartamento y se tiró todo el día cocinando un menú muy especial para la velada más romántica.

Cuando Justin llegó, Tristán era pura adrenalina. Él nunca antes le había confesado sus sentimientos a nadie y los nervios le estaban jugando una mala pasada.

Cuando se sentaron a cenar, Justin le miró y arqueó una ceja.

—¿Te pasa algo?

Tristán se revolvió inquieto en la silla.

—No, ¿por qué?

—Pareces un poco nervioso.

Tristán tenía la mala costumbre de responder a una pregunta con otra cuando estaba nervioso.

—¿En serio?

Justin se echó a reír y puso los ojos en blanco.

—Sí, lo pareces.

Tristán no quería fastidiar la sorpresa, así que, por una vez, se calló.

—Estoy bien, vamos a comer.

Después de la cena, que a Tristán le había parecido increíble, se sentaron en el sofá. Justin se quitó los zapatos, puso los pies sobre la otomana y le hizo un gesto a Tristán para que se acercara.

Tristán se sentó junto a él y le dio un beso en la mejilla.

—Quiero hablar contigo sobre algo.

Incorporándose, Justin ladeó la cabeza, mirando a Tristán.

—Sabía que te pasaba algo. Me di cuenta en el mismo instante en el que entré por la puerta. —Justin sonrió y le devolvió el beso a Tristán—. Bueno, ¿qué es lo que le tiene los nervios destrozados al frío y sereno Tristán?

Tristán se pasó las palmas sudorosas de las manos por los vaqueros y se sintió desfallecer. «Contrólate, Tristán, no tienes doce años». Tomó aire, se inclinó, depositó un suave beso en los labios de Justin y susurró:

—Estoy enamorado de ti.

La expresión de Justin distaba mucho de la que Tristán se había esperado. Ahora fue Justin el que palideció por completo, y Tristán sospechó que no era por su mismo motivo.

—Pero…

Tristán se apartó de Justin y le fulminó con la mirada.

—Pero, ¿qué?

Justin retiró los pies de la otomana y los apoyó con firmeza en el suelo.

—Pensaba que estábamos simplemente pasándolo bien el uno con el otro.

Tristán se levantó de un saltó y empezó a caminar de un lado para otro. Sintió un sudor frío que recorría todo su cuerpo y el corazón le palpitaba con fuerza.

—¿Pasándolo bien? ¿Eso es todo?

Justin bajó la mirada con una expresión de vergüenza en la cara.

—Eso creía. —Se levantó y le puso las manos a Tristán sobre los hombros para detenerlo—. Lo siento, pensaba que los dos buscábamos lo mismo. Tristán, todo el mundo sabe que soy bisexual. De hecho, estoy prometido, y me caso dentro de unos meses.

Tristán se zafó de los brazos de Justin.

—¿Prometido? ¿Te casas? ¿Con quién?

—Eso no importa —susurró Justin.

Tristán volvió al sofá y ocultó la cabeza entre las manos. Al fin, levantó la cabeza y fijó la mirada en los ojos de Justin.

—¿Cómo has podido ocultármelo? ¿Por qué no me dijiste nada?

Justin le sostuvo la mirada con una aparente dificultad para encontrar las palabras adecuadas.

—Yo no… no creí que fuera importante. Ella vive en el extranjero y ahora solo nos vemos una vez al mes, un día o dos.

—¿Y te vas a casar con alguien a quién solo ves dos días al mes? —preguntó Tristán.

—No es así exactamente. —Justin intentó explicarse, era obvio que lo estaba pasando mal—. Ella se viene a vivir aquí después de la boda.

—¿Y cuándo pensabas contármelo? —le soltó Tristán, cada vez más enfurecido.

Justin se limpió el sudor de la frente con la manga de la camisa.

—No pensé que eso fuera a afectarnos. Ella viaja mucho y estará fuera la mayor parte del tiempo. Podríamos seguir viéndonos tan a menudo como ahora.

Tristán soltó una carcajada sarcástica.

—¿Así que yo para ti soy solo un segundo plato, alguien a quien acudir cuando necesitas que te la metan por el culo?

—Tristán —se defendió Justin—, sabes que eso no es así.

Tristán golpeó fuertemente el extremo de la mesa.

—Entonces dígame como es, profesor.

Justin guardó silencio durante unos minutos.

—Me importas, Tristán, de verdad que sí, pero nunca te prometí que fuéramos a tener un futuro juntos.

Sabiendo que era una batalla perdida, Tristán suspiró, se dejó caer, apoyó la cabeza en el sofá y cerró los ojos.

—Entonces, ¿por qué no me dijiste simplemente que estabas prometido y que tenías novia?

Justin se sentó junto a Tristán en el sofá y puso su mano sobre la rodilla de este.

—Supongo que me daba miedo perderte.

Tristán levantó la cabeza y abrió los ojos.

—Muy bien, ¿sabe qué, profesor? Sus temores acaban de hacerse realidad. Lárgate de mi casa ahora mismo.

Justin se levantó y empezó a caminar de un lado para otro.

—No hablas en serio. ¿Qué quieres que haga?

Tristán se agachó, recogió los zapatos de Justin del suelo y los lanzó en la dirección de la puerta.

—Puedes salir por esa puerta y no volver por aquí en tu puta vida. Eso es lo que puedes hacer. —Miró cómo Justin recogía sus zapatos y abría la puerta.

Justin le miró por encima del hombro.

—¿Estás seguro?

Tristán le fulminó con la mirada y señaló la puerta.

Aunque Justin cerró la puerta con suavidad, el sonido retumbó en la cabeza de Tristán como una explosión. Entonces, se hizo el silencio. El único sonido era el de su respiración y el del latido de su corazón. Una lágrima le resbaló por la mejilla y se la enjugó con firmeza.

«¡No voy a llorar! ¡Joder, no voy a llorar!».

Uno

 

 

Siete años después

 

TRISTÁN HABÍA estado revisando los informes financieros desde que llegó al trabajo poco después de las siete de esa mañana. Pestañeó un par de veces, intentando que las líneas no le bailasen en el papel, pero no sirvió de nada. Aceptando que había alcanzado su límite y que necesitaba un descanso, y a pesar de no estar convencido del todo, dejó el lápiz sobre la mesa, se recostó sobre el respaldo de la silla y cerró los ojos. «Tengo que terminar esto», se dijo para sus adentros, mientras se pasaba las manos por el tupido y castaño cabello, deteniéndose en la base del cuello y masajeando el nudo que se le había formado entre los dos omóplatos.

Un último apretón en sus agotados músculos y se giró sobre la silla para servirse un vaso de agua de la jarra que estaba sobre el aparador. Recorrió con la mirada su amplio despacho y se dio cuenta de que el sol ya se había puesto y de que la luna estaba en lo más alto del intenso azul del cielo de Atlanta. «¿Qué pasó con la luz del día?». Levantó la muñeca y se quedó mirando el reloj fijamente, como si lo que estuviera viendo fuera, de algún modo, un error. «¿Las diez menos veinte?».

Sacudió la cabeza, sorprendido por la hora que era, y se fijó por un momento en la belleza de los edificios del centro perfilados contra el horizonte. Se bebió lo que le quedaba del vaso de agua y volvió a lo que tenía entre manos. Hojas de cálculo y un montón de papeleo, iluminados tan solo por una lamparita fija en la esquina, cubrían completamente la superficie de su mesa de trabajo.

Recordaba haber apagado las luces del techo cuando salió de la oficina sobre las tres para ir a por una ensalada rápida, pero cuando volvió, escuchó su teléfono sonando en el vestíbulo y había salido corriendo a contestarlo, sin acordarse de volver a encender las luces, y así habían estado desde entonces. «Otro viernes por la noche que me quedo solo trabajando en la oficina. Tengo que hacer más vida social».

Volvió a llenarse el vaso de agua, miró otra vez a su alrededor y decidió que no le importaba la iluminación tan tenue de su oficina. Siempre había odiado la crudeza de las luces de techo fluorescentes universalmente utilizadas en todos los edificios de oficinas del mundo, y le encantaba cuando sus compañeros del trabajo se marchaban y él podía aflojarse la corbata, darle volumen a su pequeño equipo de música y, simplemente, perderse en el trabajo. Volvió de nuevo a su mesa y a la pila de informes que había estado evaluando para la próxima reunión de la Junta Directiva, junto con el montón, algo más pequeño, de cosas que tenía que hacer y que había estado creciendo conforme avanzaba la semana. Retirándose lentamente de la mesa, se dirigió a la estantería que estaba en la pared de enfrente y echó un vistazo a la pila de CDs. Eligió uno de Etta James y, segundos después, su conmovedora voz le regalaba los oídos con la canción Sunday Kind of Love. Se quitó los zapatos y volvió a su mesa. Se sentó cómodamente con las piernas cruzadas sobre la silla y consideró lo que tenía delante. Sintió una punzada de ansiedad al darse cuenta de todo lo que le quedaba por hacer antes de la reunión del martes y de la publicación de los resultados del miércoles. «Tengo aún tres días completos si trabajo todo el fin de semana, y con eso debería darme tiempo a dejarlo todo listo». Se relajó por un instante, y luego volvió a mirar la lista de tareas pendientes y se dio cuenta de que ni siquiera había empezado todavía con el guión para la conferencia telefónica con los analistas de la industria programada para el miércoles por la tarde. Suspiró y tomó el lápiz.

Mientras él trabajaba, el mundo exterior permanecía en silencio, interrumpido solo por el murmullo lejano de una aspiradora y las voces apagadas del personal de servicio pululando por el edificio, vaciando papeleras e intercambiando comentarios de cortesía. Hacía ya horas que el resto de asociados se habían marchado. Algunos a primera hora de la tarde, emocionados con la idea de largarse fuera de la ciudad para celebrar el puente en honor a los americanos caídos en la guerra; otros, los que no se iban de puente, había optado por pasar en casa los tres días del fin de semana. Justo antes de las cinco, alguien en el vestíbulo había gritado: «¡Hora feliz para todos!», lo que significaba que el café-bar del vestíbulo del edificio Kincaid estaría abarrotado durante las siguientes horas.

Sin planes de salir fuera el fin de semana por todo el trabajo que tenía pendiente, por no mencionar el hecho de que tampoco estaba de humor para horas felices, se encorvó sobre su mesa, resignado ante la larga noche que le esperaba. El tiempo pasaba lentamente mientras terminaba una tarea y cerraba el archivo, revisando la pila que seguía intacta, clasificando carpetas y dando prioridad a las que intentaría terminar esa noche y a las que terminaría durante el puente. Tristán era todo un ejemplo de profesional. Se había graduado, con la mejor nota de su promoción, en Administración de Empresas y era muy ambicioso en lo referente a su profesión. Desde que había aceptado este trabajo, había reducido al mínimo su vida social y apenas se permitía distracciones más allá de la oficina. Estaba aprendiendo todo lo que se podía aprender sobre fusiones y adquisiciones y esperaba ocupar algún día el puesto de Director de Desarrollo Corporativo de Kincaid International. El único obstáculo en su impecable trayectoria era el hecho de que, por mucho que había intentado evitarlo, llevaba dos años perdidamente enamorado de su jefe. Por supuesto, su jefe no tenía ni idea de que Tristán estuviera enamorado de él, y nunca lo sabría. Había sufrido mucho tras el desengaño de su primer amor, y si bien ese hombre ya no le importaba, el recuerdo del dolor era todavía lo suficientemente vívido después de siete años como para permitirle volver a tropezar con la misma piedra. Pero, por mucho que se negase a aceptarlo, era un hecho. Se había resignado entonces a que todo lo que podía hacer era amarle en secreto y aprovechar cualquier oportunidad que tuviera de trabajar junto a él, y con eso tendría que bastarle.

Con Etta James aún de fondo, estaba completamente absorto en su trabajo cuando el sonido sordo del teléfono, enterrado bajo una pila de papeles, le produjo un sobresalto. Miró el reloj de nuevo, planteándose si quería responder al teléfono o, simplemente, dejar que saltase el buzón de voz. «Son las diez menos cinco de un viernes por la noche de un puente. ¿Quién puede ser a estas horas?».

Rebuscó entre el montón de papeles para poder ver en la pantalla quién le estaba llamando y, cuando dio con el teléfono, una ligera sonrisa se dibujó en sus labios. Rápidamente contestó:

—Oficina de Webber Kincaid, le atiende Tristán.

—¿Qué demonios haces todavía en la oficina, Tris? —dijo irónicamente una voz fuerte y familiar—. Son las diez de la noche de un viernes. Y, encima, el viernes por la noche de un puente —añadió la voz increpadora antes de que a él le diera tiempo a responder.

Su sonrisa se hizo aún más grande y el corazón empezó a latirle con fuerza. Sacudió la cabeza asombrado al comprobar que esa voz tan comprensiva al otro lado del teléfono hacía que toda la sangre se le fuera directa a la entrepierna. «Dios, después de tanto tiempo, escuchar su voz sigue provocando el mismo efecto». Volvió a mirar el reloj e hizo un cálculo rápido.

—Buenas tardes, Web —dijo con una sonrisa en la cara—. ¿Qué tal por Australia?

Webber James Kincaid era el Presidente de la Junta Directiva y CEO de Kincaid International S.A. y daba la casualidad de que también era su jefe y el hombre del que llevaba dos años enamorado en secreto. KISA, como era conocida popularmente, era una importante sociedad de cartera dedicada a la publicidad, que poseía alrededor del cuarenta por ciento de las agencias de publicidad más importantes del mundo. Con Webber al mando, se había convertido en una fuerte potencia y, en los últimos cinco años, había crecido a pasos agigantados.

El puesto oficial de Tristán era el de auxiliar administrativo jefe, pero, en realidad, era el chico para todo de Webber. Había trabajado a su lado durante muchas horas, inocentemente al principio, empapándose de los conocimientos de los que le hacía partícipe. Pero en algún momento de su trayectoria, durante las largas horas que habían pasado juntos, se había enamorado perdidamente de él, y su trabajo había pasado a ser no solo una oportunidad de aprender del maestro, sino también de pasar tiempo con Webber. Día a día, se esforzaba por ocultar sus sentimientos hacia el jefe y, de momento, que él supiera, lo había conseguido. Ni siquiera sabía si Webber era gay, pero la orientación sexual de Webber no le importaba realmente. Su jefe nunca sabría lo que sentía por él. Para Tristán, su carrera profesional era muy importante, y la combinación de su primera frustración amorosa con la posibilidad de arruinar la reputación de Webber era lo que hacía que guardara las distancias. No podía, y no quería, arriesgar todo lo que tanto valoraba por cuestiones tan banales como las del corazón.

Así que, día tras día, Tristán se consolaba con estar simplemente cerca de Webber y en silencio cuidar de él bajo el manto de estar haciendo su trabajo. Sabía que se estaba engañando a sí mismo y que era un cobarde, pero, en sus momentos más débiles, se acordaba del primer y único amor anterior a Webber y de lo horriblemente mal que había terminado, y, pensando en ello, lograba fácilmente justificar su actitud. Constantemente se decía que, incluso aunque Webber estuviera locamente enamorado de él, lo suyo nunca podría funcionar, y se había pasado muchas de sus noches en vela intentando convencerse de ello. Además, era mucho más fácil amar a un hombre que no tuviera ni idea de lo que Tristán sentía por él. Así nunca podría hacerle daño, ni traicionarle, y no cabría la posibilidad de arruinar ni su carrera ni la de Webber. Cada día se imaginaba lo que la Junta opinaría de un escándalo de tales proporciones, por no mencionar cómo dicho escándalo podría perjudicar a Webber, a KISA y a los accionistas. Jamás podría permitir que sus sentimientos pusiesen en peligro su corazón o el futuro de Webber, así que había mantenido las apariencias y se había reservado su vida privada para sí.

En realidad, jamás le había dicho a Webber que era gay, aunque tampoco había intentado ocultarlo, porque no había realmente nada que ocultar. Una vez, sin venir a cuento, Webber le había preguntado de manera informal por su vida social, y dado que no tenía vida social, le fue fácil ser honesto, pensando que era mejor para ambos no entrar en detalles. Y, después de eso, Webber nunca volvió a preguntarle.

La voz de Webber le sacó abruptamente de sus pensamientos:

—Por favor, vete a casa, Tris, me estás haciendo quedar realmente mal —bromeó Webber—. ¿Cuánto tiempo llevas ya trabajando conmigo, diez años?

Tristán se echó a reír.

—Solo dos.

—¿Estás seguro de que son solo dos años?

—Sí, pero parecen una eternidad, ¿eh?

—¿Cuántas veces en los dos últimos años te he sermoneado con que tienes que mantener un equilibro en tu vida? Tienes que dejar tiempo para la vida social, o acabarás frustrado y solo.

Tristán sonrió para sí porque le encantaba que Webber le llamase Tris. «No te puedes hacer una idea», pensó para sí.

Se hizo un breve silencio en la línea y entonces Webber volvió a hablar:

—Espero que “parece una eternidad” lo hayas dicho en el buen sentido, ¿no?

Tristán soltó una carcajada.

—En el mejor, Web. He aprendido mucho contigo; no sabes cuánto. Te estoy muy agradecido por la oportunidad que me has dado.

Sabía que sonaba muy ñoño, pero después de tanto tiempo, el sonido de la voz de Webber y el hecho de que se preocupase por su felicidad, fuera y dentro del trabajo, seguía haciendo revolotear mariposas en la boca de su estómago.

—Bueno, ¿qué puedo hacer por usted, jefe?

—Puede bajar y tomarse una copa conmigo.

Tristán frunció el ceño.

—¿Abajo? Pensé que no volvías de Australia hasta mañana por la noche.

—Sí, bueno, volé un día antes de lo previsto y venía de camino a la oficina para recoger mi coche cuando el jet lag se apoderó de mí y me di cuenta de que no tenía nada de sueño. Decidí ir a tomar algo antes de volver a casa y, cuando entré en el café-bar del vestíbulo, me encontré con que todo el mundo estaba aún abajo aprovechando los últimos minutos de la hora feliz. Tenía la esperanza de que estuvieras aquí abajo divirtiéndote un poco, y, cuando pregunté por ti, uno de los chicos me dijo que te habían dejado en tu despacho hacía ya unas horas, y, conociéndote, pensé que seguramente siguieras ahí.

—¿Quién hizo los preparativos para que volvieses un día antes? —preguntó Tristán, ignorando la invitación y sintiéndose un poco celoso.

—Lo decidí tarde, y no quise molestarte en casa, así que llamé al piloto y lo organicé todo yo mismo.

Sorprendido y aliviado, Tristán le dijo:

—¿En serio? No habría sido ninguna molestia, Web, ese es mi trabajo.

—Sí, Tris, entiendo que es tu trabajo, pero hay cosas que puedo hacer yo solo. Y, además, sé que lo habrías hecho si te lo hubiera pedido, pero ya trabajas demasiado duro.

De repente, y a sabiendas de cómo sonaba, Tristán se retractó:

—Sé que tú tienes tus recursos y que eres perfectamente capaz de organizar tus preparativos, pero, demonios, si sigues haciéndolo tú mismo, ¿por qué ibas a necesitarme?

—Eso suena divertido, Tris. Que yo haga una llamada para cambiar un vuelo no significa que pueda arreglármelas sin ti. Créeme, tu trabajo está muy asegurado. Demonios, pero si eres cada vez mejor y más rápido con las fusiones y las adquisiciones que el propio Departamento de Desarrollo Empresarial.

Sintiéndose un poco orgulloso y sonriendo de nuevo, Tristán dijo:

—Vaya, gracias a Dios; por un momento pensé que podría perder mi trabajo y que tendría que empezar a vender mi cuerpo para llegar a fin de mes.

Webber se echó a reír nerviosamente, pero ignoró la broma. Hubo un silencio extraño y, de repente, Tristán se sintió avergonzado y se pegó un manotazo en la frente, un hábito del que deseaba desesperadamente librarse, por haber hecho un comentario tan estúpido. Webber debió escuchar el manotazo.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó. Hubo un breve silencio entre los dos—. Tristán, recuerda que te conozco muy bien. ¿Te acabas de pegar un manotazo en la frente?

—Tocado y hundido —admitió Tristán.

—¿Por qué? —preguntó Webber irónicamente.

—Porque no hay filtro entre mi cabeza y mi boca.

Webber soltó una risita, pero pareció dejar pasar la oportunidad de seguir tomándole el pelo a Tristán.

—Entonces, ¿vas a venir? Hay algo de lo que me gustaría hablarte.

Aliviado de haber dejado atrás ese momento tan incómodo, y sintiéndose cuando menos curioso, Tristán suspiró.

—Dame un cuarto de hora para terminar lo que estoy haciendo y organice mi mesa, y estaré abajo.

—Buen chico. Nos vemos en un momento. Y una cosa, Tris.

—¿Sí, señor?

—No te pierdas en el trabajo, que no tenga que llamarte otra vez.

—Te lo prometo.

—Ahora nos vemos.

Tristán colgó el teléfono y se sentó en la mesa, sintiéndose en una nube. Intentó dilucidar cómo había llegado a ese momento de su vida. Estaba justo en el centro de la jerarquía de la empresa, ascendiendo a un ritmo regular y, desde el principio, queriendo llegar hasta su jefe. Se imaginó a sí mismo sobre Webber y eso hizo que la sangre se le volviera a ir a la entrepierna. Sacudió la cabeza, intentando librarse de esa imagen antes de bajar y reunirse con su amor platónico cara a cara.

Hacía poco más de dos años, había sido el auxiliar administrativo jefe del presidente de Media América, la agencia de publicidad con más éxito de la Avenida Madison, en Nueva York, y que casualmente era propiedad de KISA. Hacía un trabajo excelente y se había ganado la fama de ser inteligente, eficiente, trabajador y, sobre todo, discreto, lo cual era muy importante para una persona de su posición en una empresa que cotiza en bolsa. Era obvio que los rumores acerca de su rendimiento habían llegado hasta KISA, porque había sido directamente el departamento de recursos humanos quien se había puesto en contacto con él y le habían facilitado el vuelo a Atlanta en un avión privado de la compañía para conocer en persona al señor Webber Kincaid y realizar la entrevista para el puesto de auxiliar administrativo jefe.

Aunque era feliz en Nueva York, con un grupo de amigos muy unido y una carrera en auge, tenía por entonces veintiocho años y estaba soltero, así que pensó que, si quería hacer algo así, ese era el momento perfecto. Decidió que, por lo menos, podría probar, así que embarcó en el minúsculo avión de la compañía con rumbo a las oficinas centrales de KISA en la ciudad más grande del Sur. En un momento del trayecto, el piloto retiró la cortina que separaba la cabina de mando de la de pasajeros y le explicó con un marcado acento sureño que estaban cruzando la línea Mason-Dixon y que pronto estarían en Georgia. No pudo evitar acordarse del clásico del cine Lo que el viento se llevó y sonrió al acordarse de la famosa cita de la tía Pittypat: «¿Yanquis en Georgia? ¿Por dónde entraron?». Rió disimuladamente, a sabiendas de que, nacido y criado en Long Island, él sería un verdadero yanqui en Georgia.

Antes del viaje a Atlanta, Tristán había buscado información sobre Webber James Kincaid en Google y aprendido todo lo que pudo sobre su posible nuevo jefe. Empezó por su biografía en Wikipedia y terminó leyendo pequeños detalles de su vida privada en portales de cotilleos. Sobre los logros comerciales de Webber Kincaid, supo que se había graduado con un Máster en Dirección de Empresas por la Universidad de Harvard, y que su padre y él habían dirigido juntos la Sociedad Kincaid, como era conocida por entonces, durante un tiempo. Tras el prematuro fallecimiento de su padre, él se hizo con las riendas del negocio y, cinco años más tarde, la Sociedad Kincaid cotizaba en bolsa. Había pasado a llamarse Kincaid International S.A. y operaba como KISA en la Bolsa de Nueva York. A la tierna edad de treinta y cuatro, Webber se había convertido en el presidente de una junta directiva, presidente y director ejecutivo más joven de una empresa de los Estados Unidos de las magnitudes de esta. Tristán también sabía que KISA seguía superando constantemente las proyecciones de sus ingresos trimestre a trimestre, y que los analistas industriales tenían una opinión muy buena acerca de Webber y de sus aptitudes, lo que mantenía la calificación de valores de KISA en lo más alto.

En lo personal, supo que Webber era hijo único, que había nacido el 26 de diciembre de 1966, hijo de Addison Winston Kincaid y James Michael Kincaid. Su madre había muerto de cáncer de mama cuando él tenía solo catorce años y, tras su muerte, su padre se había convertido en el principal apoyo de su vida. Durante los siguientes cuatro años fueron prácticamente inseparables. Webber iba a la oficina con su padre cada día y recibió clases de un tutor privado en casa, hasta que se marchó a Harvard. El chisme que le quedó grabado a Tristán fue el hecho de que Webber nunca se hubiera casado, y no podía negar que eso le había hecho conjeturar: ¿sería Webber Kincaid gay? Empezó a investigar más a fondo los perfiles de Webber en Internet, y, cuanto más leía, más datos encontraba que por separado no significaban nada, pero que, en conjunto, podrían llevarle a pensar que fuera gay. Aunque, por supuesto, ninguna página web revelaba nada de su homosexualidad, lo cual le despertaba aún más la curiosidad.

Sin embargo, durante el transcurso de su investigación, descubrió muchas fotos de Webber en eventos especiales y en galas benéficas siempre del brazo de la misma rubia despampanante. Eso había activado todo tipo de alarmas en la cabeza de Tristán, así que investigó más a fondo. Muchos pies de foto rezaban: «Webber Kincaid y su novia de toda la vida, Deanna Lynn». Pero otros no alcanzaban a llamarla “su novia” sino que se referían a ella como su compañera y amiga de toda la vida. Por curiosidad, había buscado a Deanna Lynn en Google y descubierto que era una modelo de trajes de baño muy famosa en la Costa Oeste de los Estados Unidos, y que, además de las fotos con Kincaid, tenía un enorme book propio, además de una vida y una carrera al margen de las de Kincaid.

Satisfecho por haber encontrado toda la información disponible sobre Deanna, volvió a las de Kincaid y las analizó detenidamente. Parecía medir algo más de un metro ochenta y estaba muy en forma. Tenía el pelo castaño oscuro, casi negro, con mechones plateados y canas junto a las sienes, y llevaba un flequillo bastante largo, peinado hacia atrás, haciendo el efecto de caída natural. Tenía los ojos de un color azul cristalino y la cara alargada y fina. En las fotos en las que sonreía mostraba unos hoyuelos que a Tristán le recordaban a Richard Gere o a un joven Tony Bennett. Le gustaban especialmente las fotos de Webber con el personal directivo de su empresa tocando la campana de la Bolsa de Nueva York. Había algo en su sonrisa. Dejaba traslucir un orgullo muy modesto de estar allí, y todos sus gestos lo confirmaban. Observando las fotos, Tristán se había dado cuenta de que Webber era extremadamente guapo y no había tardado en sentirse atraído por él, pero, como descubriría más tarde, nada podría haber preparado a Tristán para lo que estaba por venir.

El día de la entrevista, recordaba haber entrado en el despacho de Webber y haberse visto rápidamente envuelto por la presencia de ese hombre, y todos los miedos que le provocaba el ser un yanqui en Georgia se habían esfumado totalmente de su mente. Se había sentido inmediatamente atraído por Webber Kincaid, y estaba seguro de que su cara había sido como un libro abierto, y el evidente tembleque de sus manos y de sus rodillas al estrechar las manos le habían terminado de delatar. «Dios mío, esto no va a salir bien», recordaba haberse dicho para sí.

Tras las presentaciones iniciales llevadas a cabo por el representante de recursos humanos, se quedaron solos, y él y Webber trataron los diversos aspectos del puesto de trabajo. Tristán había intentado por todos los medios impresionarle, darle la respuesta correcta, pero, cada vez que Webber abría la boca, Tristán se quedaba como embobado. Y su sonrisa derretía el corazón de Tristán una y otra vez. Acabó intentando hacer comentarios ingeniosos solamente para ver esa sonrisa de nuevo. Ahora que lo pensaba, se estaba dando cuenta de que había estado loco por él desde el primer instante.

Para cuando la entrevista hubo terminado, a Tristán no le cabía duda alguna de que Webber Kincaid era un tipo sincero, seguro de sí mismo y generoso, y que no parecía ni un pedante ni un egocéntrico, lo cual le habría parecido de lo más normal. Ese hombre le había gustado tanto en lo personal como en lo profesional, y en el apretón de manos del final de la entrevista decidió que, si le ofrecía el trabajo, lo cogería sin pensar.

Casi dos años después, apagaba el equipo de música, se ponía los zapatos, apagaba las luces y, de camino al ascensor, le decía adiós al portero. Cuanto más se acercaba a la planta baja, más se le aceleraba el corazón, previendo lo que Webber iba a contarle.

Dos

 

 

TRISTÁN SE adentró en el café-bar y lo recorrió con la mirada, intentando localizar a Webber. Mientras lo buscaba, se acordó de lo mucho que le gustaba la decoración y lo acogedor de ese sitio tan oscuro e íntimo. El propio Webber lo había diseñado y, para Tristán, era un símbolo de cómoda elegancia. El bar circular hacía las veces de punto central, justo en medio de la sala, con una gran chimenea de piedra más allá de la barra, en uno de los muros. A la derecha había columnas y medios muros que separaban los reservados, pequeños e íntimos, con asientos forrados de terciopelo color vino y ámbar. A la izquierda, los muros estaban repletos de estantes de madera de caoba que contenían la colección personal de Webber de clásicos antiguos encuadernados en cuero, y una gran sofá modular de cuero estaba colocado delante de la estantería, formando otra zona de relax. En la esquina de enfrente, había un gran piano sobre una plataforma elevada con una pequeña pista de baile delante y unas mesas de coctel para dos o cuatro personas diseminadas por el área. El lugar estaba bien diseñado y recordaba con nostalgia a los clásicos, lo cual a Tristán le encantaba, aunque lo que más le impresionaba era la iluminación. Farolillos de color ámbar colgaban por encima de la barra, separados por un metro del siguiente, y, encima de cada mesa y en los reservados, había una lamparita igual, que hacía parecer cada espacio íntimo y personal. Las bases y capiteles de las columnas de caoba estaban iluminados, al igual que la pequeña zona por encima de la moldura del techo que rodeaba toda la habitación. Cada vez que entraba, no podía evitar preguntarse si la casa de Webber tendría el mismo aspecto.

Tristán localizó a Webber sentado solo en uno de los reservados de la esquina, bebiendo lo que adivinó era un whisky con hielo y una rodaja de limón. Estaba mirando fijamente el vaso y parecía un poco incómodo y sumido en sus pensamientos. Le hubiera gustado saber qué le estaría pasando a Webber por la cabeza, que lo tenía tan absorto, pero se imaginó que lo descubriría pronto. De camino a la mesa, echó un vistazo alrededor y vio a algunos de sus compañeros en la barra y a otros en las mesas terminándose sus bebidas, pero no se detuvo: prefirió saludarles con la mano y hacerles un gesto amable.

Cuando Tristán atravesó la sala, Webber pareció sentir su presencia, levantó la mirada del whisky y, al ponerse en pie, su mirada preocupada se transformó en una enorme sonrisa. Tristán se le acercó con la mano extendida.

—Tío, deberías limpiar este antro un poco —bromeó, tras echar otro vistazo alrededor.

—No me digas —contestó Webber, respondiendo al apretón de manos.

Era una broma entre ellos, porque muchos de los empleados de KISA no conocían a Webber a nivel personal, y, en las pocas ocasiones que había bajado a tomarse algo con Tristán, siempre había conseguido que el sitio se vaciase. Tristán sabía que eso le molestaba un poco, y había intentado explicarle que a muchos de los empleados de KISA simplemente les intimidaba alguien de su rango, y que no tenía nada que ver con su persona. Además, Tristán siempre les había dicho a los empleados que quisieran escucharle que, aunque Webber era un tipo grande con un carácter fuerte, era también un hombre amable y comprensivo, y nada sentencioso.

Tristán tomó asiento cuando el camarero vino a tomarle nota.

—¿Cómo está el whisky? —preguntó, mirando a Webber.

—Muy bueno.