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La violencia, que no el conflicto, se ha convertido en uno de los problemas más graves que afectan a la humanidad. Los conflictos son choques de intereses, ideas, etc. Lo normal es que allí donde haya un individuo, ni siquiera dos, aparezcan conflictos. Habitualmente, se trata de problemas que pueden resolverse de múltiples modos. La violencia es uno de ellos. Quizá sea el peor modo, porque consiste en intentar solucionar el conflicto acudiendo al empleo intencional de recursos que causan daño al otro.
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Seitenzahl: 747
Veröffentlichungsjahr: 2014
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sociología y política
coordinado por
colaboradores
ROGELIO ALONSO
CRISTINA BOTELLA ARBONA * ROSA MARÍA BAÑOS RIVERA
LUIS DE LA BARREDA SOLÓRZANO * LUIS DE LA CORTE IBÁÑEZ
MARÍA VICTORIA DEL BARRIO * AGUSTÍN DOMINGO MORATALLA
ENRIQUE ECHEBURÚA * LOURDES EZPELETA
EDUARDO GONZÁLEZ CALLEJA* RAÚL GUTIÉRREZ LOMBARDO
ISABEL IBORRA MARMOLEJO * RENÉ JIMÉNEZ ORNELAS
MARCELA LAGARDE Y DE LOS RÍOS * MIGUEL LORENTE ACOSTA
FELICIDAD LOSCERTALES * JORGE MARTÍNEZ CONTRERAS
ÁLVARO MARCHESI * PILAR MEDINA BRAVO
JULIA E. MONÁRREZ FRAGOSO * MIRELL MORENO ALVA
GUSTAVO MUÑOZ ABUNDEZ * PEDRO ORTEGA RUIZ
MIQUEL RODRIGO ALSINA * GUADALUPE RUIZ CUÉLLAR
JOSÉ SANMARTÍN ESPLUGUES * ÁNGELA SERRANO
JOSÉ LUIS VERA CORTÉS
siglo xxi editores, s.a. de c.v.
CERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310, MÉXICO, D.F.
siglo xxi editores, s.a.
GUATEMALA 4824, C1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINA
siglo xxi de españa editores, s.a.
MENÉNDEZ PIDAL 3 BIS, 28036, MADRID, ESPAÑA
HM886R44
Reflexiones sobre la violencia / coordinado por José Sanmartín Esplugues … [et al.] ; colaboradores, Rogelio Alonso … [et al.]. — México : Siglo XXI : Centro Reina Sofía, 2010
445 p. — (Sociología y política)
ISBN-13: 978-607-03-0173-5
1.-Violencia. 2. Violencia – Aspectos sociales. 3. Violencia familiar. 4. Escuelas – Violencia. 5. Violencia – Aspectos políticos.
I. Sanmartín Esplugues, José, editor. II. Alonso, Rogelio, colaborador. III. Ser.
primera edición, 2010 © siglo xxi editores, s. a. de c. v. en coedición con el © centro reina sofía
isbn: 978-607-03-0557-3 (libro electrónico)
derechos reservados conforme a la ley mújica impresor, s.a. de c.v. camelia núm. 4 col. el manto, iztapalapa
Este libro es el resultado de la cooperación entre el Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia (España), el Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales “Vicente Lombardo Toledano”, la UAM-Iztapalapa y el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).
A menudo, libros como el presente no son otra cosa que una suma heterogénea de contribuciones de diversa índole. En esta ocasión, los coordinadores hemos intentado, por el contrario, concebir y desarrollar un texto homogéneo. Primero hemos fijado los temas de que debía constar. Luego, hemos encargado el análisis de estos temas a quienes, en México o en España, hemos considerado más adecuados por su currículo y predicamento. Las personas expertas en estos temas son muchas más, desde luego. Pero la valía de las que colaboran es innegable. Además, hemos procurado que la exposición, desde un punto de vista formal, siguiese unas pautas comunes, sin coartar la libertad de cada cual a la hora de exponer sus hipótesis. El objetivo último era, en definitiva, producir entre 25 autores una obra lo más parecida posible a un libro de texto. Esperamos, de no haberlo conseguido, habernos quedado al menos cerca. Buena intención no nos ha faltado.
Y, ¿por qué un libro de texto? Porque, cuando un área de pensamiento está lo suficientemente madura, es susceptible de escribirse en forma didáctica, secuencial si se quiere, de modo que sus grandes tópicos se desplieguen ante el lector de forma ordenada y clara. En este caso, siguiendo los estándares, esos grandes tópicos tenían que ser el concepto y tipos de violencia (se aborda en el capítulo 1) y las raíces de la violencia (se abordan en los capítulos 2 y 3). Los otros grandes tópicos (los factores de riesgo, las consecuencias, las características específicas de las distintas formas de violencia) se analizan en los capítulos 4 a 25, ambos inclusive, tomando como criterio clasificatorio el lugar en el que se da la violencia. El contexto en el que ésta ocurre nos ha servido de atalaya para observar sus distintas variantes.
Somos conscientes de que han quedado fuera muchos tópicos y, en particular, las medidas de prevención e intervención que parecen más idóneas a la luz de la práctica ya existente o de los nuevos conocimientos teóricos que hemos alcanzado en este ámbito.
La verdad es que nos sentiríamos medianamente satisfechos con que este libro sirviera, al menos, para poner de manifiesto que, lejos de las banalidades (a menudo acompañadas de cierta carga de morbo y sensacionalismo) que invaden frecuentemente las tertulias mediáticas, hay un área del saber; incipiente, si se quiere, pero pujante.
Se trata de un área en la que, cuando menos, se solapan la antropología, la biología, la psicología, la criminología, la sociología, la politología, la pedagogía y la filosofía, y en la que puede y debe abordarse el problema de la violencia con el bisturí de la razón. Perdónennos la pedantería al decirlo así, pero en esta área hay demasiada doxa y poca episteme. El objetivo, sin embargo, de aproximarnos científicamente a la violencia merece nuestros mayores esfuerzos, pues no en vano nos enfrentamos a uno de los más graves e inquietantes problemas que afectan a la humanidad.
JOSÉ SANMARTÍN ESPLUGUES,
Centro Reina Sofía (España);
RAÚL GUTIÉRREZ LOMBARDO,
CEFPS “Vicente Lombardo Toledano” (México);
JORGE MARTÍNEZ CONTRERAS,
UAM-Iztapalapa(México);
JOSÉ LUIS VERA CORTÉS,INAH(México).
JOSÉ SANMARTÍN ESPLUGUES*
Existen términos como “agresividad” y “violencia” que suelen emplearse como sinónimos, y no lo son.
La agresividad es una conducta innata que se despliega automáticamente ante determinados estímulos y que, asimismo, cesa ante la presencia de inhibidores muy específicos. Es biología pura.
La violencia es agresividad alterada, principalmente, por diversos tipos de factores (en particular, socioculturales) que le quitan el carácter indeliberado y la vuelven una conducta intencional y dañina (Sanmartín Esplugues, 2002; 2004; 2006).
En ese sentido entenderé en lo sucesivo por violencia cualquier conducta intencional que causa o puede causar un daño.
Hay diversos criterios para clasificar la violencia. Una de las clasificaciones de la violencia más citada es la de Krug et al. (2003), realizada para la OMS. Parte de considerar quién perpetra la violencia y contra quién la ejecuta. Así, la violencia puede ser:
autodirigida, cuando víctima y agresor coinciden. Sus ejemplos paradigmáticos son el suicidio y las autolesiones;interpersonal, cuando la perpetra un individuo o un grupo reducido de individuos contra otra persona. Los autores la dividen a su vez en: · familiar, cuando ocurre entre individuos que guardan parentesco y que, a menudo, sucede en el hogar. Puede ser perpetrada o padecida por hijos, miembros de la pareja de padres o personas mayores;· comunitaria, cuando ocurre, por lo general, fuera del hogar entre personas que no guardan parentesco y que pueden conocerse o no.colectiva, cuando la practican grupos grandes, como el Estado, contingentes políticos organizados, tropas irregulares y organizaciones terroristas. Puede ser, a su vez, social, política o económica, según sea el tipo de motivación que la presida: · la violencia social es la practicada por grupos grandes para favorecer intereses sociales sectoriales. Adopta diversas formas: actos delictivos de odio cometidos por grupos organizados, acciones terroristas y violencia de masas;· la violencia política incluye la guerra y otros conflictos violentos similares, la violencia del Estado y actos similares llevados a cabo por grupos más grandes;· la violencia económica comprende los ataques perpetrados por grupos más grandes movidos por el afán de lucro.Combinando estos tipos de violencia con los daños que pueden causar, Krug et al. (2003) distinguen 26 tipos diferentes de violencia.
Personalmente, creo que se trata de una clasificación insuficiente que mezcla criterios diferentes en el mismo plano. Por ejemplo, la violencia interpersonal se divide atendiendo al contexto en el que sucede (familia, pareja, comunidad), mientras que la colectiva se clasifica atendiendo a motivaciones (social, política o económica). Tampoco se entiende por qué el terrorismo (no de Estado) se tilda de violencia social y no política, cuando su motivación es el cambio del statu quo por la fuerza.
Para obtener una clasificación de estructura más fina convendría pensar en un cuadro de múltiples entradas:
la modalidad de la violencia (acción u omisión);el tipo de daño causado (físico, psicológico, sexual o económico);FUENTE: Tipos de violencia según Krug et al. (2003).
Cabría añadir una última entrada: los objetivos que se persiguen con la violencia. Sólo así podríamos dar cuenta de algunas formas suyas que tienen una gran presencia en nuestra sociedad.
Ése es el caso de la llamada “violencia de género”, en la que el sujeto agente suele ser el hombre y el paciente la mujer, pero con eso no queda definida. Sólo hay verdadera violencia de género, como analizaré más tarde, cuando se perpetra porque el agresor ataca a la mujer por el hecho de ser mujer y apartarse de lo que él considera el papel social que le corresponde.
Sé que atender a tantas variables puede dar una sensación de una complejidad tan tremenda que quizá llegue a aturdir al lector. Pero si algo caracteriza a la violencia, es precisamente eso: su extraordinaria complejidad, como también señalan Krug et al. (2003).
Finalmente, hay que destacar que a veces ignorar la existencia de tan variados criterios de clasificación lleva a algunos autores a confundirse, incluso a aseverar, casi con asombro, que no hay violencia escolar o violencia terrorista, por citar dos casos, sino sólo violencia. “La violencia es la misma”, llegan a decir, “lo que cambian son las circunstancias en las que la violencia se expresa”.
Pues, claro que sí. La violencia es, esencialmente, la misma en uno u otro caso. Pero eso no significa que no convenga clasificarla de modos distintos según sean los puntos de observación desde los que se percibe (o se construye) la violencia.
En primer lugar, la violencia puede ser activa o pasiva, es decir, hay violencia por acción, pero también por inacción u omisión. Puedo golpear a alguien porque quiero, y eso es violencia. También puedo dejar intencionalmente de hacer algo que es necesario para preservar su integridad psíquica o física. Por ejemplo, puedo no darle la medicina al anciano que la precisa. Eso también es violencia. Para este último tipo de violencia se reserva el nombre de “negligencia”.
Lo dicho genera una primera complicación. ¿Se puede decir que ejercen violencia (negligencia) contra los miembros de determinados colectivos aquellos estados que, aun teniendo recursos suficientes, los mantienen viviendo en condiciones inhumanas? Piénsese en los perceptores de salarios mínimos o de pensión por viudez, por citar sólo dos casos.
Si nuestra respuesta fuera afirmativa (la mía lo es), cabría entonces extrapolar esta misma cuestión a las relaciones entre países y, en particular, a las existentes entre el Norte y el Sur.
Cuatro son las formas de violencia que se suelen distinguir atendiendo al daño que se causa: violencia física, psicológica, sexual y económica.
La violencia física es cualquier acción u omisión que causa o puede causar una lesión física. Está paradigmáticamente representada por la acción de pegar.
La violencia psicológica no es aquella que resulta de las secuelas psicológicas que derivan de los otros tipos de daño. Por ejemplo, no es el efecto psicológico negativo que experimenta la víctima de palizas reiteradas. La violencia psicológica es un tipo específico de violencia. Se trata de cualquier omisión u acción que causa o puede causar un daño cognitivo (por ejemplo, distorsiones en la forma de percibir el mundo), emocional (por ejemplo, baja autoestima), o conductual (por ejemplo, trastornos de tipo obsesivo). Suele valerse del lenguaje, tanto verbal como gestual. Está paradigmáticamente representada por el insulto.
La violencia sexual es cualquier comportamiento en el que una persona es utilizada para obtener estimulación o gratificación sexual. Efectivamente, la violencia sexual es una suma de daños físicos y emocionales. La repugnancia que la humanidad ha manifestado ante este tipo de violencia (la única moralmente condenada en casi todas las culturas), ha hecho que se le conceda un lugar específico junto a las otras formas de violencia.
Por último, el maltrato económico consiste en la utilización ilegal o no autorizada de los recursos económicos o las propiedades de una persona.
En tercer lugar, atendiendo a la víctima, hay múltiples formas de violencia, entre las que destacan la violencia contra la mujer, el maltrato infantil y el maltrato de personas mayores. A continuación las defino brevemente.
Violencia contra la mujer
Existen importantes corrientes (sobre todo en el feminismo) que identifican “violencia contra la mujer” y “violencia de género”. Lo cierto es que el significado del término “género” no es ajeno a controversias de tipo ideológico.
“Género” y “sexo” no son sinónimos. El término “género” se refiere al conjunto de actitudes, creencias, comportamientos y características psicológicas que se asocian diferencialmente a los hombres y a las mujeres (Ezpeleta Ascaso, 2005). Se entiende, entonces, por “identidad de género” la experiencia subjetiva de pertenecer al grupo de los hombres o de las mujeres. Con “rol de género” se alude al papel social construido a partir de las diferencias sexuales entre hombres y mujeres y que comprende los comportamientos, actitudes y rasgos de personalidad que se designan como masculinos o femeninos en una sociedad, en una determinada cultura y un determinado periodo histórico (Zucker, 2002; Ezpeleta Ascaso, 2005).
Por violencia de género se debería entender, en consecuencia, la que se perpetra contra alguien porque se considera que se ha apartado del papel (no cumple la función) que tradicionalmente le corresponde. Al menos en teoría, cabría hablar, pues, de violencia de género masculina o femenina. La mayor parte de los movimientos feministas consideran, sin embargo, que aunque pueda hablarse de “género masculino”, en la práctica sólo hay un tipo de violencia conectada con el género: la que sufren las mujeres, porque se considera que no cumplen de modo apropiado la función o rol que se cree que les corresponde.
La violencia de género, en este último sentido, adopta múltiples modalidades. Hay violencia de género en la pareja, en la casa, en la escuela, en el lugar de trabajo, en las pantallas, en las tradiciones culturales, y un largo etcétera. Más tarde examinaré algunas de estas formas.
Violencia contra niños (maltrato infantil)
La violencia contra niños es, en apariencia, más sencilla de definir. Sería simplemente la violencia que se perpetra contra la integridad (física, psíquica o sexual) de un niño (Sanmartín, 2005).
Un problema que algunos autores ven en esta definición de violencia contra niños es que no incluye la palabra “repetidamente” o “reiteradamente”, es decir, para esos autores la violencia contra niños no es la violencia sin más que se perpetra contra la integridad del niño, sino la que se realiza con una cierta frecuencia. Sólo así, suelen añadir, se podría justificar que la bofetada que ocasionalmente los padres pueden darle a un niño no sea una forma de maltrato infantil.
Pues bien, aunque una bofetada sea ocasional, es violencia. Podrá considerarse lo dicho como una exageración, pero objetivamente, insisto, una bofetada es violencia.1
Además, considerar la reiteración como nota definitoria de la violencia contra niños, podría llevar a una casuística endiablada. Una (sólo una) violación de un niño, ¿sería o no sería una muestra de violencia? Obviamente, en este caso nadie dudaría en dar una respuesta afirmativa. ¿Por qué, entonces, una (sólo una) bofetada no es una muestra de violencia? Dicho de otro modo, deberíamos exigir la reiteración de la conducta como un requisito del maltrato infantil en unos casos y no en otros. Lo anterior no deja de ser absurdo y plantea problemas añadidos, como por ejemplo: ¿a partir de cuántas bofetadas empezaremos a hablar de violencia?
Violencia contra personas mayores
La violencia contra personas mayores se define como cualquier acción intencional que daña o pueda dañar a una persona mayor de 64 años, o cualquier negligencia que la prive de la atención necesaria para su bienestar.
En España, la mayoría de las víctimas (seis de cada diez) de este tipo de maltrato son mujeres, aunque debe constatarse un crecimiento sostenido de los hombres (Iborra Marmolejo, 2005). De ahí que algunos expertos consideren que el maltrato de personas mayores no es más que violencia de género, perpetrada ahora contra mujeres de una cierta edad (Phillips, 2005). Esta hipótesis me parece que no está corroborada por los hechos. Y los hechos son que en este tipo de violencia el rol social (el género) no suele jugar un papel decisivo. De cada diez agresores de personas mayores, sólo tres son la pareja o ex pareja de la víctima; en el resto de los casos, el agresor es el hijo, la hija, un pariente, un vecino, un amigo, etc., con móviles muy distintos.
La violencia contra personas mayores, así definida, suscita críticas. En concreto hay una que comparto plenamente; es la que se refiere a que el concepto de violencia contra personas mayores requiere atender el marco (el contexto o escenario) en el que las acciones u omisiones violentas suceden. Por ejemplo, un atraco a una persona mayor de 64 años, perpetrado por un delincuente totalmente extraño en una calle cualquiera de cualquier ciudad, no es un caso de violencia contra personas mayores. Sí que lo es, en cambio, cuando la conducta de maltrato ocurre en el marco de una relación interpersonal en el cual la víctima ha depositado su confianza en el agresor, del que a menudo depende porque es su cuidador (Iborra Marmolejo, 2005). Ese cuidador puede ser personal de una institución (del ámbito sanitario o de los servicios sociales), o un pariente, o alguien contratado, o un vecino o un amigo.
En lo anterior está implícito que las dos grandes modalidades de este tipo de violencia, según el contexto en el que ocurre, son la institucional y la doméstica. La primera sucede en entidades sanitarias o sociales (residencias, centros de día, etc.) y la segunda en el hogar de la víctima (y es perpetrada por familiares, amigos, vecinos o personal contratado).
Violencia en el hogar (violencia doméstica)
Uno de los grandes contextos en los que aparece la violencia es la casa o el hogar. Hablando estrictamente, se trata en este caso de la llamada “violencia doméstica” (la palabra “doméstica” proviene del latín “domus”, que significa casa). Es común llamarla también “familiar”. No es correcto, pues no en todas las casas viven familias.
Por consiguiente, sujetos agentes o pacientes de la violencia doméstica pueden ser todos los individuos que viven en un hogar. Es importante señalar que, de acuerdo con algunos grandes expertos, es éste el segundo contexto en el que hay más violencia (Gelles y Strauss, 1979). Sólo se encuentra por detrás de un ejército en tiempos de guerra. En la casa puede haber violencia contra la mujer, contra el niño, contra las personas mayores, etcétera.
Una de las confusiones terminológicas con consecuencias más indeseables consiste en considerar que las expresiones “violencia de género” y “violencia doméstica” son sinónimas. El hogar es uno más de los escenarios en los que la violencia de género puede darse. Repito: sólo uno más. La violencia de género no tiene nada que ver con el contexto en el que ocurre, sino con el tipo de víctima contra la que se dirige y con los motivos que la causan: contra una mujer en nombre de un supuesto rol o función.
Violencia en la escuela
Si llamativo resulta que haya violencia en los hogares, donde es de esperar que el afecto entre quienes allí viven sea la norma, no lo es menos que exista violencia en la escuela. En ésta hay violencia cruzada entre profesores y alumnos (especialmente, en nuestros días, de estudiantes hacia profesores), entre padres y profesores, entre los propios alumnos, etcétera.
La violencia entre alumnos es la que concita mayor alarma social en la actualidad, al menos, en Europa. Adopta diversas formas que van desde la pelea hasta la exclusión, pasando por malas miradas, insultos, etcétera. Habitualmente, es ocasional.
A veces, sin embargo, la violencia escolar entre alumnos es perpetrada por un agresor más fuerte que la víctima (o, al menos, la víctima así lo percibe o cree), es decir, entraña un abuso de poder. Y no sólo esto, sino que además se reitera con un marcado carácter intimidatorio. Cuando tal cosa sucede hablamos de “acoso escolar” (en inglés, bullying) (Olweus, 1998; Serrano, 2006; Sanmartín Esplugues, 2007).
De lo dicho se desprende que el acoso escolar es una especie de tortura en la que el agresor sume a la víctima, a menudo con el silencio o la complicidad de otros compañeros. No es de extrañar entonces que la víctima sufra problemas psicológicos graves y que llegue a albergar e incluso a realizar ideas suicidas.
Violencia en el lugar de trabajo
Este tipo de violencia adopta dos modalidades principales, denominadas respectivamente “acoso sexual” y “acoso moral” (en inglés, mobbing) (Hirigoyen, 1999; 2001; 2004).
Por “acoso sexual en el trabajo” se entiende toda conducta de connotaciones sexuales que, en el lugar de trabajo, le es impuesta a un empleado sin su consentimiento; dicha conducta resulta para la víctima hiriente, degradante o intimidatoria.
El acoso moral en el trabajo es, por su parte, toda conducta abusiva que, con carácter reiterado o sistemático, atenta contra la integridad física o psicológica de un empleado, poniendo en peligro la conservación de su empleo o empeorando el ambiente de trabajo.
Las víctimas de una y otra forma de acoso laboral suelen ser mujeres (en particular, mujeres solteras o madres solteras), homosexuales y trabajadores en precario.
Se trata de una forma de violencia (en buena parte, por lo dicho, de género) fría, insidiosa y, a menudo, casi invisible, lo que la vuelve muy peligrosa. No suele consistir en un ataque duro y frontal y, por lo tanto, claro y manifiesto, que permita la denuncia. Suele adoptar la forma de pequeños ataques cuyo efecto micro-traumático irá acumulándose con el tiempo hasta desembocar en un verdadero suplicio.
El acoso moral se parece mucho al acoso escolar. Cambia, obviamente, el lugar en el que ocurre. De hecho, en un principio, tanto uno como otro se denominaron mobbing. Más tarde, para el acoso escolar se reservó el nombre de bullying1 y para el acoso moral el de mobbing.
Violencia en la cultura
Se trata de la violencia que impregna algunas tradiciones culturales. Entre esas formas de violencia suele destacarse la llamada “mutilación genital femenina”.
Por tal se entiende toda práctica que conlleve la amputación total o parcial de los genitales externos femeninos, o que cause algún otro daño a estos órganos por motivos que no son terapéuticos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) distingue cuatro tipos de mutilación genital femenina, a saber: clitoridectomía o extirpación del clítoris; excisión o extirpación del clítoris junto con la extirpación parcial o total de los labios menores; infibulación o extirpación parcial o total de los genitales externos, con sutura o estrechamiento del orificio vaginal, dejando una pequeña abertura para permitir la salida de orina y sangre durante la menstruación; otras formas no clasificables, como el punzamiento o estiramiento del clítoris o los labios, cauterización con fuego del clítoris y áreas colindantes, etcétera.
En ocasiones se habla de que algunas religiones y, en concreto, el islam exigen esta forma de violencia. No es verdad. Es una norma de ciertas culturas, principalmente africanas, que trata de justificarse de modos más o menos grotescos. En ese sentido, se sustenta por ejemplo que la mutilación genital femenina es higiénica; es estética (porque el clítoris es concebido como un órgano masculino que debe ser, por consiguiente, recortado y embellecido); es necesaria sanitariamente (porque si el clítoris toca la cabeza del niño al nacer, puede incluso matarlo) o socialmente (porque favorece la cohesión social al evitar prácticas como la promiscuidad, adulterio, etcétera). Todos estos intentos de justificación tratan de encubrir lo que no es más que un atentado contra la integridad de las mujeres, perpetrado desde hondos prejuicios machistas.
En estos últimos tiempos se han alzado numerosas voces a favor de respetar la diversidad cultural (véase aquí mismo, el capítulo 25). Estoy de acuerdo. Pero el respeto no significa que haya que aceptar pasivamente prácticas culturales que atenten contra los derechos humanos.2
Violencia en las calles (violencia callejera)
Abarca un amplio abanico de tipos de violencia, que tienen en común el no ocurrir (o no ocurrir principalmente) en ninguna institución (más o menos estructurada) o marco cultural. Entre sus formas más destacables se encuentra la violencia delictiva, que puede ser organizada o no.
Luego me ocuparé de manera más extensa de estos tipos de violencias. Ahora me limitaré a decir que la gran diferencia entre la violencia delictiva organizada y la que no lo es radica en el hecho de que la primera es perpetrada por grupos de personas con una estructura prácticamente empresarial. Entre esos grupos figuran en lugar principalísimo las mafias, que se dedicaron en un tiempo al chantaje, la corrupción y el lavado de dinero. A esas actividades ilegales añadieron más tarde el tráfico. Se inició con las armas, el alcohol y las drogas. Hoy estos productos han dejado su lugar a las personas. El tráfico de personas es para las mafias, ahora mismo, mucho más rentable y mucho menos peligroso. Se trafica con personas para su explotación laboral o para su explotación sexual. En el último caso tienen ese terrible destino, sobre todo, mujeres y niños.
No hay que confundir la violencia organizada en sentido estricto con algunas formas de violencia perpetradas por organizaciones. Me explicaré con más detalle. La primera, como ya he dicho, tiene una estructura prácticamente empresarial y ésa es su principal característica. No se llama, pues, “organizada” porque tras ella se escondan organizaciones. Se denomina “organizada” porque responde a patrones empresariales, por eso mismo, quizá lo mejor sería etiquetarla como “empresarialmente organizada”.
Digo todo esto porque hay otras formas de violencia, perpetradas por organizaciones, que carecen de ese carácter empresarial. En este ámbito se distinguen dos grandes tipos de violencia: la violencia de determinadas bandas juveniles y la llamada en España “violencia callejera” como una traducción de la expresión vasca kale borroka.
Por una parte, entre las bandas juveniles destacan dos sectores violentamente destructivos. El primero es el constituido por grupos de ideología ultraderechista como los skinheads o “cabezas rapadas” (Salas Rey, 2006). No sólo tienen como escenario las calles. Para dar rienda suelta a su violencia suelen encontrar un lugar privilegiado en los campos de deportes. A menudo cuentan con el apoyo inmoral de los directivos de los equipos ya que, con sus gritos y gestos, pueden contribuir a amedrentar al contrario o al equipo arbitral. Por desgracia, en ocasiones esos gritos y gestos concluyen con heridas y muertes. El segundo sector es el formado por grupos cuyos miembros son principalmente inmigrantes o hijos de inmigrantes. Se trata de organizaciones que, en apariencia, pueden ser una respuesta ante el desprecio o la discriminación de la sociedad de acogida. Sin duda estos grupos, en los que el joven inmigrante de primera o segunda generación quizá encuentre un acomodo reconfortante, suelen adoptar una estructura sectaria muy jerarquizada, con vestimenta y jerga distintivas, y con comportamientos fascistoides dirigidos, en especial, contra otros grupos de características similares (así, por ejemplo, los Latin King suelen atacar a Los Ñetas, y a la inversa; ambas pandillas están conformadas por latinoamericanos).
Por otra parte, con el nombre de kale borroka se consideran los actos, sobre todo, vandálicos cometidos por las juventudes de ETA en una estrategia blanda, es decir, una estrategia que no busca en principio la muerte de nadie, sino la generación de un caos en las calles que lleve a la gente al hartazgo o al terror (o a ambas cosas a la vez) y a la exigencia de cambios en el statu quo.
Hay otros actos de violencia en las calles que no son cometidos por grupos organizados, sino por conjuntos de personas con una estructura difusa (por ejemplo, grupos de amigos –lo que se llama en España “la peña”, entre otros nombres–), o por individuos aislados.
Entre la violencia perpetrada por grupos difusos está concitando gran atención la protagonizada por jóvenes. Algunas de estas actividades causan una profunda consternación. Me refiero, en concreto, a la llamada “violencia por diversión”, que está creciendo en muchos países y por lo regular ocurre los fines de semana. Esta violencia, perpetrada para pasarlo bien, suele estar ligada a la ingesta de sustancias tóxicas (alcohol y drogas) y sucede a menudo en los locales de ocio (discotecas, sobre todo) o sus alrededores.
Finalmente, la violencia consumada por individuos aislados adopta asimismo múltiples variantes. Va desde la violencia del pequeño delincuente (joven o no) hasta la espiral de homicidios de un asesino en serie, pasando por los agresores sexuales contumaces. Sobre los asesinos múltiples ahondaré en el apartado siguiente, al abordar la violencia psicopática. Ahora sólo me gustaría resaltar un aspecto muy inquietante de la violencia perpetrada por pequeños delincuentes en nuestro tiempo: la violencia asociada al robo, por ejemplo, está creciendo de forma absolutamente gratuita. Quizá sea un efecto más de la ingesta de sustancias tóxicas. Lo cierto es que del tirón para robar el bolso se ha pasado a menudo a la paliza y, en ocasiones, al homicidio.
Violencia en las pantallas
Hasta hoy los estudios sobre violencia en la televisión se han ceñido, especialmente, a las películas (Loscertales, 2001) y han consistido, en su mayoría, en un recuento de cuántos actos de violencia física explícita se muestran en un determinado intervalo. Algunos, más audaces, han tratado de examinar qué perfiles tenían agresores y víctimas (Donnerstein, 1998), bajo la hipótesis de que determinadas características de unos y de otros pueden inducir algún efecto pernicioso en el espectador. Pocos, prácticamente ninguno, se han preocupado de otros tipos de violencia que no se tradujeran en lesiones físicas. Desde luego, queda por hacer un estudio que, además de todo ello, extienda su ámbito de análisis a la programación entera, porque en toda ella se muestra violencia, incluso en sus más crudas manifestaciones.
En los espacios informativos hay un tiempo dedicado a violencia. Es la sección de sucesos, cada vez más amplia en detrimento de otros espacios y, en concreto, de espacios culturales, que han de buscarse con lupa en la pantalla. La información aquí suele estar rodeada, además, de sensacionalismo (no exento de impertinentes notas de humor en ocasiones) y roza el morbo con frecuencia.
En los espacios de entretenimiento siempre queda un hueco (a veces, más que un hueco: todo el programa) para la violencia. Suele ser el tiempo de los llamados “programas de chismes del espectáculo”. Dichos programas son verdaderos aquelarres en los que se entra de lleno en la intimidad de alguien. Es verdad que ese alguien, habitualmente un friki (es decir, un tipo estrafalario o alguien sin frenos morales), se deja invadir en el sancta sanctorum de la dignidad humana: su privacidad. Pero ni siquiera la complicidad de la víctima con las incursiones descarnadas de los comentaristas de espectáculos impide que se escenifique uno de los tipos de violencia más terribles. Me refiero a la violencia de las palabras (a lo que he llamado antes “violencia emocional”). Además, estos espacios tienen una consecuencia, en mi opinión, aún más nefasta: convierten en héroes y heroínas (con fecha de caducidad, desde luego) a quienes no han hecho ningún esfuerzo digno de tal nombre para salir en las pantallas, y alcanzar fama y dinero. Esto ocurre a la vez que a nuestros niños les pedimos estudiar (y estudiar es esforzarse) para labrarse un futuro, casi siempre incierto. La contradicción no puede ser mayor.
En este punto convendría hacerse eco de la clasificación de Krug et al. (2003) a la que he dedicado alguna atención al inicio del capítulo. Según estos autores, el agresor puede ser uno mismo (violencia autoinfligida), como ocurre en el caso de las automutilaciones, autolesiones o suicidios. Puede ser también otra persona o un grupo reducido de personas (violencia interpersonal), como por ejemplo ocurre con la violencia perpetrada por la pareja, por un compañero de clase o por un desconocido en la calle. Finalmente, el agresor puede ser un grupo organizado (incluso, en la forma de una administración o Estado), como por ejemplo sucede en el caso de la violencia protagonizada por las mafias.
También puede en este punto contemplarse como criterio complementario alguna característica (sociodemográfica o psicológica) del agresor, o los móviles que inducen su conducta. Aquí destacan cuatro tipos de violentos: los juveniles, los psicópatas, los terroristas y los criminales organizados.
Violencia juvenil
Por delincuencia juvenil se entienden aquellas acciones u omisiones que suponen un quebrantamiento de la ley y que ponen al joven en contacto formal con los sistemas de justicia.
Al menos en España se ha generalizado la creencia de que la mayor parte de los delitos son cometidos por jóvenes y, si no, por mafias (o por jóvenes integrados en mafias). Además, se considera que las cosas van de mal en peor, que la violencia se ha instalado entre la juventud como algo natural. Es una percepción que criminaliza a la juventud y que, a decir verdad, no corresponde en modo alguno con los hechos y a la que no quisiera haber contribuido con mis palabras en el apartado anterior. Violencia juvenil, desde luego, hay. Algunas de sus formas, como la violencia por diversión, son preocupantes por lo que significan (¿en qué clase de sociedad vivimos, qué tipo de educación estamos dando a nuestros niños y adolescentes para que algunos de ellos encuentren en el dolor ajeno una salida a su aburrimiento?). Dicho esto, conviene no extralimitarse.
En primer lugar, en términos relativos, hay que decir que, en España, los jóvenes cometen menos delitos que los adultos. En segundo lugar, en términos absolutos, el número de menores detenidos ha disminuido más de un 10% entre 2000 y 2005 según datos del Ministerio del Interior.
A la luz de los datos, convendría recapacitar acerca de lo incorrecta que es la percepción que de la juventud se tiene en España. Lo que sí está claro, en cualquier caso, es que hay una especie de tendencia conservadora internacional que, ante la violencia, sobre todo ante la violencia en las calles, mira de inmediato hacia la juventud, las drogas y los medios de comunicación audiovisual. Aunque sea cierto que estos tres factores tienen parte de responsabilidad en la violencia de nuestro tiempo, no hay que olvidar los otros muchos elementos que influyen sobre su evolución y que, en parte, repaso en este artículo.
Violencia terrorista
Hasta ahora no he incluido en la definición de violencia el objetivo último a que apunta. Abordaré esta cuestión más tarde. De momento diré que dar definiciones que incluyan tales objetivos es caer en un verdadero avispero: el de la justificación, o no, de lo definido (Hoffman, 1998; De la Corte, 2006). Por ejemplo, si se dice que terrorismo es el intento de conseguir mediante la violencia la libertad de un pueblo oprimido, se están dando algunas razones que, para ciertas personas, justifican la necesidad del uso del terror, al menos, en determinadas circunstancias. Lo mismo podría decirse, ciertamente, de otros conceptos como el de homicidio. Sé de casos en los que una mujer, harta de ser maltratada por su compañero, le ha dado muerte. Pero ni la opresión de un pueblo ni el sufrimiento de una mujer alteran la naturaleza, el en sí, del terrorismo o del homicidio.
El homicidio consiste en privar de la vida a una persona, sean cuales sean las circunstancias en las que tal privación acaece y que, desde luego, pueden servir a veces de atenuantes o eximentes de la responsabilidad adquirida.
El terrorismo, por su parte, surja donde surja, es el intento de amedrentar a través de la destrucción y la muerte al mayor número de personas posible. Ése es su objetivo inmediato. Su objetivo final puede variar y atenderlo, repito, quizá nos arrastre a cuestiones de justificación. Por ejemplo, hay grupos terroristas que dicen luchar para defender su forma de vida, su cultura, su etnia, etc., que consideran amenazadas o en trance de destrucción por el enemigo. Hay otros grupos que atentan para lograr la independencia de un territorio que consideran invadido, etc. No hay duda de que esos fines, en ocasiones pueden ser buenos o, quizá, algunos los tengan por tales. Sin embargo, personalmente soy partidario de las teorías éticas deontológicas que anteponen lo moralmente correcto a lo bueno.
Para mí, lo correcto se antepone al bien. De ahí que considere que las acciones humanas deben ser juzgadas por sus cualidades intrínsecas: su corrección o incorrección moral.
En consecuencia, si el terrorismo se llama así porque es el intento de intimidar (y, por consiguiente, dañar emocionalmente) a una audiencia lo más amplia posible (integrada por personas inocentes) a través del asesinato de personas asimismo inocentes, cae en el ámbito de lo inmoralmente incorrecto y no puede tener, desde un punto de vista racional, justificación alguna. A este respecto quizá sí puedan encontrarse excusas, excusas más que justificaciones, con una fortísima carga emocional.3
En definitiva, hablando de terrorismo, la intimidación es la clave. Por eso, los destinatarios del terrorismo no son las víctimas directas del atentado, sino la audiencia. El terrorismo consiste en matar para ser noticia. Los destinatarios de los atentados del 11 de septiembre no eran, obviamente, las personas que murieron en las Torres Gemelas, derribadas por el fanatismo islámico, sino los estadunidenses en primer lugar, Occidente en segundo lugar y el mundo entero en tercer lugar. La muerte de las víctimas y la destrucción del World Trade Center fueron el instrumento para conseguir el verdadero objetivo de aterrorizar a una audiencia lo más amplia posible. De hecho, el terrorismo clásico estaba presidido por el lema “mata a uno para aterrorizar a mil” y el terrorismo de raíz islámica de nuestro tiempo lo está por este otro: “mata a mil para amedrentar a millones”.
El terrorismo, a su vez, admite diversas clasificaciones (Reinares, 1998). Si atendemos a quien lo perpetra, como estoy haciendo aquí, hay que distinguir entre el terrorismo de estado y el terrorismo insurgente. El primero es el practicado por el estado cuando utiliza su fuerza represiva para atemorizar a los ciudadanos. Algunos autores dicen que, en este caso, convendría hablar no de “terrorismo”, sino de “terror”. Sea como fuere, el terrorismo insurgente, por su parte, es de naturaleza civil y se dirige contra el statu quo. Ha conocido diversas formas a lo largo de la historia. Los dos tipos principales de terrorismo insurgente en la actualidad son el laico y el religioso (Juergensmeyer, 2001; Sanmartín Esplugues, 2005).
Violencia psicopática
Los psicópatas se parecen bastante a los terroristas en el hecho de que no empatizan con sus víctimas y son capaces de matarlas a sangre fría y sin remordimientos. El parecido es notable, pero es sólo eso: parecido.
El terrorista, a diferencia del psicópata, no se regodea con el mal. Simplemente, por el tipo de socialización recibido, no cree estar haciendo el mal. Para él sus atentados (para los que empleará el eufemismo “acciones”) no forman parte del mal, sino del arsenal de instrumentos necesarios para defender a los buenos, que son los suyos. Eso es lo que ha aprendido. En eso es en lo que dogmáticamente cree. Cuando mate, si llega a matar, no lo hará pues por placer, sino como el soldado: por obligación (Sanmartín Esplugues, 2005).
El psicópata sufre, en cambio, un trastorno de personalidad que no le impide distinguir entre el bien y el mal, pero le lleva a preferir el mal porque le causa placer. El psicópata carece de ciertas reacciones emotivas esenciales para empatizar con sus víctimas o, al menos, no empareja con sus acciones las emociones que normalmente las acompañan. Por esta razón, puede sentir placer en circunstancias donde las personas normales experimentan asco. Esas disfunciones emocionales es probable que surjan de problemas de tipo biológico (Hare, 2002; Raine, 2002).
Pues bien, hay un tipo de psicópata que merece una atención especial. Me refiero al denominado “asesino en serie organizado”. Un asesino en serie es un criminal que mata a más de dos personas, dejando un cierto tiempo entre un asesinato y otro. Es el llamado “periodo de respiro”, cuya duración se acortará conforme crezca el número de víctimas. Por cierto que la existencia del periodo de respiro es lo que distingue, desde el punto de vista del modus operandi, al asesino en serie del asesino de masas: éste mata a más de dos personas, pero en un mismo acto o en actos muy próximos temporalmente.
Entre los asesinos en serie los hay desorganizados y organizados (Ressler, 2005). Los primeros suelen ser psicóticos, en particular, esquizofrénicos. De lo anterior no debe concluirse que los asesinos en serie son frecuentes entre los esquizofrénicos. En absoluto. Generalmente, los enfermos mentales y, en particular, los psicóticos suelen abundar entre las víctimas de asesinato y no entre los asesinos.
Dicho esto, subrayaré que los asesinos en serie desorganizados no parecen premeditar sus crímenes: actúan por impulsos, sin planificación. Por eso mismo, suelen matar con lo que tienen a mano (un cuchillo, una piedra, etc.) y no cuidan la escena del crimen. Dejan en ella el arma empleada, sin preocuparse de esconderla.
Los asesinos en serie organizados suelen ser, por el contrario, psicópatas. Planifican bien lo que quieren hacer aunque, a veces, parezcan impulsivos: sus impulsos se inscriben en guiones que, a menudo, vienen perfeccionando desde la preadolescencia. Es precisamente en esta etapa donde comenzaron a cultivar en su imaginación fantasías de contenido aberrante, que son las que ahora intentan llevar a la realidad. Para ellos el máximo goce, siempre sexual, se alcanza realizando su fantasía. Por eso sus víctimas reales suelen tener algo en común, pues han de parecerse a las víctimas de su fantasía. Por eso también cuidan la puesta en escena de sus asesinatos, pues ha de adaptarse a lo exigido por su fantasía. Como no tienen alterada función mental alguna, planifican bien la realización del guión de tal fantasía, complicándoles la investigación a los cuerpos de seguridad. En ocasiones, por el narcisismo que suele caracterizarles, se sienten obligados a atraer la atención de la policía hacia ellos: se creen autores de una gran obra y reclaman su autoría.
Crimen organizado
A veces se afirma que el terrorismo es un tipo de crimen organizado. No, no lo es. El terrorismo, aunque puede hacer del asesinato y de la extorsión un modo de vida, no persigue el lucro como finalidad principal. El objetivo del crimen organizado es precisamente ése. Como ya he dicho en un apartado anterior, el crimen organizado responde a un patrón empresarial. Está formado por grupos de personas, claramente estructurados, cuyo objetivo es el enriquecimiento ilegal de sus miembros a costa de la sociedad. Entre los medios empleados para alcanzar ese objetivo se encuentra la fuerza, el chantaje o la corrupción. El resultado es la introducción de ganancias ilegales en la economía legal.
Las mafias constituyen el paradigma del crimen organizado. Se trata de grupos jerarquizados, con una clara división de trabajo, que hacen del crimen el medio para alcanzar copiosos beneficios. Su acción delictiva se desarrolla en múltiples áreas, entre las cuales, destaca actualmente el tráfico de personas para su explotación laboral o sexual (Iborra Marmolejo, 2004).
No hay que confundir este tráfico con el contrabando de personas, que consiste simplemente en el traslado ilícito de personas a través de fronteras internacionales. No, el tráfico de personas es más que el contrabando. Incluye el reclutamiento, compra, venta, traslado, albergue o recepción de personas con el propósito de esclavizarlas, laboral o sexualmente, en una comunidad distinta a la suya.
Las mafias se han especializado además en otras áreas criminales como el tráfico de órganos, el tráfico de drogas, el contrabando de armas y el lavado de dinero. Al respecto de este último, hay que destacar el hecho de que Internet ha simplificado extraordinariamente el proceso de lavado de dinero con un costo prácticamente nulo. Esto ha sido determinante para la incorporación de las mafias en el cibercrimen. Por dicho concepto se entiende el conjunto de delitos que se cometen a través de computadoras (por ejemplo, el lavado del que hice referencia) o contra las computadoras y las redes (por ejemplo, la infección mediante virus, gusanos, etcétera).
Hasta aquí, mi particular taxonomía de la violencia. Creo que resuelve bastantes problemas de definición con los que me he encontrado a lo largo de mi trayectoria como investigador de la violencia. Mi propuesta responde a una hipótesis ampliamente corroborada: la realidad puede ser estructurada desde distintos puntos de observación. Así sucede con la violencia. Es siempre la misma, pero puede percibirse desde perspectivas diferentes y, en consecuencia, puede construirse (estructurarse) de maneras diversas y recibir nombres distintos.
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ENRIQUE ECHEBURÚA*
Arraigada profundamente en la estructura psicobiológica del organismo y entroncada con la evolución filogenética de la especie, la agresividad representa la capacidad de respuesta del organismo para defenderse de los peligros potenciales procedentes del exterior. Por ello, la agresividad es una respuesta adaptativa que potencia la capacidad de sobrevivir y que forma parte de las estrategias de afrontamiento de que disponen los seres humanos (Sanmartín Esplugues, 2004a).
La violencia, por el contrario, constituye una agresividad descontrolada, que ha perdido su perfil adaptativo y que tiene un carácter destructivo. La violencia, al ser un conjunto de acciones encaminadas a destruir sin sentido, supone una profunda disfunción social. Es decir, lo que define a la violencia es que se trata de una cadena de conductas intencionales que tienden a causar daño a otros seres humanos, sin que se obtenga un beneficio para la supervivencia. Lo característico de la violencia es su gratuidad desde un punto de vista biológico y su intencionalidad desde un punto de vista psicológico (Sanmartín Esplugues, 2004b).
La violencia es agresividad que se carga de valores afectivos, lo que la hace especialmente peligrosa: la emoción, los sentimientos, la inteligencia y la voluntad se ponen al servicio de la violencia. En este proceso de transformación de la agresividad en violencia hay una perversión de los valores, en la medida en que éstos quedan contaminados por intereses espurios para el ser humano y para la sociedad. A diferencia de la agresividad, la violencia —un fondo atávico de crueldad primitiva— es específicamente humana y, a pesar de denotar una sinrazón moral y de ser una respuesta inadaptativa, constituye una constante a lo largo de la historia de la humanidad (Huertas, 2007; McKal, 1996).
La violencia se apoya en los mecanismos neurobiológicos de la respuesta agresiva. Todas las personas son potencialmente agresivas por naturaleza, pero no tienen, por fortuna, por qué ser necesariamente violentas. A su vez, la violencia puede, en algunos casos, desencadenarse de forma impulsiva o ante diferentes circunstancias situacionales (el abuso de alcohol, una discusión, el contagio emocional de un grupo, el fanatismo político o religioso, la presencia de armas, etcétera); en otros, presentarse, como en el caso de la violencia psicopática, de una forma planificada, fría y sin ningún tipo de escrúpulos. Es decir, la conducta violenta puede manifestarse de dos formas (Echeburúa y Corral, 1998):
Violencia expresiva. Se trata en este caso de una conducta agresiva modulada por la ira, dirigida a una víctima conocida y que refleja dificultades en el control de los impulsos o en la expresión de los afectos (celos, envidia, odio, etcétera). Es frecuente el arrepentimiento espontáneo tras un arrebato impulsivo.Violencia instrumental. En este caso la conducta agresiva es planificada, obedece a la consecución de un objetivo concreto (robo, sexo, venganza, etcétera) con una víctima en muchos casos desconocida y no genera sentimientos de culpa.La conducta violenta es el resultado, por una parte, de un estado emocional intenso (la ira), que interactúa con actitudes de hostilidad, un repertorio de conductas pobre (déficit de habilidades de comunicación y de solución de problemas) y factores precipitantes (frustraciones acumuladas, situaciones de estrés, consumo abusivo de alcohol, celos, etcétera); por otra, de la percepción de vulnerabilidad de la víctima. En la conducta violenta intervienen, por tanto, los siguientes componentes (Beck, 2002; Echeburúa y Corral, 1998):
Actitudes de hostilidad. Éstas derivan habitualmente de actitudes y sentimientos negativos (de maldad, de venganza, de cinismo, etcétera), desarrollados por una atribución a los demás de los males propios, que generan un impulso a hacer daño.Un estado emocional de ira. Esta emoción, que varía en intensidad desde una suave irritación hasta la rabia intensa, se ve facilitada por la actitud de hostilidad y por pensamientos activadores relacionados con recuerdos de situaciones negativas habidas en la relación con la víctima o suscitados directamente por estímulos generadores de malestar ajenos a la víctima (contratiempos laborales, dificultades económicas, problemas en la educación de los hijos, etcétera).Factores precipitantes directos. El consumo abusivo de alcohol o de drogas, sobre todo cuando interactúa con frustraciones acumuladas y con una inestabilidad emocional previa, contribuye a la aparición de las conductas violentas.Un repertorio de conductas pobre y trastornos de personalidad en elagresor. Así, por ejemplo, el déficit de habilidades de comunicación y de solución de problemas impide la canalización de los conflictos de una forma adecuada. El problema se agrava cuando existen alteraciones de la personalidad, como suspicacia, celos, autoestima baja, falta de empatía afectiva, necesidad extrema de estimación, etcétera.La percepción de vulnerabilidad de la víctima. Una persona irritada puede descargar su ira en otra persona (mecanismo frustración-ira-agresión), pero suele hacerlo sólo en aquella que percibe como más vulnerable y que no tenga una capacidad de respuesta enérgica y en un entorno en que sea más fácil ocultar lo ocurrido. De ahí que las mujeres, los niños y los ancianos sean las personas más vulnerables y que el hogar —el refugio de protección por excelencia— pueda convertirse, paradójicamente, en un lugar de riesgo (Baca y Cabanas, 2003).El reforzamiento de las conductas violentas previas. Muy frecuentemente las conductas violentas anteriores han quedado reforzadas para la persona violenta porque con ellas ha conseguido los objetivos queridos o ha alcanzado una notoriedad. Si, además, ha quedado impune, la violencia puede ser un método sumamente efectivo y rápido para conseguir lo deseado.Todos los seres humanos cuentan con mecanismos reguladores de la conducta violenta. La empatía, que surge de forma natural en el ser humano, consiste en ponerse en el lugar de la otra persona cognitiva y emocionalmente para comprender mejor lo que piensa, lo que siente y lo que puede originarle sufrimiento. En realidad, la empatía, a modo de mandamiento biológico natural, es el inhibidor más potente contra la violencia y la crueldad. Por desgracia, hay algunos seres humanos (los psicópatas) que carecen de esta capacidad empática para captar y reaccionar positivamente ante las expresiones emocionales de otras personas (miedo, dolor, etcétera) (Sanmartín Esplugues, 2002).
Es decir, lo que es innato o instintivo en el ser humano es la agresividad regulada, que es lo que confiere eficacia biológica a la especie. Si no hubiera factores inhibidores el grupo iría perdiendo miembros hasta resultar inviable. Por tanto, en la naturaleza hay un equilibrio entre los mecanismos de despliegue de la agresividad y los mecanismos innatos reguladores o inhibidores (Niehoff, 2000; Tobeña, 2001).
Los factores inhibidores de la conducta violenta del agresor son, en primer lugar, las expresiones emocionales innatas de la víctima (mirada, gestos de la cara, tono de voz, posturas, etcétera), en particular la expresión facial y, en general, gestual del miedo (bajar los ojos, suplicar, arrodillarse, lloriquear, etcétera). El miedo, reflejado en el rostro de la víctima, constituye una especie de aldabonazo en el inconsciente del agresor: el rostro de la víctima implora piedad. En segundo lugar, la conciencia moral del agresor, tempranamente adquirida en el proceso de socialización: se es consciente de que la violencia es una acción mala y de que genera sufrimiento en la víctima. Por ello, se experimenta un malestar emocional (la culpa), a modo de castigo interno; y si ello no es suficiente, el temor al castigoexterno (acción de la justicia) puede servir de freno. La conciencia moral es la voz interior o el policía interior que todo ser humano lleva dentro (Sanmartín Esplugues, 2004a).
Si una persona ha conseguido desactivar los inhibidores de la conducta violenta, ésta se convierte en un caballo salvaje que arrasa todo lo que se cruza en su camino. Lo que facilita la desactivación de los inhibidores es el alejamiento de la víctima, bien sea de manera física (mediante las armas de fuego), bien sea psicológica (cuando se la separa del grupo, como en las actitudes racistas o xenófobas; cuando se la desvaloriza, como ocurre en el hipernacionalismo étnico; o cuando se la considera una mera propiedad, como ocurre en el caso de las mujeres respecto de los hombres maltratadores). En estos casos, con armas o con ideas, se desactiva el papel de las expresiones emocionales de las víctimas como reguladores innatos de la conducta violenta. En definitiva, ojos que no ven, corazón que no siente. Así, se deshumaniza y se despersonaliza a la víctima para justificar la conducta violenta y no sentir compasión por ella, considerándola como un ser no humano o un ser humano no valioso. Es meramente un símbolo al que hay que destruir. Y es que con los símbolos no se empatiza. Es decir, un ciudadano ejemplar se puede convertir en un asesino potencial si se permite que el odio o la indiferencia quiebren sentimientos como la solidaridad y la compasión, la defensa del más débil y la empatía hacia todo ser humano (Garrido, 2002; Sanmartín Esplugues, 2005).
Las distorsiones cognitivas desempeñan un papel importante cuando, ejercida la violencia, no se quiere asumir la responsabilidad y la mala conciencia. Al generar las conductas violentas un rechazo social y un malestar emocional en el agresor, éste tiende frecuentemente a minimizarlas o a justificarlas, buscando excusas, atribuyendo la responsabilidad a las circunstancias, a la fatalidad e incluso a las propias víctimas o restándole importancia a las consecuencias negativas de esas conductas (Echeburúa y Corral, 1998) (cuadro 1).
CUADRO 1. NEGACIÓN DE LA VIOLENCIA (ECHEBURÚA Y CORRAL,1998, MODIFICADO)
ESTRATEGIA EMPLEADAEJEMPLO DE EXCUSASUtilitarismo“Sólo de esta manera hizo lo que deseaba”Justificación“Fue la víctima la que me provocó; es ella la responsable”