Reiníciate - Antonio Fornés Murciano - E-Book

Reiníciate E-Book

Antonio Fornés Murciano

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Beschreibung

Si quieres volver a empezar, descubre cómo lo hicieron los grandes personajes de la historia en este libro que nos relata sus momentos de crisis y cambio. "Cuando parece que todo es más oscuro, hay que pararse a pensar y atreverse a vivir por uno mismo" (Antonio Fornés). Más de 5.000 lectores ya han empezado a reiniciarse. ¿Y tú?  Pasamos la vida ocupados, huyendo de nuestros auténticos deseos. Nos dejamos arrastrar por el vértigo diario y evitamos enfrentarnos a nosotros mismos. Antonio Fornés nos ofrece aquí una estrategia para salir de esta trampa: reiniciarnos. Apagar y volver a encender. Silenciar el ruido del mundo exterior y reencontrarnos con ese gran desconocido que habita en nuestro interior es el primer paso para, a continuación, empezar de nuevo sobre bases más sinceras y valientes. No estaremos solos en este aprendizaje. Nos acompañarán doce gigantes de la historia, el pensamiento y el arte: de Dostoievski a Gauguin, de Voltaire a Eloísa y Abelardo, de Pascal a Demóstenes. Todos coincidieron en una cosa: se atrevieron a enfrentarse a sus miedos, a dar un vuelco a su vida. Arriesgaron. Abre este libro y, como ellos, atrévete. Reiníciate.

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Seitenzahl: 126

Veröffentlichungsjahr: 2012

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ANTONIO FORNÉS

Siguiendo el consejo de Kant, «atrévete a pensar», Antonio Fornés se licenció en Filosofía y en Humanidades por la Universidad Ramon Llull de Barcelona. También se diplomó en Ciencias Religiosas y completó tres másters, entre ellos el de Edición de la Universidad Pompeu Fabra. Escribió el libro Las preguntas son respuestas y, hoy, sigue atreviéndose a reflexionar con esta nueva obra mientras prepara su doctorado en Filosofía, una tesis sobre el pensador francés del siglo XVIII Joseph de Maistre.

Conoce más al autor en esta entrevista.

Primera edición digital: junio de 2012

© Antonio Fornés Murciano

© de esta edición:

Editorial Diéresis, S.L.

Travessera de Les Corts, 171, 5º-1ª

08028 Barcelona

Tel: 93 491 15 60

[email protected]

Diseño: dtm+tagstudy

ISBN: 978-84-938702-5-6

IBIC: VSP

Todos los derechos reservados.

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas por las leyes, la reproducción total o parcial de este libro por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la fotocopia y el tratamiento informático, y su distribución mediante alquiler o préstamo públicos.

www.editorialdieresis.com

Twitter: @EdDieresis

A los gigantes que pueblan los recuerdos

felices de mi infancia. Solo gracias a que me

aupé sobre vuestros hombros, fui capaz de vislumbrar

el camino hacia una vida auténtica y plena.

«Nacemos una sola vez y no nos es dado

nacer dos (…). Pero tú retrasas tu felicidad y,

mientras tanto, la vida se va perdiendo lentamente

por ese retraso, y todos y cada uno de

nosotros, aunque por nuestras ocupaciones no

tengamos tiempo para ello, moriremos.»

Epicuro, Fragmentos

«No se sabe si fue un ataque de parálisis u otra cosa,

pero el caso es que estaba sentado en su silla y, sin más ni

más, cayó redondo. Mandaron llamar al médico

para que lo sangrase, pero vieron que el fiscal no era ya

más que un cuerpo sin alma. Únicamente entonces se dieron

cuenta con dolor de que el difunto había tenido alma,

aunque por modestia él no lo había mostrado nunca.»

Nikolái Gógol, Almas muertas

1

Pulsa tu tecla de reinicio

Vivimos sumergidos en el gris. Ferozmente empeñados en las mezquindades propias de nuestros quehaceres diarios, poco a poco vamos insensibilizándonos ante la maravillosa pluralidad de colores que el mundo nos ofrece hasta que, finalmente, un día todo nos parece niebla y ceniza.

Pero, frente a esta deriva, lo único que necesitaríamos es un empujón, un acontecimiento que nos arranque de la rutina y que por un momento nos permita alcanzar una lucidez desconocida hasta ahora. Curiosamente, no suele ser un instante feliz. Estamos siempre tan ocupados, tan inmersos en el frenético ritmo de nuestra vida diaria, nos sentimos al acabar el día tan cansados que no nos queda tiempo ni mental ni físico para nosotros mismos. Por ello, cuando impelidos finalmente por algún acontecimiento externo miramos al fin en nuestro interior, descubrimos con sorpresa a un extraño, a un individuo durante años abandonado y encadenado en las oscuras profundidades de nuestro ser… El resultado tiende a producir un vértigo aterrador que generalmente nos hace huir de nuevo hacia la tranquilizadora superficie, poblada de aburrimiento y trabajo. Olvidamos ese momento y seguimos como si nada hubiera pasado…

De hecho, la mayoría no hacemos otra cosa que huir a lo largo de toda nuestra vida. Huimos de nuestros temores, de nuestras limitaciones y, sobre todo, de nuestros auténticos deseos. El resultado de esa huida hacia regiones más tranquilizadoras es siempre negativo, produce dolor, angustia emocional y una intensa sensación de desasosiego e insatisfacción. Corremos continuamente hacia delante con la inconfesable intención de impedir que la vida nos alcance y, como consecuencia, la dejamos escapar burdamente. ¡Qué gran ironía! A cambio de esa tremenda carrera de obstáculos, de todos nuestros desvelos y esfuerzos, obtenemos siempre la misma amarga recompensa: la muerte. Triste premio de consolación sin duda para la cantidad de sufrimiento que, sin saber muy bien por qué razón, soportamos a lo largo de nuestra existencia.

Pero en algunas ocasiones, el impacto de mirar en nuestro interior, de pensar por un minuto en nosotros mismos, tiene efectos totalmente imprevistos: nos transforma radicalmente, cambia nuestro modo de ver el mundo y sus habitantes, subvierte nuestras relaciones sociales y nos conduce inexorablemente al único camino que vale la pena ser recorrido, el de la plena conciencia de nosotros mismos, de nuestra existencia. Nos convierte, por decirlo de una forma solemne, en auténticos seres humanos. Es entonces cuando empezamos a atisbar la gran verdad sobre la que todos deberíamos cimentar nuestro transitar por este mundo, el hecho de que sólo tenemos una auténtica tarea que llevar a cabo durante toda nuestra vida: vivir plenamente, sentir la existencia en su auténtica sustancialidad.

Este objetivo, aparentemente fácil pero que día a día nos empeñamos en complicar con la mayoría de nuestros actos, sólo podemos satisfacerlo desde nuestro interior, reiniciando nuestra existencia, redescubriéndonos como seres valiosos e irrepetibles.

Para empezar, resulta forzoso sincerarnos con nosotros mismos y nuestros deseos, arrinconar por un momento el montón de cosas superfluas, improductivas, a las que irreflexivamente dedicamos nuestro existir y concentrar esfuerzos en aquello que realmente merece la pena. Mi queridísimo perro Happy (un nombre que, quizás en un curioso guiño de mi inconsciente, resulta toda una declaración de intenciones) es un ejemplo incuestionable del entusiasmo con el que debemos afrontar esta labor fundamental. Happy, desembarazado de prejuicios y miedos, indiferente al qué dirán, seguro de su condición y sus anhelos, siempre y en todo momento inasequible al desaliento, cada mañana me persigue incansable por toda la casa a la espera de su galleta matutina. Paciente y a la vez obstinado, no permite que las diferentes circunstancias de cada día le distraigan del que es su objetivo último y trascendental. Por supuesto, su perseverancia acaba obteniendo a diario el premio esperado y, haciendo honor a su nombre, Happy se retira feliz mientras se relame complacido. Vivir es mucho más sencillo de lo que pensamos…

Por eso no nos merecemos desperdiciar nuestra existencia de una forma superficial, ramplona, mecánica. Somos demasiado valiosos para conformarnos con eso, poseemos demasiadas aptitudes. Si nos lo proponemos, si dejamos atrás la rutina que nos rodea, somos capaces de tanto… Por ello el objetivo de estas páginas no es otro que el de empujarte, lector, para que esta vez no hagas como si nada hubiera ocurrido. Pues de la misma forma que nuestro ordenador se detiene bruscamente cuando el exceso de tareas abiertas lo colapsa y debemos reiniciarlo, también nosotros, a fin de no caer en el sinsentido vital y evitar los múltiples callejones sin salida a los que nos arrastran los quehaceres cotidianos, necesitamos ineludiblemente detenernos, silenciar todo el ruido del mundo exterior y encontrarnos a solas con nosotros mismos.

Necesitamos reiniciarnos, en definitiva, para ser capaces de enfrentarnos radicalmente con todas las emociones nocivas que invaden nuestro espíritu y, transformados así, afrontar decididamente la búsqueda del único horizonte existencial que tiene sentido: el de una vida plena y feliz.

2

Pascal: busca en tu interior

A lo largo de la primera mitad de su vida, Blaise Pascal era conocido como un hombre alegre. Gustaba de hacer reír a la gente, siempre bromeando, con su afición por los juegos de palabras. Además de simpático, Pascal fue un niño prodigio que ya a los doce años dominaba la geometría euclidiana y se preparaba para pasar a la historia como uno de los grandes científicos de todos los tiempos. Realizó estudios de acústica, demostró la existencia del espacio vacío, elaboró la teoría de los vasos comunicantes, inventó la prensa hidráulica... No conformándose con eso y para ayudar a su padre, recaudador de impuestos, fabricó también la primera calculadora. Y todo ello lo hizo... ¡antes de los treinta años! Como nosotros, Pascal transitaba por la vida enloquecidamente ocupado. Pero un día, le llegó el momento de recibir el empujón que lo cambiaría todo…

Estamos en París, mes de octubre de 1654. El libertino Pascal viaja con unos amigos en un carruaje a través de las calles de la capital francesa. Por alguna razón que desconocemos los caballos del tiro se encabritan, dejan de obedecer al cochero y, desbocados, se arrojan al Sena desde el puente de Neuilly. El coche está a punto de seguir el mismo camino pero, por suerte para sus ocupantes, en el último instante se rompen las bridas y el carromato queda colgando del puente sin caer al río. Pascal sale ileso del accidente, pero por un momento ha visto la muerte muy de cerca, cara a cara. La impresión es demasiado fuerte para su espíritu: se desmaya y pierde la conciencia. No volverá a ser el mismo. A partir de entonces, cambiará la ciencia por la filosofía y la investigación del mundo exterior por la de sí mismo, de su mundo interior. Fruto de estas reflexiones nacerán una serie de apuntes que, a pesar de inacabados por la prematura muerte del autor, componen una de esas obras imprescindibles de la historia de la filosofía que todos deberíamos leer, sus célebres Pensamientos.

En uno de ellos, Blaise Pascal nos propone el siguiente juego: imaginemos que fuésemos trasladados por la fuerza a una gran isla convertida en un gigantesco campo de concentración de la que no pudiésemos escapar, y que en ella nos obligasen a trabajar duramente de sol a sol. A primera vista, sin duda la situación parece penosa e insoportable. Pero todavía empeorará. Así, cada día los terribles carceleros eligen a uno de los cautivos y, en presencia del resto, lo ejecutan de forma dolorosa y cruel. Los demás comprenden que están también condenados y sólo esperan su hora. «¡Increíble!», pensaremos. No es posible tanta maldad. ¿Cómo pueden soportar su condición los prisioneros sin rebelarse? Es al llegar a este punto cuando el bueno de Pascal sonríe pícaro: nos ha llevado adonde quería pues, al fin y al cabo, ¿no es esta una descripción de nuestro mundo? ¿Podemos huir de él? ¿Acaso no trabajamos de sol a sol? ¿No nos sabemos condenados a morir? Y mientras tanto, ¿no hemos de soportar la muerte, muchas veces dolorosa, de aquellos que nos rodean? La moraleja del relato de Pascal es clara: si nos dejamos llevar por nuestro imparable frenesí cotidiano sin pensar demasiado y sin concienciarnos de nuestra situación, nuestro mundo se convierte en la más cruel y terrible de todas las cárceles que podamos imaginar.

Desde su experiencia personal, desde su propia biografía vivida hasta entonces a un ritmo tan o más frenético que el nuestro, Pascal describe bien cuál es la vía de escape más común a la que recurrimos para evitar reflexionar y caer en la desesperación: ocuparnos, hacer algo siempre y a todas horas, llegar reventados a la cama…

Así, escribe Pascal que desde la infancia se carga a los seres humanos con todo tipo de deberes y responsabilidades: trabajo, dinero, familia, amigos… y se nos hace creer que no podremos ser felices sin que nuestra salud, nuestra hacienda, nuestra familia y nuestros seres cercanos estén perfectamente protegidos. De ahí que pasemos el día atareados, desde primera hora de la mañana y hasta que se pone el sol. Sin darnos tregua ni descanso. Y aun cuando descansamos, seguimos pensando en nuestras obligaciones. El texto de Pascal continúa así:

«Extraña manera de hacerlos felices, diréis; ¿podría hacerse algo mejor para hacerlos desgraciados?

»¡Cómo! ¿Qué podría hacerse? Bastaría con quitarles todas esas preocupaciones, porque entonces se verían a sí mismos, pensarían en lo que son, de dónde vienen, adónde van. Y por eso nunca se les ocupa demasiado. Y por eso, después de haberles preparado tantos asuntos, si tienen algún tiempo de descanso, se les aconseja que lo empleen en divertirse, en jugar y en estar siempre completamente ocupados[1].»

El mensaje de Pascal resulta claro: detrás de todas nuestras ocupaciones, detrás de nuestro infatigable quehacer diario, lo que se esconde es nuestro miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos, con nuestra realidad personal, a enfrentarnos con nuestros sentimientos más íntimos. Pues en el fondo intuimos lo vacía que realmente está nuestra vida y por ello rechazamos toda posibilidad de reflexión sobre nosotros mismos, nuestras ambiciones y deseos. Ante la fría certeza de nuestro fracaso vital preferimos la táctica cobarde del avestruz, pretendiendo así ignorar nuestra derrota mediante el estresante trámite de llenar de actividad nuestro día a día, rodearnos de gente a todas horas y no tener tiempo para nada. No resulta extraño pues, que nuestro buen filósofo cierre de esta manera su reflexión:

«¡Cuán vacío está el corazón del hombre, y cuán lleno de inmundicia!»

Hemos grabado con hierro candente en nuestra conciencia la necesidad de estar ocupados: no hacer nada es perder el tiempo, el grado de realización personal se mide por el número de proyectos y experiencias que somos capaces de acometer y vivir. Objetivamente, lo único que acabamos obteniendo con este frenético ritmo de vida es un agobiante cansancio existencial, así como una sensación similar a la de tomar un puñado de arena con la mano: la vida se nos escapa entre mil ocupaciones diarias, tal y como la arena se escurre entre los dedos. Nuestro día a día es como el de esos turistas que recién llegados, por ejemplo, a la bellísima ciudad de Florencia, y llevados por ese afán tan occidental de «aprovechar el tiempo», se dirigen a toda velocidad en busca del monumental museo que es la Galería de los Uffizi. En un alocado tour de force van visitando una a una todas las salas, y dedican a muchas obras maestras del arte apenas unos segundos de su tiempo. En realidad, más que ver aquellas majestuosas pinturas pareciera que lo que hacen sea verificar que estén colocadas en su sitio. Cuando salen de allí, visiblemente agotados, la mayoría no son capaces de recordar prácticamente nada de lo que han visto.

Hay mejores maneras de visitar Florencia, igual que hay mejores formas de vivir. ¿Por qué no simplemente sentarnos en una terraza de alguna de las cafeterías y restaurantes que pueblan la imponente Piazza della Signoria, de facto casi un museo al aire libre y que está justo enfrente del Museo Uffizi? ¿Por qué no disfrutar con paz del ambiente, de las vistas, del pasar de la gente? ¿Por qué no empaparnos serenamente de Florencia mientras degustamos un capuccino o una cerveza? El tiempo pasará más despacio y se hará más denso. Si somos capaces de dejar nuestro espíritu en suspenso durante unos minutos, seguramente la experiencia resultará inolvidable.

¿Qué nos queda después de haber contemplado un cuadro, paseado por una ciudad o, simplemente, haber compartido un rato distendido con los amigos? El momento. La experiencia crucial de cualquiera de estos actos que se posa en nuestra alma es ese momento mágico en que nuestro corazón se altera y sin darnos cuenta tragamos saliva, es esa sensación la que nos enriquece y eleva. De ahí que podamos afirmar que es la intensidad y no la cantidad lo que debemos buscar perpetuamente, masticando el tiempo y haciéndolo nuestro, no dejándonos llevar por él.

Lamentablemente en nuestra vida solemos actuar casi siempre como turistas alocados, desaprovechando nuestro existir, trivializándolo, reduciéndolo a una triste cadena de experiencias superficiales. Hemos de aprender a detenernos, a exigirnos diariamente un momento de calma, de respiro interior en el que nuestra reflexión solo tenga un protagonista: nosotros. Hace ya dos mil quinientos años que uno de los padres de la filosofía occidental, Sócrates, nos advirtió de que una vida sin reflexión no merecía ser vivida…