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Repensar el XIX. Miradas historiográficas desde el siglo XX reúne nueve textos dedicados a analizar la forma en que los historiadores del siglo XX elaboraron la historia del siglo XIX en México. Escritos por especialistas en diversas corrientes de la historia, los capítulos abordan los acontecimientos sociales, económicos y culturales más significativos de esta época. Uno de los objetivos de esta obra es dar cuenta de los distintos enfoques historiográficos, debates y posturas ideológicas predominantes en el siglo pasado, época que ha visto el nacimiento y la consolidación de la historia como una disciplina profesional en el país.
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Seitenzahl: 551
Veröffentlichungsjahr: 2017
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Biblioteca Mexicana
DIRECTOR: ENRIQUE FLORESCANOSERIE HISTORIA Y ANTROPOLOGÍA
Repensar el siglo XIX
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA CONSEJO NACIONAL PARA LA CULTURA Y LAS ARTES UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANA
Primera edición, 2015 Primera edición electrónica, 2017
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar
D. R. © 2015, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes Dirección General de Publicaciones Av. Reforma 175; 06500 México, D. F.
D. R. © 2015, Universidad Autónoma Metropolitana Prolongación Canal de Miramontes 3855, col. Ex Hacienda San Juan de Dios, Tlalpan, 14387, México, D. F.
D. R. © 2015, Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-5083-2 (ePub FCE)ISBN 978-607-74-5636-0 (ePub SC)
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo, Carlos Illades
Introducción, María Luna Argudín y María José Rhi Sausi
Cosas del siglo pasado. Los historiadores del siglo XX y la Reforma, Erika Pani
Tres momentos en la historiografía sobre el conflicto religioso de la Reforma, Pablo Mijangos y González
Lecturas posrevolucionarias de la desamortización comunal, Daniela Marino
Miradas contemporáneas: el Congreso mexicano del siglo XIX, Israel Arroyo
De la excepcionalidad a la regularidad: la mirada económica del siglo XIX, Antonio Ibarra y Mario Contreras Valdez
Las aristas del debate: en torno a la depresión del siglo XIX, Graciela Márquez
Inversión extranjera y minería. La reactivación de la producción de plata en el Guanajuato porfiriano, Óscar Sánchez Rangel
¿“Pan o palo”? Historias de desviación y control social, Diego Pulido Esteva
Miradas persistentes: el liberalismo, la Constitución y sus ciudadanos, María Luna Argudín
Bibliografía
Acerca de los autores
CARLOS ILLADES
No deja de ser interesante conocer cómo una época, con su particular horizonte de comprensión, concibió a la precedente; ejercicio que se complica aún más si el balance se realiza desde un tercer momento, provisto también de la inteligibilidad respectiva. En este caso, enfrentamos el reto de pensar desde el nuevo milenio cómo la historiografía del siglo XX trató de explicar, comprender o interpretar (de acuerdo con la postura epistemológica de cada autor) la conformación de México como nación independiente.
Cuando menos habrían de destacarse tres factores fundamentales que condicionaron la perspectiva histórica del siglo pasado: la Revolución mexicana, el surgimiento de la historiografía profesional y los paradigmas dominantes en el campo de las humanidades y las ciencias sociales. En lo que respecta al primero, no cabe duda que la revolución de 1910 creó una ideología bastante funcional dentro de la cual la historia tuvo un papel relevante en la legitimación del nuevo grupo en el poder, mostrando a la vez su oposición a la dictadura porfiriana y el reencuentro con los ancestro liberales en la difícil maniobra de hilvanar el relato nacional como un continuum, con esa desviación pasajera que fue el Porfiriato corregida por la fuerza de las armas. Desde sus respectivas trincheras, Jesús Reyes Heroles y Gastón García Cantú, uno reconstruyendo la genealogía liberal y el otro la estirpe conservadora, elaboraron exitosamente la visión histórica del nacionalismo revolucionario, mientras Daniel Cosío Villegas advirtió el extravío del curso liberal a cargo de la revolución hecha gobierno.
La profesionalización de la historia se remonta en México a la década de 1940, cuando la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional y El Colegio de México comenzaron a formar especialistas dentro de este campo, publicándose también revistas dedicadas a la disciplina. Para entonces, el historicismo y el empirismo respectivos dominaban la aproximación académica hacia el pasado nacional. Con la aparición de la revista Historia y Sociedad, a mediados de la década de los sesenta, el marxismo entraría al debate profesional de los historiadores. Las preguntas sobre el ser, el acontecimiento y el proceso, dieron especificidad a cada una de las corrientes, diferenciaron los enfoques (hermenéutico, factual, estructural), definieron los criterios de verdad y el propósito de la investigación (“el hombre y su circunstancia”, “la historia tal y como fue”, la articulación sui generis de los “modos de producción”), y distinguieron los productos (ensayo, rescate documental, etcétera), todo esto antes de que la monografía se impusiera como la forma óptima de dirigirse a un público lector formado también por especialistas.1
Poco antes que la profesionalización de la historiografía mexicana, y mucho después de haber llenado salas en los museos con las antigüedades americanas, las universidades estadunidenses y europeas crearon cátedras y formaron académicos expertos en temas mexicanos y latinoamericanos. La primera oleada después de la Revolución mexicana, y la segunda, más fuerte todavía, a consecuencia de la Revolución cubana que señaló la urgencia, sobre todo en los Estados Unidos, de explicar qué pasaba con unos vecinos tal vez distantes pero para nada ajenos a la gran potencia. Marcada por los tumultuosos sesenta, a esta segunda generación de mexicanistas debemos muchos de los clásicos que circulan todavía en un mercado editorial bastante complaciente con la banalidad intelectual.
La oferta académica, los recursos dedicados a la investigación y la masa de los conocimientos acumulados convocaron al revisionismo, esto es, el cuestionamiento del canon historiográfico por la vía de la reinterpretación, muchas veces basada en evidencia desconocida hasta entonces o en la emergencia de un paradigma nuevo; y también hacia la especialización. Con excepciones notables, el discurso historiográfico se descompuso en unidades menores, cada una sujeta a su propia lógica y temporalidad, mientras las síntesis generales devinieron en empresas cada vez menos atractivas para los expertos, pero muy interesantes para observar las tendencias dominantes dentro del campo historiográfico.
México su evolución social (1900-1902) fue la primera presentación temática de la historia nacional en una exposición a la medida de la nueva ciencia social, la cual corroboraba que el progreso porfiriano era una realidad. Justo Sierra, su director literario, previno a los lectores que este propósito únicamente se había logrado parcialmente, lo que hacía imposible por el momento presentar resultados exactos y mucho menos aventurar predicciones, pero ello no obstaba para considerarlos ciertos y útiles; “dado el grupo de fenómenos antecedentes que vamos a presentar en una serie organizada”, será posible describir “los fenómenos consecuentes con seguridad y acierto”. Todo esto suponía articularlos en conjuntos coherentes dentro de una exposición general, para lo cual se encargaron 16 ensayos a intelectuales y hombres públicos destacados. Colocada como línea maestra, la historia política corrió a cargo de Sierra. A pesar de que mantuvo la cautela inicial, en el sentido de no considerar su aproximación sociológica como definitiva, el director de la obra concluyó que los resultados, si bien provisionales, significaban un avance considerable para la comprensión del desenvolvimiento en el tiempo de la sociedad mexicana, “aun cuando las condiciones y razones íntimas y profundamente reales de esa evolución sean, por escasez de datos y de estudios, más conjeturales que verdaderamente conocidas”.2
En la parte final de la obra, donde se ocupó de la historia reciente, Sierra formularía toda una justificación de la dictadura de Díaz que, por lo menos, tenía la virtud de poseer un marco constitucional. El régimen, una “dictadura social” provista de “caracteres singulares”, había logrado reordenar la administración bajo “los procedimientos de la ciencia”, construir la infraestructura fundamental, reestructurar la deuda externa, desarrollar la economía, restablecer la concordia, unificar la nación, impulsar un proyecto educativo y, sobre todo, alcanzar la paz, la “tercera etapa de nuestra evolución social” (precedida por la Independencia y la Reforma).3
También con una pretensión científica —entendida la ciencia no como el positivismo decimonónico que buscaba patrones generales en el desarrollo de las sociedades sino como la investigación basada en fuentes primarias—, la monumental Historia moderna de México (1955-1972), dirigida por Daniel Cosío Villegas bajo el patrocinio de la Fundación Rockefeller, fue publicada en nueve volúmenes por Editorial Hermes. Dividida cronológicamente en República Restaurada y Porfiriato, los tres grandes temas que la organizan son la política (interna y exterior), la economía y la vida social, aunque estos últimos están subsumidos a la política, el eje articulador de la obra desarrollado por Cosío. Acaso esta recuperación del proceso de construcción del Estado fuerte, con la respectiva exégesis de la democracia durante la República Restaurada, se debiera a la pérdida del rumbo nacional que el economista e historiador advirtió en 1947: “la crisis proviene de que las metas de la revolución se han agotado, al grado que el término mismo de revolución carece de sentido”, en la medida en que había devenido en una suerte de neoporfirismo.4 La crítica, profunda y al mismo tiempo generosa, de José Revueltas, posiblemente empujara a Cosío Villegas —según aventuró Enrique Krauze— a responder desde una perspectiva histórica lo más amplia y documentadamente posible.5 No obstante las enormes diferencias entre ambas síntesis, tanto en el propósito político al que obedecieron como por el enfoque metodológico, tienen el rasgo común de colocar al Estado en el centro del proceso histórico, el locus donde confluyen las narrativas sobre la vida material, la estructuración social y el conflicto; incluso la factura liberal de la Historia moderna no la redimió de esta lógica. Con mucha menor repercusión dentro del campo historiográfico, México un pueblo en la historia (1981), coordinado por Enrique Semo, intentó en sus cuatro volúmenes cambiar al sujeto de la historia nacional, pasando de la omnipresencia estatal a un pueblo configurado desde tiempos remotos; y el enfoque analítico, insertando los hechos puntuales en procesos generales. Para el historiador búlgaro-mexicano, la historia sería científica siempre y cuando compartiera “los avances de otras disciplinas sociales, no porque se le adjudique el papel de ciencia ecuménica de las ciencias sociales, sino que éstas, por la naturaleza de su objeto, tienden inevitablemente a la unidad”.6
De acuerdo con el canon del siglo pasado, Repensar el siglo XIX indaga sobre la conformación de las instituciones públicas, los debates historiográficos respecto de la Reforma y del conflicto Iglesia-Estado, rastreando además la huella de la acción gubernamental a través de las políticas públicas, sean éstas económicas, agrarias, urbanas o el ubicuo “control social”. El resultado es un recuento ordenado de la historiografía sobre estos temas en donde destaca el nivel de especialización y el refinamiento metodológico alcanzado en las últimas décadas, particularmente en la historia económica. También este sugerente volumen coordinado por María Luna Argudín y María José Rhi Sausi hace evidente algunas de las ausencias y las posibles rutas de investigaciones futuras.
Erika Pani y Pablo Mijangos muestran cómo la Reforma y sus secuelas —la separación de la Iglesia y el Estado, la desamortización de la propiedad corporativa— han sido pensadas en tanto que resultado de la disputa entre liberales y conservadores y cómo se ha debilitado la convicción de que ese proceso tuviera un carácter necesario, modernizador y patriótico, amparado en un liberalismo intrínsecamente bueno y progresista. El maniqueísmo de la historia de bronce desdibujaba al bando conservador, obligando a Edmundo O’Gorman a convocar a la recuperación de ese antagonista que tan difícil fue de derrotar. Otro tanto ocurrió con la Iglesia, la cual no fue estudiada en toda su complejidad ni tampoco los vasos comunicantes que tenía con el liberalismo. Pero si deploramos los paisajes monocordes, quizá lo mismo habría que hacer para los núcleos políticos minoritarios (socialistas, entre otros) que también participaron en las disputas políticas e ideológicas del periodo.
Del proceso constitutivo del Estado mexicano en el que la Reforma significó un momento decisivo —tesis que todavía cuenta con el consenso de los especialistas— Repensar el siglo XIX se adentra en su andamiaje institucional en los textos de María Luna e Israel Arroyo. La primera ofrece una perspectiva general de la relación entre constitucionalismo y liberalismo, mientras que Arroyo sigue los avatares del congreso mexicano donde desnuda el anacronismo según el cual el ogro estatal devoró desde siempre a todo el cuerpo político (i.e. “la pirámide trunca de la mexicanidad”, “la presidencia imperial”, etc.). Los liberales, puestos en capilla en la sección anterior, vuelven por sus fueros al plantearse el problema del constitucionalismo y la división de poderes. De Emilio Rabasa a Charles Hale, pasando por Jesús Reyes Heroles y Daniel Cosío Villegas, el problema estuvo presente en la historiografía, aunque los estudios de José Antonio Aguilar Rivera y María Luna le han dado renovada actualidad.
Los siguientes capítulos se ocupan de la economía y de las políticas públicas en la materia. Antonio Ibarra y Mario Contreras Valdez realizan una revisión pormenorizada de la historiografía que va desde el ensayo sobre la hacienda pública, de Pablo Macedo, incorporado en México su evolución social; se detiene en la Historia moderna de México, con las colaboraciones de Francisco R. Calderón y Fernando Rosenzwaig; recupera los estudios de Luis Chávez Orozco y Robert A. Potash acerca de los orígenes de la industrialización, y resalta las contribuciones contemporáneas de Enrique Florescano, Carlos Marichal y John H. Coatsworth respecto de las crisis de subsistencia, la banca y la fiscalidad, y el estancamiento secular, respectivamente. El debate en torno de este último tema es esclarecido en sus aspectos técnicos y metodológicos en el capítulo a cargo de Graciela Márquez.
La intervención estatal en el ámbito social es el objeto del último segmento del libro. Daniela Merino recorre las interpretaciones posrevolucionarias de la desamortización de la propiedad comunal, constatando la perdurabilidad del argumento que asume la existencia de un derecho original de la nación sobre el suelo y las aguas que conforman su territorio, lo que fijó un límite jurídico a la propiedad privada antes de la reforma de 1992. Diego Pulido recorre la fantasía ilustrada de redimir a las clases menesterosas. Problemas viejos, no por eso menos actuales, que obligan a repensar el siglo XIX.
MARÍA LUNA ARGUDÍNy MARÍA JOSÉ RHI SAUSI
La república liberal y el Porfiriato marcan la entrada de México a la modernidad —afirmó Daniel Cosío Villegas—. Su innegable valor simbólico se refrenda en la escuela y en los libros de texto, con conmemoraciones y otras muchas manifestaciones culturales en las que se forja, al mismo tiempo que se expresa, la conciencia histórica. Pero la manera en que hoy nos asomamos a aquel pasado no es única y ha variado en el tiempo. Por esos motivos, las coordinadoras de este volumen convocamos a un grupo heterogéneo de historiadores para evaluar con muy diversos lentes las maneras en que ese periodo histórico ha sido representado y construido por el siglo XIX y los años que van del XXI.
En esta empresa colectiva quisimos destacar los ires y venires en la interpretación que el siglo XX complejo y cambiante tuvo sobre su referente histórico más cercano. Cada colaborador eligió su área de interés y el enfoque con el que abordaría su estudio historiográfico; apostamos todos a que habría intersecciones temáticas, de autores, de perspectivas y líneas interpretativas. En varias sesiones de seminario discutimos los trabajos y el resultado es un libro con profundas coincidencias, mayores que las que en un inicio sospechábamos. Cuatro deben destacarse. Primera, la unidad temática. Los colaboradores centraron sus miradas en la historiografía generada en torno a la construcción del Estado, su diseño institucional, las políticas públicas que desarrolló y las reacciones entusiastas o adversas de la población. Segunda, la renuncia a ofrecer un recuento exhaustivo sobre la hoy voluminosa producción histórica; a cambio, con ejemplos representativos se ilustran las grandes continuidades o rupturas en las líneas interpretativas. Tercera, cada uno de los textos aquí reunidos evidencia, de manera implícita o explícita, el diálogo permanente que los historiadores han establecido entre las preocupaciones e intereses vitales del presente y sus objetos de estudio. Así se registran profundos quiebres frente a las varias reorganizaciones que enfrentó el Estado mexicano, pero fundamentalmente frente a coyunturas específicas que significaron una toma de conciencia entre intelectuales y entre la comunidad académica. Cuarta, los autores aquí reunidos refieren a un proceso genéricamente conocido como la profesionalización de la historia, que debe entenderse en un sentido amplio: el entramado de la disciplina y las transformaciones en su soporte material, que ha permitido al quehacer de historiar un sostenido desarrollo pero también ha marcado características y límites definidos. Debemos advertir que las coordinadoras impusimos una condición a los colaboradores, su recuento, de ser posible, debía iniciar en el Porfiriato con el fin de establecer las grandes continuidades en las líneas interpretativas y los debidos contrastes con las tendencias actuales.
Creemos que para el lector no especializado pueden ser útiles las siguientes coordenadas mínimas para comprender las referencias que hacen los autores a un complejo entramado: el desarrollo de la disciplina, la relación dialógica que ha establecido el historiador con su presente, las interacciones entre las comunidades académicas locales, nacionales e internacionales y el soporte material e institucional en el que se desarrolló la producción histórica.
LA HISTORIA HECHA PROFESIÓN
Tras la lucha armada de 1910-1917 emerge una historiografía de la Revolución mexicana que reflejó las transformaciones del nuevo régimen. Éstas eran “el conflicto Iglesia y Estado, la reforma agraria y el indigenismo concomitante, la intensificación del nacionalismo y las dificultades consiguientes con los países extranjeros, en especial con los Estados Unidos”, según observó Robert Potash en 1961.1 Estas preocupaciones historiográficas fueron desarrolladas en el marco de un acelerado proceso de institucionalización, cuyo fin era encausar y consolidar las reformas políticas y sociales.
El estudio de la historia no escapó al proceso de institucionalización impulsada desde el Estado, pronto cambiarían radicalmente las condiciones de trabajo de sus cultores, pues si en el siglo XIX historiar comúnmente fue una labor solitaria que convocó a políticos, periodistas y literatos, la historia se convirtió en una profesión en el siglo XX.
La fundación del Instituto Panamericano de Geografía e Historia (1930), el Instituto de Investigaciones Estéticas (1935) y el de Históricas (1945),2 el Instituto Nacional de Antropología e Historia (1939)3 permitió laborar a los historiadores en ambientes que alentaban sus investigaciones. La llegada a México de los intelectuales españoles, víctimas de la guerra civil, favoreció la apertura de El Colegio de México (1940) como centro de investigación y enseñanza,4 la consolidación del Fondo de Cultura Económica (editorial fundada en 1934), que por primera vez traducía al español las obras de los grandes clásicos, y la organización de los estudios e investigaciones que se realizaban en la Universidad Nacional.5
El cambio en las condiciones de enunciación de los historiadores favoreció la paulatina organización del gremio a través de congresos y asociaciones, lo que a su vez estimuló el surgimiento de la historia regional escrita en los estados de la República.6 Propició también profundas transformaciones en los enfoques historiográficos. Los positivismos —en sus vertientes comtiana, darwiniana o evolucionista— se abandonaron como paradigma interpretativo, mismo que había dominado en el Porfiriato.7 En cambio, en la Escuela Nacional de Economía comenzó a cultivarse el enfoque marxista, que dio lugar a los primeros estudios de historia económica. En el campo de la interpretación liberal surgieron como caudillos culturales dos grandes intelectuales: Edmundo O’Gorman en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional y Daniel Cosío Villegas en El Colegio de México. Los católicos intransigentes encontraron su caudillo de la representación del pasado en el sacerdote Mariano Cuevas, quien posiblemente escribió su Historia de la Iglesia en México (1921-1928, en 5 vols.) en respuesta al conflicto cristero y posteriormente dio forma a una obra general con su Historia de la nación mexicana (1940).8
1947: EL DESENCANTO POLÍTICO
Con agudeza, Charles Hale observó que al mediar el decenio de 1940, México no sólo vivía la transición de la política pública desde el agrarismo a la industrialización urbana, sino también una “toma de conciencia” intelectual.9 En efecto, desde las más diversas disciplinas y corrientes epistémicas los intelectuales dieron respuesta a un profundo desencanto por el sistema político posrevolucionario con una apuesta cultural: profundizar en la definición de la identidad del mexicano para que desde su particularidad contribuyera a la cultura universal.
Pionero fue Samuel Ramos con El perfil del hombre y la cultura en México (1933).10 De esta vigorosa y larga línea de interpretación —que desarrolló varias vertientes— debe destacarse la colección México y lo mexicano, dirigida por Leopoldo Zea. Entre sus títulos destacan La X en la frente de Alfonso Reyes, En torno de la filosofía mexicana de José Gaos y “El mexicano del medio siglo” también de Samuel Ramos.11
El año 1947 parece abrir un parteaguas en la historiografía mexicana. Octavio Paz publicó El laberinto de la soledad, colección de ensayos que difundiría ampliamente la búsqueda identitaria señalada.12 Salió de la imprenta Crisis y porvenir de la ciencia histórica, en el que O’Gorman ofrece una propuesta madura del historicismo mexicano, mismo que hunde sus raíces en el existencialismo de Martin Heidegger, el debate humanista de Dilthey y el relativismo de José Ortega y Gasset para proponer una historia vitalista que respondiera directamente a los interrogantes del presente.13 En ese mismo año, Daniel Cosío Villegas afirmó que “las metas de la Revolución se han agotado”.
En Cosío, el desencanto político es evidente. En su ensayo “La crisis de México”,14 señaló que la democracia política, la justicia económica y social y la defensa de los intereses nacionales sobre los extranjeros estaban en duda. Una difundida creencia apuntaba que “la modernización económica que impulsaba el presidente Miguel Alemán había conducido a un ‘neoPorfiriato’ con falta de liderazgo político, el marchitamiento de las instituciones democráticas, una difundida corrupción y servilismo político”, las implicaciones eran graves: “México retrocedía en lugar de avanzar hacia las metas que la Revolución se propusiera alcanzar”.15 En busca de respuestas para el presente inmediato, don Daniel se volcó al estudio de la república liberal e iniciaría la Historia moderna de México, obra que marcó un hito en la historiografía mexicana, por lo que los diversos estudios que reúne este libro se refieren a ella.
En los promisorios años cincuenta y sesenta se vivió el “milagro mexicano” con un sostenido crecimiento económico y en el marco de una política cultural nacionalista, la historia ganó en reconocimiento social con la consolidación de las universidades e institutos y centros de investigación.16 En esos espacios se comenzaron a formar los historiadores profesionales, se acumularon y multiplicaron conocimientos. Ahí se editaban las obras, se organizaban coloquios y congresos, y se financiaron investigaciones de largo aliento.
En tres instituciones se concentró la mayor parte de los estudios históricos. El Colegio de México tuvo por principal actividad de investigación la Historia moderna de México, dirigida por Cosío Villegas. El Instituto Nacional de Antropología e Historia se focalizó en los estudios prehispánicos y de etnohistoria, así como en la preservación de los monumentos históricos. En la Universidad Nacional a través de varios de sus institutos y facultades se cultivaban todos los periodos históricos con variados enfoques. Conviene destacar uno en particular desarrollado en la Facultad de Filosofía y Letras, pues ilustra la búsqueda de la academia por integrar el cosmopolitismo y el nacionalismo, lo universal y lo particular. El transterrado filósofo José Gaos con sus enseñanzas historicistas propició la historia de las ideas, la historiografía que desarrollara Edmundo O’Gorman, entre otros, y el estudio de la cultura. Leopoldo Zea en su incesante búsqueda terminó por proponer una filosofía latinoamericana con América como conciencia (1953), América en la historia (1957) y El pensamiento latinoamericano (1965).
Al mediar los años sesenta, Enrique Florescano percibía que estaba por operarse un inminente cambio cualitativo producto de una novedosa historiografía extranjera. En otras palabras, se vivía una “internacionalización de las tendencias” en pugna con una tendencia nacionalista o tradicional que frenaba la innovación.17 Pese a las resistencias, se intensificó el intercambio entre colegas en encuentros académicos y de manera señalada, en las reuniones entre historiadores mexicanos y norteamericanos. Pero la mirada de la comunidad académica no sólo estaba puesta en la historiografía estadunidense sino también en la francesa, en particular en la Escuela de los Annales, en la que continuaron sus estudios doctorales egresados de El Colegio de México y de la Universidad Nacional, gracias a los esfuerzos de esas mismas instituciones. A su regreso a México, esos investigadores impulsaron la renovación en materia de historia económica y social e introdujeron el estudio de las mentalidades.
LA RUPTURA REVISIONISTA
La profesionalización de la historia propició el surgimiento del revisionismo18 como corriente historiográfica. Ésta inició al mediar los años sesenta y predominó en los siguientes dos decenios. Escribía una nueva generación de universitarios que exigió la ampliación de las libertades políticas y profundas transformaciones en el sistema, y que fue testigo —algunos incluso partícipes— del movimiento estudiantil de 1968 y del Jueves de Corpus de 1971. Ante la represión y los hechos sangrientos, la Revolución mexicana se convirtió en una auténtica pasión intelectual al comienzo de la década de 1970, pues los científicos sociales se volcaron a su estudio con el afán de entender los orígenes del Estado mexicano. A través de un permanente debate académico se inició —en palabras de Alvaro Matute— “una expropiación de parte de los historiadores que han comenzado a ver a la Revolución como algo sucedido en el tiempo a lo que es menester despejar de los agregados mitológicos que lo habían ocultado o distorsionado”.19
El revisionismo fue también un punto de encuentro para los científicos sociales que desde la multidisciplinariedad y con la aspiración a la interdisciplina aportaron teorías y metodologías a la historia. Al mediar el decenio de 1970 los cultores de Clío retomaron el estudio del Porfiriato para comprender plenamente los antecedentes de la Revolución.
Si durante las décadas precedentes en las comunidades académicas había dominado la mirada liberal, predominaba ahora el enfoque marxista en sus múltiples vertientes. Es posible que por eso la investigación histórica se orientara fundamentalmente al estudio de la estructura y política económicas. La mirada marxista favoreció también una mirada social que se preocupó por historiar a “los de abajo” inquiriendo por las formas de vida de los trabajadores rurales y urbanos. Un viejo tema retornó al centro de la investigación histórica: los procesos de individualización y privatización de la tierra y la resistencia campesina e indígena que desencadenaron.20 Los ensayos que forman este libro dan cuenta de los grandes avances y de las transformaciones en cada uno de estos ámbitos de investigación.
No obstante, el campo político entre 1960 y 1990 convocó a muy pocos historiadores. Enrique Florescano en El nuevo pasado mexicano (1991), revisión crítica de los estudios históricos, reconoció los trabajos de Josefina Vázquez y David Brading sobre el nacionalismo mexicano21 y los de Charles Hale, quien estudió el liberalismo bajo la perspectiva de la historia de las ideas.22
Muy variadas voces señalaron que los estudios históricos registraban una excesiva dispersión y especialización, por lo que eran urgentes nuevos esfuerzos de síntesis; en ese sentido debe destacarse el trabajo de Friedrich Katz, “La República Restaurada, 1867-1876”.23
ENTRE EL NACIONALISMO Y LA GLOBALIZACIÓN:ENCUENTRO DE MIRADAS
A fines del decenio de 1980, México vivió un acelerado tránsito de un arraigado modelo nacionalista y modernizador a la globalización, que desmanteló el sistema político posrevolucionario y cambió el modelo económico. En un inicio, el polarizado debate entre proteccionismo y libre empresa, entre igualdad social y libre iniciativa, nacionalismo y apertura al mundo occidental no pareció afectar gran cosa al gremio de los historiadores, cuya transformación fue gradual; pero todos los ensayos coinciden en que en el decenio de 1990 despertó una nueva sensibilidad en la historiografía.
Las reformas constitucionales bajo el gobierno de Carlos Salinas de Gortari sobre la relación del Estado con las iglesias y en materia agraria apuntaron a dos aspectos de gran valor simbólico. Por un lado, se levantaba la prohibición de la venta del ejido, su carácter inalienable había sido bandera de los gobiernos posrevolucionarios; por otro lado, se trastocaban las Leyes de Reforma, que habían establecido una serie de prohibiciones al culto externo, que ahora se levantaban trayendo consigo el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con el Vaticano, interrumpidas por casi un siglo y medio. Si los recuentos historiográficos insistentemente habían echado de menos los trabajos académicos que estudiaran a la Iglesia, a los feligreses y la visión de los conservadores, éstos comenzaron a emerger. Hoy en día se registra una creciente producción en torno a la religiosidad, al catolicismo social y a las instituciones eclesiásticas. Es posible que estemos ante una nueva sensibilidad que estudia un viejo tema: los procesos de “secularización”, mismos que revisa Pablo Mijangos en este volumen.
Mijangos retoma a Charles Hale para evaluar la historiografía en torno a la Reforma como un “mito unificador”, con su “inexorable” proceso de secularización en el siglo XIX mexicano. Hace un llamado, desde el rigor académico, a replantear el problema desde una necesaria ampliación de contextos y de referentes de comparación: las facultades del Estado para regular la vida institucional de la Iglesia católica, la visión nacionalista que ha permeado los análisis sobre la relación histórica entre Estado e Iglesia y el giro interpretativo que significó la historia cultural.
Erika Pani aborda la representación de la Reforma. Para ello, contrasta tres tendencias historiográficas: liberales, marxistas y católicos, dando voz a estos últimos que tradicionalmente habían quedado excluidos de la academia. Pani encuentra importantes coincidencias entre la producción historiográfica de mediados del siglo XX y la producida durante el Porfiriato, pues ambas concibieron a la Reforma como un proceso histórico resultado de un liberalismo progresista y patriótico. La escuela marxista problematizó la periodización tradicional, pero su principal aportación fue deconstruir a un actor al que comúnmente se le veía como homogéneo y unívoco: el pueblo.
María Luna Argudín revisa la historiografía liberal y académica sobre la piedra angular de la historia política del siglo XIX: el liberalismo, la Constitución y los ciudadanos. Como Pani, destaca la permanencia de tesis positivistas y sostiene que se pondrían en tela de juicio hasta el decenio de 1990. Con el cierre del milenio los historiadores comenzaron a estudiar la manera en que los ciudadanos y sectores populares se apropiaron y transformaron el liberalismo. El éxito del concepto de “ficción democrática” de François-Xavier Guerra, la nueva historia institucional desarrollada a partir de la década de 1990 y las transformaciones en el sistema electoral ampliaron el interés y la sensibilidad por la historia política de forma indudable.
Asociado al liberalismo y a la Constitución como problema historiográfico está la historia del Congreso de la Unión, que aborda Israel Arroyo. Desmonta el esquema explicativo en el que el abogado porfiriano Emilio Rabasa se erige como un referente central para las interpretaciones que los historiadores ofrecerán durante buena parte del siglo XX (hasta la década de 1980, momento en que el sistema político sufre una fuerte sacudida). El punto de quiebre es la propuesta historiográfica de Marcello Carmagnani, quien enfatizó el carácter dinámico del diseño de poderes públicos en México, rompiendo con la visión de que éstos habían sido sólo formales y “decorativos”.
El cambio en la normatividad por la cual el ejido perdió su carácter inalienable y el levantamiento indígena armado encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional en 1994, revivieron el interés por la historia agraria, la resistencia campesina e indígena a las modernizaciones decimonónicas y por la justicia y la criminalidad. No en balde el recuento que ofrece Daniela Marino inicia con la revisión de las posturas de los personajes reconocidos como teóricos de la Constitución de 1917 en materia de propiedad rural. Analiza el impacto que los planteamientos de Wistano Orozco y Andrés Molina Enríquez tuvieron no sólo en el diseño del marco normativo del periodo de la reconstrucción, sino en la historiografía de décadas posteriores. En este trabajo, como en otros presentes en este volumen, es notoria la importancia de la obra coordinada por Daniel Cosío Villegas en la década de 1950, quien, a partir de una crítica puntual a los regímenes de ese entonces, vio en el estudio del Porfiriato la posibilidad de comprender los orígenes del Estado mexicano. La crisis agrícola de la década de 1950, más el uso del término “neolatifundismo” a partir de las reformas constitucionales promovidas por Miguel Alemán, constituyeron el escenario propicio para reformular preguntas sobre la cuestión agraria, que consolidaría una nueva corriente historiográfica a partir de los años setenta.
Diego Pulido indica que la criminalidad y los mecanismos para contenerla formaron parte de las reconstrucciones históricas desde principios del siglo XX. Distingue tres momentos: la “apología porfirista”, donde el control de la criminalidad era visto como uno más de los logros de la pax porfiriana; un segundo momento en donde tal interpretación entra en crisis pero no es sustituida por otra; y un tercero, definido por la profesionalización de la historia y por la entrada a las comunidades académicas mexicanas de la historia social estadunidense. A partir de este tercer momento, se concibe como sustancial “pensar el crimen, la justicia y el castigo dentro de un proceso multidimensional”.
La trasmutación de la rectoría de Estado a la desregulación de éste, la venta de las empresas paraestatales, la integración del mercado mexicano al norteamericano con la firma del Tratado de Libre Comercio, la participación creciente en organismos internacionales como la ocde fueron aspectos que estuvieron en el centro del debate nacional y es probable que favorecieran el interés de jóvenes académicos por la historia económica del siglo XIX. Mario Contreras y Antonio Ibarra analizan los avances en esta materia, registran el uso de instrumentos estadísticos más sofisticados y el “eclipse de la historiografía francesa” y su sustitución por la norteamericana.24 Los autores reflexionan en torno a los factores que posibilitaron, en la década de los años setenta, un acercamiento riguroso a la historia económica y evalúan el papel que la internacionalización de la disciplina tuvo para profundizar y enriquecer la discusión historiográfica en esta materia.
Prueba de la impronta y de la estrecha comunicación entre la historiografía estadunidense y la mexicana es el ensayo de Graciela Márquez, que estudia los debates en torno a un indicador muy importante: el producto interno bruto. Para el abordaje histórico de este tema, cobra un papel de relevancia la producción sistemática de series de tiempo a partir de la década de 1940, en instituciones como la Dirección General de Estadística, el Banco de México y Nacional Financiera. Además de reconstruir las diversas maneras en que se ha abordado al PIB, Márquez recupera el debate sobre la prolongada depresión, para ello analiza las aportaciones de Richard y Linda Salvucci, Enrique Cárdenas y Ernest Sánchez Santiró.
Óscar Sánchez Rangel hace notar que “uno de los principales consensos historiográficos en torno a las transformaciones ocurridas durante el Porfiriato radica en el papel central que tuvo el capital extranjero para el impulso del crecimiento”. Reexaminando el centro minero de Guanajuato, da cuenta de las diversas posturas historiográficas que sobre este problema se han vertido a lo largo de los años, identifica los orígenes teóricos e ideológicos de las posturas críticas y explica el surgimiento de una visión que ha matizado estas interpretaciones, para advertir “una relación más positiva de lo que se ha sostenido entre las inversiones extranjeras en la minería y el desarrollo local”.
Como se dijo líneas arriba, la intención de este proyecto editorial fue dar cabida a las distintas interpretaciones que sobre la construcción y consolidación del Estado mexicano se esgrimieron durante el siglo XX y lo que va del siglo XXI. Nos interesaba conocer cómo habían impactado en el gremio de los historiadores los cambios sustanciales que el Estado mexicano experimentó durante ese arco de tiempo. El lector podrá percatarse de que esta preocupación está presente en todos los textos. Asimismo, los autores coinciden en que el desarrollo de la historia en México ha estado vinculado a las políticas estatales educativas e institucionales, que ofrecieron el soporte material. Fueron claves —según señalan los diversos ensayos— la creciente autonomía de la academia frente a los círculos de poder, la apertura de centros de investigación y de archivos públicos y privados. Dos momentos de internacionalización se distinguen claramente: el mediar de los años sesenta, que conduciría a las rupturas revisionistas, y 30 años después, que ha dado paso a nuevos abordajes.
EL GRAN PÚBLICO Y LA FORMACIÓN DE LOS MÁS JÓVENES
La profesionalización de la disciplina permitió una creciente autonomía de la comunidad académica frente al poder político, pero también —como ha señalado Enrique Florescano— despolitizó este campo del saber. Las instituciones se convirtieron en el principal centro de producción de normas de conocimiento y de prácticas de investigación que tendieron a uniformar el discurso del historiador y los géneros en los que se expresa, privilegiando los trabajos monográficos y los artículos especializados,25 lo que a su vez favoreció la difusión del conocimiento al interior de las comunidades académicas mediante revistas especializadas.26 En pocas palabras, a partir de los años sesenta, la historia fundamentalmente se ha escrito y publicado en las instituciones académicas y el público al que se dirige son los colegas, profesores, investigadores y jóvenes universitarios.
El gran costo de una historia cada día más especializada es la creciente distancia hacia el gran público. Preocupada por acercarse al lector, la comunidad académica ha ensayado diversas estrategias al elaborar historias generales,27 enciclopedias,28 y libros y revistas de divulgación.29 De gran y evidente impacto son los libros de texto30 y los medios masivos de comunicación, en los que ha descollado el polémico éxito comercial del historiador Enrique Krauze, quien a través de su editorial Clío (fundada en 1992) produce libros, videos y cientos de documentales históricos que se proyectan en la televisión abierta. Otro ejemplo de inserción exitosa en los medios de difusión masiva es la revista Relatos e historias en México, que inició su publicación en 2008 con un tiraje de 60 000 ejemplares, número nada desdeñable para una revista dedicada exclusivamente a temas históricos. Pese a estos esfuerzos, todavía es necesario encontrar un puente que conduzca al ávido público que, por ahora, consume mayoritariamente biografías e historias noveladas, frecuentemente escritas por periodistas e incluso por escritores improvisados.
La formación de historiadores ha sido procurada, como antaño, por el Estado. Desde el decenio de 1980, una sostenida política educativa a cargo del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) ha multiplicado y consolidado los programas académicos de posgrado mediante incentivos económicos, estableciendo criterios definidos a los que deben apegarse los centros de enseñanza. Los logros son elocuentes: baste señalar que la gran mayoría de los textos que han marcado giros en la interpretación histórica y que se revisan en este libro, en su origen fueron tesis doctorales elaboradas en los posgrados mexicanos. Pero en el último decenio, las orientaciones de Conacyt se han endurecido con el fin de incrementar la eficiencia terminal y acortar los tiempos de obtención de los grados. Desafortunadamente, ello ha impactado la calidad de las investigaciones, que tienden a ser cada vez más acotadas, sacrificando la profundidad que las había caracterizado en los decenios precedentes. Florescano, en El nuevo pasado mexicano, advertía ya estos efectos adversos, mismos que en los últimos 25 años se han profundizado.
Si bien se ha incrementado rápidamente el número de doctores en México, la fundación y expansión de las universidades y centros de investigación que habían sido sostenidas desde 1940 prácticamente se detuvieron en 1980, lo que dificulta la inserción laboral de los historiadores que completan su ciclo de formación escolarizada. A ello se añaden las poco exitosas políticas de renovación que ha seguido la mayoría de las instituciones, dando por resultado una cada vez más envejecida planta académica.
En paralelo, durante las décadas de 1980 y 1990, las instituciones, con el fin de impulsar la investigación, establecieron sistemas de incentivos y estímulos que sin duda han favorecido la escritura de artículos de investigación, pero que tienden a dificultar la conducción de investigaciones de largo aliento. Un nuevo factor amenaza también la calidad académica que tan laboriosamente se había construido: las políticas de internacionalización. Los diversos centros de enseñanza reaccionan ahora ante un nuevo indicador de dudosa consistencia metodológica: los rankings internacionales. Con estrategias ajenas a la naturaleza de la disciplina, los investigadores viven la presión de publicar en inglés y medir la calidad en términos de visibilidad e impacto.
Sólo nos resta agradecer a cada uno de los colaboradores su compromiso y paciencia para con este proyecto. Contar con sus participaciones en este volumen significó un enriquecimiento de enorme valía de los planteamientos con los que empezamos a idearlo en 2013. Su presencia significa también haber podido dar voz a diversas instituciones (El Colegio de México, la Universidad de Guanajuato, la Dirección de Estudios Históricos del Instituto Nacional de Antropología e Historia, la Universidad Nacional Autónoma de México, la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, la Escuela Nacional de Antropología e Historia, la Universidad Autónoma Metropolitana, el Centro de Investigación y Docencia Económicas y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla), lo que da una dimensión más profunda y significativa a la discusión propuesta en el volumen.
Sin el trabajo comprometido y acucioso de Rodrigo Carbajal Luna no hubiera sido posible preparar los manuscritos para su edición. Para él, nuestro profundo reconocimiento.
Por supuesto, al doctor Enrique Florescano, todo nuestro agradecimiento por el interés y decidido apoyo para llevar a buen puerto este proyecto editorial, así como a Bárbara Santana por las mismas razones. El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Fondo de Cultura Económica y la Universidad Autónoma Metropolitana hicieron posible que este volumen fuera publicado.
ERIKA PANI*
La invitación a “repensar el siglo XIX” a partir de las distintas interpretaciones que del primer siglo de vida independiente hicieron los historiadores del XX es atractiva por dos razones: en primer lugar, por la importancia del siglo XIX, como momento fundacional para aquellos historiadores —¿seguramente la mayoría, en este periodo?— que pensaban que hacer historia era escribir la biografía de la nación. En el caso mexicano, para construir esta historia fueron determinantes no sólo lo que aconteció en el XIX, sino su historiografía. Paradójicamente, la Revolución institucionalizada buscó proyectar su futuro sobre el mismo pasado que había legitimado al Antiguo Régimen derrocado. Así, los historiadores revolucionarios hicieron suya la trama del esforzado ascenso del liberalismo, limitándose a transformar en traición lo que los historiadores del Porfiriato habían descrito como la consolidación del orden liberal, excluyendo a Porfirio Díaz y a los suyos del panteón de los héroes para convertirlos en villanos.
En segundo lugar, se trata de un desafío interesante porque a lo largo del siglo XX se dieron transformaciones importantes en la forma en que se concebían el pasado y el quehacer de historiarlo, de los espacios en donde se cultivaba la historia y de los medios a través de los cuales se difundía el conocimiento histórico. En este ensayo me gustaría abordar las dos dimensiones de la construcción de la historiografía y de la disciplina, rastreando la forma en que los historiadores del siglo XX interpretaron lo que se había consagrado como uno de los hitos del pasado decimonónico: la Reforma, que con la Independencia y la Revolución representaba uno de los tres grandes momentos del pasado nacional.
Me interesa reconstruir la forma en que historiadores de distintas tendencias historiográficas —liberales, católicos, marxistas— interpretaron los procesos que, al mediar el siglo XIX, transformaron la legislación y la política del Estado mexicano. El contexto de esta historiografía fue la creciente profesionalización de la disciplina, marcada por la relación particular que, durante gran parte del siglo, tuvo la historia con el régimen político. Quisiera explorar cómo, en este entorno cambiante, tanto las posturas de los historiadores como la naturaleza del momento historiográfico dieron forma a las claves de lectura con las que se interpretó a la Reforma, erigiendo este periodo en el momento culminante de la batalla del liberalismo en ascenso, de la destrucción del orden tradicional y de procesos como la “secularización” o la “modernización”.
PATRIA, HISTORIA Y CIENCIA: PORFIRIANOSEN DISPUTA
Un estudio sobre la evolución de la mirada historiográfica a lo largo del siglo XX debe incluir a los historiadores del Porfiriato tardío. En contra de lo que podría suponerse, la producción historiográfica de estos años marcaría, bajo el signo del entusiasmo conmemorativo, de la polémica historiográfica y de la angustia que provocaba una crisis inminente, tanto las lecturas posteriores de la Reforma como las formas de hacer historia durante el resto del siglo. Primero, porque con el centenario del nacimiento del Benemérito de las Américas en 1906, y las suntuosas celebraciones previstas para 1910, el establishment porfiriano inauguró esa “tiranía de los aniversarios” que pautaría la producción histórica durante el siglo XX. Segundo, porque al calor del pleito que azuzara Francisco Bulnes, los historiadores del Porfiriato tardío también quisieron redefinir a la historia como disciplina, estableciendo sus prioridades, sus funciones y sus reglas. El desenlace de esta apasionada discusión estructuró, durante un tiempo largo, la forma en que se pensaba el estudio del pasado.
Como sucedería de nuevo en 1956-1957, en 1960, en 1976, y en 2010, en 1906 y 1910 el afán celebratorio, y los auspicios del gobierno elevaron sustancialmente la productividad de los historiadores y el interés que despertaban la Reforma y quien fuera consagrado como su gran artífice, Benito Juárez. Tres de las obras de referencia sobre el periodo, Sociología de la Reforma de Porfirio Parra, Juárez y la Reforma de Andrés Molina Enríquez y La constitución de 1857 y las leyes de Reforma en México. Estudio histórico-sociológico de Ricardo García Granados fueron reconocidas en el concurso para los mejores “estudios sociales de la Reforma” que convocara la Comisión Nacional del Centenario del Natalicio de Benito Juárez.1 Influyeron también, sin duda, en el tono triunfalista y grandilocuente de la literatura sobre el periodo.2
No es lo hagiográfico y ampuloso lo que distingue a la historiografía positivista de la que la había precedido, sino su trama evolucionista. En opinión de Justo Sierra, que coordinara la monumental obra conmemorativa México: su evolución social (1910), la historia debía dar cuenta del tránsito —turbulento, pero a final de cuentas “natural”— de los grupos humanos de un “estado” a otro superior. De este modo, el historiador identificó dos revoluciones en esta “evolución” de México, la de Independencia y la de Reforma. La segunda ponía cima a lo acometido por la primera: la emancipación de España en 1821; la abolición del régimen colonial 40 años después.3 En su esfuerzo por presentar un relato armónico y congruente, algo de trabajo costaría a don Justo —como sucedería también a muchos historiadores del siglo XX— hacer compatibles dos visiones contradictorias del liberalismo: la que lo describía como el ideario de combate de una minoría ilustrada y heroica, y la que lo pintaba como una ideología ampliamente compartida, bandera de la nación, y corolario inevitable del “progreso”. Sin sentirse particularmente cómodo, Sierra recurrió a la evolución como explicación: una versión del liberalismo había suplantado a la otra: “Lo que era una minoría al día siguiente de la invasión norteamericana, era la mayoría del país la víspera de la invasión francesa”.4
Como el Ángel de la Independencia y el gran canal del desagüe del Valle de México, México: su evolución social, “inventario monumental” de los “grandes progresos de la nación”, debía mostrar a ojos de propios y extraños los logros de una nación que había conquistado “la civilización”. De manera similar, los libros de García Granados, Molina Enríquez y Parra estuvieron permeados por la convicción de que la Reforma había sido una revolución necesaria, dentro de una concepción evolucionista de acontecer nacional, dividido en “ciclos”, “eras” o “estados”, y nunca mejor descrito que con metáforas anatómicas y organicistas. Es notable, sin embargo, que dentro del marco de un concurso oficial y de la ortodoxia positivista estos hombres pintaran una serie de imágenes complejas y tan distintas del proceso reformista.
De este modo, para Parra, médico, periodista y político, la Reforma no había sido un acontecimiento, sino un “conjunto coordinado y sistemado de acontecimientos […] la introducción simultánea de un conjunto de factores” que habían transformado la estructura social y el orden político, poniendo en circulación la riqueza acumulada, aboliendo las clases privilegiadas —clero y ejército— y facilitando la creación de la burguesía. No era “sofístico,” concluía, atribuir a la Reforma el “gran desarrollo” de aquellos elementos que constituían la riqueza y “adelanto” del país.5 Por su parte, García Granados describió a la Reforma como una época de “contrastes irreconciliables, utopías irrealizables, odios, crímenes, destrucción y sangre”, que había significado la transición entre un régimen “gastado y degenerado” y el ascenso de una nueva generación política, “emprendedora y vigorosa”. Había engendrado un estado superior de civilización, pues el perfeccionamiento social iba invariablemente acompañado de la “marcada tendencia por separar las ideas políticas de las religiosas”.6
Molina Enríquez fue quizá el más original de los tres. Inspirándose menos en las teorías sociológicas positivistas que en una peculiar concepción del papel de la raza en la historia, buscó trazar el ascenso del mestizo como artífice de una nacionalidad consolidada, que accedía al poder precisamente durante la Reforma. Si es insostenible su clasificación racial de la sociedad, en la que cada una estaba dotada con “distintos grados evolutivos”, su “dogma de fe” particular y una cuota establecida de “energía”, el esfuerzo de Molina Enríquez por vincular a distintos grupos sociales con una base material de intereses, constituida por la propiedad raíz, lo obligó, como historiador, a ir más allá del discurso y de las acciones bélicas. Así, a diferencia de sus colegas, Molina Enríquez no vio en la separación de la Iglesia y el Estado la obra trascendental de la Reforma, sino en las leyes de desamortización y nacionalización que convirtieron a los mestizos en “clase propietaria”.7
Tan evolucionista y positivista como sus premiados colegas era el historiador que provocó un gran revuelo con sus críticas acerbas a Juárez y al “liberalismo literario”, publicadas en 1905 y 1906. Los escritos de Francisco Bulnes levantaron furibundas reacciones y una escandalosa polémica historiográfica. Al esforzarse, con tono tremendista y pésima leche, por derribar al ídolo en el que la Historia Patria había convertido a Benito Juárez —ese “Boudah zapoteco y laico”—.
Por ser quien era, Bulnes no empezó por enunciar una nueva propuesta para los estudios históricos, sino por condenar la forma en que los practicaban sus colegas.8 Para que la historia dejara de ser “el trapaleo de la adulación, el repertorio de canciones de la orgía sin luces de los parásitos, la pierreuse de todos los condotieros de último orden”, el criterio que debía regir su escritura era la utilidad. La reconstrucción del pasado era útil sólo cuando marcaba “ el punto débil en una época, en una nación, en un hombre”.9 Bulnes quería que la historia diera cuenta razonada, proporcional y crítica del actuar de cada quien, que no ensalzara héroes, sino que compilara un aleccionador catálogo de errores, para revelar aquellas “generalizaciones que sirvan de enseñanza a los hombres de Estado y a los pueblos”.
Aunque su condena se dirigía más bien al tono adulador de mucha de la literatura conmemorativa, Bulnes compartía con sus cofrades más de lo que le hubiera gustado admitir. A pesar de alguna referencia piadosa a “nuestros padres los reformistas”,10 la identificación y descripción de aquellos elementos —las “ leyes”— que daban forma a la experiencia humana representaron un objetivo primordial también para Parra, García Granados y Molina Enríquez. El primero y el segundo buscaban revelar aquellas “complicadas y poco conocidas leyes que vienen determinando nuestro desarrollo político y social”. Molina Enríquez, por su parte, como se ha mencionado ya, ubicaba la clave del accionar humano en la intersección entre “medio físico, raza y momento histórico”.11
Así, la obra del polemista y sus detractores reflejaba un “cambio de paradigma” para el relato histórico, desprendiéndolo de “las artes liberales”.12 Dentro de esta reconfiguración de la historia se inscribía el esfuerzo de estos autores por llevar a la historia más allá, por desentrañar el sentido del acontecer por medio de la “sociología”, bajo el supuesto de que el comportamiento de los individuos y la historia social y política “podían ser pensados en términos de ciencia”.13
En una divergencia que tenía más que ver con la actitud que con una interpretación distinta, Bulnes consideraba que la disección del pasado debía producir una lista de equivocaciones que evitar, mientras que sus contendientes creían que la historia trazaba el camino ascendente de la civilización, poniendo en valor un legado que valía la pena no sólo conocer, sino recordar y celebrar. Así, en contra de lo que se alegaba con vehemencia del ingeniero Bulnes, se impuso el papel esencial de la historia dentro de la construcción de la Patria.
TIEMPOS DE REVOLUCIÓN, ¿HISTORIAS REVOLUCIONARIAS?
Sorprende mirar la producción historiográfica del ciclo conmemorativo 1957-1967 por lo mucho que la vincula con su antecedente porfiriano: la concepción del proceso histórico de la Reforma como esencialmente secularizador y modernizador, del liberalismo como “bueno”, progresista y patriótico, de su triunfo como a un tiempo afortunado e inevitable. ¿Podemos pensar que la práctica historiográfica no se vio trastocada por la convulsión revolucionaria, y que dos procesos centrales para la consolidación de la disciplina —la institucionalización y la internacionalización, iniciadas en la década de 1940— no significaron cambios profundos en las maneras en que se escribía y difundía la historia de la Reforma? Los objetivos que los historiadores porfirianos definieron como imprescindibles para su quehacer resultaron muy persistentes: los estudiosos del pasado tenían que ser, a un tiempo, científicos y forjadores de la nación. Durante gran parte del siglo XX, los historiadores publicaron y enseñaron, no siempre cómodamente, bajo estos dos imperativos, sobre todo cuando miraban hacia el primer siglo de vida nacional.
Puede argüirse que la disputa que enfrentó a indigenistas e hispanistas para definir si los mexicanos somos hijos de Cuauhtémoc o de Cortés, que ocupa un lugar predominante entre las querellas por el pasado mexicano, se resolvió —aunque Duverger no lo crea— por medio de la profesionalización.14 El periodo colonial, que había sido objeto de una historiografía erudita, conservadora e hispanista a finales del siglo XIX, fue también, a partir de la década de 1940, el campo privilegiado de una nueva historia académica que se quería sólidamente documentada y apolítica. Bajo el impulso de maestros como Rafael Altamira, José Miranda y de un joven y dinámico Silvio Zavala, esta labor historiográfica se centraría en las estructuras económicas y agrarias del periodo virreinal, en los sistemas laborales y de tributo, y en la construcción jurídica del mundo indiano.15 En cambio, la relación entre los primeros historiadores profesionales y la historiografía política del siglo XIX fue más ambigua: difícilmente podían rehuir de las acres polémicas que marcaban las visiones del siglo XIX, y porque los académicos siguieron haciendo historia para conmemorar las efemérides que al gobierno le interesaba celebrar.16 A decir de Luis González y González, la historia solicitada por el gobierno se hacía “sin pretextos ni excusas porque el gobierno [pagaba] por adelantado y [dictaminaba] quién [era] y quién no historiador patriota y revolucionario”.17
Los aniversarios patrios fueron, durante la segunda mitad del siglo, los que más influyeron en los índices de productividad historiográfica sobre ciertos temas de la política decimonónica.18 Tres de las obras más importantes sobre la Reforma, La constitución de 1857 y sus críticos de Daniel Cosío Villegas (1957), El liberalismo mexicano de Jesús Reyes Heroles (1957) y La supervivencia política novohispana de Edmundo O’Gorman (1969), están sólidamente inscritas dentro de la producción académica —aunque Reyes Heroles se hubiera desempeñado en cargos públicos como asesor de la Secretaría de Trabajo y de la Presidencia de la República—, pero tienen su origen en la celebración de un centenario.
Los tres volúmenes de Reyes Heroles, de impresionante amplitud y erudición, tuvieron como objetivo principal dotar al régimen de la revolución institucionalizada con un linaje prestigioso: el de un liberalismo heterodoxo y flexible, “absolutamente nacional”, democrático y popular, que se había adelantado a la Revolución, buscando dar solución al apremiante problema de la tierra.19 La afirmación de que “El Liberalismo Mexicano” había sido, además de social, agrarista, provocó la crítica de quienes no creían que esta corriente fuera ni tan excepcional ni tan congruente ni tan popular.20 Pero estas puntualizaciones no parecen haber hecho mucha mella. El influyente trabajo de Reyes Heroles consagró a la Reforma como el ya conocido proceso revolucionario, pero más adornado, más anotado y todavía más virtuoso.
Por su parte, Cosío Villegas subrayó las virtudes de la Constitución de 1857 y rescató la visión del mundo y de la política de dos de sus más lúcidos críticos, Justo Sierra y Emilio Rabasa, a los que evaluó como historiadores y no como políticos. Frente a las acusaciones de idealismo que tantos de los críticos del constituyente de 1856 achacaron a sus miembros, Cosío defendía el “elemento esencial” que debía tener toda ley fundamental: el no “decir simplemente como son las cosas, sino cómo deben ser, convirtiéndose así en meta ideal hasta la cual ha de levantarse el país si es capaz y digno de mejorar”.21 Pero si Cosío ponía de manifiesto y revaloraba muchos aspectos centrales y olvidados del liberalismo reformista, afirmaba por otra parte que mal actuaba quien buscara cambiar de enfoque o de trama al escribir la historia de la Reforma; el hablar del catolicismo de Juárez o sugerir que la Reforma no había sido “tan sólo un movimiento anticlerical” era sugerir que “la historia puede a su arbitrio llevar al primer plano las cosas que estaban en quinto, situar las del primero en el último, o escamotearlas de una vez, como en los actos de encantamiento o prestidigitación”.22
De esta forma, uno de los más connotados historiadores mexicanos del siglo XX, gran promotor de la institucionalización, profesionalización y difusión de las ciencias sociales en México, reelaboró el mismo relato moral de la Reforma que sus antecesores decimonónicos, fincado, como lo hizo notar Charles Hale al referirse a la obra más trascendental de Cosío, la Historida moderna de México, no sólo en el “impulso liberal” que lo movía, sino también en su rechazo visceral a la Iglesia y en una visión más bien anticuada —y aislada de los debates que renovaban la disciplina en otras latitudes— del quehacer historiográfico.23 Así, La Constitución problematizaba una cuestión de gran relevancia: la relación entre la “mala ley” y el mal gobierno, que Sierra y Rabasa asumían automática e inevitable. Sin embargo, la indagación de Cosío Villegas parecía estar motivada más por la decepción del hombre público que por la curiosidad del historiador. Condenó a Sierra y a Rabasa por no ofrecer sino “soluciones sencillas” como la reforma constitucional o el equilibrio entre poderes para “problemas complejos”, consciente —y frustrado— de que sus contemporáneos ni a eso llegaban.24
De esta forma, al cumplirse 100 años del triunfo de la República en 1867, la imagen de la Reforma como una revolución secularizadora, en primer lugar modernizadora, en segundo —aunque este término tuviera un sentido más bien vago— era más imponente y monolítica, al beneficiarse además de un aparato crítico más extenso. Los liberales de la Reforma habían sido no sólo bienintencionados sino atinados, no sólo progresistas dentro de las limitaciones de su tiempo, clase y doctrina, sino radicales. Por eso, quizá, el llamado de O’Gorman para que se rescatara del olvido a los conservadores, siquiera para dar “sustancia” al enemigo que tanto esfuerzo, ingenio y sangre había costado derrotar, cayó como el proverbial grito en un desierto historiográfico.25 Si no tenía caso estudiar a los vencidos —por malos, tontos e inconsecuentes— ¿se limitaba la historia a celebrar, con florituras cada vez más sofisticadas y eruditas, la misma crónica del liberalismo triunfante?
MARXISTAS Y CATÓLICOS: ¿HISTORIAS CONTESTATARIAS?
Este relato lineal y simplista de la Reforma empezó a desmontarse en momentos y espacios ajenos a los de una historia oficial que constituía al liberalismo decimonónico en linajudo antecesor de la Revolución institucionalizada. Para algunos historiadores los paradigmas del oficio y las interpretaciones que, sin confesarlo, habían heredado del Porfiriato parecían volverse contradictorios. En algunos casos porque la disección científica del pasado exigía el abandono de la oda patriótica; en otros porque estaban convencidos de que la historia de la “verdadera” nación mexicana era ajena —contraria incluso— al liberalismo. Así, para los primeros, en el breve interludio en que, en la estela de dos revoluciones, una guerra mundial y una crisis económica de proporciones inusitadas se creyó que las propuestas liberales estaban rebasadas, y se hizo posible pensar una historia distinta;26
