Relatos en oro y cielo - Roberto López - E-Book

Relatos en oro y cielo E-Book

Roberto López

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Beschreibung

El 3 de junio de 2008, una generación completa de hinchas de Everton dejó de sufrir. Al menos por un rato. Ese grupo de aficionados creció leyendo historias de equipos campeones de épocas pretéritas. Dedicaron horas a buscar añosas revistas Estadio, y uno que otro video en mal estado que acreditaba que el equipo de sus amores sí sabía lo que era la gloria. "Relatos en Oro y Cielo" retrata las vivencias, alegrías y frustraciones de aquellos que crecen amando los colores de un equipo que convive mucho más con la derrota que con el triunfo. Se llama pasión. Esa que surge y se afianza en los tiempos difíciles, y que va más allá de los resultados. Después de aquel campeonato de 1976 con el inolvidable equipo que remeció a la Ciudad Jardín de la mano de Pedro Morales, la centenaria institución entró en un proceso de descomposición institucional y deportiva. El primer campeón provincia del país empezó a convivir con los descensos y ascensos constantes, graves crisis económicas y cada vez más esporádicas alegrías. La Copa Polla Gol de 1984 y el subcampeonato de 1985 del Torneo Nacional fueron apenas un espejismo en décadas en las que Everton deambuló demasiado seguido por el borde del precipicio. Las liguillas de promoción se ransformaron en las pocas alegrías para una hinchada que habitualmente le pide a su equipo que gane, pero que además juegue bien. Los malos resultados llevaron a ver las tribunas del Sausalito cada vez más raleadas, pero el cariño y la pasión de los hinchas evertonianos jamás desapareció. Ni aun con el cambio institucional que supuso el paso al formato de sociedades anónimas deportivas y la posterior venta al grupo mexicano Pachuca. Un camino apasionante, al borde del masoquismo y que "Relatos en Oro y Cielo" recorre a partir de la particular visión del autor de una época en la que Everton perdió la categoría en 1981, 1995, 2000, 2010 y 2014; se ilusionó con el equipo de Leonardo Véliz, Pablo Caballero y Juan Salinas en 1997, sin lograr el objetivo del retorno. Disfrutaron con los ascensos de 1999, 2003, 2012 y 2016. Y se enorgullecieron de aquel inédito triunfo en Buenos Aires, ante Lanús, en la Copa Libertadores de 2009.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2023

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Relatos en oro y cielo © 2022, Roberto López Ravest ISBN: 9789564061313 eISBN: 9789564062440 Primera edición: Septiembre 2022 Segunda edición: Enero 2023 Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida ni en todo ni en parte, tampoco registrada o trasmitida por un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mediante mecanismo fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro, sin el permiso previo escrito por el autor.

Trayecto Editorial Editor: Aldo Berríos Ilustración portada: Jorge Mora Diseño portada y diagramación: David Cabrera Dr. Sótero del Río 326 of 1003, Santiago de Chilewww.trayecto.cl +56 2 2929 4925

Imprenta: Donnebaum Impreso en Chile/Printed in Chile

Prólogo

Cuando el autor de un libro está próximo a terminarlo, normalmente es la misma rutina: decide a quién pedirle que redacte el prólogo, le explica el contenido del libro y el elegido lo lee con avidez. A veces, le cuesta situarse en el lugar del autor, a medida que las páginas avanzan se encuentra con cosas desconocidas, se sorprende, se decepciona, se emociona, se alegra. En ocasiones quisiera introducirle modificaciones y termina por regocijarse por haberlo leído como “primicia” y haber tenido el honor de ser escogido para escribir el prólogo.

En mi caso, claramente hubo coincidencias con la precedente reseña. Recibí el llamado de mi amigo Roberto López Ravest, le agradecí por considerarme para tan importante responsabilidad y leí con avidez la “primicia”. El libro, ágil y de fácil lectura, es un fiel relato de la unión indisoluble que existe entre el autor y el club Everton de Viña del Mar.

Luego, sentí la rara sensación de que buena parte del libro, aun cuando sean vivencias y sentimientos propios de Roberto, perfectamente pudieron ser contados por el suscrito. Fluyen sentimientos similares, vivencias periódicas y muchas veces compartidas y, sobre todo, amor por la camiseta oro y cielo, la misma que en el último tiempo es lastimosamente reemplazada en demasiadas oportunidades por las “alternativas”. Más allá de lo aceptable y tolerable.

El libro Relatos en Oro y Cielo, sin duda alguna, es un muy buen reflejo de la personalidad de Roberto, de su historia de vida y de su pasión, a veces extrema, incluso para otros fanáticos del club.

Roberto no duda en definir a Everton como el “amor de su vida”, un sentimiento que tienen muchos hinchas, de cualquier equipo, pero que no siempre se atreven a decirlo en forma directa y sin ambages como lo hace el autor. Es una de las maneras en que el libro muestra su personalidad. El texto también alude a los grandes hitos, sufrimientos, penas, logros y alegrías de Everton, desde 1993 casi hasta la actualidad, en todos los cuales Roberto fue espectador, testigo y, por qué no decirlo, actor.

No es frecuente que el autor del prólogo haya compartido, sufrido y/o gozado la mayoría de las historias narradas. Los recuerdos, la pasión y los momentos vividos son los mismos. Tenemos importantes diferencias, tal como las esboza Roberto en el capítulo del libro dedicado a nuestro grupo autodenominado “Chárter”. Es así como no tenemos la misma religión, ni —claramente— el mismo humor, ni la misma cercanía con la política ni con la necesidad de involucrarse en el quehacer y devenir del país. Roberto puede estar toda una tarde dominical viendo automovilismo, una mañana viendo tenis o varias noches a la semana observando partidos de la NBA, mientras que, por mi parte, en lo que a deportes se refiere, sólo me interesa el fútbol.

Empecé a ir al estadio Sausalito ininterrumpidamente a los siete años, Roberto a los trece. Jugaba fútbol en el Sporting Club semanalmente, Roberto no tanto. Fui árbitro de fútbol en mi época universitaria, Roberto no.

Todo eso queda atrás y no importa. En el grupo “Chárter”, en los viajes de Santiago a Viña, y a otras ciudades del país, en nuestras permanentes conversaciones futboleras nos une una gran cosa: Everton y la querida Oro y Cielo. Por eso, y por lo vivido, me sentí, a medida que leía el libro, partícipe de la mayoría de las vivencias ahí relatadas.

Desde 1993 en adelante el autor del libro conoce y ha vivido la historia de Everton a fondo, pero como la historia no sólo la escriben los jóvenes, como algunos equivocadamente piensan en otros ámbitos de la vida, no puedo evitar pensar cómo le hubiera gustado a Roberto haber visto jugar a la gran delantera de 1965; aquella de Arancibia, Rojas, Escudero, Begorre y Véliz, la que si hubiese estado acompañada de una buena defensa le hubiera disputado el título al mismísimo Ballet Azul. Es imposible no pensar cómo hubiera gozado Roberto aquella soleada tarde de agosto de 1968 en Santa Laura, cuando Everton, en la definición del Torneo Provincial, goleó épicamente a Rangers por 5 a 0 con dos goles de Manuel Rojas y uno de Begorre, Escudero y Henry, logrando clasificar al Campeonato de Honor.

No es posible dejar de imaginarse cómo hubiera llorado Roberto en la tarde del 17 de diciembre de 1972 donde, pese a ganar 3 a 2 en Antofagasta, Everton descendió por primera vez en su historia. Y, sin duda alguna, no puedo evitar pensar lo que hubiera significado para Roberto ver, vivir, acompañar, sufrir y gozar al gran e histórico equipo campeón de 1976.

Todo eso no pudo ser. Quiera D’s y la vida que Roberto vea, viva, acompañe, sufra y goce muchos futuros éxitos de nuestro querido Everton de Viña del Mar y que sean tantos como para que tenga muchos nuevos “Relatos en Oro y Cielo”.

Exequiel Segall Glisser

Mi gran amor

Fue en los años ochenta que me hice hincha de Everton. Época especial en Chile, que incluso fue inmortalizada en una popular serie de televisión. Ignorante de los conflictos sociales y políticos que atravesaba el país, fue en mi infancia que me enamoré de los colores de mi vida: el azul y el amarillo. Aquella camiseta en colores oro y cielo, atravesada horizontalmente por aquella enorme franja en el pecho, sería mi compañera de la vida. En la alegría y también en el dolor.

No tuve la dicha de ver jugar a René Meléndez, Enrique “Motorcito” Ponce o a Salvador Biondi, gestores de las primeras hazañas del club en los cincuenta. Tampoco a Daniel Escudero —goleador histórico—, quien se cansó de inflar redes en los sesenta y setenta. De Jorge Américo Spedaletti, “el Cordobés”, José Luis Ceballos o Sergio “Charola” González y aquel inolvidable equipo del 76, leí en añosas revistas Estadio que compraba en las ferias de antigüedades. Las historias del “Fantasma” Figueroa, Ivo Basay, Milton Melgar, Pedro Pablo Díaz o Edgardo Geoffroy, protagonistas del Everton de los ochenta y comienzos de los noventa, las oí por radio.

Dicen que uno es de Everton y de Viña del Mar. No es mi caso. Me encandilé de estos colores sin ser viñamarino. Soy de Villa Alemana. Y habitante de Santiago y su locura de cemento en los últimos años por culpa del trabajo. Eso sí, santiaguino jamás. No podría. La distancia, en todo caso, no nos ha podido separar. Al contrario.

Crecí escuchando historias de un Everton que en algún tiempo fue un equipo ganador. Lo mío es mucho más modesto, más sufrido, aunque no menos atesorado. En el 93 me encandilé con la “chilena” de Juan Carlos Kopriva. Fue mi primera vez en Sausalito. Tenía trece años. Me decepcioné con el descenso del 95 y aquel olvidable equipo de Marco Cornez, Walter Capozucchi y el brasileño Marcos Mendonca.

Me entusiasmaron los goles de Manuel Neira en el 96 y me emocioné con el equipo del “Pollo” Véliz en el 97. Alex Whiteley, Claudio Salinas, Raúl Palacios, Pablo Caballero y el “Banana”, Juan Salinas. ¡Qué equipazo! Qué poco les faltó para quedar en la historia grande del club. El mejor Everton que vi. No tengo ninguna duda.

Volvimos a creer en el 99. De la mano de Marcelo Fracchia, Rodrigo Riep y los goles del “Fantasmita”, Ariel Pereyra. Sufrimos, pero logramos el retorno a Primera. Duró apenas un año. Con el “Mortero” Aravena en el banco se nos rompió el corazón. No alcanzó con los regates del “Ratón”, Daniel Pérez, la calidad de Arturo Sanhueza y los goles del “Petrolero”, Mario Cáceres para salvar del hundimiento a un barco que estaba sentenciado tras una primera rueda olvidable. Fue el año en el que aprendimos que una buena pretemporada no indica nada. Por Dios, que nos vimos bien en el verano, creíamos que teníamos equipo para pelearle a los grandes. No pasó, por supuesto.

El “Lulo” Socías nos devolvió la alegría por allá por 2003, con un equipo que volaba en la cancha. Luis Avelino Ceballos —el hombre de Lota—, Marco Estrada, el “Chuky”, Daniel González, el uruguayo Marcelo Suárez y, otra vez, el “Fantasmita” Pereyra, nos pusieron de vuelta en el sitio donde siempre debemos estar. En Primera.

Pero fueron Nelson Acosta, Johnny Herrera, “Don” Jaime Riveros, Ezequiel Miralles y compañía los que nos hicieron tocar el cielo en 2008. Después de 32 años, Everton volvió a gritar campeón. Ya con Gustavo Dalsasso como estandarte y José Luis “Ribéry” Muñoz haciendo sus primeras apariciones, hicimos historia en Buenos Aires. Esa victoria en la cancha de Lanús fue la primera por Copa Libertadores en Argentina de un equipo chileno. Y no fue Colo-Colo, no fue la U, no fue la UC, ni fue Cobreloa. Fue Everton. Como diría el recordado Sergio Brotfeld: “Yo estuve ahí”. En la inolvidable y quizás irrepetible noche del 17 de marzo de 2009, en el estadio “La Fortaleza”, donde decían que a los equipos azules y con franja amarilla en el pecho no les iba bien.

La vida te da y te quita. En 2010 otra vez nos fuimos a la B. Sí, otra vez. Se hizo todo mal. Se armó un mal equipo y nos consumieron los delirios de grandeza. Estuvimos más preocupados de irnos de gira a Liverpool y Madrid, que de lo que realmente importaba. Bonito jugar contra el Everton inglés y el Real Madrid Castilla, en todo caso. Con el “Fantasma” Figueroa —ahora como deté—, Maximiliano Cerato, Gustavo Dalsasso y “Ribéry” Muñoz como referentes, jugamos un gran fútbol en 2011, pero de nuevo Rangers, tal como en el 97, nos dejó sin festejo. Doble afrenta que algún día tendrá su revancha. Estoy seguro. Más tarde, San Felipe rubricaría nuestra extensión en el ascenso por una temporada más en una liguilla de promoción a la que llegamos con el “olor de bencina en el estanque”. No estuvimos a la altura.

Fue en 2012, con Víctor Hugo Castañeda en el banco, que volvimos a Primera. Casi casi que sin merecerlo. Ese Everton obró un milagro. No jugábamos nada bien, pero nos metimos en una liguilla en la que inesperadamente nos supimos imponer a una Universidad de Concepción que a priori era superior. No eran buenos años y a mediados de 2014 volvimos a bajar. Ni el propio Castañeda, ni Omar Labruna, ni tampoco Nelson Acosta —de nuevo—, pudieron evitar el desastre. El tiempo pasa, pero Everton parece no aprender nunca de sus errores. Siempre lo mismo. Una y otra vez. Maldita sea.

Gustavo Dalsasso, nuestro último ídolo, nos juró que devolvería al club a Primera y lo hizo en 2016. Aún con Maxi Cerato y “Jota” Muñoz como estandartes, el equipo se impuso en una emocionante y sufrida definición a Deportes Puerto Montt, en el Chinquihue. Ya no éramos los mismos, eso sí. El nuevo Sausalito era una realidad y unos empresarios mexicanos compraron el club. Aquel pudo ser un año soñado. Llegamos a la final de la Copa Chile con “Vitamina” Sánchez en el banco, pero Colo-Colo, con Esteban Paredes a la cabeza, nos mató la ilusión.

En 2017 y 2018 volvimos a pasear nuestro nombre por el continente. Las copas sudamericanas contra Patriotas y Caracas nos devolvieron la ilusión de un Everton más grande. No pasó. Rápidamente volvimos a lo de siempre. En 2018, y también en 2019, estuvimos a un paso de descender. Nos salvamos de milagro. Javier Torrente lo hizo posible. Luego vendría la pandemia y el fútbol por televisión, que se parece al fútbol, pero que no es lo mismo.

Así es y será Everton. Va y viene, te ilusiona y te hace llorar. Te emociona y te destroza. Porque así es este amor. El amor de mi vida.

Feliz Navidad

Debe ser la fecha más esperada por los niños del mundo junto a su cumpleaños. Y si no lo es, como se suele decir en el fútbol, debe pegar en el palo. Es mi caso. La Navidad, aunque con el tiempo nos demos cuenta de que no es blanca por este lado del mundo, me relaja, me trae esperanzas y recuerdos. También regalos, por supuesto. Unos más inolvidables que otros. Algunos te marcan para toda la vida.

¿Quién no se acuerda cuando recibió su primera bicicleta? A mí primero me llegó un triciclo, pero cuando mi papá se dio cuenta de que lo usaba hasta para saltar prefirió hacer el gasto y comprarme una BMX. Era preciosa. Una Oxford aro 16 con un marco en tonos granates y azules metalizados. Amaba esa bicicleta. Para el pelotero estaba el balón de fútbol, el equipamiento del club de tus amores —aunque en los ochenta no era tan sencillo de encontrar como en la actualidad—. También recuerdo con cariño mi primer auto a control remoto. ¡No lo podía creer! Era un Fórmula Uno con los colores negros y dorados de la escudería Lotus, muy popular por esos años, aunque era un control remoto muy distinto a los de ahora, que son súper rápidos y recorren largas distancias. Era con un cable que salía del control al auto, así que había que andar detrás de él. Con los años quedó el auto, el cable y el control desaparecieron. Aún lo tengo en una cajita en la que guardo con cariño todos los juguetes que sobrevivieron a mi destrucción. No de malvado, sino que a todo niño le cuesta controlar sus emociones, fuerzas e impulsos con sus primeros autitos. Es natural, aunque doloroso ver que se destruyen.

Mentiría si diera una fecha, pero fue pocos días antes de la Navidad de 1993. Justo después de la ceremonia de clausura del año escolar de mi colegio de toda la vida, el Coeducacional de la ciudad de Quilpué y que quedaba en la céntrica intersección de las calles Thompson y Los Carrera. Nos invitaron a la casa de los Egaña Johnson. La tía Mónica y su marido, don Manuel, eran personas muy agradables. Nos querían mucho y nosotros a ellos.

Había pasado a Primero Medio. Una instancia importante en el tema educativo acá en Chile, porque marca el inicio de la recta final hacia la universidad, que es como el anhelo de todos los escolares en nuestro país. En buena medida porque creemos, quizás erradamente, que es la única forma de alcanzar el éxito. Después, en el camino, descubrimos que es una arista más, pero no la única ni la más importante.

Para qué vamos a estar con eufemismos, me había ido bien en el colegio ese año. Como casi siempre. Afortunadamente. No era exactamente un niño muy aplicado, pero tenía cierta facilidad. La tía Mónica, que no era en rigor mi tía, era en esos años una persona muy futbolera. Junto a su marido asistían con frecuencia al estadio Sausalito para ver los partidos de Everton. Si bien ellos eran hinchas de la Unión Española, vivían en la Quinta Región y el Sausalito siempre fue un estadio muy grato para ver fútbol.

Don Manuel era un tipazo. Vasco de origen, era hincha de la Real Sociedad porque su familia era de San Sebastián. Allá se crio y se forjó hasta que se vino a nuestro país hace ya muchísimos años. Siempre estaba atento a la suerte de “la Real”. Cuando no llegaban todos los partidos por televisión por cable y el internet no era tan accesible como es hoy, utilizaba una añosa radio de onda corta para poder captar emisoras españolas que le permitieran seguir los partidos. Hoy es muchísimo más sencillo. Si no está el partido en la TV, siempre habrá algún link por internet. Asunto solucionado.

Añoraba sus años en San Sebastián siguiendo al equipo blanquiazul. Me acuerdo de que tenía un libro de la historia de la Real Sociedad que se había traído en su último viaje a España. Mi señora, Pamela, consiguió que se lo autografiara Martín Lasarte, técnico uruguayo que unos años antes había tenido particular éxito dirigiendo a los vascos. De hecho, con Claudio Bravo en el arco, la Real Sociedad de Lasarte logró subir a Primera y hasta ganarle al Barcelona, como le gustaba alardear. A Chile llegó en 2012 para dirigir a la Católica —club en el que mi señora era la encargada de prensa—. Don Manuel quedó fascinado con aquel sencillo, pero simbólico regalo.

No sé cómo fue que pasó, pero pasó. La tía Mónica y su esposo me invitaron para ir con ellos al estadio. Al Sausalito. Imagínate lo que era eso, jamás había ido al estadio. A ninguno. Un día después de Navidad, jugarían Everton y Universidad de Chile por una de las últimas fechas del Torneo Nacional de Primera división del año 1993. No lo podía creer. Después de tanto tiempo, mi sueño de niño se haría realidad. Por fin.

No tengo idea de qué me habrán regalado para esa Navidad. A partir de ese día sólo me importaba una cosa. En verdad, dos: Everton y el Sausalito. Un lugar que con el tiempo pasaría a ser mi segundo hogar.

Yo ya era hincha de Everton. Al menos eso me gustaba decirle a todo el que me lo preguntara. Me sentía y me siento orgulloso de serlo, es como mi carta de presentación. Como quien dice, soy doctor, ingeniero, periodista, etc. Yo soy hincha de Everton. Qué mejor. No había ido nunca al estadio y apenas había visto un puñado de partidos por televisión. En esa época la radio era mi compañera de mis tardes de fútbol. Una a pilas, de plástico. De colores azul y amarillo, que me había regalado mi papá para una Navidad anterior. Soñaba con el día en que, por fin, pudiera conocer el Sausalito. Me lo imaginaba, nada más. Quería encontrarme cara a cara con el que ya sabía sería el amor de mi vida: Everton.

Mi amor por Everton era ese inocente, el que no sabe de resultados ni de reparos. A mí me gustaban los colores, no tenía ni la más remota idea de cómo era mi club en calidad. Yo amaba esos colores y decía que era mi equipo. No sabía a lo que me exponía. No me importaba tampoco. Soñaba con ir al estadio, comprarme mi primera banderita y moverla todo el partido. Eso soñaba. No tenía ni tan claro el concepto de ganar o la pena que significaban las derrotas. Aquello lo vamos aprendiendo con el tiempo y aunque duele, no te desencanta, pero sí te va cambiando las percepciones y las sensaciones a la hora de enfrentarte a un partido de fútbol. Un niño va a un partido con la alegría de ver a su equipo y no tiene esa conciencia de lo imposible que puede ser jugar contra rivales de mayor linaje, ni el miedo a perder la categoría. La inocencia, como en otros aspectos de la vida, eso sí se pierde rápido. Quizás más en mi caso. Mi primer encuentro con el fútbol fue llegando a la adolescencia. No alcancé a ser parte de aquella simpática tradición que por años perduró en el viejo Sausalito, en el que cientos de niños armaban interminables pichangas en la vieja pista de ciclismo, aun mientras se desarrollaban los partidos. Diría que muchos de esos chicos ni se enteraban realmente de lo que pasaba en la cancha de verde pasto, a ellos les importaba más su partido. El que se jugaba detrás de las rejas, ya fuera en Andes, Galería Cerro, Laguna o en la más espaciosa explanada que había en marquesina.

En casa no faltaba nada, pero tampoco sobraba. Había prioridades y el fútbol realmente no era una de ellas. Papá y mamá, ambos profesores, se sacaban la cresta para tenernos bien a mí y a mi hermana. Mi padre en algún minuto llegó a trabajar en tres colegios al mismo tiempo para que no nos faltara nada. Incluso estudiaba de noche para perfeccionarse.

A mi padre le gustaba —y le gusta— ver partidos por televisión. El problema es que en esa época la televisión abierta pasaba sólo a la Selección Nacional, los partidos de los equipos chilenos en la Copa Libertadores y una que otra cosa más. Está claro que Everton torneos internacionales no jugaba nunca. Con suerte nos salvábamos del descenso todos los años. Para ver otras cosas había que tener televisión por cable y eso no estaba al alcance de la economía hogareña. No se podía, nomás. Lo único que aparecía de mi querido equipo en televisión, eran los resúmenes de goles de cada domingo en las noticias de la noche. A mí me gustaba ver los que hacía Julio Martínez en Canal 13. Me acuerdo que existían el Zoom Deportivo en TVN los domingos en la noche y el Show de Goles