Rojo Púrpura - Daniela Sánchez Montalvo - E-Book

Rojo Púrpura E-Book

Daniela Sánchez Montalvo

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Beschreibung

La famosa abogada, Yvonne Capar, decide dejar su Bélgica natal para instalarse en Italia y disfrutar plenamente de su jubilación. Al guardar sus cosas, descubre un viejo tubo de lápiz labial rojo púrpura, ofrecido 40 años antes por un joven italiano, Renato d'Alessio. El tacto del tubo la impulsa al pasado, donde revive su estancia en Italia en 1956 hasta el más mínimo detalle. Durante este primer viaje sola en el extranjero, la joven Yvonne descubre la amistad auténtica y el amor verdadero que provocan un vuelco en su vida. Este repentino cambio y la adaptación a una cultura diferente, no se hacen fácilmente...Al encontrarse con su alma gemela, vive múltiples experiencias fuera de lo común, que engendran una metamorfosis en su ser, así descubre su verdadera personalidad y su misión de vida. Rojo Púrpura es una maravillosa historia de amor iniciático como pocas, Yvonne y Renato le llevan a un viaje inolvidable a través de los lugares más emblemáticos de esta hermosa ciudad de Roma a la vez eufórica y melancólica.

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Seitenzahl: 175

Veröffentlichungsjahr: 2022

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Dedico este libro con amor y afecto a la comunidad italiana, con un pensamiento muy especial para mis numerosos amigas y amigos italianos

Indice

Agradecimientos

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Capítulo XV

Agradecimientos

Agradezco con mucha gratitud a la Señora Yvette Couturier por su preciosa relectura de mi manuscrito en español.

I

—Tía, ¿estás realmente decidida?

—¿Y por qué no debería estarlo? ¡Yo sé! ¡Yo sé! La familia es única, sólo hay una... Así es, ¿verdad?

—La única, claro que sí. ¿Y quieres dejarla?

Mi tía, mamá y yo hemos estado muy unidas desde que papá murió. Pero la tita, ella es más bien del tipo obstinado. Por lo tanto, su bufete de abogados, considerado uno de los mejores en Bruselas y por el cual ella luchó toda su vida, —bueno, adiós. Pasado por ganancias y pérdidas. Y además sin remordimientos.

—¿Y qué? Abro paso a los jóvenes. No te hagas la sorprendida, siempre dije que, a los 60 años cerraría la tienda y me iría.

—Ve que es una testaruda, eh.

—Para nada. He alcanzado mis límites en esta profesión, necesito tomar en consideración mis propias necesidades. Bueno, resumo de manera simplista los sentimientos que anidan en mi corazón. En realidad, es más complicado que eso, quiero afrontar otros desafíos. ¡De todos modos a los 60, todavía no soy senil!

—¿Otros desafíos? ¿Pero qué? ¿Qué más no has hecho ya?

—¡Qué extraña reflexión! Quiero dedicarme a otras actividades que también me importan. Sabes que la justicia más humana e igual para todos, y todos iguales ante la justicia, para mí nunca fue un eslogan, me dediqué en cuerpo y alma a esta cuestión.

Está claro que estos objetivos están lejos de alcanzarse. También me pregunto si es posible en la tierra creer en la igualdad total de todos los hombres. Utopía o realidad, admito que nunca he podido responder a esa pregunta. Al no encontrar una respuesta, me contenté con participar, es decir, realizar actos conformes a mis valores en mi vida profesional, así como en mi vida personal. ¿No es lo más importante, incluso si el plan global se nos escapa? ¿Sabes a lo que me refiero?

—Sí, creo que sí, entiendo lo que quieres decir.

—No creas que quiera dejar el barco en el momento en que le llega el agua, no es mi estilo. Este combate ha sido mío durante más de treinta y cinco años, todavía hay muchas cosas por cambiar, pero ha llegado el momento de escaparme y de realizar mis proyectos personales. También necesito la luz solar, no estamos mimados aquí en Bélgica con el clima.

Catherine me miró fijamente. Perdida en la tristeza, grandes lágrimas fluían en silencio sobre su rostro. Ella contuvo sus sollozos. Recordó la muerte de su padre, quien murió en un accidente de automóvil una mañana de abril, cuando tenía solo 17 años. Estaba reviviendo por segunda vez como un abandono, la partida de un ser querido. La repentina desaparición había conmovido profundamente a una chica de su edad. No había podido olvidarlo hasta ahora, a pesar de los cinco años que la separaban de esta tragedia.

—Residiré en mi casa en Lacio, a la sombra de la Ciudad Eterna. No te preocupes, planeo volver aquí de vez en cuando. Espero que vengas a visitarme a menudo, Roma está a solo 1.800 km de Bruselas.

Roma. Cuatro letras, un mundo de emociones e impaciencia. Espero con ansiedad para encontrar mis ovejas, mis gansos, mis conejos y especialmente mis gatos, Cástor y Pólux, así como Tiberio, mi fiel labrador. No me preocupo por ellos, sé que están bien atendidos por Maria y Angelo, mis vecinos que explotan en mi ausencia mis 5 áreas de terreno y se encargan de alimentar a mis animales.

No puedo evitar sentir una punzada en el corazón por estas pequeñas mascotas que me hacen compañía por tantos años. Me han consolado tan a menudo cuando me sentía triste. Los gatos representan para mí la quintaesencia de la especie animal. De manera sorprendente, entienden francés e italiano. Y, aunque Cástor y Pólux son dos machos italianos y Tiberio, un labrador belga, el acuerdo es bastante cordial, con la condición de que cada uno permanezca en su territorio.

Angelo, que no carece de humor, colocó una placa en la entrada de mi propiedad con un texto, me parece, algo pretencioso, que recuerda a las magníficas mansiones patricias de Pompeya, “CAVE CANEM”(1). Pretencioso tal vez, pero hasta ahora ha logrado alejar a los caminantes. Perro peligroso, mi pobre Tiberio, que se deja dominar tan fácilmente por las dos fieras, especialmente por Cástor.

Cástor es un hermoso macho castrado, con un pelo negro, corto y brillante. Nacido bajo el signo de Leo, su orgullo es desmesurado, y sus celos inigualables. Cuando entro en la casa, él me sigue paso a paso, listo para aprovechar la oportunidad para instalarse en mis rodillas. Se sienta en su trasero y se acurruca en mis brazos, maullando suavemente. Sus pequeños ojos entreabiertos me miran con tanta dulzura que logra cada vez hacerme perder el control.

Pólux es un angora cruzado, también castrado, con el pelo negro y largo, suave como la seda. Pasa horas interminables lamiéndose. En cualquier circunstancia, muestra una ternura incomparable, hasta el punto de que le di el apodo de “Mimoso”. Si Pólux se aventura a girar alrededor de mi sofá, no dejo de darme cuenta, incluso si me quedé adormecida por unos momentos. Oigo un chu, chu, como un tigre listo para saltar sobre su presa; Cástor decidido a recordar que él es el líder, susurra ferozmente con los ojos llenos de sangre. Sin desarmarse, y al final diplomático, Pólux hábilmente se aleja en el sofá a una distancia razonable, y espera sin impaciencia a que la tormenta se calme. Esfuerzo inútil, a pesar de los momentos agradables pasados juntos lamiéndose, durmiendo, comiendo y jugando, Cástor no quiere capitular en este punto. En ese instante, no conoce a nadie. Impulsado por su instinto de posesión, me acapara y quiere guardarme para sí mismo. Persiste, chu, chu y termina huyendo sin poder soportar esta intrusión en su dominio reservado.

Su actitud me molesta; una verdadera salvaje como yo, que nunca ha aceptado pertenecer a nadie, siento como si envejeciendo, me hubiera convertido en la propiedad de un felino posesivo. ¿Estaría chocheando, yo? ¡No! Sólo necesito presencia y ternura. Estos pequeños animales están siempre a mi disposición cuando me apetece, lo cual no podría haber exigido a un hombre.

No me estoy quejando. Si vivo sola, elegí esa maldita soledad. Si no hubiera sido tan exigente con todos mis pretendientes, me habría quedado con uno u otro. ¿Por cuál suspiré? Por ¿La oveja de cinco patas o la cebra sin rayas?

Bromas aparte, este diplomático estadounidense encontrado en el expreso Paris—Amsterdam podría haber sido adecuado. Hmm, mucha clase... ¡Pero no! Fumaba demasiado y era viudo. Siempre he sido cautelosa con los viudos, no por superstición sino por la dificultad de tomar el lugar de una esposa fallecida. Ella tiene el privilegio de ser idealizada por su esposo, que no deja de compararte con ella.

No soy el tipo de ama de casa ideal, me habría sentido como si estuviera corriendo detrás de un tren sin nunca poder alcanzarlo. Hubiera terminado olvidando quién soy en realidad. Le dije que no a Alán antes de que tuviera tiempo de proponerme matrimonio. Su inmensa cultura, sus títulos en economía de la Universidad de Harvard, sus propiedades en Virginia y su apartamento en Neuilly, de los cuales mis amigas podían estar envidiosas, nada de eso me interesaba.

¿Quién más habría sido adecuado para mí? ¿Quizás José, este torero español que conocí en el vuelo Madrid-Barcelona? Lamenté durante años enviarlo a paseo. Gran error. Los hombres que tienen un corazón tan abierto no corren por las calles, en comparación con esos presumidos empalagosos y frívolos que se encuentran en cada esquina.

Había que tener un gran descaro para hacerle creer que yo era ecuatoriana. Al principio solo quería bromear, jugar una especie de juego. Lo más sorprendente fue que me creyó, así que continué. Nunca entendí cómo no se dio cuenta de que le estaba gastando una broma. Confesarle mis orígenes latinos no lo había disuadido de cortejarme. Al contrario, nos encontró un vínculo familiar. Éramos primos, lo que nos facilitaría las cosas, pensó. ¿Optimista o soñador? No importa, durante un emocionante vuelo en las nubes, fue alcanzado por un flechazo y se enamoró a primera vista. Realmente, algunos hombres merecen ser respetados porque no se detienen ante nada.

Desafortunadamente para él, tenía la cabeza demasiado dura. Nuestros amoríos duraron poco. Sin embargo, muchas veces he soñado con este Don Juan guapo, aventurero y orgulloso. Me habló de la guerra civil, la trágica muerte de su padre, su infancia en Andalucía, la pobreza, su trabajo de jornalero en los campos de algodón o en los olivares y por la noche, las provocaciones de los toros salvajes arriesgando su vida, durante las cuales, las balas de los guardias de ganaderías podían serle fatales en cualquier momento. Y finalmente, la gloria el día en que recibió su alternativa como matador ante los vítores de la multitud.

Desde entonces vivía embriagado, llevado por la admiración del público y la vida de fasto que era la suya. Una vida que no podría haber imaginado sin su implicación en la tauromaquia. Tal experiencia de confrontación perpetua con la muerte solo podría crear una personalidad multifacética e interesante. A pesar de esto, había conservado cierta ingenuidad. Qué candor en sus ojos negros de niño moro.

Teníamos cosas en común. Hombres de mi familia se habían unido a los republicanos españoles en las Brigadas Internacionales. A pesar de nuestra complicidad en el dolor y nuestra esperanza de un mundo mejor, José y yo, no pudimos profundizar esta relación como nos hubiera gustado.

—Tía. Tía Yvonne, por favor contéstame. ¿En qué piensas?

—Catherine, ¿qué? Pero venga, sigue.

—¿Sigue qué, tía? Eres tú la que hablaba. Y luego, de repente, te detuviste en medio de una frase, perdida en tus pensamientos y tus ojos fijando la vista en un punto lejano, como a veces lo haces. Parece que estás mirando a alguien invisible.

—Ah, ¿sí? Pues, no me doy cuenta.

—Sí, eso te pasa a menudo. Si no te sientes bien, te acompaño a tu casa. Llamo a mamá para decirle que llegaré tarde, que no se preocupe.

—¿Quién te dice que no estoy bien? Me siento un poco cansada, mis días están muy ocupados en este momento debido a los preparativos para el viaje. Vamos, tengo ganas de ir a la cama. Mañana a las nueve en punto tengo una cita para hacer balance con mi colaborador, Roger Leroy, a quien voy a cederle mi bufete cuando me vaya. ¿Qué hora es?

—Son las 23:15h.

—¿Ya? Cómo pasa el tiempo. Toma ese dinero y paga la cuenta. Dile a Maxime que mi bistec estaba demasiado cocido, lo prefiero mediano. ¡Sin embargo, debería saberlo! Una verdadera suela de zapato. ¡Llaman eso ternera belga! Con todos sus chanchullos, la carne se ha vuelto incomible. Terminaré convirtiéndome en vegetariana, tanto más que parece que la carne vuelve agresivo.

—Ja, ja, ja, pero ¿de dónde sacas todo esto?

—Si continúan con todas sus porquerías, nos convertiremos en zombis desarticulados. ¡Qué miseria!

¡Ay, mi pequeña Catherine! Estoy triste por ustedes, decepcionada por el legado que les está transmitiendo mi generación. Yo, que conocí mayo del 68, pensamos entonces en construir una nueva sociedad, más justa, más igualitaria. Resultado, ¿qué queda de nuestras utopías cuando veo los problemas sociales y económicos, la pérdida de valores, en parte responsables de la violencia? ¿Qué pasa con el deterioro del planeta?

—Tienes razón, pero si siempre tuviéramos que pensar en todo lo que está mal, tía, no estaríamos viviendo. Siempre te he conocido así, gruñona, rebelde, combativa. Eres marginal a tu manera. Esta vez, te encuentro muy amargada.

—¡Para nada! Te olvidas quién soy, nunca cambiaré en este punto. Y si todos como yo, mantuvieran una mirada crítica, en lugar de dejarse arrullar por el engaño de la desinformación, las comodidades, las compras a crédito, nuestra sociedad funcionaría mejor. Seríamos más responsables de nuestras vidas y menos dependientes del estado. Odio que estas damas y caballeros tomen decisiones que impactan mi vida sin consultarme.

—¿Qué quieres que haga la gente como nosotros para remediar esta situación catastrófica? La mayoría ni siquiera se da cuenta, vive en un mundo de ilusiones. Y luego, incluso si lo supiera, ¿cómo podría encontrar soluciones a problemas tan complejos que los rebasan?

—No creo ni un solo momento en la democracia ni en la igualdad. Ya no nacemos iguales. Sin embargo, cuando se trata de justicia, uno esperaría algo mejor. Hoy son los criminales quienes se benefician de la indulgencia de los jueces y las víctimas quienes son despreciadas. ¡Casi se podría culparlas por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado!

¿Crees probablemente, como la mayoría de la gente, en la separación de poderes, en una sacrosanta justicia libre de todo apego político? Los magistrados son nombrados por los políticos, ¿cómo quieres que sean independientes? Salvo algunas excepciones, solo son vasallos sujetos a los otros dos poderes.

Además, a pesar de las buenas intenciones de quienes legislan, los expedientes no siempre salen como deberían. Algunos textos son demasiado antiguos o demasiado vagos, y las leyes están hechas para ser interpretadas. Con un pequeño empujón, los notables y los acomodados se salen con la suya, lo que a veces es obvio incluso en delitos graves.

El dinero, eso es lo que importa, también para muchos de mis colegas abogados que solo conocen el ruido de los fajos de billetes. Mientras no se pueda sancionar a quienes promulgan las leyes y a quienes son responsables de hacerlas cumplir, se demuestra que ellos se consideran por encima de ellas.

A esto se suma el estilo de vida ostentoso que se pagan los políticos en tiempos de crisis. Esto es suficiente para reforzar la frustración de la gente que se siente engañada. Y luego esta proliferación de leyes genera una restricción de libertades. Al querer controlarlo todo, rompen nuestra creatividad, que sin embargo es un atributo importante del ser humano. Necesitamos reformas, recursos, pero también un cambio de mentalidad. ¿Eso te hace reír?

—No, para nada. Entiendo por qué no aceptaste ocupar un puesto de magistrado cuando te lo ofrecieron.

—Sí, obviamente. No quería perder mi autonomía. Está bien, dejo de intentar rehacer el mundo. Después de todo, se supone que está a cuestas de cada ser humano, no solo a mi cargo. Me retiro del Colegio de los Abogados en dos días y está bien así.

—Tienes toda la razón. Tus comentarios siempre son relevantes. Te escucharía durante horas sin moverme. Estoy aprendiendo muchas cosas interesantes contigo, el problema es que todos estos asuntos te trastornan, así que detengámonos ahí. Vámonos antes de que nos echen. Además, tienes que levantarte temprano mañana por la mañana.

—No te preocupes por mí. Aunque gruño todo el tiempo, todavía tengo esperanza y sobre todo mi fe en la vida es inquebrantable.

Subí al coche de Catherine. Hubo un silencio solemne, ambas estábamos absorbidas en nuestros pensamientos. Esta conversación sobre el funcionamiento cuestionable de nuestro sistema de justicia sin duda me enfurecía. ¿Era reconocer mi propia impotencia después de aceptar ingresar al sistema sin haber podido cambiarlo? Después de ejercer durante casi treinta y cinco años la profesión de abogado, a la que no estaba destinada al principio, no pude responder a esta pregunta. Siempre había trabajado con convicción y corazón. A veces me había negado a defender causas en las que no creía. De esta manera me expuse a comentarios despectivos de ciertos colegas, siempre los mismos para quienes defender a un criminal, asesino y violador de niños es lo mismo que una estafa masiva del IVA.

Al principio, las críticas me incomodaron. Después aprendí a ignorarlas, ser sincero consigo mismo es más importante que tratar de complacer a los demás. De todos modos, es imposible complacer a todos, me decía a menudo. Y luego, es una cuestión de valores a los que nos adherimos personalmente.

Mientras me dejaba llevar por estas reflexiones, el coche recorría los edificios modernos y las casas antiguas que bordean la avenida de Tervuren construida 100 años antes, cuando el rey Leopoldo II mandaba sus colonias africanas, y el dinero abundaba para la clase dominante.

—Catherine, déjame en la rotonda de Montgomery, frente a la fuente.

—¿Estás segura?

—Si. Voy a estirar las piernas caminando un poco. La casa está a sólo doscientos metros de distancia. Te abrazo, mi querida. Hasta mañana. Cuento contigo alrededor de la una. Te espero para que me ayudes a empacar las chucherías. Almorzaremos juntas.

—Está bien, a la una en punto, estaré en tu casa. De verdad, ¿no quieres que te deje en tu puerta?

—No, te aseguro que prefiero caminar, necesito un poco de aire fresco. Me siento un poco pesada, me cuesta digerir la carne.

Catherine arrancó lentamente como si esperara a que cambiara de opinión. Caminé unos metros y crucé la calle para llegar al borde del estanque que contenía la nueva fuente erigida en medio de la avenida. Las calles estaban desiertas a esta hora tardía.

La idea de dejar definitivamente la escenografía de lo que había sido mi vida, “la obra de teatro de mi vida”, como me gustaba llamarlo, no me molestaba. Tenía la intención de volver de vez en cuando para resolver algunos asuntos pendientes, reunirme con mi sobrina, mi cuñada y algunos amigos, sin olvidar visitar las tumbas de mis padres y abuelos en mi pueblo en la provincia.

En cambio, nunca, nunca más cruzaría el enorme portal de madera maciza del palacio de justicia, ya no atravesaría el área de espera. Dejaría atrás la sombra de mi toga y mi maletín. Pasado mañana, iré al vestuario de los abogados, comenzaré sacando del perchero la etiqueta que lleva mi nombre: Yvonne Capar. Nadie podría convencerme de quedarme más tiempo. Era hora de empacar y hacer realidad mi sueño más querido, ir a Italia.

¿No debería haberme ido antes? No lo creo. Era mejor así. Ahora por fin iba a poder dedicarme a llevar a cabo un proyecto de asociación aún vago, para ayudar a jóvenes madres abandonadas, sin educación, algunas de las cuales salen de la cárcel y viven solas con sus bebés. Crear un centro de formación que les permita tomar cursos para aprender un oficio mientras las niñeras cuidarían a su hijo. Esta era una idea que me había perseguido durante muchos años, tenía que estar en el sitio para encargarme de la puesta en marcha y la gestión diaria de dicho proyecto.

El futuro de los niños era mi principal preocupación. Yo, que había elegido no ser madre, estaba preocupada por los niños pequeños. En esta sociedad de parranderos suicidas, no se trabajaba lo suficiente para preparar su futuro, de modo que algún día recojan la antorcha. Me preocupaba el legado que les íbamos a dejar.

Me demoré unos minutos más frente a la fuente y miré impasible los chorros de agua. El calor del verano a esta hora era soportable, una ligera brisa refrescaba la noche. Subiendo hacia el Parque del Cincuentenario, la perspectiva era magnífica. Escudriñé la noche, su voluptuosidad me fascinó. Aunque no quería volver a casa, habría continuado este paseo en solitario, tomé la calle del colegio y llegué al edificio de tres pisos que me había servido de casa y oficina durante veinticinco años.

(1) “CUIDADO CON EL PERRO”, en latín.

II

—Son casi las nueve, Solange, bajo a mi despacho. Estoy esperando al abogado Leroy. En cuanto llegue, introdúzcalo, luego tráiganos sin demora el café y la bandeja del desayuno. Esta es nuestra última reunión, supongo que estaremos ocupados toda la mañana. Espero completar hoy la transferencia de los expedientes en curso a mi colega. A la una de la tarde vendrá mi sobrina Catherine y me ayudará a empacar algunas maletas, almorzaremos juntas. Podrá retirarse al final de la comida.

—Bien, señora.

Solange me respondió con una voz temblorosa inhabitual. Me di la vuelta de repente y la vi llorando, sacando un pañuelo de su delantal.

—Bueno, ¿qué le está pasando?

—Nada, señora. Estoy un poco conmovida por su partida. Mis quince años de servicio con una mujer como usted me han dejado huellas.

Nunca podré olvidarla. Me retiro al mismo tiempo que usted, porque me será imposible encontrar una patrona tan amable y generosa como usted. Los años han pasado demasiado rápido sin que una sola nube nublara esta idílica colaboración. Trabajar para usted sin duda ha sido un honor, Maestra Capar, pero sobre todo un gran placer. Tiene tanto respeto por las personas, ya