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Siempre al acecho de su presa, entre abordajes y naufragios, los corsarios surcaron los mares para, en nombre de reyes y señores, hacer y perder fortunas y vidas. En el libro Reyes del corso. Historia de los corsarios españoles, Vera Moya Sordo cuenta la historia de los corsarios españoles, desde el Medievo hasta bien entrado el siglo XIX, arrancando desde la Antigüedad y desde el oscuro origen de una actividad muy ligada y a menudo confundida con la piratería, cuando navegantes mercenarios se pusieron al servicio de las poleis griegas o de Roma y el derecho de guerra por represalia fue incorporado como una estrategia bélica más. En el Medievo, como vasallos de reinos como Castilla y Aragón, individuos o grupos de privados con permiso para armarse en cursum se dedicaron no solo a la captura de bajeles enemigos y a hacerse con sus codiciadas cargas, sino que se unieron a las escuadras de guerra en campañas militares y asedios a plazas fuertes, así como en las cruzadas contra los musulmanes. Ya en la Edad Moderna, los corsarios fueron una pieza clave para proyectar el dominio de la Monarquía Hispánica sobre el Mediterráneo y el Atlántico y dieron guerra sin tregua al turco, al inglés o al holandés. Fueron caballeros, comerciantes, marinos, soldados, armadores y empresarios, que navegaron por el Mediterráneo y el Atlántico. Instrumentos imprescindibles de la guerra, actuaron prácticamente en todos los conflictos bélicos que se desarrollaron en la mar. Un largo recorrido en el que, además, Reyes del corso pone voz a los protagonistas con el fin de conocer su vida, motivaciones, logros y derrotas y para comprender cómo los corsarios españoles fueron clave para la consolidación y defensa de un imperio.
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Seitenzahl: 983
Veröffentlichungsjahr: 2025
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Reyes del corso
Moya Sordo, Vera
Reyes del corso / Moya Sordo, Vera
Madrid: Desperta Ferro Ediciones, 2025 – 536 p., 16 de lám.: 23,5 cm – (Historia de España) – 1.ª ed.
D.L.: M-12300-2025
ISBN: 978-84-129810-7-0
94(460:7/8)
355.49
REYES DEL CORSO
Historia de los corsarios españoles
Vera Moya Sordo
© de esta edición:
Reyes del corso
Desperta Ferro Ediciones SLNE
Paseo del Prado, 12, 1.º derecha
28014 Madrid
www.despertaferro-ediciones.com
ISBN: 978-84-129846-6-8
Diseño y maquetación: Raúl Clavijo Hernández
Cartografía: Desperta Ferro Ediciones
Coordinación editorial: Mónica Santos de4l Hierro
Primera edición: julio 2025
Todas las imágenes del libro son de dominio público, salvo aquellas en las que se especifique otra fuente.
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Producción del ePub: booqlab
A Mari y Juan por su amorsin tiempo ni distancia.
A Julián por atravesar conmigolos cabos de Hornos.
A Pamplona por sus amigos,bares, calles y vistas.
Título
Créditos
Índice
Prefacio
1
EL BOTÍN DEL REY Y LA SOMBRA DEL CORSARIO
2
DE CABALLEROS Y PLEBEYOS
3
EXPLORADORES Y GUARDIANES DEL MAR OCÉANO
4
GUERRA SUPREMA. ESCUADRAS REALES Y CORSARIOS DE LOS AÑOS DORADOS
5
NAVEGANTES DE LA FORTUNA
6
CORSARIOS DE REYES Y REYES DEL MAR EN LA GUERRA DE SUCESIÓN
7
«MINISTROS DE CORSO» I. EL MILANÉS QUE HIZO SURGIR LA REAL ARMADA
8
«MINISTROS DE CORSO» II. DE SECRETOS, SANJUANISTAS Y MÁS CORSARIOS
9
EL PRINCIPIO DEL FIN: LA ERA DE LAS REVOLUCIONES
Epílogo.
Los últimos corsarios
Bibliografía
Cover
Índice
Start
Los corsarios suelen ser escurridizos. Confundidos casi siempre con piratas, más por destino que por voluntad, han sido condenados por el imaginario popular a pertenecer al mismo grupo de los bandidos de mar, de esos que no tienen ni ley ni dueño y que siempre se pierden en un paisaje cambiante esculpido por el viento. Pese a ello, entremezclados en las llanuras saladas de la oralidad, la costumbre y la literatura de aventuras, muchos han podido no solo sobrevivir al paso de los siglos, sino permanecer en la memoria de los libros, en cuentos, novelas y poemas, y también en imágenes pictóricas o cinematográficas, inmortalizados como seres de mirada viva y envidiada libertad y suerte, a veces capaces de indecible violencia y dispuestos a perderse en orgías de saqueo y destrucción.
Sin embargo, los verdaderos corsarios no eran piratas.
Fuera del ámbito imaginario de aquellos lobos de mar que navegaban por océanos que mueren en el horizonte, en la historia marítima tradicional escrita en España e Hispanoamérica desde el siglo XIX, y todavía a inicios de la siguiente centuria, hay que hacer un esfuerzo para buscarlos en medio de las grandes batallas navales, detrás del oscuro humo de los cañones, durante las obstrucciones a puertos o en los fieros abordajes de galeras y navíos que, si no se capturan, luego explotan o se van a pique. En esos innumerables relatos de enfrentamientos castrenses es raro hallarlos en primer plano. La mayoría de las veces apenas se les nombra en los preparativos de las escuadras o durante sus actuaciones, o ni siquiera aparecen cuando ahora sabemos que allí estuvieron. A veces su presencia se ocultaba o desdeñaba a propósito por quienes escribían la gran historia de la marina de guerra, aquella edificada sobre extraordinarias proezas militares. Se entiende que no hubiera lugar para ellos en el universo de héroes de bronce forjados en los inmutables ideales nacionalistas y triunfalistas, de los mártires catapultados en la cumbre de las hazañas bélicas. No obstante, la ceguera impidió que por mucho tiempo se comprendiera su existencia y desempeño fundamental en la guerra naval, me refiero a la que fue proyectada y desplegada por los reinos, los Estados y los imperios. En esta ingenua imperfección de la construcción histórica permanecieron por mucho tiempo como fuerzas menos visibles, no por ello menos presentes y, ciertamente, poderosas.
Enrique Otero Lana, uno de los principales estudiosos del corso español, era de la idea, allá por 1999 –que Magdalena de Pazzis Pi Corrales suscribió poco más de una década después– de que quizá la falta de interés general de los historiadores por los corsarios, sobre todo de los que se centraban en los acontecimientos militares, se debía a una especie de «convicción de que en España nunca existieron […] pues no cabían en el concepto de honor de los españoles»,1 en cambio, se identificaban como tales, de manera clásica y en supremacía, a ingleses y, en segundas filas, a franceses, holandeses e incluso portugueses. El mismo Fernández Duro, capitán de navío y escritor decimonónico de la historia de la Marina de Castilla, aseguraba que la opinión tradicional de la Corona era contraria al empleo del corso, puesto que lo consideraba un «medio de guerra abusivo e inmoral en la práctica».2 De haber sido cierto este pensar, a mi parecer «ingenuo», se entiende la indiferencia generalizada de la historiografía hacia el tema, pero si algún despistado aún duda de que en España existieron corsarios o afirma que fueron poco utilizados por el Estado, invito a echar un vistazo a los trabajos de los arriba mencionados historiadores, así como a los de de María Teresa Ferrer i Mallol, Manuel Lucena Salmoral, Ángel López Cantos, Manuel de Paz Sánchez, Daniel García Pulido, Ángel Dámaso Luis León y Agustín Rodríguez González, entre otros, que han estudiado en extenso y profundidad al corso y a los corsarios en diferentes lugares y épocas y han demostrado que su presencia fue constante y más que significativa en la historia de las fuerzas navales españolas.
Por ello, en sus obras y en una investigación propia me baso para escribir las siguientes páginas, en un intento por construir una historia de corsarios, de los que lo fueron bajo el auspicio de la Monarquía Hispánica y que comprenda su origen, dé seguimiento a su evolución y permanencia como estrategia imprescindible en la guerra internacional, hasta el momento en que las condiciones políticas de los Estados modernos, autoritarios y centralizados, y el avance de la tecnología naval de altos costes, auguraron el fin próximo de su existencia. La idea es dar una vuelta que no solo los mire como producto de una necesidad individual o regional, como el escudo protector de los litorales o los promotores del desarrollo económico de las sociedades marítimas a las que pertenecían, sino como un instrumento esencial del poder regio y su despliegue en la guerra naval internacional, hasta llegar a ser, incluso, figuras principales para la defensa de los territorios y las riquezas del imperio americano.
Concuerdo con Emilio Sola, no solo cuando dice que el corso era una manifestación «natural» de los pueblos marítimos, sino cuando afirma que se trataba de una verdadera guerra permanente.3 Desde los tiempos antiguos estuvo ahí. En el Mediterráneo, en las épocas de la oralidad, todavía oscuras para los ojos de los historiadores o de los arqueólogos, alcanzamos a percibir su sombra a bordo de las flotas de galeras cuyos encuentros de cascos bramaban con estruendoso furor en las batallas de las Guerras Médicas o la del Peloponeso. Lo vemos surgir mucho antes de la consolidación de las poleis griegas, como una variante de la entonces reconocida piratería, cuando ciertos grupos armados no solo servían a sus propios intereses, sino a los de reyes y señores de diversas ciudades del Levante oriental y occidental, quienes justificaban aquel acto de violencia legítima en los encuentros navales con sus rivales y perpetuaban el añejo derecho a obtener de ellos el botín de guerra.
Con el paso de los siglos, acabaron por emerger de la confusión del fondo y se apartaron de la piratería no tanto en la acción, sino en la forma jurídica, lo que marcaba la frontera entre lo legal y lo ilegal, hasta solidificar su figura al amparo de los reinos, condados y repúblicas del Mediterráneo occidental, esto incluía a itálicos y franceses, las provincias costeras del reino de Aragón, y más tarde en el Atlántico nororiental, a las de Castilla. Entonces, los vasallos eran llamados por sus señores y reyes a servir voluntariamente en sus contiendas marítimas o a llevar a cabo actos de represalia en su nombre. Por esos días, los nobles e hidalgos se ofrecían a organizar por su cuenta una armadilla y a alistarse como los jefes de aquellas cruzadas, mientras los patrones o comerciantes dueños de una galera o dos llegaban a acuerdos con los gobernadores de turno para cumplir con los periplos belicistas, a cambio de ciertos beneficios, entre ellos, una parte del preciado botín. Así, comenzamos a saber quiénes eran, con nombre y apellidos, y a veces un poco más, y los extraemos del anonimato para reconocer y destacar al actor que eligió esta forma de vida o fue llevado a ella por sus circunstancias.
Llegados a este punto, es posible rastrearlos en diversas modalidades de acuerdo con los mares, las sociedades y las necesidades de los tiempos. Solos o en flotillas, igual se les ve proliferar con patente y albedrío desde el Mediterráneo hasta el Cantábrico que cumpliendo objetivos regios como el patrullaje y la cacería de embarcaciones mercantes y de guerra enemigas por el canal de la Mancha o Gibraltar formando parte constitutiva de las llamadas guardas del Estrecho. También participaban en expediciones de desembarco y cabalgadas por villas costeras del ducado de Bretaña o Inglaterra o en el continente africano, directo al corazón de los territorios del Magreb o del dominio portugués de cara al Atlántico. No tardaron en enfilar su proa hacia el otro lado del Mar Océano en busca de nuevas rutas y al encuentro de inesperados mundos, para luego ser parte de las armadas de escolta de los galeones cargados de tesoros desde las Indias, donde, además, destacaron en la protección de los territorios y participaron, por medio del contrabando, en el estímulo de la incipiente economía colonial.
Su instrumentación en la guerra aumentó conforme se extendió el conflicto global. Si bien ya era evidente en la ofensiva castellana contra los moros infieles o en la que emprendían entre sí los reinos mediterráneos a lo largo de la Baja Edad Media, y empezó a formalizarse durante la dilatada y extenuante Guerra de Flandes y la perpetuación del combate al eterno enemigo berberisco. En esa época, en pleno amanecer del siglo XVII, todavía destacaban los nobles que invertían sus capitales y herencias en la organización del armado de flotillas de galeras y después de navíos para ir al frente con ganas de ensalzar su nombre y sus carreras militares, hacer méritos ante su rey o incrementar su poder o fortuna. Hacia el final de la guerra, cuando la Corona constituyó la Armada de Flandes, una escuadra real comandada por capitanes corsarios que actuaba junto con flotillas organizadas por particulares, fue cuando se establecieron los cimientos de la guerra de corso como política planificada y organizada por el Estado en colaboración con la iniciativa privada. También entonces, aunque existían desde siglos atrás, las asociaciones de corsarios adquirieron una mayor complejidad administrativa y legitimación hasta llegar a ser verdaderas empresas capitalistas. En este andar se fueron desvaneciendo los aristócratas en soliloquio y dieron paso a hábiles individuos para variar y combinar actividades en las que eran, a la vez, capitanes, armadores, comerciantes y contrabandistas. En el negocio incluso participaron oficiales militares y funcionarios, gobernadores y virreyes asociados con otras personas o grupos de interés que buscaron conformar compañías de corso y comercio de carácter oficial.
La Santa María fondeada en agosto de 1492. El buque insignia de Cristóbal Colón, de 23 metros de eslora y una tripulación de unos 45 hombres, se alza en el contraluz del amanecer y se observa con detalle la jarcia, en la que se han retratado marineros que se preparan para zarpar. Obra de Andries van Eertvelt, ca. 1607, Museo Marítimo Nacional, Londres.
En esta evolución, el corso público y privado se volvió un medio eficaz por el que los reyes y sus crecientes reinos podían proyectar poder militar. Se había consolidado su existencia como una forma lícita de guerra, configurada como una estrategia castrense con pies y cabeza, y se mantenía una clara noción de las repercusiones geopolíticas y económicas de su empleo en las contiendas entre los Estados beligerantes. De forma que, si se quería utilizar para vencer, se requería su debida planificación, organización y dirección. No bastaba con otorgar las licencias y aumentar la participación de armadores particulares con privilegios o exenciones, porque, en este libre albedrío, su actuación seguía siendo aislada y meramente local y aunque actuaran en grupos, la mayoría de las veces lo hacían de forma desorganizada, apartados de los parámetros deseados por la Corona para lograr resultados a largo plazo. Se trataba, pues, de hacer un esfuerzo por alinearlos a los intereses monárquicos y guiar sus operaciones, a la vez que justificar su despliegue en la llamada guerra justa y probar la legitimidad de su existencia en el ámbito de la contienda marítima internacional. En ello participaron todos los poderes occidentales que peleaban sus batallas en alta mar, los mismos que, para sostener su dominio naval, acudieron a la cooperación con sus sociedades o las de sus aliados.
Con el desarrollo del Estado moderno y absolutista de la mano de la expansión de la guerra global en el largo siglo XVIII, cuando los corsarios se volvieron máquinas de proyección del poder monárquico, se hizo más evidente que la colaboración servía para enriquecerse a costa de otros, para crear fuerzas que se sobrepusieran, para ejercer violencia, obligar, en definitiva, a garantizar la continuidad de un sistema a partir de la coerción. Aunque no se trata de simplificar con juicios meridianos las contradicciones de la historia, de condenar las estrategias de los Estados o imperios dominantes o la violencia de la guerra, ni de cuestionar las intenciones de los particulares y las sociedades para participar en ella, si bien es pertinente hacer las debidas reflexiones que permitan establecer una mejor comprensión de la complejidad del comportamiento humano, de sus causas y consecuencias. En ese sentido, la historia de corsarios que se narra a continuación es más la de la conquista de la voluntad independiente, en la que cada uno de los personajes o sus acciones partieron de sus propias motivaciones, fraguadas por contextos sociales, económicos y geopolíticos concretos y cuyos principios y finales, si bien nos enseñan mucho del exceso de ambición, de la codicia, la brutalidad, incluso de la traición o la envidia, también nos hablan del esfuerzo, el valor, la inteligencia, perseverancia, cooperación, adaptación y supervivencia.
Solo me resta dar las gracias a Rafael Torres, por la idea y el empuje para escribir acerca de este tema; a Javier Dávila, por su atenta lectura; y a la ayuda que recibí por parte del proyecto PCI2021-122071-2B, financiado por MCIN/AEI/10.13039. /501100011033 y por la Unión Europea «NextGenerationEU»/PRTR, junto con la Universidad de Navarra, Pamplona, para completar una estancia de investigación en el Archivo General de Simancas y, en general, para la elaboración de este libro.
1. Otero Lana, E., 2014 (1999); Pazzis Pi Corrales, M. de, 2012.
2. Fernández Duro, C., 1972 (1895-1903), vol. III, 341.
3. Sola, E., 1988, 17-18.
De eso ni te preocupas ni te cuidas. Además me amenazas con quitarme tú mismo el botín por el que mucho pené y que me dieron los hijos de los aqueos. Nunca tengo un botín igual al tuyo, cada vez que los aqueos saquean una bien habitada ciudadela de los troyanos. Sin embargo, la mayor parte de la impetuosa batalla son mis manos las que la soportan. Mas si llega el reparto, tu botín es mucho mayor, y yo, con un lote menudo, aunque grato, me voy a las naves, después de haberme agotado de combatir..
Aquiles, «de pies ligeros», Homero, Ilíada, Canto I.160-169
A casa, sí, regresemos con las naves, y dejemos a éste aquí mismo en Troya digerir el botín, para que así vea si nosotros contribuimos o no en algo con nuestra ayuda quien también ahora a Aquiles, varón muy superior a él, ha deshonrado y quitado el botín y lo retiene en su poder.
Tersites, «el hombre más indigno llegado al pie de Troya», Homero, Ilíada, Canto II.236-240.
El hombre ansioso de riquezas y pobre de espíritu no escucha estos razonamientos, y si los oye, piensa que debe burlarse de ellos y se lanza sin pudor por todas partes, como un animal salvaje, sobre todo lo que sea capaz de comer [...]. Está ciego y no ve el mal tan grande unido a cada uno de sus delitos, la impiedad que acompaña a sus latrocinios, impiedad que necesariamente debe arrastrar al delincuente mientras ande dando vueltas por la tierra y cuando regrese a las moradas subterráneas, en un viaje vergonzoso y miserable totalmente y en todas partes.
Platón, Cartas, VII.335b
Homero no se aburría. La epopeya de los más de 15 600 versos que componen la Ilíada narra la cólera del héroe Aquiles, un guerrero que protagonizó la Guerra de Troya, el conflicto que enfrentó a una coalición de ejércitos aqueos –como se llamaba a los griegos antiguos– con la ciudad anatolia de Troya, que se cree se emplazaba en algún lugar de la actual Turquía. Este asomo de incipiente literatura de Occidente –que se piensa es su superviviente más antiguo– escrito en el siglo VIII a. C. es, en realidad, una representación épica del enfrentamiento entre civilizaciones del mundo grecorromano que se desarrolló en torno a las cuencas del mar Mediterráneo y del mar Negro. Su importancia para el comienzo de esta historia es que pone de manifiesto la longevidad de los conflictos armados y en particular de la guerra naval. Porque en el trasfondo de este epitafio colectivo se halla siempre el mar, en el que, aunque fuera de nuestra mirada, ocurre parte de las acciones bélicas a la llegada y a la partida de los contingentes de galeras de los aqueos. Basta echar un vistazo al Canto II, un catálogo poético en el que se enumeran los 29 contingentes de la coalición dispuestos en 1186 «cóncavas naves» y se nombra cada caudillo y las regiones y ciudades principales que enviaban tropas. Asimismo, podemos encontrar de manera visible, y múltiples veces referido, el derecho que hoy aún conocemos como botín de guerra. Se habla de él con deseo, con envidia, con codicia, con cólera. Cólera, como la de Aquiles, quien, tras nueve años de lucha, decide dejar de pelear tras haberle sido arrebatado su trofeo de guerra más preciado: la sacerdotisa Briseida. Episodio que, además, revela la naturalidad del infame y lucrativo negocio del tráfico humano, ya desde entonces motivo de expediciones de saqueo entre, prácticamente, todos los pueblos colindantes a esos mares y más allá.
Comenzar hablando del botín de la guerra homérica en una historia de corsarios no debe parecer extraño. Es más una cuestión de necesidad, puesto que, como se verá enseguida, constituye el indicio más peregrino que se conoce de lo que supuso el principio y el fin de un mecanismo que, con los siglos, dio sentido al surgimiento del corso en Occidente. Toda guerra es costosa en términos materiales y humanos. No ha habido ni habrá reino, república o Estado que pueda llevarla a cabo por sus propias arcas. Se necesita la participación de voluntarios –llámense empresarios o mercenarios– o bien de forzados a los que, como fuere, habrá que incentivar o levantar el ánimo para que colaboren desde su organización o puesta en marcha hasta el final, sea esta cual sea. He ahí que el botín es el leitmotiv en toda historia bélica, el que sacia la sed de los combatientes que, a su paso, van tomando cosas y personas en pago por su servicio y sacrificios. Ahora sabemos que en tiempos del misterioso aedo llamado Homero era común y podemos decir que legítimo, algo que también se percibe en su Odisea: «Ávidos de ganancias y curiosos iban los griegos a las regiones más lejanas. Y Ulises era el prototipo de esos aventureros, mitad piratas, mitad traficantes, osados y arteros».1 Aquel acto se justificaba en el derecho natural griego, que, en este particular, implicaba la libertad que tenía un Estado en conflicto de privar a un enemigo de sus posesiones durante los asaltos y batallas. En un sentido práctico, este proceder se perpetraba para reparar los gastos bélicos a partir de la distribución del botín como recompensa. De ello sabemos por otras historias.
Despojados del mito, la memoria en los libros de carácter más histórico, no obstante aún en el derrotero de lo simbólico y dramático, desde la Historia de la Guerra del Peloponeso de Tucídides, las Historias de Heródoto y las Helénicas de Jenofonte (siglo V a. C.), pasando por la gran Anábasis de Alejandro Magno de Flavio Arriano (II d. C.), hasta la Historia de Roma desde su fundación de Tito Livio (59 a. C.-17 d. C), refieren, entre alianzas, estrategias, sacrificios, batallas y derramamientos de sangre, el modo heterogéneo que tenían aquellos pueblos para hacerse con los bienes ajenos tanto con justicia como con exceso.2 Sin embargo, más allá de la narrativa militar entusiasta, fueron los romanos los primeros en esclarecer los motivos de este derecho en su legislación, el cual se sustentaba en la razón de que durante un conflicto bélico quedaba interrumpido el derecho al dominio y la propiedad. En este sentido, los patrimonios incautados eran considerados res nullius, «cosa de nadie», como se designaba a todo aquello que no pertenecía a ninguna persona. Los romanos, en las fronteras de un nuevo milenio, regocijados en su poder militar y en las posibilidades de su expansión territorial futura, pensaban en términos de ocupación y de hacer suyos bienes materiales confiscados a su paso de acuerdo con el denominado derecho de gentes, que era como se regulaba las relaciones entre los ciudadanos romanos y los extranjeros.3
Kylix de cerámica negra ática que representa a Dionisio navegando entre delfines. Atribuido a Exekias, Atenas, ca. 540-530 a. C., hallado en Vulci, Viterbo. Staatliche Antikensammlungen, Múnich.
La atribución de tomar lo ajeno se hacía tanto por tierra como por mar y, con frecuencia, en medio de conflictos a gran escala. En cuanto a los individuos o grupos armados que incursionaban en barcos para atacar y obtener un botín de manera legítima, tal parece que todavía no se les designaba con un nombre, o quizá sí… Podría aventurar que la primera palabra que le dio vida a estos hombres fue «piratas». Me explico. Los griegos, mucho antes que los romanos, reconocían en su lengua el acto del robo, así, sin más, llevado a cabo por los peiratēs (πειρατής),4 cuyo término, en el sentido originario del griego, aludía al acto de atacar o arriesgar para obtener algo, sin importar si se hacía por suelo firme o sobre las aguas. Lo sabemos por los poemas homéricos, en cuyos trazos, por momentos, es imposible diferenciarlos de los «héroes», siempre deseosos de amasar botines y alcanzar prestigio en el escenario de la guerra predatoria. Los mismos que luego, arrastrados por la codicia, van sembrando tragedia a su paso y que el poeta, como juez moral de sus acciones, en desaprobación castiga con el sufrimiento y la inevitabilidad de su deshonra.
¿Quiénes eran estos peiratēs de la sociedad homérica? No lo sabemos bien. No podemos hallar sus nombres, lugares de nacimiento y mucho menos sus memorias de vida. Para este primer amanecer de la historia, más que individuos bien definidos, lo que percibimos son grupos o a veces pueblos. Puede incluso que su presencia en aguas del Mediterráneo fuera todavía más remota y viniera de otras regiones. Algunos arqueólogos refieren que unas tablillas escritas por un antiguo rey de Babilonia –las Cartas de Amarna– al faraón Amenhotep III o a Akenatón en torno a 1350 a. C. mencionan como saqueadores de barcos y ciudades a dos grupos específicos: los Lukka, al parecer gentes del sur del Asia Menor; y los Shirdana, uno de los llamados «pueblos del mar» aludidos en los textos faraónicos grabados en piedra. Como sea, ni siquiera es fácil determinar con seguridad qué los movía a asaltar embarcaciones o poblaciones y en qué casos se consideraba legal o no. Se puede inferir que, al igual que los salteadores de caminos, vieron la posibilidad de tomar los bienes que circulaban por las rutas marítimas al ser habitantes de villas costeras. Es probable que algunos empezaran robando por tierra y que más tarde ampliaran el campo de oportunidades al mar, o bien al revés, que asaltos marítimos siguieran a los de poblaciones en la orilla.
En esta época oscura solo alcanzamos a reconocer algunos de sus lugares de reunión, que, justamente, también solían ser núcleos de venta de esclavos: Creta, Cilicia, Delos. Lo cierto es que tanto griegos o persas como los propios egipcios de siglos después empezaron a ser comunidades que podían resultar útiles para los fines de sus gobernantes. Por ejemplo, se dice comúnmente que un tal Polícrates, tirano de la isla de Samos, en el Egeo, era un pirata del siglo VI a. C. y que, además, fue «el primero en la historia». Aunque por las pocas referencias que tenemos de él, principalmente por Heródoto, más bien vemos que es un gobernante, como muchos de su tiempo, que incrementó su flota con mercenarios y piratas, a los cuales enviaba contra sus enemigos. En el tránsito a las crónicas del periodo clásico (500-330 a. C.) todavía escasea la luz que permita aclarar cuándo acometían estos piratas actividades propias y válidas de la guerra, cómo las conducidas por la represalia tras alguna injuria, y cuándo eran empujados solo por el afán de pillaje. Aquí es fácil confundirse entre una profusión de acciones que al tiempo que parecen legítimas suponemos indebidas. La ambigüedad del quehacer del pirata se pierde en los retazos de relatos de batallas, asaltos y botines de uno u otro bando, lo que dificulta determinar o siquiera aproximarse a la delgada línea que marca la frontera entre la guerra legítima y la piratería. No obstante, como cree Philip de Souza, en realidad es una cuestión de percepción: cualquier actividad que un aristócrata consciente de su estatus sintiera que lo hacía merecedor del título de rey, como el robo en alta mar, podría hacerlo parecer a ojos de sus víctimas como un vil saqueador.5
Con Tucídides, prestigioso militar e historiador ateniense con intenciones de destacar la plenitud de la capital griega, la incertidumbre comenzó a menguar. En su relato de la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.) refiere que las antiguas colonizaciones griegas, que los especialistas fechan en el periodo del Minoico Medio, más o menos de 2100 a 1950 a. C., fueron el resultado de incursiones de comercio y piratería y que, después, el rey Minos creó una armada de poderosas trirremes –galeras de tres remos– para «limpiar» el mar Egeo de aquellos bandidos y es posible que con ello «mejorar sus ingresos».6 Su historia posiciona al legendario «señor de los mares» en su dignidad regia como custodio, dispuesto a poner orden al exceso de tales incursiones y de tomar el poder marítimo entre sus manos. En efecto, el hecho, aunque fundado en el mito, participa en la alegoría de la construcción del emergente poder estatal griego, las poleis, que, de ahora en adelante, se encargarían de organizar de forma diferente las reglas de la guerra y del comercio por mar, limitando los efectos negativos de la piratería en las rutas de navegación de las galeras y en las poblaciones colindantes.
Minos juzga en el infierno a los pecadores. Grabado de Gustave Doré para el «Infierno» de la Divina comedia de Dante, lámina XIII, Canto V, línea 4, 1860.
En este punto hago una pausa para tratar de imaginar cómo serían esos encuentros bélicos entre las flotas de trirremes de las ciudades-Estado y las de los piratas. Por desgracia, nos faltan descripciones que nos ayuden en el intento. Pero me atrevo a sugerir que tal vez no fueran muy distintas, en cuanto a tácticas, de otras batallas navales de su tiempo, como las legendarias de Artemisio y Salamina, narradas por Heródoto, acontecidas en el transcurso de la Segunda Guerra Médica (480-478 a. C.) durante la invasión de Grecia por los contingentes persas del rey aqueménida Jerjes I. Si bien en ningún momento menciona que los piratas fueran parte de las fuerzas navales persas, destaca que, en ambos enfrentamientos, parte de las flotas fueron comandadas por una mujer, Artemisia I de Caria, reconocida renegada de sus orígenes griegos. Por su condición de rebelde, a la vez que líder naval de los enemigos, me pregunto si los griegos no la consideraron precisamente una pirata, como se dice de aquel médico Tésalo, hijo de Hipócrates, que, con posterioridad, la describió con desprecio como una traidora intrigante y una pirata sin escrúpulos. Por ello, siguiendo a esta figura y la breve mención que el padre de la historia hace de su desempeño en Salamina –en la que participó al mando de cinco galeras– sabemos que cuando, en cierto momento, la cóncava nave de esta guerrera al hallarse acosada por una ateniense sin posibilidad de librarse, cercada, a la vez, por otras galeras persas que le cerraban el paso con torpeza, decidió embestir con arrojo a una de ellas hasta hundirla. Heródoto explica que, con ello, pretendía confundir a los griegos para que pensaran que la suya se trataba de una embarcación aliada. Sea como fuere, pese a que al final la batalla fue perdida, asegura que, en algún momento, Jerjes exclamó: «¡Mis hombres se han convertido en mujeres y mis mujeres en hombres!».
Para hacer volar aún más la fantasía de todo esto, recientemente, el escritor e ilustrador Frank Miller, autor de la novela gráfica 3007 –adaptada en 2007 a la pantalla cinematográfica con el mismo nombre y dirigida por Zack Snyder–, ilustró esta y otras batallas en la novela gráfica Xerxes. La caída de la casa de Darío y el ascenso de Alejandro, del que se sustrajo la precuela cinematográfica: 300. El origen de un imperio, dirigida por Noam Murro en 2014. Aunque esta última película presenta un universo conjugado entre los trazos noir del cómic de Miller y los encuadres y acercamientos de la cámara de Murro, aderezados con efectos especiales, brinda, con cierta precisión histórica y un inmenso detalle que, por instantes, escapa a nuestros ojos, el despliegue de estrategias castrenses entre las fuerzas comandadas por el general griego Temístocles y las de Artemisia. El escenario de la trama es un mar exageradamente encolerizado en el que se mezclan violentas arremetidas entre trirremes, hasta arrastrar a algunos y hacerlos encallar entre las rocas; derramamientos de una negra sustancia al mar que suponemos alquitrán, flechas incendiarias y buzos que se aproximan con antorchas suicidas y que hacen estallar en mil pedazos las galeras de cualquier bando; seguidos de más encuentros de proas, las cuales embisten con el mascarón de hierro o bronce el casco de las naves que, heridas, se hunden, mientras que en la cubierta de las que sobreviven se suceden abordajes decisivos y escaramuzas sangrientas.
Lejos de las fantasiosas batallas y de cómo se produjeran los encuentros reales en alta mar, lo cierto es que, en tiempos de los florecientes historiadores atenienses, el bandidaje marítimo adquirió mayor pujanza. Entre los restos de la ciudad de Teos, en la costa de Asia Menor, recientemente se ha descubierto una inscripción datada alrededor del año 470 a. C. que detalla, además de las maldiciones que habían de pronunciarse por la traición de la comunidad hacia su magistrado local, la aplicación de la pena de muerte para quien cometiera o protegiera actos de delincuencia o piratería. Mientras que otro epígrafe de 450 a. C registra el acuerdo entre dos poleis, Eantea y Caleo, por el que, al parecer, se restringían dichas costumbres a las afueras de sus puertos, donde las capturas por represalia eran consideradas legales. La presencia de estos singulares mercenarios estaba lejos de suprimirse. Sus huellas prevalecen en otras inscripciones en muros y objetos pertenecientes a antiguos asentamientos griegos en el corazón del Egeo, datados en el siglo III a. C. Como aquellas piedras que alzan los monumentos fúnebres de la isla de Rodas y anuncian los nombres de valientes oficiales que pelearon contra piratas tirrenos –unos no griegos– provenientes de la península itálica. Otra inscripción es la hallada entre los vestigios de una antigua fortaleza y santuario en Ramnunte, en la costa del Ática, en honor de Epicares, elegido como strategos o general militar responsable de la defensa costera durante el arcontado de Peitidemo (270-260 a. C.). En ella se menciona un intercambio de prisioneros capturados por peíratai (πεῖραται) introducidos en la región por gente de Atenas, a los cuales el general arrestó y castigó. También en Ática, otra inscripción refiere al strategos del puerto del Pireo, Heráclito de Atmono –que estaba al servicio del rey macedonio Antígono II Gónatas–, que fuera el protector de Salamina de los ataques de peíratai dirigidos desde Epilipmnion. Un último epígrafe, esta vez en la isla de Amorgos, describe una incursión nocturna hecha por unos peiratón (πειρατών) en la que capturaron a varios de los pobladores, tras lo cual se negoció con su capitán la liberación de uno de ellos.8
Como otra mucha información del mundo antiguo, el significado de todo aquello se nos escurre como arena entre los dedos. Y, aunque los expertos en estudios clásicos todavía discuten el uso literario y epigráfico de peiratēs, peíratai o peiratón en estas fuentes germinales,9 la mayoría coincide en que tenían una connotación peyorativa. Sin embargo, es lógico pensar que, con frecuencia, estos depredadores seguían colaborando de manera legítima e ilegítima como mercenarios navales en acuerdos con señores o ciudades durante sus contiendas. Al tratarse de violencia legítima como parte de un acto bélico declarado, se justificaba como una acción premeditada por un Estado con motivaciones políticas.10 David Potter sostiene que a los peiratēs de los que habla el historiador militar Jerónimo de Cardia (354-250 a. C) –y después también Diodoro Sículo (I a. C.)–, que conformaron las fuerzas de Demetrio Poliorcetes en el sitio de Rodas en el año 305 a. C, se les consideraba algo así como «mercenarios especiales comprometidos en una actividad empresarial respetuosa».11 Para algunos de sus contemporáneos, el vínculo natural entre piratería y guerra era indiscutible y conveniente. Ahí tenemos a Demóstenes y Aristóteles, el primero con la afirmación de que la piratería era la forma más originaria de guerra, ya que era la más directa de financiar por medio del botín; y el segundo al contemplarla como una forma de adquisición natural en el mismo rango que la agricultura, la pesca, la caza o la ganadería.12 Como medio para hacerse con bienes y prestigio, sin duda, desempeñó un papel importante en la estructura económica de las sociedades que lo llevaban a cabo, pues incentivaba el desarrollo del comercio y, por tanto, de la aristocracia que, en medio de conflictos y durante las treguas, se enriqueció al estimular el tradicional negocio de la esclavitud y el tráfico de armas.
Es probable que la imagen negativa del peiratē, relegado a las fronteras del nuevo mundo de Atenas y Alejandro Magno, allí donde se hallaban los bárbaros sin organización política, se estableció de forma gradual nutrida por la percepción de influyentes historiadores, como Tucídides, y generalizada por los posteriores sabios cronistas helenísticos encargados de la escritura de sus tiempos; y al paso de los siglos, de sus lectores y reinterpretes. De esta forma, sucede que el historiador Polibio de Megalópolis, a mediados del siglo II a. C., señaló como peíratai tanto a un tal Dorímaco y su pandilla de bandidos provenientes de la montañosa zona de Etolia, como a los miembros de una flotilla de barcos piratas perseguidos por los romanos durante la guerra con Antíoco en el año 190 a. C. Mucho más tarde, recién pasado el nuevo milenio, con la misma percepción del pirata como villano, Aquiles Tacio se refirió a un sirviente malicioso como «excepcionalmente fuerte de cuerpo y por naturaleza peiratēs [quien] buscó algunos marineros [leistēs] de la aldea».13 Llama la atención que ambos autores parecen equiparar al «bandido» de mar con el de tierra, este último normalmente nombrado como leistēs (ληστής), lo que hace pensar que el uso de ambos términos como sinónimos de saqueo persistió entre los griegos durante siglos.14
Pese a la aparente ambigüedad, el tono era claro. El asunto es que los ladrones, ya fueran por tierra o por mar, continuaban causando fuertes dolores de cabeza a las ciudades-Estado en pleno desarrollo. De ahí la necesidad urgente de empezar a nombrar a los intrusos sin lugar en las nuevas poleis y agruparlos entre quienes cometían ultrajes infligiendo las reglas y parámetros del orden establecido. Tarde o temprano, «piratas» acabó siendo el calificativo para identificar a los ladrones armados que perpetraban rapiña a bordo de barcos y, con ello, perdieron el favor de los dioses. Desde entonces, fueron los protagonistas de una propaganda helenística que buscó desprestigiar cualquier comunidad considerada enemiga, llámese tribu, pueblo e incluso Estado. En ese camino de ambigüedad, los griegos se esforzaron por diferenciar las actividades piráticas de índole «privada», llevadas a cabo por líderes autónomos o «particulares»,15 de las patrocinadas por los Estados como el suyo, justificadas como represalias o estrategias para financiar la guerra. Basta echar un vistazo al recuento de la Guerra del Peloponeso, en las que los piratas eran siempre los «otros», los villanos mercenarios –como Artemisia–, mientras que los Estados reconocidos como tales se creían con derecho de ejercer la acción, siempre que no hubiera acuerdos para reprimirla.16
Llegado su tiempo, durante la República Tardía, lo mismo intentaron los romanos, quienes, preocupados al ver a los piratas florecer por todos los rincones del Mediterráneo en complejas alianzas fuera de su control y del proceso civilizatorio, los incluyeron en su lista de barbari, de extranjeros indeseables. Atrás quedaban los días arcaicos y salvajes en los que un tratado entre Roma y Cartago (509 a. C.), trasmitido por Polibio, recordaba que a la primera y a sus aliados se les tenía prohibido incursionar mediante piratería, comercio y colonización en determinadas zonas controladas por la segunda.17 Aunque Roma seguía reconociendo cierto saqueo como un derecho, en teoría si no estaba limitado por acuerdos u otras vías diplomáticas, los actos piráticos asimilados al bandidaje injustificado quedaban fuera de las reglas del arte de la guerra. Bajo la nueva ley romana de provincias conocida como Lex de provinciis praetoriis (ca. 100 a. C.), por ejemplo, era labor de los cónsules y magistrados superiores encargarse de organizar las acciones en contra de estos pillos. Aunque primero había que decidir qué era o no válido; es decir, justificar y, en consecuencia, diferenciar y distanciar el hurto o furtum, como era el botín de guerra, de la rapiña o rapina, considerada un simple acto de sustracción de bienes con violencia. Por ello, en el Digesto (533 d. C), cuando Justiniano I se refería a «usura náutica» en las prácticas mercantiles y marítimas, señalaba que los robos que cometían particulares a bordo de embarcaciones como hurtos o sustracción de bienes por la fuerza eran merecedores de un castigo.18
En esa época, navegar por las iridiscentes aguas mediterráneas era azaroso. Cualquiera podía verse sorprendido por tempestades o por piratas. Es bien conocida la anécdota del secuestro de Julio César ocurrido entre 75 y 74 a. C. El futuro dictador de Roma, entonces un patricio de 25 años, se dirigía de Sicilia a Rodas con motivo de sus estudios de filosofía y retórica cuando, a la altura de la isla de Farmacusa, fue sorprendido y apresado por un grupo de piratas cilicios, ignorantes de la identidad de su presa y creyéndolo un gentilhombre cualquiera del cual sacar provecho. César, junto con su médico y dos ayudas de cámara, permanecieron cautivos más de un mes. Pero no estuvo ocioso, sino que se dedicó a escribir poemas y discursos, lo cuales, curiosamente, leía en voz alta a los piratas. Se dice que, al no recibir aclamaciones de admiración de parte de estos, los tachaba de «bárbaros» y, entre bromas y risas, que aquellos no comprendían del todo, les amenazaba con la promesa de que tarde o temprano acabaría por ahorcarlos. El cardumen de ladrones anónimos nunca imaginó con quién se habían cruzado en el camino. Finalmente, tras determinar el monto del rescate –cuya cifra César, en un acto narcisista exigió elevar– y después de haberlo cobrado y de liberar a los prisioneros, los captores pusieron proa hacia su morada. Sin embargo, la represalia anunciada por el aristócrata no tardó en alcanzarlos. A bordo de una flota de galeras que contrató con unos mercenarios, César persiguió sin descanso a los pobres diablos hasta acorralarlos y, tras despojarlos de su botín, aplicar el nada refinado castigo de los injustos: degollarlos y crucificarlos.
A diferencia de su existencia ya apagada, el recuerdo de su atrevimiento no desapareció. Ni César ni Roma cejaron en intentar erradicar la presencia de cualquier bárbaro-pirata que incursionara en el mare nostrum, su mar. Pasó el tiempo y con él varias operaciones fallidas, mientras los ladrones de mar cilicios continuaban socavando las bases económicas del Estado romano al capturar sus galeras cargadas de cereales y secuestrar a pretores y demás nobleza republicana. Así fue hasta que un día del año 67 a. C., el general Cneo Pompeyo Magno, investido con el máximo poder militar y la autoridad para acabar de una vez por todas con aquel estorbo, llevó a cabo una ejecución sumaria mediante redadas y persecuciones por tierra y mar en Libia, Cerdeña, Córcega y Sicilia que, en tan solo cuarenta días, acabó con los asentamientos, fortalezas y fuerzas navales de los forajidos. Sin embargo, por increíble que parezca, no los masacró, sino que entabló acuerdos con sus líderes y les ofreció tierras y honores con el fin de que sirvieran a Roma, o, más bien, a él, como se pudo constatar en las siguientes guerras civiles en las que los empleó en contra del propio César.19
Se anunciaba el comienzo de una nueva época: la imperial. Pero retrocedamos un poco. Como retribución de aquel gran acto contra el poder pirático, el general capturó un inmenso trofeo de hombres, embarcaciones, armas y mercancías. El botín de Pompeyo nos recuerda que la vieja costumbre narrada en los poemas homéricos seguía viva y legítima, aunque esta vez se hacía bajo los principios de la República que, en su derecho de guerra, como explicaba el político, orador y filósofo Marco Tulio Cicerón, era siempre justa si partía de un reclamo y era declarada, aun si se peleara por dominio y el deseo de gloria; al contrario de las contiendas cuyo objetivo estaba conducido por la avaricia.20 En siglos sucesivos, con el surgimiento de nuevas repúblicas y reinos, las acciones de represalia por mar y captura de bienes de enemigos adquirieron mayor auge conforme los conflictos bélicos se expandían por el Mediterráneo y aún más lejos. En este punto, surgió la necesidad de aclarar los términos y condiciones de lo que era o no válido en aquel juego, de indicar las partes que podían realizarlo y las razones consideradas legítimas. Ahora bien, ¿cuándo y cómo ocurrió esto en el mundo hispano?
La flota romana victoriosa sobre los cartagineses en la batalla del cabo Ecnomus (256 a. C.). En una cubierta, el general romano Régulo; frente a él, el líder cartaginés Amílcar Barca. Obra de Gabriel Jacques de Saint-Aubin, ca. 1763, Museo J. P. Getty, Los Ángeles.
Durante los siglos XII y XIII, en reinos, repúblicas y condados del Mediterráneo occidental como Venecia, Génova, Pisa, Trani, Marsella o Barcelona comenzaron a aparecer leyes en materia de costumbres marítimas, algunas claramente heredadas del derecho grecorromano, en libros especialmente extensos, casi todos bellamente ilustrados, titulados Ordinamenta et consuetudo maris (1063), el Constitutum Usus (1160), el Breve Consulum Maris (1162), el Usus at Consuetudo Maris (1231), los Statuta et ordinamenta super navibus (1255), las Ordinacions marítimes dels prohoms de la Ribera de Barcelona u Ordinationes Ripariae (1258).21 Entre sus amarillentas páginas podemos leer referencias a la seguridad de las embarcaciones mercantes y a su cargamento; a contratos y pago de sueldos a la marinería y oficiales; a labores y responsabilidades de las tripulaciones; también acerca de averías o distribución de mercancías y provisiones; y, en menor medida, de las condiciones que debían seguir los armamentos empleados para la defensa. Sin embargo, aunque algunos hacen una breve mención al robo con violencia en alta mar, no hay que precipitarse, todavía no aluden al corso ni mucho menos a nuestros corsarios. Seguimos sin saber apenas nada. Al igual que los piratas de la Antigüedad, a estos seres del Medievo, aún en el anonimato, pero multiplicados desde todos los rincones del Mediterráneo y allende, a falta de crónicas o diarios que relaten sus andanzas solo podemos seguirles la pista por unos pocos textos de naturaleza jurídica. No me refiero a estas descomunales compilaciones de leyes, sino a reglamentos y mandatos en momentos y lugares específicos en los que, entre líneas, podemos adivinar la silueta del corsario detrás de cada decisión o ley que intenta poner en regla y justificar su ejercicio de hurto en alta mar.
Mientras las escurridizas sombras de los capitanes y sus galeras se nos escapan, junto con sus nombres propios y ocupaciones o los detalles de sus faenas, por el contrario, va quedando un rastro en tinta de la necesidad de reyes y reinos por establecer acuerdos con ciertos individuos para ejecutar tales o cuales ataques o asaltos. El tema dominante en la escueta documentación sigue siendo el botín de guerra como motivación y derecho. Por ello, las condiciones del servicio y beneficios –casi siempre económicos– a cambio fueron las principales preocupaciones que quedaron por escrito, firmadas y lacradas por monarcas, príncipes y otros señores, de acuerdo con sus propias conveniencias y necesidades. La evidencia más temprana se sitúa en el Mediterráneo catalán. Se trata de dos ordenanzas mediante las que el entonces regente de Barcelona, el conde Ramón Berenguer III, estableció condiciones para el servicio de ciertas galeras armadas por particulares.
En la primera, fechada en 1118, el noble se percibía entusiasta al conceder de manera «perpetua» su quintam o «quinto» –impuesto establecido desde muy antiguo en razón de la guerra justa, correspondiente a la quinta parte o 20 por ciento del total de lo capturado–,22 como premio a los barceloneses que se unieron a su campaña militar en Génova y Pisa y que en otra ocasión lo acompañaron en su asedio del castillo de Foix, en Provenza. En cambio, en las segundas Ordinacions promulgadas hacia 1129, que son instrucciones para el reparto de las presas que hicieran sus vasallos, el conde mudó el tono por uno más ambicioso. Como señor del lugar donde desembarcarían los futuros botines, se adjudicó no solo el quinto, sino otra especie de cobro por atracar en puerto llamado ribatge, además de la nautxeria e les covenensals, que era cierta cantidad de los salarios de las tripulaciones y otras cantidades acordadas con los armadores de las galeras. Ambos ejemplos evidencian que el tradicional derecho del quinto podía variar de acuerdo con el capricho del señor; al tiempo que dejan impronta del tipo de pactos y flexibilidad –o la falta de ella– a los que este podía llegar con tal de contar con la ayuda de sus vasallos al servicio de sus objetivos.23 Alba Burguera i Puigserver nos indica que mientras el primer acuerdo alude a una recompensa por la incorporación de una flota de apoyo, el siguiente sugiere que se trataba de una empresa financiada entre el conde y los armadores con miras a recuperar lo invertido con las ganancias del botín. Se trata de una fórmula de contribución mixta, privada y pública, que se hizo cada vez más visible conforme el avance de los siglos, cuando creció la necesidad de movilizar embarcaciones de particulares para apoyo en la defensa marítima o la guerra.24
El interés de reyes y señores por la disposición de los súbditos para su auxilio en los conflictos y el beneficio económico que ello suponía se mantuvo firme. Más de una centuria después, Alfonso X de Castilla, con la pasión por el conocimiento que lo caracterizaba, se esmeró en plasmar sus reflexiones al respecto al dirigir a un grupo de sabios juristas en la redacción de las Siete Partidas (1252-1284). En este famoso libro de leyes escritas en castellano –y no en latín erudito, como era la costumbre, quizá para hacerlo más comprensible a todos–, entre otros varios asuntos de la guerra se refirió a la que se hacía «por mar», la que le parecía la más desesperada de todas por aquello de las «grandes desventuras que pueden ahí acaecer». Revelaba que, para ello, se podía proceder de dos maneras: o en flota de galeras o navíos armados y poderosos de gente, o bien en armada de algunas galeras o leños corrientes en «curso» –es decir, en carrera o camino–. Este último, una formación menor que, en cierto modo, le recordaba a las llamadas «cabalgadas» que se emprendían a caballo para dañar y saquear tierras enemigas, no era otra cosa que corso. En uno u otro caso, el rey sapientísimo recomendaba los mejores tipos de navíos para llevar a cabo tales mercedes, galeras grandes o galeotes, saetas, zabras u otras naves veleras, que, al fin y al cabo, se le figuraban cual cabalgaduras. Asimismo, se esmeró en describir el perfil correcto de la marinería que los abordaría y, más aún, de sus líderes-almirantes, caudillos que debían ser caballeros de buen linaje para asegurar que tuvieran «vergüenza». En cualquiera de los casos, presurosos a «cometer y hacer daño a sus enemigos», podían apoderarse de bienes y gente que estos trajeren y en todo ello veía un gran «placer y «amor» de «ganancias», que más tarde se repartirían de forma justa entre quienes ayudaran y sirvieran a tan particular propósito.25
Con la reconquista de las regiones meridionales y el afianzamiento del poder real mostrado tras la ocupación de Cartagena en 1245 y tres años después de Sevilla, en este último puerto se comenzó a formar una flota de galeras, los inicios de lo que se conoció como la Marina de Castilla, con oficiales y marinería experimentada en buena parte de origen cántabro.26 Desde esta atarazana y centro de operaciones, y en ocasiones también desde el astillero de Santander, donde se construían navíos de alto bordo,27 don Alfonso lanzaba sus escuadras reales en su cruzada contra los infieles. A veces, estas se formaban en colaboración con particulares para repartir comisiones de guerra en las que, de haber un botín, debían entregarle el quinto. Sin embargo, como el rey, además de ilustrado en la guerra era catoliquísimo, cuando se veía desbordado por el ardor de perseguir al musulmán «infiel» y pirata decidía alentar acciones de corso «en fecho de allent mar contra la gente pagana» y reducía o eximía a los voluntarios del pago de la deuda. Y, si la desesperación por conseguir más navíos y gente lo alcanzaba, entonces llegaba a contratar particulares extranjeros, como los genoveses, con objeto de que cooperaran in armamentum. Sin embargo, la mayoría de las veces, cuando pensaba en los hombres de la mar que «grandemente sufren en ella», los mismos que participaron en sus conflictos en curso, advertía de que debían evitar ser «codiciosos» y, para asegurarse de ello, los condicionaba a que le entregasen el quinto,28 además de los barcos capturados con los que, seguramente, buscaba aumentar su flota real.29
Está claro que, en esos días, «ir en curso» era frecuente en los reinos hispanos y en otros que practicaban el comercio y la guerra en el Mediterráneo y al oriente del Atlántico, y en tan solo unas cuantas décadas, aquella expresión fue dando vida a la palabra «corso» y a un uso generalizado. Ahora bien, con los conflictos librados en el mar entre los reinos de Aragón o corona de Aragón –en su acepción más moderna– por la ocupación de Cerdeña (1323) y las sucesivas guerras contra Génova (1351-1362) y Castilla, esta última llamada de los Dos Pedros (1356-1369) como telón de fondo, las colaboraciones en corso de uno y otro bando empezaron a ser más visibles y permiten ensanchar el cuadro en un multiescenario de acciones que antes permanecían entre bambalinas: la persecución y confiscación de embarcaciones enemigas, el robo de mercancías y la captura de personas –tanto esclavos, como tripulaciones, soldados o pasajeros que pasaban a ser prisioneros de guerra–, su presencia en la fila de defensa de posiciones estratégicas y su apoyo en sitios a puertos y batallas en alta mar. Ahora, en los expedientes que documentan aquellos conflictos, abandonan la sombra del anonimato, pues no solo aparecen los nombres de los armadores, esto es, los propios corsarios, sino algunos indicios de sus variados oficios: patrones –que podían ser los dueños de los barcos o sus capitanes u organizadores–,30 marinos, comerciantes o nobles-militares. De todo ello, la especialista de esta época y geografía, María Dolores López Pérez, crea largas listas que enmarcan la cantidad de navíos y quiénes eran sus dueños, los años exactos de servicio y los ingresos por el impuesto que debían pagar por su profesión.31 También, a partir de quejas y pleitos, saca a la luz las disputas en que se vieron envueltos señores y soberanos para mantener el control de estos vasallos y evitar que uno de sus recursos más importantes para la guerra dañara las relaciones con otros Estados o causara pérdidas al erario.
En definitiva, los enfrentamientos mediterráneos y sus crónicas occidentales nos introducen en un nuevo conocimiento del corso que, con anterioridad a esta época, debido a la prevalencia de la oralidad y a la escasez de fuentes que sobrevivieran al tiempo, yacía en la penumbra. Se trata de una ventana –como un pequeño «ojo de buey»– a los primeros atisbos del surgimiento formal de una actividad distinta a la piratería antigua y que vimos en camino a consolidarse conforme se desarrollaron las ciudades-Estado, más tarde las repúblicas y los reinos. Estamos en el momento en que la figura del corsario comienza a tomar forma. No se trata solo de la referencia a acciones concretas de corso, sino que las fuentes escritas, poco a poco, van dando nombre al escurridizo personaje. Me da por pensar que, si una palabra en el lenguaje de cualquier pueblo o civilización no existe es porque, para su gente, tampoco existe lo que se designa, sea una actividad, cosa o idea; o quizá porque no se le da la suficiente importancia como para otorgarle un vocablo. Recordemos el caso del piratae, actor de tal magnitud en el plano de las contiendas del mundo clásico que, desde muy pronto, tuvo su propio término. Era él quien llevaba a cabo, algunas veces por voluntad propia, otras en nombre de un regente, líder militar o tirano, el acto predatorio de perseguir a un enemigo y hacerse con su botín de guerra por vía marítima. Y, cuando este ancestral y ambiguo acto de hurto cobró mayor legitimidad en la reciente conformación de poderes y sus conflictos marítimos, en medio de nuevas normas del derecho a la guerra y la guerra justa, se consolidó el entorno en el que, finalmente, surgió el corsario, o, para ser más precisos, en que este adquirió su naturaleza jurídica, por tanto, legal y oficial, junto con un título que lo diferenció del pirata común.
Por la huella lingüística, me atrevo a decir que en el mundo hispano ello ocurrió en el siglo XIII. Detengamos las manecillas del reloj en el año 1266. Recordemos que, por entonces, el sapiente Alfonso y su comisión erudita realizaba la escritura del tomo segundo de las Partidas. En un instante parado en el tiempo, podemos ver la mano del monarca o de alguno de sus juristas alzando la ligera pluma y dejando caer una gota de tinta para comenzar a trazar la palabra «ir en curso» en un castellano pulcro. No pretendo decir que esta fuera la primera vez en que a alguien se le ocurría utilizar la expresión, sino que debió de ser el reflejo de su uso coloquial, por lo menos entre quienes planificaban o discutían tales maniobras bélicas. Lo cierto es que ni el rey castellano ni sus contemporáneos imaginaban que, siglos después, en un enorme salto temporal y espacial del castellano al catalán, aquel «curso» desembocó en corsaris, utilizado en el mismo sentido por el monarca de un reino vecino y a veces rival, Pedro IV el Ceremonioso. Así lo plasmó aquel en unas ordenanzas promulgadas en 1356, dirigidas a los particulars: patrones, tripulaciones y cargadores de naves de comercio de los dominios marítimos de su corona, la de Aragón.32 Se trata de una de las primeras menciones de las que se tiene conocimiento de una palabra que es probable que también fuera ya común y con la que se designaba a nuestro protagonista. Además, facere, intraera o sequi cursum contra hostes, en latín, que significaban «hacer», «entrar» o «seguir» en curso o corso contra enemigos también eran usos frecuentes en las licencias otorgadas por la corona aragonesa hacia la década de 1370. Al tiempo, se hacía una diferenciación gramatical entre cursum facere (hacer curso o corso) y piraticam exercere (practicar la piratería).33 Sea como fuere, en torno a 1400, cursarius ya poblaba los documentos jurídicos del reino y dejaba registro de su existencia para la posteridad.
Es probable que el Llibre del Consolat de Mar, publicado en Barcelona en 1484,34 fuera el agente que propagara definitivamente el término «corsario», pues tuvo una vigencia de varios siglos y un amplio alcance en la cuenca occidental, el Atlántico peninsular y más allá al ser traducido al italiano, francés, castellano y, más tarde, incluso el inglés. Precisamente, este incunable de leyes reunió la variedad de sus acepciones y sinónimos: del cors catalán, a veces cossari, hasta los latinismos cursarious o corsus, el corsaire francés y el corsaro italiano, que, más que confundirnos, nos confirman el origen y permanencia de múltiples expresiones fundadas en una raíz lingüística común, con la que se identificaban las formas y costumbres en torno a un solo protagonista, sin duda, una personalidad resuelta a la que un monarca o señor confiaba una peligrosa misión por mar. En definitiva, y para cerrar este repaso al entramado etimológico del término y su evolución, no puedo dejar escapar cierta anomalía. La remota posibilidad de que el término moderno, en realidad, pudiera derivar de las incursiones marítimas de los corsos, habitantes de la isla de Córcega o Corsica, en latín. Célebres por ello, desde la época de las ciudades Estado etruscas en el siglo VI a. C, los pobladores de sus asentamientos hacían incursiones para saquear pueblos vecinos y capturar presas en sus rutas. Tradición que permaneció anclada, aun entre los sucesivos cambios de dominio de la isla a manos de diferentes gobiernos y civilizaciones, y que, en pleno siglo XV, siguió siendo hábito común de estos súbditos de los dominios de la corona de Aragón. Sin embargo, en nada de ello hay certeza. De cualquier forma, hasta el siglo XVII, la etimología latina aún continuó posicionando al cursarius, en tono universal, como el «navegante enviado por un rey o comandante para apoderarse de los barcos y puertos de estados hostiles»; lo que confirma, con cierta simpleza pragmática, la pervivencia de lo que ya es sabido de su origen, así como su legalidad a partir de una littera cursus (letra o carta de carrera o corso), entiéndase, «licencia de corso», por la cual un rey otorgaba tal capacidad.35 La importancia de la aparición de este documento, el permiso, mediante el que se avala la legalidad del acto corsario tampoco escapa de interés aquí, por lo que hablaré de ello más adelante.
Pero antes, no está de más mencionar que, en el mundo anglosajón, la expresión que en la actualidad da vida al corsario tiene una evocación en forma y tiempo algo distinta. En las islas británicas se conoce como privateer y, con independencia de la evolución de la palabra en la tradición oral, sabemos que empezó a aparecer en los expedientes hasta el tardío siglo XVII. La referencia más antigua se halla en una carta fechada el 5 de diciembre 1665, escrita por un juez de la corte del Almirantazgo, el escocés sir Leoline Jenkins, dirigida al Consejo de su Majestad.36 Esto no quiere decir que antes de aquella fecha no hubiera sujetos que se dedicaran al corso en Inglaterra, ni vocablos para referirse a ellos, y es probable que, como sucedió en el caso hispano, se utilizaban latinizaciones u otras acepciones. Una teoría sostiene que el actual vocablo sajón se compone de dos palabras: private y volunteer («privado» y «voluntario»),37 que alude a un private man of war («navío de guerra privado»); esto es, a embarcaciones armadas organizadas por particulares con derecho a tomar presas.38 En este sentido, es posible que private provenga del latín privatim («privadamente») o puede que de la acción privatio («privar»), deprive, en inglés, en cuyo caso tendría más relación con despojar a alguien de sus propiedades que con una persona del sector «privado». La suposición no deja de ser arriesgada, tal vez hasta pretenciosa, pero es lo que sucede cuando se intenta llegar al fondo de algo a partir de su voz más antigua.
Con este afán, y por no dejar de lado otras posibilidades, quiero hablar de otra palabra que más adelante aparece con frecuencia en esta historia: freebooter. El vocablo, de origen neerlandés, vrijbuiter (vrij, «libre» y buit, «botín»), que pasó al francés flibustier y de ahí al filibustero en castellano, se refiere, de forma genérica, al acto de rapiña en alta mar, es decir, a la piratería y surgió en el contexto colonial del Caribe en el siglo XVI.39 Todo esto lo menciono más en tono de gusto por la fabulación que por otra cosa, ya que me acerca a otra expresión: booty
