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El mito de Robinson, a partir de la novela de Defoe, es uno de los relatos más perdurables en la historia de nuestra conciencia literaria, filosófica y también política. Quizás por esta razón estas figuras se muestran tan próximas a nuestro tiempo, ligadas a la atracción que nos sugiere el sentido de evasión, de anarquía que representa el viaje y la isla desierta como laboratorio para experimentar con nuevas propuestas estéticas de variado signo. Robinson y la isla infinita reúne por primera vez el punto de vista de los autores latinoamericanos, frente a la interpretación de la literatura europea. En este ensayo se analizan principalmente las robinsonadas contemporáneas en los siglos xx y xxi, desde la intermedialidad, a través de sus diferentes lecturas en la literatura, las pantallas del cine, la televisión e Internet.
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Seitenzahl: 332
Veröffentlichungsjahr: 2019
ROSA FALCÓN
Es doctora en Ciencias Sociales, profesora e investigadora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Máster en Políticas de la Comunidad Europea del Centro de Documentación Europea y de la Universidad Politécnica de Madrid. Miembro del consejo asesor del Observatorio Hispano de la London School of Economics and Social Studies.
Sus intereses de investigación comprenden el estudio de los mitos contemporáneos desde la literatura comparada, la intermedialidad y el análisis del discurso en las ciencias sociales y políticas en los medios. Su actividad profesional se enmarca dentro de la comunicación y la difusión del conocimiento. A lo largo de su carrera ha desempeñado diversas funciones principalmente en el Gabinete de Comunicación de la Sociedad Estatal para la conmemoración del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Asesora cultural de La 2 de Televisión Española y periodista en el programa Los libros. Directora del programa Escritores en la biblioteca en la Biblioteca Marqués de Valdecilla de la UCM, con la colaboración de la Dirección General del Libro. Directora y editora del Foro Complutense y coordinadora de los Cursos de Verano de El Escorial de la Fundación de la UCM. Ha organizado numerosos think tank de pensamiento crítico sobre temas de actualidad: la globalización, el lenguaje y el debate político, desarrollo y crisis global, los movimientos migratorios, etc. También ha publicado numerosas entrevistas y artículos en prensa escrita. Sobre la temática de la insularidad, como artista plástica ha realizado varias exposiciones de libros de artista, lienzos y murales, y como escritora el libro de poemas Azul tan blanco (Idea, 2011) y el presente ensayo.
SECCIÓN DE OBRAS DE ANTROPOLOGÍA
ROBINSON Y LA ISLA INFINITA
Lecturas de un mito
Lecturas de un mito
Prólogo de Carlos García Gual
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2018 Primera edición electrónica, 2018
© 2018, Rosa Falcón
D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica de España, S.L. Vía de los Poblados, 17, 4º - 15; 28033 Madrideditor@fondodeculturaeconomica.eswww.fondodeculturaeconomica.es
Diseño de cubierta: Mutāre, Procesos Editorial y de Comunicación Ilustración de cubierta: Islarios, Rosa Falcón Fotografía: Laura Baufalc
Fondo de Cultura Económica Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios:[email protected] Tel. (55) 5227-4672
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ISBN 978-607-16-6086-2 (ePub)ISBN 978-843-75-0804-7 (impreso)
DL M-32341-2018
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo, por Carlos García Gual
Introducción
I. Robinson Crusoe: mucho más que una novela
1. El nacimiento de la novela moderna
Robinson Crusoe como héroe
Robinson y Ulises
Robinson y Don Quijote
Robinson y el héroe moderno
2. La isla infinita
La isla y el continente americano
3. Utopismo, insularismo y robinsonismo
4. El individualismo moderno
5. El sentido económico y político de Robinson Crusoe
La lectura de Marx
II. El mito de Robinson y sus mitemas
6. El mito de Robinson: significación y mitemas
Cuatro características fundamentales
Análisis de los mitemas
7. El viaje y el mar
8. La filosofía del naufragio
9. El exilio
10. La soledad
III. Lecturas del mito en la narrativa, la poesía, el cine, la televisión e Internet
11. Significado de las robinsonadas
12. El mito de Robinson en la narrativa contemporánea
La invención de Morel (1940), Bioy Casares: una robinsonada imaginada
El señor de las moscas (1954) y Martín el náufrago (1956), William Golding: dos robinsonadas pesimistas
Martín el náufrago, la antirobinsonada
Adiós, Robinson (1953), Julio Cortázar: una lectura anticolonialista
Viernes o los limbos del Pacífico (1967), Michel Tournier: un mundo a solas
Michel Tournier y «El mundo sin el otro», de Gilles Deleuze
Relato de un náufrago (1970), Gabriel García Márquez: un Robinson no ficción
La isla de Róbinson (1981), Arturo Uslar Pietri: una novela histórica y mitológica
Foe (1986), J.M. Coetzee: la novela de lo inefable
Un alegato contra la esclavitud
La isla y el continente africano
La metaescritura
La balsa de piedra (1986) o la invención de la utopía y El cuento de la isla desconocida o el mito de Adán y Eva, de José Saramago
La balsa de piedra (1986) o la invención de la utopía
El cuento de la isla desconocida, y la isla paraíso o jardín: el mito de Adán y Eva
Entrevista a José Saramago
La isla del día de antes (1996), Umberto Eco
13. El mito de Robinson en la poesía del siglo XX
«Imágenes para Crusoe» («Images à Crusoé») (1904), Saint-John Perse
«Altazor» (1931), Vicente Huidobro
«Robinson» (Histoires brisées) (1950), Paul Valéry
«No, Robinson» (1961), Enrique Molina
«No, Robinson»
«El diario de Crusoe» («Crusoe’s Journal») (1970), Derek Walcott
«Crusoe’s Journal»
«El diario de Crusoe»
«Crusoe en Inglaterra» («Crusoe in England») (1976), Elizabeth Bishop
«Crusoe in England»
«Crusoe en Inglaterra»
«La fosca melangia de Robinson Crusoe» («La oscura melancolía de Robinson Crusoe») (1983), Joan Margarit
14. El mito de Robinson en el cine, la televisión e Internet.
Las robinsonadas televisivas y la importancia de las series
Relación de obras cinematográficas, televisivas y videojuegos
Series de televisión
Concursos
Videojuegos
Bibliografía
Fuentes primarias
Fuentes secundarias
La filosofía no es un decir a otro, sino un decirse a sí mismo. No es faena de sociedad, sino menester de soledad. Filosofía es una especie de robinsonismo.
ORTEGA Y GASSET
La unidad de la isla y su habitante no es, por tanto, una unidad real, sino imaginaria, como la idea de mirar detrás de la cortina cuando no se está detrás de ella. Por lo demás, es dudoso que la imaginación individual pueda elevarse por sí sola a esta admirable identidad, veremos que se precisa la imaginación colectiva en lo que posee de más profundo, en los ritos y en las mitologías.
GILLES DELEUZE
Ya no quedan desiertos. Ya no quedan islas. Y, sin embargo, se siente su deseo.
ALBERT CAMUS
A Laura y Eduardo
En el libro de Ian Watt, Mitos del individualismo moderno, que los lectores verán citado oportunamente en este ensayo de Rosa Falcón, se analizan cuatros mitos literarios: Don Juan, Don Quijote, Fausto, y, finalmente, el protagonizado por este Robinson que da título al texto novelesco surgido de la pluma de Daniel Defoe en 1719. En cierto modo podemos señalar que es el más moderno de ellos, en varios sentidos y no por azar; y se distingue claramente de los otros tres porque su protagonista resulta ser, a la vez, el cronista y puntual narrador de su peripecia. Es el propio Robinson quien relata su historia, y se nos ofrece desde el comienzo como un individuo real, sin ningún rasgo fabuloso y bien implantado en el mundo. Don Juan, Alonso Quijano y el doctor Fausto, son tres personajes extravagantes y del todo irrepetibles. Los tres, cada uno a su manera, desafían las normas de la sociedad de su tiempo y acabarán pagando sus penas por ese desafío. Por el contrario, Robinson es un joven de su época, ambicioso y deseoso de hacer fortuna, que se embarca hacia un rumbo lejano y sin quererlo se ve enfrentado a una desaforada aventura, no por afán de renombre y de impulso heroico, sino por un fracasado empeño comercial. Es un artero y audaz negociante, que intenta medrar con una clara mentalidad burguesa y británica, muy propia de su clase y de su época.
Esa aventura del náufrago que vive durante veintitantos años de soledad en una isla desierta, lejos del mundo civilizado, refleja el firme carácter y la habilidad e inventiva práctica de un individuo civilizado y piadoso, un homo faber diestro en planear su futuro y en el manejo de unas pocas y sencillas herramientas salvadas del naufragio para la construcción de un reducto habitable en el marco de una naturaleza salvaje. Las «sorprendentes y extrañas aventuras», que Robinson mismo narra como un reportaje en una prosa escueta y de modo directo, fue aclamada como una novela de un atractivo ejemplar. Como señala E. Frenzel, en su Diccionario de argumentos de la literatura universal:
La historia, aparecida al principio de la era racionalista, de un hombre que fríamente y con superioridad va triunfando paso a paso sobre la selva, creándose una vida ordenada y llena de sentido, y consiguiendo también la amistad de un salvaje, al que gana para la cultura y el humanismo europeos, era del gusto tanto de la corriente racionalista como de la sentimental rousseauniana de la época, y fue considerada por Jean Jacques Rousseau como «libro básico de toda educación».
En su victoria sobre la naturaleza salvaje, en su lograr instalarse en esa isla, construyendo su residencia con los medios que tiene a su alcance, estriba la formidable heroicidad de Robinson. (Es curioso que no figure ni en el Diccionario de mitos literarios, de Pierre Brunel, ni en el Diccionario de héroes, de Patrick Cauvin, por ejemplo). Ahora bien, hay que admitir que, según las pautas normales para medir la heroicidad de un personaje, Robinson no encaja en el molde heroico épico o clásico. Como se ha dicho y lo subraya bien Ian Watt, es ejemplarmente un homo economicus, un tipo ingenioso y habilidoso, preocupado por la economía y la subsistencia, un emprendedor decidido al que poco le importa la fama o el honor. Algún héroe antiguo, como Ulises, recurría también en caso de apuro a su habilidad manual y era diestro para construirse una balsa; pero, de todos modos, Robinson lo es a otra escala mucho más vasta —del mismo modo que una isla en pleno océano no es como una isla mediterránea— y, obligado a valerse por sí mismo, construye una choza y se sabe equipar bien para vivir en la isla tantos y tantos años. En todo caso es un tipo de héroe solitario y auténticamente self made, un héroe que por su habilidad y cultura práctica, y sin ninguna ayuda de dioses, resulta un ejemplo civilizador y emblema de colonos emprendedores y de anacoretas.
Un relato deviene «mito» cuando se difunde en la memoria colectiva. Es decir, cuando la gente reconoce su argumento y a su protagonista no solo por haber leído un texto determinado, por un libro o una narración donde apareció por primera vez mencionado, sino que recuerda esa figura al escuchar su nombre incluso sin conocer su preciso origen literario. Los mitos literarios se distinguen de los mitos antiguos, arcaicos y de trasfondo religioso porque su nacimiento puede fecharse en una obra determinada —por ejemplo, Don Quijote en la de Cervantes, de 1605, Don Juan en la de Tirso de Molina, en 1630, Fausto en un relato anónimo alemán hacia 1580, etc.—. El mito de Robinson nace a comienzos del XVIII y su éxito corresponde claramente al espíritu de la época. Como recuerda Rosa Falcón, el éxito de la novela de Defoe fue enorme y muy rápidamente la figura de Robinson pasó a engrosar ese reducido y abigarrado mundillo de figuras míticas de la modernidad. Defoe era un novelista de enorme talento para ofrecer relatos que encajaban muy bien con los gustos burgueses de su época. No debemos olvidar que algunos críticos ingleses han considerado su Robinson Crusoe como la primera novela realista, en significativa competencia con su otra novela famosa, Moll Flanders. El reconocido estudio de Ian Watt acerca de la creación de la novela moderna (The Rise of the Novel, de 1957) comienza justamente con el análisis de esos dos textos y de su contexto social, evocando con mucha precisión y atención la vertiente económica del género y el nuevo público lector, destacando a la vez el individualismo progresivo de la época. (Al considerar, según esa propuesta, a Defoe como pionero de la novela moderna, realista y de crítica social, conviene no olvidar que en inglés se distingue entre novel y roman, la ficción realista y la más fantástica o romántica; y también podemos recordar que algo más de un siglo antes nuestra novela picaresca ya había introducido el realismo, a la vez que los relatos de héroes del vulgo narrados en primera persona). Pero no es el momento de analizar los indudables méritos del novelista Defoe, sino de volver a subrayar cómo con este texto Robinson es admitido de inmediato como un nuevo tipo heroico y así surge un mito de múltiples y duraderos ecos. Un mito de la modernidad burguesa, un relato de larga sombra, de extensa y variada proyección.
¿Por qué y cómo un determinado texto literario alcanza un carácter mitológico o una proyección mítica? ¿Por qué una novela corta como Carmen del erudito francés Próspero Merimée inaugura un mito? ¿O por qué lo hace luego un personaje como Tarzán, surgido en una serie de novelas populares? No es, al parecer, por la calidad literaria del texto original, sino porque su trama o su personaje central suscita un extraño fervor, una resonancia singular en numerosos lectores y, a la larga, atrae a públicos muy amplios de diversos lugares y épocas. Los mitos se reflejan, con renovados matices, a veces en otros textos literarios, y renuevan sus ecos de manera significativa también en el llamado séptimo arte, el cine. Algunos mitos, como el citado de Tarzán, o el de Frankenstein, o el de Superman, tendrán una especial difusión a través de películas; el cine resulta una gran fábrica de relatos míticos, recogidos de fuentes literarias con distinto valor, y los remoldea y populariza. Sin pretender aportar ahora una respuesta a la pregunta de por qué un relato (que no es religioso ni patriótico, sino literario) alcanza el estatus de mítico, podemos intuir que eso sucede cuando esa ficción acierta a sugerir o presentar algunos de los temas inquietantes de una época, dando vida a una figura que, en su emotiva peripecia novelesca, evoca esa inquietud latente o presentida. Es fácil advertir cómo cualquiera de los mitos modernos que acabo de citar ha surgido en un momento adecuado. Y por ello ha impactado en la memoria colectiva. Al pasar el tiempo un determinado mito puede perder atractivo, porque las inquietudes de la sociedad son otras. Es probable que, por esa razón, el mito de Don Juan o el de Tarzán parezcan hoy un tanto caducados.
En fin, todo esto es muy conocido, y tan solo lo anoto aquí para subrayar la espectacular resonancia alcanzada por el mito de Robinson. De esa amplia difusión y tradición del mito inventado por Defoe —a lo largo de tres siglos y en muy varias literaturas— trata este estudio que ha sabido recoger y apreciar todos esos ecos y recreaciones del relato con una admirable erudición y finos y precisos comentarios. Las «robinsonadas» han sido desde muy pronto numerosas. Es curioso notar que el mito de Robinson se presta bien una cierta deconstrucción e incluso a una evocación no tanto del relato entero como a sus «mitemas» sueltos. Así, por ejemplo, Robinson es un símbolo del náufrago autosuficiente, y la isla un lugar cargado de muy varias connotaciones. La isla es el lugar de la utopía, lo que viene de una larga tradición, pues la Utopía de Moro era una isla, por esencia; ya mucho antes, en el tardío helenismo, el relato utópico de un tal Yambulo evocaba su estancia en una isla paradisíaca en el Índico. También tenemos el «mitema» del encuentro con los salvajes, de múltiples ecos novelescos (desde su variante más amable y popular en novelas de Julio Verne, por ejemplo), y singularmente está el encuentro con ese «buen salvaje» que se llamará Viernes, cuando Robinson lo apadrine. Y el tema de la soledad en un marco natural selvático y ante el infinito horizonte del mar, el inagotable océano contemplado por el náufrago meses y años, con una esperanza renacida cada aurora y siempre derrotada. La isla es una cárcel infinita, que podría ser un paraíso si el náufrago solitario tuviera compañía o tuviera seguro su rescate. En la tradición del mito la isla solitaria adquiere muy diversos nombres y perfiles y misterios.
Más allá de la novela de Defoe, publicada en la época de los grandes viajes transoceánicos y de los descubrimientos de remotas islas en el inmenso Pacífico, islas paradisíacas y a menudo desiertas o pobladas por salvajes, la imagen de Robinson perdura en nuestro imaginario, tal vez por esa carga simbólica que hemos apuntado, vivaz hasta hoy. En fin, de esa inolvidable novela y sus reflejos en distintas formas y formatos, en novelas, ensayos, poemas, y películas, a lo largo de diversas épocas y en sus inagotables reflejos en varias lenguas, en una tradición de chispeante y asombroso colorido, resonando en muchas voces y muchos escenarios, tratan las páginas que Rosa Falcón ha escrito ahora con muy buen estilo, resumiendo muchísimas lecturas y pesquisas siguiendo el rastro del mítico Robinson.
En ellas se recogen y analizan las referencias más actuales del mito en la literatura reciente y universal, con especial atención a muy varios textos de importantes escritores del siglo XX, y de manera destacada a los de autores latinoamericanos, sean novelistas, ensayistas o poetas. Es, como advertirá el lector, un extensísimo muestrario de citas y ecos, sorprendente tanto en número como en variedad. Y este recorrido por divergentes senderos, que me parece mucho más completo que cualquiera anterior, y con tantas sugerencias personales, es la mejor muestra de la permanencia no solo del personaje, sino de los motivos o mitemas entrelazados en el relato novelesco que ya se nos ha vuelto mítico: la isla (que puede reaparecer con variados perfiles), el empeño de construir un mundo propio en la soledad después del naufragio, el intento por dominar el entorno natural, y el encuentro con el otro, el salvaje, etc. En esa profusión de tantas y tantas citas de admirable y fina erudición, y en los puntuales comentarios que las acompañan invitando a una reflexión crítica y una relectura del mito desde muy varios puntos de vista estriba la originalidad y el atractivo de este estudio de Rosa Falcón.
CARLOS GARCÍA GUAL
Próximamente se cumplirán 300 años de la publicación de la novela de Robinson Crusoe y su interés sigue estando aún vigente. Los relatos sobre náufragos abandonados en una isla desierta han existido siempre desde los comienzos de la navegación en todas las civilizaciones; sin embargo, la novela de Defoe inaugura un nuevo género, las robinsonadas. Defoe inicia sin duda una fórmula que servirá de inspiración a numerosos autores que sugieren su temática. La extraordinaria producción de este género es tan significativa durante los siglos XVIII y XIX que son cientos de historias las que podríamos recoger. Se trata de un argumento fundacional histórico ligado a una expansión geográfica y económica sin precedentes que influyó de una forma asombrosa en la literatura y ha continuado en las demás artes.
Este ensayo ofrece un análisis de las robinsonadas fundamentales del siglo XX desde la intermedialidad, abarcando todo un sistema de referencias a través de los diferentes medios analizados y cómo éstos se relacionan entre sí. He seguido las huellas de Robinson en la filosofía, la narrativa, la poesía, así como en las pantallas del cine, la televisión e Internet. Robinson, Viernes y la isla continúan estando profundamente grabados en la conciencia de nuestra época. No solo porque cualquier alusión es fácilmente reconocible, sino también por la permanencia de los mitemas que nos hacen ver con nitidez, como si se tratara de un experimento científico, la energía que este legendario relato ha suscitado y suscita en nuestra cultura. Robinson como sujeto de la crisis existencial y de la soledad que conlleva la sociedad moderna, es sin duda un extraordinario ejemplo de mentira romántica y de verdad novelesca, a la manera de René Girard, pero también política, económica y religiosa, como comprobaremos a lo largo de estas páginas. Verdaderamente, el mito de Robinson, iluminista y romántico a partes iguales, es complejo y su tratamiento temático no ha finalizado; por el contrario, parece que en estos últimos años su actualidad se manifiesta más que nunca a través de estas lecturas.
La isla no es solo un escenario nostálgico de los pensadores europeos, sino que hemos querido contar con las voces de los escritores latinoamericanos que nos ofrecen un análisis más acorde con su propia realidad al otro lado del Atlántico. Veremos como muchos autores destacan precisamente la antiheroicidad de esta figura dándole la vuelta al mito original, al centrarse en Viernes como protagonista, en un intento de rectificar la historia del colonialismo y sus connotaciones negativas, que aún padecemos en nuestros días. Quizás, por esta razón, estas figuras se muestras tan próximas a nuestro tiempo, ligadas a la atracción que nos sugiere el sentido de evasión, de anarquía que representa el viaje y la isla desierta como laboratorio para experimentar con nuevas propuestas filosóficas y estéticas de todo tipo. Llama mi atención que escritores y pensadores de todos los tiempos continúen viendo los destellos de este largo mito. Cada referencia ha sido una suerte de hallazgo, como los pecios que llegan a la orilla tras un naufragio, de lecturas, visiones y aportaciones valiosas que muestran la vitalidad de este mito y la importancia en nuestro imaginario. Las robinsonadas son una serie de imágenes míticas poderosas que recrean una gran historia con variaciones pero continúan estando presentes. El hombre moderno no puede resistirse al encantamiento que sugieren estas imágenes porque Robinson y Viernes no son figuras descartadas, sino que nos muestran una viva representación de nosotros mismos.
Quiero agradecer las aportaciones críticas, tanto acerca del estudio del mito, la literatura comparada y el campo audiovisual de los catedráticos de la Universidad Complutense de Madrid: Mercedes López Suárez, Eduardo Rodríguez Merchán, Carlos García Gual, nuestro gran erudito de los mitos clásicos, por su amable prólogo. Y a José Manuel Losada, director de Acis & Galatea, proyecto de investigación de mitocrítica de la UCM, al que pertenezco. También al Departamento de Español y Portugués de la Universidad de California (UCLA), por su invitación como investigadora visitante, especialmente a Efraín Kristal, catedrático de Literatura comparada en español y Literatura latinoamericana. A la Sociedad internacional de estudios sobre Defoe (The Defoe Society), de la que formo parte. A todos ellos mi agradecimiento más sincero por haber podido contar con su magisterio y amistad.
ROSA FALCÓN
Madrid, 16 de septiembre de 2018
¿Por qué esta novela sigue estando tan presente en nuestra imaginación tres siglos después de su publicación? Trataremos de responder a esta pregunta analizando las circunstancias sociológicas del nacimiento de la novela inglesa moderna. A pesar de que normalmente se considera la novela como descendiente de las grandes formas épicas, se trata de un género relativamente reciente, como veremos. La novela es una invención del mundo burgués, de una sociedad próspera, cuyo nivel de lectura aumenta con el incremento del ocio. Robinson Crusoe refleja con enorme claridad las tendencias de esta clase burguesa y comerciante nacida de la Revolución inglesa. El crítico Ian Watt analiza este fenómeno tan particular con la eclosión de historias y autores que inauguran un nuevo sentido y afirma que el interés formal de la novela por la vida de la gente depende de dos razones: la primera porque la sociedad valora todo lo individual y considera a las personas como sujeto propio de su literatura formal; y la segunda, por la variedad de pensamiento y acción de la gente corriente para contar en detalle y llegar a ser de interés para los lectores.
En La conciencia y la novela David Lodge coincide con las tesis de Ian Watt y hace un interesante análisis sobre el aspecto psicológico de estos nuevos lectores. «El silencio y la privacidad concurrentes en la experiencia de la lectura, permitida por el libro impreso, imitaba la privacidad y el silencio de la conciencia individual».1 Y este resurgir de la conciencia inicia una nueva etapa de la literatura del yo, que separa la mentalidad antigua de la moderna. Esta nueva sensibilidad es percatada por el propio Defoe y sus contemporáneos. Los nuevos lectores solicitan un retrato realista del mundo que les rodea, con un argumento sólido, con personajes y acciones verosímiles, que les muestren historias sobre la sociedad en que viven rechazando el mero entretenimiento. Así Marthe Robert en De los orígenes y orígenes de la novela, llega a fechar su nacimiento a partir de 1719: «En este sentido, se ha podido decir que la novela es un género burgués que, antes de hacerse internacional y universal, comenzó siendo específicamente inglés». Teniendo en cuenta de que se trata de una novela del gusto de una época que defiende los valores religiosos y económicos de una burguesía ascendente.
En estas circunstancias y bajo estos nuevos parámetros sociales y culturales nace la novela de Defoe con un éxito asombroso. Fue traducido al francés, al alemán y al holandés antes de que transcurriera un año desde su publicación. El largo título del primer volumen: La vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe, marinero de York, que vivió veintiocho años a solas en una isla deshabitada de la costa de América, cerca de la desembocadura del gran río Orinoco, tras haber llegado a la isla a resultas de un naufragio en el que perecieron todos los tripulantes salvo él; de una relación de cómo fue finalmente rescatado por la extraña intervención de unos piratas. Escrito por él mismo. Al cabo de quince días de su aparición hubo que imprimir la segunda edición, y el título se abrevió para hacerlo aún más popular. Se publicó en abril de 1719, cuatro meses después apareció el segundo volumen titulado Nuevas aventuras de Robinson Crusoe: la segunda y última parte de su vida. En agosto de 1720 se publicó el tercero, titulado Serias reflexiones a lo largo de la vida y las extrañas y sorprendentes aventuras de Robinson Crusoe.
La primera edición contenía una ilustración que representaba a Robinson (con el sombrero confeccionado a base de ramas y plumas, o el paraguas de piel de cabra). Esta se ha mantenido prácticamente sin variación alguna en toda la iconografía posterior, incluso en las pantallas del cine y la televisión. Esta imagen ha sido también un leitmotiv de las sucesivas representaciones gráficas describiendo su atuendo y sus escasos enseres. Se trata de un fenómeno literario sin paragón. Además de destacar el éxito de la historia hay que tener en cuenta el uso de la imprenta y la mayor difusión del libro en Europa. Donald Sassoon explica en su libro Cultura:
tras las guerras napoleónicas, algunos periódicos y revistas rusos ensalzaron la cultura británica y la contrapusieron, desventajosamente para la francesa. A este hecho contribuyó el considerable interés suscitado por Robinson Crusoe (que había sido traducido al ruso en 1764 y que en 1797 iba ya por la cuarta edición).2
Añade que los libros que habían sido célebres en el siglo XVIII o en siglos anteriores siguieron siendo populares en el XIX y el XX;
un informe realizado en 1866 por el Ministerio de Educación francés revela que los libros extranjeros que más gustaban en los colegios eran, presumiblemente en versión simplificada, El Robinson Crusoe, El Quijote, El Robinson suizo y Las mil y una noches.
Robinson Crusoe es también un libro de interés para los periodistas, porque inaugura nuevas fórmulas en el género periodístico como el reportaje directo, la observación minuciosa de los hechos, la rigurosa exactitud del relato y los cálculos estadísticos. Para J.M. Coetzee, resulta evidente que «página tras página, por primera vez en la historia de la ficción asistimos a una ordenada y minuciosa descripción de cómo se hacen las cosas».3 Defoe inventa un género nuevo mezclando el realismo de un verdadero diario de a bordo con todos los elementos de una aventura individual relatada en primera persona. García Márquez me comentaba en una conversación en la Feria del Libro de Guadalajara en México su admiración por Defoe como periodista y escritor, si Robinson Crusoe era una novela extraordinaria, Diario de un año de la peste le había fascinado por su redacción detallada de la epidemia, a caballo entre el reportaje periodístico y la novela. Estas observaciones coinciden con las de muchos escritores que nos hablan de la influencia de su lectura. Italo Calvino en Por qué leer a los clásicos subraya:
el lenguaje de Defoe (y aquí la primera persona del marinero-comerciante capaz de alinear en columna como en un libro mayor incluso lo «malo» y lo «bueno» de su situación, y de llevar una contabilidad aritmética de los caníbales muertos, resulta ser un expediente poético, aun antes que práctico) [...]. Como una relación comercial o un catálogo de mercancías y herramientas, la prosa de Defoe es desnuda y al mismo tiempo detallada hasta el escrúpulo.4
Recomendando que hay que leerla línea por línea haciendo cada vez nuevos descubrimientos como una clase de libro que no cae en el olvido. Virginia Woolf escribe acerca del bicentenario de Robinson Crusoe un artículo recogido en su obra El lector común advirtiéndonos de que se trata de una novela que ha cumplido doscientos años y poco importa el nombre de Defoe, la novela ha trascendido de tal forma en nuestro imaginario que puede contemplarse como un clásico de todos los tiempos.5
Daniel Defoe se inspiró en la historia del marinero escocés Alexander Selkirk, para crear a su propio héroe. Este marinero castigado por su capitán, por amotinamiento y rebeldía, fue abandonado con una Biblia, un cuchillo, un hacha, un fusil, algo de pólvora, tabaco y una caja con ropa en una de las islas del Archipiélago de Juan Fernández. Selkirk sobrevivió en estas condiciones durante cuatro años y medio, hasta el 2 de febrero de 1709, el navío el Duke al mando del capitán Woodes Rogers encontró a este solitario habitante devolviéndolo a su país.
Los hombres vieron gesticular desde tierra a un personaje hirsuto, vestido con pieles de cabra. Uno de ellos le preguntó cuál era el mejor sitio para desembarcar. El desconocido respondió con grandes gestos y fue saltando de roca en roca a su encuentro.6
Sin duda Defoe debió leer estos relatos del propio capitán Woodes Rogers en sus memorias y por Sir Richard Steele, uno de los creadores del famoso Spectator que publicó esta hazaña de supervivencia robinsoniana. Para distanciarse de esta historia real que circulaba en las tabernas del Puerto de Londres, Defoe inventa a su personaje de ficción Robinson y sitúa a su náufrago en una isla del Caribe, en la desembocadura del río Orinoco.
Pablo Neruda conoce bien el origen y la inspiración de esta novela y nos confirma esta hipótesis.
Un escritor imponderable, Daniel Defoe, oye hablar del marino solitario, de la naturaleza lejanísima, del magnetismo de las islas chilenas. Murió Alexander Selkirk. Pero en un navío de papel impreso —que hasta ahora sigue navegando— regresó a Juan Fernández un nuevo marinero.
—¿Quién eres? —le preguntaron.
—Me llamo Robinson Crusoe —respondió.7
El poeta de origen chileno llegó a coleccionar cientos de ediciones de Robinson Crusoe impresas en todas las lenguas, que aún se conservan en la Biblioteca de su casa de madera en Isla Negra frente a las costas del Pacífico. «Hay que examinar por qué Robinson Crusoe, libro entre muchos libros, fascinó, siguió y sigue fascinando a medio mundo». Esta fascinación que menciona, por la que él se sentía también cautivado, responde a la naturaleza del mito que se fraguó en el archipiélago de Juan Fernández. Una isla tan próxima a su tierra natal, hecha de historias y leyendas.
Me he preguntado muchas veces por qué Robinson Crusoe llegó hasta nuestra isla del Pacífico a especializarse en soledades. Voy a revelarlo. Porque ya la conocía. No se trataba de su primera visita. Y no estoy seguro de que haya vuelto después. Porque el 10 de enero de 1709, Alexander Selkirk (un año después de haber sido rescatado de su reclusión en Juan Fernández) fue nombrado contramaestre de la fragata Bachelor, que merodeaba por nuestros mares. Selkirk-Crusoe sabía lo que hacía o bien era atraído por el imán de la isla.
Esta historia geográficamente tan próxima a su Chile natal, se convierte en parte de su inspiración poética: «Y cuando Selkirk retorna a su amada Escocia, contando la hazaña de taberna en taberna, comienza a sentir la nostalgia de su gran claustro de cielo y mar». Llega a contarnos.
Este naufragio y la escritura de un diario sigue generando literatura, así la joven escritora alemana Judith Schalansky en su Atlas de islas remotas hace un viaje imaginario y poético por los anaqueles de la biblioteca para reunir información sobre islas ignoradas. La fascinación por los lugares remotos llevó a Schalansky a reconstruir las historias de cincuenta islas para reivindicar su interés, su lugar en el mundo, y también a los atlas como «un género literario de belleza máxima». En opinión de la autora:
Cada una de estas islas me resultaba un misterio y una promesa, como aquellos espacios en blanco que en los mapas antiguos señalaban los límites del mundo conocido. […] Los mapas pueden o bien despertar ansias por viajar y conocer países nuevos, o bien apaciguar este deseo, especialmente cuando la satisfactoria experiencia estética de recorrer un mapa con ojos y dedos logra reemplazar el viaje real.8
Bajo esta premisa, escribe un hermoso y breve relato entre la realidad y la fantasía. Su historia sigue el rastro del diario de Robinson, del marinero escocés Alexander Selkirk, que parece encontrarse en una librería olvidada de la Biblioteca Nacional del Legado Cultural Prusiano en Berlín, según declara el historiador David Cadwell, del Museo Nacional de Edimburgo que investiga sobre el paradero de este diario que podría encontrarse olvidado en alguna de las estanterías de temas náuticos de esta biblioteca llena de mapas y atlas de islas lejanas; pero no llega a encontrar el diario de Selkirk, en ningún lugar.
Se escuchan susurros en la sección de revistas de la Biblioteca, y por la tarde, cuando las hileras de mesas se van iluminando, pueden verse páginas bailando a través del gran ventanal de la fachada principal. En la sección de manuscritos están haciendo inventario. El 4 de febrero de 2009, una portavoz aclara lo siguiente: «En los pasados días hemos consultado todos los catálogos y no ha habido suerte. El diario de Selkirk no está aquí. Lo podemos asegurar con completa certeza».9
El diario del náufrago de la isla de Alexander Selkirk, en el archipiélago Juan Fernández, sigue en paradero desconocido. Quizás solo sea una leyenda más que acompaña a este mito del naufragio y la soledad. De esta forma se continúan añadiendo eslabones entre la historia real, la literaria y la mítica. Se trata de un escenario donde el relato se ha hecho mito y el mito relato porque su trasfondo es el mismo.
Siguiendo nuestra búsqueda de los vestigios de Robinson y sus islas, existen versiones diversas repartidas por toda la geografía del continente latinoamericano. V.S. Naipaul en su libro La pérdida de El Dorado, comenta cómo el relato Viajes, de Hakluyt, podría haber sido a su vez una de las fuentes de inspiración de Defoe.
Los hombres de Berrío llegan a la isla de Santa Elena, que debía estar deshabitada y encuentran a un hombre cantando dentro de una capilla. Se trataba de un sastre inglés que había salido a la mar y había caído enfermo. Le dejaron en la isla y llevaba viviendo allí él solo catorce meses.10
Este imaginario de nuestra figura mítica ha llegado a transcender en el islario latinoamericano y caribeño. Aunque Robinson Crusoe sea un personaje británico de ficción, su hazaña ha trascendido en el imaginario isleño. Los nativos de la isla de Robinson Crusoe en el archipiélago de Juan Fernández aseguran ser sus descendientes directos.
Este archipiélago lo componen tres islas: Robinson Crusoe, Alexander Selkirk y Santa Clara. La isla de Santa Clara está desierta, no es habitable porque no hay agua. La isla de Alexander Selkirk es habitada siete meses al año cuando se abre la veda para la caza de la langosta. Solo la isla de Robinson Crusoe mantiene una población estable. Los pocos visitantes que llegan a este remoto lugar son científicos y ecologistas que consideran este espacio como un santuario de la naturaleza, para estudiar su fauna y su flora endémica ya que fueron declaradas Reservas de Biosfera en 1977 por la UNESCO. En esta isla, espacio de aventuras y piratas, hasta los toponímicos de los lugares expresan su pasado literario y mítico, nombres como: La Cueva de Robinson, El Mirador de Alexander Selkirk o La Cueva del Tesoro sirven como muestra. La isla de Robinson Crusoe está rodeada por inaccesibles acantilados de lava negra, que parecen más propio de un solitario paisaje escocés que de una isla del Pacífico. Sus habitantes, verdaderos robinsones del siglo XXI, se refieren a su país, Chile, como «El Continente» porque les parece lejano y distante.
Esta mitología robinsoniana trasciende en otras islas como en Trinidad y Tobago. También los habitantes de la isla Margarita frente a Venezuela y los de la isla brasileña de Santa Catarina que reconocen a Robinson como un antepasado próximo. Así su figura y su hazaña se ha dispersado como una simiente mítica en las islas del continente americano. Estas islas, de alguna manera, comparten este imaginario robinsoniano donde el mito ha encontrado tierras fértiles para enraizarse y repetirse y seguir persuadiendo.
Ian Watt analiza brillantemente su figura como héroe, protagonista de un mito literario, y lo sitúa entre los cuatro grandes mitos del individualismo moderno, junto a Don Quijote, Fausto y Don Juan. «El personaje asume lo que podemos llamar “universalidad estética”, una especie de coparticipación, una capacidad para hacerse término de referencias, de comportamientos y de sentimientos, asumiendo una clase de universalidad propia del mito».11 Añade que Robinson, «es una meditación acerca del hombre y su doble, reflejo fantasmal de sí mismo en otro». Observando el comportamiento en la mitología clásica y los grandes mitos barrocos, que funcionan en parejas de hombres que se toman por espejos mutuos: Don Quijote y Sancho, Fausto y Mefisto, Don Juan y Catalinón, Hamlet y Horacio, Robinson y Viernes.
Vemos como la figura mítica de Robinson nace en el barroco consolidándose en la época neoclásica y romántica. Se trata de la epopeya de un hombre corriente que, gracias a su fuerza de voluntad y su sentido práctico logra forjarse un carácter y sobrevivir en circunstancias extremas. Debemos distinguir entre el héroe del cuento de hadas y el héroe del mito, como explica Joseph Campbell en El héroe de las mil caras, ya que el primero alcanza un triunfo doméstico y microscópico, mientras que el héroe del mito tiene un triunfo macroscópico, histórico y universal. Según Campbell, el héroe suele pasar tres etapas similares en todas las culturas: Separación-Iniciación-Retorno. Estas etapas encajan igualmente en el desarrollo de las circunstancias de nuestro héroe. La forzosa separación de su familia y del resto de la sociedad a través de un viaje que acaba en un naufragio seguido de la iniciación durante los veinticinco años de aislamiento confinado en una isla en la que debe superar toda clase de pruebas y finalmente el regreso que lo convierte en un hombre de bien considerado socialmente. También desde el esquema estructuralista desarrollado por Vladimir Propp en Morfología del cuento comprobamos como sus funciones encajan en el modus operandi de nuestro personaje; funciones como la separación, la desventura o el reconocimiento de Robinson al regresar a su hogar, son perfectamente reconocibles. Así como otras funciones que señala el análisis formalista. Este código de actuación se repite como en un cuento maravilloso de reelaboración continua, pero Robinson se alza sobre su propia creación artística y se convierte en un héroe mítico con una dimensión inesperada.
Desde este contexto podemos observar como Robinson se configura en el horizonte como uno de los grandes héroes modernos de la literatura europea a la altura de los mitos clásicos y que, en una primera aproximación, podemos llegar a compararlo con la figura de Ulises. Para Italo Calvino:
la novedad de la Odisea es haber enfrentado a un héroe épico como Ulises «con hechiceras y gigantes, con monstruos y devoradores de hombres», es decir, situaciones de un tipo de saga más arcaica, cuyas raíces han de buscarse «en el mundo de la antigua fábula y directamente de primitivas concepciones mágicas y chamánicas».12
Asimismo Piero Boitani nos confirma la figura de Robinson como un mito y la compara con Ulises y con otras figuras míticas.
Los nuevos transgresores Fausto y Don Juan, no tienen todavía necesidad de enfrentarse a la «alta mar abierta». Quienes naufragan ahora, como los protagonistas de la tempestad shakespeariana o, más tarde, ese nuevo mito de la modernidad puritana y económica que será Robinson Crusoe, tienen ante sí todo un brave new world
